La historia y la situación contemporánea. 1951

Que nuestra época acusa una acentuada conciencia histórica es un hecho incontrovertible, que se manifiesta en numerosos signos visibles para todos. Los siglos cuyos secretos hemos ido descubriendo en los últimos tiempos pesan cada vez más sobre nuestras conciencias y nos sentimos herederos legítimos y forzosos de una ingente tradición; y como el tiempo proyecta sobre ella una sombra augusta, nos inspira un temeroso respeto y apenas nos atrevemos a discriminar entre lo valioso y lo no valioso como si la mera existencia de sus vestigios confiriera a todo el bagaje del pasado idéntica calidad. Esta conciencia histórica condiciona el espíritu del hombre contemporáneo —pese a las reflexiones de Nietzsche en su estudio titulado De la utilidad y de los inconvenientes de los estudios históricos para la vida— y le proporciona cierta reflexiva circunspección que es quizá su más típico rasgo. He aquí un mundo poco dispuesto a la aventura.

Y sin embargo, allí donde la conciencia histórica parecería ser más necesaria no se la descubre presidiendo la actitud del hombre contemporáneo. Porque la misión eminente de la conciencia histórica debería ser orientar el análisis de la situación contemporánea, esto es, de ese sistema de relaciones que vincula a los sujetos y los objetos de nuestro mundo circundante, aquel que nos es más caro y entrañable porque depende de él nuestro propio destino. Y frente a esa misión se la advierte temerosa y esquiva. Cualquier tiempo parece ser mejor comprendido que el nuestro.

Considerada como disciplina, como forma del saber y cauce de la reflexión, la historia parece aludir ahora tan sólo a contenidos remotos, sometidos a nuestro examen pero ajenos a nuestra experiencia inmediata. Volverse hacia ella parece implicar una actitud erudita —o simplemente pedantesca— a la que serían ajenos todos los elementos del drama humano que se desenvuelve a nuestro alrededor. He aquí un prejuicio indefendible, y que sin embargo ha arraigado considerablemente en el espíritu del hombre culto de nuestros días. No carece de explicación, sin embargo; y acaso sea una de las misiones de nuestro siglo devolverle a la historia su vibración dramática, esa sensibilidad para lo humano vivo que poseyó siempre hasta que el siglo XIX, perfeccionando su ideal científico, logró restarle como si constituyera su máximo defecto.

Porque la historia ha sido siempre, eminentemente, historia contemporánea o ha estado, al menos, dirigida y orientada por la situación contemporánea. Del pasado remoto se ocupaba el anticuario o el erudito, bien es cierto que porque era breve el tema y escasa la materia. Pero el principio era inobjetable. El pasado como mera curiosidad es tan sólo un objeto más de conocimiento, como las propiedades del hidrógeno o de estructura de los terrenos paleozoicos; pero adquiere en cambio una dignidad excepcional y sui generis cuando se lo encadena con la vida misma, que participa, por lo demás, de la naturaleza de lo que en el pasado nos atrae y nos apasiona. Acaso no sea injustificado el recuerdo de aquella frase de Goethe con que Nietzsche encabeza su citado estudio: “Detesto, por lo demás, todo lo que no hace más que instruirme sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente”. Constituye, ciertamente, un grave error de la ciencia histórica haberse dejado seducir por la mayor vastedad del tema y la abundancia de la materia que proporciona ahora el pasado remoto, abandonando por eso lo que fue siempre su misión esencial, y no es imposible acordar ambas preocupaciones. Quizá sería exigible que todo historiador se sintiera a sí mismo como historiador del mundo contemporáneo, al tiempo que lo es de otros ámbitos del pasado; porque sólo en ese ejercicio prepara eficazmente sus instrumentos para la búsqueda y la crítica de los datos primarios. E historiadores del mundo contemporáneo fueron, en suma, Heródoto y Tucídides, Tácito y Salustio, Gregorio y Beda, Guicciardini y Voltaire, aun cuando se ocupaban de otras centurias, pues era su afán primordial acarrear las aguas del tiempo hacia ese preciso lugar del cauce en que se descubría la vida.

Un discutible sentido científico ha alejado a la ciencia histórica del problema del destino del hombre y de la sociedad, sin duda ultima ratio de la reflexión histórica como el problema de la existencia lo es del filosofar. Todo lo demás se construye sobre eso, pero no existe válidamente sin eso. Y es imprescindible devolverle aquella preocupación originaria y situarla en su base para que retorne a ser la fuente viva a la que se acuda frente al desconcierto, a la indecisión y a la angustia que brota cuando se hace crítica la relación entre el individuo y su contorno. En última instancia toda crítica conduce a una política, de la que debe aspirarse a que sea la más alta y noble imaginable, pero sin que sea lícito incomunicarla de la inmediata realidad. No hay, por lo demás, ejercicio más eficaz para el historiador.

Por no haberse hecho cargo los historiadores de aquella misión de intentar la interpretación del mundo contemporáneo —movidos por innumerables prejuicios, algunos respetables—, se ha agravado el problema del hombre de nuestro tiempo que, necesitando más que nunca una interpretación de su contorno, se ha visto obligado a obtenerla de fuentes poco responsables o insuficientemente controladas. La información proporcionada por los periódicos y las crónicas en que se ordenan los sucesos en ellos crean la ilusión de que acaba por entenderse la maraña de los hechos; pero es alarmante la rapidez con que esas composiciones de lugar caen en el olvido, a causa, sin duda, de su debilidad, y sus escasas raíces. Nada más explicable. La información tal como la proporciona el periodismo contemporáneo no constituye sino materia bruta que, aunque satisfaga la curiosidad inmediata, se desvanece prontamente cuando no se inserta dentro de un sistema explicativo; pero éste requiere cierto método, y el cronista de nuestros días, tan ágil y perspicaz como pueda serlo el que prepara su crónica para un periódico o una cadena periodística, carece generalmente de él y se limita a hacer exactamente lo que la palabra indica: una crónica, lo cual tiene en el campo de los estudios históricos un valor preciso, que alude a la despreocupación por la meditada conexión entre todos los grupos de hechos que concurren a cierta serie histórica. Si se busca una comprensión profunda, el historiador debe reemplazar al cronista, y constituye un grave signo de impotencia el que el historiador renuncie a esa misión cuando se trata de aquel pasado —el pasado vivo — que más debiera atraer su atención.

