Reflexiones sobre un libro de siempre. El ciclo de la revolución contemporánea, de José Luis Romero

JULIO CESAR MELON PIRRO

UNMdP / UNCPBA

21 de Agosto de 2019. Dejo la información periodística, las evaluaciones y los papers. Abro un libro nuevo. Lo adquirí hace unos meses, en su edición original de 1948, luego de que una comunicación con el hijo del autor me persuadiera de volver a leerlo.

19 de Marzo de 2020. Una pandemia vuelve a conmocionarnos, a cambiarnos el trabajo. Entre las urgencias, la humanidad torna vista al pasado. Como en 2008, múltiples profecías aventuran un mundo más solidario, la pesadilla del control gubernamental, o una combinación de estas cosas. Pocos confían en la anarquía y muchos creemos que ya pasará. Nadie supone, claro, desde hace ya bastante tiempo, que el capitalismo termine.

Abril de 2020.  Las teorías conspirativas seducen poco y los científicos ganan, sin emocionar tanto como los magos. El mundo sigue preocupado y los argentinos esperan el sol para volver a las cosas que entretienen, constituyen y sostienen las vidas.

Mayo de 2020. La economía cruje y seguimos aislados. El mundo es dispar, pero la peste es una, más una y más coherente que cualquier perspectiva de la historia. El desastre es mayor, pero las profecías amainan. Cuando la tentación vence al tiempo, visito el libro.

Mientras, no he resistido a incluirlo en la bibliografía “obligatoria” para el curso de los alumnos de grado. La articulación de referencias empíricas y una “economía”  argumental que no renuncia a la belleza del idioma concurren, a mi juicio, en una prosa “vital” que, espero, siga seduciendo a los estudiantes.  Acabo de comprobarlo con estudiantes noveles de historia y ciencias políticas, y estoy a punto mostrar mi trabajo a alumnos avanzados en la disciplina.

El libro, sin embargo, interesa más allá de sus virtudes didácticas o, dicho de otro modo, merece ser pensado independientemente de la utilidad con que tal o cual fragmento allane o motive el acceso al conocimiento.  Como tal, pues, como libro, y como libro situado en referencia a un pasado inscripto en sucesivos presentes, es que aquí lo consideraremos.

Ocurre que a diferencia de 1948, cuando se comenzaba a transitar el escenario de la guerra fría, hoy las opciones (como si estuviera en nuestras manos tomarlas) parecen menos rígidas que las signadas por un capitalismo dinámico o un socialismo estatalista. En base a la comparación creemos y por lo tanto “sabemos” que nuestro futuro es más abierto, y solemos temer más de lo que “esperamos”. Por alguna razón que sólo descubriremos más adelante, cuando las dudas sean otras,  el retorno de la peste o las atormentadas previsiones sobre el equilibrio ecológico resultan más intolerables que la guerra nuclear. Quizá eso ocurra, nuevamente, en virtud de nuestra modesta omnisciencia: a diferencia de nuestros antepasados, sabemos que no hubo una guerra nuclear y, como ellos entonces, solo tememos lo que va a pasar.

Tema terminado, por ahora, ya que se trata abstracciones comparativas que no podemos encarar. 

Sabemos sí, a diferencia de Romero, que la conciencia revolucionaria finalmente no triunfó sobre la burguesa, algo muy importante a la hora de estudiar y, sobre todo, de comunicar y de enseñar historia.

El ciclo de la revolución contemporánea, incluido por Argos en la colección “Historia y viajes”, no es, por cierto, un mero viaje al pasado. Desde el subtitulo, “Bajo el signo del 48”, ancla en una hermenéutica en la que herederos y usurpadores de profecías decimonónicas todavía confiaban.  De hecho aún hoy, en tiempos menos ineluctables, el magnífico relato de José Luis Romero nos ilustra sobre un universo de representaciones en cierto modo aún activo, aunque haya sufrido la merma de un anticipado fin de siglo.

El primer enfrentamiento entre la “burguesía” y el “proletariado” fue reconocido por Marx como el episodio más destacado de una historia que, tal cual había proclamado en el Manifiesto Comunista, culminaría cuando los trabajadores tomaran el poder para guiar a la humanidad por un sendero que la liberaría de la explotación, de la opresión y, finalmente, del estado.[1]  El 11 de diciembre de 1948,  un siglo después de aquellos acontecimientos que tuvieron epicentro en París, la obra salió de los talleres de López, ubicados en Perú 666, Buenos Aires, anunciada como “la voluntad de hallarle al decurso turbulento de los últimos cien años una dirección positiva que procure orientación a nuestras desconcertadas vidas”.[2]

  Los acontecimientos evocados por el autor en este libro son múltiples, la problematización de sus causas, una constante, así como la presentación de procesos en simultáneo. Pero la historia tiene un sentido. El “desconcierto” apuntado por Francisco Ayala en la solapa de la edición original, a nuestros ojos, no parece tal.

  ¿Por qué tenemos esa impresión? Porque, aunque como Romero entonces, mientras nos esforzamos por comprender a los contemporáneos de otros pasados, no estamos libres de las hipotecas de nuestro presente.  Comparamos, medimos, contrastamos y, aunque de modo tácito, en fin, percibimos en base a las singularidades de nuestra propia contemporaneidad.

  Setenta y dos  años después, egoísta e injustamente, consideramos a quienes entonces vivieron en una situación de privilegio relativo. Los imaginamos como navegantes de aguas inciertas y procelosas que, sin embargo, no han abandonado la referencia de un puerto remoto. Atentos a olas y tempestades, muchos creen que se dirigen hacia algún lugar más o menos determinado, o saben que han partido desde otro, más discernible, en la historia.

  Para los que entonces vivían, sobre todo los que leían y algunos de quienes creían estar al mando, se trataba de algo más que una intuición. Quizá más que un puerto se les aparentara un ancla, pero lo relevante – creo-  era otra cosa. Para el autor tampoco se trataba de un faro, pero la luz, lo que veía, era preferible  a cualquier bruma. Más allá de las metáforas, este es el principal factor a considerar tanto por quienes volvemos a sus páginas como para quienes las visitan por primera vez: aquel pasado, siendo el mismo, es a la vez diferente de aquel otro en el que el libro apareció, porque lo que este soporta mal no es un conocimiento acrecentado sobre la historia. Tenemos, insisto, sobre aquellos contemporáneos, una ventaja, saber lo que ocurrió después.

Es la hermenéutica de la historia, de la historia social y cultural, de Romero y del marxismo, el hilo que se teje en esta obra y da  inteligibilidad a todos los procesos. Amén de, pero también a consecuencia de esto, se trata de una historia que, prudente, sugiere perspectivas ciertas de futuro.  El autor, y por lo tanto el libro son, además, optimistas.

¿Por qué  volver a un libro tan equivocado? Primero porque en rigor de verdad no sabemos si lo estuvo y, además, porque todos lo estamos. Segundo, porque sigue siendo un clásico en la manera de hacer y comunicar la historia. Tercero, porque incorporado en un tiempo en que en la universidad se estudiaba con libros, nunca me lo olvidé.

  Aquella primera lectura se mantuvo presente en el modo en que he leído muchos periódicos y en los programas de historia contemporánea en los que participé. Volver a leer esas páginas, dejar de evocarlas de memoria o, como a menudo, de tenerlas en cuenta sin citarlas, deparará alguna sorpresa. Un libro recordado suele ser, crecientemente, un libro inventado: esta es la razón por la cual recomiendo a los estudiantes no fiarse de eventuales alusiones en clase, posiblemente hipertrofiadas en sus contornos y contenidos. Claro está que esto ocurre con aquellos textos que, independizándose de su soporte físico, han involucrado a nuestra conciencia.

Y de conciencia se trata. De conciencia burguesa y de conciencia revolucionaria, como explicaremos enseguida. De sentido más o menos ineluctable de progreso, de historia social, en el recuerdo amenazado por esta relectura que emprendo luego de más de tres décadas.

El libro consta de siete capítulos y un epilogo, un amable “paisaje desde un mirador”, sobre el que volveremos antes del final.

En siete partes se cuenta el litigio, a veces el solapamiento, entre la “conciencia burguesa” y la “conciencia revolucionaria”. Atento a un lector amplio, instruido en las sensibilidades de su tiempo, Romero advierte que la primera implica –empuja a pensar que ha implicado– algo mucho más consistente que aquellas imágenes de personajes munidos de “inmensos habanos” y “gruesas cadenas de oro” con los que solía identificarse a los miembros de dicha clase.  Confundir la novedad, la pujanza y el carácter de la apuntada “conciencia” con dichas representaciones, en todo caso asociadas al “poco edificante espectáculo de sus formas caducas” conlleva el riesgo de hacernos olvidar su significado histórico. El autor espera que ese “hombre inteligente” de su tiempo entienda, sencillamente, que “en otro tiempo la conciencia burguesa ha sido también revolucionaria”.[3]

  Se podrá notar desde ya que no está escrito para las aulas ni pensando meramente en teóricos de partido. Por el contrario, imagina un público que, a la luz de las sucesivas ediciones, hasta cierto punto ha tenido. Losada, Huemul y el Fondo de Cultura Económica. Esta casa editorial, que lo reeditó en 1997 como parte de la conmemoración de sus 70 años volvió a imprimirlo en 2006. Ricardo Nudelman, su Gerente General, entendía entonces que la pregunta a contestar por el lector era si un libro escrito al finalizar la Segunda Guerra Mundial tenía validez desaparecido el  “campo socialista”, en el marco de una economía globalizada y de notables avances científicos y tecnológicos. Nunca sabremos cuánto un libro ha influido; intrigan las marcas de páginas amarillentas. Lo vimos circular entre nosotros desde la recuperación de la democracia, un tiempo en el que, junto a la profesionalización de la disciplina, dejaron de ser frecuentes ensayos equiparables.

Romero es un medievalista que ha visto avanzar esa conciencia hasta promediar el siglo XIX. Desde que comenzaron a constituirse aquellos grupos urbanos, dinámicos agentes que se separan económica y culturalmente de un mundo orientado por los terratenientes, el capitalismo occidental ha empujado a buena parte del mundo por el sendero de la producción, del enriquecimiento y de la diferenciación social en términos de clase. La industria, más aun que la concomitante evolución política, llevaba a la emergencia y concentración del proletariado anunciando un choque que proveía a la vez el vértigo y la certeza, o al menos la confianza, que suelen ser constitutivas de las filosofías de la historia. La versión más acabada de dicha perspectiva fue el marxismo que, prestigiado por la denominación de “materialismo dialéctico” impugnara las bases de un aun más “filosófico” idealismo en el que “espíritu” y “conciencia” tenían lugar y vida propia. Romero, más que nunca en este libro, es “marxista”, pero siempre fue, también,  un historiador “idealista”.

