José Luis Romero: Crisis

JULIÁN GALLEGO

El problema de las crisis históricas y los reordenamientos futuros que ellas pueden ocasionar es una cuestión que atraviesa la obra de José Luis Romero y que va adquiriendo en su recorrido intelectual una formulación cada vez más precisa merced al desarrollo concreto de los acontecimientos, así como a la interpretación activa de los mismos que el autor lleva a cabo.

En el artículo sobre las concepciones historiográficas y las crisis (1943) el concepto de crisis es delimitado de modo general como “mutación y transformación, desarrollo de elementos endógenos y captación e incorporación de elementos nuevos, y estructuración del todo en un nuevo orden con nuevo sistema de valoraciones”. Esta propuesta se enriquece con una determinación más sutil de los diferentes tipos de crisis: las hay de afirmación y las hay de reelaboración, lo cual no inhibe la simultaneidad de ambos tipos en una misma crisis histórica. Así, de manera inseparable, Romero concibe a la crisis junto con el nacimiento que ella produce.

Tal es la estructura claramente perceptible en su enfoque: aparecen posibilidades que se expresan en el crecimiento económico y el avance de fuerzas sociales nuevas; la búsqueda de un nuevo orden a partir de estos procesos será el proyecto de una elite ilustrada. La concepción global del cambio social que pone de relieve Romero implica, pues, explorar la existencia de condiciones de posibilidad para que la mutación se produzca. El desarrollo de esas condiciones ocurre hasta cierto punto de modo autónomo; una vez dadas, es susceptible que aparezcan proyectos ordenadores de los cambios acontecidos. Así, si en el punto de partida de una crisis parece haber un despliegue automático de las contradicciones inherentes a la sociedad, la observación de los probables cursos que esa crisis habilita y su cristalización posterior en un proyecto que los contemple y les dé sentido suponen el análisis de las dimensiones posibles del cambio, esto es, el paso del orden potencial al fáctico, paso que se piensa siempre como una apertura (1953): la dialéctica de la historia y el sujeto, cuyas conjunciones se debe intentar conocer para configurar a un sujeto “consciente” de su lugar en la historia.

La situación social, económica y política de una época contiene ciertas posibilidades que pueden o no ser asumidas desde las ideas. A su vez, éstas pueden permitir la articulación de ciertas potencialidades dirigidas a reelaborar la estructura. No obstante, eso que aparece en forma potencial sólo puede llevarse a cabo, sólo puede pasar de la potencia al acto, si media un sujeto que lo concrete, un sujeto que generalmente es una élite en posesión de una imagen clara del porvenir, es decir que comprende en toda su dimensión histórica el proceso social.

En efecto, en la concreción de una crisis el autor plantea la existencia del desacople entre, por un lado, el desarrollo de las situaciones de hecho y las fuerzas nuevas que esto crea, con sus consiguientes demandas sociales y políticas que apuntan al cambio, y, por el otro, la actitud de una élite dirigente que se cierra a toda posibilidad de transformación tratando de conservar su posición; cuando una parte de esta misma élite percibe la necesidad del cambio esto provoca una escisión en el seno del grupo rector, encontrando en el plano de las ideas formulaciones para interpretar lo que ya estaba sucediendo en el plano de las realidades (1942: crisis de la república romana; 1948: crisis del mundo burgués; 1950: crisis del mundo medieval).

El intersticio entre posibilidad y realidad constituye, pues, el terreno para la acción del sujeto. En el pensamiento de Romero el sujeto es producto de la dialéctica entre dos fuerzas: los sistemas de ideas, esto es, las cosmovisiones desde las cuales se asimila la realidad; la realidad, que excede la teoría y que, por ende, no puede ser plenamente formalizada. Pero la resultante de ambas fuerzas no es una mera sumatoria sino la creación de un grupo social que, al adecuar los sistemas puros de ideas a la realidad, genera en ese proceso ideas adecuadas para tal fin. Pero entre las posibilidades de las ideologías y las de las situaciones existe siempre una primacía de lo real. Toda transformación es posterior a sus condiciones de posibilidad. Toda posibilidad es previa a su realización. Pero todo cambio es posterior a la crisis que lo engendra y necesita. El cambio es el ordenamiento que un sujeto hace de una situación abierta por una crisis. Estamos, pues, ante la dialéctica constante, realizada por el sujeto, entre lo fáctico y lo potencial enlazados por lo contingente.

De este modo, en la interacción del orden fáctico con el potencial Romero insinúa la figura del sujeto histórico; las posibilidades de cambio constituyen, pues, el campo de acción de esta figura. Es claro que el desarrollo más o menos automático de una situación es condición necesaria pero no suficiente para que la misma se transforme. En efecto, la mutación de las condiciones materiales puede darse sin que existan ideas que den cuenta de la nueva situación. Sólo una nueva cosmovisión hará posible escudriñar las transformaciones y elaborar un proyecto de acción en función del cambio. Para Romero, establecer la posibilidad histórica para una época dada implica no quedar cautivo del resultado y evitar todo tipo de fatalismo.

