El gran teatro del mundo. c. 1952

Prólogo

por María Luz Romero

José Luis Romero escribió los textos que forman este libro en una de las muchas circunstancias difíciles que atravesó. Cesante en todas sus cátedras, fue nombrado en 1949 profesor de la Universidad de la República, en Montevideo. Hasta allí viajaba cada semana en el «vapor de la carrera», y pasaba tres días de intenso trabajo docente y conversación interminable con un destacado grupo de discípulos.

Por intermedio de uno de ellos, Juan Antonio Oddone (hoy profesor emérito de la Universidad de la República), tomó contacto con la emisora estatal SODRE. Pronto agregó a sus actividades académicas la de escriba radiofónico, como se autodefinió en una carta al director del ciclo que se llamó El gran teatro del mundo.

Sus guiones, ilustrados con música de época elegida por el compositor Juan José Castro, fueron teatralizados por alumnos de la Comedia Nacional del Uruguay. Lamentablemente no se conservan las grabaciones.

De amor y de guerra, de aventuras, de pensamiento y de acción, estas historias son rigurosamente históricas. Enfocan un momento clave en la vida de un hombre o de un pueblo, uno de esos momentos en que se juega su destino. Goethe, Beethoven, Napoleón, Víctor Hugo, Dostoievski, Clemenceau, reviven bajo esta luz que ilumina sus dilemas, sus elecciones, sus sentimientos, sus ideas.

Dramáticas o ligeras, siempre profundas, plasmadas con mirada comprensiva y algo irónica, en ellas el autor transmite su interpretación del pasado, su reflexión filosófica y su sentido de la vida.

Estos textos (de los que aquí se ofrece una selección) no fueron escritos para ser publicados, pero me parecieron valiosos como para intentar darles una nueva vida. Fue necesaria una tarea de rescate y reconstrucción. Marta Donnenfeld, a quien me une un afecto entrañable, trabajó a mi lado con enorme solvencia y minuciosa dedicación para llevarlo a cabo.

José Luis Romero solía leer poemas en voz alta. Uno de los que prefería era el de Jorge Manrique, Coplas a la muerte de su padre.

Yo dedico este libro a la vida de mi padre.

María Luz Romero
marzo de 2012




[Felipe II vivía hostigado por un peligroso vasallo, Ricardo Corazón de León, dueño de vastos dominios en Francia además de rey de Inglaterra. Pero cuando murió Ricardo subió al trono su hermano Juan sin Tierra, a quien Felipe consiguió arrebatar la Normandía y otras tierras en el oeste de Francia.]


1199.
Reyes en los castillos y los tablados


Cortina: Música instrumental del siglo XIII.

Luego, pequeño murmullo.

Juan: ¿Querrá arrastrarnos contra nuestra voluntad? El Rey no se da por vencido, y si ha interrumpido el consejo será para mascullar nuevos argumentos.

Pedro: Yo no lo veo mascullar más que su varita de avellano…

Juan: Es que está inquieto y preocupado. Se ha ido a la última ventana de la sala para poder reconcentrarse. Me gustaría saber qué maquina…

Pedro: También a mí… Regalo un caballo enjaezado a quien me descubra en qué piensa el Rey.

Antonio: ¿Repetiréis lo que habéis dicho, Conde?

Pedro: Lo repito, señor Condestable…

Antonio: Pues aguardad un instante… ¡quiero un caballo!

El micrófono sigue los pasos de Antonio que va hacia el extremo de la sala.

Antonio: Señor… ¿Os interrumpo?

Rey: Apenas ya… Pensaba… (Se interrumpe.)

Antonio: Oh, señor… ¿No querríais que vuestro Condestable ganara un caballo?

Rey: ¿Cómo? ¿Qué queréis decir?

Antonio: Continuad, señor, y decid qué pensabais. Me va en ello un caballo.

Rey: ¿Pero qué queréis decir con eso del caballo?

Antonio: Señor, está en pie el ofrecimiento de un caballo para quien revele a vuestros barones lo que cavilabais junto a la ventana.

Rey: Lo sabrán, Condestable…

Empiezan a andar lentamente.

Rey: ¿Sabéis qué pensaba, señores? Me preguntaba si Dios me acordaría a mí o a algún otro rey de Francia la gracia de volver a llevar al reino al estado de grandeza a que lo condujo Carlomagno.

Murmullos de aprobación.

Pedro: (En primer plano.) ¡Sucumba quien se oponga a los designios de Príncipe tan magnánimo!

Rey: Me complace. Señores y barones, volvamos a consejo.

Cortina: Música instrumental del siglo XIII.

Relator: Felipe II de Francia, Felipe Augusto, trabajaba con energía por la ordenación del reino. Barones atraídos por Ricardo, rey de Inglaterra, trataban de ponerlo en jaque, y Felipe Augusto acudía a todas partes con coraje y resolución. Flandes, Artois y Picardía podían tornarse peligrosos. Y el Rey combatía sin descanso, mientras administraba lo mejor que podía sus Estados y procuraba embellecer París con iglesias y mercados. La obra de Notre-Dame avanzaba y en ella componía el Maestro Leoninus sus melodías sagradas.

Cortina musical: Leoninus, Deum time, perdiéndose. Luego, galope.

Relator: Pero el Rey se dirige a Compiègne. Hay grandes novedades… ¡Compiègne!

Cortina: Música instrumental del siglo XIII. Luego, murmullo.

Juan: ¿Veis algo?

Pedro: Aún no…

Juan: No puede tardar. Buen rato hace ya que llegó el mensajero.

Pedro: Mirad… Hay polvo en el camino… (Pausa.) ¿Veis…? ¡Ya están aquí! ¡Avisad al Rey, su prometida llega!

Juan: ¡Aguardad! El Rey está recibiendo el juramento del Conde de Flandes y no podéis entrar en la torre del homenaje a la carrera. Id y decidle al Condestable para que le comunique la nueva discretamente.

Voz A: Bien, señor.

Pausa.

Pedro: Ya se acercan. ¿Quién la recibirá en el patio del castillo?

Juan: Silencio. El Rey llega.

Pasos.

Juan: ¡Señor! ¡Ya están aquí!

Pausa. Pasos, leves murmullos.

Inés: ¡Señor!

Cortina: Música instrumental del siglo XIII.

Relator: Inés de Méran fue la tercera esposa de Felipe Augusto. Su vida matrimonial había sido tormentosa y desgraciada, y en este instante es casi trágica. Por misteriosas circunstancias ha repudiado a su segunda esposa, Ingeborg, la noche misma de la boda, y el Papa no ha autorizado el divorcio. Felipe está obstinado y el Papa, aunque temeroso, no se atreve a conceder lo que el poderoso rey le pide. Mas ahora el rey está verdaderamente enamorado de Inés de Méran, que ha llegado a él desde las lejanas tierras del Tirol. Allá, en el palacio de su padre, ha escuchado la voz del Minnesinger que cantaba de amor.

Cortina musical: Walter von der Vogelweide, Canción de las Cruzadas, y sobre el final:

Relator: Y en Francia ha encontrado el amor, el amor real, el verdadero amor de un rey.

Cortina musical breve: Walter von der Vogelweide, Canción de las Cruzadas.

Relator: Pero el amor de un rey está siempre amenazado. El más poderoso vasallo del rey Felipe Augusto es el propio rey de Inglaterra, el rey de corazón de león, el bravo Ricardo Plantagenet, que ha heredado en Francia vastos dominios. Uno y otro pretenden la victoria definitiva, la corona de los dos reinos. Y Felipe de Francia desciende del alto cielo a que lo ha conducido el amor de Inés de Méran para combatir con su regio vasallo.

Cortina musical: Ricardo Corazón de León, Ya nos han pedido. En primer plano: galopes, ruido de espadas, gritos.

Relator: Comienza el año 1198. La guerra es dura y el rey cabalga por las tierras del norte. En el castillo de Compiègne lo aguarda Inés de Méran, inquieta por la suerte del rey, inquieta por su propia suerte, pues se cierne sobre su cabeza la amenaza de una separación. La Iglesia ha cuestionado su matrimonio, y los derechos de Ingeborg se mantienen. Sólo la energía del rey y las vacilaciones del Papa protegen el matrimonio de Inés de Méran y el rey Felipe.

Cortina: Música instrumental del siglo XIII.

Relator: Pero al comenzar el año 1198 el viejo Papa muere, y el cónclave de Cardenales se apresta a elegir sucesor.

Murmullo intenso.

Voces (De repente): ¡Humo…! ¡Humo…!

Se hace un silencio.

Voz A: ¡Papa habemus!

Murmullo fuerte, perdiéndose.

Relator: Lotario de Segni ascendió al pontificado con el nombre de Inocencio III. Su férrea voluntad y su altísima idea del poder papal transformaba de raíz la situación del rey de Francia. Muy pronto hubo de consentir en una tregua con Ricardo Corazón de León. Y poco después comenzó a hacer sentir su amenazadora influencia.

Cortina: Música instrumental del siglo XIII.

Rey: Carta del Papa… Escuchad:

Continúa, hijo mío, la vida piadosa de tu padre, que no ha tomado por la fuerza resoluciones prematuras ni ha violado los designios del jefe de la Iglesia. Cuando considero lo poco que yo soy, y me veo empero elevado al nivel de príncipes y reyes, y aun por encima de ellos…

[Se interrumpe y repite con rabia.] …y aun por encima de ellos…, confieso que debo un particular reconocimiento a ti y a tu reino en el que he pasado, en el estudio de las letras, los años de mi juventud.

Pero mientras más sincero sea nuestro afecto por tu majestad, más vigorosamente elevaremos sobre ti el brazo de nuestra autoridad espiritual. Todos los honores son iguales ante Dios, y la mezquina y efímera potencia lucharía en vano contra la omnipotencia de la Divina Majestad. Haz, pues, mi muy amado hijo, de la necesidad virtud.

          [Pausa larga.] ¡Inocencio Papa… Inocencio Papa…! Descansa, Inés… ¿Qué es lo que te atormenta?

Inés: Todo lo que sé, me atormenta. Y todo lo que veo. El cielo me atormenta… y ese mar… y mi cuerpo… y mi vida…

Rey: ¿Qué es lo que te atormenta, Inés…?

Inés: Amor… Amor…

Cortina: Música instrumental del siglo XIII.

Relator: Reyes y papas en el escenario de la vida. Reyes que combatían entre sí, y que no hacía mucho habían combatido juntos contra el infiel en la cruzada. Reyes de carne y hueso que sufrían por la gloria, el poder y el amor. Reyes en el escenario de la vida…

Cortina: Música instrumental del siglo XIII.

Relator: Y reyes en el tablado de la farsa. Arras, 1199. La rica ciudad del Artois brilla entre todas por el entusiasmo que revelan sus poderosos burgueses por el teatro. Hay allí una curiosa corporación llamada «Cofradía de juglares y burgueses» que organiza espectáculos en los pórticos de las iglesias y en las plazas. Uno de sus miembros se llama Jean Bodel y ha compuesto en homenaje al santo predilecto una pieza titulada El juego de San Nicolás. Ahora comienza a representarse. Ved. El tablado está dividido en secciones, cada una de las cuales representa uno de los escenarios que requiere la obra. Este es el palacio del rey sarraceno, que se reconoce por la estatua de Tervagán —el ídolo—, aquél, la plaza pública, aquel otro una taberna, y el de más allá el campo de batalla. La acción se desplaza de uno a otro escenario. Ved, ahora empieza la representación.


Escena cuarta: En una taberna.

El Tabernero: ¡Aquí encontraréis buena comida! Hay arenques calientes y pan caliente; hay vino de Auxerre a discreción.

Auberón: ¡Ay, San Benito, que pueda encontrar con frecuencia vuestro anillo! (Al Tabernero.) ¿Qué se vende ahí dentro?

El Tabernero: ¿Que qué se vende? Vino, y del que no hace hebra.

Auberón: ¿Y cuánto cuesta?

El Tabernero: Lo que en todas partes. No acostumbro engañar ni en el precio ni en la medida. Sentaos bajo el cenador.

Auberón: Servidme un cuartillo, huésped: lo beberé de pie. No debo retrasarme demasiado; tengo que contenerme.

El Tabernero: ¿Quién es tu señor?

Auberón: El rey; llevo sus cartas y su sello.

El Tabernero: (Sirviéndole.) ¡Hola! Éste se te subirá a la cabeza. Bebe, que lo mejor está en el fondo.

Auberón: El jarro es pequeño y bueno para saborear el vino. ¿Cuánto os debo? Tengo miedo de retrasarme.

El Tabernero: Paga un dinero; otra vez te daré el cuartillo por una blanca. Es vino de doce dineros, no te engaño. Paga un dinero, o sigue bebiendo.

Auberón: Tomad ahora la blanca y más tarde os daré el dinero.

El Tabernero: ¿Ya quieres engañarme? Me debes por lo menos tres medidas. Antes de que te vayas sabré a qué atenerme.

Auberón: Huésped, a mi vuelta me daréis el cuartillo por un dinero.

El Tabernero: ¡Vive Dios! Me parece que estás tratando de engañarme. No te afliges por nada.

Auberón: Si no corto una blanca en dos, no puedo pagaros.

Cliquet: ¿ Quién quiere jugar una partida? Aunque sea por poco, nada más que para divertirnos.

El Tabernero: ¿Habéis oído, señor mensajero? Vais a arreglar vuestro asunto.

Auberón: Sea, pero una partida solamente.

Cliquet: Jugaremos de un solo golpe todo lo que debes.

Cliquet juega, pierde y paga; Auberón se eclipsa.

Cliquet: ¡Malditos sean todos los mensajeros! Son más ligeros que el viento para escapar.

Auberón llega al «País de los Emires», a quienes convoca en ayuda del Rey. Cumplida su misión, retorna al palacio real.


Escena sexta: En el palacio del Rey.

Auberón: ¡Rey, que Mahoma os guarde y os salve, a ti y a tu mesnada!

El Rey: ¡Y que él te bendiga, Auberón! ¿Qué resultados has logrado?

Auberón: ¡Señor, he cabalgado tanto por Arabia y por tierra de paganos que jamás ningún rey conseguirá reunir el diezmo de una multitud como la que se te aproxima, con condes y reyes, príncipes y barones!

El Rey: Vete a descansar, Auberón.

El Emir de Iconio: ¡Rey, por Apolo y por Mahoma, como tu fiel yo te saludo! He venido por tu orden, como debía hacerlo, sin tardanza.

El Rey: Buen amigo, habéis hecho bien; cuando os llamo, siempre venís.

El Emir de Iconio: Rey, he venido a vuestro llamado desde mucho más allá del Prado de Nerón. Seríais muy injusto si no me amarais: durante treinta días, con mis zapatos herrados, he marchado en medio de los hielos.

El Rey: (Al Emir de Orquenia.) ¿Quiénes son, dime, los de ese reino?

El Emir de Orquenia: Señor, vienen de más allá de Valanga, la gris, allí donde las basuras de los perros son de oro. Debéis amarme mucho, pues os traigo por mar mi tesoro, en cien navíos.

El Rey: Señor, comparto tus fatigas. ¿De dónde eres, pues?

El Emir de Orquenia: Rey, soy de una tierra ardiente y cálida que está más allá de los mares. No soy avaro con respecto a vos, pues os traigo treinta carros colmados de esmeraldas y de rubíes.

El Rey: ¿Y tú que me miras así, de dónde eres?

El Emir de más allá del Árbol Seco: De más allá del Árbol Seco. Yo no sabría qué daros, porque la única moneda de nuestro país son las piedras de molino.

El Rey: ¡Ay, por Mahoma, mi Dios! ¡Qué fortuna me promete éste! Heme aquí seguro de no ser pobre jamás.

El Emir de más allá del Árbol Seco: Señor, no os miento: en su escarcela un hombre de nuestro país apenas podrá tener cien sueldos.

El Senescal: Rey, puesto que vuestros barones han acudido a vuestro llamado, haced que ataquen a los cristianos.

El Rey: ¡Por Mahoma, senescal! Los cristianos tendrán guerra. O serán muertos, o prisioneros o expulsados. ¡Id, senescal! Decid a los míos que les ordeno ponerse en marcha en buen orden.

Cortina: Música instrumental del siglo XIII.

Relator: Reyes y emires en los tablados de la rica ciudad de Arras… Reyes y papas en el escenario de la vida…

          Felipe Augusto de Francia puede comenzar a descansar de sus trabajos, porque su rival, el rey de corazón de león, Ricardo de Inglaterra, acaba de morir atravesado por una flecha. Puede volver a su castillo donde lo aguarda Inés de Méran, aunque angustiada por la amenaza cada vez más severa que se cierne sobre su felicidad. Un concilio, reunido en Dijon, decidirá sobre su suerte.

Cortina: Música instrumental del siglo XIII.

Relator: ¡El interdicto! Por culpa de su rey, Francia ha caído bajo la severa sanción. Las iglesias han sido cerradas y los sacramentos, prohibidos a los fieles. La lucha es intensa entre el Papa y el rey. Pero todo conspiraba contra la felicidad de Inés de Méran y Felipe. El rey debió ceder y la infeliz reina debió separarse de Felipe. Poco después Ingeborg era restaurada en el trono, mientras Inés esperaba en su reclusión un niño que la confortaría de tanta desgracia.

          Como el de Isolda y Tristán, aquel amor estaba condenado. Inés de Méran y su hijo murieron mientras la Iglesia triunfaba invalidando el matrimonio. Y en el espíritu del Rey quedó una angustia perdurable que no alcanzaron a extinguir ni sus triunfos ni su gloria.

Cortina: Música instrumental del siglo XIII.




[El comercio con Oriente hizo prosperar a los Estados de Italia, que así pudieron embellecer sus ciudades con iglesias y palacios. Pero en 1348, junto con las maderas finas, las sedas, las especias y los marfiles, los barcos trajeron la peste que despobló Europa. Giovanni Boccacio (1313- 1375), más libre, más agudo que sus contemporáneos, dio testimonio de la peste con un humor, una sensualidad y una alegría que anuncian el Renacimiento.]


1348.
La muerte sobre Europa


Cortina musical: Landino, Gran llanto en los ojos o Danzas del siglo XIV (anónimo).

Relator: La muerte se lanzó sobre Europa con furia ingobernable en 1348. Un siglo antes o poco más, los tranquilos puertos del Mediterráneo occidental habían visto poblarse sus radas con innumerables navíos que iban y venían del Oriente. La estrella de los poderosos feudales empezaba a declinar y las ciudades se poblaban de burgueses laboriosos que soñaban con las indescriptibles riquezas de Constantinopla, de Antioquía o de San Juan de Acre, descriptas por los Cruzados a su retorno. La carga de un solo navío podía significar una fortuna en dátiles y canela, litargirio y nitro, comino y seda.

Génova, Pisa, Nápoles, Palermo, Venecia, Marsella y Barcelona crecieron al impulso de los talleres que se apretaban en sus calles estrechas y abigarradas, de los almacenes que se levantaban próximos al puerto y de las carracas que se amarraban a sus orillas. Y más lejos florecían otras innúmeras ciudades por obra de tejedores, de artífices y de banqueros.

Pero a la riqueza acompañaron múltiples dificultades nuevas. Los ricos comenzaron a luchar por sus nacientes privilegios con reyes y señores, y luego entre ellos mismos para defender sus monopolios. Y entretanto, densas masas de desposeídos comenzaban a inquietarse a causa del hambre o el expolio, y pronto estallaron algunos conflictos que ensangrentaron prósperas ciudades como Brujas, Florencia y Gante, y los campos vecinos, donde el pueblo luchó con chuzos frente a los guerreros de brillante armadura y eficaces ballestas. El hambre y la carestía asolaron las ciudades que de improviso habían multiplicado su población. Apenas pudieron contener las revueltas los reyes y señores que por entonces quisieron ser obedecidos como amos. Figura de tiranos alcanzaron los reyes de esta época, y tiranos sin máscara fueron los aventureros que tomaron el poder en muchas ciudades: Castruccio Castracani en Luca, Visconti en Milán, Gualterio de Brienne en Florencia.

Aquel hambre, aquellas carestías y la sordidez de los tugurios que habitaban en las populosas ciudades que ocultaban tanta miseria y tanto hedor tras la apariencia de esplendor y riqueza, hicieron de las gentes fáciles presas del flagelo que llegó del Oriente por Crimea y Constantinopla, por Arabia y Egipto. Se la llamó la «Peste Negra», y la trajo acaso una carraca genovesa en 1347: poco después la epidemia barría aldeas y ciudades sembrando por doquier la confusión y el espanto.

Era Papa por entonces Clemente VI, y residía en Aviñón. El primer Valois, Felipe VI, reinaba en Francia; Alfonso Onceno en Castilla y Eduardo III en Inglaterra. En Italia brillaba Florencia entre todas las ciudades, por su esplendor y su riqueza, por las construcciones de Arnolfo di Cambio, por los frescos de Giotto, por los versos de Dante Alighieri. Por entonces eran sus hijos predilectos Francesco Petrarca, el poeta de Laura, y Giovanni Boccaccio, el narrador del Decamerón, ambos testigos del pavor y la angustia producida por el incontenible mal.

En 1348 la muerte se lanzó sobre Europa. En Florencia escribió Giovanni Boccaccio esta descripción de la peste, que sirve de introducción al Decamerón:

Locutor:

Digo que era el año 1348 cuando llegó a la ilustre ciudad de Florencia —más bella que ninguna otra ciudad de Italia— la mortífera pestilencia que había sido enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios y para corrección nuestra. Comenzada algunos años antes en las comarcas orientales, las había privado de muchos habitantes y, sin detenerse, propagándose de un lugar a otro hacia el Occidente, habíase desarrollado de manera terrible.

En Florencia no dio resultado ninguna previsión ni humana medida, aunque se limpió la ciudad de muchas inmundicias, se prohibió la entrada a todos los enfermos y se difundieron muchos consejos para la conservación de la salud. Tampoco dieron resultado las humildes súplicas que hicieron a Dios las personas devotas, no una sino muchas veces, fuera en procesiones ordenadas o de otros muchos modos. Y casi al comenzar la primavera del año 1348, la peste comenzó a mostrar horriblemente y de milagrosa manera sus dolorosos efectos.

Para curar aquella enfermedad, parecía no servir ni el consejo del médico ni la virtud de medicina alguna. Así pues, no se tomaron medidas eficaces, fuera porque la naturaleza del mal no lo permitiera o por la ignorancia de los médicos, cuyo número creció enormemente, pues junto a los que conocían la ciencia llegó a ser muy grande el de hombres y mujeres que pasaban por tales sin haber tenido jamás conocimientos de medicina. Muy pocos curaban, sino que, quien más y quien menos, y la mayoría sin ninguna fiebre ni otros accidentes, todos morían dentro de los tres días de aparecidos los primeros síntomas.

Fue esta peste fortísima y por el contacto pasaba de los enfermos a los sanos, no de otro modo que hace el fuego con las sustancias secas o untadas cuando se le aproximan mucho. Y fue peor aún, pues no sólo el hablar y el alternar con los enfermos atraía la enfermedad sobre los sanos, sino que hasta el tocar los vestidos o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por los enfermos parecía llevar consigo el mal al que tocaba.

Cosa tan maravillosa es oír lo que debo decir, que si por mis ojos y los de muchos no hubiese sido visto, no me atrevería a creerlo y menos a escribirlo, aunque lo hubiese oído de persona digna de crédito. Digo que fue esta pestilencia tan activa en el pasar de un ser a otro que no solamente se transmitía al hombre, sino que ocurrió bastantes veces esto, que es mucho más: las cosas de un enfermo, tocadas por otro animal que no fuera de la especie humana, no solamente le contaminaban la enfermedad, sino que le provocaban la muerte en brevísimo tiempo.

Con mis propios ojos hice esta experiencia entre otras: estando tirados en la calle los andrajos de un pobre hombre muerto de peste, se acercaron a ellos dos cerdos que, según su costumbre, los sacudieron primero con el hocico y luego con los dientes. Poco después, tras dar algunos pasos y como si hubieran tomado veneno, cayeron los dos muertos en tierra.

De estas cosas y otras semejantes y aún más graves nacieron diversos temores entre los sobrevivientes; y casi todos llegaban a una misma cosa, bien cruel por cierto: esquivar a los enfermos y huir de ellos y de sus cosas, pues de ese modo creía cada uno conquistar para sí la salud.

Relator: Así dice Boccaccio en la introducción del Decamerón. Él mismo agrega que las gentes siguieron dos conductas distintas. Mientras algunos quisieron ser prudentes y moderados, otros quisieron agotar los goces de los que parecían ser sus últimos días. La alegría fue una obsesión de los que sólo veían a su alrededor la tristeza, y el mismo Boccaccio narra sus historias para entretener la mente de quienes siguen esas huellas. El recreo, el coloquio, el amor también, la poesía y la música servían a ese fin primordial de suscitar el olvido.

He aquí dos canciones que acaso fueran escuchadas por aquellos que, entre tantos pesares, buscaban un alivio para sus inquietudes en la fresca campiña toscana, entre los halagos de las tiernas y delicadas melodías. Dos baladas, de Vincenzo da Rimini una y de Giovanni da Cascia la otra, llenas de suave encanto y melancolía.

Cortina musical: Vincenzo da Rimini, Ella se habla ido, y Giovanni da Cascia, Soy un peregrino.

Relator: Suave melancolía, tierno encanto, y en el fondo la angustia irreprimible. Acaso nadie tan desgraciado como aquel Petrarca que perdió entonces, víctima del mal, a su amada Laura de Noves, aquella a quien pintara el ilustre pintor de Siena, Simone Martini, aquella a quien él dedicara su Cancionero, y a quien cantó muerta con altísimo verso:

Ay, el hermoso rostro, el mirar dulce,
Ay, el alegre porte tan altivo…

Otra canción de amor, de amor profano, ha de escucharse ahora acompañada por el dulce son de la viela, y luego se ha de oír un laude de inspiración franciscana, porque también hubo entonces quienes, en tan grande aflicción, renovaron su fe e hicieron de ella su último e imbatible escudo.

Cortina musical: Brolo, Oh luz celestial y Laude de Noel.

Relator: Todos éstos, los que perseguían la alegría, los que buscaban los dulces goces del amor, los que aguardaban resignados la conmiseración de Dios, todos ellos procuraban sobre todo olvidar la tragedia que los rodeaba y que causaría la muerte de la tercera parte de la población de Europa.

Pero no faltó quien se atreviera a mirar de frente al enemigo. Médicos heroicos hubo, que entregaron su vida, como Gentile da Foligno, cuidando a los desgraciados mientras procuraba aleccionar a los indemnes sobre los principios de la higiene. Por entonces no se obtuvieron prontos frutos, pero no fueron pocos los estudios que la medicina desarrolló con motivo de esa formidable experiencia acerca de los peligros que ocultaba la convivencia de grandes grupos urbanos. También se atrevieron a mirar de frente la catástrofe otros espíritus más reflexivos. Los astrólogos se empeñaron en explicar acabadamente el origen de la epidemia mirando el firmamento, y uno de ellos, Guy de Chauliac, aseguró que todo se debía a la conjunción de Saturno, Júpiter y Marte, operada el 24 de marzo de 1345. Es cosa cierta que no faltó quien le creyera.

Y también la contemplaron algunos atormentados. Místicos exaltados se sumergieron en la contemplación de aquella mortandad, y se regocijaron con la idea de la muerte que parecía acercar la especie humana al instante postrero. De esos místicos exaltados surgieron las imágenes tétricas que se conocen con el nombre de Danzas de la Muerte. En los muros de los cementerios, de los conventos y las iglesias, aparecieron representadas largas procesiones de gentes de toda condición —de la más alta a la más humilde— en marcha inevitable hacia la muerte. Sólo esqueletos eran quienes se cubrían con dalmáticas y tiaras, con sobrepellices y capas de marta o cibelina. Sólo esqueletos eran, conducidos por la Parca de afilada guadaña.

Los poetas recogieron el tema, y se empeñaron a su modo en recordar a los vivos que eran tan sólo sombras deslizándose furtivamente en un mundo de vanidad. Todos, todos bailamos la danza de la muerte, parecían decir; todos, papas, reyes y emperadores, ermitaños y labradores, magistrados y cortesanas; todos unidos en una danza general, al compás de la charambela, en una siniestra embriaguez de renunciamiento. Oíd, aquí comienza la danza general:

Dice la Muerte:

Soy la muerte cierta a todas las criaturas
que son y serán en el mundo durante.
Yo demando y digo: ¡Hombre! ¿Por qué curas
de vida tan breve y en punto pasante?
Porque no hay tan fuerte y recio gigante
que de este mi arco se pueda amparar;
conviene que mueras cuando lo tirar
con esta mi flecha cruel traspasante.
¿Qué locura esa, pues, tan manifiesta
que piensas tú, hombre, que otro morirá
y tú quedarás por estar bien compuesta
la tu complexión y que durará?
¿O piensas por ser un mancebo valiente
o un niño de días, que lejos seré,
y que hasta que llegues a viejo impotente
en la mi venida me retardaré?
Avísate bien, porque llegaré
hasta ti a deshora; que non he cuidado
de que seas mancebo o un viejo cansado
y que cual te hallare, tal te llevaré.
La práctica muestra ser pura verdad
aquesta que digo sin otra falencia;
la Santa Escritura con seguridad
nos da sobre todo su firme sentencia
a todos diciendo: Haced penitencia,
que morir habedes, non sabedes cuándo;
si no, ved al fraile que está predicando;
mirad lo que dice con su gran sapiencia.

Dice el Predicador:

Honrados señores: la Santa Escritura
nos demuestra y dice que todo engendrado
gustará la muerte maguer que sea dura
pues que trajo al mundo un solo bocado:
Porque papa, o rey u obispo sagrado,
cardenal o duque o conde excelente,
o el emperador con toda su gente
son sobre este mundo de morir forzados.
Señores, pugnad por hacer buenas obras
y no os confiéis en los altos estados,
que no han de valeros tesoros ni doblas:
la muerte sus lazos tiene preparados.
Gemid vuestras culpas, decid los pecados,
en cuanto pudiereis con satisfacción,
si alcanzar queredes cumplido perdón
de aquel que perdona los yerros pasados.
Haced lo que digo, y no os retardedes
porque ya la muerte comienza a ordenar
una danza esquiva de que non podedes
por cosa ninguna que fuera, escapar.
La cual manifiesta que quiere llevar
a todos nosotros lanzando sus redes:
Abrid las orejas, porque agora oiredes
de su charambela el triste cantar.

Relator: Así sonó la danza macabra por aldeas y ciudades, por collados y por llanuras. Pero la muerte retrocedió y la epidemia comenzó a declinar, no sin que se despertara de tanto en tanto. La vida recobró su ritmo habitual, y volvieron los labradores a sus surcos, los operarios a sus talleres y los burgueses a sus mostradores. Poco a poco se logró el olvido. Pero quedaba un saldo en la cuenta. Los muertos dejaron tantos huecos que toda la organización de la vida comenzó a sufrir la ausencia de los que faltaban. La escasez empezó otra vez, los precios ascendieron y el hambre se asomó de nuevo en la choza rural y en el tugurio urbano. A poco fue tan fuerte que movió a los desesperados a ganar las calles para gritar su furia irreprimible. Florencia vio a los Ciompi ensoberbecidos, París asistió a la insurrección de la plebe y en las ciudades flamencas y en las aldeas inglesas se levantaron hoces y palos en demanda de pan.

La muerte volvió otra vez a asolar a Europa y los ahorcados medían el tiempo con su siniestro balanceo. En la mitad de la carrera del siglo XIV, la peste negra trabajó por la renovación de Europa.




Durante su reinado, Juan II de Castilla enfrentó las pretensiones de la nobleza, y con la ayuda de su ministro don Álvaro de Luna reforzó la preeminencia del poder real. En la corte de Juan II, y bajo su protección personal, escribieron sus obras Jorge Manrique, Juan de Mena y el Marqués de Santillana, así como el biógrafo Fernán Pérez de Guzmán.


1431.
Don Juan II de Castilla sueña con Granada la mora


Cortina musical: Machaut, Baladas.

Don Juan: (En primer plano.)

Si tú quisieras, Granada,
contigo me casaría;
darete en arras y dote
a Córdoba y a Sevilla.

Voz femenina:

Casada soy, rey don Juan,
casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene
muy grande bien me quería.

Cortina musical: Machaut, Baladas.

Relator: (En primer plano.) Allí está, sobre las colinas acariciadas por el Jenil y el Darro, la ciudad de Granada, joya del último reino musulmán de España. En las postrimerías del siglo XIV la embelleció con refinado gusto el Rey Muhammad V, cuyos cuidados fueron particularmente delicados con su propio palacio, llamado la Alhambra.

La regia estancia de la Alhambra (decía por esa época el historiador granadino Ben-al-Jatib) sobresale con admirable perspectiva cual otra segunda ciudad. Altísimas torres, espesas murallas, palacios suntuosos y otros muchos edificios elegantes hermosean aquel recinto y lo embellecen con su magnificencia. Raudales cristalinos se despeñan, se convierten en mansos arroyos, y se deslizan murmurando entre bosques sombríos. A semejanza de Granada, huertos y graciosos vergeles dan tal amenidad a la Alhambra, que las almenas de los palacios asoman entre las bóvedas de verdura como el cielo sembrado de estrellas en la noche oscura.

La Alhambra tuvo también por entonces su poeta, enamorado de su hermosura y de su gracia. Se llamó Ben Zamrak, y entre todos los poemas que dedicó a la estancia real, sobresale este que está inscripto en la cámara llamada «Dos Hermanas»:

Jardín yo soy que la belleza adorna:
Sabrás mi ser si mi hermosura miras.
Por Muhammad, mi rey, a par me pongo
de lo más noble que será o ha sido.
Obra sublime, la Fortuna quiere
que a todo monumento sobrepase.
¡Cuánto recreo aquí para los ojos!
Sus anhelos el noble aquí renueva.
El pórtico es tan bello, que el palacio
con la celeste bóveda compite.
Con tan bello tisú lo aderezaste
que olvido pones del telar del Yemen.
¡Cuántos arcos se elevan en su cima,
sobre columnas por la luz ornadas,
como esferas celestes que voltean
sobre el pilar luciente de la aurora!
Las columnas en todo son tan bellas,
que en lenguas corredora anda su fama:
lanza el mármol su clara luz, que invade
la negra esquina que tiznó la sombra;
irisan sus reflejos, y dirías son,
a pesar de su tamaño, perlas.
Jamás vimos alcázar más excelso,
de contornos más claros y espaciosos.
Jamás vimos jardín más floreciente,
de cosecha más dulce y más aroma.

Relator: Ésta es la Alhambra, en la colina que acaricia el Darro; ésta es Granada, con la que sueña don Juan II de Castilla.

Don Juan:

Si tú quisieras, Granada,
contigo me casaría;
darete en arras y dote
a Córdoba y a Sevilla…

Cortina musical: Machaut, Baladas.

Relator: (En primer plano.) Marzo de 1431. En la aldea de Rabé, próxima a Medina del Campo, está reunido el consejo que ha convocado el rey de Castilla, don Juan II.

Voz A: ¿Sabéis cómo era el rey, señor don Fernán Pérez de Guzmán?

Voz B: He aquí su semblanza:

Fue alto de cuerpo y de miembros grandes, pero no de buen talle ni gran fuerza; de buen gesto, blanco y rubio, los hombros altos, el rostro grande, el habla un poco arrebatada; sosegado y manso, y muy mesurado y llano en su palabra. Placíale oír a los hombres avisados y graciosos y anotaba bien lo que de ellos oía; sabía hablar y entender latín, leía muy bien, agradábanle mucho libros e historias, oía de buen grado los decires rimados y conocía sus defectos, y tenía gran placer en oír palabras alegres y bien apuntadas, y aún él mismo las sabía bien decir. Y sabía del arte de la música, y cantaba y tañía bien.

Don Juan:

Si tú quisieras, Granada,
contigo me casaría…

Cortina musical: Isaac.

Relator: (En primer plano.) He ahí el rey de Castilla don Juan II. A su lado está, como de costumbre, aquel en quien ha depositado su confianza y casi abandonado su voluntad, el Condestable don Álvaro de Luna. Más que nadie lo incita a que se empeñe en guerra contra moros, y él mismo se ofrece para ser el primero.

Álvaro de Luna: Señor, pues la disposición de la mi edad, ahora que soy mancebo, y mi deseo es tan conforme para vos servir, y el caso se ofrece muy dispuesto en que yo lo pueda hacer, es a saber: pues vos, señor, tenéis acordado de ir poderosamente a hacer la guerra al reino y moros de Granada, yo os suplico, señor, me deis licencia para que, con la gente de mi casa, vaya adelante para hacer alguna entrada y daño en el su reino; porque cuando vuestra merced vaya, con la ayuda de Dios y con la vuestra, yo los tenga en alguna manera quebrantados y atemorizados.

Relator: El Rey no quisiera dar licencia al Condestable, que tanto lo amaba que en ninguna manera lo quería partir de sí; mas con tanta instancia se lo suplicó, que le fue otorgada por el Rey licencia para la ida, y dadas cartas para los capitanes de la frontera y para las ciudades de Andalucía, para que así hiciesen lo que él mandase, como aquel que representaba la persona del Rey.

Cortina musical: Canciones francesas.

Relator: (En primer plano.) Poco después partió el Rey más lentamente, reuniendo las huestes de sus vasallos, y avanzando por Escalona y Toledo, por Ciudad Real y Córdoba. Y en esta última ciudad recibió, a fines de mayo de 1431, nuevas del Condestable en carta de su puño y letra:

Don Juan:

Ayer domingo, a 20 de mayo, escribí a vuestra alteza cómo yo y estos caballeros que por vuestro mandado conmigo son venidos en vuestro servicio, habían entrado en tierra de moros. Gracias a Dios éramos llegados a Archidona, a dos leguas de Antequera, y por no detener al mensajero no escribí el presente por menudo a vuestra merced la manera que nuestro señor Dios dio a vuestra gente, y lo que se había hecho en la tierra de los moros.

Sepa vuestra merced que el miércoles siguiente después que de vuestra Señoría me partiese, asentó vuestro real a una legua de Alcalá. Y lo primero, se acordó que predicase el fraile que vuestra merced me envió, para que toda la gente se confesase y fuese como debía, lo cual hicieron todos muy bien. Y al otro día, jueves, todos muy alegres, entraron vuestras gentes ordenadas, con acuerdo de todos estos caballeros, en esta manera: en la delantera, por corredores, el comendador mayor de Calatrava y Alfonso de Córdova, vuestro alcalde de los Donceles; y Pedro de Narváez, vuestro alconde de Antequera, con 500 rocines.

Y después de esto, seguía la batalla en que yo iba, con hasta 1.500 hombres de armas y 500 jinetes, y dos escuadras más adelante con hasta 1.000 de a caballo, en cada una de las cuales eran 300 hombres de armas y 500 rocines; la una de ellas a la mano derecha y la otra a la izquierda.

Y así en esta ordenanza pasamos a la mano derecha del puerto Lope, por bien áspera tierra, y llegamos a llora. Era bien cerca de la noche cuando asentamos el real, bien cerca de la villa.

Y otro día, viernes, bien de mañana fue la gente toda a caballo; y porque habían quedado por talar muchos panes, viñas y huertas, detuvímonos un rato de la mañana encima de los caballos; hasta que fueron talados.

Y fue puesto fuego a la otra parte de la villa; así que fueron quemados todos los arrabales, donde moraba la más gente de ella y fueron tomados algunos prisioneros. Este día continuamos nuestro camino derechamente a la vega de Granada, hasta verla muy bien a ojo, y divisar la Alhambra, el Albaicín y el Corral. Y los corredores fueron por la vega adelante, poniendo fuego a todos los lugares y casas que hallaron por la vega.

Y después que vi que el rey de Granada y ni caballeros algunos no salieron a pelear, fue acordado que recogiésemos nuestros corredores y fuésemos a sentar real cerca de una villa que dicen Tájara. Y este día fueron quemados otros lugares entre los cuales uno que decían El Salar, que era de 200 vecinos. Y todos los lugares que fueron quemados verá vuestra merced por un escrito que va incluso en la presente.

Y otro día, domingo de Pascua, partimos de allí y vinimos a asentar real a otro lugar de moros que dicen Archidona, villa muy fuerte que es a dos leguas de Antequera. Detúveme aquí hoy lunes, el cual día se talaban todos los panes, viñas y huertas de la villa, y se derribó la torre del atalaya, y unos molinos, y otros edificios. Y mañana martes entiendo partir de aquí y asentar real cerca de Antequera.

Suplico a vuestra merced que envíe a mandar qué haga, que yo entiendo aquí atender respuesta de vuestra merced; la cual suplico a vuestra alteza sea la más acelerada que ser pudiera. Del vuestro real de Archidona, a 22 de mayo, vuestro humilde servidor, Alvaro de Luna.

Cortina musical: Danzas francesas.

Relator: (En primer plano.) Lleno de gozo partió don Juan de la ciudad de Córdoba para la Vega de Granada, a la que llegó muy pronto poniendo su real en Atarfe, a orillas del Jenil, que fue cercado de un gran palenque muy bien ordenado, para evitar que entraran moros.

Y no entraron moros en son de guerra. Mas pasó uno que era persona principal, como podía advertirse por sus vestidos y sus arreos. Su nombre era Yusuf Benalámar, y los castellanos lo llamarían Abenámar. Era un infante granadino a quien había arrebatado el trono Mohammed Abenazar, aquel que ahora miraba las huestes castellanas desde las torres de la Alhambra.

Cortina musical.

Relator: Aquel día platicaron el rey don Juan y el Infante Abenámar sobre cómo tomar Granada, cuyo trono prometió el castellano al moro, si las armas le eran favorables. Y mientras los caballeros formaban alrededor de sus pendones, subieron a un alcor el infante moro y el rey castellano, para contemplar desde él la ciudad de sus sueños, soñada y prometida.

Cortina musical: Danzas francesas.

Don Juan: (En primer plano.)

¡Abenámar, Abenámar, moro de la morería,
el día que tú naciste
grandes señales había!
Estaba la mar en calma,
la luna estaba crecida;
moro que en tal signo nace
no debe decir mentira.

Abenámar:

No te la diré, señor,
aunque me cueste la vida.

Don Juan:

Yo te agradezco, Abenámar,
aquesta tu cortesía,
¿ Qué castillos son aquéllos?
¡Altos son y relucían!

Abenámar:

El Alhambra era, señor,
y la otra, la mezquita;
los otros los Alijares,
labrados a maravilla.
El moro que los labraba
cien doblas ganaba al día,
y el día que no los labra
otras tantas se perdía;
desque los tuvo labrados
el rey le quitó la vida
porque no labre otros tales
al rey del Andalucía.
El otro es Torres Bermejas,
castillo de gran valía;
el otro, Generalife,
huerta que par no tenía.

Relator:

Allí hablara el rey don Juan,
bien oiréis lo que decía.

Don Juan:

Si tú quisieras, Granada,
contigo me casaría;
darete en arras y dote
a Córdoba y a Sevilla.

Voz femenina en segundo plano:

Granada:

Casada soy, rey don Juan,
casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene
muy grande bien me quería.

Relator:

Hablara allí el rey don Juan,
estas palabras decía:

Don Juan:

Échenme acá mis lombardas
doña Sancha y doña Elvira;
tiraremos a lo alto,
lo bajo, ello se daría.
El combate era tan fuerte
que grande temor ponía.

Cortina musical: Danzas francesas.

Relator: Así comenzó la batalla de la Higueruela, el domingo primero de julio de 1431.

Salió luego toda la morisma, así de a caballo como de a pie, y ordenaron sus batallas. Y como los condes vieron que la batalla querían dar, luego en este punto lo hicieron saber al Rey, al real. Y todos puestos en el campo, y todas sus batallas ordenadas, reinante la divinal gracia y con la ayuda del apóstol Santiago, comenzóse la batalla en el campo, el cual se llamaba Andarajemel. Y fueron vencidos los moros y desbaratados, y muertos de ellos diez a doce mil moros; tanto que duró el alcance de ellos hasta Majazad, que es cerca de las puertas de Granada.

La batalla se comenzó entre nona y vísperas, y sobrevino pronto la noche; si no muchos más se destruyeran de los enemigos de la fe.

Cortina musical.

Relator: Tras la victoria, Abenámar ocupó el trono de Granada y don Juan II retornó a sus tierras.

Fue éste el último episodio de la contienda secular, antes de la conquista definitiva de Granada por Fernando e Isabel.

Entretanto la ciudad del Darro se hizo más bella aún y sus reyes más débiles. Su sino estaba escrito, y la voz del muecín sonaba cada vez más lúgubre en la alta torre de la mezquita granadina.




[Nicolás Maquiavelo (1469-1527) intervino en la vida pública florentina cuando, tras la expulsión de los Medici, se instauró la república. Su acción le permitió conocer de cerca el giro que tomaba por entonces la política europea y descubrir la situación no sólo de su patria sino también de toda Italia. Con esta experiencia, que él robusteció en el estudio, llegó a diseñar una doctrina histórica y política que reflejó en su obra.]


1513.
Nicolás Maquiavelo reflexiona sobre los príncipes en San Casciano


Cortina musical. Murmullos. Entre la gente, se abre paso un emisario, jadeante.

Emisario: Dejadme paso… ¡Paso…! ¿No veis que tengo prisa? ¡Paso…!

Voz A: ¿Qué pasa? ¿De dónde venís?

Emisario: Si lo sospecharais, no me importunaríais con preguntas. Vengo de Prato…

Voz A: ¡De Prato…! ¿Qué pasa allí?

Emisario: ¡Lo peor! Dejadme ahora… Tengo que ver al Secretario de la Cancillería…

Voz A: No lo busquéis por aquí… Micer Nicolás Maquiavelo acaba de entrar en el despacho del Confaloniero.

Emisario: Pues allá voy…

Cortina musical.

Relator: Florencia, 1512. El secretario de la Cancillería, Micer Nicolás Maquiavelo, acaba de abandonar su cámara para dirigirse precipitadamente al despacho del Confaloniero Pietro Soderini, la suprema autoridad de la República Florentina.

Porque la república está en peligro. Desde que los Medici cayeron en 1494, no han dejado de conspirar para lograr la reconquista del poder. Y sólo ahora —dieciocho años después — las circunstancias se han tornado favorables al calor de las luchas entre españoles y franceses en Italia.

La República Florentina —cuya diplomacia conducía sabiamente Nicolás Maquiavelo— se mantenía aliada a Francia. Un ejército español mandado por Ramón Cardona amenazaba ahora a la República Florentina. Pero tras el ejército español se divisaba la púrpura del Cardenal Giovanni de Medici, y en su cortejo los rostros de Giuliano, de Lorenzo, de Ippolito, de Julio… Toda la vieja dinastía y los nuevos retoños del tronco mediceo… La República Florentina está en peligro, y el ejército español está ya a la vista de Prato.

Cortina musical.

Maquiavelo: Hacedlo pasar. Estamos impacientes…

Ujier: Enseguida, señor…

Soderini: ¿Qué sospecháis, Micer Nicolás?

Maquiavelo: Nada… Quiero saber… El que sospecha que todo está perdido sois vos, Micer Pietro Soderini… Nunca tuvisteis mucha confianza en los preparativos militares a los que dediqué todos mis desvelos… y seguramente teméis que los ejércitos españoles hayan dado cuenta fácilmente de nuestras tropas en Prato, ¿no es verdad?

Soderini: Para qué he de engañaros… Sospecho y temo que las nuevas que nos trae este emisario… Pero ya llega… Aguardad. (Al emisario.) Adelante.

Emisario: Señores…

Maquiavelo: Hablad. ¿Venís de Prato? ¿Qué nuevas traéis?