La conciencia revolucionaria irrumpe en la página 30 o, mejor dicho, al promediar el siglo XIX. ¿Es la conciencia socialista?. El lector no tiene dudas. El autor procura eludir las implicaciones y la buena o mala fe pero la definición, aun siendo amplia, resulta inequívoca: “esta conciencia revolucionaria se ha levantado contra el orden sostenido por la conciencia burguesa, sustentando el principio de que ha llegado la hora de suprimir las desigualdades de condición que constriñen a las masas hasta ahora subordinadas…”. Para Romero “el triunfo de este principio supone una revolución, sea de las que se hacen con ametralladoras y bombas de mano o sea de las que un hombre puede hacerse a si mismo sentado en la butaca de su biblioteca, derribando los ídolos envejecidos y encendiendo la llama de nuevos ideales”. Esa revolución o conciencia es la que emerge por primera vez al promediar el siglo XIX.[4]

El libro discurre elegante por el mundo de las ideas –tan afín a las formulaciones de la “conciencia” y particularmente atento a las de la literatura- pero su fundamento es el de una historia social que no puede prescindir de las clases encarnadas en personas. No sabemos cuán atento estaba su autor al debate entre historiadores “optimistas” y “pesimistas” respecto de los “resultados humanos” de la revolución industrial, pero no es difícil asociarlo a los segundos, tan afines al socialismo británico. La idea de que a la gente le había ido “peor” durante la revolución industrial, mucho más razonable para la primera que para la segunda mitad del siglo XIX, podría aun hoy dar pelea sin necesidad de refugiarse en argumentos cualitativos. Romero se afirma, pues, en la penuria de la clase obrera encarnada en aquellos “brazos” que conmovieron a Dickens (los llama del mismo modo) y de cuya suerte -según el relato- emergería la conciencia revolucionaria.[5]

Al finalizar el segundo capítulo en el que ha analizado la “grandeza” y la “miseria” de la conciencia burguesa entre el fin de las revoluciones de 1848 y la Primera Guerra Mundial,  aparece “el duelo necesario”, la Primera Guerra Mundial, sobre el cual volveremos después.

El tercer capítulo se ocupa del “desarrollo de la conciencia revolucionaria”, mientras que los dos siguientes dan rienda suelta a la expresión de acobardamiento de una “conciencia” burguesa que, suicida en la aventura de una guerra “llena de sorpresas” y perpleja hasta la impotencia ante las consecuencias, considera desde entonces “en retirada”.[6]

  El libro tiene tramos de erudición controlada que resultan claves, y brilla a la hora de comparar los procesos nacionales: distintas burguesías oscilan entre cerrazones ultramontanas y aperturas propiciadas por Disraeli y Cavour.[7] El relato, más de una vez permeado por saludos a la inteligencia (como la que reconoce en los últimos nombrados) no omite puntos de condensación en absoluto pertinentes a sus tesis. Cuando se consideran las perplejidades de un “liberalismo autentico” en tensión teórica con la “conciencia revolucionaria” la inquisición histórica saca chispas en la política contemporánea. “¿No conspira en cierto modo la conciencia revolucionaria contra los postulados del liberalismo?” La contraparte de este interrogante -otra pregunta- parece aun más urgente. ¿Podía… reprimírsela en nombre, precisamente, del liberalismo?[8]  El asunto había vuelto a cobrar relevancia en tiempos de guerra fría en los que los pocos candidatos a emular las experiencias del fascismo y del nacionalsocialismo, y frecuentemente los comunistas, tenían bloqueada la posibilidad de participar en un sistema democrático con antecedentes o programas que implicaran o aludieran al fin de todo pluralismo. 

  Las apreciaciones que subrayamos –mojones para el lector atento esperado- de ningún modo distraen  el curso de la historia.  La potencia transformadora de la burguesía, manifiesta en la conquista del mundo de la época imperialista, importa más. Ahora bien, esto no es solo porque los factores objetivos primen sobre los subjetivos, o porque los intereses económicos subordinen, sin más, el mundo de las ideas o las manifestaciones del “espíritu”. Hay una idealización, un discurso, una celebración que acompaña el tendido de vías férreas a través de los continentes y una aventura en la que concurren ciencia y  literatura. “El heroísmo y la empresa” de la pujante burguesía transformadora sepultó así toda duda en la seguridad, el confort y la felicidad que constituyeron el “aseñoramiento” de la conciencia burguesa de fines del siglo XIX.[9]

  Entre los muchos factores que la teoría nos enseñó a ver como “superestructurales” y que el autor considera para explicar el proceso en forma de “conciencia” hay un suelo que, sin ser en la obra el más roturado, aparece como más sólido, más clásico. El crecimiento del proletariado durante las décadas que siguieron a las revoluciones de 1848, consistente con cierta simplificación en el paisaje social derivado de campesinos y pequeños propietarios que pasan a integrarlo y una paralela concentración de la riqueza, es el factor objetivo, “la clase”, concebida todavía –son palabras de Romero- como “mero instrumento de producción”. 

El acrecentamiento de la población en general, y de la población obrera en particular, trajo como consecuencia un agravamiento en las condiciones de vida en las ciudades. Es el turno entonces de relatar las penurias de la clase trabajadora pero, sobre todo, de registrar una tajante y progresiva división social. Mientras el hacinamiento concurre con el incremento de la producción industrial,  los ricos viven cada vez mejor y más lejos de aquellos pobres que –el autor no lo subraya, quizá porque lo considerara evidente- son cada vez más parecidos entre sí. De ese mundo, de ese objeto, de ese sujeto y de ese contexto, emerge la posibilidad, tarde o temprana, de una “conciencia” alternativa.

Es significativo que un libro basado en semejantes presupuestos y, además, pleno de entusiasmos y certezas no centre más la atención en el episodio parisino de 1871 que, conocido como La Comuna, fue considerado por atentos buscadores de conceptos e instrumentos políticos, y luego, por los más exitosos revolucionarios del siglo XX, como un modelo a estudiar o en el cual referenciarse. Significativo pero no sorprendente porque la óptica de Romero, inmersa en su tiempo y expresa en ensayo, no deja de ser la de un historiador, y para 1948 aquel ha sido un episodio más disputado por leninistas y anarquistas que por los cultores de la profesión. Se trató, en última instancia, de un acontecimiento indiscernible de la guerra Franco prusiana y no de un proceso comparable a aquel de 1848 en el que el relato de este libro reconoce sus coordenadas genéticas[10]. En aquella primavera de los pueblos que, extendida, tuvo manifestaciones tan variadas Marx vio, con el ojo puesto en la lucha de clases en Francia,  el primer enfrentamiento directo entre una burguesía y un proletariado que, objetiva y por lo tanto subjetivamente impotente, esto es, necesariamente perdidoso, anunció entonces, no obstante, el porvenir.[11] Más que en estos acontecimientos el autor repara, pues, en la época del imperialismo y de las grandes exposiciones del último tercio del siglo XIX (Londres, 1862, Filadelfia, 1873, Parí, 1878 y 1900). Una burguesía exultante de progreso y un mundo en el que la industria y el comercio proveían cada vez mas y a latitudes más lejanas de un centro también cada vez más rico, habían logrado “transformar en imprescindible lo que en sí mismo no era sino un lujo”. La alusión a los “suspiros” que generaba todo lo que fuera “recién llegado de París” ilustra los alcances de una conciencia burguesa muy (demasiado) “aseñoreada” como para soportar la desagradable presunción de que la paz no tenia sino fundamentos frágiles y, mucho menos en semejante abundancia, que la conciencia revolucionaria esperaba su momento.

  La guerra, la Primera Guerra Mundial, y su consecuencia, la Revolución rusa, son los acontecimientos determinantes. Guerra y Revolución, para nosotros acontecimientos políticos por excelencia, aparecen como hitos de este camino en la matriz de una historia que se pretende y se sabe “social”. Antes de que se adivine en esto una crítica extemporánea, pregunto: ¿no es lo que seguimos haciendo en nuestros programas de estudio donde, a lo más, una didáctica basada en lo social se sostiene mejor para el siglo XIX y sucumbe sin rubor en los índices de los libros sobre el siglo XX?

Para ser más explícito, la Primera Guerra Mundial, aquel acontecimiento cuyo origen y desarrollo ha sido el clásico a la hora de pensar la noción de causalidad en la disciplina es, como tal y en tanto guerra, más inesperada en su desarrollo que en su génesis. Lo sucesivo fue explicado de diversos modos, pero nunca prescindiendo de las grandes lidias universales. En contraste es frecuente que “contemos” la historia del siglo XIX en términos de “revoluciones burguesas”, todavía en la pista de una historia social en la que la contienda entre “burguesía” y “proletariado” resiste (mas didáctica que historiográficamente) a los embates revisionistas. De todos modos, aun cuando reinaba con menos disputa aquella concepción de la historia, la periodización del siglo XX no podía eludir los grandes conflictos mundiales. Las luchas entre “burguesía” y “proletariado”, todavía reconocidas en la historiografía sobre el “período de entreguerras” sobrevivían peor en la confrontación entre “capitalismo” y “socialismo”. Aún  esto último, más claro para la “segunda posguerra”, derivaba su posibilidad explicativa de que, fría o no, se trataba de una confrontación entre estados y sistemas sostenidos en las formulas alternativas de la economía centralizada y la libertad de mercado.

   Prevista la una y no tanto ni tan así la otra, el autor denominará a la guerra como “el choque” o “duelo necesario” y vestirá a la revolución (porque la historia es imperfecta) con los ropajes de la “conciencia revolucionaria”.

  La clave está en los presupuestos, y aun en las creencias, del ensayo: si los primeros son los susodichos de la historia social, las últimas inducen a aceptar la entidad de las “conciencias”.

   Más importantes que los acontecimientos, pues, son las clases, las conciencias, las ideas, en la historia. “Si desde 1848 se venía manifestando progresivamente ese antagonismo, la posesión de una doctrina de la lucha de clases y la nueva experiencia de la Comuna de París contribuyeron a aclarar la posición de las masas populares”.[12] Y no se trata de considerar la versión mecanicista derivada del marxismo. Dicha perspectiva teórica en alguna ocasión es señalada como insuficiente y sus déficits suelen ser reconocidos. Romero presta particular atención a las disidencias radicales en plena expansión de una burguesía que crecía, con el proletariado, pero en riqueza. Rescatar el aporte de los “elementos pequeño burgueses a la conciencia revolucionaria” tampoco es óbice para dejar de lado la potencial colisión entre estos valores y “el carácter antiliberal de la conciencia revolucionaria”.

