Crisis y orden en el mundo feudoburgués. 1980

A Laura Muriel, Mariana,
Soledad Inés, Nathalie,
Juan Luis, Ana Leonor
y José Luis Fernando


ÍNDICE


PRIMERA PARTE. LA SOCIEDAD FEUDOBURGUESA Y LA ECONOMÍA DE MERCADO

Capítulo I. La nueva sociedad y la preeminencia del patriciado urbano.

– I. La sociedad feudoburguesa; II. Vieja y nueva nobleza; III. El patriciado y las clases urbanas dependientes

Capítulo II. La nueva sociedad y la consolidación de la economía de mercado.

– I. El desarrollo de la economía urbana; II. El impacto de la economía de mercado sobre la economía rural; III. La gran expansión de la economía de mercado

Capítulo III. Los conflictos internos de la vida socioeconómica.

– I. Las tensiones de la vida social; II. Las contradicciones de la vida económica.


SEGUNDA PARTE. LA POLÍTICA DEL REALISMO

Capítulo I. La crisis del orden ecuménico y la nueva política.

– I. El desvanecimiento del Imperio y el papado; II. Las nuevas realidades políticas; III. El estilo de la nueva política.

Capítulo II. La política de las ciudades de desarrollo autónomo.

– I. El fortalecimiento de las oligarquías; II. La radicalización de las democracias; III. El desarrollo del autoritarismo urbano

Capítulo III. La política en los estados territoriales.

– I. La renovación política de las monarquías; II. La política de las clases nobles; III. La política de las burguesías integradas


TERCERA PARTE. LAS FORMAS DE VIDA CONFLICTIVAS

Introducción

Capítulo I. La vida rural.

– I. Los señores en sus señoríos; II. El campesinado; III. Mendigos, rebeldes y bandidos.

Capítulo II. La vida cortesana.

– I. El espíritu de las cortes; II. Las cortes señoriales; III. Las cortes feudoburguesas.


NOTAS


PRIMERA PARTE. LA SOCIEDAD FEUDOBURGUESA Y LA ECONOMÍA DE MERCADO

Fruto de la revolución burguesa que se había producido en el seno del mundo feudal, una sociedad feudoburguesa empezó a constituirse imperceptiblemente desde el siglo XII y creció de la manera caótica que es propia de los grandes dislocamientos sociales. Mientras duró el proceso expansivo, desde aquella fecha hasta las primeras décadas del siglo XIV, una incontenible e incontrolable movilidad social había sido su principal característica, en virtud de la cual varió confusa y permanentemente la composición de la nueva sociedad y la relación recíproca entre sus grupos. Con todo, a principios del siglo XIV se advertía ya en muchas regiones un principio de estratificación, muy marcado, sobre todo, en algunas ciudades. Pero a partir del comienzo de la contracción económica que por entonces comenzaba a manifestarse, se fueron dislocando las relaciones precariamente establecidas y aparecieron, sobre todo en las sociedades urbanas, nuevas posiciones virtuales que constituían otras tantas posibilidades para quienes querían tentar la aventura del ascenso social. Una fuerte tendencia a la movilidad se advirtió también en las áreas rurales. Se conmovió la posición de la vieja nobleza y se vio aparecer una nueva, en tanto que ascendían y descendían los campesinos según su suerte en el juego de la nueva economía.

Ciertamente, el cambio en el que se constituyó el mundo feudo-burgués del siglo XI se operó tanto en el sistema de las relaciones sociales como en el de las relaciones económicas. Adquirieron estas últimas ciertas modalidades insólitas, rudimentarias al principio, que, sin modificar sustancialmente sus formas tradicionales, comenzaron a alterarlas introduciendo ciertos factores desusados. Lo que empezó a constituirse, en reducidísima escala al principio, fue lo que poco a poco aparecería más tarde con mayor claridad: una economía de mercado, en la que el papel de la intermediación cobraría un relieve creciente. Y fue dentro del cuadro de la nueva economía de mercado donde aparecieron las condiciones propicias para que se organizaran en una nueva sociedad quienes promovían aquella economía, a través de acciones limitadas y aparentemente intrascendentes que muy pronto se multiplicarían por el vuelco de nuevos grupos sociales hacia los cauces que el cambio económico abría.

Sin duda persistió el tradicional sistema productivo. La tierra siguió siendo el principal medio de producción y los señores sus principales poseedores, en tanto que los rustici —libres o no— continuaron siendo quienes la trabajaban; pero en algunas partes comenzaron a modificarse los términos de la relación de dependencia y hasta se vio caer en desuso la prohibición de abandonar la gleba. En general, subsistieron tanto los derechos y privilegios señoriales como las obligaciones serviles; y fueron muchos los señores que procuraron conservar en sus señoríos las viejas costumbres que parecían inmutables.

Pero no lo eran. Correspondían a una cierta estructura, y eran precisamente en esa estructura donde habían comenzado a producirse algunas alteraciones que modificarían su sentido. El ciclo de la producción encontró un complemento cada vez más importante en el ciclo de la distribución, y este último comenzó a desarrollarse desmesuradamente no sólo al calor de las nuevas perspectivas económicas que abría sino también por el impulso de motivaciones sociales. Creció la economía de mercado, y su crecimiento alteró el tradicional sistema productivo dislocando su antigua simplicidad y coherencia. Aumentó el consumo, abriendo la esperanza —falaz— de un crecimiento indefinido y para satisfacerlo se organizó un vasto mercado internacional y regional durante la época de expansión que se extendió desde el siglo XI hasta las primeras décadas del XIV. Ese mercado abstracto funcionó de manera real y concreta en los mercados urbanos, cuyas operaciones parecían concentrarse en las plazuelas donde se compraban y vendían los productos pero que se prolongaban hacia las tiendas de las calles vecinas y hasta las oficinas de los que manejaban el dinero, instrumento insustituible y de importancia creciente en esa actividad. Dos siglos, con sus ocasionales paréntesis, duró esta euforia de la naciente economía de mercado que parecía ofrecer una fácil fortuna a quienes se introducían en ella, hasta que se manifestaron al comenzar el siglo XIV los signos de una contracción económica, incomprensibles e inexplicables para la mayoría, o acaso explicables para algunos sólo a través de circunstancias inmediatas propias de cada momento y cada lugar.

Fue en ese período cuando quedaron a la vista las profundas contradicciones y los conflictos internos tanto de la nueva sociedad como de la nueva economía. Guerras y rebeliones, sordas turbulencias y explosivos enfrentamientos llenaron los días de la época de contracción. Cuando el proceso se apaciguó fue posible aprovechar la experiencia, y la nueva sociedad —reajustada una vez más— reajustó también la nueva economía de mercado cuyos mecanismos empezaron a ser mejor conocidos. Hacia mediados del siglo XV comenzó lentamente una nueva etapa de expansión, y en esa atmósfera reverdecieron las burguesías, más experimentadas, más prudentes y más audaces a un tiempo, con suficiente ánimo como para sobrepasar los estrechos límites del mercado urbano, instalarse en la esfera de los nuevos y poderosos estados territoriales, colaborar en el fortalecimiento de las monarquías y promover o aprovechar la inusitada aventura de la expansión oceánica.

Capítulo I. La nueva sociedad y la preeminencia del patriciado urbano.

El fenómeno más significativo de la época de contracción económica y crisis social que empezó a principios del siglo XIV y duró hasta la primera mitad del XV fue la intensa agitación que sacudió a las ciudades, en las que se enfrentaron con violencia y casi con ensañamiento los distintos estratos de una sociedad cada vez más abigarrada. Turbadas por vastos procesos que las arrastraban, también lo fueron por circunstancias locales que agregaron a veces una cuota complementaria de crueldad. La lucha fue, en ocasiones, por la supervivencia. Pero fue también una oscura pugna cotidiana por el ascenso social y económico de los más emprendedores o los más audaces y, al mismo tiempo, una puja por el poder entre grupos e individuos que procuraban modificar las relaciones recíprocas en su favor y beneficio.

Tenazmente, el patriciado que se había constituido durante el primer florecimiento de la sociedad feudoburguesa respondió al desafío. En ocasiones fue derrotado por movimientos populares que lo desalojaron del poder; pero volvió, en breve o largo plazo. Y más afianzado, acrecentó su poder económico, consolidó sus posiciones sociales y políticas y procuró contener la desaforada tendencia a la movilidad que acusaban los grupos subordinados, menos encauzada ahora por la coyuntura y que, por ello, desbordaba los canales de la aventura individual e irrumpía de manera casi desesperada en dramáticos estremecimientos sociales. A favor de la contracción económica, el patriciado puso límites a la movilidad social y finalmente se constituyó en legítima élite. de las sociedades urbanas, a las que impuso progresivamente su concepción social y económica, un sistema de normas y valores y una concepción de la vida. Aquello en que descollaba el patriciado era, precisamente, lo mismo que amaban y perseguían las clases urbanas subordinadas. Por eso, por la fuerza que le daba la coherencia del proceso, logró el patriciado, aun ocasionalmente vencido, introducir y consolidar un principio de estratificación en la sociedad urbana, al calor de las duras contingencias de la contracción económica y apelando a la coacción las veces que pudo y lo creyó necesario.

Cuando en la segunda mitad del siglo XV comenzó una nueva etapa de expansión económica, el patriciado ya había consolidado su posición y había impuesto límites precisos a la tendencia a la movilidad social. Progresivamente estratificada, la nueva sociedad estuvo en condiciones de aceptar la estructura vertical que le impuso el tipo de estado que triunfaba tras largas vicisitudes. Y en el momento de la gran expansión colonial, cuando el ámbito de la economía de mercado modificó sustancialmente su escala, la sociedad feudoburguesa entró en un nuevo avatar en el que el antiguo patriciado urbano propuso las modalidades del cambio, paralelo y correspondiente al que se había operado en su propia estructura. Fue la experiencia urbana la que nutrió el ordenamiento del estado nacional, capitalista y burgués.

I. La sociedad feudoburguesa

Testigos de mentalidad conservadora, como el poeta Charles d’Orléans o el moralista Fernán Pérez de Guzmán,[1] advirtieron en la primera mitad del siglo xv los cambios que se habían producido en las actitudes de los grupos sociales predominantes, y tradujeron su nostalgia en lugares comunes sobre pérdida de la antigua virtud. Para entonces había avanzado mucho el proceso de transformación social, iniciado en el siglo XI y cuyo ritmo se aceleró en el XIII, gracias al cual ciertos sectores de la nueva burguesía se habían aproximado a la antigua nobleza creando un primer puente para la intercomunicación entre grupos muy distintos. Esa intercomunicación se multiplicó con el tiempo y, especialmente en las áreas urbanas, la sociedad adquirió un aire abigarrado y mostró esa “confusión de las personas”[2] que Dante Alighieri veía en la Florencia de principios del siglo XIV. Para el observador de mentalidad conservadora era una nueva sociedad. Era la sociedad feudoburguesa.

Si la revolución desencadenada sordamente por las nuevas burguesías urbanas había logrado constituir y consolidar ciertos estratos fue, precisamente, porque los incorporó a la vieja sociedad señorial articulándolos en ella a través de una política típicamente transaccional no desmentida por los ocasionales enfrentamientos antiseñoriales. Pero esa inclusión era también revolucionaria. Ninguno de los viejos sectores de la sociedad tradicional dejó de acusar el golpe de los recién llegados y todos tuvieron que adecuarse a la nueva situación. El proceso de interpenetración de los grupos sociales empezó muy pronto; y no sólo entre los viejos y los nuevos sino también entre los que se fueron creando, con caracteres singulares, a causa de la interpenetración misma y al calor de los nuevos factores que aceleraron la progresiva disgregación del tradicional orden social para dejar paso a esta nueva sociedad feudoburguesa.

La economía de mercado y el desarrollo de la vida urbana fueron los más importantes de aquellos nuevos factores. Pero no tuvieron menos importancia el sostenido crecimiento demográfico y el efecto multiplicador de la nueva riqueza fundada en el dinero. Los grupos se constituían, se integraban o se desintegraban según la incidencia de esos factores, y las sociedades locales se modificaban a un ritmo desusado, sugiriendo, seguramente, el sentimiento de una expansión indefinida. Empero, ya en las primeras décadas del siglo XIV ese sentimiento debió ceder ante la evidencia. Se detuvo el crecimiento demográfico, se atemperó la expansión comercial y financiera y, al cabo de poco tiempo, los desastres causados por la epidemia que la tradición llamó “peste negra” junto con los que trajeron las guerras contuvieron la expansión y produjeron, inversamente, una contracción que en poco tiempo adquirió caracteres dramáticos. La población europea, que había crecido de casi 40 millones de habitantes en el siglo XI a 75 millones hacia 1340, descendió desde esa fecha hasta 1450 a 50 millones, y sólo desde entonces volvió a emprender lento ascenso.[3]

Hubo a partir de las primeras décadas del siglo XIV una contracción económica con los fenómenos inevitables de escasez, carestía y hambre; pero hubo también una contracción social cuyas consecuencias fueron más confusas pero no menos significativas. Las sociedades no crecieron en número, sino que, por el contrario, disminuyeron; pero, en cambio, creció su movilidad y los procesos de ascenso y descenso social se hicieron más intensos y agudos. También se aceleraron los cambios en los sistemas de normas y valores, de modo que quienes miraban con el cristal de las viejas generaciones la situación social de las nuevas y el conjunto de sus principios y tendencias, tenían la sensación de que asistían a una mutación diabólica y, sin duda, fundamental. Y no se equivocaban. En una sociedad en la que a una expansión repentina había seguido una contracción violenta, los cambios no sólo fueron muy intensos sino que lo parecieron aún más, puesto que la revolución burguesa había desencadenado un proceso inédito cuyas reglas y leyes permanecían aún incógnitas. De aquella expansión no quedaba sino un vago recuerdo, pero persistían ciertas tendencias, que se erigieron en principios de normalidad y en parámetros para el cambio, y ciertas situaciones que las nuevas circunstancias comenzaron a modificar creando la sensación de que el orden había sido sustituido por el caos. Hubo quienes descendieron de la nobleza y la fortuna a la miseria o la mediocridad y hubo quienes ascendieron desde la mediocridad o la pobreza a la fortuna y al poder, acaso para volver a caer, según el ineluctable giro de la rueda de la Fortuna. Fue evidente para los contemporáneos que esa abigarrada sociedad feudoburguesa en la que se confundían las personas era no sólo móvil y diversificada sino también inestable y propensa a acentuar las desigualdades. Ya en el siglo XIV, más de un agudo observador pudo advertir qué poco tenía que ver la imagen tradicional de la sociedad con lo que cada uno contemplaba a su alrededor. Nadie estaba en su lugar; pero esto no era sólo la consecuencia de que muchos hubieran cambiado de lugar: también los lugares habían cambiado.

