Historia Universal. 1944


Romero, José Luis. 'Historia Universal', en Atlántida , Buenos Aires, 1944.

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ÍNDICE

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INTRODUCCIÓN

I. El hombre primitivo

II. Las civilizaciones neolíticas

III. Los primeros estados en la época del bronce

IV La dispersión de los indoeuropeos

V. El mundo del segundo milenario

VI. La era de la dominación de Asiria y Persa

VII. Del Imperio persa al de Alejandro de Macedonia

IX. El mundo helenístico y la República romana

X. El Imperio romano y la difusión del Cristianismo

XI. Del siglo V al XI. La disolución de tres imperios

XII. El mundo de los siglos XII y XIII

XIII La Baja Edad Media y la crisis del siglo XV

XIV El siglo XVI

XV. El siglo XVII

XVI El siglo XVIII

XVII El siglo XIX

XVIII. Los primeros cuarenta años de nuestro siglo

XIX. La segunda guerra mundial y sus consecuencias

EPÍLOGO

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INTRODUCCIÓN

"Los hombres vivieron, sufrieron y murieron". Así dijo alguien que podría ser resumida la historia de la humanidad. Pero el tiempo no pasa en vano para el espíritu que aprende y madura con las amargas experiencias y con los goces infinitos. Todos vivieron y sufrieron y murieron; pero cada uno puso en su vida y en su muerte un acento distinto, un clamor original, un sentimiento irrenunciable. Así, desde el hombre de las cavernas hasta el del avión, el espíritu ha sufrido muchas metamorfosis de distintas intensidades y ha renovado su capacidad de creación tras cada crisis.

La historia existe porque el espíritu humano parece guardar reservas inagotables de poder creador. En ciertas regiones, durante cierto plazo, ensaya una faceta posible de él, juega con sus múltiples posibilidades y obtiene resultados variables pero homogéneos: un poema, una ley, un templo, un vaso ornado con figuras, una costumbre popular. A veces, quienes realizan ese ensayo creador se extinguen y esa forma del espíritu —esa cultura— parece concluida; pero no es exacto; si queda de ella lo que ella produjo, y eso es, a su vez, mirado, leído, observado, por otras gentes, algo queda vivo de ella y a veces mucho. Y cuando surge otro grupo humano que ensaya otra faceta del espíritu, algo de aquél está sumido en él y vive con esa existencia sutil y profunda que es la vida del espíritu.

El lector verá pasar ante sus ojos siglos y leguas. Alguien recoge lo que otros siembran, si es que no lo recogió quien lo sembrara. Así perdura inextinguible la llama del espíritu y por eso los hombres tenemos historia, una historia ininterrumpida y coherente que hermana a la humanidad en un grupo compacto, con una hermandad que une más de lo que separa el color de la piel o los siglos que se interponen entre ellos .

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I. EL HOMBRE PRIMITIVO

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Quien observe atentamente la vida del hombre civilizado descubrirá que —a diferencia de los seres irracionales— toda su actividad consiste en modificar, adaptar y transformar las cosas de la naturaleza que le rodean para hacerlas lo más útiles posible a sus necesidades, creando, luego, multitud de otras que la naturaleza no le proporciona. Esta actitud creadora y este conjunto de adaptaciones y creaciones del hombre constituyen su cultura.

El desarrollo de la cultura humana es una aventura —en verdad nuestra propia aventura— que data de hace poco tiempo: quizá solamente de hace 50.000 años, lo cual es, efectivamente, poco si comparamos ese plazo con la edad de la tierra, que cuenta millones de años. Sólo desde entonces existen hombres como nosotros, que se nos parecían en el aspecto físico, pero como dormidas en él —las mismas aptitudes y análogas tendencias. Acaso existieran desde antes como especie zoológica, pero sólo desde entonces parece que poseyeran estos últimos caracteres espirituales.

Vivieron estos remotos antepasados en el Viejo Mundo, donde se han encontrado algunos esqueletos que nos conservan su recuerdo, y allí ensayaron sus primeros pasos; difícil nos sería decir si constituían por entonces una sola raza o si, por el contrario, estaban ya diferenciados en sus caracteres; pero sí puede afirmarse que hace unos 40.000 años aparecieron hombres con un aspecto y unas aptitudes algo distintos y que, mucho más tarde aún, otro nuevo grupo hace su aparición en aquel escenario: todos ellos constituyen el conjunto humano a quien le cupo el papel de protagonista del primer acto de la historia.

Piénsese cuál era la situación de este hombre primitivo frente a la naturaleza que le rodeaba: el clima, los animales, todo le era hostil y frente a todo se encontraba indefenso, precisamente cuando se tornaba poco a poco más sensible y comenzaba a ver crecer sus necesidades. Pero poseía, en cambio, una inteligencia que comenzaba a despertar, y con ella, ejercitada cada vez con mayor agudeza, debía sobreponerse a todo. Imitaba a los animales pero perfeccionaba las soluciones que se le ofrecían a sus múltiples problemas, y, poco a poco, el número de sus recursos fue creciendo y la existencia humana entró por la vía de un desarrollo cada vez más intenso.

Las cuevas fueron su refugio, pero la piedra gigantesca comenzó a guarecer su entrada y los fosos les sirvieron a sus habitantes de defensa y de trampa para cazar a los animales que les disputaban la guarida. Y cuando un día empezaron a comprender las inmensas virtudes del fuego y aprendieron a conservar la llama, y luego a provocarla, poseyeron un arma temible contra ellos y, al mismo tiempo, un medio para trabajar sus rudimentarios instrumentos de madera, para protegerse de los fríos, para ablandar los alimentos.

Su actividad era la caza y la pesca, mediante las cuales se proporcionaban los alimentos necesarios y las pieles para cubrirse; pero necesitaban también instrumentos que aumentaran el poder de sus manos y los elementos que tenían a su alcance les sugirieron la posibilidad de fabricarlos; el hueso, la madera, la espina, el marfil, el cuero, las lianas, la piedra, en fin, fueron sus materiales; y con un ingenio fructífero, de cada trozo comenzó a surgir el utensilio que necesitaban; un trozo de piedra de forma de almendra aumentó el poder de su puño para triturar objetos y para asestar golpes; después aparecieron otros; el anzuelo, el arpón, las puntas ofensivas, el propulsor, el raspador, la aguja; un día una rama flexible le sugirió el empleo del arco y de la flecha arrojadiza y acaso entonces el hombre primitivo se sintiera señor de la selva.

A estos hombres primitivos se les llama generalmente hombres de la época paleolítica; esto es, de la época más antigua de la piedra; vivían ya por entonces agrupados en pequeñas asociaciones a cuyos miembros vinculaba la creencia de que poseían un remoto antepasado común —el totem — a quien adoraban; y entre ellos la propiedad era común, así como eran comunes las obligaciones; no tenían jefes, pero sí había entre ellos quien gozaba de cierto prestigio, ya sea por su conocimiento de la virtud medicinal de una hierba o por la autoridad de su palabra en una circunstancia difícil: éste fue el hechicero y, acaso muy pronto, el jefe civil y militar.

El hechicero era poseedor de una verdadera ciencia, pues conocía las relaciones entre las cosas y las consecuencias que seguían a ciertos hechos. A veces, era capaz de provocar un hecho cualquiera y esto acrecentaba su significación porque el hombre primitivo creía firmemente en la magia y en el valor mágico de ciertos actos. Así, pintaba sus grutas con figuras de animales que deseaba atraer a sus trampas, y, por cierto, revelaba en sus pinturas dotes magníficas de observador y de dibujante, resultado de las cuales fueron los hermosos bisontes de la cueva de Altamira en España, o los flecheros, o las manadas de renos, o los bailarines, que se encuentran en otras cavernas de España y de Francia. Por las mismas razones, en efecto, solía bailar en danzas rituales o cubría su cuerpo con pinturas y con amuletos, que, al mismo tiempo, constituían un adorno. Y acaso por las mismas razones mataba a un semejante y se comía su carne o cumplía ciertos ritos a la vista de una piedra o un árbol sagrados, en los que creía que yacía un espíritu sobrenatural. Y así, entre errores y aciertos, descubría poco a poco el secreto de la naturaleza.

Así vivía el hombre de la época paleolítica. Hacia el fin de esta época, según parece, emigró desde el Viejo hacia el Nuevo Mundo, a través del Pacífico y siguiendo las cadenas de las islas, según unos, por la Siberia y el antiguo istmo de Behring, según otros, para diferenciarse luego en las distintas poblaciones americanas que perdieron, con el tiempo, todo recuerdo de aquellas relaciones y se ignoraron las unas a las otras hasta la llegada de los españoles.

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II. LAS CIVILIZACIONES NEOLÍTICAS

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Sólo después de muchos miles de años llegó el hombre a acumular experiencias suficientes y a realizar los descubrimientos necesarios como para que su existencia cambiara de características: quizá unos 10.000 años antes de Cristo fue cuando se realizó este progreso que transformó completamente su forma de vida. Por esa época, en efecto, los pobladores de las regiones más fértiles y de clima más favorable para el hombre, especialmente en los valles de los grandes ríos, comenzaron a descubrir el ciclo de los vegetales y advirtieron que era posible sembrar y recoger; ese día se cumplió una etapa decisiva para la humanidad; el hombre comenzó a cultivar la tierra y de esclavo de la naturaleza comenzó a tornarse su señor; con la estación propicia se sembraba y al cabo de cierto tiempo se veía crecer el vegetal y, poco después, el grano estaba a punto. Desde entonces, la vida adquirió nuevos caracteres: ya no era necesario vagar tras los ganados que a su vez buscaban los prados propicios, sino que los alimentos comenzaron a estar al alcance de las manos y allí donde se prefería habitar. El hombre trocó entonces su existencia nómade por una vida sedentaria y, al arraigarse al suelo, cambiaron muchas de sus ideas sobre la existencia. Acaso por la misma época descubrió la posibilidad de encerrar los ganados, primero dentro de un valle, luego, quizá, dentro de un vallado construido por él mismo; desde entonces se benefició no sólo con los animales que poseía y que estaban al alcance de su mano para cuando necesitara o quisiera comer su carne o aprovechar su leche, sino también con las crías que nacían y perpetuaban su riqueza.

Con todo esto, resuelto así el grave problema del alimento cotidiano, el hombre de estos tiempos comenzó a fijarse al suelo; pero la tierra que le era propicia para los cultivos y para la alimentación de sus rebaños no solía ofrecerle una vivienda natural; y este hombre que aguzaba ya su ingenio supo construir las chozas, y de su agrupación surgió la aldea, en la que el contacto de todos los días provocó la suavización de las costumbres, la ordenación de muchos hábitos, la organización de la vida en común, la reglamentación de los ritos mágicos y, sobre todo, la colaboración mutua en la labor de acrecentar el caudal de experiencias y mejorar, mediante sucesivos inventos prácticos, las condiciones de la vida material.

No podría asegurarse con total certeza dónde se produjo por primera vez este proceso de transformación de la vida y si fue en un solo lugar o sucedió en varios al mismo tiempo; parece, sin embargo, que fue en los valles del Nilo, del Eufrates y el Tigris, luego en los grandes ríos de la China y la India, donde de más antiguo se produjo. Allí aparecieron y en otros muchos lugares se ven vestigios de esta etapa de la civilización; y entre todos estos lugares, acaso el más curioso sea esa región de los lagos suizos donde han existido aldeas lacustres. Junto a esos focos de civilización, en las grandes llanuras de Arabia y de Mongolia especialmente, otros hombres mantenían su existencia nómade y, cada cierto tiempo, se los veía lanzarse sobre los más civilizados —más débiles ya para la lucha— y aprovecharse, en un golpe de mano, de los frutos de su esfuerzo continuado y productivo.

A esos pueblos que alcanzaron ese grado de desarrollo se los conoce con el nombre de pueblos de la época neolítica, esto es, de la nueva época de la piedra, porque, con la misma inventiva con que llegaron a descubrir el secreto del ciclo vegetal, fueron capaces de crear una nueva técnica para el trabajo de las piedras más duras, cuyas formas, originariamente logradas con un fuerte golpe o haciendo presión sobre ellas, eran luego perfeccionadas y adaptadas a sus diversos usos mediante el pulido. Por tal procedimiento perfeccionaron todos sus utensilios y crearon otros nuevos; sus hachas fueron más poderosas porque su filo era más cortante y, sobre todo, porque les adosaron un mango sujeto con fibras que aumentaba su fuerza; junto a los punzones, raspadores y arpones aparecieron entonces las sierras, las agujas, las ruedas, los anzuelos y otros pequeños objetos que demuestran que, al mismo tiempo que se perfeccionaban los procedimientos, crecían y se diversificaban las necesidades, como ocurre siempre que se eleva el nivel de la civilización.

Para satisfacer algunas de esas otras exigencias el hombre neolítico inventó otros objetos; acaso comenzó por construir cestos de esparto con que poder transportar granos o piedras, pero, muy pronto, descubrió que con barro y arcilla podía hacer recipientes que, luego de secados al sol, le permitían conservar líquidos; así nació la alfarería modelada a mano que muy pronto se desarrolló mucho, variándose las formas según el destino y cubriendo sus superficies con adornos de distintas clases que revelan ingenio y preocupación por la belleza y la armonía; así pintaban o marcaban en el barro fresco espirales o círculos concéntricos, líneas paralelas o volutas, y aun, a veces, formas arbitrarias creadas por la imaginación; otras veces representaban formas vegetales y no es extraño ver vasos que tienen formas de animales o de hombres.

La trabazón de lianas o de cualquier clase de fibras originó diversas formas de tejido, quizá primeramente hamacas o redes, pero muy pronto fabricaron telas hechas con la fibra del lino o con la lana de las ovejas, mediante las cuales fue posible reemplazar el vestido de pieles por otros más adaptados al cuerpo y más apropiados a las nuevas formas de vida.

Con todo esto, los hombres neolíticos vivían una existencia que estaba ya marcada por todos los signos de la civilización, señoreando la naturaleza y aprovechándola para sus necesidades de seres racionales. Agrupados en ciudades, comenzaron a aparecer problemas de todo orden que exaltaron la figura de un personaje más sabio o más audaz, que fue poco a poco adquiriendo autoridad sobre los demás; generalmente fue el más sabio, acaso el que poseía los secretos de las estaciones, esto es, el que podía decir cuál era el momento propicio para la siembra; este sabio, seguramente un hombre de espíritu observador y penetrante, guardaba celosamente su secreto y lo trasmitía sólo a alguien a quien legaba su virtud y, con ella, su autoridad: era el mago, capaz también, seguramente, de conocer los medios de conjurar ciertos males o resolver ciertos problemas; el mago ganó así su autoridad con su saber, y esa autoridad pareció así, por ser inexplicable para los demás su sabiduría, de origen divino, y, por ello mismo, intangible: en la aldea fue el jefe indiscutible y fundó un poder absoluto que perduró en el mundo muchos siglos.

Este mago, en efecto, conocía los secretos de la naturaleza; su observación —trasmitida y acumulada a lo largo de muchas generaciones— le permitió descubrir el ritmo de las estaciones y el de las lunas, con lo cual estableció el principio del calendario; le permitió, asimismo, descubrir el secreto de la vida y la muerte de los vegetales y acaso su imaginación fue la que, por primera vez, concibió la esperanza de que el hombre podía, él también, volver a la vida después de muerto; y acaso por ello los hombres neolíticos levantaron esos grandes monumentos de piedra —menhires, dólmenes— que seguramente fueron tumbas, o acaso templos de alguna divinidad, o quizás una cosa y la otra.

Así vivieron estos hombres muchos siglos; todavía se encuentran pueblos que no han conseguido sobrepasar esta etapa de civilización y en tal estado estaban, en rigor, los poderosos imperios que los españoles descubrieron en América. Establecieron los rudimentos de una civilización y obtuvieron de ellos resultados cuya trascendencia hoy no alcanzamos a medir con nuestra imaginación. Acaso fueron felices aquellos a quienes protegía una alta cordillera o no tenían vecinos peligrosos; pero los que vivían cerca de algunas de esas grandes llanuras donde durante siglos se multiplicaron los pueblos en estado nómade no pudieron evitar que cada cierto tiempo una ola invasora se apoderara de todo. En ciertos lugares, estos invasores llegaron y se quedaron como dominadores, pero por un extraño fenómeno de adaptación absorbieron todas aquellas enseñanzas que los vencidos fueron capaces de darles e infundieron, a su vez, nuevo brío al grupo social al que sumaban, con su barbarie, nuevas fuerzas; así surgieron, casi siempre, grandes imperios, los mismos que encontraremos cuando la escritura devele el indefinido secreto de los tiempos prehistóricos.

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III. LOS PRIMEROS ESTADOS EN LA ÉPOCA DEL BRONCE

Fueron las condiciones privilegiadas de los valles del río Nilo y del Eufrates y el Tigris las que permitieron que los pueblos neolíticos que los ocupaban permanecieran allí por largo tiempo, se repartieran, no sin luchas, el territorio, fundaran ciudades y comenzaran a crear nuevas formas de vida, cada vez más propicias para su desarrollo espiritual.

En el valle del Nilo, los pobladores primitivos vivieron todavía algún tiempo como nómades, sin fijarse en ningún lugar de él, y, mientras tanto, conservaron su organización en clanes y el culto de sus totems. Pero, poco a poco, se afincaron, establecieron las fronteras entre unos clanes y otros, y constituyeron grupos políticos; los totems se transformaron en dioses locales que fueron adorados en templos y aparecieron los jefes militares y políticos del grupo.

Pero en el Egipto la naturaleza incitaba a la unificación, y la estimulaban, sobre todo, la necesidad del tránsito sobre el río Nilo, la de organizar la defensa contra las crecientes periódicas y, luego, su aprovechamiento para el riego y la fertilización de las tierras. Muy pronto, en efecto, los distintos grupos se unieron en dos confederaciones o reinos, los del valle por una parte y los de la región del delta por otra; entre estos dos reinos la lucha era inevitable y fue, efectivamente, larga y sangrienta; pero los del valle triunfaron al fin hacia el año 3500 a. C. y el Egipto fue, desde entonces, uno solo por obra del rey Menes y de los servidores del dios Horus —el halcón— que fue, desde entonces, uno de los grandes dioses egipcios. La ciudad de Tinis fue la primera capital y en ella reinaron sucesivamente dos familias o dinastías de reyes llamados faraones; pero luego, por obra de otros reyes que se coronaron, la capital se trasladó a Menfis, en el confín entre el valle y el delta, donde se adoraba a Ptah encarnado en el buey Apis; allí permaneció el gobierno hasta el año 2300 a. C.

Este largo período —conocido con el nombre de período menfita — muestra una brillante civilización caracterizada por el uso del bronce; por entonces se desarrolló una forma de escritura que utilizaba unos signos muy próximos al dibujo y que recibían el nombre de jeroglíficos; la escritura jeroglífica se usaba para las inscripciones solemnes grabadas en lápidas de piedra; para otros usos más modestos se usaban otras formas más simples, esto es, la escritura llamada hierática y la demótica o popular.

El jefe de este poderoso estado se llamó faraón y su poder fue inmenso y absoluto; por ello pudo dedicar grandes masas de población a la construcción de muchas obras de interés colectivo, tales como los canales y las represas que aseguraron la buena utilización de las aguas del río para la agricultura. También construyeron las grandes pirámides para monumento funerario de los faraones, en quienes veían los egipcios verdaderas divinidades a las que había que honrar como tales, y los templos de los numerosos dioses que conservaron como recuerdo de los antiguos totems y que constituían una escala jerárquica.

Junto al faraón vivían los nobles y los guerreros, que recibían buenas sumas del tesoro real; también constituían una clase privilegiada los escribas, pues conocer el secreto de la escritura no era cosa fácil y exigía largo aprendizaje y práctica continua que realizaban en servicio del fisco en las diversas funciones administrativas. Por debajo de ellos estaba el pueblo cuya ocupación era, en general, trabajar la tierra para entregar las cosechas a los graneros reales, de los cuales recibían, a su vez, una parte que les permitía vivir; otros, sin embargo, eran tejedores o alfareros o albañiles.

Los últimos tiempos del período menfítico fueron de anarquía porque los gobernadores de los nomos — que así se llamó luego a las distintas provincias— comenzaron a independizarse; pero hacia el año 2300 se inició en la ciudad de Tebas un movimiento centralizador que tuvo como consecuencia la reordenación del país; de esa ciudad surgió una nueva dinastía que gobernó el Egipto, y varias otras surgieron allí hasta mediados del siglo XVII a. C. También ésta fue una época brillante. Los egipcios comenzaron a ampliar sus fronteras por el sur y el sistema de irrigación se perfeccionó con la construcción del gran lago Meris. También se construyeron sepulcros y templos, porque los egipcios eran muy celosos del culto y creían en una existencia después de la muerte; para alcanzarla debidamente había que conservar los cuerpos transformándolos en momias y cumplir otros ritos que, según la tradición, había establecido la diosa Isis cuando consiguió resucitar a su esposo Osiris, a quien Set había asesinado, y que fue luego el padre de Horus, el dios halcón.

Los faraones tebanos sucumbieron, hacia 1700, ante los ataques de una multitud que apareció un día en sus fronteras; les llamaron hicsos o reyes- pastores y no eran sino los fugitivos que huían, a su vez, de otros pueblos que por entonces habían llegado al Asia, aunque en sus filas se habían mezclado muchos de los mismos invasores; trajeron a Egipto el caballo y usaban algunos objetos de hierro, y acaso fue por eso que consiguieron la victoria. Pero los egipcios no sucumbieron totalmente y en los nomos más meridionales se mantuvieron firmes; de allí volvieron a salir, poco a poco, para rechazar a los invasores. Quizá venían entre estos últimos aquellas tribus que, tras permanecer algún tiempo en Egipto, volvieron al Asia, conquistaron las tierras de Canaán en Palestina y constituyeron ese pueblo que se conoce con el nombre de hebreos.

También en la fértil llanura comprendida entre los ríos Éufrates y Tigris se establecieron algunos pueblos que, viniendo desde el este, encontraron propicias aquellas tierras; fueron primeros los elamitas, que luego se limitaron a las laderas de las montañas que bordean el Tigris, y luego los súmeros, que se fijaron en la zona más meridional de la Mesopotamia. Los súmeros, que venían quizá del centro de Asia —sin que haya seguridad de ello—, eran un pueblo singularmente industrioso y creador; fundaron ciudades como Uruk, Lagash o Ur, cada una de las cuales constituyó un estado independiente, desecaron los pantanos, construyeron canales para regularizar las inundaciones y el riego y desarrollaron una agricultura muy adelantada. Estos trabajos, así como la vida social y política, se desarrollaron bajo la autoridad de un jefe civil, político y militar que se llamaba patesi, a cuyo cargo estaba también el culto de la divinidad de la ciudad. Los súmeros fueron buenos arquitectos y sentaron los principios de la construcción con ladrillos de barro cocido; así hicieron ricos palacios e importantes obras de ingeniería, decorados los primeros con relieves y esculturas de enorme interés. Una escritura que después fue usada por toda la Mesopotamia y que utilizaba trazos en forma de cuña grabados sobre arcilla blanda —la escritura cuneiforme — constituye, acaso, uno de los más importantes inventos que los súmeros legaron a la humanidad.

El desarrollo y el esplendor de estas ciudades tentaron a las tribus nómades del desierto de Arabia; de allí salió hacia el año 2800 a. C. un pueblo de raza semita, los acadios, que se lanzó sobre la baja Mesopotamia al mando de Sargón y la conquistó; pero como siempre ocurre, absorbieron la civilización de los sometidos y, en las ciudades que fundaron — de las cuales la más importante fue Agadé —, desarrollaron poco después un tipo de vida que se asemejaba mucho al de los súmeros. Todavía resurgieron una vez los sometidos; las ciudades de Ur y Lagash establecieron por algún tiempo su supremacía en la baja Mesopotamia y tuvieron entonces su mayor esplendor. Pero muy pronto salieron del desierto nuevos conquistadores semíticos, los amorreos, que dominaron todas las ciudades mesopotámicas, y bajo su poder se creó un vasto imperio. Su capital fue Babilonia y su rey más ilustre Hamurabí; conquistó todas las tierras de la Mesopotamia y, poco después, la alta Siria hasta el mar Mediterráneo, y por sobre sus vastos territorios impuso su autoridad y sus leyes; estas últimas fueron consignadas en un notable documento —el Código de Hamurabí— en el que establecía reglas penales y civiles que revelan ya un alto grado de civilización. El dios de Babilonia, Marduk, fue adorado por todo el imperio y la capital creció como correspondía a tanta grandeza: había allí fuertes murallas, ricos templos y palacios, buenos obreros, y en el zigurat — la torre de varios pisos— los sacerdotes se dedicaban al estudio de los astros para fundar una ciencia del destino humano basada en la carrera de los cuerpos celestes; muchos de los datos que después utilizó la astronomía tienen su origen en estas primeras observaciones. Así vivió el Imperio babilónico hasta que, a comienzos del segundo milenario, aparecieron los invasores indoeuropeos.

Entretanto, en el mar Mediterráneo, un pueblo altamente dotado, el de los egeos, desarrollaba una activa civilización en la isla de Creta. Los egeos de la gran isla habían salido de la época neolítica mediante un rápido dominio de la metalurgia; explotaron el cobre de las regiones vecinas y —como en el valle del Nilo y en el del Éufrates y el Tigris— se esforzaron por mejorar su calidad mediante aleaciones, hasta que dieron con la fórmula del bronce utilizando el estaño. Pero su suerte estaba unida al mar y en busca de este último metal, que no abundaba en las cercanías, se lanzaron a regiones lejanas; así encontraron el estaño que desde el centro de Europa traían los indígenas a los golfos de Venecia y de Génova y llegaron hasta las costas de España para lograrlo: muy pronto, los egeos de Creta fueron los señores del comercio del bronce y su riqueza y su poder fueron inmensos.

Desde entonces, su marina cruzó el Mediterráneo en todas direcciones, fuera para buscar la materia prima, fuera para vender luego en Egipto, o en las factorías que ellos fundaron en las islas Cicladas o en la misma Grecia, en la costa de Siria o en el Asia Menor, los lingotes del preciado metal o los objetos ya manufacturados que se elaboraban en los talleres de las grandes ciudades que surgieron en Creta al llamado de tan productiva actividad: Cnosos, Hagía Tríada, Festos; estas ciudades eran opulentas y felices; contaban con inmensos palacios que albergaban a los reyes y cuyas murallas protegían los almacenes del estado y las riquezas de la ciudad; esos reyes, que aparecían en las solemnidades públicas cubiertos con una máscara que figuraba la cabeza de un toro, dirigían los cultos de la Gran Madre, diosa de la fecundidad, y del Minotauro, al que se le rendía culto, según parece, mediante un sacrificio que consistía en la lucha entre un hombre y un toro.

Los egeos de Creta tenían un altísimo nivel de vida; sus utensilios de cerámica o de metal, sus hermosos baños, sus lujosas residencias adornadas con bellísimas pinturas al fresco, todo nos habla de que la vida era allí sonriente como sus campiñas; acaso tuvieron también rica literatura, a juzgar por las piezas escritas que poseemos, pero su escritura no ha sido descifrada.

Los barcos cretenses aseguraron en aquellos tiempos remotos el intercambio entre estos tres focos de cultura; de Cnosos llegaban hasta el Nilo y las ciudades que dominaba el Imperio babilónico y así se entrecruzaron distintos elementos de esas tres civilizaciones; pero quienes más aprovecharon el impulso creador de los egeos de Creta fueron las colonias que ellos mismos fundaron en las Cicladas y en Grecia; en esta última, la ciudad de Micenas había de ser el centro de irradiación que, a su vez, la propagara por toda Grecia.

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IV. LA DISPERSION DE LOS INDOEUROPEOS

La iniciación del segundo milenario fue una época de graves y profundas transformaciones para todos estos grupos sociales que habían alcanzado un elevado grado de civilización; en efecto, la aparición de nuevos pueblos conquistadores modificó el cuadro político de esta zona y aun el de regiones muy alejadas que, con ello, establecieron las bases de sus relaciones con estas otras que conocemos de más antiguo. Hasta entonces, las poblaciones nómades de las llanuras de Arabia y Mongolia eran las únicas que se habían lanzado sobre los centros civilizados conquistándolos y absorbiendo su civilización; ahora nuevas bandas nómades llegarán a la cuenca del Mediterráneo desde el norte, desde las llanuras de Rusia y de Siberia quizá, y, abriéndose en abanico desde la India hasta España, difundirán por esa extensa área, con su dominio, un nuevo carácter.

Estos pueblos se conocen con el nombre de indoeuropeos y no se tienen noticias ciertas y seguras acerca de ese pasado remoto durante el cual constituían, según parece, un conjunto homogéneo y unido; pero el parentesco existente entre las lenguas que hablaban sus diversas ramas hace pensar que, antes de diferenciarse y presentarse en los diversos teatros de sus hazañas, formaron, en efecto, un solo tronco. Eran muy combativos y violentos y marchaban arreando sus ganados; muy pronto aprendieron a utilizar el caballo en reemplazo de los bueyes que usaban primitivamente para arrastrar sus carros y poco después harían de él un instrumento de guerra y de conquista; a veces se fijaban transitoriamente en algún lugar, construían chozas, sembraban, recogían y volvían a emprender la marcha luego de algún tiempo.

A diferencia de los pueblos del Mediterráneo, entre los indoeuropeos el poder no estaba en manos de un hombre que hubiera heredado el prestigio sobrenatural del mago y que, en consecuencia, lo ejercía de modo absoluto, sino que residía en una minoría de guerreros, pertenecientes a las familias más importantes; entre ellos se elegía un jefe militar y político y su residencia —y no el templo como entre los pueblos del mediterráneo que conocemos— constituía el centro de la vida social. La religión tenía para ellos, en efecto, menos importancia que para los egipcios o los pueblos mesopotámicos y quizás no creyeran en la existencia de otra vida, porque incineraban a sus muertos depositando sus cenizas en urnas colocadas bajo unos túmulos de tierra endurecida. Eran alegres y decidores y, como no poseían escritura, la memoria de sus hazañas se conservaba sólo mediante narraciones que se recitaban y trasmitían oralmente de generación en generación. Un día memorable aprendieron a utilizar el hierro y su fuerza combativa se acrecentó asegurándoles el dominio del mundo.

Durante un largo período los indoeuropeos vagaron por las inmensas llanuras de Asia y de Europa oriental sin que nada los impulsara a cambiar de género de vida; pero hacia el comienzo del segundo milenario, mientras unos siguieron avanzando hacia el oeste, otros torcieron hacia el sur y en el sudeste y encontraron allí las ya viejas civilizaciones mediterráneas; los indoeuropeos se escindieron entonces en grupos de diversa fortuna porque mientras unos mantuvieron sus caracteres, como una reserva para futuras y trascendentales acciones en el escenario de la historia, los últimos avasallaron los pueblos civilizados y, al asimilarse su civilización, crearon una nueva y decisiva fuerza en la historia del Mediterráneo.

Los que siguieron su marcha hacia el oeste fueron los que conocemos con el nombre de celtas y cubrieron las lejanas costas de Inglaterra, de la Península ibérica, Francia y parte de Alemania; otros fueron los italiotas que poblaron Italia, y otros los germanos que circundaron el mar Báltico extendiéndose poco a poco, a costa de los celtas, hasta el río Rin.

Los que torcieron hacia el sur se dividieron también en varias ramas. Una, constituida por los aqueos, había bordeado el mar Negro, cruzó el río Danubio, entró por la Península balcánica y tomó contacto allí con las colonias que fundaron los egeos de Creta, sumiéndose muy pronto en el seno de sus costumbres y formas de vida; de esta rama, densos grupos se retrasaron permaneciendo quizá en el Danubio, y varios siglos después iniciarían nuevamente la marcha, absorbiendo, a su vez, a sus hermanos ya asimilados a la cultura cretense: fueron los dorios.

Otras ramas se lanzaron sobre el Oriente cercano a través del estrecho de los Dardanelos o de la cordillera del Cáucaso y cayeron sobre los pueblos de esa región creando una atroz confusión; unidos a viejas poblaciones semíticas crearon nuevos reinos —el de los hititas en el centro del Asia Menor, el de los mitanios en la región donde se unen los montes Taurus y el Líbano, y acaso otros más efímeros—, en tanto que otras bandas se lanzaron sobre la Siria, la Mesopotamia y el Egipto; en Siria dominaron algún tiempo los hititas, que en alguna incursión transitoria cayeron sobre Babilonia; en Mesopotamia se establecieron los kasitas por varios siglos y hacia Egipto se lanzó un conglomerado de gentes en el que figuraban grupos indoeuropeos mezclados con grupos fugitivos de los distintos pueblos atacados, conglomerado al que la tradición de los sacerdotes egipcios llamó con el nombre de hicsos; quizá iba con ellos, o quizá fue acogido por ellos poco después, aquel grupo semítico que había huido de Ur en medio de la convulsión general producida por las invasiones, y que tras permanecer en el Egipto, salió luego, cuando los tebanos reconquistaron su territorio, para fundar en Canaán la nación hebrea.

Todavía se separaron dos grupos más del viejo tronco indoeuropeo, que se desviaron hacia el sudeste; uno se dirigió a la meseta del Irán y constituyó eses pueblos que aparecerán más tarde en la historia con el nombre de medos y persas; otro siguió aún su camino y llegó hasta la Península índica y fueron aquellos que llamamos los pueblos védicos y brahmánicos.

Así se inició hacia el año 2000 una profunda transformación de aquel viejo hogar de la civilización —la cuenca mediterránea— que tardó varios siglos en estabilizarse; vastas extensiones se agregaron al mundo civilizado por la acción de estos bárbaros, excepcionalmente dotados para absorber las civilizaciones ya evolucionadas y aun para transformarlas con su genio peculiar y creador; y de la trágica convulsión que su llegada produjo en el Oriente cercano surgió un nuevo y distinto panorama histórico: veámoslo cuando, poco a poco, fue logrando fijar sus límites y sus caracteres.