   Aunque aquella ceguera burguesa abrió el camino a la conciencia revolucionaria en un acontecimiento que, como suele ocurrir, tuvo también un desarrollo y avatares inesperados, la guerra, más que “el suicidio”, tuvo un grado de necesidad derivado de la competencia imperialista. De resultas, este acontecimiento que comenzó con el triunfo de la “nación”  sobre la “clase” y cuyo desarrollo condujo a que una élite de revolucionarios profesionales conquistara el poder político en Rusia es amarrado a lo que en la perspectiva del autor sigue siendo, en última instancia, “lucha de clases”.

 Tome el lector las últimas ideas como un contrabando inevitable en las alforjas (o en la conciencia) de quien aquí escribe, y tenga a bien aceptar volver a los cánones del autor que, después de tanto tiempo, volvemos a visitar.

Más temprano que tarde Romero trascenderá el análisis del complejo solapamiento de “conciencias” rivales, nacidas ambas de un mismo proceso y enfrentadas en el mismo campo, y lo hará en términos de necesidad histórica. Necesidad de obligado, de determinado, de inscripto en la lógica de los acontecimientos, esto es, de “ineluctable”. Se producirá, entonces, un choque o, para hacer justicia con el título, “Un duelo necesario”.  Importan las palabras. Si el imperialismo es la consecuencia de la competencia por mercados en un mundo finito, la  carrera armamentista previa a la guerra no es sino “el epifenómeno de la carrera de la conquista”. A la hora de las responsabilidades ultimas, si es cierto que “solo Alemania podía tener interés inmediato en la guerra” lo era, precisamente, por haber llegado tarde con su industria al “reparto” del mundo. Alemania, que era fuerte porque era tanto o más capitalista que sus rivales, poseía menos, y por lo tanto, tenía más obligación de actuar. El asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo fue un “acontecimiento oportuno” para convencer al káiser pero “la guerra no era sino el esperado y temido duelo forzoso entre los diferentes sectores de la burguesía imperialista”.[13]

  Ahora bien, ¿cómo aquellos “burgueses” que, inducidos por el autor, imaginamos como cómodos lectores de París o Londres, y sobre todo cómo quienes gobernaban no advirtieron el desastre de la guerra y la posibilidad una revolución socialista?

Romero habla del “duelo necesario” entre dos conciencias pero, bien mirado, el drama que nos presenta tiene un aire que evoca aquel suicidio de las elites retratado en los diálogos entre de Boeldieu y von Rauffensteiin, protagonistas de La gran ilusión, de Jean Renoir.

A diferencia del film, cuyos personajes encarnan aristocracias sobrevivientes en la oficialidad de los ejércitos,  el libro novela, en clave de historia social, el destino de una clase todavía vital -la burguesía- prisionera de la misma trampa, la Primera Guerra Mundial. En algún momento del proceso, el burgués de las grandes conciencias occidentales, más o menos atento a la paz en el mundo, aunque seguramente más interesado en preservarla en el centro –en sus palabras, en la Rue de la Paix y Piccadilly Circus- desatendió este objetivo. A la hora de identificar dicho déficit –cuyo carácter en buena medida también necesario hace que no se lo presente como tal- el autor señala dos asuntos. El primero, una suerte de “embriaguez” de clase manifiesta en “el vals y la opereta, el art nouveaux y las carreras de automóviles, el Moulin Rouge y la Exposición universal”, símbolos todos de un momento “feliz” que “fue para la burguesía el momento fatal”.[14]  Pero la fatalidad que terminó  en guerra –y en revolución- no devino de un jolgorio de conciencia, sino que este tiene su anclaje –es la tesis que se lee en Romero- en uno de los fenómenos luego muy trabajado por la historiografía y que había sido mojonado por el ensayo del mismo Lenin en 1916. El imperialismo era, pues, el revés de la trama.

  Hay por un lado la idea de que la conciencia burguesa podía aceptar la guerra en Crimea, en África o en China pero no concebirla, al punto de no querer verla como posibilidad en el centro de Europa. En definitiva, se trata de algo que aún hoy cualquier historiador podría medir considerando la opinión que por entonces se publicaba.

  Pero hay también una versión de élite respecto de este suicidio, en la que el lector no piensa ya en la información de prensa y política que consumían aquellos contemporáneos en el living sino que, con una racionalidad que reclama a los dirigentes, no entiende la marcha hacia el despeñadero.  Al respecto el autor introduce dos presupuestos. Sorprendente el primero, considera que “seguramente, quienes movían los hilos no se engañaban y se entendían por lo bajo”. Convincente el segundo, explica que el temor “de la burguesía imperialista” no incluía la percepción de una amenaza; esto es, la aparición en escena no solo de la “conciencia” sino, por la siempre imperfecta vía de la historia, de la revolución misma. Clases y dirigentes temían y calculaban, pero sobre la base no poco fundada de que el fantasma asustaba cada vez menos desde 1870, que bastaba eliminar a Jaurès o encarcelar a Luxemburgo y aún que una insurrección como la rusa de 1917 (en esto podían coincidir muchos) significaría más la incorporación de un nuevo miembro al club de las democracias que la encarnación de un socialismo que solo podía esperarse, y aun temerse, en un país avanzado.

¿Se mide Romero con el Marx al que tributa? No. De hecho, Marx no había sido del todo marxista en aquella nota sobre el 48 en la que adivinamos la convivencia del periodista, del político y del teórico. Brillante el primero en la crónica de la revolución, claro el segundo al  explicarnos la compleja lucha de clases (y la inmadurez del proletariado) y un tanto arbitrario el último al considerar “verdadera” a la república burguesa nacida en la represión de junio y no la de los comicios de abril. Romero, que solía ser menos marxista que Marx, podía superarlo en consecuencia. Parte de la gloria de la ascendente conciencia burguesa –aunque no el aspecto más destacado en la obra que estamos refiriendo- provenía de lo que en 1948 no se acostumbraba a llamar hegemonía y que era, en rigor, una legitimidad construida a través de la legalidad del sufragio universal. Allí, por otra parte, estaban los partidos socialistas en los que el historiador tenía su corazón, punto de unión entre la ideología y una historia social que en la segunda posguerra se expresaba en la todavía consistente ¿utopía? del laborismo ingles.

El desarrollo de la conciencia revolucionaria posterior a 1848, animado por algunas incomodidades que en el mundo de la cultura encontraban poco seductor el progreso material de ese mundo “burgués” al que pertenecían y cuyos símbolos llegaron a detestar, encarnaba en un sujeto social. El proletariado no solo aparecía  en los libros, en las esperanzas y en los temores, sino que existía en las industrias, muchas de las cuales tenían chimeneas. Hubo además un genio, que fue Marx, “un hombre de inteligencia poco frecuente” que tuvo el mérito de unir la idea del socialismo a la idea del proletariado.[15]

Ambas cosas parecían -y en verdad eran- sólidas. El producto que ofrecía Marx era racionalmente mucho más seductor que el de los anarquistas o el de los bien intencionados socialistas utópicos. La lucha de clases, ya manifestada en ocasión del triunfo de la burguesía en el pasado, contaba además con este sujeto sobre cuya constitución subjetiva podía especularse (también en este caso el mismo autor proporcionaba las claves del paso de la clase “en sí” a la clase “para sí”) pero de cuya existencia objetiva nadie podía dudar. Es este el punto, más allá de la teoría, que el historiador prefiere subrayar.  Un proletariado cada vez más numeroso y homogéneo era un hecho tan sustantivo que no podía dejar de tener su intérprete. Luego de analizar la novedad de aquel crecimiento del proletariado Romero repara, a cien años del Manifiesto comunista, en aquello que nosotros llamábamos posibilidad didáctica.[16] Afincado en la importancia reconocida a Marx por sus valedores y por los enemigos del socialismo en el siglo XX (el fascismo entre ellos) retrotrae el asunto a  1848 para pensar “en todo lo que era necesario prever y adivinar para interpretar el desarrollo histórico social del mundo después de la Revolución industrial”. La conclusión es que  “había en Marx un rayo de genialidad histórica”.

La combinación de ambos factores, -objeto y conciencia- a cuya búsqueda se consagró parte de la historiografía del siglo pasado, constituyó el libro. Si tal “seguridad y clarividencia” tenía algún defecto,  admitía Romero en 1948, esta radicaba en que el determinismo económico no alcanzaba a explicar la superestructura espiritual. Seguramente por eso El Ciclo, cautivo del sentido de la historia condensado entre La Lucha y el Manifiesto (un instrumento de propaganda que resumía aquella didáctica), es tan sensible a la literatura, al cine, a la ópera y, en general, al mundo de las ideas, sin dejar de considerar “la política” en condición subordinada, eso sí,  a la historia de la sociedad.

  La certidumbre respecto de que tras la toma del poder por los bolcheviques “era inminente una revolución de masas”, frecuente entre los contemporáneos, es consistente con una hermenéutica que el libro condensa en el formato de un gran ensayo. Es difícil, también, dejar de pensar en la identidad socialista del autor y en diálogos con amigos y contertulios que, seguramente, revistaban entre los lectores imaginados. La Revolución rusa, que suscribiendo la propuesta del historiador podía identificarse con la conciencia revolucionaria, difícilmente podría, pese al Frente popular y a la importancia de la Unión Soviética en la derrota del Eje, emparentarse con la democracia. Para colmo, la alianza militar con Occidente, menos sorprendente que el pacto entre Stalin y Hitler, acababa de ser sucedida por algo que hoy conocemos como “Guerra fría”. 

El relato, nítido hasta la Primera Guerra afronta luego riesgos mayores. La derrota de Europa, empequeñecida y  “zurcida” en su mapa,  es la de una burguesía que no recuperará la tranquilidad y que solo hallará soluciones coyunturales que prolongarán su estertor. Lo viejo y lo nuevo, lo muerto y lo vivo, parecen estar del lado de esa “conciencia revolucionaria” que de la guerra ha emergido, como leemos nosotros interpretando este libro, con los defectos propios de la historia.

  La gran paradoja de un socialismo que triunfa y se sostiene en el –y solo en el- terreno donde su propia teoría había desestimado chances y que, por el contrario, no logra prosperar en su formato revolucionario en Occidente y en el mundo desarrollado, un clásico en todo razonamiento sobre la historia del siglo XX, no es el renglón elegido en 1948 por el autor. “Nada por qué morir” es el título que mas representa sus coordenadas tendientes a sostener, para una conciencia, la proximidad del final y para la otra, bien o mal encarnada, una promesa universal.[17] Quienes de un modo u otro participaban de esa “conciencia revolucionaria”, al menos en la primera posguerra, se contaban entre los pocos que sí tenían un motivo para sacrificar sus vidas en beneficio de la historia, y no era poco.