Emisario: Señor… Micer Luca Savelli me encarga que os salude…

Maquiavelo: (Interrumpiendo.) Acabad. ¿Qué ha pasado?

Emisario: Señor, Prato ha caído…

Maquiavelo: ¡Maldición! ¿Qué ha sido? ¿Está todo perdido?

Emisario: Cuando salí de la ciudad, las tropas españolas comenzaban a entrar a través de un boquete, abierto por un cañón en la muralla. He visto poco, pues enseguida se me ordenó salir para que viniera a daros la nueva, pero lo poco que he visto ha sido horrible. No perdonan a nadie, saquean las iglesias y los monasterios, roban las casas, y sobre todo matan con una saña incontenible. A estas horas, la población debe estar diezmada.

Maquiavelo: Pero… ¿y las tropas?

Emisario: Cuando salí, ya huían por los caminos hacia acá.

Maquiavelo: ¡Canallas! Savelli pagará con la cabeza…

Soderini: No os preocupéis, Maquiavelo… Pagaremos todos… Nuestra suerte está echada y el destino de Florencia está escrito. Ha ocurrido lo que siempre temimos.

Maquiavelo: Y quisimos evitar…

Soderini: Sin éxito…

Maquiavelo: Somos unos pobres derrotados.

Soderini: Y mañana unos pobres proscriptos…

Se oyen gritos violentos afuera.

Maquiavelo: Hoy mismo, Soderini, hoy mismo… ¿Oís? Los traidores tenían todo preparado dentro de la ciudad, para cuando la noticia se difundiera. Ahí están, Soderini…

Arrecian los gritos.

Maquiavelo: Ahí están… Abrid la ventana. Están entrando en el palacio… Mirad… La plebe invade el patio y las escaleras. La plebe y muchos otros que no son la plebe sino que se escudan en ella para ocultar sus siniestros propósitos. Mirad, Soderini, mirad… ¿Veis? Aquél es Rucellai… aquél es Capponi… allí está Albizzi y los suyos… ¡Estamos perdidos!

Se oyen gritos en el patio, bajo el balcón.

Voces: ¡Abrid…! ¡Abrid o derribaremos las puertas…! Abrid…

Soderini: Nada nos queda por hacer, Maquiavelo. ¡Ujier…! ¡Abrid los balcones!

Se oye una multitud gritando.

Voces: ¡Abajo el Confaloniero! ¡Abajo los traidores!

¡Viva la libertad! ¡Viva el Cardenal!

Soderini: (Voz enérgica y tranquila.) ¡Quietos, amigos! Quietos… ¡Estáis frente al Confaloniero de la República…!

Voces: ¡Abajo…! ¡Fuera…!

Soderini: Quietos y en calma, os he dicho. Para que averigüemos de qué se trata…

Voces: ¡Fuera…! ¡Idos de una vez! ¡Fuera…! ¡Abajo!

Soderini: Ya me voy, ciudadanos… Ya me voy… puesto que la fuerza me lo impone. Aguardad un instante… Y que un personero hable por todos vosotros…

Voces: ¡Fuera…! ¡Abajo…!

Soderini: Aguardad… Micer Nicolás Maquiavelo, preguntad a Micer Francesco Vettori —a quien veo entre los conjurados, pero que es mi amigo de toda la vida— si acepta acogerme en su casa…

Maquiavelo: Aguardad…

Arrecian los gritos.

Maquiavelo: Pero… comenzad a salir, porque si no os aceptan, tendréis que salir igualmente. Amigos, nuestra era ha terminado…

Relator: La revolución dio cuenta de quienes hasta ese momento habían gobernado la república, y los reemplazó por amigos fieles a los Medici: el propio Francesco Vettori primero, y otros más seguros después. Pietro Soderini partió enseguida para su expatriación, en cambio Maquiavelo permaneció en Florencia, y aun conservó su cargo durante algún tiempo. Pero su estrella debía oscurecerse. Poco después fue despojado de su puesto y diez días más tarde se le comunicó la formal prohibición de pisar el palacio. Luego se lo consideró complicado en un complot, y fue apresado, torturado y encerrado en la cárcel pública de Florencia. Hasta que un día…

Cortina musical.

Carcelero: ¿Cómo os sentís?

Maquiavelo: Ved la descripción que acabo de hacer de mi situación:

Tengo en torno de mis piernas un par de cadenas y seis vueltas de cuerda alrededor de mis hombros. Los muros están tapizados con una enorme manta de piojos, tan bien alimentados, que parecen una nube de mariposas. Jamás hubo en Roncesvalles ni en Cerdeña, ni en los bosques, una infección semejante a la de mi delicado asilo, con ruido tal que parece que Júpiter y todo Mongibelo fulminaran la tierra; se encadena a éste; se desclava a aquél, sacudiendo rincones y clavos remachados; otro grito se levanta de la tierra; lo que más guerra me da es que cuando al fin puedo dormirme a eso de la aurora, oigo que cantan por mí.

¿Qué os parece…?

Carcelero: Justo, Micer Nicolás… Justo… Pero no os torturéis más…

Maquiavelo: (Irónico.) ¿Torturarme…? No. Si casi me gusta estar aquí. Ya veis, los hombres son…

Carcelero: No sigáis, Micer Maquiavelo, y dejadme que os dé la noticia que os traigo.

Maquiavelo: Traéis noticias… Serán malas… No tengo duda…

Carcelero: Pues esta vez os equivocáis… Os diré poco a poco lo que tengo que comunicaros para que no sufráis sobresaltos.

Maquiavelo: Bien… decid… La paciencia es la virtud de los filósofos.

Carcelero: Decidme… ¿Sabéis que murió el Papa Julio?

Maquiavelo: No podía saberlo, pero alguna vez debía ocurrir… (Brusco). Lo que sí sé es quién lo ha sucedido…

Carcelero: ¿Cómo podríais saberlo si no sabíais lo primero…?

Maquiavelo: Pues el Papa es el Cardenal Giovanni de Medici…

Carcelero: ¡Jesús!

Maquiavelo: ¿Acerté?

Carcelero: Acertasteis. Pero… parece cosa de brujería…

Maquiavelo: Eso os parece a vos, buen hombre. Pero estad seguro de que no cocino pelos de cabra al llegar la medianoche. Sólo que… no había más que mirar.

Carcelero: (Con temor.) ¿Y sabéis qué nombre se ha dado al nuevo Papa?

Maquiavelo: (Riendo.) No… Para eso tendría, sí, que ser brujo. ¿Qué nombre se ha dado al nuevo Papa?

Carcelero: León, León X…

Maquiavelo: Pues alabado sea Dios por haber hallado tan buen vicario, quiera el cielo que me sea más grato como Papa que como Cardenal…

Carcelero: El os encerró. Pues… él os libera.

Maquiavelo: ¿Cómo decís?

Carcelero: Pues lo que oís… Estáis libre.

Maquiavelo: ¿Libre…? Menguado, sayón… ¿Cómo no me dijisteis antes, mentecato?

Carcelero: Como estabais tan alegre…

Maquiavelo: ¡Libre! ¡Libre! Vamos… Vamos afuera…

Carcelero: Aguardad… Será necesario no sé qué formalidad, para que salgáis todos los acusados.

Maquiavelo: Pero… cómo… ¿todos los acusados?

Carcelero: Ciertamente… Para celebrar el ascenso del Cardenal al trono pontificial, la Señoría os ha concedido el perdón a todos. ¿Estáis contento?

Maquiavelo: Mucho… aunque pesaroso del tiempo que he pasado en estas mazmorras injustamente. Amo Florencia. Me gusta tomar el sol en la ribera del Arno…

Carcelero: Pues… decidme… ¿No os parecería prudente alejaros un poco y no dejaros ver tanto por la Plaza de la Señoría?

Maquiavelo: ¿Alejarme? Pues… No me alegra… Florencia me… Pero… en fin… quizá tengáis razón, amigo… quizá tengáis razón…

Cortina musical.

Relator: Y Nicolás Maquiavelo, una vez en libertad, se alejó de Florencia, y buscó asilo en una propiedad rural a siete millas de la ciudad, cerca de San Casciano. Allí, entre las faenas del campo, deja pasar sus días, no sin tedio, alternando el trabajo con la lectura, y la lectura con los negocios.

Cortina musical.

Marieta: Llegas muy cansado.

Maquiavelo: Un poco. He andado por el bosque revisando la tala, porque me temo que los leñadores me engañan.

Marieta: Precisamente, te espera aquí Fronsino da Panzano que quiere hablarte por no sé qué cosa de la leña…

Maquiavelo: Bueno es Fronsino da Panzano… Debe haberse enterado de que he estado vigilando el bosque estos últimos días. Dile que pase…

Pausa.

Maquiavelo: Adelante… Fronsino, ¿cómo estáis?

Fronsino: No mal del todo, Micer Nicolás, pero tampoco bien del todo. El trabajo es duro, Micer Nicolás… La leña es cara… la ganancia es poca…

Maquiavelo: No os quejéis, no os quejéis. Todos dicen que os estáis haciendo rico y que pocos os aventajan ya en fortuna en el Val di Pesa.

Fronsino: Calumnias, señor, calumnias de la gente. Trabajo, sí, pero en estos duros tiempos el trabajo no es como era antaño…

Maquiavelo: No digáis más. Si se os creyera, tendríamos que daros dinero cada vez que habláis. Pero vayamos a nuestro negocio… ¿Qué os trae por aquí?

Fronsino: Supuse que lo sabríais. Como anduvisteis por el bosque… Yo, vos sabéis, mandé buscar hace pocos días alguna leña. Vos no estabais… esperé unos días… pero no llegabais. Entonces cargué las carretas… Creo que no os habréis incomodado por eso…

Maquiavelo: No mucho… con la condición de que no volváis a hacerlo. He ordenado al guardabosque que no se autorice a nadie a cargar leña sin mi orden. Ahora no os queda más que pagar las 130 libras que me debéis.

Fronsino: A eso venía, precisamente. Sólo que… si no os parece mal, os entregaré solamente 120…

Maquiavelo: (Con cierta violencia.) ¡Cómo…! ¿Pretendéis que os rebaje por haberla llevado sin mi permiso? El precio es el que habíamos convenido otras veces por la misma cantidad.

Fronsino: No, Micer Nicolás, no discuto el precio. Lo justo es lo justo. Y el precio justo de la leña son 130 libras. Pero teníamos una vieja cuenta, que me parece que debía saldarse ahora…

Maquiavelo: ¿Una vieja cuenta? No me acuerdo de tener ninguna cuenta con vos. Diez libras son diez libras…

Fronsino: Haced memoria, Micer Nicolás… ¿No os acordáis de una vez en casa de Antonio Guicciardini… hace… hará unos cuatro años…

Maquiavelo: Os he visto, sí, en casa de Antonio Guicciardini. Pero no sé qué tiene eso que ver con mis diez libras…

Fronsino: Haced memoria… haced memoria… ¿No recordáis que jugamos a la cricca…?

Maquiavelo: Bien… yo suelo jugar a la cricca, y a veces en casa de Antonio Guicciardini… y alguna vez con vos. Pero, ¿y mis diez libras, qué tienen que ver con eso?

Fronsino: Pues tienen que ver con que perdisteis diez libras y no me las pagasteis.

Maquiavelo: ¡Que yo no os pagué las diez libras! Deliráis, Fronsino… Esto es una bribonada para no pagarme lo que debéis por la leña que llevasteis sin mi permiso.

Fronsino: No es bribonada ninguna, Micer Nicolás… Es mi derecho cobrar las cuentas, como vos cobráis las vuestras. Diez libras son diez libras… O queréis que os las regale…

Maquiavelo: No necesito vuestras diez libras, ni las quiero, ni os las debo. Lo único que quiero es que me paguéis lo que me debéis por mi leña, que además os llevasteis sin mi permiso. (Cada vez más violento) ¿Entendéis bien? ¡Sin mi permiso…!

Fronsino: ¿Queréis decir que os robé la leña? Pues sabed que en mi vida volveré a compraros porque no falta en el Val di Pesa mejor leña que la vuestra.

Maquiavelo: Buscad vuestra leña donde os parezca. Pagadme ahora las 130 libras que me debéis y luego…

Fronsino: Os digo que no os debo sino 120 porque jamás me pagasteis las diez libras que perdisteis…

Las voces van perdiéndose poco a poco.

Relator: Así se deslizaban los días de Nicolás Maquiavelo en su villa de San Casciano, mezclado —como lo relata en sus cartas— en las mil peripecias de la existencia lugareña. Pero al llegar la noche…

Cortina musical.

Filippo: ¿Os aburrís en San Casciano, Micer Nicolás?

Maquiavelo: No… Durante el día atiendo mis negocios, dialogo con los campesinos en la hostería y juego a la cricca. Pero al llegar la noche…

Filippo: ¿Qué hacéis al llegar la noche…?

Maquiavelo: Al llegar la noche, retorno a casa y entro en mi escritorio. En la puerta, me despojo de mis ropas cotidianas, sucias de fango y lodo, y me revisto del noble hábito del letrado; y así adecuadamente vestido, entro en la antigua corte de los sabios de la Antigüedad.

Filippo: Y dialogáis con ellos…

Maquiavelo: Ciertamente, me reciben amorosamente, y allí me nutro con ese alimento que es el único que me conviene y para el que yo nací. Allí no me avergüenzo de hablar con ellos ni de preguntarles la razón de sus acciones. Y ellos, por humanidad, me responden…

Filippo: Hasta que finalmente, en la alta noche…

Maquiavelo: Durante cuatro horas al menos, no siento tedio ni fastidio. Olvido todos los afanes, y ni temo la pobreza ni me espanta la muerte. (Pausa) Y como Dante Alighieri dice que no hay ciencia si no se retiene lo que se ha aprendido, yo he anotado lo que me ha parecido más importante de cuanto se ha dicho en estas conversaciones, y he compuesto con todo ello un opúsculo… que me gustaría que vierais, Micer Filippo Casavecchia.

Filippo: Y a mí me contentaría muy de veras verlo… ¿Sobre qué trata?

Maquiavelo: Sobre el gobierno y el Estado, y le he llamado De Principatibus, o simplemente El Príncipe…

Cortina musical.

Maquiavelo: No os extrañéis… La dedicatoria está dirigida al magnífico Lorenzo de Medici… quizá no tan magnífico como su abuelo, pero, aquél muerto y éste vivo… Ved lo que le digo, para ver si me saca de esta angustia…

Deseoso, pues de presentarme a Vuestra Magnificencia con alguna prenda de mi adhesión, nada he hallado que fuera para mí tan querido o que estimase yo más que el conocimiento de las acciones de los grandes hombres, conocimiento que he adquirido por larga experiencia de los asuntos modernos y por el continuo estudio de los antiguos: después de pensar y examinar detenidamente las observaciones que dicho conocimiento me ha sugerido y reunirías en un pequeño volumen, las dirijo a Vuestra Magnificencia.

Filippo: Parecerá vanidad vuestra dirigiros a hombre tan poderoso. Recordad que ya una vez el Santo Padre, siendo Cardenal, se incomodó por vuestros consejos…

Maquiavelo: Por eso le digo:

Y no se me tache de presunción si siendo de condición ínfima me atrevo a hablar y a regular los gobiernos de los príncipes; porque, a la manera de los que trazan planos, se colocan en la llanura para ver mejor la naturaleza de la montaña y de los puntos elevados, y ascienden a la cumbre de los montes para construir el mapa de los llanos, así también hay que ser príncipe para conocer la naturaleza de los pueblos, y pertenecer al pueblo para conocer bien la de los príncipes.

Filippo: Sois ingenioso…

Maquiavelo: Pero más querría serlo por la doctrina que sustento en mi libro que por los ardides de la dedicatoria…

Filippo: No lo dudo, pues os conozco y conozco vuestros afanes… y vuestro amor por la gloriosa Italia.

Maquiavelo: Italia… Por ella sufro, viéndola desgarrada e invadida. Si pienso en un príncipe todopoderoso que se sobreponga a tantos señores egoístas y ciegos, es porque estoy convencido de que el destino de Italia sólo puede salvarse mediante su unidad. Acaso la casa de los Medici alcance esa gloria. Ved cómo les digo al terminar mi libro:

Considerando todo lo que acabamos de examinar y meditando si las circunstancias presentes serían favorables para la elevación de un príncipe nuevo en Italia, y si un hombre prudente y valeroso tendría ocasión de introducir otra forma de gobierno que hiciera honor a su persona y redundase en beneficio de toda la nación, creo que ningún tiempo fue ni será nunca más propicio a tan gloriosa empresa.

Si vuestra ilustre casa quiere seguir las huellas de los hombres preclaros, que libertaron a su patria, menester es ante todo, por ser verdadero fundamento de toda empresa, tener una milicia nacional. Así, pues, hay que proveerse de armas nacionales para estar en condiciones de resistir por el valor italiano al extranjero. No hay que dejar escapar esta ocasión: hora es ya de que Italia, tras tan largo padecer, vea al fin llegar al libertador. No puedo expresar el amor, el deseo de venganza, la ternura y las lágrimas con que sería recibido en todas esas provincias, que han padecido tanto por la invasión extranjera.

¿Qué ciudades le cerrarían sus puertas y qué pueblos se negarían a obedecerle? ¿Qué envidia se le opondría? ¿Qué italiano se negaría a rendirle homenaje? A todos repugna esta dominación bárbara. Acometa, pues, tal empresa vuestra ilustre casa con la esperanza que acompaña a toda causa justa.

Filippo: ¡Nobles palabras, Micer Nicolás Maquiavelo!

Maquiavelo: ¡Quieran los dioses que sean escuchadas y hallen fin las desventuras de la infortunada Italia!




[Durante la vida de Miguel Ángel Buonarotti (1475-1564) tienen lugar el descubrimiento y la conquista de América, y dentro de Europa, el movimiento protestante y la Contrarreforma. El artista pinta en Roma el Juicio Final mientras en el escenario político europeo se prepara el enfrentamiento entre católicos y protestantes. Pronto la Inquisición se convertirá en gendarme y juez del pensamiento.]


1541.
Miguel Ángel frente a los vivos y los muertos


Cortina musical: Des Prés, Kyrie de la Misa Hércules.

Relator: Roma, 1541. Desde hace siete años, Alejandro Farnesio rige la cristiandad como Sumo Pontífice con el nombre de Paulo III. Es un anciano de 65 años, de larga barba, cuya efigie ha inmortalizado el pincel de Ticiano. Es un humanista profundo y se siente atraído por el arte. Piensa y siente. Mientras pudo, sus ocios estuvieron dedicados a la contemplación de la belleza y a la lectura de los clásicos, que alternaba con los libros piadosos. Pero ahora…

Cortina musical: Des Prés, Kyrie de la Misa Hércules.

Relator: Ahora la Iglesia se siente amenazada por la extensión del movimiento reformista, y el Papa procura remediar el mal. Vedlo en su cámara del Vaticano rodeado por sus familiares, entre los que se destaca el Cardenal Caraffa, enérgico y sombrío. En sus manos están los pliegos que han llegado desde Ratisbona, donde el Emperador Carlos V ha reunido una dieta imperial para procurar el acercamiento de los alemanes luteranos a la Iglesia tradicional. El momento es solemne: Roma acaba de rechazar la fórmula de avenimiento, y el papado se prepara para iniciar una política de represión contra la heterodoxia. El Cardenal Caraffa prepara la organización del tribunal de la Inquisición.

Cortina musical: Des Prés, Kyrie de la Misa Hércules.

Relator: Pero en el Vaticano hay otros recintos. Uno de ellos es conocido con el nombre de Capilla Sixtina y por el momento está clausurado. Julio II —que era un Rovere— había hecho pintar los magníficos frescos del techo, y Paulo III —que es un Farnesio — quiere sobrepasarlo embelleciendo la capilla con un inmenso fresco que cubra toda la pared del altar y represente el Juicio Final. Quizás esté terminado muy pronto. El artista que trabaja en él está subido en un andamio y maneja afiebradamente los pinceles porque el Papa lo apremia. También él quiere acabar aquella obra que le ha insumido ya más de cinco años. Entrad…

Cortina musical: Des Prés, Kyrie de la Misa Hércules.

Relator: ¿ Lo veis por entre las cuerdas ? Tendrá la misma edad que el Papa, pero es vigoroso y su expresión revela un temperamento enérgico y apasionado. Esa nariz… En ella ha quedado la primera huella de la envidia. ¿Sabéis quién es? Es Miguel Ángel…

Cortina musical: Des Prés, Kyrie de la Misa Hércules o Stabat Mater.

Relator: Sus tallas y pinturas lo han hecho famoso hace ya tiempo; pero si se le pregunta cuál es su oficio, dirá con energía —casi con rabia— que es escultor. Sueña con los bloques de mármol en que las formas armoniosas se consiguen a martillazos. Pero maneja los pinceles de tal manera — martillando con ellos — que una y otra vez se lo llama para que pinte. Hace más de veinte años estuvo ya en esta capilla pintando en el techo las sibilas y los profetas. Y cuando cruzaban por su imaginación las vigorosas formas del mármol, sollozaba…

Cortina brevísima: Des Prés, Kyrie de la Misa Hércules o Stabat Mater.

Miguel Ángel: (Con voz sombría y apagada.) ¡No soy pintor! ¡No soy pintor!

Cortina brevísima: Des Prés, Kyrie de la Misa Hércules o Stabat Mater.

Relator: Por fin pudo dedicarse a la tumba de Julio II —un Rovere—, y comenzó a tallar las figuras de los esclavos, de Raquel y Lea, de Moisés. Pero un día de 1535 recibió en su taller la visita del nuevo Papa Paulo III —un Farnesio — , y tuvo que abandonar su obra.

Cortina musical: Des Prés, Kyrie de la Misa Hércules o Stabat Mater.

Miguel Ángel: No soy pintor…

Paulo III: ¿Quién lo es, si tú no eres pintor? Serás jefe de las obras de la Catedral de San Pedro, pintor y escultor del Vaticano… y tendrás 1200 ducados de oro…

Miguel Ángel: ¿Y esta tumba? Su Santidad sabe que debo terminar esta tumba para Julio II…

Paulo III: ¡Julio II…! ¿Acaso no basta ese Moisés?

Un Cardenal: ¡Oh, Santidad! Esa estatua es tan bella que ella sola basta para honrar la memoria de vuestro predecesor.

Paulo III: Eso basta, Miguel Ángel, eso basta…

Miguel Ángel: Pero Su Santidad sabe que estoy obligado por un contrato con el Duque de Urbino…

Paulo III: Basta, pues. Trabajarás para mí y para la gloria de la casa Farnesio. Treinta años hace que abrigo este deseo. ¿No podré satisfacerlo ahora que soy Papa? Yo anularé el contrato y haré que me sirvas de cualquier modo.

Cortina musical: Des Prés, Kyrie de la Misa Hércules o Stabat Mater.

Relator: Miguel Ángel debió ceder entonces ante el poderoso. Poco después comenzó a trabajar en el Juicio Final, y ahora está dando los últimos toques a la obra, subido en el andamio. El día de Navidad de 1541 podrá ser contemplado.

Murmullo. Un tapiz que cae. Murmullo de admiración.

Voces: (Perdiéndose.) ¡Oh…!

Juan: Messer Giorgio Vasari, ¿habéis visto ya el Juicio del Maestro ?

Vasari: En cuanto llegué de Venecia me encaminé al Vaticano para contemplarlo. Puede llamarse verdaderamente feliz quien ha visto esta maravilla verdaderamente estupenda de nuestro siglo.

Juan: He oído decir que toda Roma ha quedado estupefacta y admirada…

Vasari: Miguel Angel se ha superado a sí mismo imaginando el terror de esos días. Cristo está sentado y se vuelve con mirada tremenda y severa hacia los condenados para maldecirlos, mientras Nuestra Señora se cubre con el manto al ver y oír tanta ruina. Hay infinitas figuras de apóstoles y profetas.

Juan: ¿Mas cómo ha podido hacer tantas caras distintas?

Vasari: No puedes imaginar cuánta variedad hay en las cabezas de los diablos, verdadera muestra del infierno. En los pecadores se reconoce juntamente el pecado y el temor del eterno castigo. Y sucede que los envidiosos, los soberbios, los avaros y los lujuriosos se distinguen de los buenos espíritus porque, al representarlos, ha observado cuidadosamente tanto el aire como la actitud y todas las otras circunstancias.

Juan: ¿Pero no es imposible que haga eso un pintor?

Vasari: Cosa grande y difícil es, pero no imposible para Miguel Angel, que ha sido siempre agudo y sabio, ha visto muchos hombres, y ha adquirido en contacto con el mundo ese conocimiento que los filósofos logran con la especulación y los libros.

Juan: Es un artista sublime…

Vasari: Miguel Ángel ha conocido ese y otros elogios. Pero él tiene de sí mismo otra opinión. Hace poco le escribía a Messer Nicolás Martelli:

Os habéis imaginado —bien lo veo— que soy un hombre tal como Dios hubiera querido que fuera. No soy más que un pobre hombre —y de escaso valor— que se fatiga en el arte que Dios le ha permitido conocer, para prolongar su vida lo más que sea posible.

Juan: ¿Es un hombre alegre?

Vasari: Dolorido por dentro, e insatisfecho. El arte lo obsesiona y tanto la gloria como la incomprensión lo fatigan.

Cortina musical: Isaac u Obrecht.

Relator: Del dolor y de la incomprensión fue consuelo para el artista la amistad de Vittoria Colonna: una mujer que no era hermosa pero cuyo espíritu escondía insospechados tesoros. Miguel Angel sintió por ella profundo amor y amistad sincera. Vittoria Colonna reunía en su retiro de Monte Cavallo a los más ilustres humanistas: Pietro Bembo, el cardenal Bibbiena, Paulo Jovio, y de vez en cuando llegaban hasta ella los visitantes de lejanas comarcas de paso por Roma. En ocasiones los reunía Vittoria en la Iglesia de San Silvestre, tras algún ejercicio piadoso. Hela aquí, con un pintor forastero llamado Francisco de Holanda, y con Messer Lattanzio Tolomei. Ahora aguardan la llegada de Miguel Angel, que habita en las cercanías, y a quien Vittoria ha mandado llamar.

Pausa.

Lattanzio: ¿Crees que vendrá?

Vittoria: No es seguro, pues rehúye la compañía. Mas si viene, bueno es que sepáis cómo hablarle. Seremos derrotados todas las veces que se intente atacar a Miguel Angel en su terreno, que es el del espíritu y la fineza. Veréis, Messer Lattanzio, que es menester hablarle a borbotones, de pleito o de pintura, para tener ventaja sobre él y reducirlo a silencio.

Llaman a la puerta.

Vittoria: Él es.

Entra Miguel Ángel.

Vittoria: ¡Bienvenido! Temía que no os encontraran.

Miguel Ángel: Me alcanzó vuestro criado cuando pasaba cerca de aquí, camino de las Termas. No pude escapar…

Vittoria: De lo que nos regocijamos mis amigos y yo. No os considero menos digno de elogios por la manera como sabéis aislaros.

Miguel Ángel: Señora, acaso me concedáis más de lo que merezco…

Vittoria: No, tenéis el mérito de mostraros liberal con sabiduría, y no pródigo con ignorancia; por esto es que vuestros amigos ponen vuestro carácter por encima de vuestras obras, en tanto que quienes no os conocen estiman en vos lo menos perfecto, es decir, las obras de vuestras manos. También os considero digno de elogio por escapar a nuestras inútiles conversaciones.

Miguel Ángel: Señora, puesto que me hacéis pensar en ello, permitidme exponeros mis quejas contra una parte del público, en nombre mío y en el de algunos pintores de mi carácter. De las mil falsedades divulgadas contra los pintores célebres, la más acreditada es aquella que los representa como gente bizarra y de difícil e insoportable acceso, mientras que son de natural muy humano. Los ociosos tienen la sinrazón de exigir que un artista absorbido por sus trabajos gaste cumplimientos para serles agradable. Puedo asegurar a Vuestra Excelencia que hasta Su Santidad me causa a veces cuidados y pesares preguntándome por qué no me dejo ver más a menudo. Entonces digo a Su Santidad que prefiero trabajar para ella a mi modo que permanecer en su presencia como otros hacen.

Lattanzio: ¡Afortunado Miguel Ángel! Entre todos los príncipes, solamente los papas saben perdonar pecado tal.

Miguel Ángel: Son precisamente éstos los pecados que los reyes debieran perdonar. Os diré que las ocupaciones de que estoy encargado me han dado tal libertad que, conversando con Su Santidad, me acontece que, sin pensarlo, me pongo el sombrero de fieltro en la cabeza y comienzo a hablar con absoluta libertad. Pero Su Santidad no me hace morir por ello. Me atrevo a afirmar que el artista que se acomoda a satisfacer a los ignorantes antes que a su profesión, nunca podrá ser un hombre superior.

Vittoria: ¿Podré, Miguel Ángel, pediros que esclarezcáis mis dudas sobre la pintura? Porque, para probarme ahora que los grandes hombres son razonables, espero que no haréis ahora uno de vuestros acostumbrados golpes de cabeza.

Miguel Ángel: Pídame Vuestra Excelencia algo digno de serle ofrecido y será obedecida.

Vittoria: Desearía yo saber lo que pensáis de la pintura de Flandes, porque me parece más devota que la manera italiana.

Miguel Ángel: La pintura flamenca complacerá generalmente al devoto más que ninguna de Italia. Esta jamás le hará verter una lágrima; la de Flandes se las hará derramar en abundancia. La pintura flamenca parecerá bella a las mujeres, a los monjes y a algunos nobles que son sordos a la verdadera armonía. En Flandes se pinta de preferencia, para engañar la vista exterior, objetos que les encantan a seres de los que no podríais hablar mal: santos y profetas. Causa buen efecto a ciertos ojos, pero no hay en ella razón ni arte ni proporción y nada de grandeza.

Vittoria: Y sin embargo, ¿qué hombre virtuoso y sabio no otorgará toda su veneración a las contemplaciones espirituales y devotas de la santa pintura? Faltaría tiempo, creo, antes que materia, para la alabanza de esta virtud.

Miguel Ángel: Si tan mal hablo de la pintura flamenca, no es porque sea mala por entero; pero quiere ella hacer con perfección tantas cosas que ninguna hace de manera satisfactoria. Solamente a las obras que se hacen en Italia se puede dar el nombre de verdadera pintura.

Vittoria: Si juzgamos por vuestra obra, no os equivocáis. Mas vuestra impertinencia llega ya a su límite.

Cortina musical: Isaac u Obrecht.

Relator: Así, día tras día, dialogaban la noble dama y el artista. Era un refugio para Miguel Ángel, a quien ahora amenazaba la difamación de Pietro Aretino, siempre audaz y maledicente. Porque en los corrillos y en las antecámaras, había comenzado a susurrarse que eran inapropiados los desnudos del Juicio Final para lugar tan santo donde se celebraba el oficio divino, y aquel panfletista desvergonzado se sentía autorizado para hacerse cargo de las críticas. He aquí a Miguel Ángel, leyendo la curiosa epístola que acaba de recibir.

Miguel Ángel: (Leyendo)

¿Así pues, ese Miguel Ángel de pasmosa fama, ese Miguel Ángel de tan notable prudencia, ese Miguel Ángel que admiran todos, ha querido presentar al mundo un ejemplo de impiedad en religión no menos que de perfección en pintura?

¿Es posible que vos, que por vuestra presencia divina no os dignáis mezclaros con la muchedumbre de los humanos, hayáis osado cometer este acto en el más grande templo de Dios, sobre el primer altar de Jesús, en la capilla más augusta del mundo, allí donde los grandes cardenales de la Iglesia, donde el vicario de Cristo, en medio de las ceremonias católicas, de las órdenes sacras y de las oraciones divinas, confiesan, contemplan y adoran su cuerpo, su sangre, su carne sagradas? Mejor sería vuestro vicio si, pintando de suerte tal, buscarais disminuir la creencia de vuestro prójimo. Mas también en esto no queda impune vuestra temeraria maravilla, pues el milagro que produce engendra asimismo la muerte de vuestra propia alabanza. Que Dios os lo perdone, como yo, que no digo esto por el sentimiento de no haber recibido los dibujos que de vos deseaba.

Mas si el tesoro que os dejó el Papa Julio para que sus despojos mortales fueran depositados en el monumento que vos debíais tallar, no ha bastado para haceros mantener vuestras promesas ¿qué puedo esperar yo? Faltando de suerte tal a la deuda por vos contraída, se os acusa de robo…

Cortina musical: Isaac u Obrecht.

Relator: Era una infamia más en la vida de quien había sufrido muchas. Miguel Ángel no contestó, pero vio crecer a su alrededor el recelo contra su obra inmortal, en la que había volcado toda su fe, toda su fuerza, toda su capacidad de creación. El espíritu del humanismo declinaba. La Inquisición ponía hierros al pensamiento, y el temor crecía mientras el Concilio de Trento comenzaba a deliberar acerca de la reorganización de la Iglesia. La era de la Contrarreforma comenzaba.

Cortina musical: Des Prés, Miserere.

[Nota: El nombre Rovere aparece acentuado en el original (Róvere), para facilitar la pronunciación a los actores].




[A partir de 1517 la Reforma dividió al mundo cristiano en católicos y protestantes. Felipe II de España tomó la bandera del catolicismo y detuvo el avance de los turcos hacia Occidente con la victoria de Lepanto. Persiguió sin tregua a los heterodoxos, trabando el desarrollo del pensamiento moderno, y enfrentó a los países protestantes, malogrando las grandes posibilidades comerciales del reino.
Miguel de Cervantes (1547-1616), soldado en Lepanto, publicó en 1604 la primera parte del Quijote y la segunda poco antes de morir.]


1604.
Don Quijote asoma sobre el horizonte de España


Relator A: Aquella ciudad que veis alzada sobre un río y ornada de torres es Sevilla. Desde la ribera del Guadalquivir hasta la puerta de la muralla se extiende el arenal famoso que, cuando llegan las flotas por el río, se cubre de carretones cargados hasta el tope de mercancías, o acaso de plata si el galeón viene de Indias. Tantas gentes se agolpan en él durante el día y se derraman luego por plazuelas y callejas, tantas se reúnen en los mesones para beber y jugar durante las noches, tantos escudos corren de mano en mano y tantas aventuras se esconden tras sus muros, que el gran Lope [de Vega]ha consentido en compararla, como hace el vulgo, con la antigua Babilonia, símbolo de abigarramiento y cosmopolitismo. He aquí Sevilla en 1598.

Relator B: Mas trasponed la puerta y fijaos bien. Sevilla está hoy de luto y llora la muerte del insigne Felipe, hijo de Carlos V, en cuyo honor ha levantado ese magnífico y funerario túmulo que allí veis. He aquí el último resplandor de su grandeza. Muy pronto su cuerpo reposará en el recinto del Escorial que él ha querido que sea llamado «el pudridero», para que quede ejemplo de la brevedad de la vida y la vanidad de toda grandeza. Soberbio túmulo, éste que ha levantado en su honor Sevilla.

Pero acercaos un poco y veréis que no todos lloran. Rondan el túmulo curiosos de todo estado y condición, y sobre todo la plebe gárrula de aquella Babilonia volcada hacia las Indias y encandilada por el resplandor de la plata. Mirad aquí, a estos mirones, vecinos unos y forasteros otros, que discurren despreocupadamente sobre la magnificencia de las honras que se tributan al Rey difunto. Hay uno que ahora se aparta de los demás, algo agobiado, y se encamina lentamente hacia la posada en que se hospeda. Si lo observarais, descubriríais en su rostro la huella de una sonrisa entre burlona y comprensiva, rastro de la que iluminó aquella cara algo alargada durante el coloquio. Y si llegáis hasta su aposento sin que os descubra y aguzáis el oído, oiréis cómo lee los versos que acaba de componer no bien llegado:

Relator C:

Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diere un doblón por describilla;
porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?
Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo ¡oh, gran Sevilla!
Roma triunfante en ánimo y nobleza.
Apostaré que el ánima del muerto
por gozar este sitio hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente.
Esto oyó un valentón y dijo: —Es cierto
cuanto dice voacé, señor soldado.
Y el que dijere lo contrario, miente.
Y luego incontinenti
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

Relator A: (Muy bajo.) ¿Sabéis quién es?

Relator D: (Ídem.) Un cobrador de impuestos ¡que Dios confunda! Mas no hay duda de que es hombre de ingenio, y alguna vez oí en el arenal que fue herido en Lepanto y que ha estado cautivo en Argel. Lo que sé de cierto es que sus cuentas no son siempre limpias y que por eso ha tenido que ver con la Justicia.

Relator B: Sin duda no lo quieren, porque nadie quiere a un recaudador. Pero no lo perdáis de vista porque a pesar de todo es un hombre de méritos. Si lo veis volver a la cárcel, tened paciencia y esperadlo. Ahora ha recobrado la libertad y marcha por los caminos polvorientos, triste a veces, mas siempre entretenido con el inigualable espectáculo de la vida cotidiana. Aquí hace noche, allá permanece… Y luego vuelta a andar por la ancha Castilla.

Relator A: Aquella ciudad que veis alzada sobre una colina y asomada sobre la curva del río Tajo es Toledo. Sobre el río está tendido el viejo puente de Alcántara defendido por un castillo y de él arranca empinado camino que conduce hasta la ciudad. He aquí la incomparable plaza del Zocodover, vigilada de cerca por el Alcázar, y poblada por una multitud parlanchina y desocupada.

Relator B: Por esta plaza ha cruzado nuestro hombre no hace mucho. Si os interesa el personaje, no os distraigáis contemplando las antiguas mezquitas y sinagogas, ni los templos ni los palacios, ni cedáis a la tentación de buscar la casa del paseo del Tránsito donde habita ese extraño pintor griego llamado Doménico Theotocópuli. Dejad todo eso para otro día y meteos por ese viejo arco árabe que llaman «de la Sangre» hasta que os topéis con la Posada del Sevillano. Mirad, aquí es. El patio está colmado de mozos y caballerías y en uno de los aposentos se han reunido algunos para yantar y para oír hermosas canciones.

Voz A: ¿Pero aún no están guisadas esas gallinas, señor huésped? Al menos mande vuesa merced que nos traigan de beber, que perecemos.

Voz B: Todo llegará al punto, señor, no os impacientéis, que no hay guisado que pueda apresurarse más de lo que es ley y razón. Pero entretanto, y mientras bebéis un cuartillo, podréis oír brava música, que hay aquí una moza que canta a maravilla. ¿Qué os parece?

Voz A: Pues decidle que cante, y este mi amigo la acompañará con la vihuela, que cuando pone él en ella las manos, parece que hablara.

Voz C: ¿Sabes tú cantar el romance de Durandarte?

Moza: Sí que lo sé, señor, y mucho que me place.

Voz C: Pues andando que ya comienzo.

Cortina musical: Luis de Milán, Durandarte.

Voz A: Enhorabuena la moza, que tiene la garganta de oro. ¿Por qué no cantas eso otro tan agradable de oír que comienza: «Paseábase el rey moro»?

Moza: Como quieran vuesas mercedes, que también lo sé.

Voz A: Pues escuchemos.

Cortina musical: Paseábase el rey moro, anónimo.

Relator B: Ahora comenzarán las vihuelas y los laúdes, y en poco más se harán rajas bailando los mulantes y las fregatrices en el mesón del Sevillano. Pero dejémoslos bailando y cantando; trepad por la escalera y buscad aquel aposento en la esquina del corredor que es el que ocupa nuestro hombre; y puesto que la curiosidad os mueve y no hay nadie en él, entrad por un instante y buscad la hoja primera de ese hato de papeles que está sobre la mesa. Y leed atentamente, porque allí quedará aclarado todo el secreto:

Relator A:

Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña; los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies.

Éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y de otras obras que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño: llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra.

Relator B: Lo que sigue tras estas palabras son las novelas que habrán de llamarse Ejemplares. Algunas hay ya escritas y otras brincan a medio componer en la cabeza de Miguel de Cervantes, confundidos sus personajes y peripecias. Ahora mismo está escribiendo una, a la que le presta escenario el pío mesón donde se hospeda. El hombre ha visto mucho y ha conocido de la humanidad la hez y la espuma: hidalgos y granujas, nobles espíritus y redomados malandrines, y esa caterva de los que no son malos ni buenos sino lo que el azar quiere que sean. Mas todo lo que ha visto y oído cobra en su entendimiento forma de farsa, pugna por expresarse con donoso lenguaje y busca finalmente la punta de la pluma para escurrirse hacia el papel bajo la forma de palabras entintadas de sangre. ¿No visteis acaso con qué agudeza captaba la mirada furtiva de la criada, sorprendida por la presencia de un galán en el que Miguel adivina al instante el pícaro desvergonzado, lleno de encanto y seducción por la maestría con que usa sus artes? Pues con tan poco como eso quedó urdida la trama de una aventura singular, y la fregona quedó prendida en ella junto al pícaro, para deslizarse ahora entre peripecias arrancadas de los recuerdos del ingenioso don Miguel, que tanto viera en el arenal sevillano, en el arrabal madrileño o en los mesones toledanos. Pero salid aprisa, que don Miguel regresa a su aposento, y escondeos donde podáis oír. Ahora se ha sentado a su mesa, ha tomado aquellas cuartillas que llevan por título La ilustre fregona y se dispone a seguir escribiendo; y para tomar el hilo del relato, relee donde lo había dejado, que era en la descripción de aquel Carriazo, espejo de pícaros, que en su relato conducirá luego hasta su mismo albergue de esta noche.

Relator C:

En tres años que tardó en aparecer y volver a su casa aprendió a jugar a la taba en Madrid, y al rentoy en las ventillas de Toledo, y a presa y pinta en pie en las barbacanas de Sevilla; pero con serle ajeno a este género de vida la miseria y estrechez, mostraba Carriazo ser un príncipe en sus cosas: a tiro de escopeta, en mil señales, descubría ser bien nacido, porque era generoso y bien partido con sus camaradas. Visitaba pocas veces las ermitas de Baco, y aunque bebía vino, era tan poco, que nunca pudo entrar en el número de los que llaman desgraciados, que con alguna cosa que beban demasiada luego se les pone el rostro como si se le hubiesen jabelgado con bermellón y almagre.

En fin, en Carriazo vio el mundo un picaro virtuoso, limpio, bien criado y más que medianamente discreto. Pasó por todos los grados de pícaro, hasta que se graduó de maestro en las almadrabas de Zahara, donde es el finibusterre de la picaresca.

¡Oh picaros de cocina, sucios, gordos y lucios, pobres fingidos, tullidos falsos, cicateruelos de Zocodover y de la Plaza de Madrid, vistosos oracioneros, esportilleros de Sevilla, mandilejos de la hampa, con toda la caterva innumerable que se encierra debajo de este nombre de picaro! Bajad el toldo, amainad el brío, no os llaméis pícaros si no habéis cursado dos cursos en la academia de la pesca de los atunes. ¡Allí, allí, que está en su centro el trabajo junto con la poltronería! Allí está la suciedad limpia, la gordura rolliza, la hambre pronta, la hartura abundante, sin disfraz el vicio, el juego siempre, las pendencias por momentos, las muertes por puntos, las pullas a cada paso, los bailes como en bodas, las seguidillas como en estampa, los romances con estribos, la poesía sin acciones.

Aquí se canta, allí se reniega, acullá se riñe, acá se juega y por toda se hurta. Allí campea la libertad y luce el trabajo; allí van o envían muchos padres principales a buscar a sus hijos; y los hallan; y tantos sienten sacarle de aquella vida como si los llevaran a dar muerte.

Cortina musical: Vasques, Vos me matasteis.

Relator A: Sin duda está contento don Miguel, y si le conocierais sabríais qué risa de hombre bueno campea sobre su rostro. Pero si observarais bien, veríais que no ha sido la música lo que lo ha puesto en ese estado. Allá, en otro montón de papeles, está el secreto que llega del patio de la posada. Hace muy poco acaban de otorgarle en Valladolid la necesaria licencia para imprimir su don Quijote que ya tiene acabado. Vedlo allí, atado con cordel. Alguna vez ha sido desatado para leer algún trozo a algún confidente, y ya se ve que el éxito lo aguarda. Y don Miguel sonríe porque sabe que Lope de Vega se irrita por cuanto dice de él, y ya tiene noticias de que ha escrito malévolas palabras sobre su obra. Pero no le importa. Su don Quijote saldrá ya pronto y conquistará el mundo con su lanza, tanto que Amadís de Gaula ha escrito a su héroe:

Tendrás claro renombre de valiente
Tu patria será en todas la primera
Tu sabio autor, al mundo único y solo.

Porque don Quijote es hijo de su tiempo, con ser universal y extraordinario. Rezuma todo lo que es bueno y malo en la España de entonces, lo que su sabio autor ha visto y oído por sus múltiples vericuetos. Y todos los oídos reconocerán algo que oyeron una vez, y todos los ojos algo que vieron en alguna ocasión. Y don Quijote salió de conquistas y conquistó un mundo que es ya suyo.

Lleno de contradicciones, de miseria y grandeza, ese mundo es la España de Felipe III, la España de la Conquista, la España de la Contrarreforma, también la España de los picaros. Sobre todos ellos se cierne majestuoso Felipe III, heredero de pesados deberes que él ha resuelto delegar en su privado el Duque de Lerma.

Relator B: Fijaos bien en él, porque es él el verdadero señor de España. Está en su despacho, y le aguardan grandes del reino, embajadores, secretarios y cortesanos. Pero él lee una y otra vez las páginas de un memorial que ha recibido hace algún tiempo. De aquello de que quisiera no enterarse, lo entera cada día un personaje casi olvidado, que fuera ilustre antaño y que se llama Antonio Pérez. Hace tiempo, cuando reinaba Felipe II, fue famoso por su poder y su valimiento cerca del monarca. Pero se introdujo en terreno vedado, fue expulsado y perseguido, suscitó catástrofes irreparables y vive ahora en la corte de Francia donde Enrique IV le dio acogida. Desde lejos, la inteligencia sutil y la vasta experiencia de Antonio Pérez divisa la tormenta que trae la negra nube de hidalgos, de píicaros, de religiosos, de aventureros de toda laya que, fieles a una vocación, desatienden o ignoran lo que hoy reclama el reino. Desde París el mundo empieza a verse de otro modo, y en ese espectáculo el papel asignado a España parece de escaso lucimiento. España languidece. ¿Quién la amenaza? ¿Quién amenaza a España sino ella misma? El Duque de Lerma, ambicioso y audaz, lúcido y diligente, conoce el mal y procura ignorarlo. Pero en su oído suenan las palabras del Memorial de Antonio Pérez que se llamó Norte de Príncipes.

Relator A:

Ojo, señor, a las Indias, que es la parte de donde viene el dinero, y con él también la sustancia de esta Monarquía, y considérese que aquellas riquezas de oro y plata que se sacan es negocio temporal, y que se va acabando, y que nos han de venir a faltar aquéllas, y no por eso los vicios cuyo instrumento son para que estemos acostumbrados, que si la falta de riquezas introdujera la de cetros, pudiera por cierto desearse y pedirse: en su conservación, digo, que se piense, y en la del fruto que nos viene de allá, para que nos dure y no nos falte, ni se vea que se pasa a otras naciones, y no nos deja más que el polvo y el dolor y el daño de los vicios y gastos introducidos con mucha abundancia. Muchos dirán, y habrán dicho esto mismo que yo quiero decir a V.E. porque es cosa tan necesaria que ninguno puede ignorarla, y es que se ponga mucho cuidado en la materia de las jurisdicciones con su Santidad, que se va entrando Roma mucho en la de España, y siendo tan gran parte de ella lo Eclesiástico y Religioso que ocupa más de la mitad de ella, cuando menos pensemos los habemos de hallar dueños de todo: susténtese el remedio de las fuerzas, y de la retención de los despachos injustos, como le hay en otros muchos reinos Cristianos, y no mayores, ni de más calificados méritos con la Sede Apostólica y sin que parezca que por eso se contraviene a la autoridad y la libertad Eclesiástica, razón con que siempre se nos da en rostro por los Ministros Romanos.