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V. EL MUNDO DEL SEGUNDO MILENARIO

El mapa del mundo civilizado en el segundo milenario comprende las regiones de la cuenca del Mediterráneo oriental y se extiende por el este hasta la China: en esa extensa área diversos pueblos desarrollaron su genio peculiar y crearon poderosos estados.

Tras la invasión de los hicsos, el Egipto pasó una época de depresión; el norte, esto es, el delta, quedó íntegramente dominado por los invasores, en tanto que el sur fue solamente su tributario; de allí salieron los príncipes tebanos para reconquistar poco a poco toda la extensión del territorio, afianzando con ello su autoridad y creando un nuevo estado bajo la dominación de Tebas, la gran capital del valle. Entonces comenzó el segundo Imperio tebano, que es uno de los momentos de mayor esplendor egipcio y que comienza hacia el año 1600 a. C. Esta vez el estado se había constituido bajo el signo de la guerra y los faraones comprendieron entonces que la seguridad del país dependía de la seguridad de la frontera oriental del delta, más allá de las cuales había poderosos pueblos; Tutmosis III (1501-1447) se lanzó sobre la Siria y después de muchas campañas consiguió extender por allí su territorio y acrecentar la importancia internacional del Egipto; su ejército usaba ahora el carro de guerra tirado por caballos y una flota poderosa surcaba el mar Mediterráneo hacia Siria y Creta, asegurando la autoridad y el esplendor económico del país del Nilo.

Quizá fue esta frecuentación de las ciudades cretenses lo que originó poco después, en la primera mitad del siglo XIV a. C., la gran revolución religiosa que encabezó el faraón Amenofis IV. Hasta entonces la religión egipcia había sido politeísta y el conjunto de sus dioses componía una escala jerárquica que culminaba con Amón-Ra; Amenofis IV concibió una religión monoteísta en la cual el único dios era Atón, el disco solar, para el cual fundó una nueva ciudad-santuario, Ikhut-Atón, a la que trasladó la corte, cambiando él mismo su nombre por el de Ikhun-Atón. Con la nueva religión cambiaron las formas convencionales de representar a los dioses y las esculturas y dibujos fueron más libres y expresivos, cambiándose también el ritual y la literatura religiosa, que recordaba en algunas cosas las religiones naturales de otros pueblos del Mediterráneo. Pero este intento no duró sino la vida de su creador; a su muerte los viejos cultos fueron restablecidos y Tutankh-Amón fijó de nuevo su residencia en Tebas.

Acaso para fortalecer el culto de la vieja divinidad ofendida se emprendió poco después la construcción de los grandes templos de Luxor y Karnak que concluyó Ramsés II (1300-1233); eran dos construcciones monumentales, a las que se llegaba a lo largo de caminos flanqueados por esfinges, y cuyos muros encerraban inmensas salas con columnas —las salas hipóstilas— y los santuarios. Estos templos hubieran hecho por sí solos la grandeza del Nuevo imperio si al mismo tiempo no se hubieran realizado las vastas campañas militares de Tutmosis y de Ramsés II; éste, en efecto, continuó los designios de su predecesor y afianzó la dominación del Egipto en Siria, amenazada en su tiempo más que nunca porque en la alta Siria se notaba la peligrosa presencia del Imperio hitita, cuya capital estaba en el centro del Asia Menor, pero que se extendía más y más hacia el sur.

El duelo entre los dos imperios que se disputaban la Siria, y acaso toda el Asia Anterior, entró entonces en su momento culminante y la batalla de Kadesh, de indecisos resultados, no le puso fin; pero una larga tramitación diplomática condujo finalmente a un acuerdo y la Siria fue repartida entre ambos. Sin embargo, los cronistas oficiales del faraón, los escribas, que tan alto papel cumplían en Egipto, contaron sus hazañas en términos brillantes y consagraron su fama de conquistador insuperable: fue, en efecto, un guerrero extraordinario y, a su muerte, su imperio comenzó a declinar poco a poco; antes de mucho tiempo Egipto perdió la Siria por los golpes de nuevos invasores —los pueblos del mar— y el glorioso Nuevo imperio entró otra vez en una marcada declinación que haría de él fácil presa para los nuevos conquistadores.

Los hititas no pudieron, sin embargo, aprovechar esta declinación del enemigo. Establecidos desde 1800 a. C. aproximadamente en el Asia Menor, habían constituido un poderoso reino del cual era capital la ciudad de Hati, en la curva del río Halys; acaso hubiera una minoría indoeuropea, pero como la población sometida pertenecía al área de influencia babilónica los conquistadores absorbieron esa civilización y así se nos presentan cuando, en el segundo milenario, adquieren importancia internacional: tal es su escritura, su estatuaria, su concepción política. Desde entonces también comienzan a extender su dominación hacia el sur y acaso hubieran constituido un vasto imperio si su expansión no hubiera coincidido con ese momento excepcional del Egipto en que, abandonando su política de enclaustramiento, se lanzó hacia la Siria; pero contenida su expansión por el tratado que el rey Subiluliuma concertó con Ramsés II tras la batalla de Kadesh, su destino quedó truncado y poco después —hacia el año 1200 a. C.— fue dominado por uno de sus estados vasallos, los mitanios, y aniquilado, finalmente, por los pueblos del mar que dieron fin también al Imperio tebano.

Entonces comenzó a dibujarse una nueva distribución de los pueblos del Oriente cercano. En la Siria, que los dos rivales dejaban librada a su suerte, aparecieron al fin del segundo milenario algunos pequeños pueblos de gran significación futura; una rama de los pueblos del mar —los filisteos— se estableció en el sur y dio su nombre a la Palestina, donde poco después se asentaron los hebreos; en la región costera, los fenicios —otro grupo semita que poseía ya importantes ciudades (Biblos, Sidón)— se dedicaron con celo y con extraordinarios resultados a recorrer las rutas marítimas que los cretenses habían establecido y que, por entonces, habían abandonado, porque, ellos también, habían sufrido las consecuencias de las grandes emigraciones de los indoeuropeos.

En efecto, cuando aquellos que irrumpieron por la Península balcánica llegaron, hacia 1700 a. C., a las regiones de Grecia colonizadas por los cretenses, sufrieron la influencia de su civilización superior, se sometieron a ella y se transformaron en subsidiarios de la gran metrópoli egea; pero alrededor del año 1400 a. C. se consideraron suficientemente fuertes y diestros en el dominio del mar como para intentar reemplazar a las mismas ciudades cretenses y, según parece, invadieron y destruyeron las más importantes, aniquilando su poderío. Desde entonces, las grandes ciudades egeas fueron Micenas, Tirinto y otras vecinas, pero su área de influencia fue solamente la de ese mar y la del mar Negro, hacia donde se dirigieron muy pronto, y acaso por entonces ocurrieron los episodios de la lucha por el dominio del estrecho de los Dardanelos, cuyo recuerdo nos guardan los poemas homéricos. Entretanto, las rutas del Mediterráneo quedaron libres y las ciudades fenicias se lanzaron por ellas y muy pronto fueron los amos de ese comercio. Así terminaron su brillante período Hagía Tríada, Festos y, sobre todo, Cnosos, que tuvo en ese último período —entre 1700 y 1500 a. C.— su mayor esplendor, con sus grandes palacios, sus sacrificios y fiestas suntuosas y brillantes, sus riquezas inmensas y su poderío marítimo incontrovertido. Aqueos y fenicios heredaron, pues, de los cretenses el dominio de los mares, pero sólo los primeros continuaron su cultura, en tanto que los últimos se fundieron en el ámbito de las civilizaciones semíticas.

El gran centro de estas últimas había seguido siendo el imperio de Babilonia. La tradición de aquella gran civilización que tuviera en Hamurabí su más grande representante había subsistido a pesar de que en 1760 a. C. la rama indoeuropea de los kasitas había conquistado el territorio y se había apoderado del poder; pero era un pueblo bien dotado y, como suele ocurrir, cedió al prestigio y a la fuerza de la cultura de los grupos dominados absorbiéndola y perpetuándola. Los kasitas se mantuvieron en Babilonia durante seis siglos y aunque disminuyó el poder creador de su cultura, no sufrió ésta alteraciones notables. La religión, el régimen social, la arquitectura y la escultura, los conocimientos científicos, todo conservó el signo de sus antiguos inspiradores —los súmeros— que habían sido heredados, a su vez, por los amorreos semitas, y así perduró a lo largo de ese extenso período de tiempo, hasta que un nuevo pueblo se lanzó sobre Babilonia. Fue éste el de los asirios, originariamente un pequeño grupo semítico del alto Tigris, vasallo de Babilonia; sobre él se superpusieron, según parece, algunos grupos indoeuropeos de los que se disgregaron en la gran crisis de fines del segundo milenario, cuando tras la destrucción del Imperio hitita y el reino mitanio por los golpes de los pueblos del mar, se produjeron nuevas emigraciones. De esta fusión surgió un nuevo reino de firme tendencia conquistadora, que adoraba a una terrible divinidad guerrera, Ashur, y que ponía al servicio de su expansión excepcionales calidades militares. Así se lanzaron contra Babilonia y la sometieron a su autoridad, dominando toda la Mesopotamia; poco después sus ambiciones crecerán y se los verá avanzar victoriosos por extensas regiones.

Más allá del Tigris, entretanto, los medos y los persas en la meseta del Irán, y los pueblos védicos en la Península índica, como no encontraron pueblos de superior civilización, continuaron con sus tradiciones indoeuropeas y evolucionaron según su peculiar genio, creando, paso a paso, una civilización de caracteres singulares.

La tradición cuenta que un profeta, Zoroastro, enseñó a los pueblos iránicos una doctrina religiosa fundada en la existencia de dos principios antagónicos, el bien y el mal, representados en dos divinidades, Ormuz y Arhimán, cuya lucha constituye el drama de la naturaleza y de la historia, así como también el secreto de la conducta del hombre; esta doctrina fue al cabo fijada en un texto sagrado, el Zend-Avesta, que constituyó la guía de esos pueblos que vagaban por la planicie iránica formando tribus que fueron, poco a poco, fijándose al suelo hasta que cayeron bajo la influencia de los asirios.

En la India, por su parte, los pueblos indoeuropeos debieron luchar contra las poblaciones aborígenes para conquistar las fértiles regiones de los ríos Ganges e Indo; allí se establecieron al fin, sometiendo a la más dura esclavitud a los conquistados y constituyéndose ellos en clase dominante. Numerosos himnos religiosos y cánticos guerreros —reunidos en libros llamados Vedas y en el Mahabharata y el Ramayana— guardan el recuerdo de aquellas luchas y también el de sus dioses más antiguos; creían en unas divinidades del cielo que llamaban Dyáus Pitáar y Varuna y en una trinidad solar compuesta por Mitra, Indra y Vishnú, todas las cuales —como en la religión iránica— debían luchar perpetuamente contra los Asuras o genios del mal. Pero a pesar de que lograron dominar completamente a los indígenas no consiguieron, en cambio, constituir un solo grupo, sino que formaron multitud de estados. Así vivieron siglos, apartados, además, del resto del mundo.

Grandes extensiones deshabitadas los separaban, en efecto, de los medos y persas, sus vecinos occidentales, y de los chinos, sus vecinos por el oriente. En los amplios valles del Hoang-Ho y del Yang-Tse- Kiang se había desarrollado una civilización muy fina, a lo largo de vastos arrozales, y de la que eran centros las pequeñas aldeas y ciudades de las orillas de los ríos que le servían como fuentes de riquezas y como vías de comunicación. Pero como en los otros valles fértiles, también allí debieron luchar los chinos permanentemente contra las invasiones de los pueblos nómades de la Mongolia, que cada cierto tiempo salían del desierto para lanzarse sobre las prósperas ciudades del valle. Durante todo el segundo milenario ésta fue la historia de la China, hasta que, hacia el siglo XIII a. C., la seguridad del peligro los incitó a unirse; Wu-Wang, el fundador de la dinastía Chou, fue el autor de esta empresa feliz que unió a los dos valles en un imperio poderoso y duradero; así pudieron oponerse a los invasores y defender su vida civilizada por varios siglos.

He aquí cómo transcurrió este largo período, agitado e inestable, tras del cual nuevos dominadores lograron imponer su poder todo a lo ancho de vastas regiones: una aspiración a la unidad parecía florecer en la conciencia de todos los pueblos.

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VI. LA ERA DE LA DOMINACIÓN DE ASIRIA Y PERSIA

La gran crisis que transcurre a lo largo de los siglos XIII y XII a. C. fue la que originó el nuevo cuadro de la historia del mundo civilizado. Las dos grandes potencias hegemónicas —el Imperio egipcio y el hitita— que habían fiscalizado el destino de tantos pequeños pueblos en los territorios que se extienden desde la meseta iránica hasta el desierto de Libia y las costas mediterráneas y egeas perdieron su fuerza de expansión y, en tanto que los hititas sucumbían mezclándose con otros pueblos del Asia Anterior, los egipcios volvían a encerrarse en sus fronteras para tratar de asegurarse en ellas. La tierra que los separaba y que había constituido la zona disputada por ellos se convirtió, en consecuencia, en campo propicio para el florecimiento de los pueblos sometidos, ahora libres, y aun para el establecimiento de otros nuevos; y eso fue, en efecto, lo que ocurrió. En el sur de la Palestina, lindando con el desierto, prosperaron los arameos, en tanto que en la costa mediterránea, al norte del Monte Carmelo, volvieron a prosperar las ciudades fenicias; entretanto, los hebreos que salían del Egipto procuraban fijarse en la región próxima al río Jordán y al mar Muerto, a costa de las tribus cananeas que la ocupaban.

Los fenicios estaban establecidos en aquel litoral desde el tercer milenario o acaso antes; allí habían fundado buenas ciudades, y Biblos había tenido su época de esplendor ya en los primeros siglos del segundo milenario, comerciando activamente con el Egipto hasta que, finalmente, cayó su poder; entonces fue Sidón la que alcanzó mayor desarrollo comercial, seguramente vinculada a la actividad cretense; todas las islas del mar Egeo vieron sus naves, que heredaron el dominio de las rutas marítimas hasta que, muy pronto, las naves aqueas se presentaron para disputárselo, en tanto que los filisteos reducían la ciudad a la impotencia. La actividad de Sidón fue entonces heredada por Tiro, que, fundada sobre una isla, pudo defenderse mejor y prosperar; desalojados de las rutas del mar Egeo los navegantes se dedicaron a explorar aquellas otras que los cretenses habían abierto en el Mediterráneo occidental y muy pronto sus naves alcanzaron las costas de África y de España; fundaron factorías y colonias —Gades en España, Cartago en África— y allí establecieron nuevas bases para su tráfico incesante. Así crearon un intercambio regular entre el oriente y el occidente de la cuenca mediterránea, divulgando su industria —cerámica, estatuillas, púrpura, vidrio, metales— en la que predominaba el viejo gusto oriental, así como también sus conocimientos en materia de navegación y de escritura, ellos fueron, en efecto, los que crearon y divulgaron un alfabeto fonético que pudieron utilizar las diversas lenguas.

Los hebreos, por su parte, hicieron su aparición en la región siria cuando, tras la restauración del poder tebano, todos los pueblos extranjeros se vieron obligados a salir del Egipto. En aquella marcha los condujo, según cuenta la narración bíblica, Moisés, quien, además de ser su jefe militar y político, se constituyó en el jefe religioso: cuenta la Biblia que en el monte Sinaí recibió de Jehová el Decálogo o código moral y religioso mediante el cual se establecía el pacto entre la divinidad y su pueblo predilecto, en cuyas disposiciones, por cierto, no faltan curiosas semejanzas con las del código de Hamurabí. La religión así establecida fue rigurosamente monoteísta y Moisés, como sus sucesores, debió combatir la tendencia de algunos hebreos a recaer en la idolatría; la tribu de Leví fue encargada del culto y el pueblo entero recibió la promesa de conquistar las tierras que Moisés, en vísperas de su muerte, señalaba en la lejanía.

Unidas las doce tribus bajo el mando de Josué, comenzaron la lucha. La tierra prometida estaba ocupada por los cananeos y en las cercanías habitaban otros pueblos peligrosos. Pero los jueces que se sucedieron en la jefatura del pueblo hebreo unido fueron venciendo los obstáculos; tras la toma de Jericó por Josué lograron los nuevos invasores apoderarse de la tierra, que se repartieron las doce tribus. Todavía tuvieron que habérselas con las tribus del desierto —amonitas, moabitas y otras varias— y con los filisteos, y a todos ellos derrotaron poco a poco hasta dominar toda Galilea y Palestina, precisamente cuando declinaba el poder de los imperios de Egipto y de los hititas. Así crecieron las aspiraciones del pueblo hebreo, y soñando con acrecentar su poderío se unificaron definitivamente las doce tribus bajo el poder de una monarquía cuyo primer rey fue Saúl. Samuel, el último de los jueces, acaso contra su voluntad, consagró rey por derecho divino al gran guerrero en la primera mitad del siglo XI; acaso el espectáculo de las grandes monarquías conquistadoras había influido en la constitución de esta nueva tendencia política y quizá por ello mismo se resistiera Samuel a estimularla, a fuer de buen conocedor de los derechos del rey que él enunció, para prevenir a los hebreos. Hoy podemos leer sus palabras en la Biblia, en el capítulo octavo del Libro primero de Samuel.

La monarquía hebrea fue ilustre y eficaz con Saúl, con su sucesor David y con el tercero de sus reyes, Salomón. Para entonces, ya en el siglo X, la Siria no tenía nada que temer de los grandes imperios y sus posibilidades económicas y políticas fueron grandes; creció su seguridad, se desarrolló su comercio y la Palestina floreció con una riqueza que se tornó proverbial; en Jerusalén las caravanas iban y venían y el dinero afluía a las arcas reales; con él Salomón emprendió la construcción del hermoso templo destinado a custodiar el Arca de la alianza y las dos tablas en las que estaba grabado el Decálogo; allí se hacían los sacrificios y se celebraban las fiestas. Alrededor del templo crecía la población en esplendor y riqueza y todo el Oriente oía hablar de aquella ciudad maravillosa, en la que los cedros del Líbano se tornaban columnas y techumbres, en la que las perlas y las piedras preciosas brillaban en sus incrustaciones, en la que el oro y el marfil creaban una mágica grandeza; un suntuoso palacio, residencia de los reyes, constituía la más perfecta demostración de su boato y su poderío.

Pero no duró mucho. Poco después de la muerte de Salomón el reino se dividió y las tribus del norte, ricas y emprendedoras, se separaron agrupándose alrededor de la ciudad de Samaria —el reino de Israel—, en tanto que Jerusalén permaneció como capital del pequeño estado del sur —el reino de Judá—. Desde entonces su destino pareció trazado. Nuevas potencias conquistadoras aparecieron en el horizonte y poco después la existencia del pueblo hebreo se vió amenazada por ellas.

En efecto, en el alto valle del Tigris se había constituido poco antes el reino asirio, sobre la base de antiguas colonias semíticas dominadas luego por algunos grupos de los que emigraron cuando los pueblos del mar destruyeron el reino de los hititas y el de los mitanios. Ese nuevo estado aprovechó la experiencia militar de aquellas gentes y también la feroz predisposición de las poblaciones montañesas, así que muy pronto constituyeron los servidores del dios Ashur un pueblo temible y poderoso. Su poderío creció poco a poco; la baja Mesopotamia pasó a ser su subordinada y en el siglo IX, aproximadamente cuando se producía el cisma hebreo, Salmanazar III, el terrible guerrero asirio, inauguraba la serie de las grandes expediciones lejanas de conquista, cuya primera etapa concluiría Teglatfalazar III, sometiendo definitivamente a Babilonia y a la alta Siria, cuya capital, Damasco, cayó en sus manos. Para legitimar su poder un rey asirio adoptó el nombre del viejo conquistador acadio y se llamó Sargón; sus tropas fueron las que llegaron un día hasta Samaría y la tomaron con feroz violencia el año 722 a. C.; así se cumplía la predicción de los profetas hebreos, para quienes la concupiscencia de los poderosos no podía sino ser castigada por Jehová a través del brazo del poderoso conquistador.

Los sucesores de Sargón crearon un vasto imperio. Senaquerib estableció su capital en Nínive, una lujosa ciudad que surgió en el alto Tigris, y desde allí salían todos los años sus ejércitos para recaudar los tributos que le debían las regiones conquistadas, así como también para agregar otras nuevas a su ya vasto imperio. Fue él quien conquistó Fenicia. Asharadón reconstruyó Babilonia y se dirigió hacia el Egipto, cuyo territorio terminó de conquistar su hijo Asurbanipal en el siglo VII; saqueó Tebas, se apoderó de sus riquezas, y dos obeliscos de los templos sagrados vinieron a ornar el palacio de Nínive, ya bastante hermoso por su suntuosidad, por sus magníficos relieves con escenas de animales, por sus monumentales pórticos. Un gran imperio obedecía al rey asirio y su poder era temido porque, más que sobre una organización mesurada, se basaba en el terror que inspiraba su crueldad, y su dominación, inestable, estaba afirmada por la constante presencia de sus ejércitos. Por eso mismo fue efímero; los países agrícolas se empobrecían y la miseria reinaba por todas partes, en tanto que las matanzas y el traslado de pueblos de sus propias regiones a otras alejadas, ordenado para evitar las sublevaciones, transformaba en desiertos las tierras antes prósperas; era un vasto imperio construido sobre el poder militar, sin que ningún vínculo interno lo sustentara cuando aquel poder comenzara a declinar.

Así ocurrió que cuando las bandas escitas —otra rama indoeuropea— aparecieron por el norte, hacia el año 700, el poderío asirio se destruyó rápidamente. Después de recorrer el Asia Menor, Mesopotamia y Palestina sin que nadie pudiera detener su ímpetu, los escitas llegaron hasta la meseta del Irán. Allí fueron contenidos, pero quien logró tal triunfo fue uno de los pueblos sometidos y expoliados por los asirios, el de los medos, que, al mando de su rey Ciaxares. Se sintió entonces poderoso para concluir el aniquilamiento del opresor asirio; unido a los kaldis de Babilonia, encabezados por el propio gobernador, Nabopalassar, sitia Ciaxares a Nínive y consigue destruirla el año 606; entonces Asiría, tan temida, cae repentinamente y, poco tiempo después, nadie recordará su nombre sino para rememorar el espanto que producían sus hordas sanguinarias.

Medos y kaldis se repartieron el vasto imperio asirio; el Egipto se había liberado por sí mismo por un levantamiento general bajo la dirección de los reyes de la ciudad de Sais; del resto, los medos, señores del Irán, dominaron la alta Mesopotamia y el Asia Menor hasta Lidia, en tanto que los kaldis, dominadores de la baja Mesopotamia, se quedaron con Siria y Palestina. Babilonia resurgió entonces y, bajo el dominio de Nabucodonosor (604-561), se transformó de nuevo en una de las más bellas y poderosas ciudades del Oriente, cuyo poder sólo admitía comparación con el del Egipto saíta, porque el resurgimiento medo estaba contenido por las luchas que éstos debían sostener con los persas, subordinados a ellos pero rebeldes e inquietos. Como antes, el teatro de la rivalidad entre Babilonia y Egipto fue Siria y Palestina, y las armas de Babilonia castigaron todo intento de sublevación con feroz crueldad; los de Jerusalén fueron arrancados por entonces de sus tierras y llevados a las de sus dominadores en un duro cautiverio que dejó perdurable recuerdo en la memoria de los hebreos.

Pero el Irán reservaba nuevas sorpresas. A Ciaxares reemplazó Astiages y a las costumbres simples y viriles de los medos, las refinadas y sensuales de los lidios que hicieron presa de los conquistadores. La corte meda de Ecbatana se transformó en un emporio del lujo y los guerreros medos perdieron su empuje y su vigor, aun antes de que alcanzaran a fortalecer su efímero dominio. Esta desidia fue para ellos más grave que para otros conquistadores; en el seno de su propio pueblo, otro grupo hasta entonces sometido, el de los persas, veía llegar el día de su liberación y su propio dominio; un jefe persa, Ciro, se lanzó un día a la lucha y, poco después, Ecbatana caía ante sus golpes. Pero Ciro no aspiraba tan sólo a dominar en el Irán; ante todo recuperó la herencia de los medos y sometió la Lidia, sitiando a su rey Creso dentro de los muros de Sardes, la lujosa y rica metrópoli del Asia Menor que cayó el año 546 a. C. También pasaron a poder de Ciro las ciudades griegas de la costa, luego aseguró sus fronteras orientales derrotando a los escitas y, poco después, se volvió hacia Mesopotamia, tomando Babilonia en 538 a. C.; con ella cayeron en su poder Siria y Palestina, y el vasto imperio que antes crearon los asirios surgió de nuevo, acrecentado, en el Oriente, esta vez en manos de los aqueménidas, la vigorosa dinastía persa que procurará comportarse con su imperio de otro modo que los antiguos dominadores.

Ciro sienta, en efecto, principios hasta allí desconocidos de administración imperial; es justo, tolerante y respetuoso de la vida humana, como lo mandaba el libro sagrado de Zoroastro, el Zend-Avesta; las regiones conquistadas por él conservan sus antiguos dioses y costumbres, las poblaciones prisioneras son devueltas a sus tierras nativas y el gobierno de los estados sometidos se torna suave y tolerante; una larga era de paz parece que se ofrece al mundo oriental conturbado por tantos siglos de inquietud y de luchas.

Sin embargo, el hijo de Ciro, Cambises, que engrandeció el imperio con la conquista de Egipto, cayó a su vez en horribles crueldades; pero era un loco y un día terminó suicidándose; el buen sentido de los persas, entretanto, había procurado una solución proclamando a un reemplazante para eliminarlo del poder; el año 529 ocupó el trono del rey de los reyes, el ilustre Darío, y el Imperio persa entró con él en una etapa de gloria y de paz como la que le había dado Ciro. El imperio fue dividido en satrapías y el gobierno fue sabiamente organizado para que, sin debilidad, las distintas regiones pudieran llevar una existencia digna: hubo caminos para las postas imperiales y los ejércitos, inspectores que celaban a los sátrapas prepotentes y hubo, sobre todo, un entrañable amor a la justicia y a la grandeza que dignificó la figura del rey.

Un día soñó Darío con extender su poder por todo el mar Egeo y entonces descubrió que los pueblos que vivían en sus costas creían que la libertad del hombre no es una gracia concedida por el poderoso, sino un derecho inalienable que radica en la naturaleza del hombre; eran los griegos, a quienes la grandeza, la justicia y la magnanimidad del rey de los reyes no les bastaba y soñaban con la independencia; el conflicto pareció inevitable y, en efecto, se produjo; nada tan dramático en la historia de la humanidad como esta disyuntiva entre la libertad y la opresión que supieron afrontar los griegos y en la que salieron triunfantes ellos, afirmando el principio de la dignidad del individuo y el inmutable derecho a la libertad.

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VII. EL SIGLO VI FUERA DEL IMPERIO PERSA

En la época en que se constituye el Imperio persa, era éste, sin duda, la más importante unidad política que existía entonces en el mundo. Pero fuera de él se extendían en el lejano Oriente y en el Mediterráneo occidental, grupos sociales de enorme importancia desde el punto de vista de la civilización y del desarrollo espiritual.

Apenas separada del Imperio persa por el río Indo, la vasta llanura indogangética alojaba a la innumerable población dominadora de los indios; no constituían una unidad política pero sí un apretado mundo espiritual por la identidad de sus costumbres, sus ideales y sus formas de vida. En el curso del primer milenario a. C., hasta el siglo VI, se había operado allí una transformación notable: a los grupos estrictamente guerreros habían reemplazado en la consideración social o aun en el poder los sacerdotes o brahmanes, quienes habían impuesto un orden social que regía en toda la India a pesar de la diversidad de los estados y que consistía en una violenta separación de la sociedad en castas; eran éstas la de los brahmanes o sacerdotes en primer término, la de los chatrias o guerreros en segundo lugar, la de los vaicias o mercaderes, labradores y operarios luego, y la de los sudras o servidores por último; pero debajo de las castas y en calidad de impuros estaba todavía otro grupo social, el de los parias, restos, seguramente, de los vencidos. Los brahmanes constituían la clase dominante de los sacerdotes, los sabios, los médicos, los jueces; sobre ellos reposaba toda la organización de la vida social y a ellos se deben las llamadas leyes de Manú que fijaban esa ordenación social así como los principios morales que debían regir la vida.

Los brahmanes no se contentaron con fijar la organización social sino que también modificaron la antigua religión védica creando una nueva teología en cuyo panteón el dios Brahma ocupaba el primer lugar; por debajo de él estaban todas las otras divinidades. Los brahmanes creían que el dios constituía el alma de todo lo creado y estaba, en consecuencia, en todo lo que existe; creían también en la trasmigración de las almas y pensaban que la conducta del hombre sobre la tierra originaba una marcha de su alma, que se encarnaba en un ser de casta superior y al fin en el mismo Brahma, si era bueno, y en uno de raza inferior si era malo.

Pero estas creencias tan formalistas y aquella terrible división de las castas originó en el siglo VI un movimiento de repulsión que encabezó un príncipe de la casta de los chatrias llamado Sidarta Gautama, a quien conocieron los indios con el nombre de el Buda, esto es, el iluminado. El Buda sostuvo que el hombre sólo aspira a la felicidad y que, si la pesadumbre proviene en verdad de las necesidades insatisfechas y los deseos inalcanzables, aquélla sólo puede ser lograda con el renunciamiento a todo lo que sea placer, vanidad o deseo. El estado ideal de quien alcanzara la paz que daba ese renunciamiento se llamaba nirvana y a ello podía aspirar cualquier hombre, porque para esa aspiración a la felicidad no tenían significación alguna las castas. Poco a poco, miles de creyentes se adhirieron a esta doctrina que, sin embargo, combatían rabiosamente los brahmanes.

Por esa misma época aparecen en la China —en la China de los emperadores de la dinastía Chou— dos filósofos cuyas doctrinas tuvieron singular arraigo en su país. Lao-Tse propugnó una conducta muy semejante a la recomendada por el Buda; también él quería que se renunciase a todo deseo y a toda vanidad porque sólo así podía alcanzarse a la divinidad. Pero esta doctrina —como la búdica— era sólo para ciertos elegidos capaces del inmenso esfuerzo moral de dominar las propias pasiones. Confucio, en cambio, enseñó poco después una doctrina moral más accesible: la de la caridad, la justicia, la verdad; pero no incitaba a abandonar las creencias tradicionales, sino que, por el contrario, creía que había que mantenerlas estimulando el respeto de los padres por los hijos y del emperador por sus súbditos, y el estudio de las tradiciones y de los conocimientos adquiridos. Así, las doctrinas de Confucio se generalizaron prontamente y los libros que compiló —los king — fueron pronto los que guiaron la conducta de los chinos. Los mandarines, o sea los funcionarios, no fueron, en verdad, sino los expertos en este saber que Confucio había sistematizado y gracias al cual el hombre alcanzaba el grado de sabiduría que requería la más alta vida social y espiritual china.

En el Mediterráneo occidental, entretanto, florecían hacia los siglos VII y VI a. C. algunos pueblos cuyo desarrollo dejaba entrever ya por entonces que estaban destinados a adquirir notable significación histórica. Ya hemos citado las colonias fenicias de Gades y Cartago; de ellas, la segunda adquirió una enorme importancia comercial y, cuando la larga lucha de Tiro contra Asiria y Babilonia fue debilitando la gran ciudad fenicia, Cartago se transforma en su heredera marítima; a su puerto llegaron entonces naves que traían productos de todo el Mediterráneo y, a su vez, todos los puertos del occidente de ese mar recibieron artículos manufacturados transportados por los cartagineses. Pero en este tráfico no pudieron mantener el monopolio porque precisamente cuando surgía Cartago llegaban a las costas del sur de Italia y de la isla de Sicilia las olas de pueblos griegos que fundaban ciudades y comenzaban de inmediato a tentar la suerte en el comercio marítimo; así surgieron Nápoles, Tarento, Siracusa, por no citar sino las más florecientes; y desde el primer día la rivalidad con los cartagineses se estableció en el mar y se resolvió generalmente por medio de las armas. Y todavía no fueron éstos los únicos rivales; por esa misma época florecía en el centro de Italia, en el valle del río Arno, un pueblo acaso vinculado por su origen a los griegos, el de los etruscos, quienes poseían ciudades industriosas y un comercio muy desarrollado que también buscaba el dominio del mar. El Tirreno fue el teatro natural de su rivalidad con los griegos del sur de Italia y de Sicilia, como el Mediterráneo abierto lo era de las luchas entre griegos y cartagineses; los etruscos, entretanto, se habían extendido por tierra hacia el valle del Po por el norte y hasta el valle del Tiber por el sur; en esta última región se habían apoderado de las pequeñas aldeas fundadas por las tribus de origen indoeuropeo que la poblaban, los sabinos, y con algunas de ellas pertenecientes al grupo latino, diseminadas pero próximas al Tiber, habían formado una ciudad unida y cercada por un muro, a la manera de las propias ciudades, que se llamó Roma.

Pero en el siglo VI el poder de los etruscos comenzó a languidecer porque a través de los Alpes comenzaron a llegar las tribus celtas que huían a su vez de los germanos; para defenderse de los celtas los etruscos debieron invertir toda sus energías y aun así no pudieron impedir la pérdida del valle del Po, que desde entonces constituyó la Galia o tierra de los galos celtas; por esa misma época los griegos lograron dar algunos golpes afortunados al comercio etrusco en el mar y entonces Roma, la ciudad aquella que habían fortificado en el Lacio, logró su independencia por un movimiento de sus clases más ricas —los patricios—, que consiguieron expulsar a los reyes que, apoyados en los humildes plebeyos, eran subsidiarios del poderío etrusco.