Si quisiera medirse la urgencia que existe de que el historiador se haga cargo de esa labor, nada sería más útil que enumerar los problemas que supone la comprensión de la situación contemporánea. Ha adquirido ésta la categoría de problema corriente, y se la define de ordinario como el problema del Occidente, esto es, como un interrogante acerca del destino de la cultura occidental frente al cual se yerguen dos clases de peligros: por una parte se presiente o se observa cierto debilitamiento de su potencia íntima o, como se ha dicho alguna vez, su decadencia; y por otra se adivinan las amenazas que parecen provenir de otros ámbitos culturales, amenazas de aniquilamiento que parecen renovar el viejo “peligro amarillo” que fue tema predilecto de conversación en otros tiempos.

Este es el problema fundamental que debe encarar el historiador de nuestro tiempo, para situarnos en plena crisis. Su planteo nos conduce hasta el último cuarto del siglo XIX, donde nos encontramos con la formalización de la vasta empresa de expansión colonial destinada a occidentalizar el mundo no europeo, al mismo tiempo que con los primeros signos de resquebrajamiento en el sistema de ideas en virtud del cual esa empresa fue concebida y realizada.

Fue, efectivamente, la economía industrial y la mentalidad progresista de la burguesía de la segunda mitad del siglo XIX lo que proporcionó su impulso e hizo posible la expansión colonial, teñida con propósitos de civilización. Y fue sobre todo la certidumbre de que la civilización occidental era inequívocamente superior lo que le prestó a la empresa su aire de legitimidad. Pero mientras maduraba el propósito y se lanzaba la burguesía europea a su realización, dos series de obstáculos se comenzaron a interponer en su realización, una vinculada con el problema del equilibrio social interno del mundo occidental, y otra relacionada con el sistema de ideas que regía la concepción del mundo.

El desarrollo alcanzado por las clases proletarias a partir de la Revolución industrial y su progresiva adhesión a las concepciones revolucionarias o reformistas que le proporcionaban una clara guía para su conducta política, crearon por debajo de la burguesía un conjunto social cuya gravitación crecía cada vez más en el seno de la sociedad occidental. Las reivindicaciones del proletariado, por lo demás, no constituían sino la última consecuencia de las ideas fundamentales sobre las que reposaba esa sociedad, de modo que su difusión fue amplia y muy pronto los principios éticos y económicos en que se apoyaban aquéllas ganaron otros sectores del complejo social que debilitaron fuertemente la posición de la burguesía al cuestionar la legitimidad de sus privilegios y orientaciones. Era un impacto importante en el frente de la clase que, en ese momento, intentaba la máxima empresa de su plan.

Pero entretanto comenzaba a insinuarse otra crisis no menos grave, esta vez no en el campo de la realidad sino en el de las ideas. Si el mundo occidental podía proclamar la legitimidad de su campaña de occidentalización era porque estaba seguro de la superioridad de su civilización, de su imagen del hombre y de la vida, de su programa y sus objetivos; esa seguridad provenía del desarrollo y firmeza de la concepción mecanicista del universo, del racionalismo y el cientificismo que progresivamente fueron conformando la concepción vulgar del mundo y la vida en el hombre occidental, y de la inquebrantable fe en el progreso que se había apoderado de él. Ahora bien, al finalizar el siglo XIX, todo ese sistema de ideas empieza a descubrir brechas importantes, primero en el seno de algunas minorías y poco a poco, en el siglo XX, entre sectores más amplios. En nombre de la vitalidad, o en nombre de la intuición, o en nombre de elementos irracionales exaltados de distintos modos y muchas veces en relación con un innegable despertar del sentimiento religioso, aquel sistema comenzó a perder la unanimidad de la adhesión en tanto que comenzaban a vislumbrarse innumerables posiciones disidentes.

Una primera etapa de maduración en este proceso en el que se interfiere la mentalidad tradicional con las nuevas formas de pensamiento se sitúa en las vísperas de la primera guerra mundial. El escepticismo comienza a apoderarse de importantes sectores de la opinión, acaso aquellos que tenían más influencia sobre el resto. Y la burguesía demostraba evidentemente su impotencia para mantener unidad de objetivos, compitiendo por los mismos fines con distintas banderas. Era una ocasión inmejorable para que los frutos que empezaban a madurar atrajeran todas las miradas. La primera guerra mundial destruyó tantas vidas y tantos bienes, que por primera vez no bastaron los argumentos tradicionales para justificar la catástrofe, cuya trama fue puesta al desnudo por innumerables voces. El escepticismo crecía por una parte, al tiempo que desaparecía por otra pero para dejar paso a una nueva fe que entrañaba la condenación de cuanto había movido hasta entonces la vida de los pueblos en su conjunto. Las clases parecieron más importantes que las nacionalidades, a partir sobre todo del momento en que una nación —Rusia— encarnó el predominio de la clase proletaria. Y al terminar la guerra quedó abierto el camino para lo que alguien llamó la revolución del nihilismo, para la era del kaputt.

Europa quedó escindida en diversos grupos y por distintas razones, y se perdieron los elementos comunes hasta entonces, más profundos que las disensiones políticas que podían ventilarse en las guerras hasta el siglo XIX. Quedó quebrada el alma de Europa, el crisol de la cultura occidental. Pero una Europa que se carcomía y se invalidaba a sí misma condenaba, naturalmente, toda aquella empresa de occidentalización del mundo que se había propuesto. ¿En nombre de qué? ¿Defendiendo qué principios indiscutibles, comunes antes a los rusos que avanzaban sobre Turquestán y Siberia y a los ingleses que penetraban en la India? A partir de este momento, está dentro del curso normal de los acontecimientos que se plantee la posibliidad de un nuevo reagrupamiento de países y de una redistribución del poder. Hace tres generaciones nadie discutía el derecho de Europa a “civilizar” el Asia. Hoy nadie lo justifica, excepto con argumentos que contienen más que estimulan la política expansiva.

