Las cruzadas. 1943


Romero, José Luis. Las cruzadas , Atlántida, Buenos Aires, 1943.

INTRODUCCIÓN

El dilatado período de tiempo que transcurre entre la caída del Imperio Romano, en el siglo V, y la época del descubrimiento de América, al finalizar el XV, se conoce con el nombre poco expresivo de Edad Media. Durante muchos años se ha mantenido la opinión de que esos diez siglos constituían una época bárbara, un verdadero paréntesis en la historia de la humanidad entre dos épocas de esplendor; pero poco a poco — y desde no hace mucho —, a medida que se ha ido conociendo mejor cómo vivían y cómo pensaban aquellos hombres, qué cosas nuevas y sutiles se elaboraron por entonces y, sobre todo, cuán intensa era la vida del espíritu, aquella opinión ha sido reemplazada por su opuesta. Y desde que se ha comenzado a mirar con simpatía la Edad Media, se ha aprendido a admirar la fuerza de los arquitectos que dieron cima a las monumentales catedrales de Colonia o París, o la gracia de los artistas que realizaron las deliciosas miniaturas de los libros de horas, o la elevación de los imagineros que esculpieron las figuras de los templos románicos u ojivales, o la sabiduría y la grandeza del poeta de la Comedia o del filósofo de la Suma Teológica.

Poco a poco, también se ha ido aclarando la maraña de su vida social y de su vida política; las figuras de los grandes héroes legendarios, de Carlomagno, de Ruy Díaz de Vivar o de Ricardo Corazón de León, han adquirido, a medida que se las ha ido conociendo mejor, un aspecto más humano y un significado preciso dentro del cuadro de la época en que cada uno vivió; y las formas de la vida social que se definen con el nombre de régimen feudal han comenzado a ser inteligibles en función de los caracteres de la época en que surgen —el fin del Imperio Romano de occidente— y de las exigencias que los propios acontecimientos plantearon en tan largo plazo.

De todos los fenómenos que caracterizan la Edad Media, uno de los más sugestivos y acaso el que proporciona una clave más segura para entenderla profundamente, es la aparición de los musulmanes en el ámbito del Mediterráneo. Fueron primitivamente un conjunto de pueblos de la Arabia y construyeron, gracias a la propagación violenta de su dominio y de su fe, un poderoso imperio extendido desde el Turquestán hasta España. Los musulmanes aprendieron muchas cosas de los pueblos conquistados —persas, egipcios, visigodos romanizados—, pero las aprendieron tan bien y las conservaron tan celosamente que algunos siglos después fueron capaces de enseñarlas de nuevo, elaboradas y enriquecidas, a muchos pueblos con quienes entraron en relación. Su influencia a partir del siglo XII fue inmensa en Europa occidental: esos países, poblados por los conquistadores germánicos y por las viejas poblaciones de la época romana, entraron en estrecho contacto con ellos a fines del siglo XI porque, encendidos en un extraño fuego, mezcla de fervor religioso y de espíritu aventurero, se lanzaron hasta el corazón mismo de sus tierras, primero para tratar de reconquistar el sepulcro de Cristo en Jerusalem, luego por defenderlo o rescatarlo nuevamente, y finalmente, movidos por el apetito de poder y de riqueza que el mundo musulmán, con su esplendor, había despertado en ellos.

Las consecuencias de este contacto entre los cristianos de la Europa occidental y los musulmanes —y, al mismo tiempo, con el Imperio bizantino— tuvo consecuencias inmensas y cambió el aspecto de los países europeos: por eso suele llamarse con una designación diferenciadora —la baja Edad Media— a los últimos tiempos de este largo período, esto es, a los que siguieron a esas expediciones de cristianos occidentales hacia el oriente, a las que se denominan Cruzadas. La narración de sus múltiples peripecias constituye el tema de este libro.

I

EL LLAMADO A LA GUERRA SANTA

En los primeros años del siglo VII —cuando reinaban en Francia los descendientes de Clovis y dominaban en España los reyes visigodos,— un profeta llamado Mahoma predicó a las tribus del desierto de Arabia una nueva religión; les mandaba adorar a Alá, el único dios, practicar la limosna y el ayuno, visitar La Meca y hacer oración; estos preceptos fueron escuchados y seguidos muy pronto por todos los árabes; pero también les mandó hacer la guerra a todos los que no quisiesen creer en su dios, para convertirlos o matarlos; y como este precepto convenía a sus hábitos guerreros y a sus costumbres nómades, muy pronto los ejércitos del Profeta cruzaron sus fronteras y se extendieron victoriosamente por extensas regiones de las vecindades del mar Mediterráneo; poco tiempo después surgía un nuevo imperio —el Califato de Damasco,— que crecía a costa de sus vecinos, el Imperio Bizantino, el persa, y los reinos que se habían constituido sobre los territorios del antiguo Imperio Romano de occidente.

Durante algún tiempo este vasto imperio mantuvo su unidad; luego comenzaron en él conflictos religiosos y políticos que lo debilitaron, y, poco a poco, el antiguo ardor que había impulsado a los musulmanes a llevar la guerra santa a todas partes comenzó a apagarse; en las suntuosas cortes de los califas y de los emires —en Damasco, en Bagdad, en El Cairo o en Córdoba— la música y la poesía, aprendidas de persas y griegos, reemplazó a las lanzas y a los alfanjes; y ya en el siglo X la era de la guerra santa, fervorosa y feroz, parecía haber pasado para siempre.

Pero en medio de este debilitamiento del vigor musulmán se produjo, al promediar el siglo XI, un resurgimiento de la fe y del fanatismo religioso; tribus incivilizadas del Asia y del África que servían como mercenarios en los ejércitos de los califas y los emires, se apoderaron del poder y devolvieron, aunque a costa de su esplendor, su antiguo ímpetu guerrero a los países musulmanes. Una tribu africana, los almorávides, estableció su predominio por todo el norte del África, mientras que un pueblo turco del Asia Central, los que habían de llamarse seldyucidas, conquistaron poco a poco todos los territorios del Califato de Bagdad y se asentaron, finalmente, en la misma capital de los califas; unos y otros debían iniciar muy pronto una nueva era de expansión musulmana.

Los almorávides, dueños del África, corrieron en auxilio de los musulmanes españoles, que, divididos por guerras civiles, acababan de perder Toledo en 1085, a manos del rey de Castilla Alfonso VI, y detuvieron a los cristianos al año siguiente en la batalla de Zalaca, en la que derrotaron al rey. Entretanto, los seldyucidas, aunque no pudieron completar la conquista de los estados musulmanes porque los califas fatimidas de El Cairo eran suficientemente fuertes, se lanzaron contra el imperio bizantino en son de guerra. El sultán Alp-Arslan condujo sus ejércitos hacia el noroeste y derrotó al emperador Diógenes en 1071, tomándolo prisionero, mientras sus sucesores emprendían la conquista de toda el Asia menor. Al mismo tiempo se dirigían sus esfuerzos a arrebatar Siria y Palestina a los califas de El Cairo; los emires seldyucidas, aunque divididos entre sí, conseguían por todas partes éxitos decisivos: en 1079 cayó en sus manos Alepo y luego Damasco con toda Palestina, y en 1085 se apoderaban de Antioquía, la rica plaza fuerte de las orillas del Orontes, en tanto que otros emires conquistaban los territorios bizantinos del Asia menor. Todo parecía indicar que el cruce del estrecho del Bósforo y la captura de Constantinopla no era sino cuestión de tiempo.

El pánico cundió entonces entre los bizantinos. Ni las tropas ni la población tenían el vigor necesario para afrontar esta dura lucha, carcomida como estaba su estructura moral por el ejercicio de una cortesanía lujosa y depravada y de una vida muelle. El emperador Miguel VII, que había sucedido a Diógenes, no pensó sino en buscar auxilios eficaces y su mirada se dirigió hacia los pueblos cristianos de occidente, de los que lo separaban viejas disidencias religiosas, pero con quienes, en el fondo, se sentía vinculado por afinidades de raza y de cultura; pero cuando comenzó a pasar revista a los príncipes de quienes podía esperar ayuda, el emperador bizantino comprendió que por esa vía las esperanzas eran escasas; los grandes y poderosos estados no existían ya en occidente; el régimen feudal los había desmenuzado y había debilitado, en consecuencia, el poder de las testas coronadas, y, en la práctica, ni siquiera bastaban a sus propias necesidades porque dependían, a su vez de sus poderosos y arrogantes vasallos; ni el emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, ni el rey de Francia, ni el de Inglaterra eran en verdad reyes poderosos y seguros en sus tronos, ni podían contar ilimitadamente con su ejército feudal: sólo el papado parecía ejercer una autoridad que fuera unánimemente reconocida y a él se dirigió el emperador.

De esta primera relación establecida entre ambos no se obtuvieron frutos inmediatos; el papa Gregorio VII, hombre autoritario y enérgico, vio llegado el momento de afirmar su propia autoridad con la empresa a que se le llamaba, dirigiendo los negocios de los príncipes y, acaso, sometiendo a su autoridad la iglesia de Constantinopla, y aceptó organizar la expedición de auxilio al oriente; pero por entonces entró en violento conflicto con el emperador de Alemania y no pudo continuar sus planes. Sólo cuando llegó al trono de Constantinopla el enérgico Alejo Comneno volvieron a establecerse las relaciones con Roma, donde regía los destinos de la iglesia Urbano II, partícipe del pensamiento de su ilustre predecesor en cuanto a la autoridad del papado. Así, cuando el clamor llegó de oriente demandando auxilio e invocando, para movilizar a los cristianos, la ignominiosa conducta de los nuevos amos de Tierra Santa con los peregrinos que acudían piadosamente a orar ante el sepulcro de Cristo, el papa se lanzó a la aventurada empresa de aunar los esfuerzos de los caballeros cristianos para lanzarlos contra los infieles: esta vez parecía llegado el momento de consolidar definitivamente la supremacía del papado en Europa.

La ocasión era propicia. La inseguridad de la vida originada por las continuas invasiones y el riguroso predominio de la fuerza que se observaba por entonces en la sociedad feudal, había lanzado a las grandes masas de los humildes en brazos de la iglesia, mientras favorecía este fervor religioso el inextinguible terror del milenario , con sus arrebatos místicos y sus acentos terroríficos, provocados por la certeza de que, de acuerdo con las palabras del Apocalipsis , el fin del mundo era llegado o estaba próximo. A este reverdeciente brote de la fe y a la severa virtud de algunas órdenes religiosas como la de Cluny, debía la Iglesia en el siglo XI el haber adquirido un inmenso ascendiente sobre las almas; y este ascendiente fue el que aprovechó Urbano II para atraer los fieles a su causa y coaccionar a los poderosos. El papa se entregó en cuerpo y alma a la organización de la empresa; a su lado, prelados distinguidos y monjes humildísimos se tornaron profetas de la causa de Dios, y todos, comenzando por el propio pontífice, se lanzaron a predicar la guerra santa de los cristianos: el viejo precepto musulmán resonaba ahora en los oídos de los fieles del paciente predicador de Galilea.

En marzo de 1095, los embajadores griegos habían expuesto sus cuitas ante una inmensa multitud de religiosos y seglares, reunidos en el sínodo de Piacenza, y ya entonces la cálida palabra del pontífice arrastró la voluntad de caballeros y gentes del común. Entonces Urbano convocó un gran concilio que había de reunirse a fines de año en la ciudad de Clermont; al llamamiento del papa acudieron gentes de toda condición y de todas las comarcas, altos dignatarios de la Iglesia y monjes humildes, pobres campesinos y nobles señores, los que venían de las tierras llanas de la Auvernia y los que llegaban de la Normandía gris o la risueña Borgoña, y a todos llegó el día convenido la palabra apasionada del pontífice que llamaba a la lucha por la reconquista del Santo Sepulcro y la destrucción de la maldita raza de Agar.

Una ola de fervor cubría el inmenso llano en donde hablaba Urbano a los fieles; desde entonces y más que nunca, la muerte, en servicio de Dios, pareció la más dulce promesa y por encontrarla todos se mostraban presurosos; el pontífice, con sus propias manos, y sus prelados y sus monjes con él, acudían a colocar sobre el hombro derecho de los cristianos la roja cruz que había de ser gloriosa insignia de los que lucharían por la conquista del sepulcro profanado; el obispo Adhemar de Monteuil fue nombrado legado pontificio para dirigir la cruzada y mientras el nombre de Jerusalem brotaba de todos los labios, la multitud comenzó a disgregarse, llevando cada uno a sus comarcas, clérigos y seglares, la consigna de arrastrar con ellos a todos los cristianos que desearan la salvación eterna y la supremacía universal del nombre de Cristo.

Entonces se vio suceder lo inesperado; más que los nobles caballeros, con más ardor y más premura, enormes masas de gentes humildes, de campesinos sin hogar, de colonos miserables y andrajosos, de caballeros sin recursos, se entregaron a la aventura con una suicida irreflexión. Los arrastraban monjes de vehemente y mística elocuencia, de palabra simple pero animada por una inmensa fe, entre los cuales fue Pedro de Amiens el más escuchado; predicaron por el sur de Francia, por la Borgoña, por la Lorena y Flandes, por la Germania del Rin y la Sajonia; y de todas las comarcas surgía la turba que se lanzaba en busca de la muerte, a defenderse de las feroces tropas seldyucidas con los cuchillos de monte o con las hoces; llevaban la fiebre de la salvación y no esperaron los consejos de la prudencia; abandonaron sus tierras y se lanzaron hacia el este con ímpetu incontenible y algunos encontraron su fin luchando contra los pueblos cuyas tierras cruzaban mientras otros llegaban, al fin, famélicos y enardecidos, hasta los muros de Constantinopla, desde donde esperaban impacientes lanzarse a la lucha.

Pero no eran esas, precisamente, las tropas que el emperador Alejo esperaba, y acaso por eso se apresuró a facilitarles el cruce del estrecho del Bósforo; a la cabeza de los que habían conseguido cumplir este primer paso de la marcha redentora estaba el monje de Amiens y un humilde caballero, Walter, a quien llamaban el pobre ; en sus manos podían verse las armas más inverosímiles y sobre sus cuerpos desnutridos los más pobres harapos; los abrasaba la sed, los consumía el tórrido clima de la meseta y los debilitaba su propia ineptitud, su indisciplina y su insensato fervor; y cuando apareció ante su vista la primera hueste seldyucida, sus filas fueron prontamente diezmadas y, al fin, no pudieron huir sino muy pocos, muriendo muchos en las proximidades de Nicea; allí encontró la muerte Walter el pobre y con él muchos miles de cristianos humildes que lograron con ella el fin primordial que perseguían acaso sin saberlo: sacrificar la vida en holocausto de aquella otra que esperaban cerca de su Dios y por Aquél cuyo sepulcro soñaban rescatar de las manos impuras y sangrientas de los infieles.

Entretanto, en el transcurso de ese mismo año de 1096, durante el cual había surgido y se había extinguido la esperanza de tantos cristianos, los nobles caballeros obedecían con más parsimonia la orden pontificia. Poco a poco, los más poderosos, y con ellos los demás, se fueron plegando al movimiento y tomaban la cruz para la lucha. Primero fue el rico conde de Tolosa, Raimundo, a cuyas órdenes fueron innúmeros los señores de la Provenza y de todo el sur de Francia que formaron; después se alistaron otros de regiones más alejadas; fue Hugo de Vermandois, hermano del rey Felipe I —excomulgado por entonces e inhabilitado, en consecuencia, para plegarse a la cruzada,— y, junto con él, el conde Esteban de Blois y el duque de Normandía, Roberto, hijo del conquistador de Inglaterra; en Germania, donde el emperador estaba también excomulgado, encabezó el grupo de caballeros cruzados el duque de Lorena, Godofredo de Bouillon, a quien acompañaron en su resolución sus hermanos Eustaquio y Balduino y su sobrino Balduino el joven ; y finalmente, en Italia, el hijo del fundador del reino de Nápoles, el príncipe normando Boemundo, reunió bajo su mando un poderoso grupo de caballeros entre los que se destacaba el valiente Tancredo. La parsimonia con que se organizaron correspondía no a la tibieza de la fe sino a las dificultades de un entendimiento y de una movilización de esta magnitud en la sociedad feudal; en efecto, si los vinculaban los ideales cristianos, separaban a los caballeros mil rencillas y recelos, las ambiciones incontenidas tanto como las desconfianzas tradicionales. Pero todo lo venció, poco a poco, la fuerza de la fe y el apetito de la aventura; y cuando el ejército popular caía derrotado y aniquilado en la ardiente meseta del Asia Menor, el nuevo ejército de los caballeros emprendía la marcha, sin más unidad que la que le proporcionaba el mando supremo del legado pontificio y sin más plan que el de reunirse las distintas huestes bajo los muros de la soberbia capital bizantina. Allí los vio llegar, poco a poco, el emperador Alejo, por cuya mente cruzaban opuestos pensamientos al contemplar los millares de caballeros que pisaban ahora su imperio, con el paso seguro y el orgullo feudal.