Así cambió el panorama del Occidente; los celtas cubrieron las regiones de la llanura europea desde el Weser o el Elba hasta España — donde se mezclaron los iberos indígenas — y hasta Italia, donde ocuparon todo el valle del Po hasta los Apeninos; los germanos mantuvieron las regiones que se extienden desde el mar Báltico hasta aquellos ríos, pero tratando siempre de hacer retroceder a los celtas hacia el oeste; y en el Mediterráneo, griegos y cartagineses constituirán los pueblos dominadores; poco a poco Roma se transformará en una potencia italiana en un proceso que comienza en esta época.

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VIII. DEL IMPERIO PERSA AL DE ALEJANDRO DE MACEDONIA

Desde los tiempos de Ciro estaba en poder de los persas un collar de prósperas ciudades griegas que se extendían todo a lo largo de la costa del Asia Menor; Mileto era de todas la más importante por el desarrollo de su comercio y por las colonias que poseía. Pero la dominación de estas ciudades no era fácil; en Mileto, en Esmirna, en Efeso o en Halicarnaso, las poblaciones griegas mostraban un espíritu distinto del que caracterizaba a los otros súbditos del rey de reyes: amaban la libertad y creían que el individuo tenía el derecho de no estar sometido a ningún otro ser humano, aun cuando reconocían su sujeción a los principios de la ley. La dominación de estas ciudades puso a prueba el temple de la organización imperial persa y, al fin, demostró que esta modalidad de los griegos no era compatible con la autocracia que caracterizaba al último y más grande de los imperios orientales. Ya por sí solos los ciudadanos de estas ciudades procuraban conquistar su libertad; pero podían contar, para lograrla, con la ayuda de otras ciudades griegas, libres, ricas y emprendedoras como ellas, que desenvolvían su existencia en la Grecia propia, entre todas las cuales se destacaba Atenas y a cuyo lado brillaban Esparta, Tebas de Beocia, Corinto, y otras muchas.

En todas estas ciudades se advertía una extraordinaria vivacidad y una poderosa fuerza de creación, calidades éstas que se pusieron de manifiesto bajo distintos aspectos en el siglo VI a. C. En el campo de la actividad espiritual había aparecido por entonces un poderoso movimiento filosófico y científico; en las ciudades jonias de la costa del Asia Menor, y en especial en Mileto, Tales, Anaximenes y Anaximandro habían iniciado una era de preocupaciones por los grandes problemas del universo, que otros filósofos, como Pitágoras, Heráclito y Zenón desarrollaban en otros lugares con extraordinario vuelo. En el campo de la economía, Atenas, Corinto, Mileto y otras ciudades marítimas habían logrado los frutos que perseguían con su navegación, con su acción colonizadora y con su actividad comercial, creando un intenso tráfico gracias al cual había surgido una clase social numerosa, rica y emprendedora, que, con su acción, hacía afluir a sus ciudades grandes riquezas y, con ellas, un espíritu renovador. En el campo político estas ciudades habían logrado reemplazar las clases dominantes de los poseedores de la tierra por estas otras que supieron imponer el primado de la democracia, esto es, del gobierno del pueblo: Solón, en Atenas, había creado una legislación muy completa para asegurar este régimen. Pero al lado de ellas, sin embargo, las ciudades interiores habían mantenido, en cambio, su régimen aristocrático.

Los griegos adquirieron la convicción de que pertenecían a una raza privilegiada y constituían una unidad espiritual; cuando aquellos que estaban sometidos al yugo de los persas comenzaron a pensar en liberarse de su dominación, sus hermanos libres se mostraron favorables a sus proyectos; y esta decisión se tornó manifiesta cuando Darío, queriendo aumentar sus dominios, cruzó el Helesponto y se apoderó de Tracia y Macedonia, con lo cual su vecindad apareció como sumamente peligrosa para todos los griegos.

Un día, en el año 499 a. C., los milesios se sublevaron contra el gran rey y Atenas corrió en su auxilio; pero algún tiempo después fueron vencidos y Mileto fue destruida por Darío, quien creyó necesario —y, además, provechoso— castigar a Atenas y dominar a las ricas y aparentemente débiles ciudades griegas del Egeo. Entonces comenzaron unas largas guerras que se conocen con el nombre de guerras médicas, cuyo recuerdo nos ha sido conservado por un historiador de Halicarnaso llamado Herodoto.

En efecto, en 490 a. C., Darío organizó una poderosa flota que debía apoderarse de Atenas; pero al intentar desembarcar en la llanura de Maratón, los atenienses, mandados por Milcíades, presentaron batalla con sus 30.000 hombres contra el inmenso ejército de Darío, y consiguieron la victoria. Diez años después los persas volvieron, esta vez más amenazadores; Jerjes, el hijo de Darío, envió a Grecia, costeando toda la Península balcánica, un terrible ejército cuya marcha protegía desde el mar su enorme flota; esta vez se unieron todos los griegos; los espartanos trataron de contener a los persas en el paso de las Termópilas, pero a pesar de la heroica resistencia de Leónidas en aquel paraje el ejército invasor siguió adelante y llegó a Atenas, cuyos habitantes abandonaron la ciudad y se refugiaron en la isla de Salamina, desde donde la vieron arder. Temístocles era quien había aconsejado la evacuación y la formación de una poderosa armada; con ella aniquiló un día memorable la flota enemiga en el estrecho que separaba la isla de la Península del Atica y dejó así desguarnecido al ejército invasor, que, un año después, era derrotado en Platea, mientras los restos de la armada persa eran deshechos en Micala, cerca de la costa de Mileto.

Las victorias griegas alejaron al persa, que siguió siendo, sin embargo, una amenaza que los griegos sentían sobre sus cabezas. La heroína de aquellas jornadas había sido Atenas y ello le valió un inmenso prestigio que sus hábiles estadistas aprovecharon para consolidar su posición dentro de Grecia mediante una liga —llamada de Delos por la isla en cuyo santuario se estableció la sede— en la cual se agrupaban todas las ciudades marítimas, y cuyas fuerzas y riquezas administraba Atenas. Así se convirtió en la ciudad más poderosa e ilustre; reconstruyeron la ciudad con el dinero de la liga, y bajo los cuidados de Pericles, un político genial, la ciudad se cubrió de hermosos templos y monumentos, obra de artistas tan ilustres como Fidias, el escultor, o Ictinos, el arquitecto. Todo contribuyó a acrecentar su gloria; los más grandes poetas griegos aparecieron por entonces y las representaciones teatrales que se hacían en honor del dios Dionisos dieron ocasión para que mostraran su genio Esquilo, Sófocles, Eurípides, precisamente cuando Sócrates y los sofistas enseñaron las nuevas doctrinas filosóficas que Platón desarrollaría luego; entretanto, mientras los barcos mercantes traían el fruto de un activísimo comercio, las naves de guerra, comandadas por Cimon, el hijo de Milcíades, limpiaban de enemigos todas las rutas del Egeo.

El esplendor de Atenas fue el triunfo de la democracia; se había constituido ese régimen durante el siglo VI, cuando Solón echó sus bases con una sabia legislación, y, tras la época de los tiranos —Pisístrato y sus hijos—, se había afirmado por las sabias medidas de Clístenes. Fueron las guerras médicas las que lo consolidaron definitivamente; Efialtes y Pericles contribuyeron con su prudente política a establecer su funcionamiento y, así, la asamblea del pueblo o ecclesia, que reunía a todos los ciudadanos, llegó a ser la más alta autoridad política; los tribunales surgían también del pueblo y los arcontes —que eran los magistrados ejecutivos— ejercían sus funciones sólo durante un año; una corriente de entusiasmo cívico fortalecía toda la existencia de esta ciudad maravillosa en el siglo V.

Pero Atenas no era la única ciudad de la Grecia. Junto a ella otras muchas, de no menor importancia, pero a las que no se les había brindado la ocasión de asumir un papel tan destacado como a ella o que no contaban con personalidades tan poderosas y brillantes como las que en ese momento aparecieron en Atenas, veían no sin envidia la exaltación de la ciudad del Atica. Algunas se resignaron, sin embargo, a entrar en su zona de influencia: fueron, especialmente, las ciudades marítimas, a las que la organización de la liga de Delos podía proteger; otras, por el contrario, se mantuvieron alejadas y, acaso, prontas para intentar la humillación de la orgullosa potencia marítima. Entre estas últimas ocupaba un lugar preponderante Esparta.

Esparta era una ciudad continental, encerrada entre montañas que hacían innecesaria toda fortificación artificial, y construida a orillas del río Eurotas. Había sido fundada por los invasores dorios y esta circunstancia determinó su fisonomía social y política: los conquistadores constituyeron la clase dominante y ocuparon las tierras de la llanura fértil, reservándose el nombre de espartanos. Por debajo de ellos quedaron los vencidos: algunos —acaso los que antes dominaban en la región— fueron autorizados para poseer tierras en los alrededores y para ejercer los distintos oficios; fueron los periecos; otros, en fin, los más humildes y desgraciados, fueron sometidos a esclavitud y obligados a trabajar las tierras de los espartanos sin que poseyeran ningún derecho; se les llamó ilotas.

De más está decir que el gobierno de la ciudad quedó exclusivamente en manos de los conquistadores; pero la situación de minoría en que se encontraban los forzó a adoptar una organización singular; por un conjunto de leyes —que la tradición atribuyó luego a un legislador legendario que llamó Licurgo— los espartanos se obligaron a vivir en permanente estado de guerra; desde pequeños formaban parte de organizaciones militarizadas en las que cumplían un severo entrenamiento y luego entraban a formar parte del ejército. Los espartanos no tenían que preocuparse de sus necesidades porque el estado repartió las tierras entre ellos por partes iguales y asignó a cada lote un número de ilotas que debían trabajarlas en provecho de su ocupante, y, libres así de toda otra ocupación, pasaban su vida en ejercicios militares y, después de cierta edad, en el manejo de los negocios públicos. En efecto, como espartanos pertenecían a la apella o asamblea general; pero, en rigor, la dirección del estado correspondía a un cuerpo más limitado del que sólo formaban parte veintiocho ancianos de más de sesenta años que se llamaba gerusia ; este cuerpo fiscalizaba hasta la conducta de los dos reyes que Esparta tenía, valiéndose para ello de altos funcionarios anuales —los éforos — que actuaban cerca de los reyes para impedir todo intento de absolutismo.

Así llegó a ser Esparta la primera potencia militar de Grecia; pero el azar de las guerras médicas hizo que la mayor amenaza se presentara por el mar y, así, fue Atenas —la primera potencia marítima— la que tuvo que afrontar la responsabilidad en esta oportunidad; ya hemos visto qué situación privilegiada obtuvo por esta circunstancia. Pero Esparta no podía ver con buenos ojos este crecimiento de la ciudad ática y, en el siglo V, cuando Atenas sobresalía por su autoridad y por el brillo de su cultura, Esparta se preparaba para disputarle la supremacía sobre la Grecia.

Por entonces los griegos estaban seguros de que constituían la población más ilustre del mundo civilizado. Pero el mundo civilizado no se encerraba ya dentro de los límites del Mediterráneo oriental, y, fuera de los pueblos del Asia, crecían otros hacia el oeste. En efecto, más allá del estrecho de Mesina y el canal de Túnez, otros pueblos desarrollaban su peculiar civilización y su existencia manifestaba una tendencia evidente a la expansión y al desarrollo espiritual. Los más importantes eran los griegos de las ciudades del sur de Italia y de Sicilia y los cartagineses del norte de África; los etruscos habían comenzado a declinar y la ciudad de Roma, que había sacudido su dominación, sólo entonces comenzaba a crecer; pero, por el momento, Cartago y las ciudades griegas de Italia y Sicilia constituían —en el siglo V— los grupos más poderosos y civilizados; su rivalidad pareció definirse en el año 480 a. C. en la batalla de Himera, en la que los siracusanos derrotaron a los cartagineses; pero Cartago trató todavía de mantener y desarrollar su actividad marítima, reponiéndose poco después.

Entretanto, Roma afirmaba su situación. Al sacudir la dominación etrusca cambió su régimen político y constituyó desde entonces una república aristocrática en la que dominaban los patricios, en tanto que la población humilde o extranjera de origen —los plebeyos— carecía de derechos. Patricios eran los dos cónsules, los miembros de la Asamblea por curias y del senado, así como los demás magistrados. Durante el siglo V, sin embargo, las cosas cambiaron poco a poco; Roma tenía que combatir permanentemente contra los etruscos, que no se resignaban a perder definitivamente el dominio del valle del Tiber, y contra las tribus itálicas de la vecindad que disputaban a Roma la supremacía de la región: los sabinos, los ecuos y los volscos; en estas guerras anuales Roma fue consolidando poco a poco su dominio y llegó a constituir una poderosa liga con la que disfrazaba el poder que ejercía sobre sus aliados; pero para estas empresas no bastaba siempre el pequeño ejército patricio y era menester que los plebeyos coadyuvaran al esfuerzo militar; los plebeyos no se negaron pero exigieron que se les reconocieran ciertos derechos y, si así no ocurría, se negaban a prestar su colaboración; por este medio —y por otros menos violentos— los plebeyos obtuvieron que se les reconociera el derecho de tener un abogado de la plebe —tribuno— que los defendiera de la arbitrariedad de los magistrados romanos y poco después fueron admitidos, paso a paso, en las distintas magistraturas. Así pudo Roma derrotar a los etruscos, a las tribus itálicas y, más tarde, en el siglo IV, a los samnitas. Poco a poco los romanos aparecieron como la tercera potencia del Occidente, junto a los griegos y a los cartagineses.

Entretanto, al promediar el siglo V, la rivalidad entre Esparta y Atenas se agudizaba. El dominio ateniense se tornaba pesado e insufrible para las ciudades de la liga de Delos y Esparta atizaba este descontento. Un día una circunstancia desgraciada —el apoyo de Atenas a una colonia sublevada contra Corinto, que estaba dentro de la esfera de influencia de Esparta— desencadenó la guerra entre los dos sectores del mundo griego: el que tenía por núcleo a Atenas y el que tenía a Esparta como centro; en 431 comenzaron las operaciones de la guerra llamada del Peloponeso, durante cuyos primeros diez años Esparta saqueó la campiña ática y obligó a su población a que se guareciera dentro de los muros de Atenas; una peste terrible provocó entonces allí gran número de víctimas entre las que se contó el propio Pericles; pero Atenas, por su parte, saqueaba con su flota las costas lacedemonias y la guerra no parecía que pudiera ser concluida por ninguno de los combatientes; entonces se concertó la paz de 421.

Esa paz no fue definitiva. En 415, Atenas organizó una expedición contra Sicilia, propuesta por Alcibíades, que terminó en un fracaso; entonces Esparta ocupó otra vez con sus tropas el Atica y una flota espartana —en la que figuraban muchos barcos cedidos por Persia— logró dar cuenta, frente a las costas de los Dardanelos, de la armada ateniense; el sitio de la ciudad pudo ser completado entonces con el bloqueo del puerto del Pireo y el año 404 a. C. Atenas aceptó una dura paz que la despojó de la supremacía de Grecia.

Quien heredó esta situación de predominio fue Esparta; pero la gran potencia militar ejercitó, a su vez, una dominación tan dura, o más, acaso, que la de los atenienses, y las rebeliones comenzaron a aparecer; las alimentaba Persia con su dinero, porque Esparta había intentado extenderse por el Asia Menor y el rey de reyes necesitaba que Esparta tuviera ocupación en la misma Grecia. Al fin, los atenienses organizaron una nueva liga marítima, y, en Beocia, Tebas organizó, bajo la dirección de Pelópidas y de Epaminondas, otra confederación de formidable poder militar; una nueva táctica de combate acrecentó ese poder; Epaminondas la puso en juego y derrotó con ella a los espartanos el año 371 a. C., en la batalla de Leuctra, en la que la supremacía lacedemónica se eclipsó.

Tebas hubiera podido recoger los frutos de su victoria, cuyos alcances completó con la que obtuvo en el mismo Peloponeso, en Mantinea; pero en esta última acción murió Epaminondas y no apareció en Tebas quien lo reemplazara. Una era de anarquía comenzó entonces para la Grecia, en la que se sucedían los conflictos entre las ciudades. Pero en Tebas había estado como rehén un príncipe macedonio, Filipo, que había aprendido allí el valor de la organización militar tebana y que decidió aplicarla en su propio país. Llegado al trono la puso en práctica y muy pronto Macedonia —que hasta entonces no había sido considerada como un estado propiamente helénico— se transformó en la primera potencia de la península.

Desde entonces toda la Grecia tuvo conciencia del peligro: si se mantenía desunida podía ser presa de Persia o de Macedonia. Así surgió la convicción vehemente de que era necesaria la unidad, y no faltaron oradores, como Isócrates en Atenas, que la recomendaron aun a costa de que se hiciera bajo la autoridad de Macedonia, porque parecía preferible eso a la dominación persa. Filipo aprovechó este estado de ánimo y emisarios suyos propugnaron esta política en todos los estados griegos; contra ellos se levantaron los que temían la pérdida de la autonomía y las luchas entre estas facciones dentro de cada ciudad comprometieron aún más su capacidad de defensa: los duelos oratorios de Demóstenes, defensor de la independencia ateniense, y Esquines, sostenedor de la urgencia de la unificación griega, fueron, acaso, el más alto testimonio de la pasión que despertó este choque de puntos de vista. Al fin, las ciudades en las que predominaban los partidarios de la independencia, presididas por Atenas, constituyeron una liga que intentó detener a Filipo, pero fueron vencidos en Queronea el año 338 a. C. Desde entonces Filipo se sintió dueño de la situación y entró en Grecia; pero el talento político era en él parejo con la capacidad militar y no intentó someter a las ciudades cuya opresión hubiera provocado una constante rebelión; por el contrario, reunió un congreso en Corinto y constituyó allí la Liga helénica, cuyo consejo lo designó jefe de todos los ejércitos griegos para la lucha contra los persas, cuya presunta amenaza constituía el argumento decisivo en favor de la unidad. Filipo contaba ya con todos los elementos políticos y militares que ambicionaba y su sueño de dominación imperial comenzó a ser convertido en realidad: preparó cuidadosamente sus tropas y un día se lanzó hacia el Oriente; pero un conflicto interno se desencadenó en Macedonia y Filipo fue asesinado.

Aquel día hubiera podido cambiar todo el curso de la historia del mundo si los proyectos de Filipo no hubieran encontrado quien los ejecutara; no fue así, sin embargo. Su hijo Alejandro, que había sido discípulo de Aristóteles, un filósofo formado en la escuela de Platón, heredó sus ambiciones y puso a su servicio un inigualable genio militar y político. Pese a los intentos de sublevación, Alejandro reconstruyó la Liga helénica y asumió los poderes que le habían sido conferidos a su padre. Y poco después un poderoso ejército estaba listo para emprender la conquista del Oriente persa.

La expedición de Alejandro comenzó el año 334 a. C. Cruzó el Helesponto, invadió el Asia Menor y derrotó al sátrapa de esa región en la batalla de Gránico, tras de lo cual ocupó Sardes y dominó toda la península. Luego marchó hacia Siria y en los desfiladeros de Isso volvió a derrotar al ejército de Darío, sin que quedara ya obstáculo alguno para la ocupación de toda la Siria y el Egipto, salvo la resistencia de alguna ciudad que, como Tiro, requirió un largo esfuerzo para ser tomada. En Egipto Alejandro se coronó hijo de Amón y aseguró, con esta hábil política, su dominio, dejando así defendidas sus espaldas para las operaciones finales, en el corazón mismo del Imperio persa; entonces marchó hacia la Mesopotamia y en las orillas del Tigris, en Arbelas, derrotó al último ejército de Darío, que huyó sin esperanzas. Poco después Alejandro se sentaba en el trono de Persépolis y concluía, en poco más de tres años, la conquista de un inmenso imperio que encerraba la cuenca del Egeo.

IX. EL MUNDO HELENÍSTICO Y LA REPÚBLICA ROMANA

Alejandro no dio por satisfechas sus ambiciones con la conquista de la Persia propiamente dicha; había que aniquilar a Darío que huía hacia el interior de su imperio y, para ello, Alejandro se internó en el corazón del Irán; logró apoderarse de él, pero no de Darío, a quien un sátrapa dio muerte antes de la llegada del conquistador, y, luego, recorrió parte del Turquestán, sometiéndolo palmo a palmo. Desde allí bajó hasta el río Indo y entró en la rica región del Punjab donde sometió a algunos príncipes de esa región; la enorme impresión que le causó el lujo y la riqueza de aquellas ciudades pareció estimularlo para emprender su conquista y así lo hizo saber a su ejército; pero esta vez no valieron ni el rigor ni el ascendiente que poseía sobre sus hombres; el ejército se negó a avanzar más y Alejandro resolvió regresar hacia el Occidente, para lo cual descendieron el curso del Indo hasta su desembocadura; desde allí la expedición se bifurcó y, en tanto que Nearco conducía la flota por el mar y el golfo Pérsico hasta Mesopotamia, Alejandro cruzó el desierto de Gedrosia y, a través del Irán, llegó a Babilonia; pero poco tiempo después una breve enfermedad dio cuenta de su vida; así terminaron en 323 a. C. los vastos proyectos que anidaban en aquel espíritu de gigante.

Entretanto, Alejandro había echado las bases de la organización de su imperio. En general había mantenido la que los aqueménidas le dieran desde la época de Darío en la faz administrativa, política y militar; también él aspiraba a ser un monarca absoluto y, no sin horror de sus antiguos compañeros de armas, estableció la prosternación con todo lo que ello significaba en cuanto afirmación de un concepto del poder de origen divino que, si era natural en un rey oriental, no podía sino repugnar a sus súbditos griegos; y cuando sorprendió algún indicio de rebelión o siquiera de descontento, actuó con una implacable dureza y acaso con una inútil crueldad. Pero si en todos estos aspectos Alejandro sólo revela el propósito de adaptarse a las características orientales, fue sumamente original su planteo de la situación recíproca de conquistados y conquistadores; Alejandro propugnó la estrecha unificación de ambos grupos y, para ello, estimuló el conocimiento recíproco de sus lenguas y sus costumbres y, sobre todo, la fusión racial mediante el matrimonio de sus oficiales con mujeres persas; él mismo se casó con la princesa Roxana. Además, por mera acción de presencia, los griegos introducían en la extensa área del imperio las costumbres patrias y, al mismo tiempo, se dejaban atraer por algunas de las que eran propias de las regiones conquistadas; con todo, las de los conquistadores solían predominar en las capas altas de la población aunque no conservaran su original pureza; fueron los baluartes de esta influencia helenizante las muchas ciudades que, a la manera griega, fundaron Alejandro y sus principales capitanes, entre las que sobresalió aquella Alejandría que se estableció en las orillas del Nilo.

Estos principios generales que presidieron la conducta de Alejandro no se alteraron fundamentalmente con su muerte, pese a las difíciles circunstancias que surgieron. En efecto, Alejandro no dejaba otra sucesión que un hijo cuyo nacimiento esperaba Roxana y, por algún tiempo, el recuerdo del conquistador tuvo fuerza suficiente como para asegurarle la herencia al niño; pero junto al problema dinástico —que suponía una regencia— comenzó desde el primer día a agitarse el problema de las ambiciones de los generales de Alejandro, todos los cuales se sentían capaces de emprender hazañas tan trascendentales como las del propio rey de Macedonia; así, un día, este haz de ambiciones henchidas por las pasiones más violentas estalló y resultaron sus primeras víctimas los parientes de Alejandro, que fueron asesinados.

Sin embargo, todavía más de veinte años después de la muerte del conquistador y aun luego de la división de hecho del vasto imperio, no eran escasos los que creían que era necesario mantener su unidad. El campeón de esta idea fue Antígono, que quiso sostenerla en provecho propio; pero el resto de los generales se le opuso y la disputa fue resuelta por las armas en la batalla de Ipso, el año 301 a. C., en la que Antígono fue derrotado.

Los generales —Ptolomeo, Lisímaco, Seleuco, Casandro, Pleistarco— se repartieron el territorio del imperio, pero aquel pacto no fue duradero; surgieron entonces varios reinos: el del Egipto, en el que perduraron los sucesores de Ptolomeo Lágida; el de Asia Menor, que correspondió a Lisímaco; el de Siria, con Armenia y Capadocia, que tocó a Seleuco; el de Macedonia, con las ciudades griegas aliadas, que cupo en suerte a Casandro, y el del Taurus, del que fue rey Pleistarco; pero las relaciones recíprocas eran muy difíciles y, en 281 a. C., el ascendiente logrado por Lisímaco llevó a una guerra en la que debía debatirse la extensión y el alcance de los nuevos estados; en efecto, en la batalla de Curupedión, Lisímaco fue vencido y el crimen o los pactos aclararon el panorama; desde entonces subsistieron tres estados principales surgidos de la ruina del imperio de Alejandro: el del Egipto con los lágidas, el de Siria con los seléucidas y el de Macedonia, en el que perdurarán los descendientes de Antígono.

He aquí cuáles eran las grandes potencias de principios del siglo III a. C. Brillaba en ellas una cultura singular que se conoce con el nombre de helenística, esto es, derivada de la helena o griega clásica, que era, en efecto, heredera de aquélla en sus aspectos más importantes, pero que había adquirido, por el contacto con los pueblos orientales sobre los que se había superpuesto, nuevos caracteres.

Predominó, como en Grecia, la vida urbana; pero las ciudades que se fundaron y las que resurgieron con los conquistadores adquirieron un aspecto original; fueron grandes urbes cosmopolitas, en las que se mezclaba la población indígena con la de origen griego y hebreo, cada uno de cuyos grupos solía ocupar un barrio en Alejandría, en Seleucia, en Antioquía, en Corinto o en Pérgamo. Allí se divulgó un dialecto griego que comenzó a ser de uso internacional, como fue internacional la vida por las posibilidades de intercambio que surgieron por todo el Mediterráneo oriental; un mismo carácter predominó en la arquitectura, en la escultura, en las letras, en el pensamiento filosófico y moral, en el sentimiento religioso, y nada más útil para comprender este curioso fenómeno que la observación de sus monumentos más significativos, tales como el Altar de Pérgamo, las esculturas de las Nióbides o del Laocoonte, o la lectura de algunas páginas de las vidas de los filósofos estoicos y epicúreos que nos ha conservado Diógenes Laercio. Grandes bibliotecas y centros de estudio surgieron en todas las grandes ciudades y acaso los más notables fueron los de Alejandría y Pérgamo; gracias a ellos adquirieron las diversas ciencias y técnicas —la medicina, la mecánica, la astronomía, la geografía, la filología— un extraordinario desarrollo del que da idea el prestigio de sus figuras más representativas; citemos a Arquímedes, el físico; a Eratóstenes, el cosmógrafo; a Aristarco, el filólogo.

Pero el mundo griego no acababa allí. Al finalizar el siglo IV a. C. Agatocles creaba en Siracusa una monarquía de caracteres semejantes a la de los grandes príncipes de Oriente y, como ellos, manifestó muy pronto una marcada tendencia a la expansión que debía conducirlo a la dominación de las ciudades griegas y, muy pronto, a un conflicto con los cartagineses.

Entretanto, en Occidente la situación se complicaba. En el transcurso del siglo IV a. C. Roma había logrado dominar a los pueblos samnitas y, con ello, había entrado en contacto con esas mismas ciudades griegas. Tarento, amenazada, llamó en su auxilio a Pirro, uno de los generales macedónicos que se ornaban con el prestigio militar de Alejandro, y Roma aceptó el desafío. Largas guerras, al principio adversas para Roma, luego favorables, dieron a la ciudad del Tíber el dominio de toda Italia del sur, cuando ya Siracusa, con la muerte de Agatocles, había perdido su vigor. Quienes constituían entonces la gran potencia del Mediterráneo occidental eran los cartagineses, y, al llegar los romanos al sur de Italia, el conflicto resultó inevitable. Así, al promediar el siglo III a. C., comenzó la primera de las guerras que ocuparon por mucho tiempo a cartagineses y romanos y que se conocen con el nombre de guerras púnicas. Los romanos vencieron en la primera, que duró desde 264 hasta 241 a. C., gracias a la presteza con que se hicieron diestros en la guerra marítima; tras la victoria de las islas Egates los romanos impusieron a Cartago un tratado por el cual la obligaban a abandonar Sicilia y a pagar una fuerte suma.

Pero Cartago no estaba aniquilada. Amílcar Barca, un soldado que se había distinguido en la lucha contra los romanos en Sicilia, conquistó gran parte de la costa de España y construyó un poderoso y rico imperio que consolidó su yerno Asdrúbal, el fundador de Cartago Nova (Cartagena). Los romanos, entretanto, también acrecentaban su poderío, dominando la Galia Cisalpina, esto es, todo el valle del Po. Así, ambos fortalecidos, volvieron a la lucha, esta vez provocada por el hijo de Amílcar, Aníbal, que concibió el temerario proyecto de invadir Italia desde España, cruzando los Pirineos y los Alpes. Así inició su campaña el año 218 a. C. Una vez cruzados los Alpes los ejércitos consulares fueron impotentes frente a él y Aníbal los aniquiló sucesivamente en las orillas del Tesino, en las del Trebia, y luego en las márgenes del lago Trasimeno, tras de cuya victoria quedaron en el campo miles de cadáveres romanos. Poco después, en Cannas, Aníbal volvió a derrotarlos, esta vez con más desastrosos resultados: al cabo de dos años no quedaba en Italia un ejército romano que pudiera enfrentar al capitán cartaginés.

¿Por qué, entonces, no conquistó toda la Italia? Aníbal creyó que las ciudades del sur le abrirían sus puertas como lo hicieron las de la Galia, pero no fue así. En territorio enemigo, amenazado constantemente por las guerrillas romanas, temeroso de las sorpresas que podían reservar las ciudades amuralladas, abandonado por los mercaderes que gobernaban en Cartago, celosos de su gloria, Aníbal fue perdiendo, poco a poco, vigor. Roma, mientras tanto, condujo sabiamente las operaciones, consolidó algunas posiciones en el sur de Italia y conquistó Siracusa; y cuando pareció que el peligro había cedido en intensidad Escipión concibió el proyecto de atacar a los cartagineses en Africa. Un ejército bien adiestrado por él en Sicilia cruzó el mar y desembarcó en Africa, donde muy pronto encontró aliados en los pueblos vecinos de Cartago; la ciudad estaba defendida por Aníbal, que había sido llamado de Italia, y cerca de ella derrotó al general cartaginés en la batalla de Zama el año 202 a. C. La paz fue impuesta por Roma en términos terribles: abandono de las colonias de España y de la flota, pago de una indemnización, y sujeción a Roma en los asuntos externos; con todo ello, Cartago se transformó en una potencia secundaria a la que Roma no podía ya temer.

Al concluir el siglo III a. C, Roma dominaba sin oposición en el Occidente; constituía una república en cuyo seno se habían fundido íntimamente los grupos patricios y plebeyos para formar un compacto conglomerado social; había surgido, en cambio, una aristocracia política constituida por las familias que monopolizaban el poder público, pero la república conservaba intactas hasta entonces, con su organización política, sus costumbres y tradiciones.

La segunda guerra púnica, sin embargo, tuvo graves consecuencias para ella. La seguridad de su poderío incitó a Roma a continuar sus campañas y esta vez puso los ojos en el Oriente, en donde las monarquías helenísticas decaían visiblemente. En medio siglo Roma conquistó allí muchos territorios y sometió otros a su tutela. El imperio apareció así, pero no a poco precio; las instituciones republicanas no se alteraron aparentemente, pero el prestigio de los generales vencedores, la aparición de una clase rica y aventurera que se enriquecía en las empresas de conquista, la formación de un proletariado que abandonaba la vida campesina y se aglomeraba en las ciudades, todo ello alteró la fisonomía social de Roma. A medida que se elevaba el edificio del imperio territorial, la organización republicana y la fortaleza moral que debían respaldarlo acentuaban su descomposición. Los generales se apoderaban del poder: Mario, Sila, Pompeyo, César, sucesivamente, dominaron en Roma al par que la engrandecían agregando nuevos territorios del Oriente, España y Galias. La población asimilaba las costumbres helenísticas, que eran, en cuanto a nivel moral, muy inferiores a las tradicionales de Roma, pero al mismo tiempo se asimilaba su cultura y, desde el siglo III, aparecieron allí comediógrafos, poetas y dramaturgos como Plauto, Terencio, Cecilio o Pacuvio, oradores como los hermanos Graco o Cicerón; historiadores como Salustio o César; templos, teatros y esculturas cubrieron su suelo y los gustos refinados se pusieron de moda entre las clases más poderosas, la de los grandes jefes políticos y militares o la de los financistas que medraban con la expoliación de las provincias conquistadas.

Al promediar el siglo I a. C. la crisis política y social entró en su fase decisiva. Un general que sentía veleidades de autócrata a la manera de los orientales, Julio César, dotado de un genio poderoso y apoyado por el pueblo, se rebeló contra las clases conservadoras que usufructuaban el control del estado y a las que defendía con las armas Pompeyo.

La guerra civil dio la victoria a César, que se estableció como dictador y aseguró su dominio del imperio mediante unas campañas militares que recuerdan el genio militar de Alejandro. Pero al fin, e! puñal de Bruto, tras de cuyo brazo estaban las clases conservadoras de Roma, puso término a su vida, y de la confusión que siguió a su muerte surgió la figura de Octaviano que, luego de sangrientos conflictos civiles, se apoderó de la totalidad del poder y estableció —bajo la apariencia de una restauración de la república y con el título de Augusto— el régimen unipersonal; por eso se dice de él que fundó el imperio.

