José Luis Romero: de la historia de Europa a la historia de América

TULIO HALPERÍN DONGHI
(Universidad de California – Berkeley)

En 1975, en una ocasión propicia para echar una mirada retrospectiva sobre su trayectoria (se trataba de celebrar, en compañía de amigos de toda la vida, la publicación de la quinta edición de Las ideas políticas en Argentina, separada por tres décadas de la primera), José Luis Romero reflexionaba quizá por última vez en voz alta sobre la problemática articulación entre sus obras centradas en la historia antigua y la del Medioevo, y las que paralelamente había consagrado a la exploración del pasado argentino[1].

Una vez más, subrayaba la distancia entre la pasión erudita que inspiraba aquéllos, y la conciencia de una “responsabilidad moral” que lo había llevado en 1944 a aceptar la invitación a tomar a su cargo presentar la historia de las ideas políticas en Argentina, que le formuló Daniel Cossio Villegas por sugerencia de Pedro Henriquez Ureña, aunque se sentía menos profesionalmente preparado para ello que para indagar en el campo de la historia medieval. No ha de sorprender entonces que al presentar al epílogo de ese libro como “uno de los orgullos de su vida” no reivindicara para él particulares méritos historiográficos: en ese epílogo veía ante todo un acto, un acto gobernado por los imperativos de la muy exigente moral ciudadana que había desde siempre hecho suya.

Pero no era eso lo único que lo satisfacía en su libro de 1946, en esa misma ocasión había ya declarado también su orgullo por “haber sistematizado lo que llamaríamos la tercera parte de la historia argentina”. Y ese orgullo está totalmente justificado: Las ideas políticas en Argentina incorporaron al territorio de la historia una extensa tierra de nadie que ésta no se había atrevido hasta entonces a reivindicar para sí (al planear su Historia de la Nación Argentina, la Academia Nacional de la Historia había

fijado en el año 1862 la frontera entre el pasado propiamente histórico y un presente al que entregaba a las prejuiciosas visiones de la política, y cuando luego decidió adelantar esa frontera hasta 1930 fue para dividir monótonamente ese plazo temporal que sólo formalmente ganaba para la historia en los paquetes sexenales proporcionados por las presidencias, reiterando así la renuncia a “interpretar lo que había ocurrido” que Romero denunciaba detrás de la adopción del mismo criterio de periodización en las obras que había hallado a su alcance en 1944-45).

Al reivindicar como principal mérito historiográfico para su obra de 1946 la conquista de ese nuevo territorio para la historia argentina, Romero venía a proclamar implícitamente la existencia de una visión de toda la historia previa dotada de suficiente validez para que sólo fuese preciso prolongarla hasta el presente. Nunca hizo secreto de cuál era a su juicio esa visión, y en 1975 lo declaraba más tajantemente que nunca: “La historia argentina la inventó Mitre (…) el período hasta el que llegó Mitre está signado por la mirada de Mitre”.

Y a Mitre había dedicado Romero en 1943 un extenso ensayo (Mitre, un historiador frente al destino nacional), que trazaba de su obra de historiador y del peso que sobre ella habían tenido las nociones que lo guiaron no sólo como tal sino como político, una imagen tan obviamente justa que resulta hoy difícil advertir hasta qué punto era nueva, cuando los más reducían el papel de Mitre al del introductor de la exigencia erudita en nuestra tradición historiográfica. Quizá resulta aun menos fácil advertirlo porque Romero, al ofrecer una exégesis de inigualada riqueza de la obra histórica de Mitre, no creía necesario establecer frente a ella ni aun esa mínima distancia que se expresa en el asentimiento, con lo cual su análisis tan novedoso alcanzaba a ratos una engañosa afinidad de tono con las rituales prosas de homenaje que contribuían (y todavía contribuyen) a mantener en vida el culto rutinario del fundador de la Argentina moderna.

