Historia de la Antigüedad y de la Edad Media. 1945

ÍNDICE

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PREFACIO DE LA 1a EDICIÓN

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PRIMERA PARTE

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CAPÍTULO I

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La Historia

Las fuentes y las ciencias auxiliares de la Historia. — Períodos de la Historia

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CAPÍTULO II

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Qué es la Prehistoria

El método de la Prehistoria. — Edades y períodos prehistóri-cos.

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CAPÍTULO III

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La edad de la piedra: el período paleolítico

El hombre y la naturaleza. — La vida del hombre paleolítico. — La organización social y las creencias. — Las representaciones pictóricas. — El hombre prehistórico en América.

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CAPÍTULO IV

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La edad de la piedra: el período neolítico

El dominio de la naturaleza. — Nómades y sedentarios. — La vida del hombre neolítico — La organización social y las creencias.

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CAPÍTULO V

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Las edades del bronce y del hierro

Los comienzos de la metalurgia: el cobre. — El bronce y el pro-blema del estaño. — Las civilizaciones del bronce. — La industria del bronce. — La aparición del hierro.

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SEGUNDA PARTE: EL ORIENTE

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CAPÍTULO VI

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La China y la India

La China. El país. — La unidad china. — La sociedad. — La reli-gión y la moral. — Artes y ciencias. — La India. El país. — Los pueblos primitivos y la invasión aria. — La sociedad. — La religión.

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CAPÍTULO VII

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El Egipto

El país. — El conocimiento de la historia egipcia. La escritura. — Los clanes y los nomos. — La unificación del Egipto. — El Antiguo imperio. — El Imperio medio. — Los hicsos. — El Nuevo imperio. — Declinación del Egipto. — La religión egipcia. — El arte egipcio.

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CAPÍTULO VIII

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Los pueblos de la Mesopotamia

El país. — El conocimiento de la historia de la Mesopotamia. La escritura. — Los elamitas, los súmeros y los acadios. — El primer Imperio babilónico. — Hititas y kasitas. — Los asirios. — El segundo Imperio babilónico. —. La religión mesopotámica. — El arte mesopotámico.

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CAPÍTULO IX

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Los pueblos invasores del segundo milenio. Los hititas

Los indoeuropeos. — La dispersión de los pueblos indoeuropeos. — Las invasiones del Oriente cercano. — Hititas, hurritas y mitanios. — Los pueblos del mar.

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CAPÍTULO X

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Los fenicios

El país. — Los fenicios. — Hegemonía de Biblos. — Hegemonía de Sidón. — Hegemonía de Tiro. — La organización fenicia. — Cartago. — La religión fenicia. — La industria y el arte. El comercio. — La escritura.

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CAPÍTULO XI

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Los hebreos

El país. — Los hebreos. — La época patriarcal. — Moisés. — La conquista de Canaán. — Los jueces. — La época monárquica. — El cisma. — El cauti-verio de Babilonia. — La religión hebrea.

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CAPÍTULO XII

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Los medos y los persas

El país. — Los medos y los persas. — La hegemonía meda. — La hegemonía persa. — Darío. — El Imperio persa. — El arte persa. — La religión per-sa.

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TERCERA PARTE: GRECIA

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CAPÍTULO XIII

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La civilización egea y creto-micénica

El mundo egeo. — El conocimiento de la civilización egea. — El esplendor de Creta. — La época creto-micénica. — La civilización egea. — La religión egea. — El arte egeo.

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CAPÍTULO XIV

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Los tiempos heroicos y la época de la colonización

Homero

Las invasiones indoeuropeas. — Los tiempos heroicos. — Los poemas homéricos. — La colonización griega. España. — Consecuencias de la coloni-zación.

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CAPÍTULO XV

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Las transformaciones del siglo VI: Atenas

Atenas y el Ática. — La época aristocrática. — Transformacio-nes económico-sociales. — Las leyes de Dracón. — Solón y las reformas. — Pisístrato y las pisistrátidas. — Nuevas reformas: Clístenes.

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CAPÍTULO XVI

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Las transformaciones del siglo VI: Esparta

Esparta y el Peloponeso. — Conquista doria. — Las guerras de Mesenia. — La Liga del Peloponeso. — El régimen social. Licurgo.

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CAPÍTULO XVII

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Las guerras médicas

Rivalidad entre persas y griegos. — La expansión persa. — La insurrección de Jonia. — La primera guerra médica. — Batalla de Maratón. — La se-gunda guerra médica. — Batalla de Salamina. — Batallas de Platea y Micala. — Con-secuencias de las guerras médicas.

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CAPÍTULO XVIII

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La religión griega

La religión homérica. — Grandes dioses y divinidades secunda-rias. — Los héroes y los semidioses. — Los misterios. — Los cultos y las fies-tas.

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CAPÍTULO XIX

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La cultura griega: la época de Pericles

Atenas en la época de Pericles. — La educación y la oratoria. — La filosofía. — Las ciencias. — La literatura y el teatro. — La historia. — La arquitec-tura. — La escultura. — La pintura y la cerámica.

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CAPÍTULO XX

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El imperialismo ateniense y los conflictos entre las ciudades griegas

Hegemonía de Atenas. — La guerra del Peloponeso. — Hege-monía de Esparta. — Hegemonía de Tebas.

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CAPÍTULO XXI

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La hegemonía de Macedonia. Alejandro

Filipo. — Robustecimiento de Macedonia. — Sumisión de los estados griegos. — Alejandro. — Las campañas de Alejandro.

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CAPÍTULO XXII

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La disgregación del imperio macedónico

La política de Alejandro. — La división del imperio. — El reino de Egipto. — El reino de Siria. — El reino de Macedonia.

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CAPÍTULO XXIII

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La cultura helenística

Las condiciones políticas y económicas. — La filosofía. — La ciencia y la técnica. — La literatura. — Las artes plásticas.

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CUARTA PARTE: ROMA

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CAPÍTULO XXIV

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La Italia antigua. Roma durante la reyecía

El país. — Los primitivos habitantes de Italia. — Los orígenes de Roma. — La época de los reyes y la caída del régimen monárquico. — La organización social de la Roma primitiva.

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CAPÍTULO XXV

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La república. Las instituciones y la religión.

La organización política. El senado. — Las magistraturas: el consulado y la dictadura. — Los comicios. — La lucha entre patricios y plebeyos. — Los tribunos de la plebe. — Los comicios por tribus. — Los ediles plebeyos. — Conquista progresiva de la igualdad civil, política y religiosa. La ley de las XII tablas. — Las nue-vas magistraturas: los tribunos militares con anterioridad consular, los censores y pre-tores. — La religión. Los grandes dioses. — El culto público y el culto privado. — Los sacerdotes.

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CAPÍTULO XXVI

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La conquista romana

La conquista y unificación de Italia por Roma. — Las galos. — Los romanos en la Campania. — Tarento. Guerra contra Pirro. — La organización de la Italia romana. Las colonias. — Roma y Cartago: su rivalidad. — La primera guerra púnica. — Los Barca en España. Aníbal. Sagunto. — La segunda guerra púnica. Aníbal en Italia. — Escipión y la guerra de África. — Las guerras de Macedonia y Siria. — La anexión de Macedonia y Grecia. — La tercera guerra púnica. Destrucción de Cartago. — La dominación romana en España: Numancia. — La hegemonía de Roma en el Me-diterráneo.

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CAPÍTULO XXVII

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Las guerras civiles y la crisis de la república

La época de los hermanos Graco. — Tiberio Graco y la ley agra-ria. — Las leyes de Cayo Graco. — Mario: su acción. El partido revolucionario. — La guerra social. — Sila. — La guerra civil: Mario y Sila. — La dictadura de Sila y la re-forma de la constitución. — El ascenso de Pompeyo y la caída de la oligarquía senato-rial. — La conjuración de Catilina. Cicerón. — El ascenso de César y el primer triunvi-rato. El consulado de César.

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CAPÍTULO XXVIII

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La fundación del Imperio. César y Augusto

Julio César y la conquista de las Galias. — César y Pompeyo. La guerra civil; Farsalia. — La dictadura de César: sus reformas. El asesinato de César. — El cesarismo. El segundo triunvirato. — Antonio y Octavio. — La aurora del régimen imperial: el principado. — El gobierno de Augusto. — Las guerras de la época de Au-gusto. — La administración de Italia y las provincias.

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CAPÍTULO XXIX

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El imperio

Los sucesores de Augusto durante los dos primeros siglos: el régimen del principado. — Los Julio-Claudios: Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón. — Los Flavios: Vespasiano, Tito y Domiciano. — Los Antoninos. — Los Severos. La conce-sión de la ciudadanía. — La anarquía militar y las invasiones. — Diocleciano y la mo-narquía absoluta. — La tetrarquía.

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CAPÍTULO XXX

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El cristianismo y la Iglesia primitiva

La sociedad romana antes del cristianismo. Los cultos asiáticos. — Los orígenes del cristianismo. — El Nuevo Testamento. — La organización primitiva de la Iglesia. — El cristianismo en Roma. — Las persecuciones. — Las catacum-bas.

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CAPÍTULO XXXI

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La cultura romana

Los cronistas primitivos: Ennio y Catón. — Polibio. — La orato-ria. — Los historiadores del fin de la república: César, Salustio y Tito Livio. — La cultu-ra romana bajo el imperio. — La poesía épica. Virgilio y Lucano. — La poesía lírica. Cátulo, Horacio. — La sátira. Horacio, Persio, Juvenal, Petronio. — La historia. Tácito. Suetonio y Plutarco. Plinio el Joven. — La filosofía. Estoicos y epicúreos, Lucrecio, Sé-neca, Marco Aurelio. — La literatura después del siglo II. — El arte romano: sus ca-racteres. — Teatros y circos. — Templos y basílicas. — Acueductos, arcos de triunfo y pórticos. — El retrato escultórico. — El arte de Pompeya. — El arte del bajo Impe-rio.

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CAPÍTULO XXXII

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El Imperio cristiano

Constantino. El edicto de Milán. — La organización del gobierno imperial. — La fundación de Constantinopla. — Juliano el Apóstata. — De Juliano a Teodosio. — La obra de Teodosio. La oficialización del cristianismo. — La división del imperio.

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QUINTA PARTE: EDAD MEDIA

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CAPÍTULO XXXIII

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Las invasiones. España y el reino visigodo

La Edad Media: sus caracteres. — Los pueblos germánicos: sus orígenes y sus primitivos caracteres. — La invasión de los germanos y los hunos. — El establecimiento de los germanos en el territorio del Imperio occidental. — El reino visigodo en España. — La evolución de la cultura greco-latina.

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CAPÍTULO XXXIV

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El Imperio bizantino

El Imperio romano de Oriente durante el siglo V. — El siglo VI: Justiniano. — Las guerras de Justiniano. — El imperio hasta el siglo VIII. — La civiliza-ción bizantina: su carácter. — El derecho antes de Justiniano y la codificación. — La cultura espiritual bizantina: las letras y las artes.

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CAPÍTULO XXXV

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Los árabes

Los árabes y el medio geográfico. — La meca y el santuario de la Kaaba. — Mahoma y la religión musulmana. — La unidad del pueblo árabe. — La guerra santa y la organización del Califato. — La desmembración del califato. — Los musulmanes en España. — El período seldyucida y el otomano. — La civilización mu-sulmana: su carácter. — El Corán.

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CAPÍTULO XXXVI

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Carlomagno y la restauración del Imperio de Occidente

La dinastía carolingia. — Las guerras de Carlomagno. El ejérci-to. — La organización y administración del imperio. — La cultura: el renacimiento carolingio. — Las escuelas. — El desmembramiento del imperio.

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CAPÍTULO XXXVII

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El mundo feudal

Los orígenes del feudalismo. — Las nuevas invasiones. — Los normandos y su establecimiento en Francia. — Los otros pueblos invasores. — La transformación política: el imperio y el reino frente a los feudos. — El régimen feudal. — Los caracteres de la sociedad feudal.

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CAPÍTULO XXXVIII

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El Santo Imperio romano germánico

La Germania después del tratado de Verdún. Los ducados. — La dinastía sajona. Otón el Grande. La restauración del imperio. — La dinastía francona. Enrique IV. — El conflicto entre el papado y el imperio. Gregorio VII. Canosa. — El concordato de Worms. — La dinastía de los Hohenstaufen. Federico Barbarroja. — Federico II y el gran interregno alemán.

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CAPÍTULO XXXIX

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La Europa feudal. Francia, Inglaterra y España

Francia. — El advenimiento de los Capeto. — El origen del con-flicto entre los Capeto y los Plantagenet. — Felipe Augusto. — San Luis. — Felipe el Hermoso. — Los legistas. Las grandes asambleas. — El conflicto entre Felipe y el papa Bonifacio VIII. — Inglaterra. — Los anglo-sajones y los daneses. — La conquista nor-manda. — El gobierno de los Plantagenet. — La Carta Magna y las libertades inglesas. — Enrique III y los estatutos de Oxford. — El origen del parlamento. — La España cris-tiana. — Los orígenes de la reconquista. Los reinos cristianos. La expansión. — El reino de Castilla hasta el siglo XIII. — Alfonso el Sabio. Las Siete Partidas. Las cortes. — El reino de Aragón hasta el siglo XIII. El privilegio general. — El reino de Portugal hasta la batalla de Aljubarrota.

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CAPÍTULO XL

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La Iglesia en la edad media

La vida monacal. San Benito. — El papado. San Gregorio el Grande. — La conversión de los bárbaros al cristianismo. — Origen del poder tempo-ral de los papas. — La organización de la Iglesia. El clero. — Las reformas de Gregorio VII. — La Iglesia y el estado civil; las obras sociales y la vida intelectual.

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CAPÍTULO XLI

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Las cruzadas

Las causas generales de las cruzadas. — La primera cruzada. — Las cruzadas del siglo XII. — Inocencio III. Las cruzadas contra Constantinopla y contra los heréticos. — Las últimas cruzadas. — Las consecuencias económicas y políticas de las cruzadas.

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CAPÍTULO XLII

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La cultura medieval

El arte en la Edad Media. — El estilo románico. — El estilo oji-val o gótico. Las grandes catedrales. — La literatura en la Edad Media. — La literatura en la Baja Edad Media. — La teología y la filosofía en la Edad Media. La escolástica. — La enseñanza y las universidades. — Los conocimientos científicos de la Edad Me-dia.

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CAPÍTULO XLIII

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El surgimiento de las naciones

Francia e Inglaterra. — Causas de la guerra de los Cien Años. — El primer período. — El segundo período. Juana de Arco. — El fin de la guerra y sus consecuencias. — La decadencia del feudalismo. — Francia: el poderío de los reyes. Luis XI. — Inglaterra. La guerra de las Dos Rosas. — España. Los reinos cristianos. — Los Reyes Católicos. La unidad española.

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CAPÍTULO XLIV

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Las ciudades. Los estados italianos. Caída de Constantinopla

Las ciudades libres. — Las hermandades. La liga hanseática. — El trabajo y el comercio en las ciudades. Las corporaciones. — Italia. El esplendor de las ciudades. — Florencia y Venecia. — Dante, Petrarca y Boccaccio. — El Imperio bizantino. La caída de Constantinopla.

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PREFACIO DE LA 1a EDICIÓN

Un nuevo libro destinado a la enseñanza de la historia, género en el que no esca-sean, solo puede justificarse si procura alcanzar cierta novedad y suscitar nuevas in-quietudes acerca de los estudios de que se trata. Esta es la justificación que creemos poder esgrimir en nuestro favor, al ofrecer a la consideración de nuestros colegas este Curso de Historia Universal.

Con todo, dada la abundante experiencia que hay ya acumulada en este campo, la novedad no podría ser mucha. Nuestro propósito ha sido, tan solo, combinar una expo-sición clara y sucinta, de firme y coherente unidad a través de toda su extensión, con algunos recursos que contribuyan a familiarizar al alumno con los testimonios directos de la época y la cultura que estudia. Esto es todo, y, con ser poco, podría significar cierto progreso en la didáctica de la historia, demasiado viciada todavía por un verba-lismo que fatiga más que instruye.

Se ha procurado que la exposición, dentro de su sencillez, sea precisa y moderna; para ello hemos seguido la bibliografía que consideramos más segura y fidedigna; de ese grupo de obras nos permitimos destacar la Historia Univer-sal dirigida por el profesor Walter Goetz (edición Espasa-Calpe), los diversos vo-lúmenes de la colección La evolución de la Humanidad, diri-gida por Henri Berr, las obras generales de Valentin y Breasted, todas ellas útiles para el profesor que quiera profundizar el conocimiento de algunos períodos de los que abarca este libro.

En cuanto a las láminas y a los textos, transcriptos en letra bastardilla, ha predo-minado en su selección el criterio didáctico. Sin perjuicio de modificar algún pasaje para hacerlo más inteligible, en general se ha respetado la estructura de los textos, uniéndose, en algunos casos, dos trozos de la misma obra para completar una idea. Con todo ello se persigue que el alumno obtenga ciertas nociones directamente de sus fuentes originales, que se familiarice con los autores más importantes de la época estudiada y, finalmente, que ensaye, en pequeña escala, el camino de la investigación histórica. Todo esto, naturalmente, solo puede hacerse si el profesor procura obtener de los textos todo el provecho posible, haciendo reflexionar sobre ellos a los alumnos mediante preguntas o cuestionarios ordenados, indicando la búsqueda de datos sobre los autores, y preparando pequeños temas de observación que pueden realizarse sobre el análisis conjunto de los fragmentos transcriptos y las láminas. Estas últimas están seleccionadas con el mayor cuidado, para que revelen o documenten algún rasgo esencial de la época estudiada, contribuyendo la leyenda a aclarar esas ideas.

Por estos medios, que el libro ofrece al profesor, puede transformarse el texto de estudio, de mero cuaderno de apuntes en un instrumento de trabajo susceptible de ser usado en clase, para que el alumno observe, comprenda y fije sus ideas, combinando lo que dice la exposición con las impresiones directas que obtiene de las fuentes ofre-cidas: textos y láminas.