1942b. La crisis de la república romana. Los Gracos y la recepción de la política helenística, Buenos Aires, Losada.

1943g. “Las concepciones historiográficas y las crisis”, Revista de la Universidad de Buenos Aires, 3ª época, año I, nº 3, julio-setiembre.

1948c. El ciclo de la revolución contemporánea. Bajo el signo del 48, Buenos Aires, Argos.

1950c. “El espíritu burgués y la crisis bajomedieval”, Revista de la Facultad de Humanidades y Ciencias (Montevideo), nº 6.

1953g. “Reflexiones sobre la historia de la cultura”, Imago Mundi. Revista de Historia de la Cultura, nº 1, setiembre.

Textos sobre José Luis Romero y el concepto de crisis

Gallego, J. “José Luis Romero y el pensamiento histórico de las crisis”, prólogo a J. L. Romero, Crisis históricas e interpretaciones historiográficas, Buenos Aires, Miño y Dávila Ediciones, 2009, pp. 13-22.

José Luis Romero: Facción

JULIÁN GALLEGO

El concepto de facción es desarrollado por José Luis Romero en dos textos de la misma época: el artículo “Sobre el espíritu de facción” (1937) y el libro El estado y las facciones en la Antigüedad (1938). En el primer trabajo y en la última parte del último (“Las facciones y las formas estatales”) se formula una suerte de teoría de la facción señalando sus características generales, su relación con las formas estatales, su carácter de clase directora del estado, su realismo político, así como el papel de las luchas entre facciones diametralmente opuestas y el campo común de sus disputas, factores que el autor pondera bajo la idea de una oposición creadora.

La facción subyace a las formas estatales cuando un conglomerado heterogéneo, conducido por un pequeño grupo de acción y surgido de modo práctico, equívoco y transaccional, toma el poder y lleva a cabo sus políticas. Una vez en el poder, la facción busca institucionalizarse para consolidar su posición. Si primitivamente ese pequeño grupo puede haberse originado como una minoría directora con el propósito de llevar a cabo un programa de reivindicaciones de un grupo político o una clase social, ulteriormente es sólo la consecución del poder por parte de esa minoría lo que queda en pie. Este proceso es el que conduce a la configuración de una facción, que llega al poder enfrentándose con un conglomerado semejante pero que defiende posiciones antagónicas ante un asunto común a ambas facciones. La debilidad intrínseca de la facción, producto de su heterogeneidad, lleva a que una vez logrado el triunfo su unidad se quiebre y sus diversos integrantes impulsen acciones con contenidos distintos acordes a sus diferentes reivindicaciones socioeconómicas. En estas circunstancias, y con el fin de mantener la posición lograda, el accionar político de la facción se torna violento, aunque buscando organizar un orden institucional que la sostenga en el poder. Así, la facción instaura su política como principio rector del estado, el cual tenderá a reflejar los intereses socioeconómicos del grupo que predomine dentro de la facción triunfadora. En la medida en que esto acontezca, la facción tratará de borrar su origen revolucionario y disolver el conglomerado que la impulsó en el conjunto de la sociedad.

Para Romero, este concepto es pertinente para entender las características que puede adoptar un estado, en la Antigüedad o en el mundo contemporáneo. Una muestra de ello es la noción de cesarismo, emergente político del triunfo de una facción encabezada por César en la Roma de mediados del siglo I a.C. Se trata de una facción basada en una voluntad de poder autocrática y militar, con apoyos populares subordinados a sus decisiones (1938, “El estado cesariano”). Dejando a un lado los elementos propiamente romanos, esta caracterización se retoma a propósito de ciertas salidas promovidas ante lo que Romero veía como la crisis del mundo burgués de los años 1919-1939. Este régimen autoritario y autocrático contemporáneo se torna realidad merced a los efectos del espíritu de facción, pero también debido a la debilidad de posturas no dogmáticas que, según el autor, son las que deberían nutrir un proyecto adecuado conducido por una elite ilustrada; el problema no es tanto que las masas puedan mostrar una adhesión a dicho régimen cuanto que las elites lo fomenten y lo dirijan (1948). Así, sin perder rigor, la versatilidad del concepto acuñado le permite a Romero su aplicación a situaciones históricas diferentes, mostrando la riqueza de esta formulación teórica.

1937d. “Sobre el espíritu de facción”, Sur, 33, pp. 65-77.

1938b. El estado y las facciones en la Antigüedad, Buenos Aires, Colegio Libre de Estudios Superiores.

1948c. El ciclo de la revolución contemporánea. Bajo el signo del 48, Buenos Aires, Argos.