Sin duda esa negativa a cualquier toma de distancia se debía en parte a que el ensayo de 1943, como el epílogo de 1946, era tanto el cumplimiento de un deber cívico como la absolución de una tarea de historiador. En medio de un conflicto que alcanzaba las dimensiones del planeta y en el que se decidía también el destino de la Argentina, se imponía declarar identificaciones antes que marcar distancias; que eso pesaba con todo su peso en la conciencia de Romero lo revelaba su caracterización global de la obra de Mitre (“Por haber afrontado la responsabilidad de aclarar la conciencia colectiva frente a estos interrogantes decisivos, por haber realizado el imprescindible ajuste entre el pasado y el presente para discriminar la línea del desarrollo futuro, adquiere la obra de Mitre la trascendencia de un alegato irrebatible para la afirmación de nuestra existencia colectiva y de un proyecto madurado para la construcción de un país en cuya obra fue arquitecto primero, obrero luego, acaso ahora profeta que clama en el desierto”)[2], cuya elocuencia sobriamente patética no tiene nada de rutinario ni de ritual, pero es inequívocamente la de una laudatio en que un gran muerto es evocado para auxiliar a los vivos.

Hay algo más que parece confirmar esta conclusión: la imagen de la historia argentina propuesta por Romero tanto en Las ideas políticas en Argentina como en ensayos fechados en las dos décadas siguientes se aparta en puntos fundamentales de la de Mitre. Ese apartamiento no se daba sin embargo donde los más habrían creído reconocerlo: en la meticulosa distancia que Romero mantenía frente a los faccionalismos retrospectivos a los que la exacerbación creciente de los antagonismos ideológicos que iban a dirimirse finalmente en el conflicto mundial había devuelto tanto de su originaria virulencia.

Porque ocurre que ese distanciamiento alejaba menos a Romero de la actitud del Mitre historiador de lo que suponen quienes de éste sólo conocen la imagen convencional. La incorporación del episodio rosista en el cauce común de la historia argentina, que Romero lleva adelante con una firmeza despojada de toda estridencia, reitera una de las hazañas a través de las cuales el Mitre historiador se había también él apartado en un aspecto esencial de la tradición facciosa con la que se identificaba el liberalismo al que le otorgaba su plena lealtad política: su negativa a presentar la llamada anarquía de 1820 como la recaída en la barbarie que en ella descubría Vicente Fidel López, para reivindicarla en cambio como la “revolución social” que había coronado la revolución política de 1810, y cuya victoria había hecho irrevocable el triunfo de la democracia hacia cuya conquista se había siempre orientado -aunque hasta poco antes a ciegas- el proceso histórico abierto por la colonización del Río de la Plata.

Tal como vio agudamente Carlos Real de Azúa en una reseña cuyo tono cálidamente admirativo se toma aun más convincente cuando se considera que ha sido escrita – no sólo geográficamente- desde la orilla opuesta, esa independencia de las facciones histórica no nacía en Romero de ninguna preocupación por mantener la neutralidad erudita. La debía en cambio a su compromiso político y actual, que “le permite no abanderarse sentimentalmente ni en el ‘liberalismo conservador’ ni en la ‘línea de la democracia inorgánica’ que tironean poderosamente a casi todos sus colegas”[3]. Pero esa liberación del lastre del pasado mediante la identificación con una alternativa nueva reitera el gesto con que el grupo del que Mitre se proclamó siempre discípulo y seguidor, la generación de 1838, irrumpió desafiantemente en la vida pública. Y que Romero advertía muy bien esa filiación lo revelaban los editoriales que escribió en 1946 para el nuevo periódico editado por la Comisión de Cultura del Partido Socialista[4], que por su parte la reivindicaba desde su título mismo, (El Iniciador, tomado del que Alberdi editó junto con Andrés Lamas y Miguel Cané al comenzar su destierro montevideano).

Si nada de todo eso separa decisivamente a Romero de Mitre, lo que los aparta es sencillamente que el pasado argentino que ve Romero es más complejo y contradictorio que ése que Mitre, gracias a su despojada pureza de líneas, había sido capaz de presentar en los admirables capítulos iniciales de la Historia de Belgrano como un único movimiento ascendente en que se desplegaban paulatinamente potencialidades ya presentes desde el instante fundacional. En sus conversaciones con Félix Luna, Romero ofrece un resumen demasiado limitativo de sus puntos de discrepancia cuando reprocha a Mitre su “ignorancia del interior”[5]. En rigor, le reprocha algo más que eso: la negativa a admitir que, si -como quería Mitre, y acaso no objetaba Romero- la historia argentina era ante todo un capítulo ultramarino en la historia de Europa, en su decisiva etapa temprana esa historia había sido plasmada en el molde de esa vertiente originalísima de la experiencia europea que era precisamente la hispánica.

