Esfuerzos para la paz. 1954

La intensa actividad desplegada por los gobiernos de las grandes potencias durante el año que concluye ha logrado, sin duda, algunos frutos, y el presidente Eisenhower ha podido decir en su mensaje de Navidad que la “inquebrantable esperanza de la humanidad hacia la paz es más radiante hoy que en años pasados”. Ciertamente, algunas amenazas que se cernían sobre el mundo han podido ser disipadas gracias a la tenacidad y a la maestría de algunos estadistas. Y parecería que pudiera esperarse un progreso firme en el camino hacia la paz. Cabe preguntarse si se están removiendo solo los obstáculos superficiales o si se trata de eliminar las causas profundas, porque solo esta última labor puede proporcionar, en medio de las amenazas desencadenadas por los nuevos medios bélicos, cierta esperanza con respecto al futuro.

En las últimas jornadas del año, tras haber ofrecido el gobierno soviético el espectáculo de una reagrupación formal de sus aliados, nos es dado observar cómo se realizan en Europa los últimos esfuerzos para consolidar la Unión Europea Occidental, mientras en Asia se echan las bases para la constitución de una alianza de proyecciones cada vez más considerables. Estos hechos constituyen eslabones de los procesos más significativos desarrollados durante el año que concluye, y un examen retrospectivo nos permite ver su alcance y significación.

La alianza de las potencias occidentales, esbozada a grandes rasgos desde poco después de la guerra, fue cobrando forma poco a poco hasta que se concretó en lo que hubo de llamarse la Comunidad Europea de Defensa. Esta asociación de naciones tenía objetivos militares y políticos, y debía incluir, además de los antiguos aliados, a Italia y Alemania Occidental. Pero si al principio pareció que llegaría a adquirir realidad, los obstáculos que se opusieron para su perfeccionamiento legal fueron tales que, finalmente, quedó destruida. Las diferencias sobre Trieste y sobre el Sarre constituyen problemas agudos, pero el nudo de la cuestión fue el ejército internacional y, sobre todo, los poderes supranacionales que el proyecto creaba. Francia no quiso transigir, y en un instante memorable de su historia reciente rechazó el proyecto. Sin duda, contribuyó a este resultado el primer ministro, Sr. Mendès-France; pero con su esfuerzo y el de los estadistas aliados se ideó luego la Unión Europea Occidental, semejante al de la CED, pero menos audaz en el compromiso de las soberanías nacionales y, en consecuencia, más fácil de aceptar por parte de la opinión pública. Así ha sido posible que, en dramáticas sesiones, lo ratificara ayer, finalmente, la Asamblea Nacional francesa.

De tal manera se avanzaba, entre innumerables dificultades, por el camino de la cooperación organizada y sistemática de las potencias occidentales. Algunas de ellas provenían de la inadecuación entre los propios participantes, pero otras tenían su origen en el incesante hostigamiento de la Unión Soviética, en unas ocasiones a través de hábiles ofensivas diplomáticas y en otras por medio de la acción de los partidos comunistas de los distintos países. A comienzos del año la conferencia de cancilleres de Berlín probó la dificultad de lograr un acuerdo sobre Alemania, problema que, en unión de otros, se convino en abordar nuevamente en Ginebra meses más tarde. Pero entretanto la Unión Soviética sostenía insistentemente la necesidad de un acuerdo general europeo, sin distinción de bloques, y en cierto momento la opinión mundial fue sorprendida con la inesperada propuesta de que se la admitiera en la organización del Tratado del Atlántico. La reunión de Ginebra se realizó en medio de la mayor expectativa y bien pronto abandonó el tema de Alemania para circunscribirse al de Indochina, donde las fuerzas del Vietmin ponían en aprietos a las de la Unión Francesa. Abocada al problema, la conferencia logró aliviar una fórmula de arreglo que, por cierto, reconocía el predominio de la influencia comunista en parte del territorio del sudeste asiático, circunstancia que movió a los Estados Unidos a acelerar las negociaciones que terminarían por constituir en Manila la Organización del Tratado del Sudeste de Asia, para oponerse al avance de la influencia chino-soviética en esa zona.

Era indudable que el bloque oriental adquiriría en Asia una fuerza creciente. Así lo reconocieron los estadistas europeos, que concedieron atención preferente en Ginebra al canciller chino, Sr. Chou En-lai, con quien habrían de conversar más tarde algunos parlamentarios británicos en Pekín. Esta circunstancia obligaba a reforzar la alianza occidental y, para hallar una salida a la crisis creada por el rechazo de la CED por la Asamblea francesa, comenzaron, primero en Londres y luego en París, laboriosas conversaciones, que pusieron a prueba la pericia de los diplomáticos de los países interesados. De acuerdo con el principio sostenido por Sir Winston Churchill, se procuró sortear los escollos uno por uno, se resolvieron innumerables pequeñas dificultades, se lograron mutuas concesiones y se llegó finalmente a firmar la llamada Acta de Londres, sobre cuyos principios se formalizarían poco después los tratados de París. Así nació la Unión Europea Occidental, que ha hallado algunas dificultades para su ratificación, pero que parece probable que logre sobreponerse a todas, superadas como han sido ayer las que ofrecía Francia.

La vasta ofensiva, directa e indirecta, que lanzara Moscú contra la CED volvió a repetirse contra la nueva organización, acaso con más violencia porque parecía más segura su formalización. Toda la vasta red de propaganda con que cuenta el régimen soviético se puso en movimiento para neutralizar a la Unión Europea Occidental. Y en un momento que Moscú juzgó apropiado, convocó para una conferencia que debía reunir a ambos bloques y cuya finalidad sería establecer un sistema de seguridad recíproca. Como era de esperar, las potencias occidentales sostuvieron el principio de que solo después de la ratificación de los tratados de París era posible volver a tratar con la Unión Soviética, con la cual habían fracasado ya otras reuniones. Pero la conferencia se realizó en Moscú con las naciones que aceptaron la invitación -que no fueron sino a las que se hallan dentro de la órbita soviética- y se declaró públicamente la constitución de una alianza militar que se opondría a la del occidente. Triste suerte la de Alemania, su mitad oriental quedó incluida en ese bloque, en tanto que su mitad occidental quedaba unida al de las potencias occidentales.

A tan intensa actividad política y diplomática acompañaba una creciente evidencia del desarrollo de las armas atómicas. Los experimentos científicos se sucedieron, y han debido alcanzar tal éxito que ya se han hecho públicas las decisiones de utilizar aquellas y se conocen los esfuerzos para determinar la renovación estratégica que supone su uso. En el ámbito de la UN las conversaciones en favor del desarme han hecho algunos progresos, pero es indudable que tales negociaciones solo pueden ser subsidiarias de los acuerdos políticos fundamentales.

Acaso lo más significativo de este largo duelo entre el mundo libre y el mundo organizado dentro de la órbita soviética sea la creciente importancia que adquieren en las relaciones internacionales las potencias asiáticas. Fuera de los países ya comprometidos con Moscú, algunos otros se han agrupado para firmar su decisión de mantenerse ajenos a la disputa entre los dos bloques. Campeón de esa política es el Sr. Nehru, pero su pensamiento arraiga en Asia, donde las llamadas naciones de Colombo buscan definir una política de prescindencia. Algunas de ellas tienen pactos firmados con los Estados Unidos y otras son miembros del Commonwealth británico, pero eso no obsta para que su esfuerzo se dirija a limar asperezas, a evitar la polarización de las fuerzas y a servir de intermediarios entre rivales que ya parecen no poder entenderse directamente. La reciente visita del Sr. Nehru a Pekín y la reunión de varios estadistas del sur de Asia en Jakarta revelan la intensa actividad que este grupo desarrolla.

La guerra de Indochina -con el dramático episodio de la fortaleza de Dien bien-Phu- y la tensión entre China comunista y China nacionalista amenazaron con desencadenar un conflicto generalizado. Seguramente no lo quieren las potencias que se verían comprometidas en él, y ese deseo ha conducido al hallazgo de fórmulas de conciliación. La alambrada de púas que divide a Europa no ha sido conmovida por los disparos de ninguna patrulla. Mas es innegable que en uno y otro frente se mantiene el arma al brazo. El esfuerzo hecho hasta ahora se ha limitado a evitar el incendio. Pero es imprescindible que se realicen otros nuevos y más intensos para que se puedan bajar las armas sin peligro, enfrentando valientemente las causas profundas de la tensión para ver si queda aún una esperanza.

La crisis del laborismo británico. 1955

En una reunión prevista para hoy el Comité Ejecutivo Nacional del Partido Laborista inglés decidirá la suerte de Aneurin Bevan, jefe del ala izquierda de la agrupación, a quien el grupo parlamentario acaba de excluir de su seno. Diversas circunstancias prestarán a esta resolución acentuada trascendencia. Por el innegable prestigio del Sr. Bevan, por la significación de las posiciones que representa y por las singulares circunstancias políticas en que se ha desencadenado la crisis del laborismo, la decisión que se adopte influirá considerablemente en el curso de la vida británica.

Como es sabido, Aneurin Bevan interpeló enérgicamente al primer ministro Sir Winston Churchill, en la sesión de los Comunes del 2 de marzo, mientras se discutía el problema de la fabricación y el uso de la bomba de hidrógeno por Gran Bretaña. Disconforme con la enmienda propuesta por el jefe de su partido, Sr. Attlee, a su juicio insuficientemente clara, el Sr. Bevan le exigió que puntualizara la posición del laborismo frente a tal grave problema. “Si Attlee dice que las armas nucleares se usarán con el apoyo de los laboristas contra cualquier clase de agresión -dijo el Sr. Bevan-, no votaré la enmienda”. Así las cosas, sus partidarios negaron su apoyo a la proposición presentada por el grupo parlamentario y pocos días después este excluyó de su seno al jefe del ala izquierda, transfiriendo el problema de su posible expulsión del partido al órgano que estatutariamente debe resolverla.

La ruptura entre los dos grupos del laborismo británico ocurre en circunstancias de singular relieve. Al esperado abandono de la dirección partidaria por el Sr. Attlee, a causa de su edad, se suma el inminente retiro de Sir. Winston Churchill de la vida pública y el anuncio de la convocatoria a elecciones generales aproximadamente para octubre. En tales condiciones, la crisis Laborista amenaza seriamente las perspectivas del partido en la próxima contienda electoral; es, pues, necesario admitir que el conflicto debe tener raíces profundas y que está destinado a gravitar en el futuro político de Gran Bretaña.

No es la primera vez, en los últimos tiempos, que se habla de la expulsión del Sr. Bevan del seno del Partido Laborista. Durante el año último en más de una ocasión denunciaron sus partidarios -especialmente en “Tribune”- que las altas esferas del partido, controladas por el Sr. Attlee y los miembros del ala derecha, abrigaban la intención de llegar a resoluciones extremas. La misma actitud fue anunciada con respecto al Congreso de Trade Unions, en cuyos puestos de comando están los partidarios del Sr. Attlee. Pero la sospecha de que pudiera adoptarse una medida tan radical no disminuyó la energía del Sr. Bevan y de sus partidarios, ni entibió la defensa de sus posiciones. Si la discusión del problema de la bomba de hidrógeno sirvió para que se pusiera de manifiesto la disidencia, esta se venía evidenciando desde hace mucho tiempo a través de otros asuntos no menos fundamentales. En efecto, es posible observar diferencias de fondo entre las dos alas del partido en relación con los problemas más importantes que han debido enfrentar en los últimos años el gobierno y el parlamento británicos.

