El fin de una etapa. 1954

A pocas horas de vencido el plazo que se había impuesto a sí mismo el primer ministro francés, Sr. Mendès-France, para concluir una tregua en Indochina, las partes interesadas han llegado a un acuerdo que supone la cesación del fuego y la paulatina solución de los problemas políticos que se debaten allí entre comunistas y no comunistas. La noticia ha sido recibida con satisfacción en Francia, donde la paz —o por lo menos la tregua— era una aspiración general, y sin duda con una sensación de alivio en toda Europa. Para el Sr. Mendès-France ha sido un triunfo diplomático y, más aun, un triunfo político anotado en la cuenta del viejo Partido Radical Socialista sobre el Partido Republicano Popular, que había dirigido prácticamente las relaciones exteriores de Francia desde el fin de la guerra. Otras han sido, sin duda, las reacciones en Washington, Pekín y Moscú. Ciertamente, a nadie se le oculta que las operaciones militares en Indochina eran no sólo el resultado de un indudable conflicto nacional por la hegemonía, sino también la consecuencia del complejo juego en que están empeñados los dos grandes bloques internacionales en Asia. En consecuencia, la solución hallada no puede considerarse sino el fin de una etapa que abre nuevos interrogantes acerca de la posición que ha de adoptar cada una de las partes en conflicto. El problema general sigue siendo si es o no exacta la tesis de que hay un designio comunista de conquistar el Asia, o si es, por el contrario, exacta la tesis opuesta de que hay sólo movimientos nacionalistas surgidos en países que arrastraban una situación colonial.

Indudablemente, la negociación ha demostrado que el problema local de Indochina —como antes el de Corea— no es de resorte exclusivo de las partes directamente interesadas. No han sido el Vietmin y Francia los únicos que han discutido el asunto, ni sus propios puntos de vista los únicos que se han sometido a debate. Tras de cada uno de los beligerantes está el grupo de sus aliados, de sus inspiradores o protectores. De la confrontación de los encontrados puntos de vista de ambos bloques y de los intereses de las facciones locales ha resultado un pacto provisional cuyo análisis, aunque acaso prematuro, es sin duda instructivo.

Tres puntos fundamentales comprende el acuerdo alcanzado: la división territorial del Vietnam, la organización de elecciones generales antes de dos años y, finalmente, la neutralización Laos y Camboya. Los dos primeras puntos conciernen a una región en la que el Vietmin ha demostrado su superioridad militar, posée ciertos innegables antecedentes políticos derivados de la época de la lucha contra el Japón y está en situación ventajosa para la conquista del delta del río Rojo y las ciudades de Hanoi y Haiphong. Dadas las condiciones del gobierno vietnamés del emperador Bao Dai y el estado de la opinión pública francesa, resulta evidente que lo que ha contenido la expansión del Vietmin no ha sido la posibilidad de resistencia local, sino la consideración del riesgo internacional que entrañaba forzar las operaciones. Reduciéndose, pues, a una acción que no despertara demasiada irritación, el Vietmin ha logrado ingentes resultados, pues adquiere el control de una de las más ricas regiones arroceras y metalíferas y de las dos más importantes ciudades de la zona. Estos resultados no pueden satisfacer a Francia sino en la pequeña medida en que le urge la finalización de la guerra; pero es innegable que supone prácticamente el principio del fin de su dominación en Indochina y acaso aun el de su influencia económica. Y en cuanto al Vietnam, como ya lo observó el ex candidato demócrata a la presidencia de los Estados Unidos, Sr. Stevenson, es difícil que —llegado el momento de las elecciones— pueda el gobierno de Bao Dai oponer su escaso ascendiente a la ilusión comunista.

El tercer punto del acuerdo revela una importante concesión del bloque oriental, anunciada ya por el Sr. Chou En-lai: la calificación de invasores para los grupos comunistas que actuaban en Laos y Camboya, respecto a los cuales se dispone que abandonen el territorio; de este modo se reconoce la legalidad e intangibilidad de los gobiernos legales de ambos países.

El más significativo de los puntos, que concierne por igual a los tres Estados asociados de la Unión Francesa, es el compromiso contraído por las partes de no incitarlos en ningún pacto defensivo de uno u otro grupo, con lo cual queda automáticamente descartado el viejo plan del Sr. Dulles.

Es significativo que los Estados Unidos se hayan mantenido al margen de esta negociación, aun cuando han declarado, por medio de su secretario de Estado, que «nada harán para dificultar cualquier arreglo razonable en el que participe Francia». Aunque no cabe hablar de derrota diplomática, es indudable que la gestión del armisticio no ha contado con la simpatía el gobierno de Washington, para quien la tesis realista sostenida por el Sr. Churchill resulta excesivamente arriesgada. Pero no pudiendo intervenir decisivamente en el conflicto bélico, era evidente que los Estados Unidos no podrían evitar que Francia buscara una tregua que es, en cierto modo, el primer paso para salir airosamente de una situación insostenible.

Empero, corresponde a los Estados unidos mantener su actitud de expectativa, porque si tenían escasas posibilidades de impedir que se formalizara la tregua, tienen las mayores responsabilidades en el problema del futuro de Asia. Puede preverse que el resultado final de la situación que acaba de plantearse será el retiro de Francia de Indochina, el mantenimiento de la independencia de Laos y Camboya bajo la protección del bloque occidental y el triunfo comunista en el Vietnam. De darse esta situación, se agudizará la oposición entre las dos tesis que se sostienen con respecto a Asia: la de la persistencia del expansionismo comunista y la de la posibilidad de una coexistencia pacifica.

Mas parecería que, a partir da la situación ahora creada, se aclarara en alguna medida el problema. Si Francia desaparece de Indochina y concluye allí el régimen colonial, los planteos de los grupos comunistas de Laos y Camboya deberán modificarse, como ya se han modificado en India, Birmania, Pakistán y otras nuevas naciones de Asia. Una sólida protección de esos Estados, sin presión colonial, eliminaría no sólo el pretexto de la acción comunista, sino también la causa indudable del éxito de su propaganda. Aceptar esta situación y —sin perjuicio de organizar una defensa apropiada— encararla procediendo con sabia cautela, sería una política adecuada a las circunstacias.