José Luis Romero medievalista. Una consideración sistemática general


31 de Julio 2017

1. José Luis Romero medievalista. Una consideración sistemática general

Carlos Astarita

Nota: Este texto forma parte de una serie de escritos de Carlos Astarita sobre Romero medievalista:
1. José Luis Romero medievalista.  Una consideración sistemática general
2. José Luis Romero medievalista. Las décadas de 1940 y 1950
3. José Luis Romero medievalista. Las décadas de 1960 y 1970
4. Romero medievalista. Balance, cuestiones metodológicas y perspectivas

 

1. Introducción

La presente contribución forma parte de un estudio dividido en cuatro partes sobre la obra de José Luis Romero como medievalista. En esta sección inicial se brindará un panorama general, destacando sus períodos y el contenido esencial de sus elaboraciones. Es una introducción sobre cuestiones que en los trabajos siguientes se profundizarán, pero también puede ser un medio para conocer en general la materia, adecuado para el lector que no desee ahondar en el tema.

Las secciones siguientes están consagradas a un análisis de las dos etapas de su trabajo como medievalista en las décadas de 1940 y 1950, y en las de 1960 y 1970. En cada una de estas partes se harán alusiones al estado actual de los estudios sobre algunos de los problemas que Romero trató. La cuarta sección se dedica a puntos teóricos y metodológicos que surgen de un balance general de su obra; su conclusión se incluye al final de este texto. 

 

2. Panorama general de la obra de Romero como medievalista

Desde sus estudios iniciales la preocupación primordial de Romero fue descubrir las raíces medievales del desenvolvimiento burgués, empresa que concretó con una diferencia de énfasis en los sujetos históricos que retuvieron su atención. Sus primeros pasos por la Edad Media estuvieron destinados a dilucidar figuras relevantes (en especial intelectuales), mientras que en su libro cumbre (La Revolución burguesa en el mundo feudal, aunque también en el siguiente libro Crisis y orden del mundo feudo burgués el énfasis no fue puesto en las personalidades sino en colectivos sociales (clases, grupos, estamentos, etc.). Es posible que esta disparidad esconda un desigual dominio de la materia, porque mientras que el abordaje de la historia a través de la singularidad de un individuo descollante facilita el manejo de los testimonios, encarar el estudio de masivas prácticas sociales (de las cuales el operar político o docto fue solo una parte) exige un dominio más comprensivo de las partes en danza. Con este segundo tratamiento las masas generadoras de una nueva realidad (comerciantes, artesanos, funcionarios, etc.) que no estaban dibujadas con nitidez en los primeros estudios monográficos, en tanto aparecían de una manera global como elementos de la larga duración, se nos presentan en La revolución burguesa de manera más definida y con un protagonismo absorbente. Concomitante con este cambio por el cual el objetivo de investigación transitó desde las personalidades destacadas a los protagonistas anónimos, Romero dejó parcialmente de lado las ideas singulares para ver las ideas corrientes en su plasmación colectiva.

El desenvolvimiento de los actores en sus cambiantes escenarios se representa como la superposición de capas sociales en procura de sus objetivos. La situación la registra ya en una aproximación general en La Edad Media publicada en 1949, (apareció en la colección de Breviarios del Fondo de Cultura Económica) y adquiere una más acabada expresión en las obras posteriores. Este cuadro está presente en la descripción del período de las invasiones bárbaras cuando los pueblos germanos se acomodaron en el mundo romano dando origen a una intercalación de capas culturales, y se reitera desde el siglo XI en adelante cuando surgieron las ciudades y los burgueses. El condicionamiento general para estos cambios estuvo dado por las transformaciones del mundo externo a Europa.

Siguiendo las tesis del reconocido historiador belga Henri Pirenne, Romero consideró que a partir de los inicios del siglo VIII el dominio que los árabes alcanzaban en el Mediterráneo clausuraba el intercambio comercial, la economía se volvía natural y auto subsistente, transformaciones que coincidieron con la implementación de las relaciones de hombre a hombre en dos planos: por un lado entre señores de distintas jerarquías unidos por relaciones de vasallaje por las cuales un vasallo de la nobleza entregaba sus servicios militares a un superior a cambio de un beneficio en tierras, y por otro lado entre esos miembros de la nobleza y los campesinos. Posteriormente, a partir de la segunda mitad del siglo XI, con la crisis de la dominación árabe musulmana y la apertura de la navegación, se reactivó el comercio. Como había expresado Pirenne, los mercaderes ambulantes aparecieron en escena, con el tiempo se instalaron en burgos junto a las residencias señoriales, y con sus manufacturas y comercio reactivaron el conjunto social.