II

JERUSALEM LIBERTADA

Millares de caballeros protegidos por sus cotas de malla y armados con lanzas y pesadas espadas constituían el grueso de cada una de estas columnas que se acercaban a Constantinopla; tras de ellos, como correspondía a señores de tan alta dignidad, marchaba numerosa comitiva en la que los monjes piadosos se entremezclaban con las cortesanas y de la que formaban parte niños y mujeres, halconeros y servidores de toda laya, que engrosaban el número del ejército cruzado sin agregarle eficacia militar: era la caravana una extraña mezcla de peregrinación y de ejército. Así los vio llegar el emperador Alejo, hombre tan astuto como prudente, y su llegada lo encontró con una resolución tomada acerca de las relaciones que deberían establecerse entre el imperio y sus nuevos aliados. Aquellos señores normandos y loreneses, franceses del norte y provenzales, si venían guiados por la fe, llegaban también movidos por un ansia de inverosímiles aventuras que acaso ocultaba ya el apetito de la riqueza y el poder. Así los vio Alejo desde el primer momento y decidió fijar con precisión sus pretensiones y sus exigencias; no bien hubo llegado el primero de los jefes cruzados a sus territorios, el conde Hugo de Vermandois, Alejo estableció una estrecha vigilancia de los pasos que daban los latinos , como solían designar los de Bizancio a las gentes del occidente; y cuando fue conducido a su presencia, con una escolta numerosa que parecía honrarle y que en verdad lo vigilaba, Alejo exigió al hermano del rey de Francia que le prestara juramento de vasallaje. Con el irreflexivo consentimiento del conde Hugo, quedaba establecida una relación de dependencia personal entre el conde y el emperador, pero quedaba establecida también —y era lo que más interesaba a Alejo— la soberanía del emperador sobre todos los territorios que pudieran conquistar los cruzados, todos los cuales, hasta la lejana Mesopotamia, habían sido en un tiempo territorio romano.

El juramento feudal de Hugo de Vermandois indignó al duque de Lorena, Godofredo de Bouillon cuando, a su llegada, se enteró de lo que acababa de ocurrir. Le parecía impropio de su misión someterse a un príncipe extraño, y ofensivo para su honor de soldado de Cristo; y cuando Alejo le planteó a él, a su vez, idéntica demanda, Godofredo no vaciló en rechazarla con violenta soberbia. Pero como entretanto permanecía junto a Constantinopla y su ejército no guardaba mayor circunspección, el emperador creyó prudente y eficaz forzar por las armas al orgulloso lorenés a que cumpliera lo que él exigía; el argumento fue decisivo: las tropas bizantinas, que Alejo había reorganizado cuidadosamente durante los últimos años, asaltaron el campamento de los cruzados de Godofredo y lo pusieron en derrota, viéndose obligado su jefe a prestar el juramento requerido.

La actitud resuelta de Alejo dejaba ver con inequívoca claridad cuál era su posición frente a los latinos: su deber debía ser servir los intereses del imperio, porque el imperio era la barrera que separaba al occidente de los nuevos bárbaros. Pero faltaba sentido político y militar a aquellos rudos guerreros del siglo XI para percibir tan alta estrategia: querían luchar, luchar como cuando luchaban entre ellos por unos palmos de tierra o por la posesión de un castillo, y querían mantener su libertad en esta empresa como la mantenían dentro de sus feudos; por eso las pretensiones del emperador no eran para ellos sino ambición desmedida y deslealtad con respecto a lo pedido en sus clamorosas embajadas. De este choque de puntos de vista nacía la hostilidad manifestada frente al conde Hugo y al duque de Lorena; pero la hostilidad se agravó más aún cuando el príncipe Boemundo, en trance de acceder al juramento, declaro al emperador, con la insolencia normanda de conquistador y de pirata, que su aspiración era establecer un principado normando en Siria; era, precisamente, lo que Alejo temía y desde entonces vio en el hijo de Roberto Guiscard su peor enemigo, proponiéndose de allí en adelante tratar a los cruzados con astuta reserva. Cuando llegó el turno de que prestara juramento el conde Raimundo de Tolosa, como se negara a hacerlo, el emperador resolvió aprovechar la hostilidad del conde provenzal contra Boemundo, consintiendo en que no jurara fidelidad con tal de que mantuviese con él estrechas relaciones; Raimundo prometió apenas que no intentaría nada en perjuicio del emperador y es lo cierto que de allí en adelante fue su aliado y defensor de sus intereses, en tanto que Boemundo encabezaba a los que querían romper lanzas con el emperador y obrar con total independencia. La sorda y sostenida lucha entre Bizancio y los cruzados quedaba planteada, y sus consecuencias fueron decisivas en el curso de la campaña que comenzaba; entretanto, su primer episodio aseguraba una ventaja inicial para Alejo, cuyos propósitos futuros permanecían oscuros, aun cuando se vislumbraba que aspiraba a sacar de la ayuda de los latinos todo el provecho que pudiera, concediendo lo menos posible.

Cuando se hubo resuelto este conflicto, consideraron los cruzados y el emperador de consuno la conducción de la campaña. El ejército era poderoso, pues contaba acaso con cerca de 300.000 hombres, pero le faltaba el sentido exacto del carácter de la lucha que le esperaba y, sobre todo, la disciplina, la organización y el comando que exigía la empresa. No tenía otra unidad de acción que la que podía imponer el legado pontificio, que no podía ser un jefe militar indiscutido, ni otra organización que la que surgía de las relaciones feudales. Además, desconocía el terreno y las características del enemigo que debía enfrentar; y, finalmente, el exacerbado celo religioso introducía en él un nuevo factor de desorden porque hacía predominar el ímpetu sobre la prudencia. Así, pues, el cruce del Bósforo auguraba extrañas peripecias y nadie en el ejército cruzado tenía elementos para preverlas y afrontarlas: sólo descansaban sobre su valor y su fe.

Quien, por el contrario, tenía opiniones firmes y resoluciones tomadas era el emperador Alejo; consideraba, en efecto, que era imprescindible para su propia seguridad la posesión de Nicea y su territorio, desde donde podían los enemigos amenazar su propia capital; y hacia allí dirigió las operaciones. La ciudad estaba defendida por una fuerte guarnición, pero el grueso de las fuerzas seldyucidas estaba lejos y parecía, en consecuencia, fácil presa; el ejército cruzado comenzó entonces un estrecho cerco de la plaza y la ciudad sintió su impotencia; pero cuando se disponía a rendirse, sitiadores y sitiados tuvieron noticia de que se aproximaba el emir de la ciudad, Kilidich Arslan, con grandes fuerzas. Allí vieron por primera vez los cristianos de occidente a los que habían de ser sus enemigos: tenían sobre sus rostros los exóticos rasgos de los pueblos turcos y su figura menuda revelaba una vivacidad felina, y cuando aparecían montados en sus veloces caballos, se advertía su maestría de jinetes y su capacidad para las cargas en formación cerrada. Los nobles caballeros se extrañaron pero no sintieron pavor: corrieron a su encuentro con la indomable bravura que les proporcionaba su educación caballeresca, lucharon con incomparable denuedo y vigor y mataron un gran número de enemigos mientras obligaban a huir a los demás hacia el interior del Asia Menor, donde el emir esperaba reorganizar su ejército.

La suerte de Nicea estaba, pues, echada, pero la guarnición no cejó en la defensa y fue necesario apretar el sitio; pero en este momento las tropas bizantinas que acompañaban a los cruzados dieron cima a su secreto designio: solapadamente se entendieron con la guarnición, asegurando que, si se entregaba a ellos, la ciudad sería tratada con benevolencia suma, y, entretanto, combinaron un ataque general con las huestes latinas; y mientras éste se realizaba, las puertas de la muralla se abrieron de improviso y dieron paso a las tropas del emperador, cerrándose de inmediato sin que pudieran entrar en ella los cruzados; así volvía la ciudad a manos bizantinas con el esfuerzo ajeno.

Si las relaciones entre el emperador y los cruzados eran hasta entonces tensas, a partir de ese instante parecieron de franca hostilidad; los caballeros comprendieron que los habían burlado y que no podían confiar en Alejo; y aunque éste les dejó luego la totalidad del botín para resarcirlos de la ciudad que pudieron tomar y habían perdido, una invencible desconfianza había surgido entre los cruzados, sobre la cual no era posible construir una sólida base para el esfuerzo común.

Una vez tomada Nicea, los cruzados resolvieron continuar la marcha hacia Tierra Santa. Debían marchar hacia el sur, cruzando Asia Menor para llegar a Siria; pero entre ellos y los montes Taurus, hacia donde se dirigían, se interponía el derrotado Kilidisch Arslan, que había reunido un nuevo y poderoso ejército. El emir vigilaba sus movimientos; desde Nicea, el ejército cruzado marchaba con su habitual desorganización; Boemundo, Roberto de Normandía y Esteban de Blois se adelantaban con sus hombres; Raimundo de Tolosa, Godofredo de Bouillon y Hugo de Vermandois los seguían con los suyos; y el primer día de julio de 1097, en la amplia llanura de Dorylea, donde la arrojada caballería seldyucida podía hacer gala de su pujanza, les salió al paso de improviso y a todo correr desde las posiciones donde se ocultaba. Hubo un instante de pánico, pero uno tan sólo; Boemundo, experto en las luchas en países extraños, organizó prontamente el contraataque, defendiéndose con las fuerzas que tenía y lanzándose luego con todas las cristianas, cuando los demás llegaron a galope tendido a su lado. El combate entrecruzaba alfanjes con espadas, caballos con caballos, esperanzas con esperanzas; pero cada cruzado era un pequeño o un inmenso héroe y al cabo pudo más el esfuerzo de cada guerrero que la firme embestida de las filas enemigas; y poco después Kilidisch Arslan se retiraba vencido, dejando todo el Asia Menor a merced de los cristianos y el paso libre hacia el sur, donde los conducía su fervor.

Bien hubieran podido aprovechar los caballeros la conquista de tan extensos territorios. ¿Qué feudos prodigiosos, qué aventuras inesperadas, qué riquezas incalculables no se ocultaban en aquella región de ricas ciudades y de vigorosa tradición espiritual? Pero entonces se sentían ante todo soldados de Cristo y, con la vista puesta en Jerusalem, abandonaron la posesión de tan rico suelo a los bizantinos y emprendieron de nuevo la marcha hacia el Taurus; allí entraron en contacto con los armenios cuyos territorios se extendían hasta el norte de la Mesopotamia, e hicieron alianza con ellos, quedando en uno de sus estados —Edesa— el conde Balduino con sus hombres. Desde allí continuaron su penoso camino a través de las montañas táuricas y poco después, al comenzar octubre, se encontraron a la vista de Antioquía del Orontes, la antigua y espléndida capital de los Seleucidas, ahora plaza fuerte poderosa, guardada por más de 400 torres y gobernada por el fiero emir Baghi-Siyan.

La marcha por la ardiente meseta había agobiado los músculos y los corazones de los cruzados, pero encontraban ahora la recompensa en la verde llanura del Orontes, fértil y suave. Los ánimos se ablandaron y el sitio que de inmediato pusieron a la ciudad no tuvo la energía ni la organización que requería tal fortaleza. Baghi-Siyan comenzó a hostigarlos y sólo cuando el peligro pareció cercano supieron los cristianos apretar el cerco: porque no sólo la guarnición los amenazaba, sino que corría en su auxilio el emir Kerbogha, enviado con su fuerte ejército por el sultán de Mosul, celoso de aquella joya inestimable de sus señoríos.

Pero Kerbogha invirtió algunas semanas en atacar a Balduino —que en los primeros meses del año 1098 había llegado a dominar en Edesa—, incierto, el emir, acerca de cuál era el más urgente de sus objetivos; entretanto Boemundo conducía la guerra frente a Antioquía como cuadraba a sus tradiciones normandas: soñaba con poseer la ciudad y fundar en ella un reino como el que su padre se había proporcionado en el sur de Italia, y, con la amenaza de abandonar la lucha, había conseguido de sus conmilitones que le juraran que Antioquía sería suya si la conquistaban; entretanto, había entrado en tratos sigilosos con el jefe de la guarnición de una de las torres, que odiaba a Baghi-Siyan, y preparó el asalto a la plaza contando con usar esa brecha; y el 2 de junio se introdujo por ella con los suyos y abrió las puertas de las murallas, por las que entraron a saco en la rica ciudad las olas de guerreros que mataban sin piedad.

Pero aquella orgía de sangre duró poco; ya se acercaba, entonces, Kerbogha con fuerzas poderosas, llegaba a los muros de la ciudad y tornaba a los sitiadores en sitiados. Los cristianos se aprestaron a resistir el asedio con tenacidad; pero, al poco tiempo, la situación se tornó desesperada: los víveres escaseaban y llegó a faltar lo más imprescindible, mientras la peste hacía presa de ellos con tanta virulencia como el desfallecimiento en sus corazones. Sólo Boemundo, el vivaz caballero normando, conservó el aplomo y la decisión; ante el peligro —y el deshonor— de morir sitiados, presa del hambre, preparó una salida para aliviar o, acaso, levantar el sitio de la ciudad; pero apenas había ya valor ni entereza en los guerreros famélicos y desesperados; y cuando parecía que nada, ni las órdenes ni los ruegos, podría sacudir los ánimos, cierta predicción de un provenzal que se sentía iluminado pareció cumplirse cabalmente con el hallazgo de una lanza enterrada en la iglesia de San Pedro, que todos creyeron que era la misma que había herido en el costado a Cristo; entonces sí se vio renacer el valor en los corazones cristianos, animados de místico furor; los planes de Boemundo comenzaron a realizarse; la salida de las huestes cristianas tuvo el ímpetu de otro tiempo y fue sabia y prudentemente dirigida por Boemundo y, a poco, el ejército de Kerbogha, al que minaban viejas rivalidades, quedó vencido y aniquilado, dejando en el campo un botín que recompensó a los cruzados de la estrecheces y necesidades sufridas. Como después de Dorylea, el camino de la próxima etapa quedaba libre ante ellos, pero, esta vez, conducía hasta los muros sagrados de la ciudad prometida al valor y a la fe.

Pero no todo era ya aventura contra el infiel en aquella empresa. Tras un año de lucha por territorios enemigos, las filas cristianas se habían raleado mucho y las rencillas que separaban a los jefes se enconaban día a día, sin que pudiera moderarlas ya el legado pontificio Adhemar, el único que había logrado autoridad sobre lo poderosos caballeros, pues había muerto víctima de la peste que estallara tras el largo sitio de Antioquía. La más aguda rivalidad era la que separaba a Boemundo, ya señor de Antioquía, y a Raimundo de Tolosa, que, movido también por ambiciones de poder, pretendía no reconocer aquella posesión al jefe normando y crear, a su vez, un principado en su provecho. La hostilidad entre ambos provocó el retardo de la marcha hacia Tierra Santa; Raimundo esperaba conseguir el señorío de Trípoli, en Siria, y empeñó en conseguirlo todo su prestigio y su influencia sobre sus compañeros; hubo un principio de consentimiento y se iniciaron las operaciones; y allí se hubieran detenido largo tiempo si nuevos accesos de fervoroso ímpetu no se hubieran hecho sentir entre los hombres del ejército, viéndose obligados los jefes a levantar el sitio que habían puesto al castillo tripolitano de Arca y disponer la marcha inmediata sobre Jerusalem.

Los cruzados siguieron la costa siria, ahora indefensa, hasta que un día, entre el conmovido entusiasmo de todos, apareció ante sus ojos la muralla de la ciudad sagrada. El primer impulso fue lanzarse sin más al ataque, pero a poco predominó el buen consejo y los jefes comenzaron a disponer un sitio en regla; desde hacía pocos meses la ciudad había sido perdida por los seldyucidas y estaba ahora en poder del califa fatimida del Egipto; había, pues, que arriesgar la lucha contra nuevos ejércitos infieles, emplazar torres de asalto y máquinas de sitio, para todo lo cual sirvieron, con su habitual destreza, los marineros de los barcos genoveses que, a la sazón, se encontraban en el puerto de Joppe. Por fin el 14 de julio se emprendió el asalto final, resistido con denuedo por la guarnición, y el 15 consiguieron los cruzados tender un puente desde una de las torres de asedio hasta la muralla, y los guerreros se lanzaron por él; poco después todo el ejército cristiano se hallaba dentro de los muros; la lucha continuó por las callejas con furia renovada y los cristianos no perdonaron uno solo de los que con mano infiel profanaban la ciudad sagrada: un mar de sangre la cubrió ese día y los servidores de Cristo oraron esa tarde al pie de su sepulcro.

III

LOS SEÑORIOS CRISTIANOS DE ORIENTE

La conquista de la ciudad de Jerusalem ponía fin a la primera etapa de la empresa; pero comenzaba una nueva que consistía en consolidar lo conquistado, organizar política y militarmente los territorios ganados para la fe cristiana y procurar una expansión que le proporcionara fronteras seguras por el oriente y puertos que asegurasen sus comunicaciones con Europa occidental.