El mundo occidental ha tecnificado al mundo oriental y le ha proporcionado a Rusia la doctrina con la cual ha operado su formidable resurgimiento. ¿Será imprescindible que ahora sucumba? Las perspectivas son distintas según el ángulo que se adopte para contemplarla. Sin duda Rusia ha adoptado una política de hegemonía asiática que hereda del Japón, como si se vengara de su derrota de 1905. Pero eso no significa que la influencia que proviene de Rusia sea necesariamente oriental. Rusia no es, por eso, Oriente, y su ascenso se ha operado, precisamente por obra de su occidentalización. Pero es que además la revolución no es Rusia, pues Inglaterra está haciendo la suya a su modo. La revolución no es el peligro que ensombrece a Europa. Tampoco es, necesariamente, el aniquilamiento de Rusia la panacea para la salvación de la civilización occidental. El problema es harto más complejo, y supone un reajuste de las relaciones con Asia. He aquí los temas fundamentales que debiera comprender un planteo histórico de la situación contemporánea, y acaso nuestra época vea aparecer al historiador que, frente a este conflicto de culturas, no menos sinuoso y equívoco que el que opuso antaño a griegos y persas, realice el justo balance que en su tiempo logró hacer el viejo Heródoto de Halicarnaso.

Historiadores medievales. 1954

Alguna vez —aunque no es frecuente— se quiere describir la curva de cierta evolución del pensamiento o la cultura apoyando su trazo en los nombres de algunos historiadores ilustres; la enumeración que suele hacerse empieza resueltamente en los antiguos: “Herodoto, Tucídides, Livio, Tácito…”; entonces sobreviene un momento de incertidumbre; quizá se insinúa, sin mucha convicción, el nombre de San Agustín, y luego, ya con nuevo aplomo, se continúa la lista con los modernos: “Maquiavelo, Guicciardini, Bossuet, Voltaire, Michelet, Ranke…” La curva parece completa, coherente.

Pero entre San Agustín y Maquiavelo median más de diez siglos: los que corresponden a la llamada Edad Media, de la que todo parece saberse cuando se ha formulado alguno de los juicios, categóricos en la forma y harto imprecisos en el contenido, que suelen repetir aún hombres de buena formación intelectual. Parecería que es posible poseer una buena formación intelectual sin tener ideas claras acerca de lo que constituye el mundo medieval. En todo caso, quizá se juzgue intolerable ignorar la existencia de San Anselmo o de Santo Tomás, del maestro Mateo o de Cimabue, de Chaucer o del arcipreste de Hita o de Dante: pero parece justificado que se ignoren los nombres de los historiadores contemporáneos de estos filósofos, artistas y poetas. Una enumeración que salte de San Agustín a Maquiavelo se considera suficientemente ilustrativa del desarrollo del pensamiento histórico.

Sin duda hay, fuera de los especialistas, muchos hombres cultos que podrían llenar ese vacío con relativa seguridad y precisión, y muchos, naturalmente, en los países europeos, donde ciertos historiadores medievales son ilustres figuras de las letras nacionales. Pero es seguro que ese conocimiento es casi siempre circunstancial, vinculado con el mérito literario o con la significación política que han tenido en su tiempo; y lo que es más seguro aún es que, interrogado un hombre culto acerca de la explicación de su desconocimiento, contestará que en la llamada Edad Media hubo pocos historiadores de mérito, que su lectura es tediosa o, acaso, que no hubo entonces sino eso que se llama por costumbre “cronicones”, una palabra que parece despertar vetustas y polvorientas imágenes.

Quizá esas respuestas contengan alguna pequeña parte de verdad. Pero considerado el hecho en su conjunto no admite justificación, y solo prueba la equivocada idea que solemos tener del valor de la formación histórica, del sentido de nuestra cultura occidental y del papel que en ella ha desempeñado el conocimiento del pasado. La corrección de ese error obligaría a reparar con más atención en los largos siglos que transcurren desde la declinación del Imperio hasta el siglo XVI y a detenerse con algún cuidado en el análisis de cómo se entendió por entonces el pasado. Esta labor la cumplieron historiadores de vario mérito, unos de nombre ignorado y otros, muchos por cierto, de nombre conocido. Y este examen daría por resultado ciertas nociones que, convenientemente generalizadas más tarde, cristalizarían en la asignación de cierto valor a determinadas figuras del pensamiento histórico medieval que, acaso, se tornarían paradigmáticas. Entonces parecería inexcusable una enumeración de historiadores que saltara desde San Agustín hasta Maquiavelo.

No se ha escrito una historia de la historiografía medieval, siquiera equivalente a las ya relativamente conocidas de Shotwell sobre la historiografía antigua y de Fueter sobre la moderna. Y debe agregarse que tampoco las hay completas y satisfactorias que se refieran a un período importante, a un país o a un género. Son innumerables los autores de indiscutible valor sobre los que no se ha escrito una monografía exhaustiva o siquiera aceptable, y es corriente que en muchos casos el curioso de la cultura medieval se satisfaga con una introducción al texto en la que se consignan algunos datos biográficos y unas pocas apreciaciones sobre el estilo literario del autor. Se trata, pues, de una materia casi virgen, pues son excepcionales los historiadores medievales que han sido estudiados a fondo desde el punto de vista de las peculiaridades de su concepción historiográfica.

Sería erróneo deducir de estos hechos que el tema carezca de interés. En tan alto grado lo tiene, que acaso sea uno de los ángulos desde donde pueda emprenderse con más éxito la revisión de la llamada Edad Media, esa revisión que, sin duda, está en marcha desde otros puntos de partida. Un somero despliegue del material que ofrece la historiografía medieval puede ayudar a quien no se haya preocupado del tema a adivinar su interés y su valor, aun cuando sea tan reducido y superficial como exigen los caracteres y la dimensión de este artículo.

De Eusebio de Cesárea —a quien Croce proponía que se llamara “padre de la historiografía moderna”— y de San Agustín proviene esa sustancial mutación de la imagen de la vida histórica que abre la llamada Edad Media. La tradición latina comienza a fundirse con la hebreocristiana, no sin que se requiriera vasto esfuerzo para ajustar las cronologías, y a las explicaciones clásicas se opuso la explicación providencialista; la “ciudad terrenal” cobró sentido trascendental y su historia fue la del progreso del espíritu. Continuó San Jerónimo la Crónica de Eusebio y aplicó Paulo Orosio las tesis agustinianas al relato de la historia concreta; y siguieron sus huellas numerosos cronistas durante la época en que se constituían los reinos romanogermánicos. Cinco figuras adquirieron entonces singular relieve: Beda, el historiador de los anglosajones; Gregorio de Tours, de los francos; Jornandés y Paulo Diácono, de los lombardos; e Isidoro de Sevilla de los suevos, vándalos y visigodos. Quizá el de espíritu más denso sea entre ellos Beda: agudo para analizar las situaciones reales y acaso más penetrante aún para descubrir el alcance de la grave crisis espiritual a que asistía; pero todos ellos son, a pesar de la pobreza del estilo, testimonios vigorosos de la conmoción profunda en que vivían. Nada vulgar es la imagen que nos deja Gregorio del reinado de Clodoveo y harto dramática y aguda la que nos proporciona del curso de la dinastía merovingia. Y en la que nos ofrece Isidoro de Sevilla de la dinastía visigoda, escueta y llana, descubrimos una segura comprensión del proceso historicopolítico de su reino.

