Maquiavelo y el realismo republicano en José Luis Romero

LEANDRO LOSADA
(CONICET/UNSAM)

En 1943, José Luis Romero (1909-1977) publicó Maquiavelo historiador[1]. Es un texto importante por varias razones. Por un lado, se conecta con inquietudes, temas y preguntas persistentes en la obra de Romero; en especial, las características y propósitos del trabajo del historiador, la aparición y singularidades de la mentalidad burguesa, y los principios sustantivos y las relaciones históricas entre liberalismo y republicanismo.

Por otro lado, es un trabajo relevante en otro marco, el de las recepciones y lecturas de Nicolás Maquiavelo en la Argentina, y por dos motivos. En primer lugar, para el momento en que Romero publicó su libro, Maquiavelo era una rareza en el ámbito intelectual argentino. Había referencias y alusiones dispersas (motivadas por las disputas políticas antes que por la reflexión desapasionada), y, en especial a partir de la década de 1920, artículos o textos breves que habían propuesto interpretaciones sobre el pensamiento del florentino. Pero, con excepción de un volumen compilado por Mariano de Vedia y Mitre en 1927, Maquiavelo historiador es el primer libro publicado por un académico argentino íntegramente dedicado al estudio del autor de El Príncipe[2].

En relación con esto, y en segundo lugar, Romero propuso una lectura de Maquiavelo diferente, y en algunos casos, opuesta, a otras que ya circulaban en la Argentina, así como a arraigadas tradiciones de lectura en el pensamiento político occidental, por ejemplo aquella que asociaba a Maquiavelo con el mal, en el sentido más amplio e inclusivo del término, el “maquiavelismo”[3]. La singularidad de la lectura de Romero se deriva de los motivos ya señalados, las preguntas y las inquietudes desde las que se acercó y leyó a Maquiavelo: la historiografía y el oficio del historiador, la mentalidad burguesa, el liberalismo.

Romero abordó a Maquiavelo desde una perspectiva integral, si vale la expresión. En su libro, el interés no es solo, ni principalmente, la interpretación doctrinaria de la obra maquiaveliana (sobre la cual, de todos modos y como se verá, hay una toma de posición). Maquiavelo es, para Romero, mucho más que un nombre en la historia de las ideas políticas. Es un símbolo de la consolidación de la mentalidad burguesa en tiempos del Renacimiento y es a partir de esa característica desde la que, en Maquiavelo historiador, se postula por qué fue un punto de inflexión en el pensamiento occidental (Maquiavelo como ruptura con el pasado es una premisa y una perspectiva constante en el libro de Romero). En esta dirección, el aporte sustantivo de Maquiavelo, para Romero, fue su concepción de la política y la perspectiva de análisis propuesta para abordarla, el realismo político.

Para Romero, el realismo de Maquiavelo reflejaba la afirmación del “hombre instalado eminentemente en la realidad sensible”.[4] Desde este punto de vista, Maquiavelo ejemplificaba (incluso más, condensaba) la superación de la mentalidad cristiano-feudal por la mentalidad burguesa. El florentino no era un “antiguo”, sino que expresaba la configuración del “hombre moderno” y la negación del trascendentalismo medieval por la afirmación de una visión profana de la realidad sensible.[5]

En segundo lugar, el realismo había significado llamar a “las cosas por su nombre precisamente en el momento en que triunfaba el compromiso de omitirlo”. El realista Maquiavelo había llevado adelante una operación de desenmascaramiento, de impugnación de velos e imposturas: “Ha desafiado la política de enmascaramiento y ha desplegado todas las posibilidades de la mentalidad burguesa […]. Mente lúcida, desvaneció la tupida red de convenciones y extremó la actitud burguesa fundamental que había sido el entendimiento directo de la realidad”.[6]

Es necesario resaltar las implicancias de estas concepciones del realismo para aprehender su significado, pues suponían disonancias o discrepancias importantes con formas asentadas de pensar a Maquiavelo. El florentino en tanto que expresión de la mentalidad burguesa suponía atribuirle dos rasgos principales, modernidad y profanidad. La modernidad de Maquiavelo, desde ya, no era una originalidad o un descubrimiento de Romero. La importancia de su intervención radica en otros acentos.

Por un lado, en que puede definirse como una argumentación personal, enhebrada entre una lectura directa de la obra de Maquiavelo (la edición que se cita de sus obras completas es la de Guido Mazzoni y Mario Casella, Tutte Le Opere Storiche e Letterarie Di Niccolo Machiavelli, Firenze, Barbera, 1929[7]) y bibliografía especializada que sugiere elecciones deliberadas al momento de abordar al florentino (pues, por ejemplo, no predominan títulos que adhieran a la caracterización de su pensamiento como “maquiavelismo”), aunque tampoco era absolutamente desconocida para quienes ya se habían acercado a la obra del autor de los Discursos en la Argentina. Es decir, la singularidad del texto de Romero no es haber basado sus argumentos en bibliografía desconocida en el país, sino en edificar a través de ella una lectura personal. Entre los principales autores referidos por el historiador se cuentan, de hecho, especialistas insoslayables sobre el florentino, y, además, italianos, como Francesco Ercole, Felice Alderisio, Federico Chabod, Francesco de Sanctis o Pasquale Villari (este último había resaltado el republicanismo de Maquiavelo y su carácter de precursor del patriotismo italiano en su obra de tres volúmenes publicada entre los años 1870 y 1880).[8]

Por otro lado, en las lecturas locales de Maquiavelo habían prevalecido, en general, dos acentos: negar su modernidad, o reconocerla, pero repudiarla. La primera perspectiva tenía antecedentes nada menos que en la Generación del 37. Para Domingo Faustino Sarmiento, por ejemplo, Maquiavelo había sido un símbolo de un momento histórico signado por la corrupción y la violencia (así era retratada la Italia renacentista, al menos en lo referido a su vida política), y por ello, distante en su moralidad pública a un siglo XIX definido por el progreso y la convergencia entre política, moral y justicia. En otra dirección, Juan Bautista Alberdi había concebido a Maquiavelo como un idealizador de la Roma republicana, entendida como un orden social y político marcado por el militarismo y la postergación de las libertades individuales en nombre del bien público; en suma, un símbolo de la “libertad de los antiguos” opuesta a la “libertad de los modernos”. Fuera por ser un nostálgico de la antigüedad o un arquetipo del Renacimiento, Maquiavelo no había sido un moderno[9].

Por otro lado, había quienes habían reconocido la modernidad de Maquiavelo y por las mismas razones que Romero, es decir, por representar la superación histórica de una concepción del mundo según la cual la vida terrenal estaba supeditada a una autoridad trascendente. En ello, sin embargo, no había nada a rescatar. Por el contrario, Maquiavelo, en tanto responsable protagónico de los inicios de la Modernidad e incluso de algunos de sus epígonos, como el liberalismo, era objeto de ataque y de repudio. Así lo habían sostenido autores católicos como Tomás Casares, Julio Meinvielle o Faustino Legón[10]. En oposición a esta lectura, la profanidad de Maquiavelo y la afirmación del hombre en la realidad sensible que su obra exponía, lejos están de ser concebidas como un problema en el libro de Romero.

En otro sentido, el realismo entendido como operación de desenmascaramiento, también se distinguía de lecturas arraigadas, y conocidas y desplegadas en la Argentina hasta el momento de la aparición de Maquiavelo historiador. En primer lugar, y como ya se apuntó, de aquellas que asociaban a Maquiavelo con el “maquiavelismo”, es decir, con la mentira, el engaño o la hipocresía, y que había tenido exponentes en figuras ubicadas en tradiciones políticas opuestas, desde Sarmiento a autores católicos como los citados en el párrafo anterior. Para Romero, Maquiavelo no había ocultado la verdad o enseñado la mentira, sino que había retratado la realidad sin argucias ni dobleces. El florentino no era sinónimo de simulación o de perfidia; por ello, era sorprendente -e infundado- constatar “el curioso destino de su pensamiento, definido con el rótulo de maquiavelismo”[11].

A su vez, la lectura de Romero tampoco asociaba el realismo con una concepción de la política que, por concebirla autónoma (de la religión y de la moral), como “cosa en sí” y despojada de eufemismos, entendiera que su significado profundo era la lucha descarnada por el poder, la violencia o, en una expresión usual entonces, una “política biológica”, de supervivencia del más fuerte. Semejante concepción, también conocida en la Argentina, había sido aludida con acentos positivos (pues permitía desmontar los ecumenismos del cristianismo o del liberalismo, como había afirmado Leopoldo Lugones), así como con rechazo y repudio, en tanto otorgaba legitimidad a los autoritarismos (razón por la cual, ciertamente, Lugones también había celebrado a Maquiavelo, al entenderlo como un padre intelectual del fascismo)[12].

Frente a todo esto, entonces, Romero sostuvo que el realismo implicaba antes que nada una epistemología, un estudio de la política apegado al rigor empírico, y era gracias a éste que había podido llevar adelante la operación de desenmascaramiento en la que había consistido su obra. El florentino había enarbolado un “empirismo radical”. Ese era el sentido de su invocación a la “veritá effetuale”.[13] Desde este punto de vista, Romero tuvo un juicio positivo de un rasgo que otras lecturas habían objetado o desdeñado. En algunos casos, y en el marco de otra discusión perdurable, la relación entre el florentino y el surgimiento de un estudio científico de la política, porque el apego empirista era precisamente la razón que excluía a Maquiavelo de la ciencia política, en tanto le había impedido la abstracción necesaria para identificar principios generales o universales (ese era, por ejemplo, el juicio de Arturo Sampay). Según otras voces, como Tomás Casares, Carlos Astrada o Enrique Martínez Paz, el empirismo maquiaveliano había sido un falso realismo, al basarse en una concepción o en una ontología discutible de la política, que la separaba de una dimensión ética, proviniera ésta de la religión o de la filosofía[14].

La ponderación del realismo de Maquiavelo en Romero tenía, con todo, sus límites. Y estos tenían que ver con la concepción de la sociedad que lo sostenía, y con sus implicancias para el trabajo del historiador. Con relación al primer punto, aquello que había hecho célebre y rupturista al florentino, el reconocimiento y la postulación de una “total autonomía” del “obrar político”, decantaba en una “sobreestimación del fenómeno político”, en una “subordinación de todos los otros planos [de la vida social] al plano político”.[15] La objeción de Romero a la centralidad y a la autonomía de la política como clave explicativa de la vida social podría atribuirse a su sensibilidad e interés por aquella forma de historia en la que fue un referente insoslayable, la historia social.

La atención de un historiador social a un autor célebre por otorgar autonomía a la política es una de las razones que hacen relevante a Maquiavelo historiador, y probablemente subyace a algunos de los comentarios que atraviesan sus páginas sobre temas y argumentos clave de la obra del florentino, como el conflicto. Es de destacar, de hecho, que Romero viera en Maquiavelo un autor atento al conflicto, ya que había sido hasta entonces una de las facetas de su obra poco advertidas (con excepciones) en la Argentina[16]. Sin embargo, en la lectura del historiador, el conflicto entre los “grandes” y el “pueblo” no fue entendido como el resultado de pasiones políticas contrapuestas (la de dominar frente a la de no ser dominado), sino en clave materialista: “la hostilidad natural entre los nobles y el pueblo” era una lucha que enfrentaba a “los que desean adquirir y los que quieren conservar”. Desde esta perspectiva, el conflicto social revelaba la prevalencia de los intereses particulares, la “conciencia egoísta” y la “desaparición del ideal del ‘bien común’”[17].

En segundo lugar, el rigor empírico propuesto por Maquiavelo, vinculado a ese movimiento más amplio que el florentino condensaba, la ubicación de la reflexión sobre los asuntos humanos en el marco estricto de la realidad sensible, había tenido una implicancia decisiva, concebir al hombre como artífice de su destino. A raíz de ello, el realismo de Maquiavelo había supuesto un punto de inflexión, pues había habilitado las condiciones para identificar lo “individual histórico”, y, más aún, para forjar la conciencia histórica. Profanidad, empirismo e historicidad componían, de esta manera, los pilares del realismo maquiaveliano: “El saber histórico es, pues [para Maquiavelo], antes que nada, un saber vital, imprescindible e irrenunciable, inherente al hombre y atado indisolublemente a su más específica actividad, que es el cumplimiento de su voluntad de dominio, manifestada en su obrar político”.[18]

Es importante destacar el énfasis de esta apreciación. En otras lecturas, la asociación de Maquiavelo con una torsión antropocéntrica de la concepción de la realidad había tenido diferentes proyecciones. Por ejemplo, ver en la obra del florentino una exaltación de las figuras “fuertes” o “excepcionales” (y desde allí, la legitimación del autoritarismo); o concebirlo como un autor de la incertidumbre, pues, al derribar los absolutos heredados del cristianismo y a la vez no proponer una filosofía de la historia situando al hombre en el centro del escenario, Maquiavelo había delineado una visión de las cosas de este mundo definida por la carencia de certezas[19].

En Romero, en cambio, atribuir a Maquiavelo el señalamiento de la capacidad de agencia no se conectaba con el autoritarismo, ni con una concepción del presente y del futuro enmarcada por una sombría incertidumbre. Más bien, el antropocentrismo de Maquiavelo se relacionaba con una noción de historicidad y de conciencia histórica que, en lugar de destacar la omnipotencia de la voluntad o la incertidumbre, resaltaba la indeterminación. Esta era otra de las razones por las cuales Romero se distanciaba del “maquiavelismo” como clave de lectura. A su entender, la cifra del pensamiento del florentino no estaba en la contraposición entre entre virtú y virtud moral, sino entre virtú y esa otra noción distintiva de Maquiavelo, fortuna; es decir, “entre la voluntad humana y las fuerzas que son ajenas a su potestad”.[20]

La objeción de Romero a Maquiavelo en este contexto, en consecuencia, no radicaba en sus propuestas, en el significado y en el alcance del realismo, sino en la aplicación que había hecho de él. Si era visible su atención a la “veritá effetuale” en sus escritos políticos, no era así en sus textos históricos. Esto era el resultado de haber puesto su trabajo de historiador al servicio de una empresa política, la unificación de la península itálica. Estos sesgos también recorrían sus estudios sobre la antigua Roma, en los que “se guía no por el deseo de lograr una imagen fiel [del pasado] sino por el a priori de un ideal político que lo subordina a sus fuentes”.[21] Ese ideal político era la república, frente a la cual el imperio se recortaba como una “secuela decadente”.[22] En suma, según Romero, Maquiavelo había estado atravesado por una “contradicción inmanente” entre los “dos polos de su espíritu: el histórico y el sistemático”, de la cual salían “un historiador frustrado” y, a la vez, un triunfante “teórico del Estado moderno”.[23]

Teniendo en cuenta esta afirmación, el título del libro adquiere un sentido peculiar. Maquiavelo, vinculado a la historia (y a la historiografía), por haber postulado la conciencia histórica y el rigor empírico, fue, a la vez, un historiador frustrado, por subordinar sus estudios del pasado a un objetivo de su presente, es decir, por carecer de objetividad. Al respecto, y por caminos diferentes, Romero llegaba a conclusiones similares a las que en su momento formularan autores como Carlos Astrada (que había definido a Maquiavelo como un “militante” de la unificación italiana, y había visto en ello un problema para sus propósitos teóricos) o Arturo Sampay, para quien la centralidad de su compromiso político no lo hacía referente ni fundador de la ciencia política (sí, en cambio, de la teoría del estado -otra coincidencia con Romero-, pero porque la teoría del estado era concebida por Sampay como un campo menor de la ciencia política: si ésta se dedicaba a “la esencia y propiedades universales del Estado”, la teoría del Estado se abocaba a “la realidad concreto-histórica”)[24].

Por último, Romero también dejó apreciaciones sobre el significado político-doctrinario y sobre las proyecciones políticas del pensamiento de Maquiavelo. En este campo, entre las disímiles lecturas que hubo de la obra del florentino desde el siglo XVI, habían prevalecido dos opciones: entender que Maquiavelo, en especial a través de El Príncipe, había legitimado el poder arbitrario y acuñado la noción de razón de Estado, y proponer que el florentino había sido, en cambio, un baluarte del republicanismo y de la libertad. Paralelamente a las opciones que se le atribuyeron en lo referido a formas de gobierno y de ejercicio del poder, y sobre todo en discusión con quienes acusaban a Maquiavelo de ser cómplice de las tiranías y del poder personal, también había una extendida tradición de lectura según la cual el objetivo último del florentino había sido proponer la unidad política italiana (un modo de conectarlo, asimismo, con la libertad en clave de autodeterminación), y para ello, la conformación de un poder centralizado, motivo por el que había sido un pionero de la Teoría del Estado[25].

