José Luis Romero medievalista. Las décadas de 1940 y 1950


31 de Julio 2017

2. José Luis Romero medievalista. Las décadas de 1940 y 1950

Carlos Astarita

Nota: Este texto forma parte de una serie de escritos de Carlos Astarita sobre Romero medievalista:
1. José Luis Romero medievalista. Una consideración sistemática general
2. José Luis Romero medievalista. Las décadas de 1940 y 1950
3. José Luis Romero medievalista. Las décadas de 1960 y 1970
4. Romero medievalista. Balance, cuestiones metodológicas y perspectivas

 

Introducción.

La revolución burguesa en el mundo feudal (Buenos Aires, 1967) fue el punto culminante de la obra de José Luis Romero y selló un hito en la historiografía argentina. Teniendo en cuenta esta significación, la trayectoria medievalista de Romero en las décadas de 1940 y 1950 adquiere un especial interés, y es lo que se tratará en esta contribución. En su primera parte se reseñarán las publicaciones de ese período; en la segunda se verán las influencias que Romero recibió y los paralelos entre su obra y la de otros historiadores. 

Se aclara que las notas documentales y bibliográficas se han reducido en éste y en los siguientes ensayos a un mínimo indispensable. Dada la cantidad de temas que emanan de la obra de Romero, plantear referencias más o menos completas excedería en mucho los marcos de estos ensayos. Por consiguiente las notas que apostillan la exposición solo tienen el valor de indicaciones generales.  

 

1. Obras de Romero entre 1940 y 1960

1.1 Estudios sobre historiadores y cronistas medievales

Comencemos con el examen de los estudios sobre historiadores y cronistas de la Edad Media, tema al que le dedicó artículos especializados y de divulgación.  En este nivel, el de la divulgación, se incluye un artículo de La Nación de 1954 dirigido a la persona que había asimilado el prejuicio de una Edad Media intelectualmente oscura[1].  A través de una revisión de los historiadores medievales, esbozó Romero un panorama que permite valorar positivamente la cultura erudita del período. Se suceden en esas líneas muchos nombres, desde Eusebio de Cesárea y San Agustín hasta los representantes tardío medievales del género como Froissart, el canciller López de Ayala y los Villani, pasando por los de la era carolingia y por los de los siglos XI, XII y XIII, en sus distintas formas, desde crónicas locales a historias universales, desde la hagiografía a la biografía profana de un individuo. Exhibía entonces un dominio muy amplio del tema.

Agregaba que el tema era acaso uno de los ángulos desde donde podía emprenderse con más éxito la revisión de la Edad Media, ya que historiadores y cronistas nos proporcionan un conocimiento general del período, y ese conocimiento estaba unido a las concepciones de época que reflejaron en sus escritos. Estamos así ante un doble recurso, duplicidad que Romero puso en marcha durante toda su labor, más allá de que reiteró explícitamente este criterio en un artículo sobre Raúl Glaber, el cronista cluniacense que vivió entre 985 y 1047, y no es casual que cronistas e historiadores hayan constituido un material de primer orden para sus elaboraciones[2]. No solo los abordó en ensayos periodísticos sino también en monografías, y con esos historiadores incursionó en la doble perspectiva anunciada de estudiar el proceso histórico y las concepciones que brotaban de ese proceso.

Si nos guiamos por la línea del tiempo historiográfico medieval, la primera mención es para su estudio sobre San Isidoro de Sevilla, publicado en Cuadernos de Historia de España en 1947[3]. Es un análisis muy completo del personaje (o sea, de las escuetas noticias que tenemos sobre él) y del entorno que lo condicionaba y sobre el cual actuó modificándolo en parte con su actuación. No podía ser de otra forma porque San Isidoro fue, además de historiador, un gran protagonista de las postrimerías del siglo VI y del primer tercio de VII, lapso signado por la influencia del catolicismo, por la llegada de monjes orientales y por el desarrollo del monaquismo. Estos factores prepararon la unificación religiosa de España bajo el catolicismo a partir de la conversión de Recaredo en 589 (monarca que abandonó la fe arriana). Este cuadro imprescindible para conocer la trama esencial lo complementó Romero con el del ambiente cultural, signado por la herencia romana, la influencia de San Agustín o San Jerónimo, la bizantina y la que medió desde la Galia  (Sidonio Apolinar, Cesáreo de Arlés, Salviano de Marsella)  o desde Italia (Boecio, Casiodoro).

Todo esto permite comprender que si bien existían temas teológicos de interés, la conversión de Recaredo impulsaba al clero (y a su más elevado representante, San Isidoro) hacia la interpretación tanto del proceso histórico como del régimen político. Pero ese pensamiento no fue un mero producto de las circunstancias que lo llevaban hacia una determinada dirección, ya que Isidoro elaboró partiendo de la tradición helenística de Julio Africano, y se enfrentó así al gran problema de incluir la historia del Imperio Romano en una historia universal que englobara el cercano Oriente y en especial el pueblo hebreo. Otra problemática fue la historiografía regional, lo que llevó a San Isidoro a escribir su crónica de los reinos romanos germánicos de la península ibérica, inscribiéndose así en una corriente similar a las de Casiodoro y Jordanes para la zona ostrogoda, Juan de Biclara para la visigoda, Mario de Avenches para la burgundia y franca, Víctor de Tunnuna para la vándala y bizantina de África y principalmente Gregorio de Tours para la franca.

En el plano político la elaboración no es menos trabajosa desde el momento en que la Iglesia, a medida que adquirió más poder tuvo que resolver la esfera de su jurisdicción en relación con el poder secular. Los trabajos en esta materia de San Ambrosio, San Agustín y Gregorio el Grande, fueron recogidos por San Isidoro, aunque éste superó a sus predecesores en el terreno práctico conquistando una influencia para el episcopado católico que le permitió a la Iglesia asentar su futura dominio. Estas elucubraciones tuvieron su propia dinámica, como muestra la concepción de las dos espadas (la espiritual religiosa y la temporal) y la doctrina de que solo Dios por intermedio de su Iglesia poseía jurisdicción para otorgar el poder civil. San Isidoro no se negó a la utilización de autores gentiles, pero era la Biblia la que le proporcionaba el armazón de la historia universal y le permitía mantenerse dentro de la concepción providencialista. El Imperio era para San Isidoro un ámbito cultural creado por Dios  para el advenimiento de Cristo.

En lo antedicho se observa una contraposición entre la concepción universalista en el plano de lo espiritual y la concepción regional de los hechos históricos políticos.  En conexión con esto están presentes otras cuestiones como el proceso de constitución de la España visigoda, el fortalecimiento de la monarquía, la legitimidad del rey que obraba mal (que solo podía ser juzgado por Dios) y el nunca resuelto problema sucesorio (lo que ofreció la oportunidad para que los obispos intervinieran).

No es difícil constatar que en este extenso estudio se contienen elementos que, si bien tendrán en La revolución burguesa una más completa enunciación, ya eran visiblemente sólidos en su trabada contextura. En especial se destaca el entrecruzamiento de distintos influjos en la obra de San Isidoro, ya fueran estos de carácter doctrinario o político, dados por la tradición o por prácticas que se habían ido fijando a través del tiempo debido a las distintas capas de población que se superpusieron en la península ibérica. Es verdad que en esta obra no se mencionaron los elementos mágicos paganos o populares que atávicamente configuraban la psicología social del período y que estarán ampliamente presentes en La revolución burguesa (elementos que sin embargo tenía ya presentes, y que tratará someramente en su libro La Edad Media (1949) y en algunos de sus artículos)[4]. Pero aun circunscripto al perfil intelectual de San Isidoro, Romero no dejó de indicar la compleja aglomeración de lecturas de su autor en las que despuntaban elementos contradictorios. No es menos notoria la sabiduría que mostró en el rastreo de influjos de su analizado o en las comparaciones con sus contemporáneos.  

En el momento en que Romero elaboraba este artículo los especialistas en estudios visigodos estaban supeditados a una visión estrechamente jurídica e institucional, y una de sus tareas preferidas era comparar códigos de distintos países o normas de un mismo código, procedimiento que se repitió incluso en historiadores que décadas más tarde pretendían apartarse de esa concepción[5]. La circunstancia valora el aporte de Romero que, accediendo a la realidad histórica por un camino que no era el de la legislación, detectó estructuras de pensamiento que impulsaban acciones.

En el año 1944 apareció su estudio sobre la biografía española del siglo XV y los ideales de vida[6]. Señalaba entonces que en la Alta Edad Media el personaje de crónicas o canciones de gesta era un arquetipo de caracteres genéricos (cualidad que sin embargo no se expresó en el Cantar del Mío Cid), tendencia que se verá desplazada paulatinamente por otra distinta, hasta que en el siglo XIV López de Ayala, influido por ideas renacentistas, mostró interés en el individuo como tal. Esta predisposición se afirmó en el siglo XV, lo que demostró Romero detectando cómo la personalidad individual se filtraba por los resquicios de la imagen arquetípica (en esa centuria el caballero y el religioso constituían todavía los paradigmas predominantes en España). Ese armazón medieval por cuyas rendijas se colaban elementos renacentistas se repitió con la biografía que llegó a España a través del reino aragonés de Nápoles. Alrededor de este tema reflexionó Romero introduciendo matices que enriquecieron el cuadro, como el cortesano que se había tornado en la quintaesencia del caballero, la preocupación de éste por la honra y la fama, y en todo este recorrido vemos que sigue presente esa tensión indicada por la progresiva deformación de los ideales medievales en contacto con el Renacimiento italiano. 

Lo que se acaba de evocar nos sitúa ante una problemática actual como revela el estudio de uno de los medievalistas más renombrados de las postrimerías del siglo XX, Aaron Gurevich, que ha dedicado un libro al mismo tema que Romero había encarado en la década de 1940: la aparición de los rasgos del individuo por sobre las caracterizaciones tipológicas medievales en las que importaba la uniformidad de acuerdo a la clase social, al rango o a la función que se cumplía en la sociedad[7].     

En 1945 Romero consagró su estudio de Cuadernos a Fernán Pérez de Guzmán y su actitud histórica alimentada por una doctrina moral que vio perfeccionar en una indecisa concepción política[8]. Nuevamente el análisis giró alrededor de una figura que de por si organizó el tratamiento, pero éste se orientó hacia la concepción política del analizado, a lo que agregó su concepción de nación y su concepción de la historia. Esas concepciones se desarrollaron en una situación signada por la afirmación de la autoridad real, la insubordinación de la nobleza y el ascenso burgués, todo ello en el marco de la formación de grandes unidades nacionales. En consecuencia una compleja mixtura de factores de la realidad objetiva y de la mentalidad alejó al estudio de lo político de los simples hechos políticos para dar cuenta de elementos de profundidad. Esto no le impidió a Romero hablar de Fernán Pérez de Guzmán en términos más personalizados de su participación, como integrante de la nobleza, en las luchas entre facciones señoriales. Tampoco ignoró las lecturas que configuraron su dispositivo mental, ya fueran autores latinos, padres de la Iglesia y la Biblia.

Un tema distinto al del individualismo estuvo empero regido por una similar tensión, ya que el fondo medieval sufrió el cotejo con otros principios, y ese desarrollo le permitió a Romero detectar un nuevo orden para la vida política y social. Dicho de otra manera, el análisis singularizado le dio acceso a un horizonte más amplio en el que transcurría el tránsito de la España feudal a la España moderna.

La concepción de ese hombre de transición en una sociedad que se transformaba, fue organizada en algunos núcleos centrales. Uno de ellos fue el proceso por el cual el vínculo feudal que unía a un individuo con otro comenzaba a ser reemplazado por el que relacionaba a cada individuo con el cuerpo abstracto de la nación y cuya primera noción era el sentimiento de amor por la patria; otro fue la realeza como símbolo de la nación que delegaba funciones en individuos que solo valían por su capacidad o por su habilidad, y en relación con esta idea subyacía la necesidad de que la nobleza se le subordinara. Todo esto a su vez condujo a un concepto de nación sobre el cual Fernán Pérez de Guzmán discurrió remontándose a los antecedentes históricos. Por último, esa percepción de la comunidad nacional como algo distinto y superior a cada uno de los grupos se revela en la concepción de la vida histórica de Pérez de Guzmán. Según éste le faltaba a España una historia que testificara la pluralidad de virtudes patrias mostrándose equidistante de los valores estamentales para evocar la unidad de la comunidad. En suma, Romero nos muestra que Pérez de Guzmán aspiraba a un nuevo tipo de historia que podía contribuir a la construcción de un sentido de identidad colectiva.

El estudio que se acaba de reseñar marcó una línea de trabajo muy singular. La historia política de la Alta y la Baja Edad Media en la coyuntura en que esto se publicaba estaba constreñida por los mismos criterios jurídicos institucionales y políticos descriptivos que regían en estudios de los visigodos. Los especialistas se dedicaban con esas descripciones lineales de hechos a la curia regia, a los concejos o al origen del parlamento, y las incursiones hacia otros campos del conocimiento histórico recaían en el mismo principio puramente fáctico: por ejemplo la historia económica fue muchas veces una enumeración de productos y precios afanosamente extraídos de las menciones documentales[9].

 

1.2  Estudios sobre la burguesía medieval

Si individuos relevantes constituyeron el eje alrededor del cual Romero dispuso en la década de 1940 sus monografías con un consistente sostén en los discursos del analizado, en otros artículos se despegó de ese soporte para permitirse reflexiones más abarcadoras. Su leitmotiv fue el burgués, ese sujeto que vio desarrollarse desde los siglos XI y XII en un proceso que constituyó el desvelo de su vida intelectual.

 La burguesía medieval ya apareció como un tema principal en sus primeras elaboraciones sobre la Edad Media. En 1950 publicó en la revista de la Facultad de Humanidades y Ciencias (Montevideo) un estudio sobre el espíritu burgués y la crisis bajo medieval, aunque esta última no la entendió como la declinación demográfica y económica del siglo XIV sino como la conmoción que la burguesía provocó en el pensamiento y en los valores sociales[10]. Siguiendo las huellas de Henri Pirenne y de otros historiadores Romero era consciente de la importancia que tuvieron las reformas que la burguesía realizaba desde el siglo XII en adelante[11]. Esas demandas no fueron enunciadas como un programa revolucionario fundado en una doctrina, sino que consistieron simplemente en un conjunto de soluciones viables para las necesidades inmediatas que derivaban de un modo particular de vivir. Comenzó el burgués a pedir la libertad para desplazarse con sus mercaderías, para poder venderlas y disponer de sus bienes, y sobre esa situación de hecho comenzó a reflexionar hasta esbozar un sistema de ideales que desembocaron en la aspiración de la libertad como condición propia del hombre. Ese ideal fue entonces una construcción progresiva, y por consiguiente al principio el burgués no se propuso destruir el orden institucional porque solo aspiraba a ciertos privilegios o libertades, como el derecho al uso del mercado, logrando finalmente organizar magistraturas para la defensa de sus intereses de clase.

El último término citado, el de clase social, fue también empleado por Romero de una manera peculiar, en tanto no daba cuenta de una precisa definición sociológica porque desde un principio se trató de una clase abierta que solo accidentalmente ha tendido a cerrarse. Esta cualidad del grupo remite a un proceso inacabado de formación, y por eso mismo dinámico, y deberá entenderse por formación de clase la adquisición de sus propios criterios.

En estrecho vínculo con esa forma de describir el proceso en su naturaleza dinámica y lejos del supuesto de que la contraposición entre la burguesía y los señores era un antagonismo irreductible, planteó Romero el matiz que corrige el absolutismo de esa contradicción. Era consciente (se lo decían los testimonios que interrogaba) que las actividades manufacturera y comercial no habrían podido desarrollarse sin la protección de los señores feudales, solidaridad que no era gratuita y requirieron esos señores préstamos de los mercaderes, y con esa práctica quebraron reiteradamente las divisiones entre los dos grupos.

