“José Luis Romero y su lugar en la historiografía argentina”, en Desarrollo Económico, nº 78, 1980.


 

José Luis Romero y su lugar en la historiografía argentina

 

Tulio Halperin Donghi

 

Publicado en Desarrollo Económico, nº 78, 1980

 

 

No es difícil señalar cuál es el aporte peculiar de José Luis Romero a la historiografía argentina; con él se intenta por primera vez desde la Argentina dibujar una perspectiva de la historia occidental. A esa tarea enorme consagró su vida de historiador, y sus obras son otros tantos jalones en una empresa necesariamente inacabada. Ese proyecto reflejaba a la vez la desbordante vitalidad de quien lo concibió y la peculiar hora argentina bajo cuyos estímulos fue primero definido. La primera clave para entender el proyecto con que Romero se identificó debe entonces buscarse en su biografía.

 

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José Luis Romero nació en Buenos Aires en 1909, último hijo de un matrimonio sevillano; entre sus hermanos se contaba Francisco Romero, quince años mayor. A la muerte de su padre, y luego del nada inusual descubrimiento de que quien había sido comerciante aparentemente próspero no dejaba con qué sostener a su numerosa familia, debió abandonar sus estudios secundarios en el colegio jesuita del Salvador, para continuarlos en la escuela normal Mariano Acosta: tan pronto comenzaba a afrontar las dificultades de una carrera intelectual en la Argentina de la década del 20. No por cierto a dejarse vencer por ellas: de esa experiencia precoz parece haber deducido sobre todo una serena confianza en su capacidad de superar aún los obstáculos más serios, que se rehusaba por otra parte a ver esas pruebas desde una perspectiva excesivamente heroica: si retrospectivamente Romero iba a contemplar su carrera con cierta satisfacción, era evidente que no había puesto toda su vida en esa carrera; su juventud no podría resumirse en una sucesión de meritorios sacrificios; fue antes que eso una alerta y gozosa exploración de la vida y la cultura.

Maestro a cargo de grado (iba a seguir siéndolo aún después de publicados sus primeros trabajos fundamentales), comenzó estudios universitarios en la Universidad de La Plata, en cuya Facultad de Humanidades Ricardo Levene había rodeado su predominio de aristas menos duras que Coriolano Alberini en Buenos Aires. La enseñanza que recibió allí Romero no fue primordialmente la de los historiadores (aunque no dejó de afectarlo la de Clemente Ricci); la línea de estudios que Levene había orientado hacia la historia local de Buenos Aires no logró atraer su interés: sus avances se daban al margen del vivaz movimiento de ideas que caracterizaba a la primera década de la entreguerra, del que el joven Romero no quería quedar apartado. No es que participase necesariamente del frenético entusiasmo por la novedad que parecía persuadir a los editores de la Revista de Occidente, que en el breve lapso entre sus sucesivas entregas se había producido una indefectible revolución copernicana. Sus verdaderos maestros de La Plata —Alejandro Korn y el aún más influyente Pedro Henríquez Ureña— unían a un conocimiento preciso del abigarrado paisaje intelectual de la entreguerra una distancia crítica que en Korn llegaba a expresiones de brusco mal humor, y en Henríquez Ureña se manifestaba de modo más sobrio pero más devastador en una selección rigurosa que parecía anticipar una imagen póstuma y descarnada de esa floración demasiado febril.

Pero ya entonces juzgaba Romero que la conciencia histórica —la peculiar relación entre el historiador y el pasado— debía definirse a partir de una experiencia cultural tan amplia y abarcadora como fuese posible. Que esa experiencia cultural no podía estructurarse al margen de las inquietudes prácticas del historiador le parecía también la evidencia misma, aunque iba a esforzarse constantemente por mantener separadas sus conclusiones teóricas de las convicciones que guiaban su acción, con una pulcritud que iba a parecer anacrónica y sorprendente en un hombre de tan firme militancia. Esas convicciones fueron bien pronto las del socialismo; la opción no tenía nada de inesperado cuando Alejandro Korn pasaba del partido conservador al socialista y Pedro Henríquez Ureña —ese hombre que era epítome de una entera cultura— proclamaba que “el ideal de justicia está antes que el ideal de cultura”.

Sólo en momento relativamente tardío —en 1945— iba Romero a dar a esa opción un signo partidario; hasta entonces su militancia se volcó en movimientos estudiantiles de izquierda (que le dejaron una rica cosecha de experiencias y también de solidas —aunque esporádicamente cultivadas— amistades con más de un futuro sostén del orden establecido) y en el apoyo a esa moderadísima opción de izquierda electoral que fue en 1931-32 la Alianza Civil. En La Plata Romero encontró a Teresa Basso, pronto su mujer; con ella ese maestro pobre iba a explorar fugazmente una Europa en que la marea ascendente del fascismo parecía no hallar barreras (pero la penuria era tanta que en la Alemania que comenzaba a ser hitleriana la atención de la joven pareja se dividía entre el espectáculo estremecedor que ofrecía ese país en carrera hacia el abismo y la búsqueda no siempre afortunada de restaurantes excesivamente baratos). Comenzaban así una compañía y un apoyo que iban a durar toda su vida, que iba a necesitar toda su vida.

Esta, en efecto, no se hacía más fácil: Romero había fundado su propia familia, y para mantenerla debía prodigarse en una tarea docente pesada y heterogénea: a la enseñanza primaria se sumaba ahora la media, principalmente en el recién creado Liceo Militar; allí iba a encontrar sus primeros estudiantes, y en los mejores de ellos iba a dejar impresión imborrable (es posible reconocerlo aún, bajo diversos nombres, en varias novelas de David Viñas, uno de los más insólitos alumnos de ese establecimiento). Ese cúmulo abrumador no impidió que la década cerrada en 1945 fuese una de las estaciones más fructíferas en la trayectoria intelectual de Romero. Su designación en un cargo docente de la Universidad Nacional de La Plata significó sin duda un reconocimiento de su valor académico, pero su alcance era sobre todo simbólico y no permitía anticipar nuevos progresos en una carrera universitaria que constituía el marco lógico para la trayectoria intelectual de Romero: Pedro Henríquez Ureña iba a morir profesor suplente, y era improbable que un joven historiador separado de quienes controlaban el acceso a las posiciones universitarias por un recíproco desapego corriese mucho mejor suerte.

Pero una carrera universitaria estancada en sus primeras etapas era en esos años destino muy compartido: Vicente Fatone, Raimundo o María Rosa Lida no la tenían más prometedora (sólo quienes afrontaban un cuasi-destierro en universidades nuevas, gráciles creaciones en tierra que se tenía por árida, lograban esquivar ese destino). Pero si esa Argentina era aún más cicatera que la actual para sostener tareas cuya necesidad no le parece evidente, era todavía el país en que un maestro, un profesor que pasaba buena parte de su vida en tren y colectivo podía reunir una admirable biblioteca, costeada con esas fútiles peregrinaciones...

Y a falta de un reconocimiento académico pleno, que sólo podía provenir de quienes no merecían de él un aprecio sin reservas, Romero contaba con el de los otros rechazados —o aceptados a regañadientes—, todos ellos demasiado seguros de tener en sus manos el futuro intelectual del país para preocuparse de ese rechazo más allá de sus enfadosas consecuencias prácticas. Por todos ellos hablaba una voz en cuyo tono impostado Romero no se reconocía del todo; era la de Eduardo Mallea en su Historia de una pasión argentina; es curioso (pero teniendo en cuenta quiénes tomaron a su cargo escrutar la conciencia argentina en esa encrucijada decisiva, quizá no lo sea tanto) que ese altivo manifiesto en que una antielite proclama la total vacuidad de la que ocupa el proscenio haya sido interpretado demasiado a menudo como el signo del conformismo intelectual y político de una entera generación. Es la tosquedad y la malevolencia de esos intérpretes la que se refleja en esa interpretación aberrante; ella sería con todo imposible si ese desafío no se hubiese apoyado en una adhesión a un contexto y un pasado cuyo prestigio era aún muy fuerte en la Argentina de esos años. Mallea denunciaba una súbita caída de vitalidad, un empobrecimiento de la sustancia nacional; no evocaba el pasado para buscar en él las raíces de ese mal misterioso, sino para despertar a los argentinos a la vergüenza y a la autenticidad. Romero compartía acaso más hondamente los aspectos positivos que los negativos de ese diagnóstico; quizá por eso le resultaba aún más difícil identificarse con la estilizada violencia de las denuncias de Mallea. También en esto llevaba la marca del tiempo en que transcurrió su juventud.

Hoy tendemos a ver la fecha de 1930 como una frontera histórica mayor: crisis de la Argentina exportadora, crisis también de la que había alcanzado por aproximaciones sucesivas la democracia política. Eso no parecía aún tan evidente en la etapa que se abrió en esa fecha: la Argentina se defendió de la depresión mundial mejor que la mayor parte de las naciones industriales y casi todas las periféricas; Raúl Prebisch, que a partir de la Segunda Guerra iba a explorar las consecuencias estructurales de esa situación periférica, invocaba y aplicaba la lección de Keynes con un éxito que parecía confirmar que los problemas afrontados eran coyunturales. Políticamente, la restauración conservadora aportaba modalidades consideradas patológicas aun por no pocos de sus beneficiarios políticos, pero estaba marcada por una tan constante fragilidad que era posible ver en ella un episodio pasajero antes que una primera navegación por mares nunca antes explorados.

En esos años, en suma, se creía en una Argentina con problemas pero sin problema; Romero sólo gradual y parcialmente iba a renunciar a tener por válida esa imagen del país. Lo que, por fortuna para él, nunca iba a perder del todo era el recuerdo que podía dejar en quienes la vivieron —así fuese en su poco esplendoroso ocaso— esa prodigiosa etapa argentina que pronto iba a ser moda denigrar. De ese rescoldo moribundo se abrigó toda su vida; él le ofreció su ubi consistant como hombre y también como historiador; nada de lo que sobrevino luego logró expatriarlo de esa Argentina que conoció en su juventud y que, aun sin haberle sido excesivamente hospitalaria, ganó para siempre su corazón.

Lo que sobrevino luego estaba preanunciado en parte en el contexto en que se dio su afiliación al Partido Socialista. Esta significó a la vez una explicación y una definición más precisa de sus lealtades políticas; en ese segundo aspecto ofrecía el correlato práctico a las ideas desarrolladas en El ciclo de la revolución contemporánea, que iba a publicar en 1948; en el primero la explicación solemne de un viejo lazo se adecuaba al temple de esa hora de agudísima crisis, una crisis a la que la Universidad y las clases profesionales se precipitaron con ciego fervor. El bando en que Romero terminó reunido con sus amigos de siempre y no pocos de sus enemigos de siempre fue derrotado, y en un par de años él iba a perder sucesivamente las poco brillantes posiciones adquiridas en una difícil, lenta carrera.

Pero la ola de fondo que lo expulsaba del que era el ámbito más adecuado para su proyecto intelectual tenía consecuencias amplísimas para la vida cultural argentina: al desmantelar algunos de los bastiones de la Argentina visible, al repintar los que se entregaron a su empuje con los colores estridentes del nuevo tiempo, desenmascaraba para todos la falencia denunciada en la década anterior, y desbrozaba el campo con una eficacia que solo pudo advertirse plenamente luego de su reflujo. Cuando bajó a las catacumbas, Borges era todavía un casi poeta maldito (poco antes del golpe militar de 1943, el banquete en que celebraba con sus amigos la decisión del jurado que le negaba el Premio de Literatura se adornaba con un fantoche ahorcado: un académico); iba a emerger de ellas príncipe de los poetas. Romero abandonó junto con la Universidad una carrera incierta; entraría de nuevo en ella como rector.