José Luis Romero: encubrimiento, enmascaramiento

JOSÉ EMILIO BURUCÚA

Luis Alberto Romero fue quien primero llamó la atención sobre el uso que del concepto de “encubrimiento” social e ideológico hizo JLR, a la hora de describir algunas etapas del despliegue de la mentalidad burguesa en occidente. En el prefacio al libro Estudio de la mentalidad burguesa, Luis Alberto señaló, como tema primordial de las primeras fases de aquella larga evolución, el proceso de encubrimiento que siguió muy pronto a las manifestaciones francas y desembozadas del mundo eidético-emocional de la burguesía entre los siglos XIV y XVIII: “esta idea del encubrimiento, una de las más sugestivas que se desarrollan en el texto, había sido esbozada en obras anteriores, en Maquiavelo historiador y La cultura occidental, y también en un sugestivo artículo, ‘La ópera y la irrealidad barroca’.”[1]

En Maquiavelo historiador, la idea que exploramos despunta indirectamente, cuando nuestro autor atribuye al Florentino una de las mayores virtudes de un historiador o un sociólogo avant la lettre, esto es, “proclamar lo que todos habían comenzado a callar prudentemente”, llamar “a las cosas por su nombre precisamente en el momento en que triunfaba el compromiso de omitirlo.” Vale decir que Maquiavelo habría desvelado, desenmascarado lo cubierto, en los antípodas de lo que ha dado en llamarse el maquiavelismo. Romero destaca allí mismo tal paradoja.[2] Por otro lado, en La cultura occidental y en el artículo acerca de la ópera, JLR prefirió utilizar el verbo “enmascarar” más que “encubrir”. El libro se refiere a la “elusión de la realidad” que prevaleció en las culturas aristocrática y burguesa, al mismo tiempo, durante la época confusa de la constitución de las monarquías modernas en el siglo XVI.[3] Dicho eludir se convierte, a pocas páginas de distancia, en “enmascaramiento” y “escapatoria”.[4] El siglo XVIII fue el de la declaración pública, sin simulaciones, de los fines del programa burgués. Sin embargo, el Romanticismo fue todavía una “mutación enmascarada”.[5] En cuanto al escrito sobre la ópera,[6] el verbo asociado con la máscara es el prevaleciente. Y, si bien parecería que, también entonces, el nacimiento de aquel género del teatro musical y los primeros dos siglos de su historia hasta Mozart (excluido este) coinciden con ocultamientos acometidos por burgueses y aristócratas al unísono, no hay duda de que, en el sucederse de la argumentación y del relato, las operaciones de enmascaramiento se tornan cada vez más acciones de una nobleza abroquelada en sus ilusiones moribundas. De la burguesía, hay una sola mención: “aunque algunos de los miembros de los sectores burgueses enmascararan también su personalidad bajo la muy barroca y empolvada peluca que trasmutaba las cabezas de los seres humanos”. A la nobleza y el régimen absolutista corresponden otras dos: la primera usa uno de los términos de nuestro encabezamiento, “la imagen del monarca absoluto enmascaraba el ejercicio pragmático del poder para defender un orden social cada vez más cuestionado, como la imagen del cortesano de empolvada peluca disimulaba la personalidad del aguerrido defensor de sus privilegios”; la segunda opta, finalmente, por “encubrir”: “Las cortes aristocráticas fueron los escenarios de ese vasto esfuerzo para encubrir la imagen realista de la realidad, y entre las primeras fue la más vehemente la corte borgoñona del siglo XV, instalada unas veces en Dijon pero cada vez más en poderosas ciudades burguesas de sus dominios, como Lila, Brujas o Bruselas.”

Sin embargo, lo cierto es que el topos explorado aquí despuntó en textos primerizos y póstumos de Romero en palabras distintas a las dos comprendidas por este artículo, pero que comparten sus campos semánticos por sinonimia o desenvolvimiento de sus definiciones. El ciclo de la Revolución contemporánea, por ejemplo, un libro de 1948 que se ocupa de la cultura burguesa en el filo de los siglos XIX y XX, destaca los caracteres “intencionalmente falseados” de la estética que gobernaba el art nouveau[7] y se explaya acerca de la cultura de “evasión”, creadora de “la ilusión de un mundo imposible”, que habría alcanzado su clímax en la literatura de Oscar Wilde.[8] En el extremo opuesto, tanto del arco de la vida académica de JLR cuanto del devenir histórico que él estudió, otros nombres y nociones convergen hacia el mismo horizonte de significación. Porque Crisis y orden en el mundo feudo-burgués fue un texto editado sólo en 1980, por un lado, y, por el otro, fue su tema el desastre al que las calamidades del siglo XIV lanzaron a la sociedad europea después del florecimiento feudo-burgués en la era de las catedrales góticas. Y allí se señala hasta qué punto las cortes señoriales puras de más allá de los Alpes y las cortes feudo-burguesas italianas coincidían en una atmósfera cultural caracterizada por la “artificiosidad” de la vida (las primeras)[9] y por la “enajenación”, el “pasatiempo banal” y el “ocultamiento del trasfondo burgués” (las segundas).[10]