En el siglo I. a. C. quedó, pues, unificada toda la cuenca del Mediterráneo en una unidad política que llegaba hasta el Asia Menor y la Siria. Pero conviene recordar que si los romanos tenían tendencia a confundir el imperio con la totalidad del mundo civilizado, había en su apreciación un error hijo del desconocimiento. Más allá de sus fronteras del Rin y el Danubio los germanos llevaban una existencia que apenas insinuaba los signos de una incipiente civilización; pero más allá del Eufrates el Imperio parto había reflorecido con toda la pureza de sus seculares tradiciones persas y era como un testigo mudo de que el Oriente no había muerto; bien lo supieron los emperadores que debieron luchar con ellos. Más allá aún, la India había conocido durante el siglo III a. C., cuando Roma luchaba todavía en Italia, una brillante época de esplendor bajo la dinastía Mauría, uno de cuyos reyes, Asoka, había unificado gran parte de la India bajo su poder político y a la sombra de la moral búdica. Y más allá todavía, la China, tras la decadencia de la dinastía Chou, había resurgido en el siglo III a. C. guiada por otra poderosa dinastía, la de los Han, bajo cuyo largo imperio de cinco siglos gozó China del más alto desarrollo espiritual y de la más segura existencia política.

Así era inmenso el mundo civilizado de aquellos siglos, aun cuando se desconocieran las distintas regiones en las que la civilización florecía; distintas entre sí, alumbraba en cada una de ellas una llama peculiar de ese inmenso fuego en el que arde el espíritu humano.

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X. EL IMPERIO ROMANO Y LA DIFUSIÓN DEL CRISTIANISMO

La época de Augusto constituyó un período de paz y de esplendor. Después de la derrota de Marco Antonio, que había pretendido disputarle el poder, nada había ya que conspirara contra la autoridad de Augusto y el nuevo señor de Roma pudo iniciar una labor de ajuste de los mecanismos políticos, administrativos y sociales, relajados durante el largo período de las guerras civiles. Bajo su autoridad la paz quedó asegurada no sólo porque no hubiera fuerzas organizadas que se le resistieran, sino también porque al estado de excitación había reemplazado un vehemente deseo de tranquilidad, que permitió que Augusto se apoderara de todos los resortes de la vida romana al solo precio de asegurarla.

Pero Augusto no sólo fue ilustre por eso. Todos los aspectos de la vida social y espiritual merecieron su atención, y su obra fue vasta y duradera. Atendió a las clases necesitadas incitándolas al trabajo y favoreciéndolas, aseguró las fronteras, reorganizó el ejército para que no fuera factor de disolución e inseguridad, y, finalmente, embelleció las ciudades con hermosos monumentos y estimuló a los poetas y los atrajo hacia su corte; su ministro Mecenas protegió a Virgilio y a Horacio y por entonces florecieron Ovidio, Propercio, Tíbulo. Así quedó su época en el recuerdo de los romanos como un tiempo feliz y ornado por la gloria del espíritu.

Sin embargo, había sufrido algunos fracasos terribles en sus planes. Augusto había pensado acrecentar el territorio del imperio conquistando la Germania para asegurar definitivamente las fronteras y, en tal empresa, su general Varo fue sorprendido y derrotado en la selva de Teutoburgo por los germanos, que exterminaron a todos sus legionarios. La impresión desastrosa que produjo este fracaso, unida a la que provocó la insurrección de las regiones del Danubio, que ocurrió por la misma época, determinó a Augusto a abandonar todo nuevo proyecto de expansión y lo llevó a encerrarse en una política defensiva que el imperio, en su larga existencia, abandonó pocas veces. El otro aspecto de su política que no encontró una solución feliz fue el de la sucesión imperial. Augusto eligió sucesivamente diversas personas para asociarlas al poder con el objeto de que luego le sucedieran, pero la muerte de sus candidatos hizo, repetidas veces, que fuera necesario elegir otra nueva; y, al fin, fue su hijastro, Tiberio, quien quedó en situación predominante y a quien Augusto designó para heredar su autoridad; así, a su muerte, el año 14 d. C. la familia de Augusto, que era la de César, cedió el paso a la de su esposa Livia, que, por su matrimonio, pertenecía a la de los Claudios.

Los dos primeros tercios del siglo I d. Cristo — hasta el año 68— vieron la dominación de esta dinastía cuyos emperadores fueron Tiberio, Caligula, Claudio y Nerón. Fue una época de intranquilidad, porque si Tiberio inició su principado gobernando con serenidad y pericia, sus últimos años, tras el descubrimiento de una conspiración que debía dar cuenta de su vida, fueron de una tiranía cruel; en esta vía le siguió Calígula y no se pudieron encarrilar las cosas bajo el débil emperador Claudio, dominado por los libertos y las mujeres del palacio, que lograron, al fin, imponer en el trono a Nerón, con quien el absolutismo y la crueldad acentuáronse aún más. Esta intranquilidad fue grave, sobre todo para las familias ilustres y para los miembros del senado, porque en ellos veían el emperador y sus favoritos aptitudes con las que podía ser organizada la rebelión, fuera por sublevaciones abiertas o por intrigas palaciegas. Fue, sin embargo, una época fértil para el espíritu; sobresalieron en ella filósofos como Séneca, que fue preceptor de Nerón y a quien éste obligó, finalmente, al suicidio; novelistas como Petronio, poetas como Lucano o Persio; y no faltaron las expediciones militares coronadas por el éxito, como las que terminaron, en tiempos de Claudio, con la conquista de la provincia de Bretaña. Pero estos resultados no modifican el carácter sombrío que tiene todo este período, sin continuidad ni orientación clara en la dirección del estado, sin preocupaciones fundamentales por su suerte, carcomido todo él por el juego de las intrigas de las que eran parte principal los círculos palaciegos y las tropas acantonadas en Roma —la guardia pretoriana—, que se creían con derechos para decidir la suerte del imperio.

Por esta época llegó a Roma la noticia —vaga y confusa— de que, desde hacía algunos años, se predicaba en las provincias orientales del imperio una nueva doctrina religiosa, surgida del seno de la religión judía, difundida primeramente en el seno de las sinagogas y luego ante más extensos auditorios, y cuyos propagadores comenzaban por entonces a llegar a la misma Roma. Esta doctrina había sido predicada por un oscuro personaje de Galilea, de nombre Jesús y a quien llamaban Cristo, que fue crucificado por orden del rey del estado vasallo de Judea, Herodes, con la anuencia del procurador romano Poncio Pilatos, porque vieron en él un caudillo popular dispuesto a sublevar al pueblo judío. Pero esta noticia era muy vaga. Lo que Jesús había enseñado —la creencia en un dios único, padre de la humanidad y de todo lo creado, la observancia de la caridad, de la misericordia, del amor al prójimo, su encarnación en la persona de Jesús que debía traer al mundo la buena nueva del fin de los tiempos, del juicio final y del premio de los justos—, todo eso no había llegado a los oídos de los funcionarios romanos, que no pudieron ver en las pequeñas comunidades cristianas que surgían en todas las ciudades otra cosa que grupos de disconformes, acaso prestos para seguir a cualquier rebelde. Nerón tuvo, por primera vez, noticias de estas gentes y procuró exterminarlos con unas medidas crueles; pero no consiguió sino estimularlos más y así, insensible a su trascendencia, el imperio continuó ignorándolos, excepto cuando los perseguía porque no aceptaban reconocer la divinidad del emperador; pero un odio y una repulsión vaga separaba de ellos a los grupos poderosos, lo cual permitía que, en cualquier circunstancia, se lanzara sobre ellos toda la fuerza del estado.

Una sublevación terminó con el gobierno de Nerón, y, tras un breve período de guerras civiles, llegó al poder un jefe militar del ejército del Oriente, Vespasiano, a quien sucedieron sus dos hijos, Tito y Domiciano. Mientras gobernó esta familia, llamada de los Flavios, esto es desde el año 69 hasta el 96, la administración imperial adquirió una dirección más rigurosa y precisa; la justicia, las rentas, la administración, los trabajos públicos, todo fue organizado con cuidado y con celo, en tanto que los ejércitos romanos aseguraban el orden interior y la inviolabilidad de las fronteras. Juvenal, Tácito, Plinio el viejo, Plutarco, vivieron por entonces. Pero el principado de Domiciano volvió a ser cruel y violento, porque Domiciano —como antes Calígula y Nerón— aspiraba a transformar el principado constitucional establecido por Augusto en una autocracia incontrolada. Como ellos, Domiciano terminó su gobierno por la violencia y entonces llegó al poder Nerva, que estableció el principio sucesorio de la adopción y designó como su heredero a Trajano. Entonces comenzó, cuando terminaba el siglo I, el largo período de los Antoninos, acaso la época más brillante del imperio.

La dinastía de los Antoninos dio a Roma, sucesivamente, los emperadores más ilustres: Trajano, Adriano, Antonino Pío, Marco Aurelio y Cómodo. Excepto el último, que era hijo de Marco Aurelio, todos los demás fueron elegidos libremente por sus antecesores y adoptados como hijos y herederos, teniendo en cuenta sus aptitudes para el ejercicio del poder.

Estas elecciones fueron particularmente felices y durante un siglo pudo decirse que estuvo a la cabeza del imperio el más capaz, el más enérgico, el más sabio y prudente de los ciudadanos: fue una época excepcional en la historia de la humanidad.

Se ha llamado al siglo II la época del "Imperio liberal". Los emperadores se preocuparon sobre todo de acrecentar la seguridad individual mediante el respeto de las leyes, y la correcta y justa administración del estado mediante la ciega obediencia de los preceptos constitucionales que lo regían. El senado volvió a ser un cuerpo distinguido e influyente que aconsejaba al emperador y traía ante él la opinión de extensas capas de la población. Mientras tanto, el ejército, que supo cumplir con Trajano empresas importantes que significaron la anexión de nuevos territorios, fue, con los otros emperadores, un instrumento eficaz para reprimir la amenaza de las poblaciones fronterizas, sin llegar a ser un peligro para el orden legal.

Los monumentos se levantaron por todo el imperio y acaso no quede más solemne recuerdo de la austera grandeza romana que aquella columna que Trajano mandó elevar con un inmenso relieve que recordaba sus hazañas. Por entonces vivieron Tácito —el ilustre historiador de los Anales, la Vida de Agrícola, la Germania, , Suetonio —el autor de la Vida de los Césares , Frontón, Apuleyo, Pausanias, Herodes, Ático; también se distinguieron Galeno, el médico, y Salvio Juliano, el jurista; había una intensa preocupación por el saber y acaso sea el rasgo más distintivo de esta época el que un emperador, Marco Aurelio, fuera el más ilustre filósofo de su tiempo.

Pero ya entonces la amenaza de los pueblos germánicos de allende el Danubio adquiría cada vez mayor importancia y Marco Aurelio mismo debió dedicar su vida a defender las fronteras, aun cuando utilizara sus escasos momento de ocio para escribir sus Pensamientos. El principado de su hijo Cómodo no fue digno de sus antecesores y trajo nuevos conflictos internos, precisamente cuando más necesitaba el imperio del orden para guardarse del peligro.

En efecto, la familia de los Severos, que subió luego al trono y que reinó desde 192 hasta 235, asistió a la reiterada violación de las fronteras por las poblaciones vecinas. Y, al promediar el siglo III, una ola de anarquía cubrió el imperio en tanto que los germanos se lanzaban sobre las provincias imperiales. Los ejércitos de las provincias, dueños de la situación o aun derrotados o impotentes, procuraban imponer sus jefes como emperadores para gozar de las ventajas que podrían proporcionarles, pero el imperio se dividió a causa de eso mismo y la resistencia contra el invasor fue ineficaz: había seguido a la época más feliz del imperio, acaso la más desgraciada. Así se vivió durante muchos años, hasta que algunos jefes militares consiguieron, a un mismo tiempo, dominar la anarquía interior y rechazar, poco a poco, a los pueblos germánicos que ocupaban el territorio; el año 285, Diocleciano subía al poder y su largo reinado debía constituir una etapa de paz y de reorganización.

Diocleciano se propuso modificar sustancialmente la estructura del imperio. Comenzó por dar a su poder un fundamento vigoroso y constituyó una monarquía de tipo oriental, acaso imitada de la del Imperio parto, en el que los sasánidas habían restaurado por entonces el poder con esos caracteres. Los antiguos ciudadanos romanos debían ahora arrodillarse ante el señor del imperio y Diocleciano procuró no residir en Roma, sino en Oriente, para que estas nuevas costumbres repugnaran menos a quienes debían ajustarse a ellas. Entonces dividió el imperio en dos grandes jurisdicciones —el Imperio de Oriente y el de Occidente, eligiéndose un colega—, cada una de las cuales dividió a su vez en dos; luego designó dos Césares que debían ser herederos de los dos Augustos. Además de reorganizar la jurisdicción del poder político, Diocleciano procuró legislar sobre todos los aspectos de la vida política y social para introducir orden en la situación caótica que había seguido a la invasión y a la anarquía; por ejemplo, estableció precios máximos para los artículos de primera necesidad para combatir la especulación y la miseria, obligó a permanecer en sus oficios y profesiones a todos los habitantes y aun a sus hijos y, finalmente, procuró afirmar la unidad nacional combatiendo ferozmente el cristianismo que había adquirido enorme difusión; pero, en cambio, dejó en pie los inmensos latifundios que se habían constituido y jamás tocó las prerrogativas de sus propietarios.

La obra de Diocleciano fue ciclópea, pero efímera. Cuando abdicó, cansado de tanta labor, la estructura imperial que construyera con tanto celo se derrumbó en medio de la guerra civil; pero quien recogió un día en provecho propio aquel poder fue un hombre no menos capaz y hecho en su escuela: Constantino. Aquella organización no perduró en sus manos aunque subsistieran algunas de sus inspiraciones. El nuevo emperador trató de asegurar el orden y la convivencia aunque cambiara de métodos. Reconoció al cristianismo en vez de perseguirlo y fundó una nueva capital que fijó en las orillas del Bosforo y que se llamó Constantinopla. Pero las discordias dinásticas recomenzaron con su muerte y, acaso por odio a su memoria, uno de sus sucesores, Juliano, volvió a restaurar el paganismo con todo su esplendor; no pudo, sin embargo, comunicarle nueva vida frente al cristianismo, que había adquirido inmensa difusión, y su creación terminó con su vida.

A todo esto, las amenazas externas no cesaban. Nuevos pueblos germánicos amenazaban por el Danubio y el Rin y, lo que fue más grave, el imperio comenzó a necesitar precisamente de algunas de esas bandas para combatir a las otras. El ejército se germanizó, como se germanizaban las regiones fronterizas en las que las poblaciones de ese origen obtenían del imperio tierras para que las trabajaran; algunos de esos extranjeros llegaron a alcanzar, muy pronto, cargos de extrema responsabilidad dentro de la organización política y militar del imperio.

Un día, un pueblo en masa, los visigodos, llegaron a las fronteras del Imperio de Oriente a pedir refugio para escapar a la persecución de un pueblo extraño, de tez amarilla y ojos oblicuos: los hunos. El imperio accedió a la demanda y le cedió tierras para que vivieran a cambio de un impuesto que debían pagar y cuya cobranza motivó los más crueles abusos de los funcionarios romanos. Un día los visigodos se sublevaron contra las exacciones del imperio y derrotaron al emperador Valente frente a la ciudad de Andrianópolis, dándole muerte. El emperador de Occidente envió para apaciguarlos a su más hábil general, Teodosio, que pronto alcanzó, a su vez, la dignidad de emperador de Oriente, y que usó con los visigodos de un admirable tacto: fueron vencidos sin crueldad y ubicados nuevamente en algunas provincias del Danubio.

Al finalizar el siglo IV, la época de Teodosio pareció un oasis de paz tras tantas inquietudes. La corte de Constantinopla volvió a ser la capital de todo el imperio cuando, muerto su colega, Teodosio no designó nuevo emperador de Occidente y la unidad pareció reinar en el orbe romano, esta vez bajo el signo del cristianismo que Teodosio estableció como religión oficial. Pero poco antes de su muerte, que ocurrió el año 395, el emperador resolvió dividir el imperio entre sus dos hijos, y el azar de las circunstancias quiso que no se volvieran a reunir más. Puede decirse que el gran Imperio romano había terminado ese año, en cuanto a unidad territorial y política.

Quedaba al este de sus fronteras un poderoso Imperio: el de los partos. En el siglo III la dinastía de los sasánidas lo había hecho resurgir y constituía ahora una potencia militar que amenazaba constantemente al Imperio de Oriente, que tenía que estar permanentemente en guardia en la región del Eufrates. Más allá, la India mantenía su régimen de autonomía entre los múltiples principados y, más allá aún, en la China, caía —en la misma época en que surgían los sasánidas y entraban los germanos en el territorio del Imperio romano— la dinastía de los Han; ya se insinuaba la acción de las tribus mongólicas que desde el desierto de Gobi se lanzaban hacia el sur y hacia el oeste, y los mismos que comienzan a golpear las puertas de la China son los que desprenderán aquella rama que, tras cruzar toda el Asia, llegaría hasta las riberas del Dniester amenazando a los godos, una de cuyas ramas se refugió, como ya vimos, en el Imperio romano.

Al comenzar el siglo IV, un nueva época de invasiones, de movimientos de pueblos, de ocupaciones territoriales comenzaba, y de esas convulsiones surgirá un nuevo cuadro en el gran drama de la historia.

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XI. DEL SIGLO V AL XI. LA DISOLUCIÓN DE TRES IMPERIOS

Aunque Teodosio creyó que le era posible gobernar por sí mismo todo el Imperio romano desde la Bretaña hasta la Siria, al sentir que se acercaba la hora de la muerte resolvió atenerse a la tradición política que había predominado desde la época de Diocleciano; entonces dispuso que el imperio se dividiera en dos —el de Oriente y el de Occidente— y adjudicó uno de ellos a cada uno de sus hijos: a Arcadio el de Oriente y a Honorio el de Occidente; un meridiano que pasara por el mar Adriático separaría, aproximadamente, las dos regiones. En verdad, esta división no era artificial; desde que Roma y la Italia habían perdido su fuerza expansiva y su prestigio político, el Oriente había visto renacer las antiguas tradiciones griegas y había recobrado, con ellas, la conciencia de su antigua superioridad espiritual; en consecuencia, la diferenciación entre los territorios del mundo helenístico y el Occidente mediterráneo, que el imperio había querido esfumar, volvía a manifestarse, y la separación de esas dos regiones no hacía sino consagrarla en el orden político-administrativo.

Desde entonces, el destino de cada una de estas dos partes del antiguo imperio fue muy distinto, y por eso puede decirse que es en ese momento cuando concluye su existencia como unidad compacta de cultura y como unidad política. El Imperio de Occidente, en efecto, sucumbió al vigor de las invasiones y el Imperio de Oriente, en cambio, pudo subsistir largo tiempo, aunque modificó considerablemente su fisonomía.

A la muerte de Teodosio, en 395, los visigodos se sintieron desligados del compromiso que habían contraído con el Imperio romano en la persona del prudente emperador. Pero entonces apareció entre ellos un jefe de gran empuje, Alarico, que condensó sus ambiciones territoriales y, a sus órdenes, los visigodos recorrieron toda la Península balcánica y se asentaron, al fin, en la costa de la Iliria, amenazando así a la Italia. Una vez fracasaron en su proyecto de invadirla y, para impedir el logro futuro de este propósito, el jefe de los ejércitos del Imperio de Occidente —un germano llamado Estilicón— trajo a Italia a las legiones que guarnecían la frontera del Rin. Entonces sobrevino la catástrofe. En el año 406 las tribus de los suevos, vándalos y alanos cruzaron el río, invadieron la Galia y pusieron pie definitivamente en las provincias occidentales.

Pero, con todo, aquel sacrificio resultó estéril. Alarico pudo, al fin, en 408, entrar en Italia y sus bandas llegaron hasta la misma Roma. Así, al empezar el siglo V los pueblos germánicos estaban ya diseminados por todo el territorio romano que le había correspondido a Honorio.

Durante todo el tiempo que corre entre estas invasiones y el año 476, el Imperio de Occidente subsistió, aunque de modo puramente aparente. Los emperadores siguieron gobernando —generalmente desde la ciudad de Ravena—, pero estuvieron a merced de las distintas bandas germánicas que, en algunos casos, solicitaban y obtenían mercedes territoriales a cambio de su ayuda contra algún otro grupo de los invasores, y en otros, adquirían por derecho de conquista algunas regiones en las que el emperador no ejercía desde entonces ninguna autoridad efectiva. En efecto, algunos grupos invasores, respetuosos de las formas externas, llegaron a imponer con su apoyo a algunos emperadores que creían que les habían de ser sumisos y, a veces, los veían caer luego por obra de otras bandas rivales que apoyaban a otros candidatos a la púrpura. Pero al fin, un jefe de tropas germánicas al servicio del imperio, Odoacro, derribó a uno de estos emperadores ficticios y no se ocupó de elegirle sucesor; por eso, desde 476, fecha en que ocurrió este episodio, desaparece formalmente el imperio que, en verdad, no existía ya desde hacía muchos años.

Entretanto, los pueblos germánicos habían recorrido toda la extensión del imperio, habían devastado algunas regiones y saqueado muchas ciudades, pero, cansados al fin, comenzaron a repartirse —no sin violentas luchas entre ellos— las provincias conquistadas. Los vándalos, suevos y alanos habían abandonado la Galia y ocuparon España repartiéndosela poco tiempo después, de modo que a los suevos les correspondió la región de Galicia, a los alanos la de Portugal y a los vándalos silingos la Bética —que, por ellos, se llamó Andalucía— y más tarde el noroeste de Africa. El emperador quiso contrarrestar esta invasión y cedió a los visigodos, con quienes había seguido una política conciliatoria, toda la Galia desde el río Loira hasta los Pirineos, con la condición de que expulsaran o sometieran a los otros invasores de España. Al cabo de algún tiempo los visigodos lograron su objeto, pero, al someter a aquéllos, constituyeron un vasto reino que desde aquel río llegaba hasta el sur de España y cuya capital se fijó en la ciudad de Tolosa.

Por este tiempo, otros pueblos se establecieron con o sin autorización de los emperadores ficticios— en otras regiones; los anglos, jutos y sajones ocuparon la provincia de Bretaña y los burgundios el valle del Ródano.

Pero cuando la Italia quedó en manos del ejército mercenario de Odoacro, el Imperio de Oriente, ante el desastre general, quiso acudir a remediarlo en la escasa medida de sus fuerzas: un pueblo germánico que estaba en buenas relaciones con Constantinopla, el de los ostrogodos, fue enviado por el emperador a Italia, al mando de su rey Teodorico, para que devolviera aquella península que había sido la cuna del imperio a su dominio; y así, al finalizar el siglo V, Italia cambió de amo, porque los ostrogodos la conquistaron y, aunque no negaron su dependencia nominal del emperador de Constantinopla, ejercieron, en realidad, una autoridad sin limitaciones. fue por entonces cuando otro pueblo germánico del oeste, los francos, cruzaron el Rin y, apoderándose de la Galia al norte del río Loira, establecieron allí otro reino que, muy pronto, se extendió hacia el sur a costa de los visigodos, que quedaron reducidos a sus posesiones de España.

He aquí cómo, al empezar el siglo VI, el Imperio de Occidente no era ya sino un recuerdo; su territorio servía ahora de base a un conjunto de nuevos reinos: el ostrogodo de Italia, el franco de Galia, el visigodo de España, el vándalo de Africa, los anglosajones de Bretaña y el burgundio del valle del Ródano, este último absorbido muy pronto por los francos.

Suele caracterizarse a estos reinos con la designación de reinos romano-germánicos; con ello se quiere indicar que, siendo romanos el territorio y el mayor número de sus habitantes, así como el conjunto de muchas instituciones y costumbres que perduraron, estuvieron dominados por una minoría de origen germánico que, como tenía el poder político y militar, introdujo ciertas modificaciones en el régimen de la vida social que eran imprescindibles para asegurar su dominación; de este juego de influencias recíprocas resultaron notables modificaciones de la tradición romana en materia de legislación, de economía, de costumbres y, sobre todo, de lenguaje: el español, el italiano, el francés son lenguas derivadas del latín con las modificaciones peculiares que introdujo en esa lengua cada grupo germánico.

De todos estos reinos, los más efímeros —fuera del burgundio que fue anexado por los francos— fueron el vándalo y el ostrogodo, porque el Imperio de Oriente consiguió reconquistarlos en el siglo VI y ponerlos bajo su dominio.

En cambio, los otros subsistieron. El reino franco, que había sido fundado por un hombre dotado de grandes condiciones de conductor, Clovis, prosperó por algún tiempo, aunque se dividió luego en varios reinos secundarios entre sus descendientes, que constituyeron la dinastía merovingia; convertidos al catolicismo, hubo entre ellos figuras importantes en el pensamiento tales como su historiador Gregorio de Tours; por entonces comenzó a aparecer allí un tipo de organización social establecida sobre la base de los grandes territorios que se daban a los guerreros más importantes del pueblo conquistador en calidad de feudo, lo cual significaba que podían usufructuarlos y en parte concederlos, a su vez, a otros señores de menor categoría que sirvieran bajo sus órdenes. Pero era necesario que gentes más humildes los trabajaran, y poco a poco, siguiendo una tradición romana, se constituyó una clase de siervos que no podían abandonar las tierras. Por su parte el reino visigodo se afirmó en España y, convertido también al catolicismo, fue dirigido por una aristocracia semejante a la de los francos, a cuyo lado adquirieron notable importancia los obispos que se reunían periódicamente en la capital del reino, Toledo, para tratar de asuntos religiosos y civiles; ilustre por su saber, uno de estos obispos, Isidoro de Sevilla, fue una de las grandes figuras en las letras de su tiempo. Finalmente los reinos anglosajones de Bretaña se consolidaron por esta época y comenzaron a agruparse hasta que, poco a poco, los sajones del sudeste alcanzaron una cierta hegemonía.

A todo esto, el Imperio de Oriente —o Imperio bizantino como empezó a llamársele por el antiguo nombre griego de Constantinopla— había quedado a salvo de las invasiones; es cierto que nuevos pueblos —los búlgaros, de origen mongólico, y los eslavos— amenazaron y aun violaron la frontera norte del Danubio; pero Bizancio supo contenerlos unas veces y asimilarlos otras sin que su estructura se quebrara; también tuvo que afrontar la lucha en las fronteras del Eufrates, tras de las cuales amenazaban siempre los partos; pero en el siglo VI los bizantinos tuvieron la fortuna de tener un emperador dotado de grandes condiciones, Justiniano, que supo hacer frente a todas esas dificultades; y no fue esa sola su obra sino que brilló por su organización del régimen interior, por su ordenación de la justicia mediante la compilación de un gran código que lleva su nombre y por la construcción del primer templo monumental que tuvo la cristiandad, la catedral de Santa Sofía, cuyos mosaicos, cuya cúpula, cuya sin igual decoración, originaron la aparición de un nuevo estilo arquitectónico llamado estilo bizantino. Además, Justiniano logró acrecentar el territorio del imperio con la reconquista de los reinos vándalo y ostrogodo y aun se apoderó de parte de España.

El gobierno de Justiniano afianzó el Imperio bizantino y su obra hubiera durado mucho tiempo; pero en el siglo VII apareció en la Arabia un predicador llamado Mahoma, que aglutinó a todas las tribus árabes y las sacó de su insignificancia convirtiéndolas en una potencia militar temible. Mahoma predicaba el culto de un dios único —Alá— y aconsejaba la limosna, la oración, la peregrinación al viejo santuario de la Kaaba, en la ciudad de la Meca, en el que él no permitió que subsistieran los viejos ídolos sino solamente una piedra negra donde la tradición afirmaba que había reclinado su cabeza Ismael, fundador de la estirpe; pero lo más importante era que predicaba la guerra santa, esto es, la lucha contra el infiel que no creyera en Alá y en su profeta Mahoma; esta prédica encontró eco en las belicosas poblaciones del desierto y desde el año 630, en que consiguieron dominar en La Meca, iniciaron una vasta conquista que puso en peligro a todos sus vecinos. En efecto, el Imperio parto cayó íntegramente en sus manos y los bizantinos perdieron la Siria, el Egipto y el norte de Africa. Así surgió el califato, que tuvo su sede primero en Damasco y luego en Bagdad. Desde entonces los bizantinos no pudieron dedicarse a otra cosa que a custodiar sus fronteras meridionales y sólo gracias a la energía del emperador León III, en 739, pudieron conservar el Asia Menor.

Pero al mismo tiempo, los musulmanes —que así se llamaba a los diversos pueblos convertidos a la religión de Mahoma— invadieron Europa; en 711 cruzaron el estrecho de Gibraltar y destruyeron el reino visigodo apoderándose de toda España menos algunos valles del Cantábrico en donde no pudieron introducirse. Poco después cruzaron el Pirineo y entraron en el reino franco, en el que los reyes merovingios habían perdido autoridad y fuerza; afortunadamente para ellos, un noble ambicioso y capaz, Carlos Martel, que era jefe del ejército, organizó la resistencia y venció a los musulmanes en 732 en la batalla de Poitiers. Poco después su hijo Pipino el Breve —que despojó al último merovingio de la corona y se proclamó rey— inició los esfuerzos para rechazarlos hasta más allá del Pirineo. Pero fue su hijo Carlos quien los expulsó definitivamente quitándoles, además, el territorio de España que va desde el Pirineo hasta el río Ebro.

Así quedaron estabilizadas las fronteras entre los dos grandes imperios, el bizantino y el musulmán; junto a ellos el hijo de Pipino, Carlos, rey de los francos, más conocido por Carlomagno, consiguió reunir —a fines del siglo VIII— casi toda la Italia, la España hasta el Ebro, la Germania hasta el río Elba y la región danubiana donde hoy está Austria.

Suele llamársele a esta nueva unidad política Imperio carolingio —de Carolus, Carlos en latín— y aunque no fue muy duradero, fue muy importante. Al fin habían vuelto a reunirse casi todos los territorios del antiguo Imperio de Occidente y Carlomagno se había hecho coronar, simbólicamente, emperador en Roma con intervención del papa, esto es, del jefe de la pequeña comunidad cristiana de Roma al que, por tradición, se le había reconocido cierta autoridad sobre todos los cristianos. Carlomagno aseguró su autoridad por las armas y, luego, la afianzó mediante una excelente organización administrativa: se dividió el territorio en provincias y sus autoridades eran celosamente fiscalizadas por enviados secretos del emperador; además estimuló la vida espiritual creando escuelas y monasterios y llamando a su corte a las figuras más ilustres de la Iglesia, cuyos miembros eran, por entonces, los únicos que se dedicaban a los estudios; así brillaron en ella Alcuino, Eginardo y Pablo Diácono.

Fuera del Imperio carolingio, había en Europa otros estados; en el norte de España, en aquellos valles cantábricos a los que no pudo entrar el invasor musulmán, había surgido el pequeño reino astur que pudo mantenerse pese al vigor de los musulmanes y que poco a poco avanzaba hacia la región de León; en Inglaterra subsistían los reinos anglosajones, y en las regiones del mar Báltico algunos pueblos germanos que no habían avanzado como sus hermanos hacia el oeste y el sur se lanzaron a navegar y constituyeron fuertes pueblos marinos que solían llamarse vikingos y que se agruparon en Dinamarca, Suecia y Noruega actuales: fueron los que, más adelante, aparecieron en las costas del sur de Europa como piratas o conquistadores y fueron llamados normandos. Fuera de Europa, más allá del Imperio musulmán, la China, que durante algunos siglos había vivido en la anarquía luego de la caída de la dinastía Han, había vuelto a ordenarse bajo los poderosos emperadores de la dinastía Tang, que duraron desde el siglo VII hasta el X. Fueron ellos los que vieron llegar, en el siglo VIII, a los musulmanes que, desde Persia y el Afganistán, se lanzaban hacia el Turquestán, y fueron ellos los que los contuvieron, estableciendo, sin embargo, relaciones comerciales, gracias a las cuales muchos siglos después aparecerían vestigios de la influencia del Asia oriental en la cultura de Occidente.

He aquí cómo coexistían en el siglo VIII cuatro grandes imperios: el chino, el musulmán, el bizantino y el carolingio, fuera de los cuales apenas quedaban focos de civilización. Pero a partir del siglo IX comenzaron a derrumbarse sucesivamente tres de ellos; el otro no dejó de sentir los golpes furiosos de los invasores, aun cuando subsistió a fuerza de ceder parte de sus territorios.

Carlomagno murió el año 814 y heredó el imperio su hijo Luis, llamado el Piadoso, pero la unidad duró poco porque sus hijos se trabaron en dura lucha con su padre y entre sí luego; un tratado firmado en Verdún, en 843, puso fin a estas guerras a costa del reparto del imperio que, desde entonces, quedó dividido en tres partes: la Germania, la Francia y la región intermedia de los valles del Rin, Mosa, Saona y Ródano, agregada a la Italia; pero como el poseedor de esta tercera región murió pronto, sus hermanos, poseedores de las otras dos, volvieron a luchar por su posesión: fueron dos, pues, los reinos importantes y duraderos que surgieron del tratado de Verdún.