Esta proposición nos advierte que el antagonismo entre señores y burgueses se inscribía en un escenario de interdependencia y requerimientos mutuos. El conflicto se desplegaba necesariamente en un ámbito cerrado del cual los burgueses no estaban dispuestos a salir por el momento. Aprehendiendo una disensión balanceada por apoyos mutuos que no vedaban las disputas, eludió Romero la resolución rápida y equivocada del mero antagonismo bipolar. Este logro fue una resultante de observar la evolución de estas dos clases desde el siglo XII siguiendo el proceso histórico real con un examen atento de los hechos que le impidió desbarrancarse por la especulación. En este rastreo se sirvió asimismo de un conocimiento histórico de larga duración, perspectiva que nos anuncia una de las cuestiones metodológicas que se desprenden de sus análisis.

Los matices indicados que amortiguaban el antagonismo entre señores y burgueses le permitieron abordar distintos fenómenos del Renacimiento, como los enlaces matrimoniales de burgueses que deseaban ennoblecerse y de nobles que buscaban en el propietario de dinero resolver sus problemas financieros. Es sugestivo que en este punto Romero se planteó una visión más aguda que la que tuvieron algunos historiadores célebres (como Fernand Braudel) que ante el comportamiento de los hombres de negocios del siglo XVI denunció la traición de la burguesía[12]. Si nos dejamos guiar por Romero, podemos afirmar que el burgués que en el siglo XVI se integraba a la nobleza no traicionaba su pasado sino que era fiel a su historia. Esa historia no era solo de vínculo con los que detentaban el poder sino también de diferenciación, porque esos hombres nuevos que se imponían por su propio esfuerzo acentuaban el individualismo. Quedó planteada así una dialéctica múltiple que se resume en que esa clase social que existía gracias a una profunda revolución se transformaba prontamente en una fuerza conservadora. Consolidar su prestigio la llevaba a la acumulación de riqueza que debía mostrar, así como la precipitaba al hedonismo y a las costumbres caballerescas, prácticas que Romero dedujo incursionando en crónicas y fuentes literarias. Algo similar indicó en otro plano hablando de la Vida de Dante de Boccaccio sobre el espíritu público que le había dado vitalidad a las comunas, espíritu reemplazado paulatinamente por el cortesano[13].   

Esos burgueses necesitaban el trabajo de los artesanos, y los más ricos de estos últimos se situaron cerca de la burguesía. Estas afirmaciones entrañan una ajustada distinción entre burguesía, que aquí está considerada como la clase que disponía de capital dinero, y el artesano, como la clase que vivía de su trabajo personal. Es una distinción que debe retenerse porque historiadores que años más tarde se consagraron al tema hablaron de artesanos y mercaderes de manera indistinta[14]. Esta diferenciación la establecía Romero teniendo en cuenta un enfoque económico, que era en realidad uno solo entre otros enfoques posibles: el burgués admitía en su criterio otras aproximaciones políticas, ideológicas o culturales que modifican su definición.

Acerca de esto, si se supera el nivel económico la noción de burgués cambia porque en las cercanías del grupo de propietarios de capital dinero radicaban otros individuos que ascendían como políticos de las ciudades italianas o como eruditos. Con este criterio resulta comprensible que Romero haya visto en Boccaccio a un burgués erudito aun cuando se había sustraído del mundo de los mercaderes en el que había nacido para refugiarse en las cortes mitad caballerescas y mitad burguesas. Por eso se filtra en el estudio el término más amplio de hombres nuevos, sector que se definiría por aquellos que adoptaban el espíritu burgués, y en esa adopción detectaba Romero un aspecto delicado de la investigación histórica cultural: saber cómo ese espíritu que había nacido en el seno de la alta burguesía se derramó luego sobre otros grupos sociales. Facilitó ese desbordamiento las mencionadas innovaciones de los burgueses que les permitieron acercarse a los grandes varones. Ese espíritu burgués fue también asimilado por los hombres de la Iglesia, grupo constituido por personas provenientes de todas las capas sociales, y por los asalariados que desde el siglo XIV hicieron saber con sus luchas que también deseaban mejorar sus condiciones de vida. Notemos también que de acuerdo con estos criterios, buena parte de los historiadores que Romero analizó, cuyos estudios se han reseñado en el primer acápite, deberían ser incluidos en este grupo.

En 1954, en un artículo publicado en Cahiers d’Histoire Mondiale retomó el concepto de espíritu burgués para precisarlo ahondando en sus atributos[15]. En este desarrollo asistimos a un procedimiento típico de Romero, que consistía en ir delineando un concepto, comprobar su correspondencia con la evolución de la historia a lo largo del tiempo, y ya confiado de su adecuación con la realidad volver sobre el concepto para profundizar en sus determinaciones. En el proceder se evidencia otra arista del trabajo: como en los grandes historiadores, su pensamiento se afirmaba en oposición. En este tema concreto el punto de partida fue Werner Sombart que reductivamente limitaba el tipo burgués a los finales del siglo XIV de Florencia, y por lo tanto si se califica de espíritu burgués al conjunto de tendencias ideales de que era portador ese tipo social, nos encontramos con un concepto analíticamente inservible. Era una restricción temporal que Romero rechazó porque le impedía comprender muchos fenómenos anteriores y posteriores para moverse con comodidad en esa larga duración que le atraía como objeto de análisis.

Esa objeción detiene nuestra marcha. Por una parte porque Romero se opuso a una autoridad como Sombart, cuya lectura acerca de Edad Media ofrece todavía hoy valiosísimas enseñanzas tanto sobre el señorío carolingio como sobre el maestro artesano[16]. Los medievalistas no conocen a Sombart (salvo alguna excepción como Pierre Toubert que lo valora muy positivamente)[17]; Romero por el contrario lo tenía muy presente y lo tomó como referencia medular para desarrollar su propia tesis. Por otra parte en esta crítica que llevaba a la superación de una obra clásica aflora el conocimiento universalista de Romero, esa forma de saber que rompía las fronteras entre países (la comparación se abría a la influencia del área mediterránea) y traspasaba las épocas para descubrir cómo en cada transformación se incluían continuidades profundas. Esa exploración presuponía analizar un fenómeno desde sus primeras y vacilantes manifestaciones, y es el proceder que adoptó para bucear en los orígenes del espíritu burgués. Este último no se presentó de manera acabada en la historia, sino que solo se anunció como “espíritu disidente” durante los siglos XII y XIII, como una aparición que no llegaba a constituir un sistema de categorías sobre el mundo y la vida, sino que se mostró como tendencias vagas que restringían ciertos aspectos del espíritu cristiano feudal. En esta caracterización volvemos a encontrar un criterio esencial de las elaboraciones posteriores de Romero: no apelar a categorías fijas sino seguir el desarrollo indeciso y hasta contradictorio de los procesos en observación. Esas insinuaciones de lo que nacía podían materializarse en la curiosidad por la naturaleza o por la astrología o en una presencia del hombre de carne y hueso que comenzaba a descubrirse en posesión de un mundo interior intransferible, lo que se relacionaba a su vez con una religiosidad diferente, que se adecuaba a ese interior.

La cuestión sobre una religión que como la poesía iba circunscribiendo el micro cosmos del individuo, remontaba en realidad a un tema clásico abordado por Karl Marx (en la forma de alienación religiosa) y por Max Weber (en la forma de la funcionalidad que tuvo esa interiorización de la religión en el espíritu del capitalista que “culturalmente” se apartaba del decurso instintivo natural). Pero mientras estos padres fundadores atribuían el acto fundacional de la nueva religiosidad interior a Lutero[18], Romero lo descubría en la plena Edad Media examinando la actitud de algunas figuras como San Bernardo y San Buenaventura. Este acierto no borra el hecho de que equivocadamente creyó que por otro andarivel empezaba a desarrollarse en ese entonces un discernimiento social alejado de la religión, pero no es ahora éste nuestro tema.

Al lado de esa expresión religiosa, ese espíritu burgués lograba sus primeros desenvolvimientos en el goce terrenal con el amor profano o en el goce intelectual de la poesía goliarda y el teatro satírico, pero también en la adhesión a nuevas formas de convivencia destinadas a despersonalizar el poder y a asentar las relaciones políticas sobre un conjunto de normas objetivas comunes a un grupo. Si la nueva religiosidad estuvo asociada a la actitud evangélica, esa forma de convivencia también innovadora se asoció al Estado monárquico y al derecho romano. 

En consecuencia no hubo una expresión rotunda de los ideales burgueses, sino que la burguesía comenzó a vivir según ese sistema de ideales, y con ellos tomó conciencia de sí misma, como prueba la exclusión de los nobles de las comunas güelfas. En este punto, la importancia que tuvo la experiencia en la formación de la subjetividad de una clase social, Romero anticipaba desarrollos que obtendrían sus credenciales historiográficas con autores como Edward Palmer Thompson[19].

Ese criterio de una mentalidad con mixturas por la incorporación de rasgos de otros momentos históricos, Romero la reconoció en la mentalidad transaccional feudo burguesa de los siglos XV y XVI, según planteaba en un artículo aparecido en Sur, año 1969, en el cual delineaba cuestiones básicas que asomarían en su libro póstumo (Crisis y orden del mundo feudo burgués)[20]. En esto tenemos una muestra de cómo ensayaba un concepto para una época, y reproducía el proceso de su construcción, dialéctico, no cosificado sino flexible, para dar cuenta de las contradicciones que encerraban los fenómenos sociales. Pero ese concepto que hacía referencia a un fenómeno de cambio con todos los elementos contrapuestos que le eran inherentes, podía ser trasladado de la caracterización de una mentalidad a la caracterización de una totalidad histórica. Así es que habló en ese mismo artículo de la sociedad barroca como una sociedad transaccional en la que convivían el burgués y el gentilhombre como los presentó Molière en el siglo XVII y Goldoni en el XVIII. Esta mixtura no era estable sino que variaba, porque el componente burgués seguía creciendo mientras decrecía el componente señorial a medida que la estructura mercantil se afianzaba y dominaba a la estructura feudal. En estas anotaciones rápidas condensaba la dialéctica de un cambio general.

Lo que se acaba de mencionar no es otra cosa que la génesis y desarrollo de los conceptos que Romero fue construyendo a medida que los necesitaba para dar cuenta de la realidad del pasado. Entre esos concepto no deja de llamar la atención el de facciones y actitudes facciosas que aplicó a la descripción de las parcialidades aristocráticas del siglo XV a las que se refirió en su estudio sobre Fernán Pérez de Guzmán. Es un concepto que reaparecería años más tarde (en 1957) en un artículo escrito por otro historiador heterodoxo, el belga Jan Dhondt (1915-1972), que utilizó categorías específicos para dar cuenta de la crisis política que se desencadenó en Flandes a partir del asesinato en 1127 del conde Carlos el Bueno[21].      

 

1.3  La primera síntesis

En el año 1949, en la conocida colección Breviarios del Fondo de Cultura Económica, Romero publicaba una síntesis general sobre la Edad Media. Un libro pequeño, destinado a un público de cultura media, que parece impeler por esas características a un sencillo tratamiento de superficie, nos ofrece por el contrario una admirable condensación problemática. Si consideramos que los inicios de su formación como medievalista se situaron en los años 1938 ó 1939 (según declaró el mismo Romero), tenemos aquí el balance sintético de la primera década de quehacer en la especialidad. Este libro constituyó también un punto intermedio en el camino que lo llevó a su obra mayor.

El tratamiento se presenta dividido en dos. Por un lado el desenvolvimiento histórico general, sección en la que desfilan los hechos trascendentes mediante un sobrio gobierno de la información. Romero logró así una historia política que se diferenció de las que entonces abundaban en los libros, marcadas por una árida e indigesta sobreabundancia de datos que le ocultaban al lector la entidad sustancial del proceso histórico. En este rasgo el libro recuerda a la Historia de Europa de Henri Pirenne, obra de la que se hablará más adelante. Por otro lado en una segunda sección se consagró a interpretar el proceso en sus interrelacionados planos político, social, económico y cultural. Es la parte que ofrece el mayor interés, y que también se diferenciaba de las historias usuales de ese momento en las que se separaban en secciones aisladas y autosuficientes las acciones de las monarquías y de la Iglesia, seguidas por descripciones de las instituciones, de la economía, de la sociedad y de la cultura. Además es necesario decir de entrada que Romero no se redujo al occidente, porque con clara noción del peso que tuvo el enlace entre culturas pasó revista a los mundos bizantino e islámico    

Como era usual en ese entonces, y lo continuó siendo hasta por lo menos la década de 1970 en el medievalismo de los países occidentales, el inicio de la Edad Media lo fijó en la crisis del siglo III. También evaluó la importancia de Dioclesiano, que cambió el orden tradicional del patriciado por el dominado, y en virtud de ese cambio los ciudadanos pasaron a la categoría de súbditos como en los imperios orientales, dando lugar a un Estado burocrático. A partir de este momento las tradiciones romanas comenzaron a hibridarse con las de origen oriental, preparando la difusión del cristianismo.

Pero aún con la importancia que tuvo este proceso para producir un vuelco social, el orden político tradicional fue destruido por los invasores germánicos a consecuencia de lo cual se consagró la división del imperio entre Occidente y Oriente. Con los invasores se procedió al reparto de tierras, y con ello la minoría de  guerreros quedó transformada en aristocracia rural. En este relato estaba contenida la tesis que en el siglo XIX había formulado Gaupp, que se admitía de manera generalizada cuando Romero escribía, y que fue mucho más tarde objetada[22]. No es cuestión ahora de internarnos por un tema que es objeto de controversias; solo indiquemos que Romero planteó que el inicio de los señores feudales se debió a la toma directa de tierras por los guerreros invasores, tesis que es hoy defendida por un especialista tan reputado como Chris Wickham[23].

En lo que se refiere a la cultura hubo en ese occidente germanizado una adopción de influencias orientales por vía bizantina, aunque no fue el único aporte. Los germanos habían llevado una concepción heroica de la vida, y también tenían vigencia las ideas políticas y sociales romanas, mientras que el cristianismo había impuesto por sobre la mentalidad naturalista de los germanos su propio pensamiento con repercusiones en la moral y en la convivencia social.

Se llegó así a una conciliación de ideales diferentes que supuso el abandono del ideal contemplativo cristiano y su acomodación al activismo constitutivo de la noción romana de la vida, aunque el ideal contemplativo siguió viviendo en la vertiente cristiana oriental. Si en muchos de estos puntos Romero había incursionado en su estudio sobre San Isidoro, en otros innovó. Especialmente fue novedosa su valoración de elementos paganos y germánicos cargados de componentes mágicos, de un irreductible politeísmo popular y de un panteísmo vago, descripción acompañada por la de elementos tradicionales en la que afloró el saber que tenía sobre la antigua civilización romana. En suma, valoraba aquí sustratos folclóricos populares a los que no fueron ajenos tratamientos de alta cultura como los de Plinio el Viejo o Lucrecio, y sobre ellos se superpuso la difusión de la doctrina cristiana.

Pero esa educación cristiana solo se pudo concretar en el elemento popular a costa de simplificaciones que dejaban preparado el camino para que se reavivaran los resabios paganos. Las fiestas cristianas se superponían a las de los paganos, los milagros se asimilaban a los viejos prodigios, y con ello se perpetuaba la concepción naturalista por debajo de la aparente adhesión a la concepción cristiana. El signo de esto fue la perpetuación de supersticiones y el culto a las imágenes que desembocaba cada tanto en el antiguo politeísmo. A pesar de todas estas dificultades, la Iglesia triunfaba y paulatinamente lograba imponer su doctrina, con lo cual se comenzó a afirmar el monoteísmo.