Es resumir demasiado brevemente, en un desenlace de ninguna manera previsible, una etapa rica sobre todo en ansiedades y desgarramientos. La comunidad intelectual a la que Romero pertenecía comenzaba a ralearse por las partidas al extranjero. Esa bullente vida cultural que se había enriquecido con los expulsados de España y Europa (entre ellos don Claudio Sánchez-Albornoz iba a proporcionar a Romero un reconocimiento particularmente importante porque provenía de un historiador a quien había admirado largamente a distancia) se apagaba paulatinamente; la reemplazaba una provinciana monotonía, y la tibia solidaridad de los marginados. Mientras tanto la Argentina vivía la experiencia peronista con febril vivacidad; si para los más jóvenes contemplar todo eso desde la orilla podía significar un sacrificio afrontado por deber (así en los relatos de David Viñas el peronismo es una tentación a la que se resiste virtuosamente en la seguridad de que con ello se renuncia a cosas muy divertidas), Romero no creía sin duda sacrificar nada que le importase al optar por ese remanso cada vez más quieto, antes que por la alternativa ofrecida por una Argentina en eterna fiesta.

Para él otra cosa hubiese sido impensable: esa vida tan abierta a sugestiones de todos los cuadrantes sólo podía mantener su forma al precio de una firme disciplina: ésta se apoyaba, si se permite la expresa anacrónica pero justa, en un vigilante sentido del honor. En él podía adivinarse el eco de una tradición nacional y familiar, la presencia de una ética que tenía muy poco de cristiano-residual (sólo un aguzado sentido histórico permitiría a Romero liberar a su obra de historiador de las consecuencias más inmediatas del horror a esa tradición despertado en él por su experiencia de adolescente en un colegio jesuita; no pudo en cambio cegar en su fuente esa reacción elemental e inagotable) y sí en cambio mucho de estoico-residual; una ética en suma muy andaluza. Esa orientación ética no podía sino ser reforzada por la larga frecuentación de la historia antigua (las definiciones de moral política estoica límpidamente evocadas en La crisis de la República Romana proporcionaban, a la vez que un tema de estudio, una orientación para tiempos atormentados). Lo había sido con todo aún más decisivamente por la experiencia inmediata de Romero: en un ambiente poco dispuesto a otorgarle los signos exteriores del reconocimiento que su actividad merecía, sólo una constante, severa reivindicación de su lugar en el mundo de los estudiosos, podía asegurarlo el respeto que él mismo y su vocación reclamaban. Ello se traduciría en su vida profesional en una puntillosidad mantenida aun cuando el éxito la había hecho quizás innecesaria: se continuaba en los otros ámbitos de su actividad en una vigilancia de su propia conducta que hacía más esperable cualquier orgulloso apartamiento que la caída en la complacencia y la autocomplacencia.

Por otra parte, si su ostracismo académico autorizaba las más serias preocupaciones de largo plazo, en lo inmediato sus consecuencias eran menos serias de lo que sin duda era razonable temer cuando Romero decidió afrontarlo; entre otras cosas, las compensaciones económicas que su carrera docente le había proporcionado habían sido tan limitadas que no fue difícil reemplazarlas. Primero la actividad editorial, fugazmente floreciente por esos años, luego la enseñanza universitaria en el Uruguay resolvieron ese aspecto del problema. Mientras tanto su figura comenzaba a ser conocida más allá de los círculos intelectuales argentinos; cuando un aún desconocido Fernand Braudel visitó fugazmente Buenos Aires, sabía ya que el interlocutor a quien debía buscar era Romero. Unos años después una beca Guggenheim le permitió pasar un año en Harvard; en la colección medieval de la biblioteca Widener pudo finalmente ver y tocar los volúmenes cuyos títulos había infinitamente releído en notas a pie de página. Poco después de su retomo, la generosidad de Alberto Grimoldi hizo posible la publicación de Imago Mundi, esa revista de historia de la cultura en que por primera vez la historiografía argentina ofrecía una imagen de conjunto de sí misma más allá de la historia nacional e hispanoamericana.

La caída del peronismo iba a abrir para Romero una carrera pública que iba a ejercer desde entonces sobre él un atractivo tan poderoso como intermitente, en parte porque la contrarrestaba con eficacia finalmente devastadora su más antigua y profunda vocación de estudioso: si la idea de una carrera pública lo seducía, nunca puso en ella la obsesiva concentración que se requiere para llevarla adelante con pleno éxito. Pero la oscilación entre la actividad pública (en la Universidad o en la escena política) y el retorno a esa vocación más antigua se explica también por la relación ambigua que iba a establecerse entre Romero y ese nuevo tiempo argentino cuyo temple cultural había sin embargo contribuido como pocos a definir,

Esa ambigüedad tuvo mi expresión más clamorosa, pero no más significativa, en el hecho de que las primeras expresiones en la vida pública de este hombre dirigido por una voluntad irénica y reconciliadora rematasen rápidamente en confrontaciones que llevaban a otras tantas crisis. Así ocurrió con su brevísima gestión al frente de la Universidad de Buenos Aires, a la que puso fin su intervención en el conflicto en torno de las universidades privadas, así como también su muy prolongada actuación en las filas directivas del Partido Socialista, cuyo episodio más significativo fue su participación —hasta cierto punto decisiva— en el proceso que llevó a la división del partido.

En ambos casos, sin duda, las crisis reflejaban ante todo las contradicciones que desde el origen debilitaron la experiencia de reconstrucción política inaugurada en 1955; aunque Romero no hubiese mantenido con ella una relación compleja y atormentada, no hubiera podido esquivar las opciones planteadas con súbita urgencia cada vez que una de esas contradicciones se hacía evidente e insoportable Lo que hizo peculiar su carrera pública no era entonces que estuviese marcada por tan frecuentes crisis (todas lo estuvieron en esos años revueltos y llenos de cosas) sino el modo en que Romero encaró cada una de ellas: es éste el que refleja su relación básica con la nueva etapa argentina, y la ambigüedad que —como se ha sugerido más arriba— iba a darle su sello. Pero ambas se descubren todavía mejor cuando se examina esta etapa de la actuación de Romero no a través de las crisis que en ella se suceden, sino en su continuidad.

Su actuación universitaria en primer lugar: es aquí donde su influencia en la nueva autodefinición de la institución fue tan intensa, donde los aspectos paradójicos de la relación entre Romero y la realidad surgida en medida significativa de esa influencia se hacen más nítidamente evidentes. En esa Universidad le era cada vez menos fácil reconocer aquella que él hubiese querido ver surgir luego de la larga edad glacial que significó el primer peronismo. Fundada por corrientes ideológico- políticas definidas a partir de su reciproca rivalidad, la actuación en ella requería una indefectible lealtad a la facción a la cual cada uno no podía evitar estar adscripto. Ello imponía un estilo político que Romero iba a encontrar a la vez insoportable y moralmente inaceptable, y su rechazo iba a la vez ser considerado incomprensible (o malentendido como una reacción de mero puntillo personal) por quienes sólo ahora se incorporaban a la vida universitaria, para quienes por ejemplo una férrea disciplina de voto en los asuntos más nimios resultaba del todo natural.

Pero ese rechazo no se dirigía tan sólo contra un estilo nuevo que imponía una adaptación necesariamente penosa e incompleta; ese estilo era el de una universidad radicalmente distinta de aquella en que Romero hubiese querido desarrollar su carrera académica. Esa quiebra profunda se revela con particular claridad a través del motivo que parece asegurar la continuidad entre ese inesperado presente y el pasado: la adscripción al reformismo que había marcado toda su experiencia universitaria. Romero se había volcado en ese movimiento cuando la participación en él era como la extensión al ámbito político de una relación cuyo núcleo estaba en la experiencia concreta de enseñanza y aprendizaje, una experiencia que vinculaba, antes que a grupos y categorías, a estudiantes individuales entre sí y con maestros también individuales.

Sin duda esa experiencia socrática no era representativa sino de lo que el reformismo significó en los centros de estudios numérica y políticamente menos significativos de la universidad anterior a 1943; no iba a tener medida común con el que iba a luchar por la hegemonía en una universidad cuya vertiginosa expansión —que comenzaba a afectar a esos remansos que habían sido las facultades de humanidades— imponía una más estricta especialización de actividades: la política era más exclusivamente política y menos una prolongación de una experiencia cultural, no porque pesara sobre ella con más fuerza una férrea ortodoxia ideológica, sino porque los problemas prácticos que planteaba la necesidad de disciplinar y satisfacer a grupos humanos cada vez más vastos terminaban por absorberla por entero.

No era sólo la expansión demográfica de la Universidad la que imponía esa mutación. Después de dos décadas de estancamiento, el esfuerzo que comenzaba para poner al día el trabajo universitario iba a colocar a la nueva universidad bajo el signo de lo que iba luego a llamarse, sin ninguna intención afectuosa, cientificismo; ese cientificismo partía de la noción —en sí misma nada absurda— de que si la universidad iba a tener en la investigación un papel mayor que en el pasado, sería bueno que lo desempeñase de la mejor manera posible. Ello significaba agregar una dimensión nueva al manejo de la institución; gracias a ello el triunfo de la política no trajo consigo el de grandes caudillos universitarios como aquellos cuyas dotes maniobreras hicieron posible alcanzar luego de 1917 los difíciles compromisos impuestos por la victoria sólo parcial del reformismo. Quienes ahora dominaban el panorama unían, a la tajante y puntillosa lealtad a una ortodoxia ideológico-política cada vez más tosca e irrelevante, talentos organizativos y administrativos capaces de ganarles adhesiones aun entre colegas que no participaban de esa lealtad, útil sobre todo como cemento de la solidaridad facciosa de los integrantes de estamentos más multitudinarios.

Nada sorprendentemente, esas personalidades que se prohibían de antemano toda auténtica originalidad intelectual no ofrecían para Romero nada de particularmente admirable; su éxito, que revelaba hasta qué punto sus muy especializados —y para él discutible— talentos se adecuaban a los requerimientos de la Universidad que surgía, autorizaban todas las reservas sobre el rumbo que ésta había tomado.

Análogas reservas despertaba en él el signo que esa renovación científico-cultural adoptó en un área muy cercana a la suya: la de las ciencias sociales, cuyo avasallador avance en las facultades de humanidades contó sin embargo con su decisivo apoyo. Demasiado a menudo a su juicio su rigor metodológico enmascaraba una cierta pobreza cultural, e impedía abordar empresas verdaderamente originales y creadoras: se corría así el riesgo de reducir un aporte que se hubiese esperado estimulante al que podía derivarse de una manipulación rutinaria de un conjunto muy limitado y nunca seriamente renovado de nociones e ideas. En suma, esas novedades le parecían avanzar en línea paralela a la seguida por la historiografía argentina bajo la égida de la Nueva Escuela Histórica, cuya indigencia intelectual y vacío culto de la pureza metodológica lo había repelido un cuarto de siglo antes. Frente a todo ello, Romero iba a refirmar de modo cada vez más tajante la lealtad a su vocación originaria, al precio de volver a encerrarse en esa Universidad que tanto había contribuido a plasmar, en una marginalidad menos cargada de consecuencias negativas, pero no menos cierta que en la anterior a 1946. Frente a la arrogante autoafirmación de las nuevas ciencias sociales, tomaba distancia en nombre de una concepción de la historia que había sido siempre la suya, pero ésta no irradiaba con fuerza mucho mayor que en el pasado entre sus colegas historiadores, y Romero iba a encontrar sus interlocutores más frecuentes en el debate intelectual como en la vida institucional de la Universidad, entre los invasores de los antes somnolientos claustros de humanidades, de los cuales sin embargo tantas cosas lo separaban.