De los historiadores de la era carolingia —Eginardo, Angelberto, Ermoldo Niger, Nitard— el primero de ellos, biógrafo de Carlomagno, es el que ha logrado más nombradía. Imitada de Suetonio, la biografía de Eginardo revela que su autor percibió la desusada grandeza de su personaje. Y en los relatos de los conflictos dinásticos que siguieron a la muerte de Carlomagno, han puesto Ermoldo Niger y Nitard una emoción contemporánea y cierta comprensión del alcance de los conflictos que no llegan a encubrir los alardes retóricos, en particular del primero.

Nació de esos conflictos y de otras causas la situación históricosocial que se designa de costumbre como “sociedad feudal”, con algunos caracteres comunes para todo el occidente europeo, pero encuadrada en ciertos marcos regionales: las monarquías, de las que saldrían los reinos nacionales. En esos ámbitos locales aparecieron los anales y las crónicas, de ordinario limitados a la época de un rey y a sus hazañas, pero en ocasiones más extensas y alguna vez con una intención que sobrepasa el panegírico del rey y procura representar a la comunidad nacional. Abundan en este grupo los “cronicones”; pero no faltan crónicas de sólida estructura, montadas sobre ideas claras acerca del orden de la historia y acerca del sentido de la existencia de la comunidad; y son tantas, que enumerarlas sería enojoso; pero está dentro de las finalidades de este artículo atraer la atención sobre algunas de ellas.

Entre los siglos X y XIII —porque más tarde comienza a modificarse el género— se agrupan muchas obras de innegable valor. El Santo Imperio tuvo por entonces algunos cronistas cuya lectura provoca vivo interés: Liutprando de Cremona, contemporáneo de Otón el Grande; Wippon, cronista de Enrique II y Conrado II; y sobre todo Otón de Freising, historiador de raza al que se debe la crónica de Federico Barbarroja. El desarrollo del Santo Imperio, sus luchas internas contra el poder imperial y los príncipes locales, las querellas con el papado y la lucha con las ciudades italianas desfilan por la crónica con variable comprensión, a través de distintas aptitudes críticas; pero el historiador existe y existe también cierta actitud interpretativa frente a la realidad inmediata y frente a sus raíces próximas y remotas. Lo mismo ocurre en otros ámbitos. Abundan en Italia las crónicas de ciudades — como la que escribió Cantinelli sobre Faenza—, y surgió allí un grupo de vigorosos cronistas en relación con las peripecias de los países del Mediodía antes y durante el reinado del insigne Federico II: Ugo Falcando y Romualdo de Salerno entre otros. Florecieron en Francia: Richer —que presenció y narró la instauración de la dinastía de los Capeto—, Suger y Rigord, antes de que se comenzaran a componer en San Dionisio las Grandes Crónicas de Francia. Y no faltaron cronistas de singular personalidad en Inglaterra, como Guillermo de Malmesbury; ni en Normandía como Ordrico Vital; ni en Castilla, como el monje de Tuy o los autores de la Crónica General, ni en Aragón donde escribieron crónicas sabrosas Desclot y el propio Don Jaime el Conquistador.

Son muchos nombres, y de intento se mencionan para señalar que ni faltaron historiadores ni carecieron de individualidad. Y de intento han sido dejadas fuera de este cuadro cinco figuras ilustres del siglo XIII, que citadas en conjunto nos revelan —en el siglo de Santo Tomás y de las catedrales góticas— un estilo de pensamiento histórico. Mateo de París, Salimbene de Adam, Joinville, Rodrigo Jiménez de Rada y Snorre Sturleson escribieron largas crónicas y abarcaron con su mirada extraños sucesos y complejos problemas. Una visión tradicional de la vida histórica los guiaba, pero a cada paso se advierte en ellos su singular enfoque de las cosas, su curiosa ilación de lo mediato y lo inmediato. Y desde Castilla hasta Islandia se advierte que circulaba una corriente de ideas que vivificó la imagen de la historia como vivificó otros aspectos del pensamiento y la vida misma.

Hubo durante el mismo período cronistas e historiadores que no se ocuparon de las hazañas de su rey o de las alternativas de su pueblo. Algunos tuvieron grandes ambiciones intelectuales y quisieron dibujar el vasto cuadro de la historia universal, como Vicente de Beauvais o Juan de Colonna. Pero otros prefirieron reducir más el campo y limitarse al relato de la historia de un monasterio, como los autores de los anales de San Gall, de Hildesheim o de Faría. Un paso más en la limitación y llegamos a la biografía, profana unas veces como en las canciones de gesta, y religiosa otras como en la hagiografía, heredera de los De viris illustribus cristianos de la Temprana Edad Media y que alcanza su esplendor con Jacobo de Voragine. No faltó quien considerara de interés relatar su propia vida, como lo intenta Abelardo en su primera carta a Heloisa; Guibert de Nogent y el propio Salimbene también lo hicieron, pero no eran todavía tiempos maduros para la autobiografía. Más que el drama íntimo apasionaba el vasto drama colectivo, más sentido si cabían en él la aventura y el prodigio. Por eso fue género predilecto la historia de las cruzadas, que cultivaron, entre otros muchos, Guillermo de Tiro, Clari, Villehardouin y el que compuso la Gran conquista de ultramar.

