José Luis Romero editorialista de La Nación

ROGELIO ALANIZ

Desde marzo de 1954 a septiembre de 1955, José Luis Romero escribió los editoriales internacionales del diario La Nación; esto quiere decir que durante un año y medio elaboró de uno a dos editoriales por semana, una exigente reflexión acerca de los principales acontecimientos políticos internacionales de su tiempo.

Emprendió la tarea con su proverbial responsabilidad. Romero ya había incursionado en el periodismo, pero esta era la primera vez que lo hacía de manera sistemática, es decir con entregas periódicas y reducido –o extendido- a un tema complicado como la situación internacional. El tema demandaba información precisa y actualizada, tarea exigente en cualquier circunstancia, pero que en el caso que nos ocupa se agravaba, porque si bien Romero disponía de excelentes archivos, propios de su profesión de historiador, opinar acerca del devenir de la coyuntura demandaba una información pormenorizada.

Cometería el pecado del lugar común sugerir que aquel tiempo histórico fue singularmente complicado, en tanto el más elemental saber histórico observa que cada época, cada período incluye sus propios conflictos y coloca a los hombres ante dilemas de difícil resolución. Se supone que todos los “presentes” son intensos, dramáticos, inciertos. Esos años, 1954-1955, no eran la excepción. La guerra mundial concluyó en 1945, pero un año mas tarde se inició la guerra fría, que en algunos momentos amenazó en transformarse en guerra caliente y, al respecto, el escenario de Corea fue el territorio en el que todos los temores de una tercera conflagración mundial se hicieron presentes. Para 1955 los centros de conflicto se habían ampliado: Indochina, Medio Oriente y esa verdadera trinchera de la guerra fría que durante muchos años fue Alemania, con sus cortinas, sus muros y sus vidrieras.

Pasó la tormenta de Corea, pero las tensiones internacionales continuaron en un mundo en el que los dos bloques –comunista y capitalista- se iban consolidando con sus propias contradicciones internas y sus fuertes liderazgos. A los previsibles conflictos entre Estados Unidos y Rusia (y sus inquietantes consecuencias en una Europa que se recuperaba de los estragos de las guerras con sus principales dirigentes interrogándose acerca de las causas que permitieron que en un plazo no mayor a los treinta años el continente, y de alguna manera el mundo de entonces, se hundiera en dos guerras mundiales con sus secuelas de muertes y destrucción de recursos) había que sumarle los nuevos frentes de tormenta abiertos en Asia, África y América latina como consecuencia del irreversible proceso de descolonización y la emergencia de los nacionalismos con sus nuevos liderazgos, sus previsibles críticas a las antiguas metrópolis y sus inquietantes deslizamientos hacia el comunismo, como ya empezaban a denunciarlo los sectores más conservadores de Estados Unidos y Europa.

La diplomacia de la guerra fría, con sus tensiones y acuerdos provisorios, con sus espionajes y conspiraciones, sus cumbres y contracumbres, constituyen un capítulo muy interesante de la historia de la segunda mitad del siglo XX, porque fue en esos años cuando la humanidad en más de una ocasión jugó su destino, pero también fue en esos años cuando se fundaron algunas de la instituciones claves para un mundo que pretendía ser más justo, más libre y más pacífico.

Para la perspicacia intelectual de un historiador como Romero, ese escenario histórico le permitía ejercer sus singulares condiciones de analista político. Una ligera lectura de los editoriales escritos en estos meses permite apreciar esta noción de escenario -o puesta en escena- alrededor del cual Romero reflexiona atendiendo a los matices y las contradicciones de los procesos, sin perder de vista que los episodios y acontecimientos integran procesos históricos de los cuales no hay recetas previstas de antemano para asegurar sus desenlaces.

Situado en este punto de vista, el analista se esfuerza por hacer comprensible aquello que se presenta como un “caos”, sin renunciar a la pretensión de otorgarle una orientación a ese devenir de conflictos e intereses, devenir que no nace de la nada ni se dirige hacia algún fin previsto por un “invisible argumento”, sino que se despliega a través de la propia acción de los hombres.

El esfuerzo de objetividad no impide al editorialista, y en particular al ciudadano comprometido con su tiempo, “ejercer su criterio” en favor de un mundo que rehuya los horrores de la guerra y apueste a los beneficios de la paz y la coexistencia pacífica, opiniones que no son externas a la trama de los textos que desarrolla, sino que están presentes en la propia lógica de la reflexión política.

Romero se propone el desafío de conjugar opinión y reflexión histórica. Menudo dilema. Comprender, pero no juzgar es un enunciado justo pero de difícil resolución práctica. Lograr estas metas impone un saber histórico, un singular talento para entender los procesos de mediana y larga duración y las modificaciones de las coyunturas. Se trata de explicar cómo se tejen y destejen las redes de poder, sin dejar de sugerir que toda política reducida a la lógica del poder en algún punto fracasa o no cumple plenamente con el programa histórico de la modernidad y la ilustración, programa al que Romero adhiere sin reservas.