Si el profesor comprueba —como esperamos— que de ese modo la historia in-terese más al joven educando, porque descubre su encanto y su sentido, podrá perfec-cionar el sistema eligiendo él —con todo escrúpulo— nuevos fragmentos en las obras citadas o en varias otras que crea conveniente, y nuevas láminas ilustrativas. De ese modo, el estudio de algunos períodos —uno o dos en el año— podría hacerse con cierta intensidad, para dejar grabado el criterio metódico.

El autor cree que, de ese modo, la enseñanza es más viva y creadora y el aprendi-zaje más interesante y fructífero. Si ello es cierto, bien vale la pena abandonar la fría memorización para seguir un camino de horizontes más promisorios para el joven, por sus posibilidades de observación y juicio. La historia es quizá la única enseñanza que no puede ni debe aburrir jamás, porque, por debajo de toda vocación, hay un fondo hu-mano común a todos, al que alude esta gran aventura del hombre sobre la tierra. Y no podrá fatigar su estudio si sabemos descubrir su palpitación viva y señalar su estrecha conexión con nuestra propia existencia, que solo es un eslabón en la cadena de los tiempos.

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PRIMERA PARTE

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CAPÍTULO I

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La Historia

La palabra historia designa, por una parte, el desarrollo de la humanidad a través de los siglos, y por otra, la disciplina que lo estudia. En esta úl-tima acepción suele ser remplazada por la palabra historiografía, y a veces por la expresión ciencia histórica.

Las fuentes y las ciencias auxiliares de la Historia

La ciencia histórica se vale, para llegar a conocer el desarrollo de la humanidad a través de los siglos, de los testimonios que han dejado los pueblos, y que han llegado hasta nosotros. A esos testimonios se los llama fuentes, y las hay de diverso tipo. Fuentes literarias son las que nos han lle-gado fijadas por escrito y redactadas intencionalmente para conocimiento de la poste-ridad: poemas épicos, relatos, crónicas y obras históricas propiamente dichas; las fuentes no literarias pueden ser también escritas, como los do-cumentos públicos y privados, pero pueden consistir también en monumentos, utensi-lios u obras de arte.

La ciencia histórica se vale de algunas ciencias auxiliares. Las principales son las que se relacionan con el estudio de las fuentes históricas. La crítica histórica consiste en un conjunto de métodos para establecer la autenticidad y la veracidad de las fuentes históricas. Contribuyen también a tal fin algunas disciplinas especiales: la filología y la lingüística, que se ocupan de la evolución del lenguaje; la numismática, que estudia las monedas; la paleografía, que estudia las formas antiguas de la escritura; la arqueología, que estudia los restos materiales dejados por el hom-bre. También contribuyen al conocimiento histórico la geografía, la etnografía, la so-ciología, etc.

Períodos de la historia

Para su estudio, el desarrollo histórico de la humanidad suele ser dividido en pe-ríodos.

Ante todo se distinguen los tiempos prehistóricos de los tiempos históricos, pero no tanto por el nivel de su civilización como por el grado de conocimiento que de ellos nos es posible alcanzar. La diferencia depende, en efecto, de las fuentes históricas que nos han dejado. Son tiempos históricos aquellos que conocieron la escritura y en cuyo transcurso pudieron legarnos los pueblos que vivieron entonces testimonios suficientes acerca de su manera de vivir, sobre sus instituciones y creencias, sobre su historia po-lítica. En cambio, se llama tiempos prehistóricos a aquellos de los que no tenemos tes-timonios escritos y que no conocemos sino a través de las observaciones que podemos hacer de los restos que nos han dejado: armas, objetos domésticos, estatuillas, pintu-ras, construcciones; y suelen llamarse tiempos protohistóricos los que nos han dejado relatos transmitidos oralmente durante siglos y fijados por escrito mucho tiempo des-pués.

No es forzoso, pues, que los tiempos prehistóricos sean más antiguos que los tiem-pos históricos: hay, por el contrario, pueblos americanos que debemos considerar prehistóricos o protohistóricos —los mayas, por ejemplo— y que han vivido más tarde que algunos pueblos asiáticos que nos son perfectamente conocidos por medio de su escritura y que, por eso, pertenecen a una época ya histórica.

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CAPÍTULO II

Qué es la Prehistoria

El descubrimiento de utensilios, objetos de arte y monumentos construidos por hombres que vivieron en épocas anteriores a las de los más antiguos pueblos conoci-dos ha dado lugar a la aparición de una ciencia cuyo objeto es estudiarlos y conocer a través de ellos los caracteres de aquellos hombres primitivos. Esa ciencia es la Prehis-toria, cuyos estudios comenzaron aproximadamente hace un siglo y medio: comparada con otras es, pues, una ciencia muy reciente, a pesar de lo cual sus hallazgos son ya notables.

El método de la Prehistoria

Para llegar al conocimiento de los pueblos prehistóricos, la ciencia que se ocupa de ellos pone en práctica algunos métodos propios. Debe comenzar por obtener el mayor número posible de restos, y para ello es menester realizar excavaciones en los lugares donde se sabe o se supone que han vivido antiguamente esos pueblos. Esta operación exige muchos conocimientos y un gran cuidado, porque según la colocación relativa de los objetos en el suelo podrá establecerse su mayor o menor antigüedad. En el lugar donde estaba situada la antigua Troya, por ejemplo, se han encontrado varias ciudades superpuestas que corresponden a distintas épocas que el arqueólogo no debe confun-dir.

Una vez exhumados los restos es necesario estudiarlos atentamente para inferir de ellos el mayor número posible de datos ciertos. Observando el tipo de armas, de útiles de trabajo y de objetos domésticos se puede llegar a tener una idea bastante exacta de cuál era la manera de vivir del pueblo que los ha construido. Estudiando sus estatui-llas y sus pinturas, se puede llegar a conocer ciertos aspectos de su pensamiento, de sus costumbres y de sus creencias. Y estudiando los más antiguos relatos que algunos de esos pueblos han dejado y han sido fijados más tarde mediante la escritura, se puede llegar a saber algo de su historia, encubierta por leyendas reveladoras, algunas veces, de viejos recuerdos imperecederos.

Gracias a los métodos que la Prehistoria ha puesto en uso, nuestro conocimiento del pasado de la humanidad se ha acrecentado enormemente en los últimos tiempos y podemos seguir las etapas de su desarrollo desde las formas más primitivas hasta las formas más altas de civilización.

Edades y períodos prehistóricos.

Si bien los estudios prehistóricos han avanzado mucho en los últimos tiempos, es menester tener en cuenta que es mucho todavía lo que se ignora y que nuestro cono-cimiento de las épocas que no han conocido escritura es muy imperfecto. Para clasifi-car las distintas edades del desarrollo de los puebles prehistóricos se ha recurrido a una sola de sus características: su desarrollo técnico. La experiencia ha enseñado que el hombre usó, sucesivamente, los mismos materiales como materia prima funda-mental para sus necesidades, y por eso es posible, en consecuencia, clasificar las épo-cas según el material que predomine. Se contentó al principio con la piedra que ha-llaba en su contorno, pero procuró luego utilizar los metales, que le exigían una con-siderable labor previa para su uso, y por esa razón se dividen los tiempos prehistóricos en Edad de la Piedra y Edad de los Metales.

Pero durante la Edad de la Piedra se trabajó este material sucesivamente de dos maneras diferentes, muy rudimentaria la primera y más delicada la segunda. La pri-mera manera fue el tallado o corte por percusión, procedimiento que no daba sino unas cuantas formas muy elementales, y corresponde al período de la piedra tallada o Paleolítico, esto es, período antiguo de la piedra. La segunda manera fue el pulido por frotamiento, método que permitía diversificar las formas según los diversos usos, y corresponde al período de la piedra pulida o Neolítico, esto es, período nuevo de la piedra.

Durante la Edad de los Metales, el hombre usó primitivamente los que hallaba a su alrededor y podía extraer y fundir con más facilidad, esto es, los más blandos. Luego empezó a preferir los más duros, aunque tuviera que traerlos de comarcas lejanas o necesitara hacer difíciles experimentos para lograr aleaciones que satisficieran sus necesidades. Por esa razón se conoce una Edad Eneolítica o del Cobre, una Edad del Bronce y una Edad del Hierro.

La aparición de cada uno de estos materiales no significó la exclusión del que hasta entonces predominaba; así, por ejemplo, ni el uso del cobre ni el uso del bronce desa-lojaron definitivamente a la piedra, como hoy la aparición del cemento no impide que se siga utilizando el hierro. Si se toma un material como signo de una época, es porque su uso predominó para ciertas finalidades y porque de ese predominio pueden dedu-cirse algunos otros rasgos que contribuyen a caracterizar a un pueblo. Por ejemplo, es seguro que los pueblos provistos con armas de bronce tuvieron que desarrollar cierto tipo de comercio para adquirir el estaño y cierto tipo de industria metalúrgica para fabricar los objetos; pero es también casi seguro que pudieron vencer en la guerra a los pueblos que solo usaban todavía las viejas armas de piedra. Algo semejante ocurrió cuando aparecieron otros armados de hierro, con respecto a los que todavía usaban predominantemente el bronce.

Por otra parte, es necesario tener presente que, junto con los nombrados, los pue-blos prehistóricos utilizaron otros materiales de menor significación, como la madera, el hueso, el marfil, las fibras vegetales, el barro cocido o sin cocer, etc. La piedra y los metales son solamente, pues, para la Prehistoria, los materiales típicos que caracteri-zan una época por su importancia para las actividades fundamentales de la vida so-cial.

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CAPÍTULO III

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La edad de la piedra: el período paleolítico

Las más antiguas civilizaciones han sido estudiadas sobre todo en la cuenca del Mediterráneo, pero sobre la base de numerosas observaciones realizadas en otros pueblos de Asia, África, América y Oceanía, cuyo nivel de civilización puede conside-rarse más o menos próximo al que aquellas tuvieron. De ese modo, por analogía, ha sido posible llegar a establecer la significación de muchos datos proporcionados por la Arqueología que, sin esa referencia, hubieran sido de poco valor. Poco a poco, los ha-llazgos se han multiplicado en diversos lugares, y se ha podido hacer algunas genera-lizaciones que parecen bien fundadas con respecto a la vida del hombre paleolíti-co.

El hombre y la naturaleza

El primer rasgo que hay que tener en cuenta para comprender la vida del hombre paleolítico es su situación con respecto a la naturaleza que lo circundaba. Rodeado de animales feroces, más débil que muchos de ellos y más sensible a las inclemencias del tiempo, el hombre de entonces debió luchar constante y enérgicamente contra un mundo hostil para sobrevivir. Solo el uso de la inteligencia le permitió triunfar al fin, sobreponiéndose a los rivales que le disputaban la guarida y los alimentos. El uso de ardides para la defensa le permitió evitar, seguramente, los numerosos peligros que lo amenazaban, y cuando las condiciones eran excesivamente desfavorables no tuvo otro remedio que emigrar de las regiones que habitaba en busca de otras donde la vida fuera menos dura, ya a causa de los animales que las poblaban, ya fuera por el clima predominante. Solo por esta capacidad para adaptarse a la naturaleza y para sacar de ella el mayor número posible de ventajas para su vida pudo el hombre paleolítico sub-sistir y echar las bases de una civilización.

La vida del hombre paleolítico

Para protegerse del clima y de los animales feroces, el hombre paleolítico buscó las cuevas que la naturaleza le ofrecía. Trampas y fosos le permitieron reposar en se-guridad, evitando la agresión de las fieras, y acaso también le proporcionaron carne para alimentarse. Seguramente conocía el fuego, que conservaba celosamente porque no había aprendido a encenderlo, aprovechando ramas encendidas por el rayo o por la combustión espontánea de los bosques. Y el fuego que contribuía a su seguridad ahu-yentando a los animales feroces empezó a servir también para cocer los alimen-tos.

Provenían estos generalmente de las actividades predominantes del hombre pa-leolítico: la caza y la pesca. Para la primera, se valía de las trampas cuidadosamente preparadas y de las armas arrojadizas con que contaba: la flecha y el arpón; para la segunda, tenía seguramente redes y anzuelos, y utilizaba también los arpones aguza-dos para ciertos peces. Frutos y raíces que se le brindaban en el lugar completaban su alimentación. De los animales sacrificados sacaba también las pieles que le eran im-prescindibles para protegerse del frío, sujetándolas con fibras vegetales o con pren-dedores de hueso.

Si en un principio no contó con otra cosa que con sus manos, poco a poco pudo el hombre paleolítico aumentar su poder con algunos toscos instrumentos. Un golpe há-bilmente dado en un bloque de sílex le proporcionó un trozo en forma de almendra que constituyó el hacha primitiva, y poco a poco halló la manera de sacar provecho de piedras de diversas formas originadas en la curiosa fractura del sílex: cuchillos, ras-padores, puntas de lanza vinieron a acrecentar su arsenal y pudo trabajar con más eficacia, gracias a ellos, la madera, el cuero, el hueso y otros materiales que encon-traba a su alrededor, con los que se fabricó arpones, canoas o vestimentas. Pero su invento más prodigioso fue el arco, construido con fibras vegetales que le permitían arrojar a distancia sus flechas de ramas y puntas de piedra. Así consiguió una formida-ble ventaja sobre los animales que lo rodeaban y pudo empezar a considerarse supe-rior a ellos.

La organización social y las creencias

En buena parte, la superioridad del hombre paleolítico residía en su capacidad para la acción en común con sus semejantes. Vivía agrupado en hordas, cuyos miem-bros estaban estrechamente unidos por un vínculo religioso muy sólido, pues todos se consideraban descendientes de un remoto antepasado común.

Ese antepasado común residía en algún lugar misterioso de la región, protegido por el temor religioso de todos. Pero no era el único lugar donde el hombre paleolítico creía ver seres misteriosos. Un árbol, un animal, una piedra de forma sugestiva solían esconder, a sus ojos, una divinidad misteriosa que lo obligaba a cumplir ciertos ritos. El encargado de ello solía ser el hechicero o mago, en cuyas manos residía, naturalmen-te, un considerable poder gracias a su fuerza misteriosa y, a veces, a su sabiduría para curar las enfermedades, o como seguramente pensaba el hombre paleolítico, para alejar a los malos espíritus que se habían alojado en el cuerpo del enfermo. Como guardián de las tradiciones religiosas, el hechicero enseñaría a los miembros de la horda cuáles eran los tabúes o prohibiciones de carácter religioso que debían respetar; por ejemplo, no matar a ciertos animales o no pasar por determinados lugares o no realizar ciertos actos en ciertas fechas.

Las representaciones pictóricas

Estas profundas creencias del hombre paleolítico se manifestaban de muchos otros modos. Así, estaba convencido de la estrecha relación existente entre las cosas reales y sus representaciones, de modo que lo que se hiciera con estas últimas quedaba he-cho en la realidad. Esta creencia lo llevó a representar, en las paredes de las grutas que habitaba, los animales que quería atraer o aquellos cuyos ataques temía: renos o bisontes, por ejemplo. Del mismo modo representó escenas de la vida de la comuni-dad para celebraciones mágicas o religiosas: combates y danzas especialmente.

La importancia de estas pinturas paleolíticas proviene de la extraordinaria delica-deza y perfección del dibujo que ponen de manifiesto. Dedicado a la caza, el hombre paleolítico contaba con un ojo acostumbrado a la observación minuciosa y retenía luego los más imperceptibles detalles del movimiento para fijarlos con un trazo seguro y expresivo. Esos caracteres tienen los bisontes de las cuevas de Altamira, en España, los renos que se ven en las de la costa del Mediterráneo y las escenas que nos conser-van las paredes de otras diversas zonas.

Cosa curiosa, los tiempos que siguieron no trajeron un perfeccionamiento de las representaciones pictóricas; por el contrario, dejaron de ser frecuentes y se perdió más tarde la libertad de rasgos que antes las había caracterizado.

El hombre prehistórico en América.

Es difícil establecer el origen de las poblaciones que desarrollaron los distintos fo-cos de las culturas prehistóricas. Uno de los problemas más complejos es el del po-blamiento del continente americano.

Se ha supuesto que las poblaciones americanas son autóctonas; sostuvieron esta tesis algunos antropólogos norteamericanos y, en la Argentina, Florentino Ameghino, cuyos estudios en la Patagonia lo llevaron al convencimiento de que esa región había sido el foco primigenio de la humanidad, desde el cual se difundió hacia otros conti-nentes.

Pero con más frecuencia se ha sostenido que el hombre americano ha llegado a este continente desde otros lugares. Han afirmado algunos que pudo provenir de algún continente desaparecido en el seno de uno de los dos grandes océanos que bañan la costa de América. Pero las hipótesis que hoy se consideran con más fundamento son las que explican el poblamiento de América desde el oeste. Herdlicka sostuvo que de-be haberse realizado a través del estrecho de Behring, por el que habrían llegado po-blaciones de origen asiático, y Paul Rivet afirmó que el camino más verosímil del po-blamiento de América es el océano Pacífico, a través del cual habrían llegado pobla-ciones originarias de la Polinesia.

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CAPITULO IV

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La edad de la piedra: el período neolítico

Tuvieron que pasar muchos siglos antes de que el hombre paleolítico acumulara las experiencias suficientes como para intentar, paso a paso, algunas modificaciones en su manera de vivir. Solo la repetición de un mismo fenómeno innumerables veces podía proporcionarle, a la larga, la idea de su regularidad, y solo incontables experiencias podían conducirlo al aprovechamiento de esa regularidad en su propio beneficio. Ciertas leyes de la naturaleza fueron el secreto de algunos privilegiados, que se lo transmitían de generación en generación como un precioso legado, porque constituía la base de su poder.

El dominio de la naturaleza

El hombre paleolítico solo había aprendido a aprovecharse de la naturaleza y a evitar sus mayores peligros, pero no había podido ponerla a su servicio. Con el tiempo, durante el período neolítico, aprendió a producir a voluntad lo que antes debía encon-trar al azar, y ese descubrimiento se realizó, seguramente, en algunas regiones privi-legiadas por la feracidad de su suelo, especialmente en los valles de los grandes ríos —el Éufrates, el Tigris, el Nilo, el Yang-Tse-Kiang, el Indo—, en los que la bajante de las aguas dejaba al descubierto una llanura cubierta por una rica capa de tierra fertilí-sima.