En este entramado, y con los citados antecedentes romanos y germánicos se afirmó la presencia del trasmundo, pero que fue alimentada también por ciertas lecturas como el Apocalipsis o los comentarios de la revelación de Juan el teólogo. Advirtamos que este tipo de elaboración en la que veía la imbricación de distintas culturas en un todo heterogéneo, en el que el historiador rescataba los componentes no cristianos era, en las décadas de 1940 y 1950 inusual. Por una parte los historiadores seguían en muchos casos las indicaciones del relato tópico del período en los que se decía que el santo, llegado a tal paraje, predicaba una primera semana y en la segunda bautizaba, con lo cual la cristianización se transformaba en una actividad plana sin complicaciones. Otra forma era develar el proceso de cristianización por la conversión de  los reyes, diciendo por ejemplo que el rey Esteban adoptó el cristianismo y los húngaros se hicieron cristianos. Por el contrario, recalquemos que percibir la complejidad de creencias en una ardua coexistencia era inusual[24].     

En otros puntos hubo confluencias. En un principio el cristianismo no se sentía solidario con el Imperio, actitud que luego permutó hasta sentirse consustanciado con éste. Con las invasiones los cristianos adquirieron aún más confianza, y en ese contexto conservaron la tradición de la unidad romana junto a la concepción universalista de la Iglesia, situación que posibilitaba el triunfo del ideal ecuménico. Sostenida por la Iglesia esa idea imperial sería realizada por Carlomagno que asumió la defensa militante del cristianismo y se benefició del apoyo de la organización eclesiástica.

No descuidó Romero a las masas serviles sujetadas a la aristocracia, pero declaró que ellas carecieron de relieve histórico y que las fuerzas actuantes fueron las aristocracias originadas en los germanos y en el Bajo imperio. Entre ellas se fijó cierto sistema de ideas en común y una concepción de vida que con alguna exageración podría denominarse nacional. En este punto afloran las elaboraciones más detalladas que Romero hizo en sus estudios historiográficos.

 La indecisa fisonomía de la cultura de esta temprana Edad Media se manifestó sobre todo en la idea del hombre. La concepción del hombre de la civilización romana clásica delimitada por el mundo terrenal y cuya única trascendencia estaba en la idea de la gloria, sufrió los embates de las creencias de origen oriental, cuya esencia era la trasposición del acento de esa vida terrenal a otra misteriosa que comenzaba con la muerte. Sin embargo el contacto con los pueblos bárbaros llevó a restaurar algo de la antigua concepción porque para el germano el guerrero representaba la forma más alta de la acción y el heroísmo era un valor supremo. Esta concepción de vida sostenida por las aristocracias dominantes despertó y vivificó la tradición romana oponiéndola al quietismo contemplativo del cristianismo. La actitud heroica fue entonces la que caracterizó a la élite de los reinos romanos germánicos y se desembocó así en una concepción señorial de la vida, en la que el heroísmo era el signo de una actividad relacionada con el poder, la gloria y la riqueza. Esta concepción estimuló la supervivencia del antiguo elogio retórico.

Mientras, la Iglesia siguió alentando la actitud contemplativa cuya expresión más acabada estuvo en el monaquismo. Entre el activismo de la aristocracia guerrera y la contemplación, se hizo su lugar la actividad intelectual a la que se dedicaron principalmente los hombres de la Iglesia. Comprendía dos saberes, el profano y el piadoso, pero todos se entregaron a la exaltación de la Iglesia. Ésta descubrió entonces la posibilidad de canalizar el ímpetu guerrero hacia la defensa de la fe.

Con la disolución del imperio carolingio y hasta la crisis del orden medieval del siglo XIV sobrevino otro período, el de la Alta Edad Media. Las fuerzas de disgregación que habían prosperado por debajo de la fachada imperial, ante la muerte de Carlomagno consumaron la división; se formaron entonces pequeñas unidades cuyos jefes establecieron su autoridad personal sobre situaciones de hecho. Esos señores territoriales no reconocían  con frecuencia otro límite espacial que el que surgía de sus propias fuerzas, las soberanías políticas tendieron a cerrarse  económicamente y la producción quedó confiada a los siervos. Solo en las ciudades comenzó a desarrollarse poco a poco otra actividad económica, y a pesar de que estaban controladas por los señores, de esas ciudades saldrían las fuerzas que carcomieron la posición de los señoríos.

Con el renacimiento del espíritu heroico se alentó la literatura que exaltaba a los caballeros, cuyas figuras eran Carlomagno, Rolando o Fernán González. Estamos ante la época feudal por excelencia, y en este medio nuevamente el cristianismo reconquistaría su ascendiente. En esta descripción Romero dirigió su mirada a los sectores humildes para destacar su exaltación con motivo de la predicación de Urbano II de la cruzada contra los infieles. Se forjaba entonces el espíritu de cruzada y al caballero se le imponía un ideal superior al que debía servir. El objetivo de la conquista del Santo Sepulcro trascendía al individuo y ampliaba la geografía de los medievales: se les abrían nuevos horizontes y se modificaba entonces la concepción heroica de la vida. También comenzó a aparecer el espíritu cortesano con un endulzamiento de las costumbres, y el héroe se transformaba en caballero cortesano, evolución que se reflejó en la épica y la lírica.

En este contexto comenzó a evolucionar la burguesía que, en su crecimiento, llevó al desarrollo de las ciudades. Para ella el trabajo y la riqueza eran valores supremos alimentados por cierto realismo, trabajo que también se orientó a la actividad intelectual. En este marco, Romero describió la vida cultural erudita, las realizaciones sobre la representación del trasmundo (que fue un hecho central del período) y los logros de la escolástica. El público al que iba dirigido el libro pudo enterarse de teóricos como Roscelino de Compiègne, Pedro Abelardo o Arnaldo de Brescia. También del orden universal de papado e imperio. En este punto, Romero expuso un concepto que mucho más tarde desarrollarían historiadores franceses, porque ante la inestabilidad ocasionada por la multitud de señoríos se elevaba la autoridad de la Iglesia capaz de inducir un principio regulador en la convivencia recíproca[25]. Obviamente el proceso no fue sencillo; hubo resistencias de los grandes poderes laicos y de las ciudades en los lugares donde éstas habían crecido, pero el papado terminó por consolidar su autoridad durante el pontificado de Inocencio III (1198-1216). Pero era una supremacía que tenía sus inconvenientes porque al pontífice le era cada vez más difícil controlar a los reinos nacionales que escapaban a su vigilancia.

Todo esto tenía razones consistentes. El imperio nunca fue una realidad ni una virtualidad verosímil; solo cabía la posibilidad de lograr la unidad espiritual de la cristiandad (por lo menos de la occidental) y esa responsabilidad le cabía al papado. Este último logró la instauración de cierto orden universal mediante la organización de la jerarquía eclesiástica, las órdenes monásticas, las universidades y las cruzadas. Sin embargo el papa fue derrotado cada vez que intentó disputar con la potestad laica. Fueron en efecto los reinos nacionales los que paulatinamente prescindieron de la autoridad de Roma, absorbidos por la tarea de someter a las fuerzas feudales.

Por su parte los que deseaban huir del mundo tenían a su alcance a los monasterios, y ante la enérgica actividad de los laicos, la actitud contemplativa no dejó de fortalecerse. El resultado fue la aparición de nuevas órdenes. Tan trascendente como este movimiento fueron las ciudades con sus manufacturas, el comercio, una nueva sociabilidad y con ello la posibilidad de un intenso desarrollo de la vida intelectual. La burguesía se desarrollaba en todos los sentidos. Sin embargo los señoríos siguieron teniendo importancia durante mucho tiempo, y desde el siglo XII la monarquía se esforzó por afirmarse limitando su alcance con el apoyo de las comunas urbanas. Éstas a su vez se unían en confederaciones o hermandades para hacer frente a otras unidades políticas, y finalmente el reino logró superponerse a los señores, a lo que ayudó la adopción del derecho romano.

El ideal de vida de este período estuvo enraizado en la imagen del trasmundo, porque nada de lo que existía en la realidad terrenal era comparable con la vida eterna. El caballero por su parte quería conquistar el honor y la gloria con el ejercicio de la guerra, y con ellos poder y riquezas. Esto es lo que cantaron juglares y trovadores, y en su exposición Romero exhibió una vez más su dúctil manejo del testimonio literario. Sobre esto y de manera gradual, la Iglesia recuperó terreno para encauzar esas energías de los caballeros en la lucha contra los infieles. Además, ese caballero debía, según la Iglesia, alcanzar la virtud propia del cristiano, y con este propósito se difundieron narraciones como las del Santo Grial. Se erigía un nuevo ideal de pureza masculina que ahora (en el siglo XII) arraigaba a su vez en el caballero cortesano. En esa vida, que nació de reunir tendencias, se introdujeron costumbres musulmanas y orientales, las cortes adquirieron lujo y grandeza, y el amor comenzó a ser considerado una alta expresión de la vida. Nuevamente, los testimonios literarios dieron cuenta de la situación.

La Baja Edad Media, desde mediados del siglo XIII hasta las postrimerías del XV, tuvo una más sucinta consideración. Fue el período de la crisis del orden medieval, aunque tuvo sus desfases de acuerdo a los distintos espacios. En Italia, por ejemplo, en el siglo XV ya se había producido una mutación profunda porque aparecían los primeros episodios de la modernidad. En otros lugares en cambio se perpetuó el espíritu medieval hasta bien entrado el siglo XVI, y esto le dificulta al historiador captar un cuadro de totalidad.

Como en otros momentos, Romero privilegió el documento literario. Esa crisis del orden medieval fue ahora captada en la Comedia de Dante Alighieri, obra que también consideró monográficamente y en la que veía un documento de la disolución de ese orden medieval. Las cruzadas fueron parte del proceso, pero en el plano de la vida real el hecho más significativo fue la renovación de la vida económica y el ascenso de la burguesía. Con esto la producción rural de los señores comenzó a declinar en beneficio de la circulación monetaria, y los viejos ideales del heroísmo y de la santidad comenzaron a ser reemplazados por los del trabajo y la riqueza mediante los que también se alcanzaba el poder. La monarquía a su vez encontró en esta clase en ascenso el apoyo necesario para combatir a los señores, con lo cual adquirieron vigor los reinos nacionales. En ellos los señoríos tuvieron cabida, pero debieron descartar la idea de que estaban en el sistema tradicional del feudalismo.

Al mismo tiempo declinó la idea de un orden ecuménico; al comenzar la Baja Edad Media el papado y el imperio ofrecían una imagen debilitada, y en la debilidad del pontífice mediaron las sectas heréticas, los movimientos renovadores como los de Wycliffe y Huss, y las Iglesias nacionales. También en el siglo XIV surgieron luchas de los burgueses y de los campesinos, nuevas concepciones económicas como el mercantilismo y nuevas direcciones estéticas, pero nada de esto triunfó definitivamente. En realidad la cultura de la Baja Edad Media se presentaba como un constante duelo  entre fueras opuestas, particularmente entre el espíritu caballeresco y el espíritu burgués, entre el sentimiento religioso y el profano. Esta historia marcada por contrastes enfocaba con acierto la situación compleja del período. También perduró el espíritu caballeresco, que perfeccionado y refinado, revalorizaron las clases señoriales para hacer frente a las innovaciones, aunque ese espíritu caballeresco tenía sus días contados. En este ambiente se valorizan los aportes de Roger Bacon al conocimiento experimental y los de Guillermo de Occam y Juan Duns Scoto que influidos por Averroes delimitaron entre teología como ámbito de la fe y filosofía como ámbito de la razón. Otra vez en el libro de Romero se nos presenta la cultura erudita del otoño medieval, desde los mencionados a los platónicos italianos Marsilio Ficino y Pico della Mirandola. En Italia percibió una ruta de evasión de la cultura medieval, pero nuevamente con fina perspicacia se negó a presentar el asunto como un cuadro de blancos o negros, sino que lo representó como una situación combinada, porque ni la transformación fue repentina ni tampoco desaparecieron los elementos de la tradición medieval. Es verdad que hoy se considera al humanismo como un movimiento cultural centrado en el estudio de las humanidades y no como un manojo de concepciones sobre el hombre y la naturaleza, como consideró Romero a este movimiento[26]. Pero así y todo, el haber percibido la continuidad de una ortodoxia tradicional le evitó caer en la representación modernista de Jacob Burckhardt[27].

En el campo de lo político las continuidades con las líneas que se habían trazado se evidencian en la descripción. En forma creciente las unidades políticas fueron los grandes reinos, las ciudades autónomas y el imperio que ya era pensado como otro reino, mientras que los antiguos señoríos perdían significación. Una vez más esta afirmación fue de inmediato puesta en términos relativos, porque los señoríos no perdieron su vigencia, y por consiguiente su trayectoria en descenso puede comprenderse en su exacta definición: lo que quiso mostrar Romero es que ya no podían enfrentar con algún éxito el ordenamiento de las monarquías que imponían sus jurisdicciones territoriales, y a ello correspondió la lenta formación de una conciencia nacional.

Un nuevo fenómeno fue la reacción de las capas inferiores del proletariado urbano y del proletariado campesino cuando descubrieron la significación de la burguesía e iniciaron la resistencia contra esa oligarquía de las ciudades. También reaccionaron los artesanos, como los tejedores de Gante y Brujas, y en esto contribuyeron las calamidades del siglo XIV (hambres, epidemias) cuya significación histórica recién se abría paso en el medievalismo[28]. Esas clases no privilegiadas intentaron entonces la revolución que constituyó el antecedente de las revoluciones burguesas de la Edad Moderna y que no lograron concretar por la inmadurez de sus ideales y de sus aspiraciones. En esta frase Romero anunciaba una idea capital de todo su sistema de pensamiento histórico situado en el largo plazo, sistema que le daba consistencia a su estudio de la Edad Media encarada desde la perspectiva del burgués. Pero estos nuevos sectores no eran inoperantes en la historia; sin ellos no tenía sentido la idea nacional porque sin su apoyo no podía implementarse la economía mercantilista

Algunos miembros de las clases aristocráticas por su parte descubrieron con lucidez la posibilidad de que las monarquías ayudaran a resolver los problemas. Fueron hombres de pensamiento como Fernán Pérez de Guzmán, y en este punto se ve de nuevo que Romero traspasaba de manera muy condensada una pesquisa monográfica a un texto de síntesis general. Lo mismo puede decirse cuando habló del papel que cumplieron las crónicas oficiales del período en las que poco a poco los ideales nacionales sobrepasaban a los intereses estamentales. 

 

1.4 Cuestiones de método  

Las consideraciones precedentes en las que resalta la interpretación pueden llevar a la creencia de que Romero despreció la erudición, y eso es lo que a veces dijeron sus detractores o los que lo conocen defectuosamente. Es una falsa impresión, porque Romero consideraba a la erudición como el bagaje indispensable para avanzar en el razonamiento. Esta consideración no solo se desprende de los elogios que como veremos prodigó sobre Clemente Ricci (el padre del estudio documental riguroso en Argentina) sino que también se desglosa de  sus monografías, y bajo este precepto seleccionó recortes de los cronistas e historiadores analizados para certificar la reflexión que sobre ellos realizaba[29].

