Guerra y paz en China. 1955

El dilema entre guerra y paz en China ha comenzado a plantearse en términos urgentes y dramáticos. Es inocultable que equivale a un dilema entre guerra y paz ofrecido al mundo entero, porque no solo se refiere a los problemas de la costa asiática del Pacífico, sino a toda la situación mundial, planteada allí hoy, eso sí, con mayor tensión que en ninguna otra parte. Para salir al paso de posibles contingencias que acaso excedieran los designios del gobierno de la República Popular China, el presidente de los Estados Unidos acaba de dirigir un mensaje al Congreso pidiendo autorización para utilizar las fuerzas armadas en caso de que se produzcan determinadas acciones por parte del gobierno de Pekín. Su actitud ha servido no solo para dejar fijada exactamente la posición norteamericana en el conflicto, sino también para que se precisen las actitudes de las demás partes interesadas. No es posible predecir si en el futuro cercano habrá guerra o paz en China, pero se sabe qué condiciones exigen una y otra parte para no desencadenar el conflicto.

Cualesquiera hayan sido las oscilaciones de detalle, la política de los Estados Unidos ha ido cobrando en los últimos tiempos una innegable firmeza y un mundo cada vez más seguro. Su punto de partida ha sido el convencimiento de que los estados comunistas no pueden cejar en sus designios expansivos y que los Estados Unidos no deben limitarse a rechazar la agresión, sino que les es imprescindible obrar activamente, tratando de contener aquella tendencia y delimitar con claridad la zona de seguridad. Definió esa política el ex embajador de los Estados Unidos en Moscú Sr. George Kennan como la doctrina del «endicamiento», pero sus líneas generales estaban trazadas de antiguo y puede decirse que orientaron la organización del sistema defensivo europeo tal como lo concibe la NATO. Solo en Asia constituía una novedad y apenas una aspiración de los espíritus más previsores; pero el hecho se explicaba porque los problemas suscitados en distintas regiones sobrepasaban las posibilidades de los Estados Unidos y debían ser enfrentados mediante una dirección compartida con otras potencias de intereses muy disímiles con respecto a los suyos.

Solo con el tiempo, y especialmente después de la experiencia de la guerra de Corea, se hizo claro que la defensa de los intereses de los Estados Unidos en el pacífico exigía una acción decidida. Acaso no tanto como sugirió por entonces el general MacArthur, pero sí lo suficiente como para que el país no volviera a verse envuelto en una guerra sin objetivos claros. Al producirse el avance de las fuerzas de Ho Chi-minh en Indochina, volvió a advertirse cierta indecisión entre reacciones de suma energía que no parecían aceptables a las demás potencias y una prescindencia amenazadora que parecía alejar las soluciones negociadas. Pero, habiendo cedido parcialmente en el problema indochino, los Estados Unidos obtuvieron el consentimiento de sus aliados para constituir la Organización del Tratado del Sudeste de Asia, y en el pacto de Manila se estableció con absoluta claridad el límite de la zona en que no debía admitirse bajo ningún pretexto un nuevo avance del comunismo y de la influencia ruso-china.

En ese pacto, Formosa quedaba excluida de la zona de seguridad, pero los Estados Unidos se hicieron cargo de la situación mediante un tratado con el gobierno del mariscal Chiang Kai-shek, por el que se aseguraba la protección de las fuerzas estadounidenses en el caso de una agresión extranjera. La actitud del gobierno de Washington, tanto en la zona protegida por el tratado de Manila como en el estrecho de Formosa, desató la cólera de los estadistas de la República popular China. Recrudecieron las operaciones de tanteo en las islas próximas a las costas, pero defendidas por las fuerzas nacionalistas, y los incidentes de Quemoy parecieron en su momento que amenazaban con desencadenar un conflicto. Muy luego se advirtió que los Estados Unidos no se precipitaban y parecían no atribuir mayor significación a los intentos comunistas de apoderarse de esas islas. Atenta la VII flota norteamericana a la defensa de Formosa, parecía dudoso hasta donde debía extenderse esa protección.

Así el conflicto, el gobierno de Pekín consintió en recibir al Secretario General de las Naciones Unidas, y las largas conferencias que sostuvieron los Sres. Chou En-lai y Hammarskjold dejaron la impresión de que se había avanzado algunos pasos en la solución del problema chino. Acaso se tratara en aquellas el mecanismo de una gradual aproximación de China a las potencias democráticas y las condiciones bajo las cuales, sin desdoro para ninguna de las partes, pudiera llegarse a admitir a China comunista en el seno de las Naciones Unidas. Pero además se tuvo la certeza de que la VII flota norteamericana no defendería las islas costeras en poder de los nacionalistas, lo cual podía legítimamente ser interpretado por el gobierno de Pekín como una autorización para intentar su ocupación. Sobrevenidos los últimos incidentes, el presidente Eisenhower ha detenido por un momento la incipiente gestión diplomática y ha preguntado categóricamente al Congreso si está autorizado para actuar instantáneamente y con toda la fuerza militar que crea necesaria en caso de que se intente un ataque contra Formosa y las Islas Pescadores.

Pese a los comentarios que la noticia le ha sugerido al Sr. Chou En-lai y a las graves reflexiones de ciertos miembros del Congreso norteamericano, la determinación del presidente de los Estados Unidos no impresiona como una innovación en la política de la Casa Blanca. Se trata de una maniobra de «endicamiento», de clara y resuelta fijación de los límites que no deben ser sobrepasados, de definición preventiva del casus belli. Precisamente en el momento en que comienza a funcionar el sobreentendido de que los Estados Unidos no se opondrán a la ocupación de ciertos territorios, ha parecido necesario afirmar que se opondrán decididamente a otras ocupaciones.

Se ha señalado que acaso nos hallemos frente a la inflexible decisión de Pekín de intentar la toma de Formosa. La hipótesis parece arriesgada, pues aun antes del mensaje de Eisenhower sabían los comunistas chinos que esa actitud entrañaba la guerra. Más bien podría suponerse que, tan incómodos como puedan sentirse, es ahora más posible que antes que consientan, tarde o temprano, en dar los pasos necesarios para aproximarse a las potencias occidentales e ingresar finalmente en las Naciones Unidas.

Los Estados Unidos han repetido en Asia un golpe diplomático semejante al que asestaron en Europa mediante la concertación de los acuerdos de París. Seguramente se mostrarán en el futuro más accesibles a las conversaciones destinadas a aliviar la tensión, convencidos de que nadie confundirá ahora su benevolencia con debilidad.