    Por otra parte, y no solo porque faltase casi una década para que desde su mismo centro se asumiera buena parte de lo que los críticos señalaban desde un comienzo, la novedad revolucionaria del siglo xx no era, a la altura de 1948, una completa decepción. Difícilmente homologable a las previsiones marxistas, las historiografías y contemporaneidades que se sucedieron dejaron de presentarla como el resultado de una mezcla aleatoria de aventureros prácticos y oportunistas teóricos. Nadie podía obviar (y no solo o necesariamente para criticarla) que había sido la obra una minoría presta a la confiscación del poder. El texto, que reconocía lo último, no dejaba de considerarla una manifestación popular y de extraordinario significado histórico. Podemos leer sin que ninguna de las muchas palabras lo exprese de tal modo, que 1917 había hecho ¿mal? lo que en 1848 apenas había podido plantearse, y podemos entender que el camino esperado hubiera sido el de Kérenski y no el de Lenin, pero es el hecho histórico en sí mismo, y sobre todo su significado universal, el que se pondera. Está dicho pues que no fue una revolución de la prosperidad, esto es, una acción del proletariado que emulando a la burguesía dieciochesca (todavía no habían venido Cobban y los revisionistas a dudar de ello) se sacudiera el yugo capitalista allí donde se había previsto que ocurriera. ¿Fue, por el contrario, una “revolución de la miseria”  como hoy sería más factible pensar?[18]  El razonamiento, o aunque mas no sea la cavilación al respecto, bien podría haber encuadrado en la dinámica de El Ciclo, pero no son esos los miradores de la obra, que no compara las revoluciones de 1789 y 1917 sino 1848 y su presente, el del autor y sus lectores, cien años después. Ya no tenemos al profesor, pero de haber sido sus alumnos le hubiéramos preguntado por el asunto de la prosperidad y/o de la miseria en 1848 (cuyos antecedentes, avalados por el mismo Marx, podrían encuadrarse ,  si no  directamente en la “miseria”, en una mala cosecha, esto es, en una “crisis de Antiguo Régimen). También podríamos haberlo interrogado respecto de nuestro presente, en el que hace mucho que el proletariado ha participado del “adiós”, al punto de que la teoría (revolucionaria o no, o más concretamente el pensamiento de izquierda) ha reconsiderado aquellos actores que en 1848 habían sido considerados por el profeta como marginales y contrarrevolucionarios.

   El relato de este libro vuelve siempre a su centro, esto es, la liza y solapamiento coyuntural entre la conciencia burguesa y la conciencia revolucionaria, en una dinámica en la que el futuro queda fuera del alcance del historiador que, sin embargo, no duda respecto de dónde está la novedad y sobre el sentido de los hechos. El entredicho de un siglo de guerras mundiales es explicado sosteniendo la misma hermenéutica. Por una parte, “los países totalitarios del Eje”, y por la otra, la Rusia bolchevique, “revolucionaria, pero totalitaria a su modo”. Los primeros representantes, en el fondo, de “los ideales de la conciencia burguesa” procuraron el “aniquilamiento de la forma extrema de la revolución auténtica”, que Alemania veía encarnada en la Unión Soviética.[19] No es ocasión de evaluar los alcances de tal interpretación, que por otra parte en otros tramos es matizada[20], pero sí de señalar un punto complementario. ¿Qué había sido de la conciencia burguesa allí donde la democracia sobreviviera para enfrentar y finalmente triunfar sobre el Eje, con el inestimable concurso de los representantes de la conciencia revolucionaria? Una vez más había vacilado, aunque los temores inducidos por el estatismo de los regímenes nazi fascistas habrían sido determinantes de la voluntad de conjurar esa amenaza. La guerra en el Pacifico y el ataque hitleriano a la Unión Soviética tenderían luego, como sabemos, la formula democrática para la victoria en la Segunda Guerra Mundial,  la gran alianza de 1941.

  El centro del libro no es, pues, el problema del comunismo y su mangrullo tampoco es 1917. Hay de todos modos una explicación clara, breve, definitiva, respecto del totalitarismo, que reconoce en la herencia estatal de Lenin.  Por un lado, “se podría argüir que Rusia ha realizado el experimento de la dictadura del proletariado en tales circunstancias y con tales taras que no es inexplicable que haya desembocado en una dictadura”. Por otra parte, “el comunismo no ha abjurado nunca de su concepción primigenia y la ha servido en muchas ocasiones con particular sacrificio”.[21]  Hay, mejor dicho, varias explicaciones pero ninguna demasiado explicita sobre la diferencia entre la dictadura y dictadura del proletariado, aunque el lector supone por el contexto que se suscribe, de modo acorde a la gran teoría, el carácter coyuntural de la segunda, y de modo complementario pero también tácito, que se esperan mejores representantes para la conciencia revolucionaria.

Pero no hay que exagerar el punto. Amén de 1848 no hay, pues, tal mirador sino un relato que se parece a un sobrevuelo que escudriña el horizonte con la pretensión de encontrar en el relato mismo, el sentido de la historia.

Entre 1848 y 1914 dicha narrativa parece aceptar que el camino de la reforma había sido, antes del suicidio, la mejor y más inteligente de las opciones. Ahora bien, la revolución, consecuencia de la guerra, hace que el nuevo mundo –el suyo- se maneje entre las perplejidades de un liberalismo democrático y las promesas, o amenazas, de un socialismo que ha esquivado el camino del pluralismo político. A tres años de finalizada la Segunda Guerra Mundial el fresco de Romero apunta en esa dirección, la del sentido, porque quizá –el historiador no lo afirma, el lector lo supone- por esta vía la historia corrija lo que los propios revolucionarios, luego administradores del poder, no pudieron hacer.

  Al final, el libro vuelve al corazón de una historia basada en la asunción del concepto de lucha de clases y una prospectiva respecto del papel de lo que Marx considerara como esa “partera” que suele ayudar a dar a luz lo nuevo, cuando lo viejo ha agotado sus posibilidades: “En algún momento esa creación estará suficientemente madura y se verá empero contenida por estructuras caducas, como la maceta constriñe al limonero hecho para fructificar en la tierra sin límites. Entonces sí habrá llegado el momento de la violencia, mas solo a condición de que el tronco sea robusto y las raíces estén ya desbordando”.[22]

   No termina, porque en realidad tiene un epilogo en el que ya no mira la historia desde 1848 sino desde una estación provisoria, la de su presente. El “paisaje” que ve desde ese nuevo mirador tiene, a diferencia de todo lo precedente, pocos ingredientes sustantivos. Quizá se trate de  una confesión de parte, la de la modestia del historiador frente al profeta, o por el contrario de desconfianza ante la profecía. Los  riesgos de una nueva conflagración y la posibilidad de la humanidad de eludirla, expresos, contrastan con cierta conciencia, vagamente apuntada en los logros del mundo de la cultura y de la libertad, que se reconocen amenazados. Un lenguaje para nosotros casi esotérico que seguramente no lo era, para el autor que, de modo consistente a su presentador, entiende que el razonamiento histórico es un camino a lo que parte de la humanidad puede demandar[23].

   Ese  mirador es más endeble que aquel de 1848, sea porque se reconocía la complejidad del presente, sea porque faltasen (como siempre) elementos para conocer la complejidad de aquel otro que, afirmado en el pasado, parecía vigilante del porvenir. 

   Las pisadas de Marx, pero también los delicados y siempre inteligentes recuerdos de Alexis de Tocqueville, dejaron una huella universal  sobre 1848. La obra de Romero, impresa un siglo después en Buenos Aires, no es menos universal en su pretensión que la de otros grandes historiadores El primero que nos viene a la cabeza es Hobsbawm, el único que ha sido citado en este texto.

 Hay otro dato que aparece definido en este último “paisaje” pero que trasunta en todo el libro.  El optimismo. Vigoroso en muchos tramos y más misterioso en el final, se trata de un optimismo vitalista o, dicho con más cercanía, existencialista.

¿Qué hace esto a la condición del historiador? Mucho. Para Romero su tiempo, aquel tiempo –cualquier tiempo- tiene de “dureza y amargura” lo que cualquier existencia humana tiene y debe sacudirse para ser, antes de dejar de ser. El historiador interesado en investigar y enseñar debería derivar de esto, en oficio, algo que más bien es elemental. En cada estación del pasado las sombras han turbado las conciencias de los contemporáneos amenazando a quienes – desalentados, diría Romero- corren el riesgo de no dejar su huella sobre los tiempos o, peor, podríamos entender nosotros, el de sucumbir a la tentación de un conservadurismo que no acepta o que no ve el cambio.

La actitud, relevante para el profesional de la disciplina, llega al cielo de la filosofía y permea toda existencia en el llano: “Apenas hay negruras que justifiquen la congoja de los espíritus viriles y fecundos: tras el constante pesimismo no suele haber sino debilidad o cobardía, y es menester vencerla”.[24]

¿En qué debemos pensar? ¿En el historiador de 39 años dueño de un carácter fuerte y vitalista o en el contexto de la obra? Entiendo que en lo segundo, por empatía profesional y prudencia existencial.  Había más que juventud y carácter en dicho optimismo que trasuntaba en casi todos sus trabajos. Por lo demás el autor también es, como mínimo, un lector. Entra en vigor el Plan Marshall, Truman es reelegido y se crea la Organización Mundial de la Salud.  Es cierto que el asesinato de Gaitán en Colombia originó el Bogotazo y que en Palestina  el terrorismo alcanza nuevas cotas, pero ni la aparición de dos estados nuevos, Corea del Norte e Israel, ni la sovietización de Europa oriental por parte de un socialismo real determinado a no quedarse atrás militarmente parecen sugerir mucho más que la esclerosis coyuntural, histórica y por lo tanto poco previsible de dos bloques de poder. La Guerra fría de 1948 no implicaba un punto de obturación necesario respecto del proceso que, abierto según Romero cien años atrás, empujaba a la conciencia revolucionaria en liza con la conciencia burguesa, y ese parecía ser un asunto más trascendente que un equilibrio del terror que, además, todavía no era tal. El historiador miraba a 1848 con los ojos de un marxista que aun, cien años después, estaba muy lejos de disponer de la constancia del fracaso del socialismo real.

   Las noticias, evaluaciones y papers que dejé, suspendí o interrumpí para visitar un libro operan como contraste. Las primeras, ora porque se considere que no ayuda, ora porque sencillamente se ignora, suelen prescindir del contexto. Onerosas en tiempo, las segundas dejan poco lugar a la especulación, y además son casi obligatorias. Los papers que leemos y escribimos, por su parte, constituyen pruebas de profesionalidad importantes aunque, frecuentemente, no emocionan.