Esta ampliación lingüística nos es útil a la hora de preguntarnos sobre las fuentes de nuestros conceptos iniciales. La primera que se nos cruza en la búsqueda es, desde el punto de vista historiográfico, la obra monumental de Huizinga, El Otoño de la Edad Media. Romero la citó en abundancia, reprodujo y enriqueció sus itinerarios documentales: las historias de Froissart, Chastelain y Commines, la poesía de Guillaume de Lorris, Jean de Meung, Christine de Pisan y François Villon, los fabliaux, las pinturas de los hermanos Van Eyck y Hans Memling, piezas a las que el autor argentino agregó el corpus literario italiano desde Dante y Boccaccio hasta Castiglione. Tres son los capítulos del Otoño, del octavo al décimo, donde nuestro vocabulario ampliado despuntó con frecuencia (aunque no los verbos “enmascarar” ni “encubrir”): “La estilización del amor”, “Las formas del trato amoroso” y “La imagen idílica de la vida”.[11] Los adjetivos “artificioso”, “ilusorio”, “soñado” aparecen una y otra vez. El otro autor fundamental es el sociólogo Georg Simmel, cuyo ensayo El conflicto de la cultura moderna proveyó tempranamente a Romero de una categoría clave para el análisis de la civilización burguesa, a saber: la esclerosis inevitable de las formas de la creación cultural, por más dinámica que ésta haya sido en el momento de su despuntar, una rigidez que afecta a los objetos más ricos, multiformes o extraordinarios de la vida intelectual y emotiva, cuando la dialéctica histórica impone su agotamiento o su desgaste para dar lugar a lo nuevo, lo inédito, lo imprevisto y necesario en el movimiento perpetuo del devenir humano. En un texto filosóficamente denso de 1933, La formación histórica, JLR vinculó la idea de Simmel con la caducidad del espíritu burgués, su relicto fantasmal, y la expectativa de una construcción pletórica de vida en el marco de un sistema naciente no capitalista: “Yo no espero sino un nuevo sistema de relaciones dentro de un mismo nivel de aspiraciones y deseos. Creo, eso sí, en la posibilidad de que dentro de ese sistema el espíritu logre levantarse, como dentro del sistema burgués es casi seguro que no podrá ya hacerlo. Es, pues, evidentemente necesario que se rompa aquel fantasma, aquella forma caduca de que hablaba Simmel, y que es para nosotros la estructura capitalista burguesa. Pero eso es nada al lado de la obra de construcción que hay que hacer, y para la cual no hay determinismos fáciles que acorten el camino.”[12] Claro que la raíz última de la propia sociología de Simmel y del marco teórico de Romero fue, tanto en aquella época y cuanto en las bambalinas de tiempos posteriores, la noción fortísima de ideología que Carlos Marx identificó con el ocultamiento filosófico de lo real. También en La formación histórica, Romero escribió: “Si ha sido capaz de vencer la ciudadela del espíritu, nada debe extrañarnos que la forma capitalista haya arrastrado también las formas sociales. Sin que, a mi juicio, pueda deducirse de allí una teoría general de estructuras y superestructuras, como lo hace Marx, es evidente que el capitalismo ha arrastrado tras de sí todos los postulados éticos, y ha creado un orden social según sus principios; su quiebra significa, pues, la quiebra de la moral burguesa que es hoy apenas un fantasma, sin contenido alguno.”[13] Esta incidencia de lo político coetáneo en la perspectiva historiográfica pudo haber sido una de las más radicales en toda la carrera de JLR.

Importa destacar que la palabra “decadencia” no aparece en ninguno de los pasajes reseñados. El encubrimiento es un Jano: por un lado, apunta al escapismo inevitable de una clase que siente cómo su poder está amenazado (la nobleza durante la crisis del siglo XIV; la burguesía de finales del siglo XIX, sitiada por la rebelión obrera) o bien cómo llega a escurrírsele de las manos (la misma nobleza europea herida de muerte por la Revolución francesa y sus vástagos; la burguesía, en cuanto clase global, no parece haber ingresado nunca en la etapa terminal). Por otra parte, una clase en ascenso mira hacia un futuro donde es factible la realización de un programa revolucionario y disimula las intenciones planificadas. Ocultamiento dialéctico como auto-defensa ante lo nuevo e impredecible o como simulación de lo porvenir. En tal sentido, Romero abrió un camino rumbo a lo que ha dado en llamarse, sobre la huella de Edward Said, la “intransigencia, la dificultad y la contradicción irresuelta” de los estilos o períodos tardíos de las civilizaciones.[14] Los textos que examinamos, redactados para relatar lo acontecido con las cortes feudo-burguesas del Renacimiento o el nacimiento y la evolución de la ópera europea hasta Mozart, iluminan de modo inesperado el presente y sus opacidades, este período de bloqueo cultural en que vivimos. Mediante los big data, la hipertrofia de la información en desmedro de la comunicación auténtica, el narcisismo rampante en las redes sociales, nuestra civilización no haría sino disfrazar, encubrir, enmascarar su impotencia frente a la auto-explotación que el capitalismo financiero tardío impone a los trabajadores.

Notas

1 Romero, Luis Alberto, “Prefacio”, en Romero, José Luis: Estudio de la mentalidad burguesa, Buenos Aires, Alianza, 1999, p. 9.