No consienta V.E. que en su tiempo se pierda costumbre tan loable, si no antes en él se asiente de todo punto, con que eternizará su memoria gloriosamente entre los venideros; y no digo más de la conveniencia de esto, aunque pudiera, porque no es materia más que para apuntada, y que la juzguen los más sabios y experimentados en tales materias, y me contento con haber hecho la proposición, añadiendo también con la misma moderación a lo que digo que mande V.E. que se considere lo que van creciendo las rentas y bienes raíces, y que con las mandas, con las donaciones, con las herencias, con las compras de lo que les sobra, y con lo que una vez que entre nunca sale, si no se pone término y medida a ello dentro de muy pocos años han de venir todas las casas, heredades y juros a ser bienes eclesiásticos, quedando enteras las necesidades de los seglares y de Su Majestad, que no habrán de cobrarse los pechos y los derechos que cargan sobre aquéllos, teniendo mucha menos sustancia para acudir a ellos, cosas todas por cierto en mi discurso y pensamiento, juntándolo con la disminución que veo en España de gente de servicio público, que me hacen temer no sé qué males y desventuras, puesto que aún para pensadas son grandes.

Relator B: Males y desventuras. Males y desventuras en la España de Lope y de Cervantes, del Greco y de Vitoria. Sobre ellos llorarán ricos y pobres, en tanto que el espíritu escapará cada vez más sutil y ligero del contorno que lo constriñe; Lope el primero:

Voz A:

Señales son del juicio
ver que todos le perdemos,
unos por carta de más
y otros por carta de menos.
En dos edades vivimos
los propios y los ajenos,
la de plata, los extraños,
y la de cobre los nuestros.
¿A quien no dará cuidado,
si es español verdadero,
ver los hombres a lo antiguo
y el valor a lo moderno ?
Con esta envidia que digo
y lo que paso en silencio
a mis soledades voy,
de mis soledades vengo.




[Francisco de Quevedo (1580-1643) fue funcionario en las cortes de Felipe III y Felipe IV. Ambos reyes, artífices de la decadencia de España, condujeron el reino con un descuido rayano en la inconsciencia, dejando el poder en manos de sendos ministros ávidos e interesados. Quevedo los fustigó en sus obras sin dejarse amordazar por exilios y prisiones.]


1626.
Don Francisco de Quevedo moraliza en la corte de Felipe IV de España


Relator: No os sorprendáis por lo que voy a deciros, mas tened por seguro que aquí en la corte habita un duende misterioso que se entromete por todos los rincones e introduce una especie de agudo aguijón en las conciencias de quienes habitan en ellas. Si no es un duende, al menos lo parece. Ágil y audaz, nada parece serle vedado. Tiene forma humana, es cierto. Y más os diría yo… Tiene barba, bigote y luenga melena; y como consume sus ocios en la lectura, ha tenido que poner cristales delante de sus ojos, que ajusta a su nariz con un arco flexible… Unos quevedos, como suele llamárselos. Mas… ¡qué coincidencia! Quevedo… Pues si no me equivoco, cuando alguien quiere llamar al duende llámale… Quevedo. Sí, así se llama: don Francisco de Quevedo y Villegas, cuya efigie pintó su compatriota Diego de Velázquez.

Cortina musical: Frescobaldi.

Quevedo: ¿Adonde se dirige Marte fiero…?

Spínola: A descansar, don Francisco. Velázquez me ha tenido dos horas de pie, inclinado y fingiendo que recibía otra vez la llave de Breda.

Quevedo: ¿Pinta el Maestro?

Spínola: ¡Como los ángeles! Pero aún no sé cómo representará mi cara…

Quevedo: No temáis, señor Marqués de Spínola. Os pintará como sois… O temed, si os parece…

Spínola: Siempre sois el mismo… Ea, a reposar… Dios os guarde, don Francisco.

Cortina musical: Frescobaldi.

Relator: En la corte, don Francisco de Quevedo había aceptado el cargo de Secretario del Rey, una sinecura que le permitía vivir sin mucho esfuerzo.

Quevedo: Soy un Secretario… sin secretos.

Relator: Y en efecto, sin función específica ninguna, don Francisco de Quevedo rondaba por las antecámaras, fisgaba y sonreía, alzaba la voz para llamar a la cordura a alguno, o se encerraba en su habitación para escribir verso o prosa según le pluguiera. Su oficio era decir verdades, y las decía con tan sutil ingenio y maestría que hasta a aquellos a quienes castigaba gustábales oírlas. Su valor…

Voz: Amigo, es hermoso el poema, pero no creo que agrade que alabéis la memoria de don Pedro Girón.

Quevedo: No conocisteis al Duque de Osuna… que de haberlo conocido, lo alabarais vos también si fuerais bien nacido… digo, puesto que sois bien nacido…

Voz: Vos fuisteis su amigo…

Quevedo: Su amigo verdadero, y no vacilé en exponer mi vida en su servicio. Pues cuando me envió a Venecia por un negocio que nunca se ha agradecido bastante al Duque, estuve a punto de perder la cabeza y hube de salir de allí disfrazado de mendigo. Faltar pudo a su patria el grande Osuna… pero no a su defensa sus hazañas… (Pausa.)

Voz: Concluid, señor don Francisco. Es grato de oír…

Quevedo:

Faltar pudo a su patria el grande Osuna
Pero no a su defensa sus hazañas;
diéronle muerte y cárcel las Españas
de quien él hizo esclava la Fortuna.
Lloraron sus envidias una a una
con las propias naciones las extrañas;
su tumba son de Flandes las campañas,
y su epitafio la sangrienta luna.
En sus exequias incendió el Vesubio
Parténope, y Trinacria el Mongibelo;
el llanto militar creció en diluvio.
Diole el mejor lugar Marte en su cielo.
La Mosa, el Rin, el Tajo y el Danubio
murmuran con dolor su desconsuelo.

Cortina musical: Frescobaldi.

Relator: Aquella extraña aventura del Duque de Osuna, en la que participó Quevedo, no malogró su situación en la corte. El nuevo Rey, Felipe IV, y su ministro y privado el Conde Duque de Olivares, se mostraron más bien favorables a quien creían un cortesano capaz de distraerlos. Y aunque «Secretario sin secretos», don Francisco de Quevedo ronda los secretos de Estado. Fíelo ahí conversando —de incógnito, naturalmente— con el propio Embajador de la República Veneciana.

Cortina musical: Frescobaldi.

Quevedo: En un instante más os recibirá el señor Conde, señor Embajador. Quién tuviera vuestra suerte… porque tiempo ha que deseo yo verlo sin lograrlo. Ya sabéis que verlo es ver al verdadero poder de estos reinos, y quien el poder tiene, tiene el don. Y yo busco el don…

Embajador: Si habéis llegado hasta aquí, amigo mío, poco esfuerzo os costará llegar a su despacho. Es hombre singular, y cuando lo veáis… Pero… ¿de cierto no lo conocéis?

Quevedo: Jamás lo he visto… sino en efigie. Porque, eso sí, he visto la que hizo de él el Maestro Diego de Velázquez.

Embajador: Pues así es… Hombre de estatura grande aunque no de elevada talla, y encorvado de espaldas, cara larga, pelo negro, un poco hundido de boca, de ojos y narices ordinarias, de frente espaciosa…

Quevedo: ¿Sois pintor, acaso…?

Embajador: Los embajadores no pintamos, pero sabemos observar, que es nuestro oficio…

Quevedo: Y puesto que habéis tratado con él…

Embajador: En el negocio es facilísimo en apariencia, mas tan disimulado en la sustancia, que cualquiera queda burlado en las esperanzas y engañado en las promesas. Su ingenio es elevado y perspicaz, y goza de una facundia natural en voz y una elocuencia acompañada de doctísimas agudezas en escrito…

Ujier: Señor Conde de la Roca, Su Excelencia el señor Conde Duque os aguarda…

Embajador: Allá voy… Excusadme, señor… ¿cómo es vuestro nombre?

Quevedo: Rodrigo de Silva, señor Conde.

Embajador: Pues quedad con Dios, señor de Silva.

Pasos que se alejan.

Quevedo: (Riendo.) Pues si supieras quién soy, pedirías mi cabeza…

Cortina musical: Frescobaldi.

Relator: Ingenioso y travieso, don Francisco de Quevedo reflexiona y medita sobre las cosas con desacostumbrada profundidad. Gusta de los chistes y las bromas, pero su fibra es la de un moralista severo. Reverencia la virtud, sigue sus dictados y es severo con quienes la olvidan. Y sobre todo ama a España con amor profundo y verdadero y cree en su grandeza, en un tiempo en que su patria pasa por los mayores males. La miseria asoma. El Rey y el favorito apenas lo advierten, y si lo advierten no saben cómo detenerla en la puerta. Una angustia contenida conmueve a toda España, y Quevedo la siente latir en su propio espíritu. Ahora dialoga con el Conde Duque, que lo admira y lo teme, y que llegará a odiarlo muy pronto.

Cortina musical: Frescobaldi.

Quevedo: Ya habéis vestido al rey, Excelencia…

Olivares: Sin chanzas esta mañana, don Francisco. Ciertamente, he ayudado a vestirlo como todas las mañanas, y he aprovechado, como todas las mañanas, para comunicarle los asuntos de Estado que más importan. Bien sabéis que es casi el único instante en que es posible atraer su atención.

Quevedo: Toda la carga del poder sobre vuestras espaldas, Excelencia. Cuántos trabajos…

Olivares: Podríais decirlo en serio, don Francisco… Pero espero que algo cambien las cosas. He pedido al Rey que asuma la dirección de sus Estados, y creo haberlo convencido. ¿Queréis que os lea la carta que le envié y su respuesta?

Quevedo: Me enorgullece vuestra confianza… Si os place…

Olivares: Oíd lo que yo decía:

Tal vez la razón por la cual Vuestra Majestad no quiere consentir en trabajar ni en hacer lo que le pido consiste en la entera confianza que deposita en mi persona. Si yo no estuviese, ¿quizá se aplicaría más Vuestra Majestad por no tener en otro la confianza que tiene en mí? Este pensamiento, y el deseo que tengo de servir a Vuestra Majestad, y el celo con que me afano por conseguirlo —Dios sabe en qué medida—, me han impulsado a decir a Vuestra Majestad que si no quiere obrar como le pido me retiraré inmediatamente, sin pedirle autorización y hasta sin prevenirle, aun cuando me castigue confinándome en una fortaleza…

Yo os lo ruego, señor, tomad la dirección en vuestras propias manos; haced que desaparezca hasta el nombre de «favorito». Por mi parte, continuaré apremiando a Vuestra Majestad para que ponga sobre sus hombros la carga que el propio Dios le impuso, para que la lleve y para que trabaje, si está conforme, sin agotamiento, pero no sin cuidado.

Quevedo: (Con alguna sorpresa.) Y os atrevisteis a enviarla. ..

Olivares: La envié, ciertamente, porque me parecía mi deber… Pero el Rey parece que no desdeña las verdades, cosa que demuestra la nobleza de su ánimo y en cambio de encolerizarse, he aquí lo que me ha contestado. ¿Queréis oír?

Quevedo: Ciertamente…

Olivares:

Señor Conde: He resuelto por Dios, por mí propio y por vos, hacer lo que me pedís. Conociendo, como conozco, vuestro celo y afecto, no puede existir, de vos a mí, ningún atrevimiento. Lo haré, pues, Conde. Os devuelvo vuestro papel con esta contestación para que lo conservéis como una herencia familiar y para que vuestros descendientes aprendan cómo debe hablarse a los reyes cuando se trata de su gloria, y para que sepan qué antepasado tenían en vos. Me gustaría dejarla en mis archivos para enseñar a mis hijos, si Dios me los concede, y a los reyes, cómo se deben someter a lo que es sabio y justo. Yo, el Rey.

¿Qué os parece…?

Quevedo: (Tras una pausa.) Paréceme… que el Rey es cuerdo… y vos discreto. La verdad no ofende… ni a los reyes. Menos, naturalmente… a los ministros. Y yo os traía una epístola moral que he compuesto, dirigida a vos, que erais quien mandaba en España, al menos hasta ahora, para comunicaros mi propia y humilde verdad. ¿Querríais leerla? Tomad…

Olivares: Larga es… (Lee.)

No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca, o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
Hoy sin miedo que libre escandalice
puede hablar el ingenio, asegurado
de que mayor poder le atemorice.
En otros siglos pudo ser pecado
severo estudio y la verdad desnuda,
y romper el silencio el bien hablado.
Pues sepa quién lo niega y quién lo duda
que es lengua la verdad de Dios severo
y la lengua de Dios nunca fue muda.

Seguid vos, señor don Francisco…

Quevedo: Pues oíd esto nada más:

(…) Señor Excelentísimo, mi llanto
ya no consiente márgenes ni orillas:
inundación será la de mi canto.
Ya sumergirse miro mis mejillas,
la vista por dos urnas derramada
sobre las aras de las dos Castillas.
Yace aquella virtud desaliñada
que fue, si rica menos, más temida,
en vanidad y en sueño sepultada.
Y aquella libertad esclarecida
que en donde supo hallar honrada muerte
nunca quiso tener más larga vida.
Y pródiga del alma, nación fuerte
contaba por afrentas de los años
envejecer en brazos de la suerte.
(…) Hoy desprecia el honor al que trabaja,
y entonces fue el trabajo ejecutoria,
y el vicio graduó la gente baja.
(…) ¡Qué cosa es ver un infanzón de España
abreviado en la silla a la jineta,
y gastar un caballo en una caña!
(…) Pasadnos vos, de juegos a trofeos;
que sólo grande rey y buen privado
pueden ejecutar estos deseos.
(…) Mandadlo así, que aseguraros puedo
que habéis de restaurar más que Pelayo,
pues valdrá por ejércitos el miedo
y os verá el cielo administrar su rayo.

A vos se os dice, señor Conde Duque…

Olivares: Ya lo oigo. Y os prometo volver a leer vuestra epístola con cuidado sumo. Las verdades no deben ofender… aunque es bueno decirlas con tiento. De modo que creéis que mi poder…

Quevedo: Acaso sea excesivo, con mengua para el Rey y para España. Sirva el criado, y merezca; no mande, no sea árbitro entre el rey y los Consejos; traiga al rey las consultas y los papeles, y alivie al rey el trabajo del mudar las bolsas de los Consejos de una parte a otra, y de abrir los pliegos, de disponerse a los aciertos con su parecer. Un rey, señor, no debe tener que decir incesantemente: «Llevadme, guiadme, yo iré tras de vosotros». Y al ministro que tiene a cargo el suplir la falta de su príncipe, sólo lo puede conservar el arte con que hiciere que se entienda siempre que obra su señor sin dependencia.

Olivares: Bien sabéis, don Francisco, que el Rey duerme y descansa en mí.

Quevedo:

Reinar es velar. Quien duerme no reina. Rey que cierra sus ojos da la guarda de sus ovejas a los lobos; y el ministro que guarda el sueño a su rey, le entierra, no le sirve; le infama, no le descansa; guárdale el sueño y piérdele la conciencia y la honra; y estas dos cosas traen apresurada su penitencia en la ruina y desolación de los reinos.

Olivares: Duro estáis, señor don Francisco, con reyes y privados.

Quevedo: La verdad, señor Conde Duque…

Cortina musical: Frescobaldi.

Relator: La verdad tuvo que ser cada día más áspera. España declinaba en poder y gloria, sus dineros escapaban hacia las arcas de los banqueros extranjeros, sus ejércitos caían derrotados y sus naves perdidas. Entretanto el Conde Duque de Olivares proseguía con sus alardes de fanfarronería y de falsa grandeza, irritando más y más a don Francisco de Quevedo, espíritu recto y honrado al que sacudía toda falsedad. La crítica, de áspera, pasó a ser mordaz, y la respuesta fue hostilidad y persecución del privado. Y la venganza del ingenio fue aquella sátira perfecta dirigida a la nariz del Conde Duque:

Voz:

Erase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.
Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
Era Ovidio Nasón más narizado.
Erase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era.
Erase un naricísimo infinito,
muchísima nariz, nariz tan fiera,
que en la cara de Anás fuera delito.

Relator: Con esas armas prosiguió sus luchas don Francisco de Quevedo. Escribió la Política de Dios y Marco Bruto, dos obras llenas de sabiduría y prudencia. Pagó su libertad de espíritu perdiendo la libertad de su cuerpo, como es frecuente. Y hasta su última hora atestiguó el vigor del espíritu hispánico frente a las calamidades de la suerte.

Cortina musical: Frescobaldi.




[Científico brillante, inventor dotado, carácter entusiasta y apasionado, Galileo Galilei (1564-1642) publicó sin tapujos sus revolucionarias teorías sobre el universo, e intentó encontrar en la Biblia su justificación y respaldo. La Inquisición acalló su voz pero no pudo coartar su pensamiento, que se difundió por secretas vías en los círculos intelectuales de Europa.
El poeta John Milton (1608-1674) se quedó ciego en 1652. Terminó su obra El Paraíso perdido en 1667.]


1639.
Galileo Galilei en Arcetri


Cortina musical: Monteverdi o Frescobaldi.

Hija: ¡Padre…! ¿Duermes?

Galileo: Ya no duermo, hija… ¿Es muy tarde?

Hija: No es tarde aún… pero quiero darte una buena nueva.

Galileo: ¿Hay buenas nuevas todavía?

Hija: Las hay, padre… ¡Esta os pondrá contento! Hay un viajero recién llegado de Venecia que quiere veros.

Galileo: ¡Ay…! ¡Quién pudiera verlo a él!

Hija: Vamos, padre, ¡tened ánimo! Podéis escucharlo, porque os trae una buena noticia. ¡En Venecia ha visto un ejemplar de tus Diálogos!

Galileo: (Con más entusiasmo.) ¿Lo ha visto? Luego se han publicado ya… ¿ Pues cómo no me ha enviado uno Elzevir? No comprendo…

Hija: Tendrá temores, pero ya encontrará medio de enviártelo. Entretanto, ¿por qué no recibís a este caballero, y os distraéis un rato? Parece hombre gentil, y me ha dicho que es músico de la Capilla Ducal de Venecia. Se llama Cavalli.

Galileo: Pues que aguarde un instante. Ayúdame, hija, a vestirme. Antes erais dos… (con un sollozo); ahora no tengo otro lazarillo sino tú.

Hija: No penséis en eso, padre. Nada tengo que hacer sino cuidaros. Tomad… así… (Vistiéndolo.) Ahora… bien… ya estáis… Dejadme que os peine un poco.

Galileo: Pobre hija mía…

Hija: Ahora podemos salir. Vamos… dadme la mano…

Cortina musical: Monteverdi o Frescobaldi.

Relator: En su villa de la colina de Arcetri, Galileo Galilei, septuagenario y ciego, pasa los últimos años de su existencia. Desde las ventanas se divisa la hermosa ciudad de Florencia, capital del Gran Ducado de Toscana, aún bajo la autoridad de los Medici. Pero Galileo vive en la penumbra. Aún lúcido, su pensamiento discurre sobre mil temas inéditos y sólo de vez en cuando se empaña con los recuerdos de sus pasados infortunios.

Cortina musical: Monteverdi o Frescobaldi, perdiéndose. Luego, como en un recuerdo.

Galileo:

Yo, Galileo Galilei, florentino, de setenta años de edad, constituido personalmente en juicio y arrodillado ante vosotros, eminentísimos y reverendísimos cardenales de la Iglesia Universal Cristiana, inquisidores generales contra la malicia herética, teniendo ante mis ojos los Santos y Sagrados Evangelios que toco con mis propias manos, juro que he creído siempre y creo ahora, y que —Dios mediante— creeré en el porvenir, todo lo que sostiene, practica y enseña la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.

He sido juzgado vehementemente sospechoso de herejía por haber sostenido y creído que el Sol era el centro del mundo e inmóvil, y que la Tierra no era el centro, y que se movía. Por eso hoy abjuro, maldigo y detesto los antedichos errores…

Cortina musical: Monteverdi o Frescobaldi.

Relator: Seis años antes, ante el Tribunal de la Santa Sede, aquellas palabras habían salido de sus labios y torturaban su espíritu cada vez que volvían a su recuerdo. Luego, recluido y aislado, dedicó sus soledades a la experiencia y a la meditación, y de ellas salieron los Diálogos acerca de dos nuevas ciencias, cuyos primeros ejemplares acaban de llegar a Italia. (Pausa.) Pero el sabio no podrá verlos. Hace dos años que sus ojos se han oscurecido para siempre. Ahora, en su villa de Arcetri, cerca de Florencia, sólo le queda el consuelo de meditar sobre cosas pasadas y soñar con nuevas y osadas aventuras del pensamiento.

Arcetri, 1639. Un viajero que llega de Venecia espera a Galileo Galilei.

Cortina musical: Monteverdi o Frescobaldi.

Hija: Aquí hay un escalón… Por aquí… Sentaos.

Galileo: Gracias, hija mía.

Hija: Padre, el señor Cavalli está frente a vos.

Cavalli: Y conmovido por el honor de veros.

Galileo: Bienvenido, amigo. Paréceme por vuestra voz que sois joven…

Cavalli: No tan joven, señor. Treinta y siete años he cumplido ya, y me pesa no haberlos aprovechado como debiera.

Galileo: ¿Sois músico?

Cavalli: Músico, señor, de la Capilla Ducal de la Serenísima República de Venecia.

Galileo: ¡Venecia…! ¿De allí venís? Allí visteis, seguramente, mi libro impreso…

Cavalli: Efectivamente. Habían llegado los primeros ejemplares enviados por los Elzevir desde Leyden, y algunos de vuestros amigos que conocían mi viaje, me rogaron que os avisara su aparición y llegada. Pero no consideraron prudente poner un ejemplar en mis bagajes.

Galileo: Será menester tener paciencia, aunque, por lo demás, yo no podré sino tocarlo cuando llegue. ¡Oh, infortunio mío!

Hija: Padre… No os desesperéis… Hablemos de otra cosa. El señor Cavalli, que es músico, ha sido discípulo de Claudio Monteverdi, ¿sabéis? Ahora componéis música, ¿verdad?

Cavalli: Canto en la Capilla Ducal, y espero ser designado muy pronto organista en San Marcos. Pero mi pasión es componer, y sobre todo música para escena, en el estilo de Monteverdi.

Galileo: Mucha grandeza la suya, amigo mío. Pero su inspiración viene de muy lejos… y es algo que me toca a mí de muy cerca. Claudio Monteverdi será hombre de mi edad aproximadamente, ¿no es cierto?

Cavalli: No lo sé de seguro, pero sospecho que uno y otro pasan ya los setenta.

Galileo: Uno y otro, aunque creo que él los pasa poco menos que yo. Pues Claudio Monteverdi, amigo mío, encauzó su genio en los carriles trazados desde aquí, desde Florencia… ¿Lo sabíais, señor Cavalli? Me han dicho —pero no estoy seguro— que estuvo aquí cuando las bodas del Rey de Francia con María de Medici, en el séquito del Duque de Mantua. Si eso es cierto oyó la Eurídice de Jacopo Peri. Pero la oyera o no la oyera, siguió sus huellas. Y esas huellas, amigo mío, las comenzó a trazar mi padre… ¿sabíais, señor Cavalli?

Cavalli: Algo recuerdo haber oído decir, señor, pero no soy fuerte en esas noticias. Lo que sí os sé decir como músico, es que me entusiasman los madrigales y las arias y canciones de Jacopo Peri. Y las de su compañero Caccini también. Mucho las he cantado, y…

Hija: Oh…

Galileo: También las canta ella. Por cierto, ¿no quisierais cantar algo para este ciego, cuyo único consuelo es su oído?

Cavalli: De buen grado lo haré, pero quisiera que vuestra hija también lo hiciera…

Cortina musical: Madrigal de Jacopo Peri o Giulio Caccini.

Galileo: Bien cantado, hijos míos, bien cantado. Tiemblo pensando que mi oído no oye ya como antes. ¡Si me quedara sordo, sería la muerte!

Hija: Vamos, padre… Creo que empezasteis a hablar de Florencia y de los músicos de hace mucho…

Galileo: Sí, de eso empecé a hablaros. ¿De modo, señor músico veneciano, que no sabéis quién fue mi padre, Vincenzo Galilei? Los jóvenes no sabéis nada y creéis que todo acaba de inventarse.

Cavalli: No tanto, señor. Sé que fue músico ilustre, y he oído y cantado alguno de sus madrigales.

Galileo: Pues sabed que fue mucho más que todo eso. Hace muchos años, siendo yo muchacho, formaba él parte de la Camerata Florentina, un grupo singular de hombres de ingenio que se reunía alrededor del Conde Bardi di Vernio. Había filósofos y científicos, como Pietro Strozzi, pero sobre todo eran músicos, como el propio Conde. Músicos eran mi padre, Giulio Caccini y Jacopo Peri, todos admiradores de la antigua música y enemigos de la nueva y especialmente del contrapunto. Mi padre amaba el estilo recitativo, y a él se debe el desarrollo que tomó luego.

Y que ha seguido Monteverdi, vuestro maestro…

Se oyen dos golpes en la puerta.

Galileo: ¿Han llamado?

Hija: Sí, padre. Iré a ver.

Pausa.

Galileo: ¿Os quedáis mucho tiempo en Florencia?

Cavalli: Lo indispensable para concluir lo que me ha traído a ella, pues debo volver a Venecia.

Galileo: Veréis a mis amigos, seguramente. Conservo muchos desde hace muchos años, cuando fui profesor en Padua. Les diréis…

Entra la hija.

Hija: Padre, tenéis un nuevo visitante. Esta vez un inglés. ¿Queréis recibirlo?

Galileo: ¿Un inglés? Cosa extraña… ¿Os dijo su nombre?

Hija: Me lo dijo, aunque previniéndome que no lo conocíais. Se llama John Milton.

Galileo: ¿Filósofo?

Hija: Apenas he hablado con él. Es joven. Recibidlo, padre… Os entretendréis.

Cavalli: Yo, con vuestra licencia, me retiro ya.

Hija: Quedaos, señor.

Cavalli: Otros asuntos me reclaman, señora, y mi misión ya ha sido cumplida. ¡Señor…!

Galileo: Id en paz, y no olvidéis visitar a mis amigos venecianos y agradecedles la buena nueva que me habéis traído.

Cavalli: Señora…

Salen.

Hija: (Volviendo con Milton.) Pasad por aquí, señor. Este es mi padre.

Milton: ¿Señor? ¿Me perdonáis mi atrevimiento? No he podido vencer mi anhelo de veros, estando en Italia. Tanto he oído hablar de vos, que hubiera considerado imperdonable irme de Florencia sin ver a la más grande gloria de Italia.

Galileo: Acercaos, amigo, y sentaos cerca. ¿Venís de Inglaterra?

Milton: Ya hace tiempo, señor, que he salido de ella.

Galileo: ¿Sois filósofo?

Milton: Poeta, señor, y enamorado de las letras italianas. Por eso, no bien concluidos mis estudios, he querido visitar este país. Y me halaga, señor, la benevolencia con que he sido acogido.

Galileo: ¿Han escuchado vuestros versos?

Milton: Me han hecho ese honor, y hasta los han considerado buenos. Creo en mis dotes, y si las uno a un estudio intenso, espero poder dejar algo escrito de tal modo, que la posteridad no lo deje morir con indiferencia.

Galileo: Confío en vuestro genio, y acaso más aún en vuestra perseverancia. Por vuestro aire adivino un carácter enérgico y tenaz.

Milton: Una vida dedicada a servir un designio deja siempre buenos frutos.

Galileo: Ciertamente… aunque no siempre dulces. Yo he logrado en la mía frutos de los que sé que son sazonados y jugosos, pero que no han dejado en mi boca nada más que un agrio sabor.

Milton: Vuestra vida ha sido dura, señor, y estos últimos años han estado cargados de amarguras. Pero vuestro nombre será eterno.

Galileo: ¿Creéis vos? ¿Acaso habéis oído algo de eso en Inglaterra?

Milton: Ciertamente, señor. Vuestro nombre es allí conocido y respetado, y puedo aseguraros que se han disputado los ejemplares de vuestro Diálogo sobre los dos sistemas del mundo.

Galileo: ¡Triste aventura, la de mi libro! ¿Sabéis, acaso, que mi libro salió aceptado por la Congregación del Indice y que luego dio su aprobación el Inquisidor General de Florencia? Pero los ignorantes se lanzaron sobre él. El Padre Caccina, predicando en San Marcos, llamó herejes a quienes sostuvieran el movimiento de la Tierra, y pronto comenzaron a pedir a Roma que me enjuiciaran. Así empezó todo. Pero no me han quebrado, amigo mío.

¿Sabéis una cosa? Una nueva obra mía acaba de ver la luz en Leyden. Más afortunada que yo, que no la veré más… (Sollozos.)

Voz femenina: (En segundo plano, como un murmullo.)

¡Salve, Luz sagrada, progenie de los cielos primogénita, o del Eterno coeterno rayo!

Galileo: Vos, Milton, no sabéis lo que es la eterna oscuridad…

Hija: Padre… ¡Ánimo, padre!

Galileo: Ánimo, sí, ánimo… Nunca me ha faltado para volver a mis reflexiones. Pero no me queda ahora más que la luz de mi pensamiento. Mi pensamiento, en cambio, me sobrevivirá largamente, estoy seguro, ¡aunque me aniquilen a mí!

Milton: Comprendo, señor, vuestra amargura, pero debéis sobreponeros. Me hablabais de vuestra nueva obra. Quizá yo haya oído hablar también de ella. ¿Nadie, por ventura, tenía noticia de ella en Inglaterra?

Galileo: Alguien, sí. Para prever cualquier evento, he mandado hace tiempo copias de los originales a Inglaterra, y también a Alemania, a Flandes y a España. Pero ahora estoy tranquilo. Los Elzevir acaban de publicarla en Leyden, y un viajero que acaba de llegar de Venecia me ha traído la noticia de que ya se ven ejemplares de ella en Venecia.

Milton: ¡Enhorabuena, señor! ¿Y cómo se llama vuestro libro ?

Galileo: Aguardad… Hija, tráeme el manuscrito, y léeme cómo quedó definitivamente el título. Lo dediqué al Conde de Noailles. El llevó a Francia, cuando volvía de su embajada en Roma, una copia de la obra para hacerla conocer entre quienes se dedican a estas ciencias.

Hija: Aquí está padre. ¿Os leo el título?

Galileo: Léelo, sí.

Hija: (Leyendo.)

Discursos y demostraciones matemáticas en torno a dos nuevas ciencias, en relación con la mecánica y los movimientos locales.

Galileo: Eso es. Está escrita en forma de diálogo, y Salviatti representa mi propio pensamiento, en tanto que Simplicio responde como un peripatético. Un tercer personaje, Sagredo, representa un espíritu abierto a la verdad que trata de entender con la mente lúcida lo que se ofrece como verdad sujeta a demostración y prueba.

Milton: ¿Me dejaríais leer la primera página?

Galileo: Leed, leed. Me agradará oír lo que yo mismo no podré leer nunca más.

Milton: (Lee.)

Salviatti: Extenso campo de investigación ofrece a los entendimientos estudiosos la constante actividad de vuestro famoso arsenal, venecianos, y muy particularmente en lo que a la mecánica se refiere; puesto que aquí se halla…

La lectura ha ido perdiéndose, y la cubre la cortina musical: Monteverdi o Frescobaldi.

Relator: Esa fue la obra postrera de Galileo. Casi contemporánea del Discurso del Método de Descartes, señala, como esta otra, una de las grandes fechas en la historia del pensamiento humano.

Galileo lo sabía. El anciano ciego de la villa de Arcetri columbraba la inmensidad de la ruta que había abierto, mientras reflexionaba sumido en perpetua oscuridad. Y cuando poco después llamó la muerte a su puerta, la gloria se erigió sobre su túmulo como si éste fuera su propia morada.




[René Descartes (1596-1650) vivió en una época en que la filosofía era, más que nunca, una actividad subversiva. Escribió la mayor parte de sus obras en Holanda, donde se refugió para alejarse de las controversias y los ataques de sus compatriotas. E incluso se abstuvo de publicar algunas de sus obras teniendo en cuenta la condena de Galileo. Allí, en soledad, enunció y practicó la duda metódica, y llegó a la primera verdad evidente: pienso, y por lo tanto existo.]


1650.
René Descartes muere en la corte de Cristina de Suecia


Cortina musical: Lully, perdiéndose. Fondo de puerto.

Voces: (Gritando.) ¡Firme…! ¡Atad firme…! ¡Tened el cabo!

Chanut: Bienvenido a Estocolmo, señor René. No os imagináis cuán feliz me hace veros aquí. Ha sido un triunfo traeros…

Descartes: Gracias, Chanut. Yo también estoy contento de verme en vuestra compañía. Y todo hay que agradecéroslo a vos.

Chanut: ¿Venís abrigado? Estos fríos no son como los que conocéis en París o en Amsterdam. Ea… No perdamos tiempo. Os presentaré al Conde Alandstein a quien Su Majestad ha enviado para que os salude a vuestro arribo… Señor Conde, he aquí al filósofo a quien esperábamos.

Conde Alandstein: ¡Señor! Su Majestad la Reina me encarga que os salude a vuestra llegada y os exprese su viva complacencia por veros en su corte. Yo, a mi vez, me complazco en presentaros mi homenaje.

Descartes: Señor, os agradezco cuanto me decís, y os serviréis decir a la Reina que ardo en deseos de rendirle mi homenaje.

Conde Alandstein: El señor Embajador de Su Majestad el Rey de Francia os alojará en su palacio, ¿no es verdad?

Chanut: Ciertamente, ésa es su casa desde ahora.

Conde Alandstein: Y vos, señor, solicitaréis a Su Majestad autorización para conducir a vuestro huésped a su presencia.

Chanut: Así lo haré, señor Conde.

Conde Alandstein: Entonces, os aconsejo que subáis a vuestra carroza, que en la ribera el viento es aún más frío que en la villa. ¡Señores…!

Chanut: ¡Señor Conde…! Aprisa, señor René, sigamos el buen consejo. Por aquí…

Puerta de la carroza que se cierra.

Chanut: ¡A casa…!

La carroza se pone en marcha.

Chanut: No sé, querido amigo, cómo empezar a interrogaros… ¿Habéis tenido buen viaje?

Descartes: Excelente. El tiempo nos era favorable, y frente al cielo descubierto me he entretenido en observar la naturaleza y en conversar con el piloto sobre los vientos y las lluvias.

Chanut: ¡Oh, el autor de los Meteoros…!

Descartes: Tema que siempre me ha interesado, en efecto; pero en fin, ya llegamos, y como decían en Holanda, estoy en el «país de los osos».

Chanut: Pues os aconsejo, querido amigo, que no lo repitáis en Suecia. ¿Dejasteis Holanda con pena?

Descartes: ¿Qué deciros, Chanut? He vivido allí veinte años, casi feliz. El país es hermoso y limpio, las casas son cómodas y en las tiendas se ofrece todo lo que producen las Indias y todo lo más raro de Europa. Allí, además, conocí a la Princesa Isabel —Isabel de Bohemia, como le decían— con quien me une una estrecha y delicada amistad, y allí enseñé y aprendí. Durante mucho tiempo fue país libre y dije lo que en otra parte no hubiera podido decir. Pero, ciertamente, algo ha cambiado y durante los últimos años me han hostilizado sin descanso.

Chanut: Pero ya de antiguo ocurría algo semejante. Hará más de cinco años que tuvisteis la polémica con Voet…

Descartes: Eso pasó. Luego viajé a Francia. Al regresar descubrí que se volvían contra mí mis antiguos discípulos. Retorné a París, pero vos sabéis, señor, cómo está aquello. El Cardenal suscita resistencias por todas partes, los nobles se agitan y la familia real… reina a su modo. En fin, volví a Holanda y allí llegaron vuestros mensajes.

Chanut: (Con sonrisa.) Por medio de un solemne mensajero…

Descartes: Fue curiosísimo. Por entonces estaba yo posando para Frans Hals, que quería hacerme un retrato; entonces llegó el mensajero… Un almirante del reino de Suecia, para llevarme en su flota… (Risa suave.) No se cansaron de burlarse de mí los amigos de La Haya. Una flota de Su Majestad la Reina de Suecia en busca de un filósofo…

Chanut: Bueno, pues ya hemos llegado. Aquí es… Descendamos.

Puertas, pasos. Luego, cortina musical: Lully.

Relator: A los 53 años, el filósofo francés René Descartes llegó a Estocolmo, llamado por Cristina de Suecia. Su nombre empezaba entonces a cobrar fama, más por la hostilidad de sus rivales que por el descubrimiento de la trascendencia de sus doctrinas. En 1637 —doce años antes — había publicado en Leyden el Discurso del Método – Para bien dirigir la razón y buscar la verdad en las ciencias, que debía servir de prólogo a tres tratados científicos que habían absorbido su atención durante mucho tiempo: La Dióptrica, los Meteoros y la Geometría. Poco después aparecían las Meditaciones metafísicas y los Principios de Filosofía, y su pensamiento aparecía armonioso y arquitectónico en un breve conjunto de sólidos cimientos. Entonces fue cuando abandonó Holanda para instalarse en la corte de Estocolmo, a ruego del Embajador de Francia, Chanut, que convenció a la Reina Cristina para que lo llamara. He aquí por qué el filósofo ha llegado a Suecia.

Cortina musical: Lully.

Chanut: Espero que estéis satisfecho con vuestros aposentos.

Descartes: Son excelentes, Chanut, y espero tener en ellos reposo para escribir y pensar.

Chanut: Nadie os incomodará en ellos, y espero que vuestras obligaciones en la corte no sean pesadas. Ya he visto que habéis traído vestidos apropiados. Creedme, os será grata vuestra estada.

Descartes: ¿Esperáis que la corte sea benevolente conmigo?

Chanut: La Reina lo será, sin duda, y lo demás poco importa. Pero debo advertiros que mejor será manteneros un poco esquivo, porque la corte es tornadiza, y ésta en particular un poco agitada.

Descartes: ¡Qué me decís! Pensaba yo que una Reina a quien le agrada filosofar debía reinar en una paz arcádica…

Chanut: Así será, sin duda, más adelante; pero por lo pronto hay alguna inquietud. ¿Os interesa saber algo de Suecia, puesto que estáis en ella? Por lo menos, debéis saber algunas cosas para poder medir vuestras palabras.

Descartes: Os escucho, Chanut. (Sonriendo.) Bien veis que soy ahora un cortesano, filósofo a sueldo de los reyes…

Chanut: Pues prestadme atención. La Reina Cristina ha heredado de su padre, Gustavo Adolfo, un carácter enérgico y una elevadísima idea de la autoridad regia. Por su parte, el canciller Oxenstierna goza de gran ascendiente en el Senado del reino, y no cede ante la voluntad de la Reina, de modo que está en perpetua hostilidad con ella. Ésta es la situación.

Descartes: Supongo que la Reina terminará por imponerse…

Chanut: No sé qué deciros. Mientras se negociaba la paz en Westfalia, para poner fin a esta guerra que ya duraba treinta años, la violencia entre ellos alcanzó altísimo grado. El Senado sostenía invariablemente a Oxenstierna. Pero en los últimos tiempos la Reina se ha impuesto en lo referente a su matrimonio.

Descartes: ¿Piensa casarse?

Chanut: No piensa. El Senado y el país todo quieren que lo haga, pues ella es el último descendiente de los Vasa, y parece necesario asegurar la descendencia del trono. Pero ella se resiste, aunque le arguyen que las leyes del reino la obligan a contraer matrimonio.

Descartes: Terminará casándose…

Chanut: No la conocéis. No hace mucho ha prometido en público no hacerlo, y le ha ofrecido la sucesión a su primo Carlos Gustavo, a quien ha nombrado Generalísimo del ejército.

Descartes: Pues, a lo que parece, me habéis puesto al servicio de un extraño personaje…

Chanut: No temáis. La hallaréis deliciosa. Tiene verdadera pasión por las cosas del espíritu y se ha rodeado de humanistas con quienes estudia griego y comenta los clásicos.

Cortina musical: Lully.

Chanut: (En segundo plano, y perdiéndose.) Espero que se apasione por vuestras ideas y se transforme…

Relator: El filósofo fue acogido con entusiasmo por la Reina, y aunque de momento no quiso abandonar sus lecciones de griego, dispuso que Descartes comenzara sus lecciones en la Biblioteca del Palacio —que ella estaba nutriendo apresuradamente con obras que hacía comprar en toda Europa—, en presencia de toda la corte. Allí hablaba el filósofo, exponiendo sus particulares opiniones.

Cortina musical: Lully, perdiéndose.

Descartes: (En primer plano.)

… que han hecho de ella un arte confuso y oscuro, bueno para enredar el ingenio, en lugar de una ciencia que lo cultive. Por todo lo cual, pensé que había que buscar algún otro método que juntase las ventajas de esos tres, excluyendo sus defectos.

Y como la multitud de leyes sirve muy a menudo de disculpa a los vicios, siendo un Estado mucho mejor regido cuando hay pocas, pero muy estrictamente observadas, así también, en lugar del gran número de preceptos que encierra la lógica, creí que me bastarían los cuatro siguientes, supuesto que tomase una firme y constante resolución de no dejar de observarlos una vez siquiera.

Fue el primero, no admitir como verdadera cosa alguna, como no supiese con evidencia que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no comprender en mis juicios nada más que lo que se presentara tan clara y distintamente a mi espíritu, que no hubiera ninguna ocasión de ponerlo en duda.

El segundo, dividir cada una de las dificultades que examinare, en cuantas partes fuera posible y en cuantas requiriese su mejor solución.

El tercero, conducir ordenadamente mis pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles de conocer para ir ascendiendo, poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más compuestos, e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden naturalmente.

Y el último, hacer en todo unos recuentos tan integrales y unas revisiones tan generales, que llegase a estar seguro de no omitir nada.

Esas largas series de trabadas razones muy simples y fáciles, que los geómetras acostumbran emplear para llegar a sus más difíciles demostraciones, habíanme dado ocasión de imaginar que todas las cosas de que el hombre puede adquirir conocimiento se siguen unas a otras en igual manera, y que, con sólo abstenerse de admitir como verdadera una que no lo sea y guardar siempre el orden necesario para deducirlas unas de otras, no puede haber ninguna, por lejos que se halle situada o por oculta que esté que no se llegue a alcanzar y descubrir.

Murmullo de aprobación.

Cristina: Acercaos, señor Descartes. Vuestra lección ha sido profunda y hermosísima, como de un sabio antiguo. Estoy ansiosa de poder hablar con vos a solas de vuestras teorías. Pero antes, dejadme que avance un poco más en el griego, y que tenga tiempo de leer algunas de vuestras obras para que discurramos sobre terreno firme. Luego empezaremos. ¿No os parece bien mi plan?

Descartes: Me parece excelente, señora. Aunque creo que no debiera olvidarse que la cultura del juicio es más importante que la de la memoria…

Cristina: Comparto vuestra opinión. Pero mi curiosidad es insaciable y no puedo tolerar que haya un campo del saber que me esté vedado. Mas con todo, me avengo a anticipar nuestras conversaciones. Podríamos comenzar dentro de dos semanas. ¿Estáis de acuerdo?

Descartes: Espero las órdenes de Vuestra Majestad.

Cristina: Pues entonces, las cinco de la mañana será buena hora para que empecemos nuestro trabajo, antes de que se enturbie mi cabeza con las preocupaciones de los asuntos de Estado.

Descartes: Como disponga Vuestra Majestad.

Cristina: Cosa resuelta, pues. Ahora podéis retiraros.

Descartes: ¡Señora!

Murmullo suave general. Luego, cortina musical: Lully.

Relator: Y las lecciones comenzaron. Tres veces por semana, el filósofo abandonaba el lecho muy de madrugada y se metía en la carroza para trasladarse desde la Embajada Francesa donde residía, hasta el Palacio Real, donde debía hallarse poco antes de las cinco. Luego comenzaban las lecciones del filósofo, y la Reina escuchaba con interés su palabra madura y discreta. Pero duraron poco tiempo. El intenso frío de Estocolmo en aquellas madrugadas hirió de muerte a Descartes. Y a principios de febrero de 1650…

Cortina musical: Lully.

Conde Alandstein: Señor Chanut, Su Majestad la Reina me envía para que visite al enfermo y le transmita sus deseos de que se restablezca.

Chanut: El enfermo, señor Conde, está muy grave, y me temo que su mal sea mortal. El frío lo ha vencido, y los médicos tienen ya pocas esperanzas. Subiremos, si lo deseáis, pero os ruego que seáis breve y no lo inquietéis mucho, porque los médicos han aconsejado el más absoluto reposo. Yo tengo, a mi vez, que darle una noticia que lo alegrará. Ved… Acaba de llegar de París un ejemplar de su último libro: El tratado de las pasiones…

Cortina musical: Lully. Pasos suaves en la escalera. Puerta.

Chanut: Señor René… ¿dormís?

Descartes: Ah… Chanut… Apenas tenía cerrados los ojos. Me quema la fiebre…

Chanut: El Conde Alandstein quiere saludaros en nombre de Su Majestad. Está aquí, conmigo…

Conde Alandstein: ¿Os sentís mejor, señor? Es el deseo de Su Majestad la Reina, y también el mío…

Descartes: El frío ha sido mi cicuta… Dadle las gracias a la Reina por sus buenos sentimientos, y expresadle mi respeto y mi afecto. Creo, amigos, que voy a morir…

Chanut: Ánimo, señor René, los médicos confían en que mejoraréis pronto. ¿Queréis oír una buena noticia? ¿A que no sabéis qué acaba de llegar para vos de París? Pues el primer ejemplar del Tratado de las pasiones.

Descartes: Mi última obra… La última…

Chanut: ¡No os pongáis así, por Dios! ¡Tened valor y confianza! Descansad y tratad de dormir un poco. Os dejamos… Volveré luego…

Cortina musical: Lully.

Relator: El filósofo tuvo valor, y cuando tuvo la certeza de que llegaba la muerte, la recibió como lo que era: un filósofo. El 11 de febrero de 1650 murió René Descartes en Estocolmo, lejos de su patria, sumida entonces en los disturbios y agitaciones de La Fronda. Lo lloró la Reina de Suecia, Cristina, que sobrellevó las cargas de su trono durante cuatro años más, antes que se decidiera a abdicar para recuperar una libertad con que soñaba. Y lo lloró más aún Isabel de Bohemia, que no perdonó a Cristina haber expuesto a su admirado Maestro a los rigores del invierno del Norte.

Poco después, sus ideas comenzaban en Europa su carrera triunfal.




[Luis XIV creía en el origen divino del poder real, y lo usó para servir a los intereses de Francia con dedicación y conciencia. Desactivó la resistencia de los nobles haciéndolos vivir en la fastuosa corte de Versalles, prescindió de primer ministro y gobernó por medio de funcionarios eficaces y fieles. Molière (1622-1673) y Lully (1632-1687) dieron brillo a las fiestas cortesanas.]


1664.
Fiesta en los jardines del Rey Sol


Cortina musical: Lully.

Relator: Estos son los jardines de Versalles, próximos al castillo que el Rey prefiere entre todos los suyos. Comienza el mes de mayo, mes de la alegría y la juventud, mes de las flores y las fiestas. El Rey Luis XIV tiene apenas veintiséis años, y aunque dicen que es autoritario y enérgico, sin duda se complace en las suntuosas fiestas de la corte, que proporcionan a un tiempo mismo satisfacción a su orgullo real y a su corazón enamorado.

Voz femenina A: (Susurro.) Dicen que el Rey está enamorado.