El destino que preveía para su hijo aquel personaje de Franco Sacchetti que quería verlo juez y doctor para que luego toda la familia se viera “elevada para siempre”,[4] fue aproximadamente el de su contemporáneo Cola di Rienzo, “de bajo linaje”[5] según subraya su biógrafo; y en una etapa posterior quedaba todavía la posibilidad de ennoblecimiento, a la que en su tiempo aspiraban todos los mercaderes, según decía Boccaccio.[6] Ciertamente en Italia sobrarían ejemplos de esta movilidad y diversificación de la sociedad; pero no faltaban en Castilla, donde un siglo más tarde, Hernando del Pulgar pone en boca del alcaide de Toledo, Gómez Manrique, unas curiosas reflexiones sobre la sociedad toledana que se agitaba en 1478: “Pienso yo, que vosotros no podéis buenamente sufrir que algunos que juzgáis no ser de linaje tengan honras y oficios de gobernación en esta ciudad; porque entendéis que el defecto de la sangre les quita la habilidad de gobernar. Asimismo os pesa ver riquezas en hombres que, según vuestro pensamiento, no las merecen, en especial aquellos que nuevamente las ganaron”;[7] y sigue luego justificando esa nueva situación, unas veces con argumentos y otras con nuevos hechos: “Vemos por experiencia algunos hombres de estos que juzgamos nacidos de baja sangre, forzarlos su natural inclinación a dejar los oficios bajos de los padres, y aprender ciencia y ser grandes letrados. Vemos otros que tienen inclinación natural a las armas, otros a la agricultura, otros a bien y compuestamente hablar, otros a administrar y regir y a otras artes diversas, y tener en ellas habilidad singular que les da su inclinación natural”; y observa también: “Muchos de los que descienden de noble sangre, vemos pobres, a quienes ni la nobleza de sus primeros pudo quitar pobreza ni dar autoridad.” Una reflexión final recuerda que, como las del cielo, “así las cosas de la tierra no pueden estar en un estado: todas las muda el que nunca se muda”. Era el sentimiento que nutría la preocupación mundana de François Villon por el ubi sunt, a cuya pregunta, referida a los “graciosos galanes”, contestaba: “Y algunos han llegado a ser/ gracias a Dios, grandes señores y maestros;/ los otros mendigan enteramente desnudos/ y no ven el pan sino en las ventanas.”[8] A la mano de Dios o a la ciega Fortuna se atribuían estas mudanzas en la condición de las personas que se traducían en constantes alteraciones de las sociedades.

Sin duda persistía en muchas mentes y, en general —como un esquema permanentemente válido— la idea de que las sociedades se ordenaban según principios inmutables. Una y otra vez se repetía el cuadro tripartito de la sociedad: oradores, defensores y labradores, como se decía en Castilla. Y si generalmente eran espíritus conservadores y nostálgicos quienes estaban adheridos a ese esquema considerado permanente, como en Castilla el Infante don Juan Manuel, Diego de Valera o Gutierre Díez de Games,[9] lo repitieron otros más inquietos y más alertas para percibir las variantes entre las antiguas esquematizaciones y las nuevas realidades. En una obra tan crítica como Vox Clamantis, John Gower, inmerso en la dura experiencia de la época en que se gestaba la insurrección campesina de 1381 en Inglaterra, repetía la fórmula acuñada:[10]

Sunt Clerus, Miles, Cultor, tres trina gerentes;

Hic docet, hic pugnat, alter et arua colit.

Y el propio Arcipreste de Hita, incisivo testigo del cambio, había vuelto sobre el locus ya tradicional:[11]

Otros entran en orden por salvar las sus almas

Otros toman esfuerzo en querer usar armas,

Otros sirven señores con las manos ambas.

Pero el Arcipreste advertía, más allá del esquema convencional, que su contorno social rebosaba los cuadros preestablecidos y se manifestaba como un conjunto variado y heterogéneo. Pocas, entre las nuevas situaciones sociales, escaparon a su mirada, como escaparon pocos tipos y arquetipos y pocos grupos incipientes y aun imprecisos a su observación. Por eso el Libro de Buen Amor presentó el nuevo elenco social con tanta frescura y riqueza, como si ningún preconcepto limitara su capacidad de percibir lo nuevo y distinto. Toda la nueva sociedad quedó inserta, no ya en el cuadro tradicional, sino en un cuadro impreciso, vago y movedizo, como correspondía a su peculiar composición. Agudamente dibujados los caracteres individuales, los cuadros sociales quedaron, por el contrario, apenas esbozados. Y esa imprecisión revelaba la recepción directa y fresca de la imagen de la sociedad nueva, confusa y original, tumultuosa y variada.

Y no fue el único caso. En su mismo país y en su mismo siglo el canciller Pero López de Ayala recogió, en el Rimado de Palacio, innumerables signos de una sociedad diversa de la que se inscribía en los paradigmas tradicionales. El resultado fue también un elenco social rico y novedoso. Pero como el autor era noble, puso el acento en los problemas de las clases más vinculadas a él —vieja y nueva nobleza, cortesanos y clérigos— sin perjuicio de que destacara la nueva fisonomía de mercaderes y letrados. Quedó fuera todo ese conjunto abigarrado de las clases populares y de los sectores vinculados a la mala vida, que constituyen un inestimable testimonio para comprender el singular desarrollo de las clases urbanas, y que en España, ofrece el Arcipreste de Hita para el siglo XIV y La Celestina para el XV, como lo ofrece François Villon en el París del siglo XV.

No menos significativo es el elenco social que presenta Geoffrey Chaucer en los Canterbury Tales, en los que la atención está dirigida a los sectores medios de la sociedad, precisamente aquellos que más intensamente acusaban el cambio en el siglo XIV. Veintinueve peregrinos vio llegar a la posada del Tabardo en Southwark, del otro lado del Támesis, y concibió la idea de explicar “la condición de cada uno”, recalcándola luego en el cuento que a cada cual le hizo contar. Y sorprendiendo a cada paso, no sólo la singularidad del personaje sino también su “condición”, completa Chaucer un vasto fresco de esa sociedad inglesa del siglo XIV tan agitada por los conflictos sociales y políticos. Quizá no fuera azaroso este deseo de exhibir la variada condición de las personas a las que el azar del peregrinaje reunía; sin duda respondía a la sorpresa que esa variedad y novedad producía, como sin duda le ocurrió al Arcipreste, menos despreocupado testigo del mundo de lo que pudiera suponerse. Y esa agudeza de ambos se insertaba en la sorpresa general ante la nueva confusión que reinaba en sociedades antes tan ordenadas.

Se esforzaba por descubrir la novedosa condición de cada insólito sector social aquel a quien sorprendía o regocijaba la vida multiforme de la nueva sociedad, especialmente en las ciudades. Un poco menos profundizaba en su novedad quien componía una Danza de la muerte —como la anónima española o la francesa de Jehan Gerson, ambas de principios del siglo XV— o quien la pintaba, como Andrea Orcagna, o la esculpía, como Bernt Notke, pese a lo cual componía también, a su manera, un singular elenco social. Pero otros trataban de determinar con toda precisión las distintas categorías, como aparecen presentadas en Das Ständebuch de Hans Sachs. Y sin mayores exigencias de exactitud, pero con una aguda intuición de las peculiaridades y las diferencias, ofrecieron ricos y variados elencos sociales muchos escritores que, aunque deseosos solamente de entretener, buscaban en la sátira un ingrediente más para su obra.

Verdaderos elencos sociales son las Trecentonovelle de Franco Sacchetti y el Decamerone de Giovanni Boccaccio, dos colecciones de relatos del siglo XIV; lo son también, en el siglo XV, las Novelle de Gentile Sermini y las Facézie de Poggio Bracciolini; El Corbacho del Arcipreste de Talavera, Les Cent Nouvelles Nouvelles, Le Grand Testament de François Villon, Das Narrenschiff de Sebastian Brants y, el anónimo relato de las aventuras de Till Eulenspiegel; y son, desde cierto punto, elencos sociales, a principios del siglo XVI, tanto el Elogio de la Locura como los Coloquios de Erasmo. En el despliegue de personajes, de arquetipos y de grupos, se advierte el regocijo secreto del observador que se sorprende ante las situaciones sociales inéditas y ante los caracteres singulares que ostentan quienes son sus protagonistas, acaso envueltos en las turbulencias del cambio por los azares del cambio mismo. Fue, quizá, lo que le ocurrió a ciertos pintores encandilados por la variedad inasible de la nueva realidad social: acaso a Ambrogio Lorenzetti cuando se decidió a pintar Il Buon Governo e Il Mal Governo; acaso a Jheronimus Bosch cuando registró tanta extraña gente en tantas extrañas situaciones; y acaso, con menos universalidad, a tantos otros a quienes asombró un nuevo tipo humano o nuevos grupos sociales que se constituían, especialmente, en el tenso discurrir de la vida urbana.

Pero todo este despliegue de grupos y de tipos se deslizaba libremente en el espíritu de quienes gozaban observándolos —pintores y escritores—, sin que pareciera necesario referir el conjunto a un orden cerrado y esquemático. Repetían algunos el viejo esquema —oradores, defensores y labradores—, pero otros muchos mostraban un conjunto social cada vez más complejo y variado, olvidándose del esquema tradicional y despreocupados de toda clase de esquemas. Porque, ciertamente, la sociedad en proceso de cambio había sobrepasado aquel esquema y no había logrado —a lo largo de los siglos XIV y XV— formular ningún otro. La opción sería una sociedad abierta, con límites difusos entre los sectores bien definidos. Y mientras se ajustaban las sociedades estamentarias, algunos recordaron que no faltaban tratadistas que hubieran percibido la pluralidad del orden social, Aristóteles entre ellos. Escapando al principio tripartito, Marsilio de Padua contraponía una clasificación de más vieja estirpe: “Partes seu officia civitatis sunt sex generum: agricultura, artificium, militaris, pecuniativa, sacerdotium e iudicalis seu consiliativa.[12] Y en el Leal conselheiro, el rey don Duarte de Portugal, tras afirmar el papel eminente de los defensores y los oradores, desmenuzaba el conjunto de los “labradores” distinguiendo entre labradores y pescadores —con clara percepción de los problemas concretos de su reino— y apuntando después la presencia de esos nuevos sectores que iban constituyendo poco a poco las nuevas clases medias: oficiales, jueces, regidores, consejeros, veedores, escribanos, físicos, cirujanos, navegantes, músicos, armeros, plateros y tantos más.[13] Era un conjunto social que se imponía a la observación de esa sociedad nueva. Lo declaraba el catalán Pere March en el serventesio que tituló Cest qui so fay d’on li deu seguir dan:[14]

Por loco pensar encierran al labriego, tanto

como al burgués, al necio como al que sabe,

al pillo como al caballero honrado;

y el enano se cree ser gigante.

Clérigos, caballeros, labradores, mercaderes

y menestrales constituyen el mundo ordenado.

Los clérigos rezan por la comunidad

y los caballeros la guardan guerreando.

Los labriegos hacen el pan, el vino y lo comparten;

y los menestrales se esfuerzan por proveer a los demás.

Los mercaderes traen y obtienen

lo que es necesario, por dinero y buenas prendas.

Ciertamente, los nuevos estratos sociales se diferenciaban y se multiplicaban; pero no suprimían los antiguos, sino que los constreñían y los modificaban. No sucumbió la vieja nobleza, pero se alteró por las presiones que sobre ella ejerció otra que se fue constituyendo merced al ascenso de diversos sectores a los que las circunstancias críticas liberaban de sus antiguos lazos. Se formó, pues, una nueva nobleza, a cuyos rangos ascendieron, entre otros, los ricos patricios. Fueron ellos, precisamente, los que más impulsarían la formación de nuevas sociedades urbanas que, al cabo de poco tiempo, transformarían la fisonomía del mundo feudoburgués.

II. Vieja y nueva nobleza

Las alteraciones que sufrió la vieja nobleza no tuvieron la misma intensidad en todas partes. A lo largo de los siglos XIV y xv hubo regiones donde no sólo conservó su poder y su prestigio sino que los acrecentó. Fue especialmente en Rusia y en Polonia, en las tierras germánicas al este del Elba, y en Bohemia, Moravia y Silesia, regiones donde el sistema señorial se había implantado tardíamente. En ellas el impacto de la economía de mercado fue escaso o nulo y los señores consolidaron las formas de la servidumbre. Gracias a esa circunstancia conservó y acrecentó allí la vieja nobleza su posición social y económica, y también su posición política.

También en otras partes, como en Castilla, creció su fuerza. Un poder real débil, largas guerras feudales y un escaso desarrollo de las burguesías urbanas y de la economía de mercado le permitieron estrechar sus filas y concentrar la posesión de vastísimas extensiones territoriales en manos de un número relativamente reducido de linajes. Pero en muchas zonas de la Europa central y occidental sufrió la vieja nobleza cierto menoscabo, especialmente en las regiones más mercantilizadas. En ellas tanto el sistema de producción y de comercialización de los productos agrícolas como el régimen de tenencia de la tierra y el cambio de las relaciones con los rustici debilitaron la posición de los viejos señores, algunos de los cuales se precipitaron en la miseria y fueron llamados “caballeros mendigos”. A medida que se desarrollaba la economía monetaria, el uso del dinero introdujo mecanismos económicos que la vieja nobleza fue incapaz de usar. Pero no fueron solamente factores económicos los que desencadenaron su declinación. Donde la monarquía acentuó su tendencia al ejercicio de una autoridad fuerte y centralizada, la vieja nobleza se vio constreñida por un poder que recurría cada vez más a un realismo político capaz de volcar a su favor las nuevas fuerzas económicas y sociales. La vieja nobleza acusó los golpes que infligieron a sus derechos tradicionales tanto la nueva política fiscal como la nueva organización de la justicia que introdujeron las monarquías en ascenso. Y cuando las circunstancias la envolvieron en largas guerras feudales que consumieron a sus miembros y desbarataron el armazón económico y político en que se sustentaba, la vieja nobleza se vio constreñida por el creciente poder de la Corona, apoyada, generalmente, en las pujantes burguesías y en nuevos sectores sociales que ocupaban su sitio y aceptaban las nuevas situaciones para aprovecharlas en su beneficio. Sólo en Inglaterra se vio que la vieja nobleza se adecuara rápida y eficazmente a la nueva situación, transformándose en productora de lanas para abastecer a la floreciente industria textil. Pero aun allí las vicisitudes de la guerra de los Cien Años y de la guerra de las Dos Rosas operaron un trasvasamiento social en el seno de la vieja nobleza que modificó su fisonomía.