Escribir los editoriales de un diario como La Nación debe de haber representado un desafío intelectual interesante para un historiador de quién eran conocidas sus simpatías por el socialismo en sus vertientes reformista y liberal, y entendido como la realización plena de los valores de la cultura occidental. Hay derecho a suponer que hubo algo así como un acuerdo con la conducción del diario alrededor de los alcances y los límites de esa escritura en un espacio editorial que expresa las posiciones de un diario que siempre estuvo muy interesado en sostener aquella “tribuna de doctrina”, tal como lo expresara su fundador.

Dicho con otras palabras, la columna editorial de La Nación siempre fue un compromiso y una reafirmación de los principios y valores que en clave liberal sostiene este diario desde sus inicios. Que sus directivos hayan decidido que un historiador reconocido y un ciudadano con posiciones políticas manifiestas como Romero escriba los editoriales internacionales sugiere varias cosas. En primer lugar, las relaciones intelectuales y políticas entre las diversas vertientes del liberalismo argentino en sus versiones progresistas y conservadoras. Con la prudencia que los distingue, los directivos de La Nación convocaron a un reconocido intelectual, que en términos contemporáneos calificaríamos de “comprometido y progresista”, y también un público opositor del régimen político de esos años (atendiendo a la conflictividad política de entonces, ese rasgo estaba muy lejos de ser un detalle menor) para que escribiera sobre lo que ocurre en el mundo.

Hay una observación que no deja de ser sugerente: en los más de sesenta editoriales escritos en estos meses, solo hay contadas referencias a América latina, de lo que podría deducirse que acerca de ciertos temas demasiados sensibles por su cercanía con la política nacional, La Nación prefiere hacer silencio o reservar para otro periodista sus opiniones. Basta con pensar, por ejemplo, sobre los dilemas que podrían producir, en el editorialista y la conducción del diario, los sucesos que precisamente en 1954 tuvieron lugar en Guatemala con el derrocamiento del presidente Jacobo Arbenz y la visible intervención de la diplomacia norteamericana.

Romero debe escribir editoriales internacionales en un mundo en el que la información es un tarea complicada. Nada extraño, por otra parte, para un intelectual que desde hace años se había propuesto indagar acerca del origen y el destino de la cultura occidental, desde Roma y Grecia hasta la actualidad, con recursos que hoy podríamos calificar de artesanales y a los que Romero transforma en profesionales. Tal como lo recuerda su hijo, Luis Alberto, desde el momento en que su padre decidió asumir la responsabilidad de escribir estas editoriales, toda la familia se dedicó a recoger información que permitiera hacer posible la escritura en un tiempo en que –no está demás tenerlo presente- no existía internet, wifi, wikipedia…

Al respecto, y a la hora de arriesgar alguna comparación entre aquel pasado y este presente, no deja de ser sugestivo que esta tarea de editorialista le permitió a Romero sostener económicamente a su familia, en un tiempo en que las arbitrariedades del régimen político vigente en la Argentina le impedían ejercer su actividad docente. No deja de provocar una sensación parecida al asombro saber que los honorarios que entonces pagaba un diario a un editorialista permitían sostener con decoro a una familia de cinco personas.

Que un historiador, ya para esa época uno de los más destacados del país, escriba los editoriales de un diario tradicional, habilita a un debate acerca de las relaciones posibles entre el historiador y el periodista y las conexiones entre la lógica del historiador y la lógica de una empresa periodística.

Decía que la columna editorial expresa el pensamiento o las posiciones del diario, a diferencia de la habitual columna de opinión en la cual el columnista expresa sus puntos de vista, que en algunos casos pueden no coincidir con los de la empresa. Diferencias, innecesario decirlo, que tienen un límite, ya que también el columnista a la hora de escribir establece un pacto tácito con la empresa, en el que se establecen los alcances de su escritura.

En la página editorial, que no suelen ser escrita por los directivos sino por periodistas o escritores designados por las autoridades del diario, también se establece un acuerdo que a veces es tácito y a veces es expreso. Sin embargo, en este punto también son necesarias algunas consideraciones. Entre los directivos y el escritor se arriba a un acuerdo alrededor de las posiciones que todo diario con página editorial sostiene, pero ese acuerdo posee la flexibilidad que impone la propia realidad cotidiana y las alternativas y vicisitudes del lenguaje. Un diario se escribe todos los días, y si bien toda opinión responde a ciertos posicionamientos ideológicos, culturales, religiosos o políticos, las exigencias de lo cotidiano suelen desbordar incluso las posiciones más rígidas. Pero no solo lo real, con su dinámica impensada, suele establecer sus condiciones; también el exclusivo y singular trabajo con las palabra rehuye formulas rígidas o controles estrechos.