Voz femenina B: (Susurro.) Dicen que el Rey está enamorado.

Voz masculina: (Susurro.) Dicen que el Rey está enamorado.

Cortina musical: Lully.

Relator: Si no se hubiera repetido mil veces en todos los salones, si la corte entera no lo supiera ya, bastaría observar un instante tan sólo al joven monarca para descubrirlo. En esta fiesta que ha comenzado ayer no tiene ojos nada más que para la Duquesa de La Vallière. Parecería como si no hubiera otra mujer en Versalles, y por ahora, en verdad, no la hay para él. La Duquesa es hermosa… y tiene veinte años. Fina, elegante y delicada, Louise de La Vallière es ahora el centro de la corte porque su imagen está grabada en el corazón del joven Rey, del joven Rey a quien halaga que lo llamen Rey Sol.

Cortina musical: Lully.

Relator: Si bien se mira —y sobre todo si se escucha a los cortesanos — se comprenderá que esta fiesta está dedicada a la Duquesa de La Vallière. Ha comenzado ayer, y hoy ha seguido con una representación teatral que toca a su término. Ya se han representado cuatro actos y cuatro intermedios de La Princesa de Élida, que Molière ha escrito para esta ocasión, y han lucido los comediantes su soltura, y su habilidad los bailarines. He aquí una pausa, antes de comenzar el quinto acto; una pausa que aprovecha el Conde de Mercier para aproximarse al espectáculo, pues acaba de llegar a Versalles. Fijaos… sus dos primas, la señora de Arnald y la señora de Noblet, salen a su encuentro para saludarlo… y a reñirle por su tardanza… Aproximaos…

Cortina musical breve: Lully.

Arnald: ¿Y sabéis bien lo que habéis perdido? En vuestra vida asistiréis a una fiesta más hermosa y delicada.

Mercier: No me lo reprochéis, prima, pues no sabéis los obstáculos que me han impedido llegar a tiempo. Emprendí viaje en cuanto recibí el recado del Duque de Saint-Aignant, pero en la primera jornada…

Arnald: No comencéis vuestra historia, querido primo, porque dentro de unos instantes comenzará el quinto acto de La Princesa de Élida, que es deliciosa… Afortunadamente ya estáis aquí, pero os repito que habéis perdido un espectáculo inigualable.

Mercier: Mi consuelo será asistir a las últimas jornadas…

Noblet: Pero nada os resarcirá de lo que no habéis visto.

Mercier: Sois infinitamente crueles, queridas primas. El carrousel de ayer…

Noblet: Sería indescriptible, primo, y yo no quiero hablar, pero has de saber que parecía un pequeño ejército. El señor de Vigarani, un gentilhombre de Módena, y vuestro tío el Duque de Saint-Aignant, organizaron la fiesta y compusieron sus diversos números del espectáculo que bautizaron con el nombre de Los placeres de la isla encantada. ¿Veis aquel decorado? Pues es el palacio de Alcinoo. ¿No es verdad, Margot?

Arnald: Sí, y por allí entró el cortejo a las seis de la tarde, iluminado por cuatro mil antorchas. Delante un heraldo de armas con su vestimenta a la antigua, y detrás de él tres pajes con las divisas de sus señores. Trompeteros y timbaleros los seguían, precediendo a su vez al Duque de Saint-Aignant que representaba a Guidón el Salvaje montado sobre blanco corcel.

Mercier: Pero, ¿y el Rey?

Noblet: El Rey apareció enseguida, precedido por ocho trompeteros. Representaba a Roger, y vestía una soberbia armadura griega. Luego le seguían todos los caballeros representando otros tantos héroes: el Duque de Noailles encarnaba a Ogier el Danés, el Conde de Armagnac a Grifón el Blanco, el Duque de Foix a Reinaldo de Montalbán, el Marqués de Soyecourt a Oliveros…

Arnald: Oh… el Marqués de Soyecourt…

Noblet: Margot… Pero parece que comienza ya… Vamos, primo…

Mercier: Aguardad… Todavía no… Seguid contándome, para que sepa qué ha de ocurrir luego.

Arnald: Pero si no tenemos tiempo, primo… Pues, verás… Luego entró el carro del sol, que medía 24 pies de largo y 18 de alto, refulgente de oro. Apolo estaba sentado en su trono, y tenía a sus pies a las cuatro edades: la de oro, la de plata, la de bronce y la de hierro. Lo seguían los monstruos celestes, el Tiempo —que era el señor de Millet, y estaba delicioso— las horas, y qué sé yo cuántas cosas más. Luego terminó el desfile… ¿Y qué pasó luego, Florencia?

Noblet: Entonces cada uno ocupó el puesto que se le había fijado de antemano, y comenzaron los recitados en homenaje a Apolo que había compuesto el Presidente Perigny. No duraron mucho, y enseguida empezaron las carreras de sortijas. El Rey mostró su destreza…

Arnald: Oh… y el Marqués de Soyecourt…

Noblet: Margot, cuando terminaron las carreras era ya noche, y se sirvió la colación mientras se ejecutaban las deliciosas melodías de Lully que acompañaban los bailes de los doce signos del Zodíaco y de las cuatro estaciones, cada una acompañada de su séquito.

Arnald: Nunca he comido manjares más exquisitos que los que fueron servidos anoche… Fue inolvidable…

Mercier: Y el Marqués de Soyecourt…

Arnald: ¡Primo…!

Cortina musical lejana: Lully.

Noblet: Vamos, vamos, que ya comienza…

Mercier: Pero, esperad… Contadme algo de La Princesa de Élida…

Noblet: Imposible, primo, llegaremos tarde. Es una comedia encantadora. Sólo os diré que el propio Moliere representa el papel de Morón, el loco de la corte de la Princesa. Vamos aprisa, primos… vamos…

Cortina musical: Lully. El micrófono debe acompañar a los personajes que, por entre la multitud, van a buscar su sitio. Sigue el murmullo hasta que se hace un silencio y comienza la representación.

Escena: Acto V de La Princesa de Élida.

Morón: (A Ifitas.) Sí, señor, no es burla; soy lo que se llama un desgraciado. He tenido que sacarme las calzas a toda prisa, y hubierais visto qué arrebato tan brusco fue el suyo…

Ifitas: (A Euryalo.) ¡Ah, Príncipe, cuán agradecido le estaré a esa estratagema amorosa, si es verdad que he podido encontrar el secreto de conmover su corazón!

Euryalo: A pesar de lo que se os haya dicho, señor, no me atrevo aún a acariciar esa dulce esperanza. Pero si no es demasiada temeridad de mi parte aspirar al honor de vuestra alianza, si mi persona y mis Estados…

Ifitas: Príncipe, no gastemos cumplidos. Con vos puedo llenar todos los deberes de un padre; y si tenéis el corazón de mi hija, que no os falte nada.

Entra la Princesa. Pasos.

Princesa: (Aparte.) ¡Oh, cielos, qué es lo que veo!

Ifitas: (A Euryalo.) Sí, el honor de vuestra alianza vale tanto para mí, que os otorgo todo lo que me habéis pedido.

Princesa: (A Ifitas.) Señor, vedme a vuestros pies para pediros una gracia. Siempre me habéis testimoniado una extremada ternura, y más os debo por las bondades que me habéis dispensado que por haberme dado el ser. Pero si realmente tenéis por mí profundos sentimientos, os pido hoy la mayor prueba que pudierais testimoniarme. No escuchéis, señor, lo que os pide ese Príncipe y no permitáis que se una con la Princesa Agíante.

Ifitas: ¿Y por qué razón, hija mía, querrías oponerte a esa unión?

Princesa: Porque odio a este Príncipe y quiero, si es posible, oponerme a sus designios.

Ifitas: ¿Lo odias, hija mía…?

Princesa: Sí, y con todo mi corazón, os lo confieso.

Ifitas: ¿Y qué te ha hecho?

Princesa: Me ha despreciado.

Ifitas: ¿Y cómo?

Princesa: No me ha considerado digna de ofrecerme su homenaje.

Ifitas: Pero, ¿qué ofensa es ésa? Todos saben que tú no quieres aceptar a nadie.

Princesa: No importa. El me debía amar como los demás, y dejarme al menos la gloria de rechazarlo. Su declaración es para mí una afrenta, y es una vergüenza para mí que, ante mis ojos y en vuestra propia corte, haya buscado otra que no sea yo.

Ifitas: Pero, ¿qué interés puedes tú tener en él?

Princesa: Tengo interés en vengarme de su desprecio. Y como sé que ama a Agíante ardorosamente, quiero impedir, si os place, que sea feliz con ella.

Ifitas: ¿Eso es lo que tienes en tu corazón?

Princesa: Eso es, padre, y si él obtiene lo que pide, me veréis expirar delante de vuestros ojos.

Ifitas: ¡Hija mía, confiesa la verdad! El mérito de este Príncipe te ha hecho abrir los ojos, y digas lo que digas, tú lo amas.

Princesa: ¿Yo, señor?

Ifitas: Sí, tú lo amas.

Princesa: ¿Que yo lo amo, decís? ¿Y me imputáis esta cobardía? ¡Oh cielo! ¡Qué infortunio! ¡Que yo pueda oír estas palabras sin morir! ¿Y seré yo tan desgraciada que se sospeche que lo amo? ¡Oh, señor, si fuera cualquier otro quien hubiera aventurado esa opinión, no sé lo que le haría!

Ifitas: Bien, sí, digamos que no lo amas. Tú lo odias, consiento. Y para contentarte, que no despose a la Princesa Agíante.

Princesa: ¡Ah, señor!, me dais la vida…

Ifitas: Pero, para impedir que nunca pueda él ser de ella, será necesario que lo tomes para ti.

Princesa: Os burláis, señor; eso no es lo que él pedía.

Euryalo: Perdonadme, señora, si soy demasiado temerario; tomo como testigo a vuestro padre de que es a vos a quien he pedido. Ya es demasiado manteneros en el error. Es necesario arrancar la máscara y, aunque os impongáis, debo descubrir ante vuestros ojos los verdaderos sentimientos de mi corazón.

No he amado nunca sino a vos, y no amaré sino a vos. Sois vos, señora, la que me ha arrancado esta máscara de insensibilidad que siempre he llevado. Y todo cuanto he podido deciros, no ha sido sino una ficción que un movimiento secreto me ha inspirado y que yo no he seguido sino con la mayor violencia.

Era necesario que cesara de una vez, y me asombro de que haya podido durar la mitad de un día, pues muero y se consume mi alma cuando disfrazo mis sentimientos. Si esta ficción, señora, en algo os ha ofendido, estoy pronto a morir para vengaros. No tenéis más que hablar, y mi mano tendrá a gloria ejecutar sin tardanza la sentencia que dictéis.

Princesa: No, no, príncipe, no os guardo rencor por haber abusado de mí; y todo lo que me habéis dicho, prefiero que haya sido ficción y no verdad…

Ifitas: Entonces, hija mía, aceptarás al Príncipe por esposo…

Princesa: Señor, aún no sé bien lo que quiero. Dadme tiempo para que piense en ello, os lo ruego, y evitadme la confusión en que me hallo.

Ifitas: Juzgad, Príncipe, lo que eso significa, y responded.

Euryalo: Esperaré tanto como queráis, señora, esa sentencia sobre mi destino; y si me condenara a muerte, la seguiré sin decir palabra.

Ifitas: Ven, Morón; éste es un día de paz, y yo te reconciliaré con la Princesa.

Morón: Otra vez, señor, seré mejor cortesano, y me guardaré muy bien de decir lo que pienso.

Entran dos príncipes. Pasos.

Ifitas: Temo, señores, que la elección de mi hija no os satisfaga; pero he aquí otras dos princesas que acaso os consuelen de esta pequeña desgracia.

Aristómenes: Señor, sabemos tomar nuestro partido; y si esas amables princesas no tienen demasiado desprecio por estos corazones que han sido rechazados, podemos volver, gracias a ellas, al honor de entrar en vuestra alianza.

Filis: (Voz femenina.) Señor, la Diosa Venus acaba de anunciar por todas partes cómo ha cambiado el corazón de la Princesa. Todos los pastores y todas las pastoras testimonian su alegría por medio de danzas y canciones. Y si no despreciáis el espectáculo, id a ver la alegría pública que llega hasta aquí.

Aplausos. Cortina musical: Lully, en segundo plano.

Noblet: ¿Pudisteis oír bien desde donde estabais?

Mercier: No mucho, pero el espectáculo de la fiesta es tan maravilloso, que me he distraído contemplando los artificios levantados en el jardín.

Arnald: Pues si os agradan los artificios, no perdáis de vista lo que viene ahora.

Música de fondo: Lully.

Arnald: ¡Ved…! Un hermoso y corpulento árbol se levanta de debajo del teatro… Es prodigioso… ¿Veis, Mercier?

Mercier: Veo el árbol, y veo los faunos que están subidos en sus ramas, tocando diversos instrumentos. Ahora comienzan a descender… ¡Cuántos son!

Arnald: Ahora se separan en dos grupos… Dieciséis eran en conjunto… y se entremezclan con los pastores y las pastoras para continuar el baile. Es un espectáculo inolvidable… y la música es deliciosa…

Noblet: Será de ese signor Chiacchierone que está de moda…

Arnald: El signor Chiacchierone no es otro que Lully, Superintendente de la Música de la corte, a quien el Rey distingue con su amistad. Son muchas las comedias de Molière para cuyos intermedios ha compuesto la música.

Mercier: ¿Os entretienen las comedias de Moliere?

Arnald: Unas sí y otras no. En estas fiestas veremos algunas nuevas. Me han dicho que el domingo representarán una que se titula Fâcheux y el lunes otra que dicen que es extremadamente divertida. Se titula Tartuffe y es una burla contra los hipócritas y los mojigatos. Será entretenidísima.

Noblet: Pero me temo que no le agrade a muchos cortesanos. Molière es a veces un poco imprudente y excesivamente suelto de lengua.

Arnald: Esta vez lo será más que nunca, a pesar de lo que acaba de decir en escena cuando representaba el papel de Morón. (Imitándolo.) «Otra vez, señor, seré mejor cortesano, y me guardaré muy bien de decir lo que pienso.»

Risas.

Noblet: Pero no nos quedamos más tiempo por aquí. La fiesta va a terminar, y debemos regresar al castillo con nuestros acompañantes. ¿Vamos…?

Se acentúa el fondo musical: Lully.

Relator: La fiesta continuó varios días. Hubo carreras y demostraciones de destreza en las que se distinguió el Duque de Saint-Aignant, y hubo baile y representaciones teatrales. Hubo también cuchicheos y misteriosas desapariciones que les dieron pábulo. El lujo y la elegancia regocijaron a todos los ojos, y aquel pequeño mundo de la corte de Versalles sacrificó una vez más a la divinidad real. El Rey Sol triunfaba y Francia se enorgullecía de su grandeza.




[Envuelto en las convulsiones políticas de Holanda que llevaron a la caída de la República e instauraron la monarquía de los Orange, el filósofo Baruj Spinoza (1632-1677), excomulgado por los judíos y hostilizado por los cristianos, defiende la libertad para filosofar mientras construye el sutil y poderoso edificio de su Ética.]


1672.
Baruj Spinoza pierde un amigo


Cortina musical: (A elegir) Monteverdi, Schütz, Carissimi o Frescobaldi.

Relator: Holanda, 1672. Las Provincias Unidas de los Países Bajos tiemblan bajo la amenaza francesa. La desesperación estimula las discordias civiles. En La Haya, el Gran Pensionario Juan de Witt —que ejerce prácticamente el gobierno de la República— se ve acosado por los partidarios del Príncipe de Orange, Guillermo III, que aspira al poder. Su amigo Baruj Spinoza, escribe, entretanto, su Ética en una buhardilla de Paviliensgracht, en el tranquilo barrio de Veerkade.

Cortina musical.

Hénault: Esta es la calle… Aquél es el Asilo del Espíritu Santo… La casa tiene que ser ésta… ¡Llamemos!

Dos aldabonazos.

Mujer: ¿Qué se os ofrece?

Hénault: ¿Es ésta la casa de la familia Van der Spyck?

Mujer: Sí, señor, ésta es… ¿Sois extranjeros?

Hénault: Franceses… ¿Lo habéis notado?

Mujer: (Sonriendo.) ¡Cómo no notarlo! Entonces ya sé a qué venís…

Hénault: ¿Vive aquí…?

Mujer: Aquí vive, sí señor… Pero el señor Spinoza no podrá recibirlos ahora. Ha pedido que no lo interrumpan.

Hénault: ¿Aunque vengamos de tan lejos sólo para verlo?

Mujer: Todos los forasteros quieren ver al señor Spinoza… Pero el señor Spinoza está siempre encerrado y es menester no distraerlo.

Hénault: Vamos… Comprenderéis que no me resigno a marcharme sin verlo. Sed complaciente, y decidle que dos franceses que lo admiran quieren tener el honor de ser recibidos por él. Mi nombre es Hénault… y podéis agregar que soy poeta.

Mujer: No sé qué deciros, señor. Bien sé que si os anuncio os recibirá, porque es el hombre más bueno y complaciente del mundo. Pero me apena ver cómo lo interrumpen en sus trabajos.

Hénault: Entonces, no vaciléis más y subid a anunciarnos.

Mujer: Iré, señor, aunque me pesa.

Pasos que se alejan.

Relator: Baruj Spinoza tenía entonces cuarenta años. Era de mediana estatura, de agradable fisonomía, y tenía un tinte oliváceo y algo de español su semblante. Lástima grande que Rembrandt, que acababa de morir en el olvido y el desprecio de sus conciudadanos, no hubiera pintado su figura.

El filósofo ha difundido muchas de sus ideas a través de su correspondencia, y sus discípulos las comentan con fervor. Pero no hace mucho —dos años apenas — ha publicado un Tratado Teológico-Político que, aunque ha aparecido sin nombre de autor, le ha traído fama, y crecida hostilidad también. De eso habla ahora con sus visitantes, en su buhardilla de Paviliensgracht, en el tranquilo barrio de Veerkade, en La Haya.

Cortina musical.

Hénault: No hace mucho que llegó a nuestras manos, pero corrió de mano en mano y fue leído y comentado con ardor por el candente interés que tienen sus ideas. Está escrito con vehemencia…

Spinoza: Nada hay en él que no haya meditado profunda y largamente.

Hénault: Sin duda, y no podía esperarse otra cosa de vos. Por eso ha tenido tanta difusión.

Spinoza: Tanta, que a pesar de haber aparecido como anónimo me ha traído innumerables enemigos. ¿Sabéis qué dice un panfleto que acaba de publicarse? Esperad… Aquí está… Dice:

Forjado en el infierno por el judío renegado en combinación con el diablo y editado a sabiendas del señor Juan y sus cómplices.

Me llama cómplice del Gran Pensionario, lo cual no deja de ser un honor.

Hénault: Pero se dice que sois su amigo…

Spinoza: Su amigo, sí, porque comparto sus ideas políticas, que no son, al fin, sino las que expongo en el Tratado.

Hénault: Lo admiráis.

Spinoza: Admiro a Juan de Witt, en efecto, porque defiende la libertad en que creo. ¿Recordáis aquellas palabras del Tratado? Aguardad…

El fin del Estado no consiste en transformar a los hombres de seres racionales en animales o autómatas, sino más bien en hacer que su espíritu y su cuerpo puedan desarrollar sus fuerzas sin trabas, para que usen libremente de su razón y para que no se combatan con cólera, odio o astucia, ni se sientan enemigos entre sí. El fin del Estado es, en realidad, la libertad.

¿No os parece?

Hénault: Recordaba esas palabras, y acaso sean de las que me han convertido en vuestro admirador y vuestro discípulo. No es posible concebir un ser humano al que le esté vedado pensar libremente.

Spinoza: Y, sin embargo, debido al prestigio y a la insolencia de los predicadores, esa libertad es suprimida aquí en todas las formas imaginables. Me temo que en lo futuro, se vea aún más restringida.

Hénault: Pues, ¿qué diréis de mi propio país? A pesar del Edicto de Nantes, los pobres calvinistas franceses se ven perseguidos indirectamente de mil modos.

Spinoza: Allí perseguidos y aquí perseguidores… Porque son ellos quienes más se oponen aquí a la libertad de pensamiento, y si el Príncipe de Orange llegara a imponerse —como me temo— su ascendiente dentro del Estado sería terrible. Ya una vez fui expulsado de una comunidad por heterodoxo. No me extrañaría que no pudiera publicar mi Ética.

Hénault: ¿Está muy avanzada?

Spinoza: No tanto como yo quisiera. Pero no he de tardar mucho en verla concluida.

Hénault: Y bien, señor, os hemos quitado ya demasiado tiempo. Vuestra cortesía ha sido extremada y será para nosotros un recuerdo inolvidable esta entrevista que nos habéis hecho el honor de concedernos.

Spinoza: Dejadme que os estreche las manos. Debéis considerarme como un amigo.

Cortina musical.

Relator: Aquella paz de que disfrutaba Spinoza en su buhardilla no era compartida por su amigo el Gran Pensionario de Holanda Juan de Witt. Ahora está al borde de la catástrofe y la muerte. Hace casi veinte años que ejerce el poder bajo el modesto título que inviste, defendiendo las ideas de la alta burguesía holandesa de tendencias republicanas. Pero a su partido se opone el de los fieles de la casa de Orange, cuyo titular ha gozado desde mucho tiempo atrás del mando de las fuerzas y del título de Estatúder, que entrañaba el ejercicio del poder supremo. Veinte años hace que Juan de Witt y los republicanos gobiernan las Provincias Unidas. Pero su estrella comienza a declinar. La casa de Orange tiene un nuevo retoño: el príncipe Guillermo, que a los veintidós años revela una tenacidad y una inteligencia poco comunes. Sus partidarios se agitan y la ocasión es propicia, porque Inglaterra y Francia se preparan para la guerra contra Holanda. Un príncipe guerrero vale más —dicen— que un estadista civil, aunque Juan de Witt no vacile en montar las naves de la República. Tormenta en Holanda al comenzar el año 1672. Juan de Witt —como otras veces— acude en busca de consejo a la buhardilla de Paviliensgracht, en el tranquilo barrio de Veerkade, en La Haya.

Cortina musical.

Mujer: (Agitada.) Por aquí, señor, por aquí… ¿No queréis que avise al señor Spinoza?

Witt: Como queráis… Pero helo ahí en la escalera… ¡Señor Baruj…!

Spinoza: ¡Oí vuestra voz, señor Juan! Subid…

Pasos. Escalera. Puerta.

Spinoza: Sentaos… Os noto preocupado… ¿Hay malas noticias…?

Witt: Siempre malas noticias… Ya no es posible visitaros para discurrir sobre las secciones cónicas y el cálculo de posibilidades… Aunque veréis que me agita ahora un cálculo de posibilidades…

Spinoza: Os ruego… ¿Estáis en apuros, señor Juan…?

Witt: Mucho apuro… Y quiero consultaros como a un amigo fiel, ahora que son muchos los que empiezan a abandonarme.

Spinoza: Valor, amigo. Más crueles tormentas habéis sabido sortear…

Witt: Ahora estoy cansado, y desde la muerte de mi esposa he perdido mi antiguo vigor. Pero combatiré hasta el fin… bien lo sabéis.

Spinoza: Decidme… ¿Qué ha ocurrido?

Witt: Hoy me ha llegado un largo informe de Pedro de Groot. Ha sido recibido en Versalles como el Embajador de un país amigo, con exquisita cortesía, pero sus previsiones son fatales. El Rey Luis parece decidido a la guerra, y todo hace suponer que Inglaterra está de su lado. En ese caso nuestra suerte…

Spinoza: Pero el Rey Carlos de Inglaterra era nuestro aliado…

Witt: Luis no podía perdonarnos el tratado que lo obligué a firmar en Aquisgrán hace cuatro años. Para preparar su desquite se ha atraído a Carlos de Inglaterra. Seguramente lo ha comprado a buen precio. Carlos admira al Rey de Francia y procura imitarlo…

Lo cierto es que la alianza está hecha y que Groot es terriblemente pesimista.

Spinoza: ¿Y tenéis pensada alguna solución?

Witt: Todas las providencias para la defensa de nuestras costas están tomadas. El bravo Ruyter no dejará pasar a nadie. Pero nuestro ejército es deficiente, y Groot opina que Francia se lanzará con 120.000 hombres sobre nosotros.

Spinoza: Nos defenderemos… Os he visto organizar la lucha otras veces…

Witt: Aquí está el problema. Yo puedo organizar un ejército, y la salvación de Holanda lo requiere. Pero tendré que otorgar el mando a Guillermo de Orange.

Spinoza: Imposible…

Witt: No hay otra salida… pero yo sé que es nuestro fin. ¿No opináis que no hay otra salida?

Spinoza: Pero es tan joven…

Witt: No es cuestión de edad. Los orangistas lo exigen, y su número ha crecido en la misma proporción en que ha decrecido el de mis partidarios. Podría oponerme pero sería la discordia civil en el momento en que más necesitamos la unidad. ¿No opináis que es mi deber?

Spinoza: ¡Es vuestro deber…!

Cortina musical.

Relator: Guillermo de Orange fue designado Capitán General de las Provincias Unidas para el tiempo que durase la campaña, pero sus partidarios se aprovecharon de la situación para abatir a Juan de Witt. Inglaterra y Francia declararon la guerra a las Provincias Unidas y se lanzaron sobre sus fronteras. Ruyter detuvo a los navíos ingleses y Juan de Witt ordenó que se abrieran los diques para inundar los campos que Luis XIV en persona pensaba invadir. Guillermo de Orange crecía en prestigio, y en julio fue nombrado Estatúder de Holanda. Con tal dignidad recibió al enviado inglés con quien quería tratar de alcanzar la paz.

Cortina musical. Murmullo.

Embajador: Ya conocéis los términos de la proposición de Su Majestad el Rey de Francia…

Guillermo: Esas proposiciones son inaceptables, y vale más dejarnos hacer pedazos que aceptar tales condiciones. En cuanto a vos…

Embajador: No he tenido el honor de conocer la opinión de Vuestra Alteza sobre las proposiciones de mi gobierno.

Guillermo: Sólo necesito que me confirméis que esas proposiciones emanan de vuestro gobierno y no de Su Majestad el Rey de Inglaterra…

Embajador: Exactamente, Alteza.

Guillermo: En ese caso, no tengo inconveniente en rechazarlas y en comunicaros mi deseo de que Su Majestad el Rey de Inglaterra asuma personalmente la dirección de las negociaciones con la República. Nosotros, entretanto, proseguiremos sin desmayo la lucha contra Francia.

Embajador: ¿Pero no veis, Alteza, que la República está perdida?

Guillermo: Yo conozco un medio seguro para no ver su completa ruina: morir en la última trinchera.

Cortina musical.

Relator: Dueño del poder Guillermo de Orange, el Gran Pensionario Juan de Witt presentó su dimisión al cargo y pretendió retirarse. Pero sus enemigos lo hostilizaron cruelmente. Su hermano Cornelio fue apresado y condenado por un supuesto complot contra el Estatúder. Juan de Witt quiso visitarlo en la cárcel, y el populacho, que seguía a los Orange, lo bloqueó a la salida.

Cortina musical. Murmullo fuerte.

Voces: (Gritando.) ¡A él! ¡Que no escape!

Tilly: Capitán, en cuanto veáis que la multitud avanza un paso, ordenad la carga a vuestro escuadrón para despejar aquella callejuela.

Capitán: Está bien, señor.

Oficial: Parte del Consejo para vos, señor.

Tilly: Veamos. ¡Cómo! ¿Se me ordena que abandone la custodia de la cárcel para proteger las puertas de la ciudad? ¡Es imposible!

Oficial: Tengo orden de comunicar al señor Barón Comandante de las fuerzas que la orden debe ser cumplida inmediatamente y sin vacilación.

Tilly: Bien. Obedeceré, pero Juan de Witt es hombre muerto. ¡Capitán! Dos escuadrones deben situarse en las puertas de la ciudad.

Clarín. Arrecian los gritos de la multitud.

Voces: ¡A ellos…! ¡Por aquí! ¡A ellos! ¡Ése es! ¡Perro! Ése… ¡Ése…!

Se oirán algunos quejidos por entre los gritos.

Voz: De ese farol… ¡Colgadlo…! ¡De ese farol…!

Cortina musical.

Relator: Así murió Juan de Witt en agosto de 1672, mientras Guillermo de Orange, Estatúder de Holanda y futuro Rey de Inglaterra, dejaba hacer a sus partidarios. La nueva conmovió a Baruj Spinoza, que dio rienda suelta a su indignación y a su dolor.

Murmullo suave.

Spinoza: ¡Bárbaros…! ¡Bárbaros…! ¡Los más viles…!

Spyck: ¡Reportaos, señor Spinoza! ¡Os jugáis la cabeza…! ¡Cristina! Atranca la puerta… Es preciso que el señor Spinoza no salga esta tarde.

Spinoza: (Rompe a llorar.)

Cortina musical.

Relator: Baruj Spinoza volvió al trabajo, acaso con un poco más de amargura en el alma. La enfermedad minaba ya su cuerpo. La Ética avanzaba y su rigurosa arquitectura cobraba esa majestuosa perfección que no es el menor de sus méritos. Tres años después estaría concluida. Fue un día luminoso cuando el filósofo escribió las últimas palabras de su obra:

He terminado aquí lo que quería establecer concerniente a la potencia del alma sobre sus afecciones y a la libertad del alma. Si el camino que he demostrado que conduce hacia la verdadera felicidad parece arduo, no por eso debemos dejar de entrar en él. Ciertamente, tiene que ser arduo lo que se encuentra con tan poca frecuencia.

¿Sería posible, si la salvación estuviera en nuestra mano y se pudiera conseguir sin mucho esfuerzo, que fuese desdeñada por casi todos? Pero todo lo que es hermoso es tan difícil como raro.

Poco después moría el filósofo dulcemente, como si su existencia hubiera cerrado su ciclo después de haber elaborado la Ética.

Cortina musical.




[Bajo la influencia de las nuevas ideas difundidas desde Francia por los filósofos enciclopedistas —que constituirían el fundamento ideológico de la Revolución Francesa—, Federico II de Prusia (1712-1786) gobernó su país desde 1740 con el propósito tenaz de transformarlo. Prusia llegó a ser una de las primeras potencias militares del continente, y el palacio Sans Souci, uno de los centros de cultura más importantes.]


1747.
Huéspedes ilustres en la corte de Potsdam


Cortina musical: Bach, Ofrenda musical; luego se pierde y se oye acercarse un coche.

Voz A: ¿Estamos ya cerca, cochero?

Voz B: Sí, señor, esto es ya Potsdam.

Cortina musical breve: Bach, Ofrenda musical.

Relator: Potsdam, 1747. He aquí la ciudad que ha elegido como residencia el Rey de Prusia, Federico II. Muy cerca está Berlín, capital del reino; pero el Rey, aunque es joven, prefiere la soledad y sobre todo un ambiente a su gusto. Es un espíritu refinado el Rey de Prusia, Federico II…

Cortina musical breve: Bach, flauta y clave.

Relator: Aquí, en Potsdam, todo o casi todo es nuevo, novísimo, y predomina el estilo que hoy gusta en todas las cortes elegantes y verdaderamente reales: el rococó, que hace pensar en las delicias de los deliciosos salones de la deliciosa señora de Pompadour. Todo, o casi todo, es nuevo en Potsdam.

Cortina musical breve: Bach, flauta y clave.

Relator: Pero nada tan nuevo como ese castillo que apenas está terminado y que atrae toda la atención de Su Majestad. Al cuidado de sus más pequeños detalles dedica sus ocios el monarca guerrero, que lo ha bautizado con el nombre de Sans Souci. Un nombre francés, naturalmente. Es una construcción soberbia y verdaderamente real. La entrada tiene una grandeza indescriptible. Esa ancha escalinata interrumpida por seis terrazas conduce hasta el castillo. Delante de la entrada se abre una explanada adornada por un magnífico surtidor cuyo chorro se eleva muy por encima de nuestras cabezas. Y esta magnificencia corresponde a la de los interiores, recubiertos de mármoles o maderas finísimas. Allí, en aquella ventana, rodeado de sus cortesanos, está ahora el Rey de Prusia, Federico II.

Cortina musical: Bach, flauta y clave.

Relator: (En primer plano.) El Rey ha pasado largas temporadas en campaña. Le gusta la guerra. Pero no le disgusta la paz y los placeres del espíritu que sabe proporcionarse. Hace apenas un año y medio que ha dejado las armas. Triunfó sobre las tropas de María Teresa de Austria en Kesselsdorf, y el día de Navidad de 1745 firmó en la ciudad de Dresde un tratado con la Emperatriz por el que se le reconocía a Prusia la posesión de la Silesia. Fue una maniobra bien preparada y mejor cumplida. Ahora el Rey descansa y alterna sus ocupaciones de estadista con los placeres de la conversación y de la música.

Cortina musical: Bach, flauta y clave.

Relator: No hace un instante conversaba con el señor de Maupertuis. ¡Curioso personaje, este sabio francés que preside la Real Academia de Ciencias y Bellas Letras! El Rey ha caído bajo su inexplicable encanto. Hace poco más de diez años, Maupertuis hizo una expedición a Laponia ¿os imagináis? A Laponia… y allí comprobó que la tierra estaba achatada en los polos. Newton ya lo había dicho, pero el señor de Maupertois lo comprobó en Laponia. El Rey de Prusia se entusiasmó tanto que rogó al sabio que se radicara en Berlín:

Federico II:

Desde el momento en que subí al trono, mi corazón y mis aficiones hicieron nacer en mí el deseo de traeros aquí para que dieseis a la Academia de Berlín la forma que sólo vos podéis darle. Habéis enseñado al mundo cuál es la configuración de la tierra; enseñad ahora a un rey cuán agradable es tener a su lado a un hombre como vos.

Voz A: ¿Qué pensáis de Maupertuis, señor de Voltaire?

Voltaire: ¡Oh, el señor de Maupertuis…! Imaginaos que lo conocí en una entrevista con el Rey, en Clèves, creo que en 1740. El Rey se prendó de él; me parecía estar asistiendo al Juicio Final en que Dios separa a los elegidos de los condenados. El dios Federico le dijo a él: «Te sentarás a mi diestra en el paraíso de Berlín». Y a mí: «Tú, condenado, retírate a Holanda».

Voz A: ¿Lo hubierais elegido vos, señor de Voltaire?

Voltaire: Creedme, tiene la cara más agria que he visto en mi vida, y cuando habla adopta un tono como si el achatamiento del polo fuera obra personal suya…

Cortina musical: Rameau.

Relator: Claro, el señor de Voltaire está un poco celoso. El Rey, en cambio, admira a Maupertuis, y está encantado con la obra que realiza en la Academia de Berlín, a la que por lo demás Su Majestad no asiste nunca. En general, le gusta estar solo, y solo, en su cuarto, se ejercita todas las mañanas en la flauta, instrumento que le apasiona y que ha llegado a tocar muy bien… Esta es, al menos, la opinión de los cortesanos. Luego recibe a sus secretarios, trabaja con ardor, da órdenes, da audiencias, vuelve a encerrarse para escribir versos o pensamientos filosóficos y, finalmente, al anochecer, se reúne con sus cortesanos y amigos para dar rienda suelta a sus aficiones filarmónicas.

Cortina musical (crescendo suave): Bach, flauta y clave.

Relator: Sí, aquélla es la ventana de la sala de música. Esos son sus cortesanos, y el Rey ejecuta, precisamente, una composición de Johann Sebastian Bach.

Cortina musical: Bach, flauta y clave.

Voz A: Vuestra ejecución, señor, ha sido extraordinaria…

Varias voces: Extraordinaria, sí, extraordinaria…

Federico II: Es una hermosa composición, llena de dificultades para el ejecutante, llena de «reales» dificultades… Pero esta noche oiréis a un ejecutante incomparable.

Se insinúa el ruido de un coche sobre la calle, hasta que se detiene al fin del parlamento.

Federico II: Esta noche puedo daros una agradabilísima sorpresa y podréis escuchar al mejor intérprete que tiene hoy el teclado en Alemania. Señores, el viejo Bach ha llegado.

Cortina musical: Bach, clave o pianoforte.

Relator: El viejo Johann Sebastian Bach improvisó esa noche con admirable maestría, en uno de los pianos que acababa de construir Gottfried Silbermann, y compuso luego inesperadas y maravillosas variaciones sobre un tema fugado que le propuso Federico. Era un ejecutante eximio, hasta el punto de que sus contemporáneos prefirieron el intérprete al compositor. Pero el viejo Bach era sobre todo un creador, y aquellas variaciones siguieron trabajando en su espíritu y enriqueciéndose cada vez más. Y cuando retornó a Leipzig, compuso sobre ellas una obra que dedicó a su regio huésped de Potsdam, y que llamó Ofrenda musical.

Cortina musical: Bach, Ofrenda musical.

Relator: El viejo Bach no sobrevivió mucho tiempo a esta obra. El 28 de julio de 1750 murió en Leipzig, y poco a poco el olvido fue tendiendo su velo sobre el recuerdo de aquel a quien el Ayuntamiento de Leipzig consideraba un maestro muy mediocre de música. Poco a poco el olvido… Aunque quizá en Potsdam lo recordara el Rey Federico…

Cortina musical: Bach, Ofrenda musical.

Relator: Pero Federico —que acaba de mandar imprimir sus opúsculos y poemas bajo el título de Obras del filósofo de Sans Souci— está ahora bajo la sensación de un nuevo hechizo, un hechizo llamado Frarujois-Marie Arouet, más conocido por «Voltaire». Dieciocho días antes de morir Bach en Leipzig, entraba Voltaire en Potsdam, invitado por Federico II, que quiso graciosamente sacarlo de Francia donde el filósofo empezaba a no sentirse cómodo.

Cortina musical: Rameau.

Relator: Voltaire está encantado con la acogida que ha tenido en la corte. Aunque está enfermo, la vida parece sonreírle otra vez. Conversa con el Rey, discute de artes y de ciencias, lo escuchan, le sonríen y celebran sus rasgos de ingenio. Es el espíritu francés, que es como decir, en estos tiempos, «el espíritu». Es el símbolo de Versalles, de Atenas… Helo ahí, en su gabinete, escribiendo, a poco de llegar, a su amigo el Marqués de Thibouville:

Voltaire:

Encontrar todos los encantos de la sociedad en un rey que ha ganado cinco batallas; estar en medio de los tambores, y oír la lira de Apolo; gozar de una conversación deliciosa a 400 leguas de París; pasar los días, mitad entre fiestas, mitad entre el encanto de una vida dulce y ocupada, tan pronto con Federico, tan pronto con Maupertuis: todo esto distrae un poco de cualquier tragedia.

Tendremos dentro de unos días un carrousel digno en todo del de Luis XIV. Llegan de todas partes de Europa, y habrá hasta españoles. ¿Quién habría dicho, hace veinte años, que Berlín llegaría a ser el asilo de las artes, de la magnificencia y del gusto? No hace falta nada más que un hombre para cambiar la triste Esparta en la brillante Atenas.

Cortina musical: Rameau.

Relator: Pero Voltaire es un trabajador infatigable, y no quiere interrumpir su labor. Ha traído innumerables papeles con anotaciones y fragmentos, y hasta un manuscrito que lo obsesiona. El 20 de febrero de 1751 escribía a Mademoiselle Denis:

Voltaire: Me entretengo, querida niña, en los intervalos de mi enfermedad, en terminar El siglo de Luis XIV. Esta obra sería más rica en datos, más curiosa, más plena, si hubiera sido acabada en su país de origen, pero no estaría escrita tan libremente. Me encontraría por las mañanas con los jansenistas, por la tarde con los molinistas, y la preferencia me embarazaría, en tanto que aquí gozo de toda mi independencia y de la más perfecta imparcialidad.

Cortina musical: Rameau.

Relator: El siglo de Luis XIV, la más importante obra histórica de Voltaire, vio la luz en Berlín ese mismo año de 1751. El autor realizaba su antiguo proyecto de «leer la historia como filósofo», e innovaba en otro terreno, él que había barrido con tantos prejuicios. Eran tiempos de renovación en todas las esferas del pensamiento y del arte. Ese mismo año salía en París el primer tomo de la Enciclopedia, encabezado con el Discurso preliminar de D’Alembert, a quien Federico de Prusia instaba a que se radicara en Berlín para suceder a Maupertuis en la presidencia de la Academia. Pero D’Alembert prefería residir en París, un París peligroso y encantador. Reservado y circunspecto, tuvo que tomar partido por entonces en la querella suscitada entre los partidarios de la música francesa y la italiana. Y como se inclinó por esta última, se atrajo los dicterios de Rameau, el último representante de la tradición gloriosa de Lully.

Cortina musical (crescendo): Rameau.

Relator: Paradojas del siglo XVIII: los franceses triunfaban en Berlín, y los italianos les arrebataban el cetro en París. Eran tiempos de renovación y de lucha. Sobre el meridiano del siglo XVIII, Europa daba vuelta a otra página de su libro de oro.

Cortina musical: Rameau.




[A su muerte, Luis XIV dejó un país de alto poderío industrial y comercial —gracias a la creación de manufacturas de productos de exportación y de una flota mercante—, una corte brillante en el palacio de Versalles —en sí mismo una obra de arte—, y un legado cultural que incluye a Corneille, Racine, Molière, La Fontaine, Descartes, Pascal.]


1774.
Triunfo de Gluck y de María Antonieta


Cortina musical: Gluck, Ifigenia en Aulis.

Relator: Versalles, junio de 1773. Por la carretera de París, la caravana de carrozas llega al palacio real. Lacayos y postillones saltan al suelo. Las puertas comienzan a abrirse. Del primer carruaje, frente a la puerta principal, desciende ligera la princesa María Antonieta y tras ella su esposo Luis, Delfín de Francia.

Cortina musical: Gluck, Ifigenia en Aulis.

Relator: Este día, los herederos del trono han hecho su primera visita a París. Al menos su primera visita oficial. No lo digáis para que el rey no llegue a enterarse, pero es lo cierto que, cuando hubieron obtenido la venia del viejo Luis XV para visitar la capital, se anticiparon a recorrerla de incógnito. Pero eso fue sólo un capricho, un capricho de la juvenil princesa austríaca que apenas tiene 18 años y que se aburre soberanamente entre su nueva familia. Ahora, en cambio, ha hecho a París una visita oficial, llena de pompa y dentro del más estricto protocolo. Las autoridades, empezando por el Marqués de Brissac, gobernador de la ciudad, organizaron una brillante acogida a la joven pareja, y el pueblo acudió espontáneamente prestándole aún más calor y efusión. La princesa está excitada por tantas sorpresas, y al llegar a Versalles se encamina a la cámara del rey, porque el anciano tiene curiosidad por saber qué le ha parecido el paseo a su nueva y encantadora parienta.

Pasos y puerta (tres veces).

María Antonieta: ¡Oh, señor! He asistido a una fiesta que jamás olvidaré en mi vida; hemos hecho nuestra entrada en París.

Rey: Y por lo visto estáis satisfecha. ¿Os ha gustado la ciudad?

María Antonieta: Oh, la ciudad es encantadora, señor…

Rey: ¿Y cómo os ha recibido Brissac?

María Antonieta: El Mariscal es gentilísimo, ¿no es verdad, Luis?

Luis: Es gentilísimo, señor.

María Antonieta: Hemos recibido todos los honores imaginables. Pero a pesar de ser tan agradable todo esto, lo que más me ha conmovido ha sido la ternura y el sentimiento del pobre pueblo, que estaba loco de alegría al vernos. Cuando pasábamos por las Tullerías había una multitud tan grande que durante tres cuartos de hora no pudimos ni avanzar ni retroceder.

Rey: Se ve que los impuestos no son tan pesados.

Luis: Oh, señor, los impuestos… (Se calla bruscamente.)

María Antonieta: Al regresar del paseo tuvimos que salir a una de las terrazas de las Tullerías. No podría deciros los transportes de júbilo de que fuimos testigos en aquellos momentos.

Murmullo de multitud.

Voces: (Gritando.) ¡Viva el Delfín! ¡Viva la Delfina! ¡Viva el rey!

Aplausos.

María Antonieta: Parece un mar… La gente se mueve de una manera que, desde aquí, parece olas marinas. ¿No os parece maravilloso, señor de Brissac?

Brissac: Es un espectáculo maravilloso, en efecto, y me honro ofreciéndoos este homenaje.

María Antonieta: Hay mujeres con los niños en brazos. Mirad, Luis, cuántos niños… ¡Luis…!

Brissac: Vuestro esposo está en el otro extremo de la terraza.

María Antonieta: ¡Ah!

Brissac: Pero no os aflijáis, señora. Ved, doscientos mil parisienses están enamorados de vos.

María Antonieta: Oh, señor de Brissac…

Pausa. Aplausos y gritos.

María Antonieta: Deberíamos ponernos en camino para el regreso, ¿no os parece? Preguntadle al Delfín.

Brissac: El Delfín acatará vuestras órdenes, señora. ¿Vamos?

Cortina musical: Gluck, Ifigenia en Aulis.

Rey: ¿En qué pensáis, hija mía?

María Antonieta: Estaba recordando la escena, señor. Será inolvidable para mí. Antes de retirarnos tuvimos que saludar muchas veces con la mano a la multitud, que manifestó entonces un gran alborozo. Me siento feliz de haber cautivado la amistad de todo un pueblo a tan poco precio.

Cortina musical: Gluck, Ifigenia en Aulis.

Relator: María Antonieta de Austria, hija de la Emperatriz María Teresa y esposa del Delfín Luis, siente que ha conquistado París, capital y corazón de Francia. La multitud la adora, pero ella adora la vida mundana de los círculos aristocráticos, y cuando vuelve a París es sólo para frecuentar los salones y los teatros en busca de entretenimiento para sus veinte años. En Versalles, el círculo familiar la hastía. Las múltiples intrigas que giran alrededor de la señora de Dubarry la envuelven en una maraña desagradable. En París, en cambio, los jóvenes aristocráticos la rodean y la halagan, y sólo piensan en divertirse. Los bailes, los juegos, el teatro, la música…

Cortina musical: Gluck, Ifigenia en Aulis.

Relator: La música seria no atrae demasiado a María Antonieta, pero le atrae un músico serio que acaba de llegar a París, invitado por ella. Se llama Christoph Willibald Gluck, y ha sido en otro tiempo su maestro de canto en Viena. Es sesentón, pero tiene un espíritu ligero y sabe agradar, de modo que la Delfina ha tomado como cosa suya hacerlo triunfar en París. Ah, ¿pero no sabéis? Gluck estrenará dentro de pocos días su última ópera titulada Ifigenia en Aulis.

Cortina musical: Gluck, Ifigenia en Aulis.

Gluck: ¿Creéis que nos recibirá la Delfina, señor de Mercy?

Mercy: ¿Cómo podéis dudarlo, señor Gluck? Vos sois su músico predilecto, su antiguo maestro de música, y además —no se lo digáis a nadie— el pretexto de la Delfina para desafiar a la corte y probar sus fuerzas. Por lo demás, venís conmigo, y a mí no podría dejar de recibirme. A primera vista soy el embajador de la Emperatriz María Teresa ante la corte de Francia, pero en verdad soy su representante ante su joven hija. Confiad, que no tardará en llegar. Sospecho que alguna de las tías la entretiene en el boudoir contándole el último desplante de la señora de Dubarry.

Gluck: Pero es que el tiempo apremia…

Mercy: Tenéis tiempo, señor Gluck, porque si no la esperáis y si no obtenéis su apoyo, os sobrará todo el tiempo de que dispongáis en París.

Gluck: Es cierto. Pero tengo tantas dificultades y hallo tantos obstáculos… Aquí no gusta ahora nada más que la ópera italiana, y en parte por los desmesurados elogios de Rousseau, que ha tomado partido por ella. Yo quiero hacer otra cosa, y sé que convenceré al público.