Lo primero, sin duda, era resolver la situación de Jerusalem misma y, con respecto a su gobierno, se planteó en seguida una viva disputa entre el clero, que propugnaba la creación de un estado eclesiástico, y los caballeros, que aspiraban a ver establecido en Jerusalem un señorío. Fueron los caballeros quienes impusieron, en el primer momento, sus decisiones y la corona del nuevo estado fue ofrecida a Raimundo de Tolosa, quien la rechazó porque no se sentía con fuerzas suficientes para consolidar su posición; la elección recayó entonces en el duque de Lorena, Godofredo, que, al aceptar, impuso como condición que no se le confiriera título real, sino tan sólo el de Protector del Santo Sepulcro .

Godofredo asumió todas las enormes responsabilidades de su nuevo cargo; ante todo había que atender a los fatimidas del Egipto que intentaban recuperar la ciudad, y hubo lucha con ellos muy poco después, derrotándolos el valiente duque. Pero entonces tuvo que afrontar las nuevas reclamaciones del clero, que arreciaba en sus ataques; con la llegada de un nuevo legado pontificio, su situación se había fortalecido; el obispo Dagoberto, que llegaba con tal título, puso el peso de su autoridad a favor de las pretensiones del clero y Godofredo debió ceder; el duque prestó juramento feudal al patriarca de Jerusalem y la ciudad se convirtió así en un principado de la Iglesia. Pero esta situación no podía durar; poco después, en julio del año 1100, moría Godofredo, y cuando el patriarca quiso confirmar su situación, se encontró con una decidida y categórica oposición de los caballeros; no le valió al prelado el auxilio de las armas ni la investidura que ostentaba; los señores llamaron al hermano de Godofredo, el príncipe Balduino, que dominaba en Edesa, y le ofrecieron el señorío de Jerusalem; y, menos circunspecto que el duque de Lorena, Balduino aceptó la ciudad que se le ofrecía, coronándose rey de Jerusalem en diciembre de 1101.

Con Balduino I comenzó la organización del baluarte meridional de los cristianos latinos de Oriente. Sobre sus fronteras debía vigilar permanentemente la amenaza de los fatimidas del Egipto, que aspiraban a reconquistar el territorio perdido, y la de los fuertes y bravos emires seldyucidas de Siria, deseosos de expulsar a los cristianos y tan sólo imposibilitados para hacerlo por las disensiones que los separaban entre sí. Más al norte, los seldyucidas tenían que habérselas con los de Edesa, a quienes acaudillaba ahora Balduino el joven , y dominaban el norte de la Mesopotamia, así como también con el fuerte bastión que constituían los estados de Boemundo alrededor de Antioquía; y, finalmente, en Asia Menor, los bizantinos dominaban ya buena parte del territorio y procuraban forzar a los musulmanes a que abandonaran toda la Anatolia.

La situación resultaba, así, promisoria al comenzar Balduino I su reinado; pero quien observara atentamente las características de los estados cristianos, advertiría de inmediato que, si las rivalidades contenían a los seldyucidas, también las disensiones internas separaban a aquéllos y les impedían toda acción duradera y fructífera. La más grave era, sin duda, la que separaba al Imperio Bizantino de los cruzados en general. Alejo perseveraba en obstaculizar el asentamiento definitivo de los señores latinos en tierras de Siria y dirigía su odio especialmente contra Boemundo, el más capaz y peligroso de los príncipes. Pero tampoco entre los cruzados se observaba una solidaridad que augurara éxitos militares y políticos; por el contrario, rivalizaban entre sí por la posesión de determinados territorios, por las influencias y el predominio, por las meras antipatías personales; pero las disensiones se enconaban y si primero se habían formado dos o tres bandos, poco después podían advertirse multitud de pequeñas banderías y camarillas, celosas e intrigantes: si las disensiones continuaban y se acrecentaban, como parecía que iba a ocurrir, no podía sino augurarse un fin desgraciado para la empresa.

En Jerusalem, Balduino I trataba de consolidar sus fronteras y asegurar las comunicaciones regulares con los países de origen de los cruzados; ese propósito condujo su atención preferentemente hacia el sur y hacia la costa de Palestina; ya en los puertos de Joppe y de Chaifa, que poseían los cristianos, se advertían numerosas naves de genoveses y pisanos, deseosos de aprovechar el dominio cristianó sobre la Siria y la Palestina para dar a su comercio un impulso mayor; su ayuda fue inapreciable para Balduino, que los aprovechó para reforzar por mar sus operaciones por tierra; su reinado fue, efectivamente, una serie ininterrumpida de éxitos en ese sentido porque, poco a poco, en el plazo que corre entre los años 1104 y 1110, se apoderó de los más importantes puertos de Palestina; así cayeron en sus manos Akkon — hoy San Juan de Acre, — Trípoli y Beirut, en Siria, y Sidón, esta última lograda con la ayuda de una poderosa flota noruega que empeñó en aquella lucha sus tradicionales virtudes como guerreros de los mares. Y a la muerte del primer rey de Jerusalem, su sucesor, Balduino II, el joven , continuó su obra, dando fin a la conquista del importante y codiciado puerto de Tiro. Desde entonces, el tráfico entre Pisa, Venecia o Génova y los nuevos estados cristianos de Oriente se estableció de manera regular y cuando afluía el auxilio armado de Occidente a Oriente, retornaba de Oriente a Occidente la muestra de aquellas tierras exóticas y sorprendentes; y a los castillos de Provenza, de Borgoña, de la Isla de Francia o de Flandes comenzaron a llegar aquellos objetos de lujo que producía la milenaria artesanía siria o persa: las telas ricas de vivos colores, las maderas olorosas, los perfumes y los aceites, los aceros y las alfombras, y con todo ello, un extraño soplo de nuevas ideas y nuevos ideales que se expresaban en los cantares con que los juglares exaltaban las peripecias maravillosas de los afortunados aventureros y en las delicadas y emocionadas canciones exóticas que los mercaderes y los peregrinos, los soldados y las mujeres aprendían en las tierras lejanas; eran imágenes sugestivas y maravillosas de países ignotos, en donde había ciudades abigarradas y palacios de inenarrable suntuosidad, gentes de rostros y de lenguas extrañas en los bazares policromos y jardines deliciosos con árboles y flores indescriptibles, en los que solía oírse la melodía de instrumentos de voces melancólicas y por los que solían pasear, custodiadas por los eunucos, las más hermosas mujeres de los harenes: todo el misterioso encanto de la vida oriental, con su sensualidad y con su lujo, llegaba como respuesta del mundo musulmán a la agresión armada de los caballeros cristianos, para descubrir una nueva faceta de la vida, que no imaginaba, ni en el monasterio ni en el castillo, el asceta místico o el esforzado caballero.

También habían descubierto este extraño mundo los cruzados; pero allí ejercitaron, en los primeros tiempos, todo el repertorio de sus virtudes y sus defectos, con férrea decisión de mantenerse puros ante tan peligroso contacto; para atender a la lucha de cada día y para contener esa amenazante corriente de sensualidad que invitaba a desertar de los principios que les conducían a la lucha, los más esforzados de los caballeros estimulados por el más sabio varón de la época, el abad Bernardo de Ciar- val, constituyeron las órdenes de monjes caballeros, cuyos componentes debían condensar las más excelsas virtudes a que aspiraba el hombre de entonces: el fervor y la pureza del asceta y el heroísmo y la intrepidez del guerrero. Los primeros que se congregaron pusiéronse bajo la advocación de un nombre excelso: se llamaron caballeros del Templo, o templarios, porque la casa que habitaron se hallaba en las proximidades del solar donde había estado el templo de Salomón. Después otros siguieron su ejemplo y, al poco tiempo, una férrea disciplina cundía entre los caballeros que defendían Jerusalem.

Nada era más imprescindible. El peligro los acechaba por todas partes y mientras los hierosolimitanos se afirmaban sobre la costa, debían defenderse del permanente reto que los guerreros seldyucidas lanzaban desde el este: allí debían estar todos en perpetuo alerta, pero era en especial la codiciada Antioquía la que debía soportar más fiera lucha.

Antioquía tenía muy próxima, en la ciudad de Alepo, una poderosa base enemiga de operaciones. Desde ella amenazaban a la hermosa ciudad del Orontes los emires musulmanes sin darle tregua; en los primeros años de la dominación cristiana, Boemundo fue para ellos un feroz enemigo, incansable y hábil, que supo extender sus territorios en perjuicio de los emires; alguna vez, sin embargo, su audacia y su valor fueron impotentes, y por valiente y audaz, llegó hasta caer prisionero de sus adversarios; y no obstante, libertado luego, se le vio retomar con nuevos bríos la lucha de todos los días y todos los instantes. En 1103 acometió una empresa por demás peligrosa: Boemundo puso sitio a la ciudad de Harrán, pero entonces corrieron en auxilio de los cercados los más poderosos emires de Mosul y la lucha se trabó de modo tan desventajoso para el caudillo normando que perdió en la lucha muchos hombres y vio derrumbarse todo su sistema defensivo, pudiendo apenas detener la catástrofe su extraordinaria pericia militar. Pero la defensa de lo conquistado no podía ser el ideal de un jefe de tan desmedidas ambiciones y Boemundo emprendió un viaje a la Europa occidental para reunir nuevas fuerzas; desde 1104 estuvo el bravo caballero reclutando tropas y tratando de despertar el entusiasmo aventurero de los cristianos; pero no sólo contra los seldyucidas, sino también, y muy especialmente, contra los bizantinos, desde antiguo enemigos de los normandos, que ya hacía mucho que habían soñado con extenderse por el Adriático y el Mediterráneo a costa del Imperio Griego; su llamado a cruzada fue, ahora, lo que determinaba su genio normando, pirático y cristiano a un tiempo: y cuando se consideró preparado para la nueva aventura, se lanzó contra el Imperio Bizantino, pero sólo para caer vencido por la inflexible decisión y la sutil pericia de Alejo.

Tras esa empresa encontró la muerte Boemundo, en cuyos estados de Antioquía había quedado Tancredo en posesión del mando. Su constante lucha contra los emires musulmanes y, en especial, con el de Alepo, consumió sus fuerzas así como también las de su sucesor, Roger, cuya audacia trajo a Antioquía uno de los momentos de mayor peligro cuando, tras un vano intento de apoderarse de Alepo, cayó a manos de Ilghazi de Mardín, un emir llamado por los habitantes de la ciudad, por entonces anarquizada y temerosa. Con Roger cayó, en el fatídico año de 1119, buen número de bravos normandos y sólo la indolencia enemiga impidió que Antioquía volviera entonces a manos musulmanas.

Boemundo II no poseía el ímpetu de sus antepasados y su reinado, a costa de una renuncia a la ambición de la conquista, trajo una cierta seguridad al señorío antioqueno; pero a su muerte surgió en la ciudad una lucha entre los partidarios de su esposa Elisa y los de su hija Constanza. Era el año 1131 y Balduino II de Jerusalem pudo, en los últimos tiempos de su reinado y gracias a su ascendiente, zanjar la cuestión inclinándose por Constanza, a quien casó con Raimundo de Poitou. Y como por entonces moría el viejo rey y heredaba su trono su yerno Fulco de Anjou, inicióse una nueva era en los estados cristianos, con nuevas cabezas y nuevos ideales. Pareció que comenzaba una era feliz; la riqueza surgía en los campos de los estados cristianos y los príncipes parecían dignos del esplendor que prometía la calma. Fue entonces cuando apareció entre los musulmanes Imadeddin Zenki, que debía unificar los territorios de numerosos emiratos y emprender contra los cristianos una vigorosa ofensiva.

Ya en 1136 se vieron sus huestes sobre los estados cristianos y fue necesario que el prudente Fulco de Jerusalem, derrotado por Zenki, se aliara con el emir de Alepo que a la sazón quería resistir el avasallamiento que aquél proyectaba. Esta alianza dio sus frutos y por algún tiempo hubo paz en las fronteras, en tanto que Fulco emprendía acciones en otros escenarios y fortificaba por vez primera sus fronteras.

Entretanto, el emperador de Constantinopla volvía a sus antiguos proyectos y, al atacar a Antioquía, rompía toda posibilidad de acción enérgica contra Zenki. La lucha fue cruel y los de la ciudad del Orantes, donde el príncipe Raimundo, elegante y sentimental, neutralizaba su valor con su genio despreocupado, pasaron por momentos difíciles; y mientras los cruzados perdían extensos territorios a manos bizantinas, Zenki preparaba una nueva ofensiva que desencadenó en 1144; su resultado fue desastroso y señaló el comienzo de una era desgraciada para los cristianos. Edesa, baluarte de la Mesopotamia septentrional que amenazaba el flanco de los ejércitos dirigidos contra Antioquía, cayó en manos del emir y la situación de los cristianos se tornó desesperada. Antioquía había perdido toda seguridad y Raimundo toda la confianza en sus fuerzas: ni siquiera era posible confiar en la ayuda de Jerusalem, pues Fulco murió por entonces y dejaba en manos de la reina Melisenda la tutela del pequeño Balduino: sólo era posible esperar del Occidente una ayuda eficaz y hacia allí se volvieron los ojos de los angustiados caballeros antioquenos.

Los portadores de aquel llamado fueron los armenios, privados de Edesa, y el obispo Hugo; en Europa consiguieron conmover al papa Eugenio III y, sobre todo, interesar al abad de Clarval, Bernardo, por entonces el hombre más respetado de la Iglesia. En 1146, Bernardo predicó la cruzada y su prédica pudo contar esta vez con el apoyo de los reyes más poderosos del mundo feudal, Luis VII de Francia y el emperador Conrado III; y tras ellos, con varia decisión y entusiasmo, acogieron el llamado del abad de Clarval multitud de caballeros franceses y alemanes.

El llamado era urgente y los alemanes partieron de inmediato hacia el oriente por la ruta del glorioso Godofredo de Bouillon, ya por entonces espejo de la caballería. La llegada de los nuevos cruzados a tierras del Imperio Griego provocó entonces los mismos conflictos y las mismas dificultades que las cruzadas anteriores, y también esta vez atravesaron el estrecho los caballeros tras haber soportado la prepotente actitud del emperador. Ya en Asia, la marcha fue difícil y el entusiasmo escaso: no tenían estos cruzados del siglo XII el fervor de los otros, y sí anidaba en ellos la esperanza de obtener ganancias abundantes y fáciles victorias. Pero en la llanura de Dorylea, que habían inmortalizado los caballeros de Boemundo y de Godofredo, los alemanes fueron alcanzados el 26 de octubre de 1147 por los jinetes seldyucidas y diezmados por sus alfanjes.

Sólo entonces llegaban a Constantinopla los cruzados franceses que acompañaban a Luis VII, y sólo mucho después podrían darles ayuda; los alemanes se retiraron hacia Nicea y a fines de año vieron llegar allí a los guerreros franceses, cuyo plan era, como el de ellos mismos, inseguro e improvisado. Sortearon los peligros, evitaron los encuentros en la Anatolia y, corriéndose hacia la costa, decidieron seguir por mar, los más importantes de ellos, hasta Siria. Hacia allí fue Conrado con los suyos, todos indecisos y temerosos, a defender el Santo Sepulcro, pero a luchar con quienes resolviera Balduino III, el rey de Jerusalem.

Los príncipes resolvieron sitiar Damasco, operación difícil y peligrosa además de poco importante para el objetivo fundamental, que debía ser defender y consolidar los estados cristianos. El sitio no fue feliz; los reyes no tenían ni aplomo ni ideas claras sobre lo que era necesario hacer. Así, instalados sus reales en posesiones ventajosas, se dejaron arrastrar por los de Jerusalem y cambiaron sus posiciones por otras en las que no podían sostenerse, y la prudencia y el amor a sus vidas aconsejó a los reyes una retirada sin gloria. Poco después los ejércitos de la segunda cruzada volvían a Tierra Santa y, al cabo de corto tiempo, abandonaban los reyes el territorio, Conrado hacia Constantinopla, Luis hacia Francia, con la amargura de haber llevado a la muerte a muchos de sus caballeros sin haber podido agregar a sus laureles ninguno ganado sobre las armas musulmanas. Y, en tanto, quedaban en los señoríos cristianos las mismas angustias y sobre el Santo Sepulcro las mismas amenazas: los días de la Jerusalem cristiana estaban contados.

IV

SALADINO

El fracaso de los príncipes cristianos, su retirada sin gloria y la impotencia que demostraban para poner remedio a la crítica situación de los señoríos del Oriente, no hizo sino agravar el problema en que éstos se debatían. Ni los estados que habían fundado ni aquellos de donde provenían parecían capaces —y, en rigor, no lo eran— de coordinar una acción permanente, ordenada y eficaz contra las reservas inagotables de los musulmanes; y cada vez que un nuevo emir audaz y decidido lograba dar cohesión a las poblaciones del Asia occidental, los señoríos cristianos debían ceder ante su empuje: cada día se hacía más difícil mantener el dominio sobre los territorios conquistados con tanto esfuerzo y tanta sangre.