En esta discusión, en la Argentina había estado extendida la asociación de Maquiavelo con la tiranía y la arbitrariedad, en una línea que se remontaba (una vez más) a la Generación del 37. Fue a partir de los años 1920 cuando, a raíz del ingreso de Maquiavelo en la enseñanza universitaria de manera sistemática, semejante interpretación comenzó a revisarse. Se ha visto líneas arriba que incluso críticos u objetores de Maquiavelo (Sampay, por ejemplo) lo incluyeron entre los teóricos del Estado moderno. Por su parte, sin sustituir la vinculación Maquiavelo/Razón de Estado/Tiranía, cobró fuerza su concepción como autor republicano.

Ahora bien, qué republicanismo era el de Maquiavelo fue asimismo objeto de controversia. Como se dijo más arriba, Alberdi, de hecho, lo había considerado un enemigo de la libertad moderna por ser expresión de un republicanismo apegado a la “libertad de los antiguos”. Una conclusión similar se reeditó en los años 1920 y 1930 entre publicistas antiliberales, que reivindicaron a Maquiavelo por las mismas razones que Alberdi lo había rechazado, es decir, por ser representante de una vertiente no liberal de la tradición republicana. Frente a esto, hubo quienes afirmaron, como Mariano de Vedia y Mitre, que el florentino había delineado un republicanismo convergente con el liberalismo[26].

Las afirmaciones de Maquiavelo historiador vuelven a tener acentos singulares cuando se las sitúa en este contexto, y su posición al respecto puede inferirse de argumentos ya expuestos. En breve, para Romero el florentino había sido un teórico del Estado, no un apólogo del poder de los tiranos, y eso se relacionaba con el objetivo político que, a la vez, subyacía a sus imperfecciones como historiador, la búsqueda de unidad en Italia. Al mismo tiempo, Maquiavelo había sido un republicano, de implicancias nocivas, sin embargo, para la libertad.

El primer punto se advierte en cómo Romero entendió la figura del príncipe. A través de él, Maquiavelo había retratado un arquetipo conocido: el gran legislador, fundador del Estado (“es en el fondo, el sabio de la tradición griega, el rey-filósofo a que aspiraba Platón”), cuyas leyes “educaban” a los individuos promoviendo el bien común e inhibiendo las pasiones egoístas. El príncipe “garantiza el ‘vivere civile’ y previene la natural tendencia humana a la ‘corrupción’, que no es sino la prevalencia de los impulsos egoístas sobre las exigencias del ‘bien común’” (el fenómeno que, como se citó anteriormente, el conflicto exponía con nitidez).[27] El príncipe era una figura constructora, no destructiva, ni había sido delineada por Maquiavelo para celebrar la acumulación de poder[28].

Respecto del segundo punto, según Romero las simpatías políticas de Maquiavelo eran indudablemente republicanas. Caracterizarlo como republicano y no como apólogo de la tiranía no conducía, empero, a exaltar las proyecciones políticas del pensamiento del florentino. Así era porque Romero advirtió cómo la libertad de la patria, entendida como bien común, podía ser invocada para socavar las libertades individuales:

La astucia, la hábil ocultación de los designios, el uso de la fuerza, el engaño, adquieren categoría de medios lícitos si los fines están guiados por la idea del “bien común”, noción que encierra la idea de patriotismo, por una parte, pero también las anticipaciones de la moderna raison d’état. Pero no sólo es lícita la sumisión de los criterios morales corrientes; es lícito también subordinar a los fines políticos todas las formas de vida que, en otras circunstancias, han podido ser consideradas como fines en sí; ante todo, la libertad, de la que supone Maquiavelo que basta una apariencia inoperante para satisfacer al pueblo, tal como debía pensar Cosme de Médicis [sic]; porque la libertad del individuo puede ser considerada como una manifestación de la “conciencia egoísta o utilitaria” y no moral, la cual debe ser sometida a las exigencias del “bien común” mediante la coacción del Estado.[29]

El republicanismo de Maquiavelo era el elemento de su obra que podía conducir al autoritarismo, o, al menos, a legitimar el ejercicio arbitrario del poder. En otras palabras, si Maquiavelo podía ser considerado el autor que había señalado la “fecundidad del mal”[30], no lo era por sus postulados a favor del príncipe, tampoco por la separación entre política y moral (menos aún por haber sido el padre intelectual del fascismo -juicio que, ante todo, habría carecido de historicidad para Romero-), sino por su republicanismo.

En esta dirección, Maquiavelo historiador puede situarse, en una dimensión sincrónica, en un corpus particular del ensayo político argentino de los años de 1930 y 1940, aquel que se detuvo en la historia de la Roma republicana y de sus principales estudiosos e historiadores, como punto de mira para pensar la tradición republicana en un momento pautado por su crisis e impugnación en la Argentina (y, desde ya, no solo en la Argentina). Romero puede inscribirse en estas coordenadas, por el libro aquí analizado, pero también por una obra publicada un año anterior (basada en su tesis doctoral de 1938), sobre la crisis de la República en tiempo de los Gracos[31]. En una dimensión diacrónica, Maquiavelo historiador fue una primera escala de un interés perdurable de Romero por el florentino, y a partir de él, sobre el realismo y fenómenos políticos que incluyeron desde el republicanismo hasta el cesarismo, tal como puede constatarse en sus libros clásicos de los años 1960 y 1970, La revolución burguesa en el mundo feudal, Crisis y orden en el mundo feudoburgués y Estudio de la mentalidad burguesa.

Volviendo al libro de 1943 y los ejes argumentales aquí destacados, Romero, más cerca de Alberdi que de otras voces contemporáneas del liberalismo local (como el citado Mariano de Vedia y Mitre), advirtió las diferencias y las tensiones entre liberalismo y republicanismo, y vio en ello un motivo de inquietud (no de celebración, como fue el caso de los autores antiliberales entusiasmados con el republicanismo -y con el lugar de Maquiavelo en él- precisamente por identificar también sus oposiciones con el liberalismo). Por ello, la intervención de Romero es una voz singular en el marco de este debate de la Argentina de los años 30 y 40. Frente a quienes exaltaron el republicanismo antiliberal, o, desde un lugar opuesto, confiaron en la convergencia entre republicanismo y liberalismo, el estudio de Maquiavelo condujo a Romero a destacar la posible proyección autoritaria y antiliberal del lenguaje republicano. Sólo por esta razón (que no invalida o subordina otras ya señaladas, como las consideraciones acerca de los propósitos y características del trabajo del historiador, o los dilemas entre presentismo e historicismo), la lectura de Maquiavelo historiador sigue siendo un ejercicio intelectual estimulante para pensar problemas persistentes de la vida pública argentina.


[1] José Luis Romero, Maquiavelo historiador, Buenos Aires, Signos, 1970 [1943]. Sobre este mismo texto, véase la contribución, también disponible en https://jlromero.com.ar/ , de Constanza Cavallero, “El “gran historiador frustrado”. Maquiavelo según José Luis Romero”: https://jlromero.com.ar/temas_y_conceptos/el-gran-historiador-frustrado-maquiavelo-segun-jose-luis-romero/

[2] Leandro Losada, Maquiavelo en la Argentina. Usos y lecturas (1830-1940), Buenos Aires, Katz, 2019.

[3] Véase Claude Lefort, Maquiavelo. Lecturas de lo político, Madrid, Trotta, 2010.

[4] Romero, Maquiavelo historiador, p. 14.

[5] Ibid., pp. 9-13.

[6] Ibid., p. 18.

[7] Ibid, p. 56, nota 1.

[8] Lefort define a Villari como “uno de los intérpretes más serios”, ibid., p. 65. El libro es: Pasquale Villari, Maquiavelo. Su vida y su tiempo, México, Biografías Gandesa, 1953 (la edición original se publicó en tres volúmenes, entre 1877 y 1882). Sobre la gravitación de De Sanctis en la recepción argentina de la literatura italiana, Alejandro Patat, Un destino sudamericano. La letteratura italiana in Argentina (1910-1970), Perugia, Guerra, 2005. Por lo demás, cabe señalar la ausencia de alusiones en el texto de Romero a Benedetto Croce, teniendo en cuenta que fue una referencia de otros trabajos del historiador argentino y un autor preocupado por la relación entre política y moral a través de Maquiavelo, en conexión con el escenario político italiano durante el fascismo. Véase por ejemplo Benedetto Croce, “Maquiavelo y Vico. La política y la ética”, en Ética y política, Buenos Aires, Imán, 1952  (su publicación original fue en 1924).

[9] Losada, Maquiavelo en la Argentina, pp. 23-39.

[10] Losada, Maquiavelo en la Argentina, pp. 100-115.

[11] Romero, Maquiavelo historiador, p. 18.

[12] Losada, Maquiavelo en la Argentina, pp. 70-88.

[13] Romero, Maquiavelo historiador, p. 112.

[14] Losada, Maquiavelo en la Argentina, pp. 119-129.

[15] Romero, Maquiavelo historiador, pp. 74-75.

[16] Mariano de Vedia y Mitre, profesor de Derecho Político en la Universidad de Buenos Aires entre la década de 1920 y 1940 y pionero en la enseñanza universitaria del florentino, había detectado y otorgado importancia a este tema. Véase Leandro Losada, “Republicanismo y liberalismo en la Argentina. Mariano de Vedia y Mitre, lector de Nicolás Maquiavelo (1920-1950)”, Ayer. Revista de historia contemporánea, vol. 119, núm. 3, 2020, pp. 109-134.

[17] Maquiavelo historiador, pp. 80-81.

[18] Ibid., p. 118. Véanse Omar Acha, La trama profunda. Historia y vida en José Luis Romero, El Cielo por Asalto, Buenos Aires, 2005, pp. 24-27; Julián Gallego, “De Heródoto a Romero: la función social del historiador”, en José Emilio Burucúa, Fernando Devoto y Adrián Gorelik (eds.), José Luis Romero. Vida histórica, ciudad y cultura, San Martín, UNSAM, 2013, pp. 165-184; Cavallero, “El ‘gran historiador’”.

[19] Respectivamente, Leopoldo Lugones, “Elogio de Maquiavelo”, en Repertorio Americano, T. XV, n° 19, 19/11/1927, pp. 297-301. Originalmente publicado en La Nación, 19/6/1927; Juan Agustín García, “La actualidad de Maquiavelo”, en Anales de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. Tomo tercero. Tercera Serie, Buenos Aires, 1917, pp. 99-102.

[20] Romero, Maquiavelo historiador, p. 93. Más en general, pp. 89-96.

[21] Ibid., p. 104.

[22] Ibid., p. 107.

[23] Ibid, pp. 125-127.

[24] Arturo Sampay, Introducción a la teoría del Estado, Buenos Aires, Politeia, 1951, p. 370. Un énfasis relacionado con este tipo de evaluaciones, fue el de situar a Maquiavelo como autor del “arte de gobierno” antes que de “ciencia” política”, precisamente por el estatuto poco científico de sus textos. Asimismo, la asociación de Maquiavelo con el “arte de gobierno” estuvo recubierta de una valoración positiva, en tanto actividad creativa al alcance de figuras excepcionales, inimitables, registro que motivó una apropiación aristocratizante de la obra del florentino. Ver por ejemplo (además del texto de Lugones ya citado): Marcelo Sánchez Sorondo, La clase dirigente y la crisis del régimen, Buenos Aires, Adsum, 1941.

[25] Véase “Special Issue: Machiavelli’s Prince”, in The Review of Politics, vol. 75, nro. 4, 2013, especialmente, Giovanni Georgini, “Five Hundred Years of Italian Scholarship on Machiavelli’s Prince”, pp. 625–640.

[26] Losada, Maquiavelo en la Argentina, pp. 88-100; 141-179.

[27] Romero, Maquiavelo historiador, op. cit., p. 73.

[28] Ibid., p. 93. Más en general, pp. 89-96.

[29] Romero, Maquiavelo historiador, op. cit., pp. 77-78.

[30] La expresión es de Pierre Manent, Historia del pensamiento liberal, Buenos Aires, Emecé, 1990, pp. 33-53.

[31] José Luis Romero, La crisis de la República Romana. Los Gracos y la recepción de la política imperial helenística, Buenos Aires, Losada, 1942. Respecto de ensayos y textos dedicados a la historia romana entre los años 1920 y 1940, véanse, entre otros: Leopoldo Lugones, “Historia del dogma”, en Boletín de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, año 1, nº I, 1921, pp. 1-112; Ernesto Palacio, Catilina contra la oligarquía, Buenos Aires, Rosso, 1935; Ernesto Palacio, Historia de Roma, Buenos Aires, Albatros, 1939; Joaquín Díaz de Vivar, Ideas para una biología de la democracia, Buenos Aires, La Facultad, Buenos Aires, 1937; Julio Irazusta, Tito Livio. O del imperialismo en relación con las formas de gobierno y la evolución histórica, Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, 1951.

El “gran historiador frustrado”. Maquiavelo según José Luis Romero

CONSTANZA CAVALLERO

(IMHICIHU-CONICET / Universidad de Buenos Aires)

“Ser hom­bre vivo e historiador es algo que conduce a una suerte de cons­­tante esquizofrenia, si, como yo, quiero vivir tanto la his­toria como la vida”.

José Luis Romero, 1975.[1]

José Luis Romero (1909-1977) se destacó en el “arte de mago capaz de suscitar lo inerte”, cuya maestría logran los historiadores ilustres.[2] Este particu­lar arte, a sus ojos, se fundaba sobre la cauta y rigurosa interrogación del pasado y el reconocimiento de la signifi­cación de la historia para la vida (proveer un sentido, contribuir al vivo debate de ideas, con­ducir la existencia misma). Varios de sus más destacados lecto­­res han señalado que Ro­mero signó y dio forma a su propia y fecunda labor como historiador a partir del ejemplo, el es­pejo magistral, de grandes pensadores de Occidente[3]. En este escrito conside­raré, en par­ti­cular, la valoración que ha hecho del célebre Nicolás Ma­quiavelo y cómo la obra maquia­veliana impactó en su investiga­ción histórica y, sobre todo, en su con­­cien­zuda reflexión historio­grá­fica. Fuente de inspira­ción, maestro en el aná­li­sis de “la reali­dad real”, modelo de compromiso con la cosa pública, Maquiavelo le presen­tó también una gran advertencia y puso ante sus ojos tensiones y paradojas que balizaron su labor historia­dora.

Digamos, en primer lugar, que en no pocas ocasiones José Luis Romero se dedicó a escribir sobre el florentino en términos históricos: lo consideró “el más alto exponente de la mentalidad burguesa en el siglo XVI”.[4] En su opinión, Maquiavelo de­sempeñó un rol car­di­nal en la historia de Occidente por ser quien mejor expresó dicha men­talidad y quien más consciente fue en su época de que ella conformaba su forma mentis y la de sus con­temporá­neos. La noción de ‘mentalidad burguesa’ es utilizada para deno­minar los modos de actuar y pensar propios de las nuevas clases sociales desde los últi­mos siglos de la Edad Media, modos que implicaban una fuerte ruptura respecto de la men­talidad tra­dicional, es decir, la mentalidad cristiana y feudal que había sido he­gemó­nica hasta entonces. La nueva visión de la realidad que acarreó con­sigo el ascenso de las bur­guesías, profana y atada a la inma­nen­cia, implicó –siempre si­guiendo a Romero– la gra­dual decadencia en el campo opera­tivo de los antiguos principios que habían fun­cio­nado como pilares del orden cristia­no-feudal: la jerarquía, la inmutabi­lidad, la sacralidad, etc.[5]

Si Maquiavelo fue un verdadero hito en el proceso de configuración de la mentalidad burguesa es porque identificó y expuso de modo patente los principios y conse­cuencias del nuevo modo de proceder en el mundo de las burguesías.[6] En rigor de verdad, ya en el siglo XIV había habido personajes (Giovanni Boccaccio, Franco Sacchetti, Geoffrey Chaucer, el Ar­ci­preste de Hita…) que advirtieron la existencia de una contra­dic­ción innegable entre las an­tiguas nociones del or­den cristiano-feudal y los nuevos funda­mentos “naturalísticos e his­tó­ricos” sobre los que se erigía la emergente mentalidad burgue­sa. No obstante, ante el re­co­nocimiento de tal con­tradicción, se habría producido entre los miem­bros de las clases en as­censo una tendencia al encubrimiento de los efectos subya­centes que implicaba la nue­va mentalidad. La excep­cionalidad u originalidad que encuentra Romero en Maquiavelo salta entonces a la vista cuando afirma la siguiente idea, sobre la cual ha insistido en diversos trabajos:

“Cuando las élites aconsejaban no declarar explícitamente los fundamentos de sus actitudes, Maquiavelo asumió la misión de proclamar lo que todos habían comenzado a callar pruden­temente (…). Esto es, llamó a las cosas por su nombre precisamente en el momento en que triunfaba el compromiso de omitirlo”.[7]

Esta proclamación es considerada una muestra de valentía muy destacable “para un hombre de pensamiento”.[8] El florentino logró desafiar “la política de enmascaramiento” de­velan­do abier­ta­mente que “el hombre era un ser natural”, “que la política tenía funda­mentos pro­fa­nos” y que ésta era “táctil, pragmática, in­mediata” y, en la línea ya mencionada, que las burguesías “obraban movidas por su nueva y pro­pia mentalidad aunque declararan un siste­ma tradicional de fines en los que no creían”.[9] To­­da la burguesía “había optado en el fondo de su conciencia por la profanidad”, “la preo­cu­pación por el poder, el dinero y el goce” pre­sidía su conducta.[10] Este énfasis en el rea­lis­mo de Maquiavelo es una idea potente en los escritos de Romero a lo largo de décadas. En 1976, de hecho, sostuvo:

“Yo diría que los únicos dos historiadores que, en distintas situaciones, sin duda, han puesto el dedo en la realidad, en la realidad real con toda su crudeza, son Maquiavelo y Marx. Son los que han puesto sobre la mesa la trama gruesa, insoslayable, de lo que es el comporta­miento hu­mano, individual y social”.[11]

Maquiavelo extremó entonces “la actitud bur­gue­sa fundamental”, i. e., “el entendi­miento direc­to con la realidad”.[12] Romero nota que el florentino pudo percibir “los ca­rac­teres del tiem­po, en su total complejidad”, a  diferencia de contemporáneos suyos, co­mo Savonarola, que no pudieron hacerlo.[13] Señaló que su modo de pensar estaba “profunda­mente encar­nado en la realidad”, alejado del idealismo me­die­val, del deber ser: “aun­que re­pugne, la realidad es la realidad, y él la des­cribe como la ve”.[14] Por estos motivos, vio en Maquiavelo a un hombre prototípico de las nuevas clases, a la altura de un Leonardo o un Ariosto; un hombre que aprendía de la expe­riencia cotidiana y del mundo sensible que lo rodeaba; un hom­bre atento a su entorno (en particular, a las transforma­ciones que sufría Italia) que bus­có “postular una nueva conducta frente a la nue­va reali­dad”.[15] Y la atalaya desde donde ob­servaba era realmente privile­gia­da: los cargos que ocu­pó durante el período republicano en Florencia le permitieron cono­cer de primera mano no sólo la política itálica sino también lo que ocurría en otros sitios de Europa, como Francia o el Imperio.