Pero ese escrutador de textos no se estancó en el escrito, sino que comprendió la importancia de otros lenguajes no verbales para hallar las claves de un suceso o de una época de la civilización. En un artículo de difusión que publicó en La Nación en 1954, llamó la atención sobre el tapiz de Bayeux (que se refiere a la conquista de Inglaterra por los normandos en 1066) para conocer el siglo XI[30]. Dijo entonces: “su valor reside en las escenas mismas, en las imágenes que ofrece, en la atmósfera que conserva”. Retengamos el alcance de este enfoque, porque para el medievalista actual el análisis de las imágenes se ha convertido en un recurso habitual de su pesquisa, pero cuando este artículo se publicaba conocer el pasado a partir de las imágenes era un método casi desconocido.  

En ese mismo artículo habló Romero de la importancia que tendría comparar ese tapiz con la Crónica anglosajona, mostrando sus muchos puntos de contacto. Pero en esta materia vuelve a sorprender al decir que para el “lector despreocupado” esa crónica era una mera enunciación de hechos, pero “una lectura más atenta suele corregir esa opinión”. Esto significa que mucho antes de que se hiciera habitual hablar sobre niveles de lecturas y ángulos de recepción de un texto, Romero pensaba que por debajo de la lectura epidérmica había otro acceso al texto, no de forma sino de contenido, o sea, una lectura en profundidad para detectar lo que estaba debajo de las palabras. Esta lectura que él mismo ha realizado (aunque no expuso las etapas de su análisis) lo llevó a sostener que en esa crónica había cierta crítica intencionada de las injusticias sociales, cierto escepticismo del papel de la Iglesia. Por otra parte en las dos fuentes se le presenta al historiador la correlación que los medievales veían entre los fenómenos naturales y los hechos sociales, porque en el año de la conquista de Inglaterra, en 1066, apareció un fenómeno prodigioso en el cielo (¿un cometa?): el tapiz de Bayeux y la Crónica anglosajona registraron a su modo el suceso. Las consecuencias metodológicas que se pueden extraer de este pequeño avance de Romero son inmensas. Repitámoslo: era el año 1954, una época en que esas aproximaciones a los testimonios del pasado eran desusadas.       

También analizó la problemática política a través de Dante Alighieri en un artículo aparecido en la Revista de la Universidad de Colombia en 1950[31]. La inestabilidad de Florencia hacía resaltar la importancia de un poder regulador, solución obstaculizada por el papado.

Nuevamente debemos destacar aquí la actualidad metodológica del estudio. En este artículo, al igual que en otros que se han reseñado, Romero descubría y explicaba concepciones de los autores analizados en relación con la situación histórica en la que se desempeñaban. Esto presupone una similitud con estudios que se han realizado en la actualidad, pero también una desemejanza que ubica a la elaboración de Romero en un peldaño superior. Esa analogía se debe a ciertos historiadores que se dedican a dilucidar las ideas que presentan cronistas de la Edad Media, pero concentran toda su atención en esa realidad del texto desestimando la realidad sobre la que el cronista hablaba[32]. Es ésta una indudable consecuencia del giro lingüístico, que si bien no tiene en estos momentos (2016) el pináculo de su ascendiente, conserva su influjo y en todo caso dio lugar a estudios que no se pueden desconocer. Por el contrario, como se observa en los trabajos que se han mencionado, Romero siempre diferenció entre la realidad histórica y su representación en aquellos que la registraban, y justamente el juego entre esos dos planos esenciales le confirió a sus análisis una gran riqueza.

Obviamente, sabía que una narración no era un espejo de lo sucedido. Es lo que señaló sobre el escritor y político Dino Compagni (c. 1255-1324) en un preámbulo de su crónica al decir que proporcionaba una interpretación quizá no muy objetiva, pero segura y meditada de los hechos[33]. Agregó que había concretado Compagni una aproximación predefinida y si se quiere sesgada porque veía la realidad desde un punto de vista moral más que político, y justamente esta connotación lo impulsó a Romero a no desestimar el ambiente y las condiciones en las que Compagni se desempeñó, y en este proceder establecía un claro contraste con lo que hoy hacen historiadores seducidos por el linguistic turn.

Estas anotaciones metodológicas al igual que los temas y la forma en que los encaró se relacionaron íntimamente con las influencias recibidas, con las formas de hacer historia que lo atrajeron y con el agrupamiento historiográfico medievalista en el que hoy se lo puede incluir. Pasemos a observar estas cuestiones.

 

2. Influjos, diferencias y paralelismos.

2.1 La importancia del positivismo en la formación de Romero

El tema tratado nos pone en contacto con aspectos formativos de Romero como medievalista. Sobre esto en sus Conversaciones con Félix Luna dijo que aprendió el oficio de historiador con Clemente Ricci, a quien siguió en “innumerables” cursos en la universidad de Buenos Aires. Afirmó que Ricci “manejaba las fuentes griegas y romanas de una manera extraordinaria”, y era “verdaderamente inexorable en materia de rigor metodológico”[34]. Concluyó con una frase categórica: “Creo que es la persona que más ha influido en mí”.

Ricci fue un historiador italiano nacido en 1873, que se formó con Cesare Cantù en Milán y se radicó en Argentina en 1893. Fue profesor de Historia de las Religiones y de Historia Antigua Clásica y Medieval en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires Desde esos cargos inauguró una nueva etapa en el estudio de la historia en Argentina, porque si Romero revolucionó la historiografía del país en base a complejas elaboraciones de totalidad, Ricci sentó las bases para el examen científico de la documentación, tarea que desde 1942 continuaría Claudio Sánchez Albornoz. Llamativamente, al igual que en otros lugares, la renovación historiográfica argentina fue ante todo un fruto de historiadores consagrados al estudio del feudalismo en distintas momentos de su desarrollo[35]

Ricci enseñó el arte de la investigación histórica en seminarios que condujo en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA[36]. Fueron de dos tipos. Por un lado los de investigación, que llamaba de erudición pura, y por otro lado los de erudición doctrinaria (volcados a la historia de las ideas), cursos que consistían en aplicar un método “cartesiano” de indagación al documento no literario, al literario, a la inscripción, a la transcripción paleográfica y al aparato crítico. Ese método se destinaría, según su criterio, a dilucidar el hecho y la noción despojados de todo juicio interpretativo, lo que significaría indagar en la causa del suceso, en sus leyes y sus consecuencias económicas, sociales y políticas. En la exposición, o sea, en el momento de la generalización, podía  deslizarse la subjetividad, pero ésta no debía afectar la noción objetiva del hecho. Evitar el sofisma en las interpretaciones manteniendo  siempre la objetivación lograda por la erudición pura era un presupuesto del método propiciado. Esto tenía otras implicancias.

Ricci pensaba que existe lo real que es la Verdad absoluta, inaccesible a nuestra razón, y solo podemos captar sus aspectos fenoménicos a través de verdades relativas que caben en nuestras categorías mentales, y son éstas las verdades que busca el historiador con el método cartesiano. En este punto su pensamiento se nos manifiesta irrecusablemente tributario de Kant, y en historia ese método debería ser realista, concreto, sujeto al dato preciso tal como lo pone de relieve el análisis filológico. Todo lo demás según Ricci sería metafísico.

Dos temas de orden práctico complementaban sus preocupaciones.

La primera se refería a la repercusión que los estudios realizados en Argentina podían tener en otros centros de investigación. Esa inquietud lo llevó a destacar la afable acogida que sus seminarios tuvieron en autoridades de otros países como P. Taubler de la Universidad de Heidelberg, William N. Bates de la Universidad de Pensilvania o de R. P. Errandonea del Colegio de la Compañía de Jesús de Azpeitía (España).

La segunda era sobre la aptitud del estudiante argentino. Ricci aseguraba que los trabajos que surgían de sus seminarios podían sostener la comparación (en algunos casos con ventaja) con los que se llevaban a cabo en las escuelas de especialización de cualquier universidad americana o europea. Esos seminarios, según Ricci, contribuían “a probar la aptitud del joven argentino para la labor científica, y a destruir el renombre negativo que se le ha forjado de retórico, literario, imaginativo, reacio a la dedicación paciente, severa, sin vanidad y sin platea que la tarea investigadora requiere.” Agregaba que se ha repetido que el estudiante argentino “es libresco, repetidor, verbalista” y “que lee mucho pero estudia poco”. Negó Ricci de manera terminante esta creencia afirmando que “los resultados que nuestra juventud está dando en los varios Institutos de la facultad prueban lo contrario”.

Estas expresiones nos acercan a lo que Romero debió experimentar en su momento formativo, que era a su vez un momento de la formación historiográfica de nuestro país. Se pasaba entonces con Ricci de la historia poco rigurosa a otra científica basada en el examen escrupuloso de las fuentes mediante el apoyo de la filología y la comparación de textos.    

Por su parte no es visible ninguna influencia de Claudio Sánchez Albornoz en las elaboraciones de Romero, contrariamente a lo que a veces se ha supuesto, como tampoco se observan influencias de Romero sobre Sánchez Albornoz o sobre alguna de sus discípulas. Sánchez Albornoz había consolidado en los años posteriores a 1940 su concepción sobre la historia de España organizada a través de la Reconquista (despoblación y repoblación del valle del Duero y caracterización de Castilla como tierra de hombres libres en el mundo feudal con desarrollo de la hidalguía y debilidad de la burguesía), y ya se revelaba impermeable ante nuevas concepciones.

No obstante obró en Romero proporcionándole un espacio para publicar sus monografías. No fue un aporte menor. Apenas  instalado en la Universidad de Buenos Aires (después de un breve paso por Mendoza) fundó Cuadernos de Historia de España. En parte por el paupérrimo panorama del medievalismo español durante el franquismo, y en parte por la intensa labor que se desarrollaba en Buenos Aires, esa publicación adquirió un considerable reconocimiento, y ya en su primer número de apareció una contribución de Romero[37].

El contraste entre el análisis de Romero y el realizado por Sánchez Albornoz se englobó en otro más amplio dada por la distancia que separaba al primero de la generalizada descripción de hechos que predominaba entre los historiadores de las décadas de 1940 y 1950. Romero no se privó por otra parte de manifestar abiertamente sus convicciones en la materia: en el artículo sobre San Isidoro (1947), declaró que la temprana Edad Media era mejor conocida en la superficie de la historia externa que en su significado y en su valor dentro de la cultura occidental. La afirmación presuponía un tono impersonalmente crítico hacia una porción por lo menos de la obra de Sánchez Albornoz, aunque debe subrayarse de inmediato que no toda ella entra en ese tamiz. También es imprescindible destacar que Sánchez Albornoz tuvo la suficiente amplitud de miras como para aceptar la colaboración de un colega con una idea muy distinta a la suya sobre la indagación del pasado, y del mismo modo aceptaría más tarde monografías de otros historiadores que tampoco participaban de sus concepciones, aunque es obligatorio añadir de inmediato que esa tolerancia estaba acotada a los temas que él estudiaba y por el contrario desaparecía ante el historiador que cuestionaba (de manera explícita o sobrentendida) alguna de sus tesis[38]. Es ese último un matiz que debe tenerse en cuenta porque ayuda a entender las poco sencillas condiciones de preservación de la autonomía intelectual en ciertos contornos académicos.

No fue Ricci la única influencia que recibió Romero en su camino por el medievalismo. Otras, que le llegaron por medio de lecturas fueron decisivas a la hora de establecer su orientación. Dos se destacan especialmente: Augustin Thierry y Henri Pirenne.

 

2.2 Agustin Thierry

Cautivado por el trabajo de François Guizot, Augustin Thierry (1795-1856) perteneció a una escuela con inclinaciones constitucionalistas que veía en los códigos modernos un logro burgués. Debido a esto los sedujo a maestro y discípulo el modelo inglés y su Carta Magna, que no concibieron como un producto de la aristocracia, y a esto Thierry dedicó uno de sus más conocidos trabajos. Como Guizot, se interesó por la trayectoria de la burguesía hasta su victoria final, si bien a diferencia de su mentor, que ha sido calificado como representante historiográfico del “racionalismo experimental”, se inscribió en una línea narrativa que se ajustaba al material cronístico de las insurrecciones[39]. Como dijera Georges Lefebvre, Thierry y algunos más de la escuela narrativa influenciados por el romanticismo, pusieron en escena hombres que han vivido y no personajes eternos. Es una característica que también detectó José Luis Romero, que lo denominó discípulo de Walter Scott y Chateaubriand, aclarando que si bien no participaba “de los caracteres estrictos del pensamiento histórico del Romanticismo, sí [participaba] de una de sus peculiaridades más hondas: la búsqueda, el esbozo, la curiosidad”[40]. No es indiferente añadir que se había iniciado en el periodismo y combatió en las filas del partido liberal (ideología en la que fue introducido por la lectura de Saint Simon), lo que permite presumir sobre su adecuada preparación para seguir el desenlace vertiginoso de las luchas a través de narraciones. Por supuesto que no estamos ante un simple narrador de hechos, aunque efectivamente los ha narrado, sino ante un intérprete del desenvolvimiento burgués. Un intérprete que escribía desde la perspectiva dada por las revoluciones de 1830 y 1848, lo que llevó a comentar, no sin cierta exageración, que su lectura est plus passionnante encore pour la connaissance du XIXe siècle que pour celle du moyen âge[41]. Veamos esta construcción que incluyó en un lugar relevante a los movimientos comunales[42].

Ante todo la narración de Thierry tuvo como trasfondo y protagonistas a  las masas, ya que como producto de su accionar encuadró los resultados de las comunas del siglo XII: independencia municipal, igualdad ante la ley, elección de las autoridades locales y fijación de las rentas. Estas medidas que hicieron de la urbe una comunidad no se lograron por concesión de los reyes, a los que solo puede atribuirse una especie de no resistencia, de inactividad (que fue más forzada que voluntaria) ante estas transformaciones. Se debieron en cambio a una población urbana a la que no se había podido someter a servidumbre como sí fue sometida la población rural, y aquí radica una concepción que arraigó en la historiografía liberal posterior. En este punto interviene un concepto cuyo origen se rastrea en los humanistas. En efecto, el análisis de Thierry se organizó alrededor de la dicotomía entre la tradición romana, que se había conservado en las ciudades (de lo cual derivó una larguísima discusión historiográfica sobre la supervivencia o no supervivencia del municipio romano en la Alta Edad Media) y la tradición germana, dicotomía que a su vez generó otras controversias sobre el origen del derecho medieval. En esta división Thierry reprodujo el criterio de los humanistas del Renacimiento sobre una época oscura signada por la servidumbre, que se habría iniciado con las invasiones bárbaras, es decir, con el sojuzgamiento de una raza por otra. En ese contexto de opresión, la menos alterada de las tradiciones sería la que se conservó en aislamiento en las grandes ciudades, como observó en los habitantes de Reims que en el siglo XII recordaban el origen romano de su constitución municipal. De aquí habría derivado la desigual resistencia al poder señorial, porque allí donde, como en el norte de la Galia, la herencia germana tenía peso, aumentaba el poder despótico, aunque los burgueses con sus repetidos motines demostraron que su realidad era distinta a la del sector agrario. Ese condicionante (que dicho en un lenguaje actual sería en parte cultural y en parte congénito racial), no anulaba la gravitación que en el relato explicación confirió a la iniciativa de los individuos, en especial de los burgueses. Recalquemos sobre esto que para Thierry la cuestión no consistía en un simple devenir de las cosas, sino en una acción diligente de los habitantes de la ciudad que defendieron esa libertad y lograron conservarla con sus arqueros. Allí, tras los muros que separaban del campo donde regía la desigualdad y la violencia, surgió una asociación igualitaria que daba forma al estado político de estos combatientes por sus derechos.