Sin embargo este desenvolvimiento de los nuevos protagonistas no fue pacífico. En ocasiones los señores (especialmente los eclesiásticos) les negaron a los burgueses el derecho a organizarse por sí mismos en comunas, actitud que produjo reacciones que en algunas plazas y en determinados momentos alcanzaron mucha intensidad. Es allí donde se le presentan al historiador los casos más notables de las revoluciones burguesas. En otras ocasiones los señores no ofrecieron esa resistencia a las  demandas burguesas, pero esa calma no debe engañarnos, porque por detrás de la tranquilidad de superficie discurrían tensiones. Estas últimas eran inevitables porque el burgués representaba una nueva mentalidad opuesta a las tradicionales de las aristocracias ancladas en la tierra y sus comportamientos conllevaban una matriz altamente contestataria.

En estos aspectos Romero exhibe una coincidencia con los historiadores franceses del siglo XIX como François Guizot o Augustin Thierry que veían en la Edad Media el inicio de la lucha de clases. Indica también como esa burguesía al acceder a posiciones de poder en la ciudad tendía a cerrarse como clase, adoptaba en forma creciente actitudes aristocráticas y se rehusaba a compartir el gobierno y sus privilegios con nuevos ricos. Junto a estas transformaciones se deslizaba hacia las cortes aliándose con sectores más elevados.

Esta nueva situación produjo nuevos conflictos. Los artesanos que se habían enriquecido aspiraron a tener su porción de poder y ante la negativa de los descendientes de los antiguos burgueses que se habían convertido en un cuerpo cerrado (era el patriciado) debieron enfrentarlos. Se originaron así las convulsiones urbanas de los siglos XIV y XV, problemática que Romero trató en principio en La revolución burguesa y de manera más amplia en Crisis y orden.

Las novedades que se desplegaron desde los siglos XI y XII en las ciudades con este nuevo sujeto social que fue el burgués tuvieron su repercusión en el nivel más elevado de la política.  Los monarcas vieron en estos actores urbanos un aliado para enfrentar la rebelde independencia de los señores, autonomía explicable porque en sus territorios tenían todas las condiciones para establecer sus políticas. Por consiguiente, gracias a esa alianza de conveniencia, en tanto la monarquía encontraba en los burgueses recursos para su sistema fiscal y los burgueses tenían en los monarcas un apoyo para sus designios, se terminaron por fortalecer los Estados. Eras éstos los basamentos de las monarquías absolutistas. En esta dinámica Romero también siguió los lineamientos de la interpretación clásica que caracterizaba a esas realezas como Estados burgueses o estados tendencialmente favorables a los burgueses.

Un balance general de los aportes de Romero nos inclinan a sostener dos conclusiones provisionales. En principio, esta interpretación con altas dosis de análisis y reflexión descansó en buena medida en el estudio de la totalidad social a través de sus manifestaciones culturales (entendida la cultura en un sentido amplio) y también se asentó en la perspectiva de largo plazo. En segundo término, y en la medida en que en la obra de Romero hubo tratamientos anticipatorios, es pertinente preguntarse si las renovaciones metodológicas en la historia cultural no tuvieron nacimiento en un ámbito geográfico mucho más extendido del que usualmente se admite.

 

3. Consecuencias prácticas

Esta modalidad de hacer historia, por la cual cada hecho significativo del pasado era un eslabón para pensar el proceso social, creó desde sus primeras exteriorizaciones una ruptura con la historiografía académica argentina de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, que sufría el doble efecto de la prolongada inmovilidad de su cuerpo docente y de las nocivas consecuencias culturales del primer período de gobierno peronista. El arribo de Romero a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en 1958 impuso una verdadera mutación que fue en cierta manera escandalosa para la tradición.

Desde el momento en que la objetividad pasaba a depender de la perspicacia del historiador para establecer los nexos causales entre diversos planos de la realidad (y cuanto más conexiones se descubrieran crecían las posibilidades de la objetividad en la medida en que la representación se tornaba más compleja, más próxima al movimiento real), la objetividad era un resultado de la actividad del historiador. Es entonces comprensible que quienes se refugiaban en la seguridad del conocimiento meramente factual, en la creencia de que el documento informaba a un observador pasivo e incontaminado por preocupaciones epistemológicas, observaran con decidida hostilidad este planteo, que debían encontrar en extremo paradójico. Los ecos de esos disgustados profesores llegaron a quienes transitamos por la Facultad de Filosofía y Letras en los años setenta. El exclusivo análisis interno del documento era la justificación académica para negar el empleo de la inteligencia. Ese estudio positivista (despojado en general de lo mejor que dio el positivismo) se esforzaba por el detallismo monográfico, la única forma que se creía válida para alcanzar un conocimiento fiable.