Esa transformación de la vieja clase de los señores fue, sin embargo, muy lenta y sólo muy despacio se alteró su posición en el conjunto de la sociedad. Se tardó en percibir que nueva gente usaba los mismos títulos nobiliarios y usufructuaba los mismos viejos dominios, aunque era visible que la actitud de quienes sucesivamente componían la nobleza cambiaba. Pero no fue menos visible que la actitud de ciertos grupos que pertenecían a la vieja nobleza y por una u otra causa conservaban su poder y su prestigio se conservó inalterada por mucho tiempo, y que el conjunto se encerró en sí mismo en un intento de defenderse de las tendencias exteriores y de resistir al cambio.

Se mantuvieron firmes los viejos linajes de Rusia, de Polonia, de Hungría o los de la Orden Teutónica. En la Europa occidental conservaron poder y prestigio, sobre todo, las grandes casas vinculadas a la realeza por parentesco o por su sostenida presencia en el escenario político. A ellas pertenecían los que recordaban una y otra vez los cronistas de la Corona, oficiales u oficiosos. Christine de Pizan enumera los que rodeaban a Carlos V de Francia,[15] como el cronista de Alfonso XI los que acompañaban al rey castellano o los que habían de recibir de él “honra y caballería”.[16] Y el marqués de Santillana se solazaba, en la Comedieta de Ponça, en evocar las “progenies honradas” que estrechaban sus filas frente al enemigo.[17] Eran a veces linajes regionales, hechos al poder y la riqueza y acostumbrados a una supremacía que no se fundaba sólo en eso sino también en un tradicional prestigio social al que nadie podía sustraerse. Y el continuo ejercicio de la autoridad heredada confería a sus miembros una despótica soberbia que los tornaba incapaces para entender los cambios sociales y económicos que se producían a su alrededor. Estaban seguros de que un abismo los separaba de todos los demás, especialmente de los rustici que trabajaban sus tierras y que acaso insinuaban esa leve protesta que haría explosión más tarde en la jacquerie francesa de 1358, en la insurrección de los campesinos ingleses de 1381, en el movimiento taborita de Bohemia en 1420 o en la rebelión de los campesinos alemanes de 1525; pero también de esa nueva burguesía que se formaba en los núcleos urbanos y que trabajaba secretamente contra ella tan sólo por el tipo de actividad que desplegaba. Era un abismo que las circunstancias comenzaban a colmar, pero que la vieja nobleza se empeñaba en mantener fingiendo que no veía cómo se colmaba.

La resistencia al cambio terminó siendo una irremediable inadecuación al cambio que, pese a ella, seguía inexorablemente su curso. Hubo, ciertamente, una forma oblicua de adecuación cuando eligió, para resistir, el camino de retraerse y cerrar sus filas. Creció el abismo que separaba a la vieja nobleza del resto de la nueva sociedad que, por su parte, siguió desarrollando el tumultuoso proceso de su transformación. Los círculos de la vieja nobleza reafirmaron polémicamente frente a esa nueva sociedad sus convicciones sociales; pero ante el avance de una economía monetaria que estimulaba en nuevos sectores enriquecidos ostentosas formas de vida, profundizó también la vieja nobleza su tendencia a la ostentación y al lujo dentro de los infranqueables límites de la vida cortesana. Entonces codificó escrupulosamente sus convicciones y creencias fundamentales y codificó igualmente el sistema de normas al que debían atenerse sus miembros para diferenciarse de otros sectores de la nueva sociedad en los que un desenfadado pragmatismo autorizaba las más inusitadas formas de comportamiento. Todo cuanto se refería al honor quedó sometido a reglas severísimas, y a no menos severas prescripciones las formas de convivencia y de trato. Si en la nueva sociedad predominaban los que creían que todo era lícito para trepar en la escala de la fortuna, de la posición social o del acceso al poder, la vieja nobleza se impuso un modelo nostálgico de conducta que perfeccionaba y embellecía la tradición nobiliaria. Sin duda muchos de sus miembros quebraron ese modelo dando ejemplo de desmesurada codicia y ambición; pero el modelo se refería sobre todo a las formas y fue aplicado principalmente a ellas. Por eso adquirió la vieja nobleza un aire cada vez más anacrónico, más solemne y más retórico, ese aire que todavía reflejó Matteo Maria Boiardo en el Orlando innamorato pero que suscitaría muy pronto la burla de Luigi Pulci, de Girolamo Folengo, de Ludovico Ariosto, de Erasmo,[18] como más tarde de Rabelais y Cervantes. Las imágenes funerarias de las tumbas nobles, hieráticas y suntuosas, constituyeron el desesperado testimonio de ese afán de imponer a la nueva sociedad el sentimiento de la superioridad de la vieja nobleza y de la eternidad de su gloria.

En el fondo, la retracción de la vieja nobleza ocultaba un intento de defender sus privilegios, socavados por el desarrollo de la nueva economía de mercado y por la nueva política de reyes y burgueses. Sin embargo, estos privilegios subsistían vigorosamente para beneficio del conjunto nobiliario como clase, sin perjuicio de que algunos de sus miembros los perdieran en las vicisitudes del cambio que se operaba. En última instancia, los privilegios de la vieja nobleza estaban sostenidos no sólo por su verdadero poder sino también por su viejo prestigio, ante el cual cedían generalmente quienes dependían de él, aun los más rebeldes. Pero, galvanizados por la desesperación y lanzados a la rebeldía, los grupos dependientes no sólo habían denunciado los privilegios sino que habían desconocido el prestigio de la vieja nobleza. Como antaño en Legnano y Courtrai, ejércitos de nueva fisonomía social habían derrotado a los caballeros en Crécy, en Poitiers y en Tannenberg, en Suiza y en Bohemia. Se derrumbaba la gloria de los guerreros en los campos de batalla, y con la gloria cedía la autoridad de una clase contra la cual bramaban los campesinos a quienes expoliaban.

Contra su desprestigio y su impotencia, precisamente, cerró filas la vieja nobleza. Buscó una guerra digna de ella, más que la que desencadenaban los rustici sublevados, y la encontró en tierras lejanas, como las que contemplaron las hazañas de Pero Niño[19] o las que recorrió el caballero de Chaucer;[20] las que ocuparon al este del Elba los caballeros de la Orden Teutónica o las que recorrieron los cruzados que, con Juan sin Miedo, lucharon contra los turcos de Bayaceto y sucumbieron en 1396 en la batalla de Nicópolis.[21] Fueron sobre todo las guerras contra los infieles las que despertaron el viejo espíritu de cruzada, espíritu caballeresco por excelencia. Lucharon contra los moros junto a Alfonso XI de Castilla caballeros franceses y alemanes;[22] y cuando los turcos volvieron a amenazar al mundo cristiano, los caballeros que acompañaban al duque de Borgoña Felipe el Bueno en el suntuoso banquete que ofreció en la ciudad de Lille en 1454 se comprometieron, según el “voto del faisán”, a emprender una cruzada para rechazar al infiel.[23]

Fue precisamente el duque de Borgoña Felipe el Bueno quien creó en 1431 la orden del Toison d’Or. Como las otras nuevas órdenes —la inglesa de la Jarretera, la francesa de la Estrella, la prusiana del Cisne, la sueca de la Espada— quiso ser un espejo de la caballería, en el que la nobleza toda pudiera y debiera mirarse. Sostenedoras de los viejos ideales de la época de las Cruzadas, las órdenes de caballería expresaban en forma consumada la vocación guerrera y religiosa a un tiempo de los antiguos caballeros, pero que ahora aparecía enmarcada dentro de un ostentoso modo de vida noble que subrayaba la condición suprema de sus miembros. El valor y la virtud eran ya inseparables de la cortesía, de las convencionales formas aristocráticas de trato, del gusto por el lujo, de la afición a las más refinadas formas del ocio manifestada en el amor delicado y sensual a un tiempo, acaso en la lectura o en la contemplación del arte, en las fiestas y festines suntuosos, en la moderada aventura de los torneos y las cacerías. Eran los caballeros “gens à porter esperviers” como decía Villon.[24] El conde Gaston de Foix, el Infante Don Juan Manuel o el falconero Pero Menino les enseñaban a cazar;[25] Enrique de Villena a componer trovas y a brillar en los “consistorios de la gaya ciencia”,[26] sin descuidar por eso el “arte de cortar con el cuchillo”; Diego de San Pedro a amar discreta y noblemente.[27] Otros muchos tratados se compusieron para renovar en el caballero la fe en los antiguos ideales, cada vez más alejados de la realidad: relatos de aventuras, libros de consejos, tratados minuciosos sobre las formas que no debían abandonarse, las normas que no se debían olvidar, las reglas que debían regir en cada instante el comportamiento caballeresco.[28] Acaso esa obsesiva preocupación de que no se perdiera el estilo de vida noble acusaba más que otra cosa el sentimiento nostálgico de la vieja nobleza, sensible a su derrota ante el embate de la nueva sociedad.

Entre otros grupos sociales la nueva sociedad había dado origen, precisamente, a una nueva nobleza. En los ambientes más cerrados se conoció a sus miembros como “hombres nuevos”, según una fórmula de tradición romana, y se los resistió con variada intensidad: unas veces con saña y otras levemente, acaso porque se vio en ellos adelantados que abrían nuevas sendas para salir del estancamiento o la declinación que amenazaba a los viejos linajes en la turbulencia del cambio social y económico en el que fraguaba la nueva sociedad. Ejemplo singular de rigidez, la vieja nobleza castellana se mostró inflexible con los triunfadores que procuraban incorporarse a sus filas: eran, generalmente, hombres “de bajo linaje” que por su capacidad, por su astucia o por la privanza real alcanzaban “grandes dignidades”. Así lo manifestaba Fernán Pérez de Guzmán hablando de varios personajes del reino, sin escatimar la frase despectiva o el juicio comprensivo pero condenatorio. Y en ningún caso tan severo y tan comprensivo a un tiempo como el que expresaba sobre Álvaro de Luna, en quien el rey Juan II de Castilla había depositado su confianza, haciéndolo su privado. Don Álvaro se mostró imprudentemente inflexible con la soberbia nobleza tradicional, que se oponía a la organización de una monarquía fundada en una nueva concepción del Estado.[29]

En rigor, Álvaro de Luna era un bastardo; “preciábase mucho de su linaje, no acordándose de la humilde y baja parte de su madre”, escribía Pérez de Guzmán. Pero bastardos como él inundaron las cortes, y así como muchos de ellos salieron a buscar fortuna fuera de los cuadros sociales en los que se reconocía su estigma, otros desafiaron los prejuicios y pujaron con sus pares inobjetables para conservar o acrecer su patrimonio y su poder. Fueron sus esfuerzos semejantes a los de aquellos que, perteneciendo a la pequeña nobleza, pugnaban por incorporarse a la nobleza tradicional por medios diversos, según el lugar y las circunstancias. Segundones de casa noble y primogénitos de casa pobre buscaron en los nuevos ejércitos un lugar para demostrar sus calidades y, finalmente, un apoyo para sus ambiciones. Las guerras, como la de los Cien Años o las guerras civiles que abundaron durante los siglos XIV y XV, proporcionaron la ocasión en toda Europa para estas aventuras personales de ascenso social que extenderían y modificarían el horizonte de la vieja nobleza incorporando de diversa manera a sus filas los contingentes de una nobleza nueva.

Bertrand du Guesclin, finalmente condestable de Francia, constituyó un caso, quizá paralelo al de Miguel Lucas de Iranzo, que llegó a ser condestable de Castilla. Hombres de guerra, sus servicios eran recompensados con mercedes; pero, entre tanto, sus funciones y responsabilidades los acercaron a la vieja nobleza, que no les perdonó fácilmente su ascenso ni su riqueza. Du Guesclin era ya un jefe de bandas que no vaciló en ponerse al frente de un ejército de vagabundos para llevarlos a España. Como él, los condottieri italianos fundaron su prestigio y su poder en esas tropas sin bandera; pero el triunfo los afincó y les otorgó un papel tan señalado en la sociedad que, inevitablemente, los miembros de la vieja nobleza resultaron sus pares, aunque frecuentemente menos poderosos y poco a poco más distanciados del poder. Hubo, sin embargo, algunos que fueron capaces de adaptarse a las nuevas situaciones: abandonaron sus principios —que ya parecían prejuicios— y se plegaron a las nuevas formas de actividad y de vida, con lo que se identificaron con la nueva nobleza y operaron socialmente como ella. Muchos se decidieron a ingresar, abierta o disimuladamente, al mundo de los negocios, aproximándose a los emprendedores negociantes que sabían multiplicar el dinero. Pero lo que estaba más cerca de sus posibilidades era la conquista del poder. Como Álvaro de Luna en Castilla, alcanzaron excluyente influencia en Inglaterra Pierre de Gabaston y los Despencer en época de Eduardo II y Michael de la Pole, Robert de Vere y Nicolás Brembre en tiempos de Ricardo II,[30] todos favoritos reales dispuestos a abatir la supremacía baronial y a aprovechar entre tanto, el calor del trono para acumular honores y riquezas. Acaso más políticos, constituyeron casas poderosas los príncipes alemanes: los Würtemberg, los Wittelsbach, los Wettin, cada vez más independientes y más consustanciados con las nuevas posibilidades que ofrecía la crisis del Imperio, por una parte, y las nuevas aperturas económicas. Y hombres de guerra, sobre todo, alcanzaron el poder Juan Hunyady en Hungría y Jorge Podiebrad en Bohemia, dos países en los que se agitaban intensos problemas sociales y religiosos dentro del marco de la amenaza otomana: la vieja nobleza, el papa y el emperador acusaron el golpe de esta revolución que encabezaban dos “hombres nuevos” llegados al trono.[31] El alud de los recién llegados, de los “hombres nuevos”, creció constantemente a lo largo de los siglos XIV y XV. También constituyeron casas poderosas en Italia los Visconti y los Sforza, los Gonzaga, los Este o los Medici, frente al viejo y decadente reino de Nápoles. Condottiero acaso el fundador de la grandeza familiar, una generación después brillaba su casa, ya dinástica, con tal esplendor que se hacía ociosa la pregunta acerca del origen. Adulador, Vespasiano da Bisticci no podía, sin embargo, ocultar que el duque Federico de Urbino había entrado en el camino de la grandeza bajo la tutela de un condottiero: “Comenzó muy joven a militar, imitando a Escipión Africano, bajo la disciplina de Niccolò Piccinino, dignísimo capitán en su época.”[32] Era demasiado reciente el encumbramiento para que pudiera encubrirse el origen, aunque la vaga alusión a un romano ilustre procurara identificar la gloria del soldado republicano con la del jefe de una compagnia di ventura. Era inocultable que eran los “hombres nuevos” hijos de sus obras; no dejaron de consignarlo así los cronistas cortesanos que recibieron el encargo de escribir sus historias: Crivelli, Simonetta, Platina, Cyrnaeus,[33] y Maquiavelo enunció sobre ello una especie de regla general.[34] Pero no todo era adulación venal en los humanistas, en su mayoría tan sabios como escépticos a fuerza de contemplar el triunfo del nuevo realismo político que más tarde sistematizaría Maquiavelo. Ciertamente, al antiguo prestigio de la vieja nobleza había sucedido el prestigio de los “hombres nuevos” hijos de sus obras y fundadores de nuevos linajes. En las mentes de la nueva nobleza —como en la de los burgueses y en la de los campesinos rebelados— surgía la duda acerca de quiénes habían sido los que fundaron los linajes viejos.

