El Cercano Oriente y la neutralidad. 1955

Casi inmediatamente después de anunciarse el acuerdo logrado entre Austria y la Unión Soviética, que tanto optimismo ha suscitado, la cancillería rusa acaba de hacer pública una declaración en la que manifiesta su preocupación por los problemas del Cercano Oriente: en términos muy mesurados, por cierto, el gobierno de Moscú hace notar que no puede mirar con indiferencia la situación creada en aquella zona por los pactos militares establecidos bajo la influencia de las potencias occidentales, y se declara dispuesto a acudir ante las Naciones Unidas para pedir su intervención en el problema.

No puede sino llamar la atención la nueva ofensiva soviética, que no es aventurado relacionar con el proyecto de neutralización de Austria, concebido en términos precisos por el gobierno ruso y compartido por el de Viena. La posibilidad de reemplazar la «cortina de hierro» por una zona de países neutrales constituyó un plan ingenioso, pero lleno sin duda de peligros, que obligarán a pensar a los gobiernos democráticos. Por el momento, están a la vista los problemas de Austria y de los países del Cercano Oriente; mas es fácil adivinar que se esconde detrás de ellos el de Alemania, recientemente revitalizada por los acuerdos de París. Todo hace pensar que la Unión Soviética está preocupada por la situación que esos pactos han creado y se dispone a reforzar su posición; pero por el momento, sin que pueda preverse hasta dónde, se advierte cierta postergación de las amenazas de réplicas militares y un decidido interés por replantear algunas situaciones en el terreno diplomático. Las potencias occidentales deberán, pues, comenzar el análisis de una situación en que la Unión Soviética puede llevar cierta ventaja inicial.

El problema del Cercano Oriente, que ahora saca a la luz la Unión Soviética, constituye uno de los más serios y difíciles que deben afrontar dichas potencias. En él está incluido el de los estrechos, el de las vías de comunicación entre el Mediterráneo y el Océano Índico, el de ciertas regiones petrolíferas de fundamental importancia y el de las fronteras entre la Unión Soviética y varios países asiáticos de escasa capacidad militar. Su solución no puede encararse con criterio estrictamente estratégico, pues en los últimos tiempos algunos Estados han adoptado una actitud violentamente xenófoba, que obliga a las naciones de Occidente a sopesar cuidadosamente su política para con ellos. Son conocidos los casos de Irán y Egipto, los países en donde Gran Bretaña tenía intereses substanciales en los cuales ha tenido que aceptar las condiciones impuestas por los movimientos nacionalistas triunfantes. En consecuencia, el planteo estratégico está estrechamente limitado por la situación interna de los países del Cercano Oriente, confusa en muchos aspectos, pero resueltamente definida al menos en lo de aceptar la injerencia extranjera solo en la menor medida posible.

A poco de terminada guerra, pudo esperarse que la Liga Árabe constituyera una coalición suficientemente fuerte como para resistir tanto la presión del bloque oriental como la del bloque occidental. Pero bien pronto se advirtió que sin el apoyo de las potencias occidentales su fuerza y su eficacia eran reducidísimas, circunstancia que la ponía a merced de los intentos del sector oriental. La Liga Árabe prefirió acentuar su neutralidad, y en tal política perseveró bajo la influencia del movimiento nacionalista egipcio, pese a la persistencia de vínculos muy sólidos entre las economías de algunos de sus países y las de Inglaterra y Francia. Llegada a cierto punto y enfrentada con problemas internacionales cada vez más apremiantes, la Liga Árabe ha sufrido un importante colapso al decidir Irak unirse a Turquía mediante una alianza que, indirectamente, lo ata al sistema defensivo occidental.

En ese momento se puso en evidencia la debilidad de la Liga Árabe, de la que el teniente coronel Nasser acaba de manifestar rotundamente que no existe. Sin duda pudo preverse que el intento de constituir un conjunto autónomo con países de tan bajo nivel técnico era un poco utópico. Las dificultades internas surgidas en cada uno de esos países, como el problema de los refugiados en Pakistán y Jordania, o los problemas políticos aparecidos en varios de ellos, acrecentaron tal impotencia y destacaron los peligros que encerraba una neutralidad insuficientemente respaldada por la fuerza y de ninguna manera garantizada por los bloques en conflicto.

Irak se atrevió resueltamente a abandonar la ilusión de la neutralidad y firmó con Turquía una alianza que tuvo la virtud de quebrar la solidaridad entre los países árabes. Repentinamente, la esperanza de acrecentar el grupo de neutrales, acariciada por el Sr. Nehru y, sin duda, por el teniente coronel Nasser, se vio oscurecida por una decisión inconmovible de Irak, cuyo ejemplo parece estimular algunos de otros Estados árabes. Para reforzar la situación creada, Gran Bretaña acaba de asociarse a la alianza entre ese país y Turquía, y puede preverse que la diplomacia occidental obtenga algún triunfo más en una zona en la que ha ejercitado en otro tiempo, y aun en épocas muy próximas, su consumada habilidad. Siria, Líbano e Irán pueden unirse, tarde o temprano, a aquella alianza y de ese modo la organización defensiva controlada por el comando de la NATO quedará montada sobre una línea continua a lo largo de la frontera meridional de la Unión Soviética.

Esta situación es la que el gobierno de Moscú denuncia ahora como peligrosa para su seguridad. Ante su progresiva consolidación, el Kremlin ha postergado -quizá transitoriamente- su réplica militar y ha juzgado la ocasión favorable para solicitar la neutralización del Cercano Oriente. «La no participación de los países del Cercano Oriente en bloques militares agresivos -ha manifestado la cancillería soviética en su declaración del sábado último- sería una importante promesa para afianzar la seguridad y la mejor garantía contra la participación de esos países en peligrosas aventuras militares.»

La tesis soviética en relación con esta zona parece corresponder a la que trata ahora de imponer en el caso de Austria. Una barrera de pequeños países, incapaces por sí mismos de sostener una repentina ofensiva de fuerzas blindadas y obligados a una pasiva neutralidad, sería la aspiración de la Unión Soviética, o -si ha de creerse en sus afanes pacifistas- su solución para el problema de la «guerra fría» en el frente occidental.

Naturalmente, tal tesis trae consigo la dilucidación del caso de Alemania Occidental, ya comprometida con los países occidentales. Cabe suponer que el gobierno de Moscú no ignora las dificultades inmensas que supone una revisión de la situación alemana; de modo que puede pensarse que, una vez más, la enunciación de su criterio está destinada a jugar de cierta manera en los planteos diplomáticos.

Con todo, el carácter del proyecto soviético obligará a las cancillerías occidentales a meditar muy seriamente sobre la estrategia diplomática y militar que hayan de adoptar. Se recordará que las demandas soviéticas de territorios después de la segunda guerra mundial estaban fundamentadas en la necesidad de establecer una barrera entre sus fronteras y los países occidentales. Sin desdeñar totalmente la nueva tesis enunciada por Moscú, habrá que medir cuidadosamente cuáles son los valores ofensivos que pueden esconderse tras una proposición que, a primera vista, parece fundarse solamente en propósitos defensivos.