Portador de algunas certezas, un libro como este  induce entusiasmos que la profesión no habilita y que yo he preferido confinar en el saco más cómodo, pero quizá fecundo, de alumnos y profesores.

No solemos escribir libros o si lo hacemos (y en verdad lo hacemos), estamos lejos de aspirar a la portación de sentido propia de nuestros mayores y, que decirlo, de El Ciclo. Peor aún, a veces incluso no leemos y casi nunca hacemos leer libros.  Todo esto, que puede ocurrir porque lo profesional se ha impuesto a lo intelectual, por nuestra propia incapacidad, o porque “los tiempos han cambiado mucho” suele ampararse, también, en una orfandad de certezas que solemos considerar característica de nuestro tiempo.

Es curioso. Cuando intentamos enseñar, aun quienes dudamos de los grandes relatos no vacilamos en contar con la portación de sentido propia de la época de José Luis Romero. El ciclo, más o menos oculto, se mantiene en los programas de historia social o de historia contemporánea, no ya necesariamente como bibliografía, pero si emparentado con la organización y secuencia de “contenidos”. ¿Qué otra cosa significa sino la presencia de Eric Hobsbawm en ellos? Como me señalara hace muy poco un atento colaborador, a sabiendas de que no podía ser: ¿te diste cuenta de que Hobsbawm parece inspirarse en este libro? O como me apuntara un erudito y curioso colega, Romero leía todo, y seguramente leía a Harold Laski.  Pero, ¿qué tanto buscar filiaciones? ¿O está aún justificado porque en este libro de 1948 se encuentran, más allá de su tesis central, rastros de lo que hemos leído hasta hace relativamente poco? Me refiero a las ideas, y no estrictamente a la historiografía. Cuando Furet nos contó El pasado de una ilusión (un libro que podríamos hacer colisionar con el de Romero si no los separara casi medio siglo) explicó la debilidad de la democracia al comienzo del siglo XX en aquel “odio al burgués” a su juicio inevitable por prometer una igualdad que debe negar en los hechos. Algo similar había ocurrido mucho antes cuando el triunfo de la conciencia burguesa en el mundo material y en “los espíritus”, pese a Balzac y al ferrocarril, no hizo sino exaltar ciertos rasgos que comenzaron pronto a parecer odiosos entre quienes en general la compartían. “En los cenáculos literarios y en los ateliers bohemios se comenzaba a blasfemar contra el ‘burgués’ como un tipo deleznable de humanidad, exento de sensibilidad para el arte y atado a los más crudos intereses materiales”. Estos detractores de “despiadada rudeza” pertenecían a un mundo en el que, como ocurre frecuentemente en la historia, se condena a la sociedad en nombre de su éxito. Romero, que ensayaba historia exactamente veinte años antes de 1968 (aunque obviamente parecía prever todo lo contrario a ese curso y al episodio protagonizado por los estudiantes parisinos)  se revelaba sensible a considerar la experiencia de grupos que llegaban “muy pronto al convencimiento de que vivían en un mundo inaceptable”. Se trata de los protagonistas, en el guion del autor, de una “conciencia antiburguesa” en la que los “raros” llegarían a compartir su odio con los “proletarios”.[25]

  El libro está lleno de esas “intuiciones”. Equivocados siempre como profetas e ilustrados en el fracaso de los augures, solemos disfrutar de esa módica omnisciencia que, lejos de la de Dios, suele ser un pecado. Dicha condición, de fácil disculpa por inevitable, ayuda a ver en estas páginas -insistimos, por contraste- una virtud y una fuerza inhallables en nuestro tiempo. Me refiero, ya que no a la certeza, a la participación en un sentido de la historia. Porque, ¿qué es esto si no la creencia en un parentesco entre el análisis del pasado, la lectura de un presente y la perspectiva de un brumoso, pero en el fondo iluminado, porvenir?

  Solemos pensar que hoy, pero desde hace bastante tiempo, el hilo de inteligibilidad que se adivina tras los acontecimientos resulta, como mínimo, más precario. Consecuentemente, las narrativas y las conclusiones suelen ser, cuando se enuncian y cuando no, más pesimistas.

  ¿Será esto “objetivamente” así o, por el contrario, las incertidumbres de cada presente tienden a ser consideradas singulares, únicas y, quizá, mas angustiantes que las de todos los otros “presentes” del pasado?

  Estoy seguro de que ocurre en buena medida lo segundo aunque nosotros lo observamos, lo sentimos, de otra manera. ¿Cabría esperar que el historiador fuera, al respecto, más libre que sus contemporáneos? Seguramente, también, pero si saber algo lo torna aún más prisionero de aquella omnisciencia, la obligación de entenderse con quienes también viven, sienten y piensan, y el ineluctable interés por el “sentido” de la historia lo llevan en otra dirección. 

  Lo que sentimos cuando leemos un periódico podemos observarlo en los programas de estudio de lo que llamamos “historia contemporánea”: en 1948 éstos podían terminar con un panorama del “mundo actual” que, a diferencia de lo que suele ocurrirnos actualmente, podía reconocerse en las aparentes líneas directrices de un pasado.

El libro, pues, como el autor, está dentro de la ola del presente y de los presentes.

Nos caben las generales, aunque seamos soldados de a pie

Quizá ocurra que alumnos y profesores, ya sepan que lo esperado en dicho libro ha distado de cumplirse. La eventual colisión de consignas y escepticismos propia de las aulas, en una época en la que la celebración del ultraliberalismo existencial desespera por ataviarse con ropajes o símbolos asociados al viejo marxismo, no soporta bien un ideal de progreso sustantivo. El agotamiento de las energías utópicas ha desplazado el interés hacia demandas de diversidad, de derechos, de individuación, de relativismo cultural que Romero, y Marx, hubieran aceptado colocar al final de un largo camino, quizá no en el camino y de ningún modo antes del camino. No tengo en cuenta aquí, porque no se trata de eso, a Marcuse ni a los acontecimientos del 68, pródigos en herencias inmateriales que corregían demasiado al socialismo científico. Romero, en El Ciclo, es un marxista que, en tanto que tal, sabe que el capitalismo es el motor del progreso y que la historia social cuenta con eso. Marx difícilmente hubiera soñado –sino como pesadilla- un mundo en el que proliferaran anticapitalistas de diversa inspiración y cuño, tendencialmente alejados de la clase trabajadora.

¿Por qué es frecuente, cuando nos referimos a 1848, que nuestros alumnos sean renuentes a aceptar aquel planteo que decía que “la verdadera revolución burguesa se afirmó en junio” o, como preferiría aceptar quien escribe, en el momento de aplicación del sufragio universal? (No hablo aquí del Romero historiador, sino del Marx periodista). No ocurre tanto entre los futuros historiadores, pero ¿por qué aun poniéndonos de acuerdo sobre esto último él o la alumno/a/x más presuroso apuntará que en dicho momento se trató solo de la población masculina y adulta? ¿Por qué ya no sobrecoge el reconocimiento histórico de la revolución burguesa y por qué el espanto –paralelo a la asunción de la falta de madurez (conciencia) del proletariado- por la consideración del “lumpen” como un desecho susceptible de devenir funcional a la reacción?[26]

Tengo todas las respuestas. Porque no puede haber reconocimiento del papel revolucionario de la “conciencia burguesa” cuando ya no se cree, en verdad y desde hace mucho tiempo, en las posibilidades de la “conciencia revolucionaria”. Hace algunos años confirmé, en un excelente libro de divulgación que no tenía ese propósito, que este mundo tan pródigo y variado en expresiones “anticapitalistas” lo era, entre otras cosas porque el anticapitalismo, pensado en los siglos pasados en otros términos, ya no se expresaba sino discursivamente como  alternativa y no se concebía sino tácitamente –muy tácitamente- como herencia.

Sería propio del mal historiador que puedo ser, o del mal antropólogo o sociólogo que no soy, tomar como referencia el paisaje que uno más habita. Hasta hace no mucho tiempo los pasillos y hasta las aulas de la universidad exhibían pronósticos revolucionarios de apocalipsis capitalista. Claro está que esto solo ocurría en estos lugares, que son los míos, desde donde se leía la realidad circundante en términos de conflictos y contradicciones que, confieso, me resultaban al menos familiares. En última instancia, lo poco que le faltaba a esos diagnósticos era aquello que Romero leía como el crecimiento en número, importancia e identidad del proletariado industrial, pero el relato en tanto que tal era aún digno de corregirse a riesgo de ampliar el concepto, primero, o de decirle adiós al proletariado como efectivamente se hizo. Desde hace menos tiempo, con lógico retraso respecto no ya de Marcuse sino de Foucault, para decirlo de una manera rápida, las consignas amalgaman mejor con las de aquellos estudiantes que espantaron a los comunistas en París, un proceso favorecido además por la ignorancia, una forma poco elegante pero siempre eficaz del olvido. Dicho olvido, diría Renán, resulta tan esencial como el error histórico para el sostenimiento de alguna identidad (él, recordemos, pensaba en la labor de los historiadores respecto de la nación). Por eso todo puede ser pensado e impugnado de golpe, como si se tratara de la primera vez, y gracias a dicha circunstancia los menos exigentes pueden percibir, en mi modesto parecer sobre bases más endebles que las de antaño, una suerte de luz permeable al misterio y menos rival de la razón. Las módicas consignas de las izquierdas devienen casi necesarias en ambientes ávidos de diversidad, y a diferencia de la lucha de clases pueden ser entendidas en otros que, alejados de los privilegios, guardan en más de un rubro comunidad existencial con nosotros. Pero están muy lejos de aquella utopía revolucionaria que ilusionaba y a la cual también racionalmente se temía. Los nuevos entusiasmos se nutren de consignas que  no habían caracterizado a la historia de la izquierda –mucho menos del “proletariado” real o imaginado- y que, en rigor, frecuentemente hubieran sido consideradas desviaciones “pequeño burguesas”. Y es que, leídas en clave de una historia universal como la que nos proponía Romero formarían parte de las derivaciones de la “conciencia burguesa” o, estaría tentado de expresar quien aquí escribe, del liberalismo. Diversidad existencial y, en cierto modo, pluralismo, están implícitos en las demandas de nuestro tiempo y en mi criterio tienen que ver menos con la izquierda que con la radicalidad de un liberalismo que desde 1989 tuvo las manos libres, diría Furet, para perpetuar aquella tarea que se interrumpiera en 1914. La insatisfacción y, sobre todo el pesimismo diferencian estas participaciones, no solo del socialismo sino de un progreso que suelen condenar y cuyas consecuencias cuestionan pero que, a diferencia de los utópicos del pasado (me sumo solo al final de una larga fila donde adivino las siluetas de Marx y Romero), ha abandonado aquella pretensión de vincular pasado, presente y futuro.