Dos personas pueden compartir la misma ideología e incluso la misma valoración de un acontecimiento, pero al momento de expresarlo sus palabras no serán exactamente las mismas. La subjetividad actúa y en esa subjetividad están presentes cuestiones mucho más complejas que un recetario ideológico, porque –es necesario decirlo- la percepción de un hombre acerca de la realidad desborda toda ideología.

Por otra parte, una ideología en esta situación debería ser pensada más como una franja que como una línea. En el caso que nos ocupa, Romero comparte con los directivos de La Nación algo que, para decirlo con comodidad, es el ideario liberal, pero ese ideario admite posiciones más conservadoras o progresistas, más rígidas o flexibles, líneas que en la vida real suelen ser difusas, cambiantes. Las diferencias, de todos modos, no se explicitan en términos abstractos, sino que se hacen presentes en la trama misma del lenguaje. Un adjetivo, un énfasis, una manera de iniciar la frase, de organizar el fraseo o la puntuación, suele dar cuenta de esas diferencias “invisibles”, imposibles de limitar desde una pretendida racionalidad discursiva.

Loa matices se hacen presentes en el lenguaje y a través de los modos más inesperados. Un ejemplo tal vez ilustre esta aseveración. En un editorial, Romero, al mencionar la crisis del Partido Laborista inglés, concluyía con un genérico deseo de que esta fuerza política supere la crisis. Un comentario si se quiere formal, que podría hacerse extensivo a cualquier partido democrático. Sin embargo, tal como él lo comentara luego con tono divertido, el editor del diario le dijo, con el más correcto y amable de los tonos, que ese deseo sobre la larga vida del laborismo tal vez era el suyo, pero no el del diario, a quien la “salud” de ese partido lo tiene sin cuidado. Un detalle, detalle que apenas alcanza a expresar una diferencia, pero sin embargo la expresa: ni el simpatizante más entusiasta de los tories británicos reconocería el aporte del laborismo a la democracia del país.

Digamos que un editorialista escribe, no repite fórmulas. Su labor es la de un recreador y en algunos casos un creador. Y basta leer cualquiera de los editoriales de Romero para advertir que todo editorial bien escrito es siempre un acto de creación alrededor de las exigencias de las ideas, el lenguaje y el objeto a reflexionar, ese obstinado y exigente esfuerzo del escritor para decir algo significativo del presente.

El otro punto a tener en cuenta es el de las relaciones posibles entre el editorialista y el historiador. En diferentes debates se ha insistido en que la diferencia principal entre uno y otro es la relación que establecen entre el presente y el pasado. Dicho de una manera lineal, el historiador reflexiona sobre el pasado, mientras que al editorialista debe opinar sobre el presente.

Sin necesidad de entrar en un debate acerca de las complejas relaciones entre pasado, presente y futuro, admitamos que el historiador necesita cierta “distancia” para elaborar un conocimiento histórico, mientras que esa distancia para el escritor que trabaja el tiempo presente no existe o por lo menos es mucho más reducida.

En los últimos años algunos historiadores han reflexionado acerca de lo que denominan la historia del tiempo presente. Estiman que es posible abordar el espacio de la coyuntura con las herramientas del historiador profesional, un abordaje que tendrá sus límites, como lo suele tener cualquier abordaje histórico, pero también sus propias posibilidades.

El debate no está cerrado, pero lo cierto es que esta relación entre el saber del historiador del pasado y el saber del historiador del tiempo presente se ha reducido y más allá de las peripecias académicas del caso, muchos historiadores hoy escriben en diarios y revistas analizando con sus recursos profesionales los resbaladizos avatares de la coyuntura.

En el caso de Romero, lo que está presente a la hora de involucrarse con el presente es el compromiso del ciudadano. En diferentes escritos y entrevistas él ha distinguido las exigencias de su labor profesional de las exigencias de su conciencia democrática para opinar -y no solo opinar- acerca de las alternativas de la política. Su afiliación al Partido Socialista, su labor como rector de la Universidad de Buenos Aires, sus críticas a los diferentes totalitarismos de su tiempo, dan cuenta de un intelectual que sin renegar de las virtudes de la “torre de marfil” no vacila en meterse de lleno en las luchas cívicas cada vez que su conciencia así se lo dicta. En ese sentido, José Luis Romero fue, para emplear un término muy en boga en aquellos años, un intelectual comprometido.

Lo que importa establecer a continuación es si ese compromiso no solo está presente en su escritura, sino si esas reflexiones sobre el presente incluyen las “habilidades” de un historiador. Basta para ello leer –si se quiere “a vuelo de pájaro”- sus editoriales para advertir que solo un historiador profesional, solo una persona acostumbrada a contemplar el despliegue de lo real y pensar en términos históricos, puede escribir en esos términos, esto es, disponer de una “mirada amplia” sobre los procesos históricos, sobre sus contradicciones y tensiones, para expresar luego en palabras cada uno de los acontecimientos que presenta la vida histórica, atendiendo a sus matices, su diversidad e incluso sus enigmas.