Geoffrey Chaucer, que fue él mismo un ejemplo de aspirante a ingresar en la nueva nobleza, describió en pocas palabras el singular temperamento del frankeleyn que integraba el cortejo de los peregrinos en Southwerk. Su vocación era el goce. Otros, en cambio, tallaron su futuro con un esfuerzo denodado. Pero todos correspondían a la misma nueva sociedad. Expresaron su espíritu Donatello en la estatua ecuestre de Gattamelata y Verrocchio en la del Colleoni. Paolo Uccello, pintor de batallas, hizo al fresco el retrato ecuestre del condottiero inglés John Hawkwood, un personaje representativo del internacionalismo de la nueva sociedad, como pudo parecerlo Du Guesclin en Castilla o Rodrigo de Villandrando en Francia. Y el mismo espíritu reflejó Antonello de Messina pintando un condottiero que Piero della Francesca o Andrea Mantegna retratando condottieri que eran ya signori.[35] Acaso más aun Andrea del Castagno, que alternó la representación de condottieri y de poetas. Y quizá más que todos ese Benozzo Gozzoli que osó conferir dignidad bíblica a los nuevos señores, precisamente a los que no habían surgido de las armas sino a los que se habían empinado sobre el dinero recibido de tres generaciones.[36]

Como la de las armas, también la carrera eclesiástica solía abrir el camino hacia posiciones de alto rango a personas de bajo origen. De hecho, obispos, arzobispos y cardenales —“oradores” según la tradicional división de la sociedad— formaban parte de las clases privilegiadas; y los que provenían de familias que no pertenecían a ellas, se encontraban en una posición análoga a la de la nueva nobleza. Cardenal de España fue Pedro de Frías, “hombre de bajo linaje”; y fueron obispos don Alfonso en Ávila y don Tello en Córdoba, ambos “de linaje de labradores”. Más curioso caso fue en Castilla el de los Santa María —don Pablo y don Alfonso—, ambos obispos de Burgos, de “linaje de los judíos” y conversos, como lo fue también el cardenal de San Sixto, don Juan de Torquemada, que de Castilla pasó a Roma y fundó allí el monasterio de la Minerva, y don Francisco, obispo de Coria.[37] Menos celoso de la calidad de los orígenes, Vespasiano da Bisticci ignoró la condición de judío del cardenal Torquemada y decía, simplemente, de él que era un gentil uomo, como otros varios cardenales y obispos de que trata; y si señalaba que el cardenal Branda era antichissimo cortigiano o que el arzobispo Bonarli era de una famiglia antica di Firenze, también decía del cardenal Cesarini que fue figliuolo d’uno povero uomo con intención de elogio para sus méritos, como lo repite del cardenal Capranica, del obispo de Corone o del obispo Sipontino.[38]

Por lo demás, casi todo el repertorio de los hombres ilustres del siglo XV que dejó Vespasiano da Bisticci constituía una muestra de estos repetidos fenómenos de ascenso social en el campo de la política, en el de la Iglesia y en el de las letras. En este último, gracias al favor dispensado por los señores a los humanistas —poetas, historiadores, filósofos, narradores— la condición de cortesano trajo consigo el ascenso social y la riqueza para muchos de muy humilde origen. Y quienes habían estudiado leyes vieron abiertas las puertas de las cancillerías, obteniendo de su proximidad con el poder consideración pública, honores y fortuna.

De cualquier manera, el grupo más numeroso entre los que ascendieron de clase y se aproximaron a los rangos de la nobleza, aunque fuera al último, fue el de los patricios de las ciudades. Ricos burgueses que habían amasado gruesos capitales, buscaron consagrar su posición económica y su efectivo poder mediante un ostensible ascenso social. El matrimonio con mujer de casa noble fue el más accesible de los caminos, puesto que la nobleza empobrecida buscaba, a su vez, alianzas que la salvaran del derrumbe. Pero la Corona no fue reacia a otorgar señoríos y títulos de nobleza a los ricos burgueses, de los que, por lo demás, quería rodearse. Y ennoblecidos, pero además adscriptos a las más delicadas funciones financieras, alternaron los nuevos nobles de origen burgués con la vieja nobleza, desdeñosa, sin duda, pero obligada a aceptar la creciente fuerza de estos sectores sociales ya consustanciados con las formas vigentes de la actividad mercantil y financiera.

Cualquiera fuera el origen de los que se incorporaban a la nueva nobleza, o los medios de que se valían para conseguirlo, todos trataron de convertirse en alguna medida en propietarios rurales. La tierra era, ciertamente, el signo de la condición nobiliaria y, aun adquirida recientemente, otorgaba muy pronto una prestancia social que nada podía remplazar. Por lo demás, las circunstancias se iban haciendo propicias para una fácil adquisición. Agobiados por la inflación, los antiguos señores que habían optado por sustituir el pago en especies de las obligaciones de los rustici por el pago en dinero se encontraban cada vez más predispuestos a enajenar sus tierras, en tanto que los que estaban en condiciones de intentar la explotación según las nuevas reglas de la producción para el mercado se mostraban decididos a adquirirlas, no sólo como una inversión beneficiosa sino, además, a causa del prestigio que podía agregarle su posesión al que habían conseguido por otras vías.

Por el mismo medio obtuvieron tierras los antiguos colonos que supieron aprovechar la favorable coyuntura. De arrendatarios, ascendieron algunos a la condición de propietarios, y a partir de ese momento pudieron iniciar la carrera que tan bien ilustra la suerte de la familia Paston en Inglaterra: Clement labraba trabajosa y empeñosamente sus tierras a principios del siglo XV, y su nieto John —Esquire— no sólo había estudiado leyes sino que poseía diversos señoríos, se carteaba con el duque de York y el conde de Warwick y había logrado la confianza de sir John Fastolf, que lo designó su albacea testamentario.[39]

Ciertamente, hubo muchos rustici que consiguieron mejorar su condición. Algunos emigrando a las ciudades; otros entregando sus hijos a la Iglesia o dejándolos ingresar en la carrera de las armas; otros, en fin, como los Paston, convirtiéndose en propietarios rurales, y si no llegaron en seguida a tanto, ascendiendo como ministeriales a la categoría de administradores —como el reve de Chaucer—, tras de lo cual pudieron, acaso “con los propios bienes de su señor”, llegar más tarde a la categoría de propietarios.

Pero, sin duda, hubo muchos más que no lograron nada de eso y vieron empeorar su suerte. Fueron los que se sublevaron en la jacquerie francesa o en la rebelión inglesa, o los que nutrieron las filas de los taboritas bohemios, o los campesinos alemanes decepcionados con las palabras de Lutero. Fueron, como Piers Plowman en la vision de William Langland, los desheredados que no esperaban nada de este mundo, o acaso como el plowman de Chaucer, resignado y benévolo, hasta el momento de la desesperación. “Pagaba puntual y honradamente sus diezmos, tanto en dinero como en trabajo”,[40] pero no pudo impedir un día que sus sentimientos sobrepasaran su resignación, y que su voluntad se plegara a la protesta que otros, más sutiles que él, encabezaban, intentando liberarse de un yugo todavía riguroso para los que, individualmente, no habían sido capaces de sacudirlo. La expansión económica había profundizado el abismo entre los ricos y los pobres tanto en el mundo rural como en el mundo urbano.

III. El patriciado y las clases urbanas dependientes

Semejantes en esta polarización de los grupos sociales según su riqueza, el mundo rural y el mundo urbano se separaban progresivamente y constituían dos ámbitos cada vez más distintos, sobre todo por la forma de vida que predominaba en ellos. Tras la larga y densa experiencia de varios siglos de desarrollo urbano, filósofos y moralistas discurrirían sobre las ventajas y desventajas de una y otra forma de vida. No dudaba el italiano Castiglione de que la corte era el escenario más digno de un hombre refinado, pero preferían el encanto de la vida rural el holandés Erasmo y el castellano Guevara: hacia 1522 hablaba Erasmo de “las humosas y ahogadas ciudades” y en 1539 elogiaba Guevara la vida de aldea diciendo que en ella, a diferencia de lo que ocurría en las ciudades, “no hay ventanas que sojuzguen tu casa, no hay gente que te dé codazos, no hay caballos que te atropellen, no hay pajes que te griten, no hay hachas que te enceren, no hay justicias que te atemoricen, no hay señores que te precedan, no hay ruidos que te espanten, no hay alguaciles que te desarmen, y lo que es mejor que todo, no hay truhanes que te cohechen ni aun damas que te pelen”.[41] Cada vez más compleja, la vida urbana no sólo creaba un ambiente físico cerrado —suntuoso o sórdido, según los casos— sino también un tipo peculiar de sociedad abigarrada en la que se advertían a primera vista las diferencias sociales.

Desde que empezara la época de expansión económica, hacia el siglo XI, la diferenciación entre pobres y ricos se acentuaba. Pero, a diferencia de las áreas rurales, en las ciudades la gama de la sociedad era mucho más variada y contenía entre los extremos un haz intermedio muy diversificado. Con la contracción que se inició en la primera mitad del siglo XIV, sin embargo, la diferencia entre pobres y ricos se acentuó progresivamente; pero en las ciudades separó cada vez más, no sólo a ricos y pobres, sino también a los ricos de todos los de mediana condición, los que quedaron unidos a los pobres en un solo haz frente a los poderosos.

Los poderosos constituían el patriciado y, frente a ellos, el resto constituía el “común”, un conjunto social algo estratificado pero relativamente continuo frente al cual se encontraba luego un abismo que lo separaba del patriciado. En ocasiones el abismo pudo ser franqueado: un matrimonio ventajoso o una floreciente fortuna permitía el acceso de alguno que ocupaba el más alto rango dentro del “común” a las filas patricias. Pero en muchas ciudades, y progresivamente, esas filas se cerraron y se ahondó el abismo. Celosos de su posición social y económica, los patricios no eran menos celosos de su tradición familiar, elaborada a través de generaciones. Pero el carácter fundamental del patriciado lo estableció la combinación de diversos elementos: la riqueza, la preponderante influencia en aquellas actividades económicas que eran fundamentales en cada ciudad, la acumulada tradición del linaje y la participación hegemónica en el gobierno de la ciudad.

Hubo, sin duda, muchas variantes en el origen y la peculiaridad de los diversos grupos que constituían el patriciado, aunados a veces bajo designaciones genéricas: grandes, magnati, viri hereditarii, poorters, ervachtighe lieden. Pero no todos los miembros del grupo que genéricamente se conocía así —y hoy llamamos convencionalmente patriciado— tenían el mismo origen ni las mismas tendencias. En algunas ciudades se distinguía claramente entre patriciado noble y patriciado burgués.[42] Y aunque en otras no estuviera tan claro el distingo, es evidente que en casi todas se reconocía entre los miembros del patriciado los que provenían de troncos señoriales de los que tenían origen en familias de mercaderes o aún más humildes. Antiguos señores o, más generalmente, valvasores de escasos recursos se habían integrado en la vida urbana y participaban de actividades mercantiles. No faltó alguno que pudiera rescatar un remoto antecesor cruzado —un Cacciaguida idealizado— y fueron bastantes los que apelaron a la tradición guerrera de sus familias para constituir compañías mercenarias u ofrecerse como oficiales o jefes de las milicias urbanas. De esas funciones podía pasarse luego a una posición espectable en la sociedad civil, acaso la más alta si la sociedad optaba por el gobierno de un príncipe. Al lado de quienes podían reivindicar un alto origen estaban los que no podían ostentarlo. Unos se habían abierto paso a través de las actividades económicas, labrándose una fortuna, en ocasiones cuantiosa, con la que habían adquirido prestigio o influencia; ricos comerciantes o banqueros no sólo disfrutaban del bienestar que les permitía su dinero sino que podían aprovechar la consideración de que gozaban para escalar posiciones públicas e imponer sus opiniones y sus deseos sobre vastos sectores que dependían de ellos. Pero otros habían hecho carrera en la guerra y en la política sin más título que sus capacidades. Por eso se volvía una y otra vez al problema de los orígenes, porque la nueva sociedad feudoburguesa vacilaba acerca de los riesgos o las ventajas de aceptar el principio de que era la Fortuna —y no el origen— quien decidía sobre el papel del individuo en la sociedad. En 1514 Castiglione introducía el tema a través de il signor Gaspar Pallavicino en II Cortegiano[43] y Maquiavelo lo desarrollaba a propósito de la extraordinaria aventura de Castruccio Castracani:[44] “Parece cosa maravillosa, a aquellos que la consideran, que todos —o la mayor parte— de los que han realizado en este mundo grandes cosas y han sobresalido entre los demás de su época, hayan tenido su principio y nacimiento bajo y oscuro, o sea que han sido conducidos de alguna manera por la Fortuna: porque todos, o han sido expuestos a las fieras o han tenido un padre tan vil que, avergonzados, se han hecho hijos de Jove o de cualquier otro dios. Cuáles han sido éstos —cosa conocida por todos— sería cosa desagradable de replicar y poco aceptable para quien leyese; por eso, la omitiremos como superflua. Creo con seguridad que esto proviene de que, queriendo la Fortuna demostrar al mundo que es ella —y no la prudencia— la que hace grandes a los hombres, comienza a demostrar su fuerza en un momento en el que la prudencia no puede tener participación, para que, sin duda, se le tenga que reconocer todo a ella.”