Ahora bien, este enten­dimiento de la realidad no se detenía en una labor descriptiva, analítica, interpretati­va. Maquiavelo buscaba también (o sobre todo) intervenir en su pre­sente, guiado por el deseo de que Florencia gozara de “una política más firme”.[16] La fuerza que lo motorizaba era tanto la realidad circundante –y su “extraordinaria capa­ci­dad” de captarla– como un futuro ideal que, en su opinión, estaba próximo a llegar: la cons­ti­tución de una Italia unificada.[17] Este deseo supremo que Romero adjudica a Maquiavelo aparece repre­sentado, con claridad dramática, en un libreto de radio­teatro escrito en 1952 por el his­to­riador argentino para el SODRE uruguayo. Las breves es­cenas narran el momento en el que el entonces Secretario de la Cancillería florentina se en­tera de la inminente caída de la República en manos españolas (y mediceas), su posterior encarcelamiento y liberación y, fi­nalmente, su refugio rural en San Casciano, donde pasaría los días entre campesinos y las noches entre libros, conversando con los sabios de la Antigüedad. Recupera allí Romero las siguientes palabras del florentino: “Italia… Por ella sufro, viéndola desgarrada e in­vadida. Si pienso en un príncipe todopoderoso que se sobre­ponga a tantos señores egoístas y ciegos, es porque estoy convencido de que el destino de Italia sólo puede salvarse me­diante su unidad”.[18] A este fin último, a este ideal político, orientó Maquiavelo el análisis y estu­dio tanto de su pre­sente como de las cosas del pasado.

Lo dicho hasta aquí recoge los hilos principales de la lectura que hace Ro­mero de la figura y la obra de Maquiavelo en sus años de madurez (desde fines de la década de los ’50 en adelante), cuando ya había avanzado en sus estudios res­pec­to de la Baja Edad Media y la irrupción de la burguesía en el mundo feudal.[19] En este marco, el pensa­miento maquiave­liano es definido como “la doctrina política que corres­pon­de a la gran experiencia bur­guesa de fines de la Edad Media” y Maquiavelo es encumbrado como “un con­sumado teórico de lo social que aspiraba a fundar sus conclusiones en la ver­dad desnuda”, “un pivote alrede­dor del cual gira (…) inequívocamente el pensamiento moderno”.[20]

Ahora bien, creo necesario hacer hincapié en una lectura más temprana y más extensa de Nicolás Maquiavelo que presentó un joven José Luis Romero en tiempos en que sus in­vestigaciones estaban más orientadas a la historiografía que al mundo medieval, en los tem­pra­nos años ’40, cuando dictaba Historia de la His­toriografía en la Universidad de La Plata. Se trata de Maquiavelo historiador, de 1943, donde se torna evi­dente que, en un principio, no lo cau­tivó tanto el rol histórico del florentino cuanto su rol “historiográ­fico”.

¿Y cómo inter­pre­ta­ba la historia este gran “Hombre del Renacimiento”? El argentino va a afirmar, en principio, que Maquiavelo juzgaba el pasado desde el presente y que  inclu­so in­tentó “la predicción del futuro se­gún el pasado y postular las so­luciones para llegar a tiempo en la agitada marcha que con­ducía hacia la caída política a Florencia y a Italia”.[21] Fiel a la tradición historiográfica iniciada por Tucídides, hacía un uso pragmático del pasa­do, orien­ta­do a apoyar determinadas políticas en términos coyuntu­rales –como la fran­cofilia en cues­tión de alian­zas externas, por caso– pero también, de modo más profundo, a defen­der los pilares de la nueva mentalidad burguesa.[22] La historia es considerada ejemplo y expe­rien­cia; magistra vitae, como había enseñado Cicerón. Ella permite “conocer los me­canismos por me­dio de los cuales obra el hombre” y pro­yectar una “acción dirigida y deter­minada por su con­sejo”. El saber histórico se convier­te en Ma­quiavelo en un saber “impres­cindible e irre­nunciable”, ligado de modo indisoluble a la acti­vidad más espe­cífica del hom­bre: “el cum­plimiento de su voluntad de dominio, mani­festada en su obrar político”.[23] Par­tiendo de estas primeras afirmaciones, veamos con mayor detalle cómo juzga el argentino a Maquiavelo como historiador.

La concepción maquiaveliana de la historia

José Luis Romero –apoyándose en los trabajos de Francesco De Sanctis, Pasquale Vi­llari, Felice Alderi­sio, William Dunning, Federico Chabod, Francesco Ercole y, sobre todo, Wil­helm Dilthey– analiza en Ma­quiavelo histo­riador la “actitud de histo­ria­dor” del flo­rentino, no sólo en sus obras his­tóri­cas sino en la “estructura total de su pensa­miento”.[24] Plantea una hipótesis de partida:

“se procurará probar cómo se vertebra de modo indisoluble en él el modo intelectual del his­to­riador con el del sistemático, y cómo, aun desvirtuada en alguna medida la posición del uno por la del otro, constituyen una unidad irreductible. Con ser, acaso, su virtud, fue esa interac­ción constante su pecado, pecado que frustró en Maquiavelo un gran historiador poten­cial”.[25]

Aparecen aquí dos ideas clave del análisis: la indisolubilidad de su análisis político y su análisis histórico, por un lado, y el hecho de que dicha indisolubilidad fuera un “peca­do”, puesto que habría menguado el valor de la labor de Maquiavelo como historia­dor. Este pecado –en opinión del argentino– no fue un descuido del florentino sino con­se­cuen­cia de una cavilada reflexión. Volveremos sobre esta idea pero no sin antes analizar la “profunda y cohe­rente” concepción historiográfica de Ma­quiavelo.

José Luis Romero destaca entre sus pun­tos no­da­les, en primer lugar, la con­cep­ción de la vida social y política que pre­senta la obra maquiaveliana, marcada por una antropolo­gía muy particular que sería “la más revolu­cionaria de sus ideas”. Para el florentino, “lo esen­­cial del hombre” es la persistencia en él de sus “caracteres primige­nios” pese a cual­quier rasgo civilizatorio que pudiera adquirir, es decir, la supervivencia de sus “instintos egoístas de conservación” y sus “impulsos volitivos de dominio” (aquí Romero es fiel a la lectura de Dilthey).[26] Dice Romero en 1958, hablando del flo­ren­tino:

“Afirmó de una manera categórica que el hombre es un ser natural. Este es todo el descubri­miento de Maquiavelo. El hombre es un ser natural, como creían los historiadores y los filó­sofos clásicos (…) y en su existencia no tiene otros móviles que la satisfacción de sus necesi­dades, sus instintos, sus pasiones, sus anhelos primarios…”.[27]

El hombre de Maquiavelo es, ante todo, naturaleza y terrenalidad y tiende a actuar en be­neficio propio y en perjuicio ajeno, excepto cuando se halla constreñido por una ley exte­rior. Romero resalta entonces –siguiendo a Dilthey– el lugar central que otor­ga Maquiavelo a la ley, a la coacción moral: sólo ésta logra moderar la “pasionalidad primaria” del hombre y su tendencia a obrar de modo egoísta.[28] Sin embargo, los deseos primarios de con­ser­va­ción y dominio continúan marcando el pulso del hombre. Como buen paladín del Renaci­miento, Maquiavelo va a estar lejos de proponer la renuncia ascética a los deseos en vistas de la salvación del alma después de esta vida. Por el con­tra­rio propondrá realizar dichos deseos “bajo el control de la vo­lun­tad racional”.[29] La vida en sociedad será fruto entonces del egoísmo, de la utilidad y de la con­ve­nien­cia, puesto que la vida en común –la cons­ti­tu­ción de un poder político, de leyes mo­rales, de un orden jurídico– es lo que permite a los hom­bres organizarse y defenderse me­jor. Si quien ejerce el poder “discrimina racio­nal­men­te lo justo de lo injusto” y lo impone “so­bre la masa amorfa inca­paz de la autode­termina­ción moral” logra, a través de un sis­te­ma normativo, ordenar la vi­da social y orientarla ha­cia el bien común. Para Maquiavelo quien alcanza este come­tido –siguiendo el ejemplo de Teseo, Licurgo, Rómulo o Numa– merece ser considerado fun­da­dor del Estado. En opi­nión de Romero, Maquiavelo apela aquí “en el fondo”, al “sabio de la tradición griega, el rey-fi­ló­sofo a que aspiraba Platón”.[30]

El segundo principio clave de la concepción historiográfica de Maquiavelo, según el análisis de Romero, es la ponderación del plano político como campo específico de las si­tuaciones y las transformaciones históricas, es decir, la “reducción de todos los fenóme­nos y de todas las motivaciones al plano político”.[31] La identificación entre ‘vida histórica’ y ‘vida política’ es en Maquiavelo un principio a priori. Romero afirma entonces que en Ma­quiavelo “la historia es el espectáculo de la lucha por el poder”, que “la historia es un de­ter­minismo político”.[32] Hipotetiza que este rasgo de la concepción ma­quia­ve­liana de la histo­ria posiblemente encuentre explicación en las luchas facciosas que mar­ca­ron el devenir de los inestables Estados italianos y, también, en la identificación renacen­tista de la ‘voluntad de dominio’ –concepto que toma de Dilthey– con un ideal de vida.[33]

En cualquier caso, esta sobreesti­mación del plano político, en opinión de Romero, tie­ne consecuencias no menores. Por un lado, conduce a una atención enfática al Estado (a su forma­ción, su degeneración, su corrupción) en tanto crista­lización de la vida política y expresión de la voluntad de dominio. El cambio histó­rico respondería entonces, para Ma­quiavelo, a las transforma­ciones sufridas por el orde­namiento jurídico-político estatal, de a­cuerdo con el famoso ciclo señalado por Polibio: monarquía-tiranía, aristocracia-oligar­quía, democra­cia-dema­gogia, para volver nuevamente a la forma monárquica.[34] Por otro la­do, permite pensar lo político como un campo autónomo, “no sólo porque se desprende de toda finalidad ulterior –puesto que él es un fin en sí mismo– sino porque se transforma, a su vez, en finalidad de todas las otras formas de vida”. Al señalar a Maquiavelo como un defensor de la autonomía de lo po­lítico, Romero seguía el pensa­miento de Federico Chabod, quien a su vez era deudor del texto pu­blicado por Benedetto Croce en el Giornale d’Italia, en 1924[35] (en dicho escrito, incluido un año después en Elementi di po­litica, Croce respondía a la in­terpre­tación del pensamiento ma­­quiaveliano que había hecho poco antes Mussolini en la re­vista Gerarchia).[36] Según el ar­gen­ti­no, Maquiavelo contribuyó efectivamente a “un progre­sivo distingo entre el cam­po de la política y el campo de la ética”[37] pero ubicaba a la polí­tica como fin por excelencia al identificarla con la no­ción de ‘bien común’. Sin este ideal, la corrupción resultaba inevi­ta­ble. Sólo a instancias del bien común aquella finalidad su­pe­­rior subordinaba legítimamente cualquier medio o forma de vida: “la as­tucia (…), el uso de la fuerza, el engaño adquieren categoría de medios lícitos” si se orien­tan a la conse­cución de aquel fin últi­mo y supremo.[38] Y, en opinión de Romero, Maquiavelo era capaz de supe­ditar a dicha fina­lidad no sólo cri­te­rios morales comunes y principios reli­gio­sos sino la libertad misma. Afirma al respecto: “la libertad del individuo puede ser con­siderada como una manifestación de la ‘conciencia egoísta o utili­ta­ria’ y no moral, la cual debe ser someti­da a las exigencias del ‘bien común’ mediante la coacción del Estado”.[39] Sobre este aspecto del Maquiavelo de Romero hizo énfasis, en un libro reciente, Leandro Losada.[40]

El tercer y último punto que señala el historiador argentino –siguiendo también a Dil­they– al analizar la concepción historiográfica de Maquiavelo es la noción de “univer­sali­dad del género humano” y “regu­laridad de los fenómenos históricos”.[41] Es decir, en su o­pi­nión, Maquiavelo suponía una uni­formidad en el accionar del hombre (en sus tendencias, im­pulsos motores y reacciones) y en la vida histórica misma. Esta uniformidad “se advierte en el hombre a pesar de todas las diferencias de tiempo y lugar y en los cuerpos políticos que constituye”. Como efecto de esta premisa, Maquiavelo no será capaz de “considerar lo individual histórico como resultante de elementos irre­duc­tibles a una estructura general de la historia”.[42] Lo singular siempre formará parte de un pro­ceso mayor, entroncará en una u otra fase de los procesos uniformes de cambio histórico.