  De la derecha, ni hablar. ¿Por qué? A estos efectos porque este pensamiento no es el sujeto ni el constructor de sentido (o lo es, tendencialmente, cada vez menos). Tampoco lo era en la historia que nos presentó Romero. El fascismo o como se llame, si es que seguimos considerándolo expresión de una derecha radical, estaba descalificado como posibilidad y hacía menos de tres años terminaba de ser derrotado en una guerra mundial. El conservadurismo de posguerra tardaría mucho en llevar sus consignas al triunfo con el ropaje “neoliberal”. En 1948 Churchill ha perdido las elecciones a manos de un laborismo estatista y Adenauer, el gran hallazgo alemán, aun no era canciller de su país.  La “derecha”, que luego competiría  por la alternancia con la “izquierda”, encontrará mas su lugar en el recelo anti bolchevique de tiempos de guerra fría que en una administración diferenciada del bienestar. Sobre todo, contaba con una narrativa más endeble pero sobre todo menos extendida, en tiempos de posguerra, que la de sus rivales. La derecha radical, más reciente y casi actual, a lo más participa -o cultiva en cenáculos de minorías- de lo que se ha llamado un “reencantamiento del mundo” y está, aunque asuste, a la defensiva. Su andamiaje teórico es, presumimos, menos elaborado, aunque cabria pensar que, precisamente por eso pueda ser (nuevo terreno vedado), democráticamente más operativo. De todos modos, dichas nociones y comparaciones no deberían desestimarse, en caso de tener algún interés respecto de las creencias de muchas variantes actuales de un “anticapitalismo” sediento de “reencantar” el mundo.

La prolongación de las disputas entre optimistas y pesimistas en torno a los resultados humanos del capitalismo industrial, o la constatación del fracaso del socialismo real, todavía no reconocido de dicho modo en tiempos de la publicación de nuestro libro, podría haber corrido, aunque no alterado sustantivamente, el sentido propuesto por El Ciclo. Bastaría reinstalar, en 1989,  el asunto planteado 41 años antes o corregirlo siguiendo a Furet (que cuando Romero publicó el libro seguramente participaba aun mas que él de la interpretación “ortodoxa” de la Revolución Francesa), entendiendo que a la burguesía, o al menos a la democracia liberal, le aguardaba aun una tarea que lejos de estar agotada, solo se había interrumpido en 1914 con la equivocación de la guerra y con el dérapage (que esta vez duró un breve siglo) del bolchevismo. 

Con todo, el sentido de la historia que elaboró Romero, sugestivo y prudente, aun no está cerrado. Contrasta con el escenario de representaciones de las izquierdas, claro, particularmente respecto de la retahíla “antiliberal” de sus representantes y consumidores, no siempre alejados -conceptual o discursivamente- del viejo sujeto de la clase obrera aunque sí de los  viejos libros que, parece, ya no sirven tanto.

Romero aprendió estos términos, de seguro, en la estela de esos socialistas argentinos que se contaban, muy a su placer, entre los mejores herederos de la ilustración. Mucho ha de tributar, claro está, a su trabajo como historiador académico en tiempos en que la profesionalización de la disciplina, de la cual fue pionero, no marcaba distancias con la enjundia intelectual. Probablemente mucho más le deba, sin desmedro de lo anterior, a su condición de participante de su historia y de su presente.

Yo los aprendí de quienes lo continuaron, y, de sus propios libros. María Dolores Béjar fue, concretamente  quien me los recomendó, aunque antes de estudiarlos en la universidad, en vulgata me los habían enseñado en la escuela.

  En 1973 el profesor de una materia que se denominaba Estudio de la Realidad Social Argentina (ERSA) dibujó en el pizarrón un círculo dentro del cual puso otro, y dentro de éste, otro más. La sociedad pasaba del esclavismo al feudalismo, del feudalismo al capitalismo y de ahí, inevitablemente (como ilustraba ese presente), al socialismo. No se sabía bien qué era eso pero recuerdo que lamenté haber “llegado tarde” a la historia. La adolescencia me impediría disfrutar más plenamente de semejante oportunidad que además ocurría aquí, en la Argentina, y de cuya universalidad daban prueba los movimientos del Tercer mundo y el colapso de los imperios. Creo que ni la posterior dictadura en nuestro país, ni después el estudio de la historia, terminaron de sustraerme de dicha perspectiva. Hoy, de ella no queda más que una no necesariamente mejor fundada confianza en la razón y el progreso, dioses menores que, escépticos, ya no sueñan con monstruos.

Parece algo obvio pero, francamente, no creo haber sabido expresarlo con semejante claridad en los tiempos en que participaba con menos dudas de los esquemas que sostiene este libro. Hablo de las clases de historia contemporánea en la universidad, que empecé a dictar desde antes de la caída del socialismo real, y de los programas que aun hoy sostenemos, todavía deudores, mas didáctica que ideológicamente, de las escuelas de historia social afines a los magistrales planteos de El Ciclo.

   Alguna vez he intentado emular tal perspectiva en el pizarrón. Nada, o dibujo y recuerdo mal, o el asunto ya ni entusiasma ni suscita temor, esto es, supongo, porque nadie cree. Ya no se creía tampoco, es verdad, cuando las proclamas y las vergüenzas se cubrían de rojos. Quizá se trate, es verdad, de colores muy subidos para demandas  e ilusiones que, a diferencia de las utopías, tienen más chance de materializarse.  Las preguntas sobre el sentido de la historia, así como la curiosidad por el devenir, parecen apagarse en el festejo de derechos y en la celebración de diversidades que, según mi “conciencia”, empalman con las mejores proyecciones del liberalismo.  Es muy probable, de hecho es casi seguro, que en esto también esté equivocado. ¿Por qué no habría de estarlo si todos los contemporáneos del pasado lo estuvieron?. Esta duda, que me alcanza y que cuesta adivinar en los pliegues de EL Ciclo, brilla por su ausencia en la afirmación de verdades fáciles, parciales, contundentes, y, sobre todo, “correctas” de un tiempo rápido. Pero no se trata de apuntar a nadie, sino sobre nosotros mismos. Esta es la razón por la que suelo advertir, ante auditorios no demandantes al respecto, que podemos estar equivocados al trasladar dichos sentidos, aprendidos o creídos, a la didáctica, a la explicación, a la hermenéutica. A la Historia.

   Mucho de esto último debe traducirse en nuestra práctica profesional, pero mucho de aquello también sobrevive. Por alguna razón, insisto, quizá didáctica, quizá relacionada a la coherencia argumental (como en un lugar el mismo libro de Romero subraya) a la hora de organizar el dictado de las asignaturas correspondientes al siglo XIX y XX seguimos abrevando en las categorías de una historia que el medievalista argentino expresó como pocos. Claro está que no solo carecemos de talentos equiparables (y menos, preocupados por la docencia en materias “generales”) sino que 2020, y no precisamente por la pandemia, parece en verdad más incierto.

    Entre la necesidad de trabajar y las desesperaciones compartidas, lejos de odios mal informados y originalidades aprendidas, he escrito, pues, por privilegio.

Notas

1 Marx, Carlos. La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850. Buenos Aires, Editorial Claridad, 1946 Cap. 1: “De Febrero a Junio de 1848”, pp. 51-82. Marx, Carlos, y Federico Engels, Manifiesto del Partido Comunista, 1848, https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm

2 Romero, José Luis, El ciclo de la revolución contemporánea. Buenos Aires, Argos, 1948.

3 p. 15.

4 Pp. 30-31, “Irrupción de la conciencia revolucionaria”

5 Pp. 33- 34. La insistencia de Romero en los “brazos” me remite directamente a Esteban Blackpool, aquel protagonista de Tiempos Difíciles que era viejo a los cuarenta años. También, a las enseñanzas de mi padre, herrero de profesión.

6 Cap. III., “El desarrollo de la conciencia revolucionaria”, pp. 78-98;  Cap. IV., “La conciencia burguesa en retirada”, pp. 99-120;  Cap. V., “La conciencia de una postguerra”, pp. 121-145.

7 Pp. 50-56, “Sorpresa y sobresaltos”.

8 P. 58

“El heroísmo y la empresa”, pp. 59-64; “Una conciencia muy aseñoreada”, pp. 64-69.

10  La Asociación Internacional de Trabajadores, la “Primera Internacional”, desarrolló su existencia “entre las agitaciones a que dio lugar la aparición del anarquismo proudhoniano de Bakounine y los sobresaltos determinados por el experimento de la Comuna de París”, p. 90.

11 Hobsbawm, Eric, La Era del capital, 1848-1875, Buenos Aires, Paidos-Critica, 2010. Primera Parte. Preludio Revolucionario. La “primavera de los pueblos”, pp. 21-40.

12 Romero, José Luis, El Ciclo…, ob. cit. p. 91, “(II). Aclaración de posiciones”,

13 Pp. 74-77, “El duelo necesario”.

14 P. 75.

15 P. 84.

16 Especialmente, páginas  82, 83, 86. 

17 “Nada por qué morir”, pp. 136-140.

18 “Un levantamiento general movido por la miseria y la desesperación”  fue lo que dio el empujón final al zarismo (p. 115). Dos páginas más adelante, avatares conocimos mediante, estaba claro que se trataba de “una verdadera y profunda revolución” (p. 117).

19 “Confusión en las sombras”, p. 179 y ss.

20 El carácter de falsa revolución de un fascismo que, de todos modos no deja de ser voz de los desesperados se expresa desde el capítulo VI, “La encrucijada y las salidas”, p. 141 y ss. El énfasis puesto en la incorporación de las masas y en la utilización de la propaganda permitiría pensar en cierta homologación con la experiencia peronista respecto de la cual el autor se encontraba en las antípodas.

21 P. 185.

22 P. 211.

23 “Paisaje desde un mirador”, pp. 213-218.

24 P. 8.

25 Pp. 28-29.

26 Marx, Carlos, Las luchas de clases en Francia, ob. cit.

Textos de José Luis Romero

Romero, José Luis. El ciclo de la revolución contemporánea. Bajo el signo del 48. Buenos Aires, Argos, 1948. 3ra ed., con prólogo de Sergio Bagú, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1997.

Romero, José Luis. Historia universal. Buenos Aires, Atlántida, 1944.

Romero, José Luis. “A un siglo de la revolución del 48”. En La Razón, La Paz, 18 de enero de 1948.