En el año 1149, tras la retirada de los refuerzos de Occidente, el hijo de Zeriki, Nuredín, emir de Alepo, organizó y llevó a cabo una ofensiva intensa y fructífera. Antioquía sufrió la devastación de su territorio y poco después aparecieron las insignias enemigas sobre la frontera del reino de Jerusalem; pero como la resistencia fuera aquí más enérgica, volvieron los musulmanes hacia Antioquía y en su territorio pusieron sitio a la ciudad de Anab; frente a ella pereció el conde Raimundo mientras intentaba furiosamente provocar el levantamiento del cerco y sus huestes no pudieron impedir nuevas depredaciones en las tierras de Antioquía, que a duras penas pudo resistir hasta la llegada de los auxilios que enviaba Jerusalem; pero entonces el rey hostigó a los musulmanes y los obligó a concertar una paz transitoria. Entonces el emir se volvió contra los territorios del principado de Edesa que aún estaban en poder de cristianos y allí tomó paciente y sistemáticamente todas las plazas y castillos, en el transcurso del año 1150. La pérdida de esos territorios fue, como había sido la de la capital, un golpe gravísimo para la seguridad de los estados cristianos. Pero más grave era aún la inconciencia del peligro que demostraban los caballeros, quienes se agotaban con sus rencillas y disputas tanto en Antioquía como en Trípoli y en Jerusalem, hasta el punto de contaminar la disciplina de las órdenes religioso-militares, creadas, precisamente, para imponer un estricto rigor en la conducta de los cruzados.

Por otra parte, todo evidenciaba una total incapacidad militar entre los caballeros que no parecían advertir cuáles eran sus objetivos fundamentales y cuáles los medios estratégicos y políticos para conseguirlos. Así, mientras en 1152 emprendían el sitio de Ascalón, tras el cual sólo consiguieron una plaza de escasa utilidad para las futuras operaciones, malograban los frutos de la prudente política de Fulco dejando que Damasco, desilusionada por la actitud de los cristianos, cayera en manos de Nuredín.

Con la posesión de esa plaza, el emir de Alepo tenía en sus manos una importante base de operaciones contra los cristianos y resolvió emprender un nuevo ataque general en 1157, el cual, aunque no tuvo consecuencias ulteriores, ocasionó la derrota de Balduino bajo los muros de Banias. El rey conservó, sin embargo, su empuje y pudo ver todavía la derrota de su enemigo. Poco después moría el rey de Jerusalem y su sucesor debió afrontar una situación gravísima, acaso decisiva; en efecto, en los visires del régimen fatimida del Egipto, los de Jerusalem habían encontrado, si no aliados, al menos enemigos tolerables, con quienes el trato era posible; pero el nuevo rey, Amalrico, que vio surgir las aspiraciones de Nuredín contra el califato de El Cairo, no supo aprovechar la oportunidad que se le ofrecía para coadyuvar en la empresa de detener la expansión seldyucida hacia el Nilo que, de producirse, había de ser fatal para los estados de los cristianos.

Cuando comenzó a manifestarse esa tendencia entre los seldyucidas, el Egipto se presentaba como una fácil presa para su ambición; alrededor del califa se movía un grupo de emires ambiciosos que aspiraban al poder supremo que deparaba el cargo de visir, y, en esa lucha, no vacilaron en apelar al recurso de pedir ayuda, los unos contra los otros, a los vecinos poderosos; así uno de los rivales recurrió al rey de Jerusalem mientras el otro se dirigió al emir de Alepo; pero mientras éste prestó a su nuevo aliado una ayuda tan interesada como efectiva, Amalrico fue extremadamente parco en su auxilio. Aun así, Schawer y su aliado Amalrico, como actuaban en su propio territorio y estaban mejor aprovisionados, consiguieron triunfar de la primera arremetida de las tropas del emir de Alepo, mandadas por un vigoroso y audaz jefe, de origen kurdo, llamado Schirkuh; pero, obtenido ese primer triunfo y recompensados los hierosolimitanos con un fuerte tributo que pagaron los del bando triunfante de El Cairo, su inconsciente e insaciable codicia desbarató la alianza naciente, tan promisoria como imprescindible; en efecto, pretendiendo ejercer cierta autoridad sobre el califato defendido por ellos, Amalrico y sus caballeros realizaron al año siguiente una expedición al Egipto que resultó una verdadera campaña de saqueo; los de Jerusalem obtuvieron, es cierto, las riquezas que esperaban, pero su actitud arrojó a Schawer, que ya no podía creer en su buena fe, en brazos del emir de Alepo, a quien escribió pidiendo pronto auxilio y condigna venganza. Esta vez, Shirkuh volvió al Egipto en mejor situación, con mejores tropas, y consiguió imponerse en El Cairo, ocupando de inmediato el cargo de visir que había de permitirle contar con nuevas fuerzas para combatir a los cristianos. Poco después murió, pero su poder fue heredado por su sobrino, Saladino, quien, con aquél, recogió también la herencia de sus proyectos y sus ambiciones: desde entonces habrían de luchar los cristianos con un enemigo de una altísima alcurnia.

La caída del Egipto en manos de los seldyucidas era lo peor que podía ocurrir a los estados de los cruzados: un mando único, una posición envolvente, recursos inmensos, todo facilitaría ahora la acción decisiva que, tras tanto hostigamiento, esperaban los enemigos de la cruz. Los cristianos, por una vez, adquirieron la certidumbre de que la situación era comprometida y sus recursos insuficientes y, en 1170, decidieron enviar emisarios a la Europa occidental en demanda de pronto auxilio. Pero ni el emperador Federico I, empeñado en una tortuosa lucha con el Papado, ni Enrique II de Inglaterra, ni Luis VII, éstos dos últimos empeñados desde muchos años en una guerra insoluble, ni los reyes de Sicilia, ni siquiera los grandes feudales, como los condes de Flandes o de Troves, parecían dispuestos en ese instante a abandonar las violentas luchas por el predominio que sostenían en Europa, para entregarse a una empresa que, aunque mantenía su prestigio religioso y sus atractivos económicos, mostraba ya sus inmensas dificultades militares. Y mientras los enviados de los señores del oriente procuraban vencer la pasividad de los grandes señores, Saladino, dando prueba cabal de su inteligencia y su decisión, arreciaba en su amenaza contra aquéllos con los recursos que la posesión del Egipto ponía en sus manos enérgicas.

Era Saladino un hombre singular. Había pasado su juventud en Damasco, acaso la ciudad más culta y refinada del mundo musulmán, en la que se cultivaban los estudios más sutiles y profundos, y en donde hallaban acogida los espíritus más granados de la cultura islámica. La vida era allí fácil, agradable y acaso enervante: se amaba y se aprendía, y, aun en las épocas más difíciles, no faltaba en la corte del emir o en el palacio del rico mercader o en el del poderoso cortesano, ni el poeta que revivía la vieja emoción de la poesía de los preclaros tiempos de la Bagdad de los califas, ni el músico que supiera combinar en nuevas melodías los sones vernáculos del desierto con los que perduraban de la música griega. Y en tal corte, flor de la gracia y escuela del lujo, había pasado Saladino los primeros años de su vida, entregado al encanto de una vida hermosa y ajeno a las tribulaciones y al olor de la sangre a que habían de condenarlo, finalmente, su origen y su inteligencia; allí había aprendido, sin embargo, muchas cosas que no debía olvidar jamás, y, entre todas, una tolerante y elevada comprensión del mundo y la naturaleza humana; pero era por su raza un hombre de guerra y, cuando fue llamado a ella, supo fundir notas tan diversas en un acorde extraño que proporcionaba a su conducta de príncipe poderoso una firmé nobleza y un sabio vigor.

Saladino era, además, muy ambicioso, y se sentía predestinado a grandes empresas. En 1171 moría el viejo califa de El Cairo y hubo quien vio en su muerte la mano del visir; Saladino no desperdició la ocasión que se le brindaba y se apresuró a liberarse de la influencia de los califas seldyucidas proclamándose a sí mismo califa de El Cairo, con la antigua independencia que éstos disfrutaron en las buenas épocas de los fatimidas; y no para arrastrar una existencia lánguida, sino para tratar de absorber, a su vez, las tierras próximas del Asia, donde acababa de morir Nuredín.

Esta vez el peligro fue mayor que nunca para los cristianos; a la sazón moría en Jerusalem Amalrico y su trono quedaba para su joven hijo, enfermo irremediable, que exigía un tutor, por cuya dignidad habían de desatarse nuevas rivalidades entre los prohombres de la ciudad santa hasta que Raimundo de Trípoli obtuvo lo que todos deseaban.

Ya en 1174 iniciaba Saladino una recia acometida y caía en su poder tras breve lucha la ilustre corte damascena. Entonces, sin descuidar la sumisión de las tierras que pertenecían al califa de Mosul, comenzó la campaña contra Jerusalem. Pero por entonces llegaban a Siria nuevos cruzar dos de Europa y tropas de auxilio que el emperador de Bizancio mandaba, persuadido de que en Jerusalem y en Antioquía estaban, pese a su desconfianza y a su odio, sus propias avanzadas; con esos refuerzos pudieron resistir y aun alguna vez triunfar los cristianos. Pero nada importante era posible hacer en aquel clima de rencillas y de odios; los caballeros luchaban entre sí por el poder en Jerusalem y el rey, enfermo y sin autoridad, no hacía sino agravar los conflictos. Mientras en Jerusalem Guido de Lusignan se hacía cargo del poder contra la voluntad de crecido número de señores, Saladino conseguía apoderarse de la importante plaza de Alepo y obtener, por ese medio, nuevas posiciones para ataques decisivos contra la ciudad santa; y cuando más amenazante se tornaba el musulmán, Raimundo de Trípoli, que aspiraba también al trono hierosolimitano y se sentía despojado por Guido, se atrevió a dar el insólito paso que había de conducirle a una alianza con el propio califa, mientras más de un caballero, seducido por el encanto de la espiritualidad islámica, abandonaba la fe que había corrido a defender para convertirse a la doctrina del Profeta. Saladino supo tratar con exquisito tacto a aquellos toscos caballeros, ambiciosos y prepotentes; su leyenda comenzaba a cautivar las imaginaciones y ya apuntaba en él la imagen de una nueva forma de caballería; y al conjuro de este primer puente tendido hacia aquella vida, los caballeros comenzaron a creer lo que veían y a descubrir que aquel mundo no poseía, en modo alguno, los tonos sombríos con que solían pintarlo los ascetas del Occidente: de ese contacto con aquella gentil suavidad —que escondía los corazones apasionados— había de surgir un afán por el conocimiento y la comprensión de la cultura exótica y muy luego, aunque se insinuaba ya, una estrecha influencia de una sobre otra.

Así, acrecentaba Saladino su poder mientras debilitaban los cruzados el suyo; y mientras el uno bacía florecer con fuerza renovada la fe de Alá, se marchitaban en los otros las viejas convicciones. De esta suerte, advertíase que la lucha estaba decidida. A partir del año 1186, en que un torpe agravio inferido por el conde Rinaldo, señor del castillo fronterizo de Krak, al propio califa, excitó la violenta ira de éste, los acontecimientos se precipitaron. En efecto, cuando supo que la caravana en que viajaba su hermana había sido saqueada por el caballero cristiano, el viejo califa montó en cólera y su palabra tremolante tuvo la mágica virtud de enardecer y polarizar el fervor musulmán; la guerra santa fue proclamada como en los gloriosos días de los primeros califas y Saladino vio a su lado incontables guerreros animados del viejo ardor; y un poderosísimo ejército se alistó entonces para dar un golpe decisivo a la ya prolongada empresa de reconquistar las tierras del Asia, como antaño la habían conquistado para su fe los sucesores del Profeta.

Y una vez más perdió a los hombres su ceguera. Frente a frente musulmanes y cristianos, Raimundo de Trípoli no supo anteponer su fe a sus ambiciones ni olvidar el odio que sentía por Guido de Lusignan que le arrebataba la corona, y así, aunque aparentemente reconciliado con él, autorizó un día el paso de las armas del Califa. Entonces entraron en tropel los jinetes del califa en el territorio del reino hierosolimitano y apenas pudieron contenerlos las avanzadas de los cruzados; el ejército cristiano se aprestó para la lucha, pero sobre su ánimo pesaba un oscuro fatalismo; el temor y la superstición despertaron en los cruzados los más negros presentimientos: algunos recordaron entonces que el nombre del patriarca Heraclio parecía aludir a una vieja profecía que hablaba de la pérdida de la ciudad santa, mientras otros aseguraban que un águila había volado sobre la ciudad anunciando su fin y otros, por último, que era cosa segura que Saladino poseía mágicos poderes: siniestros presagios y temores funestos consumían el antiguo valor de aquellos caballeros que habían jugado tantas veces sus vidas en un bote de lanza.

Al comenzar el mes de julio del año 1187, Saladino avanzó, seguro y poderoso, sobre la Palestina indefensa y se apoderó de la ciudad de Tiberiade, y cuando el ejército que conducía Guido de Lusignan quiso trabar combate, las huestes musulmanas arremetieron impetuosas hasta obligarlo a replegarse sobre la colina de Hattin: allí se dio la batalla final, y el propio rey con los mejores caballeros cayeron en poder del califa, que no vaciló, cuando llegaron a su presencia, en vengar con propia mano la insolente ofensa de Rinaldo.

Poco después, cayeron, uno a uno, en manos de los guerreros musulmanes todos los castillos y fortalezas de los cristianos; el 19 de setiembre el califa ordenó poner cerco a la ciudad de Jerusalem y, tras breve lucha, sus defensores debieron ceder ante el empuje de los islamitas, que entraron en ella el 2 de octubre. Saladino ordenó temperancia y clemencia, pero la orgía del triunfo fue bárbara y sangrienta: la ciudad de Cristo vio aquel día tanto furor, acaso, como aquel otro en que las huestes de Godofredo de Bouillon consiguieron violar sus muros, y desde entonces no fue en el melancólico recuerdo de los cristianos sino la Jerusalem perdida.

V

LA CRUZADA DE LOS REYES

MIENTRAS en Siria pugnaban los cristianos por mantener algunos baluartes haciéndose fuertes en Antioquía, Tiro y Trípoli, y mientras el rey Guido, puesto en libertad por Saladino, procuraba la reconquista de otros poniendo sitio a San Juan de Acre, los emisarios enviados a Occidente para que solicitaran ayuda, a quienes las nuevas derrotas cristianas habían proporcionado nuevos y eficaces argumentos, conseguían al fin conmover el corazón de los cristianos, reyes y señores, hombres y mujeres.

El pontífice había muerto de pesadumbre al tener noticia de los desastres de Tierra Santa; las gentes lloraban lagrimas amargas en las ciudades más remotas; y el anciano Gregorio VIII, no bien fue elevado al pontificado, se apresuró a establecer la paz en la ya larga lucha que Roma sostenía con el Imperio Alemán, para dedicar todas sus energías a la organización de una nueva cruzada en la que se sumaran todos los recursos de la cristiandad para la reconquista de Jerusalem: el emperador, los reyes y los caballeros fueron convocados con tonos vibrantes y todos los cristianos alzaron su plegaria para pedir la ayuda divina en la empresa.

Pero si era inmenso el entusiasmo, también lo eran las dificultades que había que vencer para formar un ejército cruzado en los últimos años del siglo XII. El Santo Imperio Romano-Germánico tenía al frente en aquellos tiempos a un príncipe ilustre y poderoso, Federico I Hohenstaufen, a quien llamaban Barbarroja; era un hombre vigoroso y emprendedor y, durante su ya largo reinado, había cumplido una labor ciclópea contra los grandes señores que minaban su autoridad, contra el papado que lo hostilizaba en Italia y en su propio imperio y contra las ciudades italianas, opulentas y ambiciosas, que instigadas por el pontífice, se habían unido contra él hasta conseguir —tras su victoria de Legnano, en 1176— una casi total independencia. Pero, a pesar de sus fracasos y sus dificultades, había vuelto a enfrentarse con el papado y se encontraba, en el momento de recibir el llamado pontificio a la paz, en abierta lucha con uno de sus más poderosos feudatarios eclesiásticos, el arzobispo Felipe de Colonia. En tal situación, aunque su espíritu se conmovió por las tristes nuevas de oriente y su corazón de cristiano lo impulsaba a entregarse a la lucha santa, no era fácil para el viejo emperador alejarse de sus estados y emprender la azarosa marcha hacia Palestina. Con todo, dolorido por las dificultades que lo ataban, estimuló a sus barones a que se dispusieran a la marcha y trató de facilitar en todo lo posible, en aquellos primeros meses del año 1188, la organización de la cruzada.

En el resto de la Europa occidental la situación no era por entonces más propicia. Desde mediados del siglo, los reyes de Francia, herederos de la casa capeta, se encontraban en lucha con su vasallo más poderoso, Enrique Plantagenets, quien, desde el año 1154, ocupaba el trono de Inglaterra, con lo cual el conflicto feudal se tornaba agitada guerra entre dos estados de abundantes recursos.

