La Universidad de Córdoba y José Luis Romero: un mismo espíritu reformista.

Diego M. Jiménez

No es casual que el movimiento reformista se haya iniciado en la Universidad Nacional de Córdoba. Tampoco, que las ideas allí germinadas se hayan extendido al resto del país y a América latina.

Esas jornadas de junio de 1918 conforman un hito en la historia de la educación argentina, porque se entretejen en un contexto de democratización del voto, ascenso de las clases medias impulsadas por la expansión de la educación popular y transformaciones en la sociedad argentina, resultado de la gran oleada inmigratoria de fines del siglo XIX y comienzos del 20. La denominada “Era Aluvial”, como la bautizó José Luis Romero con notable precisión.

Es la capital de la provincia mediterránea la que inicia una tradición de ideas de cambio, ideas que encuentran en el gran historiador argentino a uno de sus intérpretes más lúcidos y reflexivos. Sus escritos e intervenciones sobre este tema tienen una enorme actualidad y pueden servir de guía para llevar adelante una discusión seria y necesaria del presente y futuro de la Universidad.

Al mismo tiempo, nos permiten tomar distancia del fango habitual al que nos arrastran los actuales debates mediáticos.

Las reflexiones que escribiremos a continuación parten de una idea de lo que se supone que debería ser una Universidad y de su necesaria, constante e imprescindible renovación pedagógica.

También, desde la vocación de las universidades por desbordar sus límites académicos y contribuir a la construcción de una comunidad, que tienda al progreso general, como entendía el autor de Latinoamérica, las ciudades y las ideas.

Entonces, las ideas de renovación y la actualización cobran sentido, con un pluralismo implícito abierto a las diversas corrientes del pensamiento que discutan las metodologías de enseñanza y los paradigmas de la investigación universitaria. Porque la sola intención de imposición o censura ideológica supondría un anacronismo, un volver sobre los pasos, una nueva entronización de criterios de autoridad y verdades reveladas, bajo un nuevo ropaje o justificación intelectual.

Autonomía universitaria y sus implicancias

La demanda de la autonomía administrativa, política, científica y financiera es una consecuencia natural de lo anterior. Disponer de los recursos que la sociedad le otorga por medio de su presupuesto nacional, determinar líneas de investigación y nombrar docentes apropiados es fundamental para garantizar la libertad de enseñanza y mantener a raya las intromisiones políticas y empresariales sobre qué y cómo es necesario investigar.

Pero esto, de ningún modo, puede estar desligado, en el pensamiento de Romero, de las demandas de la sociedad, en el sentido de lo que esta requiere para su desarrollo, como tampoco ajeno a la rendición de cuentas que sobre estos aspectos tiene obligación de dar, sin excusas de ningún tipo.

De allí la importancia del cogobierno, que en nuestra particular historia universitaria surge de una fuerte protesta contra los profesores [de entonces], sus arbitrariedades, su espíritu vacío y elitista, su escasa inclinación para la revisión pedagógica y científica, como lo expresaron los reformistas. Y, en el historiador, supone también convertir a la Universidad en una escuela de democracia.

Una democracia que discute sobre las grandes ideas, las antiguas y las modernas, así como también las vanguardias y las nuevas teorías científicas. Y, por supuesto, su traslado a las aulas y a los gabinetes de investigación, para la renovación continua. No desdeñando la tradición, sino a hombros de ella.

Los reformistas también exigieron mejor formación de los docentes, proponiendo seminarios de actualización y de enseñanza práctica, junto con el abandono de las clases magistrales monologuistas, donde el centro está puesto en el docente y no en el aprendizaje del estudiante. De la mano de ello, vienen las demandas de concursos regulares y las designaciones por tiempos establecidos.

Pero hay un aspecto crucial que merece ser indicado por su relevancia: la demanda de cátedra paralela y de asistencia libre que exigen a los docentes una preocupación por la didáctica en sus clases y por la búsqueda de metodologías adecuadas para los distintos grupos que tienen a cargo.

Suponen las competencias de umbral, es decir, saber de su especialidad, pero, además, la expertise en la enseñanza-aprendizaje. Manejar el oficio, “el saber hacer”. Y cuando esto se produce, la asistencia es sólo un instrumento administrativo y no una herramienta que tienen mediocres profesores para poblar de estudiantes sus aulas y evitar la soledad de la cátedra.

Extensión universitaria y formación de élites

Por último, la extensión universitaria, el derrame natural de quien, como José Luis Romero, pensaba que la Universidad debía formar las elites para una nueva sociedad. Esas elites deberían trabajar para el cambio social, evitando dogmatismos e impulsando la libre discusión de ideas.

Espíritu de cambio que debe criticar los sistemas de valores y normas que pretenden mantenerse ajenos al escrutinio público, cuestionar el prestigio de las elites conservadoras e impulsar la discusión de nuevos problemas e ideas democráticamente, sacando a la luz las injusticias y desigualdades que existen bajo un statu quo que impide la reforma social.

La Universidad de Córdoba y Romero están unidos en ese espíritu reformista que sigue inspirando a nuevas generaciones, que consideran que la Universidad debe estar involucrada en el proceso histórico argentino, sin perder su estatus singular, investigando en ciencia básica, debatiendo y estudiando nuevos y viejos paradigmas científicos en ciencias naturales y sociales y rechazando cualquier forma de dogmatismo.