Historia de la pedagogía. 1938


El título del trabajo de Ismael Moya supone la existencia de una pedagogía argentina; más aún, de una pedagogía colonial. No creo que pueda probarse la existencia de ideas pedagógicas autóctonas ni que puedan establecerse relaciones entre la educación colonial y las prácticas educacionales quichuas, como parecería pretenderlo el autor. Es posible que el autor mismo no admita la realidad de ninguno de estos hechos. Acaso la explicación se encuentre en un análisis del valor de algunos términos.

A lo largo del trabajo de Ismael Moya se encuentra tácita una concepción de la palabra pedagogía que parece inadmisible. En las páginas 84 y 85 sintetiza en tres grupos de reglas prácticas la concepción metodológica del humanismo, de la Reforma y de la educación jesuítica; después de señalar, por ejemplo, que la Reforma postula la enseñanza y el cultivo de la lengua materna, que el Humanismo procuró desarrollar el conocimiento de las cosas o que la “Ratio Studiorum” establecía determinado número de asignaturas, el autor nombra, como al descuido, a Pestalozzi, a Herbart, a Froebel, a Rousseau, sin decir palabra de sus ideas pedagógicas. Una frase cierra esta página y media definitoria: “Este es el cuadro somero, esquemático, de la pedagogía hasta el ochocientos”. Resulta ahora evidente que la palabra “pedagogía” se toma aquí en un sentido impreciso y precientífico. Pedagogía es, para el autor, unas veces, sinónimo de enseñanza, y, otras veces, sinónimo de metodología o de didáctica. En el estado actual de los conocimientos, este concepto resulta inaceptable.

La pedagogía, en efecto, sin llegar a ser en absoluto una disciplina especulativa, se plantea la dilucidación de problemas teóricos o, al menos, la resolución de las cuestiones básicas de toda educación, supuestas en toda filosofía. Problema básico de la pedagogía es la determinación de la finalidad de la educación y de los ideales educativos, la naturaleza del hecho pedagógico, la resolución de la antinomia de autonomía o heteronomía en sus múltiples aspectos. Una historia de la pedagogía no puede ser, en consecuencia, una mera historia de la metodología; la metodología podría ser la prueba evidente para anotar una dirección o una tendencia, el concreto para hacer una afirmación, el dato para exhibir el plan de realización de una determinada orientación pedagógica. En el fondo, una historia de la pedagogía sólo puede ser una historia da las ideas pedagógicas.

Admitido entonces que el trabajo en cuestión no es una historia de la pedagogía argentina, sería necesario dilucidar qué es. El propósito es que fuera una historia de la enseñanza, y lo habría conseguido porque hay reunidos allí, mediante un esfuerzo estimable, gran cantidad de datos de innegable interés; pero media para que no lo sea una circunstancia que consiste en la absoluta falta de sentido histórico, en la ausencia radical de una concepción orgánica que permita descubrir la trabazón de las ideas, su desenvolvimiento y las relaciones de secuencia que se establecen entre ellas. Bastaría para poder afirmar su inconexión, el hecho de interpolar en el curso de la obra datos de valor muy remoto para el tema, coma el censo de la población, el valor adquisitivo del peso y las características que, a juicio del autor, debe tener la enseñanza actual del indígena, todo lo cual insume un número desproporcionado de páginas, robando unidad al plan de la obra, distrayendo la atención del lector y mostrando, sobre todo, la ausencia de una investigación ceñida y de una problemática precisa.

Pero fuera de este aspecto, la estructura misma de la obra se presenta con semejantes caracteres. Lo importante y lo accesorio se entremezclan sin discriminación y no permiten que las ideas directrices aparezcan con claridad y con continuidad. El problema del misionero se cruza permanentemente con el problema de la educación en las ciudades, de población blanca y con problemas de tipo europeo, de manera de ocultar las directivas que orientaban una y otra. Y lo esencialmente histórico, la discriminación de la mutación y de la permanencia, se oculta tras un fárrago de datos sobre sueldos y concursos de cargos docentes, de constancias documentadas y de anécdotas personales que desvirtúa por completo lo que en el trabajo podría haber de historia. Porque solo para un diletante, la historia es el narrar desordenadamente cosas pasadas y acumular datos más o menos bien probados sobre cómo se desarrollaba determinada actividad en tiempos pretéritos. La educación es una ocupación capital de la cultura occidental y su preocupación es secuente y orgánica. Quien quiera estudiarla no podrá sino buscar esa secuencia y, en función de ella, organizar la exposición de hechos concretos que no pueden ser sino sus resultantes. Todo lo demás será malograr el esfuerzo y continuar la práctica del diletantismo, tan nefasta para la cultura argentina.

Johann Heinrich Pestalozzi.