La lucha se hizo más violenta cuando Felipe II Augusto reemplazó en el trono de Francia a su padre Luis VII, y fue entonces, precisamente, cuando llegó a ambos soberanos el llamado pontificio para que depusieran las armas y las empuñaran de nuevo para la cruzada; y, como a Federico Barbarroja, el corazón cristiano impulsó a Enrique de Inglaterra y a Felipe de Francia a pactar una tregua para dedicar sus fuerzas a la empresa que la iglesia reclamaba.

Parecía como si nuevamente se hubieran polarizado los espíritus alrededor de los intereses de la fe; fue en el instante mismo de saber la noticia de la catástrofe de Tierra Santa cuando el hijo mayor de Enrique de Inglaterra, el activo e impetuoso príncipe Ricardo, tomó la cruz y se apercibió para la cruzada; su padre compartía su impulso, pero debió ser más circunspecto y procuró dejar en orden todos los asuntos de sus nuevos estados de Francia y de la isla; y mientras Federico convocaba a los suyos para una asamblea en Maguncia donde debía recibir la sumisión de Felipe de Colonia y tomar, finalmente, él mismo la cruz de peregrino, los reyes de Francia y de Inglaterra se reunían en una entrevista para concertar, en los lindes de sus estados, una paz que les permitiera entregarse unidos a la lucha por la cruz; allí se abrazaron, allí donde terminaba la tierra normanda de Enrique y empezaban los estados de Felipe, y se juraron leal amistad y cooperación, y se convino en recoger cuanto dinero se pudiera para costear la cruzada: el diezmo de Saladino —que así se llamó aquel tributo— debía exigirse a todos para aquel fin.

Pero las paces no podían durar mucho entre enemigos a quienes separaban tantos intereses y tantas rivalidades y pronto surgieron disidencias que retardaron la empresa. En cambio Federico Barbarroja conseguía vencer las dificultades y apresuraba cuanto podía la organización del gran ejército, extremando sus previsiones; mientras cuidaba de la constitución de sus fuerzas, impidiendo la incorporación de las masas campesinas inhábiles y exigía que sólo gentes acomodadas y con capacidad militar formasen en ellas, enviaba, como hombre conocedor de los negocios públicos, expertos embajadores que debían preparar el terreno para la expedición: a Hungría, para que el rey facilitase la marcha del ejército por sus territorios, al Imperio Griego para que proporcionase provisiones y los barcos necesarios para el cruce del estrecho, al sultán de Iconio, Kilidisch Arslán II, para que se aliara a él contra el enemigo común, y, finalmente, al mismo Saladino, para conminan lo a que abandonara Tierra Santa, bajo amenaza de que devastaría sus estados si así no lo hacía. Y en noviembre de 1188, mientras las disidencias surgidas entre Enrique y Felipe detenían la marcha de los cruzados de Inglaterra y Francia, el emperador reunía a sus caballeros en Nurenberg para recibir las respuestas de los mensajes enviados y tomar las últimas disposiciones para la partida de la expedición.

El emperador recibió noticias favorables del rey de Hungría y del Sultán de Iconio; también el emperador Isaac de Bizancio se mostraba amistoso, declarando por medio de una magnífica embajada, que si los alemanes se comprometían a respetar sus estados, él les proporcionaría cuanto necesitasen; pero ocultaba otros designios, porque en las revueltas que le habían llevado al poder, las gentes latinas que habitaban en sus ciudades, especialmente venecianos, genoveses y pisanos, se habían granjeado el odio de los griegos por su prepotencia y sus intrigas; y como Kilidisch Arslán, el nuevo aliado de Barbarroja, era su principal y su más próximo enemigo, el emperador Isaac no había vacilado en pactar con Saladino contra los cruzados: tales insidias se ocultaban tras las hipócritas manifestaciones de los embajadores. Pero Federico ignoraba todo ese complicado juego de intrigas y confió en lo que oía; entonces, optimista y entusiasta, convocó sus tropas para que se reunieran en Ratisbona el 23 de abril de 1189, día de San Jorge, patrón de los peregrinos. Entretanto, nuevas discordias se manifestaban entre franceses e ingleses; Ricardo se apartó de su padre y se unió estrechamente a Felipe, y mientras el rey demoraba su partida, el príncipe aceleró los preparativos para la suya que debía realizarse combinada con la de los caballeros franceses; pero aquella situación entorpecía todos los proyectos y nuevas dificultades surgían cada día: el emperador debía constituir la vanguardia de la nueva cruzada.

En la fecha convenida, en efecto, se reunieron a orillas del Danubio inmensas cantidades de guerreros, 100.000 hombres o acaso más, y poco después se iniciaba la marcha a través de la Hungría y la península balcánica para llegar, tras diversas peripecias, a territorio griego. Poco a poco fue advirtiendo Federico que las intenciones del emperador eran oscuras y se preparó para no ser sorprendido; no mucho después aquéllas quedaron en evidencia y muy pronto vinieron a las armas; pero tras el choque militar comenzaron las negociaciones y al cabo de varios meses la difícil situación de Federico, que, inesperadamente, se veía en territorio enemigo, comenzó a resolverse y pudo al fin emprender el cruce del estrecho en marzo de 1190.

Nuevas sorpresas lo esperaban en las tierras de Asia; si difícil había sido el viaje por las provincias griegas, no lo fue menos por el territorio del sultán de Iconio; Kilidisch Arslán II había abdicado y el sucesor había resuelto volver a la acentuada política islámica para lo cual se había aliado con Saladino. Fue preciso forzar el paso y sólo así consiguieron llegar frente a la misma ciudad de Iconio; una circunstancia fortuita les dio posesión de la fuerte y rica plaza, en la que sin embargo, no se detuvieron sino el tiempo imprescindible para aprovisionarse y descansar de la fatiga, emprendiendo de inmediato la marcha hacia el Taurus tras el cual se abría la Siria, donde se debía dar la lucha decisiva. El viejo emperador mantenía su entusiasmo juvenil y su firme resolución; marchaba a la cabeza de sus caballeros y era el primero en los combates; pero su arrojo debía ser mortal para él: al cruzar un torrentoso río de la montaña, él el primero, las aguas lo arrastraron y encontró allí la muerte. Era a mediados del año 1190 y su ejército se encontró desconcertado; poco después cundía entre todos la desanimación y la indisciplina, y muy pronto había de verse el pánico en los rostros de los bravos guerreros, cuando sus vanguardias tomaron contacto con las fuerzas avanzadas de Saladino, que las derrotaron con su arrojo inesperado. La mortandad fue crecida y sólo un grupo reducido pudo salvarse y siguió su marcha hacia la Siria para incorporarse a las tropas cristianas que sitiaban desde el año anterior la fuerte posición de Acre, a cuyos muros llegaron al finalizar el año.

Por esa época se ultimaban los preparativos de ingleses y franceses. Habían convenido en que ambos ejércitos se encontrarían en Mesina para seguir desde allí por mar hacia la Siria, y Ricardo se, adelantó a Felipe. Pero en Sicilia los esperaban nuevos conflictos, a los que los condujo el ánimo insensato y arrojado de Ricardo; Mesina se agitaba a la sazón en una reyerta por el poder y Ricardo —que era ya rey de Inglaterra—, sintiéndose con fuerzas y con derechos para terciar en ella, comenzó a hacer sentir su prepotencia, con lo que ahondó el conflicto y, lo que era peor, acrecentó las sospechas y los recelos de Felipe Augusto, que había llegado tras él. Y sólo a principios de 1191 fue posible partir de Mesina, haciéndolo separadamente, primero Felipe y más tarde Ricardo, guiado siempre este último por su espíritu aventurero y por su indisciplinada condición, virtudes y defectos que lo arrojaron a una nueva aventura en Chipre, de la que tomó posesión tras breve lucha estableciendo allí un feudo suyo; sólo entonces siguió su camino hacia Acre, donde llegó el 8 de junio, poco después de Felipe de Francia.

La llegada de los dos reyes al campamento cristiano los forzó a intervenir en las dificultades suscitadas allí entre los príncipes y los señores de toda condición; la hostilidad entre el marqués Conrado de Monferrato y el rey depuesto de Jerusalem, Guido de Lusignan, había degenerado en una disputa que dividía a todos los guerreros; a poco de llegar, ya habían tomado partidos diferentes Felipe y Ricardo, el primero por el marqués, el segundo por Guido; pero esta disidencia fue postergada y diferidas sus consecuencias por el éxito de los cruzados quienes, a los pocos días de la llegada de Ricardo y gracias a la ayuda de los reyes, consiguieron apoderarse de Acre. El entusiasmo renació entonces, pero las rencillas también, y los reyes intervinieron en la delicada tramitación del arreglo entre los pretendientes, entre quienes repartieron el territorio de la Siria sobre nuevas bases; y así, la situación interna entró en una breve etapa de tranquilidad, pero sólo a costa de debilitar la futura defensa del territorio cristiano.

Pero quedaba por delante lo que más importaba, la derrota del ejército de Saladino, sin lo cual la posesión de algunas plazas fuertes no constituía sino una ventaja inestable, y para afrontar esta empresa no mostraban los cruzados ni decisión, ni capacidad. Ricardo, como había ocurrido ya con otros caballeros, cayó por entonces bajo la sugestión de la vida musulmana ante la que manifestaba sorpresa y una incontrolada admiración; por su espíritu alocado e impulsivo comenzó a cruzar la idea de intentar un entendimiento con Saladino y los primeros pasos fueron dados; pero mientras su interés se concentraba en esta caprichosa decisión, su conducta se hacía más despreocupada y más insensata frente a los caballeros franceses, cuyo rey resolvió partir ese mismo año para su país, disgustado por el giro imprevisto de los acontecimientos.

Ricardo quedó entonces sin freno alguno que contuviera su entusiasmo y su ímpetu irreflexivo: violó los pactos con Saladino y emprendió la conquista de la plaza de Ascalón, ya sin ningún valor estratégico, tras de lo cual debió enfrentar a Saladino en batalla campal, en la que, con todo, obtuvieron los cristianos la victoria. A partir de entonces Ricardo ya no supo qué hacer: le atraían las empresas que se le ofrecían ante sus ojos de manera inmediata, buscaba la manera de pactar con Saladino y, a todo esto, sentía la necesidad perentoria de volver a Inglaterra donde su corona parecía amenazada. En estas dudas y con acciones intrascendentes transcurrió todo el año 1192, que había de ver una nueva y furiosa ofensiva de Saladino sobre Joppe, después de la cual Ricardo se avino a firmar un desventajoso tratado con el sultán, por el que le abandonaba los prisioneros cristianos, cedía los derechos sobre Jerusalem y se contentaba con una autorización precaria para que los peregrinos desarmados visitaran el Santo Sepulcro. Firmado este tratado el 1 de setiembre de 1192, Ricardo emprendió la vuelta a sus estados por mar, y todavía le deparó la suerte nuevas y maravillosas aventuras en el curso de aquel viaje: naufragaron, sus barcos y perdió sus compañeros, cruzó de incógnito las tierras alemanas y cayó, al fin, prisionero del emperador Enrique VI, quien, aunque deseaba retenerlo, lo entregó por último a cambio de fuerte rescate. Así volvió a sus tierras, donde su hermano Juan —el que había de ser conocido con el apodo de Juan sin Tierra— había estado a punto de despojarlo de la corona; y muy pronto recomenzó sus guerras con el rey de Francia, tras aquella larga aventura trasmarina llena de peripecias que hicieron de él un personaje legendario y que inmortalizaron su personalidad singular, justificando el que se le conociera ya para siempre con el nombre de Ricardo Corazón de León.

VI

LA CONQUISTA DE CONSTANTINOPLA POR LOS LATINOS

Al finalizar la tercera cruzada debía hacer crisis la terrible hostilidad —a veces latente, a veces manifiesta— que separaba a las dos partes en que se había dividido el antiguo Imperio Romano. Cuando en el siglo V el Occidente cayó en manos de los pueblos germánicos y, poco a poco, se organizó como conjunto de estados feudales, el Oriente mantuvo su estructura y, tras los esfuerzos de algunos emperadores y gracias a ciertas circunstancias favorables, logró afirmarse y sobrevivir a la catástrofe por muchos siglos; pero aun cuando se consideraba heredero del Imperio Romano, prevalecían en él las antiguas tendencias, costumbres y modalidades griegas: su capital, Constantinopla, solía nombrarse con su antiguo nombre griego de Bizancio y todo él fue conocido en la Edad Media como Imperio Griego. Desde muy pronto se manifestó la rivalidad y el roce entre el Occidente y el Imperio Bizantino: los emperadores griegos aspiraban a ser reconocidos por los nuevos estados de Occidente como tales, y vieron con malos ojos la coronación imperial de Carlomagno o la de Otón el grande y sus sucesores, así como tampoco toleraban la creciente ascensión del obispo de Roma hacia una autoridad universal; y como no quisieron reconocer esta última, terminaron por sustraer su Iglesia a su jurisdicción dejándola bajo la del patriarca de Constantinopla. En esta situación fue cuando la amenaza seldyucida hizo que Alejo Comneno se decidiera a solicitar el auxilio de los países occidentales, y todo ello contribuyó a que, a la llegada de los latinos, surgiera un recelo recíproco que conducía hacia una abierta hostilidad; y ya se ha visto cómo al paso de todas las expediciones de Occidente surgieron conflictos que degeneraron, a veces, en verdaderas luchas.

Después de la tercera cruzada, esto es, al finalizar el siglo XII, la tirantez había crecido por el trato concedido por los bizantinos al emperador Federico y un movimiento general de odio hacia los griegos sinuosos y astutos se desarrollaba por todo el Occidente: todo anunciaba que habría lucha con ellos. Para que así sucediera, coadyuvaban otras circunstancias; el viejo espíritu de los cruzados se extinguía rápidamente, y si en la primera expedición el fervor religioso se sobreponía a todo otro interés, poco a poco, la repulsión que inspiraba el Islam se esfumaba para dejar lugar, en cambio, a nuevos sentimientos; por lo pronto, su lujo, sus formas de vida, su civilización y su caballerosidad habían cautivado a muchos cruzados, quienes no solamente dejaron de pensar en los musulmanes como en un pueblo maldito, sino que comenzaron a juzgarlos dignos de ser imitados en muchas cosas. Y así lo hicieron; en efecto, los caballeros o los mercaderes llevaron a los países europeos muchas cosas aprendidas en el Oriente; así aparecieron en las cortes y en los castillos de Inglaterra, de Francia o de Alemania, canciones y ornamentos, costumbres e ideales con los que los cruzados se habían familiarizado en el Oriente; y más aún: aparecieron creencias y doctrinas, ideas filosóficas y religiosas sugeridas por la confrontación de su fe con la musulmana o aprendidas directamente de esta última. Y a todo ello había contribuido muy especialmente el largo reinado de Saladino, hombre de espíritu tolerante y delicado, que había retomado, tras los tiempos de primitiva furia de los primeros seldyucidas, a la comprensiva ecuanimidad y a la hábil política de los califas de los últimos tiempos de Bagdad.

En Occidente, en cambio, al intenso fervor religioso y a la decisión de luchar por la fe había reemplazado, al finalizar el siglo XII, un desatado frenesí por las aventuras que podían conducir a la riqueza o al poder. La posesión de los puertos de Siria y las relaciones con Constantinopla, habían dado un enorme impulso a la actividad comercial y, tras el entusiasmo guerrero de los caballeros, se advertía la calculadora política de los comerciantes venecianos, genoveses o pisanos, los primeros de los cuales habían llegado ya a establecer relaciones comerciales con Saladino, de las que obtenían grandes ganancias. No era, pues, de extrañar que, en un momento dado, se produjera una alianza de caballeros y negociantes que, conducidos por sus intereses coincidentes, diera un giro inesperado a las expediciones de los cruzados.

La ocasión para esta mutación en las intenciones de los latinos llegó al día siguiente de la tercera cruzada. Los cristianos de Oriente renovaron sus pedidos de auxilio y el papa Celestino III les ofreció su ayuda y ordenó predicar una nueva cruzada. Lo inspiraba su genial y audaz consejero, el cardenal Lotario de Segni, y su invocación fue escuchada de inmediato por el vigoroso emperador de Alemania, Enrique VI, que había anexado a sus territorios el reino de las Dos Sicilias y había recibido juramento feudal de casi todos los monarcas de Europa, empezando por Ricardo Corazón de León, su antiguo prisionero. Enrique soñaba con engrandecer más aún su imperio y acaso anexarse todo el Oriente, con lo cual el Imperio Romano resurgiría de sus cenizas. Y así, sintiéndose fuerte, comenzó, en 1195, la preparación de la cruzada.

El emperador, que no pudo formar en las filas de los caballeros peregrinos, puso a su cabeza a su canciller imperial Conrado, quien condujo la expedición desde Italia hasta Siria, donde, tras algunos reveses, consiguió tomar Beirut y derrotar al más temible sucesor de Saladino, su hermano Aladil. A partir de entonces, los alemanes tuvieron en Siria una posición predominante, que se acentuó con la creación de la orden del Hospital, la cual, a imagen de la de los templarios y la de San Juan, agrupaba a los monjes-caballeros en una organización estricta. Pero a poco llegó la nueva de la inesperada muerte del emperador Enrique, y el ejército se disolvió, en parte porque el desaliento cundió entre los caballeros, en parte porque los más importantes de ellos querían estar en Alemania, presentes en los acontecimientos que habrían de sobrevenir.