En el ámbito de la política interior, reprocha el ala izquierda del laborismo a la dirección del partido su escasa fe en la posibilidad de realizar una acción socialista más intensa. Convencido de la solidez y eficacia de la política sostenida por los laboristas desde el gobierno, el Sr. Bevan ha luchado por mantener en el seno de su partido la confianza en la necesidad de defender y acrecentar las conquistas realizadas.

Pero la disidencia fundamental entre ambos grupos reside en la conducción de la política exterior. El Sr. Bevan y sus partidarios han acusado reiteradamente al gobierno conservador de una actitud demasiado sumisa frente a Washington, hasta el punto de haber afirmado aquí que han sido indicaciones del gobierno norteamericano las que han vedado a Sir Winston Churchill proseguir con sus planes de entendimiento entre los dos bloques. Convencido de que “el mundo ha llegado un punto en que las dificultades internacionales tienen que ser negociadas, si no se quiere que la humanidad perezca”, el Sr. Bevan insiste en las perspectivas favorables que podrían derivarse de un entendimiento con los estadistas que dirigen las grandes potencias del Este. Por ello reprochó a Sir Winston que no hubiera usado su autoridad para procurarlo.

La gravedad de tal planteo proviene de que el Sr. Bevan acusa a la dirección de la política exterior británica de una dependencia que juzga particularmente peligrosa. En su propaganda ha hablado abiertamente de lo que llama “el partido de la guerra”, refiriéndose a ciertos grupos influyentes de los Estados Unidos que parecerían sostener la necesidad de la guerra preventiva. Ante la sospecha de que esos grupos influyan en las decisiones del gobierno norteamericano y, por intermedio de este, en las del gobierno británico, el Sr. Bevan declara formalmente que Gran Bretaña debe adoptar una política exterior autónoma, precisamente como la que adoptó el gobierno laborista cuando resolvió reconocer al régimen comunista chino.

Ahora bien, el Sr. Bevan considera que la dirección del partido laborista se ha complicado en exceso con la orientación que el gobierno conservador ha impreso a la política exterior británica. Si bien no se opone a la alianza occidental, el grupo del Sr. Bevan rechaza cualquier solución que comprometa demasiado a Gran Bretaña, y que la comprometa, sobre todo, con gobiernos que, como el del Dr. Adenauer, han sido categóricamente repudiados por los socialistas de su país. En el caso particular de Alemania Occidental, el Sr. Bevan se ha manifestado resueltamente opuesto a su rearme, en parte por las razones apuntadas y en parte por el temor de favorecer la política militar de los Estados Unidos. Por la misma razón ha rechazado últimamente la decisión de su partido de autorizar el uso de la bomba de hidrógeno “contra cualquier clase de agresión”.

La actitud del Sr. Bevan no difiere, pues, de la del señor Attlee y de la dirección de su partido, sino en cuestiones de matiz. Pero, sin duda, dentro de la vida institucional inglesa estos matices son muy importantes, pues una actitud más resuelta de la oposición hubiera podido influir decisivamente en las resoluciones del gobierno, sobre todo cuando está conducido por estadista tan sensible como Sir Winston. Al enfrentarse con la dirección del partido, el jefe del ala izquierda subraya la necesidad de una acción que afirme lo que juzga el punto de vista auténticamente socialista. Y sus reproches hacen blanco en los hombres que controlan la organización dificultando su acción parlamentaria y acaso comprometiendo en alguna medida su situación directiva dentro de aquella.

En este aspecto, es innegable que el cisma no carece de motivos de índole personal. El creciente prestigio del Sr. Bevan lo autoriza a aspirar a la dirección del partido, aspiración que, seguramente, estaría respaldada por buena parte de los afiliado. Independientemente de las posiciones que representa, esa aspiración contraría la de los partidarios del Sr. Attlee, que preven el próximo retiro de su jefe, y entre los cuales no faltan los que cuentan también con sólido prestigio en las filas de su partido. El conflicto está dirigido, pues, en alguna medida, hacia la eliminación de un candidato cuya jefatura sería incompatible, por ejemplo con la actuación de hombres como Morrison, Gaitskell, Phillips o Deakin.

El árduo problema se ha planteado hoy en la sesión del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Laborista. Quizá de su solución dependerá el éxito o el fracaso de la agrupación en las próximas elecciones, en las que deberá enfrentarse con un Partido Conservador del que se alejara una figura de tan inmenso prestigio como la de Sir Winston Churchill. Un nuevo quinquenio del gobierno conservador acaso comprometa fundamentalmente lo que aún subsiste de la obra del gobierno laborista. Por ello hay quienes creen que estas consideraciones y la presión que los simpatizantes del Sr. Bevan están ejerciendo sobre la opinión partidaria pueden todavía gravitar en el seno del Comité Nacional del laborismo, incitándolo a buscar una fórmula que evite la agravación del conflicto.

Perspectivas en el Cercano Oriente. 1955

A no mediar alguna circunstancia imprevista, se firmará dentro de pocos días en Bagdad un pacto de defensa mutua entre Irak y Turquía, en una ceremonia para la cual viajará a aquella ciudad el presidente de este último país, Sr. Galal Bayar. El gobierno turco viene trabajando empeñosamente en la constitución de alianzas con los países árabes que incluyan a estos, indirectamente, en el sistema defensivo de Occidente, de acuerdo con los designios del gobierno de Washington, al que preocupa seriamente el problema de la frontera meridional de la Unión Soviética. Como es sabido, Turquía ha formalizado ya un tratado análogo con Pakistán y ha reiterado varias veces a los países árabes su ofrecimiento de integrar con ellos un sistema de seguridad para el Cercano Oriente. Hasta ahora, solo Irak ha aceptado esa invitación, en tanto que la han rechazado los demás países árabes.

La aceptación por el gobierno de Irak ha planteado un problema agudísimo en el seno de la Liga Árabe, temiéndose que se vea comprometida la propia existencia del organismo. Pero estas dificultades no alcanzan solamente a las relaciones recíprocas de estos países, sino que comprometen todo el sistema político del Cercano Oriente, reavivando viejo problema y suscitando otros nuevos.

Se recordará la significación que alcanzaron en su hora los incidentes provocados por la política del Sr. Mossadegh en Irán con respecto a la cuestión petrolera y las reivindicaciones del gobierno egipcio en relación con el Canal de Suez. Fuera del interés inmediato que encerraban tales problemas, pudo advertirse que los diversos regímenes políticos que se establecieron en el Cercano Oriente después de la segunda guerra mundial representaban una enérgica reacción anticolonialista, teñida de un profundo resentimiento frente a las potencias occidentales. Los problemas concretos pudieron resolverse con mayor o menor fortuna, pero es innegable que aquel estado de ánimo persiste.

No es otro el sentido que puede atribuirse a la resuelta hostilidad que han puesto de manifiesto los países que acaban de reunirse en la Liga Árabe en El Cairo, convocada por el gobierno del coronel Nasser para considerar la resolución del Irak de concluir un tratado de defensa mutua con Turquía. Considera el gobierno egipcio -y con él la mayoría de los Estados árabes- que, frente a la política de bloques, corresponde a los Estados de la Liga Árabe una actitud absolutamente neutral, al menos mientras no desaparezcan del todo los últimos vestigios de la política colonialista. Firme en este punto de vista, el gobierno de El Cairo ha manifestado que está dispuesto a retirarse de la Liga en el momento en que Irak formalice el tratado con Turquía, cuya firma está fijada para el próximo día 23. De ser así, la organización sufriría un golpe mortal, pues Egipto constituye su principal sostén, hasta el punto de haber podido manifestarse en Bagdad que constituía un instrumento de la hegemonía egipcia.

La Liga Árabe, que, como se sabe, está a punto de cumplir 10 años de existencia, fue constituida para intensificar la ayuda y las relaciones mutuas, así como para fijar y defender una política común frente a las grandes potencias. Su acción, pese a los esfuerzos de algunos notables estadistas que han formado parte de sus organismos directivos, ha chocado con serias dificultades. Los Estados que la constituyen se caracterizan por su peculiarísima estructura social -fundada en el predominio de la gran propiedad- y, sobre todo, por su escaso desarrollo técnico. Además, hay signos evidentes de que subyacen graves problemas políticos y sociales en el seno de la mayoría de los Estados que la componen, de los que se deriva una marcada inestabilidad política. En esas condiciones, la acción de la Liga Árabe tenía que hallar serios inconvenientes, y puede decirse que, fuera de la tenaz defensa del nacionalismo y de la decidida oposición a la política colonialista de Occidente, son pocos los puntos de contacto que ha logrado establecer entre sus miembros.

En las actuales circunstancias se advierte que tampoco es unánime la actitud frente a las grandes potencias occidentales. No solo Irak ha resuelto incorporarse al sistema defensivo organizado por ellas, sino que hay ya algún indicio de que quizá esté pronto a sumarse a la misma política algún otro Estado árabe. La aspiración de ciertos estadistas asiáticos de integrar un gran bloque neutral con países musulmanes parecería, pues, obstaculizada por la gravitación de las fuerzas que tienden a polarizar las energías en dos grandes sectores.

En relación con los grandes problemas internacionales, la cuestión es, pues, si es posible una actitud neutral en el Cercano Oriente y si, en caso de que los países árabes la mantuvieran, tendría peligrosas repercusiones. Con respecto a esos puntos están divididas las opiniones, y acaso esa división llegue a comprometer la existencia de la Liga Árabe. Pero en relación con los problemas locales, el alineamiento de algunos de los Estados que la componen dentro de las alianzas militares de Occidente podría llegar a tener consecuencias aun más graves si persiste el estado de guerra entre Israel y ellos. Todo incita a pensar que es necesario adoptar las mayores precauciones para impedir que la modificación de la situación militar en el Cercano Oriente repercuta desgraciadamente sobre la inestable paz tan dolorosamente conquistada.

Como es sabido, el Estado de Israel nació de una larga y compleja gestión internacional, y debió sufrir la invasión de su territorio por fuerzas árabes en cuanto se proclamó la república independiente, en mayo de 1948. La guerra reveló la gran capacidad de organización del nuevo Estado y concluyó con una tregua que ponía fin a las acciones militares sin tocar ninguno de los puntos fundamentales en litigio. Más aún, nuevos problemas aparecieron, derivados de la guerra y de la tregua misma, que debían dar lugar a difíciles situaciones. Y al cabo de cinco años ni se ha logrado establecer una paz definitiva ni solucionar ninguno de aquellos problemas. Las cuestiones fundamentales actualmente en pie son: la de los límites territoriales, la de la ciudad de Jerusalén, y la de los emigrados árabes que aspiran a ser indemnizados y repatriados. Tan arduas como parezcan ser, puede asegurarse que tienen solución si verdaderamente se desea la paz, e Israel ha ofrecido soluciones transaccionales que parecen moderadas y viables. Puede explicarse, sin duda, la reacción árabe ante la inclusión de un Estado extraño dentro del área que consideraban propia, sobre todo teniendo en cuenta el nivel técnico y el grado de desarrollo social que Israel manifiesta, distintos de los que caracterizan a los países árabes. Pero no puede dejarse de reconocer que la creación del Estado judío constituye una solución para un dramático problema que ha angustiado al mundo, especialmente en los últimos tiempos, y que es necesario arbitrar recursos para que no se malogre.