2 Romero, José Luis: Maquiavelo historiador, Buenos Aires, Signos, 1970, p. 18.

3 Romero, José Luis: La cultura occidental, Buenos Aires, Alianza, 1994, p. 44.

4 Ibidem, pp. 48-49.

5 Ibidem, p. 60.

6 Romero, José Luis: “La ópera y la irrealidad barroca”, en Ayer y hoy de la Ópera, nº 1, noviembre de 1977.

7 Romero, José Luis: El ciclo de la Revolución contemporánea, Buenos Aires, Argos, 1948.

8 Ibidem, pp. 90-91.

9 Romero, José Luis, Crisis y orden en el mundo feudo-burgués, Buenos Aires, Siglo XXI, 1980, p. 262.

10 Ibidem, pp. 279 y 285.

11 Huizinga, Johan: El Otoño de la Edad Media. Estudios sobre las formas de la vida y del espíritu durante los siglos XIV y XV en Francia y en los Países Bajos, Madrid, Revista de Occidente, 1965, pp. 168-211.

12 Romero, José Luis: La formación histórica, Santa Fe, Instituto Social de la Universidad Nacional del Litoral, 1933.

13 Ibidem. El subrayado es nuestro.

14 Said, Edward: On Late Style: Music and Literature Against the Grain, Nueva York, Vintage, 2007.

Textos de José Luis Romero

1933a. La formación histórica, Santa Fe, Instituto Social de la Universidad Nacional del Litoral.

1943h. Maquiavelo historiador, Buenos Aires, Nova.

1948c. El ciclo de la Revolución contemporánea, Buenos Aires, Argos.

1950c.“El espíritu burgués y la crisis bajomedieval”, en Revista de la Facultad de Humanidades y Ciencias, Montevideo, nº 6.

1950b. “Dante Alighieri y análisis de la crisis medieval”, en Revista de la Universidad de Colombia, n.16,Bogotá.

1953d. La cultura occidental, Buenos Aires, Columba.

1954d, “¿Quién es el burgués?”, en El Nacional. Papel Literario, Caracas, 18 de marzo.

1960b. “Burguesía y renacimiento”, en Humanidades, Mérida, año 2, t. 2, julio-diciembre.

1967b. La revolución burguesa en el mundo feudal, Buenos Aires, Sudamericana, (Particularmente “Prólogo” y Cuarta Parte, 4. “La percepción del cambio”).

1969d. “El destino de la mentalidad burguesa”, en Sur, nº 321, noviembre-diciembre 1969. ().

1969l. “Maquiavelo, ideologías y estrategias”, en Raíces, nº 10, setiembre.

1977b. “La ópera y la irrealidad barroca”, en Ayer y hoy de la Ópera, nº 1, noviembre.

1980e. Crisis y orden en el mundo feudo-burgués, Buenos Aires, Siglo XXI.

1987a. Estudio de la mentalidad burguesa, Buenos Aires, Alianza.

La “vida histórica”, un concepto clave de José Luis Romero

RICARDO O. PASOLINI

Sin duda no es un indicador de calidad intelectual el hecho de que algunos historiadores de profesión hayan reflexionado sobre problemas de epistemología y metodología de la historia como disciplina del conocimiento del pasado, pero parece más claro que quienes fueron y son grandes historiadores –si es que esta última calificación se la puede otorgar al presente de una obra que es en principio contemporánea a sus críticos- han asumido tanto esta tarea de reflexión y cuestionamiento de la especificidad del propio saber, como la investigación empírica de problemas propiamente históricos.

José Luis Romero fue un gran historiador, lo sabemos, y no esquivó la reflexión epistemológica sino que la consideró un componente fundamental y complementario de la tarea del historiador. Incluso llegó a manifestar con cierta contundencia que un déficit del perfil profesionista residía en lo escaso de esta reflexión, en la falta de interrogación sobre las reglas del género. Pero también en la ausencia de una discusión sobre la motivación existencial que llevaba a la investigación histórica, y que no podía de ningún modo reducirse al trabajo erudito. En un artículo publicado en 1945, Romero refería a la necesidad imperiosa de vincular la indagación sobre el pasado con los componentes de una “conciencia histórica” –lo que él llamó “la comprensión profunda de una realidad que le atañe como individuo y en cuanto miembro de una comunidad”– en la que el conocimiento y el método eran concebidos sólo como los nutrientes fundamentales de la pregunta vital sobre un sujeto histórico que se encontraba animado por la proyección de futuro.

Ésta era una crítica más que Romero dirigía a la llamada Nueva Escuela Histórica, es decir, a la forma en que en Argentina se había constituido y desarrollado la tradición erudita en historiografía en las primeras décadas del siglo XX- (los llamados amantes de la “búsqueda” y no del “hallazgo”), y que había animado tantos cuestionamientos, de Paul Groussac a Alejandro Korn en sede local, y de Gustav Flaubert y Anatole France en sede francesa, hasta la impugnación de la perspectiva acontecimental por parte de la École des Annales, escuela –por cierto- a la que Romero a su modo arribó más tarde en una reflexión historiográfica densa y personal que por algunos momentos pareció cercana a su modo de construir el campo de lo histórico, y que por otros se mantuvo fiel a una matriz de nociones e incitaciones intelectuales que se había constituido en el clima historiográfico y filosófico del período de entreguerras.