Esto significa que el proceso tuvo precedentes en la Antigüedad, hecho que situaba a la urbe como un baluarte casi indestructible de la libertad, porque ya a fines del siglo XI en el sur de la Galia muchas ciudades reproducían hasta cierto punto las formas del antiguo municipio romano. El ejemplo se extendió hacia el norte, donde se formaron asociaciones unidas por juramentos en las ciudades menos fuertes y ricas, y a ellas llegaron los campesinos que huían de la servidumbre de la gleba para conjurarse con los vecinos y redimirse redimiendo a la ciudad.  Desde entonces esta última tomaba el nombre de comuna sin esperar a que le otorgue esa condición una carta monárquica o señorial. Los señores resistieron, hubo batallas y también transacciones, y en esa dialéctica tumultuosa se hicieron las cartas de franquicia. Una cierta suma de dinero terminó por sellar el tratado de paz, y esto habría representado el costo final de la independencia.

En ese devenir hubo para Thierry un hecho determinante sobre el cual conviene insistir para captar la sustancia de su tesis, y que fue la predisposición de los pobladores a defender su derecho a organizarse, ya que si no hubieran opuesto la guerra a los que le negaban esa potestad, no hubieran triunfado. La violencia de masas sobrevuela en este relato, aunque no como violencia vacía sino como contenido social y destinado a reivindicaciones sustanciosas, porque esa nueva organización significaba para reyes y señores perder tributos regulares y gravámenes por casamiento, herencia o justicia. La cuestión se relacionaba entonces con las cargas feudales, e implicaba una transformación del sistema legal. Por eso una ansiedad primordial de los ciudadanos fue lograr una constitución independiente, objetivo que alcanzaron con éxito, y por ello el establecimiento de las comunas en el norte de Francia puede ser considerado une conspiration heureuse, que era el nombre que los actores se daban a sí mismos, ya que los ciudadanos se llamaban conjurados. La tendencia hacia estas asociaciones llegó a los lugares donde prevalecía la servidumbre, y aquí estamos ante otra concepción que iba a tener una larga vigencia (y que repercutió en Romero), identificada por la ciudad como el principio transformador de un entorno atrasado e inmóvil. Con sus derechos legales se convertía en la plataforma de toda la innovación, ya que con esa libertad la persona se consagraba a la industria y con ésta se hacía poderoso, por lo cual la victoria jurídica abría la senda de la transformación económica y ésta transformaba el todo social. Se imponía entonces la fuerza de un contexto arrollador, al punto de que no faltaron los aristócratas que se vieron obligados a dar esas franquicias a las nuevas poblaciones.

Algo más daría su pleno sentido general a esta descripción. Ese algo era una lógica del proceso jurídico que determinaba una inalterable raíz programática del ascenso burgués, visión que se transmitió a la historiografía liberal posterior. En relación con esto la agitación comunal del siglo XII presentaba para Thierry similitudes con las revoluciones constitucionales de los siglos XVIII y XIX, en tanto estos dos grandes movimientos tuvieron un carácter de universalidad y progreso. Los medievales lucharon por una libertad que puede denominarse material, que implicaba el derecho de ir o venir, de vender y dejar en herencia (lo que es, digamos al pasar, un concepto de libertad que influyó largamente en los historiadores). En los siglos XI y XII se buscaba la seguridad personal, y ese objetivo se conectaba con las conmociones burguesas posteriores que complementaron y ampliaron ese designio. Más allá de que consideró diferencias (por ejemplo, en las revoluciones modernas tuvieron más peso las ciudades de realengo), el punto clave es que instituyó una continuidad categorial entre los dos ciclos revolucionarios, proceso en el que Thierry estaba comprometido, y ello no fue indiferente a que por momentos su prosa adquiriera un tono apologético que seguramente desagrada al sobrio historiador del siglo XXI, aunque no debería lamentarse que cada tanto las emociones nos zambullan en el océano político.   

Debe tenerse en cuenta también la similitud sustancial entre el discurso de Thierry y el de los humanistas del Renacimiento sobre las “libertades” urbanas del período. No es una proximidad que nos deba asombrar si se recuerda el hecho muy sabido de que historiadores como Jacob Burckhardt (1818-1897) popularizaron la imagen de una Edad Media oscura retomando un concepto de Petrarca en su poema África, en el siglo XIV, imagen que también cultivaron otros humanistas, y contra la cual, como vimos, Romero debió batallar. En esta apretada reseña se debe distinguir una forma de historia social (en la que participaba Guizot), que, como ha indicado Tulio Halperin Donghi, no surgió de la superación de la historia político militar constituida como memoria de la clase gobernante, sino que nació de una mutación de la problemática política a partir de las revoluciones democráticas, no planteándose esa historia social como alternativa de la historia política sino como su profundización[43]. Esa nueva dimensión de la historia política entrañó una reescritura francesa de la historia medieval posterior a 1815, en virtud de la cual se pasó a considerar una Edad Media dinámica e inestable, señalada como el inicio de la guerra de clases, y que se encaminó lentamente hacia la Revolución francesa promulgándose en consecuencia una noción esencialmente moderna del período[44].

 

2.3 Henri Pirenne

No obstante la importancia de Thierry en la obra de Romero, el historiador que más huellas dejó en sus elaboraciones ha sido seguramente Henri Pirenne (1862-1935)[45]. En especial retomó in toto su esquema de evolución económica y social sobre el cual fue apuntando sus investigaciones sobre la historia social a través de sus manifestaciones culturales. Esto de por sí obliga a revisar los postulados esenciales de Pirenne, a lo que se agrega el interés dado por ciertos aspectos de su desarrollo intelectual que exhiben ante el observador actual un llamativo paralelismo con las evoluciones de Romero. En esta revista de  conceptos básicos de Pirenne se verán algunas referencias sobre su vigencia en el análisis histórico social. 

Con Pirenne estamos ahora ante una figura cuya extraordinaria influencia se constata por igual en los que han seguido sus interpretaciones y en los que las han criticado, dibujando una oscilación pendular que ha seguido hasta hoy[46]. Formado en la rigurosidad hermenéutica del positivismo y en la explicación económica social que se abría paso desde Alemania a fines del siglo XIX con Karl Lamprecht (1856-1915), Pirenne representó una renovación de considerable impacto[47]. Sus esquemas de evolución, claros y coherentes (aunque contaminados con simplificaciones esquemáticas), se contraponían al documentalismo positivista y también a teorías estrambóticas como la que proclamaba que el feudalismo se originó por la introducción del caballo en el arte militar (sobre lo cual se llegaron a escribir tratados muy eruditos), uno de los cuales, y gracias a Sánchez Albornoz, se publicó en Argentina en 1942, justamente cuando Romero concretaba sus primeras publicaciones como medievalista[48]. Ante este panorama la innovación de Pirenne encontró una calurosa acogida en los que deseaban salir de ese encierro entre el no pensar y el pensar extravagante. En su éxito deben tenerse en cuenta también otros factores.

Inicialmente, gracias a la acomodada posición burguesa de su familia, Pirenne tuvo las mejores oportunidades para formarse y dispuso de una aceitada red de relaciones que le permitió primero ingresar y luego ascender en la carrera académica. Por otro lado su contribución más relevante en el medievalismo, su esquema sobre historia económica y social, fue enunciada cuando esta porción de la historiografía, en sus versiones más reflexivas, comenzaba a asomar con ayuda interdisciplinaria. Si Lamprecht, a quien Pirenne admiró, fue desacreditado por el positivismo alemán con el argumento ramplón de todo positivista (supuesta falta de rigor en la lectura de documentos o asuntos de detalle), desde 1930 aparecían condiciones más favorables para la recepción de una nueva forma de hacer historia. Lucien Febvre (1878-1956) y Marc Bloch (1886-1944) (que también ejercerían influencia en Romero) con los Annales fueron claves en este aspecto, y el autor belga se convirtió en un puente entre lo que se había generado en Alemania, con los ilustres antecedentes de Marx y Weber por un lado, y Francia por el otro. A partir de esa posición, el anhelo por el predominio ecuménico de la escuela de los Annales, fomentado por Lucien Febvre, Fernand Braudel (1902-1985) y sus sucesores, con su concepto de la historia como ciencia social, fue una vía indirecta para que Pirenne permaneciera vigente allí donde se estudiaba la época medieval o los orígenes del mundo burgués (y esto fue evidente en Argentina). En ese mismo sentido, la matriz ideológica y científica de sus teorías sustentó muchas y diversas interpretaciones del factor mercado que excedieron el marco del medievalismo. Los nombres de estos intérpretes: Paul Sweezy, Andre Gunder Frank, Immanuel Wallerstein, Fernand Braudel y muchos otros, hablan de la magnitud del enfoque[49]. Entre estos autores no faltaron los influenciados por el materialismo histórico, en especial por un concepto de explotación entre países ricos y países pobres que veían que se realizó (y seguía realizándose) a través del comercio a distancia. Esta influencia llega hasta hoy, cuando asistimos a la validación de algunas de las tesis de Pirenne por historiadores que adhieren a la ortodoxia neoclásica. Todo esto confirma la inconmovible actualidad de este historiador, se acuerde o no con él, y cuando a veces pareció que se lo desmoronaba con una avalancha de objeciones, su figura volvía a nacer de los escombros para reconstruir la doctrina del factor mercado en la historia. Recordemos los puntos esenciales de su interpretación que Romero retomó.

Hasta comienzos del siglo VIII, afirmó, hubo capitalismo en Europa porque, prolongándose la economía de la Antigüedad, circularon mercancías y dinero. Entonces ese régimen se desvaneció con la expansión musulmana por el Mediterráneo que interrumpió los lazos comerciales, lo que habría originado una economía natural sin intercambio que fue típica del período carolingio (de lo que surgió el concepto de que Carlomagno sería inconcebible sin Mahoma). El dominio, con su tendencia autárquica y su economía natural fue concebido, en esta dirección, como la antítesis del intercambio monetario y mercantil que definiría al burgués. Recién en el último cuarto del siglo XI reaparecieron los mercaderes, en principio vagabundos, y con ellos el intercambio, cuando la organización de los árabes declinaba y las naves volvían a transitar. Ese comercio necesitaba lo que el señor le negaba, independencia para comprar y vender, y ese engranaje de oferta y demanda socavaría inercialmente la economía de subsistencia hasta entonces predominante. Esa prerrogativa se debió ejercer en un ambiente particular al que no llegaban las restricciones que pesaban sobre los siervos: la ciudad. Sería ésta el reducto de los hombres libres, con lo cual rescataba Pirenne un aspecto de la tesis de Thierry. Ese burgués comercial de la primera instalación se dedicó a fabricar manufacturas para vender, y por eso se hizo artesano y fue comerciante por derivación. Empezaba entonces su larga epopeya respirando un aire ciudadano que lo inmunizaba de la servidumbre (Stadtluft macht frei) habilitándolo para la operación que concretaba su ser social. Por ello la definición inaugural del burgués fue jurídica e institucional, en tanto la ciudad era un îlot juridique, es decir, une veritable inmunité habitada por une classe juridique opuesta a las jurisdicciones señoriales[50]. Si en términos globales se ve una filiación conceptual con Adam Smith, la connotación que se acaba de mencionar (que lleva a pensar en un historiador menos “económico” y más “político social” de lo que usualmente se cree) empalma con la explicación neoclásica institucional tipo Douglas North sobre los orígenes del capitalismo[51]. Esta connotación le otorga, como dijimos, a la tesis clásica que Pirenne representa una inesperada actualidad[52].

Esos nuevos actores de la Edad Media que en calles y arrabales se consagraban a sus oficios crearon el burgo creándose a sí mismos, y procuraron organizarse en asociaciones juradas de carácter territorial llamadas comunas. Fue un alumbramiento no siempre deseado por el señor que a veces pretendió ser el Herodes del niño, y con ello las condiciones del enfrentamiento entre ámbitos sociales y económicos opuestos estaban dadas. No obstante, el creciente tráfico mercantil enriqueció a los mercaderes.

Es innegable que la atención que Pirenne le dedicó a Flandes influyó en su esquema, ya que efectivamente en Brujas, Gante o Ypres los mercaderes alcanzaron un gran desarrollo, emanación de una independencia que creyó ver en su apogeo durante el siglo XIII. Sin embargo el bosquejo se adoptó de manera general en coincidencia con las dos edades que Marc Bloch confería a la época medieval[53].

Este modelo dual de un principio activo (el comercio) disolviendo a otro sin movimiento propio (la economía natural), proceso conducido por el comerciante como verdadero operador revolucionario, fue la llave que abrió para Pirenne la explicación del período posterior al año 1050, explicación que impugnaba interpretaciones previas por las que se consideraba que las comunas tuvieron un origen militar y feudal (tomando este último término en el restringido alcance institucional y jurídico)[54]. Ese comercio era para Pirenne algo más que una forma de circulación: era capitalismo, y este concepto se instituyó en la categoría organizadora de su representación histórica (y de hecho, de ella depende el concepto de economía señorial y todo el proceso). Ello respondía a una concepción tomada de Adam Smith, y en esos actores que decidieron instalarse estaba la génesis de lo que serían las ciudades. La prueba contundente, respondiendo a criterios de exégesis positivista largamente instalados, podía ser filológica al afirmar que hasta principios del siglo XII los términos mercator y burgensis eran sinónimos[55].

Otro criterio se suma a los fundamentos de este modelo según advirtió Ronald Witt[56]: Pirenne no solo pensaba que el capital comercial se generaba por sí mismo en el comercio, sino que también postuló que una persona dedicada exitosamente a una actividad económica no podía dedicarse a otras con el mismo resultado, y de aquí deviene la importancia que le otorgó al comerciante que llegaba desde afuera del sistema, y en este punto coincidió con Marc Bloch que afirmaba que el señor feudal se convertía en el siglo XIII en un rentista con una débil capacidad para adaptarse a una economía comercial.  La concepción fue seguida por otros medievalistas, y en todos los casos esto remite a la tesis de lucha de clases sobre que una nobleza incapaz de transformarse se cerraba sobre sí misma para enfrentar a los burgueses, y se daba así una oposición ciudad campo o terratenientes comerciantes.

Contemplado el cuadro de Pirenne en perspectiva, el capitalismo pasa a ser la sustancia eterna que en su perduración conoce eclipses momentáneos de los que vuelve para mostrar que nunca abandonará la civilización, más allá de que cada período tendría “una clase distinta y separada de capitalistas”[57]. Esa sustancia se encarna en el imperecedero hombre de mercado, y con él se desplaza por todos los rincones donde se le permita transitar erosionando con la compraventa la economía estática natural, aunque al no suprimir automáticamente a las fuerzas tradicionales, los mercaderes medievales debieron afrontar esas fuerzas conservadoras. Para ello buscaron organizarse en las comunas y exigieron sus derechos logrando sus propósitos en diversos grados. Estas demandas, inscriptas en un accionar intensamente transformador (generador de capitalismo), aun cuando fueran muy modestas quedaron irremediablemente envueltas en una impronta revolucionaria. Asomó así la prehistoria de 1789, porque el ascenso social no solo no estuvo exento de luchas sino que fue en sí mismo conflicto, aun cuando no se expresara en las calles de la ciudad. El motín urbano que efectivamente se dio en distintos lugares era un episodio más, y posiblemente fue el de mayor significado de todos los que jalonaron el desenvolvimiento burgués, aunque en este tema se le puede aplicar a Pirenne lo que Claude Debussy dijo sobre Richard Wagner para enfatizar que más bien agotó lo existente y no abrió la modernidad, de que fue un ocaso que algunos tomaron por una aurora, ya que la concepción pirenniana representó un estadio declinante de la tesis liberal clásica sobre el carácter radical liberador de las luchas burguesas. En esta línea Pirenne mostraba, por ejemplo, el levantamiento de Cambrai, que largamente preparado se dio finalmente en 1077 cuando los burgueses aprovecharon que su obispo se había ausentado para ir a la corte del emperador[58]. Describió entonces, aunque en dosis homeopáticas, como se imbricó la denuncia contra el prelado simoníaco con el movimiento por la democracia urbana a través de la lucha. En ese contexto se organizó la defensa mediante la comuna jurada por todos, una organización que fue hecha para la lucha en una ciudad episcopal y que sería un instrumento de liberación económica de las ciudades del norte de Francia y de la Alemania renana. Los burgueses enfrentando al abad o al obispo representaban esos comienzos, y eran de la misma naturaleza que los que protagonizaron 1789, con lo cual diluyó toda diferencia sustancial entre pasado y presente, o bien esa diferencia la redujo a una magnitud cuantitativa, ya que el burgués entraba por la claraboya de la teoría a una especie de inmortalidad conceptual. Nos es dado conjeturar que ese lazo con revoluciones posteriores que se repitieron por Europa y América, debió nutrir la idea de que en la Edad Media el movimiento comunal habría sido un fenómeno histórico universal.   