La creación del Estado de Israel es un hecho irreversible, y las soluciones que se ofrezcan para los problemas surgidos de la disputa con los árabes no deben comprometer su existencia. No deja de ser significativa la observación que formuló el ex candidato a presidente de los Estados Unidos Sr. Adlai Stenevson cuando visitó a Israel. “Los Estados árabes -dijo- temen la agresión judía y, por su parte, los israelíes temen que cualesquiera armas dadas por los Estados Unidos a los musulmanes sean utilizadas para atacar a Israel antes que para defender al Medio Oriente. Una vez más, como en Egipto, es evidente que la creación de una organización defensiva regional debe esperar la solución de problemas que en esta parte del mundo tienen una prioridad local mucho más alta que la defensa sobre el imperialismo soviético”.

Tales parecen ser los términos en que se debe plantear el problema del Cercano Oriente, amenazado por graves conflictos que deben evitarse. El ascendiente de las grandes potencias debe usarse aquí para conseguir una paz justa y segura, condición previa a todo plan defensivo que, de no contar con ella, se vería condenado al fracaso.

En vísperas de la Conferencia de Bandung. 1955

La semana próxima se inaugurará en Bandung (Indonesia) la conferencia afro-asiática convocada para estudiar los problemas comunes y fijar los puntos de vista frente a las cuestiones fundamentales que atañen a los países asistentes. Como es sabido, la reunión fue proyectada por los primeros ministros de las “naciones del grupo de Colombo” cuando se reunieron en Jakarta, a fines de diciembre último, pero hay indicios para suponer que la idea de la convocatoria surgió de las entrevistas sostenidas poco antes por los señores Nehru y Chou En-lai, en las que se establecieron algunos criterios que parecen presidir la reunión que ahora va iniciarse.

Las 29 naciones que concurrirán a Bandung se agrupan en tres sectores claramente diferenciados. Por una parte están los países comunistas encabezados por China, por otra los países vinculados directa o indirectamente con las organizaciones o con las potencias occidentales, y en tercer lugar, por último, los países partidarios de la neutralidad, encabezados por la India. Esta distribución compromete, sin duda, el éxito de la conferencia; pero es innegable que, aun cuando ella fracasara, su mera reunión y los escasos resultados que pudieran lograrse han de adquirir una altísima significación en el cuadro de la política de nuestro tiempo.

Circunstancias históricas y hechos del pasado inmediato explican las dificultades con que tropezarán las naciones afroasiáticas para lograr algunos acuerdos. Sin remontarnos muy lejos, pueden encontrarse en los últimos acontecimientos las raíces de los obstáculos que surgirán sin duda al comenzar las deliberaciones. La organización de la SEATO ha unido a algunos países asiáticos en una alianza que responde a necesidades urgentes e impostergables; la crisis Indochina se ha agudizado con el estallido de los conflictos internos dentro del Vietnam no comunista; el programa económico del nuevo gobierno japonés acaba de ser inmediatamente observado por los Estados Unidos; la unidad de los Estados árabes se ha visto quebrada por la alianza entre Irak y Turquía, a la que se ha sumado Gran Bretaña, y, finalmente el Sr. Nehru ha definido su oposición con mayor precisión aún que antes, inclinándose en la política interna hacia soluciones socialistas y asignando desembozadamente las mayores responsabilidades de la situación internacional a las potencias occidentales. Si se suma a todo esto la amenaza concreta que se cierne sobre el estrecho de Formosa, se comprenderá fácilmente que, en las discusiones de Bandung, los interlocutores se sentirán apremiados por amenazas, temores e indecisiones que han de repercutir sobre su posición en los debates. Así, será inevitable que los problemas inmediatos graviten sobre el planteo de los más lejanos y de mayor permanencia, circunstancia que suele complicar cualquier intercambio de ideas. Es innegable que la política de los países más comprometidos en los actuales conflictos de Asia ha registrado una pausa, que se relaciona con la expectativa producida por la Conferencia de Bandung, cuyos resultados se aguardan con apasionado interés, pues revelarán el alcance que en el momento actual tiene el extraordinario fenómeno contemporáneo del ascenso de Asia.

Bastaría recordar la intensa actividad observada en los últimos tiempos en relación con los problemas asiáticos para comprender que se trata de una circunstancia trascendental. Ya la conferencia de Jakarta, en diciembre del año pasado, llamó la atención por lo que suponía como afirmación de una inequívoca postura política, ajena a la influencia de las grandes potencias. En Bangkok respondieron categóricamente los países adheridos a la SEATO con una reafirmación de su propósito de lucha contra el comunismo; pero entretanto se quebró la unidad árabe, debido a la resistencia suscitada en algunos miembros de la liga por la alianza de Irak. Por su parte, la UN reunió en Tokio su Comisión Económica para Asia. Y, fuera de la acción del gobierno, se han reunido en los últimos meses dos conferencias en la que es menester fijar la atención: una convocada por el “Congreso por la Libertad de la Cultura”, que se reunió en Rangún a mediados de febrero, y la otra, que acaba de celebrarse en Nueva Delhi entre el 6 y el 10 de abril, en la que discutieron escritores, sociólogo y economista de Asia, bajo la doble y encontrada de influencia de los gobiernos de la India y la China comunista.

Esta última conferencia puede servir de pauta para prever la situación que ha de crearse en Bandung en cuanto se inicien las deliberaciones. Si los intelectuales congregados en Nueva Delhi acusaron la presencia de los dos polos de atracción que obraban en su seno, los delegados reunidos en Bandung deberán discutir no solo bajo esa doble influencia, sino también bajo la de los Estados Unidos, que inspira a algunos países concurrentes. Ya en Nueva Delhi la discusión fue tormentosa y el Sr. Nehru parece haber expuesto su desagrado por el giro que tomó en cierto momento. Acaso en Bandung la tormenta no se trasluzca -puesto que se trata de representantes oficiales-, pero se suscitarán sin duda agrias discusiones y acaso no falten las acusaciones violentas, los reproches más o menos velados y las reacciones que desatarán unos y otros.

Empero, la discusión girará sobre tan candentes problemas, sobre cuestiones tan trabadas entre sí y tan ricas en implicaciones inmediatas y remotas, que no es difícil que dejen un saldo de importancia. Parece ser el propósito de algunas delegaciones tomar como punto de partida los “cinco principios de coexistencia” que enunciaron, tras una entrevista de junio último en Nueva Delhi, los señores Nehru y Chou En-lai, sobre los cuales se discutiría con vistas a llegar a lo que desde ahora se ha dado en llamar la “declaración de Bandung”. Esos principios son: respeto a la integridad territorial y la soberanía, no agresión, no injerencia en los asuntos internos de los otros países, igualdad y beneficio mutuo, coexistencia pacífica. Para tratarlos se han constituido varias comisiones y puede presumirse que, así concebidos, no hallarán fuerte oposición, pues es evidente que las dificultades provienen de la interpretación y alcance que se les ve en la práctica.

De cualquier manera, si tales principios quedaran sentados, la posición de los países asiáticos estaría fijada en lo fundamental. Se admitiría la posibilidad de que cada país siguiera la evolución política que deseara y se establecería un principio de condenación para todo intento de influir en un sentido u otro dentro de esa evolución. Pero salta a la vista cuáles son los problemas reales que se esconden tras esas declaraciones y se comprende que el interés que suscitan los debates de Bandung no reside tanto en la declaración final a que pudiera llegarse, sino en el clima en que se desarrollen y en el alcance de los supuestos que respalden cada una de las posiciones en conflicto.

Descontada la posición de los países vinculados a la SEATO, el interrogante de mayor importancia que suscita la reunión inminente es el de las relaciones entre la posición de la India y la posición de la China comunista. Tal vez pueda preverse cierto alejamiento de la Unión Soviética de los problemas de China y de Asia en general. Si así fuera, el régimen de Pekín deberá buscar -y desde ahora lo busca, de hecho- el apoyo de la India, cuyo precio ha sido fijado ya con claridad. Los cinco principios de la coexistencia significan, para el Sr. Nehru, normas morales que excluyen su uso oportunista, guiado por los principios de “realismo” político. Si la China quisiera ser “más asiática que comunista”, como se ha dicho, hallaría en la India un fuerte aliado. Entonces, la política de neutralidad alcanzaría un peso inmenso. Sin duda, a esto quiere llegar la India en la conferencia de Bandung. La actitud que asuma la China comunista revelará qué esperanzas pueden acariciarse con respecto al futuro. Pero cualquiera sea el resultado de la conferencia, el occidente debe comprender que, tarde o temprano, el antiguo mundo colonial cobrará importancia decisiva en los destinos de la humanidad.

La consolidación de los bloques. 1955

Coincidiendo con la celebración del décimo aniversario de la victoria de los aliados sobre las fuerzas de la Alemania nacionalista-socialista, los bloques en que ahora se dividen los que antaño se aliaron frente a Hitler prepáranse para consolidar su organización, primero, y para pactar las condiciones de la coexistencia pacífica, después. Constituye un motivo de regocijo, sin duda, comprobar que comienzan a iluminarse algunos de los senderos que pueden conducir a la paz, pero no es posible ocultarse que, entretanto, se delimitan y precisan las fronteras de dos mundos hostiles. Acaso estemos en vísperas de la concertación de una tregua; mas era menester tener presente que los esfuerzos en favor de la paz deberán tender a disolver aquella hostilidad, que promete tiempos sombríos para un futuro no muy lejano.

Diversas gestiones buscan en este instante resolver las situaciones de mayor apremio. Mientras el delegado de la India entre las naciones unidas, el Sr. Menon, viajar a Pekín para proseguir las conversaciones de su gobierno con el Sr. Chou En-lai, ha reiterado este al encargado de negocios británicos su decisión de facilitar la concertación de negociaciones directas con el gobierno de Washington. Pero repentinamente la tensión ha vuelto a desplazarse de los problemas asiáticos a los problemas europeos, con motivo de análogas gestiones para una conferencia de paz entre Moscú y las potencias occidentales. Diversas circunstancias confieren a este hecho una extraordinaria significación.

Pese a algunos entorpecimientos y dilaciones, las reuniones de los embajadores en Viena parecen haber alcanzado un resultado satisfactorio y se espera con suficiente fundamento que a fines de la semana puedan los ministros de Relaciones Exteriores de las cuatro potencias ultimar el problema de Austria. Entretanto, el de la Unión Soviética, por una parte, y los de Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña, por otra, trabajan activamente por afianzar la organización de sus respectivos bloques. Cuando se encuentren en Viena y cuando conferencien ulteriormente en la esperada reunión de los jefes de gobierno, sus palabras estarán respaldadas no solo por la fuerza de sus propios países, sino también por la de las alianzas que representan.

En París se han celebrado en los últimos días algunos actos de gran trascendencia. Finalmente, y tras largos esfuerzos, se logró constituir la Unión Europea Occidental con la participación de la República Federal Alemana, que la víspera había recuperado su soberanía. Dos días después se la incorporó a la alianza del Atlántico Norte, en un acto solemne en el que se reafirmó la solidaridad de sus integrantes. Y al deliberar sobre la política a seguir en lo futuro, se convino en la necesidad de provocar una reunión de los jefes de Gobierno de las cuatro grandes potencias, para lo cual acaba de cursarse la correspondiente invitación a Moscú.