Si admitimos que esto es así, me voy a permitir contradecir al maestro. Sus editoriales podrían ser los de un ciudadano preocupado por los rigores del presente, pero yo diría que en primer lugar son los de un historiador. Imposible escribirlos, imposible contemplar el mundo e indagar sus claves sin esa conciencia histórica y sin ese “oficio”. Los textos disponibles no solo son un ejemplo de periodismo editorial, sino un ejemplo de historia en tiempo presente, un testimonio de cómo se sitúa un historiador para pensar el mundo.

En la pormenorizada entrevista que a mediados de los años setenta le hace Félix Luna, a la pregunta acerca de la pertinencia de un historiador medievalista para escribir sobre historia argentina, Romero responde, con un levísimo toque irónico, que solo un medievalista puede entender en serio la historia argentina. En el mismo tono, bien podríamos permitirnos decir que solo un historiador profesional, interesado en las marchas y contramarchas de la historia, puede entender el presente y, sobre todo, el mundo presente. ¿Solo un historiador? Podríamos corregir, observando que solo el político, el ciudadano o el periodista dispuesto a trabajar con los criterios de un historiador puede entender la marcha del mundo y sus relaciones con la vida nacional.

La lectura de los editoriales de Romero son una fuente de aprendizaje, pero brindan también la posibilidad de disfrutar de un pensamiento lúcido expresado con elegancia, y en algunos momentos con notable calidad literaria. Romero –qué duda cabe- es un excelente escritor, pero esa excelencia proviene no solo del dominio de las reglas formales del lenguaje, sino de una mirada que incluye el saber, la cultura y una sensibilidad cultivada con esmero.

Una opinión personal me sea permitida: no hay buen historiador sin un buen escritor. Es más, todo historiador que merezca ese nombre es por definición un excelente escritor, en tanto toda creación histórica es siempre un acto de creación de palabras.

Estas certezas, y de alguna manera, este “don”, Romero las manifiesta en su obra histórica, pero también están presentes en sus editoriales. Leerlas es participar en una clase magistral acerca de las relaciones -flexibles, cambiantes, tensas- entre la mirada global y la mirada particular, entre el todo y las partes, entre la estructura y el acontecimiento. También acerca de las relaciones entre los diferente tiempos: largos, cortos, medianos y las tensiones entre los procesos “objetivos” y la intervención de los hombres, entre el carácter histórico del tiempo presente, las incertidumbres del futuro y las exigencias de avizorarlo.

Semana a semana, mes a mes, el lector contempla el devenir con sus contradicciones y sus incógnitas. El mundo cambia y permanece, la realidad rehuye las definiciones simplistas, los ejercicios maniqueos entre buenos y malos, las ilusiones acerca de una historia con argumentos operando al margen de la historia. Como escribiera otro gran historiador, “Todo es historia”. Romero transforma esta consigna en realidad verbal, en palabras; en ese singular despliegue de rigor profesional e inspiración artística que hace posible ese instante único, exclusivo en que el presente empieza a ser historia.

Ver José Luis Romero: Editoriales en La Nación de la Argentina, 1954-1955.

José Luis Romero en la guerra fría. Los editoriales de política internacional en el diario La Nación entre 1954 y 1955

JULIO MELÓN PIRRO

Entre marzo de 1954 y junio de 1955 José Luis Romero publicó, en La Nación, numerosas notas editoriales sobre política internacional. Las notas no eran firmadas, y por su carácter editorial -su lugar era la segunda página – expresaban -al igual que hoy- la opinión del diario, un dato importante para entender el encuadre y los límites de su tarea. No se trató de su primera participación en dicho medio, ya que entre 1944 y 1950 había colaborado con densos ensayos culturales e historiográficos, pero sí de la más regular y homogénea en cuanto a una temática que lo obligó, en buena medida, a cambiar de oficio.

En 1953 había finalizado la guerra de Corea, un conflicto que, comenzado tres años antes, involucrara a las grandes potencias. La decisiva participación de China, gobernada por los comunistas desde 1949, frenó la contraofensiva de las tropas norteamericanas y consolidó alrededor del paralelo 38 una frontera perdurable. La muerte de Stalin abrió dudas permanentes sobre la sucesión en la Unión Soviética y la asunción de Dwight Eisenhower como presidente de Estados Unidos no tranquilizó a quienes recordaban que otro general de la Segunda Guerra Mundial, Douglas MacArthur, había sido destituido en plena guerra, nada menos que por solicitar la utilización de bombas atómicas. El miedo a la expansión comunista se generalizó luego de que Francia fuera derrotada en la guerra que libró en Indochina entre 1946 y 1954, de modo que tanto la conflictividad del sudeste asiático como la rigidez de la “Cortina de hierro” que separaba de Occidente a una sovietizada Europa Oriental, inducían a inscribir cualquier acontecimiento en el prólogo de una posible y temida tercera guerra mundial.