Al analizar los cuerpos políticos, protagonistas ­del desarrollo histórico de las socie­da­d­es, Maquiavelo –nos dice Ro­me­ro– advertirá la presencia (también uniforme y universal) de diversos actores: “una masa amorfa, una élite de cambiante significación his­tórica y mo­ral, y un elemento individual, que vale como tal, verdadero héroe de la con­cep­ción maquia­vé­lica”. La masa es consi­derada neutra y mediocre, salvo que un lí­der lograra con­ducirla y expresar sus deseos. Las élites, por el contrario, son total­mente bue­nas, si prevalece en ellas la virtud moral, o completamente malas, si son guia­das por el egoís­mo. Ellas son “los acto­res principales del desarrollo polí­tico, es decir, del fenómeno histórico por exce­lencia”.[43] Ro­me­ro considera que el florentino, sin ser “maquiavélico”,[44] escinde “totalmen­te la con­cepción histórica de la concepción moral”. Toma como protago­nistas de la historia a quie­nes se decidieron “a jugar totalmente a una carta, ya sea la de la maldad o la de la bondad”, no le importa cuál.[45] Esto mismo sucede con el individuo, el hé­roe maquiavélico, que podía ser tanto aquel que era capaz de fundar un Estado o una reli­gión –es decir, un héroe propia­mente dicho– como aquel que era capaz de destruirlos:

“antihéroes en sentido moral (…) son todavía héroes en sentido histórico porque saben querer el mal y obran resueltamente para lograrlo, introduciendo nuevas fuerzas en la historia, tanto como los héroes de la ‘virtud moral’, que saben querer el bien y obrar en consecuencia, y frente a la masa que no sabe querer decididamente ni el uno ni el otro”.[46]

Pese a lo dicho, Romero destaca un elemento central que en la lógica maquiave­lia­na se interpone en el obrar de élites y héroes: la Fortuna, es decir, las fuerzas y cir­cuns­tancias que limitan la autonomía de la voluntad humana. Por más sagaz que sea un hombre para inter­pretar la realidad y moldearla en su beneficio, la Fortuna nunca puede ser mania­tada ni re­du­cida. Ma­quiavelo, como buen hombre del Renacimiento, confiaba en la capaci­dad del in­di­vi­duo para contener o redireccionar sus designios pero creía que la mi­tad de las cosas que suceden en el mundo están libradas al azar, según narra su famoso pasaje de El Prín­cipe. Como dice Romero, es posible enfatizar la libertad de acción que concede al hombre a partir de diversos pasajes maquiavelianos pero bien se puede hacer hin­capié también en lo opues­to –en la re­presentación de una Fortuna cuasi-omni­po­tente– to­mando otros loci de sus o­bras. En cual­quier caso, lo que el argentino logra señalar es que, para el Maquiavelo his­toriador, la lucha, de resultado siempre variable, en­tre Fortuna y virtù –esto es, entre fuer­zas ajenas a la potestad humana, fruto de “la verità effe­ttuale della cosa” y la voluntad y capa­cidad de acción razonada del hombre– era un ver­da­dero “elemento explicativo de la vida histórica”. Es más, la realidad que constreñía el obrar del hombre estaba para Maquia­velo sujeta a le­yes: la anaciclosis polibiana es pueba de ello. Había entonces una “lógica de las cosas” o “fuerza de las cosas” que no estaba regi­da “por principios supraterrenales sino por las leyes del espíritu y de la naturaleza”. Esta idea permeó el modo en que el florentino interpretó el deve­nir de la historia.[47]

Sobre muchas de estas ideas acerca del pensamiento de Maquiavelo, que Romero be­bía sobre todo de Dilthey y de la historiografía italiana de la época, se escribirá y discutirá am­­pliamente en la se­gun­da mitad del siglo XX y aún en el siglo XXI. Especialistas en Ma­quiavelo –Fre­di Chiappelli, Isaiah Berlin, Leo Strauss, Claude Lefort, Quen­tin Skinner, John Pocock, Maurizio Viroli o Phili­p Pettit, entre muchos otros– se ocuparán de examinar su rea­lis­mo ana­líti­co y la cen­tralidad que otorgaba a la polí­tica, debatirán el vínculo que es­tablecía el florentino en­tre ética y política y el lugar que concedía a la religión, harán hin­ca­pié en cier­tos bino­mios funda­men­ta­les de su pen­samiento (for­tuna/virtù, ser/­de­ber ser, in­di­vi­­duo/masas…), estu­dia­rán su uso de la histo­ria, su particular con­­­cepción antro­pológica y su admiración por la Antigüe­dad, reflexiona­rán acerca de la re­la­­ción entre sus distintas obras, discutirán sobre sus equívocas preferen­cias políti­cas, etc. El diálogo entre historia­do­res, filósofos y politólogos sobre este personaje siempre polémico, del que ha participado Romero, parece ina­gotable.[48]

El historiador frustrado

El modo en que Maquiavelo se aproxima al pasado reposa entonces sobre una con­cepción his­torio­gráfica “vigorosa y coherente”. No obstante, tiene a la vez defec­tos que em­pa­ñan su ca­pacidad interpretativa: ésta es una idea central del análisis de Romero que luego reaparecerá en la historiografía.[49] En su opinión, la in­ter­­posición del Ma­quiavelo sistemá­tico, del pen­sador político, con­di­cio­naba “el modo his­­tó­rico” del flo­ren­tino: cuan­do éste no lograba comprobar en el pasado la su­pues­ta lógica impe­rio­sa que regía las cosas, conside­raba que se trataba de “un error de la con­duc­ta histórica”. Por este motivo, es usual encontrar en su mo­do de historiar derivaciones “hacia la expo­si­ción de princi­pios y hacia la reflexión sistemática sobre cuestiones político-morales”.[50]

            Sobre un punto puso particular énfasis el historiador argentino: el Maquiavelo siste­mático debilitaba en su homólogo historiador la capacidad de captar lo individual histórico. Al hi­perbolizar las estructuras políticas y su devenir, consideradas eje de la vida histórica, Ma­quiavelo recorría “itinerarios peligrosos en su com­prensión del pasado”. Dicha hiperbo­lización, según Romero, condujo por ejemplo a la in­comprensión de la noción de ‘imperio’. Tanto el imperio romano como la ecúmene me­die­val, a sus ojos, sobrepasaban la facultad interpretativa de Maquiavelo porque presentaban aspectos estructurales que no tenían que ver con el ámbito estrictamente político. Es decir, a Maquiavelo “se le escapa(ba)” tanto lo religioso como lo económico, incluso cuando uno u otro aspecto resultaba predominante en las sociedades estudiadas.[51]

Por otra parte, Romero considera que el realismo empírico que caracteriza su obser­va­ción de la realidad “no aparece transportado al estudio de las épocas pasadas”:

“frente a ellas, Maquiavelo se guía no por el deseo de lograr una imagen fiel sino por el a priori de un ideal político que lo subordina a sus fuentes, entre las cuales se encontraban, pre­cisamente, las inspiradoras genuinas de ese ideal, como ocurría (…) con Tito Livio”.[52]

Particular negación presentaba Maquiavelo ante el mundo cristiano-feudal. Inmerso en una época que reaccionaba contra este último, el florentino no era capaz de sostener una mirada crítica que permitiera comprender las particularidades del período medieval. Pensa­ba el orden feudal como un obstáculo para la constitución de naciones fuertes y como un sistema desigual que avalaba la ociosidad señorial, tan ajena a los nuevos ideales promo­vidos por la mentalidad burguesa.[53]

En Maquiavelo Historiador, Romero insiste en hablar de una “doble vocación” –o de una “constante oscilación entre los dos polos”– al referir el entrecruzamiento entre política nor­mativa e historia en los escritos de Maquiavelo. Sin embargo, lo cierto es que su análisis permite situar uno de estos polos por encima del otro. Sostiene que el florentino no diferen­ciaba con claridad “los procesos políticos contemporáneos de los ya pasados”, que com­prendía la historia sir­viéndose de instrumentos extraídos de la realidad en que vivía y que su análisis histórico te­nía un “falso punto de partida”, constituido por “un apretado haz de supuestos originados en su experiencia de la realidad contemporánea”. Piensa también que la capacidad de enten­dimiento de Maquiavelo era “más aguda y ajustada para compren­der el presente que no para captar el sentido del pasado”, que era “menos feliz” en su inter­pre­tación histórica, que interponía “un prisma deformante” al estudiar el pasa­do, que su mirada estaba orientada claramente a modificar el presente y el futuro de Italia, etc.[54]

Estas debilidades teóricas que encuentra Romero en el Maquiavelo historiador tienen también, en opinión del argentino, un correlato metodológico. En lo que refiere concreta­mente al trabajo del florentino con las fuentes, se pronuncia de modo contundente:

“Lo más característico de su manera de tratar las fuentes es la deformación de su sentido, basada, a veces, en cierta ligereza y superficialidad al tomar los datos y, a veces, en la alteración premeditada de los hechos para ajustarlos a un esquema preconcebido”.

Y, respecto del tratamiento de las fuentes medievales en particular, dice:

“Maquiavelo no somete estas fuentes a una crítica cuidadosa; se limita a tomar sus datos y a suprimir lo que hubiera en ellas de contradictorio con su concepción historiográfica, sea explicación trascendental, sea explicación económica”.[55]

Este modo de interpretar los documentos del pasado se encontraba en los antípodas del criterio sólido con que Maquiavelo analizaba y operaba sobre su realidad contempo­rá­nea, evitando esquemas preconcebidos y modelos ideales. Es decir, el “empirismo radical” que Maquiavelo utilizaba con agudeza en el campo de la po­lítica –e incluso de la histo­ria reciente– no era aplicado por el florentino en la mayor parte de su labor como his­toriador, labor empañada por una suerte de “idealismo raciona­lista”. Esto disminuía su capa­cidad pa­ra la comprensión de lo individual histórico y frustraba sus dotes inne­ga­bles de historia­dor.[56] La estructura historiográfica misma del pensa­miento maquiaveliano se veía en oca­siones debilitada y negada “por los errores y las deformaciones voluntarias e involuntarias (…), por las sobreestimaciones y las subestimaciones polémicas y arbitrarias, y por las fal­sas se­cuencias establecidas a pesar de los hechos comprobados o comprobables.[57]

Ahora bien, pese a que Romero señala todas estas cuestiones, se ocupa de explicitar que Maquiavelo no subalternizaba la ciencia histórica sino que, por el contrario, la dignifi­caba al darle el lugar de “saber por excelencia”, de “experiencia vital, que en­cierra todas las dimensiones de la vida”. Insiste en hablar de análisis político e histórico co­mo “dos polos de atracción” o “dos objetivos” en el pensamiento de Maquiavelo, “dos ma­ne­ras intelectua­les dis­tintas”, entre las cuales –agrega– “se entabla un duelo inevitable” mar­cado por la mu­tua atracción y el mutuo rechazo. Describe esta dualidad como una “uni­dad granítica” y, tam­bién, como una “unidad contradictoria”, porque el punto de par­tida que organizaba la labor del florentino (la posibilidad de constituir una naciónitaliana, de proyectarla políti­ca­mente e historiarla en el deve­nir del tiempo) convertía al historiador y al sistemático en dos caras de una misma moneda, de una misma preocupación patriótica.

Con todo, lo paradójico es que de esta tensión bipolar va a surgir “un gran historiador frustrado”. El Maquiavelo historiador de Romero va a estar “traicionado por su propio te­ma”, porque éste “contradice y niega su vocación polí­tica”. En otras palabras, es justa­mente la “interferencia constante” entre los “dos polos de su espíritu” lo que explica las debilida­des de Maquiavelo como historiador. Para Romero, el conocimiento histórico que elabora el florentino “depende estrecha y subsi­diariamente de la sistemática política que erige en principio fundamental de su concepción historiográfica”. Y esta contradicción interna –sos­tiene una vez más– “hace de Maquiavelo un historiador frustrado”.

En pocas palabras, Maquiavelo fue un historiador malogrado por aquella “interferen­cia” pero ésta no enturbiaba en ab­so­luto su capacidad como pensador político. A mi pare­cer, el grado subalterno que Maquia­velo otorgaba al conocimiento de la historia pasada (respecto de su interés por el análisis político y la vida presente), pe­se a que es negado explí­ci­ta­mente por Romero, salta a la vista en el propio discurso de este último:

“Maquiavelo se inclinaba sobre la historia para aprender el secreto de la existencia y frustraba con su vocación generalizadora su latente dignidad de historiador, para erigir sobre su fraca­so el triunfo del teórico del Estado moderno.[58]

            No es casual, entonces, que el historiador argentino nos recuerde que Maquiavelo “vivió y murió discutiendo sobre política” y que una leyenda, falsa y expresiva a un tiempo, sostenía que, en un sueño que tuvo poco antes de morir, el florentino elegía ir al infierno “a discutir sobre política con los grandes espíritus” y no al paraíso en compañía de los biena­venturados.[59] El análisis político y la vida política eran su interés y su motor.   

Maquiavelo, hito historiográfico

En un texto más breve, de 1958 (publicado quince años después de Maquiavelo Historia­dor), Romero vuelve a pensar historiográficamente a Maquiavelo. Alejándose de los claros­curos con que lo retrataba en 1943, en esta ocasión le otorga un valor sobresa­liente al flo­rentino al considerar que su obra significó “un viraje decisivo en la considera­ción del pro­ble­ma histórico”. Dice:

“La historiografía difícilmente podrá olvidarse de la revolución que hace Maquiavelo en la concepción de la historia. (…) en cuanto se empieza a rastrear la revolución moderna en el campo de la interpretación historiográfica se advierte que la presencia de Maquiavelo no falta en ningún historiador”.[60]

El papel que desempeñó Agustín de Hipona en la forja de los esquemas interpretati­vos propios del Medioevo –que supusieron la anulación “del mundo la experiencia sensible, y su reemplazo por un mundo de valores intelectualmente elaborados”– fue equi­valente, en opinión de Romero, al peso que tuvo Maquiavelo en la elaboración del nuevo aparato her­menéutico utilizado para comprender los fenómenos históricos desde comienzos del siglo XVI. Este nuevo sistema de interpretación se impuso con rapidez, a di­ferencia del sistema cris­tiano, que había demorado siglos en asentarse, y selló la crisis de la forma cris­tiana de concebir la historia: implicó el abandono del idealismo cristiano-feudal que impe­día la dis­tinción entre moral y política. Convertir en doctrina el re­torno a la ex­periencia, a “los valo­res del mundo real”, fue entonces el “gran mérito” de Maquiavelo. Su sis­te­ma interpre­ta­tivo constituyó nada menos que “la aurora del pensamiento histórico moderno”.[61]

Ahora bien, Romero cree que Maquiavelo protagoniza un cambio en el “siste­ma de interpretación de la historia” pero habla de inmediato en términos más generales: se refiere a un cambio en el “sistema intelectual”, a una misión en “la historia del pensamiento occi­dental”, a una transformación del “sistema de verdades comunes”, a la legitimación ma­quiaveliana del “espíritu moderno” y afirma que es “la cultura moderna” la que “no pue­de explicarse sin Maquiavelo”. En opinión del argentino, la ponderación maquiaveliana de la experiencia como supremo valor interpretativo “en el campo común a la política y la his­toria” transformó el modo de pensar en Occidente. Su doctrina, dice, “sirve de funda­mento a la estructura del pensamiento moderno en relación con los problemas de la vida social. De ahí su inmensa significación”.[62]

No es casual, entonces, que Romero defina en este escrito de 1958 a la historia como “la vida del hombre y de las sociedades” y que destaque el peso del presente del florentino en su pensamiento, el hecho de que haya vivido un momento de aceleración del tiempo his­tórico. En su opinión, el breve pero firme intento de restauración del antiguo orden tradi­cio­nal que protagonizó Savonarola, nadando contra la corriente, puso ante los ojos de Ma­quia­velo “el espectáculo del dinamismo real, incontenible, de la vida política de su tiempo” y le ofreció un verdadero “fenómeno experimental de la política moderna”:

“Si se sigue el proceso de Savonarola desde el comienzo hasta el fin, se ve que en cuatro años Maquiavelo pudo manejar (…) todos los experimentos que los historiadores contemporáneos pueden percibir en la política moderna sólo en el plazo de un par de siglos”.[63]

En este texto, Romero comienza destacando el peso de Maquiavelo en términos histo­rio­gráficos pero luego se centra, por un lado, en la lectura maquiaveliana de aquel presente (dice: su mayor triunfo fue “haber descubierto con absoluta precisión los mecanis­mos que estaban caracterizando la política de su tiempo”) y, por el otro, en el impacto que dicha lec­tura tuvo en el modo en que los hombres se concibieron a sí mismos y pensaron la vida po­lítica de allí en adelante. Afirma, en este mismo sentido, que el florentino creó un sistema que se convertiría en “la Biblia de la política del mundo moderno” y que su antro­pología significó una “revolución copernicana” en el modo de entender el comportamiento del indi­viduo en comunidad.[64] El “determinismo político” maquiaveliano, construido sobre dichos pilares, constituiría para Romero “la teoría histórica de la Edad Moderna”.[65]¿Cómo está pensando entonces, él mismo, la historia? ¿Cuál es el objeto de estudio del historiador?

En el prólogo de La historia y la vida (1945), Romero compara la historia con un huso en el que “se envuel­ve poco a poco el hilo tenue de la vida vivida”. Se sirve allí del con­cep­to de ‘vida histórica’, sobre el cual, ya en los años ‘30, había sentado “las bases de una teoría de su objeto de estudio”.[66] Dicha noción refería al continuo temporal que hun­de sus raíces en el pasado, llega hasta el presente, con­torno siempre efímero de la expe­riencia históri­ca, y se proyecta hacia el futuro. Seña­la también en dicho escrito la importancia mo­nu­­mental del pa­sa­do en todo debate de ideas presente y pondera la particular “forma de militancia” que ofrece el saber histó­rico. Ad­vierte, por último, que es el presente quien inte­rroga al pa­sado: “es necesario que la an­gus­tia haya di­bujado en el espíritu la forma de lo que quisiéra­mos saber para poder lanzarse en busca de respuestas”.[67]

En 1952, el historiador argentino vuelve a preocuparse por esta cuestión y, en parti­cu­lar, por combatir el “divorcio entre la historia y la vida”. Este divorcio, alentado por el anti-historicismo nietzscheano,[68] era consecuencia del ensoberbecimiento mismo de la cien­cia his­­tó­rica, que había intentado emular a la ciencia natural y había aspirado, erróneamente, a con­struir un saber objetivo basado en la pura erudición y desligado de “cuanto interesa al hom­bre vivo”.[69] La huella de Dilthey es aquí muy clara. Luego, casi cuarenta años más tar­de de sus primeros escritos respecto de la ‘vida his­tórica’, Romero aún sostenía muchas de estas con­vicciones.[70] En 1975, afirmaba que “no hay vi­da ni acción ni creación posibles” sin una cons­tante apelación al “pasado de cada pre­sen­te” y, un año después, que la his­to­ria “no se ocupa del pasado. Le pre­gunta al pasado cosas que le interesan al hombre vi­vo”.[71] El concepto de ‘vida histórica’ conserva­ba una importancia central en su pen­samiento en esta etapa de plena madurez inte­lec­tual.[72] Le permitía comprender “la vida y la crea­ción cultural de todos los individuos y grupos que han exis­tido o existen” como un “flujo continuo”:

“lo que suele llamarse “presente” no es sino un acto de conciencia del individuo que incide en un punto temporal de ese flujo y divide subjetivamente el curso continuo de la vida histó­rica en dos etapas, una anterior y otra posterior a su personal incidencia en ella. Si el obser­vador crítico –el hombre en función de historiador–, hace abstracción de sí mismo, descubrirá que la vida histórica fluye perennemente, insensible a lo que cada uno llama “su” presente”.