Romero, José Luis. “Desesperación y escepticismo (los veinte años trágicos, 1919-1939)”. En La Razón, La Paz, 13 de junio de 1948.

Romero, José Luis. “El profeta y su tierra”. En La Nación, 19 de enero de 1946.

Romero, José Luis. “El apóstol y su mundo”. En La Nación, Buenos Aires, 5 de enero de 1947.

Romero, José Luis. “Carlyle y la dictadura”. En La Razón, La Paz, 14 de diciembre de 1947.

Romero, José Luis. “La grotesca aventura de Boulanger”. En Ética, nº 1, Buenos Aires, diciembre de 1947.

Romero, José Luis. “El aventurero y la nada”. En Realidad, nº 10, julio-agosto 1948.

Romero, José Luis. La cultura occidental. Buenos Aires, Columba, 1953.

Romero, José Luis. Introducción al mundo actual. La formación de la conciencia contemporánea. Buenos Aires, Galatea-Nueva Visión, 1956.

Romero, José Luis. “El destino de la mentalidad burguesa”. En Sur, nº 321, Buenos Aires, noviembre-diciembre de 1969.

Romero, José Luis. Estudio de la mentalidad burguesa. Edición y prefacio de Luis Alberto Romero. Buenos Aires, Alianza Editorial, 1984.

Romero, José Luis. La crisis del mundo burgués. Ensayos compilados por Luis Alberto Romero. Prólogo de Tulio Halperin Donghi. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1997.

José Luis Romero en la guerra fría. Los editoriales de política internacional en el diario La Nación entre 1954 y 1955

JULIO MELÓN PIRRO

Entre marzo de 1954 y junio de 1955 José Luis Romero publicó, en La Nación, numerosas notas editoriales sobre política internacional. Las notas no eran firmadas, y por su carácter editorial -su lugar era la segunda página – expresaban -al igual que hoy- la opinión del diario, un dato importante para entender el encuadre y los límites de su tarea. No se trató de su primera participación en dicho medio, ya que entre 1944 y 1950 había colaborado con densos ensayos culturales e historiográficos, pero sí de la más regular y homogénea en cuanto a una temática que lo obligó, en buena medida, a cambiar de oficio.

En 1953 había finalizado la guerra de Corea, un conflicto que, comenzado tres años antes, involucrara a las grandes potencias. La decisiva participación de China, gobernada por los comunistas desde 1949, frenó la contraofensiva de las tropas norteamericanas y consolidó alrededor del paralelo 38 una frontera perdurable. La muerte de Stalin abrió dudas permanentes sobre la sucesión en la Unión Soviética y la asunción de Dwight Eisenhower como presidente de Estados Unidos no tranquilizó a quienes recordaban que otro general de la Segunda Guerra Mundial, Douglas MacArthur, había sido destituido en plena guerra, nada menos que por solicitar la utilización de bombas atómicas. El miedo a la expansión comunista se generalizó luego de que Francia fuera derrotada en la guerra que libró en Indochina entre 1946 y 1954, de modo que tanto la conflictividad del sudeste asiático como la rigidez de la “Cortina de hierro” que separaba de Occidente a una sovietizada Europa Oriental, inducían a inscribir cualquier acontecimiento en el prólogo de una posible y temida tercera guerra mundial.

En relación a dichas circunstancias Romero escribió setenta y tres textos, sin firma, que La Nación asumía como la opinión del diario. Ellos muestran a un atento observador de acontecimientos de un tiempo que, a casi una década de finalizada la última contienda mundial, expresaba los inestables equilibrios de la madura posguerra. Ese tiempo implica el amanecer de nuevos conflictos en Asia, la omnipresencia norteamericana y las fuertes diplomacias de los aun débiles estados europeos, y en él interesa tanto vislumbrar lo que ocurre detrás de la cortina de hierro como señalar la emergencia de núcleos de poder en la periferia. Desde la primera nota sobre “La crisis del sistema colonial” hasta una de las últimas, sobre “Expectación en el Cercano Oriente”, como intérprete de una variedad de acontecimientos mundiales y frecuencia más o menos semanal, desarrolla la opinión del diario sobre el devenir de las relaciones internacionales. Por eso decimos que su mundo es el de la guerra fría.

Algunas de las notas están precisamente dedicadas al equilibrio del terror dado por la existencia de armas atómicas que “comprometen el destino y quizá la existencia de la civilización”. En el comienzo de la serie, el laborismo inglés ha presionado a Winston Churchill para que lleve a la mesa de los lideres norteamericano y soviético el compromiso de prohibir su uso a escala universal; el presidente estadounidense y el primer ministro británico han tratado de llevar calma a una población necesariamente mal informada dada la distancia conceptual e informativa respecto de las posibilidades de una destrucción masiva [1]. El deseo de la humanidad de que no se repita “el pavoroso espectáculo de Hiroshima y Nagasaki”, no obstante, se licua sin complejos en escepticismo cuando evalúa la posibilidad de que Eisenhower y el Kremlin tengan la chance, si no la voluntad, de “actuar de buena fe” [2].

Realismo e idealismo suelen confluir, pues, en una constante analítica que descansa en una formación académica sólida, pero se nutre de la información periodística de cada día. Poco después de la citada se suceden dos notas, una de ellas francamente pesimista, seguida por otra que especula sobre las posibilidades de conciliación en una de las más importantes conferencias internacionales en la materia. Después de seis semanas de negociaciones las posibilidades de una solución pacífica de los conflictos en Asia resultan -presupone- más que remotas, y no por meras razones de coyuntura. Es que las dificultades que los dos bloques de poder mundial manifiestan para entenderse derivan, incluso, de su diferente naturaleza: aunque el autor no siempre se haga eco de la perspectiva occidental que magnifica la agresividad soviética -casi una sofisticación analítica para la época- concluye que el carácter centralista del régimen comunista y la disciplina impuesta a todo aliado cuentan con ventajas sobre las democracias, cuya debilidad deviene precisamente de una naturaleza opuesta, capaz inclusive de expresar disidencias parciales entre aliados, como suele ocurrir entre Londres y Washington. “El bloque comunista parece haberse apoderado de la iniciativa y amenaza inmovilizar al bloque democrático”, concluye a la hora de esperar algún movimiento de Occidente [3]. Apenas una semana después, refiriéndose siempre a los conflictos asiáticos volcados todos en el molde de la guerra fría, advierte que “la diplomacia da sorpresas” y ve luces al final del túnel: Londres trata de obtener la designación de un embajador de China comunista, y esta última potencia corresponde con inesperados gestos de distensión [4].

Realismo e idealismo, o quizá mejor dicho, pesimismo y optimismo, no solo involucran a la periferia, sino al centro, y la pluma suele correr al ritmo de las novedades. Si el 18 de julio 1955 el acento ante “La Conferencia de los cuatro grandes” que se reunirían en Ginebra, sus resultados eran comentados, pocos días después en el poco menos que eufórico tono que anunciaba una nueva era en la “liquidación de la situación de postguerra” [5].

Occidente tiene distintas responsabilidades frente al mundo. Estados Unidos sabe que debe cargar con el peso económico, político y militar mientras que Gran Bretaña -se entiende- puede hacer aportes en afinidad con su tradición diplomática, pero sin el peso de la otrora reina de los mares. Las palmas del pragmatismo diplomático se las lleva, precisamente la isla, que se apresura a reconocer a China comunista [6], y luego particularmente Churchill, a quien atribuye la decisión de abandonar la base de Suez, invalorable muestra de inteligencia y moderación en el contexto de la crisis de Indochina y de la expansión del comunismo en Asia [7]. La flexibilidad y sabiduría británicas se distinguen, por lo demás, claramente de la política exterior norteamericana [8]. El papel de superpotencia impone a Estados Unidos responsabilidades distintas, ya se trate del conflictivo escenario asiático donde deberá involucrarse cada vez más [9] como en el siempre tenso teatro europeo en el que más allá del pragmatismo británico o de las prevenciones francesas, por momentos parece que los norteamericanos solo confiaran en “poner delante de la Unión Soviética una fuerza tal que la obligue a retirarse” [10].

Las diferenciaciones occidentales no acaban allí, ya que están muy presentes en la Europa de posguerra, un continente que, de todos modos, confluye en una unidad que –diría seguramente Romero- constituirá una de las sorpresas, o de los éxitos, de este tiempo. Aunque la idea de Europa esté en crisis, es precisamente el temor a un “Munich” compartido -si se nos permite la licencia- y la necesidad o conveniencia económica, lo que sostiene la posibilidad de acuerdos capaces de generar, incluso, instituciones supranacionales. Los contrastes entre Pierre Mendès France y Konrad Adenauer se minimizan en el análisis frente a realidades estratégicas y económicas en las que Francia y Alemania -se avizora- no podrán sino coincidir. Además, siempre puede aparecer en auxilio la leyenda de Arnold Toynbee sugiriéndole a Churchill, en fecha tan difícil como 1940, nada menos que la unión con Francia [11] .

Con semejantes argumentos y antecedentes históricos, y por más que las fuerzas de extrema izquierda y el nacionalismo se opusieran en agosto de 1954 al pacto de defensa con Alemania, contrasta el contenido pesimista de varias notas sucesivas, y la sospecha de que más temprano que tarde se impondrán en el “mundo libre” las necesidades de la integración o de un pacto anticomunista [12].

Pronto se celebrarán los éxitos de tales profecías. Un “hecho histórico”, tal el título de la nota editorial, es comentado el 3 de octubre de 1954. En momentos en que la reunión de nueve potencias occidentales en Londres amenazaba naufragar, Gran Bretaña sale de su posición insular al asegurar que mantendrá su fuerza militar en Alemania, con lo que, de un golpe, avienta las desconfianzas francesas y alivia el hartazgo norteamericano ante la falta de un acuerdo que reconociera la importancia y la necesidad de Alemania y el carácter estratégico de la lucha contra el comunismo. El historiador, que compara la anterior negativa francesa a votar el tratado con el fracaso que tuvieran Gustav Stresemann y la República de Weimar, celebra entonces lo que acaba de acontecer en la “nebulosa isla” [13]. Dos días después el Acta de Londres corona estos movimientos con la incorporación de la República Federal de Alemania a la organización occidental mediante el otorgamiento de la soberanía y la autorización para el rearme, cerrando una década de ocupación militar [14]. Ni la humillación de Versalles para Alemania, ni la venganza francesa, ni el desentendimiento norteamericano ni la moderación británica –parece querer decirnos el historiador- sirvieron en el período de entreguerras y las diplomacias entienden hoy –dice más directamente el analista- que deben hacer todo lo contrario. Lo que entonces vio como “un hecho histórico de quiebre cuyo resultado es incierto”, se confirmaría en sus previsiones más optimistas tres semanas después, luego de que las reuniones de París permitieran hablar del “advenimiento de la Unión Europea” [15].