En esa frontera problemática entre una vieja historiografía y una nueva ciencia social, que a su juicio tenían en común más de lo que ellas mismas advertían, iba Romero a fundar su esfuerzo de profesor y organizador de la investigación, durante esta etapa a la vez tormentosa y fecunda de la vida cultural argentina. Sus cursos de historia social y medieval iban a ser, para los mejores entre sus estudiantes, experiencias memorables: disputados esos estudiantes en su lealtad por ortodoxias metodológicas e ideológicas que se le aparecían a la vez incompatibles y llenas de fuerza persuasiva, la lección que Romero les proporcionaba, si no les ofrecía una alternativa teórica capaz de superar ese dilema, les daba algo quizá más directamente relevante: un ejemplo de cómo era posible ignorarlo y llevar adelante, una obra de reconstrucción de la realidad social más capaz de dar cuenta de su desconcertante y contradictoria riqueza, y sin embargo no menos coherente que las que pagaban esa coherencia imponiendo al objeto de su examen las más crueles mutilaciones. Y aun los estudiantes marcados por una ambición intelectual más limitada no podían dejar de percibir el más ancho respiro, las más amplias y generosas perspectivas que se les abrían en los cursos de Romero. Y todavía algo más: la historia social que ahora exploraba, si no era lo mismo que la historia de la cultura que había cultivado durante décadas, no había desechado nada de su capacidad de comprender e iluminar desde dentro pasadas tradiciones culturales, que eran, más que incomprendidas, sencillamente ignoradas por las rápidas ojeadas retrospectivas practicadas por las nuevas ciencias sociales: junto con la maestría con que resucitaba un pasado, era ese pasado mismo, ignorado por ellos aun en sus rasgos exteriores, el que atraía a tantos a los cursos de Romero: era sin duda una reacción sana y elemental la que les hacía preferir el contacto, así fuese fugaz, con Carlomagno y el autor de la Chanson de Roland al austero, abstracto paisaje de la sociedad folk y la sociedad tradicional.

Ese atractivo intelectual le permitió ganar colaboradores y auxiliares con quienes pudo llevar adelante, con medios absurdamente modestos, una obra de investigación y difusión de conocimientos que unía a un muy alto nivel un eco inesperadamente ancho. Basta recorrer los títulos de esos modestísimos folletos que fueron los textos y ensayos monográficos de historia social y de historia medieval mimeografiados para uso de sus estudiantes, para advertir en ellos el discernimiento de un gran historiador admirablemente dueño de su campo y dispuesto a entregarse seriamente a la tarea de introducir en él a mentes más ágiles que educadas, con una paciencia que no tenía nada de condescendiente; mientras en otros sectores de la universidad se disputaba agriamente sobre cómo debía practicarse una labor científica rigurosa y útil en un marco pobre en recursos, Romero ofrecía un ejemplo deslumbrador de cómo era posible superar ese aparentemente insoluble dilema.

Es decir que Romero supo impedir que su marginalidad tornase estéril su labor de estudioso y profesor; esa marginalidad en el marco universitario nunca fue sin embargo eliminada. Ella se acompañaba con la que lo marcaba, de modo quizá más radical, frente a la Argentina posterior a 1955.

Lo que Romero esperaba de la etapa abierta en esa fecha era una solución que integrase la herencia de la década dejada atrás en el marco de la tradición político- ideológica de la Argentina moderna, que, según seguía creyendo (como había creído Alejandro Korn), necesitaba ser a la vez mantenida y enriquecida. Su actuación en el Partido Socialista buscó entre otras cosas impedir que su partido se convirtiese en el adversario más obstinado de esa solución (aunque por las modalidades concretas que la búsqueda de ésta adquirió en manos de Arturo Frondizi mantuvo una distancia destinada a crecer cada vez más). Todavía cuando le tocó participar en la campaña de oposición a las reformas educativas del nuevo presidente, dirigiéndose a una de las muchedumbres más vastas nunca reunidas en Buenos Aires, rodeó a su invitación al combate de tantas cautelas sobre la necesidad de no someter a una prueba demasiado dura a la frágil legalidad que renacía, que quizá desconcertó un poco a esas rugientes multitudes dispuestas a escuchar un más encendido llamado a la lucha (aunque no necesariamente a seguirlo).

Aún sobrevivía entonces en él la esperanza en un futuro capaz de integrar pasadas experiencias, que continuaba tendencias profundas del historiador. Ella iba a ser pronto y cruelmente desmentida. Las querellas no resueltas luego de 1955 iban a adquirir una urgencia nueva desde que la Revolución Cubana marcó el comienzo de una etapa de cada vez más intensa polarización política, social e ideológica en América Latina. Esa creciente discordia afectó a la Universidad más rápida e intensamente que a otros sectores de la vida nacional; sin hurtarse a las definiciones que la nueva hora exigía, y que continuaban las que habían jalonado su anterior trayectoria política, Romero iba a esforzarse por mantener paz en esa guerra que era todavía de ideas. Su actuación como decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, a partir de 1962, estuvo toda ella gobernada por esa preocupación, y en efecto logró mantener un clima de mutuo respeto y alguna humana cordialidad en la más rabiosamente politizada de las facultades de una universidad cruzada por tensiones cada vez menos soportables: ello se debía, más que a sus dotes para la política cotidiana, que no eran menos limitadas que en el pasado, al unánime respeto que en su plena madurez había ganado de colegas y estudiantes. Pero la futilidad de esa tarea sobre todo negativa no podía dejar de desalentarlo, y cuando el movimiento militar de 1966 puso fin a esa etapa, sin duda la más fecunda, en la breve historia de la Universidad de Buenos Aires, Romero acababa de alejarse voluntariamente de ella.

Lo que era oficialmente su retiro iba a estar dominado, como las anteriores etapas de su carrera, por una actividad desbordante. En él iba a completar sus grandes obras históricas y emprendería viajes que iban a cubrir pronto varios continentes (y lo llevarían a morir en Japón). No era tan sólo que el mundo le ofrecía un lugar de pleno derecho en esa fraternidad de estudiosos con la que nunca había contado del todo en la Argentina; también se le ofrecía como objeto para una curiosidad constantemente alerta; el último gran tema que iba a obsesionarlo —la ciudad como sujeto histórico— le permitía a la vez encuadrar esa curiosidad lanzada hacia todos los horizontes en el marco preciso que su rigor intelectual exigía.

Mientras tanto, en una Argentina que se había puesto ufanamente en marcha hacia un futuro cuyas sombras pocos presentían, Romero parecía haberse resignado de buen grado a un papel de observador comprensivo, o quizá compasivo. La breve primavera tan a destiempo inaugurada en el otoño de 1973 iba a evocar en él sentimientos mezclados, sobre todo en su dimensión universitaria. La inesperada presencia, en las primeras filas del cortejo de efímeros vencedores, de tantas figuras no por cierto nuevas en la universidad argentina, dedicadas ahora a borrar frenéticamente las huellas de todo un pasado, no dejaba de desconcertarlo. El vigoroso pintoresquismo del ritual que rodeaba esas vehementes abjuraciones, si hacía incongruente cualquier examen de ellas desde una perspectiva ética, hacía a la vez difícil tomarlas del todo en serio, y la misma dificultad se planteaba para apreciar esa experiencia en su conjunto. Al mismo tiempo era imposible dejar de reconocer de nuevo, así fuese traspuestos en una clave sin duda involuntariamente paródica, algunos de los motivos dominantes del esfuerzo de reconstrucción por él protagonizado dieciocho años antes. De allí la exasperada, apenas secreta solicitud con que seguía la gestión de quienes habían tomado la costumbre de cubrir de injurias la etapa universitaria con la que su nombre había venido a identificarse: hubiese querido no verlos precipitarse con paso seguro hacia una catástrofe que a cualquier observador sensato parecía igualmente segura. Esa catástrofe se confundió con otra más vasta: la que enterró el más amplio caudal de esperanzas nunca suscitado en la Argentina moderna.

Cuando esa ufanía colectiva se disipó finalmente, en medio de un sombrío paisaje de ruinas, se hizo más evidente la necesidad de reanudar los hilos de una continuidad de ideas y cultura, primero desechada en nombre de las promesas de una renovación purificadora, y ahora amenazada por la tendencia a ver en la esfera ideológica y cultural sobre todo un campo de batalla: la figura de Romero adquirió entonces una representatividad y una gravitación más vastas y menos rodeadas de controversia que en etapas anteriores de su carrera. Fue esta etapa de serena reconciliación con un país en luto por tantas cosas quizá incompatibles la que vino a interrumpir brutalmente la muerte. Hasta entonces la trayectoria de Romero, tal como se ha esbozado aquí, había estado marcada por una marginalidad nunca superada, y orientada por una apuesta siempre perdedora en favor de una futura Argentina capaz entre otras cosas de eliminar esa marginalidad. Si ella aparecía ahora cancelada no era porque esa vieja aspiración hubiese tardíamente venido a cumplirse: era su fracaso, ahora clamoroso, el que inspiraba ese conmovedor deseo de creer contra toda evidencia en una posible normalidad cultural, y de crearla a fuerza de creer en ella, y que llevaba a buscar con veneración los nexos con un pasado que había parecido aborrecible, pero cuya pérdida —según se advertía demasiado tardíamente— agravaba el desamparo de una entera nación.

Al tratar de ubicar históricamente la trayectoria de Romero en el marco de la Argentina de su tiempo, es esa nota de ilevantable marginalidad la que se revela dominante. Pero no se entendería esa trayectoria si no se recordase que Romero nunca la vio desde esa perspectiva, y sin duda se hubiera resistido a aceptarla como válida, en parte porque —nada irrazonablemente— se creía con derecho a mirar retrospectivamente su carrera de historiador con serena satisfacción, y sabía demasiado bien que su exitoso avance debía algo al contexto —aparentemente inhóspito— que la Argentina le había ofrecido. En parte también porque el pesimismo y la desesperanza no eran su punto fuerte, aun en medio de adversidades que su lucidez le impedía por otra parte ignorar.

 

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Esa carrera de historiador había comenzado muy temprano; a la edad en que las vocaciones humanísticas no están siempre claramente definidas, Romero tenía la suya muy clara. Repasemos el breve ensayo sobre “Los hombres y la historia en Groussac”, escrito cuando no tenía aún veinte años y publicado en Nosotros en julio-setiembre de 1929. Allí no habla un lector que busque justipreciar las obras de Groussac, sino un historiador ansioso por recibir su lección, por iniciarse bajo su guía “en el camino, complicado y difícil, de la historia”. Un historiador que invoca esa autoridad ilustre para condenar el “furor erudito” que se encarniza en “el detalle tratado como fin en sí”, tan característico de “falsos historiadores, apegados a prácticas ridículas y antihistóricas”. Un joven aún desconocido convoca entonces en su auxilio al gran desaparecido que en el prólogo a Mendoza y Garay había señalado con brutal precisión las razones por las cuales hallaba imposible reconocer en los integrantes de la Nueva Escuela Histórica a los continuadores de su propio esfuerzo. Si el joven Romero no se prepara a continuar esa polémica, quiere en cambio evocarla para reivindicar su derecho a seguir su propio rumbo. Un rumbo ya definido también en otro aspecto: Groussac —señala— ofrece enseñanzas que “sobrepasan el marco reducido de la historia local”. Esa expresión decididamente reductiva designa en rigor a la historia nacional, y aun la latinoamericana; y expresa una repulsa por ambas que sólo va a ser superada, paulatina y gradualmente, en un proceso guiado primero por estímulos exteriores; puede afirmarse que sólo en su admirable y tardía América Latina: las ciudades y las ideas encaró Romero de frente, como tarea legítimamente suya, la de explorar el sentido de la trayectoria histórica latinoamericana.

La que lo atraía no pecaba de la excesiva modestia de ambiciones intelectuales en la que tendía a ver no solo una limitación de los cultores de la historia nacional, sino un rasgo necesario de cualquier empresa historiográfica centrada en ella. Era, por el contrario, desmesuradamente ambiciosa: Romero se proponía consagrar su esfuerzo a dar cuenta del curso de la que entonces se llamaba aún historia universal, la historia de la civilización clásica y su continuación moderna: sólo paulatinamente iba a descubrir que en el curso de esa navegación exaltante había encallado irremisiblemente en la Edad Media. Su primera década de actividad como historiador estuvo aún colocada bajo el signo de ese proyecto descomunal: si él pudo ser mantenido tan largamente, ello se debió sin duda a que Romero debía crecer, en cuanto historiador, como un autodidacto; en el marco de una escuela de historia digna de ganar su respeto intelectual, hubiese encontrado sin duda quien propusiese a él alternativas menos irrisorias que la dilucidación del viejo debate sobre el color de las cintas distribuidas por French y Beruti (que por entonces estaba a punto de ser resuelto tras de un largo esfuerzo erudito por uno de los más brillantes continuadores de la Nueva Escuela) o la revelación de que las elecciones porteñas de 1857, tenidas por fraudulentas por los mismos beneficiarios del fraude, en efecto habían sido fraudulentas. No quiere decirse con esto que la falta de esas otras alternativas haya tenido en ese caso consecuencias infortunadas: si ella hubiese frustrado en la dispersión más estéril a vocaciones menos seguras y apoyadas en dotes intelectuales menos sólidas que la de Romero, acaso aseguró su destino de historiador al permitirle asignarse una tarea que juzgaba digna de sus ambiciones, y perseverar en ella en medio de las más graves dificultades. En efecto, en esa primera década de su carrera, sólo la conciencia de lo que quería (y, según no dudó nunca, podía) hacer podía defenderlo contra las demasiado numerosas razones para el desaliento.

