Marc Bloch y el oficio del historiador. 1953

En circunstancias difíciles —casi trágicas—, el ilustre medievalista francés Marc Bloch decidió dedicar sus ocios a componer un pequeño libro que él definió con estas humildes palabras: «El memento de un artesano al que siempre le ha gustado meditar sobre su tarea cotidiana; el ‘carnet’ de un oficial que ha manejado durante muchos años la toesa y el nivel, sin creerse por eso matemático». Profesor en la Sorbonne, investigador asiduo y sagaz de la sociedad feudal y cofundador —con Lucien Febvre— de la revista Annales en 1929, Marc Bloch, que había combatido durante la primera guerra mundial, fue movilizado al estallar la segunda y adscripto a un Estado Mayor en Alsacia. Había nacido en 1886 y tenía 55 años cuando emprendió la redacción del pequeño volumen que acaba de traducir el Fondo de Cultura Económica en México, «entre los peores dolores y las peores ansiedades personales y colectivas». Seguramente, interrumpió su trabajo en 1942. Y un pelotón alemán de fusilamiento interrumpió su vida el 16 de julio de 1944.

No es solo esta última circunstancia la que suscita una vehemente simpatía alrededor de Marc Bloch. La estimación y el respeto que han rodeado su memoria en Francia no cuentan menos, y aun obra sobre el espíritu del lector cierta nobleza que trasciende del estilo de su pensamiento y del estilo de su prosa. Era inevitable que este librito acusara cierta vibración dramática. Pero es singular el tipo de dramatismo que Bloch le ha impreso: contenido y severo, como cuadra a quien estaba acostumbrado a contemplar la aventura humana y a medir con filosófica serenidad el alcance del funesto azar. Es imposible no leer con simpatía este libro saturado de experiencia y rico en ideas, de un hombre que estaba al borde de la muerte.

Porque aquella vibración dramática no se percibirá en la superficie, sino muy en lo interior de su actitud. Bloch no discurre sobre la vida histórica sino en cuanto objeto de conocimiento y prefiere reflexionar sobre la manera de conocerla propia de una disciplina que quiere alcanzar el más alto rigor. Le preocupa el tema de la legitimidad del conocimiento histórico y su justificación, y dialoga con quienes han levantado contra él tantas y a veces tan insostenibles objeciones. Bloch cree que la actitud histórica es propia de nuestra cultura, porque «ha esperado siempre demasiado de su memoria» y porque la conduce a ella «tanto la herencia cristiana como la herencia clásica». Ahora bien, una actitud histórica es una actitud intelectual y parece menester fundarla en sólidos criterios de verdad. He aquí lo que Bloch quiere indagar en este libro que las circunstancias han querido que quedara inconcluso.

Lo componen cuatro capítulos completos: «La historia, los hombres y el tiempo», «La observación histórica», «La crítica» y «El análisis histórico». En el primero, Bloch se empeña en acotar el tema de la ciencia histórica —ciencia de los hombres en el tiempo, dice— y en desvanecer lo que llama el «ídolo de los orígenes», movido por la certidumbre de que constituye un grave error confundir una filiación con una explicación. La observación es sagaz, pero parecería exagerado inferir de ese distingo que toda indagación de «orígenes» excluye el intento de explicar la realidad histórica; acaso la posición de Bloch y su escuela en este aspecto se entienda mejor si se observa la indicación del editor del manuscrito, Lucien Febvre, en la página 155: «Ni una sola vez, salvo error, aparece en el libro la palabra evolución«. Agudas observaciones sobre las relaciones entre el pasado y el presente cierran el capítulo.

Los que dedica a la observación histórica y a la crítica discurren acerca de esos problemas con vivacidad y vasto conocimiento. Bloch apela a su bien probada experiencia y ofrece expresivos ejemplos de las celadas que la materia ofrece constantemente al historiador. Más profundos son el capítulo titulado «El análisis histórico» y el fragmento final que aparece sin título, en los que se plantea el problema de la causalidad y señala finamente el distingo entre juzgar y comprender.

Sería injusto exigir a un libro escrito en tales condiciones mayor rigor y más precisión en el planteo sistemático de los problemas. Acaso la leve desilusión que sufre el lector familiarizado con el tema pueda atribuirse al título de la edición española, pues de ningún modo llega a ser este libro una introducción a la historia, ni siquiera si nos atenemos a los problemas que Bloch llegó a abordar. Tampoco creo que hubiera sido feliz el primero de los dos títulos del original francés: Apologie pour l’Histoire, pues apenas se advierte propósito apologético más allá de la introducción. Título exacto hubiera sido, a mi juicio, el segundo: Métier d’historien, en cuanto tiene de grande y de modesto a un tiempo, pues Bloch parece haberse limitado a anotar las observaciones acumuladas a lo largo de un sostenido ejercicio de la investigación, sin proponerse agotar los temas. Si la promesa no fuera excesiva, el lector estaría más predispuesto a saborear los zumos de esa experiencia y a descubrir tras sus primeros sabores los exquisitos y variados ingredientes con que fueron hechos. Porque trasciende de las páginas de Bloch mucho saber y mucha humanidad, virtudes con las que se hace un buen historiador, y no debe olvidarse que él mismo renuncia, en la introducción, a más ambiciosos proyectos. No se busque, pues, en este libro un sistema de la vida histórica ni un cuadro acabado de los problemas del saber histórico. Pero quien lo lea descubrirá muchos secretos acerca del arte de conquistar la verdad en este enigmático y confuso mundo del pasado.