No cabe duda, en efecto, de que en Mitre esa negativa era del todo deliberada: en el umbral mismo de la Historia de Belgrano, no sólo celebraba que en el Plata la imposibilidad de incorporar a la población nativa como sector subordinado había hecho inevitable esa igualdad en la penuria gracias a la cual iba a germinar y florecer en la región esa “democracia genial” que se hubiera esperado en vano ver surgir en el marco neofeudal de Mesoamérica o los Andes; todavía juzgaba que la Argentina había sido afortunada en sus conquistadores, a quienes ese nombre cuadraba mal: a diferencia de los iletrados y brutales fundadores de Lima, los atraídos por las mentidas promesas de opulencia de la región platense, oriundos de los centros más avanzados de la economía peninsular, habían vivido más plenamente la vida de la Europa renacentista, y se hallaban por lo tanto admirablemente preparados para su destino de inmigrantes a una zona pionera[6].

Mientras en la visión de Mitre la historia argentina tiene como único sujeto un pueblo destinado desde su origen a ser nación, y organizarse en república democrática, la de Romero, como nota de nuevo con justeza Real de Azua, coloca en su centro “el duro juego dualista que es casi toda nuestra historia”.

Mientras en Mitre aun las tormentas que dan una apariencia azarosa a un rumbo histórico rectilíneo contribuyen a asegurar nuevos avances sobre ese rumbo, porque reflejan tan sólo los desajustes (necesarios pero necesariamente efímeros) entre quienes se dejan llevar -así sea a velocidades distintas- por una única corriente, para Romero en cambio la historia argentina sólo comienza cuando surge en Buenos Aires, avanzado ya el siglo XVIII, el núcleo de una nueva sociedad burguesa, diferente en su estructura, en su estilo de convivencia y en sus orientaciones intelectuales e ideológicas de la sociedad católica y señorial que hasta entonces (y contra lo que quería Mitre) había ofrecido el molde para la colonización hispánica en las tierras que serían más tarde argentinas.

Pero si para Romero los conflictos que cruzan la historia argentina son algo más que apariencias bajo las cuales es posible reconocer una secreta armonía, todavía lo aproxima a Mitre una doble seguridad: que la solución de esos conflictos ha de darse mediante la conciliación, y que los términos en que esa conciliación puede alcanzarse han de ser dictados por la colectividad política con la cual el propio Romero se identifica. Si la visión histórica de Romero difería de la de Mitre, ambas tenían en común ofrecer la caución de la historia a la apuesta política que había sido de la generación de 1837, y que Romero venía en lo esencial a reiterar.

La confianza en que ésta sigue siendo una apuesta ganadora se refleja en el segundo editorial por él escrito para El Iniciador, “La lección de la hora”. La hora es la de la derrota electoral del Partido Socialista y la Unión Democrática, y la lección recoge la de la Generación del 37: “no conocemos suficientemente nuestra realidad social”. Pero el tono general de ese breve texto sugiere que lo inspira, más que la esperanza segura de que una más justa comprensión de lo que son y quieren las masas argentinas permitirá al socialismo modular su mensaje de modo que incite a esas masas a reconocerse en él, la convicción más melancólica de que, cualquiera sea su promesa de éxito, ésa es la única alternativa que permanece abierta luego de una derrota que no puede ocultar hasta qué punto encuentra injusta[7].

Se comprende por qué Romero se rehusará largamente a renunciar a una esperanza en la que quizá no puede creer del todo: la necesita para mantener una autodefinición política que le importa demasiado vitalmente para renunciar a ella, y que lo identifica con un socialismo que halla su razón de ser en la ambición de constituirse en instrumento político de las clases trabajadoras. Pero si su fidelidad a la opción originaria del socialismo argentino gobernará su acción de militante todavía durante más de una década, esa fidelidad parece más bien justificarse como el cumplimiento de un deber irrenunciable que apoyarse en la convicción de que el triunfo del proyecto político con el que Romero se identifica (y cuyas posibilidades de éxito se interesará cada vez menos por discutir) ofrezca el desenlace hacia el cual se encamina la historia nacional[8].