Allí descubrió alguien el ciclo vegetal, esto es, el proceso de la siembra y la fructi-ficación de los cereales especialmente en el curso de un año. Desde ese momento, el problema de la alimentación dejó de ser angustioso y no fue imprescindible perseguir en sus migraciones a los animales para cazarlos, porque bastaba con sembrar a tiem-po y esperar la cosecha para hacer un buen acopio de granos que bastaba para toda la comunidad durante un largo tiempo. Al mismo tiempo comenzó a procurarse la fija-ción de los ganados dentro de ciertos límites —un valle o un vasto cercado— y su re-producción y domesticación, para poder disponer de carne a voluntad sin tener que abandonar las tierras fértiles. Porque, efectivamente, estos descubrimientos habían modificado los hábitos de algunos grupos de hombres.

Nómades y sedentarios

El hombre paleolítico acostumbraba cambiar cada cierto tiempo de lugar de resi-dencia, debido a la necesidad de no perder contacto con los ganados de que se ali-mentaba; eran, por eso, pueblos nómades. Pero cuando en el período neolítico apren-dió el hombre a cultivar los granos se vio obligado a permanecer largo tiempo en un mismo lugar, y se resistió luego a abandonar una tierra que era tan generosa con él; se hizo, pues, sedentario, fijándose en una región y acumulando en ella los frutos de su trabajo y de sus sucesivos inventos y descubrimientos.

Los pueblos sedentarios, al mismo tiempo que alcanzaban un más alto grado de civilización y acumulaban más riquezas, iban perdiendo los hábitos guerreros; por eso sus aldeas constituyeron una tentación para las poblaciones nómades de las cercanías, seguras de poder obtener de un solo golpe todo lo que sus vecinos habían logrado tras un largo y continuado esfuerzo. De las vastas llanuras salieron cada cierto tiempo las hordas que asolaron las nacientes aldeas de los pueblos sedentarios, tanto en los valles del Yang-Tse-Kiang como en los del Éufrates, el Tigris o el Nilo. Pero fue frecuente que, a la larga, las hordas nómades empezaran a apreciar las ventajas de la sedentariza-ción y permanecieran en las regiones conquistadas asimilándose los hábitos de aque-llos a quienes habían vencido.

La vida del hombre neolítico

Dedicado a una tarea que llevaba largo tiempo, el hombre neolítico debió preocu-parse del problema de la vivienda. En los valles fértiles no había grutas que aprove-char y tuvo que encontrar la manera de protegerse creando con sus manos la tienda hecha con ramas y cueros, y luego la choza de paredes de barro y techo de aquellos mismos materiales. El conjunto de chozas de los miembros de una misma comunidad dio lugar a la aldea, cuyos miembros trabajaban en común y contribuían solidaria-mente a la defensa contra los agresores. Cuando el peligro era muy grande y perma-nente y las circunstancias lo permitían, se procuró encontrar defensas naturales, entre las cuales el agua pareció la más eficaz. Así, se construyeron las chozas sobre pilotes enclavados en los lagos, viviendas que reciben el nombre de palafito.

Para realizar estas obras, contaba el hombre neolítico con un instrumental muy variado que demuestra cómo se desarrollaba su ingenio técnico. El hacha primitiva se había transformado con el pulido y se había aumentado su eficacia agregándole un mango. Los raspadores, cuchillos y punzones eran ahora más afilados o penetrantes y sus formas eran más variadas porque debían servir a muy distintos usos. Pero, sobre todo, aparecieron nuevos útiles para realizar nuevas labores; en primer lugar, las ho-ces y los arados que exigía la agricultura; luego, las sierras y las ruedas, para todo lo cual pudieron utilizarse piedras más duras que el sílex, como la diorita y la obsidiana, porque se sabía darles forma mediante el pulido.

Además, la vida sedentaria obligaba a ampliar el número de los enseres domésti-cos. Para guardar granos y líquidos se necesitaron recipientes, y el hombre neolítico aprendió a hacerlos con barro, preferentemente arcilloso, dándoles forma y decorán-dolos con sumo cuidado. También aprendió a entretejer las fibras vegetales, y así apareció la cestería y, poco a poco, el tejido con el que reemplazó las pieles con que antes se vestía. Así fue utilizando en su provecho el hombre neolítico los materiales que la naturaleza le proporcionaba, transformándolos según los fines que perseguía y aguzando su inteligencia para economizar esfuerzos y obtener mejores resultados.

La organización social y las creencias

A medida que se realizaban nuevas conquistas, la organización social se transfor-maba. El régimen de la antigua horda no convenía a las nuevas aldeas, porque el tra-bajo agrícola y la cría de ganados exigían una organización rígida que aprovechara el esfuerzo solidario de todos los miembros de la comunidad. Esa organización no podía ser dirigida sino por quienes conocían los inapreciables secretos que eran imprescindi-bles para el éxito: la sucesión de las estaciones, la regularidad del ciclo vegetal, la marcha del tiempo, esto es, los hechiceros de la comunidad, verdaderos sabios que señalaban las fechas propicias para las distintas operaciones y guardaban celosamente su secreto. Andando el tiempo, el hechicero llegó a detentar la autoridad en la aldea, porque solo él aseguraba la benevolencia de las fuerzas misteriosas en las que todos creían: así surgieron los reyes-sacerdotes.

Esas fuerzas misteriosas eran, aproximadamente, las mismas en que habían creído antes, pero ahora las veían localizadas en los lugares donde la comunidad se había fijado, en el río cuyas aguas regaban sus tierras, en los pájaros que habitaban su cielo, en los animales que poblaban la tierra. A todos ellos se les rendía algún culto y se los protegía con prohibiciones rituales. Pero no eran esas las únicas fuerzas misteriosas en que creía el hombre neolítico. Por esta época empezó a creer en la existencia del al-ma y a suponer que, después de muerto, alcanzaba otra existencia misteriosa. Por eso comenzó a construir tumbas y monumentos funerarios, entre los cuales los más ma-jestuosos son los menhires o piedras erectas que levantaba formando hileras o círcu-los, y los dólmenes o inmensas mesas de piedra donde seguramente se realizaban también cultos.

Así, el hombre neolítico echó las bases de una civilización avanzada, sobre la cual arraigarían luego las sucesivas conquistas técnicas de las edades subsiguientes.

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CAPÍTULO V

Las edades del bronce y del hierro

A medida que aparecían nuevas necesidades, el hombre trató de satisfacerlas creando nuevos instrumentos; pero no siempre resultaban satisfactorios los materiales que se hallaban a mano: la piedra, el hueso o la madera. Un azar, seguramente, puso en sus manos una nueva clase de materia prima destinada a revolucionar las condi-ciones de vida: los metales.

Los comienzos de la metalurgia: el cobre

En un principio, el hombre empezó a utilizar seguramente algunos fragmentos de cobre en estado puro que pudo hallar a su alrededor. Si bien este material era más blando que la piedra, a la que no podía reemplazar para ciertos fines, en cambio podía dársele forma y construir con él objetos para diversos usos.

Así se aprendieron a conocer los principios de la metalurgia, que muy pronto se aplicarían en mayor escala para obtener el cobre de minerales en los que se hallaba mezclado con otros metales. El bajo punto de fusión del cobre permitía que este metal se separara rápidamente de los otros; y como al caer fundido adoptaba la forma del recipiente que lo recibía, muy pronto se aprendió a preparar los moldes para obtener las formas previamente diseñadas.

El uso del cobre caracteriza algunas etapas avanzadas de las civilizaciones neolíti-cas que, por esa circunstancia, son llamadas eneolíticas; pero no llegó a modificar fundamentalmente su nivel porque la piedra seguía siendo el material insustituible para ciertos útiles que tenían que poseer una dureza de que carece el cobre. Pero co-mo el cobre poseía, en cambio, la ventaja de que podía dársele exactamente la forma deseada, se comenzó a buscar la manera de endurecerlo para compensar sus inconve-nientes.

El bronce y el problema del estaño

Se sabe que hubo un largo período durante el cual se hicieron múltiples experien-cias en busca de una aleación que alcanzara la dureza deseada. Finalmente se descu-brieron las ventajas que ofrecía la aleación del cobre con el estaño, pero se tardó mucho en lograr éxito definitivo pues aparecieron dos dificultades que no fue fácil vencer. Una fue determinar la proporción en que ambos metales debían combinarse y la otra, la escasez del estaño en muchas de las regiones donde la metalurgia había comenzado a desarrollarse.

La primera fue vencida después de sucesivas pruebas, hasta que se halló la fórmu-la exacta, esto es, nueve partes de cobre y una de estaño. La segunda, en cambio, fue más difícil de resolver definitivamente, pero los intentos que se hicieron para hallar una solución tuvieron, en cambio, extraordinarias consecuencias en la cuenca del mar Mediterráneo. En efecto, para buscar el estaño, del que había una gran demanda, empezaron a organizarse expediciones marítimas que, partiendo de las islas del mar Egeo, llegaron hasta el golfo de Venecia y las costas de España. El estaño proporcionó así la oportunidad para una expansión del comercio marítimo y se transformó en una sustancia tan preciada como lo es en nuestros días el carbón o el petróleo; de modo que algunas ciudades que llegaron a monopolizar su transporte se transformaron en importantes potencias económicas. A esa circunstancia, y al progreso técnico que se alcanzó con el bronce, se debe la aparición en esta época de las primeras grandes civi-lizaciones.

Las civilizaciones del bronce

Sin embargo, el estudio de algunas de esas civilizaciones no corresponde a la Prehistoria, porque la aparición del bronce coincide en ciertas regiones con la apari-ción de la escritura. Así ocurrió en la región situada entre los ríos Éufrates y Tigris, conocida con el nombre de Mesopotamia, y en el Egipto. Allí la época del bronce es, pues, una época histórica. Cosa semejante ocurrió en la isla de Creta y en las regiones vecinas, donde floreció la civilización egea; pero a diferencia de lo que sucede en Me-sopotamia y el Egipto, la escritura que se utilizó allí nos es desconocida y por eso los pueblos egeos son, para nosotros, pueblos prehistóricos. Correspondería, en conse-cuencia, estudiarlos aquí, pero como la civilización egea es, en cierto modo, el ante-cedente de la civilización griega, es preferible estudiarla junto con esta última.

Fuera de estos tres grandes focos de civilización, hubo numerosos lugares en los que se desarrollaron civilizaciones del bronce y que son para nosotros civilizaciones prehistóricas por el desconocimiento de la escritura. En todos los casos se advierte un acentuado progreso técnico y un gran desarrollo de la riqueza; pero es casi seguro que estas civilizaciones dependieron de las grandes potencias que les proporcionaban el estaño o los objetos manufacturados de bronce.

La industria del bronce

A diferencia de la industria de la piedra, la del bronce exigía una vasta organiza-ción comercial para la concentración de las materias primas —cobre y estaño— y una considerable organización industrial para la preparación de los lingotes y la fabrica-ción de los objetos en cantidad mediante el uso de moldes. No cualquier pueblo estaba capacitado, pues, para esta actividad y, en consecuencia, los que pudieron realizarla se impusieron a los demás, fuera sometiéndolos o fuera, simplemente, obligándolos a comprarles lo que ellos fabricaban. A eso se debe cierta uniformidad que se nota en la industria del bronce en toda la extensión de las costas mediterráneas, pues sus objetos provenían con frecuencia de unos pocos talleres y, además, los más perfectos servían de modelos para los pueblos menos perfeccionados en el uso del metal.

El bronce permitió la transformación fundamental de dos series de objetos: las armas y los útiles de trabajo. Las armas pudieron hacerse más poderosas y más efica-ces. Aparecieron las largas y agudas espadas y las lanzas, los escudos y las armaduras resistentes y algunas piezas antes desconocidas, como los cascos. En cuanto a los útiles de trabajo, los arados metálicos permitieron un mejor laboreo de la tierra, y los di-versos utensilios para trabajar la madera, el hueso y el cuero se hicieron más eficaces. Lo mismo ocurrió en cuanto a los medios de transporte terrestres y marítimos —carros, naves—, que adquirieron una solidez mayor que la que antes tenían.

La aparición del bronce, pues, significó la incorporación de un nuevo material no solamente para la fabricación de objetos antes desconocidos, sino también para me-jorar los ya existentes. Significó también el perfeccionamiento de otras industrias, como la cerámica, y la modificación del vestido y las costumbres domésticas. Corres-ponde, pues, asignarle un papel fundamental en la evolución de la humanidad.

La aparición del hierro

El desarrollo de la metalurgia permitió utilizar poco a poco otros metales además del cobre y el estaño; el oro fue, por ejemplo, un material muy usado para diversos usos allí donde existía, y del mismo modo otros metales de bajo punto de fusión. En cambio, el hierro exigió un desarrollo más pronunciado de la metalurgia y tardó más tiempo en ser utilizado. Solo después de muchos esfuerzos debe haberse alcanzado, en las regiones donde había hierro, el grado de progreso técnico necesario para fundir los minerales que contenía este metal hasta obtenerlo más o menos puro.

El descubrimiento del hierro no se produjo en ninguno de los grandes centros de civilización que florecían desde la época del bronce. Lo obtuvieron primeramente al-gunos pueblos lejanos —quizá de la zona del Cáucaso— y su uso fue limitado; pero como sirvió preferentemente para la fabricación de armas, esos pueblos tuvieron una ventaja considerable sobre los que no lo conocían, de modo que cuando entraron en contacto, los invasores que llegaron a la cuenca del Mediterráneo en el curso del se-gundo milenio antes de J. C. se transformaron en señores de los viejos pueblos de an-tigua civilización.

De ese modo llegó el hierro a los pueblos que hasta entonces habían desarrollado la vigorosa industria del bronce; pero como poseían los vencidos una larga experiencia comercial e industrial, pudieron aplicarla al trabajo del nuevo material y comenzaron a hallar nuevas maneras de utilizarlo para múltiples aplicaciones, con lo cual el bronce pasó a un lugar secundario, pues el hierro tenía notables ventajas sobre él.

Como en el caso anterior, sin embargo, el bronce siguió usándose, así como seguía usándose la piedra y la arcilla; solo que se prefirió el material más apropiado para cada uso, con lo cual el desarrollo técnico alcanzó un nivel cada vez más alto. Pero para esta época casi toda la cuenca del Mediterráneo había entrado en una época histórica —por la difusión de la escritura—, y los pueblos prehistóricos que conocieron el hierro no son sino unos pocos radicados en el centro y el norte de Europa.

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SEGUNDA PARTE

EL ORIENTE

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CAPÍTULO VI

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La China y la India

En el extremo oriental de Asia y en la península india se desarrollaron antiguas civilizaciones a lo largo de los grandes ríos. Los pueblos que se tornaron sedentarios comenzaron a practicar la agricultura, fijando su habitación en aldeas en las que, poco a poco, se fueron desarrollando las manufacturas. Profundas y vigorosas creencias religiosas y morales dieron a esas comunidades una singular fisonomía.

La China. El país

En los valles del Hoang-Ho y del Yang-Tse-Kiang, el fértil limo de las inundaciones ofrecía la posibilidad de cultivar sin esfuerzo el arroz. Poco a poco, las poblaciones comenzaron a fijarse en sus orillas, emigrando hacia las alturas en la época de las crecientes y bajando al llano luego para sembrar y recoger. Los vastos arrozales nu-trieron a los poblados que fueron desarrollándose en los valles, favorecidos por la sua-vidad del clima. Y en ellos comenzó a desarrollarse el hábil trabajo de los artesanos, que modelaban el barro, hilaban y tejían las fibras, mientras aprendían el dificilísimo arte de la escritura.

— La unidad china

Los valles de los grandes ríos estaban rodeados de montañas y desiertos. En estos vivían numerosas poblaciones mongólicas, todavía nómades y de costumbres guerre-ras. Tentados por las riquezas de las poblaciones sedentarias de los valles, los nómades se lanzaron una y otra vez sobre ellas en terribles expediciones de saqueo.

El triunfo de los invasores se debió no solo a su superioridad militar —pues los mongoles eran temibles guerreros—, sino también a la independencia que mantenían entre sí las diversas poblaciones de los enormes valles. Así, las necesidades de la de-fensa estimularon la unión de todos.

La unificación de la China fue comenzada en el siglo XIII a. C. por Wu-Wang, el fundador de la dinastía Chou. Con él comenzó el imperio que duraría muchos siglos, gracias a la sólida resistencia que la nueva organización opuso a los invasores mongó-licos. Para evitar toda posibilidad de incursión enemiga, el emperador Chi-Hoang-Ti, de la dinastía Sin, mandó construir hacia el siglo X una enorme muralla que rodeaba todos sus dominios a lo largo de muchos kilómetros. Durante su época, China se orga-nizó dentro de un sistema muy centralizado, y la burocracia alcanzó una gran influen-cia. Pero el período más brillante de la historia china durante esa época es el de la dinastía Han, que retuvo el poder durante cuatro siglos, desde el II a. C. hasta el II d. C. La cultura alcanzó por entonces un alto desarrollo y la vida económica del país se desenvolvió con mucha intensidad.

La sociedad

La organización social china se constituyó como resultado de la vida económica y política del país; fue respaldada por los moralistas que la asentaron sobre sólidos prin-cipios y perduró durante siglos apoyada en el espíritu conservador del pueblo. Las ne-cesidades de la defensa terminaron por arraigar el principio de la monarquía absoluta, y el emperador fue, en efecto, un verdadero déspota. Su autoridad se apoyaba en la nobleza y, sobre todo, en la burocracia, que estuvo a cargo de una clase social de ca-racteres muy definidos, la de los mandarines. Se llamaron así aquellos que recibían cierta educación, que comenzaba con el conocimiento de la es-critura y que los ponía en posesión del saber tradicional. La clase de los mandarines era muy poderosa por sus riquezas y también por su influencia.

El principio de autoridad repercutía también sobre la organización de la familia, sobre la que se apoyaba toda la estructura social. El padre de familia poseía una auto-ridad ilimitada sobre sus miembros y disponía de los frutos del trabajo común.