En relación a dichas circunstancias Romero escribió setenta y tres textos, sin firma, que La Nación asumía como la opinión del diario. Ellos muestran a un atento observador de acontecimientos de un tiempo que, a casi una década de finalizada la última contienda mundial, expresaba los inestables equilibrios de la madura posguerra. Ese tiempo implica el amanecer de nuevos conflictos en Asia, la omnipresencia norteamericana y las fuertes diplomacias de los aun débiles estados europeos, y en él interesa tanto vislumbrar lo que ocurre detrás de la cortina de hierro como señalar la emergencia de núcleos de poder en la periferia. Desde la primera nota sobre “La crisis del sistema colonial” hasta una de las últimas, sobre “Expectación en el Cercano Oriente”, como intérprete de una variedad de acontecimientos mundiales y frecuencia más o menos semanal, desarrolla la opinión del diario sobre el devenir de las relaciones internacionales. Por eso decimos que su mundo es el de la guerra fría.

Algunas de las notas están precisamente dedicadas al equilibrio del terror dado por la existencia de armas atómicas que “comprometen el destino y quizá la existencia de la civilización”. En el comienzo de la serie, el laborismo inglés ha presionado a Winston Churchill para que lleve a la mesa de los lideres norteamericano y soviético el compromiso de prohibir su uso a escala universal; el presidente estadounidense y el primer ministro británico han tratado de llevar calma a una población necesariamente mal informada dada la distancia conceptual e informativa respecto de las posibilidades de una destrucción masiva [1]. El deseo de la humanidad de que no se repita “el pavoroso espectáculo de Hiroshima y Nagasaki”, no obstante, se licua sin complejos en escepticismo cuando evalúa la posibilidad de que Eisenhower y el Kremlin tengan la chance, si no la voluntad, de “actuar de buena fe” [2].

Realismo e idealismo suelen confluir, pues, en una constante analítica que descansa en una formación académica sólida, pero se nutre de la información periodística de cada día. Poco después de la citada se suceden dos notas, una de ellas francamente pesimista, seguida por otra que especula sobre las posibilidades de conciliación en una de las más importantes conferencias internacionales en la materia. Después de seis semanas de negociaciones las posibilidades de una solución pacífica de los conflictos en Asia resultan -presupone- más que remotas, y no por meras razones de coyuntura. Es que las dificultades que los dos bloques de poder mundial manifiestan para entenderse derivan, incluso, de su diferente naturaleza: aunque el autor no siempre se haga eco de la perspectiva occidental que magnifica la agresividad soviética -casi una sofisticación analítica para la época- concluye que el carácter centralista del régimen comunista y la disciplina impuesta a todo aliado cuentan con ventajas sobre las democracias, cuya debilidad deviene precisamente de una naturaleza opuesta, capaz inclusive de expresar disidencias parciales entre aliados, como suele ocurrir entre Londres y Washington. “El bloque comunista parece haberse apoderado de la iniciativa y amenaza inmovilizar al bloque democrático”, concluye a la hora de esperar algún movimiento de Occidente [3]. Apenas una semana después, refiriéndose siempre a los conflictos asiáticos volcados todos en el molde de la guerra fría, advierte que “la diplomacia da sorpresas” y ve luces al final del túnel: Londres trata de obtener la designación de un embajador de China comunista, y esta última potencia corresponde con inesperados gestos de distensión [4].

Realismo e idealismo, o quizá mejor dicho, pesimismo y optimismo, no solo involucran a la periferia, sino al centro, y la pluma suele correr al ritmo de las novedades. Si el 18 de julio 1955 el acento ante “La Conferencia de los cuatro grandes” que se reunirían en Ginebra, sus resultados eran comentados, pocos días después en el poco menos que eufórico tono que anunciaba una nueva era en la “liquidación de la situación de postguerra” [5].

Occidente tiene distintas responsabilidades frente al mundo. Estados Unidos sabe que debe cargar con el peso económico, político y militar mientras que Gran Bretaña -se entiende- puede hacer aportes en afinidad con su tradición diplomática, pero sin el peso de la otrora reina de los mares. Las palmas del pragmatismo diplomático se las lleva, precisamente la isla, que se apresura a reconocer a China comunista [6], y luego particularmente Churchill, a quien atribuye la decisión de abandonar la base de Suez, invalorable muestra de inteligencia y moderación en el contexto de la crisis de Indochina y de la expansión del comunismo en Asia [7]. La flexibilidad y sabiduría británicas se distinguen, por lo demás, claramente de la política exterior norteamericana [8]. El papel de superpotencia impone a Estados Unidos responsabilidades distintas, ya se trate del conflictivo escenario asiático donde deberá involucrarse cada vez más [9] como en el siempre tenso teatro europeo en el que más allá del pragmatismo británico o de las prevenciones francesas, por momentos parece que los norteamericanos solo confiaran en “poner delante de la Unión Soviética una fuerza tal que la obligue a retirarse” [10].