Tal paso, de innegable trascendencia, solo ha sido posible al cabo de diversas gestiones y luego de delicados reajustes de los puntos de vista de cada uno de los gobiernos interesados. Sin duda fueron Francia y Gran Bretaña quienes más insistieron en la necesidad de una conferencia tan pronto como se ratificaron los Acuerdos de París. A la insistencia del entonces jefe de gobierno inglés, Sir Winston Churchill, opuso el presidente Eisenhower ciertos reparos derivados de la política que por entonces seguía el gobierno norteamericano; pero ante nuevas presiones británicas, el presidente de los Estados Unidos ha terminado por ceder. Sin duda no han sido esas las únicas razones que han movido al general Eisenhower. El mismo había manifestado una actitud menos rígida en los últimos tiempos y especialmente después de la llegada del mariscal Bulganin al poder; pero, además, parece haber gravitado en su ánimo la certidumbre de que esta vez es posible tratar con el gobierno soviético con mayores garantías que en otras ocasiones, y que las conversaciones podrían dar buenos resultados. Además, el aire más franco y explícito que parece predominar en los círculos gubernamentales de Moscú ha estimulado una decisión cuyas perspectivas parecen halagueñas.

Ciertamente, el gobierno soviético había dejado entrever que aceptaría la invitación. Su actitud frente al problema de China y al de Austria reveló un viraje fundamental con respecto a su política de los últimos tiempos, y es lícito suponer que algunos problemas internos de imprevisible gravedad lo predisponen a aligerar la tensión internacional. De ese modo, obtenida la anuencia de los gobiernos de Washington y Moscú, es previsible que la proyectada conferencia se celebre próximamente.

Pero las perspectivas de la conferencia -con ser satisfactorias- no llegan a disipar las sombras que rodean la situación internacional. La invitación de las potencias occidentales ha surgido de una reunión del Consejo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, en la que, además, se han estudiado otros muchos puntos relacionados con la seguridad militar del bloque occidental. En ella ha declarado el secretario de Estado norteamericano que “la política básica de la Unión Soviética no ha cambiado”, y los demás oradores se han regocijado de la incorporación de Alemania a causa del apoyo que significa para la defensa del oeste de Europa y la causa de la libertad. Seguramente por eso, por la sensación del peligro y por la certidumbre de que ya es posible afrontarlo con más calma, los estadistas occidentales han formulado la invitación al jefe del gobierno soviético para la celebración de una conferencia destinada afianzar la paz.

Pero el jefe del gobierno soviético no recibirá la invitación en su despacho del Kremlin sino en Varsovia, donde se encuentra reunido con los jefes de los gobiernos de los países satélites para deliberar acerca de las perspectivas militares que se ofrecen al bloque oriental. Las mismas intenciones agresivas que los gobiernos occidentales atribuyen a los orientales, adjudican estos a aquellos. De la conferencia de Varsovia saldrá constituido el ejército único y sin duda quedará establecido el cuartel general y el nombre del comandante en jefe, cargo que ya se da por adjudicado al mariscal Konev. Y mientras se realizan estas deliberaciones y se escuchan discursos como el que ayer pronunció Bulganin en la capital polaca o el que dijo el domingo en Berlín el mariscal Zhukov, resolverá el jefe del gobierno soviético acudir a la cita ofrecida por los estadistas occidentales, dispuesto sin duda hacer valer las fuerzas que lo respaldan a no ceder sino en cuestiones de detalle. La conferencia dará seguramente algunos frutos, pero es necesario que se haga aún mucho más si se quiere prevenir la explosión de una guerra absurda.

Fuera de los problemas del desarme -en relación con los cuales ha comenzado a circular un proyecto británico de ensayo aplicado ambas zonas de Alemania-, ocupará la tensión de los estadistas el problema de la unificación de Alemania y el de la situación de los países satélites de la Unión Soviética. La aparición de este último asunto en el temario rebelaría, si se confirma, la posibilidad de un nuevo planteo en lo que concierne a la seguridad europea. Desde el comienzo de las negociaciones sobre Austria ha empezado a entreverse una salida mediante la creación de una zona neutralizada entre ambos bloques. De constituirse el acuerdo de Viena, quedaría Austria en situación de neutral, condición esta que se trataría de extender a otros territorios. No sería difícil que por esa vía pudiera llegarse a una efectiva disminución de la tensión.

Cuando la conferencia de los “cuatro grandes” se realice habrá llegado el momento de estimar el alcance de la tregua que pueda lograrse. Pero es de desear que la opinión mundial se compenetre de la necesidad de superar el presunto conflicto entre los bloques, más allá de las soluciones parciales, pues su afianzamiento significará inevitablemente, más tarde o más temprano, la guerra. Bien venido, por consiguiente, este esfuerzo en favor de la paz, sobre todo si es el primer paso de una larga acción constructiva.

La crisis soviética. 1955

Acostumbrada a la firmeza monolítica de las dictaduras, la opinión mundial se ha conmovido ante la imprevista noticia de la renuncia del primer ministro de la Unión Soviética, señor Georgi M. Malenkov, y los observadores han comenzado a desentrañar los motivos secretos que pueden haberla provocado. La tarea no es fácil, porque nunca puede saberse el grado de confianza que merecen las informaciones provenientes de Moscú, cuyos servicios oficiales de prensa se caracterizan por su severidad. Por lo demás, la política del Kremlin tiene hace mucho un aire palaciego, y los problemas de personas y grupos parecen ser los más importantes, situación esta que se ha agudizado sin duda después de la muerte de Stalin. Así, pues, las conjeturas tienen amplio camino por delante y han comenzado ya a formularse muchas, especialmente en los ambientes donde la futura conducta de la Unión Soviética preocupa fundadamente.

Cualquiera sea el interés que suscite el destino del régimen interno ruso, es evidente que, dada la situación de tensión internacional porque se atraviesa, el problema fundamental es el de las repercusiones que puedan tener los cambios que acaban de operarse en Moscú sobre la política internacional. A este respecto puede observarse entre los comentaristas cierta tendencia a esperar una modificación en la orientación de la Unión Soviética. Empero nada hace suponer que esa modificación deba operarse necesariamente, pues es bien sabido que la acción internacional de Rusia ha mantenido una línea inalterable desde la época de Stalin, apenas modificada aparentemente por las conversaciones que la diplomacia ha juzgado oportuno hacer en cada circunstancia. No era un azar que el señor Vishinsky, siendo ministro de Relaciones Exteriores, pudiera permanecer largos meses en el extranjero sin atender su despacho. Las grandes líneas de la política exterior soviética se elaboran en el seno de cuerpos estables, con marcada influencia del ejército, y es fácil comprobar su persistencia con solo cotejar el discurso pronunciado el martes último por el Sr. Molotov con las declaraciones que formulara a un periodista norteamericano el entonces primer ministro Sr. Malencov el 1 de enero de este año.

Por lo demás puede admitirse que los cambios políticos que han tenido por escenario la reunión del Soviet Supremo se han venido preparando desde hace, por lo menos, algunos días, y en ese plazo se han producido algunos hechos significativos. En efecto, el Sr. Molotov, que permanece a cargo de la cartera de Relaciones Exteriores, ha manifestado su deseo de contribuir a la solución del problema de Formosa y ha propuesto a las potencias occidentales la convocación de una conferencia a ese fin; y lo que es más significativo, acaba de manifestar opiniones análogas a un periodista norteamericano el Sr. Khrushchev, secretario del Partido Comunista y hoy, según todas las apariencias, el hombre que parece controlar la situación política en Moscú. Resulta lógico, pues, no atribuir la crisis a un propósito inmediato de modificar la orientación de la política exterior.

Empero acaso la situación entrañe cierto riesgo más o menos lejano si, como parece entreverse, los cambios que acaban de producirse responden a la creciente influencia política del ejército. El problema de la industria pesada interesa sobre todo al ejército y no es verosímil que este haya visto con buenos ojos la tendencia a disminuir el ritmo de su producción en beneficio de la industria liviana destinada a proveer artículos de consumo general. Las necesidades de la defensa parecen haberse sobrepuesto a los claros fines políticos que tenía la nueva orientación industrial, y el Sr. Malencov ha caído, aparentemente al menos, por representar a esta última. Su reemplazante, el mariscal Bulganin, ha merecido durante mucho tiempo la confianza del ejército y su nombre parece acompañar a una revisión de la actitud del Estado frente a la industria pesada. Tal es, al menos, lo que se deduce de las informaciones.

Sin embargo es posible conjeturar que se trate de un fenómeno más complejo. La eliminación de Beria requirió otros pretextos, pero no tuvo más fundamento que el designio de eliminar del elenco gobernante a un hombre que poseía un formidable poder personal. Con el episodio del martes último ha quedado eliminado el Sr. Malenkov y esta vez se ha esgrimido como argumento su “culpa”, su “ineficacia” para orientar la producción del Estado. No se requiere mucha perspicacia para advertir que hay en esos argumentos -que el propio señor Malenkov recoge en su renuncia- mucho de convencional.

El Sr. Malencov, en efecto, podía abrigar la convicción de que, desde el punto de vista interno, convenía elevar el nivel de vida de la población soviética y de que era necesario dirigir una producción hacia ese objetivo. Pero esa convicción no era solamente la suya. Cuando el Sr. Khrushchev fue elegido primer secretario del Partido Comunista, el 12 de septiembre de 1953, presentó un proyecto de intensificación de la agricultura y la ganadería, reconociendo que hasta entonces no se había hecho lo necesario en esos campos de producción. Lo significativo del caso es que el informe del Sr. Khrushchev manifestaba que en el pasado la Unión Soviética había concentrado su atención en el desarrollo de la industria pesada, desdeñando un tanto la agricultura y la industria liviana. Ahora -agregaba- la nación, “dotada de una poderosa base industrial”, puede dedicarse de lleno a estas otras ramas de la economía.

Tal era la posición del secretario del Partido Comunista, pero era también, hasta hace muy poco, la posición oficial del partido. Al celebrarse el 37° aniversario de la Revolución de Octubre, el Sr. M. Z. Saburov miembro del Presidium del Comité central del partido, leyó el 6 de noviembre de 1954 en la sesión solemne del Soviet de Moscú un informe en el que textualmente decía: “Basándose en los éxitos alcanzados en el desarrollo de la industria pesada y del transporte, el partido y el Gobierno han elaborado un amplio programa de ascenso de la producción de artículos de consumo popular, a fin de satisfacer plenamente, en los próximos años, las crecientes necesidades de las clases trabajadoras”. Y luego de dar algunas cifras sobre producción de tejidos, agregaba: “El partido y el Gobierno se plantean la tarea de elevar aún más la producción de artículos manufacturados y de víveres y, además, de alta calidad”.

Es inverosímil que, tres meses después, aparezca el señor Malencov como responsable de esa política y caiga a causa de tal responsabilidad. No menos inverosímil es que quien asumía con plena autoridad hasta hace pocos días la suma representación del Estado soviético, se manifieste ahora espontáneamente incapaz de llevar adelante la obra de desarrollo de la agricultura, obra que parecía hasta hace pocos días desarrollarse maravillosamente. En el citado informe manifestaba el señor Saburov que el área sembrada había crecido durante el año 1954 en un 13% con respecto al año 1950 y que el plan de roturación de tierras vírgenes se había cumplido en ese año en un 120%. Más aún, Sr. Khrushchev declaró por Radio Moscú, el 7 de enero del corriente año, que la Unión Soviética había roturado 74 millones de acres de tierras vírgenes y que esperaba obtener en los próximos dos años 128.500 toneladas de granos. No estaba descontento, pues, el Partido Comunista -hasta hace pocos días- de la producción agrícola.