La religión y la moral

La religión tradicional china consistía en el culto de algunas divinidades celestes y de los espíritus que habitaban en la tierra; pero además incluía un culto familiar que perpetuaba la memoria de los antepasados. En el siglo VI a. C. la religión tradicional sufrió la influencia del budismo indio y de dos movimientos religiosos surgidos en Chi-na, que alcanzaron una gran importancia: el de Lao-Tse y el de Confucio.

Lao-Tse es una personalidad de aire legendario a la que se le atribuye la creación de una doctrina sobre el origen del universo: el Tao, principio único y creador, habría sido la fuente de todo lo creado; su doctrina se llamó por eso taoísmo, pero incluía otras preocupaciones, especialmente de carácter moral, pues Lao-Tse recomendaba el renunciamiento a toda vanidad y todo deseo para alcanzar una felicidad parecida a la que prometía Buda.

La doctrina de Confucio fue menos profunda pero de más arraigo popular. En realidad, consistía exclusivamente en un conjunto de reglas morales que confirmaban las tradiciones chinas: el respeto por el emperador, por los ancianos y por los padres; el ejercicio de la caridad, la conducta honrada, el estudio y la serenidad. Todos sus preceptos fueron recogidos en los libros king, que los manda-rines estudiaban con asiduidad para mantener siempre vivas las enseñanzas de Confu-cio.

Artes y ciencias

El arte chino alcanzó durante esta época un alto grado de desarrollo. La construc-ción de viviendas, palacios, templos y tumbas permitió desarrollar una arquitectura original, caracterizada por la sucesión de pisos escalonados cuyo coronamiento consis-tía en una techumbre cuyas puntas se encorvaban hacia arriba. Pinturas y esculturas solían adornar estas construcciones, y sus autores revelaban una prodigiosa imagina-ción cuando representaban divinidades, genios de extraña apariencia o animales fan-tásticos. La miniatura fue una de las artes predilectas de los chinos.

En el dominio de los conocimientos, los chinos llegaron a profundizar en las ma-temáticas y la astronomía.

La India. El país.

Los valles de los ríos Indo y Ganges fueron habitados desde tiempos muy antiguos por poblaciones que aprovechaban la fertilidad del suelo de esas regiones para subve-nir a sus necesidades. Allí se transformaron en sedentarios algunos pueblos que des-cubrieron la posibilidad de obtener alimento durante todo el año, pues el clima y las condiciones del suelo permitían ricas cosechas. Hacia el sur se extendía la meseta del Dekán, menos tentadora, pero cuyas regiones costeras ofrecían una naturaleza fe-raz.

Los pueblos primitivos y la invasión aria

La zona de los valles estuvo poblada primitivamente por una población negroide de muy bajo nivel de civilización, a la que expulsaron unos invasores que la tradición co-noce con el nombre de dravidianos; mientras los recién llegados se instalaron en las regiones fértiles del Indo y el Ganges, los fugitivos se replegaron hacia el Dekán.

Pero hacia comienzos del segundo milenio se produjo una nueva invasión: la de las bandas arias. Conocidos con el nombre de indos, recorrieron los valles de los ríos, los conquistaron tras largas y sangrientas luchas, y se instalaron en ellos formando pe-queños principados cuyas guerras intestinas fueron también prolongadas y violentas. En dos largos poemas —el Mahabarata y el Ramayana— se conservó el recuerdo de aquellos tiempos legen-darios y heroicos.

Durante mucho tiempo, las constantes luchas mantuvieron el poder y la autoridad de los guerreros; pero una fuerte corriente espiritual fue dejando paso poco a poco a los sacerdotes o brahmanes, a quienes correspondió la hegemonía social. Contra su autoridad, y contra la moral que ellos representaban, se levantó en el siglo VI un prín-cipe de la casta de los guerreros, Sidarta Gautama, a quien llamaron el Buda, cuya doctrina suscitó verdaderas revoluciones.

Por entonces tomó contacto la India con los persas, cuyo rey, Darío, se aproximó al valle del Indo; más tarde, en el siglo IV, Alejandro de Macedonia conquistó toda esa región e introdujo una fuerte influencia helénica en el Punjab, que habría de manifes-tarse especialmente en la cultura.

En el siglo III a. C. un príncipe de la dinastía Mauría llamado Asoka logró unificar bajo su autoridad una gran parte de la India, en tanto que apoyaba el budismo; pero a su muerte, sus dos empresas se frustraron, pues el budismo fue otra vez perseguido por los brahmanes y la India volvió a dividirse como antes en principados indepen-dientes.

La sociedad

Después de la conquista de los arios, la India quedó dividida socialmente en castas profundamente separadas entre sí. La primera y más poderosa era la de los brahma-nes o sacerdotes; luego le seguía la de los chatrias o guerreros; después la de los vaisias, compuesta por los mercaderes, labradores y operarios, y por último la de los sudras o servidores. Todavía quedaba, sin embargo, otro grupo social, inferior a la úl-tima de las castas: el de los parias, considerados impuros y a quienes estaba prohibido tocar o mirar.

La vida social estaba organizada por los brahmanes, que recogieron todo el con-junto de prescripciones morales y jurídicas en un cuerpo que se conoce con el nombre de leyes de Manú.

Poseído por un profundo sentido humano, Buda combatió el principio de las cas-tas.

La religión

Varió con el tiempo la religión india. Su forma más antigua es conocida a través del libro de los Vedas, en el que se habla de divinidades del cielo —Dyaus Pitar y Váruna— y de una trinidad solar cuyas divinidades se llamaban Mitra, Indra y Vishnú. Pero poco a poco se fue elaborando otra doctrina religiosa en la que aparecía una divinidad suprema llamada Brahma, de la que se decía que había creado el universo con su propio ser; todavía sufrió esta doctrina una elaboración a través del neobrahmanismo, que equiparó al poder de Brahma, dios creador, el de otras dos divinidades: una conservadora de lo creado, llamada Vishnú, y otra destruc-tora de lo creado, llamada Siva.

Contra esta religión se levantó, en cierto modo, Sidarta Gautama, llamado Buda, o sea el iluminado. Sostuvo que la suprema aspiración del hom-bre es la felicidad y que la única manera de lograrla es renunciando a todo lo que sea deseo, vanidad o placer. Quien alcanza el nirvana, o sea el estado de paz interior lograda por quien no tiene ni necesidades ni ambiciones, es el único que conoce la verdadera felicidad, cualquiera sea la casta a que pertenezca. Esta doctrina atrajo a muchos adeptos, particularmente por la revolución social que entrañaba.

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CAPÍTULO VII

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El Egipto

El Egipto es uno de los primeros lugares donde el hombre ha desarrollado una civi-lización, y hasta han sostenido algunos investigadores que ha sido el primero de todos; de allí se habrían difundido luego sus conquistas técnicas por todas partes. Pero aun-que esta hipótesis no fuera cierta, es innegable que allí se puede observar un desarro-llo continuo de la vida civilizada desde una época más antigua que en ninguna otra parte. Por eso es inmenso el interés que ofrece el estudio de su historia.

El país

Egipto es un oasis formado en medio de un vasto desierto gracias a las periódicas inundaciones del río Nilo. Cuando la inundación se produce, las tierras ribereñas que-dan anegadas, razón por la cual las poblaciones se recuestan sobre las laderas; pero cuando las aguas se retiran, dejan una capa de limo húmedo sobre el que crecen los cereales en condiciones excepcionales. En el país no llueve, pero el río provee el agua necesaria para la irrigación y el consumo, con la sola condición de que se la aproveche adecuadamente gracias a un sistema de canales.

De las dos partes en que naturalmente está dividido el país, el Alto Egipto, o sea el valle del río, está cerrado por dos cadenas montañosas tras las cuales se abren el de-sierto de Sahara al oeste y el desierto arábigo al este. De esas montañas sacaban los egipcios minerales en grandes cantidades, tanto granito para sus construcciones como metales y piedras preciosas. Allí se fundaron ciudades importantes como Tebas, Abidos y Menfis, esta última en el lugar donde se unen el Alto y el Bajo Egipto.

El Bajo Egipto es la región del delta del Nilo, que se abre en numerosos brazos principales y secundarios. Por la falta de barreras naturales y la proximidad del mar, el Bajo Egipto estuvo en estrecha relación con los pueblos vecinos y fue la región más atacada por los invasores. Las ciudades más importantes que allí se establecieron fue-ron Heliópolis, Sais y la colonia de Náucratis fundada por los griegos.

El conocimiento de la historia egipcia. La escritura

En el siglo V antes de J. C., cuando el pueblo egipcio mantenía aún vivo el recuerdo de su tradición milenaria, recorrió el país un viajero e historiador griego llamado He-ródoto, que consignó luego en su Historia el resultado de sus curiosas indagaciones. Gracias a eso poseemos desde hace mucho tiempo una consi-derable cantidad de noticias sobre la historia de los egipcios y sobre muy diversos as-pectos de su civilización. Durante mucho tiempo, por cierto, se creyó que Heródoto había recibido sin discriminación cuanto quisieron relatarle los sacerdotes a los que interrogaba; pero día a día se va comprobando que buena parte de sus datos son ve-races y merecen ser tenidos en cuenta.

Otra circunstancia hace que nos sea bien conocido el Egipto, y es la cantidad de restos que han quedado desde las épocas más remotas, acaso por las condiciones na-turales del país. Sobre esos restos se ha realizado una cuidadosa investigación, cuyos resultados son inapreciables, sobre todo, debido a que se ha descifrado su escritura y es posible leer sus numerosas inscripciones. El desciframiento de la escritura egipcia se debe al sabio francés Champollion, que consiguió leer en 1823 una inscripción egip-cia que figuraba también escrita en caracteres griegos. Desde entonces, numerosos trabajos han permitido leer gran cantidad de textos históricos y religiosos de inapre-ciable valor.

Usaban los egipcios tres clases de escritura: la jeroglífica, la hierática y la demóti-ca. La escritura jeroglífica se usaba para inscripciones solemnes en tumbas y monu-mentos y sus signos eran dibujos. La escritura hierática era una simplificación de esos mismos signos y se utilizaba preferentemente cuando se escribía sobre papiro, que era el tallo desplegado de una caña que se preparaba convenientemente para que pudiera recibir la tinta. Y, finalmente, la escritura demótica o popular era la que se utilizaba para documentos corrientes y era aún más simple que las anteriores, razón por la cual no se podía escribir con ella ciertos textos, especialmente religiosos.

El conocimiento de la escritura permitió a los egiptólogos leer numerosos docu-mentos: inscripciones recordatorias de triunfos militares, inscripciones funerarias de los faraones o reyes, textos religiosos que narraban las más viejas leyendas, docu-mentos privados sobre las distintas operaciones de la vida corriente: ventas, hipotecas, etc., con todo lo cual ha sido posible reconstruir casi toda la historia del pueblo egipcio y conocer con bastante exactitud su religión, su organización social y política, sus cos-tumbres y sus ideas.

Todavía siguen apareciendo antiguas tumbas inexploradas cuyo estudio acrecienta día a día nuestro conocimiento sobre el pueblo egipcio, destacándose entre los últimos hallazgos el de la tumba de Tutankh-Amón, un faraón del Nuevo imperio tebano.

Los clanes y los nomos

Sobre la más antigua historia del Egipto solo sabemos lo que ha podido deducirse de la observación de los restos arqueológicos y lo que permiten suponer algunas viejas leyendas. Vivieron primitivamente en el valle del Nilo algunos pueblos nómades de los que sabemos que estaban agrupados en clanes, esto es, en grupos cuyos miembros se consideraban descendientes de un antepasado común al que veneraban como un tó-tem: el lobo, el chacal o la flecha, pues el tótem no era siempre un ser animado.

La fertilidad de las tierras y la posibilidad de hallar alimento seguro cultivándolas en las épocas favorables movieron a estos clanes a radicarse definitivamente en algu-nos lugares, donde, seguramente, después de largas y continuas guerras, se unieron varios de ellos organizándose para la vida sedentaria. Así surgieron los pequeños paí-ses primitivos establecidos dentro de una provincia o nomo.

Pero la vecindad, la similitud de las condiciones de vida y la acción unificadora del río que corría a lo largo de todos los nomos fueron circunstancias que impulsaron a los nomos a unirse, seguramente después de la conquista de unos por otros. Ya en tiempos muy remotos, los distintos nomos se agruparon, efectivamente, en dos grandes reinos, el del Alto y el del Bajo Egipto. Los del Alto Egipto, o sea el valle del Nilo, se unieron alrededor del culto del dios Horus, que era representado por el halcón o por una figura humana con la cabeza de ese animal. Los del Bajo Egipto, o sea el delta del Nilo, se agruparon bajo el culto del dios Seth, que representaban con un perro o con una figura humana con cabeza de perro.

La unificación del Egipto

Estos dos reinos vivieron durante algún tiempo independientes, pero seguramente en guerra constante entre sí, porque las más antiguas leyendas hablan de una perpe-tua lucha entre sus dioses, el halcón y el perro. De esas luchas, dice la leyenda que triunfó finalmente el halcón, de lo que se infiere que los nomos del Alto Egipto derro-taron a los del Bajo Egipto y lograron unificar el país bajo su autoridad. Este hecho está probado también por otros testimonios. Se sabe que un rey del Alto Egipto llama-do Menes consiguió reunir los dos reinos hacia el año 3500 antes de J. C. Desde en-tonces, el halcón Horus fue la divinidad nacional egipcia, y los faraones que siguieron a Menes establecieron su capital en la ciudad de Tinis, donde permanecieron durante dos familias o dinastías, hasta el año 3300 antes de J. C. aproximadamente.

El Antiguo imperio

En esta última fecha, los faraones trasladaron su sede a la ciudad de Menfis, en la que tenía su santuario el dios Ptah, encarnado en el buey Apis. Por su situación, allí donde el Nilo comienza a separarse en varios brazos para formar su delta, Menfis permitía dominar mejor las dos regiones naturales en que el país se dividía; pero se-guramente el traslado se debió a la solidaridad que ya existía por entonces entre los dos reinos antes rivales. Durante un milenio perduró el Imperio menfítico, también llamado Antiguo imperio, que es una época de brillante civilización.

En efecto, es entonces cuando se desarrolla en el Egipto la civilización del bronce y cuando se inventa la escritura jeroglífica. El Egipto era ya un estado bien organizado bajo un régimen autocrático, cuyo jefe era el rey-sacerdote o faraón, cuyo poder era inmenso. Recibía la corona en Menfis, en un templo llamado el “muro blanco”, en cu-yas dos caras se coronaba sucesivamente rey del Alto y del Bajo Egipto con la doble corona blanca y roja.

La centralización del régimen permitió que se acometieran, con grandes esfuerzos y sacrificios, vastas obras de canalización y conservación de las aguas del río. También con grandes esfuerzos se realizó la construcción de las inmensas tumbas en forma de pirámide que han llegado hasta nosotros, con las cuales los reyes querían testimoniar su grandeza y su carácter divino. Esas pirámides recubrían la cámara sepulcral y la más alta de ellas alcanzaba una altura de ciento cuarenta y cinco metros.

Por debajo del faraón estaban los nobles y guerreros que vivían del tesoro real; venía luego la clase de los escribas, vinculados a la administración y en situación pri-vilegiada; y, finalmente, venía el pueblo, cuya ocupación era el laboreo de las tierras y los diversos oficios.

Los últimos tiempos del Antiguo imperio fueron caóticos debido a la insurrección de los gobernadores de algunos nomos, que aspiraban a la independencia. Pero final-mente volvió a establecer un régimen centralizado una nueva dinastía que surgió en el Alto Egipto, en la ciudad de Tebas.

El Imperio medio

El período que entonces se inició se conoce con el nombre de Imperio medio o primer Imperio tebano, y duró desde el año 2300 hasta el año 1660 antes de J. C. aproximadamente. Como los primeros tiempos del Imperio menfítico, fue esta una época brillante en la que algunos monarcas, como Senusret III, lograron extender las fronteras meridionales asegurándolas contra los enemigos de Nubia.

Se perfeccionaron por entonces los medios de navegación y de aprovechamiento de las aguas del Nilo. El mismo Senusret III ordenó la construcción de un canal para franquear la primera catarata que interrumpía su curso, y otro faraón, Amenhemet III, hizo construir una vasta represa para acumular las aguas, que se conoce con el nom-bre de lago Meris; de allí salían canales con esclusas para repartir equitativamente el agua por las regiones que la necesitaban.

En las proximidades del lago Meris hicieron edificar los faraones tebanos las pirá-mides para sus tumbas, en las que, de acuerdo con la costumbre, acumularon esplén-didas obras de arte. Como fue una época de gran prosperidad, las riquezas abundaban por entonces en Egipto. Llegaba de Nubia el oro en que abundaban sus minas y de Arabia las piedras preciosas; las maderas finas y las especies llegaban también en grandes cantidades para satisfacer las necesidades de una corte cuyo lujo era cada vez más imponente. Pero, sin embargo, la organización política era menos rígida que an-tes. El mismo faraón se sentía sometido a las leyes, e imponía severamente su cum-plimiento a todos sus súbditos, incluso a los poderosos señores que gobernaban las regiones más alejadas.

Si la defensa de sus fronteras fue una de las preocupaciones de los faraones del Imperio medio, no por eso dejaron de estimular las relaciones comerciales con los países vecinos. Naves egipcias visitaban los puertos de Siria —especialmente Biblos— y de Creta, y naves de esas regiones llegaban al delta cargadas con maderas, metales y objetos de cerámica.

Esta época se cierra con la invasión de unos pueblos extranjeros que llegaron en masa y se instalaron allí donde pudieron vencer la resistencia de los egipcios. Estos los conocieron con el nombre de hicsos o “reyes pastores”, y conservaron el recuerdo de que fueron ellos los que introdujeron en Egipto el caballo como animal de guerra.