Las diferenciaciones occidentales no acaban allí, ya que están muy presentes en la Europa de posguerra, un continente que, de todos modos, confluye en una unidad que –diría seguramente Romero- constituirá una de las sorpresas, o de los éxitos, de este tiempo. Aunque la idea de Europa esté en crisis, es precisamente el temor a un “Munich” compartido -si se nos permite la licencia- y la necesidad o conveniencia económica, lo que sostiene la posibilidad de acuerdos capaces de generar, incluso, instituciones supranacionales. Los contrastes entre Pierre Mendès France y Konrad Adenauer se minimizan en el análisis frente a realidades estratégicas y económicas en las que Francia y Alemania -se avizora- no podrán sino coincidir. Además, siempre puede aparecer en auxilio la leyenda de Arnold Toynbee sugiriéndole a Churchill, en fecha tan difícil como 1940, nada menos que la unión con Francia [11] .

Con semejantes argumentos y antecedentes históricos, y por más que las fuerzas de extrema izquierda y el nacionalismo se opusieran en agosto de 1954 al pacto de defensa con Alemania, contrasta el contenido pesimista de varias notas sucesivas, y la sospecha de que más temprano que tarde se impondrán en el “mundo libre” las necesidades de la integración o de un pacto anticomunista [12].

Pronto se celebrarán los éxitos de tales profecías. Un “hecho histórico”, tal el título de la nota editorial, es comentado el 3 de octubre de 1954. En momentos en que la reunión de nueve potencias occidentales en Londres amenazaba naufragar, Gran Bretaña sale de su posición insular al asegurar que mantendrá su fuerza militar en Alemania, con lo que, de un golpe, avienta las desconfianzas francesas y alivia el hartazgo norteamericano ante la falta de un acuerdo que reconociera la importancia y la necesidad de Alemania y el carácter estratégico de la lucha contra el comunismo. El historiador, que compara la anterior negativa francesa a votar el tratado con el fracaso que tuvieran Gustav Stresemann y la República de Weimar, celebra entonces lo que acaba de acontecer en la “nebulosa isla” [13]. Dos días después el Acta de Londres corona estos movimientos con la incorporación de la República Federal de Alemania a la organización occidental mediante el otorgamiento de la soberanía y la autorización para el rearme, cerrando una década de ocupación militar [14]. Ni la humillación de Versalles para Alemania, ni la venganza francesa, ni el desentendimiento norteamericano ni la moderación británica –parece querer decirnos el historiador- sirvieron en el período de entreguerras y las diplomacias entienden hoy –dice más directamente el analista- que deben hacer todo lo contrario. Lo que entonces vio como “un hecho histórico de quiebre cuyo resultado es incierto”, se confirmaría en sus previsiones más optimistas tres semanas después, luego de que las reuniones de París permitieran hablar del “advenimiento de la Unión Europea” [15].

Europa Oriental es un lugar que aparece, a la vez, anquilosado y dinámico. Las inercias del estatalismo definen lo primero, y la especulación sobre los movimientos en el Partido Comunista de la Unión Soviética lo segundo. En cualquier caso, Europa y Occidente podrán recibir de ahora en más las propuestas soviéticas desde una actitud de mayor fortaleza y aun tener en cuenta las propias percepciones del contendor, en las cuales suele resultar difícil discernir las necesidades defensivas de las ofensivas [16]. Este mundo de algún modo estático no es disfuncional al mantenimiento de alguna estabilidad basada en acuerdos de largo alcance, razón de más para permanecer atentos a su dinámica interna [17] y a la evolución de su política internacional. En otras notas, como la del 27 de mayo de 1955, “En torno a la conferencia de los cuatro”, aparece la idea de que Occidente está reaccionando y se cita a Pravda a la defensiva, y el 5 de junio de 1955 formula directamente el interrogante: “¿Cambios en la política soviética?”, reconociendo mayor ductilidad teórica y práctica que la evidenciada en los diez años que siguieron al fin de la Guerra Mundial.