En ese primer decenio de su trayectoria como historiador, Romero encaró dos tareas centrales: la formulación de una base de ideas para la indagación histórica (ideas a la vez sobre la índole de la realidad estudiada y sobre los modos en que su estudio debe encararse) que es fruto de su propia reflexión a partir de lecturas que no son primordialmente históricas, y el primer trabajo histórico de largo aliento, sobre un tema que sólo en el marco tan amplio de su proyecto general puede parecer monográfico: es el estudio sobre La crisis de la República Romana. Los Gracos y la recepción de la política imperial helenística, tema de su tesis doctoral que aparecerá reelaborada en forma de libro en 1942.

Su ensayo sobre La formación histórica da buena cuenta de los resultados alcanzados en la primera empresa. El texto reelabora el de una conferencia pronunciada en 1936, que al parecer integra fragmentos datables de fechas más tempranas. El nos ilumina sobre dos dimensiones del pensamiento histórico de Romero: ofrece un inventario nutrido de los términos de referencia frente a los cuales busca definirlo y hace explícitos los motivos centrales de la visión de la realidad histórica que busca razonar, a partir de esos términos de referencia, pero cuya justeza le parece justificada sobre todo por la adhesión por así decirlo instintiva, y previa a todo razonamiento, que esa visión evoca en él. El término de referencia inmediato lo ofrece la literatura sobre la crisis de Occidente, desde Spengler hasta “la obra insigne de Waldo Frank”: Valéry, Ortega y Gasset, Keyserling, Drieu la Rochelle, Wells, Bertrand Russell, Scheler y Unamuno son rápidamente evocados, como testigos más bien que como guías seguros sobre el rumbo y sentido de esas crisis. Con admirable sagacidad, Romero sólo cita con alguna extensión a Paúl Valéry, cuyo breve ensayo de 1919 decía ya lo esencial sobre el tema de esa vasta literatura. Pero si para Valéry la crisis era sobre todo el resultado de ese episodio enorme y aberrante que fue la Primera Guerra Mundial, que clavó en la conciencia colectiva la duda sobre el rumbo y aun la viabilidad de la Europa que se había precipitado ciegamente a esa catástrofe, para Romero la crisis se da en un ámbito más preciso que el de una civilización que ha descubierto que por serlo es tan mortal como las que la precedieron: es la crisis de la civilización burguesa. Este precoz encuentro con el que sería uno de los temas mayores de su obra de historiador nos muestra a un Romero no orientado —pero tampoco limitado— por un consenso de ideas de densidad comparable al que pudo evocar en torno de la crisis de la entreguerra; un Romero también menos seguro en la formulación de ideas que sólo está comenzando a desbrozar; seguro sin embargo de lo que quiere formular a través de esas ideas apenas esbozadas. Seguro por fin de su rumbo: no buscará confortar sus opiniones con autoridad más indiscutible que la de Franz Werfel, cuyo escorzo del avance del espíritu burgués halla rico en sugestiones.

Esa seguridad se revela todavía de otra manera: en la decidida, explícita toma de distancia frente al más obvio y prestigioso término de referencia con que podía contar: me refiero desde luego al que proporciona Marx. Quizá esta toma de distancia requiera un comentario de alguna extensión; éste desde luego no tomará el tono de la requisitoria que quizá hubiese sido de rigor hasta anteayer, ni el de la excusatio demasiado perentoriamente petita que más recientemente ha venido a sucederle con demasiada frecuencia. Ese apartamiento de la enseñanza de Marx —muy curiosamente— parte de proclamar que “la crisis de la sociedad capitalista se acentúa según sus condiciones” (una conclusión que aún en 1936 tenía mucho de discutible; si era posible sostener que el capitalismo afrontaba entonces una crisis a la que no era seguro que sobreviviese, era menos evidente que esa crisis presentase los rasgos que Marx había previsto para ella). No es entonces el valor del pensamiento de Marx como instrumento de análisis y pronóstico económico lo que Romero pone en duda: es que un análisis centrado en la economía pueda dar cuenta del rumbo y sentido de una crisis de civilización. Su recusación se da entonces sobre todo frente a una de las versiones de una tradición ideológica que sólo ha sobrevivido más de un siglo al precio de asimilarse, más de lo que ella misma advierte, a los sucesivos climas de ideas que debe afrontar: el marxismo que Romero recusa está fuertemente teñido de positivismo, y es sobre todo este último el que provoca su repulsa. Con el esfuerzo más reciente por acercar al marxismo a su fuente hegeliana no tenía sin duda ninguna familiaridad; es posible que en esa etapa decisiva en la formación de sus ideas sobre la historia el nombre de Lukacs no le significase nada preciso. De modo más general, la infuencia en filigrana que el pensamiento de Marx conservaba en la Alemania de Weimar (tan distinta de la que había tenido, como término de referencia sobre todo negativo, pero primordial, en la vida cultural del segundo Reich) no podía sin duda percibirla; Alejandro Korn, que seguía tan de cerca el movimiento de ideas en ese país, no la había percibido mejor: sólo Carlos Astrada, a punto de comenzar su etapa filofascista, había señalado brevemente en 1933 la afinidad entre la antropología de Marx y la de Heidegger. La escuela de Francfort, que llevaba adelante sus indagaciones en la riesgosa frontera entre la tradición marxista y la del remozado idealista alemán, sólo iba a ser conocida tardíamente por Romero, y ello a través de una de sus figuras menos típicas, la de K. Mannheim. Todas estas consideraciones son ciertas. ¿Permiten ellas concluir que Romero es un marxista que se ignora, y que su toma de distancia se debe sobre todo a que sólo ha conocido un marxismo contaminado de positivismo?

No necesariamente: sin duda es concebible que, sometido a otros influjos culturales e ideológicos, Romero hubiese usado un vocabulario distinto para formular sus intuiciones fundamentales sobre la realidad histórica; éstas se encuentran sin embargo considerablemente alejadas de las que podrían deducirse aun de una lectura muy libre de los autores en relación con cuyas ideas buscaba definir las propias; no es creíble que un cambio de éstos las hubiese afectado esencialmente. Y esas intuiciones presentan a la vez que afinidades profundas, diferencias que parecen irreductibles con cualquier versión del marxismo.

En La formación histórica, Romero intentará entrelazar esas intuiciones en un razonamiento ceñido de la circunstancia ofrecida por la crisis europea cuya evocación le sirve de punto de partida. La crisis significa que la humanidad afronta de nuevo una encrucijada, de nuevo está titubeante en busca de un rumbo. Es en esta circunstancia cuando la exigencia de entender la realidad humana y social históricamente, siempre teóricamente válida, se hace prácticamente ineludible: sólo ella permitirá advertir que la crisis no es la del orden natural y eterno del hombre en sociedad (tal como postula esa actitud ahistórica que Romero denuncia como una prolongación del realismo ingenuo) sino una de las necesarias transiciones que gobiernan el ritmo de la experiencia humana. A partir de aquí, la ruta que sigue Romero se bifurca: por una parte utilizará esa perspectiva que la historia proporciona para avanzar su propio diagnóstico sobre la crisis; por otra buscará afinar y precisar todo lo que está implícito en esta noción de la historia como proceso a la vez creador y destructor de constelaciones culturales.

Su diagnóstico de la crisis está fuertemente teñido de moralismo: aun el realismo ingenuo se le aparece, a la vez que como un error, como una culpa: nace en el fondo de la decisión, que debe ser juzgada desde una perspectiva ética, de evadir verdades ingratas, y las responsabilidades que ellas revelan. Al ocultar que la humanidad afronta una encrucijada, satisface demasiado bien el apocamiento colectivo, la indecisión que domina a las masas como a las élites. A partir de aquí razona Romero su disidencia con Marx: la revolución que el marxismo postula no puede ser, como la revolución burguesa, la expresión política de la búsqueda del interés individual; requiere una nueva solidaridad, apoyada en un nuevo “ideal ético” que el determinismo económico es incapaz de fundar satisfactoriamente. Ahora bien, las corrientes marxistas del siglo XX han advertido y afrontado esa dimensión del problema, y si Romero no toma en cuenta sus aportes no es sin duda porque ignore que ellos efectivamente existen. Hay otras razones para ello; entre esas corrientes es la encabezada por Sorel la que lo ha encarado desde la perspectiva ética en que se ubica Romero, sólo para llegar a conclusiones difícilmente aceptables: su eficacia práctica el marxismo, la alcanza como inspirador de un “mito” cuya fuerza es independiente de su validez como instrumento de análisis de la realidad social; reivindicado por Sorel como posible inspirador de una moral heroica adecuada al clima espiritual de los años de preguerra, su defensa termina por ser la de la eficacia de cualquier fe política capaz de inspirar acciones esforzadas. La mucho más exitosa que inaugura Lenin realiza una rápida transición del plano ético al político-institucional; la insuficiencia de las masas es suplida gracias a la invención del partido leninista. Hay muchas razones para que Romero halle poco atractivas las consecuencias prácticas que esta solución comporta; hay otra razón todavía más honda para que no la tome siquiera en cuenta: la insistencia en el nivel político-institucional que la caracteriza choca con la imagen espontánea que Romero se ha trazado de la realidad histórica.

El mismo moralismo tiene el juicio que se quiere retrospectivo sobre la etapa burguesa cuyo fin está siendo anunciado por la crisis. Sin duda, el ideal burgués tiene una auténtica y legítima dimensión ética: el trabajo como escuela de esfuerzo y disciplina, y ese ideal encuentra expresión digna de él en Goethe. Pero aun él debe subordinarse a la finalidad económica que el orden burgués le asigna: la búsqueda del provecho. Es esa traducción de lo que hay de más alto en la realidad humana y social (su dimensión ética y cultural) al lenguaje del mercado y la economía de cambio lo que Romero halla primero inaceptable en el orden burgués. Pero no menos inaceptable es que la misma sombra mortal se extienda sobre otras dimensiones de esa realidad, para Romero también valiosas. Se acusa habitualmente a la mentalidad burguesa de haber preferido a las satisfacciones más altas las que proporcionan “ciertas formas de sensualidad”: ¡Ojalá fuera así! Esas formas de sensualidad son también ellas bastardeadas: no se medirán ya “por sus auténticos valores naturales” sino “por el valor de cambio de los bienes con los cuales se satisfacen”. Se advierte cómo el moralismo de Romero une a su vena estoica una irrefrenable vena hedonista: también en esto permanece leal a su herencia mediterránea, y ese hedonismo inspirará en el futuro algunos de los criterios con que serán juzgadas también etapas preburguesas.

Puesto que la crisis es ética, la reacción del espíritu que, juzgando a la sociedad éticamente, requiere de ella una mayor justicia social, no puede ser el punto de partida para la solución de esa crisis: a cambio de “una concesión cuantitativa, por la seguridad de aumentar el número de los usufructuarios, el espíritu se ha puesto a defender el ideal burgués, tecnificado y nivelador”. La salvación para Romero ha de encontrarse en una sociedad a la vez posburguesa y posindustrial (muy distinta de la Rusia stalinista, aludida en la breve evocación de un socialismo que intenta hacer de modo más consecuente lo que el capitalismo ha hecho un siglo antes). Esa nueva sociedad sólo podrá surgir cuando los avances mismos de la tecnificación hayan eliminado al trabajo de su lugar central en la vida de la sociedad. Bajo la amable guía de Franz Werfel, Romero se interna así en un horizonte utópico, pero aun sus breves alusiones a ese brumoso futuro no carecen de penetración, y anticipan más de un motivo que va a surgir a primer plano en tiempos más recientes.