Esa objeción técnica que se ofrecía como resistencia gnoseológica a la historia global (aunque encubría en verdad divergencias más serias), fue tomada en cuenta por Romero que sugirió una retroalimentación equilibrada entre la investigación erudita y la exposición de la totalidad. Dijo entonces que a medida que se van desentrañando nuevos aspectos del conocimiento particular es posible alcanzar sucesivas síntesis comprensivas en las que se enhebran relaciones cada vez más complejas y superiores niveles de conceptualización, una y otra vez reajustados con la percepción de nuevas cualidades del fenómeno social. La riqueza de este tipo de trabajo debe retenerse, porque sin negar el análisis particularizado descartó la ilusión de que el conocimiento de la totalidad se logra por simple acumulación de monografías; se alcanza mediante una intervención muy activa del historiador para lograr en una síntesis la armoniosa complementación entre los distintos avances monográficos que ha realizado. Esta sistematización, que Romero confesaba como peculiar aproximación al objeto social por parte del historiador (y es lo que lo distingue del ensayista apresurado), es ilustrada por su propia trayectoria personal, en la medida en que sus obras de aliento fueron precedidas por estudios monográficos. Claramente esas monografías cubrieron gran parte de sus primeras dos décadas como medievalista mientras que en la segunda parte de esa trayectoria se consagró a las dos grandes síntesis ya mencionadas.

No puede completarse un cuadro general introductorio de Romero, sin referirse a su labor formativa de nuevos historiadores. No la concibió como una reproducción de discípulos a su imagen y semejanza, ni como un acoplamiento de escribas para el proyecto de un director de estudios sino como el delicado encargo de crear una atmósfera intelectual que alentara reflexiones personales, para que cada uno pudiera formularse un problema particular. En las conversaciones que mantuviera con Félix Luna a fines de 1976, Romero se preguntaba cuándo se empieza a ser un historiador. La respuesta sintetiza el criterio que guiaba sus enseñanzas: "Como en todas las disciplinas, el día en que se adquiere autonomía intelectual, el día en que se descubre su propio tema"[1]. Prueba evidente de este magisterio fructífero es que en la variedad de manifestaciones teóricas y metodológicas que crecieron al amparo de su cátedra de Historia Social General (sus miembros sólo se unificaban en la vocación por el pensamiento como ejercicio cotidiano), hubo discípulos que decididamente se enfrentaron con concepciones que Romero defendía (y un ejemplo de esto se verá en los estudios subsiguientes). En este aspecto se manifiesta su éxito como generador de nuevas autonomías; en ello radicó asimismo el secreto de la renovación intelectual de la historia académica argentina en los años sesenta.

En esa cátedra imprimió su estilo de trabajo "obstinadamente riguroso" e ilimitadamente abierto a nuevas fronteras del conocimiento, inaugurando una tradición historiográfica, que a pesar de los ciclos de intolerancia y de persecución política, permanece hoy no sólo vigente, sino que además ha ganado una batalla singular. El combate fue por concebir el oficio del historiador como una modalidad peculiar de reflexión sobre el hecho social.

 

4. Un balance general

Estos acercamientos indicados, que son también separaciones, nos llevan a plantear las influencias que recibió Romero, o sea, el alimento teórico de su trabajo. De acuerdo a Luis Alberto Romero, su padre estudió a Marx y a Weber, pero según hemos visto tanto uno como otro están y no están en sus obras, lo que quiere decir que es una presencia oblicua, que se vislumbra pero se escurre en cuanto la queremos aprehender porque está modificada por muchas otras lecturas: Dilthey, Simmel, Durkheim, Cassirer, Ortega y Gasset se unieron a los aportes que recibió de Alejandro Korn, de Pedro Henríquez Ureña y de su hermano Francisco Romero[2]. Pero por otra parte cada uno esos influjos se subordinó al historiador que bajo la tiranía de su estudio los desfiguró sin anularlos, y en este punto reaparece la centralidad que tuvo Clemente Ricci en la formación de Romero. Esto confirma que no hablamos de un filósofo ni de un ensayista (como a veces se lo consideró) sino de un historiador.

La primera y más inmediata conclusión que se extrae de este recorrido es que estamos ante una obra de extraordinaria importancia.