Pero en Europa occidental quedó la sensación de que la empresa estaba lanzada y de que era necesario concluirla. A la muerte de Celestino ascendió al trono pontificial el cardenal de Segni con el nombre de Inocencio III, quien debía poner al servicio de la lucha santa sus cualidades inestimables de organizador y de hombre de mando. En efecto, Inocencio supo concentrar sobre la reconquista del Santo Sepulcro la atención del Occidente, y muy pronto surgieron a su lado místicos predicadores que levantaron el entusiasmo general de modo sólo comparable a lo ocurrido cuando la primera cruzada. Los caballeros sufrieron las violentas imprecaciones del padre Folco y los vibrantes apostrofes del propio pontífice; los condes de Champagne y de Blois, el de Flandes y el de Montfort, y muchos otros de menor alcurnia, tomaron la cruz con un ardor incontenible; al llegar el año 1200, las huestes cristianas sumaban ya un número elevadísimo y sólo esperaban que sus jefes tomaran las disposiciones para la marcha; el mando se encomendó primeramente a Tibaldo de Champagne, y como éste muriera antes de partir, se eligió para ejercerlo a Bonifacio de Monferrato, hombre de capacidad extraordinaria, enérgico y ecuánime.

La dificultad principal era, como siempre, hallar la flota en que debía viajar el ejército y, para obtenerla, se entablaron negociaciones con Venecia, cuyo anciano dux, Enrique Dándolo, recibió la propuesta con visible interés. Venecia había cobrado, con las cruzadas, un extraordinario desarrollo comercial y ya por entonces aspiraba a lograr un dominio más estrecho y más seguro de sus rutas y de sus mercados; la nueva cruzada le pareció entonces la coyuntura deseada e imprimió a las conversaciones un giro sutil, susceptible de orientarlas hacia sus propios intereses. Pero no era cosa fácil formular sus pretensiones, y la fortuna vino en su ayuda; en 1201 llegaba a Europa occidental el hijo del emperador Isaac, que había sido depuesto por su hermano Alejo, pidiendo ayuda contra su tío, y por varias razones encontraba cálido apoyo en la corte de los Staufen; fueron, pues, los alemanes los que dijeron la primera palabra acerca de la posibilidad de dirigir la cruzada contra Constantinopla antes que a Tierra Santa, y el dux Dándolo se hizo cargo de la idea forzando su ejecución. El trato fue cerrado con muchas cláusulas sobreentendidas y los barcos venecianos se alistaron para llevar a los cruzados contra los griegos a cambio de una gruesa suma que los cruzados no pudieron pagar, pero que se avinieron a recompensar sirviendo incondicionalmente los intereses comerciales de Venecia.

Nada pudieron ni la oposición de algunos caballeros piadosos como Simón de Montfort, ni el anatema fulminado por Inocencio III contra los que condujeron la cruzada contra cristianos: la expedición zarpó del Lido y puso la proa hacia Zara, cuya posesión ambicionaba Venecia, tomándola en noviembre de 1202. Allí invernaron y, en mayo del año siguiente, tras haber conseguido cierta indulgente condescendencia de Inocencio con la promesa de trabajar por el ingreso de la iglesia bizantina en el seno de la romana, se dirigieron directamente a Constantinopla, fondeando en Scutari, en la costa asiática.

El pánico se apoderó de Alejo III; algunas medidas que se tomaron resultaron ineficaces y sólo alguno jefes consiguieron en algunos sectores detener un tanto a los francos, que se apoderaban, poco a poco, de las fortificaciones cerca de las cuales desembarcaban; un ataque intenso obligó a los griegos a replegarse bajo los muros de la ciudad y entonces un movimiento interno depuso a Alejo restableciendo en el trono al anciano Isaac; entonces éste ratificó los tratados convenidos por su hijo en Occidente, ofreciendo amplias ventajas a los comerciantes venecianos y cierto control en la vida política de la ciudad, y los latinos se consideraron satisfechos, dando por terminada su campaña.

Pero esta situación no podía durar, y cuando Isaac y su hijo, que por la ceguera del padre era coemperador, se negaron a cumplir parte de lo pactado, se produjo la ruptura entre ellos. Los latinos se prepararon para la lucha, esta vez dispuestos a apoderarse del imperio, cuyo reparto reglaron cuidadosamente. El 9 de abril comenzó la lucha y el 12 se dio el asalto a la ciudad, que cayó muy pronto en manos de los cruzados: sólo un valiente soldado, Teodoro Líscaris, salvó una parte de las tropas y se trasladó con ellas a las provincias asiáticas, donde estableció un imperio griego con capital en Nicea. Poco después los latinos elegían emperador a Balduino de Flandes y el Imperio Latino de Oriente — que debía subsistir hasta 1261— quedaba organizado sobre bases que parecían firmes.

Pero era sólo una ilusión. Los cruzados debieron luchar ante todo con los propios griegos que se habían hecho fuertes en distintas fortificaciones del Imperio; con los búlgaros, que amenazaban sus fronteras y a cuyas manos murió Balduino, y, sobre todo, con el Imperio fundado por Teodoro Líscaris. Entretanto, el sucesor de Balduino, Enrique, con una política prudente, favoreció el afianzamiento de la dominación latina, y en territorios del imperio aparecieron fuertes señoríos como el de los borgoñones en la Acaya; pero nada era fácil allí: la resistencia de la población griega, de la iglesia bizantina, a la que se quería someter, y de las feroces poblaciones búlgaras y servias, amenazaba el poder de los conquistadores. Y entretanto, crecía en Siria el poder de Aladil, que unificaba los territorios en que había dominado su hermano Saladino y, aunque se mantenía, a veces, en paz con los cristianos, tornaba imposible su expansión e ilusoria la reconquista del Santo Sepulcro.

A poco más de un siglo de las fervientes predicaciones de Urbano II en el concilio de Clermont, la Europa cristiana había cambiado de fisonomía, y el mundo feudal mostraba signos inequívocos de su transformación por obra de los burgueses de las ciudades, cuyos intereses económicos iban creando, poco a poco, nuevos ideales de vida, sobrepuestos a los viejos ideales caballerescos y cristianos; y si todavía no se manifestaban como dominantes, era notorio ya que forzaban el interés de ciertos sectores de las clases más poderosas, en especial las que se vinculaban a las cabezas coronadas: la toma de Constantinopla y la subversión de aspiraciones que ella entrañaba, era el primer alarde de esta fuerza que, pocos siglos más tarde, había de dominar la sociedad de la Europa del Occidente.

VII

LA RECUPERACIÓN DE LA CIUDAD SANTA

Mientras el emperador de Constantinopla, Enrique, trataba de sortear las múltiples dificultades que le ofrecía la dominación y la conservación del Imperio, venciendo la resistencia interior, defendiendo las fronteras septentrionales y atendiendo al creciente poderío del nuevo Imperio Griego de Nicea, la situación de Siria se estabilizaba por obra de la política pacifista de Aladil, que había heredado de su hermano el espíritu cauteloso, política a la que incitaba la convicción de que la inactividad terminaría por viciar definitivamente la informe organización de los señores cristianos de Siria. Allí luchaban unos contra otros en una contienda ininterrumpida, en la que la posesión del poder traía inevitablemente las renovadas intrigas por parte de los desalojados de él; así se debatían en Armenia o en Antioquía, mientras los estados del reino de Jerusalem caían en manos de la joven princesa María Yolanda, hija del rey Amalrico; los caballeros procuraron casar dignamente a la reina para asegurar la defensa del país, y encontraron un candidato digno en la persona del caballero Juan de Brienne, quien desde entonces ocupó una posición distinguida en el Oriente cristiano. Sólo parecían más estables los nuevos señoríos del Mediterráneo; en Chipre ocupaba el trono el rey Hugo, hijo de Amalrico, mientras que en Tesalónica la monarquía fundada por Bonifacio de Monferrato caía bajo la tutela del emperador de Constantinopla; al sur, nuevos principados surgieron en Atenas con los borgoñones, en Acaya con Godofredo de Villehardouin y en las islas, especialmente en Naxos, con los príncipes venecianos. Todos ellos abrían una nueva esperanza para los caballeros aventureros del Occidente y otra más prometedora aún para los mercaderes de las ricas ciudades marítimas de Europa, totalmente olvidadas ya del impulso religioso que había movido a los primeros cruzados.

Venecia, especialmente, cuya conducción de la cruzada de 1202 había proporcionado pingües frutos, no vacilaba ya en extender su área de acción desde las bases que la conquista le había proporcionado hacia las zonas musulmanas, donde Aladil favorecía abiertamente el intercambio comercial: así fue convenido un tratado entre el sultán y Venecia en 1208, por el cual adquirieron importancia fundamental para la república del Adriático las posiciones tomadas en el archipiélago y en las ciudades marítimas de Siria.

Este espíritu comercial mostraba que no era ya favorable el clima occidental para nuevas empresas religiosas; con todo, había allí todavía ricas reservas del antiguo fervor y el papado, con el fiero ímpetu dominador que le había prestado la recia personalidad de Inocencio III, luchaba por vigorizarlas para servirse de ellas en su propósito de acrecentar su autoridad sobre el poder político; no podía, pues, abandonar la idea de la cruzada y, mientras grataba de doblegar a los emperadores y a los reyes, impulsaba todos aquellos movimientos en los que veía la fuerza capaz de sostener sus aspiraciones teocráticas.

Como consecuencia del activo intercambio con el Oriente y del conocimiento de su exquisita civilización, habíase producido, como ya se ha dicho, una aproximación de los cristianos hacia las costumbres y hacia las creencias que allí predominaban. Fruto indirecto de ella había sido la difusión, en el sur de Francia, de la herejía de los albigenses, contra los cuales organizó el papado, con la ayuda del rey Felipe Augusto de Francia, una expedición de castigo que se denominó también cruzada, y que logró, tras ardua lucha, arrasar ciudades enteras y poderosos señoríos adheridos a aquella doctrina.

Contra la difusión de las ideas heréticas, cuyo desarrollo comenzó a alarmar a la cristiandad, y contra el sensualismo de las costumbres que el contacto con las del Oriente provocaba, aparecieron, especialmente en Italia, activos movimientos religiosos, encabezado uno por Francisco de Asís para predicar el renunciamiento y la pobreza, y por Domingo de Guzmán otro para afirmar la ortodoxia cristiana y estimular la severa represión de los herejes. Estos movimientos encontraron cálida acogida en la Europa cristiana y el papado se apresuró a encauzar el fervor religioso que ellos despertaban hacia la organización de una nueva cruzada. Las gentes respondieron como tocadas por una fuerza misteriosa; se aseguraba que los días de la dominación musulmana estaban contados y hasta se vio, en el curso del año 1212, un inusitado movimiento de niños alucinados conducidos por un jovencito de 16 años que se decía iluminado y que arrastró tras sí densas masas de pequeños creyentes a una extraña peregrinación de resultados trágicos.

Era, en rigor, el triunfo del papado. Los primeros quince años del siglo XIII constituyen un período de los de mayor autoridad del pontífice, de más honda fe entre las gentes humildes, de mayor devoción entre los poderosos, y era, en gran parte, obra de Inocencio III, incansable y vibrante de entusiasmo, de fe, de ambición y de orgullo, en una extraña mezcla de pasiones. Había sometido, como feudatarios de la Iglesia, a dos reyes poderosos, e intentaba forzar la voluntad de todos con su energía y su tesón; en 1214 vio caer derrotado a su más grande enemigo, el emperador Otón IV, a manos de Felipe Augusto, que lo venció en Bouvines, precisamente cuando culminaba su campaña contra los herejes en el sur; el papado parecía no tener ya enemigos; las masas se excitaban con la ardorosa militancia que exigía la Iglesia y escuchaban inflamadas a los predicadores, a quienes Inocencio ordenaba movilizar hacia el Oriente a todo el que quisiera marchar, sin distinguir clases sociales ni aptitudes guerreras, virtudes cristianas o conductas reprochables: para todos había ocasión de luchar por Cristo y por la teocracia de Roma.

En 1215, el papa organizó un verdadero alarde de poderío y autoridad: un gran concilio reunido en Roma congregaba a los más grandes príncipes de la Iglesia, a los patriarcas de Constantinopla, de Jerusalem y de todas las grandes ciudades cristianas; inmensa cantidad de arzobispos, obispos y abades, así como a los embajadores de todos los reyes y a los señores más importantes. El papado cobraba jurisdicción universal en Europa y sus decisiones abarcaban las más diversas materias, sagradas y profanas. Entonces el pontífice resolvió escribir a Aladil exigiendo la devolución de Jerusalem, y amenazándole, si no lo hacía, con la más feroz represión. Entretanto, la preparación de la cruzada cobraba un brío extraordinario; el brazo armado de la Iglesia debía ser el joven rey de las Dos Sicilias, Federico II, candidato, como príncipe de la casa suaba, a la corona imperial. Todo indicaba que la empresa estaba próxima a realizarse y que sería grandiosa y digna de tan grande pontífice. Pero quien había movilizado tantas voluntades y vencido tantos obstáculos, no pudo dar el toque final a su obra gigantesca: poco después, a mediados del año 1216, moría Inocencio III y el trono pontifical era ocupado por Honorio III, que estaba muy lejos de poseer las dotes de su antecesor. El entusiasmo por la cruzada decayó entonces vertiginosamente; Federico postergó la empresa para ocuparse de las múltiples dificultades que tenía en su reino y de sus intereses imperiales, mientras en otros países los escollos que Inocencio obligaba a posponer al servicio de Cristo, volvían a adquirir importancia primordial para reyes y señores.

Sólo el rey de Hungría, Andrés, que debía cumplir la voluntad postrera de su padre, se mantuvo firme en su propósito. Acompañado por sus caballeros, por los duques de Austria y de Merán, llegó hasta la costa del Adriático y se embarcó en Spalato para Siria, desembarcando en San Juan de Acre en octubre de 1217. Su llegada debía servir para impulsar las operaciones que proyectaban allí los príncipes cristianos; pero tales proyectos eran imprecisos y dilatorios. El rey de Hungría y sus aliados, Juan de Jerusalem y Boemundo IV de Antioquia y Trípoli, se lanzaron varias veces sobre los enemigos en pequeñas incursiones sin objetivo fijo y sin planes premeditados; así, su lucha fue estéril y el rey de Hungría comprendió que nada podía hacer en aquella lucha que fuera decisivo y justificara sus sacrificios, de modo que en 1218 resolvió regresar a su patria sin que su ayuda hubiera representado ventaja alguna. Pero quedaron allí muchos guerreros, especialmente de los que acompañaban al duque Leopoldo de Austria, y con ellos, y con nuevos cruzados que siguieron llegando por entonces, resolvieron los príncipes de Siria acometer una empresa de mayor aliento.

Ya advertían los cristianos que, mientras no se aniquilase a los musulmanes en su reducto del Egipto, todos los éxitos parciales carecerían de frutos duraderos: era, pues, necesario apoderarse del valle del Nilo, y esta empresa comenzó a ser madurada por los cruzados; debían coadyuvar a ella los guerreros que llegaban a la sazón y los mercaderes de las ciudades costeras, deseosos de poseer los importantes puertos del Egipto; la primera etapa sería la toma de Damieta; la ciudad era floreciente y constituía una sólida fortaleza para quien quisiera tomarla por asalto; y contra ella se movió el ejército cristiano, poniendo sitio a la ciudad en mayo de 1218.

Muy pronto la pericia de los marineros alemanes proporcionó el medio de apoderarse de la parte más sólida de la fortificación y con ello creyeron los musulmanes que la ciudad estaba perdida. El sultán Aladil murió por entonces y sus fuerzas se dividieron, porque su reino fue repartido entre sus hijos, uno de los cuales heredó el Egipto y el otro la Siria; pero la lucha estalló entre ellos y no fue posible dar a la defensa de Damieta el vigor que fuera menester; y cuando, en febrero de 1219, emprendieron los cristianos una nueva ofensiva, Alcamil, el nuevo sultán del Egipto, se apresuró a ofrecer a los cristianos una paz sumamente ventajosa; ofrecía, en efecto, devolver el antiguo reino de Jerusalem, con tal de que abandonaran el cerco de Damieta, pero no pareció bastante a algunos de los cristianos, movidos por el celo estrecho del legado pontificio, el cardenal Pelagio, los unos, y por la ambiciosa esperanza, de los mercaderes, los otros; así, la paz propuesta fue rechazada y poco después, en noviembre de ese año, la fuerte plaza del Nilo caía en manos cristianas.