Los reyes carolingios no duraron mucho tiempo en esos dos reinos; en 911 murió el último de esa dinastía en Germania y, desde entonces, existió allí la costumbre de elegir rey entre los príncipes poderosos, recayendo las primeras elecciones en los duques de Sajonia, uno de los cuales, Otón I, se coronó emperador poco después, conociéndose su imperio con el nombre de Santo Imperio Romano Germánico; pero su poder sólo pudo ser afirmado con perpetuas luchas porque los señores alemanes estaban decididos a conservar su independencia y así lo hicieron salvo cuando los emperadores fueron singularmente poderosos. Así ocurrió, en efecto, con Otón I, pero no ocurrió con sus sucesores; habría que esperar hasta el siglo siguiente —hacia 1050— para ver actuar a un emperador poderoso como lo fue Enrique IV, de la casa de Franconia, que no sólo dominó a los señores sino que afrontó una larga querella con el papa. En Francia, hacia fin del siglo X, se extinguieron los reyes carolingios y la corona pasó a manos de los Capeto, quienes, como los emperadores alemanes, tuvieron que luchar con la arrogancia y el poder de los señores. Lo que había ocurrido en ambos países era que la nobleza guerrera había adquirido tierras de las que eran no sólo poseedores sino también gobernantes; estaba constituida por señores ligados entre sí por vínculos de lealtad y vasallaje que acrecentaban sus fuerzas y apenas consideraban al rey como otro señor más: era la organización que se llama feudal. Una organización semejante se advertía en los estados sajones y acaso en el pequeño estado astur de España, que solía llamarse ya, en el siglo IX, astur-leonés y que, hacia el siglo X, se había extendido hasta el río Duero. Pero su expansión estaba contenida por los musulmanes de España.

Así se derrumbó, en el siglo IX, el Imperio carolingio y así surgieron de él algunos reinos que, poco a poco, se desmembraban en señoríos más pequeños. Algo semejante ocurrió en el siglo X con la China de la dinastía Tang, que sucumbió al fin al particularismo de los príncipes locales y, aunque pudo conservarse unida su parte central bajo los Sung, perdió su poder de expansión imperial. Poco después se formaría en el Turquestán, sometido a los musulmanes, un pueblo guerrero, amenazador, y cuyo peligro contribuyó a que la China se encerrara en sí misma; pero este pueblo —los turcos seldyucidas— no se lanzó hacia el oriente sino que creció en el seno del mundo islámico y un día, en el siglo XI, se lanzó sobre Bagdad y se apoderó del califato, imponiendo a sus jefes como califas de todo el mundo musulmán del Oriente: sólo quedaron fuera de su autoridad las regiones del noroeste de Africa y de España, que desde el siglo VIII era independiente de Bagdad. Los turcos dominaron en toda Asia y Egipto, y un día se lanzaron contra el Imperio bizantino con ánimo de conquistarlo, pero sólo se apoderaron de las regiones de Asia Menor y no pudieron avanzar más porque los países del occidente de Europa, al llamado del emperador bizantino, organizaron unas expediciones llamadas cruzadas, mediante las cuales, en los últimos años del siglo XI, los contuvieron y consiguieron establecer un reino cristiano alrededor del Santo Sepulcro de Jerusalén, al mismo tiempo que reconquistaban para Bizancio toda el Asia Menor.

Los turcos habían perdido empuje porque no habían logrado la unidad sino que se separaron en pequeños emiratos enemigos entre sí; de ese modo desapareció también el gran Imperio musulmán que tendía a unirse por momentos, pero que no volvió a conseguirlo sino mucho después.

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XII. EL MUNDO DE LOS SIGLOS XII Y XIII

Los reyes de Germania se ornaban desde el siglo X con el título imperial y se decían señores del Santo Imperio Romano Germánico; pero, en verdad, este imperio apenas comprendía otra cosa que la Germania misma e Italia, excepto el sur, donde se había constituido un estado normando.

El resto de Europa estaba organizado en forma de reinos autónomos, subdivididos a su vez en señoríos feudales que contrarrestaban el poder real.

El Santo Imperio cayó en manos de una casa suaba a principios del siglo XII; eran los Hohenstaufen, cuya figura predominante fue Federico Barbarroja. Federico afirmó el dominio imperial en Alemania y pretendió hacerlo en Italia, pero allí se encontró con la firme resistencia de las ricas ciudades de la Lombardia; habían crecido estas ciudades gracias al comercio que se estableció cuando los cristianos tomaron posesión, durante las cruzadas, de algunos puertos del Oriente tales como Beyrut, San Juan de Acre o Antioquía y les prestó ayuda el papa, celoso de las pretensiones de dominación del emperador; al fin las tropas mercenarias de las ciudades lombardas vencieron al emperador en la batalla de Legnano y la autoridad de éste en Italia se mantuvo como una mera ficción.

Entretanto, en Inglaterra se había producido la unión bajo la corona de un rey danés que había conquistado la isla. Uno de sus sucesores, Eduardo el Confesor, estaba emparentado con el duque de aquellos normandos que se habían establecido en la península que recibió en Francia su nombre; se llamaba Guillermo y por ciertos derechos que pudo argüir se lanzó sobre Inglaterra apoyado en la fuerza de las armas, a mediados del siglo XI, derrotando al rey sajón Haroldo en la batalla de Hastings. Esta conquista normanda vinculó a Inglaterra y a Francia —francés comenzó a hablarse en la corte de Londres— y en cierto momento, un siglo después de la conquista, los derechos reales de Inglaterra recayeron en cierto señor francés, el conde de Anjou, llamado Enrique Plantagenet, que había tenido ya conflictos con el rey de Francia Carlos VII a mediados del siglo XII. Entonces se inició una guerra entre la casa francesa de los Capeto, que defendía su poder real, y la casa señorial de los Plantagenet, que eran ahora reyes de Inglaterra además de ser fuertes señores en Francia. Este largo conflicto, que duró más de cien años, se interrumpió mediante una tregua gestionada por el papa, a fin del siglo XII, para que los dos reyes, unidos a Barbarroja, hicieran una cruzada para la reconquista de Jerusalén que había sido perdida por los cristianos. Ricardo Corazón de León, rey de Inglaterra poco después, Felipe Augusto de Francia y Federico de Alemania marcharon hacia Tierra Santa, pero su expedición —la tercera cruzada— fue inútil porque no supieron organizar una acción conjunta, minada su unión por las rivalidades de sus asuntos europeos. Antes de llegar de Tierra Santa murió Federico y muy pronto retornaron Ricardo y Felipe Augusto para continuar la guerra que sostenían sus dos países; Ricardo murió pronto y le sucedió su hermano Juan sin Tierra, quien vencido por Felipe en 1214 en la batalla de Bouvines, perdió su prestigio ante los caballeros ingleses que le obligaron en 1215 a firmar la Carta Magna, documento por el cual limitaba sus atribuciones reales, y se creaba un consejo de señores, precisamente cuando en Francia, por el contrario, los reyes Capeto conseguían afirmar su poder por sobre el de los señores. Todavía duró mucho la guerra y le puso fin, en 1258, Luis IX de Francia, mediante el generoso tratado de París. Enrique III de Inglaterra, vencido, fue nuevamente obligado por los señores a nuevas concesiones que se formalizaron con los estatutos de Oxford, por los cuales se regularizaba el funcionamiento de aquel consejo que se creaba por la Carta Magna.

A la muerte de Federico Barbarroja sucedióle en el trono Enrique VI y a éste Federico II, quien, por el matrimonio de su padre, era rey de aquel estado de las Dos Sicilias que los normandos habían fundado en el sur de Italia. El papado resultaba entonces un verdadero prisionero de la monarquía alemana y los papas lucharon contra ella denodadamente. Pero Federico era un rey de extraordinarias condiciones y supo resistir la persecución del papado; supo también tratar con el sultán de Egipto entendiéndose con él, y su corte fue ilustre por los sabios que fueron llamados a ella y se le deben, en gran parte, los primeros pasos que condujeron a esa tolerancia que fue la sostenida aspiración de la Europa moderna.

Pero a su muerte la acción del papa y sus partidarios —llamados los güelfos— lograron que no se eligiera emperador en el Santo Imperio desde 1250 hasta 1273, período que aprovecharon los señores para afirmarse en el poder y las ciudades de Alemania e Italia del norte para sacudir toda autoridad y acrecentar la actividad económica a que se dedicaban desde que las cruzadas facilitaron el tráfico con el Oriente: así surgieron las ricas ciudades libres que tanta importancia tendrían después y, al mismo tiempo, otras de otros reinos pidieron y lograron cierta autonomía; y no debe extrañar, porque los reyes encontraron en las clases burguesas que las poblaban un apoyo para su lucha contra los poderosos señores feudales.

En estas ciudades ricas comenzaron a aparecer ricos edificios, especialmente eclesiásticos —iglesias, monasterios— y también construcciones civiles, tales como mercados y casas municipales. Desde el siglo XI comenzaron a construirse en un estilo que imitaba en cierto modo a la arquitectura romana, con sus gruesos pilares y sus arcos de medio punto, y que se llamó, por eso, estilo románico; pero desde mediados del siglo XII se generalizó el uso de otras formas arquitectónicas caracterizadas por el arco ojival; en ese mismo estilo se hicieron grandes catedrales, como las de París, Colonia o Burgos, y edificios para los gobiernos municipales. Y no fue ésta la única manifestación que de un rico espíritu creador se vio en este período. Desde el siglo XII los poetas compusieron —para ser recitadas— las historias más o menos verídicas de los grandes caballeros cuyas hazañas interesaban a todos y los milagros de los santos más venerados en cada región. Cuentos, historias y pequeñas obras teatrales comenzaron a divulgarse y en ellas encontraba solaz el espíritu de estas gentes, como encontraba refugio su inquietud espiritual en los magníficos templos de que se enorgullecían los ciudades, y campo de acción propicio su vocación política en el manejo de los intereses urbanos. Venecia, Génova, Florencia, Gante, Brujas, Colonia, fueron ejemplos de esta activa vida ciudadana, que coincidió con la que se desarrollaba en muchas ciudades que habían recibido cierta autonomía en los reinos de Francia, de España o de Inglaterra.

Esta autonomía —ya lo dijimos— no se ofrecía por pura generosidad sino que era concedida por los reyes porque el apoyo de esta nueva burguesía rica les era imprescindible para la lucha que mantenían constantemente contra la nobleza feudal. En el siglo XIII, Francia dio un paso importante en su marcha hacia la centralización política por intermedio de Felipe el Hermoso, un rey audaz y decidido que supo afirmar su autoridad, dentro del reino contra los poderosas, y fuera, contra el papado prepotente.

Entretanto, en la Península ibérica la situación era muy otra. La monarquía había logrado afirmarse allí porque los reinos cristianos —el de Castilla, el de Aragón y el de Portugal— estuvieron perpetuamente en guerra con los musulmanes, que retenían mucha parte del territorio peninsular. A fines del siglo XI los castellanos llegaron hasta el río Tajo y tomaron Toledo, pero los musulmanes españoles consiguieron por dos veces el auxilio de algunas poblaciones africanas y contuvieron en parte la expansión cristiana hacia el sur. Una victoria decisiva de los castellanos en 1212, en las Navas de Tolosa, puso fin a aquella ofensiva y los musulmanes no pudieron ya sino resistir; a mediados del siglo XIII, Fernando III les arrebató Andalucía, y el reino castellano quizá hubiera podido acabar muy pronto la conquista si no hubieran comenzado poco después difíciles conflictos internos que la retrasaron por dos siglos; era entonces uno de los reinos cristianos más importantes de España; ni Navarra ni Portugal podían competir con él en cuanto a fuerza, y sólo alcanzaba su categoría Aragón, que se había lanzado al mar y había extendido su navegación hasta el Oriente y tomado posesión de algunas buenas bases de operaciones: Barcelona, su principal puerto, era una ciudad como aquellas que nombramos antes y que desarrollaban una importante actividad comercial en el Mediterráneo. Muy pronto se apoderaron de las Baleares y de Sicilia y sus navegantes recorrerían los más importantes puertos del Mediterráneo oriental con sus flotas que traían luego a Aragón considerables riquezas.

Los musulmanes quedaron, pues, reducidos a una pequeña región del sur cuya capital era Granada. Desde entonces no pudieron recibir sino muy menguada ayuda del África porque la situación general de los estados musulmanes no era buena: la región de Túnez había aceptado la tutela de Federico II y luego la de un hermano de Luis IX de Francia, Carlos de Anjou, a quien el papa había impuesto como rey de las Dos Sicilias, y las tribus bereberes parecieron declinar en su poder expansivo.

Más allá, el Egipto constituía desde la época de Saladino, a fines del siglo XII, la gran potencia musulmana; éste, que había sido tan capaz guerrero como hábil político, consiguió dominar a casi todos los emires que se habían repartido el antiguo califato seldyucida y había creado un poder fuerte en El Cairo. Sus sucesores continuaron su política; dominaron a los emires y trataron de rechazar a los cristianos que todavía conservaban algunos territorios en la Siria; algunas veces se entendieron con ellos, como ocurrió en el caso del jefe de la sexta cruzada, Federico II de Suabia, que era hombre sin prejuicios, pero otras veces debieron recurrir a todas sus fuerzas para vencer las renovadas olas de guerreros que enviaba la Europa cristiana. Al fin, a mediados del siglo XIII, los musulmanes de Egipto vieron llegar un ejército cristiano, mandado por Luis IX de Francia, a las mismas bocas del Nilo, pero después de perder la ciudad de Damieta, pudieron sorprenderlo en el interior del territorio y consiguieron derrotarlo. Mas poco a poco también ellos perdieron su empuje y ya a fines del siglo XIII no conservaban el vigor que hubiera sido necesario poseer para rechazar la acometida de otros pueblos que el Asia central lanzaba sobre sus dominios.

A principios del siglo XIII, en efecto, se produjo en el desierto de Gobi un movimiento singularmente pujante de las poblaciones mongólicas que lo habitaban. Se lanzaron sobre China, marcharon hacia el oeste y a las órdenes de Gengis-Kan conquistaron muy pronto toda el Asia desde la China hasta el Turquestán. Un viajero europeo, Marco Polo, recorrió aquel inmenso imperio y sus noticias estimularon los viajes que se hicieron más tarde.

Algunos pueblos que escapaban y algunas ramas del tronco mongólico se lanzaron por entonces sobre los territorios musulmanes y cristianos de Siria y ya veremos cómo otros llegaron después. El Egipto pudo por entonces soportar la acometida pero no sería sino a costa de perder su empuje en otras direcciones y, aun así, por poco tiempo.

Entretanto, el Imperio bizantino había sufrido una aventura singular; al finalizar el siglo XI había obtenido la ayuda de los pueblos del occidente de Europa para defenderse de los musulmanes, pero del trato con ellos había nacido un odio profundo que muy pronto se transformó en rivalidad comercial con las potencias marítimas que surgieron gracias a las cruzadas y que aspiraban a compartir los frutos de la actividad comercial que desarrollaba Bizancio. Esta rivalidad tuvo una derivación inesperada. A principios del siglo XIII los franceses organizaron una cruzada —que fue la cuarta— y requirieron la ayuda de las naves venecianas; pero esta ayuda fue prestada a cambio de que los cruzados marcharan primero hacia Bizancio, a la que impondrían condiciones para sus relaciones comerciales; los franceses consintieron y marcharon a la capital bizantina, pero el azar de los acontecimientos hizo que se empeñara la lucha y los caballeros franceses y venecianos, un poco inesperadamente, se apoderaron de la ciudad y, poco después, de casi toda la zona europea del Imperio Oriental. Durante cerca de sesenta años estuvieron allí, en tanto que los bizantinos conservaban el Asia Menor; pero en 1261, la dinastía de los Paleólogos inició y llevó a su fin la reconquista expulsando a los conquistadores; la debilidad de los bizantinos, sin embargo, quedó probada y ya no fue, en efecto, sino un pequeño estado sobreviviente, que sólo necesitaba un golpe violento para sucumbir. Fue entretanto el depositario de las tradiciones de la Antigüedad y, cuando sucumbió, transfirió su herencia al Occidente.

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XIII. LA BAJA EDAD MEDIA Y LA CRISIS DEL SIGLO XV

Las ocho expediciones que realizaron los pueblos del occidente de Europa desde el siglo XI hasta el XIII para luchar contra los musulmanes, que se denominan cruzadas, tuvieron incalculables consecuencias. Hasta entonces y desde los siglos que siguieron a la invasión, la Europa occidental había vivido encerrada en los principios más estrictos de la simplicidad cristiana y dentro de las formas de vida rural a que obligaba el régimen feudal. Las clases privilegiadas no conocían más actividad digna de ellas que la guerra o la oración y su manera de vivir estaba orientada tan sólo hacia estos dos ideales. Así, los castillos que surgieron por toda Europa en el centro de los grandes feudos para protegerse de los ataques enemigos eran sólo desnudas fortalezas de piedra, con aposentos fríos y casi sin aberturas, en las que la vida era sombría y no ofrecía refinamiento alguno. Por otra parte, desde la época de las invasiones las ciudades se habían empobrecido y muchas se habían despoblado porque el régimen de verdadera independencia de los feudos se oponía al comercio y al desarrollo de la manufactura, no sólo porque cada feudo procuraba bastarse a sí mismo con el trabajo de los siervos, sino porque los múltiples impuestos de tránsito y los permanentes conflictos guerreros entorpecían el intercambio.

Pero desde el siglo XII, esto es desde que los cristianos de occidente poseyeron puertos en la costa de Siria como consecuencia de sus triunfos en la primera cruzada, el comercio comenzó a desarrollarse poco a poco y principiaron a verse en los castillos de Francia, de Inglaterra o de Alemania aquellas telas riquísimas, aquellas joyas de admirable trabajo, aquellas armas de exquisito cincelado y temple perfecto que podían traerse del Oriente. La impresión fue profunda y deslumbradora; acostumbrados a la parquedad del moblaje, al primitivismo de los utensilios, a la simplicidad del atavío, los barones y los prelados comenzaron ahora a desear todo aquello que hacía más agradable la vida, que realzaba más la condición nobiliaria; y cuando esos mismos barones y prelados viajaban al Oriente en algunas de las cruzadas o en alguna misión especial, el espectáculo de lujo bizantino o musulmán, con sus palacios suntuosos y sus costumbres refinadas, los deslumbraba de tal modo que trataban luego de imitarlo en su tierra trayendo los objetos más costosos o incitando a los artesanos a construirlos. Así ocurrió que, junto al desarrollo de esos gustos nuevos y a la intensificación del comercio, hubo entonces nuevas ocasiones para el desarrollo de las manufacturas; estas circunstancias contribuyeron a que las ciudades comenzaran de nuevo a poblarse y a crecer en importancia, y ya se ha señalado cómo apareció pronto una burguesía —de burgo, ciudad— que se enriquecía rápidamente con esta producción y ese tráfico. Si se recuerda que la monarquía trató de apoyarse en ella para afirmar su poder a costa del de la nobleza feudal, se tendrá caracterizada sumariamente esta época de la cultura occidental en cuanto a su perfil social y económico. Suele conocerse este período, que comprende los siglos XIV y XV, con el nombre de baja Edad Media.

Ya se dijo que el Santo Imperio Romano Germánico había entrado, a la muerte de Federico II, en 1250, en un período de disolución que duró formalmente hasta 1273 pero que, en verdad, se prolongó aún más tiempo; un principe poderoso, Rodolfo de Habsburgo, fue elegido emperador en ese año, pero su poder fue casi nada más que aparente; los grandes señores dominaban sin control en sus respectivos territorios y al fin, en 1356, se acordó establecer un régimen definitivo para la elección imperial, que puso la totalidad de los resortes en manos de siete príncipes poderosos que se llamaron electores; un documento imperial —la bula de oro— estableció todos los detalles del sistema, que debilitaba considerablemente la autoridad del emperador. Pero a partir de mediados del siglo XV la elección volvió a recaer permanentemente en la casa de los Habsburgo que, más adelante, pudo afirmarse y crecer en autoridad en el seno del imperio. Mientras tanto, la debilidad del poder central favoreció el afianzamiento de muchos estados locales y también de muchas ciudades de Alemania y de Italia; las últimas se enriquecían con el tráfico mediterráneo y las primeras llegaron a monopolizar —reunidas en una liga llamada Hansa germánica— todo el comercio del mar del Norte; Lübeck, Colonia, Bremen eran las más importantes y su comercio se extendía desde Novgorod, en Rusia, hasta Londres, en Inglaterra.

El Santo Imperio se condenó, por esta política, a no ser una potencia de primer orden; lo fueron, en cambio, aquellos países que pudieron reunirse y consolidarse como fuertes unidades políticas. Así ocurrió con Inglaterra y Francia. Estos dos países sostuvieron, durante gran parte de estos dos siglos, una larga guerra, llamada de los Cien años, en la cual Inglaterra perdió definitivamente los territorios que, desde los tiempos de los Plantagenets, poseía en Francia, excepto el puerto de Calais.

Pero lo más importante de este conflicto fueron algunas de sus consecuencias internas. En Francia, la guerra comenzó por dividir profundamente a la nobleza feudal en dos bandos; los ingleses tenían intereses en los mercados de lanas de la región de Flandes, famosa por sus tejedurías, y pudieron entenderse con los duques de Borgoña que también los tenían y cuya producción vitivinícola encontraba salida por los puertos flamencos hacia Inglaterra. Frente a esta alianza de ingleses y borgoñones se levantó otra parte de la nobleza feudal que encontró en una joven campesina que se sentía inspirada por Dios —Juana de Arco— su símbolo glorioso; por su llamado vibrante y emocionado a la unión nacional y por la impresión que causó su sacrificio la nobleza feudal comenzó a unirse alrededor de Carlos VII. Al finalizar el siglo XV, Luis XI, con una política sinuosa, concluyó de aniquilar el poderío borgoñón, el más temible centro del cuadro del feudalismo francés de entonces. No fue ajena a este resultado la introducción del uso de la artillería, usada por primera vez en Europa en la batalla de Crecy, en 1346, mediante la cual comenzaron a perder importancia los reductos fortificados que poseían los señores.

En Inglaterra, el conflicto tuvo, por otras causas, consecuencias semejantes. Así como las derrotas de Juan sin Tierra y de Enrique III habían provocado en el siglo XIII la sublevación de los señores, igualmente la derrota de Enrique VI, de la familia de los Lancaster, en la guerra de Cien años, provocó una sublevación que dirigieron, contra él, los duques de York. Entonces comenzó una larga guerra civil que se llamó de las Dos Rosas —porque una blanca y una roja eran los distintivos de las dos familias en lucha—, que se caracterizó por su violencia y su crueldad; gran cantidad de nobles perecieron en su transcurso y tras muchas peripecias le puso fin en su favor uno de los Lancaster, Enrique VII Tudor, que invadió Inglaterra con un ejército y, al triunfar por ese medio, se encontró libre de compromisos y sin rivales peligrosos. Así pudo implantar una monarquía firme y centralizada, como la que, por entonces, conseguían establecer los reyes franceses.

En la Península ibérica, entretanto, crecían dos reinos cristianos, el de Castilla y el de Aragón, aunque no tanto como hubieran podido hacerlo, porque discordias internas consumieron gran parte de las energías. Así en Castilla, el hijo de Fernando III, llamado Alfonso —ya quien conocieron con el sobrenombre de el Sabio por su amor por los estudios y su preocupación por favorecerlos—, desencadenó, al finalizar el siglo XIII, un conflicto civil por la sucesión; nuevas guerras intestinas estallaron a mediados del siglo siguiente entre el rey Pedro I y su hermano Enrique y todavía, al promediar el siglo, volvió a aparecer el conflicto a la muerte de Enrique IV entre los partidarios de su hija Juana y los de su hermana Isabel; pero ésta triunfó al fin y, como estaba unida en matrimonio con el infante Fernando de Aragón, que poco después llegó al trono, se reunieron estos dos reinos en las personas de sus reyes, que trabajaron por afianzar esta unión.

Aragón, entretanto, había tenido también algunas dificultades internas pero, a diferencia de Castilla, había prosperado notablemente en el mar; tras la conquista de Sicilia, a fines del siglo XIII, los aragoneses siguieron tomando posiciones y, a principios del siglo XV, Alfonso V se apoderó del reino de Nápoles. Fernando de Aragón, unido a Isabel de Castilla, mantuvo esta política mediterránea y coadyuvó a la unidad española trabajando con la reina en la unificación política, religiosa y administrativa; al finalizar el siglo obtuvieron grandes triunfos, porque tras apoderarse de Granada, el último reducto musulmán de España, consiguieron nuevas posesiones ultramarinas gracias a los viajes de Colón, a quien apoyaron decididamente. Así surgió un imperio español que pudo hacer contrapeso a otro que acababa de lograr Portugal estimulando la navegación alrededor del Africa para llegar hasta la India y las islas del archipiélago Indomalayo.

Lo que había estimulado esta navegación oceánica había sido una circunstancia catastrófica para el comercio mediterráneo. Ya se dijo que, en el siglo XIV, una nueva ola de pueblos turcos —movida como consecuencia de la presión de los mongoles en el Asia central— había aparecido en las regiones musulmanas del Oriente, dominándola muy pronto. Se les llamaba a estos turcos otomanos — del nombre de un jefe, Otmán— y ya por entonces hicieron sus primeras incursiones por la Península balcánica; pero a fines del siglo XIV debieron ocuparse en rechazar a los mongoles que, al mando de Tamerlán, les seguían los pasos, y por ello no prosiguieron su conquista. Sólo cuando quedaron libres de esta preocupación pudieron volverse nuevamente hacia el Imperio bizantino: ocuparon poco a poco los Balcanes y al fin, en 1453, sitiaron a Constantinopla. Conservaban el poder los emperadores que la habían reconquistado de los franceses, los Paleólogos, pero no tenían ya el empuje de los fundadores de la dinastía; así, no supieron resistir —o no tenían fuerzas para hacerlo— y al cabo de algún tiempo la ciudad fue tomada y el Imperio bizantino terminó su existencia ese año, justamente cuando acababa la guerra de los Cien años.

Graves consecuencias debía tener para el futuro la aparición de un poderoso imperio en el este de Europa. Todo el Occidente se conmovió y se aprestó para la defensa, pudiendo, al fin, contenerlos en Hungría, pese a lo cual siguieron siendo una amenaza constante para aquellos países. Pero, entretanto, habían interrumpido el comercio del Mediterráneo y las ciudades que prosperaban gracias a él —Venecia, Génova, Amalfi, Marsella, Barcelona— comenzaron a declinar. Siguieron siendo ricas por mucho tiempo, y comenzaron, precisamente ahora, a gozar de su riqueza para estimular las artes y las letras. Así aparecieron, principalmente en Italia, los príncipes que favorecieron las artes, como los Médicis, los Este, los Gonzaga, los Sforza, los aragoneses de Napóles, y, gracias a su ayuda, surgieron grandes artistas y literatos en Florencia, en Milán, en Ferrara, en Nápoles, en Venecia y en Roma. Es la época del Renacimiento. Pero el sino de estas ciudades estaba escrito y, poco después, la hegemonía comercial pasó a los reinos del Atlántico que dominaban las nuevas rutas hacia América, Asia y Africa.

La cultura del Renacimiento se desarrolló con caracteres singulares desde el siglo XV. Pero no hay que creer que la baja Edad Media no poseyera, antes de ese momento, un elevado grado de cultura; por el contrario, el Renacimiento surge como una consecuencia de la cultura medieval, aunque renovada y transformada fundamentalmente por nuevas preocupaciones y nuevos ideales.

Desde el siglo XII, y sobre todo desde el XIII, habíase desarrollado la arquitectura ojival y grandes construcciones cubrieron todos los rincones de Europa; castillos que poco a poco se tornaban palacios, monasterios, iglesias de toda jerarquía, mercados, palacios comunales, residencias particulares, en todos los campos la arquitectura ojival mostraba recursos brillantes y exquisitos. Las construcciones se decoraban con esculturas magníficas de las que son ejemplos las que aún hoy pueden verse en los pórticos de tantas catedrales ojivales. Y, a imitación de los pintores bizantinos, aparecieron en Europa pintores como Cimabue o Ducio di Bonisegna, que manifestaban una exquisita sensibilidad y que fueron luego seguidos por otros que transformaron su estilo para adaptarlo más al gusto occidental, más vivaz y naturalista, como Giotto en el siglo XIV.

En el campo de las letras la baja Edad Media había producido figuras singulares. Por esta época había decrecido el gusto por las canciones de gesta en las que se narraban, en verso, las hazañas de caballeros, pero esas mismas hazañas comenzaron a divulgarse en prosa en las que se llamaron novelas de caballerías; al mismo tiempo comenzó a crecer el interés por la narración más verídica de los episodios históricos y en la que no se exaltara tanto la actuación de los caballeros sino que, por el contrario, fuera la significación de los reyes lo que se pusiera de manifiesto: así nacieron las crónicas reales, como la que Alfonso el Sabio mandó escribir, como la que luego escribieron en España López de Ayala o en Francia Froissart, ambos en el siglo XIV. Al mismo tiempo florecía una literatura de intención didáctica, que con diversidad de matices se extendía hacia todas las enseñanzas, desde las menos significativas, como la que Federico II divulgaba en su tratado sobre la cetrería, hasta las más altas, como la enseñanza moral del infante Don Juan Manuel en el libro del Conde Lucanor o la enseñanza teológica y filosófica de Dante en la Comedia, que luego fue llamada divina; hubo también una enseñanza organizada sistemáticamente en instituciones que aparecieron por entonces con el nombre de Universidades; en ellas se enseñó, al lado de la teología, el derecho canónico, el derecho romano y otras disciplinas secundarias, tales como las que formaban el grupo de las siete artes liberales.

Esta cultura de la baja Edad Media mantuvo sus caracteres medievales aun a lo largo del siglo XV en muchos países de Europa; del siglo XV son el pintor Van Eyck, de Flandes, y el poeta Francisco de Villon, de Francia. Pero en Italia la cultura sufrió, en ese siglo, una transformación singular. Estaban presentes mil incitaciones para volver a los modelos antiguos —monumentos, códices, recuerdos y evocaciones de toda suerte— y surgieron múltiples circunstancias que estimularon el ejercicio del espíritu: los príncipes generosos y magnánimos, las cortes cuyas necesidades de brillo brindaban las oportunidades para el arquitecto, el pintor o el poeta, el dinero que corría sin sujeciones, los sabios emigrados de Bizancio que traían el recuerdo de la libertad del pensamiento que allí se había conocido. Por todo ello —y acaso por otras cosas más— Italia produjo el milagro de romper con la tradición medieval y volverse hacia los modelos antiguos para imitarlos y acaso superarlos infundiéndoles nuevas características.

Ya en el siglo XIV Giotto, el pintor, como Petrarca y Boccaccio, los dos ilustres escritores, mostraron su rebelión contra las formas medievales. El trazo de aquél como la lengua y el espíritu de éstos se hicieron más libres y más sutiles, más próximos a la naturaleza. En el siglo XV Florencia produjo ya una pléyade de grandes figuras; el arquitecto Brunelleschi sentó las bases de un estilo nuevo que imitó la Antigüedad en algunos de sus caracteres, pero que enriqueció con su propia creación, poniéndolo de manifiesto en la cúpula que construyó para la antigua catedral de la ciudad o en el palacio Pitti; los pintores Masaccio, Ghirlandaio o Botticelli revelaron una concepción nueva de la pintura, nueva en la concepción de su colorido, de su dibujo y de su composición; y los poetas, siguiendo la línea de Petrarca, afirmaban la personalidad del nuevo estilo, más dulce, más próximo a las secretas inquietudes humanas, acaso menos profundo que el de los poetas medievales. Y a todo esto, siguiendo a su vez la tradición de aquella escuela de pensamiento libre que se había constituido en Salerno ya en pleno siglo XIII, alrededor de Federico II, los filósofos platónicos de nuevo cuño, como Marsilio Ficino o Pico de la Mirándola, abrían una era de libre examen de muchos problemas que vedaba, hasta entonces, la autoridad del dogma religioso.

He aquí cómo el siglo XV se nos presenta como un recodo en la historia del occidente europeo; no lo fue menos para los pueblos indígenas de América, para los quechuas del Perú, que habían extendido su imperio hacia Bolivia y acaso el noroeste de la Argentina, para los aztecas de México, que dominaban como señores en la meseta y en los valles de México, porque ya estaban a sus puertas quienes aniquilarían su existencia como pueblos dominadores para convertirlos en sometidos. Perduraba, entretanto, en la India la dominación de los mongoles —como recuerdo de su desaparecido e inmenso imperio— y revivía la China bajo la dinastía de los Ming, que los había expulsado de su territorio. Pero ya aparecerían en sus costas los primeros viajeros portugueses tras de los cuales vendrían después, andando el tiempo, colonizadores y misioneros que la pondrían en contacto con la cultura occidental.

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XIV. EL SIGLO XVI

En la Europa occidental el siglo XVI señala los comienzos de la llamada Edad Moderna, designación que —como la de Edad Media— carece de un significado preciso; en todo caso, si se siguen usando estas fórmulas, conviene al menos recordar que no tienen valor sino para el mundo de la cultura occidental.

La consideración de la Edad Media obliga a una aclaración importante. La tradición de la cultura antigua, combinándose con los caracteres que le proporcionó el cristianismo, se mantuvo durante la Edad Media en el Imperio bizantino por una parte, y por otra en los países que surgieron de las cenizas del Imperio de Occidente, extendido, en cuanto a su cultura, hasta el centro de Europa; fue eclipsada, en cambio, en aquellos territorios que cayeron bajo el poderío musulmán —África del Norte, Egipto, la Siria y, después de 1453, en el área del antiguo Imperio bizantino, el Asia Menor,— pero en la Edad Moderna se produce una difusión considerable de su influencia; Rusia y los países del Báltico se vuelven hacia ella y la creación de los imperios coloniales de España y Portugal abre la vía para una activa influencia en América —que se occidentaliza casi por completo—, Africa y Asia; más tarde Holanda, Francia e Inglaterra heredarán esta misión y en el curso de los siglos se incorporará Oceania. La Edad Moderna podría, pues, caracterizarse en principio como la época de la occidentalización del mundo, proceso aún no concluido y que no puede preverse si continuará o si será contenido por la expansión de otras culturas. De aquí que, al considerar el siglo XVI, sea necesario tener muy presente cómo se constituye la cultura occidental y cómo comienza esa labor de difusión.