Subrayemos que en las elaboraciones de Pirenne las luchas no desaparecieron pero han disminuido notablemente su importancia si se compara con el lugar que les había dado Thierry, en la medida en que la cuestión central del desenvolvimiento de la burguesía radicó en el engranaje económico a través de la circulación de mercancías y la organización jurídica que lograba con apoyo gubernamental. Es de importancia que retengamos estas diferencias, porque en este aspecto Romero representó un giro hacia la dimensión subjetiva (ideológica y política) de las transformaciones de los siglos XI y XII, en el cual el papel del comercio estuvo presente pero como medio que habilitaba la acción social.  En este aspecto puede decirse que Romero recuperó un aspecto sustancial del Thierry actualizado por la proposición económica general de Pirenne y por sus propias pesquisas sobre los testimonios del período. De ambos predecesores rescató también la contribución que en ese devenir recibieron los burgueses de un nuevo protagonista.

Efectivamente según Pirenne, el nuevo actor de la historia no estuvo solo. En el medio hostil que lo rodeaba contó con un aliado de peso al que supo agradecer, la monarquía, que le otorgó privilegios y le ofreció una contribución esencial para convertirlo en clase social adulta, en tanto que con su apoyo se impuso a los feudales. Su instrumento fue un Estado tendencialmente favorable al capitalismo, punto de vista compartido por investigadores de diversos países armonizados por la misma doctrina[59]. La burguesía surgió así de una integración fluctuante de altruismo (con nuevas ideas de justicia) y crudos intereses materiales, en un proceso por el cual si el mercado la creaba, el amparo jurídico e institucional permitió su desarrollo.

Notemos que en Pirenne la dicotomía económica que instalaba el negociante medieval lo situaba de por sí en un papel transformador. De aquí se desprende que el movimiento comunal en su conjunto, destinado a lograr la auto organización para tener el gobierno local y mejores condiciones legales habría sido connaturalmente revolucionario, aun cuando se haya dado de manera pacífica. En este entramado conceptual las sublevaciones violentas no se distinguen cualitativamente de otros procedimientos que apuntaban a lo mismo, en tanto fueron solo un momento agudo de ese curso general. Su tratamiento historiográfico en un plano equivalente con la formulación jurídica (las cartas de franquicias urbanas) o con la nueva organización comunal se justifica. Por todo esto, en el cuadro de Pirenne la economía, o para ser más precisos, el mercado, era determinante, y en este punto sus críticos hallarían el talón de Aquiles de la teoría.

Si bien Romero aplicó muy de cerca la tesis económica de Pirenne, no dejó de estar atento a los estudios que restringían o limitaban algunas de las proposiciones del historiador belga. Así por ejemplo, en el ya mencionado estudio de 1950 sobre el espíritu burgués y la crisis bajo medieval, llamaba la atención en nota de pie de página sobre la diferencia que Nicola Ottokar había establecido entre las ciudades italianas y las ciudades flamencas y francesas. Es un matiz de importancia, porque una de las cuestiones críticas que se le presentó a la tesis de Pirenne estuvo en los que la admitieron para las ciudades flamencas o alemanas pero no para las que ellos analizaban fuera de esas áreas. Ésta ha sido la posición del profesor de la Universidad de Florencia (de origen ruso) Ottokar que no creyó que la concepción de Pirenne pudiera aplicarse a la ciudad italiana y al surgimiento de su comuna[60]. En consecuencia la visión clásica de Pirenne aquí se admitió emplazándola en una tensión. Sus conceptos liminares funcionan para lo que Pirenne analizó, porque allí la condición civil de la población efectivamente se transformó, pasando de ser una masa inerte sujeta a los señores y sin individualidad cívica, a constituir un organismo político dotado de derechos y atribuciones. En este sentido la ciudad como ámbito económico diferenciado fue paralela a su diferenciación jurídica, aunque esa singularidad como fenómeno aislado fue un rasgo del centro norte de Europa, mientras que en Italia la función jurídica y política del organismo ciudadano fue más vasta, ya que trascendió el límite de la ciudad. Al mismo tiempo en Italia el elemento ciudadano era más heterogéneo y comprendía a los nobles feudatarios de la ciudad y del campo, con lo cual la figura del cittadino de una comuna era diferente a la del burgués de una ciudad del norte de Europa. En esta última zona sí había una neta diferencia entre ciudad y campo, o entre burguesía y nobleza terrateniente. En cambio en Italia la ciudad tenía la misión de unir y organizar el territorio circundante, con lo cual a diferencia de la ciudad de Oltralpe, no era un mundo aislado sino un núcleo de unidad y coordinación, reproduciendo en este punto un rasgo de la civitas romana. También fue un centro de atracción para los estratos superiores de la campiña circundante, no configurándose como en los ámbitos estudiados por Pirenne una isla burguesa. En conexión con esto, la comuna italiana tenía un atributo cittadino, pero no en el sentido de que se restringía a la ciudad, sino en cuanto era el centro que organizaba las relaciones de un mundo más amplio. De hecho los feudatarios vivían en la ciudad y a menudo participaban de su vida económica, y los elementos más estrechamente burgueses tenían siempre un pie en el labrantío donde eran propietarios e incluso tenían derechos feudales. Por lo tanto los intereses y las relaciones de la campiña eran parte de la ciudad, ya que los nobles y los propietarios de tierras no quedaban aislados en sus feudos y fincas, sino que vivían frecuentemente en las ciudades donde tenían sus casas y fortalezas, participando de la vida local. De esta manera se fue reconstruyendo la antigua unidad de la ciudad romana. Todo esto daba una sustancial diferencia con otras urbes europeas que tenían una población eminentemente burguesa, es decir de artesanos y comerciantes, constituyendo un ámbito cerrado y específico. Si allí habitaban otros elementos, eran completamente extraños a la organización interna. En conformidad con esto la comuna italiana en su primera fase era una institución aristocrática, aunque esto fue un rasgo común a todas las ciudades europeas. Pero mientras que en el norte esa aristocracia estaba formada por un estrato burgués, en Italia estaba formada en gran parte por elementos feudales, lo que incluso llevó a proponer la hipótesis sobre el origen señorial de la comuna italiana. Si bien esta última suposición fue rechazada en su momento (hacia 1940), admitió Ottokar que la dirección de la vida pública estuvo en manos de la aristocracia que había promovido la asociación comunal.

Gran parte de estos conceptos fueron compartidos por Edith Ennen, que agregaba que algunos de esos atributos italianos, como el ingreso de los nobles en la ciudad, fueron corrientes en el sur de Europa[61]. Debe considerarse al respecto que el clásico libro de Ennen sobre las ciudades medievales figuraba en la biblioteca de Romero, y su lectura necesariamente también debió haber matizado algunos de los esquemas que derivaban de Pirenne[62]. En otras aristas del asunto, Ennen participó de la gran visión de Pirenne y coincidió con los desarrollos que Romero concretaba en Buenos Aires.

Es así como en lo que respecta a nuestro tema siguió Ennen en parte las divisiones dadas por Pirenne entre un medioevo precomunal en el que prevalecía el poder señorial, y una segunda etapa que se iniciaba en el siglo XI de renacimiento comercial, división del trabajo y mercado[63]. En esta segunda etapa surgieron poderosos movimientos, que a veces se transformaban en revolucionarios y en ese caso estuvieron destinados a conseguir paz y libertad. La primera era una necesidad del comercio mientras que la segunda era una aspiración general de los habitantes que compartía la Iglesia en tanto ésta buscaba obtener su independencia del poder laico. Fue también la época de la comunidad y de la asociación en sus múltiples formas, en la medida en que frente a los señores no se formaban individuos aislados, y de esa oposición surgieron situaciones de una autonomía comunal que podía llegar a ser absoluta. Sin embargo advirtió que era falsa la opinión de que la comuna no tuvo antecedentes o que solo se constituyó en el transcurso de este último proceso, y en este aspecto formativo también su visión fue variada. Los precedentes de la comuna estuvieron en las corporaciones de mercaderes y en el derecho que éstos necesitaban, tanto como en funcionarios judiciales que eran nombrados por el señor al que le debían fidelidad y asimismo en agrupaciones de vecinos.

 

2.4 Paralelismos e inclusión en una vanguardia

Henri Pirenne señaló en muchos aspectos un giro de importancia en el medievalismo y su nombre se une al de Marc Bloch. Pero si el aporte fundamental de Pirenne estuvo en el gran proceso comercial urbano y el de Marc Bloch estuvo en el examen de la sociedad feudal, en la historia agraria comparada y en la antropología, el análisis de las estructuras políticas en su relación con distintas instancias de la sociedad civil tuvo otros cultores. Fueron las excepciones que se apartaron de la enumeración de hechos para incursionar por otras formas de análisis. Obviamente Romero  figura en una primera línea en este tipo de estudios, aunque hubo otras excepciones. Una rápida exploración sobre esos autores muestra que puede ser incluido en una vanguardia de hecho, es decir, en un grupo de historiadores que incursionaron en la mencionada problemática.

Una de esas excepciones fue Otto Hintze (1861-1940), que, bajo la influencia de Max Weber produjo una notable elaboración sobre elementos sistémicos del armazón político feudal en su relación con el constitucionalismo, línea de trabajo que fue retomada (por influencia de Frederic William Maitland) por algunos medievalistas de Estados Unidos de América[64]. Su criterio de que la estructura social condicionaba la constitución política, la comparación que estableció con el despotismo oriental (una problemática clásica del pensamiento político) y sus observaciones sobre las ciudades-estado griegas, le permitieron captar la peculiaridad de la organización estamental del feudalismo. En ésta fue característica la división entre el poder del rey y las autoridades particulares con un sistema de dominación personal cuyos antecedentes se remontaban a la organización germánica, cualidad que se complementó con la estrecha conexión entre Estado e Iglesia. Estos caracteres se explican a su vez por la síntesis romano germánica que sirvió de base al Estado franco, asunto sobre el que asimismo se explayó Romero. Con la evolución del vasallaje y las inmunidades comenzaron a formarse Estados dentro de un Estado que adquirió un rasgo patrimonial. En esta organización la constitución estamental de la Edad Media halló Hintze el origen histórico de la constitución representativa del mundo capitalista moderno, porque si bien entre una y otra hay una fuerte oposición de principio, ambas constituciones pertenecieron a un ciclo coherente de desarrollo histórico.

Hintze nos conecta con las elaboraciones de Romero en lo que atañe a instancias de gobierno que por debajo del Estado, y en virtud de individuos provistos de derechos subjetivos patrimoniales, anulaban cualquier posibilidad de concentración de poder en el centro. El estudio se orientó de esta manera hacia los fundamentos históricos de la conexión entre la sociedad política y la sociedad civil, es decir, entre el vértice que tiene hoy el monopolio de la coacción social y las organizaciones que acotan el ejercicio de ese monopolio en la forma occidental de gobierno y sociedad.

En una similar línea de trabajo aunque más cercana a la visión de Romero por la importancia que otorgó a la burguesía, se desarrolló la labor del marxista heterodoxo Leo Kofler (1907-1995), cuyo libro sobre la evolución histórica de la sociedad civil burguesa también figuraba en la biblioteca personal de Romero en su edición de 1948[65]. En este estudio se observan muchos elementos paralelos a los que Romero elaboraba entonces y que tuvieron su más acabada consumación en La revolución burguesa, incluyendo conceptos cercanos a los de formas transaccionales, aunque cabe decir que la cronología de publicaciones muestra que el historiador argentino desplegó sus reflexiones de manera independiente.

Historiador de Alemania oriental, no apeló Kofler a las citas canónicas del estalinismo y tuvo la audacia de basarse en un “historiador burgués” como Henri Pirenne para referirse a los inicios medievales de la burguesía. No obstante matizó la tesis del historiador belga otorgando más peso a la división social del trabajo entre ciudad y campo en el estadio inicial, lo que habría permitido la calificación laboral del artesano, y estableció una diferencia cualitativa entre la producción urbana artesanal para mercados distantes y la producción artesanal destinada a satisfacer la necesidad del productor, y en este aspecto el gran comercio habría representado un salto hacia el inicio del capitalismo. Sobre el movimiento social del período por un lado afirmó que los movimientos urbanos que se dieron desde mediados del siglo XI, y en especial durante el XII, representaron una lucha muchas veces exitosa contra el autoritarismo feudal que se ejercía a través del emperador, de los reyes, los señores o los obispos. Por ello hacia el 1100 se ingresó en la época en que los ciudadanos intentaron la emancipación con un nuevo régimen jurídico e institucional, y aun cuando no hayan obtenido los mismos resultados en todas partes, lograron en general obtener su propia administración, el derecho de mercado y el ejercicio jurisdiccional en su área, entre otras conquistas.

Por otro lado Kofler se desprendió de este esquema para dar más gravitación a una segunda oposición que se desarrolló en el interior de esa dinámica, y que se mostró de manera relativamente temprana: la antítesis entre el patriciado compuesto por la burguesía comercial que se apoderaba del poder municipal y los gremios de artesanos. Eran dos clases opuestas. El gran mercader, decía Kofler, apenas se interesó por el mercado local, ya que se concentraba en el tráfico de larga distancia del que obtenía una muy alta cuota de ganancia que le permitía aproximarse a la nobleza. De esto derivó que adoptara una concepción no revolucionaria, que se expresó en un racionalismo ideológico conservador (Rationalismus ideologischen konservativen) que fue característico de la burguesía renacentista y de los humanistas. Su enfoque estuvo orientado a detectar el papel no transformador de esa gran burguesía. Simultáneamente surgió entre esa oligarquía urbana y los trabajadores manuales una oposición de clase (Klassengegensatz), que se superpuso a las luchas entre la vieja nobleza y las nuevas clases burguesas en ascenso. Pero además en el Renacimiento se desplegó un individualismo radical junto a la concentración del Estado, lo que significó desplazar la oposición medieval entre la dependencia colectiva de los individuos y la fragmentación de la sociedad, y esa situación de comienzos de la Época Moderna la comprendería Maquiavelo como una específica mezcla (spezifische Mischung) de democracia y absolutismo. En algunos casos con apoyo del rey y en otros sin ese apoyo, las ciudades obtenían una creciente autonomía política opuesta al feudalismo, ya se tratara de las ciudades italianas del siglo XIII o de las flamencas del XIV, y en este punto también se manifiesta la cercanía con las elaboraciones de Pirenne. Incluyó esa proximidad el papel de las monarquías absolutas a las que vio jugando un papel de apoyo a los burgueses urbanos, y resolvió el carácter feudal que esas formas estatales develaron en épocas modernas diferenciando entre el absolutismo progresista (fortschrittlichen Absolutismus) inicial, aunque no revolucionario (aber er war nicht revolutionär), y el absolutismo reaccionario de los siglos XVII y XVIII.