Pero la ciudad cuya pérdida tanto hacía llorar a Alcamil, apenas servía de nada a los cruzados si no se decidían a emprender, desde ella, nuevas operaciones; los cristianos, sin embargo, no parecían dispuestos a ello; el rey Juan abandonó la plaza para atender a las interminables querellas internas de Siria, mientras surgían Otras semejantes en la misma Damieta, alrededor de la posesión de la plaza y del destino futuro de las operaciones. Entretanto, Alcamil preparaba su revancha y ya al año siguiente, aprovechando la crecida del río, organizó una ofensiva contra la cual se sintieron impotentes los cristianos. Todavía fueron, sin embargo, lo suficientemente soberbios como para rechazar un nuevo ofrecimiento de paz que, en las mismas condiciones que la otra vez, hizo Alcamil. Pero entonces su destino quedó sellado y en agosto de 1221 la derrota cristiana fue terrible; el sultán, sin embargo, también esta vez se avino a tratar con los vencidos, permitiéndoles salvar su ejército con la condición de que evacuaran de inmediato la ciudad: largo tiempo de sacrificios y de esfuerzos quedaron, pues, reducidos a la nada y los cruzados volvieron a sus posesiones de la Siria.

La pérdida de Damieta consternó al Occidente. Los intereses comerciales de las ciudades marítimas de Europa se habían convertido ahora en intereses generales y preocupaban a reyes y señores. El mismo Federico II, coronado emperador en 1220, veía en ellos sus propias ventajas y acariciaba audaces y ambiciosos proyectos de dominación y de enriquecimiento. El papado, responsable en cierto modo de la catástrofe por haber sido el legado pontificio quien se había opuesto a la paz, encontró entonces propicia la ocasión para descargar su responsabilidad y castigar la prepotencia del emperador, reprochándole públicamente el que por la falta de ayuda suya se hubiera malogrado la cruzada. Entonces comenzó Federico a pensar seriamente en organizar su expedición y se comprometió a ello en una asamblea convocada por el papa en Ferentino, asegurando que partiría en 1225, al mismo tiempo que aceptaba la proposición que se le hacía de que tomara por esposa a la princesa Isabel, heredera legítima del trono de Jerusalem.

Poco después, dificultades imprevistas obligaron a Federico a retardar su empresa, y entonces el papado lo conminó para que la cumpliera, usando las expresiones más imperativas y violentas: las relaciones entre ambos poderes empeoraban día a día y el papado abrigaba serios temores con respecto al comportamiento del emperador, que daba a su vez señales de aspiraciones autocráticas. En San Germán, sin embargo, el emperador se mantuvo prudente frente al papado y juró solemnemente, bajo pena de excomunión si así no lo hacía, emprender la marcha hacia el Oriente en agosto de 1227.

Federico se resolvió a cumplir su promesa; pero entretanto, se apresuró a formalizar el matrimonio proyectado y de inmediato, y ante la sorpresa general, exigió la regencia del reino de Jerusalem, despojando así al benemérito conde de Brienne. Por lo demás, atendía a su proyecto celosamente, pero todo contribuía a dificultar su acción; sus pretensiones imperiales, más radicales que las de Enrique IV o Federico Barbarroja, lo hacían temible para el papado, pero también para muchos de sus grandes feudales y, sobre todo, para las florecientes ciudades libres de la Italia septentrional, en las que, naturalmente, se apoyaba el papado para neutralizar su acción; así, aunque se le obligaba a cumplir su promesa, se obstaculizaba su preparación y solamente encontró en los más ricos centros urbanos una mísera ayuda material cuya falta debió suplir con la que le proporcionaban sus estados alemanes y de la Italia del sur.

El plazo para la partida se acercaba. A Honorio III sucedía a la sazón en el trono pontifical Gregorio IX, hombre de vigoroso carácter y firmes convicciones teocráticas; y cuando, ya embarcado, Federico II debió detenerse en Otranto por una violenta epidemia que se había desencadenado a bordo de su flota, el nuevo papa no aguardo explicaciones para fulminar contra él la excomunión prometida. La guerra entre los dos poderes estaba declarada; el papa afirmó que el emperador había dejado de ser cristiano y que la cruzada no podía ser encabezada por él, quedando sus súbditos, en consecuencia, libres del juramento feudal y las ciudades del norte de Italia en actitud amenazante. Pero Federico crecía con el peligro; afirmó la justicia de su causa y las razones que tenía en su favor y, poco después, aún arriesgando los peligros políticos que su decisión podía traer aparejados, zarpó de Brindis en junio de 1228: el emperador excomulgado, acusado de profesar el islamismo y de discutir los dogmas de la Iglesia de Cristo, marchaba con su buen ejército a rescatar la tumba del predicador de Judea.

Su marcha fue como su vida: pujante y segura, y apoyada simultáneamente en una insidia maliciosa y en una inteligencia libre de prejuicios y abierta a todos los llamamientos de la realidad. A bordo viajaban gentes de muy diversa laya; junto a los sacerdotes y a los piadosos caballeros veíanse incrédulos y heterodoxos; y alrededor de Federico se proferían las peores blasfemias sobre los misterios de la fe, mientras el emperador y sus cortesanos leían —con un encanto que preanunciaba el Renacimiento— los mejores autores antiguos y discutían con herética prescindencia las proposiciones de los teólogos musulmanes que rebatían los dogmas de la Iglesia cristiana. Un nuevo espíritu se conformaba en la corte del emperador Federico, que había de corroer la estructura cristiana del Occidente.

Animado de tal suerte llegó Federico a Chipre; allí despojó del poder a Juan de Ibelín, señor de Beirut, que ejercía la tutela del pequeño descendiente del rey Hugo, para poner en su lugar a sus adictos; y poco después, en septiembre de 1228, desembarcaba en Acre y en corto plazo perfeccionaba su composición de lugar, con el ojo prudente y perspicaz de un hombre avezado en las lides políticas. En efecto, Federico comprobó de inmediato que la guerra que llevaban los cristianos no admitía una solución decisiva y se afirmó en su convicción de que sólo quedaba el recurso de una sutil negociación. Entonces se advirtió el secreto y la trascendencia de la conducta de Federico; el sultán había enviado al emperador una embajada con ofrecimientos concretos y de la corte del emperador había salido, a su vez, un emisario, el arzobispo Bernardo de Palermo, para negociar con el sultán. El caso era inaudito, aunque sus raíces hubieran podido estar en la memoria de todos los que supieron ver como veía Federico; poco quedaba ya, en rigor, de la infranqueable barrera que separaba antaño las dos grandes civilizaciones del Mediterráneo, y la necesidad de un entendimiento con los musulmanes era convicción arraigada en todas las cortes meridionales de Europa.

Ahora, con el pie puesto en el teatro de tanta lucha estéril, Federico se afirmó en sus puntos de vista. Los reyes y señores de los estados cristianos de Oriente no significaban ya nada ni su empresa parecía cuerda a sus ojos de político realista y experimentado, de modo que se desentendió de ellos y los dejó entregados a su terca y mezquina lucha por algunos palmos de tierra o por una autoridad que nada representaba; él, como rey de Jerusalem y con prescindencia de los señores de Antioquía, de Armenia o de Trípoli, resolvió pactar con el sultán y poco después, en febrero de 1229, un tratado era concluido por los embajadores de ambos príncipes y jurado por ellos mismos; por él, Jerusalem volvía a manos cristianas y Federico recibía, con la ciudad apetecida, todos los pueblos y ciudades vecinas, especialmente las que conducían desde el puerto de Acre hasta ella, quedando, en cambio, fuera de su jurisdicción y en manos musulmanas, el recinto de la mezquita de Ornar.

Federico triunfaba. Había discutido sobre teología con los más finos espíritus del islamismo sirio y había escuchado con raro deleite poesía y música de labios musulmanes; sus tiendas estaban llenas de telas riquísimas, de joyas suntuosas y de perfumes delicados que provenían de la refinada cortesía del sultán; se sentía cosmopolita y superior a todo estrecho dogmatismo y podía escuchar, sin perder la calma, los rumores del anatema que fulminaban contra él los monjes que Gregorio IX enviaba en su seguimiento para lograr que se desconociera su autoridad. Pero Federico triunfaba en toda la línea; tenía más súbditos que antes y era más rico y más poderoso; Jerusalem, la prenda codiciada, estaba ahora en sus manos y, por su gracia, volverían a orar los peregrinos de Occidente junto al Sepulcro Santo, mientras volvían a surcar los mares las naves, crujientes de tantas riquezas como conducían. Como después de la toma de Constantinopla, Europa tuvo, al saber la nueva, la extraña sensación de que comenzaban tiempos nuevos.

VIII

LOS ULTIMOS FRUTOS DEL FERVOR

Cuando Federico retornó a Italia no era menor que antes el recelo y la hostilidad que sentía el papado hacia la casa de Suabia. Había que considerar, sin embargo, nuevos hechos: Jerusalem estaba ahora en manos cristianas y el emperador se había comportado generosamente con los fieles sin haber reaccionado violentamente, como era de esperar, contra el papado que lo hostilizaba; era, pues, imprescindible reconocer los hechos y el pontífice convino en celebrar con Federico un nuevo tratado en el mismo lugar en que se había celebrado el anterior, por el que reconocía el pacto del emperador con el sultán.

Con esto, crecía Federico en poder y en prestigio. Las huestes que había dejado en Siria, se comportaban valientemente, y el emperador justificaba con su conducta, en la paz y en la guerra, su título de rey de Jerusalem. Pero esta paz no podía durar mucho en el Occidente; las pretensiones imperiales tendían a afirmar la soberanía del poder civil y a contener todo intento teocrático y había en ello motivo más que suficiente para que los papas herederos de Inocencio III estuvieran constantemente prevenidos contra el emperador. El conflicto volvió a estallar, pues, muy pronto; poco después del segundo tratado de San Germán, Federico tuvo que recurrir a las armas contra los lombardos, celosos de sus libertades y amparados y dirigidos por el papa, quien, de inmediato, tomó partido con la misma antigua violencia contra el emperador. El papado había resuelto predicar una nueva cruzada y ese mismo año de 1230 comenzó su labor. Era una provocación. Federico advirtió que entrañaba un desconocimiento de la paz convenida por él con el sultán, y se opuso violentamente a su ejecución; pero esta vez no era el único que se oponía a los designios pontificios; toda Europa comprendió que el papa trataba de aprovechar el llamamiento a la guerra santa para desafiar a la casa de Suabia, cuyas pretensiones imperiales chocaban con las suyas y cuyo poder en Alemania y en el sur de Italia espantaba al papado, que se sentía ya su prisionero; y en esta lucha que ya duraba mucho tiempo, cada rey y cada señor tenía ya su partido tomado y no era posible ya confundir a ninguna con el arrebato del fervor.

La consecuencia de esta tirantez entre imperio y papado fue que, por entonces, no hubo cruzada. Sólo los cristianos de Siria y las huestes de Federico luchaban allí, en operaciones intrascendentes, con los musulmanes. Entretanto, el conde de Brienne, rey despojado de Jerusalem, había sido llamado a Constantinopla por los latinos para que compartiera el poder con el pequeño Balduino II. Allí, como en Siria, los caballeros cristianos se debatían en una lucha defensiva cuyo balance arrojaba siempre pérdidas de diversa cuantía. El enérgico emperador de Nicea, Vatatzes, conseguía lentamente acrecentar su poderío en Asia y ya se veía donde residía la mayor amenaza de los latinos de Constantinopla; a todas ellas, y eran muchas, ponía remedio con celo vigilante el prudente caballero de Brienne y lo mismo hizo Balduino II cuando el peso del gobierno quedó solamente en sus manos, mientras Teodoro II sucedía a Vatatzes y continuaba su reconquista del territorio griego palmo a palmo.

Todo era peligro para los cristianos; pero en 1238 murió el sultán Alcamil y la lucha civil surgió de nuevo entre los musulmanes con motivo de la sucesión entre sus hijos Aladil y Eyub; entonces, las razones que había invocado Federico para no autorizar una nueva cruzada perdían su fuerza y la situación parecía, en cambio, propicia para llevar ayuda a los estados cristianos, al tiempo que podía el papado retomar su política anti-imperial. En efecto, el papado llamó a la guerra santa, pero uniendo expresamente sus dos propósitos: el de luchar contra el Islam y el de abatir a la casa de Suabia; pero los señores que respondieron a su llamado —el rey de Navarra, Tibaldo, el duque de Borgoña y otros de menor jerarquía— se cuidaron muy bien de disociar los dos objetivo, y aunque convinieron en luchar en Tierra Santa, no dejaron de manifestar a Federico su lealtad; todo hacía ver a los príncipes que, en tales circunstancias, eran escasas las probabilidades de éxito. Así, cuando en los primeros meses del año 1239 se consideraron listos para la lucha, se encaminaron resueltamente hacia Siria, sin atender la voz velada de los emisarios romanos que los incitaba a pelear contra el emperador acusado de herético.

Tibaldo de Navarra y los caballeros llegaron a oriente poco después, y allí encontraron el mismo panorama que ofrecía de antiguo el conjunto de los señoríos cristianos: rivalidades inconciliables, pluralidad de objetivos, y total despreocupación con respecto a la meta final manifestada en toda la prédica en favor de la cruzada, esto es, el aniquilamiento total de los musulmanes por una acción metódica y sostenida. Así fue que los recién llegados no intentaron sino lo que habían intentado antes otros; lucharon en expediciones limitadas al saqueo, y unas veces pensaron retomar algunas plazas fuertes de Siria, mientras otras se prepararon para llevar la lucha al Egipto. Pero ya entonces la situación cambiaba en el seno del califato y el impetuoso ataque de los condes de Bar y de Montfort hacia el sur terminó con su total derrota, mientras Annasir Daud caía sobre Jerusalem y la retomaba en un violento y repentino ataque.

Sólo el azar de las rivalidades entre los emires musulmanes salvó entonces —una vez más— a los cristianos; uno de ellos, Ismail, en lucha contra su sobrino Eyub, ofreció un ventajoso tratado a los cristianos con tal de que le ayudaran en la lucha contra su sobrino, y por ese medio recuperaron algunas plazas fuertes; pero la suerte les fue adversa y unos y otros fueron derrotados cerca de Ascalón, surgiendo de inmediato, como después de cada contraste, las más odiosas disidencias entre los cruzados. La llegada de un nuevo personaje, el conde Ricardo de Cornuailles, hermano del rey de Inglaterra, precisamente cuando abandonaba Tierra Santa el rey Tibaldo, desilusionado, dio un nuevo giro a la situación, porque entró en tratos con el sultán con quien logró, al fin, un acuerdo en febrero de 1241: algunos prisioneros recuperaron entonces su libertad y los cristianos consiguieron algunas plazas fuertes. Poco después, retomaba a sus tierras un gran número de cruzados.

Como siempre que la situación de la lucha contra los musulmanes parecía favorable o, al menos, estabilizada, siguió a esta tregua una profunda conmoción interior; la engendró la tendencia absorbente y prepotente de la orden de los Templarios y estaba dirigida a socavar la autoridad del emperador Federico, quien, en 1243, exigió de los señores de Jerusalem el juramento de fidelidad para su hijo y heredero del trono, Conrado. El juramento le fue negado con pretextos; pero poco después y en virtud de una conspiración, los caballeros proclamaron reina de Jerusalem a la princesa Alicia de Chipre. Poco a poco, los rebeldes contra el emperador habían conseguido dominar en todas las ciudades de Palestina y la situación quedó entonces librada a su arbitrio; los templarios impusieron su criterio, adverso a la paz con Eyub y, para luchar con él, se aliaron a varios emires rebeldes contra el sultán, quienes ofrecieron alianza y paz a cambio de ventajas importantes, entre las cuales adquiría singular jerarquía la entrega de Jerusalem, en la que entraron, nuevamente, los cristianos. Pero el sultán Eyub respondió a este desafío con una enérgica resolución; fortaleció su ejército y acrecentó su número pidiendo ayuda a unas tribus feroces de guerreros turcomanos, los carismos, a quienes encomendó la fase primera de la guerra con sus heterogéneos aliados. En 1244, los carismos aparecieron en Siria y su acción fue devastadora; sus éxitos fueron continuos y pronto pasaron a Palestina, donde se lanzaron sobre Jerusalem, que no pudo resistir su atroz embestida; sólo entonces atinaron a obrar los aliados y en el sur de Palestina se prepararon para una acción enérgica contra el sultán y los carismos unidos. A fines de octubre se trabó la acción cerca de Gaza y, como tantas otras veces, los aliados musulmanes abandonaron el campo cristiano, unos por temor, otros por no luchar contra los de su misma fe; el sultán cargó furiosamente entonces sobre los cristianos atemorizados y la carnicería fue horrenda: no quedó en pie casi ninguno de los combatientes y sólo un pequeñísimo grupo alcanzó a huir: aquella victoria significó para los musulmanes el aniquilamiento de los últimos enemigos poderosos con quienes tendrían que habérselas en Siria y no quedaba ya por delante sino la lenta recuperación del territorio y las posiciones fortificadas.