Pero las cruzadas, en coincidencia con otras causas, originaron transformaciones de distinta índole que dieron a los dos siglos siguientes —el XIV y el XV— una distinta fisonomía. La orientación del pensamiento histórico comenzó a variar poco a poco y, además de cierto debilitamiento de la doctrina agustiniana, se advirtió mayor influencia de la personalidad del historiador. La crónica se hizo más típicamente nacional, porque el reino cobraba personería frente al rey mismo, y en la explicación del devenir histórico empezaron a pesar más las razones terrenas: el poder, la riqueza. El gran Froissart encierra todavía su crónica en una atmósfera caballeresca, y acaso pueda decirse lo mismo de los grandes cronistas borgoñones: Chastelain u Olivier de la Marche. Pero el canciller López de Ayala o Hernando del Pulgar dejarán circular ya otros vientos, y Ramón Muntaner introducirá en su crónica vendavales de pasiones mundanas. Todos ellos son historiadores de noble estirpe, pero acaso la mejor raza fuera por entonces la de los historiadores italianos, la de Dino Compagni, la de Marchioni di Coppo y, sobre todo, la de los Villani, de los cuales Giovanni es sin duda el fruto más granado. Pero después, y sin abandonar del todo su aire medieval, la crónica italiana del siglo XV adoptará —como en Simonetta o en Bruni— el aire singular del Humanismo.

Tales son los nombres más brillantes del vasto repertorio de historiadores medievales. Una doctrina los conduce durante siglos, para abandonarlos poco a poco a medida que se sienten las consecuencias de la profunda crisis de las postrimerías del siglo XIII. Entonces se acusan las personalidades individuales. Pero aun antes las hallamos vigorosas y profundas, dignas de memoria, necesarias para comprender diez siglos de nuestra cultura. Es necesario no olvidarlos: diez siglos capitales de nuestra cultura.

Digresión sobre el historiador arquetípico. 1947

Mi amigo filósofo me ha invitado por primera vez a su casa y me ha recibido en su cuarto de trabajo, entre sus libros y sus papeles. Allí es donde realmente vive y ha configurado su mundo, entre cuatro paredes. Aunque verdadero filósofo, mi amigo es un sentimental y proyecta sobre aquello que le rodea cierta tensión emocionada. Quizá por eso hay sobre su mesa de trabajo, como presidiendo sus meditaciones un hermoso retrato de Pascal, inquisitivo y aguileño.

Lo he contemplado unos instantes y el examen ha trazado en mi fisonomía una interrogación. Nunca le he oído hablar de Port Royal ni puedo creer, conociéndolo, que sea Pascal quien oriente su pensamiento. Pero mi amigo sorprende mi reflexión y se apresura a explicarme:

—No, Pascal no constituye mi punto de partida ni sus meditaciones coinciden con las mías. Mi camino es otro, harto distinto del suyo. Si está ahí, es por otras razones, menos filosóficas y más humanas. Es su actitud lo que me interesa y casi me subyuga, porque Pascal me parece encarnar el tipo consumado del filósofo auténtico. Lo que yo más deseo es adquirir una sensibilidad, entre filosófica y humana, que me fuerce a vivir mi pensamiento como vivía Pascal el suyo. Acaso deba a otros más ideas, pero es Pascal quien constituye para mí el arquetipo del filósofo.

Mi amigo me ha suscitado una inquietud inesperada. ¡El arquetipo del filósofo! Mi imaginación ha corrido hacia mi propio cuarto y he descubierto sus paredes desnudas, donde nunca sentí la tentación de poner el retrato de ningún maestro. Y ante su sonrisa, he explicado a mi amigo la zozobra que me producía mi descubrimiento y le he prometido hurgar en mis recuerdos hasta encontrar la imagen bajo cuya advocación pudiera poner mis reflexiones. Y he vuelto a casa desasosegado, como si hubiera descubierto, en mitad del piélago, que había olvidado llevar conmigo brújula y sextante.

¡Mi arquetipo del historiador! Sentado frente a la biblioteca, he hecho desfilar ante mí, en una especie de privadísimo Juicio Final, multitud de figuras de próceres de la ciencia histórica desde Heródoto hasta nuestros días; han pasado y han vuelto a pasar, sin que pudiera decidirme del todo. Por un instante pareció que me quedaría con Homero, pero cierta nefasta sensatez me advirtió que había en mi ánimo más beligerancia que prudencia. Acaso Michelet. La indecisión equivale, en este caso, a una doctrina sobre la variabilidad de la imagen buscada. Sospecho que, finalmente, optaré por Michelet.

Entretanto, he descubierto que es más difícil de lo que parece discernir quiénes han sido los auténticos historiadores en la legión de los que se han ocupado del tiempo pasado. Más fácil es, sin duda alguna, reconocer a los que no lo son, y establecer las cualidades negativas que frustran al historiador en el erudito. Pero las cualidades positivas, las que lo configuran y distinguen, se perfilan tan sutilmente como la sombra en la penumbra, y muy pocas veces aparecen fundidas inequívocamente en un tipo intelectual definido. Y sin embargo, debe haber un historiador puesto que hay una experiencia histórica, tan cara al espíritu como la misma experiencia mística.

Mi espontánea preferencia por Homero no era, con todo, totalmente arbitraria. Mucho antes de que se manifestara decididamente mi preferencia por la historia, había tenido ya la vaga intuición —certera, ahora lo comprendo— de que Walter Scott era un historiador, un verdadero historiador. Y si se consigue superar aquello que los separa, creo que se podría descubrir que se parece bastante a Homero. En todo caso, es lícito confesar tímidamente que más de una severa monografía me ha hecho pensar de nuevo, no sin nostalgia, en Homero y en Walter Scott.

Con todo, ninguno de los dos constituye mi arquetipo definitivo del historiador. Casi podría decirse que corresponden a uno de los polos de tensión que oculta la personalidad del historiador, aquel que animan un poco la intuición y un poco la pasión, y que se proyecta en el relato inundándolo de frescura y de vivacidad, saturándolo de reminiscencias, impregnándolo de colores, de sonidos y de perfumes. Pero eso no es sino un polo. Frente a esa aptitud para la captación de la vida parece necesario que se manifieste igual capacidad para llegar a las abstracciones conceptuales en que se desvanece lo real, y esa pericia corresponde al otro polo de su personalidad. Quizá Voltaire o Vico representan acabadamente este extremo de la fisonomía del historiador. Allí están, vivos y pletóricos, malabaristas de las ideas, agudos, sin duda, para percibir los contenidos espirituales ocultos tras las formas de la vida real, pero hábiles tan solo para manejar entelequias, de esas que difícilmente se pueden imaginar calzadas, vestidas y tocadas sin despojarlas de su sublime inhumanidad.

