La conferencia de los «cuatro grandes». 1955

La conferencia que hoy se inicia en Ginebra con la presencia del presidente de los Estados Unidos y los primeros ministros de la Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia, concentra en la ciudad que fue otrora escenario de grandes debates internacionales la atención del mundo entero, anhelante de una solución para el angustioso problema de la paz amenazada. Descartada más de una vez por las escasas perspectivas que parecía ofrecer, la conferencia de jefes de gobierno fué preconizada reiteradamente por los estadistas que suponían que, antes de llegar a las soluciones concretas, se necesitaban acuerdos generales sobre la posibilidad de la coexistencia pacífica entre el mundo comunista y el mundo democrático. Sir Winston Churchill insistió muchas veces en las ventajas de su celebración, y seguramente mirará con melancolía esta oportunidad en que le está vedado acudir a un coloquio de resonancia mundial para buscar un poco de claridad en el oscuro panorama de las relaciones internacionales. Pero mientras ejerció la dirección política del Reino Unido, consideraron prematuro sus colegas occidentales suscitar un encuentro con el jefe del gobierno soviético. Ahora, en cambio, la ocasión ha sido juzgada oportuna. Las democracias de Occidente han fortalecido sus vínculos y pueden presentar un frente poderoso y unido que no incitará al gobierno del Kremlin a reiterar sus viejos ardides. Parece llegada la hora de hablar, y en la vieja ciudad helvética se han de escuchar voces que acaso renueven el tortuoso planteo de las cuestiones en litigio, repetido durante diez años con infinitas variantes, destinadas casi siempre a sortear más que a buscar las soluciones.

En vísperas de la partida, el general Eisenhower y el mariscal Bulganin han formulado medidas y meditadas declaraciones a fin de que sus puntos de vista queden aclarados desde un principio. La opinión ya generalizada de que no deben esperarse revelaciones sensacionales de la conferencia de Ginebra ha sido confirmada por las manifestaciones de las dos estadistas. Es evidente que se procura sortear los temas más concretos y candentes y mantener el intercambio de ideas en el terreno de los temas generales. Nada se dice acerca de la cuestión asiática ni tampoco del caso alemán, del que, sin embargo, se espera que constituya un punto importante de los debates. Los jefes de las dos grandes potencias que encabezan los bloques en conflicto parecen preferir las cuestiones previas, especialmente la del desarme y la de la seguridad colectiva. Todo induce a suponer que sobre esos asuntos se producirá el sondeo recíproco, la mutua indagación de las intenciones profundas.

En efecto, las declaraciones de ambos estadistas insisten en destacar las dudas que cada uno de ellos abriga acerca de la sinceridad de los designios pacifistas del otro bloque. El tema es viejo. Toda la historia diplomática y política de los diez años que han transcurrido desde la conclusión de la guerra ha estado movida por esta desconfianza recíproca, por esta incertidumbre acerca de las posibles añagazas que pudieran disimularse tras las palabras o los actos del adversario. Pero es justo señalar que, si generalmente el tono de las manifestaciones de antaño permitía suponer que tras la duda se escondía la seguridad del peligro, esta vez las palabras de los dos estadistas traslucen la esperanza de que sea auténtica la voluntad de entendimiento y franco el designio de pacificación.

La candidez no es una virtud recomendable en política. Pero en ocasiones puede la excesiva suspicacia malograr las oportunidades que, por el azar de las circunstancias, se ofrezcan para resolver los desacuerdos. Los conflictos no están necesariamente en la naturaleza de las cosas, sino que suelen ser hijos de determinadas situaciones internas de cada una de las partes o responder a definidas situaciones recíprocas. Es aconsejable atender a la modificación de esas coyunturas. Si acaso se hubiera producido un cambio en la que suscitó la tensión que ha agobiado al mundo durante una década, seria inútil y pernicioso persistir en posiciones que, extremadas, no pueden sino desembocar en la violencia. Esta certidumbre parece haberse hecho carne en los estadistas que comenzarán hoy sus conversaciones en Ginebra, bajo la expectante mirada del mundo.

Es imprevisible determinar qué signo espera cada uno de los interlocutores de tan alto coloquio para persuadirse de que obra en el otro una acendrada buena fe. Pero sin duda ya a estas horas han indagado unos y otros qué circunstancias pueden estimular las previsibles actitudes frente a las cuestiones disputadas. Desde el punto de vista de las potencias occidentales, la Unión Soviética no sólo desea, sino que necesita un cambio en las situaciones internacionales suscitadas en diversos frentes. En su opinión, no sólo ha sido dejada de lado la política staliniana, sino que no podría volver a insinuarse. Extremando este punto de vista, alguien se ha atrevido a hablar de la debilidad de la Unión Soviética, interpretación que ha causado profundo desagrado en Moscú. Pero no es necesario pensar en el debilitamiento del poder militar para que aquella opinión conserve algunos visos de verdad. Basta con suponer que, dentro de una amplia perspectiva, se hayan calculado los beneficios y los inconvenientes de una política de agresión para que sea lícito admitir que, a estas horas, ha modificado la Unión Soviética sus planteos internacionales. Si así fuera, quizá no sería ingenuo admitir que esta vez hay un sincero deseo de paz y un firme propósito de allanar los obstáculos que impiden llegar a ella por parte del gobierno del Kremlin.

Quienes estamos persuadidos de que las potencias occidentales no han abrigado durante estos diez años ningún designio agresivo frente a la Unión Soviética, juzgamos que aquella circunstancia permite, aparentemente, admitir que el momento es oportuno para plantear los problemas básicos de la paz: el de la seguridad colectiva y el del desarme. No son cuestiones fáciles, ni concluye con ellas, aun cuando se avanzara en sus soluciones, el esfuerzo necesario para alcanzar la plena pacificación anhelada. Pero es innegable que, en un ambiente de recíproca confianza, pierden categoría los problemas concretos que separan a los bloques en presencia. Más aun, si de algo podemos estar seguros es de que ni la cuestión alemana ni la situación asiática serán resueltas mientras cada una de las partes interesadas sospeche que compromete sus posiciones decisivas en maniobras parciales de incierto alcance.

Es correcto, pues, que se mantenga la discusión en el plano de los aspectos básicos, mientras la preocupación fundamental de cada bloque sea la del estado de ánimo de quienes dirigen el otro. En ese trasiego de opiniones, es verosímil que se alcance la certidumbre de que el entendimiento es posible. Entonces, y sobre la común predisposición favorable, habrá llegado el momento de abordar las cuestiones concretas. Todas las esperanzas están puestas en que los cuatro estadistas que hoy comienzan el coloquio ginebrino puedan llegar a superar la desconfianza que hasta ahora ha abrigado cada uno de los respectivos bloques acerca de los móviles íntimos del otro.