También a la Fortuna podía atribuirse el ascenso del rico comerciante cuyo dinero hacía de él un personaje prestigioso e influyente en su ciudad, aun cuando se reconociera cuánto ayudaba cada uno a la Fortuna con su prudencia y su capacidad. Y más todavía podía atribuirse a la Fortuna que, entre muchos muy capaces, salvara un maestro artesano el abismo social y llegara a incorporarse a la alta clase que dirigía la vida de la ciudad. Pero, sobrepasado el trance inicial, lo importante era consolidar el ascenso y acentuarlo a través de hijos y nietos. La familia arraigada, cuyos miembros habían gozado durante varias generaciones de sólida fortuna y de posiciones destacadas, llegaba a constituir en su ciudad un linaje de tanta influencia y tanto prestigio como solían tener las casas nobles. De hecho los equiparaba un hombre tan celoso de los privilegios de la vieja nobleza como el marqués de Santillana, cuando enumeraba los linajes hispánicos e itálicos que se enfrentaban en una batalla.[45] Y no se equivocaba, porque los linajes patricios, acaso de pocas generaciones, eran ya la nueva e indiscutida élite. de la sociedad que se renovaba. Constituidos en las ciudades, a las que infundieron esplendor y transformaron en potencias económicas y políticas, formaron esa clase que dejaría más tarde de ser urbana para convertirse en el sostén, económico y político también, de los nuevos estados territoriales.

Tanta fuerza y prestigio adquirieron esos linajes que en algunas regiones se inclinaron a una alianza con la pequeña nobleza; y aun si no lo hicieron, procuraron que se les atribuyera una dignidad equiparable y se los confundiera con ella adoptando un boato en sus formas de vida que más parecía noble que burgués. Pero un observador sagaz como Maquiavelo, cuyo pensamiento político condensaba la experiencia de cuatro siglos de desarrollo burgués, no se engañaba ni con las apariencias ni con las palabras. Hablando de lo que parecía una paradójica república de gentiluomini en Venecia, señalaba que no había contradicción en ello porque, en su opinión, “los gentiluomini en aquella república lo son más de nombre que de hechos; porque no tienen grandes rentas provenientes de posesiones sino que sus grandes fortunas están fundadas en las mercancías y los bienes muebles; además, ninguno de ellos tiene castillo ni tiene jurisdicción sobre hombres; de modo que el nombre de gentiluomo es en ellos nombre de dignidad o de reputación, sin que esté fundado sobre ninguna de aquellas cosas que en otras ciudades hacen que se les llame gentiluomini”.[46] Era, ciertamente, la posesión de mercancías y de bienes muebles lo que caracterizaba en las ciudades al grupo más representativo del patriciado, al grupo burgués por excelencia.

Lanzados a las actividades mercantiles, los comerciantes descubrieron muy pronto las ventajas de trabajar con el dinero mismo. El uso de la moneda reveló muy pronto algunas de sus peculiaridades, aunque no todas. Se creyó que quien la acuñaba y la garantizaba podía utilizarla dolosamente sin mayor riesgo, y tal consejo dieron al rey de Francia Felipe el Hermoso dos florentinos, Biccio y Musciatto Franzesi, sus consejeros financieros.[47] Eran hombres de experiencia comercial que comenzaban a entrever los secretos del nuevo mundo del dinero; pero que aun siendo los que sabían más, apenas adivinaban los más elementales de sus mecanismos, cuyos engranajes más complicados tardarían todavía varios siglos en quedar al descubierto. Pero sin duda venían de uno de los centros más experimentados en esta nueva materia, y por eso merecieron la confianza de quienes ejercían, en países menos desarrollados, un poder político que quería ser poder económico. De las ciudades italianas saldrían también Scaglia Tiffi, banquero arraigado en Borgoña, o Berto Frescobaldi, consejero financiero de Eduardo I de Inglaterra.

En sus propias ciudades, los ricos mercaderes que deslizaban sus preferencias hacia las finanzas parecían los más ricos de todos. Fundaban bancos que ejercían una fuerte influencia local, y creaban luego una red de sucursales que proyectaba esa influencia sobre otras ciudades y otros reinos, ofreciendo a veces a sus reyes, en estos últimos, crecidos empréstitos sin los cuales no hubieran podido muchos de ellos llevar a cabo las guerras que emprendieron. Quizá no dejaron del todo los negocios mercantiles. Pero el manejo de grandes capitales les permitió alejarse del contacto con la mercancía, borrando un poco más las huellas de su condición originaria y acentuando la ficción de que no trabajaban con sus manos sino que pertenecían a la envidiada clase ociosa de los gentiluomini.

Ciertamente, sólo se aproximaban a esa meta los que conseguían dar gran extensión a sus negocios. Los otros, los que trabajaban en pequeña escala, arrastraban el viejo estigma de la usura. Pero todos imponían su poder en una sociedad fundada cada vez más en el dinero, y sólo los moralistas tradicionales vituperaban en el siglo xv al financier como lo hacía Eustache Deschamps en su balada satírica.[48] En los hechos, el financista ejercía una influencia decisiva, aun cuando la suerte personal de cada uno acusara los riesgos de un juego mal conocido; y si conseguía conservar y acrecentar su fortuna y legarla a sus herederos, el papel que la familia desempeñaba en la ciudad alcanzaba los rasgos de una verdadera aristocracia.

En realidad, el financista puro no es un tipo frecuente en el seno del patriciado. Acaso sea una vocación predominante en algunos: acaso en Joseph Hompys, fundador en 1380 de la Grosse Gesellschaft en Ravensburg; en Godeman van Buren, que estableció la primera banca local en Lübeck; en Jakob Fugger, que acrecentaba su poder en Augsburgo; en Cosimo Medici, que llevó al más alto nivel su casa bancaria de Florencia; o en Jacques Coeur, en quien la especulación adquiría los caracteres de un juego apasionante. Pero, en rigor, el financista era una de las caras del mercader, y los ricos linajes burgueses fundaron su fortuna en el tráfico mercantil, al que se habían aplicado durante generaciones. En virtud de esa actividad y gracias a los frutos que habían obtenido de ella, formaban parte sus miembros del patriciado, que la Crónica de Lübeck definía como un grupo compuesto por “los ricos comerciantes y los ricos en bienes” o “los comerciantes más ricos de la ciudad”.[49]

Grupos mercantiles que desarrollaban una intensa actividad económica, que gozaban de suficiente bienestar como para llevar una vida agradable y en ocasiones lujosa y que ejercían considerable influencia en sus ciudades, se constituyeron en numerosos centros urbanos allí donde se había producido esa activación comercial que desencadenó la revolución burguesa. Froissart los sorprendía en Flandes: eran “las buenas gentes de Gante, los hombres ricos y notables que tenían en la ciudad sus mujeres, sus hijos, sus mercancías, sus propiedades dentro y fuera de ella, y que habían aprendido a vivir honorablemente y sin peligro”.[50] Eran, acaso, los que habitaban las ricas casas del Quai aux herbes, quizá los herederos de Gilbert uten Hove o de Walter van der Meire; y sin duda también otros de menores fortunas aunque influyentes en el seno del patriciado y unidos a su variada suerte. En numerosas ciudades flamencas, brabanzonas o del país de Lieja se observaba la presencia de esta napa social, algunos de cuyos miembros retrataron Van Eyck, Memling o David. Se la encontraba en las ciudades hanseáticas —Lübeck, Hamburgo, Danzig—, en las ciudades renanas —Colonia, Maguncia—, en las ciudades del sur de Alemania —Augsburgo, Munich, Nuremberg—, en las ciudades suizas —Basilea, Ginebra—, en la del noroeste y del sur de Francia, en las de Inglaterra, Cataluña, Portugal; en las del Báltico, Polonia y Rusia. Y sobre todo en las ciudades italianas, donde el proceso económico y social había comenzado antes que en otras partes y había alcanzado gran intensidad.

Hasta principios del siglo XIV había prevalecido la imagen del mercader itinerante y aventurero, ese que iba y venía con su mercadería y que logró establecer personalmente y a su propio riesgo el contacto entre las diversas áreas donde crecía el tráfico. Fueron ellos los que le dieron estructura al mundo urbano internacional y los que crearon un sentimiento de homogeneidad y reciprocidad entre las nuevas burguesías. Rompieron con el elemental etnocentrismo y se dispusieron a entender todo lo distinto, dentro de una relación que ofrecía un plano de coincidencias. Chaucer los vio así, jocundos y optimistas, pero sobre todo abiertos a la percepción de un mundo variado. “¡Ah, opulentos comerciantes; ah, gente noble y principal! -escribía.[51] Muy dichosos en este punto sois. No encierran vuestras alforjas dobles ases, sino buenas jugadas de cincos y seises, para vuestra ventura. Y en Pascuas podéis bailar alegremente. Vosotros, mercaderes, revolvéis tierra y mar buscando provechos; vosotros, gente informada, conocéis el estado de los reinos; y sois padres de noticias y cuentos de paz y de guerra.” Boccaccio ofreció varias veces esta imagen del mercader conocedor del mundo, y acaso hubiera podido, como Chaucer, decir del mercader “que, por ser hombre rico, pasaba por sabio”.[52] Pero, sin duda, lo era el mercader itinerante, aunque no fuera escolar. Su sabiduría consistía en el conocimiento de la nueva realidad social, homogénea en algunos de sus aspectos y profundamente diversa en otros. Era el suyo un saber vivo y espontáneo, hijo de la experiencia, que acrecentaba su autoridad cuando volvía a su ciudad natal y relataba las diferentes maneras de vivir de gentes con las que había coincidido en el ejercicio de sus operaciones mercantiles. Pero, precisamente porque los mercaderes itinerantes habían anudado los lazos del nuevo mundo urbano internacional, pudieron sus descendientes prescindir del viaje personal y periódico para hacer sus negocios. El mapa europeo adquirió precisión y se representó como un universo de ciudades, cada una de las cuales tenía los caracteres específicos que le proporcionaba su actividad económica: Lübeck, “una casa de comercio”; Colonia, “una tienda de vinos”; Danzig, “un granero de trigo” y así sucesivamente según un viejo dicho alemán de la época.[53] Antes del siglo XIV, un catálogo de ciudades había sido redactado por Francesco Balducci Pegolotti —miembro de la casa bancaria de los Bardi en Florencia— en el que puntualizaba las características comerciales de cada una.[54] Cuando la organización internacional quedó fijada, en la primera mitad del siglo XIV, los mercaderes se establecieron en las ciudades, y los más prósperos constituyeron en ellas la más alta clase urbana. Las oficinas, los talleres y los depósitos constituían su centro de operaciones, que se proyectaba hacia los puertos, si los había. La compra y la venta eran las operaciones básicas, pero la recepción y el envío de noticias, el análisis de los precios y de las contingencias propias de la producción, de los transportes y de los mercados constituía la preocupación fundamental del jefe de la casa, al que le tocaba orientar su actividad. Para consolidar su posición, los mercaderes procuraron y consiguieron ejercer el poder en su ciudad, porque también desde el gobierno se orientaba la actividad económica de las grandes casas comerciales y financieras. Y para disfrutar de la riqueza y del poder, mudaron o transformaron sus viviendas dotándolas de las comodidades y el lujo que a cada uno le permitía su fortuna.

Cuando esas fortunas alcanzaron un nivel superior a las exigencias del negocio mismo y estuvieron cubiertas las necesidades de reinversiones que aseguraran su ritmo creciente y progresivo, sus propietarios pudieron pensar en adquirir propiedades rurales. Era un modo de diversificar las inversiones y, en algunos casos, de integrar un circuito económico, pero más generalmente formó parte de una estrategia para consolidar el ascenso social. La propiedad raíz ayudaba a configurar una posición espectable, propia no sólo de los patricios sino, más aún, de los señores. Y en muchos lugares fue preocupación obsesiva de los patricios alcanzar un rango nobiliario, que sólo ocasionalmente fue otorgado graciosamente y que, en general, fue comprado.

En las ciudades empezaron a aparecer escudos de armas sobre las puertas de algunas casas burguesas, denotando el nuevo salto que habían dado sus propietarios. El ennoblecimiento fue un nuevo elemento de diferenciación introducido en una sociedad que seguía siendo muy móvil. También los rangos del patriciado burgués conservaban su movilidad. Junto a los linajes que perduraban a lo largo de muchas generaciones, cada ciudad vio declinar a algunas familias poderosas y ascender a otras, unas veces por el vaivén de sus negocios privados, otras por el azar de graves circunstancias que alteraban la vida económica y política de la ciudad y sacudían su estructura social. Nuevos nombres empezaban a aparecer en las listas de los más ricos y, naturalmente, de los que ejercían las magistraturas urbanas, remplazando a los que caían. Justamente, para aconsejar un prudente comportamiento a las familias de alto rango burgués, escribió Leon Battista Alberti I libri della famiglia, preguntándose si tanto podía la Fortuna sobre los hombres como para que pudiese “a familias bien provistas de hombres virtuosísimos, abundantes en cosas caras y preciosas y deseadas por los mortales, adornadas de mucha dignidad, fama, elogios, autoridad y público respeto, privarlas de toda felicidad, sumirlas en la pobreza, soledad y miseria, reducirlas de gran número de padres a poquísimos descendientes y de una desmesurada riqueza a suma necesidad, y de muy ilustre esplendor de gloria sumergirlas en tanta calamidad, tenerlas abatidas y arrojarlas en tinieblas y en una tempestuosa adversidad. ¡Ay, cuántas familias se ven hoy caídas y arruinadas!”[55] Escritas estas palabras en Florencia poco antes de promediar el siglo xv, revelaban que el patriciado burgués comenzaba sólo entonces a tomar conciencia del tipo de sociedad que encabezaba y el tipo de estructura económica en que se movía. Pero tanto una como otra conservaban aún ocultos los mecanismos de sus procesos internos y la inestabilidad derivaba de la necesidad de transitar unos caminos que él mismo estaba trazando. Era la construcción de una nueva sociedad y una nueva economía lo que había aceptado emprender el patriciado, y no simplemente su uso. Tocaba al patriciado construir la sociedad burguesa y la economía capitalista, y en esa tarea los éxitos y los fracasos individuales eran el precio que tenía que pagar el que se comprometía en ella. Varios siglos habría que aguardar para que se hicieran totalmente evidentes los mecanismos de la sociedad burguesa y de la economía capitalista, para las cuales no había entonces un modelo al que pudiera referirse la acción.