Pasado, presente y futuro no son considerados “tramos de caracteres objetivamente distintos”. Por esto es que Romero va a incluir dentro del concepto de ‘vida histórica’ no sólo la ‘vida histórica vivida’ sino también la ‘vida histórica viviente’ y la ‘vida histórica por vivir’.[73] Desde una perspectiva cro­cea­na, Romero creía que la preocupación por el pre­sente y el futuro constituye el genuino mo­tor del conocimiento del pasado –“la única rea­li­dad”–[74] y define cuáles son los proble­mas históricos.[75]

Podemos decir, entonces, que el estudio del pasado y la preocupación por el presente tam­bién en Romero se van a “vertebrar de modo indisoluble”. No obstante, advertido de los errores y tergiversaciones descritos al analizar el modo de historiar de Maquiavelo, será consciente, en su propia labor, de los riesgos y tensiones existentes entre historia y política, entre conocimiento riguroso y conciencia históri­ca viva.[76] En efecto, es tam­bién en el prólogo de La his­toria y la vida, escrito un par de años después de la publicación de Ma­quia­velo historiador, donde Romero repara en la necesidad de manejarse con suma pru­den­cia a la hora de abor­dar el pasado, de atenerse a un exigente criterio de verdad:

“La interrogación del pasado exige más cautela que la que suele usarse, y más saber que el que a veces parece suficiente (…). No es, pues, prudente acercarse a él con ánimo desprevenido, porque no es fácil partear una verdad del turbio rimero de los testi­monios”.

Agrega también, poco más adelante:

“es nefasto –y pueril– acudir a cierto realismo ingenuo[77] para apoderarse de una imagen conveniente de la realidad extinguida que satisfaga las exigencias de una toma de posición”.[78]

Si bien afirma que “es casi imposible que el historiador adopte –aun queriéndolo– una actitud absolutamente objetiva y fría” debido a la innegable historicidad del conocimiento histó­rico mismo,[79] Romero imaginó que, si forjara un escudo para sí mismo, “el lema sería un obstinado rigor, preciosa frase de Leonardo”.[80]

Historia y política, pasado y presente

El sistema interpretativo al que Maquiavelo dotó de doctrina y legitimidad reinó, se­gún Romero, hasta el siglo XIX. Fue entonces cuando el impulso de poder dejó de ser con­siderado el motor fundamental de la historia y cobró importancia el impulso de riqueza, vis­to ahora como un plano diferenciado de –y no subsidiarioa el ámbito de lo político.[81] Esta transformación resultó clave para el estudio del hombre y las sociedades porque trajo consi­go una “redistribución de la responsabilidad histórica”, una valoración de las masas y la posibilidad misma de que surgiera una historia con acento en lo social:

“todos los sectores sociales, inclusive aquellos que a primera vista parecen un poco inertes, empiezan a aparecer, con capacidad de decisión. Y así se empieza a estimar la significación de las masas de los desposeídos…”.[82]

Cabe preguntar entonces, por qué llamó tanto la atención de José Luis Romero, a me­diados del siglo XX, la figura de Maquiavelo. Leandro Losada, en su libro de 2019, mues­tra que el tra­bajo de Romero formó parte de una época en la cual los intelectua­les argen­ti­nos, ante la crisis del liberalismo, volvieron a inte­resarse en la siempre contro­versial obra del florentino y a reconsiderar su figura. Relegado en el siglo XIX por ser con­si­derado un autor obsoleto, enemigo de la liber­tad, apologeta de la tiranía, la arbitra­riedad y la inmora­li­dad, fue recuperado y releído en la primera mitad del siglo XX (sobre todo en los años ‘30 y ‘40), ya para ser criticado, ya para ser reconocido, por motivos muy diversos y por intelec­tuales de un extremo y otro del arco político.[83]

Recordemos también, por otro lado, que Romero fue protagonista destaca­do de la renova­ción historiográfica que se alejó de la corriente intelectual que había sido hegemó­nica en las primeras décadas del XX en Argentina (la llamada “Nueva Escuela Histórica”) y que él mismo promovió, entre otras cosas, la creación del Centro de Estudios de Historia Social de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en 1958.[84] Jus­ta­­mente ese año Romero reco­nocía en Maquiavelo “el inmenso valor de dar la batalla de frente contra una estructura intelectual que consideraba caduca”. También en ese año –y di­fícilmente esto haya sido una casualidad– intuía que entre historiadores y cien­tistas sociales volvía a primar la “significación decisiva de lo puramente político”.[85] Veía que la historia vol­vía a ser considerada una suerte de proyec­ción de la acción de las elites de poder y que eso había conducido a una nueva pon­deración del pensamiento del florentino, aquel teórico apasionado por dilucidar cómo se luchaba entre los hombres por la conquista del poder:

“Me atrevería a decir que, después de la experiencia del fascismo y del nacional socialismo, hay en el campo de la interpretación histórica un cierto retorno a Maquiavelo”.[86]

            Su opción historiográfica por la historia social y la historia de la cultura, frente al “determinismo político” que atribuía al pensamiento maquiaveliano, era tal vez en­tonces una reacción a la tendencia que percibía en el campo de la historia en aquellos tiem­pos de posguerra. Armo­nizaba también con su matriz hermenéutica general y con su com­promiso político con el socialismo, dado que su concepción de la historia y de la vida social lejos es­taba de quitarle protagonismo a las masas.

Es cierto, no obstante, que un contem­po­ráneo de Romero como Mariano de Vedia y Mitre ha­bía visto en la obra de Maquiavelo, en la década del ’30, una ge­nuina de­fen­sa de la liber­tad del pueblo, la democracia y “la igual­dad de todos los ha­bitantes del país” –pos­tura que en el siglo XXI sostiene, por ejem­plo, John McCormick–. Fuera del ámbito local, también en los tem­pranos años ’30, Antonio Gramsci había hecho una lectura de Ma­quiavelo que incluía a las masas en la acción política. Encarcelado por el régimen fascista, se dispuso a examinar El Príncipe –en palabras de Portantiero– “con ojos de político”, es decir, como un mani­fies­to partidario, como un lla­mado a fundar un nuevo Estado. Y no vio en el prín­cipe a “una persona concreta” sino “un elemento de una socie­dad com­pleja” en torno del cual podía co­menzar a con­cre­tar­se “una voluntad colectiva”. Consideraba, en este sentido, que el énfasis que ponía el flo­rentino en la necesidad de reformar la milicia era un intento de que las masas irrum­pieran en la vida política.[87] Más adelante en el tiempo, Claude Lefort, crítico del ré­gi­­men sovié­ti­co, recuperaría la obra ma­quia­­ve­liana ha­cien­do hincapié, también, en la po­líti­ca y en el pueblo: propondría un re­greso a la po­lítica, re­legada por el marxismo orto­doxo co­mo mera imagen ideológica, puesto que, a sus ojos, el con­flicto entre “los grandes” y el pueblo, do­mi­nan­tes y dominados, era insal­va­ble e inhe­ren­te a cualquier sociedad política. Por su par­te, la lectura de Romero respecto del lu­gar que Maquiavelo concedía al pue­blo tenía largo alien­to –se alineaba, de hecho, con la interpreta­ción de Marx y Engels y también con la de Dil­they– y sería luego defendida por destacados especialistas, como por ejemplo Quentin Skinner.[88]

Cualquiera sea caso, la interpretación que hace Romero del pensamiento de Maquia­velo no engar­zaba del todo bien con su in­terés por la historia social y cultural ni con su pre­o­cupación por las masas. Esta preocupa­ción aparece muy temprano en sus escritos y va a perdurar en el tiempo. Meses después del golpe de 1930, decía: “A quien de aquí en ade­lante se encarame a la florida rama del poder, bueno será gritarle un alerta antes innecesario y recordarle este suceso paradójico: ya existe pue­blo”.[89] A sus ojos, la caída del radicalismo ponía en evidencia la heterogeneidad y la con­fusión que reinaba en las masas. Como sos­tiene Omar Acha, en ta­les circunstancias, Ro­mero otorgaba a la historio­grafía la doble tarea de (a) “conferir sen­ti­do a la historia para cre­ar las condiciones espi­ri­tuales míni­mas para su­perar el descon­cierto reinante” y (b) “elevar la conciencia de las ma­sas surgidas en la socie­dad moder­na”.[90] En efecto, si bien Romero atri­buía a las masas un carácter con­servador y las definía como reproductoras de valores mediocres[91], consideraba que, cuando aquellas se disponían a la acción, cuando salían del letargo y adquirían conciencia histórica, podía ocurrir el hecho revolucio­nario:

“Es inexacto creer que la revolución es la transformación de un algo dado (…). La revolución es algo previo, una conciencia colectiva que aparece y que sirve como soporte común donde asentar una inspiración, un impulso. Reducir a un estado de conciencia común todas las individualidades que componen la masa, uniformizar las reacciones ante un fenómeno cualquiera, eso es la revolución”.[92]

Años después, a mediados de los ’40, Romero escribía en El Iniciador que era una misión fundamental “luchar por la libertad y la cultura del pueblo”. El Iniciador era un pe­riódico socialista crítico de la conduc­ción que entonces tenía el partido en la Argentina (Ro­me­ro, de hecho, se había afiliado al Partido Socialista recién en 1945, debido a las dife­ren­cias que mantenía con sus líderes).[93] Decía allí, entonces: “no hay dignificación del proleta­riado ni ele­vación social sin una lenta y metódica educación de las masas (…). Porque solo la ig­no­ran­cia y el desprecio por la inteligencia y la cultura pudieron preparar este brote de to­ta­li­ta­ris­mo criollo que hoy nos amenaza”.[94] Un par de meses más tarde volvía a escribir en el mis­mo perió­dico de­sa­nimado por no hallar “la más mínima capacidad discriminativa en esa masa vo­tan­te”, que había ubicado en los prin­cipales puestos de poder a hombres que pertenecían “a los grupos más reaccionarios del país”. Afirmaba, a continuación, que era “deber de los ciu­dadanos de­mo­cráticos contribuir a esclarecer su conciencia” para impedir que fuera “arras­trada más y más hacia el preci­pi­cio”.[95]

Al decir de Omar Acha, Romero dedicó varios de sus escritos a problematizar el com­ple­jo vínculo entre éli­tes y masas, cuestionó “a las minorías selectas como sujetos his­tó­ri­cos y sociales” y estu­dió los caracteres propios y autónomos de las masas en diversos textos como “Lo representativo del alma popular” (también en El Iniciador, en 1946), “Los ele­mentos de la realidad es­pi­ritual argentina” (1947) o, más tarde, Latinoamérica: las ciu­da­des y las ideas (1976).[96] En 1952, en De Heródoto a Polibio, explicitaba su interés por las multitudes:

                     “por las mismas razones que asistían a Amyot, a Guevara, a Maquiavelo o a Bossuet en otras épocas para preocuparse por la formación histórica del príncipe, es imprescindible ocuparse hoy de las multitudes, de quienes viven esa «opinión media» que adquiere cada día mayor valor. Problema nuevo, sus dificultades son inmensas, pero no por eso debe dejar de destacar su urgencia quien está convencido de ella”.[97]

Sin duda, entonces, el historiador argentino tuvo un desarrollado carácter militante y su conciencia his­tórica moldeó y “vigiló”, a un tiempo, sus investigaciones históricas. En opi­­nión de Wal­do Ansaldi, pese a ser un reconocido hombre de partido Romero procuró que dicha con­di­ción no se confundiera con la comprensión histórica: “por un lado estaban los juicios de va­lor, las opiniones partidarias; por el otro, el análisis histórico fundado. Po­día equivocarse en éste, pero no por subordinarlo a los prime­ros”.[98] Halperin Donghi, por su parte, sostuvo que “iba a esforzarse constantemente por mantener separadas sus conclu­sio­nes teóricas de las convicciones que guiaban su acción, con una pulcritud que iba a pare­cer anacrónica y sor­prendente en un hombre de tan firme militancia”.[99] Desde esta perspec­tiva, en­ton­ces, Romero evitaba cometer los errores que adjudicaba en 1943 al Maquiavelo histo­ria­dor y no supedi­taba el examen y la comprensión de la historia a sus propios ideales políticos.

Desde otro punto de vista, José Emilio Burucúa afirmó que Romero no era consciente en aque­llos primeros años de su carrera “de que él mismo reeditaría en su exis­tencia, con un acento en lo intelectual, la contradicción que destacaba en el Florentino”.[100] Ri­cardo Pa­solini, por su parte, sos­tuvo que en la obra de Romero “no resulta del todo claro estable­cer cuán­do predomina el historiador y cuándo el actor cívico, en la me­di­da en que ambos perfi­les de su intervención recurren a la matriz histórica de la narratio rerum gestarum co­mo un in­sumo fundamental de la argumentación”.[101] Gallego considera que, en cualquier caso, da­da la gran ca­paci­dad de Romero para interpelar al público y hacerlo pensar en “su in­te­rés co­mo sujeto”, “pagar el precio del anacronismo (…) o del presentismo”, si lo hu­biera, re­sul­ta “una suma módica ante tamaña empresa intelectual”.[102] Horacio Zapata, final­mente, con­sideró que, para Romero, “el talón de Aquiles del se­gui­miento del propio pensa­miento his­toriográ­fico” radicaba en “el reconocimiento del ine­ludible registro de subjetivi­dad y com­promiso” a la hora de interpretar la vida histórica.[103] Ahora bien, ¿se trata este recono­ci­mien­to de un verdadero talón de Aquiles?