Pero si nos detenemos aquí extensamente en esa demasiado vasta empresa de crítica e interpretación histórica, afrontada por un historiador que se inicia, no es primordialmente por la perspicacia analítica que reveía en un lenguaje todavía lleno de titubeos y oscilaciones de sentido: es sobre todo porque a través de ella advertimos con singular claridad esa imagen espontánea de la realidad histórica que, en escritos posteriores, aparecerá tamizada por esa mayor cautela que es consecuencia de la creciente madurez intelectual.

La crisis se presenta para Romero como un duelo entre la realidad inerte y las exigencias del espíritu; así el “espíritu se ha indignado ante el sistema burgués de vida”, pero hay todavía “una instancia superior del espíritu” capaz de dialogar con “el sector del espíritu embriagado con la nueva luz de la justicia”. Si la preferencia por el término será abandonada luego, no será tan sólo por los ya sugeridos avances de la cautela expresiva: ya entonces dice bastante mal lo que Romero quiere decir. Ese duelo entre la realidad y el espíritu es en efecto la proyección puntual de un proceso más hondo: el duelo entre la vida creadora de formas culturales y esas formas mismas, que una vez separadas se le presentan como otros tantos obstáculos para su inagotable impulso creador.

Romero se inspira aquí en Simmel, pero a través de él se reconoce en una manera de ver la realidad histórica que es la del temprano romanticismo, para él la realidad histórica, como para Humboldt el lenguaje, no es ergon sino energeia. Esa actitud básica no le impedirá internarse en la exploración morfológica de las culturas y sus modos de contacto; aunque esa exploración le parecerá legítima, nunca lo llevará a compartir la visión de la historia implícita en la mayoría de quienes la emprenden, y tiende a poner en primer plano la estructura antes que el proceso. En esta visión reconocería sin duda la huella de la actitud por él condenada frente a la crisis; la que la sufre pasivamente, sin buscar en el pensamiento y en los hechos el camino para seguir adelante a través de ella. Su vinculación con la actitud del temprano ochocientos marca a la vez algo más y algo menos que una deuda intelectual: es la identidad en un modo de sentir y ver el mundo, previa a cualquier conceptualización, y en buena medida independiente de ella. Si Romero hubiera rechazado las muy diversas justificaciones que a ese modo de ver el mundo se dieron en el ochocientos, lo que no podía rechazar era su confianza irrazonada e inquebrantable en la fuerza creadora de la vida, y su capacidad para encontrar su camino hacia adelante.

La fuerza de este modo de ver la realidad histórica se manifiesta plenamente en su obra sobre la crisis de la República Romana. La adhesión a la vez moral e intelectual que tributa a los Graco se funda en el reconocimiento de su “genial previsión” que (un siglo antes de su consolidación) les había permitido no sólo formular el esquema institucional del principado, sino emprender ya la necesaria lucha por su necesario triunfo. Es esa adhesión de la acción de los Graco a la línea en que se mueve la historia la que Romero celebra sobre todo. Pero si la actitud que él celebra está inspirada en el amor fati estoico, la de Romero a la vez la continúa y la modifica, en cuanto el destino es para él ahora proceso creador, y la colaboración con él supone algo más que la aceptación viril de lo que no puede evitarse...

Este estudio, que refleja fielmente un mundo de ideas destinado a influir sobre la entera obra de Romero, revela también su creciente maestría en el trabajo histórico. Cierra una serie de escritos de historia antigua, y la comparación con sus predecesores pone en evidencia la rapidez de ese avance: Romero afronta ahora un proceso multifacético (el de los cambios a la vez políticos, sociales e ideológico- culturales de una Roma que se incorpora rápidamente al mundo helenístico y apenas menos rápidamente lo domina), dándonos una exposición admirablemente límpida y equilibrada. A partir de ahora, apoyado en un seguro dominio técnico de su artesanía como historiador, en una no menos segura maestría para escribir historia, que sólo en parte se debe a la nitidez de sus complejos esquemas interpretativos y en parte a la maduración de una admirable prosa de historiador, seguro por último en la posesión de una imagen del mundo que se sabe ya capaz de explicitar y utilizar en la reconstrucción de concretos procesos históricos, ha dejado atrás su etapa de aprendizaje, y muestra menor oposición al trabajo monográfico.

Sin duda, no significa esto que abandone del todo la problemática más general de sus trabajos de la década del treinta; todavía a fines de la siguiente su Ciclo de la revolución contemporánea ofrece una ampliación de los puntos de vista que subtendían los concisos análisis de La formación histórica. Ahora le es posible contemplar póstumamente esa confrontación triangular que desembocó en la Segunda Guerra Mundial: el desenlace de ésta, a juicio de Homero, supone la entrada en una etapa posburguesa. El papel histórico del fascismo, defensa suprema del orden burgués, ha sido minar desde dentro ese orden: su revolución de fachada y apariencia ha enseñado de todas maneras a vastas masas el horror de los ideales burgueses. Las democracias sobrevivirán haciéndose sociales. Esto no significa tan sólo que amplíen el círculo de los beneficiarios del orden con el que se identifican, sino que se resuelvan a dar expresión política a esa hambre de solidaridad que la ideología burguesa había ignorado.

El diagnóstico y remedio aquí propuestos son ambos muy característicos del clima de la temprana posguerra: en él dan fruto las reflexiones suscitadas durante la entreguerra por incapacidad de las democracias para concitar lealtades tan vigorosas como los regímenes rivales. Es decir que, así se vuelva al futuro, ese diagnóstico es el de un pasado que la guerra y su desenlace han abolido; es sabido que en los países centrales la democracia iba en cambio a consolidarse, junto con un rejuvenecido capitalismo, ampliando el círculo de sus beneficiarios pero sin trascender el marco de ese individualismo economicista, de ese “tecnicismo nivelador” que Romero seguía hallando condenable. En el lema you never had it so good, acuñado por los conservadores británicos pero representativo, más que de una corriente política, de toda una época, Romero no hubiera podido reconocer los ideales de esa democracia social capaz de ofrecer alternativa a la versión totalitaria del socialismo, que hubiera deseado ver surgir de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial.

Porque ese diagnóstico era a la vez una expresión de deseos y como tal revelador de la continuidad de pensamiento de quien lo formulaba. No sólo por esta razón el breve volumen es más bien un extendido ensayo político que un escorzo de reconstrucción histórica: en el segundo aspecto presenta desniveles inhabituales en los trabajos propiamente históricos de Romero, que revelan hasta qué punto esta dimensión de su esfuerzo era en este caso secundaria. Hay dos motivos que conviene subrayar de todos modos: el primero es la insistencia con que Romero vuelve a la relación esencialmente ambigua entre el nuevo ciclo revolucionario y la revolución burguesa, a la que no es claro que esté destinado a cancelar más bien que a continuar: he aquí un punto que volverá a ser subrayado en 1966, en el prólogo a La revolución burguesa en el mundo feudal; se trata entonces de un elemento a la vez fundamental y constante en la visión que Romero tiene del mundo contemporáneo. El segundo motivo es sin duda de menor alcance: es la interpretación compleja que, pese a la condena final, Romero ofrece del fenómeno fascista, cuya dimensión de movilización de masas es subrayada junto con la puramente represiva. Si se lo recuerda aquí es porque permite entender mejor la aproximación que Romero va a proponer insistentemente entre fascismo y peronismo: si ella conduce a un juicio negativo del segundo movimiento, y se entiende que quienes simpatizan con él la hallen por eso inaceptable, no es cierto —como éstos alegan a menudo— que parta de ignorar en el peronismo una dimensión esencial; lo que esos críticos ignoran es que esa dimensión le es común con ese término de comparación aborrecible (lo que no significa sostener que la lectura que hace Romero de la función social del peronismo como movimiento de masas, que la identifica estrechamente con la cumplida en este aspecto por el fascismo, sea la única posible; es más bien la más coherentemente negativa que podría formularse respetando datos marcados por una extrema ambigüedad).

Luego de El ciclo de la revolución contemporánea la atención de Romero por el proceso histórico en curso se torna más decididamente argentina y latinoamericana. Razones intrínsecas y circunstanciales influyen en ese cambio de orientación. Por una parte, a partir de la segunda posguerra, se hace más evidente el peso que la situación marginal de América Latina tiene en su desarrollo histórico; por otra, la fuerte originalidad y la vastedad de consecuencias inmediatas que alcanza el proceso argentino a partir de la eclosión del peronismo impide entenderlo a través de explicaciones que atiendan más al amplio contexto de la cultura occidental en crisis (preferido por Romero en sus anteriores exploraciones del mundo contemporáneo) que a la peculiarísima circunstancia local. Al lado de esas razones intrínsecas pesaban también las incitaciones prácticas provenientes de una América Latina que comienza a volverse más reflexivamente sobre sí misma: la primera contribución importante de Romero a esas exploraciones, el volumen sobre Las ideas políticas en Argentina, publicado en 1946, fue escrito respondiendo a la amistosa exigencia de Daniel Cossio Villegas, para la colección “Tierra Firme”, cuyo lanzamiento por el Fondo de Cultura Económica reflejaba esa decisión de afrontar más seriamente el compromiso intelectual planteado por una América Latina cada vez más consciente de la complejidad teórica y gravedad práctica de la problemática que le era específica.

A partir de entonces, Romero no iba a abandonar nunca el interés por el tema argentino y latinoamericano, que se inserta en su obra manteniéndole la estructura contrapuntística que en el pasado había debido a la exploración paralela de temas monográficos centrados en la historia antigua y la de los problemas más quemantes del mundo contemporáneo. Como antes, la contraposición no es sólo temática. En el pasado Romero había equilibrado el esfuerzo por la conquista de un impecable rigor erudito, característico de sus estudios de historia antigua, con las posibilidades de una marcha más libre en seguimientos de grandes líneas interpretativas, que le abrían sus exámenes del mundo contemporáneo. Ahora la contraposición se daba de otra manera más sutil: sus escritos del tema argentino y latinoamericano iban a estar desde el comienzo más cerca de la indagación histórica que del ensayo interpretativo: aun así, Romero no quería que su valor como historiador fuese medido a través de ellos, y les consagraba un esfuerzo heurístico mucho más cicateramente medido que a los estudios de tema medieval. Si no quería llevar más adelante ese esfuerzo no era sólo porque estaba decidido a no transformarse primordialmente en un historiador de la Argentina o de Latinoamérica; era sobre todo porque no creía que una exploración más minuciosa fuese necesaria: Romero no entra en la historia argentina y latinoamericana para buscar, a partir de la congerie de datos y fuentes, un sentido que la historiografía existente no es capaz de proponer persuasivamente: su esfuerzo lo ubica en una línea interpretativa previa, cuya dirección general lo satisface plenamente.

Así, Las ideas políticas en Argentina razona y continúa la interpretación del pasado nacional propuesta por los clásicos de la historiografía argentina, y sobre todo por Mitre, incorporando armoniosamente a esa versión del pasado nacional los aportes de la Nueva Escuela; lo que ésta había proclamado era su propósito, nunca por otra parte realizado (integrar sus contribuciones a una nueva versión sintética de la historia nacional), ahora cumplido en una límpida reconstrucción histórica, de aérea elegancia de líneas. Ello explica la fortuna alcanzada bien pronto por el libro, que irritaba un poco a su autor (que hubiera querido ser conocido por obras en que estaba poniendo más de sí mismo).