Los hicsos

Los hicsos no constituían un pueblo homogéneo sino más bien un conglomerado en el que se reunían grupos de origen indoeuropeo —que habían aparecido en Mesopo-tamia y Siria como invasores— y grupos de origen semítico que habían sido impulsa-dos por la misma invasión y buscaban dónde establecerse. Ese vasto movimiento de pueblos, que agitó todo el Oriente cercano, repercutió en el Egipto y lanzó sobre sus fronteras grandes multitudes que asolaron el delta y se radicaron allí. Fijaron su capi-tal en Avaris, donde se concentraron doscientos mil guerreros, y desde allí presionaron hacia el sur tratando de ocupar nuevos territorios; pero su poder no llegó a permitirles la ocupación de todo el Egipto, pues desde Tebas siguieron resistiendo los reyes.

Los hicsos impusieron un gobierno brutal en las regiones sometidas y se mostraron incapaces de mantener el alto grado de civilización que el Egipto había alcanzado por entonces. Esa circunstancia determinó su caída al cabo de poco menos de un siglo, pues la riqueza del Egipto dependía del buen funcionamiento de sus complicados sis-temas técnicos y administrativos. Así, hacia 1580 antes de J. C. los faraones tebanos de la XVIII dinastía pudieron desalojarlos progresivamente, del valle primero y del delta después.

Seguramente, entre los pueblos llegados al Egipto por esta época, se contaba la pequeña tribu de los hebreos, que más tarde abandonó el país para establecerse en la Palestina.

El Nuevo imperio

La liberación del territorio fue la obra de Amasis I, el fundador de la dinastía XVIII, establecida en Tebas. A esta misma dinastía pertenecieron otros faraones ilustres, como los Amenofis y los Tutmosis, y a la siguiente los Ramsés, todos ellos ilustres, so-bre todo, por sus acciones militares.

En efecto, la experiencia sufrida durante la invasión de los hicsos puso de relieve el peligro que amenazaba al Egipto por el lado de la frontera con Asia, y los faraones decidieron adoptar una política ofensiva para prevenir el riesgo de futuras invasiones. Tutmosis III se lanzó en la primera mitad del siglo XV antes de J. C. a la conquista de la Siria, con un ejército en el que ahora formaban la parte más importante los cuerpos armados con carros de guerra tirados por caballos, tal como los egipcios lo habían aprendido de los invasores. Con esas fuerzas, Tutmosis logró ocupar posiciones impor-tantes en la costa occidental de Asia y sobre las rutas que conducían al alto curso del Éufrates, en tanto que la vigilancia de las costas se confió a una poderosa flota que navegaba entre los puertos egipcios, Siria y Creta.

El avance de los egipcios provocó el choque con el poderoso Imperio hitita estable-cido no hacía mucho tiempo en el Asia Menor y que aspiraba también al dominio de la Siria. La guerra entre ellos fue recia, y Ramsés II no pudo decidirla definitivamente en su favor; pero después de la batalla de Kadesh pudo, en cambio, establecer un acuerdo con el enemigo que le permitía mantener algunos puntos importantes de la Siria.

Esta época fue considerada por los egipcios como una de las más luminosas de su historia. Los escribas que narraban las campañas de Ramsés II pintaban sus triunfos con vivos colores y destacaban las relaciones que el Egipto había establecido por en-tonces con los demás pueblos del Oriente. Los faraones levantaron los prodigiosos templos de Luxor y Karnak, suntuosas construcciones a las que se llegaba por caminos bordeados por hileras de esfinges monumentales.

Y, sin embargo, en lo religioso habíase producido en tiempos de Amenofis IV una profunda revolución. Debido seguramente al estrecho contacto con algunos pueblos extranjeros, se concibió por entonces la posibilidad de instaurar un culto solar de ca-rácter monoteísta: el culto del disco solar, conocido con el nombre de Atón. Un nuevo santuario surgió para la nueva divinidad en Ikhut-Atón, y el propio Amenofis cambió su nombre en homenaje a aquella por el de Ikhun-Atón, esto es, Gloria de Atón. Pero es-tas transformaciones no prosperaron, y poco después Tutankh-Amón devolvió a la an-tigua religión de Amón-Ra su perdido esplendor. Acaso para fortalecerla se resolvió la construcción de los grandes santuarios de Luxor y Karnak, que concluyó Ramsés II.

Declinación del Egipto

Pero la época de Ramsés II fue la última brillante que conoció el Egipto. En el curso del siglo XIII antes de J. C. aparecieron en las costas de Asia otros pueblos que busca-ban tierras para radicarse y que se lanzaron contra sus ocupantes con una energía inusitada. Los egipcios se vieron obligados a unirse a los hititas, sus antiguos enemigos, para defenderse del agresor común, pero al cabo de poco tiempo sus costas fueron ocupadas en buena parte por los “pueblos del mar”, constituidos por guerreros rubios, de raza indoeuropea y armados con lanzas de hierro. Los que se habían apoderado del delta pudieron ser desalojados por Ramsés III, pero los que estaban establecidos en la costa de Palestina —los filisteos— permanecieron allí e interrumpieron las relaciones de Egipto con el Asia.

A partir de entonces, la decadencia del Egipto comenzó a insinuarse. Los jefes del poderoso ejército mercenario y los sacerdotes de Amón habían adquirido una enorme influencia y tenían ahora aspiraciones al poder, de manera que las dificultades exte-riores por que pasaba el imperio sirvieron para facilitar sus propósitos. Se llegó así a una época de anarquía, durante la cual hubo al mismo tiempo una serie de dinastías independientes en diversos lugares del Egipto, de modo que de la antigua fuerza del imperio no quedó nada que pudiera impedir mayores males.

En efecto, cuando en el siglo VII antes de J. C. llegaron los asirios en tren de con-quista, el Egipto apenas pudo ofrecerles resistencia y cayó en sus manos. Pero la sumi-sión sirvió de incentivo a los egipcios, y durante algún tiempo pareció que podían vol-ver a resurgir. Psamético, coronado faraón y establecido en una ciudad del delta lla-mada Sais, logró desalojar a los invasores y con él se inició una dinastía que durante algún tiempo consiguió restablecer una autoridad central en Egipto. Hubo un renaci-miento de la riqueza y cierto esplendor, pero el poderío alcanzado por entonces no era comparable ya al que habían logrado otros pueblos, y finalmente otros conquistadores, esta vez los persas, llegaron en 526 para apoderarse del país. Desde entonces no vol-vió a conocer el Egipto la antigua grandeza.

La religión egipcia

La religión egipcia estaba caracterizada por una serie de cultos de distinto origen, que los sacerdotes trataron de organizar en las épocas de gran centralización política. Numerosas divinidades antes puramente locales pasaron a serlo de todo el país, pero a costa de entrar en un panteón rigurosamente ordenado por los sacerdotes de Heliópo-lis, que fijaron su posición dentro de la jerarquía de los dioses.

Así, por ejemplo, las diversas divinidades que en otro tiempo habían sido las prin-cipales dentro de un clan o de un nomo, pasaron luego a ser divinidades secundarias, de rango inferior con respecto a las divinidades solares predominantes: Amón y Ra, finalmente fundidas en una sola.

Los egipcios divinizaron las fuerzas de la naturaleza, y por eso el río Nilo mereció un lugar destacado dentro del cuadro de los dioses; a él se debía la fertilidad del Egip-to, y el misterio de sus crecientes le prestaba una fisonomía sobrenatural que el egip-cio veneraba.

A todos estos dioses debía rendírsele un culto especial, consistente en sacrificios que realizaban los sacerdotes en los templos. Pero junto a estos cultos gozaba de gran favor popular el culto de los muertos, en el que se resumían las más arraigadas creen-cias de los egipcios. En efecto, creían estos en la existencia de un alma y suponían que después de la muerte el hombre debía rendir cuenta de sus actos ante un tribunal formado por cuarenta y dos jueces y presidido por el dios Osiris. Por esta razón se procuraba ajustar la conducta a los preceptos morales establecidos, y se dejaba en las tumbas el “Libro de los muertos, para que se pudiera responder a las preguntas de los jueces.

Con el culto de los muertos se relacionaba la costumbre de momificar los cadáve-res, la preocupación por su conservación mediante tumbas seguras y los cultos tribu-tados a Osiris, de quien se creía que había sido el primero cuyo cuerpo había sido conservado por los cuidados de su esposa Isis.

Como se ha dicho, en el Nuevo imperio apareció un intento de crear una religión monoteísta, pero su éxito fue escaso y al cabo de poco tiempo fue restaurada la reli-gión antigua.

El arte egipcio

La más alta manifestación del genio artístico de los egipcios fue la arquitectura, especialmente en cuanto se relaciona con el culto de los muertos y el culto de los dio-ses.

Para el culto de los muertos construyeron los egipcios tumbas de muy diferente estilo. Dentro de las que tenían valor arquitectónico, las más sencillas fueron las mas-tabas, compuestas originariamente por un túmulo de mampostería colocado sobre la bóveda y con una falsa puerta para que pudiera salir el alma del muerto. Más tarde las mastabas adquirieron mayor importancia y se diferenciaron bajo el túmulo tres recintos: uno pequeño para la momia, una cámara para las estatuas y una capilla para las ofrendas. De mayor significación que las mastabas fueron los hipogeos o tumbas subterráneas, a las que se entraba a través de un pórtico; y más importantes todavía, puesto que estaban dedicadas a los reyes, fueron las pirámides, cuya altura variaba entre los veinte y los ciento cincuenta metros. La pirámide era un enorme túmulo en cuyo interior se encontraban, en mayores proporciones y con mayor suntuosidad, los mismos recintos que en las mastabas: una cámara para la momia, otra para la estatua y una capilla para las ofrendas. Se llegaba a ellos por medio de un complicado con-junto de corredores y estaban comunicados con el exterior por canales de ventilación. Las pirámides más importantes son las de Gizeh, cerca de Menfis, que corresponden a la IV dinastía.

Los muros interiores de las tumbas estaban decorados con relieves o pinturas y se inscribían sobre ellos textos religiosos. Tanto la escultura como la pintura tenían una gran importancia en relación con el culto funerario, y eran numerosas las obras que se depositaban en las tumbas. Caracterizábase la representación de la figura humana por algunas convenciones que tenían significación religiosa y no era lícito alterar, entre las cuales la más visible es la costumbre de representar el cuerpo de frente y la cabeza y los pies de perfil. Pero en la representación de ciertas actitudes y de las fisonomías se advierte la maestría alcanzada por los pintores y escultores egipcios.

Para morada de los dioses construyeron los egipcios templos suntuosos. General-mente se llegaba hasta ellos a través de una avenida ornada de esfinges de la cual se desembocaba en el pórtico monumental. Se entraba luego a un gran patio y de allí se pasaba a la sala hipóstila, cuyo alto techo estaba sostenido por una multitud de co-lumnas; era ese el lugar donde se congregaban los fieles los días de ceremonias. De la sala hipóstila se pasaba al santuario propiamente dicho, donde se hallaba, en un re-cinto especial, la estatua del dios. A ese santuario no tenían entrada nada más que el faraón y los sacerdotes.

Los templos más importantes del Egipto son los de Luxor y Karnak, cerca de Tebas. La sala hipóstila del de Karnak tenía veintitrés metros de altura en su parte media y el techo estaba sostenido por ciento treinta y cuatro columnas, lo cual da idea de su grandiosidad. Se usaba para su construcción granito rosado y la decoración mostraba una delicada combinación de motivos geométricos y motivos naturales, entre estos últimos, la flor del loto, los pájaros y las serpientes. Como en las tumbas, los muros tenían decoraciones en las que se combinaban las pinturas con las inscripciones en escritura jeroglífica, por cierto también de gran valor decorativo.

Los bajorrelieves y las pinturas murales solían representar no solo escenas religio-sas sino también escenas históricas y de la vida cotidiana, siempre con gran pulcritud en los detalles y una intensa expresividad.

También demostraron los egipcios un gusto refinado para la fabricación del mobi-liario, de los útiles de la vida cotidiana y de los objetos de lujo.

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CAPÍTULO VIII

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Los pueblos de la Mesopotamia

Las tierras comprendidas entre los ríos Éufrates y Tigris fueron escenario de una civilización casi tan antigua como la del Egipto. Pero, a diferencia de lo que sucedió en ese país, pasaron por este otro muchos pueblos que lo dominaron sucesivamente. Sin embargo, las primeras conquistas marcaron con su sello toda la civilización posterior y le proporcionaron una unidad indestructible.

El país

La Mesopotamia, encerrada entre el Éufrates y el Tigris, constituye una región extraordinariamente fértil situada entre los contrafuertes de la meseta del Irán y el desierto arábigo. Era, pues, una región privilegiada que no podía dejar de tentar a quienes vivían en las comarcas próximas.

El estrechamiento de los dos ríos separa la Alta Mesopotamia o Asiría de la Baja Mesopotamia o Sinear, llamada más tarde Caldea. Esta última región es aún más fértil que la primera y concluye hacia el sur en una región de acumulación, a través de la cual corrían antiguamente los brazos de los dos grandes ríos, en lugar del brazo único que hoy forman, conocido con el nombre de Shat-el-Arab.

Pero la fertilidad de la Mesopotamia, como la del Egipto, solo podía ser provecho-sa si el trabajo humano ordenaba el curso de las aguas, porque los dos grandes ríos crecen de modo irregular y provocan grandes inundaciones. Quedaba luego, natural-mente, una rica capa de limo sobre el suelo, pero era necesario canalizar las aguas para que no destruyeran más de lo que podían proporcionar. Los cereales crecían allí en condiciones óptimas y abundaban también los frutales, de modo que las condicio-nes eran excepcionales para que floreciera allí la vida civilizada.

El conocimiento de la historia de la Mesopotamia. La escritu-ra.

Durante mucho tiempo, los únicos testimonios que se poseyeron sobre la historia de la Mesopotamia fueron los que proporciona la Biblia y los de algunos escritores griegos, entre ellos el mismo Heródoto. Pero en el curso del siglo XIX empezaron a realizarse algunos descubrimientos en los lugares donde habían estado las viejas ciu-dades de Nínive y Babilonia, destacándose entre los investigadores Botta y Layard. Casi al mismo tiempo Grotefend y Rawlinson pudieron descifrar la escritura que usaron los pueblos mesopotámicos. Se la conoce con el nombre de escritura cuneiforme porque sus rasgos adoptan la forma de cuñas.

Acostumbraron los pueblos de la Mesopotamia a escribir sobre tabletas de arcilla blanda, que grababan con punzones, y los signos eran rectos aunque en distintas posi-ciones: verticales, horizontales y oblicuos. Como esos signos se usaron para escribir diversas lenguas del Asia occidental, fue posible descifrar una inscripción persa y ob-tener de ese modo el valor de los signos.

En el curso de los últimos tiempos se han realizados sorprendentes progresos en el conocimiento de las civilizaciones mesopotámicas, y han aparecido vestigios numero-sos de pueblos cuya existencia antes apenas se sospechaba.

Los elamitas, los súmeros y los acadios

En tiempos muy remotos, quizá a fines del V o a principio del IV milenio, aparecie-ron en el Sinear los elamitas, un pueblo proveniente del este y que ocupó primitiva-mente la región de la desembocadura de los ríos. Pero poco sabemos de ellos, excepto que al cabo de algún tiempo se replegaron hacia las laderas de las montañas y per-manecieron allí mientras el extremo meridional del Sinear era ocupado por los súme-ros.

Los súmeros también provenían, según parece, del Asia central y demostraron ra-ras aptitudes para la organización de la vida sedentaria y para el desarrollo de las téc-nicas necesarias para dominar la naturaleza en aquellas regiones. A ellos se debe el comienzo de la desecación de los pantanos, de la construcción de canales para irriga-ción y drenaje, de la agricultura y de la edificación con ladrillos hechos con barro co-cido. A ellos se debe también la invención de la escritura cuneiforme, que legaron, como el resto de sus hallazgos, a los pueblos que les sucedieron en el país, y el desa-rrollo de una industria del bronce.

Los súmeros se establecieron en ciudades, de las cuales las más importantes fue-ron Ur, Uruk y Lagash. Cada una de ellas era un estado independiente y estaba bajo la autoridad de un rey-sacerdote al que se conocía con el nombre de patesi. Su alto nivel de civilización hizo de las ciudades súmeras una presa deseable para las poblaciones nómades del desierto de Arabia, y de allí salió hacia el año 2800 antes de J. C. un pue-blo de origen semítico, los acadios, que ocupó por entonces la parte norte del Sinear y dominó las ciudades súmeras de la parte sur.

La más importante de las ciudades acadias fue Agadé, que fue la capital de Sargón, el gran conquistador acadio. Allí, como en las otras ciudades acadias, se imitaron las numerosas invenciones de los súmeros, hasta el punto de que fue muy poco lo que quedó como creación original de los vencedores.

La dominación de los acadios duró aproximadamente dos siglos y se extinguió lue-go permitiendo el despertar de algunas de las antiguas ciudades súmeras que, como Ur y Lagash, alcanzaron durante algún tiempo la hegemonía sobre las demás. Pero también esta vez tuvieron que ceder ante los invasores semíticos, que volvieron a lle-gar hacia el año 2200 antes de J. C.

El primer Imperio babilónico

El pueblo que apareció por entonces en el Sinear fue el de los amorreos, que se apoderó de la pequeña ciudad de Babilonia, de origen acadio, e hizo de ella la capital de un vasto imperio luego de las largas luchas por las que consiguió constituirlo. El más ilustre de sus reyes fue Hamurabi, cuyo reinado duró desde 2067 a 2025 antes de J. C., que conquistó todos los territorios que van desde la Siria hasta los contrafuertes montañosos que dan acceso a la meseta del Irán. Hamurabi fue también un príncipe civilizador. La ciudad de Babilonia fue engrandecida y fortificada con sólidas murallas, y los campos de cultivo beneficiados con numerosas obras de riego. Además, se preo-cupó por la organización del reino y reunió en un código todas las prescripciones que regirían la vida social: la división en clases sociales, el ejercicio de las profesiones, las penas que merecían los diversos delitos, la organización de la familia y de sus bienes, etc. Este código ha llegado hasta nosotros grabado en un monolito y constituye un elemento de extraordinaria importancia para el estudio no solo del primer Imperio babilónico sino también de los pueblos que le sucedieron, porque como en el caso de la civilización súmera, la legislación de Hamurabi siguió en vigor después de haberse extinguido el pueblo que la había creado.