Se rompe así la solidaridad íntima entre la elaboración de la imagen del pasado por el historiador y el trazado del paisaje político y social del presente por el ciudadano y el militante, que -por debajo de divergencias muy significativas en cuanto a la primera- creaba una afinidad innegable entre el Romero de Las ideas políticas y el Mitre de la Historia de Belgrano.

Sólo sobrevive a ello una más difusa afinidad en el temple con que se aproximan al pasado, consecuencia en ambos -creo- de una suerte de optimismo temperamental antes que intelectual. Pero en Romero éste no tiene ya por corolario la seguridad -hasta el fin firmísima en Mitre- de integrar un sujeto colectivo que ha descifrado el secreto de la historia y la ayuda a encaminarse hacia su meta; su optimismo sólo sobrevive, en efecto, al precio de admitir que todos los sujetos colectivos son efímeros, salvo la humanidad misma, pero ello trae consigo la renuncia a deducir de ese optimismo ninguna conclusión precisa sobre el rumbo del proceso histórico; si en Mitre éste se desplegaba en una filosofía de la historia que era en rigor una teodicea secularizada, en Romero sólo inspiraba la seguridad menos ambiciosa de que no hay “procesos sociales o colectivos que forman parte de la historia de alguna comunidad, que sean totalmente inexplicables”[9].

La separación que finalmente se produce en Romero entre la mirada del historiador y la del ciudadano tiene una consecuencia en cuanto a la primera: la exploración histórica de la Argentina se resuelve -casi se diría que se disuelve- en la de Latinoamérica. Sin duda ese deslizamiento respondió en parte a estímulos externos análogos a los que en 1944 lo habían decidido a encarar su primer libro de tema americano; cada vez más ampliamente reconocido en ese campo, las invitaciones a avanzar en su exploración estaban en el origen tanto del breve libro que consagró al pensamiento político de la derecha latinoamericana, cuanto de los prólogos que antepuso a las antologías por él organizadas junto con Luis Alberto Romero para la Biblioteca Ayacucho[10] [11].

Pero él respondía sobre todo a un estímulo más poderoso: Romero, como antes Mitre, había construido su historia argentina a partir del futuro, y había sido precisamente el vínculo con ese futuro el que lo había llevado a concentrar la atención en los rasgos del pasado nacional que parecían prometer a la Argentina un destino excepcional en Hispanoamérica; desatado ese vínculo, los rasgos comunes pasaban necesariamente a primer plano.

En esta nueva etapa Romero pasa a identificarse cada vez más firmemente con una visión histórica que no es ya la de Mitre: en 1976, en carta a Javier Fernández, se declaraba atraído por la idea de “dar una conferencia sobre Sarmiento historiador, estableciendo su calidad de cabeza de una línea historiográfica distinta de la de Mitre, pero paralela… quizá pensando -esto es un secreto- en su posteridad, a la que me honro en pertenecer””.

Pero lo que este historiador que ha alcanzado ya su plena madurez recibe de Sarmiento parece ser menos una orientación nueva que una incitación a ser cada vez más firmemente él mismo. Que así ha de ser lo anticipa ya la caracterización que propone de la visión sarmientina en un texto de 1963: “Al fin de cuentas, la clásica antinomia ‘civilización y barbarie’ oculta la antinomia ‘libertad y necesidad’… ‘Necesidad’ fue para él una combinación de naturaleza y cultura … tales son les elementos dados al hombre. ‘Libertad’, en cambio, era la posibilidad de la acción del hombre para sobreponerse a esas determinaciones, siempre que la acción creadora fuera capaz de moverse dentro de los límites posibles. La vida histórica, parecería decir, es el resultado de la acción creadora sobre la necesidad. Eso es, en última instancia, la traducción de ‘civilización y barbarie’”[12].