Al inscribirse deliberadamente en una línea tradicional que se propone ilustrar y enriquecer, pero no poner en crisis con sus aportes, Romero continúa en su trabajo de historiador actitudes que eran ya las suyas en el campo político: su visión de la historia argentina es en suma la de quien cree que también para afrontar los problemas prácticos cuya hondura ha sido revelada por la irrupción del peronismo, el país debe enriquecer pero también reivindicar la tradición político-ideológica legada por su siglo XIX. Esa legítima continuidad entre esfuerzo de reconstrucción histórica y definición de objetivos políticos es explorada en el escrito quizá más feliz entre los dedicados a tema argentino, Mitre, un historiador frente al destino nacional, en donde subraya la unidad de inspiración de la obra historiográfica y la actividad política de Mitre, y proporciona de la primera una interpretación admirable de justeza y riqueza de perspectivas.

Pero aun aceptando esa continuidad como legítima, el problema no desaparece. ¿Puede todavía proclamarse, en medio de la tormenta desencadenada sobre la Argentina, la perdurable viabilidad de las orientaciones que inspiran a Romero a la vez como historiador y como ciudadano? Romero está seguro de que sí se puede, aunque ya no se niega —como implícitamente en la década del treinta— a reconocer una quiebra mayor en el avance sobre las líneas fijadas en esa tradición. Es por lo contrario la radicalidad de esa quiebra la que utiliza para justificar su fe en la vigencia última de ese legado tradicional; la movilización de masas que la ha provocado, al reconocer como su expresión el peronismo, ha repudiado implícitamente esa tradición, pero la etapa que ella inaugura no hace sino comenzar, y muchas peripecias han de acumularse antes de que la Argentina sacudida por la irrupción de las masas alcance un nuevo equilibrio estable: entonces la tradición ahora repudiada revelará de nuevo toda su relevancia. Esa predicción —o quizá esa esperanza— justifica la obstinada lealtad de Romero a una cierta idea de la Argentina, que os desde el comienzo uno de los elementos constitutivos de su modo de ver el mundo.

Las ideas políticas en Argentina, vista desde otra perspectiva, planteaba a su autor problemas do organización y estructura para él nuevos. Por primera vez Romero no trataba de seguir el curso de una crisis, sino —yendo más allá— quería rastrear la inserción de ésta en un proceso histórico de más larga duración. Para este nuevo propósito, su imagen de la historia como creación de formas culturales siempre renovadas no ofrecía apoyo suficiente: en cuanto se examina un proceso histórico en su continuidad, la resistencia de la realidad inerte, molde rígido y vacío que la vida histórica ha abandonado, no puede ser objeto de la atención fugaz que el examen de las crisis hace posible. Romero está ahora más dispuesto a reconocer la gravitación duradera de esos legados de anteriores formas culturales, pero ello lo inclina aún menos que en el pasado a volver la atención del proceso en que nace lo nuevo a las estructuras que aseguran la continuidad con el pasado. Es su manera de apreciar el primero la que en cambio se modifica: si ayer esperaba de la formación histórica que enseñase a reconocer lo que estaba caduco y debía destruirse, ahora quería de ella que señalase también lo que era capaz de sobrevivir a ese esfuerzo de necesaria destrucción, y era por lo tanto inoportuno desafiar. Su modelo lo proporciona la actitud de la generación de 1837, o más bien la descripción tan favorecida que de ella habían trazado sus corifeos; en suma, si Romero muestra un respeto nuevo por la solidez de la resistencia que las formas ya inertes pueden desplegar, él no le invita a reconocer a esa resistencia una legitimidad y una sustancialidad mayor que en el pasado; la historia sigue resumiéndose para él en el acto creador de nuevas formas culturales, no en esas formas mismas.

Hasta tal punto es así que aunque muy claramente advierte que esa resistencia tiende a variar en intensidad hasta finalmente disiparse, tampoco esta comprobación obvia lo lleva a examinar los cambios atravesados por esas formas culturales por hipótesis despobladas de vida; puesto que las variaciones de intensidad en la resistencia se dan en el tiempo, su explicación se busca sobre todo en el transcurso del tiempo: evocado una y otra vez en este contexto, su función no es sólo ofrecer el intervalo necesario entre la muerte de las creaciones históricas y su decente sepultura. Romero estima cada vez más su capacidad reconciliadora: el paso del tiempo revela la compatibilidad y aun la complementariedad de alternativas que en la lucha parecieron mutuamente excluyentes. Ese esquema, primero ensayado para dar cuenta del curso de la historia argentina, está destinado a resurgir como núcleo de la tanto más poderosa y original indagación sobre La revolución burguesa en el mundo feudal.

De otra manera también venía preparando Romero esta obra, la más ambiciosa y lograda entre las que publicó en vida. Cada vez más su atención se dirigía hacia la edad media, en una primera etapa con significativa concentración en la historiografía medieval, que sólo en parte se explica porque su docencia en La Plata era de Historia de la Historiografía (tampoco sus estudios sobre la florentina, que tuvieron expresión más acabada en la monografía sobre Maquiavelo historiador, podrían explicarse sólo por ese estímulo circunstancial). Había otras razones para esa preferencia: Romero advertía muy bien las dificultades que suponía hacer seriamente historia medieval a orillas del Plata; sin amilanarse por ellas, maduraba una estrategia de investigación destinada a hacerlas tolerables. Si la historia local le estaba vedada (he aquí un sacrificio que podía afrontar con ánimo ligero) y aun la social lo colocaba en gravísima desventaja no sólo frente a historiadores con acceso a archivos, sino a los que podían utilizar bibliotecas de respetable nivel, era la historia de ideas y mentalidades la que sin eliminar del todo esa desventaja, la reducía más significativamente. Consideraciones análogas lo llevaron, hasta que el ya recordado paso por la Widener Library resolvió buena parte de sus más inmediatos problemas de fuentes, a concentrar sus esfuerzos en la historia de España, para la cual contaba con la admirable biblioteca y colección de documentos que don Claudio Sánchez-Albornoz iba a albergar en el Instituto de Historia de España de la Universidad de Buenos Aires.

En los Cuadernos de Historia de España, publicados por ese instituto, iban a aparecer, entre 1944 y 1948, buena parte de sus estudios de historiografía medieval española, que iban a culminar en la vasta monografía sobre San Isidoro de Sevilla. Su pensamiento historicopolílico y sus relaciones con la historia visigoda; la idea misma de buscar en San Isidoro algo más que un útil inventario de lo que en el siglo XII sobrevivía del legado clásico, supone una novedad que Romero subraya con justificado orgullo. Sin duda, la riqueza de contenidos originales del pensamiento de San Isidoro no es tan vasta como para justificar su exploración; es en cambio la pertinencia de la síntesis isidoriana al marco histórico ofrecido por un reino visigodo recién unificado en el catolicismo la que le concede su significación. La búsqueda de los solitarios granos de originalidad encerrados en esa vasta obra es llevada adelante con aguda maestría: el contexto histórico cuya relevancia Romero subraya es también reconstruido de mano maestra. De esta monografía sobre un tema que no podría ser más monográfico hasta las anchas perspectivas de La revolución burguesa en el mundo feudal queda un largo camino por recorrer; a la vez el estudio sobre San Isidoro muestra que Romero ha comenzado ya a avanzar en él.

Los progresos iban con todo a ser lentos; al definir su tema, Romero no quiso concederse más facilidades que las imprescindibles, y su vastedad misma imponía constantemente nuevas exploraciones. Por otra parte, la creciente actividad docente de Romero, en la Argentina y el extranjero, junto con las oportunidades que sólo ahora se le abrían para discutir su temática con medievalistas de primera fila, si dejaron en su obra una huella enriquecedora, prolongaron aún más su maduración.

Ese avance dejará como sus jalones, a más de estudios parciales que reflejan de cerca el progreso de su vasto proyecto y a la vez el de su visión de la Edad Media, un par de presentaciones globales del proceso: una abreviadísima Edad Media que en menos de cien páginas traza con rasgos seguros un escorzo de un milenio de historia europea, sin ninguna concesión a la elementalidad, y la menos apretada versión publicada en la serie de Breviarios del Fondo de Cultura Económica, destinada a amplia y larga popularidad entre estudiantes de historia y el público culto.

La revolución burguesa en el mundo feudal vuelve por fin a la Edad Media bárbara y alta para rastrear en ellas el doble proceso de afirmación del orden feudal y su temprano enfrentamiento con esa que Romero llama revolución burguesa. En su visión, esta última inaugura un curso de historia que se continúa hasta el presente; una historia que de europea se hace por otra parte universal; como se ha recordado ya, el prólogo de su nueva obra refirma en este punto los planteos adelantados casi veinte años antes en El ciclo de la revolución contemporánea; como entonces —y como en sus más breves ensayos de la década del treinta—, la relación entre la revolución burguesa y la contemporánea permanece ambigua; ésta es a la vez negación y universalización de aquélla, y Romero se rehúsa a conceder primacía a uno de ese aspectos. Quizá no sólo porque la ambigüedad está en las cosas mismas, sino porque subtiende también su actitud hacia ambas revoluciones. Sus reticencias frente al espíritu burgués no se atenúan con los años; en cuanto a la revolución contemporánea, su preferencia por una solución irónica basada no en la conciliación superficial, sino en la integración profunda de exigencias viejas y nuevas, mide implícitamente su distancia con el curso de su avance en este atormentado siglo XX.

Pero si esa relación es insolublemente ambigua, ella es a la vez íntima, y hace de la historia de la revolución burguesa historia contemporánea en su sentido más pleno. La del surgimiento del orden feudal no lo es del mismo modo, y ella agrega una secreta complejidad a este libro de estructura sin embargo límpida. Su primera parte ofrece una última revisión de un mundo de temas y problemas que ha sido el de Romero durante décadas, y que ahora abandona. En un contexto muy distinto, las alternativas evocadas en La crisis de la República Romana conservan aquí entera validez; si la que ahora Romero escoge en su explicación de la génesis del mundo feudal no es la preferida en esa obra juvenil, no es quizá tan sólo porque el contexto de la Edad Media bárbara es en efecto diferente del ofrecido por la Roma de la madura república. Si la creación del mundo feudal no se le aparece como el fruto de un esfuerzo por pensar con ideas nuevas una realidad nueva, por descifrar los lineamientos secretos de un orden que se esfuerza por nacer, de la “genial previsión” que había celebrado en los Gracos, sino —por lo contrario— como el resultado de la voluntad de encauzar una realidad cuya caótica superficie no esconde quizá ningún orden secreto bajo la inspiración de las ideas heredadas del orden que esa realidad nueva ha destruido pero no sabe reemplazar, la diferencia está sin duda en las cosas mismas, pero acaso no sólo en ellas.

Porque Romero no se limita a señalar esa diferencia, por otra parte obvia; va más allá al reivindicar la validez, la fecundidad de un proceso de cambio en que lo nuevo es inventado a ciegas por quienes creen restaurar lo antiguo. Y esto refleja una modificación más general de su manera de ver y apreciar el cambio histórico. Su nueva imagen del cambio, propuesta primero en un artículo de Imago Mundi, aparece formulada con mayor precisión en el prólogo de La revolución burguesa... Allí subraya el papel que tiene en ese cambio histórico el impacto del “consentimiento o disentimiento de quienes se hallan inscriptos en una dada situación histórica”. Este consentimiento o disentimiento “resulta de una representación, de una imagen crítica de la situación, arraigada en la experiencia y capaz de provocar una vehemente tendencia al cambio”. Sin duda esa imagen crítica sólo alcanza eficacia cuando constituye “un modelo ideal que se contrapone a la situación real y suscita un conjunto de respuestas a los problemas que ella propone”. Pero ese modelo está destinado a no realizarse; eficaz para suscitar el cambio, lo es mucho menos para orientarlo. Si así están las cosas, no es sorprendente que su contenido teórico no sea su elemento “fundamental, el más rico y operativo”. Este se encontraría en “las ideas vivas, las opiniones comprometidas, las imprecisables tendencias atávicas, las normas y valores consuetudinarios que tienen vigencia espontánea y consentida y arraigan en vagos fondos irracionales de la personalidad individual y colectiva”. El dirigente revolucionario pierde así su papel privilegiado, junto con esa función de descifrador de las tendencias secretas de la realidad histórica que se lo había asegurado, en beneficio del influjo menos lúcido de las mentalidades colectivas como mediadoras entre el orden pasado y el futuro. Este cambio en la manera de concebir el cambio histórico es quizá una de las lecciones que ese observador agudísimo podía deducir de la historia en curso. Los Graco de Romero, como en el Robespierre de Mathiez, llevaban aun en filigrana una cierta imagen del nuevo modelo de revolución, el leninista, tal como se aprecia en su primera década; en la nueva imagen del cambio no es excesivo discernir la que de esa misma revolución se alcanza cuando el espesor del tiempo la arroja al pasado, y hace de ella uno de los momentos inaugurales de un proceso de rumbo menos predecible y cauce a la vez más vasto e impreciso de lo que parecía medio siglo antes.