La noticia de la batalla de Gaza causo tanta alegría en El Cairo como espanto en los países cristianos del Occidente; la situación se presumía esta vez desesperada. Mientras los carismos luchaban contra los caballeros de Palestina, hacían su entrada en el escenario de Siria las tribus mongólicas que, con la disolución del vasto imperio de Gengis Kan, se disgregaban con renovado furor. Entretanto, el sultán Eyub procuraba obtener los últimos resultados de sus victorias y, al año siguiente, se apoderaba de Damasco y más tarde de Ascalón, mientras los mongoles hostigaban con violencia los señoríos del norte: todo estaba perdido si no se acudía a tiempo.

Fue entonces cuando el rey de Francia, el piadoso Luis IX, que algunos años antes, en trance de muerte, había pedido la cruz, creyó llegado el momento de cumplir su voto, pese al recelo con que los caballeros franceses miraban ya estas expediciones y a la prudente insistencia de la reina madre, Blanca de Castilla. Luis IX se sentía llamado por su fe y manifestó su apoyo al llamado papal, aunque sin oponerse a Federico. Serenamente, con celo piadoso y energía señorial, convocó a sus barones, comprometió públicamente a los remisos, organizó la escuadra, y ese mismo año de 1247 se embarcó en la costa meridional de Francia para luchar contra los enemigos de la fe, puro el corazón de todo propósito menguado de enriquecimiento o de ambición. Pero su prescindencia en el juego de las pasiones desatadas le impedía ver y discriminar las posibilidades de la lucha y la intención de los pareceres expresados a su alrededor. En Chipre, donde recibió una embajada de los mongoles que ofrecían su ayuda para luchar contra el sultán, los enviados papales, celosos de que Luis continuara en Siria la política conciliadora propugnada por Federico, lo incitaron a que afrontara la lucha contra Eyub en su propio territorio para lo cual debía dirigir sus armas al Egipto. El rey Luis, que era valiente en el combate, no era en cambio un conductor experto y aceptó el plan, sin advertir lo precario de sus recursos y lo complejo de la empresa; y así, sin más cavilaciones, puso sus proas hacia el delta del Nilo y en junio se encontró a la vista de Damieta.

Cuando los cristianos desembarcaron, apareció antes sus ojos un poderoso ejército musulmán; pero los recién llegados se lanzaron al combate con un ardor tan imprudente como audaz, y el azar de las operaciones iniciales condujo al rey a la victoria. Poco después, en efecto, los musulmanes se retiraban, evacuando, durante la noche, la ciudad de Damieta, en la que entraba al siguiente día el ejército cruzado todavía incrédulo de su fácil victoria; un peligroso optimismo se apoderó entonces de todos los corazones.

Sólo la experiencia de la campaña del cardenal Pelagio y el rey Juan de Jerusalem pudo contener a los cruzados; era necesario esperar el otoño para marchar hacia el interior y Luis dedicóse a fortificar la ciudad, pero Eyub no estaba vencido y sus guerrillas hostigaron constantemente a los cristianos y consumían sus fuerzas en acciones estériles; al fin, cuando terminaba el año 1249, pareció que llegaba el momento propicio para el avance sobre El Cairo y el rey Luis ordenó marchar. Pronto se encontraron con el ejército musulmán a la vista de Mansurah y entonces, la torpeza de sus movimientos tanto como él mejor conocimiento del lugar por los enemigos, pusieron al rey en dificilísima situación; fue necesario reducirse a una acción defensiva y procurar, por una complicada obra de ingeniería, cruzar el río; los musulmanes hostigaban a los soldados y a los que trabajaban en el puente causándoles muchas bajas y dificultando la obra, a pesar de lo cual se avanzaba en su construcción; sin embargo la situación se tornaba cada día más peligrosa, hasta que un día un beduino, traidor a los suyos, proporcionó a los cristianos un informe precioso acerca del lugar por donde era posible cruzar el río, y los cruzados pudieron tomar contacto con el enemigo; la batalla fue favorable al rey, pero los resultados fueron terribles por las bajas habidas en sus filas; la desanimación cundió en el ejército cristiano que no veía salida alguna de su posición insostenible y, cuando menos lo esperaban, vieron sobre ellos al hijo del difunto rey Eyub, Turanschah, impetuoso y audaz, que acometió vigorosamente. La retirada era imposible y la posición debilísima; el rey Luis incitó a luchar hasta morir y sus soldados cumplieron la orden; pero sus posiciones eran insostenibles y la conducción de las operaciones no fue acertada, de modo que el sultán alcanzó una victoria aplastante: sobre el campo quedaron cadáveres sin número y los que salvaban la vida caían en manos de los enemigos; caído y sin aliento encontraron al propio rey Luis que quedó prisionero, sin fuerzas organizadas tras él, sin nada que ofrecer a cambio de su vida.

Turanschah fue generoso: concedió la paz y el rescate del rey a cambio de una gruesa suma que él mismo rebajó en cuanto fue aceptada; pero no pudo completar el trato porque una sublevación encabezada por Bibars, un emir que mandaba las fuerzas de los mamelucos, le arrancó la vida. Sin embargo, el pacto fue ratificado ventajosamente y, poco después, el rey se unió a los suyos en Damieta, mientras extremaba las medidas para poder pagar su rescate y obtener el de algunos caballeros caídos con él.

Una profunda amargura invadió el ánimo del piadoso rey que quería luchar por el nombre de Cristo. De Damieta no quiso retornar a la patria, a pesar de los insistentes ruegos de su madre, y se estableció en Acre, lanzando vehementes llamados a los caballeros de Francia para que acudieran a él para reiniciar la lucha. Los caballeros no respondieron, pero un poderoso movimiento popular se desencadenó en el norte de aquel país, donde un taumaturgo movió una enorme masa de desposeídos afirmando que a ellos y no a los caballeros, prepotentes y poderosos, les estaba reservada por Dios la reconquista del sepulcro del hijo amado. Pero esta fuerza se movía por un sentimiento de rebelión social y cayó muy pronto en la anarquía para ser aplastada, finalmente, por los señores de la región. Y al cabo de varios años de espera inútil y tras haber intentado luchar, aunque fuera aliado al sultán de El Cairo, por la recuperación de Jerusalem, los caballeros francos con su rey volvieron a Francia en 1254, con una pena honda en el corazón y una promesa firme: el rey Luis debía volver para morir por Cristo.

La partida del rey Luis, y sobre todo su fracaso, sumía a los cristianos de Oriente en la más profunda desilusión. Los años que siguieron a su partida fueron decisivos para su destino porque los enemigos de la fe arreciaron sus ataques y porque, con la certeza de que su suerte estaba echada, desataron los poderosos sus ambiciones y su codicia. En efecto, mientras el avance de los mongoles daba un nuevo giro a la situación de los estados cristianos, surgieron en éstos las más graves rencillas y las más acerbas luchas; la rivalidad entre los templarios y los sanjuanistas derivó hacia una lucha sin cuartel, en la que tomaron partido todos los caballeros, precisamente cuando la puja entre las diversas colonias de mercaderes desembocaba también en una guerra abierta entre genoveses y venecianos. Los dos conflictos estallaron alrededor del año 1258, justamente cuando el rey Luis terminaba su larga guerra en Inglaterra, y en tanto que Hulagu, el kan mongol, tomaba Bagdad, primero, y Damasco después. Unos y otros, mercaderes y caballeros, pese a la gravedad de las circunstancias, se lanzaron ciegamente a la lucha buscando aliados con un olvido suicida de todo lo que no fueran sus intenciones inmediatas; los genoveses, deseosos de arrebatar la primacía del comercio griego a los venecianos, no vacilaron en unirse al nuevo emperador de Nicea Miguel Paleólogo en su empresa contra los latinos de Constantinopla, coadyuvando a la derrota de éstos y sustituyendo a sus rivales en los privilegios comerciales cuando la ciudad cayó en manos griegas en 1261. Entretanto, no había cuartel para la lucha en Siria y Palestina: en 1264 los venecianos atacaron Tiro, donde los genoveses tenían sus bases más importantes, y en 1267 pusieron estos últimos sitio al principal reducto veneciano, Acre. Sólo podía beneficiarse con esas luchas el nuevo sultán del Egipto, el emir de los mamelucos, Bibars, dos veces regicida, pero prudente y resuelto una vez llegado al poder, desde el que propugnaba la destrucción total de los cristianos: ciudades y castillos caían en sus manos mientras los campos eran devastados, y, en 1268, y tras un breve sitio, Antioquía cayó en su poder. Sólo entonces, tocados en lo más vivo de sus intereses y llamados a la realidad por los hechos, hicieron los cristianos treguas entre sí, volviendo una vez más los ojos a la Europa de Occidente en demanda de auxilio, seguros de que el piadoso rey Luis escucharía su ruego.

La caída de Constantinopla, y la de Antioquía luego, sonó lúgubremente en los señoríos y en las cortes: era el fin de una aventura que había costado muchas vidas y era, sobre todo, el derrumbe de muchas situaciones creadas en el campo de los intereses económicos y en el de las empresas políticas. Si el rey Luis no oía más que el llamado de la cruz, toda Europa, aunque repetía sus ya anacrónicas lamentaciones, entendía que era menester defender la riqueza que el comercio de Oriente significaba y el área de dominio que los príncipes veían allí. El piadoso rey ordenó la cruzada; prometieron su ayuda al rey Jaime de Aragón, cuyo reino estaba vinculado a los dominios del Egeo y cuya política le conducía a interesarse por los asuntos del Mediterráneo, su propio hermano Carlos de Anjou, que, con el apoyo pontificio, había reemplazado a los príncipes alemanes en el trono de las Dos Sicilias en 1266, y, al lado de ellos, muchos caballeros que seguían a sus reyes. Pero la empresa de Jaime fracasó por un desastre marítimo y solo quedó junto a Luis la influencia decisiva de su hermano en cuyo consejo debía predominar el interés de su propia corona.

Así, el anciano rey de Francia reunió sus fuerzas y partió para el Oriente, haciendo escala en Cerdeña, donde debían tomarse las resoluciones definitivas. El consejo del rey Carlos fue entonces terminante: ni a Palestina ni a Egipto; la expedición debía dirigirse a Túnez, donde estaba, según él, la principal fuente de recursos del sultán. Pero Carlos falseaba a sabiendas la verdad; defendía sus intereses, porque Túnez, antiguo estado feudatario del reino de las Dos Sicilias, se había transformado en la base de operaciones de los partidarios de la casa destronada de Suabia y le había negado el tributo debido. Luis, como antes, no descubrió el secreto de aquel parecer y lo creyó sensato y recto, ordenando poco después poner proa hacia Túnez, donde desembarcaron en julio de 1270.

Para luchar contra el pequeño estado africano sus fuerzas eran sobradas; las primeras acciones lo demostraron cabalmente y el emir de Túnez vio retrasarse demasiado el auxilio que esperaba del Cairo, de modo que se resolvió a ofrecer una paz. Pero entonces sobrevino lo imprevisto: una terrible epidemia estalló en el campamento francés y los guerreros murieron en gran número; un día, el propio rey Luis se sintió atacado por el mal y como era anciano y enfermo, previo que su muerte era inevitable. Su agonía fue ejemplar: lúcido y sereno, dedicó sus últimas energías a resolver los asuntos más importantes de su reino con la prudencia que fue la norma de su vida y, rodeado de sus servidores atribulados, comenzó a dictar con su voz tenue las instrucciones que dejaba a su heredero, Felipe, para que guiara su conducta en el trono. Y cumplidos sus deberes de cristiano, murió mansamente como había vivido, sereno y melancólico, seguro de haber servido a su Dios con toda la fuerza de su corazón.

Con el piadoso rey desaparecía el último cruzado que, en verdad, luchaba por su fe. Quedaban al frente de su ejército el bravo Felipe III y el prudente Carlos de Sicilia: poco después se ponía término a un tratado con el emir de Túnez por el que este último obtenía cuanto deseaba y se ponía fin a la guerra. La que debía ser última cruzada había terminado.

EPÍLOGO

EN el curso de los veinte años que siguieron a la muerte del rey Luis encontraron su fin todos los estados que quedaban en Siria y Palestina. El enérgico Bibars conquistó poco a poco nuevos castillos y ciudades; su sucesor Kilawun se apoderó de Trípoli en 1289 y Almalik Alaschaf tomó finalmente. Acre, dos años después; sólo quedaron en pie, por algún tiempo, algunos principados del Egeo, abandonados a sus propias fuerzas, porque los nuevos intentos de cruzada hechos por los pontífices cayeron en la indiferencia más absoluta; no eran ya tiempos para la fe avasalladora y los nuevos intereses de las monarquías cada vez más fuertes impedían que se distrajera la energía de los magnates en empresas remotas que ya no poseían la aureola de la santidad: sólo en las Españas la guerra santa estaba en pie, porque habían de continuarse los intentos de recuperación del territorio.

Ciento setenta y cinco años habían transcurrido desde la clamorosa asamblea de Clermont hasta la muerte de Luis IX de Francia y en el transcurso de tan largo plazo había mudado de raíz la fisonomía de la Europa occidental. La fe que encendía los espíritus al finalizar el siglo XI con una llama inextinguible, había ido cediendo en intensidad y a su paulatina extinción había contribuido en buena parte el cúmulo de experiencias recogidas, precisamente, en el ir y venir de los cristianos originariamente movidos por ella. El papado había acrecentado hasta el paroxismo sus pretensiones teocráticas y frente a ellas, y acaso a su ejemplo, habíanse levantado las monarquías que cristalizaban dentro del régimen feudal ahora conscientes de sus posibilidades y celosas de su soberanía. Pero había algo más; por debajo de la puja por el poder, el desarrollo económico engendrado por el dominio de las rutas orientales creó una maraña de nuevas fuerzas y nuevos intereses que ya no cederían el paso a las preocupaciones viejas, sino que, por el contrario, habíanse de tornar cada vez más dominantes en la Europa que se veía surgir. Todo había cambiado desde la clamorosa asamblea de Clermont, la vieja fe de Pedro el ermitaño, la fe que había encendido tantos espíritus para conducirlos a la muerte, parecía quebrarse, impotente y opaca, bajo el peso de las nuevas formas de vida; se adivinaba el despertar de un pensamiento libre al que conducía no sólo el conocimiento del mundo y su diversidad, sino también el mismo contacto con las doctrinas del Islam, con la civilización que había crecido bajo su advocación, con el saber secular que había sabido conservar y enriquecer y que se nutría de la tradición clásica. Todo había cambiado. Felipe el Hermoso de Francia o Jaime de Aragón no serían ya monarcas a quienes la Iglesia pudiera considerar plenamente sus hijos fidelísimos, sino los creadores o sostenedores de nuevos estados soberanos, como antes Federico II, viejo precursor, o como después Femando de Aragón o Luis XI, maestros consumados de la política terrena; y a la fe ingenua de los monjes y de los campesinos, que había sido también la de los prelados y los príncipes, reemplazaba en el seno de la iglesia la torturada fe de Tomás de Aquino, empeñado en salvarla frente a la ola del librepensamiento a la que impulsaba entonces una blanda brisa, pero tras de la que se adivinaba el aquilón.

Todo había cambiado; el dinero, comenzaba a adquirir una vez más, como en la Grecia de los sofistas, como en la Roma de César y de Craso, la fuerza capaz de demoler las viejas convicciones; los castillos amurallados se tornaban palacios suntuosos y las ciudades comenzaban a poblarse de densas multitudes que ponían sus ojos en los puertos a los que llegaban las naves cargadas hasta las sentinas y de cuyos vientres manaba el oro que hacía del humilde artesano el burgués ambicioso y libre. Oriente ya no era el Santo Sepulcro, ni la tierra prometida para la muerte salvadora; era el bazar policromo de Bagdad o del Cairo, de Damasco o de Samarcanda, la tierra incógnita de Marco Polo, donde aguardaban al viajero las gemas y las púrpuras; en Venecia o en Génova hubiera parecido blasfemia denigrar la nueva divinidad áurea.

Todo había cambiado y los tiempos de cruzada no debían volver más. Estaba ahogada, bajo el peso del oro y del poder, la antigua fe de los cruzados; y aquél que supiera mirar agudamente advertiría cómo se dibujaban tiempos nuevos sobre el área de Europa, tiempos nuevos en que los reyes autocráticos menospreciaban la autoridad espiritual de los monjes y de los pontífices, porque la vida parecía ahora que sólo podía vivirse sobre la tierra; a la dulce ambición de morir por Cristo había sucedido un ansia torturante y afiebrada de vivir los goces de la vida, aun a costa de sufrir el dolor de una muerte que había de ser definitiva: era una vida nueva en un mundo nuevo y el siglo XIV mostraba en muchas ciudades de la Europa la aurora de la modernidad del mundo.

ÍNDICE

PÁG.

Introducción 5

I. El llamado a la Guerra Santa 9

II. Jerusalem libertada 21

III. Los señoríos cristianos de Oriente 36

IV. Saladino 51

V. La cruzada de los reyes 64

VI. La conquista de Constantinopla por los latinos 77

VII. La recuperación de la ciudad santa 88

VIII. Los últimos frutos del fervor 105

Epílogo 123

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