El primer Imperio babilónico perduró hasta los primeros tiempos del segundo mi-lenio. Por esa época aparecieron unos pueblos de origen indoeuropeo que se lanzaron sobre la Mesopotamia —lo mismo que sobre otras regiones— y pusieron fin a la do-minación de los amorreos.

Hititas y kasitas

Los indoeuropeos provenían, según parece, de las llanuras de Rusia y Siberia, sin que sepamos a ciencia cierta cuál era el lugar de su origen. Abriéndose en abanico, se dispersaron hacia el Sur por todas las regiones que se extienden desde la India hasta España, y en cada una de ellas dejaron la huella de su profunda influencia, porque la civilización de que eran portadores difería considerablemente en muchos aspectos de las que se desarrollaban en los distintos lugares conquistados. Se trasladaban con sus ganados y habían aprendido a utilizar el caballo, primero para reemplazar al buey como animal de trabajo, y luego como animal de guerra.

La llegada de los pueblos indoeuropeos al Oriente cercano produjo una terrible conmoción, fruto de la cual fue la invasión de los hicsos al Egipto. Algunas ramas de esos pueblos se dirigieron hacia la Mesopotamia y una de ellas se estableció allí du-rante varios siglos.

En efecto, tres grupos de origen indoeuropeo llegaron desde el Asia Menor hasta la Mesopotamia: los hititas, los mitanios y los kasitas. Los hititas recorrieron y devas-taron el rico imperio amorreo, pero no se establecieron en él, sino que prefirieron la meseta de Anatolia, donde fundaron su capital en un lugar hoy llamado Bogaz-Koei; los mitanios se fijaron al norte de la Mesopotamia, y los kasitas, finalmente, se lanzaron a la conquista del Imperio babilónico y, una vez tomado, permanecieron en él durante seis siglos.

Los hititas habían aparecido en la Mesopotamia hacia el año 1925 antes de J. C. Algún tiempo después aparecieron los kasitas, y hacia 1760 antes de J. C. se fijaron en el territorio babilónico hasta 1180.

La época kasita se caracteriza por la asimilación que los conquistadores hicieron de la civilización de los pueblos sometidos. Llevaban ellos algunos elementos nuevos, especialmente el caballo y el hierro; pero lo fundamental de la organización social y de las distintas técnicas siguió siendo en la Mesopotamia como en los lejanos tiempos de los súmeros y los acadios y en los más recientes de los amorreos. Babilonia conti-nuó siendo la capital del nuevo estado y tanto las leyes como las costumbres parecen haberse mantenido con escasas diferencias, a pesar del largo período de la domina-ción kasita.

Los asirios

La hegemonía de este pueblo terminó cuando aparecieron en el horizonte los asi-rios, un pequeño pueblo de origen semítico que estaba establecido en el alto Tigris, y con el que se fundieron algunos grupos indoeuropeos, quizá provenientes de los reinos de los hititas y los mitanios, abatidos por las invasiones de los pueblos del mar a fines del segundo milenio. Vasallos primitivamente del Imperio babilónico, los asirios se sintieron un día suficientemente poderosos como para transformarse en señores. Desde su reino, cuyas capitales fueron sucesivamente Ashur y Nínive, se lanzaron a principios del primer milenio sobre la Mesopotamia meridional y la sometieron a su poder. Eran los asirios muy belicosos y crueles, de modo que sometieron por el terror a los pueblos vecinos y no se detuvieron una vez que unificaron bajo su autoridad a toda la cuenca del Éufrates y el Tigris.

Efectivamente, en el siglo VIII antes de J. C. llegó al trono asirio Sargón II y con él se inició una era de nuevas y formidables conquistas. Durante su reinado se consolidó el dominio de toda la Mesopotamia por los asirios y se agregó al imperio la Siria. Su hijo Senaquerib, el fundador de la hermosa ciudad de Nínive, conquistó Fenicia, y más tarde Asharadón y Asurbanipal lograron apoderarse del Egipto, con lo cual se unificó una vasta zona alrededor de la costa mediterránea en manos de un pueblo montañés que pudo vanagloriarse de poder adornar su nueva capital con riquezas y monumentos provenientes de la vieja Tebas.

Pero la hegemonía de los asirios no podía ser duradera. Estaba basada sobre todo en su eficacia militar y en el terror que despertaban las incursiones de sus ejércitos, que acostumbraban recorrer todos los años las regiones conquistadas para recoger los pesados tributos que los asirios imponían a los pueblos sometidos. Su ejército contaba no solo con una caballería poderosísima sino también con una excelente organización de asalto para vencer la resistencia de las ciudades amuralladas, así como también con ágiles arqueros. Pero este poderío militar no pudo impedir que otros pueblos, pro-vistos ya de elementos similares a los suyos, pudieran derrotarlos y arrebatarles la hegemonía.

El segundo Imperio babilónico

En el siglo VII, aproximadamente en 625 antes de J. C., Babilonia se sublevó contra los asirios aprovechando la amenaza que para estos constituía un pueblo iranio, los medos, que ocupaba ahora la meseta del Irán. Aliados los medos y los babilonios, se lanzaron contra los asirios y se apoderaron de Nínive en el año 606, destruyéndo-la.

Desde entonces Babilonia entró en un período de renovada grandeza. Nabucodo-nosor II impulsó activamente el renacimiento de la Mesopotamia y logró hacer de Ba-bilonia una espléndida ciudad que maravilló a quienes la visitaron aún muchos años más tarde. El segundo Imperio babilónico rivalizó con Egipto —por entonces en un período floreciente gracias a los reyes de Sais— y le disputó la posesión de Siria y Pa-lestina. Jerusalén cayó en sus manos y, según las costumbres de la época, sus habitan-tes fueron trasladados a Babilonia para impedir las sublevaciones.

Pero el poder de los kaldis, que así se llamaba el pueblo que, encabezado por Na-bopolasar, había liberado a Babilonia del yugo asirio, no duró mucho tiempo a causa de sus antiguos aliados, los pueblos iranios, antaño gobernados por los medos y poco después regidos por los persas. Estos últimos conquistaron en 539 Babilonia y pusieron fin al efímero renacimiento caldeo.

La religión mesopotámica

Cada uno de los diferentes pueblos que dominaron a través de los siglos en la Me-sopotamia había traído su propia religión, pero desde los súmeros hasta los caldeos del segundo Imperio babilónico ciertos rasgos se mantuvieron constantemente, en parte a causa de la duradera influencia de las tradiciones súmeras.

Los súmeros tenían un dios local en cada una de las diversas ciudades indepen-dientes que fundaron, pero las formas del culto, los templos que construyeron y las ideas acerca de las divinidades eran las mismas en todos los casos. El dios Enlil, un dios del aire, era la más poderosa y respetada de las divinidades, y recibía culto en todas las ciudades aunque cambiaran los nombres o los atributos que se le asignaban. Sobre esas divinidades súmeras superpusieron las suyas los conquistadores acadios; y cuando los amorreos unificaron el país bajo la autoridad de Babilonia, el dios de esta ciudad, Marduk, fue considerado por todos como la divinidad suprema, por debajo de la cual quedaron todas las demás ordenadas jerárquicamente por los sacerdotes según un sistema de trinidades divinas, como habían hecho los sacerdotes egipcios de Heliópo-lis.

El panteón mesopotámico —esto es, el conjunto de los dioses— subsistió con los mismos caracteres hasta la llegada de los asirios que impusieron por sobre las divini-dades locales el culto de su dios Ashur, al que consideraban como el verdadero triun-fador de sus guerras de conquista. Pero cuando se produjo el renacimiento de Babilo-nia en la época caldea, Marduk volvió a conquistar su lugar predominante.

Los dioses de la Mesopotamia, como los del Egipto, representaban las fuerzas de la naturaleza. Sin era la luna, Shamash era el sol e Ishtar era la diosa de la fecundidad. Estos tres constituían la trinidad más importante, sobre la cual se situaba Marduk porque representaba el elemento ordenador y destructor del caos primitivo.

Algunas divinidades menores representaban otras tantas fuerzas misteriosas. Du-muzi era el dios de la vegetación y su suerte —como la de otras divinidades análogas en otros pueblos— era morir cada año en el otoño para renacer al siguiente en pri-mavera. Fuera de esas divinidades, creyeron los pueblos de la Mesopotamia en la existencia de numerosos genios, benéficos unos y maléficos otros, a los que era nece-sario combatir o halagar mediante ciertos ritos secretos que solo conocían los ma-gos.

También era menester rendir a los dioses un culto apropiado, que estaba a cargo de los sacerdotes encabezados por el propio rey, que mantuvo siempre, de acuerdo con la tradición de los súmeros, su carácter semipolítico y semirreligioso. Consistía ese culto en la erección de templos, en sacrificios y ofrendas y en oraciones. La misión de los sacerdotes era muy importante, y no solamente porque eran los encargados de esos ritos, sino también porque se los consideraba en poder de ciertos secretos gracias a los cuales podían adivinar el futuro mediante el estudio de los astros. Una constante observación, realizada por los sacerdotes desde altas torres que servían de observato-rios, los había familiarizado con el curso de los astros, y de acuerdo con su posición creían poder determinar la marcha de los acontecimientos. A esta circunstancia se debió cierto caudal de conocimientos astronómicos que los pueblos mesopotámicos transmitieron luego a los griegos.

El arte mesopotámico

También en el dominio de la arquitectura y de las demás artes la tradición súmera ejerció una perdurable influencia. A los súmeros se debió la utilización del ladrillo de barro cocido para las construcciones, y las soluciones que ellos idearon para los dis-tintos problemas arquitectónicos perduraron a través de los pueblos que les sucedie-ron. A eso se debe una fisonomía análoga en el arte de la Mesopotamia a lo largo de los siglos, hasta el punto de que ni allí donde era fácil encontrar piedra, como en Asi-ria, se dejó de usar el ladrillo.

Las típicas construcciones súmeras y acadias fueron los templos y los palacios, cu-yos caracteres se perpetuaron. Estaban emplazados sobre una plataforma de ladrillos, a causa de la humedad y las inundaciones, y sus muros tenían una considerable pro-fundidad a causa del material que se utilizaba. Por la misma razón casi no tenían aberturas y se recurría, para aligerar su mole, al uso de las pilastras, que interrumpían las superficies lisas, y de los decorados con ladrillos de colores.

Los palacios no eran solamente residencia de los reyes sino también sede del go-bierno, fortaleza y almacén, de modo que eran vastas construcciones y estaban dividi-dos en varias partes: las habitaciones reales, las de los funcionarios y sus oficinas, los depósitos, y finalmente el templo que, generalmente, formaba parte de la misma masa arquitectónica.

El templo propiamente dicho estaba compuesto por un vasto recinto al aire libre rodeado por una muralla y con una torre de siete pisos llamada zigurat. El recinto al aire libre estaba destinado a congregar a los fieles, en tanto que el acceso al zigurat solo estaba autorizado a los sacerdotes y al rey. El último piso de la torre encerraba la cámara en la que se creía que habitaba la divinidad, y se llegaba hasta ella por una rampa que rodeaba la construcción. Cada uno de los pisos estaba dedicado a una divi-nidad.

La necesidad de decorar las vastas superficies de los muros de adobe dio lugar a un gran desarrollo de las decoraciones. Originariamente consistieron estas, como ya se ha dicho, en ladrillos induídos, pero más tarde, en la época asiría, los grandes pala-cios de Ashur y Korsabad fueron decorados con ladrillos esmaltados en los que se re-presentaban figuras de animales, en cuyo diseño se distinguieron de manera singularí-sima los asirios.

También representaron animales mediante esculturas y relieves, demostrando tanta agudeza para la observación como maestría para la representación. Ya desde la época súmera existen estelas recordatorias, inscripciones y estatuas como la del rey Gudea de Lagash. Esta clase de trabajos subsistió durante la dominación de los distin-tos pueblos, y así como conservamos la inscripción con un bajorrelieve del código de Hamurabi, nos han llegado también numerosas estelas y esculturas asirias represen-tando figuras de dioses y reyes y escenas históricas.

En los palacios asirios, en los que predominaba un lujo deslumbrante, se utilizaron para las decoraciones diversos materiales preciosos. Así, por ejemplo, las grandes sa-las del palacio de Korsabad, situado cerca de Nínive, estaban adornadas con frisos de alabastro esculpido y bajorrelieves tallados en piedra; en los pórticos era frecuente encontrar incrustaciones de piedras y metales preciosos.

En cuanto a los motivos decorativos, los asirios rompieron en cierto modo con la tradición regional e importaron los que predominaban en Egipto y otros países que conquistaron, de modo que su estilo es poco personal, aunque acaso pueda pensarse, en vista de la magnificencia que lograron alcanzar, que acaso si su civilización hubiera durado más tiempo habrían llegado a modelar un estilo propio, como ya se insinuaba a través de la decoración animalística.

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CAPÍTULO IX

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Los pueblos invasores del segundo milenio. Los hititas

El desarrollo de los diversos pueblos del Oriente cercano tiene algunas fechas co-munes, y entre todas acaso la más importante es la de las grandes invasiones que se produjeron en el segundo milenio. Esas invasiones trajeron aparejados intensos movi-mientos de los pueblos ya establecidos y transformaciones étnicas, políticas y cultura-les de marcada importancia.

Los indoeuropeos

Los pueblos que se agrupan con el nombre genérico de indoeuropeos fueron los que provocaron esa larga conmoción, a partir de los comienzos del segundo milenio, época en que comenzaron a aparecer por las distintas comarcas de Asia y Europa. No se sabe a ciencia cierta si, como se supone, constituyeron todos ellos un solo tronco en una época remota, pero la analogía de las diversas lenguas que hablaban en época tardía hace suponer que se trata de variantes de un mismo idioma originario, que co-rrespondería a un tronco étnico también único. En época muy lejana debieron aban-donar las regiones de origen, que se supone que estarían en Asia central, y comenza-ron a moverse hacia el oeste en busca de mejores tierras o climas más propicios. En esa marcha se detuvieron muchas veces y permanecieron durante largos períodos estacionarios; pero luego volvieron a ponerse en movimiento hasta encontrar ciertas regiones que, por el grado de civilización, les ofrecieron una oportunidad para elevar sus condiciones de vida.

Debe destacarse que, además del uso del caballo y del hierro, caracterizaban a los pueblos de origen indoeuropeo ciertas tendencias que los distinguieron de los pueblos que cayeron bajo su autoridad. En efecto, en tanto que las antiguas civilizaciones del Oriente cercano se caracterizaban por la importancia atribuida a la religión y, en con-secuencia, a quienes ejercían el culto, hasta el punto de que los reyes eran al mismo tiempo sumos sacerdotes, los pueblos de origen indoeuropeo atribuían mayor impor-tancia a la vida política y militar y el poder residía en las familias más poderosas en este sentido, entre las cuales se elegía un jefe, cuya morada era el centro de la vida colectiva, a diferencia de los pueblos del Oriente cercano, para los cuales ese foco estaba constituido por el templo.

Quizá no creyeron en la vida de ultratumba, porque solían incinerar los cadáveres y depositar las cenizas en urnas bajo unos túmulos levantados con tierra. Pero el re-cuerdo de quienes habíanse destacado en la lucha por su valor perduraba en la me-moria de sus compañeros a través de narraciones a las que fueron muy aficiona-dos.

La dispersión de los pueblos indoeuropeos

Hacia comienzos del segundo milenio el primitivo tronco indoeuropeo se había escindido en una serie de ramas que se dirigían en direcciones diferentes.

Los que tomaron una dirección sureste llegaron a la península índica y a la meseta del Irán, constituyendo estos últimos el grupo de los medopersas. Los que tomaron la dirección opuesta y se dirigieron francamente hacia el oeste y se establecieron en el norte y el centro de Europa se conocen con el nombre de celtas y germanos. Y los que se dirigieron hacia el sur ocuparon unos la península balcánica y otros el Oriente cer-cano, diferenciándose estos últimos en una serie de subramas diversas, de las cuales ha llegado a nosotros el recuerdo de los hititas, los kasitas, los hurritas y los mita-nios.

Las invasiones del Oriente cercano

A través de las montañas del Cáucaso o del estrecho de los Dardanelos, estos pue-blos se lanzaron sobre el Asia Menor y siguieron su camino hacia el sur sembrando el horror por las regiones por donde pasaban. Ante su empuje debieron ceder las pobla-ciones que estaban ya establecidas en esas regiones y el desbande fue tan general que empezaron a confundirse los grupos invasores y los grupos fugitivos.

Ya se ha visto cómo los hititas y kasitas hicieron terribles incursiones a lo largo de la Mesopotamia antes de que los últimos resolvieron fijarse en ella, y cómo esos gru-pos mezclados de invasores y fugitivos llegaron hasta el Egipto y se establecieron en buena parte del territorio. Cuando terminó esta etapa de convulsión, los distintos gru-pos indoeuropeos comenzaron a fijarse también en el Oriente cercano, generalmente apoyados en algunos grupos sometidos sobre los cuales ejercieron la autoridad propia del conquistador. Así surgieron nuevos estados militarmente muy poderosos, que alte-raron la situación de los viejos pueblos de esa región.

Hititas, hurritas y mitanios

Así como los kasitas se fijaron en la Mesopotamia y se fundieron con los amorreos y los otros pueblos que la ocupaban antes de ellos, otros grupos indoeuropeos se esta-blecieron más al norte y fundaron nuevos reinos.

Los hititas, tras asolar la Mesopotamia, se fijaron en el Asia Menor, en la cuenca del río Halys, y allí fundaron su capital, llamada Hatushás, en un lugar hoy conocido con el nombre de Bogaz-Koei. Allí estuvieron desde principios del segundo milenio hasta el siglo XIII antes de J. C., extendiéndose poco a poco hacia el Taurus y la Siria, en donde tuvieron que enfrentarse con los egipcios una vez que estos lograron sacudir el yugo de los hicsos. Durante largo tiempo la Siria fue el escenario de la lucha de los imperios rivales que, finalmente, después de la batalla de Kadesh, llegaron a un re-parto territorial y hasta a una alianza en vista de la llegada de nuevos pueblos invaso-res.