No es demasiado aventurado, entonces, suponer que tampoco han sido problemas de orientación económica los que han determinado la crisis política que acaba de producirse en Moscú. No queda, en consecuencia, sino la hipótesis de que se trata, precisamente, de una crisis política en sentido estricto. Eliminados Beria y Malenkov, el camino queda expedito para las fuerzas que han intervenido en esos procesos, que, muy verosímilmente, parecen ser las fuerzas militares. La dictadura militar está en la propia naturaleza de las revoluciones, y la revolución soviética de octubre de 1917 amenaza con seguir esa vía. Solo resta esperar que, a la larga, no influya ese desenlace en la paz mundial.

Esfuerzos para la conciliación internacional. 1955

Aun en medio de la perplejidad suscitada por ciertos episodios, la opinión pública mundial se habrá sentido reconfortada con las perspectivas que durante la semana anterior insinuaron, a través de contradicciones y polémicas, la posibilidad de un acercamiento entre el Oriente y el Occidente. Las alternativas de los debates sobre los acuerdos de París, a veces tormentosos, y los inquietantes episodios ocurridos en los últimos meses en las costas de Asia, dejaron la impresión de que la crisis internacional crecía en intensidad y de que los términos de conciliación se tornaban cada vez más borrosos. Empero, de manera bastante inesperada, las cosas han comenzado a tomar lo que Sir Winston Churchill ha llamado “giro más amistoso”, y ahora parece lícito concebir cierta esperanza acerca del estado de ánimo predominante en quienes tienen la responsabilidad de decidir entre la guerra y la paz, términos antitéticos siempre, pero cuya composición se extrema ahora por las siniestras amenazas de las armas termonucleares.

Cabría preguntarse si la aguda crisis por que acaba de pasarse ha sido aparente o real. Acaso el problema que ahora tiende a solucionarse haya sido menos grave y urgente de lo que aparentaba, y su gravedad y urgencia fueran nada más que un espejismo provocado por el deseo de cada una de las partes en conflicto de obtener una situación más favorable para la discusión. Pero si esa hipótesis fuera exacta, reconforta el ánimo ver que se comienza a salir de la zona de tormentas para empezar a navegar con cielo claro. Y aun es lícito pensar que no se dudó nunca de la utilidad de una aproximación entre Oriente y Occidente, sino que cada sector buscaba, para provocarla o consentirla, el terreno más propicio. Por eso el espíritu esperanzado prefiere no dar excesiva trascendencia a los hechos inquietantes que se abren paso a diario en la escena mundial, para asirse a los que sugieren la probabilidad de un acontecimiento que al fin cierre esta era angustiosa de agobiadora tensión internacional.

En las actuales circunstancias, la conferencia entre estadistas de las grandes potencias parece tener, júzgase, mejores perspectivas. Se admite, con mayor o menor decisión, que ha de celebrarse, y se reconoce que puede tener éxito. Para los occidentales, ha quedado cumplido el más importante de los requisitos que habían establecido como previos, pues la aprobación de los convenios de París por los parlamentos de Francia y la República Federal Alemana asegura los vínculos de su alianza. Para la Unión Soviética, en cambio, la situación es menos cómoda. Su ofensiva enderezada a impedir la ratificación de aquellos pactos se estrelló contra las mayorías parlamentarias o no logró repercutir en el ánimo de los grupos indecisos. Pero, además, las alternativas del conflicto asiático parecen haber inducido a la Unión Soviética a medir cuidadosamente su esfuerzo en favor de la China comunista, cuyos arrestos bélicos requieren el respaldo soviético. Solo si está decidida a arriesgar el desencadenamiento del conflicto mundial puede la Unión Soviética autorizar al gobierno de Pekín a proseguir sus avances, pues son notorias las resoluciones tomadas en Washington acerca del problema asiático. No es verosímil que el gobierno de Moscú esté dispuesto a asumir tal responsabilidad, que ni parece estar entre sus designios ni puede ser suficientemente apoyada con la fuerza. Además, la crisis interna por que atraviesa la Unión Soviética, y de cuyos alcances no es posible tener idea cierta, no constituye la situación más cómoda para adoptar decisiones que pueden comprometer la existencia misma del país. En consecuencia, es lógico pensar que, pese a la situación ligeramente desventajosa en que se haya, se sienta predispuesta a acceder a la invitación que las potencias occidentales comienzan a insinuar, para conferenciar acerca de los problemas concretos que separan a los dos grupos de naciones.

No hay que descontar, sin embargo, la posibilidad de que los mesurados anuncios públicos de buena disposición para un acercamiento sean la consecuencia de pacientes gestiones reservadas. Algunas han trascendido, y consta que la India, una vez más, ha aceptado la difícil mediación, a lo que no obstaría la posición de crítico implacable que ha asumido en los últimos días el Sr. Nehru.

El tono de ciertas declaraciones permite así suponer que las gestiones están más avanzadas de lo que se manifiesta públicamente. Existe sin duda la decisión de realizar la conferencia; solo quedan en pie las cuestiones suscitadas en el seno mismo de las potencias occidentales. Algunas puramente formales y otras, desgraciadamente, de cierta profundidad.

La más importante es sin duda la de los criterios encontrados que se manifiestan dentro de los grupos gobernantes de los Estados Unidos. El presidente Eisenhower, que ha restado alguna importancia a la amenaza de la guerra en Asia, había expresado categóricamente en diversas oportunidades que la reunión de una conferencia de jefes de gobierno exigía que, previamente, demostrase la Unión Soviética con hechos su decisión de solucionar los problemas planteados: la unificación de Alemania y Corea y la situación de Austria. Además, su gobierno aclaró que se opondría a cualquier reunión antes de la ratificación de los acuerdos de París.

Ahora bien, en la última semana se han advertido ciertos síntomas de que la reticencia frente a las posibilidades de una conferencia de jefes de gobierno ha comenzado a disiparse. Mientras algunos sectores deseaban la publicación de los documentos de Yalta para demostrar, según se dice, la inutilidad de las negociaciones con la Unión Soviética, y sostenían la necesidad de evitar toda transacción, otro grupo, cuya cabeza visible ha sido el senador demócrata George, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, acaba de afirmar que ha llegado el momento de hacer un esfuerzo para evitar la guerra, convocando una conferencia de jefes de gobierno.

El presidente Eisenhower se ha manifestado de acuerdo con el senador George, pese a la declaración que en sentido inverso hizo poco antes el senador Knowland, y su decisión acaba de ser ratificada expresamente por el secretario de Estado, Sr. Dulles. Sin duda, la opinión de los que juzgan preferible la paz ha concluido por prevalecer, pero queda la inquietud de si no lograrán nuevos triunfos quienes la consideran peligrosa.

La decisión del presidente de los Estados Unidos ha sido acogida con regocijo, sobre todo tras la duda que dejó en el ánimo de muchos el discurso de Sir Winston Churchill de principios de marzo, del que parecía deducirse que el general Eisenhower no deseaba la convocación de una conferencia de jefes de gobierno. Ahora se sabe que la desea, y que no solo comparten su opinión los gobiernos de Francia y Gran Bretaña, sino el propio mariscal Bulganin, que acaba de declarar que mira con buena disposición de ánimo la sugestión del gobierno de Washington. Entretanto, el canciller austríaco prepara su viaje a Moscú y si determinados aspectos del momento internacional -como la situación de Berlín- sugieren la cautela, los recientes discursos de Sir Anthony Eden, en el Parlamento y fuera de él, con su plan de reuniones previas escalonadas, al parecer finalmente aceptados por Churchill (altos funcionarios, ministros de Relaciones Exteriores, jefes de gobierno), dan la idea de un firme progreso del pensamiento esencial. Todo induce, pues, a creer que la conferencia final ha de realizarse, y de que cuando comience estará en el ánimo de todos los participantes el deseo de llegar a una solución de paz.

Solo quedan por resolver problemas marginales, porque parece necesario evitar los pasos en falso. Pero no son ellos los que dificultarán la realización de la esperada entrevista. Lo que realmente se requiere es que predomine la convicción de que es posible negociar sin entregas ni debilidades, y que la paz merece el sacrificio de buscar apasionadamente una fórmula que permita la coexistencia pacífica.

Gestión de paz en China. 1955

La tensa expectativa que había producido el llamamiento del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas al gobierno de la República Popular China para que enviara un representante a su seno con el fin de discutir las posibilidades de llegar a un armisticio en el Pacífico, se ha visto defraudada por la cortante respuesta que el Sr. Chou En-lai ha hecho llegar el jueves último al Secretario General del organismo internacional. Como se sabe, el jefe de gobierno de Pekín se ha negado a participar en las deliberaciones del Consejo de Seguridad en las condiciones actuales y ha manifestado que únicamente podría hacerlo si se excluyera la representación de China nacionalista y al solo fin de discutir la proposición soviética de sancionar a los Estados Unidos como país agresor.

La contrapropuesta del Sr. Chou En-lai es tan notoriamente inadmisible para las potencias occidentales, que solo puede explicarse como una jugada diplomática. Pero no es menos claro que podía preverse el rechazo de la invitación formulada por el Consejo de Seguridad. Cualquiera sea la actitud que se tenga frente a China comunista, hay que convenir en que está muy lejos de sentirse vencida o impotente y en que tiene en su poder recursos suficientes como para no precipitar su situación admitiendo las condiciones de inferioridad que se le brindaban. El ofrecimiento era, pues, también, una jugada diplomática -como lo fue la declaración del gobierno norteamericano de que descendería a Formosa y las islas Pescadores-, y solo queda considerar cuál es la posibilidad de conciliar los intereses de las partes en conflicto en un plano al que todas puedan tener acceso sin desmedro para su prestigio y para su actual situación estratégica. Todo parece prever que, como se viene insinuando hace algún tiempo, será una “conferencia paralela” la que resuelva la crisis del Pacífico.

Es innegable que, cualquiera sea la situación jurídica de las islas en litigio, la posición de los Estados Unidos está necesariamente impuesta por las comisiones militares vigentes en el Pacífico después de la segunda guerra mundial. El presidente Eisenhower lo ha manifestado con claridad al señalar que la quiebra del actual sistema defensivo llevaría las líneas de los Estados Unidos a las Hawaii, solución que implica una crecida disminución de su índice de seguridad. En esas condiciones, es inverosímil suponer que los Estados Unidos puedan pensar en la posibilidad de retroceder por propia iniciativa, y lo lógico es, por el contrario, admitir que procuren fortalecer esas líneas en las que radica su seguridad. Ha sido, pues, un gesto claro y sincero del gobierno de Washington establecer con absoluta precisión lo que inevitablemente tendrá que defender, a fin de prevenir medidas que, dictadas por el afán de tomar posiciones o por las necesidades de la propaganda, desencadenarían reacciones terminantes y de consecuencias imprevisibles.

El Sr. Eden acaba de señalar, por otra parte, que la situación de jure de Formosa y las islas Pescadores “es incierta e indeterminada”. La posición norteamericana admite así no solo la justificación suprema de la necesidad militar, sino también una justificación legal, pues el estatuto de las regiones en litigio no está establecido y mantienen su vigencia las situaciones de hecho. Pero esta circunstancia, precisamente, es la que obliga a proceder con máxima cautela, pues no es lícito desconocer las situaciones de hecho que debe considerar el adversario. Y si el propósito es, como parece evidente, evitar la generalización del conflicto, la conciliación debe buscarse en un plano donde esas situaciones de hecho se neutralicen.