El repaso por este contenido que se expuso aquí en su trazas primaria, nos afirma en la convicción de que no existió una influencia directa visible entre Romero que estaba elaborando sus cuestiones y Kofler, aunque es posible que la lectura del libro de este último haya contribuido para afianzar sus ideas, lo cual es un ingrediente nada despreciable cuando se inicia una excursión por parajes que la mayor parte de los historiadores no visita. Dejando las suposiciones de lado, concentrémonos en similitudes.

Ante todo la que fue dada por la hostilidad del medio, porque Romero padeció la proscripción política entre 1943 y 1955, a lo que se sumó la animosidad de los historiadores tradicionales que se prolongó más allá de la caída del gobierno peronista (algunos nunca renunciaron al insondable rencor que sentían por el historiador que con su sola presencia había perturbado sus cómodos sillones en el positivismo). Kofler por su parte padeció la beligerancia de las autoridades de la República Democrática Alemana, debiendo emigrar a Occidente poco después de la publicación del libro. Esos avatares de la existencia personal tuvieron sus ecos en la consideración historiográfica, porque ni Kofler ni Romero figuran entre los nombres que hoy manejan los medievalistas, a lo que debe añadirse que la vía de reflexión de Otto Hintze (y de otros historiadores alemanes) fue abandonada en la posguerra bajo la sospecha de que alimentaba las concepciones corporativas de los nazis[66].

En los tres historiadores mencionados resalta además otro rasgo compartido que no estuvo dado por las fuentes de sus pensamientos sino por el enfoque y los objetivos, porque Romero usó fuentes literarias y cronísticas, Kofler solo manejó bibliografía y Hintze combinó bibliografía con textos legales, pero los tres se distinguieron por una predisposición eminentemente reflexiva destinada a captar el armazón de ideas que impulsaban la actividad social. Mientras que Hintze veía esas ideas en las prácticas que las normas jurídicas traslucían e impulsaban, Romero y Kofler apoyándose en Pirenne se dedicaron a captar matrices de pensamiento que surgían de la meditación que sobre la realidad efectuaban los actores sociales para modificarla. Consagraron su atención en determinados individuos a los que creyeron representativos de ese proceder.

Esta incursión por una historia sustancial llevó de por sí a seleccionar de la multiplicidad caótica de hechos que se le presentaban al historiador los que éste juzgó significativos, y a partir de ese primer proceder avanzar en esa comprensión de la profundidad del proceso. Inevitablemente Hintze, Romero y Kofler prescindieron de muchos datos que el positivista se obligaba a registrar (la memoria fue durante mucho tiempo la cualidad más atendida por los historiadores), y en base a ese proceso abstractivo avanzaron hacia esa dialéctica entre ideas, acción y realidad que les interesaba develar a los dos últimos en el proceso bajo examen, mientras que el primero se inclinó preferentemente por detectar la objetivación institucional que surgía de esa confrontación entre realidad e ideas.

Ese régimen de trabajo que pasaba ante todo por escoger situaciones relevantes prescindiendo de muchas otras fue similar al que aplicó Pirenne para su Historia de Europa, redactada durante la primera guerra mundial[67]. Entonces prisionero de los alemanes, alejado de bibliotecas y ficheros, Pirenne sintetizó en esa obra treinta y cinco años de investigaciones privilegiando una interpretación global que obligadamente debió construir con las informaciones esenciales que había retenido. Ese relativo distanciamiento del dato para reflexionar mejor se reprodujo en la escritura de la Revolución burguesa, y posponiendo detalles pudo Romero concentrarse mejor en lo esencial[68]. En este camino otro punto de encuentro entre este último y Pirenne es que ambos prepararon sus libros fundamentales con monografías en las que examinaron los pormenores de problemáticas que luego integrarían en la obra mayor[69]. En esos estudios particulares la erudición fue un prerrequisito, como hemos señalado con respecto a Romero y como se puede constatar en Pirenne[70].

Otro aspecto que se denota en la comparación es la importancia que tuvieron las lecturas formativas en estos historiadores. Ya se habló aquí de Pirenne y la influencia que recibió de historiadores económicos, así como también el ascendiente que tuvo Weber en Hintze. Por su parte Kofler poseyó una sólida formación teórica en el marxismo (en sus escritos brota la fuerte presencia de G. Lukács) y Romero la tomó de un abanico muy amplio de lecturas filosóficas y literarias. Su caso es notable y al mismo tiempo sintomático de una forma de trabajo intelectual. Veamos un instante más su proceder.

El rastreo a través de los estudios de Romero que se han manejado en la presente contribución indica que las menciones de bibliografía interpretativa son sumamente escasas. Los estudios de erudición como los que realizó Menéndez Pidal destinados a apoyar su exégesis de textos son un poco más numerosos, pero la mayor parte de sus referencias se corresponden a fuentes primarias. Sobre ellas profundizó y con ellas ha comparado contenidos y formas para establecer razonamientos sobre la situación histórica. Las menciones de filósofos o de literatos han sido solo ocasionales y dispersas, pero además poco frecuentes. Sin embargo un vasto respaldo de lecturas se presiente en la densidad del análisis, en las proyecciones que estableció a través del tiempo y en el traslado de su mirada de una región a otra. El aspecto destacable es entonces la movilización de un bagaje muy amplio de cultura  que con extrema lucidez sirvió para llegar con el análisis histórico a los rincones del funcionamiento social donde el positivismo no llegaba. Es lo que hicieron Pirenne, Kofler y Hintze, así como antes los había hecho Thierry, autores que con Romero proporcionaron bases para avanzar en la comprensión histórica de nuestra sociedad civil en su relación con la sociedad política.

 

 

1943d. Las cruzadas, Atlántida.

- 1943k. Reseña de “Guerras civiles en Granada” de Ginés Pérez de Hita, en De Mar a Mar, nº 5.

1944b. “Sobre la biografía española del siglo XV y los ideales de vida”, en Cuadernos de Historia de España, tomos 1-2.

- 1944f. “Estudio preliminar” a Hernando del Pulgar, Libro de los claros varones de Castilla, Nova.

- 1944i. “La historia de los vándalos y suevos de San Isidoro de Sevilla”, en Cuadernos de Historia de España, tomos 1-2.

- 1944m. Reseña de “El Victorial” de Gutiérrez Diez de Games, en Cuadernos de Historia de España, tomos 1-2.

- 1945d. “Fernán Pérez de Guzmán y su actitud histórica”, en Cuadernos de Historia de España, tomo 3.

- 1945l. "La llamada Edad Media", en La Nación, Buenos Aires, 1945.

- 1947f. “Estudio preliminar” a Boccaccio, Vida de Dante, Argos.

- 1947ñ. “Otero Pedrayo y la Galicia medieval”, en Galicia. Revista del Centro Gallego, nº 413, junio.

- 1947o. “El patetismo en la concepción medieval de la vida”, en Revista Nacional de Cultura, Caracas, nº 64, setiembre-octubre.

- 1947q. “San Isidoro de Sevilla. Su pensamiento histórico político y sus relaciones con la historia visigoda”, en Cuadernos de tHistoria de España, nº 8.

- 1947s. “Unidad y diversidad de la Edad Media”, en La Nación, 23 de febrero.

- 1948e. Reseña de “España en su historia” de Américo Castro, en Realidad, nº 11, setiembre-octubre.

- 1948f. “Estudio preliminar” a Dino Compagni, Crónica de los blancos y los negros, Nova.

- 1948h. “Las grandes líneas de la cultura medieval”, en Ver y Estimar, nº 5, octubre.

- 1950a. “La crisis medieval”, en Escritura, Montevideo, noviembre.

- 1950b. “Dante Alighieri y análisis de la crisis medieval”, en Revista de la Universidad de Colombia, Bogotá, nº 16.

- 1951d. “Imagen de la Edad Media”, en ADAYPA, Montevideo, setiembre.

- 1954a. “Burguesía y espíritu burgués”, en Cahiers d’Histoire Mondiale, París, vol. 2, nº 1.

- 1954b. “La crónica anglosajona y el tapiz de Bayeux”, en La Nación, 28 de noviembre.

- 1954d. “¿Quién es el burgués?”, en El Nacional. Papel Literario, Caracas, 18 de marzo.

- 1954e. “Historiadores medievales”, en La Nación, 5 de setiembre.

- 1955c. “Raúl Glaber y los terrores del milenario”, en La Nación, 9 de octubre.

- 1959a. “Sociedad y cultura en la temprana Edad Media”, en Revista Histórica de la Universidad, Montevideo, nº 1.

- 1959b. “Ideales y formas de vida señoriales en la Alta Edad Media”, en Revista de la Universidad de Buenos Aires, 5ª época, año 4, nº 2, abril-junio.

- 1960b. “Burguesía y renacimiento”, en Humanidades, Mérida, año 2, t. 2, julio-diciembre.

- 1963b. “Prólogo” a Carlos Visca, Los ideales y formas de la aventura en la Edad Media, Montevideo.

- 1969d. “El destino de la mentalidad burguesa”, en Sur, nº 321, noviembre-diciembre.

 

Notas:

 

[1]     Romero, “Historiadores medievales”, ahora en J. L. Romero, ¿Quién es el burgués? Y otros estudios de historia medieval, Buenos Aires, 1984, pp. 126-130.

[2]   Romero, “Raúl Glaber y los terrores del milenario”, La Nación, 9 de octubre de 1955, ahora en ¿Quién es el burgués?, pp. 135-138.

[3]   Romero, “San Isidoro, su pensamiento histórico político y sus relaciones con la historia visigoda”, Ahora en ¿Quién es el burgués?, pp. 77-125.

[4]   El libro La Edad Media se verá más adelante. Entre los artículos ver por ejemplo en Romero, “Boccaccio y su Vida de Dantede 1947, ahora en ¿Quién es el burgués?, pp. 160-171, señalaba en Boccaccio el entrecruzamiento gradual de lo profano y lo sagrado.

[5]   A. Barbero y M. Vigil, La formación del feudalismo en la península ibérica, Barcelona, 1978. Se cita este caso porque Barbero y Vigil se propusieron renovar la interpretación del período con una perspectiva marxista (y de hecho fueron muy influyentes en los veinte años que siguieron a la publicación de su libro), pero en la base su estudio de fuentes legales no era muy distinto del que habían realizado historiadores institucionalistas que ellos criticaron.

[6]   Romero, ”Sobre la biografía española el siglo XV y los ideales de vida”, Cuadernos de Historia de España, I-II, 1944, ahora en ¿Quién es el burgués?, pp. 172-188.

[7]   A. Gurevich, Los orígenes del individualismo europeo, trad. cast. Barcelona, 1997.

[8]   Romero, “Fernán Pérez de Guzmán y su actitud histórica”, en ¿Quién es el burgués?, pp. 189-214.

[9]   Como ejemplo, C. Sánchez Albornoz, Una ciudad de la España cristiana hace mil años. Estampas de la vida en León hace mil años, Madrid, 1926.

[10] Romero, “El espíritu burgués y la crisis bajo medieval”, en, ¿Quién es el burgués?, pp. 77-126.

[11] Sobre la cuestión económica mencionaba en su trabajo a Pirenne, Doren, Sombart, Luzzato y Sapori, autores que se concentraron en el análisis de la situación urbana medieval de Flandes e Italia centro norte.

 [12]   F. Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, trad. cast. Madrid, 1976.

[13] Romero, “Boccaccio y su Vida de Dante”, citado.

[14] L. García de Valdeavellano, Orígenes de la burguesía en la España medieval, Madrid, 1969; R. Pastor de Togneri, “Las primeras rebeliones burguesas en Castilla y León (siglo XII). Análisis histórico social de una coyuntura”, en, R. Pastor de Togneri, Conflictos sociales y estancamiento económico en la España medieval, Barcelona, 1973, pp. 13-101.

[15] Romero, “Burguesía y espíritu burgués”, en ¿Quién es el burgués?, pp. 39-48.

[16] W. Sombart, Der moderne Kapitalismus, Vol. 1, Leipzig, 1919.

[17] P. Toubert, “La part du grand domaine dans le décollage économique de l’Occidente (VIIIe-Xe siècles)”, en, Croissance agricole du Haut Moyen Age. Chronologie, modalités, géographie, Flaran Nº 10, 1988, p. 75, n. 106.

[18] K. Marx, Zur Kritik der Hegelschen Rechtsphilosophie, en K. Marx y F. Engels, Werke, 1. Berlin-RDA, 1976, pp. 378-391, en p. 386. Ver también M. Weber, Die protestantische Ethik und der Geist des Kapitalismus, en, M. Weber, Gesammelte Aufsätze Religionssoziologie, 1, Tübingen, 1986, pp. 17-206, análisis organizado en torno a Lutero y Calvino. Se volverá a este problema en el cuarto ensayo.

[19] E.P. Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra, 2 vols., trad. cast.,  Barcelona, 1989; para una cierta sistematización de los conceptos de este autor ver en el tomo 1 el capítulo 6. La cuestión se verá también en el cuarto estudio.

[20] Romero, “El destino de la mentalidad burguesa”, Sur, Nº 321, 1969, ahora en ¿Quién es el burgués?, pp. 67-73.

[21] J. Dhondt, “‘Solidarités’ médiévales. Une société en transition: la Flandre, 1127-1128”, Annales. Économies, Sociétés, Civilisations, Vol. 12, N° 4, 1957, pp. 529-560. 

[22] Cfr. W. Goffart, Barbarians and Romans AD 418-584: The Techniques of Accomodation, Princeton, 1980.

[23] C. Wickham, Framing the Early Middle Ages. Europe and the Mediterranean, 400-800, Oxford, 2005.

 [24] Muchos años más tarde se publicaría el libro de J. Le Goff, La civilisation de l’Occident médiéval, París, 1965, en el cual estos problemas, tratados bajo un enfoque antropológico, adquirían carta de ciudadanía en el medievalismo.

[25] Entre otros, A. Guerreau, Le féodalisme. Un horizon théorique, París, 1980, defendió el concepto de la Iglesia como institución total.

 [26] P. O. Kristeller, Renaissance Thought and its Sources, Nueva York, 1979.

[27] J. Burckhardt, La cultura del Renacimiento en Italia, trad. cast. Barcelona, 1968.

[28] Entre los estudios que presentaban un primer panorama global del asunto centrado en la caída demográfica y la declinación económica merecen citarse a M. Dobb, Studies in the Development of Capitalism, Londres, 1946, pp. 33 y s.; E. Perroy, “À l’origine d’une économie contractée: les crises du XIVe siècle”, Annales. Économies, Societés Civilisations, Vol. 4, Nº 2, 1949, pp. 167-182, estudio que Romero citó en su ensayo sobre el espíritu burgués de 1950.

[29] Así por ejemplo al introducir la Vida de Dante de Boccaccio en 1947 (citado), no desdeñó aludir al problema erudito que derivaba de las tres versiones de la obra ni las cuestiones relativas a las fechas de la redacción.

[30] Romero, “La Crónica anglosajona y el tapiz de Bayeux”, en ¿Quién es el burgués?, pp. 131-134.

[31] Romero, “Dante Alighieri y el análisis de la crisis medieval”, en ¿Quién es el burgués?, pp. 139-151.