En cada etapa, el patriciado urbano contribuyó a diseñar la nueva realidad socioeconómica, y, entre tanto, procuró gozar de la riqueza y el poder que las circunstancias le ofrecían. Comprometido con el destino de su ciudad, el patriciado buscaba la riqueza y el poder convencido de que su suerte —la de cada uno de sus miembros y la de todos como clase— estaba unida al destino de la ciudad: era el sentimiento que expresaba lleno de orgullo Giovanni Villani cuando atribuía el esplendor que Florencia había alcanzado a los florentinos —esto es, a los hijos de la ciudad y a ellos solos—, por obra de los cuales “comenzó a multiplicarse y extenderse la fama de Florencia por el universo mundo, más de lo que nunca había sido”.[56] El embellecimiento de las ciudades, el estímulo de las actividades intelectuales y estéticas, la promoción de las fiestas públicas, fueron formas secundarias, pero elocuentes, de este comportamiento social del patriciado.

A su lado, grupos extranjeros solían compartir su forma de vida, ocupados principalmente de las actividades lucrativas. Allegados a los hombres más importantes y presentes en los círculos más representativos de cada ciudad, parecían inmersos en ella y consustanciados con su vida. Pero, en verdad, la ciudad les era ajena. Eran desarraigados que no se hacían cargo del destino colectivo porque tenían los ojos puestos en sus intereses o acaso en su propia ciudad. De tronco patricio florentino, Tommaso Portinari vivía en Brujas como agente de la casa de los Medici. Memling hizo su retrato y el de su esposa, como correspondía a un rico e influyente ciudadano. Pero él pensaba, además de sus intereses, en su Florencia natal. Y así como su antecesor Angelo di Jacopo Tani había encargado a aquel artista un retablo para su capilla mortuoria en Florencia —que por obra de los piratas fue a parar a Danzig—, Tommaso Portinari encomendó a Hugo van der Goes otro retablo, éste para el hospital de Santa María Nuova de Florencia, que había fundado en 1285 su antepasado Folco Portinari, padre de Beatrice. Patricios en Florencia y en Brujas, sólo en una ciudad podía vivirse la obsesionante contingencia cotidiana que componía el curso del destino local, labrado de ventana a ventana, en la plazuela o en el atrio. Advena al fin, el patricio de otros lares miraba al patriciado de la ciudad en que habitaba como a un grupo social cuyo destino no era el suyo.

En algunas regiones en las que el proceso de mercantilización había sido forzado —como en Bohemia y Hungría, o en algunas de influencia hanseática— las ciudades recibieron grupos extranjeros privilegiados y protegidos que, de hecho, constituyeron el más alto nivel de la sociedad urbana: tal la situación de los alemanes en Praga. Sin duda constituyeron una suerte de patriciado, pero atento tan sólo a sus intereses y desentendido del destino de la ciudad, o acaso impotente para conducirlo. La política le estuvo vedada, y sólo tuvieron de patriciado los rasgos que les prestaba la actividad mercantil y financiera, un modo de vida burgués y, sin duda, la influencia que ejercían a causa de su alta posición.

Entre los mercaderes y financistas solían introducirse en las filas del patriciado hombres de otros grupos que tenían gravitación en la ciudad. A medida que crecía y se formalizaba la organización de la vida urbana —que era en muchas ciudades la de un estado independiente—, cobraban mayor importancia local las personas que representaban cierto poder. Los obispos y el alto clero fueron inseparables del patriciado, como lo fueron los jefes de las milicias urbanas, verdaderos ejércitos algunas veces, y los más altos funcionarios de la burocracia comunal. Todos ellos participaban del género de vida del patriciado y lo superaban a veces; pero participaban también en la adopción de decisiones importantes —políticas, sociales y económicas—, sobre todo en circunstancias críticas que escapaban a la rutina cotidiana.

Entre los burócratas, los legistas de formación romanística que precisaban paso a paso las peculiaridades del derecho burgués y definían las líneas jurídicas y administrativas que enmarcaban la vida pública de las ciudades, alcanzaban una fuerte gravitación. A ellos les tocaba ir creando los moldes de la nueva sociedad, que se desprendía, poco a poco y trabajosamente, de los esquemas de la sociedad feudal. Jueces, abogados y notarios adquirían, por las mismas razones, una creciente importancia social, puesto que trabajaban cotidianamente en la elaboración de un nuevo derecho de extremada importancia para la consolidación del pujante sistema de relaciones en que cada vez más se asentaba la sociedad urbana, burguesa y mercantil. A su lado, otros que ejercían también profesiones liberales solían incorporarse a las filas del patriciado; médicos o boticarios, si su éxito, su fortuna o sus vinculaciones familiares les permitían el acceso. Las mismas razones, o el valimiento que pudieran alcanzar al lado de figuras ilustres de la ciudad, empujaron ocasionalmente hacia los más altos estratos sociales a los intelectuales y escritores que trabajaban en la elaboración, el afinamiento conceptual y el ajuste de las nuevas formas de mentalidad que acompañaban al cambio social. Y no quedaron al margen de este ascenso algunos arquitectos y artistas que procuraban expresar las variaciones de la sensibilidad que se insinuaban en el seno de la nueva sociedad. El patriciado, élite. de una sociedad que se estaba creando a sí misma, prestaba su calor a todos los que contribuían a definir y precisar su fisonomía.

Fue su eficacia para promover el cambio social y económico lo que primero le confirió la condición de élite.. Luego en sucesivas generaciones, fue su capacidad para aceptarlo y adecuarse a él como clase constituida, tratando cada uno de sus miembros de obtener el mayor provecho posible, en actividades que, además, abrían posibilidades para otros sectores más modestos que crecían en las ciudades. Fue, finalmente, el aprovechamiento de esta última circunstancia lo que consolidó su posición, porque el patriciado pudo instrumentar en su beneficio el conjunto de la sociedad urbana, sin perjuicio de que tuviera que enfrentar ocasionalmente a los sectores medios que le disputaron el poder. A la larga, el patriciado, que nunca perdió el poder económico, recuperó el poder político allí donde lo había perdido y volvió a consolidar sus posiciones modificando, cuando fue necesario, la estructura institucional.

Esa tendencia a canalizar el proceso de cambio en un sentido favorable a sus intereses fue manifiesta en el patriciado. Quedó corroborada con los esfuerzos que hizo una y otra vez para detener el proceso de movilidad social y, sobre todo, para independizar el área de poder de ese proceso. Y si en determinados lugares y ocasiones ese esfuerzo no tuvo éxito, a la larga los resultados fueron felices para el patriciado. Consistía su fuerza en el arraigo que tenía en la estructura económica que él mismo estaba elaborando —precapitalista o acaso capitalista en algunas partes—, pero, además, en el sistema de alianzas económicas, sociales y políticas que supo construir en la sociedad que, precisamente por esas coincidencias de grupos, adquirió los caracteres de una sociedad en transición, la sociedad feudoburguesa. El patriciado se acercó a la nobleza cuanto pudo y en condiciones ventajosas. Se acercó a la pequeña nobleza; o a la nueva nobleza; o a la vieja nobleza que, por el solo hecho de aceptar esa alianza, se renovaba y pasaba a ser nobleza nueva.

Para consolidar su situación y asegurarla, el patriciado se aplicó a sí mismo el principio de contención de la movilidad social. No quiso crecer, sino, por el contrario, contraerse y cerrarse como grupo. Las tendencias capitalistas lo movían a concentrar la riqueza y las tendencias sociales lo movían a cerrarse como clase, reduciendo los privilegios a un número restringido de familias. Aceptando la tradición de la sociedad feudal, el patriciado institucionalizó sus privilegios en la medida y en las ocasiones en que le fue posible, demostrando que tendía a formar bloque con la nobleza e, inversamente, a separarse de las otras clases urbanas que se habían constituido junto con él y habían quedado en niveles económicos y sociales más bajos. Así empezó a desvanecerse el vago principio igualitario que pareció mover la primitiva sociedad burguesa, condenado, por lo demás, desde el primer momento puesto que aquélla estaba fundada en una economía monetaria. Signos exteriores inequívocos de la posición social de cada uno aparecieron muy pronto en las ciudades.

Más allá del poder, la riqueza o el boato, el patriciado buscó el signo de su diferenciación en aquello que pusiera de manifiesto su dignidad. Creyó, por cierto, en la dignidad del poder y la riqueza; pero también en la de un modo de vida que apuntara hacia valores que quería considerar —acaso contra sus convicciones espontáneas— más altos que los vigentes en la vida práctica. Adoptó la dignidad del porte y del trato, la del lenguaje, la del sentimiento y la de la sensibilidad; la dignidad, finalmente, de los altos pensamientos. Una casa que quería ser palacio, y que finalmente lo llegó a ser, constituyó el apropiado escenario para esta concepción de la vida que empezó siendo burguesa y se deslizó poco a poco hacia el esquema de la vida cortesana.

Lo importante, primero, era no trabajar con las manos y, además, desprenderse del trato directo con las mercancías. Una jerarquía de intermediarios aseguraba a los ricos comerciantes o industriales una cierta distancia de los objetos que constituían su riqueza y, con ello, la posibilidad de alcanzar o mantener esa dignidad patricia que los acercaba a la nobleza. Por debajo de ellos estaban los que trabajaban con sus manos y los que compraban y vendían la mercancía: eran las clases urbanas subordinadas, cuyos miembros llenaban las tiendas y talleres, los mercados, las calles y plazuelas, en cuyas filas formaban, además, las gentes sin oficio que buscaban el pan de cada día en humildes y honestas tareas circunstanciales y aquellos otros que lo buscaban en actividades deshonestas o abiertamente delictivas. Era un amplio espectro social el que se iba constituyendo en las ciudades que presidían con estudiada dignidad los linajes patricios.

De todo ese conjunto, sólo los oficios organizados llegaron a adquirir una consistencia social comparable a la del patriciado y, especialmente, los que correspondían a las actividades fundamentales de la ciudad. Actuando solidariamente podían desafiar la autoridad del patriciado y, en muchos casos —como en Gante, Colonia o en Florencia— dar por tierra con ella y llegar a controlar el poder político de la ciudad. Tejedores, orfebres, carniceros, constructores navales, tintoreros y tantos otros —de los que quedó un ilustrativo catálogo en los grabados de Jost Amman y las rimas de Hans Sachs—[57] pudieron acariciar la ilusión de imponer su fuerza numérica y su organización. Gremios, corporaciones, gilds, arti, Aemter, Gewerke, eran organizaciones de oficios que no poseían el profundo sentido de clase que caracterizaba al patriciado. Eran organizaciones profesionales, acaso solidarias en la oposición al patriciado, pero que carecían de cohesión interior. Maestros, compañeros y aprendices pertenecían de hecho a estratos sociales diferentes —aunque originariamente hubieran pertenecido al mismo— y sus intereses eran diversos. Los maestros, sobre todo, lograron constituir una oligarquía en muchas ciudades. Eran pocos, y consiguieron que las reglamentaciones de muchas ciudades mantuvieran restringido el número y acrecentaran las exigencias para alcanzar la maestría. Fue necesario que pagaran una gruesa suma para adquirir el derecho de burguesía y que cumplieran el requisito de presentar una “obra de arte”. Los que lograban satisfacer tales requisitos llegaron a constituir la napa superior de esta clase media artesanal, en cuyos miembros pensaba Chaucer cuando describía sus caracteres:[58] “Un mercero y un carpintero, un tejedor, un tintorero y un tapicero cabalgaban también en la compañía. Llevaban todos las libreas de sus solemnes e importantes gremios. Vestían ropas nuevas y bien adornadas; sus puñales no iban guarnecidos de bronce sino de plata labrada y bruñida, y de igual manera estaban decorados sus cinturones y bolsas. En verdad que por la traza y discreción que mostraban parecían asaz dignos de ser regidores y sentarse en los estrados del salón de su concejo. A más, poseían para ello suficientes bienes y ganancias, y de cierto que sus mujeres los habrían visto de buen grado como regidores. Porque es muy agradable oírse llamar ‘señora’ e ir a vísperas delante de todos y poseer un manto regiamente llevado.”

A ese mismo nivel social pertenecían los medianos y pequeños comerciantes, dueños de un discreto capital que les permitía mover sus negocios. Acaso no tuvieran la fuerza social de los maestros artesanos que, eventualmente, podían apoyarse en sus gremios. Pero poseían esa ligera superioridad que daba la profesión mercantil, en la que siempre era posible escapar de la medianía y alcanzar una fortuna estimable. Las profesiones liberales otorgaban el goce de cierta consideración a aquellos que no lograban sobresalir. Médicos y boticarios, notarios y abogados —personajes preferidos de Boccaccio y de Sacchetti, del autor de Maistre Pierre Pathelin y del de las Cent Nouvelles Nouvelles, de Chaucer, de Poggio y de Erasmo— pertenecían a él en principio, y aunque algunos se deslizaran hacia formas de vida menos rJuan Hunyady espetables cediendo a las tentaciones de la picardía urbana, otros mantuvieron o acrecentaron su dignidad hasta hacer de sus profesiones un título honorable. También solía ser honorable la condición de los párrocos y de los monjes mendicantes, mezclados todos en los enredos de la vida cotidiana y oscilando entre la malicia y la virtud. Y era honorable, a veces, la calidad de los funcionarios públicos, en quienes debía depositarse la confianza, y cuyo número crecía a medida que se complicaba la administración hasta constituir una nutrida burocracia.

Solían moverse a ese mismo nivel los escolares que animaban las ciudades donde había importantes centros de estudio. Si no pertenecían plenamente a él era porque muchos participaban simultáneamente de una doble condición. Eran, por una parte, hijos de familias capaces de sostener su ocio en alguna medida, aunque muchos de ellos recurrieran a la limosna, tanto para vivir cada día como para satisfacer el deseo de “acumular a su cabecera una veintena de libros, encuadernados en rojo o en negro, conteniendo la filosofía de Aristóteles; y así como no guardaba, aunque filósofo, sino muy escaso oro en su arca, cuanto podía lograr de sus amigos lo gastaba en volúmenes y en instruirse, y rogaba con mucho empeño por las almas de quienes le daban con qué aprender”.[59] Éste era el estudiante de Chaucer. Pero aun en Oxford, como en Bolonia o Praga, como en Coimbra o en París, abundaban los “escolares que andan nocherniegos”, como decía el Arcipreste de Hita.[60] Cualquiera que fuera su origen social, la vida de estudiante los empujaba hacia los lindes de la mala vida, enredándolos con mujerzuelas y jugadores en el ambiente desenfrenado de las tabernas y las posadas. A veces no pasaban los límites del escándalo, dignificado por la música o la poesía, pero encuadrado en una resuelta vocación de goce que se realizaba en el amor y el vino. Pero muchos traspasaban el límite y se introducían en esa mala vida que describía Villon —escolar él también a su modo— cuyo fin podía ser la horca. Así solía desplazarse el escolar hacia una situación de marginalidad derivada de su libertinaje que podía no corresponder a su origen social.