Es posible que esta valoración sorprenda al medievalista que ignora a Romero o que tal vez conozca su nombre pero no sus libros. Este reparo obedece a que, aun cuando no sea un desconocido, nunca alcanzó en la especialidad el reconocimiento que merece. En esto tenemos que considerar que la academia, inducida por razones no académicas, “construye” referentes de nota, como muestra el investigador burocráticamente superior dotado del más anodino de los ingenios. Cuentan aquí modas y posiciones, favoritismos y oportunidades.

Al respecto es un poco extraña la suerte que el azar le deparó a su obra. Si historiadores que cultivan la historia argentina y americana se renovaron con ella, y en especial con su subsidiaria parte no medieval, entre los medievalistas (salvo excepciones) casi se la ignoró, o en todo caso se lo leyó como un estímulo personal que no tuvo su reflejo en la cita bibliográfica. Este infortunio se explica posiblemente por el contexto en que se difundió la tesis de Romero. Por un lado su obra mayor, La revolución burguesa en el mundo feudal, apareció en 1967, cuando ya se anunciaba en el horizonte el influjo de los Studies de Maurice Dobb. Por otro lado recordemos que durante los años 1970 la historia sociocultural era dejada de lado y se investigaba sobre la economía rural del Medioevo. Esta serie de causas explica que el lector natural de Romero (el medievalista, y especialmente el de habla hispana) no se concentrara en su obra. Se lamenta la distracción porque la sabiduría de muchos colegas se hubiera ampliado con páginas imperdibles.

La dicotomía que vimos en la obra del medievalista argentino entre un modelo de mercado de aplicación acrítica y un tratamiento sofisticado de otros planos de la indagación, remite a una cuestión sustantiva. El objetivo de su estudio fue la formación de la burguesía medieval en una serie de planos significativos interrelacionados. El referido al nacimiento del burgués y a sus prácticas económicas no le ofrecía, a su entender, complicaciones intelectivas, porque allí estaba el aceptado esquema de Pirenne al que veía perfectamente aplicable. Los otros planos, el ideológico y el político, no considerados por otros autores, o tratados con las deficiencias del positivismo, sí los percibió como el terreno que debía atender. A partir del sujeto burgués valoró el aporte de un nuevo colectivo en el funcionamiento político, las ciudades, intervención que no fue el mero resultado de una coyuntura crítica (como condición de posibilidad de la revuelta económica) y por lo tanto inscrita en una pequeña historia regional, visión que compartieron muchos de los historiadores que analizaron las protestas del período, sino que fue un hecho sustantivo de la gran historia. Revelaba así a un nuevo protagonista del transcurso social que expandió sus acciones hasta América con una ordenación característica signada por lo que en la teoría política de Gramsci se llama sociedad política y sociedad civil. En este plano se apartó también de los medievalistas que estudiaron, en general con más descripción que análisis, grandes sucesos de los que no dudaban de su importancia, pero que vieron como fenómenos en sí, desprovistos de proyecciones en el largo plazo, como ser las cambiantes relaciones de las ciudades italianas con el papado y el imperio, las Hermandades de Castilla en lapsos de minoridades u otros similares.

Debe anotarse que este interés por el tema respondía a una inquietud política. Al respecto digamos que la revolución burguesa fue durante gran parte del siglo XX un programa polifacético de la agenda de socialistas y comunistas del Tercer Mundo con una serie de cuestiones vinculadas, como ser, las tareas democráticas y antifeudales a cumplir, las enseñanzas de 1789, el socialismo como heredero cultural del iluminismo y su conexión con culturas autóctonas (basta recordar a Mariátegui), el enlace dialéctico entre revolución burguesa y revolución socialista, la esencia de esta última como superación de la primera, la relación entre democracia y dictadura de clase, que incluía la dicotomía democracia formal y democracia real, la conveniencia de las libertades democráticas para el crecimiento político del proletariado (que necesita aire y luz como las plantas, según repetía un experimentado comunista), las experiencias revolucionarias que la burguesía había realizado para luego desdeñar, eran todas cuestiones que se planteaban cuando el jacobinismo, exánime en el socialismo real, volvía periódicamente en aventuras de la voluntad (como las del Che). Ese vínculo entre revolución burguesa y revolución proletaria era pues un horizonte de la gran tradición a la que Romero pertenecía, y en teoría su obra debió acompañar al movimiento social “de los sesenta y setenta”. Pero la realidad habló de otra manera, porque prescindiendo de los que obviaban la cuestión imaginando un socialismo sin etapas preparatorias, los militantes del momento hicieron política con muchas consignas y poca ciencia. Los tiempos de la acción no se pensaron como tiempos de estudio, e incluso dedicarse a la Edad Media podía ser considerado escandalosamente retrógrado.