[32] Por ejemplo, A.V. Murray, “Voices of Flanders: Orality and Constructed Orality in the Chronicle of Galbert of Bruges”,  Handelingen der Maatschappij voor Geschiedenis en Oudheidkunde te Gent n.s., N° 48, 1994, pp. 103-119, e idem,  “The Devil in Flanders: Galbert of Bruges and the Eschatology of Political Crisis“, en, J. Rider y A. V. Murray, Galbert of Bruges and the Historiography of Medieval Flanders, Washington D.C., 2009, pp. 183-199.

[33] Romero, “Dino Compagni y su Crónica de los blancos y los negros”, artículo original de 1948, ahora en ¿Quién es el burgués?, pp. 152-159.

[34] F. Luna, Conversaciones con José Luis Romero. Sobre una Argentina con historia, política y democracia, Buenos Aires, 1976, p. 78.

[35] Eric Hobsbawm, Años interesantes. Una vida del siglo XX, trad. cast. Buenos Aires, 2003, p. 264: muchas veces la renovación de la historia provino de los medievalistas, es decir, de personas que por el período que estudian parecieran estar destinadas a una labor más bien conservadora. Hobsbawm aludió a la importancia que tuvieron Marc Bloch (1886-1944) para Francia y Michael Postan (1899-1981) para Inglaterra. Se pueden agregar otros casos que ningún lector de historia desconoce, como el de Henri Pirenne para Bélgica (lo veremos más adelante) y Aaron Gurevich (1924-2006) para la URSS. En Argentina al aporte documentalista de Ricci y de Sánchez Albornoz y a la revolución historiográfica de Romero, puede añadirse el admirable estudio de Tulio Halperin Donghi sobre los moriscos valencianos, estudio que inauguró en el país los análisis de historia económica y social.

[36] Para lo que sigue ver Seminario de historia de las religiones dirigido por Clemente Ricci, El origen de la religión, curso de 1933, Buenos Aires, 1939. 

[37] Romero, “Sobre la biografía española del siglo XV y los ideales de vida”, citado.

[38] Por ejemplo Tulio Halperin Donghi, Reyna Pastor, Marta Bonaudo y Susana Belmartino entre otros fueron historiadores que no compartían los criterios historiográficos de Sánchez Albornoz. Debe tenerse en cuenta que Sánchez Albornoz dirigía a voluntad la revista y el Instituto de Historia de España. Empero su actitud era muy distinta si alguien avanzaba sobre alguna de sus tesis. Ver sobre esto, F. J. Devoto, “Para una reflexión sobre Tulio Halperin Donghi y sus mundos”, Prismas, vol.19, N° 2, 2015, p. 16, Halperin Donghi eligió para su doctorado un tema que Sánchez Albornoz no conocía y no le interesaba para evitar la intolerancia de la que hacía gala con sus discípulas. Esta actitud de la década de 1950 se consolidó en los años posteriores y en los tramos finales de su producción académica Sánchez Albornoz sostuvo irritadas polémicas con jóvenes historiadores españoles como Mínguez Fernández o Estepa Díez que después de 1975 criticaron sus interpretaciones.  

[39] G. Lefebvre, El nacimiento de la historiografía moderna, trad. cast. Barcelona, 1974, pp. 190 y s.

[40] Romero, “Estudio preliminar”, en A. Thierry, Consideraciones sobre la historia de Francia, Buenos Aires, 1944, pp. 8 y s.

[41] J. Lestocquoy, Aux origines de la bourgeoisie: les villes de Flandre et d´Italie sous le gouvernement des patriciens (XIe-XVe siècles), París, 1952, p. 1.

[42] A. Thierry, “Sur la marche de la révolution communale”, en Lettres sur l´histoire de France, Oeuvres, 3, París, 1884, pp. 167-182 ; idem, “Sur l´afranchissement des communes”, en, Dix ans d´études historiques, Oeuvres, 3, París 1884, pp. 572-577; idem, Consideraciones sobre la historia de Francia, trad. cast. Buenos Aires, 1944.       

[43] T. Halperin Donghi, “La historia social en la encrucijada”, en, O. Cornblit (comp.), Dilemas del conocimiento histórico: argumentaciones y controversias, Buenos Aires, 1992, pp. 81 y s.

[44] S. G. Nichols, “Writing the New Middle Ages”, PMLA, Vol. 120, N° 2, 2005, p. 423

[45] H. Pirenne,  Les anciennes démocraties des Pays-Bas, París, 1910; ídem. Las ciudades de la Edad Media, trad. cast. Madrid, 1971; ídem, Historia económica y social de la Edad Media, trad. cast. Madrid, 1981; idem, “Estadios en la historia social del capitalismo”, en, La democracia urbana: una vieja historia, trad. cast. Madrid, 2009, pp. 27-55

[46] Las críticas que se hicieron fueron a su interpretación del capitalismo y el movimiento comunal. Cuestiones referidas a su historia de Bélgica o a su antigermanismo serán dejadas de lado. A pesar de ese extendido movimiento crítico hacia su obra, una franja de historiadores siguió tomándolo como referencia de manera casi ininterrumpida hasta hoy. Una aproximación a ese influjo puede verse en, B. Lyon, “Henri Pirenne: Connu or Inconnu?”, Revue Belge de Philologie et d´Histoire, N° 81-4, 2003, pp. 1231-1241.

[47] Sobre las circunstancias de su formación y sus vida académica ver con un enfoque crítico J. Dhondt, “Henri Pirenne, historien des institutions urbaines“, Annali della Fundazione Italiana per la Storia Administrativa, N° 3, 1966, pp. 81-129; en el otro extremo con una defensa cerrada se situó B. Lyon, “A Reply to Jan Dhondt's Critique of Henri Pirenne”, Handeligen der Maatschappij voor Geschiedenis en Oudheidkunde te Gent, N° 29, 1975, pp. 1-25. Interesa decir que cuando Pirenne comenzó sus estudios en la Universidad de Lieja, en 1879, se introducían en Bélgica los métodos rigurosos de la hermenéutica positivista que se practicaban en Alemania. A esto se unió la apertura de la historiografía belga hacia otros centros con superior desarrollo, que Pirenne aprovechó con estadías en Francia y Alemania. Allí recibió, además de la formación paleográfica y diplomática de rigor, cursos de metodología, de instituciones medievales, de historia económica, de arqueología medieval, de arte y arquitectura. También recibió la influencia de la historia económica y social de Giry, Schmoller y especialmente de Lamprecht, y con ello la influencia de Marx. Con Lamprecht rompería relaciones cuando en 1915 buscó apoyo para la política alemana en la intelectualidad belga, actitud que Pirenne y sus discípulos rechazaron. Por otra parte cabe agregar que, como dijo N. F. Canton, Inventing the Middle Ages, Nueva York, 1991, p. 128, Pirenne fue elegido por la monarquía belga y por la Real Academia de su país en la década de 1890 para escribir una historia de Bélgica en cinco volúmenes, con la intención de concentrarse en la Edad Media y crear un adecuado pasado tomando en consideración al condado de Flandes y otros principados. 

[48] C. Sánchez Albornoz, En torno a los orígenes del feudalismo, 3 vols., Mendoza 1942. La teoría ecuestre sobre el nacimiento del feudalismo expone por si sola el avance que representaba Pirenne. Brunner había dicho que Carlos Martel para expulsar a los jinetes musulmanes formó una caballería expropiando tierras a la Iglesia, las cuales dio en beneficio a los nuevos caballeros para que se pudieran mantener. Habría nacido entonces un feudalismo repentino. Esta antigua especulación, que asombra al historiador de la actualidad, en su momento interesó a los más eminentes sabios del positivismo que discutieron sobre su pertinencia, discusión que incluyó el hecho inicial sobre si los árabes habían utilizado o no caballos cuando cruzaron el estrecho de Gibraltar. En esa lista de sabios se anotan los nombres de Lot, Voltelini, von Schwerin, Ganshof y Sánchez Albornoz, es decir, la flor y nata del medievalismo de las primeras décadas del siglo XX. Sobre el positivismo híper fáctico pueden verse tratados del estilo del que escribió Pedro Aguado Bleye (1884-1954), sobrecargado de un minucioso y descabellado relato de la historia política.

[49] Análisis crítico de estas posiciones en C. Astarita, Desarrollo desigual en los orígenes del capitalismo, Buenos Aires, 1992.

[50] Pirenne, Les anciennes démocraties, citado, pp. 47 y 60.

[51] M. Howell, “Pirenne, Commerce, and Capitalism: The Missing Parts”, Belgish Tijdschrift voor Nieuwste Geschiedenis/ Revue Belge d´Histoire Contemporaine, N° 3-4, 2011, p. 300. De acuerdo con D. C. North y R. P. Thomas, El nacimiento del mundo occidental. Una nueva historia económica (900-1700), trad. cast. Madrid, 1978, el surgimiento de una economía de mercado, es decir, de capitalismo, dependió de la capacidad de las instituciones para responder al cambio demográfico. Las instituciones significan, según North, un régimen legal que garantiza los derechos de propiedad individual.

[52] Son muchos los que actualmente oscilan en el análisis entre la importancia que tuvo la inclinación al lucro del eterno hombre económico, las opciones racionales que determinan la marcha de la economía y la importancia de lo institucional. Incluso hay combinaciones que ven ese peso institucional como obstáculo. Por ejemplo S. R. Epstein, "Regions and the Late Medieval Crisis: Sicily and the Tuscany Compared”, Past and Present, N° 130, 1991, pp. 2-50, ha postulado que la organización política de Florencia en la Edad Media entorpeció el capitalismo, mientras que este sistema fue favorecido por el menor control burocrático urbano en Sicilia. En el presente análisis no se hace una distinción esencial entre neoclásicos e institucionalistas atentos a los costos de transacción, porque se considera que parten de los mismos fundamentos.

[53] M. Bloch, La sociedad feudal. La formación de los vínculos, trad. cast. México D. F., 1979; ídem, La sociedad feudal. Las clases, trad. cast. México D. F., 1979.

[54]   Ver S. R. Packard, “The Norman Communes Once More”,The American Historical Review, Vol. 46, Nº 2, 1941, pp. 338-347, en la lectura de este autor, que defendió sus interpretaciones originadas en Pirenne contra sus críticos institucionalistas, se constata la renovación del entonces nuevo análisis social y económico. Ese mérito también lo tuvo García de Valdeavellano, Orígenes de la burguesía, citado, interpretación que siguió tanto en una obra dedicada a la historia general (Historia de España, De los orígenes a la Baja Edad Media, 2 Vols., Madrid, 1952) como en su tratado sobre las instituciones (Curso de historia de las instituciones españolas: de los orígenes al final de la Edad Media, Madrid, 1973).

[55] Pirenne, “Estadios en la historia”, citado, p. 39. Esta deducción la extrajo de un documento de 1092 por el cual el rey aragonés Sancho Ramiro le daba a David Bretón una tienda en Jaca con la prohibición de que la vendiera a la Iglesia o a infanzones, “nisi ad merkadante aut ad burzes”.

[56] R. G. Witt, “The Landlord and the Economic Revival of the Middle Ages in Northern Europe, 1000-1250”, The American Historical Review, Vol. 76, N° 4, 1971, pp. 965-988.

[57] Pirenne, “Estadios en la historia”, citado, p. 28.  

[58] Pirenne, Les anciennes démocraties, citado, pp. 40 y s.

[59] Ver por ejemplo J. Di Corcia, “Bourg, Bourgeois de Paris from the Eleventh to the Eighteenth Century”, The Journal of Modern History, Vol. 50, Nº 2 ,1978, pp. 207-233. Este artículo gira alrededor de los privilegios que recibieron los burgueses, primero de los señores feudales y luego de los monarcas, privilegios que los definían como grupo social. Los reyes de Francia se apoyaron en los burgueses de París otorgándoles derechos como tomar las posesiones de los deudores no residentes en la ciudad o dándoles el casi monopolio de navegación por el Sena, y muchos más: en los 331 años que van desde 1134 a 1465 los Capetos y los Valois otorgaron una gran cantidad de franquicias a los burgueses de París, que luego fueron reiteradamente confirmadas.

[60] Ottokar, “Il problema della formazione”, en E. Rota (ed.), Questioni di storia medioevale, Como-Milán, 1946, pp. 355- 383. Ídem, p. 382, en su comentario bibliográfico reconocía que Pirenne proporcionó la más notable visión de conjunto sobre la ciudad medieval, pero señaló los conocimientos débiles que tenía sobre la realidad italiana. Dijo textulamente: “l´Autore, assai competente nelle condizioni municipali dell´Europa oltramontana non manifesta uguale conoscenza delle città italiane”.

[61] E. Ennen, Frühgeschichte der europäischen Stadt, Bonn, 1953.

[62] Ennen, Die Europäische Stadt, Göttingen, 1972. Ver también, ídem, Frühgeschichte, citado, e, ídem, “Les différents types de formation des villes européens”, Le Moyen Âge, N° 62, 1956, pp. 397-411,   su esquema sobre el origen de las ciudades no se reducía a un  único carril formativo, sino que lo dividió en tres secciones geográficas de acuerdo a la mayor o menor importancia que habían tenido circunstancias de la época precedente.

[63] Ennen, Die Europäische Stadt, citado, pp. 105 y s., para nuestra cuestión.

[64] O. Hintze, Historia de las formas políticas, trad. cast. Madrid, 1968; N. F. Cantor, Inventing the Middle Ages. The Lives, Works and Ideas of the Great Medievalists of the Twenthieth Century, Nueva York, 1991, pp. 48 y s.; P. Freedman y G. M. Spiegel, “Medievalisms Old and New: The Rediscovery of Alterity in North American Medieval Studies”, The American Historical Review, Vol. 103, N° 3, 1998, pp. 677-704.

[65] L. Kofler, Zur Geschichte der bürgerlichen Gesellschaft. Versuch einer “verstehenden” Betrachtung der Neuzeit nach dem historischen Materialismus, Haale-Saale, 1948.

 [66] Ver B. Guenée, Occidente durante los siglos XIV y XV. Los Estados, trad. cast. Barcelona, 1973, p. 234, sobre la escuela de historiadores alemanes, las implicancias políticas de la afirmación de que la sociedad medieval estaba organizada en cuerpos sociales y de que la sociedad del siglo XX debía estar organizada en esos cuerpos. Solo en tiempos recientes se vio a la problemática (y al mismo Hintze) en una obra de envergadura. Se trata de M. Mitterauer, ¿Por qué Europa? Fundamentos medievales de un camino singular, trad. cast., Valencia, 2008.

[67] H. Pirenne, Historia de Europa. Desde las invasiones al siglo XVI, trad. cast. México, 1942.

[68] No descartemos la posibilidad de que Romero haya seguido el ejemplo de Pirenne; ver al respecto, Luna, Conversaciones, p. 119, sobre la forma en que Pirenne escribió su Historia de Europa, Romero dijo: “Es un modelo de libro escrito sin notas […] y es un libro formidable”.

[69] Jacques Pirenne indica en el prefacio a la primera edición de la Historia de Europa que libros de su padre como Las ciudades medievales, La civilización occidental en la Edad Media y Mahoma y Carlomagno fueron solo desarrollos parciales de la Historia de Europa.

[70] Así por ejemplo, Pirenne realizó la edición y escribió la introducción y las notas de Histoire du meurtre de Charles le Bon, comte de Flandre (1127-1128) par Galbert de Bruges, “De multro, traditione et occisione gloriosi Karoli comitis Flandriarum”, París, 1891, pp. 1-176.

 

Vito Dumas 284 (B1644BID) Victoria, Pcia. de Bs. As. TEL: (54-11) 4725-7000 José Luis Romero