Estas reflexiones han comenzado a tranquilizarme. Por hoy al menos dejaré en paz a mis convidados de piedra y quizá resuelva reemplazar el retrato por una galería. Pero he aquí que he divisado sobre mi mesa las Noches áticas de Aulo Gelio y he vuelto a caer en la incertidumbre.

Allí estaba el libro desde hacía varios días, deseoso de prestarme su ayuda proporcionándome no sé qué noticia de las muchas que nos conserva. Gracias le sean dadas a Aulo Gelio por su curiosidad ilimitada y su infinita paciencia. Seguramente no lo leeré jamás para solaz de mis ocios inquietos, pero lo volveré a buscar muchas veces para saber algo de esto o aquello. Pero su retrato…

A nadie se le ocurriría nombrarlo junto a Tucídides o junto a Tácito. Y se me ocurre que podrían tejerse alrededor de Aulo Gelio, aparentemente sin discípulos vengadores, algunas reflexiones que podrían aplicarse luego a otros imitadores más próximos a nosotros. Inconmensurablemente curioso, consumió su vida en hurgar los más recónditos rincones del pasado, y estampó todo lo aprendido sin orden ni concierto, sin idea directriz alguna, ni preconcebida ni por concebir. Su intención, no lo niego, era encomiable, y su método, el más riguroso que podía tener a su alcance, o por lo menos bastante honrado. Pero no pondría su retrato, aunque lo hallara, en mi gabinete de trabajo y ni siquiera lo incluiría —ahora ya estoy seguro otra vez— en la galería de los ilustres. Reconozcamos que, a diferencia de otros colegas posteriores, él no aspiró a que lo incluyeran, porque seguramente poseía bastante buen sentido como para discriminar las peculiaridades que diferenciaban su oficio del de Tucídides o Tácito. Aulo Gelio no quería ser más que un erudito.

A primera vista, podría parecer que, a erudito, lo sobrepasaron los graves maestros del siglo XIX. No hubo método ni expediente al que no acudieran para garantizar la pureza del dato quintaesenciado. Pero quien repase las Noches áticas y logre captar las formas intelectuales propias de Aulo Gelio, se convencerá en seguida de que, si los hubiera conocido a tiempo, no hubiera dejado de usar esos recursos con la misma probidad y entusiasmo. Al fin, la única diferencia entre ellos es que Aulo Gelio no creyó superar a Tucídides ni a Tácito, y que, en cambio, los eruditos de nuestro tiempo dieron por sentado que todo recomenzaba con ellos.

Pecado de soberbia fue el suyo y graves las consecuencias de ese pecado, muy poco original por cierto. Ya hay muchos para quienes la historia parece confundirse con la erudición y llaman con ligera ironía “filosofía de la historia” o “crónica”, según los casos, a lo que se aparta de ese justo medio ideal representado por la monografía erudita. Soberbia que pagará muy cara la historia, porque el lector ha llegado a preferir la paleontología que le resulta más amena. Ahora estoy resuelto. Con los debidos respetos, el retrato de Leopoldo Ranke solo figurará como uno de tantos en mi galería, ni más alto ni más bajo que el de Walter Scott o el de Vico.

Mi amigo descubrió, al día siguiente, que la pared de mi cuarto seguía desnuda.

—¿Entonces, no hay un historiador arquetípico, uno cuya figura evoque acabadamente la actitud espiritual del hombre que siente entrañablemente la vida histórica y vive su experiencia secular?

Hubiera querido disponer de argumentos rotundos, defender con suficiencia y confianza mi predio familiar. Pero mi respuesta fue solo un discurso explicativo.

—La historia —le he respondido— es un paisaje de cambiante fisonomía, y a veces parece como si estuviera bajo la influencia de una deidad traviesa, que se entretuviera trastornando los rasgos de las cosas. Sospecho que nada hay tan difícil como captar la realidad histórica y por eso es difícil saber cuál pueda ser la específica aptitud intelectual del hombre que emprenda tamaña aventura. ¿La paciencia, el genio, o ambas cosas unidas en una síntesis casi inusitada? A veces hallamos un historiador oculto en un hombre que ejerce otro oficio cualquiera. Suele haberlo en la vieja nodriza que exalta la fantasía del niño, o en el pintor, o en el político, o en el predicador, y muchas veces en el poeta. A veces, también, en el severo investigador de archivos, pero no es esto lo más frecuente.

Si tuviera que señalar un rasgo definitorio del historiador, sería antes que ninguno su capacidad de comprensión de lo distinto. Este es historiador, este que no se asombra del amor de Sócrates por Alcibíades, ni de la fe ingenua de los padres del yermo, ni de la sabia y benemérita crueldad de Robespierre. Que en cada cosa descubra el conjunto en el que se acomoda y se ordena. Y que sepa cuanto sea necesario para que en su vivificación del pasado ese conjunto vibre pletórico de dramaticidad, de su propia dramaticidad, que como tal, será siempre viva y cara a nuestro oído.

Olvidemos cómo aprendió lo que sabe y que nos haga él la gracia de no recordárnoslo cuando nos devuelva elaborada su sabiduría. Y olvidémonos de medir lo que cada uno ha ignorado, prefiriendo captar lo que supo extraer de lo que sabía.

No ignoro que este historiador comprensivo pueda equivocarse alguna vez o muchas veces. Allá él con su genio. Pero, en todo caso, amigo mío, no más que tu Pascal y, en el fondo, no mucho más que el propio Galileo. Por otra parte, tampoco errará más que el sabio investigador cuya elaboración se frustra en su espíritu agobiado por la infinita inmensidad de los datos; con la ventaja de que aquel logrará darnos una visión ordenada, coherente y palpitante de sentido interior, en tanto que este último no nos dará sino ladrillos, argamasa y andamios, para una construcción que se parece más de lo tolerable a la interminable tela de Penélope. ‘Mira que tengo que llegar a saber antes que muera’. Y que no se extasíe con la ilusión de la absoluta objetividad, porque es bien sabido que quien acumula materiales y erige los andamios tiene prefigurado en alguna medida el edificio que quiere levantar. Solo que para el acarreador de materiales el edificio está apenas bosquejado y para el historiador comprensivo debe tener un cierto estilo arquitectónico.

Mi amigo me miraba compasivamente, como suelen hacer los filósofos. Quise escapar de mi indecisión, y agregué resignadamente:

—Es lástima. Volveré a mi primer impulso y pondré el retrato de Michelet. Después de todo, sabía bastante bien su oficio y era, además, un hombre.