Si esa traducción puede parecer un poco forzada, tiene en cambio el mérito de hacer decir a Sarmiento cosas muy parecidas a las que Romero había venido diciendo ya durante tres décadas. Y se vuelve a percibir el modo tan peculiar en que en él va a influir la lectura de Sarmiento en su respuesta a Félix Romero, que creía haber descubierto en Latinoamérica, las ciudades y las ideas “en alguna medida una actualización del Facundo”. Romero asiente efusivamente, y pasa enseguida a describir de qué modo ese influjo se hizo sentir:

“La historia es más o menos así: yo soy un historiador preferentemente de ciudades porque me he interesado por la historia de las burguesías medievales. Y un día leyendo a Sarmiento me dije: ‘pero si aquí está la clave’. La clave de la posible aplicación de esa línea que yo persigo en el desarrollo de la ciudad occidental, que será el título del libro que escribo sobre las ciudades en general. Me sumergí en otra lectura del Facundo, que he leído muchas veces. Y compuse el esquema, primero como una hipótesis de trabajo, sobre si en toda América Latina se daba este esquema que proponía Sarmiento, y llegué a la conclusión de que sí, de que se da. Lo cual quiere decir que no es un fenómeno específicamente argentino, que es un fenómeno americano. Pero como yo soy medievalista, me dije: lo que pasa es que no es argentino ni americano, es mucho más: es la proyección en América del fenómeno europeo, del mecanismo del desarrollo urbano que empieza a partir del siglo XI, con el cual se crea el mundo moderno, saliendo de la estructura feudal para pasar a la estructura burguesa y capitalista del mundo moderno”[13].

Se advierte cómo Romero, que proclama -sin duda con total sinceridad- acogerse a lo que llama el esquema de Sarmiento, no sólo lo asimila al que ya le era propio, sino se apoya en esa asimilación para hacer de la historia de las ciudades latinoamericanas una “proyección del fenómeno europeo” con vistas al cual había elaborado ese esquema previo.

He aquí una operación intelectual que podría causar alguna alarma a quienes -casi por obligación profesional- se han esforzado por aguzar su sensibilidad para percibir mejor todo lo que hace la peculiaridad de la historia latinoamericana. Pero basta la más rápida ojeada de su gran libro sobre las ciudades latinoamericanas[14] para advertir hasta qué punto esa alarma no se justifica. Más de una vez gustó Romero de citar un dicho de su hermano Francisco acerca de cómo debe darse la aproximación a la filosofía: “a la filosofía hay que rondarla hasta que de pronto uno descubre que ya está adentro”[15]: por un cuarto de siglo había rondado la historia latinoamericana y ahora estaba finalmente dentro de ella.

Gracias a ello la visión más rica y matizada que ha venido adquiriendo de la historia de Europa le permite columbrar una Latinoamérica que es inequívocamente ella misma. No sólo porque la articulación entre historia urbana en el viejo y nuevo mundo se da a través de episodios que no son los más típicos dentro de la pauta europea (los antecedentes de la experiencia urbana latinoamericana no han de encontrarse en esa etapa remota en que los primeros núcleos de las futuras ciudades surgieron en los intersticios de la sociedad feudal, sino en la ya más cercana a 1492 en que la voluntad de un soberano las creaba como centros de control de tierras conquistadas, desde las bastides del sur de Francia y sus continuaciones en el reino de Aragón, hasta esa Santa Fe que es legado duradero del ataque final contra el último reino islámico de la Península). Quizá era aún más importante que esa visión más compleja del proceso europeo lo incitase a no satisfacerse sino con una también más compleja del latinoamericano.

Véase, por ejemplo, qué complejo, mediado y contrastado ha llegado a ser, con el progreso de los años y de las reflexiones de Romero sobre la experiencia histórica latinoamericana, el itinerario que lleva de la ciudad hidalga a la ciudad burguesa: la “incipiente burguesía” criolla hace una aparición fugaz sólo para entrar en eclipse, pero no porque su primer avance haya sido victoriosamente contrarrestado; sí en cambio porque se apresura a confundirse con viejas y nuevas elites de base rural en ese patriciado que dará el tono de la vida urbana entre la emancipación y el triunfo de las economías exportadoras en el último cuarto del siglo XIX. Pero la firmeza con que Romero propone esa imagen del trasfondo político-social de la historia urbana del ochocientos latinoamericana, que por primera vez hace plena justicia a sus peculiaridades, debe mucho a que la halla confirmada por la presencia de un proceso paralelo en la Europa bajomedieval: el término mismo de patriciado sugiere la conciencia de un paralelismo que por otra parte Romero declara en sus conversaciones con Romero[16]. Al mismo tiempo esa conciencia no ha venido a constituirse en obstáculo para la captación del proceso latinoamericano en su varia y contradictoria riqueza; su efecto ha venido a ser precisamente el opuesto.