Mercy: Al público le gustan los trinos y los pasajes floridos.

Gluck: Yo no empleo los trinos, ni los pasajes floridos, ni las cadencias en las que son tan pródigas las óperas italianas. La lengua italiana, que los conduce a estos abusos tan fácilmente, no me resulta de ninguna utilidad a este respecto; sin duda tiene muchas otras ventajas. Pero he nacido en Alemania y por más que haya estudiado la lengua italiana —y también la francesa— no creo que me sea posible apreciar las delicadas distinciones que pueden hacer preferir una lengua a la otra, y soy de opinión de que los extranjeros deberían abstenerse de juzgar entre ellas. Creo que me será permitido, sin embargo, decir que aquella que se acomode más a mi estilo ha de ser la que ofrezca al poeta los más variados medios de expresar las pasiones; y ésta es la ventaja que creo haber encontrado en los versos de la ópera Ifigenia, cuya poesía me pareció tener toda la energía necesaria para inspirarme buena música.

Mercy: Coincido con vos. Los versos del libreto de Du Roullet son excelentes y convengo en que os ha facilitado el trabajo. Estoy seguro de que… ¡Escuchad! ¡Ahí está la Delfina!

Puerta que se abre y se cierra.

Mercy y Gluck: ¡Señora!

María Antonieta: Amigos míos, perdonadme si os he hecho esperar. He escuchado una larga conversación sobre mil importantísimas cosas que no me importan.

Mercy: Acaso os importen… Tengo la esperanza de que podáis sobrellevar la pesada carga de sonreír delante de la persona de que os he hablado.

María Antonieta: Oh, Mercy, no me habléis ahora de eso. Estoy contenta y no quiero volver a entristecerme esta mañana… ¿Qué os trae por aquí, señor Gluck? ¿Cómo marchan los ensayos de vuestra Ifigenia? Supongo que todo estará a punto. Sólo faltan pocos días para nuestro estreno…

Gluck: De eso quería hablaros precisamente, señora. Ha surgido una contrariedad, y le han seguido otras muchas que sólo vos podréis resolver.

María Antonieta: Pues, ¿qué ha ocurrido, señor Gluck?

Gluck: Imaginaos que la soprano ha tenido la infeliz idea de enfermarse precisamente hoy.

María Antonieta: No es tan grave. Supongo que podrá encontrársele una reemplazante.

Gluck: ¿También vos, señora? ¿Podréis suponer que se puede enseñar su parte a una soprano en siete días? ¿Dónde encontrar la gracia y el ajuste que se necesitan para ese papel tan delicado? Es imposible…

Necesito imprescindiblemente que posterguemos el estreno una semana por lo menos y que en vez del 13 lo llagamos el 19.

María Antonieta: No es tan grave. Naturalmente, puede hacerse, si lo juzgáis imprescindible.

Gluck: El inconveniente es que todos se oponen. Se me ha contestado que se han distribuido todas las invitaciones para aquel día y que no es posible modificar la fecha por un detalle tan banal. Pero os aseguro que preferiría quemar mi obra antes que verla mal representada.

María Antonieta: Os ruego, señor Gluck, que no os apresuréis. Si lo deseáis, el estreno se realizará el 19 en cambio del 13. Dejadlo por mi cuenta.

Mercy: ¿Y no teméis, señora, que la nobleza…?

María Antonieta: Dejadlo por mi cuenta, he dicho. Aplaudirán conmigo.

Cortina musical: Gluck, Ifigenia en Aulis.

Relator: Todo corrió por cuenta de María Antonieta, que quiso triunfar una vez más en una corte en la que se la consideraba extranjera. Se impuso sobre todo, dominó todas las resistencias, y el 19 de abril de 1774 se estrenó en la Ópera de París Ifigenia en Aulis, en una sala en la que no faltaba ningún aristócrata de los que concurrían habitualmente al palacio. El público revelaba una gran curiosidad por el espectáculo, pero casi nadie perdía de vista el palco que ocupaba María Antonieta, esta vez, excepcionalmente, acompañada por el Delfín Luis.

Cortina musical: Gluck, Ifigenia en Aulis. Aplausos.

Relator: Puesto que los herederos del trono aplaudían con aire de desafío, mientras miraban al patio de butacas, no hubo más remedio que aplaudir, pues además vigilaba atentamente el Argos policíaco a quien la Delfina había encomendado la prevención de cualquier incidente. No faltaron quienes aplaudieron con auténtico y desinteresado entusiasmo, en tanto que otros execraron en su interior la ópera que acababan de escuchar. La polémica comenzó ese mismo día.

Cortina musical: Gluck, Ifigenia en Aulis.

Ana: ¿Escribís, señora?

María Antonieta: Sí, le estoy contando a mi hermana María Cristina los acontecimientos de esta semana. Mirad lo que digo:

¡Ha sido un gran triunfo, querida Cristina! El día 19 oímos Ifigenia; quedé arrobada, y aquí la gente no habla de otra cosa. Como consecuencia de este acontecimiento todos los cerebros de París parecen estar fermentando en forma increíble. Se producen disensiones y altercados, como si se tratara de una disputa religiosa; en la corte, aunque me expresé públicamente en favor de esta obra inspirada, se han formado dos bandos y tienen lugar debates de particular animación; y creo que en la ciudad las discusiones son más ardorosas todavía…

Pero, ¿por qué me miráis tan seria?

Ana: Señora, no quería interrumpiros, pero he venido a comunicaros una mala noticia.

María Antonieta: ¿Qué pasa, pues?

Ana: Su Majestad el rey ha regresado enfermo de la cacería, y su estado inspira muy serios temores. El Delfín os vendrá a buscar dentro de unos instantes para que lo acompañéis a la cámara real.

María Antonieta: Oh, es horrible…

Ana: Allí encontraréis seguramente a la condesa de Dubarry…

María Antonieta: ¡Ah…!

Ana: Me permitiría rogaros que tuvierais presente las circunstancias y las palabras de vuestra madre Su Majestad la Emperatriz.

Cortina musical.

Relator: Pocos días después, los herederos del trono dejaron de acudir a la cámara donde moría lentamente Luis XV. La enfermedad que lo aquejaba se había manifestado en todo su horror: ¡la viruela! Y desde entonces, pareció necesario proteger sus vidas impidiéndoles el acceso al lecho del enfermo a cuyo lado velaba incansable —junto a las hijas del rey— la condesa de Dubarry, que asistía a los funerales de su propio poder.

Cortina musical trágica.

Relator: Mas tampoco la condesa de Dubarry permaneció allí mucho tiempo. El confesor del viejo rey exigió, para dar la absolución al moribundo, que comenzara por manifestar su arrepentimiento alejando a su favorita. La señora de Dubarry desapareció, y todavía exigió la Iglesia al enfermo una declaración pública de su arrepentimiento.

Murmullo apagado.

Voz A: Ved, el Cardenal administra la comunión al rey. ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar!

Voz B: Ahora se dirige hacia acá… Va a hablar… ¡Silencio!

Cesa el murmullo.

Cardenal: Señores, el rey me encarga deciros que pide perdón a Dios por haberlo ofendido y por el escándalo que ha proporcionado a su pueblo. Y ha asegurado que si Dios le devuelve la salud, pensará en hacer penitencia, en sostener la religión y en aliviar a sus súbditos.

Todos: ¡Amén!

Cortina musical trágica.

Relator: Un cirio encendido anunciaba desde una ventana que el rey permanecía aún con vida. Todos los ojos estaban fijos en aquella señal, hasta que el 10 de mayo de 1774 fue apagado a las tres de la tarde.

Redoble, perdiéndose.

Voz: (En primer plano.) ¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!

Dos voces: (En segundo plano.) ¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!

Varias voces: (En tercer plano.) ¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!

Todas las voces: (En cuarto plano.) ¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!

Cortina musical trágica.

Relator: La que se mira en el espejo de su boudoir es María Antonieta, reina de Francia.




[En las vísperas de la Revolución Francesa, el genio polifacético de Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) descubre y expresa una nueva forma de sensibilidad, una espontánea exaltación del sentimiento y el dolor que, pocos años después, cristalizará por primera vez en Alemania con el nombre de romanticismo.]


1774.
Goethe concibe y crea el drama de Werther


Cortina musical: Gluck, Orfeo y Eurídice.

Relator: Wetzlar, 1772. Una pequeña ciudad de Nassau, no lejos de Francfort, es la sede de la Cámara Imperial del Sacro Imperio Romano Germánico. El Emperador se llama José II y comparte el trono con su madre, la augusta Emperatriz María Teresa.

Cortina musical: Gluck, Orfeo y Eurídice.

Relator: Es tiempo de paz. El Emperador José II ama la paz y sueña con introducir en su imperio cuantas reformas parezcan necesarias a la luz de la razón. El monarca no es tradicionalista sino, por el contrario, ilustrado, progresista, renovador: un monarca del siglo de las luces.

Ahora aprovecha esta época de paz para llevar a cabo algunos de sus proyectos. Quiere reorganizar la Cámara Imperial de Justicia, que funciona en Wetzlar. O, mejor dicho, que casi no funciona, porque hay bajo el polvo más de veinte mil procesos sin resolver.

Cortina musical: Gluck, Orfeo y Eurídice.

Relator: Wetzlar, 1772.

Murmullos, ruido de copas y risas.

Voz A: ¡Qué bullicio! Todos están contentos aquí…

Voz B: Es que este albergue parece ser el predilecto de los jóvenes. Hay otros en Wetzlar, pero los jóvenes prefieren éste, y aquí se reúnen. Es delicioso ver tanta alegría.

Voz A: Sobre todo porque son casi todas personas de noble condición. Cualquiera de estos forasteros es, con seguridad, persona de calidad en su país.

Voz B: Ciertamente. Conozco a algunos y lo son sin duda.

Voz A: ¿Conocéis a aquel que está apartado de los demás, en aquella mesa junto a la ventana? Os diré que me intriga. Siempre melancólico, sólo de vez en cuando se lo ve en compañía de los demás jóvenes, y parecería como si prefiriera sus libros a la conversación y a las diversiones. ¿Sabéis su nombre?

Voz B: Sí, lo conozco. Es el Secretario de la Embajada del Ducado de Braunschweig, y se llama Carlos Guillermo Jerusalem. Un hombre muy notable para su edad, y con quien he hablado varias veces; y puedo deciros que antes de venir a Wetzlar ha estado en Wolfenbütel donde ha gozado de la intimidad de Lessing.

Voz A: Ya me parecía a mí que era un hombre singular. Puedo decir que sólo con otro joven lo he visto reunirse y dialogar con vivacidad. Es… aquel que está en la rueda, en el sillón de respaldo alto, ¿lo veis?

Voz B: Sí, y también lo conozco. Es diplomático también, secretario de la legación de Hannover. Se llama Kestner y es hombre sagaz.

Voz A: Por lo visto, no hay en este albergue más que diplomáticos…

Voz B: No, no todos. ¿Veis a aquel joven de hermosas facciones que está junto a Kestner, elegante y con cierta arrogancia en el gesto? Pues ése no es diplomático, sino un joven abogado de Francfort que ha venido a perfeccionar sus conocimientos jurídicos en Wetzlar.

Voz A: ¿Sabéis quién es?

Voz B: He oído decir que se llama Goethe.

Cortina musical: Gluck, Orfeo y Eurídice.

Relator: Goethe tenía por entonces 23 años y ya se advertía su temperamento un poco voluble, su mesurado apasionamiento, su clara inteligencia creadora. Su padre quería hacer de él un abogado, un brillante abogado que alcanzara a su hora altas dignidades en el Estado. Pero Wolfgang, aunque no desdeña del todo ese destino, ama apasionadamente la literatura y el arte, y se siente en posesión de ideas renovadoras por las que quiere luchar. Ha estudiado en Leipzig y en Estrasburgo, y en esta última ciudad ha descubierto el genio germánico expresado en la magnífica catedral gótica de la ciudad, obra de Erwin von Steinbach, a cuya tumba quiere que acudan los jóvenes alemanes para vitalizar sus tendencias nativas. Rodean al joven Goethe muchos camaradas que comparten los ideales de ese movimiento que se llamará Sturm und Drang, esto es, «tormenta y agitación». Dos de ellos —Merck y Schlosser— hablan ahora con él de los temas que les son gratos.

Cortina musical: Gluck, Orfeo y Eurídice.

Goethe: Me entusiasman los números que acabáis de publicar del Noticioso Literario. Francfort os debe estar agradecida. Pero yo no soy un crítico digno de colaborar con vosotros.

Merck: Vamos, sin duda queréis que os adulemos…

Goethe: De ningún modo. Bien sabéis que no poseo ninguna de las cualidades indispensables para un verdadero crítico, carezco absolutamente de conocimientos históricos y sólo me he ocupado de algunas épocas literarias.

Merck: Pero en cambio tenéis opiniones firmes sobre el arte y la literatura.

Goethe: No del todo. Con frecuencia me descubro adoptando con demasiada facilidad las opiniones de los demás; y tengo más facilidad para pintar las cosas tal como deberían ser que para describirlas tal como son.

Merck: No comparto vuestra opinión. Sin duda creéis que los literatos de hoy valemos menos que los de otro tiempo.

Goethe: De ningún modo. Los literatos tienen estaciones que, como las de la naturaleza, reproducen periódicamente ciertos fenómenos; no se debería criticar ni elogiar una época literaria en su conjunto. Habría que guardarse de elevar demasiado a algunos talentos y de disminuir demasiado a los otros, pues a todos los ha hecho surgir el espíritu del tiempo. Si se recordara esta verdad, no se repetirían cada diez años las mismas lamentaciones siempre igualmente inútiles.

Merck: ¿Veis que podríais ser un crítico excelente? Necesitamos vuestra ayuda y no podéis negárnosla.

Goethe: Pues si insistís, tengo que repetiros que no puedo, amigos míos. ¿Queréis saber por qué? Estoy enamorado…

Cortina musical: Gluck, Orfeo y Eurídice.

Relator: El joven Goethe estaba enamorado, aunque ciertamente no por primera vez en su existencia todavía breve. Era sensible y apasionado y atraía siempre a su espíritu inquieto lo eterno femenino. Sin duda le atraían las mujeres; pero también él las atraía merced a un encanto sutil. Esta vez, sin embargo, Wolfgang no es feliz. Habíase enamorado de Charlotte Buff —a quien todos conocían por Lotte— que era la prometida de su amigo Kestner. Wolfgang no era feliz pero gustaba del inefable placer de saborear sus cuitas.

Cortina musical: Gluck, Orfeo y Eurídice.

Goethe: No, seguramente no la conocéis; pero además os prohíbo formalmente que digáis una palabra de todo esto a nadie. Y sobre todo os lo prohíbo a vos, Merck, que no vaciláis en burlaros de todo.

Merck: ¡Hasta del amor, joven enamorado!

Goethe: Sí, hasta del amor, como Mefistófeles. Cuando pienso en él, su imagen se confunde con la vuestra, querido Merck.

Merck: Y sin embargo no podéis suponer que me ría de vuestra desgracia…

Goethe: No sabéis hasta qué punto es desgracia la mía. Lotte no será nunca mía. Cuando la conocí ya estaba prometida a Kestner, y ella espera casarse y ser feliz. Pero es tan adorable, que no me sustraigo a su compañía y sigo disfrutando con ella del rocío matinal, del canto de la alondra. Así quisiera pasar hoy, mañana, siempre…

Cortina musical: Gluck, Orfeo y Eurídice.

Relator: Goethe era desgraciado a su modo, exaltándose con el amor, enriqueciendo su espíritu con nuevas experiencias y aprovechando aquella plenitud vital para crear y expresar sus sentimientos. En cambio, muy cerca de él, en el mismo albergue y en ocasiones en la misma mesa, Carlos Guillermo Jerusalem languidecía de amor y comenzaba a convencerse de que su existencia carecía de objeto. Como Goethe, Jerusalem amaba a una mujer inaccesible, y día a día estaba más seguro de perderla irremisiblemente. ¿Qué haré sin ella?, parecía pensar, como pensaba Orfeo, como cantaba Orfeo…

Cortina musical: Gluck, Orfeo y Eurídice. Aria Chè farò senza Euridice.

Relator: Esta angustia sublime que Gluck hacía expresar por entonces a su personaje, era acaso la angustia de Jerusalem, no la de Goethe, medido, equilibrado, clásico. Mientras soñaba con la dulce Lotte, Goethe trabajaba en su Götz von Berlichingen, y aún tenía serenidad para considerar los problemas de su futuro. Instábale su padre para que retornara a Francfort a establecerse como abogado, e instábale su amigo Merck para que abandonara Wetzlar y aquel amor puesto en quien no podía ser suya. Y efectivamente, Lotte se preparaba para contraer matrimonio con su prometido poco después. Goethe, muy dueño de sus actos, resolvió alejarse de Wetzlar, rumbo a Francfort.

Cortina musical breve: Gluck, Orfeo y Eurídice.

Goethe:

Comencé a marchar a pie por la orilla del Lahn, para gozar de la belleza del país que riegan sus aguas. Me encontraba en una de esas situaciones que predisponen a las mudas impresiones de la naturaleza, y mi antiguo afán por reproducirla con la ayuda del lápiz se despertó en mí. Por casualidad tenía en mi mano izquierda un hermoso cuchillo de bolsillo, y una voz irresistible me impulsaba a arrojarlo a la ribera: si lo veía caer al agua mis ansias de artista se realizarían; si los juncos me impedían ver su caída, debería abandonar mis esfuerzos.

Ejecuté esta caprichosa fantasía tan rápidamente como había surgido en mi mente…

Sonido de un cuchillo cayendo al agua.

Goethe:

…y el oráculo, fiel a su naturaleza equívoca, fue oscuro. Las últimas ramas de mimbre me habían impedido ver cómo se hundía el cuchillito en el agua, pero había visto claramente cómo salpicaba a su alrededor.

Por fin llegué a Thal, una preciosa villa a la orilla del Rhin donde tenía su casa la señora de la Roche. Anunciado por Merck, fui recibido amistosamente, y allí permanecimos hasta que dio él la señal de partida. Entonces remontamos el Rhin en un yacht que se dirigía a Maguncia, y poco después llegaba a Francfort.

Cortina musical: Gluck, Orfeo y Eurídice.

Relator: En Francfort comenzó a trabajar como abogado, reemplazando a su tío Textor, que había ingresado al Senado. El derecho le atraía, pero más le atraía la literatura. Su drama Götz von Berlichingen estuvo terminado muy pronto, y multitud de nuevos proyectos comenzaban a revolotear por su cabeza. Pero entonces…

Cortina musical: Gluck, Orfeo y Eurídice (fragmento dramático).

Goethe: No podréis imaginaros la noticia que acabo de recibir.

Merck: ¿De quién es esa carta?

Goethe: De Kestner. ¿Os acordáis de él?

Merck: Ciertamente. ¿Le ha ocurrido algo a Charlotte?

Goethe: No a Charlotte, sino a otro amigo de Wetzlar de quien creo que hablamos alguna vez. Jerusalem se ha suicidado.

Merck: Es increíble. ¡Pobre joven! Habrá querido que su amada reparara en él.

Goethe: No os burléis, Merck. ¿Os da lo mismo el amor que la muerte?

Merck: Como a Mefistófeles… Pero no riamos. Decidme, ¿qué os dice Kestner de ese episodio?

Goethe: Su narración es circunstanciada y trágica. Jerusalem estaba agobiado por el dolor; vos sabéis, Merck, estaba, como yo, enamorado de una mujer que no podría pertenecerle nunca, pero su amor era mucho más vehemente, más trágico, y su humor mucho más sombrío. Cuando tuvo la certeza de que no podría dominar sus sentimientos, decidió poner fin a su vida. Kestner recibió una esquela brevísima en la que le pedía sus pistolas, y lo justificaba agregando: «para un viaje que tengo resuelto hacer». Ese viaje, amigo mío, era el último. Una noche, después de cenar, mandó al mozo que empaquetase todo; rompió muchos papeles y pagó algunas deudas. Toda la noche siguió revisando y quemando papeles, y escribiendo algunas cartas, y entre ellas una a su amada.

Jerusalem:

Ya están cargadas… ¡las doce! … Ea, pues… ¡Charlotte, Charlotte, adiós, adiós…!

Un estampido.

Goethe: Por la mañana, a las seis, entró el criado con luz, y halló a su amo en el suelo, en un charco de sangre. A su lado estaba la pistola. Al mediodía expiró, y a eso de las once se lo sepultó en el sitio que había escogido.

Cortina musical: Gluck, Orfeo y Eurídice.

Goethe:

La muerte de Jerusalem, provocada por el desgraciado amor que alentaba por la esposa de un amigo, me arrancó de mi sueño. Veía yo que mi situación presente era análoga a la suya, y me puse al trabajo con una pasión que no me permitía distinguir entre la realidad y la invención. Me aislé totalmente y no recibí ninguna visita, mientras procuraba alejar de mi pensamiento todo lo que no tenía relación con mi obra. Entonces, sin ninguna labor previa, me puse a escribir, y en cuatro semanas concluí Las cuitas de Werther.

Cortina musical: Gluck, Orfeo y Eurídice.

Merck: Otro día hablaremos de Petersburgo, Wolfgang. Ahora quiero saber qué habéis hecho durante todo este tiempo, porque he oído decir que nadie os ha visto durante varias semanas, y que escribíais con total abstracción del mundo.

Goethe: Es cierto, Merck. Ved mi obra.

Merck: (Leyendo.) Las cuitas de Werther… No conocía este proyecto vuestro.

Goethe: Pues lo conocéis, y aun conocéis los personajes, la intriga y el desenlace. Werther, amigo mío, no es otro que el desgraciado Jerusalem.

Merck: El suicida… Es casi una improvisación vuestra sobre la realidad…

Goethe: He compuesto esta obra casi a pesar mío, como un sonámbulo, evadiéndome de los elementos huracanados en que estaba sumido, unas veces por mi propia falta, y otras veces por las de los demás. Luego, como después de una confesión total, me he sentido libre, alegre, y digno de comenzar una vida nueva. He aligerado el ánimo convirtiendo en poesía la realidad.

Cortina musical: Gluck, Orfeo y Eurídice.

Relator: Las cuitas de Werther vio la luz en Leipzig en 1774. Su éxito fue inmenso, porque expresó una forma de la sensibilidad que comenzaba a perfilarse, sobre todo, entre la juventud alemana. Como La nueva Heloisa, de Rousseau, Werther fue un llamado al sentimiento, a la libre espontaneidad, al desprecio por las viejas reglas literarias del siglo. Fue combatido acerbamente por unos y exaltado frenéticamente por otros. Porque se adivinaban en él los gérmenes de una revolución estética que, con el tiempo, daría nacimiento al Romanticismo. Goethe se adelantaba a su tiempo con su genio poderoso y sutil. Y en las páginas de Werther supo reunir su propia experiencia y la del infortunado Jerusalem, que consumó la tragedia.

Poco después, el suicida era un símbolo de la sensibilidad romántica.




[Poco después de iniciada la Revolución Francesa, Napoleón Bonaparte (1769-1821) se hizo cargo del poder. Sólo veinte años transcurrieron entre su fulminante ascenso y su derrota en Waterloo, pero su historia se confunde con la de toda Europa e influyó en la de América. Ludwig van Beethoven (1770-1827), partidario de la Revolución Francesa, lo admiró al principio como héroe para terminar despreciándolo como autócrata.]


1804.
El héroe de Francia se desploma en el corazón de Beethoven


Cortina musical: Beethoven, Heroica (fragmento de aire heroico); luego, disminuyendo y sigue de fondo.

Relator: (En primer plano.) ¡Lodi…! ¡Arcole…! ¡Rivoli…!

Napoleón: (En primer plano, arenga a sus tropas.) En quince días habéis conseguido seis victorias. Desprovistos de todo, lo habéis suplido con vuestro celo; habéis ganado batallas sin cañones, pasasteis ríos sin puentes, hicisteis marchas forzadas sin zapatos, habéis vivaqueado sin aguardiente y a menudo sin pan. ¡Sólo las falanges republicanas, sólo los soldados de la libertad eran capaces de pasar todo lo que habéis pasado vosotros!

Relator: (En primer plano.) ¡La libertad…!

Relator: Napoleón Bonaparte ha aniquilado en Italia el poder austríaco. La República surge en Italia como el primer fruto de una promesa para toda Europa. Europa se conmueve, se sacude ante el ímpetu del guerrero de la libertad. Inglaterra tiembla cuando lo ve partir para el Egipto y sortear la flota de Nelson.

Cortina musical: Beethoven, Heroica (fragmento de aire heroico), luego, disminuyendo.

Relator: (En primer plano.) ¡Las Pirámides…!

Napoleón: (En primer plano.) ¡Soldados! ¡Desde estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan…!

Cortina musical: Beethoven, Heroica (fragmento de aire heroico), sube el volumen y luego se interrumpe.

Relator: Pero Inglaterra se salva en Abukir y Bonaparte queda aislado de Europa. Un plan desaparece…

Cortina musical: Beethoven, Heroica (fragmento de aire heroico); luego, disminuyendo.

Napoleón: (En primer plano.) Un grano de arena detuvo mi suerte. Una vez tomado San Juan de Acre, el ejército francés hubiera volado a Damasco y Alepo; en un abrir y cerrar de ojos hubiera estado en el Éufrates. Seis mil drusos cristianos se le hubieran unido… ¡y quién puede calcular lo que de aquello hubiera resultado…! ¡Me hubiera sido posible llegar a Constantinopla y a la India! ¡Habría cambiado la faz del mundo!

Relator: Pero su sueño se desvaneció por un grano de arena… y la flota del Almirante Nelson. Inglaterra estaba otra vez de pie. Cuando Francia demostró que dominaba el continente, las dos potencias firmaron la paz en Amiens el 27 de marzo de 1802.

Cortina musical: Beethoven, Heroica.

Relator: El héroe de Francia comenzó a ser el héroe de todos los amigos de la libertad en Europa. Se soñaba con la llegada de sus tropas, portadoras de los ideales republicanos. Empero Bonaparte comenzaba a ser ya el general afortunado, el victorioso, y por su corazón comenzaba a aparecer el sueño de la autocracia. Quería la gloria y los honores. Quería ser el único. Y los que cedían a su autoridad concedían al triunfador, en holocausto, la libertad de Francia.

Murmullo de asamblea.

Chabot: ¡Ciudadanos tribunos! En todos los pueblos se disciernen honores públicos y recompensas nacionales a los hombres que por sus acciones brillantes han honrado a su país o lo han salvado de grandes peligros. ¿Qué hombre tuvo jamás más derechos que el General Bonaparte al reconocimiento nacional? ¿Cuál, fuera a la cabeza del gobierno o al frente del ejército, honró más a su patria y le prestó servicios más señalados? Propongo que el tribunado adopte una decisión del siguiente tenor:

 El tribunado emite el voto de que sea dado al General Bonaparte, Primer Cónsul de la República, un testimonio señalado del reconocimiento nacional.

Cortina musical: Beethoven, Heroica.

Relator: La proposición fue aceptada y se llamó a un plebiscito que dio una formidable mayoría en favor de la designación de Bonaparte como Cónsul Vitalicio. Agosto de 1802. Francia ya tiene amo.

Cortina musical: Beethoven, Heroica.

Relator: Pero su estampa de libertador sigue siendo el sueño de Europa. Mientras busca el poder omnímodo en su patria, subsiste por algún tiempo fuera de ella la imagen de sus primeros años. Un músico alemán, casi de la misma edad que Bonaparte, deposita en él sus sueños de libertad. Se llama Ludwig van Beethoven. Ahora, mientras Bonaparte se hace designar Cónsul Vitalicio, él ha querido abandonar la corte de Viena y refugiarse en Heiligenstadt, una ciudad pequeña, próxima a una vieja abadía y rodeada de bosques.

Cortina musical: Beethoven, Heroica, perdiéndose.

Voz A: He oído en Viena que tus últimas obras son melancólicas, tristes…

Beethoven: Muchos me creen rencoroso, apático, un misántropo… ¡Qué engañados están! No conocen el motivo que me hace tener esa apariencia… Mi corazón y mi carácter estuvieron, desde mi infancia, inclinados a los más dulces sentimientos y a la benevolencia. Pero ahora…

Cortina musical: Comienza sonido de flauta.

Beethoven: …ahora no volveré a oír el tañido de las esquilas, ni el sonido lejano de las flautas…

Cortina musical: Se corta bruscamente el sonido de flauta.

Beethoven: ¿No os dais cuenta…? ¡Soy sordo! ¡Soy sordo! Para mí acabaron los recreos humanos, las entrevistas agradables, las expansiones recíprocas. Es preciso que viva como un proscripto. Sólo me queda aguardar la muerte…

Voz A: ¡La muerte…!

Beethoven: ¿Qué? ¿No han muerto otros? ¿No acaba de morir, más joven que yo, Novalis, el poeta, el inmenso poeta…? A veces, en la niebla que envuelve mis oídos, me parece oír su palabra. Escucha…

Novalis:

Morir es una actitud genuinamente filosófica.
La vida es el principio de la muerte.
La vida es por la muerte, que es, al mismo tiempo,
comienzo y fin, separación y unión.
Quien conciba la vida de otro modo
que como una ilusión que se aniquila a sí misma,
es aún prisionero de la vida.
Nuestra vida no es sueño,
mas tiene que volverse sueño.
La vida es el principio de la muerte.

Voz A: ¡Ánimo, Ludwig…! ¡La vida…! ¡La alegría…!

Cortina musical: Beethoven, Novena Sinfonía, Himno a la Alegría, en volumen muy bajo, luego subiendo y se interrumpe.

Relator: La vida y la alegría no abandonan del todo al músico. Cuando vence sus accesos de desesperación, vuelve a entregarse a la música, y seguirá haciéndolo hasta su muerte. Una música que sólo sonaba dentro de su espíritu y a cuyas modulaciones estaban cerrados sus oídos.

Cortina musical: Beethoven, Sonata a Kreutzer.

Relator: Por entonces compuso en Heligenstadt una sonata para violín y piano que dedicó al violinista Rodolfo Kreutzer, a quien había conocido en casa de Bernadotte. Pero ya se insinuaba en la mente de Beethoven la arquitectura sonora de una sinfonía de aire heroico, cuya inspiración provenía de la figura marcial de Bonaparte.

Durante todo el año 1803 y hasta la primavera de 1804, Beethoven trabaja en el homenaje a Bonaparte, al héroe de Lodi, de Arcole, de Rivoli, al domador de los autócratas, al portaestandarte de la libertad republicana. A un Bonaparte que ya no existía.

Cortina musical: Beethoven, Heroica, allegro.

Relator: La Tercera Sinfonía ha sido concluida. 1804. Para escucharla por primera vez ha reunido a sus invitados el Príncipe Lobkowitz en el Castillo de Raudnitz. Luces y caireles. Uniformes y capas. Reverencias. Y en presencia del Príncipe Luis Fernando de Prusia, que había combatido a la República en Champagne, comenzó a sonar la sinfonía dedicada a Bonaparte, portaestandarte de la libertad.

Cortina musical: Beethoven, Heroica, allegro.

Relator: El portaestandarte de la libertad es ahora el amo de Francia. Ya es el amo casi absoluto de Francia.

Y aún le parece poco. Bonaparte teme a los enemigos ocultos: a los antiguos republicanos, a Inglaterra, a los realistas. La policía no descansa.

Cortina musical: Beethoven, Heroica, allegro.

Fouché: El aire está lleno de puñales…

Cortina musical breve: Beethoven, Heroica, allegro.

Voz A: ¿Qué decís, señor Fouché?

Fouché: Eso os digo, amigo. Id y decidle al Cónsul que el aire está lleno de puñales.

Cortina musical: Beethoven, Heroica, allegro.

Voz B: El aire está lleno de puñales…

Napoleón: ¿Estáis seguro de que es ésa la opinión de Fouché? El lince conoce los reductos de sus piezas. Llamad a Réal.

Pausa.

Réal: Señor…

Napoleón: Réal… Como Jefe de Policía estáis obligado a saber más que ningún otro sobre los conspiradores. ¿Sabéis algo nuevo? Se dice que… el aire está lleno de puñales.

Réal: Señor, estaba en la antesala para comunicaros algunas noticias. Hemos detenido a algunas personas que nos han proporcionado informes valiosos.

Napoleón: (Impaciente.) ¡Hablad!

Réal: Hay una conspiración montada en Inglaterra contra vos, y comenzamos a tener los hilos en nuestro poder. Cadoudal parece ser el principal agente, y me consta que colabora con él el General Pichegru…

Napoleón: ¿Quién más?

Réal: Moreau…

Napoleón: ¿Quién más?

Réal: Un personaje enigmático que no puedo saber quién es.

Napoleón: Pues deberíais saberlo. Para eso os pago. ¿De qué clase…?

Réal: Un príncipe Borbón, quizá…

Napoleón: ¿Sospecháis de alguno?

Réal: El Duque de Enghien, tal vez…

Napoleón: (Como descorazonado.) Está bien… Jacobinos, ingleses, generales, realistas… (Violento.) Réal: ordenad inmediatamente la detención de Moreau.

Réal: Muy bien, señor.

Napoleón: Luego, haced prender a Pichegru. (Pausa.) Y a Cadoudal. En cuanto a Enghien…

Cortina musical: Beethoven, Heroica, Marcha fúnebre.

Coulaincourt: Señor, vuestras órdenes están cumplidas.

Napoleón: ¡Coulaincourt…! ¡Sois un bravo! ¿Cómo ha pasado todo?

Coulaincourt: Señor, simplemente, como ordenasteis. La columna salió a marcha forzada hacia Ettenheim, entró en territorio de Baden, buscó al Duque de Enghien y lo condujo prisionero a París. Eso es todo.

Napoleón: ¡Bien, Coulaincourt! Por vuestra cuenta corre el final de este episodio. Comunicad a Murat que nombre una comisión militar para juzgar a Enghien. Esta misma noche. Que Hulin la presida. La condena debe ser capital. Que todo termine esta misma noche.

Cortina musical: Beethoven, Heroica, Marcha fúnebre.

Relator: El complot de Cadoudal, con las presuntas conexiones, muchas de ellas fingidas, como la del desgraciado Duque de Enghien, precipitó la ambición de Bonaparte. Sus incondicionales comenzaron a trabajar activamente para que se le concediera la dignidad imperial, y el 18 de mayo de 1804 el Senado consagró el nuevo orden de Francia.

Murmullo. Se proclama el Senadoconsulto.

Presidente:

…por lo cual, el 28 de Floreal del año XII de la
República, el Senado, Resuelve:
1o El gobierno de la República queda confiado a un emperador, que tomará el título de Emperador de los Franceses.

Aplausos, gritos.

2o Napoleón Bonaparte, actualmente Primer Cónsul, vitalicio, de la República, es Emperador de los Franceses.

Aplausos, gritos.

3o Declárase hereditaria la dignidad imperial.

Aplausos, gritos.

Senador: Propongo que el Senado en masa se traslade a Saint Cloud para comunicar la resolución al Emperador.

Aplausos, gritos.

Presidente:

Y confíase al Segundo Cónsul Cambacérès la misión de saludarlo como tal en nombre del Senado.

Cortina musical: Beethoven, Heroica, entre el murmullo.

Cambacérès: ¡Saludo a Vuestra Majestad Imperial!

Gritos, murmullos, etcétera.

Cortina musical: Beethoven, Heroica, allegro, perdiéndose.

Relator: Toda Europa se conmovió ante la consagración del poder personal y autocrático de Napoleón. Movidas por Inglaterra, las más poderosas naciones se unieron en una alianza contra Francia. La hora de la guerra comenzaba otra vez, y Viena se preparaba para el ataque.

Cortina musical: Beethoven, Heroica. Luego, cañones.

Relator: Septiembre de 1805. Ulm. Los austríacos son derrotados en Ulm. La llanura queda abierta y Viena se ofrece como presa. Los rusos pretenden acercarse para colaborar en la defensa, pero el Mariscal Murat se apresura. 12 de noviembre de 1805: El Mariscal Murat entra en Viena. El viejo imperio ha sucumbido y el nuevo Emperador Napoleón se instala en el Palacio de Schönbrunn. Sólo queda batir al ejército en retirada, que procura unirse a las fuerzas rusas.

Ruido de tropa al galope.

Relator: No hay un instante que perder. ¡Sobre ellos, soldados de Francia! ¡Ya tenéis a la vista los campos de Austerlitz…!

Cañoneo prolongado, perdiéndose. Tambores.

Relator: 3 de diciembre de 1805. Proclama del Emperador de los franceses Napoleón al Gran Ejército:

¡Soldados! Estoy contento de vosotros. Habéis justificado, en la jornada de Austerlitz, todo lo que esperaba de vuestra intrepidez. Habéis decorado vuestras águilas con una inmensa gloria.

Un ejército de cien mil hombres mandado por los Emperadores de Austria y Rusia ha sido deshecho o dispersado en menos de cuatro horas. Cuando se haya cumplido todo lo que se necesita para asegurar la felicidad y la prosperidad de nuestra patria, os volveré a llevar a Francia. Allí seréis objeto de mi más tierna solicitud. Mi pueblo os volverá a ver con alegría, y bastará decir: «He estado en Austerlitz», para que se responda: «He aquí un bravo».

Cortina musical: Beethoven, Heroica.

Relator: Triunfaba el héroe de Francia sobre los campos de batalla. Pero en Viena su gloria se hacía añicos en el corazón de Beethoven que había apoyado en su imagen heroica las armonías de la Tercera Sinfonía. El músico estrenó Fidelio en la ciudad ocupada hacía siete días por Murat y doce días antes de Austerlitz. Los conquistadores estaban bajo sus ojos. El nuevo autócrata residía en el viejo Palacio de Schönbrunn. La gloria y la ambición habían aniquilado al héroe.

Cortina musical: Beethoven, Heroica, Marcha fúnebre.

Editor: Me llevo los originales, señor Beethoven. Vuestra Sinfonía es la más hermosa que he oído. Cuando la editemos se tocará por toda Europa. Y será un orgullo para el Emperador Napoleón que se la hayáis dedicado.

Beethoven: Os equivocáis, amigo. El héroe ha muerto. Mirad el título. Mi Sinfonía se llamará tan solamente… Heroica.




[El sentimiento nacional despertó en Italia con la invasión napoleónica. Pero la opresión ejercida por el Imperio Austrohúngaro y su inflexible ministro Metternich minimizó los intentos de patriotas y liberales. El escritor y patriota Silvio Pellico (1789-1854) dio testimonio de la represión y de la lucha.]


1828.
Dos liberales en la Italia de la Restauración


Cortina musical: Beethoven, Sonata a Kreutzer. Escena en un calabozo, en voz baja.

Kral: Señor Pellico… Señor Pellico… Tengo una cosa para usted…

Pellico: Hola, Kral, me había quedado amodorrado… ¿Qué dice?

Kral: Tengo aquí algo que me han pedido que le traiga; pero por Dios, léalo pronto, porque me juego la cabeza.

Pellico: Deme, deme… ¿Quién se lo ha dado?

Kral: No puedo decírselo, señor Pellico; me lo han pedido. Vamos, léalo usted.

Pellico: Si casi no hay luz… Veamos… Es una hoja de la Gaceta de Augsburgo.

Kral: Abajo está marcada una noticia que se refiere a usted.

Pellico: ¿Dónde, dónde?

Kral: Aquí. Mire usted.

Pellico: ¡Ah! (Leyendo entrecortadamente.)

La señorita María Ángela Pellico ha tomado hace pocos días el velo en el Monasterio de la Visitación en Turín. Es hermana del autor de Francesca da Rimini, Silvio Pellico, el cual salió recientemente de la fortaleza de Spielberg, indultado por Su Majestad el Emperador, rasgo de clemencia dignísimo de tan magnánimo soberano y que alegró a toda Italia…

¡Oh, Dios mío! ¿Así que he salido de esta inmunda cárcel…? ¿Y por la magnanimidad del Emperador? ¿Oyes, Maroncelli? ¡Así se burla el tirano de la pobre Italia esclavizada!

Maroncelli: ¿Sabíais lo de vuestra hermana?

Pellico: No, ¡pobre hermana mía! Pero sé que deseaba hacerlo hace tiempo, y la desgracia la ha impulsado a apresurar su resolución. ¡Oh! (Solloza.)

Kral: ¡Señor Pellico! ¡Señor Pellico! Por el amor de Dios, no llamemos la atención… Oigo pasos del centinela… Deme usted esa hoja y por Dios no le diga a nadie que se la he traído.

Pellico: Nadie lo sabrá sino nosotros dos, Kral; nunca podré olvidar su lealtad.

Cortina musical: Beethoven, Sonata a Kreutzer. La reja se abre y se cierra con llave.

Pellico: Ya lo sabes, Maroncelli; he sido indultado por el Emperador y he salido de esta fortaleza de Spielberg. ¡Seguramente también he vuelto a Italia y he encontrado a mi patria libre de tiranos!

Maroncelli: Tranquilízate, Silvio. Será una patraña más. Pero no puedo explicarme cómo ha podido aparecer esa noticia en Augsburgo.

Pellico: Seguramente el rumor ha sido difundido en Turín —quizás ex profeso— y la Gaceta de Augsburgo la ha recogido de algún periódico turinés. En Turín creerán que yo estoy libre…

Maroncelli: ¡Con tal de que no sea una insidia de la policía de Metternich para complicar a algunos compañeros!

Cortina musical: Beethoven, Sonata a Kreutzer.

Relator: Los compañeros de Silvio Pellico —a quien hizo famoso el relato que tituló Mis prisiones— eran los liberales patriotas que luchaban en Italia contra los Habsburgo y los demás déspotas extranjeros. Buena parte de la península le había sido adjudicada al Emperador de Austria en las negociaciones que siguieron a la caída de Napoleón, y por los estados donde predominó se extendió la férrea autoridad de la policía de Metternich para aniquilar a los patriotas. Algunos, como los Carbonarios, se organizaron en sociedades secretas. Otros se lanzaron a la lucha abiertamente, y otros fueron perseguidos solamente por sus opiniones. Ser liberal o, simplemente, sospechoso de escasa devoción, eran motivos suficientes para ser perseguido u hostilizado de mil maneras. El elegante Ministro dirigía desde Viena la represión con inflexible energía.

Cortina musical: Beethoven, Sonata a Kreutzer.

Relator: En la fortaleza de Spielberg, entre otros muchos italianos prisioneros están Silvio Pellico y Pietro Maroncelli, dos poetas a quienes une la dulce amistad del cautiverio.

Cortina musical: Beethoven, Sonata a Kreutzer.

Pellico: (Escribiendo.)

Spielberg… La ciudad de Brunn es la capital de Moravia. Pegado a sus murallas, al poniente, se alza un montículo sobre el cual se asienta la infausta Rocca de Spielberg, en otro tiempo mansión de los señores de Moravia, y hoy la más severa ergástula de la monarquía austríaca.

Los franceses la bombardearon y no volvió a servir de fortaleza, pero se rehízo una parte del recinto y en ella cerca de 300 presidiarios —ladrones y asesinos en su mayoría— cumplían condenas en grado «duro» y «durísimo». Nosotros, prisioneros de Estado, estábamos condenados a prisión dura. Esto significa estar obligado al trabajo, llevar cadenas en los pies, dormir en una tabla desnuda y comer un rancho abominable.

Maroncelli: ¿Escribes, Silvio? Feliz de ti… El dolor no me deja en paz un instante.

Pellico: ¿No te has sacado la piedra cáustica? Quizás el protomédico encuentre algún remedio más eficaz para tu mal.

Maroncelli: Se fue sin decir nada.

Pellico: Querrá estudiar el caso, pero aprobó cuanto había recetado el médico de la cárcel.

Se oyen pasos.

Pellico: Alguien viene…

Subintendente: Señor Maroncelli, ¿cómo siguen esos dolores?

Maroncelli: Peor, cada vez peor. No sólo siento dolores en la rodilla sino en todo el cuerpo.

Subintendente: Señor Maroncelli, permítame que le diga… El protomédico no se ha atrevido a explicarse delante de usted por temor a que le faltara ánimo. Pero no puedo dejar de decirle cuáles son sus conclusiones. Esa pierna…

Maroncelli: ¿Cree usted…?

Subintendente: Parece inevitable. Habrá que amputar.

Pellico: ¡Es horrible, Pietro!

Maroncelli: De otro modo, moriré, Silvio. Es necesario.

Subintendente: Entonces daremos cuenta a Viena, y en cuanto llegue la autorización…

Pellico: ¿Hasta en eso tiene que intervenir Viena?

Cortina musical: Beethoven, Sonata a Kreutzer.

Maroncelli: No llores, Silvio. Todo acabará pronto. Yo… acaso cure… y tú pronto llegarás al fin de tu condena.

Pellico: No lo sé, Pietro. Son siete años y medio, pero acaso calculen desde la fecha de la condena, no desde el día de mi prisión. Entonces…

Maroncelli: Dime, Silvio, ¿cómo y cuándo fuiste detenido?

Pellico: En octubre de 1820. ¿No te he contado nunca? Fue en Milán, cuando era yo secretario de Federico Gonfaloneri. Conspirábamos y estábamos en estrecha relación con los liberales de Piamonte, pero la policía no había logrado averiguar nada de nuestro movimiento. Pero una noche se anuncia un curioso concierto en el que debían competir, tocando las mismas obras, un violinista francés, Lafont, y nuestro Paganini. Fue inolvidable. Paganini arrancaba de las cuerdas sonidos inverosímiles cuando ejecutaba la Sonata a Kreutzer, y su inmensa superioridad quedó probada a los ojos de todos. Al concluir no pudimos contenernos. Mientras toda la sala daba vivas a Paganini, nosotros tres, Gonfaloneri, el poeta Monti que nos acompañaba y yo, nos unimos al homenaje al virtuoso y comenzamos a gritar: ¡Viva Italia! Un oficial austríaco nos hizo detener a la salida y comenzó poco después la peregrinación por la cárcel de Santa Margarita, los Plomos de Venecia, hasta dar finalmente aquí. Pero el recuerdo de la Sonata a Kreutzer perdura indestructiblemente en mis oídos.

Cortina musical: Beethoven, Sonata a Kreutzer.

Relator: Paganini era por entonces el insuperable virtuoso del violín. Su fama era inmensa pero tenía múltiples facetas. Mientras se lo ensalzaba sin reservas como ejecutante, solía agregarse que era seguramente ateo y que había vendido el alma al diablo. Más de una vez se le preguntó con aviesa intención qué clase de cuerdas usaba, como sospechando que las obtuviera en alguna oscura ceremonia de la noche del sábado. En verdad Paganini era solamente un librepensador, un liberal y patriota italiano, cosas todas estas que bastaban para atraerse el odio de las clases dirigentes en la Italia de la Restauración. Lo odiaban pero les atraía su maestría insuperable. Un día, en Roma…

Cortina musical: Corelli.

Ujier: Señor Paganini, Monseñor el Cardenal-Jefe de Policía os espera en su despacho, y me ha encargado preveniros que os recibirá en compañía del señor Duque de Portalla.

Pasos y puertas.

Paganini: ¡Monseñor…! ¡Excelencia…!

Cardenal: Encantado de veros, señor Paganini. Es una satisfacción para un prelado recibir a un hombre ilustre a quien el Santo Padre ha conferido la Orden de la Espuela de Oro.

Portalla: No es frecuente, señor Paganini, que su Santidad se acuerde de los músicos. A nuestro Mozart le fue concedida, y creo que a Gluck también…

Paganini: Efectivamente, Excelencia, y luego nada más que a mí.

Portalla: Es un insigne honor que merecéis, seguramente…

Paganini: Ésa es materia sobre la cual mi violín responde por mí.