Pese al brillo de la renovada cultura de los estados italianos, no fueron éstos los que predominaron en Europa en el siglo XVI. El predominio espiritual residía en Italia y fue inmenso su prestigio por entonces en ese aspecto, pero el predominio político sólo podía recaer en algunas de aquellas potencias que, unidas y estrechamente fiscalizadas por una monarquía fuerte, estaban en condiciones de imponerse a las demás. Encontrábanse en esta situación Francia e Inglaterra, cuyos reyes gozaban de este tipo de autoridad; y junto a ellas España que, por obra de los Reyes Católicos, se encontraba en situación semejante. Pero el estado interior de estas tres potencias era harto distinto; Francia e Inglaterra se reponían sólo muy lentamente de la terrible sangría que les había causado la guerra de los Cien años y apenas comenzaban a dar los primeros pasos para afirmarse en Europa cuando comenzaba el siglo XVI; en España, en cambio, dos circunstancias concurrieron para que se transformara en la potencia hegemónica de Europa; por una parte, el inmenso imperio colonial que le proporcionó la conquista y la colonización y explotación de los territorios americanos y, por otra, la circunstancia de que su corona pasara a manos de un príncipe de la casa alemana de los Habsburgo, que adquirió el título de emperador y los recursos europeos que le brindaban sus extensos dominios. Así, cuando en 1519 Carlos de Habsburgo —rey de España desde tres años antes, por el matrimonio de su padre con la hija de los Reyes Católicos— fue elegido emperador por la dieta alemana, nadie pudo dudar que era este príncipe quien poseía la hegemonía europea y con ella España, que por los estados que poseía en Italia y en América era la región más firme de su imperio.

El imperio de Carlos V no constituía, sin embargo, una unidad compacta; en la misma España tuvo que acudir a las armas para afianzar la obra de unificación de sus abuelos y por las armas fueron sometidos los castellanos, que no querían renunciar a sus privilegios en holocausto de una monarquía que les parecía extranjera por muchos conceptos; en Alemania se desencadenó por entonces un movimiento religioso encabezado por el monje Martín Lutero, debido al cual gran cantidad de cristianos —y muchos príncipes entre ellos— se separaron de la Iglesia de Roma para fundar cultos particulares basados en la libre interpretación de las Sagradas Escrituras: se les llamó protestantes. Este movimiento —que se conoce con el nombre de Reforma protestante— también obligó al emperador a trabajar intensamente para impedir la disgregación de sus dominios, unas veces persiguiendo a los heterodoxos, otras tratando de conjurar las consecuencias políticas que provocaba, ya que algunos príncipes, bajo pretexto de defender su nueva fe, no hacían sino afirmar su independencia política.

Pero así y todo, el imperio fue suficientemente fuerte y amenazador como para preocupar a las potencias vecinas; Francia era sobre todo quien se consideraba en inminente peligro, pues su territorio estaba íntegramente rodeado por dominios imperiales; esta circunstancia, y la de haber aspirado su rey Francisco I a la corona imperial, desataron entre ellas y los Habsburgo una guerra que se prolongó por más de medio siglo y que volvió a surgir otras veces bajo distintas formas. El teatro de estas guerras fue unas veces Italia, otras las fronteras de los Pirineos o de la región de los Países Bajos y el Rin, y su desarrollo demostró el vigor de Francia, quien no vaciló en unirse unas veces con el Imperio otomano y otras con los príncipes protestantes a fin de poder hacer frente a las fuerzas del emperador. Pero ninguno de los dos rivales pudo resolver definitivamente a su favor la contienda y las negociaciones diplomáticas solucionaron muchas cuestiones parciales. Una solución apareció un día inesperadamente: Carlos V, fatigado después de tantos años de luchas, agobiado por las amarguras que le producía el conflicto religioso en Alemania y la difusión de la religión protestante por toda Europa, abdicó su poder dividiendo su dominio entre su hijo Felipe II y su hermano Fernando I; al primero le correspondió España con las posesiones americanas, los Países Bajos e Italia, y al segundo, que era rey de Hungría y Bohemia, las posesiones de los Habsburgo en Alemania, correspondiéndole también la corona imperial. Francia no podía ya sentirse amenazada y el conflicto, aun cuando continuó todavía, fue perdiendo poco a poco su intensidad.

Entretanto, reinaba en Inglaterra la familia de los Tudor, descendiente de Enrique VII; mientras reinaba Carlos V, Enrique VIII había gobernado Inglaterra con una autoridad indiscutida y su soberbia había crecido sin tasa. Prendado de una dama de honor de la reina Catalina —tía de Carlos V— llamada Ana Bolena, pidió autorización al papa para deshacer su matrimonio, quien no la concedió, acaso movido por la reacción que ese paso hubiera podido provocar en el poderoso rey de España; entonces Enrique, aconsejado por algunos ministros, resolvió independizar a la iglesia inglesa del papado y asumió por sí mismo su jefatura por medio del acta de supremacía; entonces pudo casarse Enrique con Ana y de este matrimonio nació Isabel, que fue quien organizó más tarde la nueva religión anglicana.

Pero del matrimonio de Enrique con Catalina de Aragón había nacido una niña —María Tudor— que fue dada en matrimonio a Felipe II, el hijo de Carlos V. Así como Isabel fue educada en el protestantismo, María recibió una educación católica, y cuando reinó volvió Inglaterra a esta fe. Más tarde reinó Isabel y nuevamente se impuso en Inglaterra el anglicanismo, resultando de esta situación, que provenía de meras circunstancias familiares, una consecuencia política de inmensa trascendencia: la Inglaterra de Isabel se transformó en la enemiga inconciliable de la España de Felipe II, y esta rivalidad caracteriza la historia de la segunda mitad del siglo XVI.

Inglaterra favoreció en toda Europa a los protestantes, y como en los Países Bajos se había difundido ampliamente el protestantismo y Felipe II había ejercido contra él una acción sumamente violenta Isabel decidió apoyar una sublevación que encabezó Guillermo de Orange en las provincias del norte; así consiguieron independizarse y constituir un nuevo estado que se llamó primero Provincias Unidas y más tarde Holanda. Felipe II conservó en cambio la región de Flandes —la actual Bélgica—, donde prevalecía el catolicismo.

Pero no fue ése el único campo de lucha entre Felipe e Isabel. España recogía inmensas cantidades de oro y plata en sus colonias americanas e Isabel concedió patente de corso a muchos aventureros, que se lanzaron a los mares para despojar a los galeones españoles de sus cargamentos; así llegaron a las costas americanas Francisco Drake y Walter Raleigh. Un día España decidió acabar con esta situación y organizó una flota formidable, que fue llamada Invencible por el poder que parecía tener, y que debía lanzarse sobre Inglaterra; pero los marinos ingleses supieron contrarrestar su inferioridad con su ingenio y consiguieron incendiar gran número de naves, favoreciendo sus planes el azar, porque unas tempestades completaron su obra de destrucción. Inglaterra quedó dueña de sus recursos marítimos y poco a poco se transformó en señora de los mares.

Por entonces vivió en Inglaterra el más grande poeta de su lengua, Guillermo Shakespeare, que escribió comedias, dramas y tragedias universalmente famosas, como Hamlet, El rey Lear, Otelo, etc.

La guerra entre España e Inglaterra, aunque tenía algunos visos de lucha por la hegemonía, era en el fondo una guerra religiosa. Era un signo de los tiempos; por entonces una terrible lucha de esa especie carcomía a Francia, donde católicos y protestantes constituían dos partidos irreconciliables. Predominaba allí una secta que no seguía la doctrina predicada por Lutero, sino otra que se había constituido según las enseñanzas de otro reformador, francés de origen, llamado Juan Calvino.

Calvino había ejercido una influencia terrible en Suiza —había sido un verdadero dictador en Ginebra—, pero sus discípulos crecieron en Francia, donde se los conocía con el nombre de hugonotes. Llegaron a constituir una fuerza temible porque habían formado en sus filas algunos de los principales personajes del reino, entre los cuales figuraban el almirante Gaspar de Coligny y el propio rey de Navarra, Enrique de Borbón. Epocas de guerra y épocas de paz se sucedieron entre ellos, pero algunos episodios, como la famosa noche de San Bartolomé, en 1572, durante la cual se asesinó a mansalva y por orden real a un inmenso número de hugonotes, probaron que la hostilidad era radical. Pero al fin, un azar del destino quiso que la corona viniera a caer en manos de Enrique de Navarra, que era protestante. Los católicos se opusieron; poco antes habían llamado en su auxilio a Felipe II que, fiel a su propósito de proteger al catolicismo y esperanzado en la posibilidad de imponer en el trono francés a su hija, había mandado tropas españolas a Francia; con ellas pensaron oponerse al rey legítimo, pero Enrique siguió una política hábil y consiguió la adhesión de muchos franceses, rematando su labor con una oportuna conversión al catolicismo frente a los muros de París: poco después la guerra terminaba y el rey —Enrique IV— se lanzó a la inmensa tarea de pacificar el reino. Un edicto real dado en Nantes en 1598 aseguraba a los protestantes todo género de libertades y les concedía cien plazas fuertes —entre ellas La Rochela— como garantía de esa concesión. Fue, a casi un siglo de iniciado el movimiento reformista, la primera demostración de un espíritu tolerante.

La iglesia, entretanto, había procurado hacer su propia reforma para librarse de los cargos que los protestantes podían hacerle. Reunió un concilio en Trento y, desde 1545 hasta 1562, aunque con varias interrupciones, se estudiaron los problemas planteados por la escisión religiosa; el dogma quedó firme, pero se fortaleció la disciplina eclesiástica y se corrigieron muchos abusos.

La reforma católica aseguró la situación del papado; acaso había sido él quien más ocasiones había dado para que se levantaran airadas protestas contra la organización eclesiástica. En efecto, durante todo el siglo XV y en el siguiente el papado obró como un estado italiano, y, como los demás, se vió envuelto en conflictos políticos en los cuales intervino con procedimientos poco evangélicos. Un ejército conducido por el hijo del papa Alejandro VI, llamado César Borgia, se había propuesto acrecentar los dominios papales y acaso realizar la unidad de Italia; poco después, otro papa, Julio II, había sido el centro de vastas maniobras diplomáticas y militares destinadas al mismo fin o, al menos, a lograr ventajas cuando comenzó la intervención extranjera en Italia, a fines del siglo XV. Todo ello debilitaba el prestigio apostólico de la Santa Sede, pero lo que más contribuía a despertar la crítica en los temperamentos místicos era el lujo que brillaba en los palacios, en los templos romanos y en toda Italia.

Este lujo, esta ostentación de una sensibilidad mundana, tuvo en el siglo XVI, sin embargo, proyecciones extraordinarias. El principal reproche que Lutero hacía al papa León X partía de aquellas famosas indulgencias que el papado procuraba vender a los fieles para terminar la obra del templo de San Pedro en Roma; pues bien, los planos de este templo pusieron de manifiesto el genio creador del arquitecto Bramante, uno de los más grandes del Renacimiento del siglo XVI, y su cúpula fue proyectada por Miguel Angel.

Convertidos en mecenas, como se les llamaba, esto es, en protectores de artistas y literatos, los papas dieron un extraordinario desarrollo a las creaciones del espíritu. Miguel Angel y Rafael, como tantos otros, fueron llamados a Roma para construir, para esculpir, para pintar. Miguel Angel pintó los frescos de la Capilla Sixtina del Vaticano y Rafael decoró las habitaciones de la residencia pontificia. Otras iglesias de toda Italia proporcionaron la ocasión de que descollaran los más grandes escultores, pintores y arquitectos de la época, y su número fue, por entonces, inmenso. En Venecia, como en otras muchas ciudades, los templos y los claustros se cubrieron de obras maestras, cuya calidad haría de este momento uno de los períodos más brillantes de las artes plásticas.

Naturalmente, no fueron los papas los únicos mecenas; los príncipes de toda jerarquía gustaban de tener en su corte artistas y poetas, que decorarían sus residencias y animarían sus fiestas suntuosas con los frutos de su creación. Por entonces surgieron Ariosto y Tasso, los dos grandes poetas; en aquellos días escribieron sus obras Maquiavelo y Guicciardini, a quienes apasionaba por igual la política y la historia.

Tan fuerte fue el esplendor de este hogar de la cultura que toda Europa volvió los ojos hacia él. En España, en Francia, en Inglaterra, en los Países Bajos, se imitaron sus modelos con mayor o menor fidelidad: el estilo renacentista dio frutos en todos ellos, y nombres representativos como los de Garcilaso y Vives, Ronsard y Rabelais, Erasmo y Shakespeare, Durero y Rubens, son prueba suficiente de cómo se extendió esa influencia y de cuánta era la fuerza creadora del nuevo espíritu que poseía a Europa.

Acaso no signifiquen menos otros nombres, en cuanto a este vigor que, por entonces, demostró el espíritu europeo. España y Portugal habían recibido del siglo XV una promesa valiosa con los descubrimientos de sus navegantes y era menester luchar por obtener de ellos los resultados entrevistos. Legiones de aventureros surcaron entonces los mares en busca de tierras que conquistar y colonizar. Albuquerque se lanzó sobre la ruta de Vasco de Gama y tome posesión de numerosas tierras, estableciendo factorías para el comercio de Portugal con las Indias, en tanto que Alvarez Cabral llegaba hasta Brasil, y tras de él los que debían asegurar su posesión.

España inició al mismo tiempo la labor de afirmar su dominación en América; Magallanes recorría las costas meridionales de América y seguía su viaje hacia las Indias por el estrecho que llevó su nombre, en tanto que Balboa descubría el océano Pacífico, y las pequeñas expediciones de Pizarro y Cortés, internándose por territorios desconocidos, llegaban hasta el corazón de los grandes imperios que existían en América, el de los aztecas en México y el de los incas en Perú. Junto a ellos fueron legión los que recorrieron las costas, los que remontaron los ríos, los que cruzaron las selvas, y, al finalizar el siglo XVI, ya había ciudades importantes en suelo americano, escuelas, universidades, templos, régimen civil establecido y, sobre todo, ya anidaba, para siempre, ese espíritu de creación que fue característico de ese momento de la cultura occidental.

Mientras tanto, el mundo oriental sufría las consecuencias de sus contactos con la cultura de occidente; Rusia, que hubiera podido volverse hacia el Asia por sus tradiciones, giró hacia Europa e Iván el Terrible procuró hacer de ella, en la segunda mitad del siglo XVI, una monarquía centralizada como la de Felipe —a quien, acaso, no conocía— a costa de los boyardos, señores del país. Los turcos otomanos sufrían en el mar los golpes que la flota imperial lanzaba y restringían su dominio al Mediterráneo oriental cuando ya Albuquerque les había cerrado el paso por el estrecho de Ormuz. Y en la China de los Ming y en la India de los mongoles, las naves portuguesas llevaban los primeros signos de una acción que sería ya ininterrumpida. He aquí cómo la poderosa fuerza de creación que se desató en la cultura occidental en el siglo XVI animó las más maravillosas empresas de propagación de una cultura por la totalidad del mundo.

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XV. EL SIGLO XVII

En 1598 —el mismo año en que Enrique IV daba su edicto de tolerancia— moría en España Felipe II, que se había consagrado como el campeón de la intolerancia católica. Sus sucesores mantuvieron la corona durante todo el curso del siglo XVII, pero ninguno de ellos poseyó la grandeza ni el genio que hubiera sido necesario poseer para mantener la situación que España tuvo en la Europa del siglo XVI. Por el contrario, Felipe III y su hijo Felipe IV conducían el reino con un descuido rayano en la inconsciencia, entregando los negocios públicos a sus privados, quienes llegaron a ser dueños de las vidas y haciendas de los españoles, sin ser por ello los celosos guardianes de su poderío internacional. Portugal, que había sido anexado por Felipe II, fue perdido por Felipe IV, y los conflictos que surgieron con Francia mostraron la debilidad de sus fuerzas.

Estos conflictos no fueron intrascendentes; se jugó en ellos el destino de Europa, y Francia ganó la partida: no en balde dirigían sus asuntos cabezas privilegiadas para las delicadas tareas de la diplomacia y de la guerra.

Ya Enrique IV había echado las bases de una rigurosa centralización del poder real, que había sufrido contrastes profundos en el curso de las guerras de religión. A su muerte, que ocurrió en 1610, le había sucedido en el trono su hijo Luis XIII, pero su debilidad, su carácter y las complicadas maniobras palaciegas condujeron al poder a un hombre extraordinario, el cardenal de Richelieu. Desde 1624 hasta 1642, Richelieu fue todo en el gobierno del estado francés; supo retener el gobierno pese a las intrigas y a los odios, pero lo cierto es que lo retuvo para realizar una labor ciclópea: puede decirse que Francia le debió su ascenso a la hegemonía de Europa.

Richelieu creía en la necesidad de que una sola voluntad obrara en el reino y esa voluntad no podía ser sino la del rey o la de quien obrara en su nombre: en realidad, en lo que creía era en la supremacía del estado por sobre toda clase de intereses que intentara hacer valer derechos contra él. Por eso combatió a los señores, a los nobles poderosos y ensoberbecidos, hasta rebajarlos a una total impotencia; por eso arrebató a los protestantes —no sin luchas— las plazas fuertes que les concediera el edicto de Nantes; por eso reorganizó y centralizó la administración pública. Pero con todo ello su obra no quedó concluida ni satisfechas sus aspiraciones de hombre de estado. Francia tenía que llegar a ser la potencia dominante en Europa y el momento le pareció propicio. En efecto, divididos los Habsburgo en dos ramas y declinante el poder de los de España, bastaba con asestarles algunos golpes eficaces para lograr sus propósitos.

Era necesario, sobre todo, estar alerta para todo intento de resurgimiento de aquella monarquía enemiga. Cuando llegó al cargo de jefe del consejo real, en 1624, el Santo Imperio Romano Germánico estaba ocupado en una guerra que le pareció peligrosa. Poco antes, en 1618, el emperador Fernando II había iniciado una política enérgica y resuelta para lograr la unidad de su imperio y el acrecentamiento del poder imperial a costa de los príncipes alemanes. Este designio lo condujo a luchar contra los príncipes calvinistas y, poco después, se vió forzado a hacerlo contra las potencias extranjeras a las que los príncipes llamaron en su ayuda. Richelieu siguió atentamente el conflicto. Vió cómo caía derrotada Dinamarca y cómo resultaban estériles —con su muerte— los esfuerzos que hiciera para resolverla a su favor Gustavo Adolfo de Suecia. Entonces se decidió a obrar, porque comprendió que la unificación y centralización de Alemania significaba la introducción de un nuevo actor en el drama de Europa y que, de allí en adelante, sería menester contar con él para todo proyecto de predominio europeo.

En 1635, Richelieu declaró la guerra a los Habsburgo y no vaciló, pese a su condición de cardenal de la iglesia de Roma, en aliarse, como jefe del gobierno francés, a los príncipes protestantes de Alemania que luchaban contra su emperador. La guerra se desarrolló en vastísimos frentes: con los Habsburgo españoles, esto es, con Felipe IV, en la frontera del Pirineo y los Países Bajos; con los alemanes en la del Rin. Allí brilló la pericia de Condé y de Turena, pero brilló sobre todo la habilidad de Richelieu que manejaba la guerra desde su despacho o desde el frente de batalla con igual previsión y certeza. Así, una operación brillantemente concebida, que debía terminar con la caída de Viena, obligó al emperador del Santo Imperio a aceptar la paz, abandonando a España.

La paz, firmada en 1648, se concertó mediante los tratados de Westfalia. El protocolo era minucioso, pero una sola consecuencia política surgía de todas sus disposiciones: la seguridad de que Alemania conservaría su estructura como hasta entonces, con la plena libertad de los príncipes, con la plena impotencia del emperador; así el Santo Imperio siguió siendo un conjunto de estados divididos y así logró Francia neutralizar el peligro que amenazaba su naciente hegemonía europea. La guerra con España duró algunos años más, pero el sucesor de Richelieu, Mazarino, después de contener la insurrección de los nobles instigados por ella, supo hacerle aceptar la paz de los Pirineos, en 1659. Francia quedaba triunfante y nadie podía disputarle el poder en el continente.

En el mar y en los continentes coloniales, no había adquirido Francia, sin embargo, un triunfo equivalente. Holanda e Inglaterra eran las que aprovechaban allí más de la declinación del poder que se advertía en España y en Portugal. Nuevas colonias, flotas mercantes, corsarios atrevidos, con todo ello contaban estas dos pequeñas naciones que buscaban compensar en las aventuras marítimas la escasez de sus recursos territoriales. Pero a ninguna de estas potencias podía temer Francia, como tampoco a los estados que por entonces crecían en el mar Báltico y en el oriente de Europa: Dinamarca, Suecia y Rusia.

En efecto, estos países estaban todavía elaborando su poderío y no podían aventurarse a empresas de gran magnitud. Inglaterra, por su parte, estuvo agitada durante un extenso período por una convulsión interior que disminuyó el impulso expansivo que había manifestado durante el siglo XVI, a lo largo de los reinados de Enrique VIII y de Isabel.

La muerte de Isabel, que ocurrió en 1603, dio paso a una nueva dinastía, la de los Estuardo, originaria de Escocia. Los dos primeros reyes de esta dinastía, Jacobo I y Carlos I, se caracterizaron por su intemperancia y sus propósitos definidos en materia política y religiosa: querían alcanzar la monarquía absoluta y combatir la libertad religiosa en provecho de la religión de estado que era la anglicana. Estos designios trajeron a Inglaterra graves conmociones.

En efecto, si en Francia las pretensiones absolutistas del poder real sólo encontraban oposición en los nobles, cuyo poder había caducado de hecho en muchos casos, en Inglaterra esa misma política conducía a un inevitable conflicto con una institución muy arraigada: el parlamento, cuyos orígenes se remontaban al siglo XIII, esto es, a la época en que Juan sin Tierra y Enrique III consintieron en no sancionar leyes ni establecer impuestos sin el asentimiento de los representantes del conjunto de la población; entonces se había constituido ese cuerpo, que después se desdobló en dos cámaras: la de los lores y la de los comunes.

Contra esta institución lucharon los Estuardo en su afán de alcanzar, como los reyes franceses, una autoridad indiscutida. Pero se estrellaron contra la resuelta voluntad de su pueblo de defender esos derechos adquiridos. Carlos I llevó decididamente a la práctica sus proyectos y pretendió cobrar impuestos sin autorización parlamentaria; y cuando se manifestó la protesta, no vaciló en cerrar el parlamento. Pero al mismo tiempo, y como un signo de la misma concepción del poder real, pretendió imponer la religión anglicana. Entonces Escocia, que era el baluarte del presbiterianismo —una secta calvinista—, se sublevó y comenzó la lucha contra Inglaterra. El parlamento fue convocado y Carlos pareció ceder; pero pronto quiso forzar su voluntad por la violencia y entonces, en 1642, estalló la revolución.

Dos años después, Oliverio Cromwell se hizo cargo de la dirección del partido parlamentario y, con un ejército bien adiestrado, derrotó al rey. Carlos quiso pactar y el parlamento se mostró pronto a ceder; pero Cromwell, apoyado en el ejército, eliminó del parlamento a los timoratos e hizo votar el enjuiciamiento y luego la ejecución del rey. He aquí cómo se llevó a cabo la revolución de 1648, que estableció la república.

Muerto el rey, Cromwell ejerció el poder, primero como miembro del consejo que se creó, luego como lord protector y, en verdad, como dictador. A su muerte lo reemplazó su hijo Ricardo, que no tardó en abdicar y entonces los Estuardo fueron restaurados en la persona de Carlos II. Pero durante el exilio los Estuardo se habían refugiado en Francia y allí sus tendencias absolutistas no habían hecho sino fortalecerse a ejemplo del régimen que allí predominaba. Además, en el curso de su reinado y en el de su hijo Jacobo II, las relaciones entabladas con Luis XIV estimularon una conversión católica y entonces el conflicto surgió de nuevo. En 1688 Guillermo de Holanda fue llamado para que restaurara la libertad y Carlos II huyó, declarando el parlamento que el trono quedaba vacante. Entonces se eligió rey a Guillermo con el nombre de Guillermo III, pero a condición de que jurara respetar la declaración de derechos, un verdadero código de la organización parlamentaria. Este sistema fue defendido por el filósofo Juan Locke en el Tratado del gobierno civil.

Quien sirviera de modelo a los Estuardo para sus aspiraciones al poder absoluto había sido Luis XIV de Francia, que subió al trono a la muerte de su padre. Menor de edad, respetó a Mazarino mientras vivió y continuó delegando en él las funciones de gobierno; pero a su muerte, Luis XIV comenzó a gobernar por sí mismo y no hubo en Francia fuerza alguna capaz de oponerse a su voluntad. Fue el modelo del absolutismo y pudo decir que el estado no era sino él mismo. En rigor, su orientación política provenía directamente de la de Richelieu y no hizo sino realizar personalmente lo que su padre hizo por medio de su ministro universal. Fue celoso de su poder, disminuyó las atribuciones de los nobles en sus dominios y los trajo a su corte de Versalles para que le rindieran pleitesía a cambio de generosas pensiones, designando en cambio secretarios para el trámite de los diversos asuntos a personajes de origen menos brillante pero menos peligrosos por sus ambiciones: Colbert se llamó el más importante de sus colaboradores. Así logró reorganizar completamente la estructura administrativa, alentar a la burguesía rica para que emprendiera industrias y negocios que trajeran el oro a Francia, y neutralizar todo vestigio de intervención en el gobierno de fuerzas que no dependieran estrechamente de su voluntad.

Sus ambiciones eran vastas. Quería acentuar el predominio de Francia en Europa y combatió contra España en Flandes hasta conseguir nuevos territorios; pero fracasó frente a Holanda, que se defendió bravamente con el auxilio de Inglaterra, pues los intereses de ambas naciones estaban más próximos que antes desde que el antiguo estatúder de Holanda —Guillermo— había recibido la corona inglesa. Al fin quiso que cayera en manos de su dinastía la corona española que amenazaba dejar vacante el último Habsburgo español, el débil Carlos II, tras del cual intrigaban sus embajadores para conseguir que, por testamento, dejara el trono a su nieto el duque de Anjou; al fin lo consiguieron y, cuando murió el rey español, toda Europa estaba dispuesta a acatar esta decisión con tal de que Luis XIV acatara, a su vez, la cláusula que prohibía la unión de la corona española y la francesa; pero Luis insinuó imprudentemente otros designios y comenzó la guerra llamada de la sucesión de España, en la que Francia debió combatir con casi toda Europa.

El siglo XVII tiene algo de grandioso, casi de gigantesco, si pensamos en la profundidad y en la riqueza de su desarrollo espiritual. Si el siglo XVI fue el siglo de Italia, el XVII es el siglo en que cuajan en la Europa del oeste ciertas tendencias profundas, acaso despertadas por el Renacimiento, pero muy peculiares también. En Francia, la época de Richelieu y de Luis XIV produjo las más grandes figuras del pensamiento y de las letras; por entonces escribió Descartes el Discurso del método y las Meditaciones Metafísicas, Pascal sus Pensamientos, Bossuet su Discurso sobre la historia universal; por entonces también compusieron sus tragedias y sus comedias Corneille, Racine y Molière, Boileau su Arte poética, La Fontaine sus Fábulas, el músico Lully sus óperas, el arquitecto Mansart construyó el palacio de Versailles y Poussin, Lorrain y Le Brun crearon sus hermosas telas. Una actividad intensa del espíritu acompañaba la grandeza del gran rey.

Pero no nos apresuremos a deducir que fue esa grandeza la que despertó aquel impulso creador: no hay reglas para la efervescencia del espíritu. En la España declinante de los últimos Habsburgo, cuando todo amenazaba ruina, aparecieron las figuras más valiosas de su historia espiritual. De ese siglo —nefasto por tantas cosas para España— son Cervantes, autor del inmortal Quijote; Lope de Vega, Tirso de Molina, Alarcón y Moreto, que escribieron las más hermosas comedias de la lengua española; los pintores Velázquez y Murillo, Ribera y Zurbarán; Martínez Montañés, el escultor; Gracián, el filósofo, y tantas otras figuras preclaras en las artes y en las letras.

El estilo que predominaba en las artes no era ya e! del Renacimiento; la inspiración que llegaba de Italia conducía a nuevas formas literarias y plásticas que se conocen con el nombre de estilo barroco; en escultura y pintura había sido su inspirador el propio Miguel Angel en los últimos años de su larga existencia y habían continuado la tendencia el escultor Bernini y los pintores Domenichino y Caravaggio. A esta línea de inspiración pertenece la mayor parte de las figuras que hemos nombrado, así como también el gran pintor flamenco Van Dyck, el holandés Rembrandt y los maestros alemanes de esta época. El barroco, que reemplazó la simplicidad que los modelos antiguos habían infundido en el estilo del Renacimiento por una cargazón de elementos decorativos, se manifestó también en la literatura con caracteres semejantes: Calderón y Góngora, los dos poetas españoles, revelan más que nadie esta manera de concebir la poesía.

Entretanto, en otro campo, surgían en este siglo los fundadores de la ciencia moderna. Galileo y Kepler, primero, y Newton después, establecieron las bases de la astronomía y de la física. También desarrollaron los principios del método experimental, cuyas bases había sentado otro filósofo inglés, Bacon, que fuera canciller de Jacobo I.

He aquí cómo brillaba Europa. Al mismo tiempo que trabajaba en la expresión de su propia personalidad, trascendía hacia más allá de sí misma colonizando y conquistando las tierras lejanas. El imperio colonial de España se organizaba paulatinamente y, en Asia, Holanda reemplazaba poco a poco a Portugal en la posesión y explotación de sus dominios. Inglaterra, entretanto, pese a las relaciones estrechas que mantenía con Holanda, procuró en este siglo desalojarla de la hegemonía marítima y, en tiempos de Cromwell, asestó fuertes golpes a la libertad de su comercio; así se estimuló la propia actividad marítima que desarrollaron las fuertes compañías que se organizaron por entonces. Poco después la India mongólica comenzaría a ser invadida y dominada por Francia e Inglaterra, en tanto que la China, bajo el dominio de los manchúes, conservaba intacta la tradición oriental que, además, había consolidado en el Japón, su hija por el desarrollo de la cultura.

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XVI. EL SIGLO XVIII

La muerte sin sucesión de Carlos II, rey de España, en noviembre del año 1700, abrió una larga guerra por su trono; aspiraba a él un nieto de Luis XIV, el duque de Anjou, y el archiduque Carlos de Austria, en tanto que las otras potencias se repartían las simpatías según los peligros con que las amenazara cada una de las soluciones en trámite; así, Portugal y el elector de Baviera se pusieron al lado de Francia, en tanto que Inglaterra resolvió apoyar a Austria.

La guerra duró hasta 1715; pero ya en 1713 Francia había conseguido, por medio de la paz de Utrecht, que los holandeses se apartaran de Austria, a la que, por otra parte, los ingleses habían abandonado ya; entonces pudo Luis XIV obtener una victoria militar decisiva en Denain y tratar la paz en Rastadt en condiciones de equidad. Por estos dos tratados se reconocía la legitimidad del duque de Anjou, que reinaba en España con el nombre de Felipe V, y obtenían ventajas casi todos los participantes en el conflicto, con lo cual se modificó notablemente el mapa de Europa; pero lo que más trascendencia tuvo para el futuro fue que Inglaterra consiguió la posesión de algunas bases de alto valor estratégico en Europa y América —Gibraltar, Menorca, Terranova— así como un conjunto de privilegios para el tráfico comercial con las colonias españolas.

Así fue cómo la diplomacia inglesa consiguió echar las bases de su poderío marítimo que ascendió, muy pronto, a la categoría de predominio europeo. A Guillermo III había sucedido la reina Ana y a ésta Jorge I de Hannover, cuya familia reinó durante todo este siglo y continuó luego. La circunstancia de ser extranjero puso el poder en manos de sus ministros y del parlamento, en el que se habían formado dos partidos, el tory o conservador y el whig o liberal; de estos dos partidos el liberal conservó el poder durante los reinados de Jorge I y Jorge II, período durante el cual se afirmó el régimen parlamentario. Fue una época de abundancia y despreocupación que, sin embargo, proporcionó a Inglaterra una posición firme en Europa.

En verdad, nadie podía hacerle sombra. En España, monarcas como Felipe V y Fernando VI gastaban sus escasas energías en la obra inmensa de regeneración interior, labor que cumplieron, más que ellos mismos, sus ministros Alberoni, Patiño y Carvajal; pero no pudieron aspirar a gravitar como antes sobre Europa. Y en Francia, Luis XV, bisnieto de su antecesor, encarnó una era de disolución y de inmoralidad que consumió cuanto Luis XIV había acumulado para la defensa del predominio francés.

Era en otra parte donde se preparaban los sucesos futuros. En Europa central surgía un estado alemán destinado a adquirir enorme importancia —Prusia— bajo los cuidados de cuyo rey, Federico Guillermo I, se acrecentaba el reino y, sobre todo, el poder del ejército. Austria misma, cabeza del imperio, comenzaba una era de recuperación de sus energías y Rusia se modelaba como un estado moderno bajo los cuidados de Pedro I. Mientras tanto, en el seno de Francia, al calor de la indignación que provocaba la despreocupación de Luis XV, sus amores y sus derroches, surgía un cuerpo de ideas de contenido revolucionario que se inspiraba en el filósofo inglés Locke, el teórico del gobierno parlamentario inglés, y que manifestaron allí Montesquieu en las Cartas persas y El espíritu de las leyes y Quesnay, el economista.