Desde el punto de vista de Pekín, las necesidades militares de los Estados Unidos no pueden valer sino lo que valen las necesidades militares de un adversario que mantiene su estrecha alianza con un régimen enemigo. No puede esperarse que ceda sus derechos ni que abandone territorios que, históricamente, corresponden al país cuya inmensa mayoría controla, ni es posible suponer que pueda llegar a ver con buenos ojos el apoyo internacional prestado a un gobierno que, innegablemente, solo representa una pequeña parte de la nacionalidad china. En consecuencia, cualquier gestión que se inicie en favor de una cesación del fuego debe procurar esquivar los problemas fundamentales y limitarse por el momento a los hechos concretos que pueden provocar el conflicto.

Esa limitación tiene que alcanzar tanto a los problemas de fondo como los de forma. En cuanto al fondo, es visible que se los evita. Pero los de forma parecen no haber sido tomados eficientemente en cuenta. En efecto, la invitación a concurrir al seno del Consejo de Seguridad no podía ser recibida con buenos ojos en Pekín, puesto que pretende ignorar la reclamación del gobierno comunista acerca de la legitimidad de la representación China en las Naciones Unidas. Aceptarla habría significado el reconocimiento por parte del gobierno de Pekín de una situación de inferioridad a la que las circunstancias no lo obligan en modo alguno, de manera que hubiera sido inexplicable que acudiera a la convocatoria. Pero esta actitud, determinada por el aspecto formal del asunto, no supone necesariamente que China comunista esté decidida a negarse a soluciones parciales, y menos que proyecte acudir a actos de violencia.

Parece evidente que China aspira, por el momento, a ocupar las islas costeras y a lograr su ingreso en las Naciones Unidas, sin perjuicio de seguir afirmando su derecho eminente a la posesión de Formosa y las islas Pescadores. La decisión norteamericana excluye toda posibilidad de intentar la conquista de estas últimas, operación, por lo demás, para la que China comunista no está preparada ni parece contar con el imprescindible visto bueno del gobierno de Moscú. Ahora bien, aquellas aspiraciones no parecen exageradas y han merecido ya el apoyo tácito o expreso de algunas potencias, especialmente Gran Bretaña y las naciones asiáticas del grupo de Colombo. Las fintas realizadas por el gobierno de Pekín no pueden juzgarse dirigidas a otros objetivos que a esos, y aquellas con que ha contestado Washington no pueden mirarse sino como destinadas a asegurarse de que no serán sobrepasados. En pie esos sobreentendidos, corresponde buscar la manera de resolver la situación sin poner nuevas dificultades que la enturbien aún más.

Se recordará el desagrado con que el primer ministro de la India, Sr. Nehru, contempló la gestión que le fuera encomendada al secretario general de las Naciones Unidas, señor Hammarskjold, y que llevó a este a conferenciar detenidamente con el primer ministro chino, Sr. Chou En-lai. Seguramente, no se ocultaba al estadista indio que la defensa de su propio prestigio impedía al gobierno de Pekín avanzar más allá de cierto límite en sus relaciones con un organismo que no solo le negaba la personería, sino que, además, se la concedía al gobierno vencido. Ahora, transitoriamente en Londres y en contacto con los ministros del Commonwealth británico, el señor Nehru parece insistir en la necesidad de que se traslade la solución del problema del pacífico a una conferencia que, como la de Ginebra el año pasado, permita al gobierno de China comunista ir a las discusiones en una situación de igualdad. La solución -la más adecuada, sin duda- parece haber sido acogida con benevolencia por el gobierno británico, y se anuncia que el Sr. Eden se encuentra ya dedicado a la solución de los innumerables problemas previos que implica.

No han faltado ya opiniones adversas a la convocatoria de una reunión al margen de las Naciones Unidas. Pero parece imprescindible que se recapacite sobre ello, pues las Naciones Unidas representan la estabilización de ciertas situaciones de hecho, y es inexplicable que no constituya el instrumento más apropiado para afrontar problemas que, precisamente, provienen del rechazo de aquellas situaciones. El ejemplo de las conquistas logradas en Ginebra el año pasado debe servir de estímulo, sin que graviten sobre los espíritus consideraciones ajenas a la realidad concreta que es necesario afrontar.

A diez años de la reunión de Yalta. 1955

Continúa en todas las capitales europeas y en los ambientes políticos de la Unión la áspera polémica suscitada por la publicación de los documentos que acerca de la entrevista de Yalta obraban en los archivos norteamericanos. Así, a diez años de aquel acontecimiento -la conferencia de Crimea tuvo efecto en la primera quincena de febrero de 1945- y cuando lo esencial sobre ella había sido dicho y no pocos aspectos de su desarrollo eran ya sinceramente lamentados por las democracias de occidente, salen a la luz los entretelones del episodio que tantos hechos acumulados después tornan más remoto, y los papeles dados a la imprenta en Washington nos ponen en presencia de una “petite historie” en que lo único novedoso parecen ser las reacciones temperamentales, las expresiones desagradables para este o aquel país, las declaraciones poco protocolares formuladas, en la intimidad de conciliábulos que se deseaban secretos, para juzgar actitudes o fundar proposiciones. Nadie ignoraba, en realidad, la trascendencia que habían acabado por tener, en la posterior evolución de los sucesos, las concesiones hechas a Rusia por el presidente Roosevelt. Ellas formaron parte, por lo demás, de una gestión en cierto modo marginal de las negociaciones de Yalta, donde se habló de la cuestión polaca y se planteó la futura organización mundial en un ambiente de cuya cordialidad entrañable -que hoy nos parece más aparente que real por parte de los gobernantes soviéticos- hay un eco elocuente en las memorias de Churchill. El primer ministro británico había dicho así refiriéndose a Stalin: “Camino por este mundo con mayor valentía y esperanza cuando me hallo en relación de amistad con este grande hombre cuya fama no solo abarca a Rusia sino al mundo entero”. Y Stalin le había contestado brindando “por el jefe del Imperio Británico, el más valiente de todos los primeros ministros del mundo, que reúne la experiencia política a la dirección militar”. Eran, en el círculo de los inminentes triunfadores que la paz iba a separar en campos irreductibles, días de euforia jubilosa que les hacían presagiar un entendimiento eterno, porque, de otro modo, “los océanos de sangre derramada habrán sido inútiles y sacrílegos”. De tal estado de ánimo son reflejo acabado los relatos conocidos antes de ahora y si alguien se dejó engañar por él acaso no sea razonable juzgarlo a la luz de sucesos que ponen ante nuestros ojos un panorama tan fundamentalmente distinto del que se desplegaba, sin segundas intenciones, a la vista de los interlocutores occidentales de las conversaciones de Yalta. Pero había más. Lo que parece haber sido para muchos motivo de la publicación discutida es la actitud de Roosevelt frente a Stalin en la reunión citada, el asentimiento que permitió a Rusia tomar en el Lejano Oriente posiciones decisivas para su conducta ulterior. A este aspecto de la conferencia se ha referido Churchill en el tomo final de sus memorias de guerra diciendo:

“El Lejano Oriente no ocupó parte ninguna en nuestras discusiones oficiales de Yalta. Yo sabía que los norteamericanos se proponían plantear con los rusos la cuestión de la participación soviética en la guerra del Pacífico. Habíamos tocado el punto en términos generales en Teherán, y en diciembre de 1944 Stalin hizo ciertas propuestas específicas sobre las reclamaciones rusas de posguerra ante el Sr. Harriman, en Moscú. Las autoridades militares norteamericanas calculaban que se necesitarían dieciocho meses, después de rendida Alemania, para vencer al Japón. La ayuda rusa ahorraría fuertes bajas a los norteamericanos. La invasión de las islas metropolitanas japonesas se hallaba todavía en la etapa de planeamiento y el general MacArthur había entrado en Manila solo el segundo día de la Conferencia de Yalta. La primera explosión de la bomba atómica no iba a producirse hasta dentro de cinco meses. Si Rusia permaneciera neutral, el gran ejército japonés en Manchuria podría lanzarse a la batalla en defensa del territorio metropolitano nipón. Teniendo todo esto en cuenta, el presidente Roosevelt y el señor Harriman discutieron las demandas territoriales rusas sobre el Lejano Oriente con Stalin el 8 de febrero. La única persona presente, aparte de un intérprete ruso, era el Sr, Charles E. Bohlen, del Departamento de Estado, que también oficiaba de intérprete. Dos días más tarde se continuó la discusión y se aceptaron las condiciones rusas, con algunas modificaciones, que el Sr. Harriman mencionó en su testimonio ante el Senado en 1951. A cambio de ello, Rusia aceptó entrar en la guerra con el Japón a los dos o tres meses después de rendirse Alemania”.

Gran Bretaña, que, como se ve, no intervino en la gestión, firmó, empero, el acuerdo Roosevelt-Stalin, que “miró como un asunto norteamericano y, por cierto (señala aún Churchill), era de interés primordial para sus operaciones militares”, sin pretender modificarlo en ningún sentido. Naturalmente, los cambios de ideas en torno de este y otros puntos dieron margen a diálogos animados, a veces pintorescos, a expresiones que hacían más franca o desaprensiva la atmósfera de confianza amistosa en que transcurrieron los días de Yalta. Eso es lo que traduce en gran parte, a estar a los resúmenes difundidos, la publicación ahora hecha por el Departamento de Estado. El austero “Times” ha visto en ella “un acto de la política interna” originado por el deseo de los dirigentes republicanos de desacreditar, ensombreciendo la figura de Roosevelt, a los herederos políticos de este, los demócratas, con miras a influir en la elección presidencial de 1956. Acaso haya excesiva suspicacia en tal explicación, sin embargo aceptada por muchos. Pero lo efectivo es la conclusión del gran diario londinense, vigente, sin duda, para todos los hechos del pasado: “Es muy fácil ahora mirar hacia atrás y decir que se cometieron grandes errores”.

De todos modos, la publicación de Washington ha creado en multitud de países una reacción que va más allá de aquel presunto objetivo y alcanza en algunos de ellos a la propia Unión. Los juicios emitidos en Yalta al amparo del severo hermetismo ahora quebrado han herido a determinados pueblos, poniendo en peligro la obra de unificación para su defensa, que es el deber primordial de esta hora frente a la amenaza soviética. Hasta tal punto sintió el impacto de la reacción universal el secretario de Estado, que ha aducido razones vinculadas con la necesidad de hacer públicos los papeles de gobierno, a fin de facilitar la tarea de los historiadores, como fundamento de la publicación reciente. El argumento es sin duda valedero en términos generales. Nada debe sustraerse a la indagación de los investigadores si se desea crear una historia seria y responsable. Pero tanto como esta, requiere la perspectiva del tiempo la difusión oficial de determinados documentos -y más aún si tienen cierto carácter subjetivo- que puedan servirle de base. De los recientes, no se ha dicho aún siquiera la última palabra, y si memorias y recuerdos de los actores de la segunda gran guerra se han prestado a rectificaciones a menudo ásperas, no han podido hacer excepción estos, que no contienen el texto formal de convenios, tratados o actas, sino que reflejan, como ha dicho el único sobreviviente de los “tres grandes” reunidos en Yalta, “una versión” de lo tratado junto al Mar Negro.