Con todo, y como se ha señalado en estudios específicos, Romero fue un intelectual de múltiples y diversas lecturas, y fue sensible también a la participación cívica en espacios que excedieron la práctica profesional pero que impactaron fuertemente en su modo de concebir y hacer el oficio de historiador. De tal suerte que por momentos –y de acuerdo a los registros documentales de su autoría que se utilicen en la indagación- no resulta del todo claro establecer cuándo predomina el historiador y cuándo el actor cívico, en la medida en que ambos perfiles de su intervención recurren a la matriz histórica de la narratio rerum gestarum como un insumo fundamental de la argumentación desarrollada también en sus escritos destinados a tipos de prensa periódica tan disímiles como el diario La Nación; la publicación de vigilancia antifascista Argentina Libre, o la más cultural revista Nosotros.

La noción de “vida histórica” elaborada por Romero en su etapa de madurez intelectual (1975) resume gran parte de sus preocupaciones relacionadas con la especificidad del mundo de lo histórico. Aunque debiera considerarse el resultado de un ejercicio de reflexión que el propio autor otorgaba el carácter de preliminar -la antesala de un libro que se encontraba en elaboración al momento de su fallecimiento en 1977-, algunos rasgos de las nociones propuestas pueden encontrarse en sus tempranos trabajos de reflexión epistemológica, sobre todo, los que se refieren al problema de la conciencia histórica y al papel de la intuición.

Para Romero, la “vida histórica” es un concepto que refiere al proceso de la experiencia humana en el tiempo, a la vida y a la creación cultural de todos los hombres y grupos que han existido o existen. Como este proceso se trata de un “flujo continuo”, la noción reconoce ciertas estaciones que por cierto son sólo analíticas, pues la propia idea de flujo continuo remite al problema de la temporalidad, a la identificación de lo que transcurre, permanece y cambia. Tema muy caro a Romero en su propia experiencia de investigación histórica, en la que –como ha señalado Halperin Donghi- el interés se dirige en la mayoría de los casos a la identificación procesual de un nacimiento en el medio de una crisis, pero en el que juega tanto el reconocimiento de los elementos estructurales que componen un contexto particular, como las nociones, conceptos, mentalidades y acciones individuales que, como resultado dialéctico, preludian los componentes que caracterizarán el futuro más o menos cercano de los actores del momento. Tal el caso de su estudio sobre San Isidoro de Sevilla, tanto portavoz de las fuerzas históricas como animador del destino de la cultura occidental en la temprana Edad Media. O su análisis de la Divina Comedia de Dante Alighieri, producto simbólico que recurre al juicio del “trasmundo” para recuperar un orden moral que la Florencia medieval ha perdido.

Así, en este marco de sugestiones intelectuales respecto de lo que la “vida histórica” contiene, Romero reconoce entonces el pasado vivido (“vida histórica vivida”), el presente -como experiencia subjetiva que vivencia el pasado (“vida histórica viviente”)-, y, por último, su proyección potencial aún no vivida, que es el futuro. De acuerdo con el autor, esta noción inicial otorgaría a la ciencia histórica y a lo que él llama las ciencias empíricas “antroposocioculturales” un concepto equivalente al de “naturaleza” para las ciencias duras. Y al mismo tiempo protegería a la historia de las derivas metafísicas de la filosofía de la historia y su pretensión de alcanzar el sentido general de la vida del hombre.

En estos puntos, Romero pareciera hallarse aún en su madurez en ese campo de incitaciones del historismus diltheyano que otorgaba una especificidad epistemológica a las ciencias del espíritu, y recuerdan los contenidos del libro Sobre el estado actual de la ciencia histórica, las cuatro conferencias de otro gran medievalista como lo fue Johan Huizinga, publicadas por la editorial Cervantes de Tucumán en 1935. También para Huizinga, la especificidad de la historia hacía imposible su reducción a las normas que regulan la elaboración del conocimiento en las ciencias naturales. Aunque iba un poco más allá en la defensa de tal especificidad: en la historia, afirmaba, “siempre se trata de cierta intelección del pasado, de una interpretación de lo que era antes, de entender el sentido y la coherencia en función de un todo” (p. 38).

De igual manera, en Romero se encuentran reminiscencias de tópicos croceanos, al menos del Croce de La historia como hazaña de la libertad, allí donde el filósofo napolitano aboga por la elaboración de un conocimiento histórico fundado en la preocupación por el presente, por el modo en que un presente interpela e instala la conciencia del problema histórico, y por la forma catártica o liberadora que la historiografía asumiría (p. 35).