Heródoto o la historia. 1939

La primera gran obra histórica que produce la cultura occidental es la de Heródoto, cuyo tema es la gran guerra desencadenada entre griegos y persas al comenzar el siglo V. Un análisis somero de las circunstancias en que aparece nos podría ayudar a señalar algunos caracteres importantes de la ciencia histórica.

En ambas costas del Mar Egeo —sobre Grecia y sobre el Asia Menor– florecían, durante el siglo VI, muchas ciudades cuyos habitantes se reconocían un parentesco estrecho: viejas leyendas les enseñaban que provenían de distintas ramas de un tronco común. A pesar de esto, guerras frecuentes oponían los unos a los otros. Pero en un momento dado, un gran imperio vecino, el Imperio persa, cuyo núcleo estaba en el Irán, comienza a extender sus conquistas hacia el occidente y sus ejércitos llegan al Asia menor. La conquista del reino de Lidia pone a los persas en contacto directo con los griegos de las ciudades de Asia y la agresión no se hace esperar. Mileto es asaltada en forma brutal y otras ciudades corren la misma suerte: los ejércitos persas llegan a la costa del Mar Egeo y no tienen ya enemigos.

En ese momento, una fuerza misteriosa polariza a los griegos, los une estrechamente y les da la conciencia de que constituyen una raza. Ellos son los “helenos”; los otros son los “bárbaros”, los extranjeros, en cuya noción incluye entonces el griego la idea de incultura. Donde se encuentren, los helenos son sus compatriotas; sus costumbres, sus usos, su lengua, sus dioses, todo es común, todo los separa de las poblaciones orientales. Desde ese momento, los helenos concebirán el mundo como constituido por dos conjuntos humanos —griegos y bárbaros— cuya lucha es inevitable.

La lucha es la que se desencadena a raíz de la conquista persa de las ciudades griegas. La tradición las llamará las guerras “médicas”, y los griegos triunfaron de manera indiscutible. Pero la consecuencia más trascendental, para la cultura, es haber originado una conciencia activa de la originalidad de la cultura, cuyos cimientos se colocaban.

Para señalar esta actitud griega, para explicar la radical diversidad de griegos y bárbaros, para exaltar la resuelta actitud de la raza, cobrando conciencia de sí misma y afrontando el peligro a que le obligaba la continuidad de su destino histórico, Heródoto de Halicarnaso escribe los libros de la Historia. Tras de su concepción del pasado, es lícito descubrir en ellos una interpretación del presente: porque del curso del pasado histórico surgía una consigna para el futuro, que era la exaltación del helenismo.

Antes de Heródoto había habido autores de crónicas, de alegatos de carácter histórico. Pero la magnitud de la empresa emprendida por él, así como ciertas características de su obra, justifica el título de ‘padre de la Historia” con que es frecuente conocerlo.

La primera es la autenticidad de su obra. Una obra histórica es auténtica cuando reside en ella una concepción historiográfica, es decir, cuando el historiador concibe el pasado como un conjunto de fenómenos coherentes, articulados, provistos de un significado, movidos por una actitud del espíritu. Esta concepción historiográfica está movida por una interpretación general de la vida, por una intuición de la realidad contemporánea que suscita el recuerdo del pasado, organizándolo y cargándolo de sentido, hasta hacerlo articular exactamente con el presente. Heródoto es un auténtico historiador, y su obra tiene esa simplicidad de quien ve claramente los problemas y sabe manejarlos con dominio.

Pero éste no es su único mérito. La palabra “historia” alude a la función de “investigar”, de escrutar el pasado para que las afirmaciones sean exactas y las conclusiones perdurables. Heródoto se ha preocupado por la veracidad de su historia. Cada cierto tiempo, cuando lo que va a contar es inverosímil, nos previene diciendo que de esa manera se lo contaron a él. Su historia proporciona, en consecuencia, gran cantidad de materiales, porque, si bien es cierto que no cree todo lo que le dicen, también es cierto que no por eso deja de consignarlo. Su historia es, pues, equilibrada y rica. Su investigación, sin embargo, pasa de la mera búsqueda de materiales: Heródoto viaja, pregunta, lee, y, sobre todo, mira y procura comprender con su clara inteligencia griega. Lo que no hace Heródoto es ponerse, ante los datos que recibe, en actitud crítica.

En la Antigüedad hubo historiadores que supieron adoptar, en mayor o menor medida, una actitud crítica. Entre todos, fueron Tucídides, Polibio y Tácito quienes se mostraron más celosos en la exactitud de los datos que consignaban. Para lograr esta exactitud, someten a un atento examen los testimonios que poseen, cotejan unos con otros y juzgan, preferentemente, sobre el criterio de la verosimilitud. Esta norma no podía ser muy segura; pero la historiografía de la Antigüedad no contaba con la ayuda de ciencias auxiliares y debía contentarse con el tipo de labor que podía hacerse contemplando los materiales nada más que con criterio histórico. Pero nada de esto le roba valor a la historiografía antigua, sobre todo en cuanto se refiere a sus figuras más representativas. Porque lo fundamental en una obra histórica es que tenga una concepción de la vida histórica, y la Antigüedad la tuvo de manera muy definida.

Desde Heródoto, la historia fue preferentemente narrativa. Pero con el andar del tiempo se le plantearon otros problemas. Las épocas y los lugares estudiados fueron creciendo y los testimonios haciéndose más lejanos y más diversos. El criterio crítico se fue agudizando también y, abandonado en la Edad Media, volvió a ser ejercitado desde el Renacimiento. A nuevos problemas, la historiografía corresponde con nuevas actitudes científicas.

Al Renacimiento le interesa la Antigüedad. Pero los testimonios que quedan de ella son lejanos, confusos, inseguros, y se hace necesario estudiarlos con cautela antes de utilizarlos. Por otra parte, todos los días aparecen nuevos textos, nuevos documentos literarios, históricos o filosóficos. Antes que la historia comience a utilizar a unos y otros, alguien debe garantizar su exactitud, su autenticidad. La filología se transforma en una aliada de la historia. La filología fecha las obras, invalida este o aquel códice, garantiza este otro y prefiere un tercero. Después de eso, el historiador puede descansar en la crítica filológica, porque de sus manos surge un criterio de veracidad digno de fe.