Los hititas llegaron a dominar a los estados vecinos constituidos de la misma ma-nera que el suyo propio, esto es, los de los hurritas y mitanios. Los hurritas estaban situados en la Siria del norte y la Mesopotamia septentrional, y un poco más al sur se radicaron los mitanios, que limitaban al sur con el estado kasita de la Mesopotamia. Cuando Egipto se vio obligado a enfrentarse con los hititas, buscó la alianza de hurritas y mitanios y logró que se independizaran de sus conquistadores, con lo cual contó con un nuevo apoyo contra aquellos. Pero al cabo de algún tiempo los hititas se impusieron y se transformaron en la gran potencia que tuvo que enfrentar Ramsés II y con la cual, finalmente, se vio obligada a negociar.

La civilización de todos estos pueblos se parece en algo a la de los primitivos pue-blos de la Grecia continental. Guerreros infatigables, estaban organizados en clanes mandados por un rey, entre los cuales se elegía al jefe supremo, que residía en la ca-pital, Hatushás. Eran principalmente pastores y su religión era naturalista, destacán-dose entre todas una divinidad femenina que presidía la fecundación de las tierras y los ganados.

— Los pueblos del mar

Una vez sedentarizados los pueblos invasores y fundidos con fuertes núcleos de los pueblos sometidos, los nuevos estados trataron de consolidar su poder y empezaron a desarrollar una civilización en la que, por cierto, predominaba la tradición de los pue-blos sometidos debido a la experiencia milenaria que poseían respecto a los trabajos propios de la vida sedentaria y civilizada. Pero este equilibrio de poder entre los nue-vos estados debía ser roto muy pronto debido a la aparición de una nueva ola inmi-gratoria de pueblos de origen indoeuropeo, que se lanzó sobre las costas del Medite-rráneo oriental desde el siglo XIII antes de Jesucristo.

Esta ola corresponde a los pueblos que se llamaron en Grecia los aqueos y los do-rios. Mientras estos se fijaban en la península balcánica y en las islas del mar Egeo, otras ramas se dirigieron a las costas de Asia Menor, Siria y el Egipto y golpearon allí firmemente sobre los nuevos y los viejos estados que hallaron ya establecidos. Los co-nocieron entonces con el nombre de “pueblos de mar, porque, a diferencia de los an-tiguos invasores, vinieron estos en navíos que, seguramente, habían aprendido a utili-zar gracias a su paso por las regiones marítimas del Egeo y Grecia.

Ya se ha visto cuáles fueron las consecuencias de la invasión de los pueblos del mar en Egipto, cuyos reyes apenas pudieron rechazar su ofensiva y se vieron obligados a cederles sus antiguas conquistas en el sur de Siria. Allí se establecieron los grupos in-vasores que se conocen con el nombre de filisteos.

Más al norte, la invasión tuvo consecuencias aún más graves. El reino hitita su-cumbió y, con él, desaparecieron como pueblos autónomos los hurritas y los mitanios. Otra vez reinó la confusión en el Oriente cercano y recomenzaron los movimientos de pueblos. Los mitanios, según parece, se fundieron con las poblaciones semíticas del norte de la Mesopotamia y así surgió el reino asirio, cuyo poder combativo había de provenir, precisamente, de la influencia de esos grupos indoeuropeos. Y en Siria y Pa-lestina, la ausencia de las grandes potencias de antaño permitió que aparecieran en primer plano algunos pueblos poco belicosos antes sometidos, que ahora tendrían oca-sión de mostrar su capacidad para desarrollar una civilización de singulares relieves: los fenicios y los hebreos.

CAPÍTULO X

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Los fenicios

Frente a los grandes imperios militares que llenan la historia del Oriente cercano, el pueblo fenicio pone de manifiesto características muy diversas. Ajenos a los intere-ses territoriales, los fenicios vivieron en ciudades marítimas y pusieron su afán en el dominio de las grandes rutas comerciales que antes habían recorrido como señores los pueblos egeos. En relación con ellos, primero, y como herederos suyos después, los fenicios fueron los intermediarios entre las viejas culturas del Oriente cercano y las que empezaron a florecer más tarde en otros lugares del Mediterráneo. Esta función, y el desarrollo que le imprimieron a la actividad comercial, hacen de ellos un eslabón importantísimo en la historia del Mediterráneo.

El país

El país que recibió el nombre de Fenicia no es sino una pequeña porción de la Siria, aquella que se extiende desde los contrafuertes occidentales de la cordillera del Lí-bano y el mar, a lo largo de poco más de doscientos kilómetros. Esa estrecha franja posee algunas riquezas naturales, pues los valles del Líbano son ricos en maderas, ex-celentes no solo para la construcción de navíos sino también para otros usos. Además, crecen en esas regiones la vid y el olivo y la tierra es favorable para un reducido cul-tivo de los cereales.

En esa costa surgieron desde antiguo algunas ciudades marítimas, pero las carac-terísticas de la costa les impedían establecer entre ellas una relación continua y fácil, pues es muy abrupta y forma valles transversales. Impedidos por las circunstancias de extenderse hacia el interior, y contando con excelentes puertos, los fenicios siguieron el camino del mar para desarrollar su riqueza y muy pronto entraron en comunicación con las grandes potencias marítimas, de las que se hicieron, por entonces, subordina-dos.

Los fenicios

Los fenicios constituían un pueblo de origen semítico que llegó a la región donde habría de establecerse en el curso del tercer milenio antes de J. C., seguramente como residuo de alguna de las grandes olas invasoras que se dirigieron desde el desierto de Arabia hacia la Mesopotamia. Fijados en la que sería su patria, cayeron bajo la domi-nación de los amorreos, los hititas y los egipcios, no pudiendo oponerse a ninguno de sus conquistadores por la insignificancia de sus fuerzas; pero cuando se produjo la dis-gregación de los reinos del norte y la declinación del Egipto, los fenicios comenzaron a afirmar su autonomía y pudieron desarrollar su actividad libremente.

Hegemonía de Biblos

La primera ciudad fenicia que alcanzó relieve por su actividad comercial fue Biblos, un puerto situado al norte de la costa siria, cuyo esplendor comenzó al prome-diar el tercer milenio antes de J. C. La causa de su prosperidad fue la relación que se estableció entre los navegantes fenicios y algunas grandes potencias de la época: Egipto, Creta y Chipre. A Egipto, sobre todo, estaba estrechamente vinculada la ciudad de Biblos, y la antigua leyenda de Osiris recordaba que su esposa Isis había encontrado en esa ciudad su cuerpo, de donde había vuelto a traerlo a Egipto.

De Biblos llevaban las naves fenicias a los puertos del delta del Nilo muchos pro-ductos: cobre, estaño, betún, aceites y perfumes y, sobre todo, ricas maderas de cedro destinadas a las construcciones de edificios y de naves. En cambio, los comerciantes egipcios llevaban a Biblos productos manufacturados, especialmente vasos, de los que se han encontrado allí ejemplares correspondientes a la época del Antiguo imperio. Biblos fue el centro de la distribución de productos egipcios en Asia. Allí se vendía, especialmente, el papiro egipcio, lo que dio lugar a una industria tan vigorosa que se siguió llamando “biblos” a los libros hechos con esa sustancia.

La hegemonía de Biblos duró aproximadamente hasta mediados del segundo mile-nio, época en que su empuje comercial fue superado por otra ciudad situada más al sur: Sidón.

Hegemonía de Sidón

Sidón era un puerto natural más amplio y mejor protegido que Biblos, y los egip-cios lo eligieron como puerto principal para sus empresas en la costa siria durante la época en que dominaron esa región en los siglos XV y XIV antes de J. C. Pero su es-plendor no provino solamente de esta circunstancia sino también de la declinación del poderío marítimo de Creta que, aniquilada por los aqueos, había dejado libres las ru-tas del Mediterráneo. Debido a estas dos causas, Sidón se transformó en una potencia naval de primera magnitud y sus barcos llegaron no solo hasta Chipre, Rodas y Creta sino que alcanzaron también las costas de Grecia, el Asia Menor y las islas del mar Egeo, y finalmente las costas del mar Negro. Por todas partes fundaron los navegantes de Sidón factorías y colonias en las que comercializaban los productos que de todas partes transportaban en sus barcos, desarrollando de ese modo un activísimo inter-cambio que difundió por todo el Mediterráneo oriental y el mar Negro la industria de los distintos centros productores.

Originariamente, la gran riqueza de Sidón fue la pesca del múrex, un molusco del que se extraía la sustancia tintórea que daba el color púrpura, tan solicitado para las más finas telas. Pero junto a este producto, los sidonios se dedicaron a vender los otros productos naturales de Fenicia y los artículos manufacturados que producían sus talle-res: vasos, joyas, perfumes y telas. Y no era todavía lo único. Transformados en inter-mediarios entre Egipto, el mar Egeo y el Oriente cercano, difundieron entre todas esas regiones los productos de la industria de Mesopotamia, como géneros finos y metales trabajados, y los que provenían de Egipto.

Los sidonios entraron en contacto con los aqueos y quedan recuerdos de ese en-cuentro en los poemas homéricos —en la Odisea especial-mente— donde se cuentan las aventuras de marinos fenicios que se dedicaban al co-mercio y también a la piratería, porque, efectivamente, los marinos sidonios no vaci-laban en abordar las naves extrañas que encontraban para despojarlas de sus carga-mentos y apropiárselos.

El esplendor de Sidón, con el que se benefició sobre todo el Egipto durante la épo-ca en que esa ciudad estuvo bajo su dominio, duró hasta que se produjeron las grandes invasiones de los “pueblos de mar”. En el año 1150 antes de J. C. Sidón fue saqueada y poco después el desarrollo comercial que había alcanzado desapareció para ser here-dado a su vez por otra ciudad fenicia mejor protegida: Tiro.

Hegemonía de Tiro

Tiro era una vieja ciudad fenicia construida, como las demás, sobre la costa; pero su fortuna consistió en que tenía enfrente y muy próximo a sus orillas un conjunto de islotes que le permitieron establecer allí nuevos barrios que podían considerarse a salvo de las incursiones de los invasores. Allí se refugiaron los fugitivos de Sidón, y sus magistrados pudieron organizar una fuerza mercenaria para defenderla. Consecuencia de todo ello, así como también de la excelencia de su puerto y la riqueza de la zona circundante, fue que Tiro se transformó en el siglo XII antes de J. C. no solamente en el emporio más importante de Fenicia sino también en uno de los más importantes del mundo mediterráneo.

Tiro fue una monarquía poderosa no solo por el respaldo de su sólida riqueza sino también por el apoyo militar que le prestaba su ejército mercenario. Gracias a esas circunstancias se defendió largo tiempo de los ataques exteriores y pudo realizar un activo comercio. Hacia el este, las naves tirias llegaban por el canal del Nilo hasta el mar Rojo y el océano Índico, con el objeto de traer oro, especias y piedras preciosas de la India, productos que vendían luego los fenicios a las lujosas cortes de los egipcios y los hebreos. Hacia el oeste su desarrollo tomó un rumbo distinto al de los sidonios. Como el Mediterráneo oriental había pasado bajo el control de los griegos, los mari-nos tirios decidieron no competir con ellos y extender sus navegaciones hacia el Occi-dente, tratando de arrancar a aquellas lejanas regiones sus escondidas riquezas. Lle-garon así hasta las costas españolas, donde había un poderoso reino llamado Tartesos, en el que podía hallarse oro, marfil y estaño; y cruzando el estrecho de Gibraltar reco-rrieron luego las costas del África y aun se presume que la circundaron por encargo del faraón egipcio Nekao.

Su riqueza y su esplendor hicieron de Tiro una presa deseable para los asirios, que hacia la misma época en que ella empezó a prosperar habíanse transformado en uno de los poderosos pueblos de Mesopotamia. Tiro se hizo tributaria de los asirios, pero conservó largo tiempo su independencia, hasta que, finalmente, debió soportar un largo asedio de trece años impuesto por Nabucodonosor de Babilonia en el año 585 antes de J. C. Reducida a la calidad de tributaria del segundo Imperio babilónico, Tiro vio decaer su actividad marítima y al fin sucumbió en el siglo VI a manos de los persas. Pero su actividad marítima no desapareció del todo, y en parte la heredó una de las muchas colonias que había fundado en el Mediterráneo occidental: Cartago.

La organización fenicia

Tiro había recorrido la cuenca del Mediterráneo occidental, cuyas regiones no ha-bían entrado antes en contacto con el Oriente, y había fundado allí numerosos esta-blecimientos. Eran generalmente muy reducidos y se componían esencialmente de un depósito fortificado en el que se almacenaba la mercadería que traían las naves feni-cias para vender y las materias primas compradas en la comarca: eran las llamadas factorías. Solo rara vez llegaron a fundar colonias de alguna importancia en las que se radicaran definitivamente algunos grupos originarios de la metrópoli. Entre esas últi-mas merecen señalarse Gades, en las proximidades de Tartesos, y Cartago, en las costas africanas del canal de Túnez.

Las factorías representaban la manera característica de comerciar de los fenicios. Ajenos a toda preocupación colonizadora, sus navegantes y mercaderes no procuraban entrar en relación con las poblaciones indígenas de las regiones donde se establecían, sino que, por el contrario, se mantenían alejadas de ellas y renovaban periódicamente las guarniciones que custodiaban los almacenes. Sin embargo, a través de las relacio-nes comerciales, los fenicios llegaron a influir en el desarrollo de la civilización de esos pueblos imponiéndoles nuevas necesidades y gustos y facilitando la penetración de muchas ideas que antes les eran desconocidas. De ese modo, pese a su acción superfi-cial, fueron los fenicios los que establecieron las primeras conexiones duraderas entre el Oriente y el Occidente del mar Mediterráneo.

Cartago

Entre todas las fundaciones tirias, la más importante fue la de Cartago, que, inde-pendiente de la metrópoli pero en estrecha relación con ella, sirvió como una base fundamental para el comercio con la cuenca del Mediterráneo occidental. Gracias a esa circunstancia, Cartago alcanzó una extraordinaria prosperidad que se acentuó más aún cuando Tiro comenzó a decaer bajo los golpes de asirios, persas y caldeos. Enton-ces Cartago se tornó la primera potencia comercial de su zona de influencia y dominó a sus rivales, que eran por entonces las ciudades marítimas de origen etrusco y griego situadas en Italia y Sicilia.

Los cartagineses, a su vez, fundaron factorías y colonias en Sicilia, Córcega, Cer-deña y España, desde las cuales pudieron centralizar el comercio de algunas zonas productoras de ricas materias primas, lo que les permitió servir como intermediarios entre esas regiones y los grandes centros poblados del Oriente.

Constituía la ciudad de Cartago una oligarquía de comerciantes, y su política es-tuvo dirigida siempre hacia la seguridad y la prosperidad de sus empresas mercantiles. Su florecimiento se vio coartado por los romanos a partir del siglo III, quienes final-mente destruyeron la ciudad.

La religión fenicia

Los fenicios conservaron los antiguos dioses tradicionales de los pueblos semíticos, e instauraron en cada una de las ciudades que fundaron dos divinidades que recibieron un culto preponderante, a las que llamaban Baal y Baalat. En Biblos se adoró a una pareja divina relacionada con los cultos agrarios: Adonis y Astarté. En Sidón recibía culto Eshmun y en Tiro se le tributaba a Melkart y a Tanit.

De todos estos cultos, el más popular y generalizado fue el de Adonis y Astarté, que no solo era frecuente en toda la Siria sino también en otras muchas comarcas de la costa mediterránea a las que lo llevaron los fenicios y lo difundieron sobre todo a tra-vés de las imágenes que fabricaban y vendían en grandes cantidades. Eran dioses de la vegetación, y su leyenda contaba que Adonis había sido muerto por un jabalí y resuci-tado por Astarté, ciclo que, como el de los vegetales, se cumplía anualmente.

A estas divinidades se les levantaban altares y se les tributaban homenajes que consistían en sacrificios de animales y en ocasiones de personas.

La industria y el arte. El comercio

Uno de los rasgos que caracterizaron la civilización fenicia fue la organización de una industria para producir artículos manufacturados en grandes cantidades. Estable-cieron talleres en los que se ocupaban muchos operarios y su preocupación fue obte-ner un gran número de unidades de cada uno de los tipos ideados, gracias al uso de moldes y de una rigurosa organización del trabajo. De este modo, uniformada la pro-ducción, los fenicios podían obtener grandes ganancias con un costo de producción reducido.

Con esta técnica trabajaron principalmente los metales, el vidrio y la alfarería, produciendo objetos cuyo estilo seguía las líneas de los más difundidos en el Medite-rráneo, pero sin llegar a crear uno propio. A esa circunstancia se debe que no exista un arte fenicio propiamente dicho sino imitaciones más o menos felices del arte egip-cio o mesopotámico. Estatuillas, vasos, joyas y útiles diversos, así como también ar-mas, fueron los productos más difundidos por ellos. Un lugar aparte merecen los teji-dos fenicios, que adquirieron justo renombre sobre todo debido al teñido, en el que fueron consumados artífices.

Los productos así fabricados, así como también aquellos que compraban en otros centros de producción, eran vendidos por los fenicios en los más diversos y distantes puntos del Mediterráneo gracias a la extensa red marítima sobre la cual ejercían una suerte de monopolio. Concentrados esos productos en sus factorías y colonias, o en los establecimientos que poseían en algunas ciudades importantes, como en Menfis, por ejemplo, los distribuían luego cambiándolos en condiciones muy ventajosas para ellos, especialmente por materias primas propias de la región.

Un renglón muy importante del comercio fenicio fueron los esclavos, que concen-traban los fenicios y vendían luego en regiones distantes. Solían ser prisioneros de guerra que vendían los que los habían capturado, pero su núcleo se engrosaba con los que conseguían los fenicios gracias a sus aventuras como piratas.

El método que seguían los mercaderes fenicios para realizar el intercambio solía ser la exhibición de sus mercaderías en las proximidades de sus almacenes, a la espe-ra de que los indígenas ofrecieran en cambio una cantidad apreciable de productos. Quitando y agregando unidades se llegaba a un acuerdo sin que mediara, a veces, in-tercambio verbal, puesto que los fenicios muy frecuentemente no conocían la lengua de las poblaciones con las que traficaban.