En un nivel más bajo estaban los que trabajaban como dependientes. En los oficios eran muchos los compañeros y los aprendices, en posición social y económica mucho más baja que los maestros y sometidos además a su férula. Con trabajo unas veces y otras desocupados, no tenían más amparo que la organización gremial, que regulaba sus salarios y ofrecía algunas ayudas. Dependientes de casas de comercio y pequeños burócratas compartían esa situación, en la que se hallaban también cuantos medraban con los pequeños y variados servicios que creaba la vida ciudadana. De estos últimos, algunos lindaban con la vida aventurera de la periferia social de las ciudades; y de ella entraban y salían los que sólo tenían la fuerza de sus brazos para los trabajos más humildes, convertidos en pobres cuando aún ese trabajo faltaba.

Abundaban los pobres en las ciudades. La vida urbana era amable para los ricos pero dura para los miserables. De entre ellos salían las primeras y más numerosas víctimas de las hambrunas y las epidemias, los que merodeaban por los conventos y terminaban en los hospitales y los que constituían la masa que acudía a las fiestas públicas o se embarcaba en los tumultos populares —que otros dirigían— sin saber qué esperaban o qué querían. A veces se integraban en esta masa indefinida los soldados sin bandera, aventureros acostumbrados al uso del puñal, con el que terminaban a veces en asesinos o ladrones. Entonces entraban de lleno en el último estrato de la sociedad urbana.

Decididamente marginales, ladrones y asesinos compartían el mundo de la mala vida con un variado conjunto de personajes, muchos de ellos menos peligrosos e instalados sobre un puente en el que las diversas clases se comunicaban. Cofradías de mendigos —como la que describe Sacchetti—[61] se desplegaban por todas las ciudades, alternando sus miembros los lugares selectos donde mendigaban con los suburbios donde vivían. Pero la limosna abundaba cuando la situación era próspera y faltaba cuando asomaba la escasez. Entonces un mendigo podía tornarse ladrón o bandolero. Pero el mundo de la mala vida era mucho más extenso. Así lo vio François Villon en el París de su tiempo:[62]

Porque, que seas bulero

fullero o jugador de dados,

monedero falso, y que te quemes

como los que se escaldan,

traidores, perjuros y vacíos de fe;

que seas ladrón, que robes o saquees,

¿a dónde va lo obtenido, que tanto cuidas?

Todo a las tabernas y a las mozas del trato.

Recita, búrlate, toca el címbalo y el laúd

como loco, disfrazado y desvergonzado;

bromea, engaña, dispara;

representa, en las ciudades y los pueblos,

farsas, juegos y moralidades;

gana a las cartas, a los juegos de azar, a los bolos.

Pues escuchadme bien:

toda va a las tabernas y a las mozas del trato.

¿Te repugnan esas inmundicias?

Ara, siega campos y prados,

cuida y rasquetea caballos y mulas.

Tendrás lo necesario si te resignas.

Pero si machacas o espadillas el cáñamo,

¿no llevas todo el trabajo que has hecho

a las tabernas y a las mozas del trato?

Calzas, jubones con agujetas,

togas y todas vuestras ropas;

antes de hacer algo peor, llevad

todo a las tabernas y a las mozas del trato.

Tabernas y muchachas constituían polos de atracción no sólo de los marginales sino de muchos miembros de grupos integrados, que de ese modo entraban en contacto con los otros. De prostitutas, Villon recogió el recuerdo tierno y soez a un tiempo que dejaron en su memoria la Belle heaulmière y la Grosse Margot.[63] De tabernas, de borrachos, picaros, jugadores y parásitos, su experiencia fue memorable, tanto acaso como la del Arcipreste de Hita o la de Poggio Bracciolini, expertos en devolver esa experiencia en recuerdos literarios pero llenos de desparpajo y ajenos a toda retórica. Más circunspecto, Chaucer tradujo no tanto una experiencia como una observación, en un pasaje evocador del cinturón marginal del Londres de su tiempo, cuando habló de Perkin Revelour, un aprendiz seducido por la mala vida: “Siempre que había en Chepe alguna fiesta o cabalgata, el aprendiz se escapaba de la tienda y no retornaba en tanto que no había visto todos los festejos y danzado en ellos muy a su sabor. Pertenecía a una banda de muchachos de su condición, que siempre andaban juntos, bailando o cantando, y también se reunían en ciertos lugares para jugar a los dados. No había aprendiz de Londres que supiera tirar los dados mejor que Pedrito. A más, era éste muy amigo de dilapidar dinero en casas secretas; y todo ello redundaba en detrimento de su patrón, que asaz a menudo encontraba su caja vacía. Porque habéis de saber que si un aprendiz es inclinado al juego, la orgía o las mujeres, al amo le toca pagarlo, cargando con los gastos de la música sin tocar en ella; pues, en un aprendiz, diversión y robo son palabras sinónimas. Siempre se ha visto que en la gente de condición humilde el refocilamiento y la honradez son cosas que no pueden existir a la par.”[64]

Sobre el vasto espectro de la sociedad urbana planeaba la autoridad de los linajes patricios. En muchas ciudades gravitaban viejas casas nobles o activos sectores de la nueva nobleza. Pero el patriciado poseía la clave para influir más directamente sobre la nueva sociedad, feudoburguesa en su conjunto, pero marcadamente burguesa y capitalista en muchas ciudades. Por eso el período que transcurre desde la segunda mitad del siglo XIV hasta las primeras décadas del XVI constituye el de mayor esplendor de las burguesías urbanas. Pudieron alguna vez perder el poder político bajo la presión de los oficios; pudieron perderlo progresiva y totalmente como consecuencia del creciente centralismo que inspiró a las monarquías nacionales. Pero el patriciado sobrevivió como élite. social, económica y cultural, y siguió imponiendo poco a poco sus tendencias fundamentales. A imagen del ensayo que realizó en las ciudades, impuso sus concepciones de la sociedad, del estado y de la economía, además de sus propias e incuestionables formas de vida y de mentalidad. Sin duda el patriciado dio pasos decisivos para integrarse en una unidad con la nobleza; pero consiguió que ésta se aburguesara más de lo que el patriciado cedió a la tradición nobiliaria, apenas recibida como una cobertura de sus propias tendencias. La sociedad feudoburguesa duraría varios siglos, pero la creciente presión de los integrantes burgueses modificaría esa ecuación en el sentido impuesto por sus tendencias. Sólo reductos cada vez menos influyentes preservarían la tradición nobiliaria.


Capítulo II. La nueva sociedad y la consolidación de la economía de mercado.

Si la nueva sociedad se había constituido espontánea y desorganizadamente en la euforia del primer esplendor de la economía de mercado, en el período de contracción económica que siguió —desde comienzos del siglo XIV hasta la segunda mitad del XV— se vio sometida a tremendas tensiones a través de las cuales empezó a definir su fisonomía luego de que sus diversos componentes se vieron obligados a ajustarse a las posibilidades reales que se le ofrecían. La nueva sociedad, fundada en un principio de movilidad social, trató de regular ese principio sin negarlo y sin que le fuera posible suprimirlo. En medio de furiosas convulsiones, la nueva sociedad logró, empero, diseñar el cuadro de su estratificación e impuso límites a la movilidad. Clases altas, medias y populares quedaron claramente situadas en ese cuadro, en el que había límites cada vez más definidos, sin que por eso faltaran ciertos márgenes para el ascenso y el descenso de clase.

Cuando comenzó nuevamente la expansión de la economía de mercado, en la segunda mitad del siglo XV, la nueva sociedad estaba bastante estratificada y había sufrido, además, una decisiva trasmutación. Las más altas capas de las burguesías urbanas, convertidas en un patriciado local, comenzaban a sobrepasar los estrechos límites de sus ciudades, y a medida que el mercado crecía, el patriciado extendía su influencia y sus ambiciones económicas y políticas. De la trasmutación del patriciado urbano nacieron las burguesías de las florecientes monarquías territoriales, precisamente cuando, gracias a éstas, comenzaban a constituirse mercados fluidos en el vasto ámbito de su jurisdicción. Pero ni siquiera los mercados territoriales fueron suficientes para la capacidad expansiva de las nuevas burguesías, que era la capacidad expansiva de la economía de mercado. Entonces comenzó, dentro de la expansión, la gran expansión oceánica de la que surgirían los imperios coloniales. Una nueva mutación se operaría a partir de entonces, precisamente cuando los imperios coloniales se constituyeron, cuando estalló la crisis religiosa, cuando morían Leonardo, Maquiavelo, Durero, Erasmo.

I. El desarrollo de la economía urbana

En el cuadro de la economía de mercado, la economía urbana desempeñó un papel primordial. Las ciudades fueron los núcleos de la red que iba abrazando una superficie cada vez mayor y en ellas se centralizaban las diversas y complejas operaciones del tráfico de mercancías y de dinero. Todo lo que ocurría en los diversos tramos de los distintos circuitos económicos repercutía sobre las economías urbanas, pero de la misma manera, y acaso de modo más agudo, todo lo que ocurría en las economías urbanas incidía sobre todos los tramos de los circuitos económicos que se relacionaban con ellas. Las ciudades fueron los escenarios visibles en los que desplegó sus posibilidades la economía de mercado, cuyo nombre mismo arrancaba de la experiencia primigenia de un mercado concreto, situado en la plazuela de una ciudad, en la que se confrontaban compradores y vendedores a través de un trato del que resultaba el establecimiento de un precio.

A partir de las primeras décadas del siglo XIV las economías urbanas acusaron los primeros signos de un proceso de contracción. Como siempre, los factores que contribuyeron a desencadenarlo no eran exclusivamente situaciones o hechos económicos. Sin duda lo más importante fue que el proceso previo de expansión —entre el siglo XI y el XIII— había llegado a cierto límite infranqueable, establecido por una indefinida relación entre la producción, la distribución y el consumo, fases cuyas relaciones recíprocas y cuya mecánica eran prácticamente ignoradas y, en consecuencia, incontrolables. Grupos sociales que buscaron su emancipación y su ascenso en las actividades mercantiles o artesanales desencadenaron la oferta llevados por el móvil del lucro, y encontraron un mercado consumidor de una dimensión imposible de estimar ni siquiera aproximadamente. A partir de ese momento, la producción, la distribución y el consumo jugaron locamente sin que nadie advirtiera que sus relaciones se autorregulaban de alguna manera, sin perjuicio de que se intentara regularlos coactivamente. Fue la experiencia la que puso de manifiesto que esas relaciones existían y que sus términos empezaban a entrar en conflicto. Hubo crisis de producción, de distribución y de consumo porque los grupos adscriptos a cada sector procedieron libremente de una cierta manera hasta que sus conveniencias o sus posibilidades les aconsejaron un comportamiento diferente. El dislocamiento del sistema era inevitable, y fue el final necesario de la primera experiencia espontánea y libre de un nuevo tipo de relaciones económicas.

La contracción que se advirtió a partir de principios del siglo XIV fue, pues, un nuevo avatar —el segundo— del proceso de organización de la economía de mercado. Pero no fue solamente la propia mecánica del proceso económico lo que contribuyó a desencadenarla. Por distintas razones adoptaron los grupos adscriptos a cada sector del proceso económico las nuevas y diversas formas de comportamiento. Y todas esas motivaciones contribuyeron a provocar esa contracción, que alteró la fisonomía de la nueva sociedad.

Una razón fundamental fue el debilitamiento de la onda de crecimiento demográfico que había tonificado el proceso de cambio social y económico desde el siglo XI. El aumento de población, ininterrumpido hasta fines del siglo XIII, cesó por entonces, y las ciudades, que habían tenido que ensanchar el perímetro de sus murallas, en ciertos casos varias veces, quedaron fijadas en sus límites físicos en tanto que su población se estancó o comenzó a decrecer. Poco después el proceso se acentuó, acelerado por la ola de epidemias que empezó a asolar toda Europa. La disentería castigó a vastas regiones desde 1315, y al año siguiente murieron de ella 3000 personas en Brujas y 2000 en Ypres. Otras enfermedades contagiosas —la tuberculosis y la viruela, especialmente— recrudecieron a causa de las pésimas condiciones higiénicas que sufrían las poblaciones urbanas, cuyo crecimiento saturaba las ciudades y sobrepasaba largamente los escasos recursos sanitarios de que estaban provistas. Pero fue la llamada “peste negra” la que tuvo mayor incidencia sobre el desarrollo demográfico. Entre 1348 y 1351 la epidemia, proveniente de Asia, se extendió por toda Europa y cobró un número tan crecido de vidas que adquirió los caracteres de una verdadera catástrofe. En cada lugar se la vivió como un desastre local y provocó agudas crisis psicosociales, de las que son testimonios las histéricas peregrinaciones de los flagelantes o las variadas versiones de la Danza macabra.[65] Pero el fenómeno no era local ni concluyó al atemperarse la intensidad de la epidemia. Diezmadas las familias, disminuyó el índice de natalidad. El hambre y las enfermedades crecieron en el seno de una sociedad sacudida violentamente por los estragos iniciales de la peste y por sus variadas secuelas de todo orden. Se dislocó especialmente la vida urbana —puesto que fue en las ciudades donde el flagelo se manifestó con más violencia—, y la desorganización de los mecanismos económicos se propagó a todo lo largo de los circuitos de distribución que las ciudades controlaban: hubo escasez de toda clase de productos, pero sobre todo de productos alimenticios que, a lo largo del proceso de urbanización, dependieron cada vez más del sistema de distribución organizado por el comercio urbano. Combinados todos los factores, la crisis demográfica adquirió tal magnitud que se hizo visible la despoblación de los campos y el empequeñecimiento de las ciudades. Entre 1340 y 1450, se estima que la población de Italia pasó de diez millones a siete millones y medio; la de la Península Ibérica, de nueve a siete; la de Francia y los Países Bajos, de diecinueve a doce; la de las Islas Británicas, de cinco a tres; la de Alemania y Escandinavia, de once y medio a siete y medio; la de Rusia y Europa central, de trece a nueve y medio; la de Grecia y los Balcanes, de seis a cuatro y medio..[66] La crisis de mano de obra acompañó a la crisis del consumo, y ambas a la desarticulación general del sistema mercantil que distribuía la producción: era inevitable la contracción económica.