Cualquiera que sea la gravitación que sobre él tuvo la realidad en torno, ese cambio de perspectiva se traduce en una integración más explícita do la historia de la cultura y la social, o —en el lenguaje que ahora adopta Romero— del juego de las situaciones reales” y de ese “otro juego entre éstas y las formas de mentalidad que han suscitado la representación o imagen que cada grupo se hace de ellas”. Qué alcance tiene esta ampliación de la perspectiva adoptada por Romero se advierte mejor en su reconstrucción de la primera etapa de la revolución burguesa.

Esa etapa es vista a la vez como de nacimiento de nuevas realidades sociales y de nuevas mentalidades, en una síntesis poderosa que domina por así decirlo de una sola mirada a la entera Europa. Esa imagen compleja del cambio, en que Romero se rehúsa a reconocer jerarquía principal a ninguno de los niveles de la realidad histórica por él explorada, si se revela particularmente adecuada para reconstruir la emergencia de la burguesía, parece serlo menos para explicar que el proceso no lleve a un choque frontal entre ésta y el orden feudal puesto implícitamente en entredicho por su surgimiento. La constitución de un orden feudo- burgués parece requerir una explicación menos compleja: es el precoz conflicto social en el seno de la ciudad el que empuja a algunos grupos patricios a buscar alianzas fuera de esta. Homero sigue el proceso con su habitual penetración y quizá con mayor detenimiento que otras etapas del avance de la burguesía (ya previamente lo había tomado por tema de cursos monográficos); aun así su límpida reconstrucción no tiene el relieve alcanzado por las que ofrece para esas otras etapas.

Ello se debe quizá a esa transparencia misma: el proceso de división de las clases urbanas lo ha seguido tantas veces que su exploración ofrece ya muy poco de esa gozosa sorpresa que agregaría una misteriosa profundidad a su exposición. Pero hay sin duda otra razón menos anecdótica: Romero advierte muy bien que en ese momento del proceso, en la compleja dialéctica entre el “juego de las situaciones reales” y el que se da entre éstas y las formas de mentalidad, el acento recae con fuerza tan abrumadora en el primero, que la mediación ofrecida por el cambio de mentalidades agrega muy poco a la explicación propuesta, pero ello —lejos de incitarlo a revisar una concepción general de la vida histórica en rigor no desmentida por esa comprobación— lo incita a negar atención más profunda a una etapa que puede explicarse con relativa facilidad en términos que se le aparecen como sencillos y sin misterio.

Esa atención más profunda es la que prodiga en cambio a la etapa previa y sin duda se dispone a concentrar en la que sigue a la configuración del orden feudo- burgués en un manuscrito que dejó en una redacción sin duda muy cercana a la definitiva. A la espera de su publicación, el prólogo de la obra de la que éste debía ofrecer “la secuela necesaria” anticipa ya las grandes líneas de avance de esa nueva exploración.

La nueva etapa se abre con la súbita toma de conciencia de lo que la revolución burguesa había significado. Pero esa ruptura ideal tiene por contrapartida la continuidad del proceso social, a través de la formación de un “mundo urbano” que reúne núcleos antes marginales en una red configurada al margen de las jurisdicciones institucionalizadas y se constituye finalmente en “mecanismo rector de todas las formas de la vida histórica”.

Esa red Romero la ve constituirse entre principios del siglo XIV y mediados del XVI; con ello viene a tomar implícitamente posición en el debate sobre el sentido do los cambios que se suceden a partir de la catástrofe demográfica de mediados del siglo XIV. Frente a las interpretaciones que subrayaban sobre todo la contracción de la economía y la sociedad, tan en boga hasta un cuarto de siglo, Romero no es sin duda el único de los historiadores más recientes que vuelve a ver en la baja Edad Media, como los historiadores del ochocientos, la portada de la modernidad. Pero dentro de ese nuevo consenso, su posición se anuncia como fuertemente original.

Si para él la etapa que va del siglo XIV al XVI está marcada por la creación de las bases de un nuevo orden europeo, esa novedad no la busca en el surgimiento de núcleos que en la ciudad, pero más aún en el campo, preanuncian un nuevo sistema de relaciones sociales arraigadas en el proceso productivo (que, si hoy se definen menos frecuentemente como precapitalistas que hace tres cuartos de siglo, aparecen como entonces vinculadas a la expansión de una economía de mercado), sino en la expansión y consolidación del fenómeno urbano, que de margina) se hace nuclear en el marco europeo. Esto supone todavía otra diferencia con quienes, al reivindicar la continuidad entre la baja Edad Media v la modernidad, tienden a la vez a acentuar la quiebra entre aquélla y la etapa que le precede: en efecto, para Romero la radical novedad que aporta la etapa bajomedieval es a la vez el desarrollo pleno de las potencialidades de una realidad urbana ya forjada en etapas anteriores.

He aquí, al final de su carrera, a un Romero cuya independencia frente a las corrientes de la historiografía contemporánea parece aún más segura y decidida que al principio de ella, pese a la multiplicidad de estímulos intelectuales que de esas corrientes ha recibido. Esa independencia refleja la toma de conciencia plena de las posibilidades que le abre su situación necesariamente marginal en el mundo del medievalismo. Habiendo pagado con creces el precio de esa marginalidad, ha podido apreciar mejor sus ventajas, desde que advirtió también que para avanzar en la exploración de ese milenio de historia europea no le era necesaria la orientación de esas tradiciones de escuela que sostenían, pero también limitaban en su libertad interior, a sus colegas europeos. Esa independencia no proclamada programáticamente, pero practicada en plenitud, reflejaba en suma la convicción de que esa empresa marcada por ambiciones nada modestas y un inevitable autodidactismo a la que había consagrado su vida de estudioso podía considerarse en lo esencial exitosa.

Esa seguridad comienza por fin a extenderse a otro campo que cada vez menos podía considerarse nuevo en el interés de Romero: el que ofrece el pasado latinoamericano. En 1965 y 1970 iba a publicar sobre las ideas en la Argentina y Latinoamérica dos obras que —si no pueden contarse entre las suyas mayores- anticipan una definición parcial de la problemática que subtiende la tanto más importante Latinoamérica: las ciudades y las ideas, de 1976. El desarrollo de las ideas en la sociedad argentina del siglo XX (1965) es obra de encargo (le fue encomendada por el Instituto Panamericano de Geografía e Historia para su serie sobre historia de las ideas en América) y sobre todo sus últimos capítulos se resienten en parte por ello, y en parte también porque Romero aparece por una vez trabado por el deber de solidaridad con los amigos y de honrada cortesía hacia los adversarios. El resultado (aunque aún aquí no faltan caracterizaciones penetrantes, como la que hace justicia a la originalidad de Alfredo Palacios) es que su dibujo de figuras y posiciones es poco incisivo, y el que debía ser cuadro rico en claroscuros arriesga a ratos reducirse a desvaída fotografía de un grupo endomingado. Los primeros capítulos tienen en cambio el relieve ausente de los finales, y en ellos Romero afronta ya para la Argentina el problema que en 1970 va a examinar a escala del subcontinente en El pensamiento político de la derecha latinoamericana: en menos de doscientas páginas este último libro nos da un somero mapa de las rutas seguidas por el pensamiento político latinoamericano en la etapa independiente, dibujado por quien ha seguido con ejemplar atención los muchos quiebros que han hecho imposible a exploradores más impacientes reconstruir esas laberínticas líneas de avance.

Aun así, cabe preguntarse si sus criterios de caracterización no han contribuido a hacer más enigmáticos los enigmas que finalmente su lúcida reconstrucción aclara. Si ello es así, habrá que achacarlo sobre todo al influjo que sobre Romero ejercía una línea de interpretación del pensamiento latinoamericano que tuvo, por ejemplo, expresión vigorosa en las primeras obras de Leopoldo Zea. Esta postulaba entre el contexto social en que ciertas ideas fueron adoptadas en Latinoamérica y el que presidió su elaboración y difusión en Europa una analogía que ofrece la clave para entender históricamente al pensamiento latinoamericano. Así, la presencia de una ideología liberal y luego positivista permite postular la presencia de una burguesía comparable a la que en Europa había apoyado esos sistemas de ideas para mejor apoyarse en ellos.

Para Romero, esa interpretación tenía el atractivo adicional de devolverlo a un mundo de ideas y problemas muy cercano al de sus estudios europeos. No es sorprendente que el desarrollo de las ideas en Latinoamérica se le apareciera gobernado por el sutil contrapunto entre la mentalidad señorial, arraigada en el pasado colonial, y la burguesa, afirmada en el nuevo clima creado por la independencia política y la apertura plena al mercado mundial. El problema quizá insoluble de esta línea interpretativa es que sigue con mayor fidelidad el desarrollo de las ideas que el de las sociedades latinoamericanas (ya que prescinde de examinar éste, que cree posible deducir de aquél). Así, ignora que el antiguo régimen no fue en general favorable a los grupos terratenientes que ofrecen el más obvio anclaje social para una mentalidad señorial; estos terratenientes pueden identificarse mejor con algunas modalidades del orden nuevo que trae la independencia, y su mentalidad no puede dejar de reflejar esa circunstancia.

Sin duda, la versión que propone Romero de ese contrapunto supone un progreso cierto sobre las más toscas que veían al pasado latinoamericano dominado por la lucha implacable entre sistemas de ideas incompatibles; por lo contrario, lo que domina su imagen de ese pasado es la infinita plasticidad de las ideologías conservadoras, estimulada por un eclecticismo sistemático que las lleva a aceptar a cada paso motivos tomados de ideologías rivales. Aun así, la duda subsiste de si esos sutiles análisis no se han puesto al servicio de una tarea imposible, la de rastrear el proceso de hibridación de una ideología que no podría sufrirlo, porque nació híbrida. Más aún, cabe preguntarse si esa. hibridez está en el objeto mismo —una tradición ideológica que como todas las que nos proporciona este mundo sublunar integra motivos de origen heterogéneo, pero no carece de coherencia— o es consecuencia del criterio de análisis, que parte de la comparación con los sistemas ideológicos europeos que proveyeron los materiales para una ideología que, así examinada, no puede sino aparecer derivativa y heterogénea.

Esas dudas se hacen menos fuertes frente a Latinoamérica: las ciudades y las ideas. Más importante es que —aun en la medida en que subsisten— sea imposible reconocerles importancia alguna ante la maciza evidencia de esta poderosa reconstrucción histórica. Este es —a diferencia de sus predecesores inmediatos— un libro mayor no sólo en el marco de la obra de Romero, sino en el de la historiografía latinoamericana. En él llega a colocarse entre los maestros de un campo frente al cual su marginalidad había comenzado por ser el fruto, no de un destino sino de una decisión libre, y realiza esa hazaña a través de un desafío más audaz que nunca. En efecto, para llegar a serlo, Romero no renuncia a su marginalidad; si en el campo medieval había afrontado contra viento y marea las dificultades de su posición excéntrica, se propone ofrecer una visión propia del pasado y el presente latinoamericanos trabajando como si esas dificultades se diesen también en su nuevo campo.