Cabe, entretanto, desear que la emoción despertada por la publicación de Washington se desvanezca en el ambiente de comprensión recíproca que reclama el deber actual del mundo libre. Sea preciso, en efecto, que este se sobreponga a los enconos y a los resentimientos que tiendan a resucitar, sobre la base de hechos o juicios pretéritos, los interesados en dividirlo para sojuzgarlo. Y desde este punto de vista, la sanción de los acuerdos de París por el Bundesrat germánico en medio de la batahola suscitada en estos días, hace esperar que la tormenta actual pase sin dejar la menor huella en el ánimo de los pueblos a quienes incumbe la defensa de la civilización occidental.

El acuerdo sobre Trieste. 1954

El acuerdo que acaba de firmarse en Londres viene a poner fin, afortunadamente, al largo conflicto entre Italia y Yugoslavia a propósito del dominio de Trieste, disputa que desde hace diez años se mantenía entre alternativas e incidentes que más de una vez parecieron ocasionados a graves consecuencias. Este litigio, que tiene, desde luego, antecedentes remotos, había cobrado un carácter agudo desde el año 1945, en virtud de acontecimientos cuya ligera reseña no resulta superflua si se quiere apreciar cabalmente todas las dificultades que se oponían a la actual solución y, por lo tanto, la significación extraordinaria de tan satisfactorio desenlace.

Se recordará que al término de la segunda guerra mundial, tanto Trieste como la Venecia Julia, en poder por entonces de los alemanes, como lo estuvo todo el territorio de Italia, al caer Mussolini, fueron ocupadas por los guerrilleros yugoslavos de Tito, arrojados poco más tarde de esas regiones por las tropas de Gran Bretaña y los Estados Unidos. Suscitóse entonces la cuestión de límites entre Italia y Yugoslavia, la cual quedó a cargo de una comisión de peritos emanada de los cuatro grandes vencedores de la guerra. El informe redactado en 1946 por esa Comisión demostró el desacuerdo de las cuatro potencias al respecto. Cada una de ellas sugería una línea fronteriza distinta. A consecuencia de esta disconformidad, el tratado de paz firmado en 1947 creó artificialmente, como solución provisional, el Territorio Libre de Trieste. Según el estatuto permanente que se le dio, este territorio, bajo la garantía del Consejo de Seguridad de la UN, sería administrado por un gobernador, que nunca se designó por no haberse puesto los aliados de acuerdo tampoco en ese punto. El Territorio Libre medía 783 km² y tenía 334,000 habitantes; entre ellos, según el censo de 1921, había 266,000 italianos, 49,500 eslavos y 18,500 habitantes de otras nacionalidades. El tratado de paz daba a Yugoslavia el 81 por ciento de la extensión de la Venecia Julia, por lo cual los italianos de esta región que conservaran su nacionalidad tendrían que abandonar esa zona con sus hogares y sus bienes. Todo ello dio lugar a formales protestas del gobierno de Italia al concluirse dicho tratado.

El Territorio Libre, que resultaba constituido en entidad internacional, quedó dividido en dos partes. La primera o zona A, incluyendo la ciudad de Trieste fue ocupada por las fuerzas anglo-norteamericanas; la segunda, zona B, permaneció en el poder de los yugoslavos. No obstante esta situación equívoca, las relaciones comerciales entre Roma y Belgrado, interrumpidas antes, se restablecieron en 1947, concluyéndose un acuerdo de intercambios en general, al que siguieron otros en 1949 y en 1950. El gobierno italiano seguía quejándose, entretanto, de la progresiva obra de eslavización que se producía en la zona B. En 1948 Gran Bretaña, los Estados Unidos y Francia, advirtiendo lo irregular de tal estado de cosas, formularon una declaración tripartita que decía así: “Los gobiernos de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia han propuesto al gobierno de la Unión Soviética y al de Italia que se unan para llegar a un acuerdo sobre un protocolo adicional al tratado de paz con Italia, con el fin de poner nuevamente el Territorio Libre de Trieste bajo la soberanía italiana”.

Esta declaración, aceptada inmediatamente por el gobierno de Roma, fue rechazada por el soviético, que la consideró una violación al tratado de paz con Italia. La cuestión de Trieste tornaría a agudizarse en agosto de 1953 ante la noticia de que Yugoslavia había manifestado que se proponía incorporarse la totalidad de la zona B. Diversos movimientos políticos y aun militares de ese país parecieron confirmar la existencia de tales propósitos. El gobierno italiano significó entonces a los representantes de las naciones aliadas las graves consecuencias que podrían derivarse de estos nuevos fenómenos, mientras tomaba por su parte enérgicas medidas militares de protección, aprobadas decididamente por todo el pueblo de la península y aun por colectividades italianas en el extranjero.

En septiembre de 1953 el entonces jefe del gobierno italiano, Sr. Pella, en un discurso memorable, rechazando las pretensiones del mariscal Tito, reafirmaba una vez más la italianidad de Trieste, recordando entre otras cosas los términos del pacto de Roma de 1918, una de cuyas cláusulas, que podría considerarse el acta de nacimiento de la nación yugoslava, reconocía que la unidad e independencia de esa nación, formada por los serbios, croatas y eslovenos, eran de interés vital para Italia, del propio modo que la completa unidad nacional de Italia (incluía naturalmente y de modo especial Trieste) era de interés vital para la nación vecina. Ambas se comprometían a resolver amistosamente las cuestiones territoriales pendientes, sobre la base de los principios de nacionalidad y del derecho de los pueblos a decidir su propio destino. Concluía el estadista italiano proponiendo la fórmula del plebiscito como la mejor manera de resolver la suerte futura de todo el Territorio Libre. El gobierno yugoslavo rechazó esa propuesta arguyendo diversas razones y terminó manifestando que, a su juicio, cualquier conferencia internacional que se celebrara para examinar la cuestión de Trieste no tendría éxito positivo.

Un acto de mucha trascendencia en este asunto se produjo en octubre de 1953, cuando Gran Bretaña y los Estados Unidos decidieron retirar sus tropas de la zona A del Territorio Libre, reconociendo que en ella prevalecía el carácter italiano. Ponían, pues, la administración de la misma en manos del gobierno de Italia. Excusado es decir que Yugoslavia protestó violentamente contra esta medida, que no llegó a hacerse efectiva.

Tal era la situación, apenas alterada de cuando en cuando por manifestaciones reivindicatorias de una y otra parte, en que se hallaba este largo conflicto desde fines del año pasado, hasta que con espíritu más conciliatorio se iniciaron hace algún tiempo en Londres las prolongadas negociaciones cuyo resultado puede conceptuarse muy conveniente. Es verdad que aún falta conocer la actitud de Rusia, la cual, como firmante del tratado de paz con Italia, fue uno de los países creadores del Territorio Libre y que no ha participado de las recientes conversaciones. Es cierto, asimismo, que el acuerdo parece haber satisfecho más en Italia, sobre todo por la recuperación definitiva de la ciudad de Trieste, que en Yugoslavia, donde se lo recibe sin entusiasmo, aunque con tranquilidad. Pero de todos modos ese acuerdo, que requerirá algún perfeccionamiento para constituir un verdadero tratado, ha de quedar firme en lo esencial. Gran Bretaña y los Estados Unidos han formulado, por lo pronto, una declaración suplementaria anunciando que lo consideran definitivo. Hay, pues, motivo para regocijarse por esta razonable transacción -así se la juzga aun en Belgrado- que termina con un largo y enconado pleito entre dos naciones cuyo entendimiento era de todo punto necesario para la defensa de los intereses recíprocos y -lo que es más desde el punto de vista universal-para las conveniencias de la unidad de Europa, que obtiene así en pocos días, tras el Acta de Londres, un nuevo triunfo. En tal sentido este acuerdo significa, como lo ha señalado el canciller de los Estados Unidos al elogiarlo, una contribución considerable para la creación de una sólida defensa colectiva en el sur del continente europeo. Innecesario es decir lo mucho que esto representa en la actual situación mundial. Entretanto no parecerá superfluo anotar, para que tan elocuente lección no caiga en el vacío, que así se cierra sobre el Adriático un balance cuyo pasivo -con la pérdida de bienes y ventajas logrados después de la victoria de 1918- es la condenación más decisiva del régimen que en 1940 llevó a la gran nación latina a la guerra y a la derrota en pos de banderas que negaban lo más entrañable del pensamiento cristiano y occidental de las mejores tradiciones itálicas.

Después de la decisión francesa. 1954

Como era lógico esperar, el tácito rechazo por la Asamblea Nacional francesa del tratado que debía crear la Comunidad Europea de Defensa ha conmovido a la opinión pública internacional y ha desatado innumerables preocupaciones en los estadistas que de una u otra manera tienen algo que ver con la conducción de las relaciones entre las naciones del pacto y las que, como Gran Bretaña y Estados Unidos, constituían su garantía.

Son numerosos los problemas que quedan ahora planteados en nuevos términos, y a los que habrá que buscar nueva solución: el de la soberanía de la República Federal Alemana, el de su rearme, el de la corporación del carbón y el acero, etc, todos los cuales estaban vinculados de una u otra manera con la constitución de la Comunidad Europea de Defensa. Destruida la pieza fundamental del conjunto, todos los demás engranajes deberán ser estudiados en su funcionamiento para impedir que pierdan su eficacia. Hasta el Tratado del Atlántico se encuentra amenazado en cierta medida, y será necesario proceder con rapidez y cautela para evitar que recaigan sobre él mayores dificultades.

Pero el problema sustancial que queda de nuevo planteado es otra vez el del sistema mismo de seguridad. Es innegable que el tratado del Atlántico requiere una estructura política que lo sustente y lo refuerce, y será labor del futuro inmediato tratar de crearla. Pero esta creación debe tener en cuenta las lecciones que se derivan del reciente episodio y será necesario llevarla acabo con máxima cautela y exacto dominio de las situaciones reales.

Si los problemas derivados de la crisis del tratado constitutivo de la C.E.D. a que hemos aludido son graves y difíciles, parece evidente que más grave y difícil aún es el problema de reordenar el sistema de defensa una vez manifestada inequívocamente la opinión francesa, como lo ha hecho el 30 de agosto, pues cualquiera que sea su poderío o influencia, cualquiera que sea la situación psicológica porque atraviese, Francia es y seguirá siendo la clave del conjunto.

Por razones históricas, políticas y estratégicas, es inevitable que cualquier combinación defensiva se vea precisada a contar, antes que con ninguna otra, con la libre adhesión de Francia. Este parece ser el problema fundamental. La libre adhesión francesa a un pacto internacional solo podrá ser obtenida en condiciones muy especiales, pues parece evidente que prevalece en la opinión pública algún desconcierto, originado seguramente en las condiciones económicas y sociales que hoy la caracterizan. Solo así puede explicarse la extraña situación creada con motivo de la discusión del pacto constitutivo de la C.E.D. Dos estadistas de la envergadura de Herriot y de Reynaud, insospechables hoy de moverse por intereses de partido e igualmente alejados de las posiciones extremas, han disentido fundamentalmente hasta el punto de manifestar el uno que el pacto significaba el fin de Francia, en tanto que el otro aseguraba que constituía su única esperanza. Al mismo tiempo, políticos tan responsables como los señores Moch, Mayer y Lejeune han arriesgado su expulsión del partido socialista sosteniendo un punto de vista adverso al tratado, contra la resolución de los organismos directivos de su agrupación. Por su parte el Sr. Mendès-France ha procurado desligar la suerte de su gabinete del destino del tratado en discusión, oponiéndose ahora a su aprobación con una vehemencia que no parece corresponder a la neutralidad que adoptó mientras realizaba las reuniones conciliatorias para decidir la política a sostener en Bruselas. Y entretanto, la extrema derecha y la extrema izquierda se regocijan del resultado obtenido en la Asamblea Nacional, mientras el jefe de Gobierno se ve obligado a aclarar que sigue considerando el Pacto del Atlántico como la piedra angular de la política exterior francesa.