Establecida entonces la materia de la “vida histórica”, Romero propone tres nociones subsidiarias (él las llama “los tres reinos conceptuales”) como modo de aproximación al entendimiento del pasado, una especie de teoría “blanda” de la historia. Ellos son el sujeto histórico; la estructura histórica y el proceso histórico.

En el primero se alude a quién es el protagonista de la historia para indicar que no es posible establecer un a priori, sino que –sea individual o grupal- el sujeto histórico debe ir ajustándose conceptualmente a medida que se avanza en el estudio del proceso particular. Ya en un artículo de 1943 sobre los “tipos historiográficos” en tanto modos de acceder al campo de lo histórico, Romero había hecho referencia a ciertos esquemas regulares, que él llamaba muy bergsonianamente “intuiciones”. Estos esquemas actuaban como elementos organizadores en la que la intelección histórica cobraba su sentido. De ese modo, el historiador podía partir de una intuición sobre el recorte de la realidad histórica que hacía hincapié en la comunidad (identidad cultural de los pueblos o naciones); en la totalidad (humanidad) o en el individuo (la dimensión biográfica).

No está claro en ese texto inicial si los sujetos históricos que se identifican como actores eran siempre el producto de unas disposiciones mentales particulares ya presentes en el historiador, o si los mismos respondían en términos más generales al modo en que los agentes históricos organizaban su percepción de los problemas de su tiempo. Lo cierto es que en su texto sobre la vida histórica que estamos reseñando aquí, las nociones de héroe, pueblos, clases y masas están reconocidas como ejemplos de sujetos históricos, pero no como entidades abstractas sino como herramientas conceptuales que será necesario ajustar en la indagación empírica para dar cuenta de unos actores cuya identidad es por definición cambiante. En este sentido, lo que llamamos teoría –y que en la ciencia histórica asume una gran variedad de manifestaciones- adquiere en Romero sobre todo una función heurística.

El segundo concepto refiere a la estructura histórica y allí Romero lo hace coincidir con el de “vida histórica vivida”, esto es, con el conjunto magmático de funciones y relaciones heredadas, dimensiones fácticas, objetos materiales, que él llama la estructura real; y también con las parciales o totales interpretaciones acerca de la realidad, que dan como resultado estilos de vida y mentalidades. En este último punto Romero identifica una dimensión de la mentalidad más propiamente interpretativa que la distingue de otra proyectiva, en la que se dirime la tensión sobre la idea de futuro. Según el autor, no existía al momento de la redacción del texto una teoría de la estructura histórica que pudiera dar cuenta de su particularidad como “creación creada”, aunque lo que Romero sin duda quería significar con ello era que las teorías sociológicas o economicistas en boga no eran aún satisfactorias para explicar la particularidad de la vida histórica.

Esto nos lleva al último concepto de la trilogía propuesta por Romero, el de proceso histórico. Claramente aquí se articulan dos dimensiones: el proceso histórico está compuesto por la totalidad de la experiencia humana en el tiempo, es el conjunto de todos los actos y accidentes del sujeto histórico que se producen con su creación cultural, pero ellos se van fijando en la estructura histórica presente, de allí que ella pueda identificarse no sólo con lo vivido y que lo condiciona, sino con lo que se crea y se proyecta a partir de la acción del sujeto. Sin embargo, como el proceso histórico es de una indeterminada, confusa y fenomenal complejidad, y admite entre otras una discriminación analítica entre procesos particulares o universales condicionados por su tiempo y lugar, la tarea del análisis histórico sería la de otorgar un orden intelectivo a lo inconmensurable del pasado. Pero, ¿reconoce el autor factores que inciden más que otros en el proceso histórico? En este artículo de 1975, Romero habla de “la dialéctica fundamental de la vida histórica”. Dicho de otro modo: lo que impulsa la vida histórica para él es la relación entre la estructura real y la estructura ideológica, entre la realidad y la interpretación que se hace de ella. Esta interpretación concebida a veces como modelo de cambio de la realidad no incluiría sólo a lo que serían los posicionamientos más radicales sino también a los modelos de perpetuación, los que aplicados a una realidad dada también implicarían un cambio. Se trata, pues, del reconocimiento de la inevitabilidad del fluir histórico y también de la identificación de la novedad aún en los proyectos que fundarían sus raíces en la permanencia del statu quo, en la búsqueda de diferenciación cultural respecto de una tradición, o en la invención misma y rupturista de ese pasado. Elementos que Romero expone con maestría narrativa en su artículo “El despertar de la conciencia histórica” (1945), cuando se refiere a las disímiles operaciones que sobre el pasado realizaron griegos y romanos de la antigüedad en sus momentos de crisis identitaria. Los primeros, más atentos a abolir los componentes culturales que los acercaban en demasía a sus vínculos orientales; los segundos, en rastrear en una tradición que poco le pertenecía –la de los griegos- los rudimentos de un curso imperial que se presentaba como destino.