En 1973, al ser entrevistado respecto de la enseñanza de la historia en Argentina “en un con­texto altamente politizado y en el cual la historiografía y el uso del pasado habían de­venido campo de lucha político e ideológica”, [104] Romero sostenía lo siguiente:

“la historia se enseña muy mal en todos los grados de la enseñanza. Pero (…) la culpa no es de los maestros y los profesores: es de la ciencia histórica misma, cuya estructura epistemoló­gica y cuyas peculiaridades generales plantean problemas graves y casi insolubles. (…) La historia no se enseña como una ciencia sino como una disciplina destinada a crear, o a forta­lecer, o a negar, una imagen del pasado que conviene a la orientación predominante. Y esto ha ocurrido siempre…”.[105]

El historiador era absolutamente consciente de lo difícil que resulta en ocasiones dife­renciar con nitidez el campo del análisis histórico y el campo de la política (unidad gra­ní­tica que había descubierto, décadas antes, en la obra de Maquiavelo). Ante este problema in­trínseco a la disciplina histórica, él ya había en­contrado cierto optimismo en la propia conciencia histórica, por un lado, y en el trabajo profesional riguroso, por el otro. Es decir, el registro de la propia subjetividad no era un talón de Aquiles sino todo lo contrario: en su opinión, “tomar conciencia de la dirección que se imprime a la interpretación”, para poder ejercer “una crítica vigilante sobre el punto de vista” era la regla más saludable para inten­tar alcanzar “una objetividad de fondo”.[106] Romero se preocupó, de este modo, por no caer en los errores que frustraron la labor de Maquiavelo como historiador. Ejemplo de lo dicho es el epílogo de su libro Las ideas políticas en Argentina, de 1946:

“Hombre de partido, el autor quiere, sin embargo, expresar sus propias convicciones, asenta­das en un examen del que cree inferir que sólo la democracia socialista puede ofrecer una po­sitiva solución a la disyuntiva entre demagogia y autocracia (…). Pero el autor teme que esta afirmación incite a algunos a sospechar de su objetividad y repite que no le otorga otro valor que el de una opinión. Si la confía a este epílogo, es para cumplir con lo que considera un deber de conciencia. (…) la historia sólo apasiona a quien apasiona la vida, y el autor cree que, en este punto de su examen, le es ya lícito confesar su pasión, siquiera sea para que el lector pueda confiar en que procuró acallarla hasta este instante y, acaso, para ofrecerle la clave de lo que en este examen pueda ser su involuntario y apasionado error”.[107]

Sin duda, como afirma Acha, Romero siguió la huella de historiadores que lograron crear “un sistema propio y singular” para comprender la vida histó­rica y que eran “modelos de acción e intervención en la reali­dad de cada época”, como Nicolás Maquiavelo. Romero es­culpía en “los perfiles de predecesores su propia fiso­no­mía”, por identificación y por con­traste, por acuerdo y por divergencia.[108] En aquella figura del Re­nacimiento, vería a un ver­dadero grande de la historia del pensamiento, que, como Marx siglos después, pudo ver el revés de la trama. Con todo, hijo y actor de sus tiempos, Rome­ro no centraría sus estudios en el aspecto político-institucionalista tan caro a Maquiavelo (relegando el mo­nismo expli­cativo en sentido amplio), ponderaría el lugar de las masas y se alejaría de cual­quier noción antropo­lógica inmutable.[109] Pero sobre todo la ambi­güe­dad que sintió tem­pra­namente ante la obra de Maquia­velo –el reparo y la admira­ción– fun­­cionaría como un aviso de las posi­bles “interferencias” que podían surgir en­tre el Ro­me­ro historiador y el Romero militante o, si se quiere, el Romero políticamente comprometido. Si bien no volvió a re­ferirse al flo­ren­tino como un his­toriador frustrado luego de 1943, sí reeditó lo escrito aquel año en 1970 (y, aunque el pró­logo ac­tua­lizaba sus interpre­taciones, no empañaba ni negaba en abso­luto el texto original).[110] Ro­mero era cons­ciente de la interesante paradoja y la gran adver­tencia que ­significó su primera lec­tura de Maquiave­lo: fue un historiador frustrado que revo­lu­cionó el pensamiento histó­ri­co, un excelso intér­prete de la “vida histórica viviente” que fa­lló en el análisis de la “vida histórica vivida”.[111] Alerta y prevenido, el intelectual argentino defendería el rigor empíri­co con su propia labor profe­sio­nal, cons­ciente de que “el histo­ria­dor es el alquimista más fi­no que pueda ima­gi­nar­se”.[112] No dejaría de buscar para sí mismo el justo e­quilibrio entre ideología y pretensión de verdad, entre com­pro­miso político y cien­cia histórica, que no ha­lló en el florentino.[113]


[1] Carta personal a René Balestra, citada en: Romero, Luis Alberto. “José Luis Romero, Historiador ciudada­no” (Comunicación del académico de número Luis Alberto Romero, en la sesión privada de la Academia Na­cional de Ciencias Morales y Políticas, el 28 de junio de 2017). En: Anales de la Academia Nacional de Cien­cias Morales y Políticas, XLIV, 2017, p. 134.

[2] Romero, José Luis. “Prólogo”. En La historia y la vida. Tucumán-Buenos Aires-La Plata, Yerba Buena, 1945.

[3] Ver, por ejemplo: Acha, Omar. La trama profunda. Historia y vida en José Luis Romero. Buenos Aires, El cielo por asal­to, 2005, p. 18 y Gallego, Julián. “De Heródoto a Romero: la función social del historiador”. En José Luis Romero. Vida histórica, ciudad y cultura (eds. José Emilio Burucúa et alii). San Martín, UNSAM Edita, 2013, pp. 177, 184-185.

[4] Romero, José Luis. “Introducción a la edición de 1970”, en Maquiavelo historiador. Buenos Aires, Signos, 1970.

[5] Ibidem. Dice Romero: “Reconocer una metafísica, pero operar como si esa metafísica no existiera, fue una actitud propia de la mentalidad burguesa”.

[6] Ibidem. En 1969, Romero lo definió como un “disecciona­dor perfecto de las peculiaridades de la burguesía florentina”, puesto que conocía “de una manera acabada sus tendencias generales, sus modos de vida, sus preferencias, sus formas de mentalidad” (Romero, José Luis. “Maquiavelo. A 500 años de su naci­miento”. En Hebraica, 536, Buenos Aires, marzo-agosto de 1969).

[7] Romero, José Luis. “Introducción a la edición de 1970”. Romero había hecho énfasis en esta idea un año an­tes, en 1969: “Hay en toda la segunda mitad del siglo XV una tendencia al enmascaramiento que está pre­sen­te, por lo demás, en toda la creación literaria y plástica de la época” (Ibidem. “Maquiavelo. A 500 años de su na­cimiento”); “Fue ese patriciado el que es­tableció un compromiso secreto de obrar según la nueva ima­gen del hombre y de la sociedad pero en­cu­briendo sus nuevos fines con una refinada retórica que declaraba su nos­tálgico respeto por los fines viejos. La innovación de Maquiavelo en el campo del pensamiento político (…) consistió fundamentalmente en ignorar ese compromiso surgido en el seno de las capas más altas de las bur­guesías urbanas” (Ibidem. “Ni­colás Maquiavelo, ideologías y estra­tegias”. En Raíces, 10, Buenos Aires, sep­tiembre de 1969). Finalmente, también dirá en Cri­sis y orden en el mundo feudoburgués (Siglo XXI, Mé­xico, 1980, p. 131) que su grandeza intelec­tual “consiste en haber descubierto y expresado lo que las burgue­sías pensaban ínti­ma­mente, a veces disimu­lando su pensamiento. Las cosas habían empezado a ser llamadas por su nombre”.

[8] Romero, José Luis. “Nicolás Maquiavelo”. En Estuario, Montevideo, 1958.

[9]                                                                                                                           Romero, José Luis. “Introducción a la edición de 1970” y Crisis y orden en el mundo feudoburgués, pp. 131-132. Sobre el uso del concepto de ‘enmascaramiento’ en la obra de Romero, ver Burucúa, José Emilio. “José Luis Romero: encubrimiento, enmascaramiento”. En: José Luis Romero. Obras completas – Archivo digital, 2020 (https://jlromero.com.ar/).                                                      

[10] Romero, José Luis, “Maquiavelo. A 500 años de su nacimiento”.

[11] Luna, Félix. Conversaciones con José Luis Romero. Buenos Aires, Timerman, 1976. Como bien sostiene I. Ber­lin, esta idea tiene larga tradición: Bacon y Spinoza vieron en Maquiavelo a un realista supremo que evi­ta­ba cual­quier tipo de fantasía utópica (y, podríamos agregar, también Dilthey señaló más tarde que Maquiavelo “por todas partes dio muestras de un genial talento de observación” y que trataba “de explicar lo que es”, no lo que debía ser). Ya en el siglo XX, Friedrich Meinecke sostuvo lo pro­pio (en 1927) y por ello pu­do ver en Maquiavelo al padre de la “razón de Estado”. Con todo, esta visión no fue unánime. René König (1941) y Renzo Sereno (1959), como indica Berlin, vieron en él “an aesthete see­king to escape from the chao­tic an squalid world of the decadent Italy of his time into a dream of pure art, a man not interested in practice who painted an ideal political landscape” o “a bitterly frustrated man” que construyó una fantasía (ver Berlin, Isaiah. Against the Current. Essays in the History of Ideas. New York, The Viking Press, 1980, pp. 31-32 y Dilthey, Wilhelm. Obras II. Hombre y mundo en los siglos XVI y XVII (trad. E. Ímaz). México, FCE, 2013 (1914), pp. 45, 47). La idea de “desenmascaramiento” de Romero, por otra parte, aparecerá luego, de otras formas, en trabajos pos­­teriores. Un especialista en la materia como Maurizio Viroli, en su conocido estudio sobre el pensamiento político renacentista (en el cual argumenta en favor de un proceso de transición, que parte de la hegemonía de la ‘política’ y culmina en el triunfo de la ‘razón de Es­tado’) sostiene que, cuando Maquiavelo escribía El Príncipe, “las reglas del arte del Estado sólo se su­su­rraban en reuniones restringidas o se las mencionaba en car­tas privadas y memoranda. Casi se podría decir que, en tiempos de Maquiavelo, el arte del Estado vivía a la sombra de la política” (Viro­li, Maurizio. De la Política a la razón de Estado. La ad­quisición y transfor­ma­ción del lenguaje político (1250-1600) (trad. Sandra Chapa­rro). Madrid, Akal, 2009 (1992), p. 167).

[12] Romero, José Luis. “Introducción a la edición de 1970”.

[13] Romero, José Luis. Maquiavelo historiador. Buenos Aires, Nova, 1943.

[14] Romero, José Luis. “Introducción a la edición de 1970” y “Nicolás Maquiavelo”. Dice Romero también en otro de sus escritos: “decisiva es la importancia que Maquiavelo atribuyó a la realidad, al ser de las cosas, más que al deber ser. La suya era la típica actitud de la burguesía que quería operar sobre la realidad, para lo cual aspi­raba a conocerla y a penetrar su propia ley interna” (Romero, José Luis. “Burguesía y renacimiento”, en Hu­manidades, Mérida, julio-diciembre de 1960).

[15] Romero, José Luis. Maquiavelo historiador.

[16] Ibidem.

[17] Dice al respecto Romero en “Nicolás Maquiavelo” (1958): “quería que Italia llegara a ser una unidad políti­ca capaz de contraponerse a las grandes unidades políticas que se habían formado en su tiempo”. En “Nicolás Maquiavelo, ideologías y estrategias” (1969), dice: “Su ideología era la requerida hic et nunc y cristalizaba en el modelo de un estado nacional italiano centralizado y absolutista, como la Francia de Luis XI, como la In­glaterra de Enrique VIII”.

[18] Romero, José Luis. “1513. Nicolás Maquiavelo reflexiona sobre los príncipes en San Casciano”. En El gran teatro del mundo. Historias de la historia (Edición al cuidado de María Luz Romero). Buenos Aires, Emecé, 2012.

[19] Acha, Omar. Op. cit., p. 21.

[20] Romero, José Luis. “Nicolás Ma­quiavelo” y “Nicolás Maquiavelo, ideologías y estra­tegias”.

[21] Romero, José Luis. Maquiavelo Historiador.

[22] Romero, José Luis. “Introducción a la edición de 1970”.

[23] Romero, José Luis. Maquiavelo Historiador.

[24] Ibidem. Dice Romero: “es una empresa estéril procurar discriminar el creador del sistemático o del historia­dor, como formas de expresión independientes”.

[25] Ibidem.

[26] Ibidem. Romero cita a Dilthey en traducción italiana (L’analisi dell’uomo e l’intuizione della natura). El fi­lósofo alemán sostuvo que “Maquiavelo renovó la idea romana de dominio” y que con él “se inaugura una nue­­va concepción del hombre”, concebido como “una fuerza de la naturaleza, una energía viva”. Agregaba: “lo que quiere expresar es que los hombres tienen una inclinación irresistible a pasar de los deseos al mal si na­da les refrena: animalidad, ins­tintos, pasiones, constituyen la médula de la naturaleza humana, sobre todo el a­mor y el temor. Se muestra inagotable en sus observaciones psicológicas sobre el juego de las pasiones, so­bre (…) el predominio de la pasión primaria sobre el principio moral secundario” (Dilthey, Wilhelm. Op. cit., pp. 38, 44, 47-48).

[27] Romero, José Luis. “Nicolás Maquiavelo”. El autor también enfatiza cuánto difiere la concepción naturalis­ta del hombre maquiaveliana de “toda la política medieval”, caracterizada por “una especie de omisión de la conducta real y una afirmación del deber ser como si fuera realmente el ser”.

[28] Romero, José Luis. Maquiavelo Historiador. En palabras de Dilthey: “Maquiavelo desconoce toda morali­dad autónoma de origen interno y sólo admite la virtù operada por el Estado”. En su opinión, el florentino de­fiende el “principio de la ho­mo­geneidad del hombre en todas las épocas” y sostiene que la uniforme natu­ra­leza humana “se le concreta primero nega­ti­va­mente, porque no reconoce ninguna autonomía moral”. En el pensamiento de Maquiavelo (seguidor de Polibio) “se deriva de la naturaleza del hombre la tarea más general del arte de gobierno” (Dilthey, Wilhelm. Op. cit., pp. 48-49).

[29] Romero, José Luis. Maquiavelo Historiador. Dice Romero: “Acaso nada tan decisivo y firme hay en su actitud ante la historia como la convic­ción de su inmanencia, en franca oposición con la trascendencia me­die­val. El hombre se realiza en la tierra y sus fines, en consecuencia, no pueden sino estar en la tierra”.

[30] Contrasta esta idea con lo dicho por Skinner: “Maquiavelo (…) sólo de paso menciona la cuestión de la “pre­paración intelectual” del soberano, quizá porque genuinamente creyera (…) que la mejor educación para un príncipe consistiría sencillamente en memorizar El príncipe” (Skinner, Quen­tin. Los fundamentos del pen­samiento político moderno I: El Renacimiento. FCE, 2013 (1978), p. 141). Dado que Romero subraya el peso de la cultura romana en Maquiavelo (su  idea de que la máxima dignidad del hom­bre se al­can­za a través de “la volun­tad de dominio en sentido romano”, su deuda con Polibio o Tito Livio, etc.), sería interesante cotejar también aquella idea con la lectura dicotómica del pensamiento polí­ti­co re­na­cen­­tista que plantea Nelson. En opinión de este último, existía una fisura muy marcada entre dos re­presen­ta­cio­nes muy distintas del gobierno republicano en la Modernidad temprana: una derivada de la anti­güedad ro­mana y otra inspirada en los principales textos griegos de filosofía moral y política (Nelson, Eric. “Utopia through Italian Eyes: Thomas More and the Critics of Civic Humanism”. En Renai­ssance Quarterly, 59, 2006, pp. 1029-57).

[31] Romero, José Luis. Maquiavelo Historiador. En “Nicolás Maquiavelo”, dice Romero: “No se le oculta a Ma­quiavelo la significación de la estructura económica, pero afirma categóricamente que quien tiene el poder tiene dinero”.

[32] Romero, José Luis. “Nicolás Maquiavelo”.

[33] Romero, José Luis. Maquiavelo Historiador.

[34] Romero, José Luis. Maquiavelo Historiador. Viroli, décadas después, hará hincapié en otra interpretación de la noción de ‘Estado’ en la obra de Maquiavelo (ver Viroli, Maurizio. Op. cit., pp. 164-165).

[35] Ibidem. Romero cita la Introduzione a Il Principe de Chabod, de 1927.Si bien la interpretación croceana se ha instalado bastante, mucho se ha debatido sobre esta cuestión. Skinner, por ejemplo, sostuvo que “la dife­rencia entre Maquiavelo y sus con­temporá­neos no puede caracteri­zarse adecuadamente como una diferencia entre una visión moral de la po­lí­ti­ca y una visión de la política co­mo divorciada de la moral. Antes bien, el contraste esencial es entre dos mo­ra­les dis­tin­tas: dos explicaciones rivales e incompatibles de lo que, a la postre, debe hacerse”. Es decir la di­fe­renc­ia de­ci­si­va entre Maquiavelo y sus contemporáneos “se encuentra en la naturaleza de los métodos” y no en los fines que pretendían alcanz­ar (Skinner, Quentin. Los fundamentos…, p. 152). Berlin habló tam­­bién de dos formas de moralidad (pa­ga­na/cristiana) distintas e in­compatibles en el pensamiento de Ma­quia­­­velo. Éste sería partidario de la moral pa­gana (Berlin, Isaiah. Op. cit., p. ). L. Strauss, en cambio, sostuvo que “Machia­velli’s teaching is immoral and irreligious”, en la línea de los an­ti­guos “antimaquiavelos” (Strauss, Leo. Thoughts on Machiavelli. Glencoe, III. The Free Press, 1958, p. 12). Tam­bién hubo quien interpretó a Ma­quiavelo como un autor a-moral que fue “objetivo” o científico avant la lettre en sus análisis, dejando de lado la ética (Ernst Cassirer, por ejem­plo) y quien sostuvo que sus pasajes más po­lé­micos en términos morales no eran más que sátira (como Garret Mattingly). Cf. Berlin, Isaiah, Op. cit., pp. 27, 29.

[36] Cf. Ginzburg, Carlo. “Maquiavelo, la excepción y la regla. Líneas de una investigación en curso”. En INGENIUM. Revista de historia del pensa­miento moderno, 4, jul.-dic., 2010, p. 16. Como indica Ginzburg, Croce publica el texto mencionado pocas semanas después de que una unidad fascista asesinara al diputado socialista Giacomo Matteotti. Frente a la lectura que Mussolini hacía de El Príncipe –veía en la obra un oportuno desprecio por los hombres y un gran elogio de la fuerza–, Croce destacaba, en cambio, la conciencia moral de Maquiavelo, el peso de la religión en su concepción de la política y su anhelo por “una irrealizable sociedad de hombres buenos y puros”.