Al promediar el siglo, el panorama de Europa cambió notablemente; en Rusia, Prusia y Austria, monarcas de excepción habían conseguido acrecentar su poderío y se debatía entre ellos más de un conflicto por la posesión de zonas en litigio o por la sucesión real. Rusia era ya por entonces la primera potencia del Báltico. En 1740 subió al poder en Prusia Federico II, monarca de extraordinaria personalidad y grandes dotes de militar y de estadista, y ese mismo año —no sin luchas— llegaba al poder en Austria la emperatriz María Teresa. La guerra surgió en el centro de Europa y arrastró, poco a poco, a toda ella. En 1756 Prusia había conseguido la alianza de Inglaterra y Austria la de Francia y Rusia; entonces se inició la guerra llamada de los Siete Años, cuyos resultados fueron decisivos para las relaciones recíprocas de los principales estados: Prusia se consagró como la primera potencia del centro de Europa arrancándole la Silesia a Austria y afirmando su decisión de independizarse de la dependencia nominal del imperio, en tanto que Inglaterra arrebataba a Francia colonias tan importantes como la del Canadá y a España la Florida.

Al firmarse la paz de París, en 1763, Inglaterra adquirió la categoría de primera potencia colonial; desde poco antes había comenzado una enérgica conquista de la India, desalojando de ella a Francia, y afirmando sus posesiones gracias al esfuerzo de Clive. Por entonces había comenzado el reinado de Jorge III que, con la ayuda de los tories, procuró acentuar la autoridad real a costa de la del parlamento. A pesar del esplendor económico proporcionado por la expansión colonial y el desarrollo de las industrias mecánicas, la rebelión se desencadenó por razones políticas y el pueblo consiguió ventajas tan importantes como el derecho de elegir sus representantes al parlamento y el de la libertad de prensa; tras esas luchas se volvió a afirmar el régimen parlamentario, pero una circunstancia derivada de la política del monarca originó un conflicto con las colonias de América del Norte que terminó con la independencia de los Estados Unidos en 1776.

A todo esto, en el seno de Inglaterra se desarrollaban algunas de las ideas que los economistas franceses, como Quesnay, habían suscitado. Los problemas económicos se habían tornado los más apasionantes en la Inglaterra de Jorge III. El poderío colonial significó una afluencia de cantidades inmensas de materias primas cuyo tráfico era necesario organizar para que resultara de él una efectiva ganancia. Dos problemas se planteaban entonces; por una parte el de su manufactura y por otra el de su comercio. El primero estimuló la inventiva de ios artesanos y los hombres de ciencia, quienes pusieron su esfuerzo al servicio de un proyecto de largas consecuencias futuras: encontrar la manera de simplificar por medios mecánicos la manufactura de las materias primas; así había nacido en 1735 la máquina de tejer y así se logró, poco a poco, encontrar los medios para utilizar el carbón mineral y la fuerza expansiva de! vapor, esto último gracias a los esfuerzos de Papin y de Watt. El segundo planteó la necesidad de estudiar qué leyes regían el desarrollo de la producción, de la comercialización y del consumo de los productos; hasta entonces predominaba la convicción de que sólo el oro constituía una riqueza efectiva, pese a la experiencia del oro y la plata americanos que habían empobrecido a España emigrando, en cambio, a los países productores; sin embargo, todavía Colbert, el ministro de Luis XIV, se había aferrado a esa idea y sólo había sido combatida por Quesnay y Gournay, dos pensadores franceses de la época de Luis XV, que afirmaron que no había más riqueza firme que la que provenía de la agricultura, el primero, y de la industria, e! segundo; estas ideas florecieron en Inglaterra y un profesor de Glasgow, Adam Smith, sentó, sobre esa base, nuevas directivas para los problemas de la economía. Sostuvo Smith —en La riqueza de las naciones — que la fuente de riqueza era sólo el trabajo y que la manera de acrecentarla era dar una completa libertad a la producción y comercialización de los productos; se llamó a esta doctrina el librecambismo porque estimulaba la supresión de todo control del estado sobre la actividad económica

Así fue cómo el progreso técnico y las ideas liberales produjeron la grandeza económica de Inglaterra que, en tiempos de Jorge III, alcanzó un alto grado de desarrollo en ese campo. En cambio, en Francia, los problemas que atraían la atención de los hombres de pensamiento eran los de carácter político, porque el espectáculo del reinado de Luis XV y el de su sucesor, Luis XVI, llevaba a la convicción de que, de seguir por ese camino, la bancarrota financiera y la anarquía social serían inevitables.

Los filósofos como Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Diderot, Condorcet y otros muchos, dedicaron por entonces sus esfuerzos a descubrir la raíz de los males que aquejaban a Francia. Una opinión fue unánime: el poder discrecional de la monarquía separaba sus intereses de los de la nación y cegaba al rey para los graves problemas que agobiaban al pueblo, a la burguesía manufacturera y comercial y a los campesinos; solamente la nobleza y el alto clero se beneficiaban con ese estado de cosas, porque el tesoro real —que se llenaba con los pesados tributos impuestos a las clases productoras— se vaciaba para pagarles suculentas pensiones y rentas con que mantener su lujo y su holganza.

La solución parecía estar, pues, en un régimen como el que Inglaterra se había dado después de la revolución de 1688; la monarquía debía subsistir, pero limitada en su poder por un órgano representativo de la opinión general, por medio del cual llegara al gobierno la expresión de los anhelos y las necesidades del pueblo. Así lo sostuvieron los filósofos; las Cartas persas de Montesquieu, como muchos de los innumerables panfletos de Voltaire, trataron de divulgar las instituciones inglesas que tanto admiraban y, a veces, la crítica al régimen político de su país fue tan audaz que algunos de ellos pagaron con la prisión su celo por el bien público.

Pero Luis XVI fue sordo a tanto clamor, porque su esposa, María Antonieta, y los nobles que lo rodeaban preferían continuar apegados a sus privilegios y a sus comodidades y en tal sentido hacían valer su influencia sobre el débil rey. Sin embargo, las cosas se precipitaron; la situación del tesoro iba de mal en peor y Luis XVI se decidió por fin a llamar a Turgot, un economista sostenedor de las nuevas ideas, para el cargo de ministro; pero cuando Turgot exigió que se disminuyeran considerablemente los gastos de la corte, se estrelló contra la oposición de los que rodeaban al monarca y, poco después, abandonaba su cargo. Entonces el ministro Calonne sugirió que se pusiera un impuesto general sobre todas las clases sociales; ello obligaba a convocar los estados generales, esto es, una asamblea de representantes de la nobleza, el clero y el estado llano o tercer estado y el rey resistió al principio; pero la agitación popular ganó la calle y, como la situación financiera era cada vez más desesperada, el rey cedió al fin.

El 4 de mayo de 1789 se reunieron los estados generales en Versalles y sus miembros esperaron inútilmente que el rey los invitara a deliberar sobre lo que ansiaban todos: una constitución para el reino, leyes que aseguraran la libertad de pensamiento y la libertad individual, principios fijos acerca de los impuestos; pero nada de esto ocurrió y el rey manifestó que sólo se trataba de poner orden en la administración. Entonces cundió el malestar; el estado llano se separó del resto de los representantes y se constituyó en asamblea nacional, haciéndose fuerte contra el rey, que pretendió disolverla; entonces se proclamó asamblea constituyente y, ante las intenciones del rey, se acudió al apoyo popular que se manifestó tumultuosamente tomando la prisión de la Bastilla el 14 de julio y libertando a los presos políticos, saqueando las residencias señoriales y quemando los documentos que testimoniaban sus derechos feudales sobre los campesinos; el rey era impotente y la asamblea podía resolver lo que quisiera. La asamblea se propuso dar una constitución; previamente se suprimieron todos los derechos y privilegios, y de inmediato se proyectó y se votó una declaración de los derechos del hombre y del ciudadano que serviría de preámbulo a la nueva constitución y resumiría los principios que debían guiar la vida social y política.

Dos años después, en setiembre de 1791, Luis XIV juraba obediencia a la nueva constitución que consagraba la monarquía constitucional. Toda Europa estaba conmovida por los acontecimientos de Francia y las potencias autocráticas como Austria y Prusia recibían a los nobles que huían de ella ante el peligro en tanto que se preparaban para intervenir. Al constituirse la asamblea legislativa que establecía la constitución predominaron los grupos más avanzados y fue declarada la guerra a Austria; pero el propio rey y la nobleza impedían la guerra y se sospechó que había entendimiento con el enemigo. La asamblea fue disuelta y se convocó la convención, mientras que por medio de numerosas ejecuciones se pretendía contener la traición o el pánico que provocaban los desastres militares.

La convención se reunió en setiembre de 1792, precisamente cuando el general Dumouriez vencía en Valmy a Prusia y restablecía las líneas francesas. La convención fue inexorable: la monarquía fue suprimida y establecida la república; el rey, procesado y ajusticiado; la organización política y administrativa de la nación, revisada y fundada sobre nuevos principios. Quien inspiraba sus actos era Robespierre, espíritu sutil y resuelto que presidía el cuerpo ejecutivo, llamado comité de salvación pública; su decisión de acabar con los traidores, con los sospechosos, con los tibios, creó un ambiente de terror que sólo terminó con su muerte, en 1794. Entonces predominaron los moderados y la convención creó una constitución —la del año III— que establecía un poder ejecutivo compuesto por cinco directores.

En ese momento, la Francia revolucionaria comenzó a triunfar en los campos de batalla gracias a la acción de un general elevado por el Directorio y llamado Napoleón Bonaparte. En 1797 triunfó en Italia contra los austríacos y en 1798 se apoderó de Egipto, asestando así un golpe violento a los intereses de Inglaterra que apoyaba a los coligados contra Francia. Pero entonces prefirió interrumpir su mera acción militar y volvió a Francia, donde, aliado al director Barràs, dio un golpe de estado —18 brumario de 1799— y se apoderó del poder, disimulando su autoridad omnímoda bajo la apariencia de un consulado compuesto de tres miembros. Ese día comienza una nueva etapa en la Francia revolucionaria: frente al general Bonaparte se unirá toda Europa y hasta que él caiga no habrá sino luchas y catástrofes.

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XVII. EL SIGLO XIX

Desde el cargo de primer cónsul, Napoleón Bonaparte gobernó a Francia como dictador y legitimó su poder mediante un cambio constitucional: por la constitución del año VIII —1799— se creaba una organización casi monárquica y, en ella, el joven general adquiría la situación predominante. Entonces se lanzó a una obra vigorosa; se reorganizó la justicia, se inició la confección del código civil, se estructuró la administración del territorio y de las finanzas y se regularizaron las relaciones con el papado; pero al mismo tiempo Napoleón se dedicó a afrontar la situación internacional; ofreció la paz a Inglaterra y Austria y, como fuera rechazada, se lanzó de nuevo a la guerra.

Allí brilló otra vez su genio militar; los austríacos fueron derrotados en Marengo y en Hohenlinden y Austria aceptó firmar una paz en Luneville que fue corroborada luego por los ingleses en un tratado firmado en Amiens a principios de 1802. El triunfo era, pues, completo y Napoleón lo utilizó en su propio provecho haciéndose designar cónsul vitalicio. Pero poco después comenzaban las hostilidades con Inglaterra y, ante el peligro, Napoleón no vaciló en dar un paso definitivo en el orden interno y se coronó emperador en 1804.

Desde entonces, su ocupación fundamental fue la guerra contra Europa; Inglaterra, desde su seguro reducto insular, movía los hilos de una constante actividad diplomática mediante la cual las alianzas contra Napoleón se sucedieron ininterrumpidamente; entretanto, se aprestaba para la lucha y en 1805 destruyó la flota enemiga en Trafalgar, pero Napoleón triunfó en Ulm contra los austríacos y rusos, aliados de Inglaterra, y ocupó Viena; el 2 de diciembre de 1805 volvió a derrotarlos en Austerlitz, y Austria pidió la paz, que fue firmada en Presburgo y que modificó el mapa de Europa. Toda Italia constituyó un reino que Napoleón entregó a su hermano José, Austria fue desmembrada y el Santo Imperio Romano Germánico desapareció, en tanto que se constituía en Holanda otro reino que fue adjudicado por el emperador a su hermano Luis.

Pero esta situación no podía ser definitiva. Prusia, Rusia, Inglaterra conservaban todavía sus fuerzas y constituyeron una nueva alianza cuyas tropas fueron otra vez batidas en Jena en 1806; Napoleón entró en Berlín y sus ojos se fijaron en Polonia y en Rusia, que aún quedaban en pie. En Eylau y en Friedland derrotó al zar de Rusia, que firmó con Napoleón la paz de Tilsitt, mediante la cual entraba en alianza con él y consentía en la creación del reino de Westfalia, en la zona del Rin —del cual consagró rey a su hermano Jerónimo—, del reino de Sajonia y del Gran Ducado de Polonia; a Prusia se la castigaba con el pago de un tributo y Napoleón decidió acentuar el bloqueo continental contra Inglaterra, medida por la cual había prohibido su comercio con el continente.

Las exigencias del bloqueo llevaron a Napoleón a España, cuyo territorio invadió su general Murat con un fuerte ejército; el rey Carlos IV y su hijo Fernando VII habían sido envueltos en una complicada y torpe intriga mediante la cual aparecían renunciando al trono y, en principio, esto facilitaba la situación; pero el pueblo español se resistió heroicamente a los invasores y, mediante las guerrillas que se constituían en todos los rincones de España, el invasor fue hostilizado de continuo y el mismo Napoleón tuvo que acudir a remediar la situación.

Pero, a todo esto, Austria había organizado un nuevo ejército y el emperador tuvo que correr de nuevo allí para hacerle frente; consiguió derrotarlo en Wagram y entonces se firmó la paz de Viena por la que se confirmaba la desintegración austríaca (1809).

Napoleón triunfaba en toda Europa. En Viena contrajo matrimonio con la archiduquesa austríaca María Luisa y su poder pareció adquirir una solidez que se respaldaba en un ejército que tenía apariencias de ser invencible. Pero, sin embargo, estaba muy próximo a la caída. El zar de Rusia se separó de la alianza que había firmado en Tilsitt y se unió a Inglaterra y a Suecia; entonces Napoleón decidió marchar contra él, dentro de su propio territorio, en el que se internó más de lo que aconsejaba la prudencia; Moscú fue tomada, pero las condiciones climáticas y el incendio de la ciudad por los patriotas rusos obligaron a Napoleón a ordenar el regreso, en una retirada que le costó la vida de sus mejores hombres. Entonces Prusia se preparó para dar un golpe que apresurara el desastre y, en efecto, consiguió derrotar al emperador en la batalla de Leipzig en octubre de 1813 con un ejército aliado muy superior en número. Poco antes Wellington había conseguido expulsar a los franceses de España y, en 1814, invadió el territorio francés. Entonces Napoleón procuró defenderse acudiendo a todas partes, pero las fuerzas le faltaron, y en abril de 1814 abdicó su poder. Los aliados lo confinaron en la isla de Elba y restauraron a los Borbones en Francia, en la persona de Luis XVIII, hermano del rey decapitado por la revolución, mientras arrebataban a Francia casi todas sus conquistas. Pero este hecho volvió a exaltar a los franceses; el 20 de marzo de 1815 Napoleón apareció en París después de haber escapado de la isla, y se preparó para reiniciar la lucha; empero Wellington lo derrotó en Waterloo en junio y Napoleón volvió a abdicar. Esta vez los aliados tomaron todas las precauciones para que no volviera a turbar la paz y lo retuvieron en la lejana isla de Santa Elena hasta el fin de sus días.

Napoleón había jugado la carta del imperio universal y toda su conducta probaba que el ejemplo del Imperio romano estaba presente ante sus ojos. Había creado una nobleza imperial constituida por sus parientes y por los funcionarios en quienes confiaba, había impuesto un estilo de corte romano — el estilo imperio— para la arquitectura y para el moblaje, y hasta algunos aspectos del protocolo y de la ornamentación pretendían asemejarse al de aquél: el arco de triunfo, levantado en la plaza de la Estrella, la columna Vendõme, el Panteón, recuerdan todavía aquella inspiración genial.

Pero el imperio se derrumbó como un castillo de naipes y los monarcas absolutos resolvieron decidir sobre el destino de Europa, acaso con tanta arbitrariedad como lo había hecho Napoleón. Un congreso, reunido en Viena e inspirado por Metternich, el canciller austríaco, y por Talleyrand, el ministro francés, resolvió fijar los nuevos límites de las distintas potencias y, como si nada hubiera pasado en Europa desde 1789, restablecer el régimen absolutista por todas partes.

Pero en Europa habían ocurrido muchas cosas; las ideas liberales que había proclamado la Revolución francesa no sólo no habían sido aplastadas por Napoleón sino que, por el contrario, se habían difundido por todo Europa gracias a los ejércitos de ocupación, a los funcionarios de la pequeña burguesía, a los libros franceses que circulaban por todas partes. En América las colonias españolas se habían independizado por obra de Miranda, Washington, San Martín y Bolívar y habían constituido estados republicanos sobre la base de esas ideas, en tanto que en Europa encontraban grupos dispuestos a sustentarlas y decididos a luchar por imponerlas. Para combatirlas Metternich concertó —sobre la base de un proyecto del zar Alejandro— una unión estrecha de los países absolutistas que se llamó la Santa alianza, que permitiría aplastar la revolución liberal por todas partes.

La Santa alianza consiguió su objeto durante algún tiempo pero, para luchar contra sus propósitos, surgieron por todas partes las sociedades secretas de los grupos liberales. En Alemania y en Italia estos movimientos, al par que por el liberalismo, luchaban por la unificación del país en un solo estado y por la expulsión de los nuevos amos que, en algunos casos, había dado a ciertos pueblos el congreso de Viena. Además, su política implicaba un régimen de intervención en los distintos estados que resultaba incompatible con la soberanía nacional. Muy pronto la Santa alianza se disolvió; la Inglaterra parlamentaria se sintió a disgusto entre los estados absolutistas que, precisamente, luchaban contra ese sistema, y se opuso a la ejecución de algunos proyectos, entre ellos el envío de fuerzas para reprimir los movimientos independizadores de la América española, y Rusia se desligó también muy pronto; así, la Santa alianza desapareció ocho años después de haberse constituido.

Entretanto, Inglaterra había adquirido una importancia excepcional. Su expansión colonial, la creciente explotación de la India, de Australia, del Canadá y de otras posesiones menores le había proporcionado una riqueza de materias primas que la naciente organización industrial supo aprovechar. Sobre la base de aquellos primeros ensayos de desarrollo mecánico de la industria había aparecido un régimen de producción acelerado que cubría de talleres a la isla; la explotación mineral crecía considerablemente y el uso generalizado de la hulla dio pronto un extraordinario desarrollo a las industrias metalúrgicas, en tanto que el vapor se transformaba en un poderosísimo sistema de producción de fuerza motriz y cambiaba radicalmente el problema de las comunicaciones.

El desarrollo industrial se producía, al mismo tiempo, por toda Europa con diferente intensidad. Pero si sus consecuencias económicas fueron inmensas, no lo fueron menos las sociales. La gran cantidad de obreros que reunió en las ciudades el proceso de desarrollo fabril creó en ellos una conciencia de clase que los llevó a solidarizarse en defensa de sus comunes reivindicaciones. Las revoluciones liberales triunfaron en algunos países —como ocurrió en Francia en 1830—, pero la adquisición de derechos políticos no satisfacía a estas grandes masas obreras que se concentraban en las grandes ciudades industriales de toda Europa y, si en algunos casos se plegaron a los movimientos liberales, muy pronto descubrían que eran otras aspiraciones —las económicas y sociales— las que las guiaban.

Un movimiento de tipo espiritual de enorme trascendencia había aparecido en Europa a raíz de la Revolución francesa; frente al principio revolucionario de que era posible imponer a todos los pueblos un régimen económico, social y político análogo, se había afirmado que cada nación tenía un espíritu singular —que se manifestaba en su poesía tradicional, en su música, en su arte—, y que era necesario respetar si se quería hacer obra duradera. Este movimiento se llamó romanticismo y exaltó la significación del pueblo: así se ve en las novelas de Walter Scott o en las obras de Chateaubriand, en las que se advierte cómo se consideraba a la multitud anónima como depositaria de la tradición nacional. El romanticismo fue conservador, pero esta dignificación del pueblo produjo un movimiento colateral que se caracterizó por la actitud comprensiva frente a las necesidades del pueblo y echó las bases del socialismo: Saint-Simon y Lamennais, dos filósofos franceses, divulgaron muchas de estas ideas.

Partiendo de aquí, algunos grupos intelectuales que estaban en contacto con las masas obreras crearon una forma de socialismo revolucionario que no se basaba en el deber de ayudar a los necesitados, sino en el derecho de los obreros y los campesinos a tomar el poder por cuanto constituían la fuerza productora más importante. Este movimiento creció en Francia, en Inglaterra, en Italia, en Alemania, y, si al principio se acopló a los movimientos liberales, muy pronto adquirió autonomía. El momento decisivo sobrevino en 1848. Estallaron por entonces revoluciones liberales en varios países y en algunos —como en Francia, donde se estableció la segunda república— triunfaron, pero muy pronto el movimiento revolucionario se separó de los grupos liberales y comenzó a actuar por su cuenta; Carlos Marx le proporcionó la doctrina en que debía basar su conducta en el Manifiesto comunista, y desde entonces constituyó uno de los sectores importantes del cuerpo político-social, precisamente porque su magnitud crecía con el desarrollo fabril. Una literatura y un arte naturalista seguía a este apasionado interés por los problemas sociales.

Entretanto, grandes novedades políticas se producían en Europa. Italia y Alemania marchaban resueltamente hacia la unidad. En Francia Luis Napoleón Bonaparte había hecho caer la república para fundar el segundo Imperio e Inglaterra afirmaba su posición de primera potencia colonial y marítima.

Hacia 1870 el panorama era ya nítido. Prusia había resuelto el problema de la supremacía del centro de Europa derrotando a Austria y constituyendo un imperio alemán bajo la soberanía de la casa de los Hohenzollern en tanto que, al derrotar a Francia, se convertía en la primera potencia militar del continente. Italia era ya entonces una monarquía unificada de tipo liberal, gracias a los esfuerzos de la casa de Saboya auxiliada por Cavour y Garibaldi y en Francia había surgido, tras la derrota, la tercera república. Todo hacía indicar que la rivalidad estaba ahora planteada entre Alemania e Inglaterra.

En efecto, a medida que pasaba el tiempo, una y otra trataban de acrecentar su poderío económico mediante la explotación de sus riquezas minerales —en las que ambas son ricas—, la industrialización y la exportación; pero Inglaterra tenía dominada, cuando Alemania llegó al rango de gran potencia, la mayoría de los mercados; era además señora de vastas posesiones que integraban lo que desde 1876 constituía, por obra de la reina Victoria y su ministro Disraeli, el Imperio Británico y poseía la flota mercante más fuerte del mundo; además su área de influencia económica era vastísima y se extendía por todos los continentes. Así fue como Alemania se encontró con que tenía que afrontar una labor inmensa si quería resolver favorablemente su competencia con ella. Varios factores, dentro de la política continental, condujeron a complicar la situación.

En efecto, Alemania había terminado la guerra con Francia en 1870 mediante una paz que la ponía en posesión de Alsacia y Lorena, dos regiones a las cuales los vencidos no querían renunciar; por otra parte, la llamada cuestión de Oriente, esto es, el conjunto de problemas que suscitó el desmembramiento que se operó en el Imperio otomano y a raíz del cual surgieron los nuevos países libres en la Península balcánica y el Egipto, creó nuevas razones para el conflicto; Rusia, Austria, Alemania, Inglaterra, Francia e Italia, todas las naciones con aspiraciones políticas quisieron que la solución del problema balcánico les proporcionara nuevos mercados o nuevas formas de influencia; la guerra de Crimea, entre Rusia y Turquía, a la que se unieron Francia e Inglaterra, aseguró la influencia de las dos últimas potencias y desde entonces Austria —y tras de ella Alemania— trató de conseguir nuevas ventajas con que compensar las de sus rivales.

Estos conflictos —con otros rozamientos que, circunstancialmente, se agregaban— crearon un estado de tensión a lo largo de un prolongado período, durante el cual, sin embargo, no hubo conflictos fuera de los Balcanes y la vida transcurrió con cierta sensación de tranquilidad y placidez. Políticamente se conoce este plazo que transcurre desde la guerra franco-prusiana de 1870 hasta 1914 como la época de la paz armada; en efecto, dos grupos de potencias, que sin embargo mantenían entre sí relaciones diplomáticas y comerciales, se constituían mediante fuertes lazos sin ocultar sus propósitos militares y políticos; por una parte, la llamada triple alianza, formada por Alemania, Italia y Austria, con el control del centro de Europa y con los ojos puestos, al mismo tiempo, en dos problemas fundamentales: el de la expansión comercial, marítima y colonial por el Océano Atlántico y el del control del tráfico mediterráneo; por otra, la triple entente, de la que formaban parte Rusia, Inglaterra y Francia, menos fuertemente anudada pero con sólidos intereses comunes. Excepto en los Balcanes, los dos frentes opuestos no promovieron conflictos durante largos años, pero la constante expectativa diplomática, la creciente acumulación de armamentos y la sorda competencia que se hacían en la lucha por los mercados, preparaban un desenlace trágico para Europa.

Sin embargo, ese proceso se desarrolló con caracteres muy peculiares; fue lo suficientemente silencioso como para que trascendieran pocas inquietudes hasta los sectores no directamente interesados en el asunto, y aun los que estaban en el secreto de los acontecimientos parecieron no advertir la tempestad que se avecinaba; ello es que, al finalizar el siglo, Europa vivía una de las épocas más plácidas que se hayan conocido en los últimos siglos.

El signo de los tiempos fue el progreso. Un prodigioso desarrollo de la técnica había cambiado ya sensiblemente la faz del mundo occidental y resultaba evidente que ese proceso se cumplía ininterrumpidamente y que prometía sorpresas inverosímiles. En el curso del siglo XIX las fuentes de energía motriz se acrecentaron en una proporción extraordinaria con el descubrimiento y la utilización de nuevos principios; ya se conocía el vapor en cuanto a sus cualidades, pero no había pasado de ser una promesa; muy pronto, sin embargo, comenzaron a aparecer las realidades; en 1807, Fulton dio forma práctica a su utilización para la propulsión de los barcos; en 1819 ya se cruzaba el Océano Atlántico —desde Inglaterra a Estados Unidos— en un vapor, que así comenzaron a llamarse, y veinte años después se estableció el primer servicio regular de esa clase. Desde entonces, el desarrollo de esos medios de transporte fue en crecimiento constante: aumentaba la velocidad, el tonelaje, la extensión de los recorridos, y, con ello, el comercio adquirió un desarrollo insospechado cincuenta años antes por el número de líneas que surcaron los mares en todas direcciones, por su creciente seguridad, por su notable capacidad para el transporte de cargas. Los países con intereses coloniales se apresuraron a aprovechar las ventajas que ello ofrecía y explotaron intensamente esta nueva posibilidad. Y como si ello fuera poco, el desarrollo de otras industrias facilitó la ejecución de una empresa gigantesca, la construcción del canal de Suez, mediante la cual la navegación hacia el Oriente se acortó enormemente; en 1869, no sin dificultades técnicas y financieras, se inauguró la nueva ruta.

A todo esto, el uso de la máquina de vapor permitía también afrontar el problema de las comunicaciones terrestres; en 1830, tras muchos ensayos y modificaciones, adquirió verdadero valor práctico la locomotora, con la cual la tracción de los convoyes a crecientes velocidades se hacía posible; desde que en ese año circuló el primer tren entre Manchester y Liverpool, el desarrollo de las vías férreas cada vez por más extensas zonas, cada vez con posibilidad de mayores velocidades, no se ha detenido y hoy parece, a las nuevas generaciones, que es un cuento irreal la época en que el transporte de mercancías y viajeros se realizaba en pesados vehículos tirados por animales. Y como en el caso del vapor, también la industria sirvió al nuevo tráfico abriendo túneles a través de las montañas, tendiendo puentes metálicos y facilitando, por medio del telégrafo eléctrico, los avisos mediante los cuales pueden desarrollarse con gran seguridad altas velocidades.

El telégrafo y el teléfono fueron, en efecto, las más sensacionales aplicaciones de una nueva fuerza productora de energía, la electricidad, que, en el curso del siglo XIX, pasó de ser una curiosidad de laboratorio a la categoría de instrumento fundamental para la vida cotidiana. La lámpara eléctrica, los motores, fueron apareciendo poco a poco y con ello, así como con el gas de alumbrado, que comenzaba a usarse por entonces, se cambió sensiblemente la fisonomía de las ciudades y el carácter de la vida práctica. Y al terminar el siglo XIX, las experiencias que se realizaban para utilizar el petróleo aprovechando el poder de expansión de algunos de sus subproductos llevaron a la invención del motor de explosión, cuya utilización como motor fijo comenzó pronto y cuyas posibilidades como motor móvil —en automóviles y aviones— fueron tema de pacientes y fructíferos ensayos, coronados de éxito no mucho después.

Todos estos inventos no podían marchar separadamente del extraordinario desarrollo de la metalurgia. Ya en el siglo XVIII se habían comenzado a explotar con intensidad los recursos minerales; pero fue la esperanza —fundada— que se puso en el carbón mineral lo que cambió la fisonomía de esa industria. Los metales comenzaron a utilizarse cada vez en mejores condiciones y comenzó a obtenerse un hierro cada vez más sólido, mejor templado, más liviano, con el que pudo hacerse todo aquello que en el laboratorio proyectaba el investigador.

No debe olvidarse que fue este fenómeno el que modificó —como ya se ha dicho— la situación de vastas capas sociales que, concentradas cada vez en mayor número en las grandes ciudades fabriles, crearon los partidos obreros, de tipo revolucionario en algunos casos, que tanta trascendencia tuvieron en el mundo occidental; pero también ascendió por obra de los nuevos inventos su nivel de vida; las obras públicas, la higiene social, la educación popular, el indiscutido derecho a cierto bienestar, todo ello obró sobre el régimen de vida de las clases trabajadoras elevando su nivel.

En las clases acomodadas, en la pequeña burguesía y en la alta burguesía, el nivel de vida ascendió notablemente. Las grandes ciudades se hicieron verdaderas metrópolis de la civilización, con comodidades crecientes y, sobre todo, con posibilidades infinitas para el logro de un bienestar rayano en el lujo. Ciudades como Viena o París se hicieron famosas por sus diversiones, sus cafés, sus salones, sus teatros, sus modas, y de todo el mundo viajaban a ellas quienes podían hacerlo para gozar de aquella atmósfera de civilización, de progreso y de felicidad. En 1900 una gran exposición universal realizada en París puso ante los ojos de una inmensa multitud internacional cuantos alardes y maravillas en el dominio de la técnica había sido capaz de realizar el ingenio humano, y aquellos tiempos parecieron ser los más felices, los más altos —por el desarrollo del espíritu y de la vida material— que hubiese jamás alcanzado el hombre hasta entonces.

Acaso no fuera errónea esta idea. El siglo XIX, cuyo amplio desarrollo técnico hemos reseñado, mostró también una vigorosa capacidad para el ejercicio del espíritu. No podía apenas señalarse un aspecto de las disciplinas científicas o humanísticas que no haya sido profundamente conmovido por la extraordinaria actividad del siglo XIX; podrán hoy considerarse válidos o no sus resultados —como ocurre con otras épocas—, pero nadie podrá negar que hubo entonces una profunda vocación por el pensamiento desde todas sus formas.

A principios del siglo XIX recibieron los estudios históricos un impulso poderoso por obra de algunos historiadores alemanes, tales como Niebuhr y Ranke; algunos franceses como Michelet, Guizot y Thierry, e ingleses como Macaulay y Carlyle desarrollaron no sólo el campo de las investigaciones históricas sino que perfeccionaron los métodos de trabajos y procuraron dar a sus afirmaciones las más sólidas bases. Cosa semejante ocurrió en filosofía, disciplina en la cual el pensador alemán Hegel sentó las bases de un complejo y sólido sistema; negado algún tiempo después por otros filósofos, surgieron al lado del suyo otros entre los cuales hay que mencionar, por su trascendencia, el que fundó el filósofo francés Comte, estrechamente vinculado a Spencer, el sociólogo y filósofo inglés; si el sistema de Hegel ha sido considerado como romántico, el de Comte es conocido con el nombre de positivista. Vinculado a esta última corriente de pensamiento está Darwin, famoso biólogo inglés creador del evolucionismo, esto es, un sistema del desarrollo biológico basado en la evolución de las especies y en el concepto de la eliminación de las más débiles en lo que él llamaba la lucha por la vida.

Quizá fue, sin embargo, en la medicina, en la física y en la química, donde los progresos fueron más notorios. Los descubrimientos de Pasteur y sus continuadores acerca de las infecciones y de los agentes microbianos, así como los principios de la sueroterapia y la vacunoterapia, modificaron el cuadro de la salud de las grandes masas de población, hasta el punto que puede decirse que algunas enfermedades han dejado de constituir un peligro para la humanidad. Fresnel, Faraday y Maxwell trabajaron por el desarrollo de los conocimientos físicos y Berzelius, Berthelot y Arrhenius se destacaron en la química; un conocimiento cada vez más profundo de la realidad surgía de estas investigaciones y múltiples aplicaciones prácticas podían derivarse de ellas.

Una misma viva inquietud se manifestó en el terreno de la literatura y de las artes plásticas. Si el romanticismo había predominado en el primer tercio del siglo, diversas circunstancias conspiraron luego contra su supervivencia y nuevas tendencias se manifestaron hacia mitad del siglo; novelistas como Balzac, Flaubert y Stendhal, Thackeray y Dickens buscaban lograr una representación cada vez más fiel y más viva de la realidad inmediata. Lejos estaban de la novela romántica, al estilo de Walter Scott o de Chateaubriand, como lejos estuvieron luego los poetas de las influencias de las grandes figuras de la poesía romántica como Víctor Hugo o Musset, Carducci o Byron, Goethe o Schiller. Hacia esta época —la del segundo Imperio francés— el gran triunfo correspondió a la novela naturalista cuyo impulso proviene de Zola, el autor de El dinero, Trabajo, Germinal, y tantas otras novelas que apasionaron al público de entonces por el aire científico y polémico que flotaba en ellas. Poco después, para polarizar el gusto culto de los países occidentales, aparecían en ellos las fuertes figuras de Tolstoy y Dostoiewsky, al tiempo que, en el teatro se imponían los representantes del drama de la Europa septentrional, Ibsen y Sudermann.