Pero la Antigüedad no sólo ha dejado textos literarios: también ha dejado monumentos, obras de arte. Muchos de ellos están guardados en palacios italianos, públicos o privados; los historiadores se preocupan por ellos, los estudian, los clasifican: son los que, dentro de la historia, se dedicaron a la historia del arte; pero otros muchos no están a la vista. Se supone que escondidos bajo tierra hay gran cantidad de construcciones, de monumentos, de obras de arte. Durante mucho tiempo sólo el azar permite encontrar aquí o allá alguna pieza de valor; pero de pronto los historiadores comienzan a buscar sistemáticamente los vestigios escondidos de viejas culturas. Una nueva ciencia se constituye: la Arqueología. Sus especialistas exploran el Oriente cercano, Grecia, Italia. Ciudades enteras salen de bajo tierra con sus palacios, sus murallas, sus obras de arte, sus mil objetos de la vida diaria. El arqueólogo afina su ojo y nos dice con certeza aproximada la edad de las ciudades, el grado de cultura, los medios técnicos usados. El historiador tiene ahora un nuevo aliado: con los datos que recibe del arqueólogo, puede cotejar los que le ofrecen las leyendas y las fuentes históricas. Por la diversidad de su origen, la comparación de estos dos géneros de afirmaciones permite sacar conclusiones de valor casi completamente seguro.

El valor de la Arqueología proviene de que se trata de datos que no vienen condicionados por un interés particular. Este interés podría falsear los hechos: es la sospecha que queda siempre con una fuente histórica; ¿fue veraz el autor? ¿no tenía una intención escondida al afirmar determinada cosa? Pero el predominio de cierta técnica industrial, de cierta manera de explotar la tierra, de cierto modo de convivir en ciudades, nos informa sobre el grado y el tipo de cultura de un pueblo con absoluta objetividad, sin que sea posible suponer que haya habido una intención de deformar los hechos para la posteridad: se trata de un testimonio involuntario.

El otro testimonio involuntario es el que suministran la Epigrafía y la Diplomática. Antiguas inscripciones de monumentos, de hitos, de placas recordatorias, piezas todas de uso común y cotidiano, destinadas a los contemporáneos, nos guardan el recuerdo vivo de múltiples actividades; igualmente pasa con los documentos, diplomas, manuscritos en general, documentos todos no redactados para perdurar, sino para cumplir cierto acto de la vida cotidiana: establecer una designación, conferir un poder, formalizar una venta, consignar un edicto. Estos documentos dan lugar a nuevas disciplinas y a nuevas maneras de investigación; epigrafistas y diplómatas estudian hasta en sus últimos detalles estos testimonios y dicen al historiador lo que en ellos hay de cierto, lo que puede tomarse y lo que debe desecharse. Es un nuevo aliado de la historia.

Piénsese en el viejo Heródoto y en los fatigosos viajes que debió emprender para conocer algo de la vida de pueblos lejanos; piénsese en un historiador del siglo XIX o XX —Mommsen, Beloch, Burckhardt, Bloch, Pirenne, Glotz, De Sanctis, Carcopino– rodeado de medios técnicos, de auxiliares eficientísimos; la comparación dará una idea de hasta qué punto puede ser más severo, más seguro, éste que aquél. Pero una cosa iguala a los auténticos historiadores de antes y de ahora, con prescindencia de esa capacidad técnica: la posesión de una concepción de la vida histórica; porque sólo hay verdadera historia cuando ella existe y cuando obra en el historiador, despertando una comprensión profunda de los supuestos espirituales que subyacen en el devenir de la vida.

Reseña de “El mundo de los Césares” de Teodoro Mommsen. 1947

TEODORO MOMMSEN: El mundo de los Césares. Ed. “Fondo de Cultura Económica”, México, 1945.

El título de este libro no corresponde a ninguna de las obras de Teodoro Mommsen, el gran historiador alemán que renovó los estudios romanos: Wenceslao Roces, el excelente traductor que ha vertido el texto al español, lo ha ideado para agrupar un vasto conjunto de páginas del maestro en las que quiere ver cierta unidad de tema. Componen el conjunto tres partes. La primera está constituida por una obra completa: la que Mommsen tituló Las provincias desde César basta Diocleciano y completada su Historia Romana; advertimos que el traductor le ha incorporado, a guisa de introducción, una parte del tomo III de esta última obra, con lo cual se altera la numeración de los capítulos. La segunda la componen una serie de mapas y otra de retratos. Y la tercera, finalmente, está formada por los fragmentos de la Historia Romana que se refieren a la economía, la religión y la cultura. En resumen, el volumen es, esencialmente, una primera traducción española del notable estudio sobre las provincias en la época imperial, a la que se agrega una selección de fragmentos que el editor considera complementarios. Como no podía menos de ocurrir dada la autoridad de Wenceslao Roces, la selección es inobjetable; pero con todo, parece justo señalar que debe preferirse el mantenimiento de la forma original de las obras que se traducen, tanto para facilitar su consulta como para no inducir a error a los lectores.

Sería ocioso señalar aquí la extraordinaria significación que tiene Mommsen en el campo de los estudios romanos. No sólo por el aporte que implica la utilización del método epigráfico debe considerárselo un renovador; lo es también por la grandeza de su concepción y por la clarividente penetración con que plantea algunos problemas fundamentales de la historia romana. En cuanto a esta obra, que corresponde a su madurez, es conocida su importancia. Constituye el primer esfuerzo para asentar la historia de la época imperial sobre datos no literarios, sin prescindir por eso totalmente de los grandes historiadores latinos, aunque tratando de corregir el criterio interpretativo, que nos han legado, especialmente Tácito. Mommsen enseña a ver el Imperio no desde la ciudad de Roma —la ciudad caduca y pervertida que nos muestran Suetonio, Tácito o los historiadores de la Historia Augusta—, sino desde la periferia, desde las provincias que, por entonces, están elaborando su fisonomía, su personalidad. Y es bien sabido que las provincias del Imperio no son sino el cuerpo mismo de la Europa medieval, de la Europa moderna, de la Europa de hoy, en gran parte. Mídase la significación de este esclarecimiento del panorama de la romanidad.

Una traducción excelente permite una lectura provechosa de este libro por tantos motivos interesantes. Y, pese a la objeción señalada, el lector culto no dejará de agradecer al editor el que haya incorporado al volumen los capítulos de la Historia Romana a que nos hemos referido.