Leamos el “Indice de autores citados”; él es primordialmente un índice de fuentes, sobre todo testimoniales, como las que —primero a falta de otras— ha aprendido a desentrañar magistralmente en sus estudios medievales. La literatura disputa con éxito el campo a testimonios más directos (para poner un ejemplo característico, se incluye a José Rafael Pocaterra como autor de tres novelas, sin citar las Memorias de un venezolano de la decadencia, que un historiador de espíritu más literal consideraría sin duda más aprovechable), y éstos lo hacen con aún mayor éxito frente a las colecciones documentales. Sin duda, sería peligroso creer que Romero sólo ha leído las obras incluidas en su “Indice”, pero por otra parte la brevedad de esa lista no oculta ninguna deuda intelectual demasiado pesada; si aquí y allá parece adivinarse que su pensamiento ha encontrado estímulo en el de algún otro estudioso, es por otra parte indudable que ha prescindido de enterarse del “estado de la cuestión”; ha preferido entrar en la historia urbana de América Latina casi como un explorador en tierra incógnita.

Ello suponía rivalizar no sólo con los meritorios pioneros de la historia urbana latinoamericana del tardío siglo XIX, sino con un esfuerzo de indagación del pasado que en el último medio siglo se ha hecho más sistemático. Lo más sorprendente es que una empresa así definida haya sido hasta tal punto exitosa. Aquí su experiencia del medievo europeo sirve a Romero mejor de lo que le había servido la de la historia de las ideas en la Europa moderna para seguir esa misma historia en Latinoamérica. En ambos casos debe a esa experiencia previa el seguro dominio de un estilo de reconstrucción histórica que lleva ya su sello inconfundible, pero en otros aspectos la relación entre esa experiencia europea y la visión de Latinoamérica construida en parte bajo su estímulo es en uno y otro caso cabalmente opuesta. En cuanto a la historia de las ideas, la analogía había sido el instrumento por excelencia para utilizar su experiencia europea en ese nuevo campo; ahora es la conciencia muy viva de la diferencia profunda entre el fenómeno urbano en la Europa medieval y posmedieval y en Latinoamérica la que permite a Romero dar cuenta de las peculiaridades y la originalidad de la trayectoria histórica de las ciudades latinoamericanas.

Ello se advierte, mejor que en ninguna otra parte, en su estudio de la etapa colonial. Lo que pone en primer plano en él es la oposición entre el proceso en que se crea la red urbana europea, crecida en los intersticios del mundo feudal, primero marginal a él y sólo gradualmente afirmada como “mecanismo rector de todas las formas de la vida histórica”, y el que en Latinoamérica no las ve surgir de ningún proceso social espontáneo. Aquí, en efecto, la red urbana es creada desde lo alto, para mejor asegurar la dominación política y la explotación económica de las poblaciones conquistadas. Las consecuencias de esa diferencia de origen y finalidad afectan todos los aspectos de la vida urbana en Indias. Esta no ha de ser aquí la fuente de una renovación de ideas y estilo de vida, como lo fue en su etapa primera la ciudad europea; por lo contrario, la tensión entre un ideal de vida y un sistema de ideas de rígida fijeza y una realidad tercamente irreductible a ellos ha de ser el rasgo constante de esa vida urbana.

Si esa tensión exasperada no se resuelve nunca es porque las fuerzas que obstinadamente buscan imponer ese modelo ideal son en parte ajenas y superiores a la ciudad indiana, y aun a la sociedad indiana en su conjunto. Tanto el origen de la ciudad como la textura de la vida urbana durante la colonia remiten entonces a un básico elemento diferencial con el modelo europeo-occidental: él es desde luego el carácter colonial de esta etapa de historia latinoamericana.

Se advierten aquí de nuevo las ventajas de quien se acerca a un área de estudio desde una posición marginal: reclamar cualquier mérito de originalidad para Romero por haber colocado en el centro de su imagen de la Latinoamérica colonial la condición colonial podría parecer extravagante, y sin embargo él es capaz de seguir las ramificaciones de esa condición con una penetración no siempre alcanzada por quienes, luego de una larga intimidad con su tema, lo ven sobre todo desde dentro, y a fuerza de dar por supuestos los condicionantes de esa realidad peculiarísima corren a menudo riesgo de olvidarlos.

Al colocar el dato colonial en el centro de su análisis de las ciudades hidalgas y las criollas, Romero prepara una imagen del cambio aportado por la Independencia que no tiende —como tantas interpretaciones hasta ayer en boga— a disminuir sus alcances. En la historia urbana latinoamericana, la Independencia es para él la frontera entre la ciudad criolla y la patricia. Esta última palabra tiene en Romero una riqueza de ecos y sugestiones casi nunca alcanzada por estudiosos centrados más exclusivamente en América Latina; evoca de inmediato una etapa particularmente compleja y ambigua en la historia urbana europea, que él mismo ha explorado minuciosamente. De nuevo, sin embargo, ese ejemplo bien conocido no invita a aplicar ningún razonamiento por analogía: sí en cambio a subrayar la complejidad de la escena social y cultural urbana, en la Latinoamérica del siglo XIX, y ello contribuye a eliminar lo que en la previa visión propuesta por Romero para ese siglo latinoamericano era aún tributario de un esquema quizá no totalmente adecuado. Pero Romero logra más que eso; aunque ese esquema no es reemplazado por otros igualmente explícitos, su presentación de una realidad pululante y ambigua logra sin embargo hacernos inteligible su sentido.

Ello debe atribuirse por lo menos en parte a que es esta etapa del pasado latinoamericano (la que ve el surgimiento de las ciudades patricias y su transición hacia las que Romero llama burguesas) la que Romero ha hecho desde más antiguo objeto de su curiosidad; al cabo Latinoamérica, las ciudades y las ideas se publica treinta años después de Las ideas políticas en la Argentina, cuyo núcleo está dado por los macizos capítulos sobre la etapa 1810-1930. Gracias a ello, Romero puede avanzar ahora en ese territorio con la seguridad de quien se interna en terreno familiar, y para conservar el rumbo no necesita de los hitos un poco artificiosos proporcionados por ciertos esquemas explicativos acaso demasiado genéricos.

La situación para la etapa cubierta en el capítulo final (“Las ciudades masificadas”) es cabalmente la opuesta. Este campo no sólo es relativamente nuevo para Romero; lo es también para los historiadores y aun para los científicos sociales, acuciados por la urgencia de la crisis en curso a improvisar análisis y pronósticos que la experiencia revela de validez problemática o por lo menos efímera. El seguro pulso con que Romero traza su retrato —tan sugestivo y equilibrado— de la ciudad latinoamericana en los tiempos que corren, parece más admirable cuando se lo compara con esos febriles ejercicios. En ese retrato se reconocen algunas de las categorías utilizadas en ellos (comenzando por esa alternativa entre masas y clases, cuyo eco llega hasta el título), pero éstas ofrecen elementos descriptivos más bien que un hilo conductor en el laberinto contemporáneo.

Romero se aproxima a él también como historiador, no dispuesto a sacrificar la complejidad de la realidad que enfrenta para mejor explicarla. Para penetrar en ella su instrumento privilegiado sigue siendo, como en cuanto al pasado, el testimonio contemporáneo. Lo que complica —o quizá simplifica— las cosas es que ahora una parte significativa de esa masa testimonial proviene del propio historiador, que es a la vez observador apasionado de la vida urbana. Buena parte de sus observaciones más penetrantes sobre el temple que esa vida ha alcanzado en el choque entre la “sociedad integrada” y las “masas excluidas” proviene en efecto de quien no sólo ha paseado esa curiosidad por la mayor parte de las capitales latinoamericanas sino —más radicalmente— se ha observado vivir cotidianamente en ese contexto.

La imagen que surge de ese análisis no oculta nada de las desgarradas tensiones que cruzan la vida urbana —y no sólo ella— en la Latinoamérica contemporánea. Sin embargo, el tono con que las evoca es inesperadamente sereno. Puede verse en esa serenidad todavía otra huella de la diferencia entre el historiador y el científico social, que parece haber reemplazado en la sociedad actual a los augures de la romana, y como ellos no puede eludir el ejercicio de la más riesgosa de las profecías: la de corto plazo. Pero no sé si es útil insistir en un contraste que sólo sirve para alimentar vanas querellas entre disciplinas a la vez íntimamente afines y radicalmente distintas. Esa serenidad enigmática no sólo nos confirma de modo totalmente superfluo que Romero era en efecto un historiador; nos puede quizá dar la clave de lo que llegó a ser su visión histórica cuando la muerte estaba a punto de cerrar su trayectoria como tal. En sus diálogos con Félix Luna, Romero iba a definir esa visión como optimista y reivindicar ese optimismo como privilegio del historiador que, a más de inventar las consecuencias de corto plazo —a menudo catastróficas— del cambio, se concede la paciencia necesaria para explorar ese proceso más lento que reintegra en una nueva unidad lo que el cambio ha fracturado, y esa nueva unidad se le revela más rica que la previa a un proceso que sólo pareció aportar pérdidas catastróficas. Y sin duda entre las alternativas que su interlocutor le proponía, la que Romero defendía con argumentos que remozaban los del optimismo historio- gráfico del ochocientos era la menos alejada de su intuición esencial de la realidad histórica. Pero, a esta altura de los tiempos, es difícil practicar esa curiosa álgebra que resta sufrimientos presentes de beatitudes futuras con la buena conciencia que en el siglo pasado sostenía al general Mitre y en el nuestro fue privilegio de Stalin llevar, como decían sus admiradores, hasta las últimas consecuencias prácticas.

 Romero está muy lejos de practicar esa álgebra en el capítulo final de Latinoamérica: las ciudades y las ideas. Sin duda, allí vuelve a insistir en que sólo el paso del tiempo permitirá descubrir la dirección que está destinada a tomar la larga confrontación cuyo teatro principal son las ciudades latinoamericanas, y de cuyo desenlace depende el destino del entero subcontinente. Al mismo tiempo se abstiene de expresar confianza alguna sobre las modalidades que ese desenlace podrá asumir, y la presentación que da del proceso en curso daría en efecto muy pocos motivos para justificar esa confianza. La acentuación de la desigualdad social, la aparición de nuevas líneas de clivaje y potencial ruptura al lado de las antiguas, que por su parte se hacen más abruptas, son muy honradamente señaladas. Y la insuficiencia de las soluciones de recambio es subrayada sin ningún espíritu de denuncia, pero con claridad transparente, en el análisis de las tendencias populistas y revolucionarias. Detrás de esa insuficiencia se adivina algo más grave: la imposibilidad de definir (no digamos de imponer) una solución de recambio capaz de satisfacer el haz de exigencias autocontradictorias de los sectores excluidos, que quieren a la vez abolir el orden vigente y participar mejor de sus beneficios. Pero esa lucidez que deja tan escaso lugar al optimismo no turba la antes señalada serenidad de tono. Se diría que aquello que —buscando un lenguaje inteligible a su interlocutor— Romero expresaba en términos de optimismo histórico está quizá más cerca del amor fati, de la aceptación lúcida de lo que no puede ser evitado.

Pero, si ésta puede ser la fórmula intelectual que mejor expresa la actitud del último Romero, la austera resignación que es el temple emocional adecuado a ella está ahora tan ausente como en el pasado. Por debajo de cualquier duda sobre el sentido de avance del proceso histórico se afirma —más poderosa que nunca— una gozosa curiosidad por el despliegue de energía vital que subtiende aún el curso de hechos más deplorables. Esa curiosidad que ni postula ni requiere ningún pronóstico optimista refleja su ciega y sin embargo inquebrantablemente segura confianza en la vida y su cruel fuerza creadora. Ella ya no era quizá más que el eco de la que Romero conservaba en su propia vitalidad, en esa generosa fuente de energía desbordante que manaba de lo más hondo de sí mismo. Una confianza que lo había llevado a definir su vocación de historiador identificándola con una empresa desmesurada, y lo sostuvo para afrontar victoriosamente ese orgulloso desafío que se había impuesto a sí mismo y ahora tiñe con el color de la felicidad ese cuadro sombrío que retrata la atormentada Latinoamérica en que concluyó su vida.

Vito Dumas 284 (B1644BID) Victoria, Pcia. de Bs. As. TEL: (54-11) 4725-7000 José Luis Romero