No contribuyeron menos a que se agudizara la contracción ciertos factores sociales y políticos. La crisis engendró enconados enfrentamientos sociales, tanto urbanos como rurales, que multiplicaron los efectos de la contracción. Un clima general de inseguridad predominó por todas partes, destruyendo las condiciones indispensables para que prosperara o al menos para que se mantuviera el sistema de relaciones económicas que se habían establecido en los últimos años. Guerras internacionales en cuya entraña estaba la misma crisis, contribuyeron a profundizarla exacerbando sus perfiles y suscitando situaciones inéditas e irreversibles que modificarían el cuadro general de las relaciones económicas, sociales y políticas. Hubo, al promediar el siglo XIV, una crisis total del naciente orden feudoburgués, de la que nacería un reajuste de la nueva economía y de la nueva sociedad. Un vago sentimiento apocalíptico predominó en muchos espíritus, como si la transformación estructural que se había producido en Europa hubiera entrado en un colapso definitivo.

Pero esa transformación estructural, que al comenzar la contracción arrastraba ya un proceso de tres siglos, resistió a todas las dificultades. En el cuadro de empobrecimiento general, no todos los sectores sociales lo sufrieron de la misma manera. Por el contrario, la contracción que castigó tan duramente a los sectores medios y populares y detuvo en ellos el fluido juego de la movilidad social, favoreció la concentración de la riqueza en manos de los sectores altos. Quienes poseían un capital y supieron utilizarlo hábilmente en las irregulares condiciones que se suscitaron, aprovecharon las oportunidades que le ofrecían las convulsiones sociales y políticas, las guerras y, sobre todo, el hambre y la escasez. Si los jefes de bandas armadas se enriquecían con el saqueo, los proveedores de los ejércitos y los allegados al poder, ocasional o estable, se beneficiaron con innumerables negocios ilícitos. Medraron los especuladores que se interpusieron en lo que antes era un juego más o menos ordenado y libre de los bienes de consumo, y los prestamistas más o menos usurarios que acudieron al llamado de los que se precipitaban en la ruina. En general, los que cumplían funciones de intermediación comercial y financiera acusaron el golpe de la crisis. Pero los que lograron salvarse por el azar o por la hábil utilización de recursos ilícitos vieron acrecentar su lucro y aprovecharon las desgracias ajenas. Hubo, pues, por esos mecanismos anormales, una concentración de capitales que contribuyó a acelerar el proceso de estratificación social: así se ensanchó el foso que separaba a los pobres y a los que se empobrecían de los ricos y los que se enriquecían.

Frente a la reducción y al dislocamiento general del consumo, las economías urbanas aprovecharon el incremento de consumo de las clases altas, renovadas por la inclusión de quienes se enriquecían a favor de la crisis. La concentración de la riqueza dio a ese patriciado que crecía y se cerraba al mismo tiempo un sólido poder de compra que no sólo alcanzó a los productos corrientes, sino que estimuló el mercado de artículos suntuarios de diversos grados: lo prueba la larga lista de artículos que se puede ver en el tratado de Pegolotti y en especial la que se complace en hacer de las especias que podían adquirirse;[67] la carne se transformó en un producto intensamente solicitado, así como las especias, los vinos y todo lo que podía transformar una mesa en un alarde de poder y riqueza. Indirectamente, la producción rural acusó en alguna medida la influencia de esta singular demanda, que se sumaba a la de los productos tradicionales. Y la producción artesanal debió responder a las exigencias de ese nuevo boato requerido por quienes querían afirmar su ascendente o su consolidada condición social. Pero no fue sólo el patriciado y su contorno de nuevos ricos aventureros el que sostuvo las economías urbanas. En las clases medias no faltaron vastos sectores que, en diversa medida, conservaron o acrecentaron su poder de compra. Buenos burgueses protegidos por sus ahorros y por su tendencia a evitar los gastos superfluos —como lo aconsejaba Alberti—[68] mantenían un ritmo regular de consumo que satisfacía su deseo de bienestar y sus preocupaciones por el decoro. Una mesa honesta y una vajilla pulcra exigía una respuesta del mercado que resonaba en el mismo ámbito en el que ellos ejercían una provechosa intermediación. Sólo las pequeñas clases medias y los sectores populares fueron, al fin, los que cargaron con el peso de la contracción y los que alguna vez descargaron su angustia en exasperadas e inútiles irrupciones de cólera sin definidos objetivos políticos.

La contracción no afectó, pues, al patriciado, aunque alguno de sus miembros sufriera personalmente la crisis. Rico, poderoso, dueño del mercado y firme consumidor, el patriciado y, en general, los mercaderes, prestaron a las ciudades ese aire de esplendor que se complacían en describir los viajeros. Philippe de Commynes escribía a fines del siglo xv que Brujas era un “gran depósito de mercancías y gran punto de reunión de naciones extranjeras; y de hecho se despachan de allí más mercancías que en ninguna otra ciudad de Europa, y sería un perjuicio irreparable que fuera destruida”.[69] Por eso se había dirigido hacia ella —varios decenios antes, en el momento de su máximo esplendor— don Pero Niño cuando llegó al mando de la armada castellana al puerto de L’Écluse: “De allí fue el capitán a la ciudad de Brujas, que está de allí seis leguas. Allí estaban muchos mercaderes de Castilla, que le hacían muchas honras y servicios. Compró allí el capitán paños y armas, joyas, y volvióse a la Esclusa.”5 La misma o parecida impresión causaban Venecia, Génova o Florencia; Barcelona, Burdeos o Tolosa; Lisboa, Londres o Lübeck; Colonia, Munich o Nuremberg. No faltaban en ellas vastos sectores desposeídos ni clases medias de reducidos recursos. Pero daban el tono a la ciudad los grupos florecientes que habían consolidado su riqueza y la ostentaban no sólo en la vida privada sino también en la vida pública, eligiendo ricos edificios para las corporaciones, suntuosas residencias particulares e imponentes iglesias. Y aunque alguna vez tuvo que soportar el patriciado la rebelión de los oficios y a veces de la plebe, se sobrepuso a las dificultades y recuperó al cabo del tiempo su papel hegemónico. Del esplendor de Florencia al finalizar la primera mitad del siglo XIV dio un cuadro brillante y documentado Giovanni Villani.[70]

No gozaron los mercaderes de mucho prestigio a los ojos de ciertos testigos de sus operaciones, sobre todo cuando los testigos arrastraban algunos prejuicios tradicionales. Un gran señor castellano, Pero López de Ayala, los criticó duramente; pero, al hacerlo, dejó una vivaz descripción de la economía de mercado tal como la veía funcionar en la segunda mitad del siglo XIV.[71]

¿Pues qué de los mercaderes aquí podrán decir?

Si tienen tal oficio para poder engañar,

Jurar o perjurar, en todo siempre mentir,

Olvidan Dios y alma, nunca cuidan de morir.

En sus mercaderías tienen mucha confusión,

A mentira y a engaño y a mala confesión,

Dios les quiera valer o tengan su perdón,

Que cuanto ellos no dejan dan cuenta por bordón.

Una vez pedirán cincuenta doblas por un paño,

Si vieren que estáis duro o entendéis vuestro daño,

Dice: por treinta os lo doy; mas nunca él cumpla el año

Si no le costó cuarenta ayer de un hombre extraño.

Dice: yo tengo escarlatas de Brujas y de Malinas,

Veinte años ha que nunca fueron en esta tierra tan finas;

Dice: tomadlas vos, señor, antes que unas mis sobrinas

Las lleven de mi casa, que son por ellas caninas;

Si vos tenéis dineros, si no tomar he plata,

Que en mi tienda hallaréis todo buen cambio.

El cuitado que lo cree y una vez con él se ata

A través yace caído si adelante no mira.

No se tienen por contentos por una vez doblar

Su dinero, más tres tantos lo quieren aumentar.

Dice: somos en peligros por la tierra o por mar,

Que nos hace ahora el rey otros diezmos pagar.

Nunca verdad confiesan, así los han acostumbrado,

Siempre parece pequeño el pecado que es usado;

Mas de otra guisa lo juzga aquel juez granado

Que en las intenciones no le es cosa ocultada.

Juran a Dios falsamente, esto cada día,

Mal lo pasan allí los Santos y Santa María,

con todos los diablos tienen hecha cofradía

Tanto que en el mundo triplican la cuantía.

Las varas y las medidas, Dios sabe cuáles serán,

Una mostrarán luenga y con otra medirán.

Todo es mercadería, no entienden que en esto han

Ellos pecado ninguno, pues que siempre así lo dan.

Si son cosas que a peso ellos hayan de vender,

Que pesen más sus cosas sus artes van a hacer.

En otros pesos sus almas lo habrán de padecer

Si Dios por la su gracia no los quiere defender.

En la vieja ley prohibe esto Nuestro Señor,

Nunca tendrás dos pesos, uno pequeño y otro mayor.

Si de otra guisa lo haces, yo seré corregidor

con saña muy grande tomaré por tal error.

Si quisieres haber plazo el precio les doblarás:

Lo que da un por cincuenta, ciento les pagarás.

De esto luego buen recaudo con ellos obligarás,

si el día pasare intereses les otorgarás.

Aun hacen otro engaño al cuitado comprador

Muéstranle de una cosa y danle otra peor;

dicen en la primera: de esto os mostré, señor,

Si no él nunca vaya a velar a Rocamador.

Hacen oscuras sus tiendas y poca lumbre les dan,

Por Brujas muestran y por Malinas, Ruan;

los paños violetas, bermejos parecerán;

al contar los dineros las ventanas abrirán.

Según que en el Evangelio de Nuestro Señor parece

El que quiere hacer mal siempre la luz aborrece;

pues que en tinieblas anda, verlas siempre merece

con el caudillo de ellas el tal pecador perece.

Por males de nuestros pecados la codicia es ya tanta

Que de hacer tales obras ninguno no se espanta,

Ni saben do mora Dios, ni aun santo ni santa.

Más bien paga el escote quien en tales bodas canta.

Asaz veo de peligros en todos nuestros estados,

De cualquier guisa que sean aun son ocasionados,

Prestos a mal hacer o del bien muy arredrados

En que pecan los muy simples y perecen los letrados.

De otro origen, un prejuicio semejante movía a Erasmo, más de un siglo después, a vilipendiar a los mercaderes con palabras mordaces: “La más loca y despreciable de todas las clases humanas, escribía,[72] es la de los mercaderes. Ocupados sin cesar en el vil amor del lucro, emplean para satisfacerlo los medios más infames. La mentira, el perjurio, el robo, el fraude, la impostura llenan su vida entera; a pesar de eso creen que su oro debe hacerlos pasar por los primeros de todos los hombres; y hay bastantes monjecillos aduladores que no se sonrojan de darles en público los títulos más honorables para atrapar siquiera una pequeña parte de un bien tan mal adquirido.”

Pero no era esa la opinión de la generalidad de la sociedad urbana. Vicios y virtudes, tanto los grandes como los medianos y pequeños mercaderes los compartían con el resto de la nueva sociedad urbana. Todos tenían un nuevo código de comportamiento cuyas prescripciones se fundaban en la reconocida validez y en la legitimidad del lucro, para cuya consecución los preceptos de la vieja moral habían perdido vigencia. La tortuosa habilidad de los mercaderes se correspondía con la fina astucia del intermediario y con las malas mañas del truhán. Pero en esa desaprensiva carrera tras el lucro que permitió y estimuló la originaria expansión del mercado, la posterior contracción económica forzó la tendencia a regularlo por medio del poder político o de las mismas fuerzas económicas organizadas corporativamente.

Sin duda el mercado urbano había descubierto los mecanismos elementales de la oferta y la demanda, esto es, la regulación automática de los precios por el acuerdo negociado de compradores y vendedores. Y es cierto también que, desde el principio, el poder político había tratado de interferir el libre juego de aquéllos tratando de sacar alguna ventaja del tráfico comercial que se realizaba dentro de su jurisdicción. Pero la contracción económica intensificó esta última tendencia, fuera por la dislocación que se manifestaba en el mercado a causa de su juego incontrolado luego de varios siglos de funcionamiento espontáneo, fuera por la vigorosa presión de una crisis que se manifestaba a través de la escasez, la desocupación y el hambre. La respuesta de las corporaciones y del poder político fue un intento de someter el mercado a regulaciones coercitivas. Y en innumerables ciudades, un vasto conjunto de medidas —de emergencia unas, pretendidamente estables otras— comenzaron a establecerse para resolver no sólo los problemas económicos sino también los problemas sociales que la contracción y el dislocamiento del mercado traían consigo.

En un ambicioso plan, se pretendió regular las modalidades de la producción; no tanto en relación con la producción rural como en cuanto a la producción artesanal. Sólo ciertas materias primas —cierta lana, por ejemplo— podía ser elaborada por los tejedores. Sólo los productos artesanales que cumplían ciertos requisitos podían ser lanzados a la venta, bajo la responsabilidad de los organismos corporativos unas veces y del poder público otras. Vinos de Burdeos, pasteles tolosanos, vajillas de Dinant, sedas de Nápoles y de Lyon luego, tejidos de lana de Flandes y más tarde de Inglaterra, fueron, entre otros, productos que merecieron la cuidadosa atención tanto de las corporaciones como del poder público para asegurar el control de calidad, en defensa tanto del mercado interno como del externo. Y si el mercader engañaba a su cliente ofreciendo una cosa por otra, era ésa una modalidad de la compraventa que sólo podía hacerse, precisamente, porque cuando se hablaba de armas de Milán o de tejidos de Ypres se atraía maliciosamente la atención del comprador, predisponiéndolo a aceptar lo que se ofrecía con esa garantía.

Muchas ciudades procuraron regular también la compraventa. En algunos casos otorgaron el monopolio a algunas corporaciones y otras lo combatieron, según las circunstancias y los intereses en juego. Mantuvieron su jurisdicción sobre la habilitación de ferias y mercados y se preocuparon de la exactitud de pesas y medidas. En rigor, ningún paso de la actividad mercantil quedó sin control a través de disposiciones diversas y reiteradas que atribuían, unas veces a las corporaciones y otras veces al poder público, una función de policía sobre todo lo que fuera industria y comercio, pero muy especialmente sobre los productos alimenticios, entre los que el pan y la carne merecieron especial atención. La función de policía significaba la inspección de depósitos para comprobar si se acaparaban los productos, la vigilancia de la calidad y, sobre todo, el control de precios. La generalizada contracción económica pero, sobre todo, los fenómenos locales y circunscriptos de escasez en determinado momento originaron tremendos aumentos de precios que obedecían no sólo a causas justificadas sino, mucho más, a la desenfrenada especulación. No es extraño que, al promediar el siglo XIV, Matteo Villani, burgués florentino, se ocupara de la carestía de los productos alimenticios, o que lo hiciera el clérigo que escribió el Journal d’un bourgeois de París, refiriéndose a los primeros años del siglo xv; pero es significativo que una crónica señorial como la del r