Sin duda cada uno de los sectores de la opinión pública sabe claramente en Francia lo que desea; pero falta esa polarización de la opinión alrededor de una solución concreta, tan deseable y justificada cuando se trata de problemas agudos y acaso inminentes. Con esa falta de aglutinación de las opiniones deberán contar los aliados de Francia para establecer un nuevo sistema de seguridad, pues no es un fenómeno baladí, sino una gravísima y explicable decisión frente a problemas que se plantean con caracteres especialísimos. Francia -no debe olvidarse- ha contado reiteradamente en su historia con la alianza rusa para prevenir el peligro alemán. En las presentes circunstancias, debe optar entre unirse a la República Federal Alemana contra Rusia o tolerar el rearme alemán con la perspectiva de que su enemiga tradicional caiga en cualquier momento dentro de la esfera de influencia soviética. Esta última eventualidad significaría automáticamente la guerra mundial, pero las fuerzas enemigas se encontrarían otra vez sobre la frontera francesa, repitiéndose un episodio que ensombrece el espíritu.

Acaso los comunistas vean con satisfacción la posibilidad de una nueva invasión soviética -y eventualmente germano-soviética-; pero el resto de los franceses considera con repugnancia y temor esa posibilidad, y cuando apoya o rechaza el tratado constitutivo de la C.E.D., lo hace porque considera que facilita o entorpece la solución a que aspira. El objetivo claro: salvar la soberanía francesa y asegurar su integridad regional y sus posibilidades de defensa; mas el camino es confuso y dos tácticas aparentemente contradictorias pueden parecer igualmente útiles a unos o a otros.

El problema, naturalmente, no escapa a los estadistas responsables del reajuste de la situación, y se centra alrededor del rearme alemán. Otorgar la soberanía a la República Federal Alemana y permitirle que organice sus fuerzas para contribuir a la defensa occidental parece ser una política prudente y adecuada. Pero dos objeciones se levantan contra ella: una es la posibilidad de restauración del militarismo alemán, tal como acaba de señalarlo el Sr. Dulles y piensan seguramente muchos franceses; otra es el riesgo de un súbito golpe de mano soviético sobre Alemania Occidental que pusiera a disposición del Kremlin ingentes recursos, posibilidad esta digna de tenerse en cuenta si se piensa en la curiosa similitud que ofrecen los métodos usados por Moscú con los que puso en práctica el Sr. Hitler. A esas objeciones puede responder el gobierno de Bonn apoyándose en la experiencia de la República de Weimar, cuyo desprestigio y fracaso puede atribuirse al tratamiento de que la hicieron objeto los gobiernos aliados. Para el gobierno de Bonn, la política de los aliados no debe ser la de los triunfadores, pues sus hombres no se consideran responsables del régimen nazi. Por el contrario, en cuanto enemigos del nazismo y del comunismo, los hombres del gobierno de Bonn aspiran a ser tratados por los países democráticos como iguales, sobre todo para que no se vuelva a suscitar en los alemanes un despecho que determine nuevas explosiones de patriotismo agresivo. Pero no cuesta trabajo imaginar la intranquilidad que suscita en la opinión pública francesa el resurgimiento alemán, cualesquiera sean las garantías que le ofrezcan las demás potencias.

En este último punto radican las posibilidades para acuerdos futuros. Gran Bretaña y la Unión parecen resueltas ya a procurar la constitución de un nuevo sistema de seguridad. Italia ha insinuado la necesidad de una reunión de ambas potencias con los seis países de la C.E.D. Cuando esas reuniones se realicen, la reintegración de la soberanía a Alemania Occidental y su rearme serán problemas que deberán tratarse en relación con estas reticencias francesas, las reticencias que dividen a la opinión pública y a los estadistas más experimentados, indecisos acerca del camino mejor para prevenir la reiteración de males de los que Francia aún no se ha repuesto.

Actos de energía en el Pacífico. 1954

Existe, y el lector no lo ignora, tan precisa ha sido la información cablegráfica de estos últimos días, una situación litigiosa de orden internacional en aguas del Pacífico. Ha hecho así crisis el problema planteado cuando las repúblicas de Chile, Perú y Ecuador, en consonancia con un acuerdo adoptado en común tiempo atrás, anunciaron que no permitirían la actuación de una flota ballenera cuyas unidades ostentaban, pintorescamente, la bandera panameña, a una distancia de sus costas inferior a las doscientas millas marinas, juzgadas por los tres países hermanos la zona en que tenían derecho a reglamentar por propia cuenta las condiciones en que podría practicarse la explotación de las riquezas de su mar adyacente. Al Perú le ha tocado afrontar la ofensiva de los cazadores indeseables y en tal empresa ha encontrado la solidaridad de muchos otros países, sin contar con la curiosa demanda de que la Unión ha debido interponer, por otros motivos, contra la compañía armadora de la flota. La Argentina había adoptado antes una posición resuelta frente al pleito inminente: en la Asamblea de la UN nuestra delegación dejó constancia de que miraba con simpatía la tesis de las naciones del Pacífico, que contaba con su adhesión. Y para que esta no ofreciera la menor fisura, ni siquiera aparente o por omisión, un diputado de la minoría presentó luego a la Cámara de que forma parte, producido el conflicto, un proyecto de declaración en que se apoya la conducta del Perú en la emergencia.

Ya hicimos en estas primeras columnas el examen de la cuestión, desde el punto de vista jurídico y económico. No es preciso volver a ello, ni recordar que la evolución de los tiempos y los progresos de la guerra moderna han restado valor al viejo criterio que limitaba a tres o cuatro millas la anchura del mar territorial y que, a su vez, los avances de los métodos de caza y pesca y la consiguiente amenaza de destrucción de especies valiosas de la fauna marina se conjugan para imponer a los países ribereños no medidas de restricción arbitraria o de sistemática persecución de aquellas actividades, sino procedimientos que las reglamenten a fin de no extinguir ejemplares que son fuente de riqueza para las naciones interesadas y base preciosa de alimentación para el mundo, a condición que no se las trate con el criterio de una explotación abusiva so pretexto de que, teniendo su “hábitat” más allá de las consabidas tres millas, viven en el “mar libre” de las viejas concepciones y son por lo tanto propiedad desatentada del primero que las tome. Por lo que hace a nuestro país, ya se dijo desde octubre de 1946, en un decreto del actual gobierno, que “el mar epicontinental argentino y la plataforma continental están sujetos a la soberanía de la Nación”. Plataforma continental, ya lo dijimos, se llama la parte del continente que en declive suave se interna en el océano por debajo de las aguas sin alcanzar una profundidad superior a los doscientos metros, lo que hace que así se junte una fauna nutrida y variada que, además, atrae a los peces mayores y a los cetáceos que van en busca de su propio alimento marino. Esa plataforma o zócalo alcanza sobre el Atlántico anchuras que al nivel del río Santa Cruz se acercan a las 400 millas. Por el Pacífico, en cambio, no cabe hablar de plataforma submarina, como lo señalamos a su hora, si bien la corriente de Humboldt, que procede de la región polar, llena desde el punto de vista de la fauna marítima una función análoga: está, en efecto, poblada de peces y constituye por ello el habitáculo natural de especies mayores -como los cetáceos y el atún- que de ellos se nutren, y también cauce que atrae y alimenta a las innumerables bandadas de aves marinas que en las islas peruanas han formado considerables depósitos de guano.

Por eso los gobernantes del Pacífico han insistido, particularmente, al sostener su tesis, en las obligaciones que les imponen, en nombre del interés propio y del bien común, esas circunstancias de tan esencial valor económico. En la reciente reunión de la comisión tripartita creada por Chile, Perú y Ecuador “para defender las riquezas marítimas del Pacífico” en cumplimiento del acuerdo de 1952, dijo así el canciller chileno, Sr. Aldunate, que el cambio de época impone una modificación de las normas jurídicas que rigen situaciones ahora profundamente modificadas, agregando:

“El derecho a proclamar nuestra soberanía sobre la zona del mar que se extiende a doscientas millas de la costa es indiscutible e inalienable. Nos reunimos ahora para firmar nuestro propósito de defender hasta sus últimas consecuencias esa soberanía y ejercitar la inconformidad con los altos intereses nacionales de los países signatarios del pacto”.

En Santiago tomáronse, efectivamente, disposiciones para cumplir tales objetivos ante la perspectiva de que se intentara desconocer la tesis de los tres países del Pacífico. El resultado fue el apresamiento de barcos balleneros de que informó la crónica y su concentración en puertos peruanos. Las últimas noticias aluden a la posibilidad de un acuerdo entre los dirigentes de la empresa industrial dedicada a la caza de cetáceos y el gobierno de Lima. Ello ha de implicar, naturalmente, el reconocimiento por parte de aquellos de la jurisdicción que hasta ahora han negado y su consiguiente sometimiento a las reglamentaciones que, en defensa de la riqueza marítima de que se trata, imponga el país que proclama su soberanía en aquella amplia faja de la costa. Entretanto no será inútil que se haya trabado de manera resuelta una litis que parecía desenvolverse solo en el terreno de la teoría y de las declaraciones generales. Estas han parecido unilaterales, en cuanto no han contado hasta hoy con la anuencia de las grandes potencias marineras. Pero fue mérito de las naciones latinoamericanas el haberlas formulado sin cuidarse de ello, seguras de que de tal suerte servían, tanto como el propio derecho, intereses más altos y generales.

Fueron estos claramente enunciados en la resolución en que la X Conferencia Interamericana, reunida en Caracas en marzo último, acordó que el Consejo de la Organización de los Estados Americanos “convoque para el año 1955 una conferencia especializada con el propósito de que se estudien en su conjunto los distintos aspectos del régimen jurídico y económico de la plataforma submarina, de las aguas del mar y de sus riquezas naturales a la luz de los conocimientos científicos actuales”. Uno de los considerandos decía, a modo de síntesis:

“Que es de interés general la preservación de esa riqueza y su adecuada utilización para beneficio del Estado ribereño, del continente y de la comunidad de naciones, conforme se reconoció en la Carta Económica de las Américas y en la resolución IX, aprobada en la Novena Conferencia Internacional Americana, celebrada en Bogotá en 1948, llamando la atención de los gobiernos americanos hacia el hecho de que la destrucción continuada de los recursos naturales renovables es incompatible con el objetivo de conseguir un nivel de vida más alto para los pueblos americanos, por cuanto la reducción progresiva de las reservas potenciales de productos alimenticios y materias primas llevarían a debilitar con el tiempo la economía de las repúblicas americanas”.

Así está resumido el planteo latinoamericano -que cuenta con la adhesión de otros sectores geográficos- de la cuestión que los episodios recientes han puesto de nuevo sobre el tapete. Ojalá estos favorezcan una solución definitiva, ya sea a través de la UN, que se ha ocupado del asunto, o de la OEA, cuya reunión especializada de 1955 puede contribuir al término de un litigio en que la América latina no está dispuesta a abandonar la posición que ha adoptado.