La escritura

Quizá el más importante aporte de los fenicios a la civilización sea la simplifica-ción y difusión de la escritura.

Hasta entonces, en efecto, la escritura usada por los distintos pueblos del Oriente cercano se había caracterizado por su complejidad, debido a la cual constituía una profesión, nada fácil por cierto, el conocerla y practicarla. Mientras la escritura tuvo como finalidad principal servir a las necesidades de la religión o del estado, no hubo inconveniente en que funcionarios o sacerdotes mantuvieran la exclusividad de su co-nocimiento; pero cuando los fenicios la necesitaron para sus transacciones diarias, se dieron a la tarea de simplificarla para ponerla al alcance de quienes tenían que recu-rrir a ella de manera cotidiana.

El punto de partida fue, según se cree, la escritura egipcia, cuyos signos eran silá-bicos. Los fenicios redujeron su número a veintidós y los utilizaron no para representar sílabas sino para representar sonidos, de modo que podían utilizarse para escribir cualquier lengua. Este invento alcanzó ya difusión hacia los primeros tiempos del últi-mo milenio antes de Jesucristo.

El alfabeto fenicio fue modificado después por los griegos y, con ligeras variantes, es el que ha llegado hasta nosotros.

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CAPÍTULO XI

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Los hebreos

Los hebreos constituyeron un pequeño grupo del gran tronco semítico que pobló todo el Oriente cercano, pero que se diferenció del resto por su profunda vocación religiosa. Nómade durante mucho tiempo, se estableció finalmente en el valle del río Jordán y constituyó durante algún tiempo un reino floreciente. Pero luego, como los fenicios, sufrió los embates de los grandes pueblos conquistadores y llevó una vida oscura. Empero, su recuerdo había de ser duradero por el vigor de su religión mono-teísta, de la que es documento inapreciable el conjunto de libros religiosos, poéticos e históricos que forman el Antiguo Testamento.

El país

Ya se ha dicho que durante largo tiempo los hebreos llevaron una vida nómade; pero a partir de cierto momento se establecieron en la Palestina y fue allí donde al-canzaron su madurez.

La Palestina es una región que se extiende desde el río Jordán hasta la cordillera del Líbano y el mar Mediterráneo. Sus tierras son aptas para la cría de ganado y hay algunas regiones fértiles en la comarca regada por el Jordán; pero las proximidades del mar Muerto se caracterizan por su esterilidad debido a la naturaleza salitrosa de las tierras y a la presencia de asfaltos.

Los hebreos no llegaron a poseer la costa mediterránea y, fuera del valle del Jor-dán, estuvieron limitados a los valles orientales del Líbano, donde se levantan cedros maravillosos y crecen bien la viña y el olivo. Esta fue la tierra prometida que, ocupada por los cananeos, fue conquistada en cierto momento por los hebreos para hacer de ella su hogar.

Los hebreos

Como parte del gran tronco semítico, los hebreos llegaron seguramente a la Siria y la Mesopotamia sucesivamente en alguna de las grandes migraciones que se produje-ron. Pero ese período primitivo de su historia nos es desconocido y solo sabemos que se establecieron en el Sinear, o sea la región meridional de la Mesopotamia, congre-gándose en la ciudad de Ur. Allí permanecieron hasta los comienzos del segundo mile-nio. Quizá a causa de la decadencia en que esa ciudad cayó cuando los amorreos inva-dieron la región, los hebreos decidieron emigrar y emprendieron la marcha hacia Si-ria, por la que erraron mucho tiempo en busca de tierras en donde establecerse. Allí los sorprendió el formidable movimiento de pueblos que se produjo como consecuen-cia de las invasiones de los indoeuropeos, y envueltos en el torbellino, se vieron obli-gados a seguir el curso de los acontecimientos. Fue entonces, seguramente, cuando se incorporaron a alguno de los grupos que se dirigían hacia el Egipto, a donde llegaron formando parte del conglomerado que los egipcios conocieron con el nombre de hic-sos.

La época patriarcal

Por esta época, los hebreos mantenían la organización social propia de los pueblos nómades. Estaban agrupados en pequeños grupos unidos por la existencia de un ante-pasado común, al frente de cada uno de los cuales estaba el más anciano de sus miembros. El conjunto estaba gobernado por uno de esos jefes, el patriarca, cuya au-toridad era respetuosamente acatada por todos.

Según la Biblia, fue Abraham el patriarca que sacó a los hebreos de Ur e inició con ellos el período de autonomía de ese pueblo. Bajo su conducción se lanzaron los he-breos a la Siria, y en época de su nieto Jacob se encaminaron hacia el Egipto. Allí se establecieron algún tiempo y hasta lograron hacer fortuna, pues un hijo de Jacob lla-mado José alcanzó una posición destacada junto a uno de los faraones.

En una región próxima al istmo de Suez, los hebreos desarrollaron durante algún tiempo una vida próspera y feliz, quizá sin mayores alternativas que las que producían en su seno las inquietudes religiosas. Abraham, en efecto, había iniciado a su pueblo en el monoteísmo y procuraba apagar en él los vestigios del culto politeísta; pero la presencia de una religión de ese carácter en el Egipto constituía un aliciente para que se mantuvieran en él, de modo que fue necesaria una vigilancia constante de los pa-triarcas para afirmar el culto de Jehová, el único dios, en el que Abraham había ense-ñado a creer a los suyos.

Moisés

Cuando los egipcios comenzaron a reponerse de las consecuencias de las invasio-nes y los faraones de la dinastía XVII empezaron a expulsar a los que habían ocupado sus tierras, los hebreos fueron perseguidos como intrusos. La tierra que ocupaban pa-recía no ser la que Abraham había prometido a su pueblo por orden de Jehová, y así comenzó a germinar en él la idea de huir de Egipto para dirigirse nuevamente hacia Siria. Moisés, a quien la tradición consideraba como salvado milagrosamente de la muerte, fue quien encabezó el éxodo, esto es, la salida de los hebreos del Egipto en busca de la “tierra prometida”.

Era Moisés un espíritu vigoroso y decidido defensor de la fe monoteísta de Abraham. Al salir del Egipto condujo a su pueblo hacia el desierto de Sinaí, donde, an-tes de proseguir hacia el norte, organizó sólidamente la nueva fe. Retirado al monte Sinaí, volvió al cabo de cuarenta días con el mensaje de Jehová, formulado en un De-cálogo o conjunto de diez mandamientos, que hizo grabar en dos tablas que depositó en el Arca de la Alianza; para conservar esta a lo largo de la peregrinación que todavía aguardaba a los hebreos hasta que conquistaran la tierra prometida, ordenó Moisés que se construyera el Tabernáculo, una tienda suntuosamente decorada en una de cuyas partes interiores, que se llamó el Santo de los Santos, fue depositada el Arca de la Alianza, testimonio de la indisoluble unión de Jehová con el pueblo que había elegi-do por suyo.

Moisés combatió sin descanso todos los intentos de los hebreos para retornar a los viejos cultos de los ídolos, y ordenó la destrucción implacable de estos. Luego, para afirmar la religión de Jehová, encomendó a la tribu de Leví la custodia del Tabernáculo y los servicios del culto, misión que los levitas conservaron definitivamente.

La conquista de Canaán

Una vez reorganizados, los hebreos encabezados por Moisés volvieron a empren-der la marcha hacia la Siria, por entonces libre de la opresión de grandes potencias militares. Allí pusieron sus ojos en la Palestina, entonces ocupada por los cananeos, un pueblo semítico como los hebreos que se había asentado en ella en el tercer milenio antes de J. C. y conservaba sus viejos cultos idolátricos.

Moisés murió a la vista de la tierra prometida, pero su pueblo empezó una lucha implacable por la posesión de aquella región de acuerdo con sus designios. Palmo a palmo conquistaron el suelo, y en esa lucha hicieron una experiencia que los indujo a modificar su organización política.

Los jueces

En efecto, los hebreos tuvieron que luchar por entonces no solo con los cananeos que ocupaban la Palestina sino también con muchos otros pueblos vecinos que, como ellos, procuraban establecerse en aquellas comarcas. Para sortear tantas dificultades, los hebreos se dieron una organización de tiempo de guerra y encomendaron el man-do a jefes militares y políticos a los que llamaron jueces. Uno de ellos, Josué, consiguió conquistar la ciudad de Jericó, después de lo cual los hebreos pudieron asentarse en las tierras bajas de Canaán.

Pero la guerra debía continuar, porque los filisteos y cananeos mantenían en su poder las plazas fuertes, y las tribus del desierto hostilizaban a los hebreos sin descan-so. Los jueces siguieron dirigiendo la lucha, pero la desunión de las tribus y su indisci-plina les impedían obrar enérgicamente contra un poderoso enemigo, los filisteos, que amenazaba constantemente sus conquistas. Pareció necesario, pues, una organización más centralizada, y los hebreos pensaron en elegir un rey.

La época monárquica

Los hebreos tenían presente el ejemplo de las grandes monarquías autocráticas, cuyos jefes habían logrado, entre los egipcios y los hititas, asentar vastos imperios bajo su autoridad. Comenzaron, pues, a exigir que se les diera rey, pero tuvieron que ven-cer la resistencia de algunos que, como Samuel, se oponían a instaurar un régimen del que temían la opresión y los abusos.

Sin embargo, las circunstancias vinieron en apoyo de los que querían la monarquía, porque el peligro de los filisteos se hacía cada vez más grave. Saúl, un jefe experto y valiente, logró al comenzar el primer milenio antes de J. C. que se le otorgara el mando real y de ese modo comienza la época monárquica, que Saúl inauguró con una victoria sobre los filisteos, por la cual se afianzó la conquista de la tierra de Canaán para los hebreos, que pudieron también vencer a las amenazantes tribus del desier-to.

Saúl consiguió afirmar la unidad hebrea, pero no logró para sí el apoyo de las más prominentes figuras del nuevo reino. El mismo Samuel le era hostil, y apoyó las pre-tensiones de un joven pastor, David, que, a diferencia de Saúl, se mostraba firme en la religión de Jehová. Saúl intentó eliminar a su rival sin conseguirlo, y a su muerte, Da-vid lo sucedió en el trono, desde 995 hasta 975 antes de Jesucristo.

David fue el verdadero fundador del reino hebreo. A él se debió la consolidación definitiva de la conquista y los trabajos para adaptar a su pueblo a su nueva condición sedentaria. Al apoderarse de la última posición fortificada de los cananeos, la ciudad de Jebú, fundó la ciudad de Jerusalén, de la que decidió hacer la capital del nuevo es-tado. Allí llevó el Tabernáculo y luego ordenó la erección de un palacio real, para el que Hiram, rey fenicio de Tiro, envió obreros expertos y los más ricos materiales de construcción. Fue una época brillante, que preparó la llegada de otra más brillante aún durante el reinado de su hijo Salomón.

Salomón subió al trono en el año 975 y reinó durante cuarenta años. Era un mo-mento de calma en la Siria, y el rey pudo desarrollar una acción independiente y libre de temores. Aliado con Tiro, el reino de Israel se sintió seguro y se sometieron a su influencia las diversas poblaciones vecinas antes hostiles. De ese modo, Salomón ad-quirió el prestigio de monarca respetado y poderoso. Pero no fue eso solo. Salomón organizó y desarrolló el tráfico comercial por la vía de las caravanas que cruzaba ha-cia las costas del mar Rojo y por la vía marítima del Mediterráneo. De ese modo su riqueza se acrecentó y sobrepasó las fronteras. El matrimonio del rey con una princesa egipcia y las relaciones con Hiram, rey de Tiro, contribuyeron a asegurar su situación internacional.

Para organizar el país, Salomón creó una nueva división administrativa, más ajus-tada a las necesidades de un pueblo sedentario. Y para consagrar definitivamente la posición de Jerusalén como capital política y religiosa, ordenó la construcción de un templo de extraordinaria suntuosidad en el que debía conservarse el Arca de la Alian-za. Para ello vinieron —como en el caso del palacio de David— artesanos fenicios y materiales desde diversos lugares: marfiles, piedras y metales preciosos, maderas finísimas.

El templo fue construido en piedra y constaba de dos patios sucesivos, a uno de los cuales tenían acceso todos los fieles en tanto que al otro solo podían entrar los sacer-dotes que realizaban las ceremonias. La parte principal era el santuario propiamente dicho, en cuyo último recinto, el Santo de los Santos, se custodiaba el Arca de la Alian-za. Por la decoración espléndida y la majestuosidad de su aspecto, el templo llenó de orgullo a los hebreos y constituyó uno de los timbres de la gloria de Salomón.

El cisma

Sin embargo, su reinado no sirvió para aglutinar definitivamente las diversas tribus hebreas que, por el contrario, se sintieron tratadas diferentemente por la monarquía de Jerusalén. Al morir Salomón, las diez tribus que poblaban la región fértil de Galilea se separaron de las otras dos y proclamaron rey a Jeroboam, instalando su capital en Samaria. Este fue el reino de Israel. Las dos tribus que vivían en las proximidades de Jerusalén, cuya vida conservaba todavía rasgos más primitivos por la pobreza de la tierra que habitaban, aceptaron al hijo de Salomón, Roboam, y constituyeron el reino de Judea.

El reino de Israel se caracterizó por el abandono de la religión monoteísta y el re-torno a los viejos cultos idolátricos por parte de muchos de sus prelados. Durante dos siglos se sucedieron en su trono muchos reyes, llegando al poder casi siempre en me-dio de violencias y conflictos. Esta circunstancia debilitó al reino, que tuvo que afrontar muchos ataques de los pueblos vecinos, especialmente del de los arameos; finalmente, en el año 722 antes de J. C., Sargón II, rey de Asiría, se apoderó de Samaria y destruyó el reino, conduciendo buena parte de sus pobladores a otras regiones.

El reino de Judea sufrió también los ataques de otros estados poderosos, especial-mente de los egipcios, que saquearon Jerusalén en el año 925; pero, en cambio, pudo sortear por un azar la amenaza de los asirios, cuyo rey Senaquerib se preparaba para asolarlo.

El cautiverio de Babilonia

Después de la caída de los asirios, sin embargo, el peligro renació debido a la fuerza expansiva del segundo Imperio babilónico. En el año 597 Jerusalén fue ocupada, y habiéndose sublevado luego, fue tomada por asalto por Nabucodonosor en 587. De acuerdo con la costumbre de la época, la ciudad fue arrasada, robados sus tesoros y trasladados sus habitantes a otras regiones. Esta vez los hebreos del reino de Judea fueron llevados a Babilonia, donde permanecieron cautivos durante casi setenta años.

Este período tiene una importancia considerable en la historia de los hebreos, y especialmente en la historia de su fe, porque fue entonces cuando se propusieron es-tablecer con precisión sus rasgos de pueblo elegido y los caracteres de su religión monoteísta. Por entonces se compusieron buena parte de los libros del Antiguo Testa-mento y se fijaron por escrito otras tradiciones muy antiguas que se conservaban por vía oral. Los profetas, como Daniel y Jeremías, alentaron la esperanza del pueblo y robustecieron la fe en Jehová y en el destino del pueblo elegido, de modo que, más tarde, al regresar a Jerusalén habían ganado en firmeza en cuanto a la defensa de la fe.

El regreso les fue permitido por Ciro, rey de Persia, cuando este subyugó al se-gundo Imperio babilónico y dominó las regiones que lo constituían. Los hebreos no volvieron a poseer por entonces autonomía política, y su jefe fue ahora el sumo sa-cerdote, bajo cuya vigilancia se fortaleció la comunidad religiosa. Hubo muchos he-breos, por cierto, que no volvieron al viejo hogar, sino que prefirieron dispersarse por distintas regiones y dedicarse, como los fenicios, al comercio. Pero los que regresaron reconstruyeron el templo y allí se dedicaron a ordenar sus creencias mediante la pre-paración del conjunto de libros que conocemos con el nombre de Antiguo Testamen-to.

La religión hebrea

El legado del pueblo hebreo consiste esencialmente en su religión, un monoteísmo espiritualista que ha ejercido una inmensa influencia a través de los siglos y que cons-tituye el antecedente directo del cristianismo.

La religión hebrea nos es conocida a través del Antiguo Testamento, primera parte de la Biblia, cuyo contenido está constituido por un conjunte de libros de diversos ca-racteres. Se los divide en tres grupos: la Ley, los Profetas y los Escritos, en los que hay libros históricos, religiosos y poéticos.

La Ley comprende los cinco primeros libros, atribuidos a Moisés y llamados en conjunto el Pentateuco. El primero de ellos —el Génesis— contiene el relato de la creación por Jehová y entra luego en la narración de los primeros tiempos del pueblo hebreo, tema que se continúa en los libros siguientes. Dos de ellos —el Levítico y el Deuteronomio— contienen también prescripciones religiosas.

El grupo de los Profetas comprende el conjunto de libros compuestos por los gran-des predicadores de la religión de Jehová, que estimulaban al pueblo hebreo a man-tenerse fiel en el culto del dios único y señalaban los grandes males que podrían deri-varse de su abandono. Amos, Jeremías, Daniel e Isaías son entre ellos los más gran-des.

El grupo de los Escritos comprende los libros estrictamente históricos, como las Crónicas o los Libros de los Reyes, que contienen la narración de los principales acon-tecimientos de la vida del pueblo hebreo; y luego los libros religiosos y poéticos que —como los Salmos o el Cantar de los Cantares— expresan las ideas religiosas y mora-les a través de composiciones de intención literaria.

Los más antiguos pasajes de algunos libros del Antiguo Testamento confirman la existencia entre los primitivos hebreos de un antiguo culto politeísta. Contra él se le-vantó la religión de Jehová, que triunfó definitivamente con Moisés, a quien se debe la formulación del código religioso y moral llamado Decálogo y que fue inscripto en las Tablas de la Ley.

La religión de Jehová se caracterizaba por sostener —a diferencia de las demás religiones de la época— la existencia de un solo dios, con el cual Moisés afirmaba ha-ber realizado una alianza en nombre de su pueblo que hacía