Gracias a ello la carrera de este historiador que hasta el fin se define ante todo como medievalista va a conocer una culminación tan exaltante como paradójica: la última de las grandes obras que tenía en proyecto, La ciudad occidental, iba a fructificar en esa Latinoamérica: las ciudades y las ideas, en la cual los temas y problemas que habían orientado por décadas sus reflexiones subtienden la reconstrucción de un proceso histórico que se esfuerza con éxito por dar cuenta de todos ellos, pero no lo explora en ese occidente europeo al que había dedicado sus más largas exploraciones, sino en ese Nuevo Mundo en el que sólo gracias a esa hazaña ha terminado por afincarse.


[1] A propósito de la quinta edición de ‘Las ideas políticas en Argentina”’, en José Luis Romero, La experiencia argentina y otros ensayos. Recopilados por Luis Alberto Romero. Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1980, p.2-9.

[2] Mitre: un historiador frente al destino nacional. 1943”, José Luis Romero, op. cit., pp.231-273, la cita de p.253

[3] Las ideas políticas en América”, en Carlos Real de Azua, Escritos, Arca, Montevideo, 1987, pp.81-84: la cita de p.83.

[4] “Una misión. 1946”. en José Luis Romero, op.cit., pp.443-445, Y “La lección de la hora. 1946”, en id., pp.446-449.

[5] Félix Romero, Conversaciones con José Luis Romero sobre una Argentina con historia, política y democracia, Timerman Editores, Buenos Aires, 1976, p.25.

[6] El tema se insinúa en una primera referencia a“los conquistadores, o más bien dicho, colonos del Río de la Plata” y reaparece pocas páginas más adelante (“Los primitivos pobladores del Río de la Plata … fueron más bien que aventureros verdaderos inmigrantes reclutados en las clases y en los lugares más adelantados de la España”). Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano y de la independencia argentina, quinta edición, Biblioteca de “La Nación”, Buenos Aires, 1902, tomo I, pp.6-10.

[7] Así sobre todo en el párrafo final; “Ni las clases medias ni el proletariado argentino tienen otros ideales que los que hemos defendido antes y ahora, y sólo nosotros podemos cumplir nuestras promesas firmemente, lealmente, desinteresadamente. De esto hay que convencer a nuestra masa esencialmente democrática, que ojalá no pague demasiado caro su juvenil entusiasmo por una justicia social que se le ofrece sin esfuerzo, sólo a costa del voto y de su adhesión incondicional a un gobierno de fuerza” (loe. cit., Nro.4, p.449).

[8] Así se puede leer en filigrana en el escrito en el cual, en polémica con Américo Ghioldi, declara la necesidad de que el socialismo continúe presentándose como alternativa separada al electorado (“El socialismo en el camino. 1957’, en José Luis Romero, op.cit., pp.463- 468).

[9] Félix Luna, op.cit, p. 125.

[10] José Luis Romero, El pensamiento político de la derecha latinoamericana, Paidós, Buenos Aires, 1970; Pensamiento político de la emancipación (1790-1825) y Pensamiento conservador (1815-1898), Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1977 y 1978.

[11] Sarmiento, un homenaje y una carta”, en José Luis Romero, op.cit., Nro.l, p.219.

[12] Sarmiento entre el pasado y el futuro”, en José Luis Romero, op.cit., Nro.l, pp.212-219, la cita de p.215.

[13] Félix Luna, op.cit., p.40.

[14] José Luis Romero, Latinoamérica: las ciudades y las ideas, Siglo XXI Editores, México, 1976.

[15] Félix Luna, op.cit., p.20.

[16] Félix Luna, op.cit., pp.63-64.