[37] Romero, José Luis. Crisis y orden en el mundo feudoburgués, p. 131.

[38] Romero, José Luis. Maquiavelo Historiador. Sobre el “realismo político” y Maquiavelo, ver: Romero, José Luis. Crisis y orden en el mundo feudoburgués, pp. 148-150.

[39] Romero, José Luis. Maquiavelo Historiador.

[40] Losada sostiene que Romero “apuntó la posibilidad de que la libertad de la patria, entendida como bien co­mún, fuera invocada para socavar las libertades individuales”, que “puso en tela de juicio la importancia de la libertad para Maquiavelo” y que “precisó las tensiones posibles entre algunos de sus motivos republicanos (como el patriotismo) y las libertades individuales”. Para Romero, dice, “Maquiavelo podía ser un autor del autoritarismo debido a su republicanismo” (Losada, Leandro. Maquiavelo en la Argentina. Usos y lecturas, 1830-1940. Buenos Aires, Katz, 2019, pp. 163-164). Quizás aquí nuevamente Romero recoge los ecos del pen­samiento de Dilthey. Éste había dicho que Maquiavelo era “un republicano moderado en el viejo sentido ro­mano” que, a la vista de la corrupción imperante en su época y de la invasión y la desmembración del país, creyó necesario que se instituyera “una monarquía nacional sobre nuevas bases, no sólo con el hierro y la san­gre, sino con una sus­pensión completa de todos los principios de moral. Una contradicción terrible, pues con los medios de César Borgia pretende establecer un nuevo orden duradero de la sociedad. (…) Es el primer ro­mano que ha hecho valer la idea imperial del mundo romano en las nuevas condiciones de las naciones mo­dernas” (Dilthey, Wilhelm. Op. cit., p. 49).

[41] “Su idea fundamental es la uniformidad de la naturaleza humana. No podemos cambiarnos, si­no que de­be­mos se­guir la propensión de nuestra naturaleza (…). En esto descansa la posibilidad de la ciencia política, la previ­sión del futuro y la utilización de la historia” (Dilthey, Wilhelm. Op. cit., p. 47).

[42] Romero, José Luis. Maquiavelo Historiador.

[43] Romero, José Luis.Maquiavelo Historiador y “Nicolás Maquiavelo”.

[44] “No niega el deber ser; no es un maquiavélico. Afirma que el deber ser es algo que el hombre postula y ha­cia lo cual aspira, pero se limita a observar que luego no vive según el deber ser, sino según un cierto tipo de relaciones que sólo en casos excepcionales se remonta por encima del ser hacia el deber ser” (Romero, José Luis. “Nicolás Maquiavelo”). Respecto de la diferencia entre ‘maquiavélico’ y ‘maquiaveliano’, ver: Barbuto, Marcelo. “El momento maquiaveliano: pro­puesta de un nuevo vocablo para el Diccionario de la lengua espa­ñola (DRAE)”. En Desafíos, 25, 2, 2013, pp. 15-33.

[45] Romero, José Luis. “Nicolás Maquiavelo”.

[46] Romero, José Luis. Maquiavelo Historiador.

[47] Ibidem.

[48] Tomo el último punto enumerado como ejemplo de las múltiples interpretaciones de Maquiavelo que aún per­s­isten: si bien Pocock logró asentar en la historiografía la lectura repu­blica­na –“harringtoniana”– de la obra de Maquiavelo (línea que comparte, con matices, con Pettit, Viroli o Skinner), ha perdurado también la visión que presenta a Maquiavelo como un defensor del poder principesco (sostenida, por ejemplo, por Mario Marte­lli) y, también, la de quienes ven en el florentino a un autor profundamente democrático e incluso “revo­lu­cio­na­rio”, siguiendo las huellas de Gramsci o Althusser (McCormick es un autor que destaca en este sen­ti­do). Ver: Pocock, John. The Machiavellian Moment: Florentine Political Thought and the Atlantic Republican Tradition. Princeton, Princeton University Press, 1975; Martelli, Mario. “Machiavelli e Firenze dalla Repu­bblica al Principato”. En Niccolò Machiavelli politico storico letterato. Atti del Convegno di Losanna, 27-30 settembre 1995 (ed. J. J. Marchand). Roma, Salerno, 1996, pp. 15-31 (publicado luego en: Martelli, Mario. Tra filologia e storia. Otto studi machiavelliani (ed. F. Bausi). Salerno, Roma, 2009, pp. 35-51); McCormick, John. Machiavellian democracy. Cambridge: Cambridge University Press, 2011.

[49] Dilthey había llamado a Maquiavelo “el mayor historiador de la época” y hablado de sus “maravillosas ca­racteriza­cio­nes históricas” (Dilthey, Wilhelm. Op. cit., pp. 51, 347). Los bemoles que encuentra Romero, en cam­bio, en la forma de historiar maquiaveliana son –hasta donde entiendo– fruto de su propio trabajo docu­men­tal. Sí luego otros especialistas investigarán en esta línea. Di Maria sostuvo en 1992: “Much has been wri­tten on Machiavelli’s distortion of certain events narrated in the Istorie and on the inaccuracy of dates, na­mes, and places concerning those events. Cochrane, 269, suggests that had Machiavelli been alive when the work appeared in print (1532) ‘he would certainly have faced charges of having plagiarized and misconstrued his sources’” (Di Maria, Salvatore. “Machiavelli’s Ironic View of History: The Istorie Fiorentine”. En Renaissan­ce Quarterly, 45, 2, 1992, p. 249). El referido trabajo de Cochrane es el siguiente:Cochrane, Eric. Historians and Historiography in the Italian Renaissance. Chicago, 1981. Otros trabajos destacados sobre el tema, pos­te­riores todos ellos a la monografía historiográfica de Romero, son: Gilbert, Felix. Machiavelli and Guicciardi­ni: Politics and History in Sixteenth-Century Florence. Princeton, Princeton University Press, 1965; Idem. “Machiavelli’s Istorie Fio­rentine”. En Studies on Machiavelli (ed. M. P. Gilmore), Florencia, Sansoni, 1972, pp. 75-99; Phillips, Mark. “Ma­chiavelli, Guicciardini, and the Tradition of Vernacular Historiography in Florence”. En The American Histo­rical Review, 84, 1, 1979, pp. 86-105.

[50] Romero, José Luis. Maquiavelo Historiador.

[51] Ibidem. Romero analizó la crisis del orden ecuménico y el surgimiento de la “nueva política” en: Romero, José Luis. Crisis y orden en el mundo feudoburgués, pp. 133-150.

[52] Romero, José Luis. Maquiavelo Historiador.

[53] Ibidem.

[54] Ibidem. Romero afirma que, incluso en los escritos estrictamente históricos de Maquiavelo, como las Istorie fiorentine o La vita di Castruccio Castracani, hay “deformación intencionada” e “interpolación de fragmentos normativos o sistemáticos”. Y, en sus obras no históricas, como I discorsi Il Principe, percibe tanto la “ex­traordinaria acuidad perceptiva de Maquiavelo para la comprensión de determinados períodos” como una “to­tal incapacidad” para el análisis de otros.

[55] Romero, José Luis. Maquiavelo Historiador.

[56] Ibidem. En palabras de Leandro Losada: “según Romero, Maquiavelo no había aplicado a lo largo de su obra lo que había propuesto, pues si era visible su atención a la “veritá effetuale” en sus escritos políticos, no lo era en sus textos históricos”; “para Romero el normativo había vencido al historiador, precisamente porque el rigor empírico había quedado subordinado a un objetivo político” (Losada, Leandro. Op. cit., pp. 132, 133).

[57] Romero, José Luis. Maquiavelo Historiador.

[58] Ibidem. El resaltado es mío.

[59] Romero, José Luis, “Nicolás Maquiavelo, ideologías y estrategias”.

[60] Romero, José Luis. “Nicolás Maquiavelo”.

[61] Ibidem.

[62] Ibidem.

[63] Romero, José Luis. “Nicolás Maquiavelo”. Romero se refirió a Savonarola como “el fraile apocalíptico de Florencia que soñaba contener el impulso renovador de la modernidad con su áspero clamor” (Romero, José Luis. “Figuras renacentistas”. En La Razón, Buenos Aires, 23 de junio de 1946).

[64] Romero, José Luis. “Nicolás Maquiavelo”.

[65] Ibidem.

[66] Romero, Luis Alberto. “Prólogo”. En Romero, José Luis. Latinoamérica. Las ciudades y las ideas, Buenos Aires, Siglo XXI, 1976, p. iv. Como señala Luis Alberto Romero, el concepto de ‘vida histórica’ “debía tener una entidad epistemológica similar a la de ‘naturaleza’ en el mundo de las ciencias naturales”. Luis Al­berto Romero afir­ma que la reflexión sobre la relación del hombre con su pasado, en la vida de José Luis Romero, corrió de modo paralelo a la tarea de historiador (Romero, Luis Alberto. “Prefacio”. En Romero, José Luis. La vida histórica. Ensayos compilados por Luis Alberto Romero. Buenos Aires, Sudamericana, 1987).

[67] Romero, José Luis. “Prólogo”. En La historia y la vida.

[68] Con Nietzsche coincidiría, no obstante, en su concepción burckhardtiana del Renacimiento.

[69] Romero, José Luis. De Heródoto a Polibio. El pensamiento histórico de la cultura griega. Buenos Aires, Espasa Calpe, 1952.

[70] Luis Alberto Romero afirma: “las intuiciones planteadas en sus escritos juveniles son sustancialmente similares a las reflexiones de sus obras de madurez” (Romero, Luis Alberto. “Prefacio”).

[71] Romero, José Luis. “El hombre y el pasado”. En Clarín, Buenos Aires, 4 de diciembre de 1975; Luna, Félix. Op. cit.

[72] Romero, José Luis. “El concepto de vida histórica”. En Historia, problema y promesa. Homenaje a Jorge Basadre (eds. F. Miró Quesada et alii). Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 1978 [1975]. Ver sobre este concepto: Pasolini, Ricardo. “La ‘vida histórica’, un concepto clave de José Luis Romero”. En: José Luis Romero. Obras completas – Archivo digital (https://jlromero.com­.ar/).

[73] Romero, José Luis. “El concepto de vida histórica”. Dice Romero: “Cubre, pues, el concepto de vida histó­rica tanto el pasado como el futuro, más la instancia subjetiva identificada en cada instante como presente”.

[74] Romero, José Luis. “El hombre y el pasado”.

[75] Croce afirmaba: “Los requerimientos prácticos que laten bajo cada juicio histórico dan a toda la historia ca­rácter de “historia contemporánea”, por lejanos en el tiempo que puedan parecer los hechos por ella referidos; la historia, en realidad, está en relación con las necesidades actuales y la situación presente en que vibran aquellos hechos (Croce, Benedetto La historia como hazaña de la libertad (trad. E. Díez-Canedo). Mé­xico, FCE, 2005, p. 13 (el texto original, La storia come pensiero e come azione, fue publicado en Bari en 1938).

[76] Pasolini afirma que pensar la ‘conciencia histórica’ como una potencial ‘conciencia vigilante’ “pareciera ser una solución que Romero encuentra en su madurez personal e inte­lectual” y “el resultado cívico de una refle­xión epistemológica temprana sobre la particular actividad de historiador” (Pasolini, Ricardo. Op. cit.)

[77] En La formación histórica, Romero define el realismo ingenuo como la “incapacidad para lo ob­je­ti­vo”, como la “aceptación universal y absoluta de la realidad cercana”, como “la ausencia de sentido crítico, que im­pide deslindar en el campo de las ideas lo mudable y lo eterno. Es, podríamos decir, la más tosca pos­tu­ra an­te la realidad circundante” (Romero, José Luis. La formación histórica. Santa Fe, Instituto Social de la Universidad Na­cional del Litoral, 1933).

[78] Romero, José Luis. “Prólogo”. En La historia y la vida.

[79] Romero, José Luis. De Heródoto a Polibio. Luis Alberto Romero afirmó que su Romero padre “no com­par­tí­a la con­fianza en una supuesta objetividad” y creía que la comprensión histórica “implica necesa­riamente una dosis de subjetividad y compromiso” (Romero, Luis Alberto. “Prólogo”, p. v.).

[80] Luna, Félix. Op. cit.

[81] Romero, José Luis. “Nicolás Maquiavelo”.

[82] Ibidem.

[83] Losada, Leandro. Op. cit., pp. 12, 64 y passim. Sostiene Losada que no es casual la coincidencia temporal entre las nuevas formas de interpretar a Maquiavelo y la crisis del liberalismo (p. 135).

[84] Ansaldi, Waldo. “José Luis Romero, la mala suerte de nacer en el Sur”. En E-l@tina, 7, abril-junio de 2009, pp. 80-81.

[85] Romero, José Luis. “Nicolás Maquiavelo”.

[86] Ibidem.

[87] Portantiero, Juan Carlos, “Gramsci, lector de Maquiavelo”. En Fortuna y virtud en la República demo­crá­tica. Ensayos sobre Maquiavelo (comp. T. Várnagy). Buenos Aires, CLACSO, 2000, pp. 149, 151.

[88] Losada, Leandro. Op. cit., pp. 154, 164. El autor cita el Curso de Derecho Político de Mariano De Vedia y Mitre, de 1934. Ver también: Lefort, Claude. Maquiavelo. Lecturas de lo político. Ma­drid, Trotta, 2010 (1972), p. 228. En palabras de Sirczuk: “Lefort se encontró con un límite en el pensamiento de Marx mismo, que lo condujo a Maquiavelo. En contacto con su obra, descubre la persistencia de una di­mensión que Marx habría rechazado por ideológica y que no se deja reducir a elementos anteriores, ni natura­les, ni históricos, ni sociales: la cuestión de lo político” (Sirczuk, Mariano. “La lectura lefortiana de Ma­quiavelo”. En Astrolabio. Revista internacional de filosofía, 17, 2015, p. 113). Por otra parte, Marx y Engels habían considerado que los prin­cipios de Maquiavelo eran anti-democráticos, que paralizaban las energías democráticas en períodos de crisis y cambio (Skinner, Quentin. Maquiavelo. Ma­drid, Alianza, 2008 (1981), p. 9). Dilthey sostuvo que “a­quel concepto de la razón de Estado, que fue desarrollado por Maquiavelo (…) suponía desde el florentino despreciador de los hombres una estimación baja del hombre medio: no es más que materia para el tipo se­ño­rial” (Dilthey, Wilhelm. Op. cit., p. 318). Skinner, por su parte, afirma que, para Maquiavelo, “el principal mérito del pueblo se encuentra en su característica tendencia a la pa­si­vi­dad benigna” y que “la actividad del pue­blo se limita a «la inquietud de unos cuantos», «de los que se puede dis­poner fácilmente y de muy varia­das maneras»” (Skinner, Quentin. Los fundamentos…, p. 144).

[89] Romero, José Luis. “Variaciones sobre la acción y el peligro”. En Clave de Sol, segunda parte, Buenos Ai­res, mayo de 1931.

[90] Cf. Acha, Omar. Op. cit., pp. 15-16. Decía Romero, en el citado texto de 1931: “Lo importante en estos mo­men­tos de la vida de un pueblo es lograr la voluntad de revolución, esto es, lograr la voluntad de violar nor­mas, de romper cáno­nes. Eso sí que es trascendental, porque implica la aparición de un elemento nuevo en la vida activa de una entidad social cualquiera: la masa. La masa no tiene sentido sino por la acción”.

[91] “En el estado de pasividad –el estado normal de la masa– hay entonces una multiplicación de los valores in­di­viduales que la componen, esto es, de los valores mediocres o vulgares” (Romero, José Luis. “Variaciones sobre la acción y el peligro”).

[92] Romero, José Luis. “Variaciones sobre la acción y el peligro”.

[93] Romero, Luis Alberto. “José Luis Romero, Historiador ciudadano”, pp.140-141.

[94] Romero, José Luis. “Una misión”[Editorial sin firma]. En El Iniciador, 1, Buenos Aires, febrero de 1946.

[95] Romero, José Luis. “La lección de la hora”. En El Iniciador, 2, abril de 1946. Agregaba que era nece­sario ocupar de inmediato la vanguardia del mo­vi­miento social “para impedir que una propaganda malsana lo des­vincule del movimiento po­lí­tico que lucha por conseguir, con la dignificación social y económica del hombre, su dig­ni­fi­ca­ción humana y espiritual (…). Los socialistas est­amos lo suficientemente cerca del pueblo para afrontar esta labor con éxito”.