Si la bipolaridad es una realidad ratificada cada día en los hechos y el “Mundo libre” infinitamente preferible al de la “Cortina de hierro”, el Tercer mundo constituye un escenario en el que la historia corre menos prisionera de coordenadas que, en los centros del poder mundial, aparecen mucho más delineadas. Este es el tono de las múltiples editoriales directa o indirectamente relacionadas con conflictos del sudeste asiático, región en la que surgen actores de consideración. En abril de 1955 se anuncia la Conferencia de Bandung, a la que los países de Asia y África concurrirán alineados en cercanía de la China comunista o amalgamados por sus vínculos con Occidente, pero en otros casos seducidos por la vocación de neutralidad de Nehru [18]. Una de las últimas notas de la serie refiere precisamente a los esfuerzos de la India por facilitar el entendimiento de los bloques [19].

En estas notas el historiador suele aparecer de soslayo y prevalece una dimensión fáctica asociada al presente. De ahí, quizá, el uso de la profecía, habitualmente esquivado por los historiadores profesionales pero que siempre es una posibilidad en el ejercicio de la prospectiva basada en presunciones fundadas. El profesional de la historia supera, así, al analista de la situación internacional en dos tipos de circunstancias. Como reconstructor de antecedentes, allí donde resulta imprescindible: así ocurre en la explicación del acuerdo que puso fin al conflicto entre Italia y Yugoslavia sobre Trieste [20]. Como proveedor de sentido, cuando parece necesario: el décimo aniversario de la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial tiene un título desde entonces frecuente en los programas de historia contemporánea: “La consolidación de los bloques” [21].

Hay, pues, otros puntos de contacto entre el observador de la coyuntura internacional, que es el que nos sorprende, y el ensayista fino que hemos leído en sus libros y notas extensas, aunque estas editoriales parecen esmerarse en disimularlos. El proveerse semanalmente de una información periodística meticulosamente reunida lleva a imaginar una elaboración y producción textual diferentes de aquella otra, en teoría más reposada y menos expuesta, de nuestra disciplina.

Aunque la índole del trabajo y la inmediatez relativa de los temas suelan divorciarlos, el comentarista de los acontecimientos internacionales no deja de parecerse al historiador de los grandes ensayos en otro punto esencial, un “sentido de la historia” del que todos sus textos – se lo detecte o se lo adivine- participan. La ilusión de la paz que aparece espasmódicamente en determinadas coyunturas, y su enunciación equilibra, con creces, los temores apocalípticos. Esa ilusión es un sucedáneo remoto de una fe en el progreso que caracteriza toda su obra. Ese optimismo histórico había sido planteado con toda su fuerza en El ciclo de la revolución contemporánea, de 1948, “el más marxista” de sus libros, según se ha dicho, aunque no por eso no fuera menos liberal, sino todo lo contrario. El sentido de la historia que puede adivinarse en las notas que aquí comentamos no es tampoco, sin embargo, aquel que deviene de la confrontación entre “conciencia burguesa” y “conciencia revolucionaria” que, a cien años de la revolución parisina de 1848 y de la publicación del Manifiesto Comunista (y a noventa y ocho del análisis de La lucha de clases en Francia hecho por Karl Marx) animara tan sugestivo y recordado texto.

No es el mismo, entre otras cosas porque los tiempos son ahora más breves y los acontecimientos, por definición de trabajo, inmediatos. Además, como se torna evidente para cualquier docente que intente preparar un programa de estudios de historia contemporánea, lo que para el siglo XIX puede relatarse aun como una historia social encarnada en clases, se diluye sensiblemente en el siguiente, donde los protagónicos corresponden, no solo a efectos didácticos, a las guerras mundiales y a una rivalidad entre “capitalismo” y “socialismo” que ya no es una disputa entre dos utopías de la modernidad sino, muy frecuentemente, una confrontación entre potencias.

Hasta donde puede leerse en estos textos, para volver a las editoriales del autor, el socialismo real, la forma política que expresa a una parte del mundo en pugna con la otra, no parece en realidad un camino sino en rigor un contraste con la libertad que reina en otros lugares, que es donde puede esperarse la continuidad de aquel ciclo de progreso democrático y social. El optimismo es, entonces, el de la paz que -volvemos a adivinar- moderará quizá a la Unión Soviética y habilitará un camino de reformas que el “Mundo libre”, bien mirado, ha encarado de modo cada vez más firme desde el fin de la última guerra con la implementación de las administraciones del bienestar. Ese camino parece inspirar a todas las naciones de Europa, donde la socialdemocracia alemana y el laborismo inglés –pero también Konrad Adenauer y Winston Churchill- pueden llevarse notas muy altas, calificando un progreso que, gracias a la conciencia histórica, quizá no sea nuevamente interrumpido, como ocurriera en 1914 y 1939.

Más acá de lo que interpretamos, en 1954 y 1955 Romero ve cómo se consolidan los bloques, pero también, entre la guerra de Corea, y la de Indochina-Vietnam, como se juegan cotidianamente las múltiples opciones de una paz necesaria para la posibilidad del progreso, pero de modo más urgente para la de una “civilización” que, por primera vez en la historia, se encuentra amenazada por el peligro de una destrucción masiva.