Así todo, como se ha señalado en innumerables trabajos sobre la producción historiográfica de Romero, su modo de practicar esta dialéctica colocó su interés la mayoría de las veces en las dimensiones culturales de la experiencia histórica, y sobre todo, en esa predilección que el autor tenía por identificar los momentos en que un proceso amplio entra en crisis y comienza a nacer otro que todavía no cristaliza o que se vislumbra como un preludio de futuro, y cómo ello se manifestaba en los cambios de las mentalidades.

La reflexión sobre la vida histórica de Romero se puede entender mejor aún si se considera el texto que escribió en 1975 sobre el historiador y el pasado, porque más allá de lo que podría indicar su título, en él reflexiona nuevamente acerca de la conciencia histórica y sobre todo de cómo sólo una pregunta sobre la verdad del pasado puede dar respuestas acerca del futuro. Profundiza aquí su teoría sobre la vida histórica, retoma algunos elementos de sus textos iniciales, pero enfatiza en la dimensión creativa del sujeto histórico: los hombres se preguntan sobre la realidad y de la imagen que obtienen y de la ideología proyectiva resulta la dinámica del proceso histórico. En este sentido, la realidad “creada” será un producto de esas formas de pensamiento, de las ideas en acción, una noción que si bien se encontrará tempranamente en sus trabajos de investigación histórica, en esos mediados años ’70 cobra una dimensión más sugestiva.

¿Qué lugar le cabe a la conciencia histórica en este marco? Aunque Romero no explicite que el desarrollo de esa conciencia sea un componente exclusivo de los historiadores, considerará que a ellos les debe ser particularmente exigible, pues la pregunta sobre el futuro sólo puede ser respondida si se obtiene una clara concepción del pasado, que en Romero –como en Croce- es el verdadero componente de la experiencia humana: en primer lugar, porque los caracteres del futuro serán más o menos los mismos, y en segundo término, porque ellos constituirán “segmentos de una curva continua y homogénea”. No es que Romero desconozca el papel del azar en la historia, o que por el contrario atribuya todo el peso explicativo a la gravitación histórica de unas causas profundas inmanejables y arraigadas en el pasado.

Más bien advierte sobre la potencialidad que el pasado tendrá para responder sobre el futuro si la pregunta que se formula desde un presente particular se hace en términos de lo que es necesario, y no de lo contingente o de corto plazo.

Es en este sentido, que la conciencia histórica cumplirá una función de verdad y compromiso que la convertirá en el mejor de los casos en conciencia vigilante fundada en un saber de la investigación. Esta pareciera ser una solución que Romero encuentra en su madurez personal e intelectual, más allá de su participación política en el Partido Socialista; en la lucha antifascista del período de entreguerras, o en la gestión universitaria en tiempos tan convulsionados de la vida política del país. Y será también el resultado cívico de una reflexión epistemológica temprana sobre la particular actividad de historiador, sobre su vínculo con la academia, sobre su posición en la historia, pero sobre todo, sobre su relación con el pasado y con el futuro. De allí que no se pueda entender su obra sin la especulación que desde el origen pareciera haberlo motivado.

* CONICET. Universidad del Centro de la Pcia de Buenos Aires.

Bibliografía citada

Croce, Benedetto: La historia como hazaña de la libertad, primera edición, México, Fondo de Cultura Económica, 1942.

Huizinga, Johan; Sobre el estado actual de la ciencia histórica. Cuatro conferencias, Tucumán, Editorial Cervantes, 1935.

Romero, José Luis: “El concepto de vida histórica” (1975). En Pablo Macera (comp.), Historia, problema y problema. Homenaje a Jorge Basadre, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 1978

Romero, José Luis: “Sobre los tipos historiográficos”, Logos, N° III, 1943.

Romero, José Luis: “El despertar de la conciencia histórica”, en La Nación , Buenos Aires, junio de 1945.

Romero, José Luis: “San Isidoro de Sevilla, su pensamiento históricopolítico y sus relaciones con la historia visigoda”, en Cuadernos de Historia de España, VIII, Buenos Aires, 1947.

Romero, José Luis: “Dante Alighieri y el análisis de la crisis medieval” (1950), en Revista de la Universidad de Colombia, Bogotá, nº 16, 1950.

Romero, José Luis: “El historiador y el pasado”, en Anuario del IEHS, nº 2, Tandil, 1987.

Romero, José Luis: “El hombre y el pasado”, en Clarín, 5 de diciembre de 1975-

Textos de José Luis Romero

La formación histórica (1933)

Sobre la previsión histórica (1939)

El consejo histórico (1941)

Crisis y salvación de la ciencia histórica (1943) 

Las concepciones historiográficas y las crisis (1943)

Bases para una morfología de los contactos de cultura (1944)

La biografía como tipo historiográfico (1944)

Reflexiones sobre la historia de la cultura (1953)

Cuatro observaciones sobre el punto de vista histórico-cultural (1954)

Humanismo y conocimiento del hombre (1961)

Historia y ciencias del hombre: la especificidad del objeto (1964)

El hombre y el pasado (1975).

El concepto de vida histórica (1978).