Cardenal: No me canso de lamentar que no haya tenido ocasión de escucharos. Y no creo que os dignaréis tocar aquí para nosotros…

Portalla: ¿Aunque yo uniera mis ruegos a los de Monseñor?

Paganini: Os aseguro que no pensé en que quisierais que tocara el violín, pues si no, hubiera traído el mío. ¿Os agrada verdaderamente el violín?

Portalla: Mucho. La música no nos está vedada a los políticos. Yo no comparto totalmente la opinión del General Suvorof. ¿Lo recordáis, Monseñor? Combatió en Italia…

Cardenal: Lo recuerdo muy bien.

Portalla: Pues una vez, contestando a un oficial francés que consideraba la música como una cosa perniciosa, le oí decir:

En mi opinión, la música es una cosa útil; sobre todo la música ruidosa y muy especialmente la del bombo.

Paganini: Era un espíritu verdaderamente musical el del General Suvorof.

Portalla: Pero en fin, señor Paganini, ¿condescenderéis a tocar el violín para nosotros ?

Paganini: Tocaría con mucho gusto, pero no sé en qué violín.

Cardenal: Os proporcionaremos uno, acaso indigno del vuestro. ¿Qué violín es el vuestro, señor Paganini?

Paganini: Un Guarneri, Monseñor, un incomparable Guarneri.

Portalla: Un Guarneri mágico, un Guarneri diabólico… En fin, por hoy tocad con éste. Será más mérito el vuestro si lo hacéis sonar.

Paganini: ¿Corelli?

Cardenal: Corelli.

Cortina musical: Corelli (obra corta entera).

Portalla: Insuperable, señor Paganini. Os esperamos en Viena. Decid que os ha invitado el Gran Duque de Portalla. Tenéis abiertos todos los caminos de Europa. Con sólo insinuar que me habéis visitado en Roma, podréis cruzar la ruta de los Alpes.

Paganini: Ha sido un insigne honor para mí haberos conocido, Excelencia, y os agradezco vuestra invitación. ¡Monseñor…!

Cortina musical: Corelli.

Antonia: ¿Te ha recibido bien, Nicolás?

Paganini: Es curioso, pero el Cardenal me ha tratado mucho mejor que todos los abades y sacristanes de Roma.

Antonia: Monseñor es un exquisito diletante. Pero aún no me has dicho si has tocado.

Paganini: Toqué un horrendo violín. Pero aun así le ha gustado mucho a un Duque de Portalla que estaba con el Cardenal y que me ha invitado a ir a Viena.

Antonia: ¡El Duque de Portalla! ¿Pero estaba en Roma el Duque de Portalla?

Paganini: Yo sé que acabo de dejarlo ahí dentro.

Antonia: ¿Pero tú no sabes quién es? El Duque de Portalla es el Canciller Metternich.

Cortina musical: Corelli.

Conde: De modo, señor Paganini, Caballero de la Orden de la Espuela de Oro, que ya tenéis autorización para realizar vuestro viaje al norte. Esto, a despecho de vuestra descortesía: ya podría habérseos ocurrido escribir algunos himnos litúrgicos y ejecutarlos en la Iglesia.

Paganini: ¡Señor…!

Conde: La voz angelical de vuestra esposa os ha servido de ayuda esta vez, y la benevolencia de Su Alteza el Duque de Portalla, Príncipe Metternich y Príncipe Kaunitz, os asegura una buena acogida en la capital de Su Majestad apostólica el Emperador Francisco. Mas, nada de pasos imprudentes, nada de lectura de libros peligrosos. Sacaos de la cabeza la peligrosa idea de que vuestro genio musical os hace ciudadano del mundo.

Paganini: ¡Señor…!

Conde: En la región lombardo-veneciana no sois más que un súbdito de Su Majestad, y en Roma, estáis bajo la vigilancia del Cardenal-Jefe de Policía. En fin, aquí tenéis vuestros documentos. Buen viaje y no olvidéis mis recomendaciones.

Cortina musical: Corelli.

Relator: Paganini tocó en Viena en medio del entusiasmo general y subyugó a los amantes de la música con su virtuosismo inigualable. Pero muy pronto comenzaron a aparecer las insidias y a difundirse los antiguos rumores. Se lo llamaba carbonario, ateo, liberal, y se contaba de él, con horror, que se había opuesto resueltamente a que un sacerdote sumergiera su Guarneri en agua bendita para alejar al diablo. Pero el público le seguía fiel, aunque compartiera cierto extraño temor. Al fin, terminada su temporada, Paganini abandonó Viena y comenzó a recorrer diversas ciudades del Imperio. Poco después de haber salido Paganini de ella entraban en Viena…

Cortina musical: Beethoven, Sonata a Kreutzer. Un coche en marcha y se detiene.

Pellico: (Con respiración asmática.) ¿Dónde estamos, señor Noe?

Noe: Es la Dirección General de Policía. Pero no os preocupéis. Acordaos de que ahora sois huéspedes del gobierno de Su Majestad y no presos.

Pellico: Yo creo más bien que soy un muerto.

Maroncelli: Valor, Silvio, es sólo un poco de asma que pasará pronto. Entremos.

Pausa. Puertas.

Noe: ¡Walter! Avise al Director de Policía que he llegado con los detenidos italianos: Silvio Pellico y Pietro Maroncelli. Pero apresúrese, por favor. El señor Pellico viene muy enfermo y hay que disponer un alojamiento apropiado para él, mientras se llama con urgencia al Doctor Singer para que lo atienda.

Pellico: ¡Ay!

Noe: Acompáñeme.

Pausa. Puertas.

Noe: Aquí puede usted recostarse un rato, señor Pellico. Yo volveré dentro de un instante con un médico.

Pellico: Muchas gracias, señor, muchas gracias.

Puerta.

Pellico: ¿Estaremos realmente en libertad, Pietro?

Maroncelli: Estoy seguro, tranquilízate. Aquí se formalizará nuestro indulto. Dentro de poco volveremos a Italia.

Pellico: ¡Italia…! ¡Italia…!

Cortina musical: Beethoven, Sonata a Kreutzer.




[Después de la derrota de Napoleón en 1815, fue restaurada en Francia la monarquía borbónica, que intentó volver al «antiguo régimen». Victor Hugo (1802-1885) escribió el drama Hernani como manifiesto del romanticismo y del liberalismo. El día del estreno, 25 de febrero de 1830, es conocido como «la batalla de Hernani». Batalla sin armas, batalla de consignas, de gritos, de aplausos… y de chalecos rojos, el emblema de los jóvenes románticos. Y preludio de la batalla con armas que, sólo cinco meses después, depuso al último rey absolutista de Francia.]


1830.
El romanticismo conquista París


Cortina musical.

Relator A: París, 1830. En los espíritus y en las calles, signos de tormenta.

Cortina musical.

Relator B:

Preferiría aserrar madera antes que reinar a la manera del Rey de Inglaterra…

Relator A: Éste era Su Majestad el Rey de Francia, Carlos X. Era ultramontano y se consideraba sacrosanto.

Quería el absolutismo y el retorno a las tradiciones de la Edad Media, y por eso se hizo coronar en la Catedral de Reims. Pero entre la Edad Media y su tiempo mediaba… la Revolución Francesa. El pueblo llegó a odiarlo, pero odió aún más a su ministro, el Duque de Polignac.

Cortina musical.

Relator A: Los periódicos liberales agitaban el ambiente. Thiers y Guizot pregonaban que estaban vivos los principios defendidos por la revolución de 1789 y cantaban a la libertad con encendidas frases. Por su parte los periódicos realistas vociferaban contra esa libertad, que siendo tan escasa, parecíales excesiva. Los ánimos se caldeaban y la opresión se hacía intolerable. La censura se mostraba severa.

Cortina musical breve.

Relator A: Precisamente, Víctor Hugo acaba de toparse con ella. Son ya muchos los que admiran sus odas y los que descubren un aura renovadora en el largo drama sobre Cromwell que acaba de escribir. Son casi todos jóvenes como él, que no alcanzan a los treinta años, pero no falta algún hombre maduro entusiasmado de las tendencias románticas que representa. Sin embargo, la mayoría se resiste a las innovaciones y sigue prefiriendo la tragedia al gusto del siglo XVIII…

Cortina musical.

Relator A: Ahora prepara Víctor Hugo un nuevo drama basado en un episodio de ambiente español —muy romántico— de la época de Carlos V. Se llamará Hernani.

Cortina musical breve.

Relator A: Pero la censura funciona. El gobierno no puede tolerar un verso que dice: «¿Crees tú, pues, que los reyes son para mí sagrados?»

Porque, ciertamente, Carlos X se creía sagrado después de haber sido ungido con los Santos Óleos en la Catedral de Reims, y el Duque de Polignac adivinaba la intención sacrílega de la frase. Sólo como una concesión especial se le permite que llame al Rey de España «indolente», «insensato» y «mal rey». Era todo un triunfo para los románticos. El drama se estrenará pronto… el 25 de febrero.

Cortina musical. Desayuno. Cartas y papeles.

F: Víctor, aquí tienes Le Quotidienne y la correspondencia.

Víctor Hugo: Anda, léeme esas cartas mientras termino el desayuno…

F: Ésta es de Benjamin Constant… (Lee pasando por encima.) Eeee…

¿Habrá manera de tener un palco, o al menos dos asientos en un palco?… Recibid el homenaje de mi admiración…

Víctor Hugo: Pues ya van dos docenas de cartas pidiendo lo mismo…

F: Y hay más… El señor Thiers también quiere entradas para el estreno. Eso significa que están agotadas las localidades. Será un éxito, Víctor…

Víctor Hugo: Sí, un éxito con muchos silbidos… ¿No se ocupa el periódico del estreno?

F: Sí, sí, mira lo que dice: (Lee.)

Se anuncia para mañana la primera representación de Hernani. No sabemos si las personas que, antes de ver y oír, se han declarado contra la obra, han formado una liga para precipitar su caída; pero es cierto que los amigos del autor se ocupan activamente de preservar de toda dificultad el éxito del drama. Es comprensible: consideran este asunto como una cuestión de vida o muerte para el romanticismo…

Víctor Hugo: (Riendo.) No están mal informados… No faltará ninguno, a pesar de que los han obligado a entrar al teatro cuatro horas antes de la función.

Relator A: Y no faltó casi ninguno. Encabezados por Teófilo Gautier, reconocible por la melena y el chaleco escarlata que ostentaba, se han situado estratégicamente Gerard, Borel, Balzac, Présult, Bouchardy, Laviron, Tolbecque y muchos otros…

Teófilo Gautier: Oye… No encuentro a Berlioz…

Voz: Temo que no vendrá. Su sinfonía lo tiene absorbido, y está preparando la cantata para optar al Premio de Roma.

Teófilo Gautier: Pues él se lo pierde…

Relator A: Todos los demás están presentes, y dispuestos para la lucha. Ya es la hora y se apagan las luces. Hernani comienza. Ahora le toca entrar a Mademoiselle Mars que encarna a Doña Sol. Don Carlos está escondido en un mueble y poco después llega Hernani, representado por Firmin. La expectación aumenta. El Rey descubre el idilio de Doña Sol con el jefe de los conspiradores, y ahora entra el noble Ruy Gómez, enclenque y enamorado de Doña Sol, con quien se propone casarse. Ahora descubre todo aquello… ¡Qué confusión! El Rey se da a conocer. El telón cae y los amigos aplauden a rabiar y se apaga un silbido que llegaba de la platea.

Aplausos y algún silbido.

Relator A: Ahora, comienza el segundo acto… Esa es la casa de Doña Sol. Ese es el Rey, que deja apostados a sus hombres para que intercepten el paso de Hernani, mientras él se introduce en el aposento…

 ¡Atención!


ESCENA II. don Carlos – Doña Sol

Doña Sol: (Desde el balcón.) ¿Sois vos, Hernani?

don Carlos: (Aparte.) ¡Diablos! ¡No hablaré! (Da otra palmada.)

Doña Sol: Ya desciendo. (Cierra la ventana, de la que desaparece la luz. Un momento después se abre la pequeña puerta y sale Doña Sol con una lámpara en la mano y una manta sobre los hombros.) ¡Hernani!

Don Carlos baja el sombrero sobre el rostro y avanza precipitadamente hacia ella.

Doña Sol: (Dejando caer la lámpara.) ¡Dios mío! ¡Ése no es su paso! (Quiere entrar. Don Carlos corre hacia ella y la retiene por el brazo.)

don Carlos: ¡Doña Sol!

Doña Sol: ¡Ésa no es su voz! ¡Ah, desgraciada!

don Carlos: ¿Qué voz queréis, que sea más amorosa? Es también la de un amante y es un amante real.

Doña Sol: ¡El Rey!

don Carlos: Desea, ordena, ¡un reino para ti! Pues éste cuyos dulces lazos quieres romper, es el Rey tu señor; ¡es Carlos, tu esclavo!

Doña Sol: (Tratando de desprenderse de sus brazos.) ¡Socorro! ¡Hernani!

don Carlos: ¡Justo y digno espanto! ¡No es el bandido quien te tiene, es el Rey!

Doña Sol: No, ¡el bandido sois vos! ¿No os avergonzáis? ¡Ah! ¡Por vos me sube el rubor al rostro! ¿Son éstas las hazañas que harán hablar del Rey? ¡Venir de noche, a robar una mujer por la fuerza! ¡Mi bandido vale cien veces más! Rey, si el hombre naciera donde lo sitúa su alma, si Dios ordenara los rangos según la altura de sus corazones, seguramente vos seríais el ladrón y él el Rey!

don Carlos: (Tratando de atraerla.) Señora…

Doña Sol: ¿Olvidáis que mi padre era conde?

don Carlos: Yo os haré duquesa…

Doña Sol: (Rechazándolo.) ¡Idos! ¡Esto es una vergüenza! (Retrocede algunos pasos.) Nada puede existir entre nosotros, Don Carlos. Mi viejo padre derramó su sangre a mares por vos. Soy una hija noble y estoy celosa de esa sangre. ¡Demasiado para ser vuestra concubina, y demasiado poco para ser vuestra esposa!

don Carlos: ¿Princesa?

Doña Sol: Rey Carlos, a mujerzuela dedicad vuestros amoríos, de lo contrario, podré probaros muy bien, si osáis tratarme de una manera infame, que soy una dama.

don Carlos: Y bien, compartid, pues, mi trono y mi nombre. ¡Venid! ¡Seréis reina, emperatriz!…

Doña Sol: No, eso es un engaño. Y, por otra parte, Alteza, francamente, no se trata de vos, es necesario que lo diga: amo más vivir con él, con mi Hernani, mi rey, errante, fuera del mundo y de las leyes, teniendo hambre, sed, huyendo todo el año, compartiendo día a día su pobre destino: abandono, guerra, exilio, duelo, terror y miseria, que ser emperatriz.

don Carlos: ¡Qué feliz es ese hombre!

Doña Sol: ¡Pobre y hasta proscripto!

don Carlos: Qué bien hace siendo pobre y proscripto, puesto que le amáis. ¡Yo soy solo mientras que un ángel acompaña los pasos de él! ¿Me odiáis pues?

Doña Sol: No os amo.

don Carlos: (Tomándola con violencia.) Y bien, no importa que me améis o no. ¡Vendréis! Mi mano es más fuerte que la vuestra. ¡Vendréis, yo lo quiero! ¡Veremos si de nada vale ser Rey de España y de las Indias!

Doña Sol: (Debatiéndose.) ¡Oh, por piedad, señor! ¡Vos sois Alteza, sois Rey! No tenéis más que elegir: condesas, marquesas o duquesas. Entre las mujeres de la corte siempre encontraréis un amor dispuesto a vuestro amor. Pero a mi proscripto, ¿qué le ha dado el cielo avaro? ¡Vos tenéis Castilla, Aragón y Navarra, León y Murcia y diez reinos más! ¡Los flamencos, y la India con sus minas de oro! ¡Tenéis un imperio mayor que el de ningún rey, tan vasto que en sus dominios jamás se pone el sol! ¡Y teniéndolo todo, queréis vos, el Rey, pobre de mí, separarme de él, siendo su única posesión!

Se arroja a sus pies. Él trata de arrastrarla.

don Carlos: Ven, no te escucho. ¡Ven! Si me acompañas te doy cuatro de mis Españas. Di, ¿cuáles quieres? ¡Escoge!

Ella se debate en sus brazos.

Doña Sol: Por mi honor, ¡sólo quiero de vos este puñal! (Le arranca el puñal del cinto. El la suelta y retrocede.) ¡Avanzad ahora! ¡Dad un paso!

don Carlos: ¡Ah, la hermosa! ¡Ya no puede extrañarme de que améis a un rebelde!

Quiere dar un paso y ella levanta el puñal.

Doña Sol: ¡Un solo paso y os mato y me mato! (Retrocede más. Se vuelve y grita con fuerza.) ¡Hernani! ¡Hernani!

don Carlos: Callaos.

Doña Sol: (El puñal levantado en alto.) ¡Un paso y todo ha terminado!

don Carlos: Señora, ya que mi dulzura os ha llevado a este exceso, tengo, para forzaros, tres hombres de mi séquito…

Hernani: (Surgiendo de pronto, tras él.) ¡Os olvidáis de otro!

El Rey se vuelve y ve a Hernani, inmóvil, detrás suyo, en la sombra, los brazos cruzados bajo la larga capa que lo envuelve y alzada la ancha ala del sombrero. Doña Sol da un grito, corre hacia Hernani y lo abraza.


ESCENA III. Don Carlos – Doña Sol – Hernani

Hernani: (Inmóvil, los brazos siempre cruzados, los ojos resplandecientes fijos sobre el Rey.) ¡Ah! ¡El cielo es testigo de que de buena gana os hubiera ido a buscar más lejos!

Doña Sol: ¡Hernani, salvadme de él!

Hernani: ¡Estad tranquila, amor mío!

don Carlos: ¿Qué hacen, pues, mis amigos en la ciudad? ¡Haber dejado pasar a este jefe de vagabundos! (Llamando.) ¡Monterrey!

Hernani: Vuestros amigos están en poder de los míos, no reclaméis sus espadas impotentes…

Por cada tres de ellos acudirán sesenta de los míos, cada uno de los cuales vale por cuatro de los vuestros. Así, pues, arreglemos nuestra querella entre los dos, aquí. ¡Poner la mano sobre esta doncella! ¡Eso es de un imprudente, señor Rey de Castilla, y de un cobarde!

don Carlos: (Sonriendo con desdén.) ¡Señor bandido, de vos a mí no caben reproches!

Hernani: ¡Os burláis! ¡Yo no soy rey, pero cuando un rey me insulta y además se burla de mí, mi cólera aumenta y me pone a su altura! ¡Cuidaos, el que me hace una afrenta teme el rubor de mi frente más que a una cimera de rey! ¡Sois un insensato si alguna esperanza os engaña! (Le coge el brazo.) ¿Sabéis cuál es la mano que os ciñe en este instante? Escuchad. Vuestro padre ha hecho morir al mío, ¡os odio!; me habéis desposeído de mis títulos y bienes, ¡os odio!; los dos amamos a la misma mujer, ¡os odio! ¡Os odio con toda mi alma!

don Carlos: Está bien.

Hernani: Sin embargo, esta noche mi odio estaba ausente. Yo no tenía más que un deseo, una pasión, una necesidad: ¡Doña Sol! Acudía lleno de amor y os encuentro, infame, procurando raptarla. Os olvidaba y os ponéis en mi camino. ¡Señor, os lo repito, sois un insensato! ¡Don Carlos, habéis caído en vuestra propia trampa! ¡Ni huida, ni socorro! ¡Yo te tengo y te asedio! Solo, y rodeado de enemigos encarnizados, ¿qué harás?

don Carlos: (Con altivez.) ¡Vamos! ¡Me interrogáis!

Hernani: No quiero que un brazo desconocido te lastime. No está bien que pierda la ocasión de vengarme. Nadie te tocará, a no ser yo. ¡Defiéndete, pues! (Saca una espada.)

don Carlos: ¡Soy el Rey, vuestro señor! ¡Heridme, no me bato!

Hernani: ¡Señor, recuerda que aun ayer tu daga se cruzó con la mía!

don Carlos: Ayer lo podía hacer. Ignoraba vuestro nombre, ignorabais mi título. Hoy, compañero, sabéis quién soy y yo sé quién sois vos.

Hernani: Quizá.

don Carlos: Nada de duelo. ¡Asesinadme! ¡Hazlo!

Hernani: ¿ Crees que para mí los reyes son sagrados? ¿Te defenderás?

don Carlos: ¡Me asesinaréis! (Hernani retrocede. Don Carlos fija sus ojos de águila sobre él.) ¿Creéis, bandidos, que vuestras viles gavillas podrán andar impunemente por las ciudades? ¿Que tintos en sangre, cargados de crímenes, podréis después haceros los generosos, y que nosotros nos dignaremos, víctimas engañadas, ennoblecer vuestros puñales con el choque de nuestras espadas? No. El crimen os posee y lo arrastraréis por todas partes. ¡Nosotros, duelos con vosotros! ¡Atrás! ¡Asesinad!

Hernani, sombrío y pensativo, aprieta algunos instantes con la mano el puño de su espada. Después se vuelve bruscamente hacia el Rey y rompe la espada contra las piedras del camino.

Hernani: ¡No! ¡Vete! ¡Antes rompo mi espada! (El Rey se vuelve a medias hacia él y lo mira con altivez.) ¡Tendremos mejores encuentros! ¡Vete!

don Carlos: Está bien señor. Dentro de algunas horas entraré yo, vuestro Rey, en el palacio ducal: mi primer cuidado será buscar al fiscal. ¿Se le ha puesto precio a vuestra cabeza?

Hernani: Sí.

don Carlos: Desde hoy os tengo por sujeto rebelde y traidor. Os advierto que os perseguiré por todas partes. Os haré desterrar del reino.

Hernani: Ya lo estoy.

don Carlos: Bien.

Hernani: Pero Francia está junto a España. Es un refugio.

don Carlos: Voy a ser Emperador de Alemania. Os haré desterrar del Imperio.

Hernani: Como quieras. Tengo el resto del mundo desde donde te desafiaré. Hay más de un refugio donde no tienes poder.

don Carlos: ¿Y cuando el mundo sea mío?

Hernani: Entonces me quedará la tumba.

don Carlos: Sabré descubrir vuestros insolentes complots.

Hernani: La venganza es coja, viene a pasos lentos, pero viene.

don Carlos: (Riendo a medias, con desdén.) ¡Cortejar a la dama que adora este bandido!

Hernani: (Vuelven a encenderse sus ojos.) ¿No piensas que aún estás en mi poder, débil y pequeño? ¡No me hagas acordar, futuro César romano, que si apretara esta mano demasiado noble, aplastaría antes que saliese del huevo tu águila imperial!

don Carlos: ¡Hacedlo!

Hernani: ¡Vete! ¡Vete! (Se quita la capa y la arroja sobre los hombros del Rey.) Toma esta capa y huye, pues temo que los míos te apuñalen. (El Rey se envuelve en la capa.) Ahora parte tranquilo. Para mi venganza, alterada por todos menos por mí, tu cabeza es sagrada.

don Carlos: Señor, vos que así me habláis, ¡no me pidáis mañana gracia ni perdón!

Relator A: Al día siguiente, el drama recién estrenado era el tema de todas las conversaciones. Unos optaban decididamente por la nueva escuela romántica y otros defendían a capa y espada la tradición académica. La resistencia a las nuevas ideas era vehemente, pero cuando Víctor Hugo se levantó a la mañana siguiente, leyó esta carta que lo colmó de orgullo:

Víctor Hugo: «He visto, señor, la primera representación de Hernani. Ya conocéis mi admiración por vos. Mi vanidad se abraza a vuestra lira, vos sabéis por qué. Yo me voy, señor, y vos llegáis. Me encomiendo al recuerdo de vuestra musa. Una piadosa gloria debe orar por los muertos.» Chateaubriand…

Cortina musical.

Relator A: Durante cuarenta y cinco noches siguió representándose Hernani, y cada día se acentuó más y más la hostilidad de los partidarios de los académicos y reaccionarios contra Víctor Hugo, contra la estética romántica y contra el liberalismo. El poeta descubrió que estas dos cosas estaban unidas profundamente, y quiso destacarlo cuando escribió el prólogo a la edición de Hernani:

Víctor Hugo: (Leyendo.)

El romanticismo, tantas veces mal definido, no es, después de todo, y ésta es la definición real, si no se lo considera más que bajo su aspecto militante, otra cosa que el liberalismo en literatura. Esta verdad ha sido ya comprendida por casi todos los buenos espíritus, y el número de ellos es grande; y muy pronto, pues la obra está ya avanzada, liberalismo literario no será menos popular que el liberalismo político.

La libertad en el arte, la libertad en la sociedad, he ahí el doble fin al cual deben tender, con un mismo paso, todos los espíritus consecuentes y lógicos; he ahí la doble enseña que reúne, salvo muy pocas inteligencias (las cuales ya comprenderán) a toda esa juventud tan fuerte y tan paciente de hoy; y, junto a la juventud, y a su cabeza, la élite de la generación que nos ha precedido, todos esos sabios ancianos que, pasado el primer momento de desconfianza y de examen, han reconocido que lo que hacen sus hijos es una consecuencia de lo que ellos mismos han hecho, y que la libertad literaria es hija de la libertad política.

Este principio es el del siglo, y prevalecerá. Los ultras de todo género, clásicos o monárquicos, inútilmente se prestarán socorro para rehacer el antiguo régimen en todas sus piezas, sociedad y literatura, pues cada progreso del país, cada desarrollo de las inteligencias, cada paso de la libertad, hará que se desplome todo cuanto ellos han construido.

Y, en definitiva, sus esfuerzos reaccionarios habrán sido útiles. En revolución, todo movimiento hace avanzar. La verdad y la libertad tienen esto de excelente: que todo cuanto se hace en favor de ellas y todo cuanto se hace en contra de ellas, les sirve igualmente.

Ahora bien, después de tantas grandes cosas que nuestros padres han hecho y que nosotros hemos visto, henos aquí libres de la vieja forma social; ¿cómo no habíamos de salir de la vieja forma poética? A pueblo nuevo, arte nuevo.

Sin dejar de admirar la literatura de Luis XIV, tan bien adaptada a su monarquía, esta Francia actual, esta Francia del siglo XIX, cuya libertad trazó Mirabeau, cuya potencia creó Napoleón, sabrá encontrar su literatura propia, personal y nacional.

Relator A: Los liberales colmaban el teatro… y la calle. El odio por Polignac y por el Rey crecía día a día, y desbordó cuando se promulgaron —el 25 de julio— las ordenanzas contra la libertad de prensa. El clamor se difundió durante el día siguiente y el 27 París amaneció sembrado de barricadas. Ese día Víctor Hugo comenzaba a escribir Nuestra Señora de París, mientras los Campos Elíseos se transformaban en campos de batalla.

Fondo de estampidos.

Relator A: Tres jornadas gloriosas pusieron fin al absolutismo de Carlos X, y un gobierno democrático se instaló en la Municipalidad de París.

Fin de los estampidos.

Cortina musical perdiéndose en murmullo de multitud.

Voces: (Gritando.) ¡Viva la República! ¡Vivan los Orléans! ¡Abajo Polignac! ¡Muera el absolutismo!

De pronto, silencio y aplausos generales. Más gritos.

Voz A: Mira… Mira… ¿Quién es ése que sale ahora?

Voz B: El Duque de Orléans, Luis Felipe, el hijo de Felipe Igualdad…

Voz A: Mira… Ahora abraza al General Lafayette… Viva…

Cortina musical.

Relator A: Eugène Delacroix, en el que luego se encarnaría el romanticismo, tomaba los apuntes para su cuadro de la jornada del 28 de julio. Víctor Hugo seguía componiendo Nuestra Señora de París, y entre tanto Héctor Berlioz procuraba que se estrenara su Sinfonía Fantástica, que tenía compuesta desde abril. El París de la Revolución tardaba en serenarse, y la temporada avanzaba. Al fin, el maestro Habeneck consintió en hacerse cargo de la partitura y anunció su estreno para el 5 de diciembre. En el salón del Conservatorio se dieron cita ahora otra vez todos los espíritus apasionados por la nueva estética, extravagantes algunos en sus vestimentas, entre las que llamaba la atención alguna capa española como las que llevaban los personajes de Hernani.

Una gran expectación reinaba en la sala, cuando a las dos en punto empuñó Habeneck la batuta y comenzó la ejecución de la Sinfonía Fantástica, de Héctor Berlioz.

Ejecución de la Sinfonía Fantástica. Duración: 8’. Aplausos, movimiento de gentes y murmullo.

Voz A: ¿Qué os parece la sinfonía de Berlioz?

Voz B: Es la extravagancia más monstruosa que pueda imaginarse…

Voz A: ¿Os atrevéis a decir eso de esta obra piramidal, fosforescente, y verdaderamente volcánica? Ha sido un triunfo horrendo y furioso…

Cortina musical con los últimos acordes de la Sinfonía Fantástica.

Relator A: Franz Liszt premió al joven músico con sus mejores elogios. El romanticismo triunfaba en el París de 1830 sobre todos los frentes, mientras Luis Felipe, el Rey burgués, gobernaba pacíficamente aconsejado por los jefes del movimiento liberal. La burguesía respiraba tranquila y colgaba de sus chalecos cadenas de oro con vistosos dijes. El año 1830 concluía y una nueva era parecía comenzar.

Cortina musical: Sinfonía Fantástica.




[Los heridos difícilmente sobrevivían durante la guerra de Crimea, debido a la deficiente atención médica y sobre todo al descuido y la indiferencia de las autoridades militares. Florence Nightingale (1820-1910) puso su voluntad de acero y su exhaustiva formación de enfermera al servicio de los soldados ingleses heridos y enfermos. A su regreso a Inglaterra creó escuelas de enfermeras y más tarde mejoró y modernizó el sistema sanitario. Su obra ciclópea fue relatada en un poema que le dedicó H. W. Longfellow.]


1854.
Las fuerzas anglofrancesas sitian Sebastopol


Cortina musical: Berlioz.

Relator: Londres, diciembre de 1854, mientras truena el cañón en Crimea.

Cortina musical: Berlioz.

Relator: Desde hace diez meses, Inglaterra está en guerra con Rusia. El Zar ha querido una vez más acorralar a Turquía, pretextando la defensa de los súbditos cristianos del Sultán, y se han levantado contra él Francia e Inglaterra. La guerra ha comenzado en marzo, y los contingentes aliados han aparecido poco después en las costas del mar Negro, dispuestos a entrar en acción.

Cortina musical: Berlioz (bélica).

Relator: Turquía es débil, pero las potencias occidentales protegen su debilidad para asegurar su propia expansión en el Mediterráneo oriental. Y les resulta intolerable que, por su parte, también el Zar quiera aprovecharse de su debilidad. La guerra era inevitable.

Cortina musical: Berlioz (bélica).

Relator: Tropas anglofrancesas desembarcaron en Crimea en septiembre y derrotaron poco después a los rusos a orillas del río Alma. Entonces comenzó el sitio de Sebastopol. Dos veces quisieron quebrarlo los rusos y atacaron las posiciones de los sitiadores en Balaklava y en Inkerman. Inútil. El sitio continúa. ¿Hasta cuándo?

Cortina musical: Berlioz (bélica).

Relator: La opinión pública comienza a inquietarse en Inglaterra. Llegan noticias inquietantes del frente y aún peores de la retaguardia. Hay disentería y cólera. Los políticos responsables se alarman. He ahí a Richard Cobden, miembro de los Comunes, que recibe una visita inesperada.

Cortina musical: Berlioz.

White: ¿El señor Cobden?

Cobden: El mismo. ¿En qué puedo servirlo?

White: Soy Arthur White, del Times, y acabo de llegar de Constantinopla.

Cobden: Ah… Encantado, señor White. Me complace mucho su visita. Siéntese, por favor.

White: Gracias. ¿Conocerá usted al señor MacDonald?

Cobden: ¿Se refiere usted al periodista del Times que ha llevado a Constantinopla los fondos recolectados para ayudar a los heridos?

White: Exactamente. Yo soy su ayudante.

Cobden: Ah…

White: Hemos viajado con la señorita Nightingale y sus compañeras hasta Constantinopla, donde llegamos el 4 de noviembre.

Cobden: Precisamente el día de la batalla de Inkerman…

White: La víspera, mejor dicho.

Cobden: ¿Y ya está usted de vuelta? Me gustaría saber qué ha ocurrido.

White: Es exactamente lo que quería informarle, señor Cobden. El señor MacDonald, con quien he permanecido hasta fines de noviembre, consideró oportuno que volviera a Inglaterra para informar a la opinión pública sobre la trágica situación de nuestra retaguardia, y la señorita Nightingale apoyó su opinión. Por eso estoy aquí, y me he apresurado a visitarlo porque se anuncia una exposición de usted en los Comunes mañana.

Cobden: En efecto. Mañana hablaré sobre la guerra de Crimea. Es un desatino que hay que corregir. Seguramente usted podrá proporcionarme algunas informaciones útiles.

White: Es lo que quiero hacer, precisamente, si usted quiere escucharme.

Cobden: Estoy impaciente por oírlo.

White: La situación es pavorosa. Los servicios de intendencia han fracasado totalmente, y no hay alimentos ni medicinas. Esto es lo más grave. Nuestros soldados se mueren de manera alarmante. Es necesario hacer algo.

Cobden: ¿Pero tan grave es la situación?

White: Mil veces peor de lo que yo podría describirle. Cuando llegamos a Constantinopla nos entrevistamos con Lord Stratford —usted lo conoce, nuestro Embajador—, y la señorita Nightingale y MacDonald salieron desolados. Ignoraba lo que pasaba y quería destinar los fondos de la suscripción pública para erigir un templo protestante en Pera. Lo único que lo conmovía era la carga de la brigada ligera en Balaklava. Una desilusión. La señorita Nightingale resolvió no perder tiempo y nos fuimos todos a Escútari, donde está instalado el hospital más próximo al frente. Usted sabe, es un suburbio de Constantinopla, y con buen tiempo los heridos podrían llegar en cuatro o cinco días, pero nunca llegan antes de quince o veinte. El espectáculo es horroroso. Las autoridades turcas ni se ocupan ni sabrían hacerlo si se lo propusieran. Y las británicas…

Cortina musical: Berlioz.

Florence: Doctor Hall, ¿podríamos visitar el guardarropas y el depósito de drogas? Esos serán nuestros principales puestos, yo creo…

Hall: Usted es un poco ilusa, señorita Nightingale. Ropas no tenemos excepto unas pocas sábanas de lona. Pero no se debe exagerar. El soldado no está acostumbrado a esas comodidades…

Florence: Pero tiene frío. Hay enfermos graves, Doctor Hall. Yo los he visto tiritar. Y además, Doctor Hall, están sucios, horriblemente sucios. El hedor que despiden esas salas sórdidas colmadas de enfermos es insoportable, y nadie puede curarse en este ambiente. ¿No cree usted que muchas de esas cosas pueden remediarse con un poco de buena voluntad?

Hall: Es su juventud, señorita Nightingale, lo que le hace confiar tanto en sus fuerzas. Con el tiempo se acostumbrará. Si usted hubiera estado tanto tiempo como yo en el servicio sanitario vería que no es posible modificar estas cosas. Estamos en tierra extranjera, y el gobierno turco no se ocupa de nosotros. Y Londres está tan lejos…

Florence: ¿Y no intentará usted nada, aunque siga viendo morirse a la gente… ?

Hall: ¡Señorita Nightingale, le ruego que no olvide que soy el Jefe de los Servicios Sanitarios del ejército en campaña, y que usted está a mis órdenes!

Florence: Exactamente, Doctor Hall. Pero para trabajar, no para resignarme a ver este horror con los brazos cruzados. (Cambiando el tono.) Doctor Hall, usted es un hombre bueno. Sólo le pido que nos facilite el trabajo a mis compañeras y a mí. Estamos dispuestas a todos los sacrificios y tenemos medios para mejorar la situación de estos desgraciados con los fondos reunidos en Inglaterra por suscripción pública. ¿Nos prestará su ayuda?

Hall: Haga usted lo que quiera, pero le ruego que no olvide los reglamentos ni las jerarquías. ¡Usted se las entienda con estas fieras!

Cortina musical: Berlioz.

White: Comprenda usted, señor Cobden, cómo debe actuar la señorita Nightingale, y piense que es la única que procura mejorar esta horrible situación. A juzgar por lo que he visto durante estos veinte días, le sobran energías para superar las dificultades, pero surgirán otras nuevas, y es necesario ayudarla para que lleve a cabo la obra humanitaria que puede transformar los hospitales de Escútari, que hoy son un infierno.

Cobden: Su propósito es muy noble, aunque tiene algunos inconvenientes por el momento. Ya sabe usted cómo se ha dividido la opinión británica con respecto a la guerra de Crimea. Yo creo que la alianza con Turquía es perjudicial desde todo punto de vista. Sus informaciones me serán muy útiles para apoyar mi proposición, que será concluir la guerra y apartarse de la alianza con Turquía. Cuando la ocasión sea propicia —acaso antes de un mes— solicitaremos el nombramiento de una comisión investigadora, y el gobierno tendrá que dar cuenta de sus actos.

Cortina musical: Berlioz.

Relator: Al día siguiente, Richard Cobden pidió la palabra en la Cámara de los Comunes y atacó con energía la política del gobierno frente a la situación de Oriente. Era un orador eficaz y vigoroso.

Sonido de ambiente de la Cámara. La voz de Cobden va subiendo de volumen hasta hacerse normal. Eco.

Cobden: Eso es lo que se hace por el procedimiento que ahora seguimos en Turquía. Me atrevo a decir que estamos obligados a tomar el comando totalmente en nuestras manos porque no veo ningún poder ni ninguna autoridad administrativa en ese país en los que se pueda confiar. Si Turquía envía un ejército a Crimea, los enfermos son abandonados a la disentería y al cólera, y por carecer de servicios de intendencia sus soldados están obligados a mendigar un mendrugo en las tiendas de nuestros hombres. Menciono estas cosas como una prueba de que la cuestión de Oriente descansa sobre todo en la degeneración de esa raza. Nuestras tropas no tendrían que estar allí si la anarquía y la barbarie no reinaran en Turquía.

En Escútari hay un hospital donde se alojan algunos millares de nuestros enfermos. Son ingleses enfermos traídos desde Crimea, adonde han ido para defender a los turcos. ¿No podría esperarse que cuando esos miserables llegaran a la capital turca recibirían el cuidado fraternal y generoso de ellos? El pueblo inglés ha sido groseramente engañado acerca del Estado de Turquía. Y jamás Estado alguno ha provocado una decepción como ésta.

Aplausos.

Cobden: Si esto es cierto, ¿no estamos malgastando nuestro dinero y las preciosas vidas de nuestros hombres delante de Sebastopol, en una empresa que ni siquiera ayuda a solucionar las verdaderas dificultades?

Voces: ¡Muy bien! ¡Muy bien!

Aplausos.

Cobden: ¡Es extremadamente absurdo proseguir el sitio de Sebastopol, que nunca resolverá las dificultades, pero que en cambio envenena las relaciones con Rusia, que es el Estado con el que hay que compartir el protectorado de esa región! ¿No sería mucho mejor soñar que se planteara la solución sobre la base de la paz, que no dejarlo librado a la guerra, con la que no se puede avanzar una pulgada?

Aplausos.

Cobden: Ya he aducido un ejemplo de la historia de este país… (La voz se va perdiendo.)

Cortina musical: Berlioz.

Relator: Los partidarios de la paz no pudieron imponer sus puntos de vista; pero la comisión investigadora que se nombró en enero del año siguiente dio en tierra con el gobierno y poco después era designado Primer Ministro el Vizconde Palmerston. Entretanto, la señorita Nightingale seguía trabajando con tenacidad en el hospital de Escútari, pese a la resistencia de todos. Introdujo el orden y sobre todo los principios fundamentales de la higiene. El jabón y las toallas le importaban tanto como los medicamentos.

Cortina musical breve: Berlioz.

Hall: Pero, ¿puede explicarme, señorita Nightingale, para qué hacen falta a los enfermos esos cepillos…?

Florence: Doctor, ¡para lavarse los dientes!

Cortina musical breve: Berlioz.

Relator: Hubo mejores alimentos y una atención más cuidadosa, hasta tal punto que en poco tiempo se notó una considerable disminución de la mortalidad. Pero su tarea no se limitó a Escútari. Cuando consideró que las cosas estaban allí bien encaminadas, Florence Nightingale decidió recorrer los hospitales de Crimea, próximos al teatro de la guerra. Muy pronto se notó su acción entre las tropas que sitiaban Sebastopol, la plaza rusa que resistía con heroico denuedo. Sebastopol compendiaba entonces todos los intereses de Rusia. La ciudad sufría intensamente los efectos del sitio, pero sus defensores no abandonaban los baluartes desde los que se hacía fuego contra las posiciones enemigas. En uno de ellos está dirigiendo el tiro de una pieza el Subteniente León Tolstoy.

Cortina musical: Giinka. Fondo ininterrumpido de cañones.

Tolstoy: Oye, Kaluguín, ¿habrá algo esta noche?

Kaluguín: Parece que se prepara una salida. Habrá que estar alerta.

Tolstoy: ¡Mira, parece que empiezan a tirar de firme contra los alojamientos!

Kaluguín: Es un hermoso espectáculo. Muchas veces no se pueden distinguir las estrellas de las combas.

Tolstoy: Sí, es verdad. A ésa la había tomado por una estrella; pero ahora va cayendo. Mira… ahí revienta… Y aquel lucero, allá abajo… ¿cómo se llama? Tengo ya tanta costumbre de ver esto que cuando vuelva a casa en el cielo estrellado me parecerá contemplar constelaciones de estrellas.

Arrecia el fuego. Luego, voces lejanas.

Voces: Hurra, hurra.

Kaluguín: Mira, la cosa va de firme. Este ruido de la fusilería me sacude. Gritan «hurra».

Tolstoy: ¿Quiénes gritan «hurra», ellos o nosotros?

Kaluguín: No lo sé, pero seguramente se están batiendo cuerpo a cuerpo. No se oye ya la fusilería. Mira, ahí viene el ayudante del General.

Galtzin: (Muy agitado.) ¿Dónde está el General, Subteniente?

Tolstoy: En su despacho, mi Capitán. ¿Qué ha pasado, por favor?

Galtzin: Han atacado los alojamientos y han comenzado a ocuparlos. Los franceses han hecho avanzar sus reservas, atacando a los nuestros… sólo había dos batallones nuestros.

Tolstoy: ¿Y se han retirado?

Galtzin: No; ha llegado a tiempo un batallón y los hemos rechazado, pero el Coronel ha muerto; y varios oficiales.

Cortina musical: Glinka.

Relator: En la retaguardia de los baluartes comenzaban a recibirse los heridos. En el hospital de sangre los heridos eran depositados en el suelo, mientras los médicos los revisaban y dictaban su diagnóstico a un escribiente.

Médico: Iván Bogosef, fusilero de la 3o Compañía del Regimiento IV. Fractura fémuris complicáta. (Pausa.) Dadle vuelta.

Soldado: ¡Ay, padre mío! Dejadme en paz.

Médico: Vaya, vaya… A ver… Simón Neferdof, Teniente Coronel del Regimiento VIII. Perforatio cápitis. Tenga usted un poco de paciencia, Coronel. No hay medio, habrá que sondarle…

Teniente coronel: ¡En nombre del cielo, concluya usted de una vez!

Médico: A ver, Sebastián Sereda. ¿Qué regimiento? Este no contesta. Escriba usted: Perforatio péctoris. No, no lo inscriba usted. Moritur. Llevárselo. A ver…

Cortina musical trágica: Glinka.

Relator: Sangre y dolor, de una y otra parte. El Conde León Tolstoy guardó un recuerdo imperecedero de aquella angustia de los días de Crimea, y supo inscribirlo en los relatos que publicó con el título de El sitio de Sebastopol, que le valieron rápida nombradía. Toda su obra fue luego un vigoroso clamor en favor de la paz y del amor entre los seres humanos.

Cortina musical: Glinka.

Relator: Y tras las líneas anglofrancesas, Florence Nightingale apartaba con energía insuperable cuantos obstáculos se oponían a su obra humanitaria. Ahora el gobierno inglés la apoyaba decididamente y sus esfuerzos rendían cumplidos frutos. Después de la paz, a mediados de 1856, volvió a Inglaterra donde fue acogida con veneración por todos.

Cortina musical: Berlioz. Murmullos de vivas y aplausos como detrás de una ventana cerrada.

Voz femenina: Mira, Florence… Una carta con el sello real… ¿Será posible?

Florence: Déjame ver… Sí, es de la Reina…

Usted sabe cómo aprecio la devoción cristiana que usted ha demostrado durante esta guerra sangrienta, y no necesito repetirle la cálida admiración que despiertan sus servicios, que son equivalentes a los de mis queridos y valientes soldados, cuyos sufrimientos usted tuvo el privilegio de aliviar en forma tan piadosa. Sin embargo, estoy ansiosa de demostrarle mis agradecimientos, y por eso mando, junto con esta carta, un broche que conmemora su bendito trabajo y que espero que usted recibirá como prueba de la alta estima en que la tiene su soberana. Será una gran satisfacción para mí conocer a la mujer que ha dado tan gran ejemplo a nuestro sexo… Victoria.

Voz femenina: Oh, Florence… (Sollozos.)

Cortina musical: Berlioz.

Relator: El broche representaba una cruz de San Jorge y la insignia real rodeada de diamantes. Una inscripción decía: «Benditos sean los piadosos».

Cortina musical: Berlioz.

[Nota: Los vocablos en latín aparecen acentuados en el original, para facilitar la pronunciación a los actores.]




[Mientras se fueron cumpliendo los pasos que llevaron a la unificación del imperio alemán y a la formación de su poderío militar, la música de Richard Wagner (1813-1883) contribuyó a ese proceso reviviendo las tradiciones que eran el acervo común de los estados germánicos.]


1870.
El espíritu alemán triunfa en Europa


Cortina musical: Wagner, Muerte de Isolda (fragmento prolongado). Luego aplausos, disminuyendo.

Relator: (En primer plano.) Así llega a su fin el estreno del drama lírico de Richard Wagner titulado Tristán e Isolda. Munich, 1865. En el pequeño estado bávaro, el Rey Luis II —sensible y sentimental— protege al músico desterrado y errante, al revolucionario de 1848. En su cartera hay ya abundantes partituras, pero empresarios y directores desconfían de sus concepciones revolucionarias. Franz Liszt cree en él, pero más cree Wagner en sí mismo. Es tenaz y tiene opiniones maduradas sobre la misión del teatro. He aquí lo que escribía algunos años antes en un ensayo titulado La obra de arte del porvenir:

En el teatro se halla la semilla y el núcleo espiritual de toda cultura nacional poética y ética, ninguna otra rama artística puede florecer verdaderamente, ni menos cooperar en la educación del pueblo, mientras no se haya reconocido y garantizado el omnipotente auxilio del teatro.

El teatro… Sobre la escena de Munich acaba de despertar la vieja leyenda de Tristán e Isolda.

Cortina musical: Wagner, fin de la Muerte de Isolda.

Relator: Aquella leyenda comenzó a animarse en el espíritu de Wagner cuando descubrió el encanto y la fuerza del sentimiento germánico, la belleza de sus tradiciones, el incontenible vigor de su impulso. El espíritu alemán despertaba…

Cortina musical: Wagner, fin de la Muerte de Isolda.

Relator: Pero aquella leyenda sólo se impuso a su espíritu cuando él mismo comenzó a sentirse víctima de un amor imposible y fatal como el de sus héroes. Protegido por los Wesendonk, Wagner se enamoró de Matilde; pero le repugnaba traicionar a su amigo y abandonó Zurich atribulado y dolorido. A la fuerza mágica del filtro todo debía rendirse, pero al amor humano debía resistir la voluntad moral, la capacidad de renunciamiento.