[96] Acha, Omar. Op. cit., p. 110. Podríamos agregar más textos que muestran el interés casi continuo de Ro­mero por este tema. Por ejemplo: Romero, José Luis. “Trends of the Masses in Argentina”. En Social Scien­ces, 26, Washington, oc­tubre de 1951 [Incluido luego en: Argentina, imágenes y perspectivas, 1956, como “Indicaciones sobre la situación de las masas en Argentina”] y “Las masas en ascenso”. En El Nacional. Papel Li­te­rario, Caracas, julio de 1955.

[97] Romero, José Luis. De Heródoto a Polibio.

[98] Ansaldi, Waldo. Op. cit., p. 81.

[99] Halperin Donghi, Tulio. “José Luis Romero y su lugar en la historiografía argentina”. En Desarrollo económico, 20, 78, Jul.-Sep., 1980, p. 250.

[100] Burucúa, José Emilio. “Treinta años de historiografía moderna en la Argentina: Enfoques culturalistas”. En Historiografía argentina (1958-1988). Una evaluación crítica de la producción histórica argentina, Buenos Aires: Comité Argentino, Comité Internacional de Ciencias Históricas, 1990, p. 390.

[101] Pasolini, Ricardo. Op. cit. El autor toma en cuenta aquí escritos “destinados a tipos de pren­sa periódica tan disímiles como el diario La Nación; la publicación de vigilancia antifascista Argentina Libre, o la más cultural revista Nosotros”.

[102] Gallego, Julián. Op. cit., pp. 168-169.

[103] Zapata, Horacio. “José Luis Romero, La vida histórica (Ensayos compilados por Luis Alberto Romero)”. En Anuario del Centro de Estudios Históricos «Prof. Carlos S. A. Segreti», 8, 8, 2008, p. 390.

[104] Ansaldi, Waldo. Op. cit., p. 81.

[105] Revista Crisis 8(diciembre de 1973). Citado en: Ansaldi, Waldo. Op. cit., p. 82.

[106] Romero, José Luis. De Heródoto a Polibio. Romero llama a “reconocer esa peculiaridad” (la innegable subjetividad propia de las ciencias humanas) “y tratar de tomar conciencia de ella para prevenir los excesos que pudiera provocar”.

[107] Romero, José Luis. Las ideas políticas en Argentina. Buenos Aires, FCE, 2007 (1946), p. 306. En 1976 va a decir que se enorgullece de estos “recaudos prácticos” tomados y que, por ese motivo, con­servó el epílogo original de 1956 en las ediciones sucesivas de la obra. Aclara: “Yo he tratado de ser lo más objetivo posible, pero co­mo soy un hombre de partido y mis opiniones políticas son tales y cuales, las declaro para que el lector las ten­ga presentes, y cuando vea que juzgo alguna cosa de una manera incorrecta, sepa por qué lo hago y busque él, con su propio juicio, cuál es la corrección a ese ac­ceso de malsana subjetividad en que puedo haber caído con­tra mi voluntad” (Luna, Félix. Op. cit.).

[108] Acha, Omar. Op. cit., p. 18.

[109] En Conversaciones con José Luis Romero estas tomas de posición son totalmente explícitas.

[110] Acha, quien mejor ha estudiado este tema, afirma que el prólogo de 1970 a la reedición de Maquiavelo histo­riador muestra el nuevo enfoque con que Romero leyó a Maquiavelo en sus años de madurez. En el texto original “Romero aun esta­ba construyendo sus perspectivas” y en 1970, en cambio, “el lugar individual nece­sario para la identificación, era prescindible” (Acha, Omar. Op. cit., pp. 27-27). Con todo, lo cierto es que la reflexión sobre la propia labor historiográfica perduró a lo largo de su vida.

[111] Y su aproximación a la historia, con todo, fue sumamente valiosa. Dice Romero: “habiendo escrito El Príncipe porque estudió la historia de las comunas medievales, ¿usted cree que hay alguien que tenga valor para preguntar para qué sirve la historia?” (Luna, Félix. Conversaciones con José Luis Romero).

[112] La carta citada en el epígrafe, de 1975, da cuenta de que el vínculo entre el historiador y el ciudadano, o “el hombre vivo”, ha sido un tema persistente en sus reflexiones. Decía Romero: “el historiador le aconseja al hombre vivo que sea un poco más “realista”, esto es, que reconozca la distancia entre la realidad y sus ideales, co­mo se decía antes; que no desdeñe la realidad, que acepte el tempo del proceso, que cuestione sus opiniones para ver qué grado de abstracción hay en ellas… Pero la relación entre el historiador y el hombre vivo es dia­léc­tica. (…) Créame que nunca he creído en el realismo oportunista. Pero siempre he estado preocupado por hallar la medida justa del realismo tanto interpretativo como operativo. Esto no es versatilidad, sino mili­tancia intelectual y vital. Puede que todo esto sea inexacto, o una debilidad mía, o un signo de mi incon­sis­ten­cia. Pe­ro con ello he vivido hasta ahora y constituye mi forma mentis, la única que tengo” (Romero, Luis Alberto. “José Luis Romero, Historiador ciudada­no”, p. 135). En opinión de Luis Alberto Romero, muy pocos historiadores lo­gra­ron una integración entre comprensión y acción, entre trabajo académico y ciudadanía vigilante, semejante a la que logró José Luis Romero (ibidem, passim).

[113] Luna, Félix. Op. cit. Cf. Acha, Omar. Op. cit., pp. 24-27. Chiaramonte, ha­ce poco menos de una década (luego del re­vuelo generado por la creación del Instituto Nacional de Revisio­nis­mo Histórico Manuel Dorrego en 2011), sostuvo que sigue siendo necesario vigilar el vínculo entre historia y política y los usos po­líticos de la historia: “La in­tención de poner algunos resultados de la historiografía al ser­vicio de otras acti­vi­dades hu­manas no es ile­gítima mientras ese servicio sea respetuoso del quehacer histo­rio­gráfico, es de­cir, sin condi­cio­namiento de sus procedimientos y resultados por intereses provenientes de aquellas otras acti­vidades. Porque, justamente, la única manera de que la historia sea de utilidad a la política es ofrecer frutos que no hayan sido condicionados y deformados por intereses políticos” (Chiaramonte, José Carlos. Usos po­lí­ticos de la historia. Lenguaje de clases y revisionismo histórico. Buenos Aires, Sudameri­cana, 2013, p. 23). 


Bibliografía citada

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José Luis Romero, la biografía y la historia

ROSENDO FRAGA

Academia N. de Ciencias Morales y Políticas

Maquiavelo y la historia

En Maquiavelo historiador (1943) José Luis Romero plantea la relación de Maquiavelo y la historia, de la cual ha sido al mismo tiempo sujeto y estudioso. Para Romero, Maquiavelo “es el más alto exponente de la mentalidad burguesa en el siglo XVI”, algo clave para entender su personalidad y su obra. Según su interpretación, la mentalidad burguesa es el resultado de la evolución y transformación que se produce en la sociedad cristiano-feudal, predominante en el siglo XI, cuando surge la burguesía, que se despliega plenamente en el siglo XVI. Sin advertir esta situación no se puede conocer ni comprender la forma de ver el mundo de Maquiavelo, que se expresa toda su obra escrita.

Esta transformación se produjo lenta y persistentemente, desde el seno del mundo cristiano feudal en el siglo XI y se caracterizó por el resurgimiento de las ciudades y el comercio y la aparición de nuevos grupos sociales en el marco de una sociedad que hasta entonces se dividía en propietarios y no propietarios de la tierra. La característica de ese mundo era su inmutabilidad. Con el traslado de población del entorno rural al urbano y la aparición de una sociedad diferente, la realidad social comenzó a dejar de ser considerada inmutable.

Cuando Maquiavelo escribe, a principios del siglo XVI, ya se han desarrollado en su país, la futura Italia, nuevas clases con una imagen profana de la realidad social. Así, en ese tiempo se suscita “una insaciable curiosidad urgida por la necesidad del aprovechamiento y muy pronto se conformó una nueva actitud cognoscitiva, basada primero en la experiencia y, muy pronto, en la repetición metódica de la experiencia”.

Asimismo, para entender a Maquiavelo es necesario considerar el momento y el lugar histórico en el que vive: nace en Florencia en 1469 y muere en un pueblito de sus afueras en 1527. Se trata de una Italia todavía dividida en cinco entidades que hoy llamaríamos subnacionales: los Estados Papales, al norte Florencia, Venecia y Milán, y al sur Nápoles. Entre las cinco se producen en este momento conflictos, guerras, alianzas y rupturas. La cuestión no es la unidad italiana, como lo será en la segunda mitad del Siglo XIX, sino el equilibrio entre estas cinco unidades políticas. Sobre ellas actuaban dos monarquías que se disputaban el predominio en la Europa continental, España y Francia, que estaban culminando sus procesos de consolidación nacional, y la expansión político-militar era una herramienta para lograrlo. Las entidades subnacionales italianas buscaban, de acuerdo a las circunstancias, apoyo en una u otra de estas dos potencias.

Maquiavelo actúa en el marco de una de las cinco: Florencia, de donde proviene su experiencia política. Participa de las luchas políticas internas y externas de esta ciudad y ese es el contexto de su experiencia y formación política. Cumple funciones en un órgano de gobierno clave que combina relaciones exteriores, defensa y policía, I Dieci di balia, que era la segunda secretaría de la Signoria.

Es un republicano, entendiendo por ello el rechazo al principio de la legitimidad por la sangre de la monarquía. Opta por un régimen en el que el gobierno se determina por el poder económico y político profano, soslayando la justificación del ejercicio del poder por legitimación divina.

En cuanto a su obra histórica específica, escrita en los años de su exilio que dura hasta su muerte en las afueras de Florencia, se da en un contexto en el cual el concepto de la historia todavía no es preciso, y se encabalga con lo que hoy son otras disciplinas. Como ejemplo de esto, Romero cita la discusión, en época de Maquiavelo, acerca de si la historia es ciencia o arte.

Sus funciones lo llevan a tratar con los hombres del poder de la época. En particular con César Borgia, quien para él era un arquetipo del hombre de estado “moderno”, con un nuevo sentido de la organización militar y política y con el explícito ejercicio de la “razón de estado”. Su figura en gran medida inspira la de Il Principe.

La idea sobre el desarrollo de la historia de Florencia articula la obra de Maquiavelo, pero la desarrolla específicamente en los Decennali. Se manifiesta en la que dedica al tema militar, que redacta mientras está ejerciendo el poder: Relazione sulla istituzione della nuova milizia (trasladado luego, en parte, a una Ordinanza di fanteria).

En su exilio, el historiador estricto parece manifestarse sólo en la Istorie fiorentine y en La vita di Castruccio Castracani, el signore de Lucca, pero incursiona también en la literatura con La Mandragola y en temas militares como en Dell’arte della Guerra.

Romero ve en Maquiavelo un modelo de interacción entre la historia y el poder, con el pasado como generador de experiencias hacia el futuro y una reflexión profunda sobre el poder y la política. Pero ante todo, como dijimos, ve el pensamiento, la acción y reflexión de Maquiavelo como arquetipo de la transformación del pensamiento burgués en el campo de la acción política.

La biografía

En los trabajos reunidos en 1945 en Sobre la biografía y la historia  José Luis Romero profundiza en un tema que -como explica- está presente en el estudio y difusión de la historia desde los tiempos clásicos. Sostiene que ha sido común considerar la biografía como una “subsidiaria” de la historia o como un género más popular, manteniendo los especialistas la prioridad por el desarrollo del “proceso” de los sucesos históricos. Pero a la vez señala que la gente de la cultura ha estado más cerca de ella, por la mayor proximidad con la literatura del tipo biográfico, donde donde los sentimientos y las subjetividades entran a jugar en la materia humana.

La biografía novelada, que tuvo un “éxito notorio” en la primera mitad del siglo XX, no debe ser tomada en forma displicente, y las críticas que recibe están, sobredimensionadas. Se han escrito muy buenas biografías noveladas como las de Emil Ludwig, Hilaire Belloc, André Maurois, Stefan Zweig, Lytton Strachey o Marcel Brion.

Con antecedentes en la época clásica, la biografía novelada puede considerarse como una “modalidad interna de la biografía”. Desde otro punto de vista, historia y biografía han sido consideradas como dos caras de una misma moneda, es decir, una unidad bifronte de valores equivalentes. Solo con una óptica simplística se puede sostener que la historia se desarrolla en el marco de la humanidad mientras que la biografía se limita al de la individualidad.

Respecto al origen del tipo biográfico, lo encuentra plenamente desarrollado en el mundo griego. Las historias mitológicas de los dioses entran en esta categoría, conviviendo con la leyenda y la religión. En una adscripción más contemporánea lo incluiríamos en la literatura, pero en los siglos precristianos se lo consideraba historia.

El proceso de gestación de las creencias religiosas, combinado leyenda, literatura e historia, ha sido central para el desarrollo del tipo biográfico. Para el griego, de este proceso surge la figura del héroe del mundo. Pero en el ámbito cristiano esto deviene en las biografías de los santos, usualmente llamadas “vidas ejemplares”. Pretendían ser biografías, pero los milagros, relatados como hechos históricos, de acuerdo al modelo de los Evangelios, en realidad derivan de creencias y tradiciones orales que establecen un puente hacia atrás con los dioses de la mitología griega y el politeísmo del mundo romano. Este género biográfico, que tiene un antecedente con San Jerónimo en el s. IV, llega a su plenitud en la Edad Media,.

Cuando la biografía asume al ser humano como sujeto de la historia se manifiesta la entidad bifronte de la relación historia-biografía. El “arquetipo” es una forma extrema del sujeto biográfico, ya que pierde exactitud histórica al elegir cuáles características personales del biografiado se exaltan y cuáles se ocultan o disimulan. Un ejemplo es la historia del Cid Campeador, que muestran un modelo de caballero español medieval detrás de la misión político-religiosa de expulsar a los musulmanes de la península ibérica. En el mundo medieval occidental, la figura del estadista y el guerrero -motivo central de la biografía- se planteaba así con el modelo del arquetipo.

Este ha jugado un rol muy importante en la enseñanza de la historia de los últimos siglos y en alguna medida influye todavía hoy. En nuestro caso, las figuras de José de San Martín y Manuel Belgrano fueron planteadas en la segunda mitad del siglo XIX con un definido carácter arquetípico.

El estudio de la personalidad íntima del sujeto biográfico suele dejar en segundo plano el contexto histórico. Para equilibrar esta situación, el estudio del hombre y su tiempo es un intento por evitar este exceso intimista o por lo menos articularlo con el proceso general en el cual transcurre.

Ya en los biógrafos griegos, se daba el fenómeno de que la proximidad acentuaba la certeza histórica y, en cambio, al escribir sobre hechos lejanos o distantes en el tiempo, la leyenda tenían una influencia mayor.

Con el Renacimiento -coherente con los valores que impone el afianzamiento de la burguesía, concepto central en la visión histórica de Romero- se extienden las biografías de personas que, sin ser guerreros, estadistas o santos, provienen del ámbito de la ciencia y la cultura. Tal el caso temprano de la “Vida de Dante” de Boccaccio. El sabio humanista y el artista creador, el hombre de estado, el prelado y el cortesano presentan nuevos aspectos y matices que se incorporan al tipo biográfico y en alguna medida lo alejan del arquetipo.

Es a comienzos del Siglo XVI cuando Maquiavelo se aleja del arquetipo del político para mostrarlo tal como fue, a través del relato de una personalidad “vigorosa y convulsionada” como la de Castruccio Castracani. En la Edad Moderna se debilita la biografía como tipo histórico. La necesidad de apoyar la construcción del estado nación moderno fortalece la mirada de la historia como proceso. La biografía contemporánea -sostiene- puede servir como documento y análisis de otros problemas que deben atraer la atención del historiador.

Este libro pone de manifiesto una vez más que José Luis Romero, visto a la distancia, además de ser un historiador minucioso, profundo y lúcido, es ante todo un intelectual cuyo pensamiento con el correr de los años entra en el campo de lo que puede denominarse sabiduría.

Estamos en momentos en que la crisis global generada por la pandemia plantea interrogantes en el campo de la cultura sobre cómo serán sus formas de expresión y conservación. Ya la universidad se plantea como un tipo “híbrido” que combina la enseñanza presencial con la virtual, pero que empieza a definirse más por la segunda modalidad. El libro en papel, objeto cultural por antonomasia desde la Edad Media, está siendo reemplazado masivamente por el libro virtual.

Pero obras como esta sobrevivirán a estas transformaciones: este sitio que las cobija da una garantía instrumental de supervivencia en el tiempo.


Textos de José Luis Romero relacionados

Romero, José Luis. Maquiavelo historiador. Buenos Aires, Nova, 1943.

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