José Luis Romero comenzó su trabajo de editorialista a nueve meses de celebrado el armisticio de Corea y cuando lo concluyó acababa de firmarse el Pacto de Varsovia, que oponía la voluntad militar de ocho países comunistas al occidente europeo. Tiempos, pues, de equilibrio del terror, o, mejor dicho, de consolidación de la forma típica de enfrentamiento de “capitalismo” y “socialismo” en el breve siglo XX. El día en que publicó la primera de estas notas Estados Unidos hizo un ensayo con una bomba atómica de 43 kilotones y en la Argentina se impuso por amplio margen Alberto Teisaire, el candidato peronista a vicepresidente. Al aparecer la última, las potencias seguían perfeccionando sus arsenales nucleares en un proceso que, como sabemos, apenas se moderaría solo mucho después, las fronteras eran aún más rígidas y el riesgo bélico apenas menos inminente. Lejos de semejantes opciones, pero no de la barbarie, el país del historiador había entrado en una vorágine de enfrentamientos sin retorno. Pronto se producirían la masacre de Plaza de Mayo –originada en un bombardeo de la aviación naval-, la muerte a manos de la policía del médico comunista Juan Ingallinella y, luego del fracaso de la estrategia de pacificación, el enfrentamiento final y el golpe de estado. De hecho, parece que este trabajo en el que el historiador y el ensayista devienen, al revés que Irazusta, en “analista internacional a la fuerza” fue precisamente eso, un trabajo, aunque ni forzadamente podría vincularse el contenido de las notas con un ánimo personal influenciado por los acontecimientos del país

Invitamos, pues, a la lectura de aquellas notas que hoy se recuperan, escritas con una urgencia que venía del periodismo y en ejercicio parcial de una profesión que, como siempre, estaba condicionada por las posibilidades de su tiempo. En setiembre de 2016, mientras avanzábamos en su lectura, Corea del Norte detonaba 10 kilotones – un cuarto del ensayo norteamericano de 1954- y el mundo se alarmaba, quizá porque ya no es el mismo y como le gustaría a Romero, desde este punto de vista hay progreso.

Notas

1 Perspectivas desde una encrucijada 8/4/54

2 Id.

3 “La Hora de la decisión”, 11 de junio de 1954

4 “¿Perspectivas de conciliación en Ginebra?”, 19 de junio de 1954.

5 “La Conferencia de los cuatro grandes”, 18 de julio 1955; “Una victoria sobre el escepticismo”, 26 de julio 1955.

6 “Dos entrevistas”, 30 de junio de 1954.

7 “Gran Bretaña y el canal de Suez”. 1 de agosto de 1954. Pocos meses después, luego de que Churchill se retirara de la jefatura de gobierno a los ochenta años, Romero analizó los espacios y “La nueva situación política inglesa”, 11 de abril de 1955.

8 “La embajada laborista que va a Pekín”. 10 de agosto de 1954.

9 “Responsabilidades frente a Asia “, 18 de abril de 1954.

10 “El frente diplomático”, 22 de enero de 1955.

11 “Crisis de la idea de Europa”, 8 de julio de 1954.

12 “Francia y el tratado de París”, 21 agosto 1954; “Después de la Conferencia de Bruselas”, 24 de agosto 1954; “Después de la decisión francesa”, 2 de setiembre 1954; “Ante la IX Asamblea de la UN”, 21 de setiembre de 1954.

13 “Un acto histórico”, 3 de octubre de 1954.

14 “El acta de Londres”, 5 de octubre de 1954.

15 26 de octubre de 1954.

16 “Una nueva propuesta soviética”, 24 de noviembre de 1954.

17 El jueves 10 de febrero de 1955 aparece una detallada nota sobre “La crisis soviética”, expresa en la renuncia del primer ministro Malenkov, en la que se especula sobre la posibilidad de que Molotov permanezca al frente de las relaciones exteriores y de que Krushchev, secretario del Partido, siga controlando la situación política. Recuerda la eliminación de Beria, en el contexto de la reciente de Malenkov, y no obstante confesar de que se trata de interpretaciones inciertas, da un informado detalle de los acontecimientos.

18 “En vísperas de la conferencia de Bandung”, 16 de abril de 1955.

19 “La diplomacia India”, 11 de junio de 1955.

20 “El acuerdo sobre Trieste”, 7 de octubre de 1954.

21 12 de mayo de 1955. Cuatro días después el observador cuenta, si no con la paz o el definitivo alejamiento de los fantasmas de Hiroshima, con la “neutralización de ciertas partes del mundo”, como parece prometer el fin de la ocupación del territorio austríaco. “Austria y Europa”, 16 de mayo de 1955.

* Ver José Luis Romero: Editoriales en La Nación de la Argentina, 1954-1955.