Wagner:

Adiós mi bienamada… Me voy tranquilo. Dondequiera que esté seré eternamente tuyo. Haz de manera que puedas conservarme el Asilo. Adiós, amada mía…

Marcha de un coche.

Cochero: Ya estamos en Ginebra, señor; dentro de poco llegaremos a vuestro alojamiento.

Pasos; una puerta que se cierra; una silla que se acerca a la mesa.

Wagner:

Ayer me sentía profundamente desgraciado. ¿Por qué vivir aún? ¿Por qué vivir, pues? ¿Es cobardía, o es valor? ¿Por qué esta inmensa dicha para ser infinitamente desgraciado? La noche siguiente dormí con sueño tranquilo, y hoy me hallaba mejor.

He encontrado una bonita cartera en la que conservaré tus cartas y tus recuerdos; lo que entre en ella no saldrá jamás; nada te será devuelto… sino después de mi muerte, a menos que me permitas encerrar todo conmigo en mi tumba. Mañana salgo para Venecia. Un deseo loco me atrae hacia ella y espero allí gozar el reposo absoluto…

Diligencia.

Wagner:

Hice el trayecto por el Simplón. Las montañas, sobre todo el valle de Wallis, me causaron una sensación de agotamiento. He pasado instantes bellísimos sobre la terraza de la Isola Bella. Una calma absoluta se apoderó de mí. Pasé la tarde en Milán y el 29 de agosto llegué a Venecia…

Remos. Canción lejana.

Wagner:

Estaba transportado, soñando que aquí no había prosperidad moderna, y por lo tanto tampoco bulliciosa trivialidad. La plaza de San Marcos me hizo una impresión magnífica. Nada produce aquí la sensación de la vida real: todo obra objetivamente, como una obra de arte.

Quiero quedarme aquí, y esta voluntad se cumplirá. Aquí se acabará el Tristán, a pesar de las tormentas del mundo. Y con él, si puedo, volveré para verte, para consolarte, para hacerte dichosa. ¡Vamos, valeroso Tristán! ¡Vamos, valerosa Isolda! Asistidme, venid al socorro de mi ángel. ¡Aquí cesará de correr vuestra sangre; aquí curarán y se cerrarán las heridas!

Cortina musical: Wagner, Muerte de Isolda.

Relator: Tristán e Isolda aguardó seis años para ser estrenado; en ese tiempo se curaron las heridas que el amor de Matilde Wesendonk había inferido en el corazón de Richard Wagner, y a su término comenzaron a abrirse otras nuevas. Fue como una nueva aurora en la vida del músico, apasionado a pesar de sus 52 años. Esta vez la luz irradiaba de la figura de Cósima Liszt, hija del músico y amigo de Wagner, a la que conoció en Munich. Y esta vez el filtro mágico obró su encantamiento fatal.

Cortina musical: Wagner, Los Maestros Cantores.

Relator: Wagner está instalado en Triebschen, cerca de Lucerna. Suiza le es cara y la aldea asomada al lago de Cuatro Cantones tiene un aspecto apacible. Cósima se ha reunido con él y asiste como embelesada a su creación. Pasean por el jardín seguidos por un hermoso perro de Terranova, y luego el artista se sumerge en su vasto mundo sonoro en el que Los Maestros Cantores están adquiriendo forma definitiva.

Cortina musical brevísima: Wagner, Los Maestros Cantores.

Cósima:

Cuando contemplo nuestra pacífica existencia que, en vista del genio del Maestro puede muy bien ser llamada sublime, y siento al mismo tiempo que los sufrimientos que hemos padecido antes están grabados indeleblemente en nuestras almas, me digo a mí misma que la mayor alegría en la tierra es la visión, y que esa visión nos ha caído en suerte a nosotros, pobres criaturas.

Cortina musical brevísima: Wagner, Los Maestros Cantores.

Relator: Esa visión dibuja ante los ojos de Richard Wagner formas dramáticas. Hasta hace poco era el tema de amor y de muerte de los viejos juglares, el del amor inexorable. Pero ya entonces se entrecruzaban con él las imágenes heroicas de otras viejas leyendas. ¿Cuál es el enigma del anillo de los nibelungos? El artista busca en su espíritu las notas predilectas, y el murmullo de la selva se entremezcla con el argentino son de las espadas de los guerreros germánicos.

Cortina musical: Wagner, Sigfrido (tema de la espada). Estampido de cañones, que se va perdiendo.

Relator: Pero los guerreros germánicos de 1866 usan también otras armas. El cañón truena en los campos de batalla, porque el ejército de Prusia se ha lanzado contra Austria. El Canciller de Prusia se llama Otón de Bismarck y es él quien inspira la acción del reino de Prusia que quiere sacudir la tutela austríaca. Es el 3 de julio de 1866.

Cañonazos.

Relator: En la batalla de Sadowa, el viejo imperio de Francisco José sufre un contraste militar, y el espíritu alemán —representado por Prusia— triunfa y florece en la nueva Confederación Germánica del Norte, dirigida por el César berlinés llamado Guillermo I de Hohenzollern. El espíritu alemán triunfa anunciándose con el estruendo de los cañones y el argentino son de las espadas.

Cañonazos, disminuyendo. Reaparece el tema musical de Sigfrido.

Relator: Wagner procura expresar las íntimas raíces del espíritu alemán en la tetralogía de El Anillo de los Nibelungos, en cuya creación trabajó con ardor en la pacífica aldea de Triebschen, cerca de Lucerna, y asomada al lago de Cuatro Cantones. Cósima —encajes y rosas bordadas— contempla al genio que suscita acordes antes no oídos. Pero no es su único testigo. Los visitantes acuden a Triebschen y entre todos…

Cortina musical: Wagner, tema de la Cabalgata de las Walquirias.

Relator: Entre todos hay uno que llama particularmente la atención, por sus ojos hundidos y su mostacho un poco extraño. Parece polaco, y se llama Federico Nietzsche. Ahora es asiduo visitante de los Wagner, porque reside en Basilea, donde ha comenzado a enseñar filología clásica, y desde allí se encamina con frecuencia a contemplar al genio y a conversar con él sobre altos problemas del espíritu. El tema suele ser el teatro, y Wagner asombra al joven profesor con su locuacidad y su saber, con sus opiniones arraigadas y definidas. Y cuando Nietzsche vuelve a su cuarto, se hunde en el estudio de los trágicos griegos y reflexiona sobre sus secretos, para desentrañar en ellos el sino del espíritu dionisíaco. Ahora lo busca en los orígenes de la tragedia… pero cuando lo escucha a Wagner le parece hallarlo pujante y amenazador envuelto en el espíritu alemán, flamígero, estentóreo…

Cortina musical: Wagner, tema de Sigfrido. Luego cañonazos.

Relator: 1870. El cañón prusiano comienza otra vez a escucharse, por inexorable designio de Otón de Bismarck, Canciller de Prusia, a quien llaman «el Canciller de hierro». Esta vez se dirigen hacia Francia, la Francia de Napoleón III y Eugenia de Montijo. Bismarck quiere hacer de la Confederación Germánica del Norte un imperio, el «Imperio Alemán», pero necesita para eso algo más que un pretexto, una causa que haga de Prusia el paladín de todos los Estados germánicos, una causa sagrada cuya bandera pueda enarbolar Prusia por intermedio de Guillermo I de Hohenzollern. El imperio debe advenir lleno de gloria, como una fatalidad inexorable, como un Apocalipsis anunciado por los cañones…

Cortina musical: Wagner, Tannhäuser.

Relator: ¡Wotan lo ha querido! La ocasión se presenta de improviso, gracias a la torpeza diplomática del Embajador francés en Berlín. Napoleón III apenas conoce su debilidad, y con motivo de un entredicho suscitado por la provisión del trono español, faculta a su Embajador para que exija garantías de prescindencia al César prusiano. Pero las pide torpemente, como si fuera fuerte y el adversario débil, cuando la realidad es exactamente la inversa. El César germánico rechaza la demanda y da por terminado el incidente, pero «el Canciller de hierro» parece pensar otra cosa… Piensa, precisamente, que el incidente sólo acaba de comenzar. Un incidente providencial…

Murmullo de reunión.

Bismarck: Señores, mi decisión está tomada. Ante la actitud de Francia, el sentimiento del honor nacional nos obliga, según mi opinión, a la guerra. Y si no escuchamos las exigencias de ese sentimiento, habremos perdido en el camino emprendido para lograr nuestro desarrollo nacional, todas las ventajas obtenidas en 1866, y volverá a entibiarse aquel sentimiento que se ha vigorizado con nuestros triunfos de ese año al sur del Main.

Estoy convencido de que el vacío creado durante el transcurso de la historia por las diferencias entre el sur y el norte, tanto en el sentimiento dinástico como en las costumbres, sólo puede llenarse mediante una guerra nacional contra un pueblo vecino que es, además, nuestro enemigo secular.

Moltke: Pero no nos ha agredido todavía, señor…

Bismarck: No os preocupéis, Mariscal Moltke, porque ha de agredirnos, sin duda, en cuanto el Emperador reciba este telegrama que el Rey me ha autorizado a enviar. Vos conocéis el texto, pero leedlo para que lo conozcan vuestros camaradas…

Moltke: (Lee por encima, susurrado. Luego sube la voz.) Pero éste, señor, no es el texto que recibisteis de Su Majestad…

Bismarck: Leed, os digo. El telegrama ha sido modificado ligeramente por mí, y se transmitirá en estos términos a París. Mañana es 14 de julio. Quiero agitar un trapo rojo delante del toro galo.

Moltke: (Lee.)

Ems, 13 de julio de 1870. Después que el gobierno español comunicó al gobierno imperial francés la renuncia del príncipe heredero de Hohenzollern, el Embajador francés en Ems ha presentado a Su Majestad el Rey la demanda de que lo autorizase para telegrafiar a París que S.M. el Rey se comprometía en lo futuro a negar su consentimiento en caso de que los Hohenzollern volviesen a presentar su candidatura.

En vista de eso, S.M. el Rey se ha negado a recibir nuevamente al Embajador francés, habiéndole hecho comunicar por su edecán de servicio que S.M. no tenía nada más que participar al Embajador.

(Repite.) ¡Por el edecán de servicio…! Esto, señor, significa la guerra.

Bismarck: Exactamente, Mariscal. Ahora comienza vuestra parte…

Cortina musical: Wagner, Tannhäuser.

Relator: El toro galo respondió como esperaba «el Canciller de hierro». Las gentes exigieron la guerra en las calles. Y el Emperador, muy a su pesar, movilizó su ejército. Pero la Confederación germánica tenía ya sus tropas en la frontera: medio millón de hombres perfectamente preparados y organizados según un plan que el Estado Mayor de Moltke había elaborado en sus menores detalles. Todo estaba previsto, y las fuerzas alemanas ocuparon sus posiciones sorpresivamente, porque estaba en los cálculos del Estado Mayor transportarlas con ayuda de nuevos elementos que los ejércitos apenas habían usado: el ferrocarril…

Locomotoras y cañonazos.

Relator: El General Mac Mahon fue derrotado en Alsacia; el General Bazaine en Lorena; y las reservas del Emperador fueron deshechas en Sedan, cuando trataban de levantar el sitio de Metz. Todo en el mes de agosto de 1870. Sólo París resiste. La insurrección ha triunfado y han proclamado la Comuna. Pero están hambrientos los defensores y les faltan armas. El águila imperial empieza a agitar las alas y emprende vuelo hacia Versalles. Y en el salón que vio antaño el esplendor del Rey Sol, los príncipes, reyes, duques y margraves proclaman el 18 de enero de 1870 al Rey de Prusia, Guillermo I de Hohenzollern, Emperador de Alemania. Triunfa en Europa el espíritu alemán.

Cortina musical, Wagner, Cabalgata de las Walquirias.

Relator: Por entonces, o muy poco después, Nietzsche, el contertulio de Richard Wagner en Triebschen, escribía:

El espíritu alemán soberbio y sano, intacto de su profundidad y fuerza dionisíacas, reposa y sueña como un caballero echado y dormido en el fondo de un abismo inaccesible. De este abismo se eleva hasta nosotros la canción dionisíaca, para darnos a entender que aún hoy este caballero alemán sueña, en visiones bienhechoras y graves, su mito dionisíaco secular.

Que nadie crea que el espíritu alemán ha perdido su patria mítica, si comprende tan claramente aún el canto de los pájaros que nos habla de esta patria. Un día se encontrará despierto y sentirá el fresco vigor de la mañana después de un sueño inusitado; entonces matará dragones, aniquilará los pérfidos gnomos y despertará a Brunilda, ¡y ni siquiera la lanza de Wotan podrá detenerle en su camino!

Cañones. Luego cortina musical: Wagner, tema de El Crepúsculo de los Dioses.

Relator: ¡La lanza de Wotan…! Pocos años más tarde, en el teatro construido ex profeso en la ciudad de Bayreuth, Richard Wagner estrenaba la sublime tetralogía de El Anillo de los Nibelungos. La representación duró cuatro días y concluyó el 17 de agosto de 1876 con El Crepúsculo de los Dioses. La lanza de Wotan…

Cortina musical: Wagner, El Crepúsculo de los Dioses con cañonazos de fondo.




[Heinrich Schliemann (1822-1890), apasionado desde muy joven por la Ilíada y la Odisea —consideradas por entonces como relatos míticos— soñó con descubrir su escenario histórico, la Troya del rey Príamo. Paso a paso construyó su fortuna y su bagaje cultural y erudito hasta que pudo llegar al emplazamiento de la ciudad para probar su verdad.]


1873.
Heinrich Schliemann resucita la antigua Troya


Cortina musical.

Sofía: ¿Muy fatigado, Heinrich…?

Schliemann: Mucho, y muerto de calor… Por favor, dame un poco de agua fresca, y dispon que me preparen el baño. Este verano parece superior a mis fuerzas.

Sofía: Lo noto aquí más cruel que en Atenas… creo que la niña sufría mucho, sin embargo.

Schliemann: No podíamos traerla de ninguna manera. La pequeña Andrómaca está mejor en Atenas que en este desierto inhospitalario.

Sofía: A veces pienso si vale la pena el sacrificio que estás haciendo…

Schliemann: ¿Cómo no ha de valer? Sólo con lo que ya he hecho está justificado, y aún me queda mucho por hacer. Aunque no aquí. Eso está resuelto. Los turcos son insufribles y las posibilidades de estas excavaciones parecen agotadas. Troya quedará como está. Nosotros nos vamos a tu patria, y allí, en suelo griego, empezaremos a trabajar en Micenas. Todo irá mejor…

Sofía: Me alegra volver a mi patria, pero… ¿no te apena dejar este trabajo a medio hacer? Tu gran ilusión era, precisamente, esta sagrada ciudad que está bajo nuestros pies…

Schliemann: Ésa era, sí, mi ilusión. Pero… basta ya. Hemos trabajado en la colina de Hisarlik durante tres años con 150 obreros; hemos descubierto la mitad de la ciudad antigua y la mayoría, si no todos, los monumentos de la Troya homérica. Hemos sacado 25.000 metros cúbicos de escombros e instalado un museo de maravillosas antigüedades en las profundidades de Ilion. Creo que es bastante. Ahora tú y yo estamos fatigados… y hartos de lidiar con el gobierno turco. Como hemos conseguido nuestro objeto, en parte al menos, podemos dejar esta labor sin pesadumbre.

Sofía: ¿Pasado mañana, entonces?

Schliemann: Pasado mañana, 15 de junio. Ya he dado las órdenes para que empiecen a embalar, y mañana será nuestro último día de trabajo en el palacio de Príamo…

Cortina musical.

Relator: El 15 de junio de 1873 debían terminar los trabajos de Heinrich Schliemann y de su esposa Sofía Spiro en la colina de Hisarlik, donde el entusiasta admirador de Homero buscaba afanosamente desde hacía tres años la sagrada ciudad de Ilion, la Troya bajo cuyos muros habían luchado tres milenios antes los héroes griegos que escucharon la voz del mensajero divino:

Atiéndeme que soy de Zeus mensajero,
quien de lejos te observa con amor y piedad:
«Que armes a los aqueos melenudos, y aprestes
íntegras a tus huestes: que la hora es venida
de sojuzgar a Troya, la espaciosa ciudad;
pues la junta de dioses lo otorga, persuadida
a los ruegos de Hera, y un espantable duelo
cierne ya su amenaza sobre el troyano suelo.»
Tal es su voluntad, y grábalo de suerte
que no se te disipe al punto que despiertes.

Incendiada y destruida; sepultada luego por otra construida sobre el mismo solar, la Troya homérica había comenzado a resucitar al reclamo de la piqueta de Heinrich Schliemann, movida por un intenso amor, un humano deseo de gloria y un noble afán de demostrar el fondo histórico oculto en los poemas homéricos. Tres años de intenso trabajo habían dado como fruto el descubrimiento de impresionantes restos, que Schliemann se ufanaba de mostrar al curioso visitante.

Cortina musical.

Schliemann: Por aquí… ¡Cuidado…! Hay que triscar como cabras por entre estos escombros…

Visitante: Estamos pisando tierra sagrada, señor Schliemann.

Schliemann: Y venerables restos, que sin ser de la época homérica tienen muchos siglos de edad. Pero no había más remedio que demolerlos si queríamos llegar a la Troya de Príamo y Héctor. Por aquí, ahora… Le mostraré las ruinas en el orden en que fueron apareciendo.

Visitante: Me parece bien… Será la mejor manera de comprender su labor.

Schliemann: Ahora, estamos ya en el punto donde hinqué la piqueta por primera vez…

Visitante: Esta muralla me hace acordar…

Schliemann: Esta muralla es romana… En el primer momento, y llevado por mi entusiasmo, me cegué y supuse que estaba ya a la vista del palacio de Príamo. Pero pronto me convencí de mi error. Dé la vuelta por aquí… Aquí puede verse un nivel más bajo… La muralla que usted miraba descansa sobre esta otra… Fíjese… Fíjese qué construcción… Seis pies de espesor…

Visitante: Es maravilloso…

Schliemann: No se apresure a maravillarse porque estamos en los comienzos… No pierda de vista la muralla y sígame con cuidado… Baje por aquí, y verá… ¡Cuidado! (Pausa.) Bueno… ya estamos. Mire: La segunda construcción reposa a su vez sobre este otro muro…

Visitante: ¡Oh…!

Schliemann: Este muro tiene ocho pies y medio de espesor. .. y ahora creo que estamos en la Troya homérica… ¿No es subyugante esta labor?

Visitante: Me explico que le apasione su trabajo, porque ya comienza a apasionarme a mí también. Los restos… Pero… fíjese en ese pedrusco…

Schliemann: ¿Cuál? ¿Ése? No, no es un pedrusco, es un fragmento de vasija… Observe la decoración… Esto es la parte superior de una cabeza de lechuza… Palas Atenea nos acompaña…

Visitante: Este es mi primer hallazgo personal…

Schliemann: Pero no se envanezca… De éstos tengo centenares, algunos en muy buen estado de conservación. Pero lo que yo quisiera encontrar es algo mejor y más tentador… ¿Sabe usted…? Yo he sido minero, y el oro me atrae… ¿Sabe usted que en algún lugar bajo esta colina está enterrado el tesoro de Príamo? Si pudiera encontrarlo…

Visitante: Confío en que no interrumpirá los trabajos…

Schliemann: Se equivoca. Ha llegado usted el penúltimo día de mi estada en Hisarlik. He decidido proseguir mis investigaciones en Micenas. Esto no ofrece ya muchas esperanzas… Mire… Allí viene mi mujer. ¡Pobre Sofía…! No sabe usted con qué abnegación me ayuda en esta empresa. Pero es griega, y la mueve no sólo el afecto que me tiene, sino cierto secreto orgullo… ¡Hola, Sofía…! Nos alcanzaste…

Sofía: Estaba vigilando los preparativos de marcha. El armenio quiere revisar todo lo que hay en los fardos…

Schliemann: ¿Sabe usted? El gobierno turco nos ha puesto un inspector para que no nos llevemos nada… Pero el pobre infeliz se contenta con que yo le pague un sobresueldo de veintitrés piastras, y no molesta mucho… Ahora está disimulando delante de los demás obreros…

Sofía: Pues disimula con mucho disimulo, porque no deja bulto sin meter la nariz…

Schliemann: No te inquietes, y déjalo por mi cuenta. Peores cosas hemos tenido que pasar con otros funcionarios. Pero, sigamos… Sofía, le estaba mostrando a Míster Pack las ruinas del tercer muro…

Visitante: Ese es ya propiamente homérico…

Schliemann: No podría asegurarlo… La determinación precisa está llena de dificultades, y… usted sabe… yo no tengo a quién consultar… con quién discutir… fuera de mi buena Sofía… Pero mi único guía es Homero… ¿Ve usted? No me separo nunca de él y lo recorro todos los días… Donde estoy seguro no es aquí, pero cuando llegué a cierto punto… vamos, sígame por aquí… Este sendero es bastante bueno. Sofía, dame la mano… Así… Ahora, por aquí… Bien… No avancemos…

Visitante: Allí hay un muro…

Schliemann: Ya estamos en el punto neurálgico. Este muro lo descubrió un día uno de los guardas… ¿Quién fue, Sofía?

Sofía: Fotíadis, creo…

Schliemann: Sí, Fotíadis fue. Pues un día, Fotíadis descubre una trinchera de piedra caliza construida sin cal ni cemento. Yo creí que era del período helenístico y supuse que fuera el muro de Lisímaco… Pero tuve un presentimiento y comencé a dirigir mi atención sobre este punto. Empezaron aparecer urnas funerarias, vasijas de barro… Un día, una lanza de bronce… Entonces redoblé los esfuerzos. Esto fue hace poco, a principios de mayo. Un día aparecieron esas dos puertas…

Visitante: Aquellas de la izquierda…

Schliemann: Esas… separadas entre sí por unos seis metros. Atrás empezaron a aparecer los restos de una casa… miles de objetos… cerraduras, vasijas, figuras de lechuza… Y cuando estudiamos esos restos… Avancemos un poco más… Allí… Entonces descubrimos que la primera construcción se asentaba sobre otra aún más antigua… Fíjese, ¿Ve…? He aquí los muros. ¿Observa bien esas manchas…? ¡Una casa incendiada…! ¿Se da bien cuenta, Míster Pack, de lo que le estoy diciendo…?

Visitante: Creo que alcanzo a comprender, pero…

Schliemann: Pues ahora va a comprender usted todo. Vamos, Sofía… Vamos a sentarnos debajo de esa encina y a su sombra vamos a descansar un rato sin perder de vista lo que acabamos de mostrarle a Míster Pack. ¿Así…? ¿Está usted cómodo… ?

Visitante: Oh, muy bien… Se divisa todo perfectamente en su conjunto… Las puertas, la casa, el muro incendiado…

Schliemann: Pues entonces, escuche usted un poco… Sofía, comienza a leer el Canto VI de la Ilíada, desde el verso… 244. Toma…

Sofía: Ya está aquí… (Pausa.)

En las Puertas Esceas, donde crece la encina,
se agolpan las mujeres e hijas de troyanos
pidiendo a Héctor nuevas de sus hijos, hermanos,
amigos y maridos. Pero él sólo atina
a encargarles que imploren a los dioses lejanos:
¡tal duelo les aguarda!
Llegado al opulento palacio del rey Príamo
—los pórticos bruñidos,
el ala de cincuenta alcobas, con pulidos
muros de cantería, que daban aposento
a sus cincuenta hijos y sus cincuenta esposas;
y al atrio, doce cámaras de techados y losas
donde sus castas hijas dormían con sus yernos—
halló a su noble madre que venía buscando
a su hija Laódice, la hija más hermosa.

Asiólo de la mano, y con afán materno:

Voz femenina:

¿Por qué dejaste, hijo, el combate nefando?
Sin duda los aqueos de nombre aborrecido
el cerco han reducido, y tu gran corazón
te mueve a recurrir con manos implorantes,
en lo alto de la Acrópolis, al augusto Cronión.
Yo el melífero vino traeré cuanto antes.
Brindarás a los dioses la sacra libación
y beberás el resto, pues vienes extenuado
de luchar por los tuyos, y en el vino hay virtud
que devuelve a los hombres la fuerza y la salud.

Voz masculina:

—No, madre honrada, apártame ese vino de miel,
que el valor y los ímpetus puedo dejarme en él,
y al Amo de las Nubes desparramar no debo
con las manos impuras las negras libaciones,
ni puedo presentármele mostrando estos manchones
del fango y de la sangre, que así yo no me atrevo.
Tú junta las matronas del pueblo; las esencias
aprontad e id al ara para implorar clemencia
de Atenea, señora del saqueo. Te humillas
ante la diosa de almas crenchas, y en sus rodillas
depositas el peplo de más estimación
que tengas en tus arcas, aquel que tú prefieras,
y doce añales vacas indemnes de aguijón
le ofreces, en espera de que nuestra ciudad,
las esposas, los niños, merezcan su piedad,
y se digne librar a la sagrada Ilion
del que así nos derrota, del sangriento Tidida.
Ve, pues, al santuario de la diosa guerrera.

Pausa.

Visitante: Las encinas… Aquéllas son las Puertas Esceas… Aquél, el palacio de Príamo… Los pórticos bruñidos…

Sofía: Cincuenta alcobas… doce cámaras…

Schliemann: Y allí la Acrópolis, y el Templo de Palas Atenea… Pero, la verdad, tengo algunas dudas acerca de la identificación de ciertos puntos. A veces me desaliento. Frank Calver afirma categóricamente que Troya pudiera estar situada en esta colina. Pero de esto sí estoy convencido… Y de que aquí está el palacio de Príamo. Pero, en fin, por el momento estas excavaciones quedarán interrumpidas después de mañana… ¿Qué les parece si volvemos a casa? Un poco de agua fresca sería muy grata ahora…

Visitante: Sí, ya es hora de que emprendamos el regreso. Yo tendré que volver a Atenas mañana mismo…

Cortina musical.

Relator: Esa noche, Heinrich Schliemann y su esposa descansaron en su humilde casa frente a la colina de Hisarlik, en cuyo techo anidaban las golondrinas. Estaban decididos a abandonar los trabajos dos días después, pero aún se prometían trabajar al día siguiente en el gran foso que habían hecho abrir, con un pequeño grupo de obreros que debía apuntalar y dejar en buenas condiciones las ruinas exploradas. Al amanecer del 14 de junio de 1873, se dirigieron a su trabajo y comenzaron la labor de la última jornada…

Cortina musical. Se oyen algunos golpes de pico y martillo en segundo y en tercer plano.

Schliemann: Ahora hay que sujetar bien aquel extremo… Quizá no sea suficiente un solo puntal. ¿Qué te parece…?

Sofía: Asegúrate sobre todo de que queden firmes las jambas de las puertas… Me parece que no tienen buen apoyo…

Schliemann: Ahora iré allá, pero antes quiero que terminen con este muro… Creo que por aquí… A ver… espera… Esto…

Cortina dramática.

Schliemann: (Voz nerviosa y baja.) ¡Sofía! ¡Sofía…!

Sofía: ¿Qué ocurre?

Schliemann: ¿Ves…? Eso es… oro.

Sofía: ¿Tú crees?

Schliemann: Estoy seguro… ¡Sofía…! No digas una palabra. Ahora, te alejas un poco y gritas: «¡Descanso!»

Sofía: ¿A media mañana?

Schliemann: Es imprescindible que no quede nadie aquí. Gritas «¡descanso!», y luego, como al descuido, le explicas al armenio que habíamos olvidado que hoy era mi cumpleaños. No se te olvide: hoy se pagará a todo el mundo sin que trabaje… Pronto…

Sofía: Está bien… (Se aleja y se la oye un poco lejos gritar «descanso» dos o tres veces, alejándose.)

Pausa.

Sofía: No ha quedado uno. El tiempo les ha faltado para dejar las herramientas y encaminarse a sus tiendas.

Schliemann: Pues entonces, ven. Mira… Esto es oro… Con este cuchillo se puede sacar con cuidado. Pero… habrá más, más cosas… Estoy seguro… Sofía, corre a casa y tráete el chal grande, el rojo o el más grande que haya… Yo empezaré a cavar…

Pausa. Se oyen golpes de azadón en tierra, con cuidado.

Sofía: (Vuelve.) Ya está aquí…

Schliemann: ¿Ves? ¡Un vaso! ¡Un vaso de oro! Ponlo ahora en el chal y comienza a cavar por aquí. Por aquí…

Pausa.

Schliemann: Sofía… Mira… sortijas… sortijas… de oro… ¿Ves? De oro todas, docenas de sortijas… Sigue, por Dios, no toques nada ahora… ¿Tocas algo…?

Sofía: Por aquí, ayúdame…

Schliemann: Sí… por aquí… ¡Ah! Más sortijas… plaquetas… saca la urna, con cuidado… Destápala y vuélcala en el chal… ¡ Oh…!

Sofía: Mira esta diadema, Heinrich… Este collar… ¡Oh, Heinrich… tengo miedo!

Schliemann: Ahora no es tiempo de temer, Sofía. Ya temblaremos luego, cuando el oro esté oculto en nuestra casa y oigamos el graznido de las cornejas. Yo he temblado en Holanda y en Rusia más que en California… Sigue ahora… pero, ¿qué es eso?

Sofía: Parece un vaso… Sí, un vaso, pero de cobre…

Schliemann: Déjame ver. Un vaso de cobre aquí… Claro… ¿Te das cuenta, Sofía? El vaso está lleno… Mira… ídolos de oro, sortijas, collares, diademas… Sigue, Sofía, sigue…

La voz se va perdiendo. Luego, cortina musical. Ruido de platos y vasos.

Schliemann: Apenas tengo ganas de comer. El chal rojo me obsesiona…

Sofía: Esta noche no podremos dormir…

Schliemann: El oro no deja dormir. Pero habrá que pensar bien qué hacemos con él. Esto es la riqueza y la gloria, Sofía… Hemos descubierto el tesoro de Príamo…

Sofía: ¿Estás seguro, Heinrich?

Schliemann: Segurísimo. Esta tarde, cuando volví al lugar del hallazgo, encontré una llave… Aquélla… El tesoro ha estado, sin duda, encerrado en una caja de madera… Mira… En el canto vigésimo cuarto de la Ilíada, verso 228… (Lee.)

Dijo así, y levantando las bellísimas tapas de las arcas, sacó de ellas diez talentos de oro, dos relucientes trípodes y cuatro áureas calderas, y una copa bellísima, presente de los tracios que antaño en su comarca de aquéllos recibiera…

Es cuando Príamo prepara el rescate del cadáver de Héctor…

Sofía: El tesoro habría sido ocultado cuando el incendio de la ciudad…

Schliemann: Y seguramente abandonado luego, o enterrado adrede… De todos modos, he aquí el tesoro de un rey de hace tres mil años, cuyo infortunio cantó Homero… ¿No te conmueve esto, Sofía? El viejo Homero me ha guiado para llegar al recinto de la sagrada Ilión. Podría decir que me ha salvado la fe en él…

Sofía: Has cumplido uno de los ideales de tu vida…

Schliemann: Y colmaré los otros, volviendo a Homero. Hoy el viejo vate se yergue ante mis ojos casi como una deidad…

Pausa.

Schliemann:

Canta, diosa, la cólera de Aquiles el Pelida,
funesta a los aqueos, haz de calamidades,
que tantas fieras almas de guerreros dio al Hades,
y a los perros y aves el pasto de su vida
—en tanto que de Zeus las altas voluntades
iban adelantando por su propio camino—
desde que la disputa enemistó al Atrida,
príncipe de los hombres, y a Aquiles el divino.
¿Qué Dios pudo mezclarlos en tan atroz contienda?
El hijo de Latona y del Cronión que, airado,
lanzó por los ejércitos una peste tremenda.
Y morían los hombres, por haber ultrajado
al sacerdote Crises el poderoso Atrida.
Pronto a dar un tesoro por su hija redimida,
Crises llegó a las flotas y al campamento aqueo,
y al cetro de oro atadas las ínfulas de Apolo
el Flechero, a las huestes no imploraba tan sólo
sino a los dos caudillos, los vastagos de Atreo:
—Atridas y soldados de las lucientes grebas:
Así os den los olímpicos rendir la altiva plaza
de Príamo y tornar sin duelo a vuestras casas,
que me deis a mi hija contra el rescate, en prueba
de sumisión a Apolo, el que de lejos caza.
A voces los aqueos lo dan por otorgado…

La voz se va perdiendo. Pausa.

Relator: La historia de los Atridas sugería en el pensamiento del afortunado descubridor de la Troya homérica la borrosa imagen de las prometedoras ciudades de la Argólida. Micenas, Argos y Tirinto se ofrecían ante sus ojos como fecundo terreno para su insaciable curiosidad. Y su piqueta resucitaría un día, como las de Troya, las ruinas de la antigua Micenas. El mundo homérico ascendía de la leyenda a la historia.




[Benjamin Disraeli (1804-1881) fue primer ministro de la reina Victoria de Inglaterra y uno de los artífices del Imperio. La Era victoriana se mostró brillante por el desarrollo económico, el afianzamiento institucional y político, el progreso de las investigaciones científicas y el alto nivel de las manifestaciones de la cultura. La otra cara de la moneda fue la miseria de las clases populares: la enfermedad, el hacinamiento, el trabajo infantil, la mendicidad, la muerte prematura.]


1876.
Inglaterra concluye el edificio de su Imperio


Cortina musical. En primer plano, murmullos de reunión social.

Lady Bradford: ¿Más té, Lord Derby?

Lord Derby: No, muchas gracias. Ya sabe usted que soy muy parco…

Lady Bradford: Gracias a Dios. En estos momentos conviene que un Ministro de Asuntos Extranjeros sea parco.

Lord Derby: Sobre todo en palabras. Pero sospecho que desearía que fuera más explícito.

Lady Bradford: Cierto. La política me apasiona. Es de las pocas cosas que no me hastían. Y acaso usted no sepa todas las cosas que yo sé…

Lord Derby: Sé que sabe muchas, muchas más de las que a mí me pregunta… y sé también a quién se las pregunta.

Lady Bradford: O quién me las dice espontáneamente… ¿Por qué supone usted que soy tan preguntona?

Lord Derby: No supongo nada. Por lo demás, usted tiene razón. Nuestro querido Disraeli es amante de hablar… especialmente con mujeres hermosas.

Lady Bradford: No pretenderéis que me habla de amor. Disraeli es hombre de imaginación exaltada. Los asuntos de Estado lo obsesionan y vive pensando en ellos. ¿Qué tiene, pues, de extraño que en una tertulia como ésta se solace discurriendo en voz alta sobre lo que tiene preocupada su imaginación?

Lord Derby: Nada tiene de extraño, en efecto. Y si viene esta tarde le oirá usted otra vez, y siempre aprenderá alguna cosa. Yo mismo, cuando le llevo algunas novedades de mi ministerio —que es casi el suyo, por lo que le interesa la política exterior— me sorprendo de la sutileza de su imaginación y la rapidez con que relaciona los hechos.

Lady Bradford: ¿Cree usted que vendrá?

Lord Derby: Lo he visitado esta mañana en su despacho y me aseguró que vendría aquí…

Se oye un ligero murmullo.

Lady Bradford: Pues entonces…

Lord Derby: Ahí lo tiene usted.

Lady Bradford: Oh, Míster Disraeli, cuánto gusto en verle. Creí que no vendría usted ya.

Disraeli: ¿Por qué iba a privarme de ese placer? Es cierto que estoy fatigado y mi salud cada vez peor… pero lo último que deje de hacer será privarme de su compañía, Lady Bradford.

Lady Bradford: Pues yo lo veo de magnífico aspecto, y siempre encantador. Por aquí, por favor…

Disraeli: (Saludando a varias personas.) Mucho gusto, señor… Encantado… Oh, querido amigo… Ah, está aquí Lord Derby… y Salisbury. Esto parece una reunión de gabinete. ¿Cómo están ustedes? Supongo que no vamos a hablar de política…

Lord Derby: (Sonriendo.) Si usted no empieza…

Disraeli: Empezará Lady Bradford, estoy seguro. Yo estoy bastante harto, por hoy. Vengo de hablar con la Reina una hora larga. Pero permítanme que me siente, porque mis piernas se fatigan pronto. Por lo demás… la Reina, que es tan afectuosa conmigo, me ha invitado a sentarme en su presencia, lo cual es un honor desacostumbrado, de modo que bien puedo sentarme ante ustedes.

Lord Derby: Ciertamente que es desusado. Mi padre contaba que una vez que la visitó siendo ministro, con un terrible ataque de gota, se tuvo que quedar de pie porque la Reina le dijo que, aun lamentándolo, la etiqueta le impedía ofrecerle una silla.

Disraeli: Je, je… Sí, la Reina está cada vez más afectuosa conmigo, lo cual me envanece terriblemente. Oh, cómo está usted, Míster Arnold, dispénseme que no me levante… Matthew Arnold es un viejo amigo y no se ofenderá por eso, ¿no es verdad?

Arnold: De ningún modo, Míster Disraeli. Al contrario, hubiera querido que ni siquiera se interrumpiera.

Disraeli: Les decía a estos buenos amigos que me envanecen las distinciones de la Reina. Ya ven ustedes, a un viejo… Je, je… Pero, aquí en privado, les diré que me lo merezco. He hecho de mi trato con la Reina Victoria una especie de arte: Jamás contradigo, nunca rechazo… y algunas veces olvido.

Arnold: Vamos, Míster Disraeli. Si lo oyera Gladstone, diría que es un adulador.

Disraeli: Y es verdad. Todo el mundo es sensible a la adulación, y cuando se trata de una persona real, hay que aplicar esa adulación con pincel.

Lord Derby: Como un artista…

Disraeli: Exactamente. Pero, ¿qué soy yo sino un artista metido a político?

Lady Bradford: Pero os habéis metido tanto…

Disraeli: ¡Qué había de hacerle! Y ahora, los pocos años que me quedan no podré ocuparlos en otra cosa. Hay tanto que hacer en esta Inglaterra…

Lord Derby: Y fuera de ella…

Disraeli: ¿Me tiráis de la lengua?

Lord Derby: Cumplo instrucciones de Lady Bradford para haceros hablar.

Lady Bradford: ¡Qué embuste, santo Dios! Es increíble que un diplomático…

Lord Derby: Lo normal, señora, lo normal. En este oficio…

Disraeli: Se da usted de cabeza contra la pared en cuanto olvida ese precepto de cautela. Ahí tiene usted a Bismarck …

Lord Derby: Señora… ¡he cumplido sus órdenes!

Lady Bradford: Es usted un traidor, Lord Derby. Pero sobre todo, ¿por qué interrumpió a Míster Disraeli cuando empezaba a hablar? Sospecho que debe ser la envidia. Le aseguro, Míster Disraeli, que su Ministro de Asuntos Exteriores se niega a hablar en mi presencia. Por favor, ¿qué iba usted a decir de Bismarck?

Disraeli: Oh, casi no puedo decir de Bismarck nada de lo que pienso… Por ahora me limitaba a decir que nos tiene a mal traer con su intervención en los Balcanes. Pero si no me muero antes, le demostraré que ya no hay asunto en el continente que pueda tratarse prescindiendo de Inglaterra.

Lady Bradford: ¿Se refiere usted a la insurrección de Bosnia y Herzegovina?

Disraeli: Claro. Ahora empezamos a ver claro en el asunto, ¿no le parece a usted, Derby?

Lord Derby: Sin duda. Las noticias de ayer son concluyentes…

Lady Bradford: ¡Noticias de ayer!

Disraeli: Ja, ja, ja… De ayer… ¿Qué más quiere usted? Las sabrá al día siguiente. Pues… lo que hoy sabemos con exactitud es que también esta vez la insurrección balcánica está movida por los rusos. Una cofradía ortodoxa llamada de Cirilo y Metodio es la que agita la insurrección contra Turquía.

Arnold: (Con intención.) Nuestro fiel aliado…

Disraeli: No se sonría usted. Ya conoce mi punto de vista. El gobierno de la Sublime Puerta es musulmán, y además es atrasado y a veces sanguinario, pero Inglaterra necesita una Turquía amiga para asegurar la ruta a la India y a Australia. Y esto es más importante para nosotros que ninguna otra cosa.

Lady Bradford: De modo que Rusia…

Disraeli: Rusia no hace sino lo que ha hecho otras veces. Pero lo que me alarma —y esto también es una noticia fresca, Lady Bradford— es la solidez que estamos descubriendo en la alianza entre Rusia, Alemania y Austria. Los tres imperios se han propuesto gobernar a Europa y están tendiendo sus redes como si Inglaterra no existiera. Y nosotros les vamos a demostrar que existimos. ¿No es verdad, Lord Derby?

Lord Derby: Mañana nos inquietaremos por eso. Míster Disraeli…

Disraeli: No, Derby, no… Esto es problema de cada instante. Inglaterra ya no es sólo Inglaterra. Es Inglaterra y sus colonias. Es… el Imperio. Y no hay Imperio sin el control de la ruta imperial. ¿Quién nos garantizará el uso del Canal de Suez si Rusia y Austria pasan a ser las potencias interesadas en el Mediterráneo oriental? Suez es vital para nosotros, y hay que defenderlo a toda costa.

Lady Bradford: ¿Ve usted algún peligro en la situación?

Disraeli: No inmediato, pero hay un peligro. He sabido que en la segunda quincena de noviembre el Canciller ruso visitará a Bismarck en Berlín para discutir el problema. Pero no lo van a resolver solos, que se lo quiten de la cabeza… Y a propósito, Derby, mañana lo querría ver temprano en mi despacho para conversar de todo esto…

Cortina musical. Puerta que se abre y cierra. Pasos.

Lord Derby: ¿Está el Primer Ministro en su despacho?

Secretario: Sí, Lord Derby. Esta mañana ha bajado temprano y está trabajando desde entonces. Sólo ha recibido a Lord Salisbury.

Lord Derby: Hágame el favor de anunciarme. Míster Disraeli me espera.

Pausa. Pasos que se alejan. Pausa. Pasos que se acercan.

Secretario: El Primer Ministro le ruega que pase enseguida.

Lord Derby: (Entrando.) Buenos días, Míster Disraeli. ¿Cómo está usted?

Disraeli: Muy bien, gracias. El trabajo me reanima. Y estos días hay mucho trabajo…

Lord Derby: Pues yo vengo a darle a usted más. ¿Era de mucho apuro lo que tenía que conversar conmigo esta mañana?

Disraeli: Sí, sin duda. Pero veamos qué lo trae tan inquieto y luego discutiremos el orden de preferencia.

Lord Derby: Pues, al grano entonces. Ayer a última hora me ha visitado en mi despacho un periodista, Míster Greenwood, y me ha dado una noticia estupenda.

Disraeli: ¿De qué se trata?

Lord Derby: Pues nada menos que de esto: Un financista cuyo nombre reservó, asegura que el jedive de Egipto está en un grave aprieto de dinero y ofrece en venta las 177.000 acciones de la compañía del Canal de Suez que posee.

Disraeli: ¡¿Qué dice…?!

Lord Derby: Lo que oye, Míster Disraeli. La posibilidad de controlar el Canal está casi al alcance de la mano.

Disraeli: Pero… esto es estupendo. No hay un minuto que perder… Tenemos que confirmar la noticia de inmediato y proceder sin perder un minuto. ¿No comprende usted, Derby, que es lo que necesita Inglaterra? Hágame el favor, telegrafíe de inmediato a nuestro agente en El Cairo para que confirme la noticia y trate de obtener una entrevista con el jedive para anticipar nuestra oferta cuanto se pueda.

Lord Derby: ¿Pero sabe usted cuánto puede importar la operación?

Disraeli: No he hecho cuentas… Será mucho, pero vale la pena y yo me encargo de todo. Por favor, no pierda usted tiempo y vuele aquí en cuanto tenga respuesta a nuestro telegrama. Ah, y al salir dígale a mi secretario que entre. Hasta pronto…

Cortina musical. Toques de morse. Cortina musical.

Lord Derby: Míster Disraeli, aquí está la respuesta de nuestro agente…

Disraeli: (Impaciente.) Léala, por favor… léala…

Lord Derby: El texto es largo y se lo dejo para que lo estudie. Pero puedo resumírsela. El jedive ha dado opción a un grupo financiero francés hasta el martes para que compre las acciones. Parece que, sin embargo, trataría con nosotros. Pero exige de inmediato cuatro millones de libras esterlinas.

Disraeli: Es negocio…

Lord Derby: Pero no las tenemos y el Parlamento está en receso.

Disraeli: No importa. No hay tiempo que perder. Dentro de un instante escribiré a la Reina pidiendo su autorización para iniciar enseguida las negociaciones. Derby, hágame el favor de llamar a su despacho enseguida al Embajador francés, y trate de sondearlo para ver si apoyaría nuestra intervención en este asunto. Déjele entrever que nuestro apoyo frente a la presión alemana… ¿Entiende? Rápido, amigo mío, rápido… Hasta pronto… (Al secretario.) ¡Brown!

Secretario: ¡Señor!

Disraeli: Haga citar al Gabinete para mañana a las ocho de la mañana.

Cortina musical. Luego se empieza a oír murmullo de reunión.

Disraeli: Bien, señores ministros; la respuesta favorable de la Reina y la noticia de que el gobierno francés no se opone a nuestra gestión me han decidido totalmente a empeñarme para tratar de adquirir las acciones de la Compañía del Canal. Sería inútil que perdiéramos tiempo en discurrir sobre la importancia de esta operación. Cada día me convenzo más de que la India es el corazón de nuestra potencia colonial, y toda nuestra política debe estar dirigida a asegurarnos el control de la ruta marítima imperial.

Lord Derby: ¿Sería la ocasión, Míster Disraeli, de informar al gabinete sobre las noticias obtenidas sobre la presión rusa en los Balcanes?

Disraeli: Preferiría que tuviéramos una reunión especial para tratar ese asunto, mañana si fuera posible… Pero hoy querría estar libre para llevar a término cuanto antes la gestión de compra de las acciones. De cualquier modo, quiero anunciar a los señores ministros que las noticias a que se refiere Lord Derby no hacen sino acentuar mi convicción de que debemos proceder rápida y enérgicamente en el Mediterráneo oriental, donde está el nudo de nuestras comunicaciones imperiales. Sólo me queda, pues, solicitar la aprobación de ustedes para continuar la gestión de compra de las 177.000 acciones de la Compañía del Canal de Suez, por un valor de cuatro millones de libras esterlinas.

Vago rumor de conversaciones.

Salisbury: Señor Primer Ministro: el planteo político que acaba de hacer me parece inobjetable, y ya sabe usted que coincido totalmente con usted en este punto. Pero la inversión es demasiado fuerte…

Disraeli: ¿Cómo puede hablarse de una inversión demasiado fuerte si lo que se nos ofrece es la llave maestra del Imperio?

Salisbury: Sin duda, pero es demasiado fuerte para nuestro presupuesto. No contamos además con la autorización del Parlamento que, por lo demás, está en receso.

Disraeli: El problema no me sorprende. He conversado sobre el particular con Su Majestad la Reina, y estoy autorizado para arbitrar los recursos mientras llega el momento de dar cuenta al Parlamento.

Salisbury: De todos modos, no es fácil sacar de un momento a otro cuatro millones de libras…

Disraeli: Estoy seguro de obtenerlos si el Gabinete me presta su apoyo… Por eso vuelvo a plantear la cuestión, rogándoles que me autoricen a hacer las gestiones necesarias para obtener el dinero a título de anticipo en la banca privada.