En la pintura, el imperio contó con una figura excepcional: Luis David, pintor de Napoleón I, cuyos cuadros reflejan la fisonomía clasicista de su época. Por entonces vivía en España Francisco de Goya, pintor de Carlos IV, a quien la invasión francesa a España dio ocasión para que creara magníficas escenas de heroísmo popular como las que se ven en Los fusilamientos de la Moncloa. David había mantenido las tendencias neoclásicas, pero tras de él sobrevino la polémica entre los que sostenían la perduración de esa escuela —representada por Ingres— y los que sostenían la exigencia de una transformación fundamental; así surgió el romanticismo plástico cuya más grande figura fue el pintor Delacroix y que adquirió altísima significación no tanto con sus discípulos inmediatos sino con otros continuadores como Millet, Rousseau y Corot y el escultor Rude. Poco después, el naturalismo triunfaba con Courbet y Meunier, el escultor del Sembrador que puede verse en Buenos Aíres y, más adelante, con los impresionistas como Monet y Sisley. Al finalizar el siglo, Cézanne, Van Gogh, Gauguin, Renoir y el escultor Rodin echaban las bases de nuevas modalidades plásticas que continuaron desenvolviéndose en el siglo XX.

Un intenso desarrollo tuvo asimismo la música. El romanticismo alcanzó una definida personalidad con Beethoven, Chopin, Mendelssohn, Schumann y Schubert; compusieron preferentemente obras para orquesta y para piano, aunque no desdeñó alguno de ellos la ópera; este género fue en cambio el predilecto de Bellini, el músico italiano, y Berlioz, el francés. Más tarde, en la segunda mitad del siglo, la ópera alcanzó su más alta expresión en la obra del músico alemán Ricardo Wagner y en la del italiano José Verdi.

Este inmenso desarrollo de todo cuanto preocupa al espíritu dio la sensación de que con el siglo XIX culminaba una pujante época de esfuerzos; acaso a fin de siglo pudo notarse una especie de cansancio profundo, de hastío total, que provocó la aparición en Europa de un movimiento profundamente escéptico: podría considerarse la obra del escritor francés Anatole France como típica de ese instante.

Pero es necesario no olvidar que la cultura occidental no vive, en el siglo XIX, solamente en Europa. Desde fines del siglo anterior los Estados Unidos crecían incesantemente y constituían, poco a poco, una potencia considerable por el desarrollo de sus recursos naturales, por el acrecentamiento de su población gracias a la inmigración europea, por el vertiginoso progreso de sus industrias. Ya a principios del siglo pudo levantar su voz contra la política de la Santa alianza para sostener, por boca de su presidente Monroe, que América no toleraría la intromisión de las potencias europeas. A medida que el ferrocarril le permitió la conquista de los territorios alejados de la costa atlántica, cuando el oro californiano atrajo hacía el oeste población e impulso industrial, Estados Unidos marchó rápidamente hacia una situación de potencia de primera magnitud; ya en 1914 mostró su capacidad industrial y su empuje con la apertura del canal de Panamá, y su intervención en la primera guerra europea le brindó una oportunidad de alcanzar una situación de primer plano.

No menos significativo fue el desarrollo de las repúblicas iberoamericanas; independizadas en los primeros tiempos del siglo de España y Portugal, en una lucha que inmortalizó a San Martín y a Bolívar, lucharon por consolidar su organización constitucional y por afianzar su progreso. Brasil, Argentina y Uruguay, colocadas sobre el Atlántico, acogieron grandes masas humanas de origen europeo y con ellas poblaron sus vastas y ricas extensiones, y, gracias a ello, imprimieron un notable desarrollo a su agricultura y a su comercio; ciudades como Buenos Aires, La Habana, Río de Janeiro, Montevideo, se transformaron en urbes cosmopolitas y vigorosas; los países del Pacífico, en cambio, se mantuvieron más aislados y, aunque pudieron mantener una cohesión social que los del Atlántico no poseen, no han alcanzado un nivel de desarrollo económico comparable al de sus vecinas; sin embargo, la apertura del canal de Panamá y la explotación más intensa de sus recursos naturales las pusieron, en los últimos años, en la vía del progreso económico.

En Asia, el Japón se abrió, a mediados del siglo, a las rutas del intercambio mundial y se transformó prontamente en una potencia de gran poder económico y militar; la utilización a fondo de sus recursos naturales y la afiebrada industrialización a que se sometió, le permitió, en el curso del siglo XIX, obtener categoría de competidor temible frente a otros estados productores y exportadores y muy pronto surgió su rivalidad con Rusia y la China, insinuándose, al mismo tiempo, un estado de hostilidad con los países coloniales que tenían intereses en Asia oriental, esto es, Estados Unidos, Inglaterra y Francia. En China, entretanto, realizaban una profunda penetración estas naciones y, gracias a la extraterritorialidad de que gozaban sus súbditos, aparecían, en las ciudades más importantes, barrios enteros de aspecto europeo, desde los cuales se manejaba un vigoroso comercio internacional. Más allá, en Oceania, ciudades como Sidney y Melbourne mostraban la pujanza de la penetración occidental y se constituían en avanzadas de su civilización.

A todo esto, extendidos por todo el mundo, servían a ese mismo fin los vastos imperios coloniales de Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, Holanda y las posesiones rusas de Siberia; pero no bastaba todo eso para aniquilar la cultura oriental; en la India, en la China, en el Japón mismo, pese a su máscara occidental, sobrevivía profundamente arraigada y fuertes grupos nacionales se aprestaban a defender sus principios. Y conviene no olvidar que, a pesar de los esfuerzos de viajeros y exploradores, aún quedaban en el mundo —en Africa o en las regiones insulares— lugares que el hombre occidental no había pisado y en donde el indígena seguía viviendo dentro del marco de una cultura neolítica.

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XVIII. LOS PRIMEROS CUARENTA AÑOS DE NUESTRO SIGLO

Una compleja mezcla de escepticismo, de elegante superficialidad, de abandono y de confianza en la inalterabilidad del orden de las cosas, caracterizó el estado de ánimo del mundo europeo al comenzar el siglo XX; sin embargo, la tormenta se preparaba; el progreso, el desarrollo industrial, el goce de las comodidades que todo ello proporcionaba ocultaba la lucha sorda que se producía entre bastidores y ni las amenazas de crisis ni los conflictos que se ventilaban en la Península balcánica bastaron para despertar la sensibilidad de las gentes. Así fue como la paz armada condujo a la guerra.

En 1912 y 1913, dos guerras sucesivas estallaron en los Balcanes; el resultado de la primera consagró la pérdida de muchos territorios europeos por parte de Turquía; pero la segunda, provocada por las rivalidades que suscitó la división de los territorios, pareció afianzar la pérdida de la hegemonía balcánica por parte de Austria. Así, esta potencia, unida a Alemania, comenzó a preparar sus planes para volver por sus privilegios, a los que daba trascendental importancia el objetivo último que buscaba, esto es, el dominio sobre la línea férrea que desde el Danubio iba hasta Constantinopla y, a través del Bosforo, alcanzaba las ricas zonas petrolíferas del Irak.

Bastó un incidente momentáneo para desencadenar la guerra. El archiduque de Austria fue asesinado en Sarajevo y Austria declaró la guerra a Serbia el 28 de julio de 1914; poco después Alemania hacía lo mismo con Rusia y Francia y, en tanto que Italia adoptaba una actitud pasiva frente a los acontecimientos, ordenó la invasión de Bélgica para llegar rápidamente a territorio francés; en ese instante Inglaterra declaró la guerra a Alemania.

Una impresionante ofensiva alemana sobre Francia debía decidir rápidamente el conflicto según los planes del estado mayor alemán; pero las fuerzas francesas consiguieron detenerla en el Marne y comenzó entonces una guerra de trincheras que debía prolongarse por mucho tiempo. Algo semejante ocurría en el frente oriental; contenidos los rusos tras una impetuosa ofensiva, se produjo una estabilización de las líneas. Entretanto, en el Atlántico sur se encontraban las flotas y las naves alemanas fueron eliminadas poco a poco. Así transcurrió el año 1914 y en el siguiente, mientras se mantenía la guerra de posiciones, entró en la lucha, del lado de los aliados, Italia, haciéndolo al año siguiente Portugal y Rumania; entonces los alemanes trataron de volver a su plan primitivo lanzando una nueva ofensiva general, pero volvieron a ser contenidos en Verdún, mientras los ingleses arrebataban a Alemania todas sus colonias africanas. Al año siguiente —1917— los alemanes iniciaron la guerra submarina; los daños causados en el primer momento fueron considerables, pero muy pronto se arbitraron recursos contra ella y Alemania debió afrontar las graves consecuencias de su actitud: Estados Unidos entró en el conflicto al lado de los aliados y la situación se tornó dificilísima para ella. Entonces los alemanes apelaron a un recurso heroico para neutralizar el frente ruso: apoyaron a los grupos comunistas rusos que encabezaba Lenín y permitieron su entrada en Rusia, pactando la paz con ellos —después que se apoderaron del poder— en Brest-Litowsk, en diciembre de ese año.

Así fue como se llegó al año 1918; Alemania esperaba ahora, libre su retaguardia, poder actuar con mayor firmeza en el frente occidental y así lo intentó; pero los aliados recurrieron a una reorganización general de sus fuerzas e instituyeron un comando único que fue confiado al general francés Foch. Desde marzo a noviembre se libró la llamada batalla de Francia, que comenzó con una ofensiva alemana y concluyó con la victoria aliada cuando los alemanes se decidieron a pedir el armisticio el 11 de noviembre de 1918; poco después comenzaban las negociaciones de paz y en junio de 1919 se firmaba el tratado de Versalles.

El período que transcurre a partir de 1919 se caracterizó por la profunda inquietud que provocó la transformación económica, social y política del mundo. Rusia se constituyó en estado comunista pese a los esfuerzos de algunos países de Europa que quisieron impedirlo; Inglaterra y Estados Unidos recogían las mayores ventajas de la guerra en tanto que Francia sufría las consecuencias de un desgaste profundo y agotador; Alemania, entretanto, se había quedado empequeñecida y aplastada y había surgido en ella un régimen democrático, de tendencia socialista, al que los aliados obligaron a afrontar las consecuencias de la derrota. En Italia los trastornos que produjo la desmovilización y la crisis económica provocó un estado de crisis revolucionaria del cual surgió un nuevo partido, llamado fascista, que encabezó Benito Mussolini y que se adueñó del poder aunque sin derribar la monarquía. El fascismo italiano creó un estado fuerte, con una organización de la vida nacional en todos sus aspectos basada en las corporaciones y apoyada en las milicias fascistas compuestas, en general, de ex combatientes. Este movimiento propugnó la resurrección nacional sobre la base de la expansión y de la guerra y creó un clima de violencia al que muy pronto —en 1933— se plegó Alemania cuando triunfó el partido nacional-socialista que presidía Adolfo Hitler y al que animaban los mismos ideales, robustecidos allí por el clamor de la venganza por la humillación de Versalles.

Mientras, en Francia, en Inglaterra, como en otros países del mundo, predominaba un movimiento, que se llamó pacifismo, destinado a crear una repugnancia por la guerra y cuya consecuencia fue el mantener a esas naciones en estado de desarme. El principio era magnífico considerado desde el punto de vista de los ideales humanos, pero, entretanto, Alemania e Italia se armaban más o menos ocultamente y el desarrollo de la Rusia comunista pareció razón suficiente a los estados de Europa para tolerar el crecimiento militar de Alemania, en la que se veía una barrera opuesta a la expansión del comunismo. Todos los intentos hechos por la Liga de las Naciones —que había creado el tratado de Versalles— para lograr el desarme general fueron infructuosos y en 1935 Alemania declaró nulo y sin valor para ella aquel tratado, ocupando, a principios del año siguiente, la región desmilitarizada del Rin.

En 1936 se inició en España una guerra civil producida por la insurrección de las fuerzas conservadoras contra la República. Alemania, Italia y Japón constituyeron por entonces un frente unido contra los países poseedores de grandes imperios coloniales —especialmente Inglaterra— y contra la Unión Soviética, alianza que fue llamada el eje. Dos países del eje, Alemania e Italia, principalmente este último, favorecieron con su intervención armada el triunfo de las derechas en la contienda española. En 1938 Alemania comenzó la ocupación de distintos países limítrofes —Austria, Checoslovaquia— y en agosto de 1939 se lanzó contra Polonia. Inglaterra, que hasta ese momento había procurado por todos los medios impedir la explosión del conflicto armado, se vió entonces obligada, en unión de Francia, a declarar la guerra a Alemania.

Así comenzó la segunda guerra mundial, que había de prolongarse largos años, sembrando otra vez el espanto y la muerte en vastas regiones de la tierra, pues el escenario de este nuevo conflicto había de dilatarse considerablemente con respecto al de la contienda de 1914.

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XIX. LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Y SUS CONSECUENCIAS

Una inesperada novedad había asombrado ai mundo poco antes: el pacto entre Rusia y Alemania cuyo alcance no podía preverse. Sin embargo, los hechos inmediatos comenzaron a revelarlo. Polonia fue invadida simultáneamente por Rusia y por Alemania, y en una breve campaña de 18 días, en la que la aviación y las divisiones acorazadas hicieron gala de la más fría y brutal decisión, Polonia quedó totalmente ocupada y las dos potencias fijaron sus respectivas fronteras.

Pero inmediatamente de lanzado el ataque, Inglaterra y Francia habían declarado la guerra a Alemania (1º de septiembre), a pesar de lo cual su ayuda a Polonia fue casi imposible. Siguió luego una calma engañosa, apenas alterada por algunas operaciones rusas en el Báltico y algunos encuentros navales entre las flotas de Alemania y Gran Bretaña. Pero en abril de 1940 Hitler volvió a tomar la ofensiva y ocupó Dinamarca y Noruega, tras de lo cual ordenó un fulminante ataque contra Holanda, Bélgica y Luxemburgo que comenzó el 10 de mayo. Los ataques aéreos terriblemente destructores caracterizaron estas operaciones, y fue unánime la certidumbre de que comenzaba la verdadera guerra. Inglaterra y Francia enviaron crecido número de tropas pero se vieron copadas por los alemanes que lograron forzar el canal Alberto; una operación magistral permitió evacuar buena parte de esas fuerzas en Dunkerque, pero no sin que se perdiera casi todo el material motorizado, que resultó decisivo en esta contienda.

Poco antes había renunciado el primer ministro de Inglaterra Chamberlain y lo había reemplazado Winston Churchill, que fue desde entonces el admirable conductor de la resistencia a cualquier precio. Pero las circunstancias eran cada vez más difíciles. Una nueva ofensiva lanzó inmediatamente Hitler contra Francia, a la que respondió el general Gamelin, jefe de sus tropas, con un repliegue general. Weigand asumió entonces el comando y París fue declarada ciudad abierta, pero los alemanes forzaron todos los obstáculos naturales y el 14 de junio entraron en París. Tres días después el mariscal Petain asumía el gobierno de Francia y el 23 se firmaba la paz en Compiegne, mediante un documento que admitía la ocupación de parte del territorio francés en tanto que el gobierno que se establecería en Vichy conservaba una limitada soberanía sobre el resto.

El próximo paso de la ofensiva alemana parecía ser la ocupación de Inglaterra, de la que podían considerarse signos inequívocos los feroces bombardeos aéreos que soportaron los principales centros poblados y principalmente Londres. Entretanto se advertía el comienzo de una ofensiva de los países del Eje contra las colonias de Africa, y el general Wavell comenzó a operar desde Egipto para contenerla. Estas acciones relativamente afortunadas, así como el fracaso de la ofensiva italiana en Grecia y la resistencia popular de Yugoeslavia contra el regente Pablo, que había cedido a la presión del Eje, obligaron a Alemania a intervenir en todos estos sectores, en los que operó con éxito inmediato.

Así se ensanchaba la zona de operaciones de Alemania, que llevaba todo el peso de la guerra. Y sin embargo, pese a la preocupación de Hitler por su retaguardia, en junio de 1941 lanzó una ofensiva contra Rusia, quizá convencido del fracaso de sus gestiones para arrastrar a Inglaterra a una acción conjunto contra la potencia soviética. Sus primeros pasos parecieron afortunados, pero en diciembre comenzó la contraofensiva soviética que obligó a las tropas alemanas a replegarse. Y poco después, el 7 de diciembre, se producía el ataque nipón contra la base norteamericana de Pearl Harbour, que obligó a los Estados Unidos a intervenir en la contienda.

La ofensiva de los países del Eje alcanzó su punto culminante en la campaña de 1942. Con grandes recursos y esmerada preparación los japoneses se lanzaron sobre las posesiones enemigas y lograron apoderarse de las Filipinas, las Célebes, Malaca y Birmania, hasta capturar la base de Singapur. A estas operaciones acompañó la ofensiva alemana en Africa, realizada por el Afrikakorps que comandaba Rommel; pero aquí el Eje obtuvo inmediata respuesta, y las fuerzas inglesas de Montgomery lograron detener el avance alemán en El Alamein, obligando luego a Rommel a rehacer su camino hacia el oeste. En una fase semejante entraron por entonces las operaciones de Rusia, pues tras la toma de Sebastopol se lanzaron los alemanes contra la fortaleza de Stalingrado, sobre el Don, sin conseguir vencer la resistencia soviética. Más aún, sus esfuerzos empezaron a malograrse, y en febrero de 1943 una fuerza de soldados al mando de von Paulus cayó en manos de los rusos. Entretanto los norteamericanos habían desembarcado en Guadalcanal y se preparaban para reaccionar bajo el mando del general Mac Arthur.

Sin duda alguna, la capacidad ofensiva de los países del Eje comenzó a sentir la gravitación de ciertas circunstancias adversas: la resistencia de los guerrilleros en Yugoeslavia y en Africa, la crisis de materias primas y las desavenencias entre Hitler y sus generales entre otras. Lo cierto es que Rommel tuvo que abandonar Africa, y el 8 de noviembre el general Eisenhower pudo desembarcar en Africa con sus fuerzas abriendo una nueva fase de las operaciones. A principios de 1943 quedó decidida la invasión de Italia, y en el mes de julio desembarcaron las tropas aliadas en Sicilia mientras los rusos contenían en sus comienzos una nueva ofensiva alemana. Poco después una conspiración interior deponía a Mussolini y su sucesor, el mariscal Badoglio, procuraba pactar con los aliados, mientras los rusos iniciaban a su vez una ofensiva que costaría a los alemanes todas sus últimas conquistas. Una acción semejante desarrollaban los norteamericanos en Asia, de donde desalojaban progresivamente a los japoneses. Así comenzó 1944 con la certeza de que se llegaba a la fase final de la lucha. Poco antes los jefes de los diversos países aliados se habían reunido en El Cairo y en Teherán para ajustar sus planes: se trataba de asestar los golpes definitivos a la fortaleza europea, entre todos los cuales el más importante sería el desembarco en Francia, en cuya preparación trabajaba afiebradamente el comando aliado del general Eisenhower,

El día D, fijado para el desembarco, llegó el 6 de junio de 1944, y los aliados pudieron consolidar una cabeza de puente en Normandía, donde los ataques alemanes fracasaron bajo el peso de la acción de aviones que salían de las bases británicas para proteger el avance de las tropas. Al mismo tiempo los rusos acentuaban su presión en el frente oriental y reconquistaban todo su territorio pasando a la ofensiva.

La resistencia de la fortaleza europea comenzaba a menguar por todas partes, y el atentado contra Hitler, en agosto, reveló el estado de ánimo de los jefes nazis, uno de los cuales, Goering, se vió tratado como sospechoso y relegado a una especie de prisión. Tomada Roma, los ingleses siguieron avanzando hacia el norte y entraron en Florencia, en tanto que los rusos se dirigían hacia Prusia Oriental y las fuerzas aliadas tomaban París. El resto del año 1944 vio todavía otras etapas decisivas del derrumbe del Eje: el desembarco aliado en el sur de Francia, la insurrección de Bulgaria y de Rumania, y sobre todo la ocupación de Filipinas y los comienzos del ataque contra las islas metropolitanas del Japón.

El ataque a fondo de las Naciones Unidas comenzó en enero de 1945, con Berlín como objetivo final. Para resolver el problema de las posiciones recíprocas de los diversos beligerantes se reunieron en Yalta (Crimea), en el mes de febrero, Roosevelt, Churchill y Stalin, donde se resolvió, entre otras cosas, la ocupación tripartita de Berlín. La resolución era oportuna, porque la capital del Reich estaba ya bajo la acción de la artillería y los aviones rusos, en tanto que Eisenhower se dirigía hacia ella desde el oeste después de forzar la línea Sigfrido y ocupar buena parte del territorio alemán. Al mismo tiempo Tokio comenzaba a sufrir las consecuencias de los bombardeos aliados. Era evidente que la guerra tocaba a su fin.

El 12 de abril de 1945 murió en Wáshington el presidente Roosevelt, en medio de la consternación general. Otras muertes la siguieron. A fines de abril fue capturado por los guerrilleros italianos Benito Mussolini —que sostenía en el norte de Italia la ficción de una república fascista— y fue ejecutado sin piedad. Y el 19 de mayo, en el sótano que se había hecho construir en el palacio de la Cancillería, se suicidó Adolfo Hitler con sus últimos fieles, después de haber tomado sus precauciones para que su cadáver fuera consumido por las llamas.

Al día siguiente del suicidio del Führer alemán, Berlín caía en manos de las tropas rusas y se izaba la bandera soviética en el palacio de la Cancillería. Al día siguiente se rendían las fuerzas alemanas en Italia, y sucesivamente lo hicieron las que operaban en los demás países ocupados por Alemania. La rendición incondicional del ejército alemán fue firmada en Reims por el general Jodl el 7 de mayo de 1945, y muy pronto comenzaron las operaciones de policía para poner a buen recaudo a los responsables de la terrible tragedia.

Pocos meses después corría el Japón la misma suerte. Mac Arthur consiguió aplastantes victorias en Luzón y Borneo, mientras la aviación realizaba una terrible destrucción de las islas. Para acelerar la decisión, los días 6 y 9 de agosto fueron lanzadas sobre dos ciudades niponas las primeras bombas atómicas, cuyos efectos destructores conmovieron al mundo. El Mikado comprendió que toda resistencia era imposible y ofreció una rendición que sólo fue aceptada cuando se convino en que fuera incondicional. En esos términos fue anunciada la paz el 14 de agosto por el presidente Truman, y el 1º de septiembre, a bordo del acorazado Missouri, el Japón firmaba la capitulación.

Entretanto, en julio de 1945, los jefes de los estados vencedores se habían reunido en Postdam para resolver los múltiples problemas derivados de la victoria. El más importante era el de las zonas de ocupación, que se resolvió manteniendo el triple control de Estados Unidos, Inglaterra y Rusia sobre Berlín, y el de cada una de ellas por separado sobre una región del territorio alemán. Esta situación comenzó a crear dificultades, y con el tiempo aparecieron serios rozamientos entre Rusia por una parte y los Estados Unidos e Inglaterra por otra, motivados por la supremacía a que aspiraba Rusia y a la campaña proselitista que hacía. Pero la situación no pasó a mayores y se mantuvo estabilizada, habiendo creado Estados Unidos e Inglaterra un gobierno nacional en la Alemania occidental.

Simultáneamente se decidió el enjuiciamiento de los criminales de guerra, y se constituyó en Nuremberg un tribunal interaliado que juzgó a Göering, Hess, Ribbentrop, Ley, Keitel, Seyss-Inquart y otros. Algunos fueron condenados a la horca y otros a prisión, acusados todos ellos de delitos contra la paz y contra la humanidad.

Y para aunar esfuerzos en el aseguramiento de la paz se constituyó la asociación internacional que llevó el nombre de Naciones Unidas, de acuerdo con los términos de su carta de fundación, aprobada en junio de 1945 en la reunión de San Francisco. Poco después la UN establecía su sede en Lake Succes, cerca de Nueva York, y comenzaba sus trabajos políticos, al mismo tiempo que organizaba las secciones de relaciones culturales, sanitarias, etc., siguiendo en muchos casos la estimable labor que habían realizado análogas oficinas de la antigua Sociedad de Naciones de Ginebra.

Durante este período, la política interior de los distintos países había sufrido algunos cambios, especialmente en Inglaterra, donde Winston Churchill fue derrotado por los laboristas y reemplazado como primer ministro por Clement Atlee. Desde entonces comenzó una política renovadora en el Reino Unido, mediante la nacionalización de muchos servicios y del Banco de Inglaterra. Entretanto, Truman fue reelecto como presidente de los Estados Unidos y Francia se reorganizó bajo la dirección del general De Gaulle, transformando de ese modo en jefe de estado, y reunió una asamblea constituyente que echó las nuevas bases del estado. Tres partidos influían ahora decisivamente en la opinión: el comunista, el socialista, y uno nuevo llamado Movimiento popular republicano, que consiguió mayoría parlamentaria y alejó luego de su seno al general De Gaulle, transformado de ese modo en jefe de cierto sector de la oposición.

Poco a poco empezó a insinuarse una creciente tirantez entre la Unión Soviética y sus antiguos aliados. Mediante golpes afortunados Rusia consiguió dominar en Hungría, Polonia y Checoslovaquia, formando a su alrededor una cintura de estados aliados que pudieran defenderla de cualquier ataque. De este grupo formó parte durante algún tiempo Yugoslavia, hasta que la disidencia entre el mariscal Tito y el gobierno de Moscú se hizo pública y dejó al primero en libertad de acción.

Pero la acción de Rusia se dirigió preferentemente hacia los problemas de Asia, donde acentuó su preparación industrial y su influencia, especialmente sobre China, que, finalmente, fue dominada por las fuerzas comunistas que se oponían a Chiang-Kai- Shek. Frente a ella, los Estados Unidos resolvieron hacerse fuertes en el Japón, para vigilar su expansión y su política en el Pacífico.

En Italia, entretanto, se constituyó una república liberal en la que predominó, como en Francia, un partido de tendencias católicas, presidido por De Gásperi. Pero allí, como en Francia, la presión del partido comunista es bastante acentuada y amenaza la situación establecida después de la paz.

Para prevenir la política del comunismo internacional en los países castigados por la guerra, los Estados Unidos concibieren un plan —conocido como Plan Marshall— de ayuda económica para la rehabilitación de la riqueza nacional. Ese plan ha dado ya importantes frutos, aunque ha creado un complejo problema monetario internacional, que complica las relaciones económicas mundiales. Con todo, sólo gracias a esa ayuda han podido evitarse, en parte al menos, las temidas y trágicas consecuencias que se esperaban para la segunda postguerra en algunas partes de Europa.

Desde el punto de vista del desarrollo de la cultura, los primeros quince años del siglo XX constituyeron una prolongación del siglo anterior. La guerra de 1914-18 produjo, en cambio, una mutación trascendental. Las exigencias de la guerra obligaron a los hombres de ciencia y a los industriales a apresurar sus investigaciones y sus experimentos para lograr importantes transformaciones técnicas. Muy pronto la telegrafía y la telefonía sin hilos se transformaron en medios de comunicación de uso sencillo y cotidiano y la aviación adquirió un desarrollo extraordinario: pocos años después de terminada la contienda había líneas regulares de pasajeros en Europa, Asia y América por vía aérea. Automóviles, ferrocarriles y motonaves alcanzaron un notable perfeccionamiento en cuanto a velocidad y radio de acción; y, entretanto, las industrias químicas se desarrollaron enormemente por la generalización de las industrias sintéticas y el descubrimiento de nuevas drogas o nuevas aplicaciones de las mismas. Acaso dentro de muy poco tiempo la televisión haya alcanzado valor práctico y se transformen en realidad muchas promesas acerca de nuevas aplicaciones de la electricidad.

En el campo del pensamiento, parecería como si el siglo XX hubiera conseguido abrir nuevas rutas; en filosofía, en las ciencias físico-matemáticas y biológicas, en las ciencias sociales, se advierte una notable fertilidad y riqueza de concepciones que se traducen en nuevas doctrinas: bastaría citar la significación de la teoría de la relatividad, sustentada por Einstein, o la teoría de los quanta, o la del indeterminismo físico, o la doctrina biológica del medio circundante, o la doctrina psicológica de la estructura, para dar idea de la magnitud y profundidad de la reflexión contemporánea.

Una extraordinaria inquietud se manifestó también, después de la guerra, en el campo estético; pintores como Juan Gris y Picasso crearon nuevas formas plásticas, el cubismo, y tras de ellos aparecieron diversas escuelas; escultores como Bourdelle, músicos como Debussy y Stravinsky, novelistas como Jules Romains, Tomás Mann, Aldous Huxley y Valle-Inclán, poetas como Rubén Darío, Paul Valéry y Federico García Lorca, muestran cuán fecunda ha sido aquella inquietud y en qué medida ha sabido dar frutos maduros y sabrosos.

Nadie puede decir cuál ha de ser la curva que describirá el mundo de nuestros días después de los años de esta guerra feroz a que asistimos; pero si el clamor unánime es escuchado y si existen todavía fuerzas morales que lo sirvan, puede augurarse que ha de surgir un mundo más feliz y más justo, en una marcha que es evidente que ha comenzado ya y que el autor espera que pueda advertirse con la lectura de las páginas de este breviario de la historia de la humanidad.

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EPÍLOGO

Quien haya seguido con atención estas páginas, en las que hemos procurado dar —más sucintamente de lo que quisiéramos— una visión de la aventura que la humanidad lleva cumplida sobre la tierra, habrá observado que aparece una serie de entidades históricas que cumplen, en un plazo de tiempo más o menos largo, una peripecia singular. No las llamemos pueblos; designémoslas, más bien, con el nombre de culturas, porque es frecuente que estas entidades históricas hayan visto cambiar o acrecentar aquellos grupos humanos que las componen: así, los árabes crearon los fundamentos de la cultura musulmana, pero la cultura musulmana fue sustentada luego por otros pueblos que no fueron árabes: persas, egipcios, bereberes, españoles, turcos, etc.

Estas culturas existen y perduran precisamente porque es frecuente que se renueven los grupos humanos que las sustentan. No han sido muchas; un examen de las páginas de este libro dará una idea de cuáles y cuántas son: la del Oriente próximo, la china, la india, la griega, la romana, las americanas precolombinas, la occidental y algunas otras menores o dependientes de éstas. Estas culturas no mueren y, en rigor, casi ninguna de ellas ha muerto, porque, aunque hayan desaparecido, las ideas, las costumbres, los principios, las obras que crearon, todo ello no se ha perdido sino que ha sido heredado y sobrevive fundido o yuxtapuesto en otras culturas. Por eso tampoco puede morir la cultura occidental —que es la nuestra—, como alguna vez se ha dicho, aunque cambien las manos que sustentan sus principios y los espíritus que viven según ellos.

Por esta calidad de las culturas históricas de sobrevivir en sus obras es posible concebir la historia de la humanidad como un proceso ininterrumpido y universal, del que no debe quedar excluido ninguno de los rincones de la tierra, aun aquellos cuyas gentes nos parezcan menos próximas a nuestra manera de ser, porque aun las expresiones más diversas del alma humana tienen entre sí un cierto común denominador que permite que algún día —se habrán visto algunos ejemplos— se produzca su entronque con otra cultura y fructifique en un cierto matiz, en una idea, en una modalidad que inesperadamente veremos manifestarse en el piélago de una cultura hasta ese momento homogénea.

Acaso cabría preguntar: pero, ¿es que tiene un interés particular esta historia universal así concebida? A mi juicio, en ella reside el único interés de la historia. En cuanto imagen de la aventura de la humanidad, la historia trae un optimismo vivificador que proviene del espectáculo siempre renovado de la capacidad de creación del hombre; a veces ha sufrido el yugo bárbaro y ha parecido naufragar bajo el imperio de la fuerza sin freno; y sin embargo —la historia nos lo dice— el espíritu sobrevive y un día —un día que siempre siente próximo el corazón— renace y olvida su infortunio y se eleva en un ímpetu grandioso para dejar tras de sí su huella imperecedera.

Y este espíritu de creación, que se trasunta en los más variados campos, adquiere particular trascendencia cuando lo vemos aplicado al esfuerzo por mejorar las formas de la convivencia humana. Que nadie niegue ese progreso si ha hojeado alguna vez el libro de la historia; de las tribus paleolíticas al imperio asirio, del imperio romano a la sociedad medieval, del siglo XVI al XIX, el respeto por el individuo, el enaltecimiento de su condición de ser espiritual, el reconocimiento de su derecho a la felicidad, se han acrecentado en proporciones que no pueden ni deben ser ignoradas: admiremos el genio filosófico o plástico de los atenienses del siglo V, pero no deseemos haber vivido entre ellos a menos que nos fuera dado pertenecer al grupo reducido de los privilegiados.

Hay un progreso del espíritu en cuanto instrumento eficaz para descubrir a nuestro prójimo, para otorgarle lo que le es debido aun a costa de lo que más queremos, y poco a poco se ha ido transformando en deber social lo que, a lo más, fue concebido alguna vez como designio generoso y magnánimo de un individuo de excepción. Esta lección es, entre todas, la mejor de la historia. La humanidad se integra poco a poco en un solo haz y sobra tierra para que toda ella viva en paz y feliz. Que la audacia, el vigor y la inteligencia se vuelquen hacia esa empresa generosa y la historia verá cumplirse una etapa más en la marcha por esa ruta que han elegido siempre los espíritus más preclaros y más dignos que la humanidad ha producido.

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