A esto se agrega que sus enunciados fueron ensamblados en una estructura compleja, con párrafos colmados de aclaraciones y frases subordinadas para dar cuenta de la dialéctica de la realidad. Logró así una lectura insoportable para la persona que buscaba soluciones rápidas en fórmulas sintéticas. Por otra parte ese surco cauteloso en el que montó su renovación historiográfica, con un deliberado propósito de recostarse en la herencia clásica aun cuando no la nombrara (su intención manifiesta fue enfrentar al positivismo sin invocaciones a lecturas prestigiosas), no ayudó a que buena parte de la vanguardia intelectual lo reconociera. Debería reflexionarse sobre esto, porque a los que creen que la novedad es un objetivo que se busca de antemano les mostró que es un resultado que se encuentra, y a los que desean sorprender con invenciones les mostró que el cambio no está en la superficie sino en la profundidad del contenido.            

Esta sucesión de cualidades lleva a no disponer de casillero para clasificarlo. Esa no ubicación puede multiplicarse apenas seguimos observando atributos: Romero se ordena junto a Pirenne, pero solo lo utilizó como un soporte lejano; se relaciona con el historiador liberal, en tanto ubicó la secuencia revolucionaria en un similar entramado de largo plazo, aunque de ninguna manera se identificó con ese perfil historiográfico, y mucho menos se lo reconoce en el corte jurídico institucional o estrictamente político porque se preocupó por la dimensión social de las transformaciones; manejó la erudición pero no la ostentó como hace el erudito profesional; nos ofrece un contacto con Weber, pero se ha diferenciado de su método analógico y atemporal de análisis; la semejanza con el estructuralismo es demasiado endeble como para ser considerada; en la apreciación de los enfrentamientos de masas se acercó a la matriz de la lucha de clases, e incluso es similar a la escuela marxista de historiadores británicos su aprehensión de la dinámica de reivindicaciones y lucha, pero no es encasillable en el materialismo histórico, y en otros aspectos ninguna taxonomía de manual se acomoda realmente a lo que nos entrega. En consecuencia, fue un irreverente iconoclasta sin escuela que solo honró al rigor científico. Posiblemente ese rasgo contribuya decisivamente a explicar las dificultades que tuvo la recepción de su obra; pero, las cualidades que la eclipsaron son la riqueza que la siguen justificando.  

 

 

1943d. Las cruzadas, Atlántida.

- 1943k. Reseña de “Guerras civiles en Granada” de Ginés Pérez de Hita, en De Mar a Mar, nº 5.

1944b. “Sobre la biografía española del siglo XV y los ideales de vida”, en Cuadernos de Historia de España, tomos 1-2.

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- 1944i. “La historia de los vándalos y suevos de San Isidoro de Sevilla”, en Cuadernos de Historia de España, tomos 1-2.

- 1944m. Reseña de “El Victorial” de Gutiérrez Diez de Games, en Cuadernos de Historia de España, tomos 1-2.

- 1945d. “Fernán Pérez de Guzmán y su actitud histórica”, en Cuadernos de Historia de España, tomo 3.

- 1945l. La llamada Edad Media

- 1947f. “Estudio preliminar” a Boccaccio, Vida de Dante, Argos.

- 1947ñ. “Otero Pedrayo y la Galicia medieval”, en Galicia. Revista del Centro Gallego, nº 413, junio.

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- 1947s. “Unidad y diversidad de la Edad Media”, en La Nación, 23 de febrero.

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- 1948h. “Las grandes líneas de la cultura medieval”, en Ver y Estimar, nº 5, octubre.

- 1950a. “La crisis medieval”, en Escritura, Montevideo, noviembre.

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- 1954b. “La crónica anglosajona y el tapiz de Bayeux”, en La Nación, 28 de noviembre.

- 1954d. “¿Quién es el burgués?”, en El Nacional. Papel Literario, Caracas, 18 de marzo.

- 1954e. “Historiadores medievales”, en La Nación, 5 de setiembre.

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- 1969d. “El destino de la mentalidad burguesa”, en Sur, nº 321, noviembre-diciembre.

 

 

Notas:

[1] F. Luna, Conversaciones con José Luis Romero sobre una Argentina con historia, política y democracia, Buenos Aires, 1976, p. 20.

[2] L. A. Romero, “Prólogo”, en J. L. Romero, Latinoamérica: las ciudades y las ideas, Buenos Aires, 2001, pp. I-XVI.

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