Salisbury: Bien, si el Primer Ministro está tan seguro de obtener esos fondos, yo por mi parte apoyo su gestión…

Voces: Yo también… apoyado… apoyado… yo también. .. yo también…

Disraeli: Muchas gracias, señores, por la confianza que me dispensan. Dentro de poco sabré si mis planes dan resultado. Entretanto, queda levantada la reunión. Y con permiso de ustedes, vuelvo a mi despacho…

Pausa. Puertas que se abren y se cierran.

Disraeli: ¡Brown! Que pase Míster Montagu Corry…

Secretario: Enseguida, señor.

Pausa. Puerta que se abre y se cierra.

Disraeli: Adelante, Míster Corry… No hay tiempo que perder. El gabinete me ha autorizado para hacer la gestión en la banca privada para conseguir los cuatro millones que necesitamos. Usted se irá inmediatamente a casa de Míster Rothschild y le planteará la cuestión en los términos que le anticipé.

Corry: Entendido, señor. Vuelo para allá…

Disraeli: Pues, tacto… y buena suerte.

Cortina musical. Ruido de un coche. Cortina musical.

Corry: ¿Míster Rothschild?

Criado: En este momento está almorzando.

Corry: Pero el asunto que me trae es de la mayor urgencia. Le ruego que le pase mi tarjeta, de parte del Primer Ministro…

Criado: Enseguida, señor.

Pausa. Puerta que se abre y se cierra.

Rothschild: Adelante, pase usted Míster Corry. ¿Qué lo trae por aquí a estas horas? Ya ve usted, estoy almorzando… ¿Quiere acompañarme?

Corry: Imposible. El Primer Ministro me ha pedido que despache este asunto con la mayor urgencia y que regrese a Downing Street cuanto antes. Pero, por favor, siga usted comiendo mientras hablamos…

Rothschild: Encantado. Lo escucho…

Corry: Míster Rothschild, el problema es sencillo. El jedive de Egipto ha ofrecido en venta las 177.000 acciones que posee de la Compañía del Canal de Suez, y Míster Disraeli sostiene que es ésta una ocasión única de proporcionar al Imperio Británico el sistema de seguridad que necesitan sus vías de comunicación.

Rothschild: Evidente… Me parece muy bien pensado.

Corry: Para cumplir ese propósito —tan bien pensado—, Míster Disraeli necesita tener mañana cuatro millones de libras esterlinas, de que carece para hacer la operación…

Rothschild: (Con sobresalto.) ¿Cómo dice usted?

Corry: (Sonriendo.) Como lo oye, Míster Rothschild. Míster Disraeli necesita para mañana cuatro millones de libras esterlinas…

Pausa.

Rothschild: Bueno… Esta comida… (Sonríe.) Míster Disraeli es audaz… Bien… ¿qué garantía me ofrece Míster Disraeli?

Corry: El gobierno británico.

Rothschild: Perfecto. Mañana tendrá Míster Disraeli los cuatro millones.

Corry: Gracias, Míster Rothschild, gracias. El país le agradecerá este gesto. Corro a comunicarle la noticia al Primer Ministro. Buenos días, señor…

Rothschild: Buenos días, Míster Corry… Bien… ¡Jarvis! Este pollo está frío. Tráigame una presa caliente…

Cortina musical. Ruido de coche. Cortina musical.

Corry: (Excitado.) ¡Míster Disraeli!

Disraeli: (Excitado también.) ¿Cómo le ha ido, Míster Corry?

Corry: Exactamente como usted había previsto. Míster Rothschild acepta prestar los cuatro millones con la garantía del gobierno y mañana los tendrá usted a su orden.

Disraeli: (Respirando con satisfacción.) Perfecto, Míster Corry, perfecto… (Firme.) ¡Brown!

Secretario: ¿Señor?

Disraeli: ¿Queda algún ministro en antesalas?

Secretario: Sí, señor, cuatro o cinco se han quedado conversando.

Disraeli: Allá voy…

Se abre una puerta y se oye un murmullo que cesa de inmediato.

Disraeli: Señores, celebro que no se hayan retirado. Quiero darles una buena noticia… Mañana, la banca Rothschild pondrá a mi disposición los cuatro millones que necesitamos.

Murmullo fuerte y aplausos.

Disraeli: Gracias, señores. Todo andará como sobre rieles. Mañana —según mis informes— se celebra en Berlín la reunión del canciller ruso con Bismarck para trazar el plan de operaciones de los tres imperios en el Mediterráneo oriental, a espaldas de Inglaterra. Haremos que el Times telegrafíe la noticia en el momento oportuno… Bismarck se pondrá verde… Ja, ja, ja…

Cortina musical.

Relator: La operación se llevó a cabo. Y para completarla, Disraeli propuso que la Reina de Inglaterra adoptara los títulos de «Defensor de la fe» y «Emperatriz de las Indias».

El Parlamento resistió débilmente, pero cedió al fin a los convincentes argumentos del Primer Ministro, insinuante y sutil. En 1876, el Imperio Británico adquirió con ello su fisonomía exacta y fortaleció su estructura. Victoria se sintió orgullosa de su nuevo título, pero más aún de su Primer Ministro, tan eficaz y diligente en la defensa de los intereses de la nación. Para celebrar el acontecimiento, la Reina ofreció un banquete en el palacio de Buckingham, y a los postres…

Discreto murmullo y algún leve ruido de copas.

Disraeli: Señoras y señores… Séame permitido, en mérito a la inconmensurable devoción que siento por la persona de Su Majestad, violar por un instante nada más las severas reglas de la etiqueta, para proponeros que nos unamos en un cálido homenaje a nuestra soberana, esencia pura de la nación y del Imperio, delicada y femenina musa de esta noble tierra. Señoras y señores, brindemos por la salud y la gloria de Su Majestad, Victoria, Reina y Emperatriz.

Ruido de sillas que se corren al ponerse la concurrencia de pie. Brindis y aplausos.

Victoria: (Dulcemente y muy bajo.) ¡Gracias…!

Cortina: God Save the King.




[En Europa culmina la era industrial mientras Rusia es aún un país feudal y autocrático, que el zar Alejandro II intenta liberalizar. Campesinos sometidos, extremistas exaltados, intelectuales de ideas avanzadas, sobre todos ellos se levanta la profunda obra de Fedor Dostoiewsky (1821-1881), con la que vibra toda Rusia, mientras el compositor Modesto Mussorgsky (1839-1881) vivifica con su música las antiguas epopeyas de la patria.]


1881.
Tres desgarrones en el alma eslava


Cortina musical: Mussorgsky, Jovánchina.

Relator: 1880. Rusia tiembla. En el Palacio de Invierno de San Petersburgo, el Zar Alejandro II siente que la muerte lo acecha. ¿Dónde está el enemigo? La policía política trabaja incansablemente para averiguarlo. Se llama Zhelyabof, se llama Khalturin… Unos pocos —nada más que unos pocos— acechan la vida del Zar, pero son innumerables los que están oprimidos y descontentos, los que no lamentarían que el Zar cayese. Por eso tiembla toda Rusia, hasta sus cimientos.

Cortina musical: Mussorgsky, Jovánchina.

Relator: Y sin embargo, Alejandro II es un hombre bienintencionado que querría la paz y el progreso de Rusia. En cierto modo es liberal, pero las tradiciones y los prejuicios lo ahogan. A poco de comenzar su reinado otorgó la libertad a los siervos y dictó otras medidas que revelaban su amplitud de miras. Pero la libertad produjo algunos excesos y el Zar se sintió otra vez autócrata: la represión comenzó de nuevo. Luego comenzó la guerra con Turquía, y Rusia fue humillada en Berlín por las grandes potencias occidentales, que le arrebataron todas sus conquistas. La insatisfacción fue general, la oposición asomó la cabeza, y el gobierno no supo sino golpear a diestra y siniestra. No se podía hablar ni escribir. Unos pocos decidieron obrar por todos los demás, con el arma en la mano. Se denominaron a sí mismos «La voluntad del pueblo».

Cortina musical: Mussorgsky, Jovánchina.

Relator: «La voluntad del pueblo» estaba representada por unos pocos terroristas. Zhelyabof la dirigía, Sofía Perovsky la estimulaba, Kibalchich, Khalturin, Bogdanovich, Rysakof, servían a sus fines con obstinada audacia. Los conjurados espiaban los pasos del Zar y tras cada fracaso comenzaba la preparación de una nueva celada. «La voluntad del pueblo» era inquebrantable.

Una explosión lejana.

Relator: Afortunadamente para el Zar, la etiqueta sufría en palacio algunas modificaciones circunstanciales. El 17 de febrero de 1880, Alejandro II tardó un poco más que de costumbre en llegar al comedor del palacio de invierno, y no estaba allí cuando estalló la mina que Khalturin había preparado pacientemente dos pisos más abajo. El Zar se salvó y en Rusia redobló el temblor.

Cortina musical: Mussorgsky, Jovánchina.

Relator: Entre tanta inquietud, se inauguraba en Moscú la estatua de Pushkin. El insigne poeta era como la fuente viva de la nueva Rusia. Glinka había extraído de sus páginas la inspiración que lo moviera a renovar la música rusa, y sus sucesores, los cinco de la «poderosa kuchka», retornaban a él cuando querían comulgar con el alma eslava.

Hace ahora 43 años que ha muerto, pero su recuerdo es cada vez más vivo. Es la patria rusa, el genio anónimo de una raza vibrando a través de la voz de un poeta. Y ese genio anónimo de la raza eslava se ofrece abierto a la humanidad para contribuir a su salvación. Eso dice en ese instante un famoso escritor con cuyo discurso se inaugura la estatua del poeta. Dentro de poco saldrá a luz su última novela, titulada Los hermanos Karamazof. Se llama Fedor Dostoiewsky.

Cortina musical: Mussorgsky, Jovánchina.

Relator: El mismo —como Pushkin— expresa acabadamente el alma rusa. Y como ellos, procuran expresarla los cinco maestros de la «poderosa kuchka»-. Balakiref, Mussorgsky, Borodin, Cui y Rimsky Korsakof. Ese mismo año sometía Mussorgsky al juicio público una primera versión de la que sería su última obra, Jovánchina, en la que trabajaba hacía ya algunos años. Pero el músico estaba consumido por la bohemia y el alcohol y su estado de ánimo era cada vez más sombrío. La triste historia de la Princesa Jovánchina resonaba en su corazón atormentado.

Cortina musical: Mussorgsky, Jovánchina (preferiblemente canto femenino).

Relator: La historia de Jovánchina transcurría en la época gloriosa de Pedro el Grande, pero la gloria de los zares se había ensombrecido mucho. Rusia temblaba hasta sus cimientos, y «La voluntad del pueblo» acechaba los pasos del Zar para acabar con él. Alejandro II se siente acorralado, pero procura hacer algo en favor de la pacificación del país. Ahora ha confiado una especie de dictadura al general Loris Melikof para que reprima el terrorismo y busque a la vez qué modificaciones podrían establecerse en el régimen.

Cortina musical: Mussorgsky, Jovánchina.

Zar: Supongo, General, que estos pocos días de actividad os han bastado para haceros una idea de la situación y diseñar vuestro plan…

Melikof: En efecto, señor, si he solicitado audiencia de Vuestra Majestad ha sido, precisamente, para solicitaros que aprobéis definitivamente algunas medidas que deseo proponeros.

Zar: Ya sabéis cómo confío en vuestra prudencia. Ahora, además, nuestras esperanzas están puestas principalmente en vos.

Melikof: Si es así, os ruego que me permitáis, ante todo, introducir algunas modificaciones en el Gabinete y en algunos órganos del gobierno que entorpecen mis planes.

Zar: ¿En qué consisten?

Melikof: Señor, estoy convencido de que es imprescindible sustraer a la policía política esa autonomía de que goza y la hace omnipotente. Ella es la responsable de muchas de las quejas que se formulan contra el gobierno. Si Vuestra Majestad lo aprueba, pasará a depender del Ministerio del Interior, y confío en que Phleve sabrá contener sus excesos sin disminuir su eficacia.

Zar: No me opongo, sobre todo si vos vigiláis a Phleve. ¿Qué más ?

Melikof: Ruego a Vuestra Majestad que escuche con paciencia lo que voy a decir. También considero imprescindible separar del Ministerio de Hacienda a Greg y, sobre todo, eliminar del de Instrucción Pública al Conde Demetrio Tolstoy.

Zar: No me repugna la idea, pero… ¿no creerán los liberales que les concedemos demasiado?

Melikof: Será necesario concederles, si queremos que la nación rodee al trono frente al terrorismo de los nihilistas. ¿No considera Vuestra Majestad que sería oportuno traer al gobierno algunos liberales? Yo he pensado en Abaza para Hacienda y en Saburof para Instrucción Pública.

Zar: Pero Saburof es un exaltado…

Melikof: Dele poder Vuestra Majestad y lo verá moderarse al instante… bajo mi dirección.

Zar: En fin, General, nada puedo negaros. Confío en vos y apruebo vuestras disposiciones. Mañana me traeréis a la firma el ucase.

Melikof: Si Vuestra Majestad consiente en seguir escuchándome unos instantes, me atrevería a solicitar autorización para otras medidas que juzgo igualmente oportunas…

Zar: Naturalmente, sólo que ya me parecía bastante…

Melikof: Sin embargo, estoy persuadido de que es menester poner en libertad a las personas que la policía política tiene detenidas sin proceso, y suprimir gradualmente las trabas puestas a la prensa.

Zar: Lo dicho, General. Todo bajo vuestra responsabilidad. Dais un paso arriesgado ciertamente, pero es necesario hacer algo para pacificar el país. Os digo más, General Melikof. Os queda confiada la misión de estudiar un procedimiento de consulta a la opinión pública, que mantenga, naturalmente, la intangibilidad del trono.

Melikof: Yo os prometo servir vuestro designio con lealtad, y en pocas semanas tendré el honor de elevaros una memoria con los resultados de mis estudios sobre el particular.

Zar: Confío en vos, General Melikof, para restaurar la paz de la patria rusa.

Cortina musical: Mussorgsky, Jovánchina.

Relator: La paz de la patria rusa… Melikof no podría, con aquellas medidas, contener el movimiento terrorista de «La voluntad del pueblo»; pero sí pudo calmar a los liberales, que constituían una considerable masa de opinión. Y cuando el 12 de febrero de 1881 se celebraron los funerales de Fedor Dostoiewsky, el gobierno pudo asociarse al duelo público sin que se produjeran incidentes. Había muerto un hombre en el que toda Rusia veía latir su propia sangre.

Fondo de murmullo. Salmodia lejana, acercándose y perdiéndose.

Escena desde un balcón (voces opacas).

Juan: Nunca he visto la Avenida Nevsky como hoy. Todo San Petersburgo está en la calle…

José: O mucho me equivoco, o más de 20.000 personas acompañarán los restos de Dostoiewsky hasta el cementerio de Alejandro Nevsky. ¡Es imponente!

Juan: Mira cuántas banderas, cuántas cruces… Entremezcladas con las coronas, parecen formar un bosque por sobre las cabezas.

José: Y hay de todo: clérigos, estudiantes, mujiks, mercaderes, lacayos y mendigos.

Juan: Y en la iglesia esperarán al cortejo los príncipes de la casa imperial, ministros y dignatarios de la Iglesia. Toda Rusia llora la muerte de Fedor Dostoiewsky.

Salmodia.

Relator: Aquel día estuvieron unidos en San Petersburgo grandes y pequeños, conformistas y revolucionarios. Había callado una voz potente y profunda, una voz que había sabido decir lo que muchos callaban. Los humillados y los ofendidos habían revelado a través de esa voz su corazón atormentado; y por esa voz habíanse expresado las pobres gentes despavoridas por las violentas fuerzas que las oprimían. Todos eran hombres, y Fedor Dostoiewsky había sabido hablar por todos. Y todos cabían en la vieja Rusia, en la que palpitaba un alma eslava capaz de acoger todos los sueños, y que suspiraba anhelante de amor y paz.

Cortina musical: Mussorgsky, Jovánchina.

Relator: Amor y paz para la vieja Rusia. Treinta y dos días después…

Cortina musical breve: Mussorgsky, Jovánchina. Luego clarines y tambores.

Relator: San Petersburgo, 13 de marzo de 1881. El Zar Alejandro II sale de la Escuela de Equitación de Michael, y se dirige en su carruaje al Palacio a lo largo del Canal de Catalina. Una escolta lo sigue.

Caballos y ruedas de coche (escena dentro del coche).

Zar: Buenos jinetes, ¿no te parece?

Zarina: Excelentes, pero no supuse que lo hubieras advertido, Alejandro. Toda la tarde has estado preocupado y abstraído.

Zar: Es cierto. Hoy me he decidido a firmar el proyecto del General Melikof sobre consulta a la opinión pública. Antes de salir para la Escuela de Equitación lo he suscripto.

Zarina: ¿No es peligroso, Alejandro?

Zar: Me parece que están tomadas todas las precauciones. El anteproyecto será preparado por el gobierno, y será sometido a una comisión de representantes oficiales y representantes de las ciudades y los consejos rurales. Luego redactará el decreto el Consejo de Estado.

Zarina: Me imagino que el documento producirá buena impresión en la opinión…

Zar: Demostrará a Rusia que le concedo todo lo que es posible conceder.

Explosión. Ruidos.

Voces: ¿Qué pasa? ¡El Zar! ¡Aquél…! ¡Aquél…! ¡Sujetad los caballos! ¡Los heridos…! ¡Los heridos…! ¡El Zar!

Zar: ¿Hay heridos? Hay que llevarlos de inmediato. Pobre gente… ¿Quién es aquél?

Oficial: Es el que ha arrojado la bomba, Majestad.

Zar: ¿Es posible? ¡Vive Dios! Si es un hermoso muchacho… ¿Cómo te llamas?

Rysakof: ¡«La voluntad del pueblo»!

Sofía Perovsky: ¡Ahora, Grinovetsky!

Otra explosión. Ruidos.

Voces: A ésa, allí, ése es… ¡El Zar está caído! ¡Señor, señor…!

Zar: Estoy herido… Llevadme a casa… a casa… quiero morir en el palacio…

Cortina musical: Mussorgsky, Jovánchina.

Relator: La muerte de Alejandro II causó espanto en Rusia. Se entreveía que quedaba interrumpida la vía de una transformación intentada por el Zar en la vida rusa. Y en cambio, Alejandro III, espantado por el asesinato de su padre, debía llamar a su lado a los más decididos sostenedores de la autocracia. El duelo fue general en Rusia.

Cortina musical: Mussorgsky, Jovánchina.

Relator: El duelo interrumpió por algún tiempo la vida rusa y, entre otras cosas, interrumpió los conciertos de la Escuela Libre de Música. Sólo alcanzó a darse el primero, y en él se ejecutó La derrota de Senaquerib de Modesto Mussorgsky. El músico asistió al concierto que dirigía su amigo Rimsky Korsakof, y todos se entristecieron al verlo agobiado, envejecido y con el cabello prematuramente encanecido. Sólo tenía 42 años, pero el alcohol había minado su naturaleza y languidecía rápidamente. Sólo los estimulantes lo exaltaban, pero tan sólo para hacerlo caer luego más bajo. Poco después del asesinato del Zar, Mussorgsky cayó enfermo. Un ataque de delirium tremens obligó a internarlo en el Hospital Militar Nicolás, donde pasó los últimos días. Lo rodeaban algunos de los camaradas de la «poderosa kuchka», la kuchka de los cinco que había renovado la música rusa. Borodin y Rimsky Korsakof, sobre todo, permanecieron a su lado, hasta que el 28 de marzo se extinguió aquella existencia atormentada que había expresado todos sus secretos a través de la música. Pocos días después sus restos fueron depositados en el cementerio de Alejandro Nevsky, donde lo había precedido el autor de Crimen y castigo.

Cortina musical: Mussorgsky, Jovánchina.

Relator: 1881. El alma eslava ha sufrido tres desgarrones dolorosos. Un sino oscuro parece aguardar a la vieja Rusia.




[Tanto los poetas simbolistas Paul Verlaine (1844-1896) y Stéphane Mallarmé (1842-1898) como el compositor que se inspiró en la obra poética de ambos, Claude Debussy (1862-1918), intentaron comunicar con la más exquisita sutileza los matices más íntimos de la experiencia. Ajenos a la claridad y la precisión prefirieron sugerir, buscando expresar lo inefable, que en Verlaine llegó al más profundo misticismo.]


1896.
Sueño y muerte de un fauno


Cortina musical: Mussorgski, Una noche en el Monte Calvo.

Relator: (En primer plano.) 1889. París está de fiesta. Sobre la orilla del Sena, el Ingeniero Eiffel ha levantado una maravillosa torre de hierro, símbolo del progreso y la industria. La torre Eiffel…

Cortina musical: Mussorgski, Una noche en el Monte Calvo.

Alicia: ¿Pasamos por debajo, León?

León: No seas imprudente, mujer… ¿No has oído decir que no está muy segura? No puedo explicarme cómo han permitido este adefesio que constituye un verdadero peligro para los turistas…

Relator: Porque París está de fiesta, y tenía que ponerse un vestido nuevo. La Exposición Universal ha tenido resonancia en todas partes del mundo, y acude tanta gente al Palacio del Trocadero que hay horas en que no es posible andar. ¡Qué magníficos pabellones! Quien los vea no tendrá duda ninguna de que hemos avanzado tanto en este siglo como en todo el resto de la historia de la humanidad…

Cortina musical: Mussorgski, Una noche en el Monte Calvo.

Alicia: ¿Sabe usted lo que se dice? ¡Pues que van a construir un tranvía subterráneo…!

León: Ya lo he oído, pero no seré yo quien viaje en él. En cuanto pase un carretón cargado por encima del túnel se vendrá todo al suelo.

Alicia: Lo que ocurre es que es usted un espíritu retardatario. Los ingenieros piensan que podrán hacer pasar el túnel por debajo del Sena.

León: ¡Horror…! Maldigo el tiempo en que me ha tocado vivir.

Cortina musical: Mussorgski, Una noche en el Monte Calvo.

Relator: La Exposición Universal de París es un elocuente testimonio del progreso que ha alcanzado nuestro siglo. Quienes tengan la suerte de contemplarla no olvidarán jamás el espectáculo de tanta maravilla. Vale la pena entrar…

Cortina musical: Mussorgski, Una noche en el Monte Calvo. Fondo de murmullo de gente. Gritos como de anuncios.

Voces: Adelante, señores, pasen a…

A medida que transcurre el diálogo, los interlocutores cruzan distintos pabellones en los que se ejecuta distinta música: javanesa, húngara, española, africana, etc., que crece y decrece en volumen para dar idea de la aproximación y alejamiento de los interlocutores.

Arturo: Llegaremos tarde… ¡Cuánta gente! Mira, Claude, ahí va Gastón. ¡Gastón!

Gastón: ¡Hola! Tenía que venir a la Exposición para encontrarte…

Arturo: Te presento a mi amigo Claude Debussy, un músico que está empeñado en hacerme escuchar al ruso…

Gastón: Encantado. Yo también quiero escucharlo, pero me temo que lleguemos tarde. ¡Hay tanta gente…! ¿Cómo se llama el ruso?

Arturo: ¿Te acuerdas tú, Claude, que estuviste en Rusia?

Claude: Sí, se llama Rimsky Korsakof. Un gran músico…

Arturo: Será curioso oírlo… Pero aquí no se oye más que música rara… ¿Oyes, Claude?

Claude: Sí, en cada pabellón tocan música de su país. Es una atracción más de la Exposición: Fijaos bien, creo que ésta es música de Polinesia o de Australia…

Cortina musical: Música australiana (BBC).

Gastón: Pues a mí me gusta la música francesa…

Arturo: Eres un patriota, Gastón… Oye, ¿no serás partidario del General Boulanger?

Gastón: Pues claro que lo soy… O crees que es preferible que nos ahoguemos en esta república infecta, llena de podredumbre y sin Dios. No sé cuándo, pero si Dios no nos ha dejado de su mano, el General Boulanger nos sacará de males y mandará al infierno toda esta roña…

Arturo: ¿Se espera algo, Gastón?

Gastón: Creo que sí… Pero este maldito Constans parece que quiere ponerse fuerte. Se dice que someterán a Boulanger a un tribunal militar…

Arturo: Pues habrá que apurarse y echar por tierra a Carnot antes que sea tarde…

Claude: Tarde ya ha de ser para el concierto… Pero no, parece que no ha empezado aún… Aquí está el cartel: (Lee.) «Una noche en el Monte Calvo de Modesto Mussorgski. Con esto empezamos…» Es un músico admirable.

Cortina musical: Mussorgski, Una noche en el Monte Calvo.

Relator: Los dos conciertos que dirigió Rimsky Korsakof produjeron enorme impresión en París, y neutralizaron en cierta medida la influencia dominante que empezaba a ejercer Richard Wagner. Debussy tenía por entonces 27 años y se mostró sensible a la música de aquellos maestros un poco excéntricos, y acaso más aún a esa otra, primitiva y extraña, que oyó en los distintos pabellones de la Exposición Universal. Pero su estilo personal se insinuaba ya con bastante firmeza, particularmente en sus composiciones para canto y piano, en las que se valía de textos de los poetas que amaba: Bainville al principio, Bourget luego, Baudelaire, Verlaine…

Cortina musical: Debussy, Après-midi d’un faune.

Claude: ¿Qué hay de Verlaine, Pierre?

Pierre: Pauvre Lélian! Hace pocas semanas fui a visitarlo a su casa de la calle Vaugirard. Era miércoles, el día que suele recibir… Pero una vez más ha debido internarse en el Hospital Broussais. Es un hombre acabado.

Claude: Pero yo acabo de ver un libro aparecido hace poco…

Pierre: Sí, Parallèlement; y ahora sale otro, Dédicaces; pero es cosa escrita en los últimos tiempos. Ahora escribe poco… y su vida es más inexplicable cada vez. Ya no es el de antes…

Claude: Y sin embargo, antes nadie lo conocía, y ahora…

Pierre: Ahora sí se lo conoce bien. Es un poeta excepcional, acaso uno de los grandes poetas de Francia. Debías visitarlo; yo he ido con André Gide. Le gusta que lo acompañen. Alrededor de su cama están siempre Maurice Barrès, Jean Moréas, Anatole France, Stéphane Mallarmé, mucha gente… ¿Sabes? Una americana le ha enviado un ramo de orquídeas… ¿Por qué no le pones música a algún poema suyo?

Claude: He estado pensando… Quizás a alguno de Fêtes Galantes…

Pierre: Sería delicioso. He sabido que Carrière le está haciendo un retrato. Todos se vuelcan hacia él… ¿Quieres oír un poema de él que tengo aquí? Escucha:

LASSITUDE

¡Dulzura! ¡la dulzura de tu boca liviana!
suavízame tus besos, adorable fogosa,
reclíname en tu seno con arrullo de hermana.
Atempera tus ojos en amable sosiego;
vale más tu caricia de pasión veleidosa
que las vividas noches de tus brazos de fuego.
En mi pecho ferviente, en mi pecho sonoro
los amores conciertan una música ufana…
—¡Deja, deja que suenen sus clarines de oro!
Abandona tus sienes, con tu mano en la mía;
jura los juramentos que jurarás mañana,
y en mudo llanto unidos aguardemos el día.

Cortina musical: Debussy, Après-midi d’un faune.

Relator: Cuando alguien preguntaba a Verlaine algo de su poesía, solía contestar que era un poeta místico. Y acentuaba la frase con una palabrota. Extraña mezcla la que manifestaba aquel poeta, de fauno y de santo, de sátiro sacudido por el milagro. Y desde que se había convertido, se mostraba conservador, nacionalista, ultramontano, hasta el punto de hacerse partidario del General Boulanger, que por entonces amenazaba hacer añicos la República… Pero ahora el General Boulanger ha perdido su oportunidad, y dicen que acaba de suicidarse en Bruselas, sobre la tumba de su amada. ¡Era tan romántico!

Cortina: Debussy, Après-midi d’un faune.

Relator: Cuando sale del hospital, Verlaine vuelve a su antigua vida. La sensualidad domina su cuerpo medio destruido. Es el fauno a punto de rendirse. Pero aún le queda tiempo para reunirse con sus amigos en la mesa de algún café, o en el cuchitril donde se hospeda. Muchos acuden a conocer al fauno poeta, al bohemio incorregible…

Cortina: Debussy, Après-midi d’un faune.

Relator: Pero Debussy no suele participar de esas reuniones. Más le agrada concurrir los martes a la casa de la calle de Roma donde Stéphane Mallarmé recibe a sus discípulos y amigos. Es un poeta límpido y severo, cuyos ejercicios poéticos tienden a depurar la poesía y a situarla en un ámbito de resonancias puras y perennes. Allí oyó hablar Debussy de otro fauno que atrajo la atención del músico: el fauno que reposaba durante la siesta y soñaba acerca de la enigmática realidad de sus amores:

Estas ninfas quisiera perpetuarlas. Palpita
su granate ligero, y en el aire dormita
en sopor apretado. ¿ Quizá yo un sueño amaba?
Mi duda, en oprimida noche, remota, acaba
en más de una sutil rama que bien sería
los bosques mismos, al probar que me ofrecía
como triunfo, la falta ideal de las rosas.
Reflexionemos… ¡Si la mujer que glosas
un deseo prefigura de los sentidos mago!
Se escapa la ilusión de aquellos ojos vagos
y fríos, cual llorosa fuente, de la más casta:
mas la otra, en suspiros, dices tú que contrasta
como brisa del día cálida en tu toisón.
¡Que no! Que por la inmóvil y lesa desazón
—el sol con la frescura matinal en reyerta—
no murmura agua que mi planta no revierta
al otero de acordes rociado; sólo el viento
fuera de los dos tubos, pronto a exhalar su aliento,
en árida llovizna derrama su conjuro;
es, en la línea tersa del horizonte puro,
el hábito visible y artificial, el vuelo con
que la inspiración ha conquistado el cielo.

Cortina breve: Debussy, Après-midi d’un faune.

Relator: Así comenzaba el poema sinfónico que inspiró a Debussy el poema de Stéphane Mallarmé La siesta del fauno.

Cortina: Debussy, Après-midi d’un faune.

Relator: En 1892 el poema sinfónico estaba ya compuesto, pero tardó algún tiempo en ser estrenado. El 22 de diciembre de 1894 lo ejecutó por primera vez la orquesta de la Sociedad Nacional de Conciertos, y no fueron muchos los que descubrieron su profunda belleza o las posibilidades que abría a la música de Francia.

Murmullo de entreacto.

Gastón: ¿Le ha gustado el poema de Debussy, Míster Philipp ?

Philipp: Está deliciosamente orquestado… pero busca uno inútilmente un alma, un vigor… Es precioso, sutil e indefinido, como la obra de Mallarmé…

Gastón: ¿Y qué le habrá parecido a Mallarmé? Allí está… Preguntémosle…

Mallarmé: No esperaba una cosa como ésta. Esta música extrae la emoción de mi poema y le da un fondo más cálido que el color…

Gastón: Yo creo en Debussy. Triunfará… Un día triunfará…

Murmullos. Y sobre el «triunfará», un vendedor de periódicos.

Vendedor: Con la condena del Capitán Dreyfus… Libre Palabra… Con la condena del Capitán Dreyfus…

Remolino de gente y murmullos.

Voces varias: Aquí… Periódico… Aquí…

Voz: ¡Abajo los judíos…!

Gastón: Han condenado al Capitán Dreyfus por alta traición… (Lee.) Degradación… Destierro a la Guayana… ¡Miserable…!

Arturo: ¿Pero tú crees que está probado?

Gastón: ¡No dudarás de un tribunal militar…!

El murmullo de fondo se resuelve con el vendedor de periódicos.

Vendedor: Libre Palabra, con la condena del Capitán Dreyfus… Libre Palabra… (La voz se va perdiendo.)

Cortina: Debussy, Après-midi d’un faune.

Relator: Claude Debussy le había puesto música, entretanto, a los poemas de las Fiestas Galantes de Verlaine. El poeta declinaba. Del hospital salía para refugiarse junto a mujerzuelas en albergues innobles, y luego retornaba al hospital acosado por las lacras que castigaban su cuerpo, víctima del desorden y el vicio. Un día, en fin, se alojó definitivamente en el zaquizamí de Eugenia Krantz, una entre tantas de aquellas en quienes el fauno depositaba sus últimos sueños eróticos. La muerte rondaba ya de cerca a aquel cuerpo degradado en el que se alojaba un inmenso poeta.

 Y el 8 de enero de 1896 encontraron, exánime, su cuerpo desnudo —el desnudo y horrible cuerpo del fauno— tendido en el suelo delante de un retrato de su padre al que el poeta solía herir con la punta de su bastón como castigo por el delito de haberlo engendrado.

Cortina: Fin del Après-midi d’un faune.

Relator: La muerte del fauno… Volaba la leyenda del poeta saturniano, mientras se extinguía su vida miserable. Y talló en piedra su gloria y su miseria otro poeta, Rubén Darío, cuando leyó en su tumba el Responso a Verlaine.




[Alemania, Italia y el imperio Austrohúngaro, necesitados de ampliar sus colonias y sus mercados, motorizaron la Gran Guerra (1914-1918) contra los aliados: Inglaterra, Francia y Rusia, que triunfaron gracias a la intervención de Estados Unidos. Clemenceau (1841-1929) fue el alma de la resistencia francesa, y Henri Barbusse (1873-1935), su cronista.]


1915.
El fuego ilumina las trincheras


Cortina musical. Cañoneo lejano.

Barbusse: 1916. Tiros de fusil. Cañoneo. Por encima de nosotros, por todas partes, crepita el bombardeo en rápidas ráfagas o en disparos aislados. El sombrío y flamígero huracán no cesa jamás… jamás. Desde hace más de quince meses, desde hace quinientos días, en este lugar del mundo donde estamos, la fusilería y los bombardeos no se han detenido desde la noche hasta la mañana, desde la mañana hasta la noche… Está uno enterrado en el fondo de un eterno campo de batalla…

Cortina musical.

Relator: La guerra en las trincheras… Los aliados consiguieron detener la ofensiva alemana en septiembre de 1914 en las gloriosas jornadas del Marne y completar su línea de defensa en territorio belga. Desde entonces ha comenzado la guerra de posiciones, y las tropas han comenzado a cavar sin descanso kilómetros y más kilómetros de trincheras y a levantar kilómetros y más kilómetros de alambrada de púas. A pocos centenares de metros, las dos líneas de trincheras se observan y se atacan eventualmente. La pala y el pico son tan importantes como la ametralladora y el fusil.

Una pregunta está en los labios de todos: «¿Qué esperamos?»

Cortina musical.

Relator: En París, el gabinete Briand procura —sin éxito— agilizar la administración para servir a los intereses de la guerra. Clemenceau azuza al gobierno y, de vez en cuando, pone una pica contra los derrotistas, los tibios y los perezosos de la retaguardia. Joffre, entretanto, tienta de vez en cuando una salida de las trincheras, y los ingleses procuran evacuar en orden los efectivos transportados a Galípoli y derrotados. Hasta los alemanes parecen desorientados. Pero comienza a sospecharse una nueva ofensiva germánica. Entretanto, las tropas se vigilan desde las trincheras. En una de ellas, Henri Barbusse se sumerge en el fango y soporta el fuego con sus camaradas. Pero Henri Barbusse observa y reflexiona.

Barbusse: «Está uno enterrado en el fondo de un eterno campo de batalla…»

Cortina musical. Cañonazos lejanos.

Barbusse: Los de la escuadra de Bertrand nos hemos agrupado en un recodo de la trinchera. Aquí es un poco más ancha que en su parte recta, donde es preciso, cuando se cruzan dos soldados, aplastarse contra el muro, frotando con la espalda la tierra y con el vientre al camarada.

Por la noche se nos emplea en los trabajos de terraplenado a vanguardia; pero durante el día no tenemos nada que hacer. Amontonados los unos sobre los otros, no nos queda sino esperar la noche como podamos.

Cortina musical.

Plumet: ¡Las ocho…! ¡Y esa cocina… qué demonios hace que no nos cuida…!

Lamuse: Y yo que tengo hambre desde ayer a mediodía…

Plumet: Bichos ruines… esos rancheros…

Cocón: Estoy seguro de que es el puerco de Pepére el que retrasa a los demás. Como necesita dormir diez horas…

Lamuse: Ya le daría yo, al tal Pepére… Lo despertaría a patadas…

Cocón: Además, es un tragón insigne. No os imagináis el número de kilos que se echa al coleto cada día… Me gustaría calcularlo…

Lamuse: Todo te gusta calcularlo, a ti. ¿Qué calculabas esta tarde, con esos papeles del furriel…?

Cocón: Era un plano-guía. Están dibujadas las trincheras. ¿A que no sabéis cuántas líneas de trincheras hay en este sector? Quince, solamente en la posición de nuestro regimiento. Unas invadidas por la hierba y casi niveladas, y otras en servicio y llenas de tropas. Los ramales que las comunican dan vueltas y hacen lazos como las calles de las ciudades viejas. La red es más completa de lo que creemos los que vivimos en ellas.

Lamuse: ¿Y qué fue de tu cálculo?

Cocón: Mirad, en los 25 kilómetros de ancho que forma el frente de nuestro ejército, se pueden contar mil kilómetros de líneas cavadas: trincheras, ramales, uniones… Y como las fuerzas francesas están compuestas de diez ejércitos… Hay del lado francés diez mil kilómetros de trincheras, y otro tanto del lado alemán. Y el frente francés no es sino la octava parte del frente mundial…

Lamuse: Así se ve lo que representamos nosotros…

Plumet: Un soldado no es nada. Ni muchos… tampoco son nada.

Lamuse: Aquí viene el pienso… ¡A comer!

Cocón: Ya era hora… ¿Qué hay para mascar?

Lamuse: Judías con aceite, carne cocida y café… ¡Pufff!

Plumet: Maldito sea… ¿Otra vez sin vino… ?

Cocón: No, allí está el vino… Vamos, mejor comer…

Cortina musical.

Relator: Así se arrastraba la vida, día tras día, en las trincheras. Sin horizonte, sin estímulos. Joffre era responsabilizado del estancamiento de las acciones, y el gobierno debía responder a los ataques que se lanzaban contra él por la ineficacia de los preparativos y dispositivos de guerra. Un senador a quien llamaban «el Tigre», Georges Clemenceau, tronaba en el Senado.

Cortina musical.

Clemenceau: (En el Senado.)

Aquellos que hacen los preparativos de guerra son los designados para conducirla, y si el curso de las operaciones trae a la luz faltas más o menos serias —como ha ocurrido con nuestra artillería liviana y con la creación de nuestra artillería pesada— es una empresa terrible efectuar un cambio.

Una burocracia que se considera infalible, si por desgracia fiscaliza la censura, considerará como enemigo del bien público a cualquiera que abogue por una reforma inmediata, necesaria para salvar a la nación.

En la organización nacional existe, por definición, una voluntad superior a la burocracia. Ella reside en el gobierno. El gobierno tiene tan sólo que decir: «lo haré», y habiéndolo dicho, proceder.

En teoría, se observa, nada más simple. La dificultad capital reside en que la mayoría de esos gobiernos sólo ven por los ojos de la administración, escuchan sólo por sus oídos, juzgan sólo según sus facultades. ¿No es el principal mérito de una burocracia, en la opinión de mucha gente, el que piense, quiera y actúe sin ocasionar al ministro más incomodidades que la de escribir su firma?

Si los hombres que están nominalmente en el poder y se creen en él, pero cuya primera preocupación es abandonar su autoridad a una irresponsable burocracia, hubiesen tomado las riendas con mano firme, nunca hubiéramos conocido los males de la administración, pues ella, restringida a los límites de sus funciones, sería un sirviente en lugar de un amo.

Cortina musical.

Relator: A principios de 1916, la situación comenzó a cambiar en el frente europeo. Galípoli había sido evacuada y Serbia había sucumbido. Se imponía la acción, y Joffre decidió emprender una ofensiva general aliada. Pero la noticia se filtró a través de los servicios de espionaje, y el Estado Mayor alemán quiso anticiparse y lanzar sus fuerzas a un ataque del mismo estilo. Las operaciones podían ser decisivas. El punto elegido fue Verdun.

Entonces se conmovió la vida en las trincheras.

Cortina musical. Cañoneo próximo.

Cocón: Ahora aprieta. Ésos son shrapnels del 77.

Lamuse: A mí no me asustan.

Cocón: El casco te protege bien de las balas de plomo. Pero esto te ataca por la espalda y te tumba. No hay que hacerse el valiente con ellos. No conviene sacar la mano para ver si llueve mientras llueve el 77.

Plumet: Hay otros además del 77. Los hay de todos los pelajes.

Bombardeo muy fuerte.

Cocón: Mirad éste… son 150.

Plumet: Asno… Éste es 210. ¿Y los nuestros?

Cañoneo muy próximo.

Cocón: Ahí están. La batería está a menos de doscientos metros a nuestra espalda. ¡El 75…!

Plumet: Muchachos… El Cabo dice que hay que estar atentos…

Lamuse: ¿Y no estamos…? ¡Maldito sea…! Oye… ¿No hueles…?

Cocón: Sí… ¡Atención…! (Fuerte.) ¡Gases…! ¡Gases…!

Lamuse: ¡Cochinos…! ¡Eso es desleal…!

Plumet: No seas estúpido… Cuando se ha visto hombres cortados en dos de arriba a abajo y cráneos metidos en el pulmón como por un golpe de maza, se ve que no hay nada leal ni desleal… Es la guerra…

Cocón: Basta de majaderías. Las caretas…

Plumet: ¡Oye…! ¿Gritan…?

Voz: (Lejos, luego acercándose.) ¡Alerta, la 22! ¡Alerta, la 22! ¡A las armas…!

Plumet: ¡Ya decía yo…! ¿Hay una salida, Cabo?

Cabo: ¡Alistarse! Sale todo el sector para asaltar la trinchera enemiga. ¡Hay ofensiva general de los boches! Estar atentos.

Voz: ¡A las armas…! ¡Mochila a la espalda…! ¡Atentos al silbato…!

Cabo: Vamos, ligero… ¡Qué hacéis…! Tú… ¡La bayoneta…! Tomar posición en las escalas… ¡Atentos todos…!

Voz: ¡Dos granadas por hombre…! ¡Atentos! ¡Cada hombre, dos granadas…!

Cabo: Atención, soldados. Tomad las granadas… Dos cada uno. Atentos…

Cañoneo muy próximo.

Cabo: La artillería bate las trincheras. Ya falta poco. ¡Atentos todos…!

Silbato estridente.

Cabo: (En primer plano.) ¡Adelante…!

Pasos sordos. Carrera.

Cabo: Fusil… Fusil y bayoneta… ¡Las granadas para último momento! Por aquí… ¡Dirección: al tronco delante de las alambradas boches…!

Fuego de ametralladoras.

Plumet: ¡Ay…!

Ruido de cuerpo que cae.

Lamuse: ¡Plumet…! ¡Oye…!

Cabo: ¡Adelante…! ¡Adelante, soldado…! No detenerse… Al tronco delante de las alambradas boches…

Lamuse: (Jadeante.) Me ha rozado una bala…

Cabo: Lamuse… ¿Ves al Teniente…?

Lamuse: No, lo he perdido de vista… Allí… en esa nube de polvo… Allí está, Cabo.

Cabo: A la derecha… ¡No perder de vista la dirección!

Cocón: ¡Los boches! ¡Ahí asoman! ¡Van a saltar de la trinchera!

Cabo: ¡Cuerpo a tierra! Avanzar cuerpo a tierra… ¡Fusilería!

Cortina musical. Cañones en primer plano.

Periodista: ¿Vuelve optimista de su visita, señor Clemenceau?

Clemenceau: Sí, confío en la victoria. Estoy seguro. Francia saldrá victoriosa y fortalecida de esta prueba. Pero vuelvo triste…

Periodista: ¿Triste, señor Clemenceau? No comprendo…

Clemenceau: Sí, amigo mío. El espectáculo de la guerra moderna me entristece. El esfuerzo es enorme, ciclópeo, pero en este trágico conjunto, el hombre no es más que un átomo perdido. Ofrecemos el sacrificio de nuestra juventud, pero el amo… es la máquina.

Periodista: ¿Qué opina, señor Clemenceau, de nuestro armamento?

Clemenceau: He visto mucho en esta visita. Y bueno, muy bueno. Llegamos temprano y muy cerca de las líneas de combate. Cruzamos los campos y nos reunimos con la batería de 75, cuyo fuego se había apresurado. Pero donde esperábamos hallar el tumulto y la gritería del combate, encontramos a mudos artilleros accionando como autómatas. En la inmensa planicie, entenebrecida por las alas de la muerte, no se veía, no se comprendía nada. El cañón encogía sus hombros como en un juego y un tenue resplandor blancuzco aparecía un instante. La voz del 75 es algo hermoso, habla con acento alegre, decisivo, como el chasquido de una bandera azotada por el viento. Mas en derredor siéntese la presencia de una implacable energía convergiendo de todas partes, madurando sus oscuros propósitos en secreto, como el destino de un drama clásico, para el fin más oprimente.

Periodista: ¿Y nuestros hombres, señor Clemenceau?

Clemenceau: El francés ha emergido en esta hora como una sola pieza, más fuerte, más resuelto, silencioso, sonriente, brillantes los ojos con un fuego invencible que afirma que la leyenda de Francia no será frustrada.

Cortina musical.

Relator: Tras de cada salida, la trinchera vuelve a su rutinaria quietud, a su falsa paz. Todo es espera y hastío para aquellos hombres que no saben cuándo van a morir, pero que entretanto se tornan inhumanos, animalizados por el hedor de los cadáveres, por la necesidad de matar. En la trinchera, Henri Barbusse observa y medita.

Cortina musical.

Conón: Oye, Barbusse, tú que escribes, ¿escribirás después sobre nosotros, sobre los soldados?

Barbusse: Sí, hijo. Hablaré de ti, de los compañeros, de nuestra existencia…

Conón: Dime, ¿te puedo preguntar una cosa…?

Barbusse: Claro, pregunta…

Conón: Cuando hables de los soldados en tu libro… ¿los harás hablar como ellos o arreglarás lo que dicen? Me refiero a las palabrotas… Porque aunque seamos camaradas, y sin que nadie se moleste por eso, el caso es que no habrás oído hablar a dos soldados un minuto sin que digan cosas que no se pueden decir en los libros… Entonces… ¡qué…! Si no lo dices, el retrato no resultará parecido…

Barbusse: Pondré las palabrotas en su sitio, no te preocupes; las pondré porque así se habla en las trincheras.

Conón: Pero si las pones, los que lean, sin ocuparse de la verdad… ¿no van a decir que eres un puerco… ?

Barbusse: Es probable, pero lo haré sin ocuparme de ellos.

Conón: ¿Quieres mi opinión? Aunque no entienda una palabra de libros. Es valiente eso, porque no es costumbre, y será bueno si te atreves… Pero a última hora no te decidirás… ¡Eres demasiado bien educado! Es uno de los defectos que te he notado desde que te conozco. Ése y el de usar el aguardiente para limpiarte la cabeza en vez de bebértelo, o dárselo a un compañero si no te gusta… Es lástima…

Cortina musical.

Relator: La guerra continuó largo tiempo. Los submarinos echaron a pique a muchos barcos mercantes y los cañones destruyeron muchas ciudades. En Francia, Clemenceau llegó al poder y transmitió a Francia su tenacidad y su inquebrantable fe en la victoria. Foch fue designado luego Comandante en Jefe de las fuerzas aliadas y desencadenó una poderosa contraofensiva que decidiría la guerra en favor de los aliados. La paz.

Volvieron los soldados a sus hogares, y se encendió una llama en recuerdo del soldado desconocido. El hombre de las trincheras, el del esfuerzo anónimo, el que se había quemado en el intenso fuego de la guerra, se inmortalizaba ahora en una llama tenue que ardía bajo el Arco de Triunfo levantado en honor de Napoleón.