Europa Oriental es un lugar que aparece, a la vez, anquilosado y dinámico. Las inercias del estatalismo definen lo primero, y la especulación sobre los movimientos en el Partido Comunista de la Unión Soviética lo segundo. En cualquier caso, Europa y Occidente podrán recibir de ahora en más las propuestas soviéticas desde una actitud de mayor fortaleza y aun tener en cuenta las propias percepciones del contendor, en las cuales suele resultar difícil discernir las necesidades defensivas de las ofensivas [16]. Este mundo de algún modo estático no es disfuncional al mantenimiento de alguna estabilidad basada en acuerdos de largo alcance, razón de más para permanecer atentos a su dinámica interna [17] y a la evolución de su política internacional. En otras notas, como la del 27 de mayo de 1955, “En torno a la conferencia de los cuatro”, aparece la idea de que Occidente está reaccionando y se cita a Pravda a la defensiva, y el 5 de junio de 1955 formula directamente el interrogante: “¿Cambios en la política soviética?”, reconociendo mayor ductilidad teórica y práctica que la evidenciada en los diez años que siguieron al fin de la Guerra Mundial.

Si la bipolaridad es una realidad ratificada cada día en los hechos y el “Mundo libre” infinitamente preferible al de la “Cortina de hierro”, el Tercer mundo constituye un escenario en el que la historia corre menos prisionera de coordenadas que, en los centros del poder mundial, aparecen mucho más delineadas. Este es el tono de las múltiples editoriales directa o indirectamente relacionadas con conflictos del sudeste asiático, región en la que surgen actores de consideración. En abril de 1955 se anuncia la Conferencia de Bandung, a la que los países de Asia y África concurrirán alineados en cercanía de la China comunista o amalgamados por sus vínculos con Occidente, pero en otros casos seducidos por la vocación de neutralidad de Nehru [18]. Una de las últimas notas de la serie refiere precisamente a los esfuerzos de la India por facilitar el entendimiento de los bloques [19].

En estas notas el historiador suele aparecer de soslayo y prevalece una dimensión fáctica asociada al presente. De ahí, quizá, el uso de la profecía, habitualmente esquivado por los historiadores profesionales pero que siempre es una posibilidad en el ejercicio de la prospectiva basada en presunciones fundadas. El profesional de la historia supera, así, al analista de la situación internacional en dos tipos de circunstancias. Como reconstructor de antecedentes, allí donde resulta imprescindible: así ocurre en la explicación del acuerdo que puso fin al conflicto entre Italia y Yugoslavia sobre Trieste [20]. Como proveedor de sentido, cuando parece necesario: el décimo aniversario de la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial tiene un título desde entonces frecuente en los programas de historia contemporánea: “La consolidación de los bloques” [21].

Hay, pues, otros puntos de contacto entre el observador de la coyuntura internacional, que es el que nos sorprende, y el ensayista fino que hemos leído en sus libros y notas extensas, aunque estas editoriales parecen esmerarse en disimularlos. El proveerse semanalmente de una información periodística meticulosamente reunida lleva a imaginar una elaboración y producción textual diferentes de aquella otra, en teoría más reposada y menos expuesta, de nuestra disciplina.

Aunque la índole del trabajo y la inmediatez relativa de los temas suelan divorciarlos, el comentarista de los acontecimientos internacionales no deja de parecerse al historiador de los grandes ensayos en otro punto esencial, un “sentido de la historia” del que todos sus textos – se lo detecte o se lo adivine- participan. La ilusión de la paz que aparece espasmódicamente en determinadas coyunturas, y su enunciación equilibra, con creces, los temores apocalípticos. Esa ilusión es un sucedáneo remoto de una fe en el progreso que caracteriza toda su obra. Ese optimismo histórico había sido planteado con toda su fuerza en El ciclo de la revolución contemporánea, de 1948, “el más marxista” de sus libros, según se ha dicho, aunque no por eso no fuera menos liberal, sino todo lo contrario. El sentido de la historia que puede adivinarse en las notas que aquí comentamos no es tampoco, sin embargo, aquel que deviene de la confrontación entre “conciencia burguesa” y “conciencia revolucionaria” que, a cien años de la revolución parisina de 1848 y de la publicación del Manifiesto Comunista (y a noventa y ocho del análisis de La lucha de clases en Francia hecho por Karl Marx) animara tan sugestivo y recordado texto.

No es el mismo, entre otras cosas porque los tiempos son ahora más breves y los acontecimientos, por definición de trabajo, inmediatos. Además, como se torna evidente para cualquier docente que intente preparar un programa de estudios de historia contemporánea, lo que para el siglo XIX puede relatarse aun como una historia social encarnada en clases, se diluye sensiblemente en el siguiente, donde los protagónicos corresponden, no solo a efectos didácticos, a las guerras mundiales y a una rivalidad entre “capitalismo” y “socialismo” que ya no es una disputa entre dos utopías de la modernidad sino, muy frecuentemente, una confrontación entre potencias.

Hasta donde puede leerse en estos textos, para volver a las editoriales del autor, el socialismo real, la forma política que expresa a una parte del mundo en pugna con la otra, no parece en realidad un camino sino en rigor un contraste con la libertad que reina en otros lugares, que es donde puede esperarse la continuidad de aquel ciclo de progreso democrático y social. El optimismo es, entonces, el de la paz que -volvemos a adivinar- moderará quizá a la Unión Soviética y habilitará un camino de reformas que el “Mundo libre”, bien mirado, ha encarado de modo cada vez más firme desde el fin de la última guerra con la implementación de las administraciones del bienestar. Ese camino parece inspirar a todas las naciones de Europa, donde la socialdemocracia alemana y el laborismo inglés –pero también Konrad Adenauer y Winston Churchill- pueden llevarse notas muy altas, calificando un progreso que, gracias a la conciencia histórica, quizá no sea nuevamente interrumpido, como ocurriera en 1914 y 1939.

Más acá de lo que interpretamos, en 1954 y 1955 Romero ve cómo se consolidan los bloques, pero también, entre la guerra de Corea, y la de Indochina-Vietnam, como se juegan cotidianamente las múltiples opciones de una paz necesaria para la posibilidad del progreso, pero de modo más urgente para la de una “civilización” que, por primera vez en la historia, se encuentra amenazada por el peligro de una destrucción masiva.

José Luis Romero comenzó su trabajo de editorialista a nueve meses de celebrado el armisticio de Corea y cuando lo concluyó acababa de firmarse el Pacto de Varsovia, que oponía la voluntad militar de ocho países comunistas al occidente europeo. Tiempos, pues, de equilibrio del terror, o, mejor dicho, de consolidación de la forma típica de enfrentamiento de “capitalismo” y “socialismo” en el breve siglo XX. El día en que publicó la primera de estas notas Estados Unidos hizo un ensayo con una bomba atómica de 43 kilotones y en la Argentina se impuso por amplio margen Alberto Teisaire, el candidato peronista a vicepresidente. Al aparecer la última, las potencias seguían perfeccionando sus arsenales nucleares en un proceso que, como sabemos, apenas se moderaría solo mucho después, las fronteras eran aún más rígidas y el riesgo bélico apenas menos inminente. Lejos de semejantes opciones, pero no de la barbarie, el país del historiador había entrado en una vorágine de enfrentamientos sin retorno. Pronto se producirían la masacre de Plaza de Mayo –originada en un bombardeo de la aviación naval-, la muerte a manos de la policía del médico comunista Juan Ingallinella y, luego del fracaso de la estrategia de pacificación, el enfrentamiento final y el golpe de estado. De hecho, parece que este trabajo en el que el historiador y el ensayista devienen, al revés que Irazusta, en “analista internacional a la fuerza” fue precisamente eso, un trabajo, aunque ni forzadamente podría vincularse el contenido de las notas con un ánimo personal influenciado por los acontecimientos del país

Invitamos, pues, a la lectura de aquellas notas que hoy se recuperan, escritas con una urgencia que venía del periodismo y en ejercicio parcial de una profesión que, como siempre, estaba condicionada por las posibilidades de su tiempo. En setiembre de 2016, mientras avanzábamos en su lectura, Corea del Norte detonaba 10 kilotones – un cuarto del ensayo norteamericano de 1954- y el mundo se alarmaba, quizá porque ya no es el mismo y como le gustaría a Romero, desde este punto de vista hay progreso.

Notas

1 Perspectivas desde una encrucijada 8/4/54

2 Id.

3 “La Hora de la decisión”, 11 de junio de 1954

4 “¿Perspectivas de conciliación en Ginebra?”, 19 de junio de 1954.

5 “La Conferencia de los cuatro grandes”, 18 de julio 1955; “Una victoria sobre el escepticismo”, 26 de julio 1955.

6 “Dos entrevistas”, 30 de junio de 1954.

7 “Gran Bretaña y el canal de Suez”. 1 de agosto de 1954. Pocos meses después, luego de que Churchill se retirara de la jefatura de gobierno a los ochenta años, Romero analizó los espacios y “La nueva situación política inglesa”, 11 de abril de 1955.

8 “La embajada laborista que va a Pekín”. 10 de agosto de 1954.

9 “Responsabilidades frente a Asia “, 18 de abril de 1954.

10 “El frente diplomático”, 22 de enero de 1955.

11 “Crisis de la idea de Europa”, 8 de julio de 1954.

12 “Francia y el tratado de París”, 21 agosto 1954; “Después de la Conferencia de Bruselas”, 24 de agosto 1954; “Después de la decisión francesa”, 2 de setiembre 1954; “Ante la IX Asamblea de la UN”, 21 de setiembre de 1954.

13 “Un acto histórico”, 3 de octubre de 1954.

14 “El acta de Londres”, 5 de octubre de 1954.

15 26 de octubre de 1954.

16 “Una nueva propuesta soviética”, 24 de noviembre de 1954.

17 El jueves 10 de febrero de 1955 aparece una detallada nota sobre “La crisis soviética”, expresa en la renuncia del primer ministro Malenkov, en la que se especula sobre la posibilidad de que Molotov permanezca al frente de las relaciones exteriores y de que Krushchev, secretario del Partido, siga controlando la situación política. Recuerda la eliminación de Beria, en el contexto de la reciente de Malenkov, y no obstante confesar de que se trata de interpretaciones inciertas, da un informado detalle de los acontecimientos.

18 “En vísperas de la conferencia de Bandung”, 16 de abril de 1955.

19 “La diplomacia India”, 11 de junio de 1955.

20 “El acuerdo sobre Trieste”, 7 de octubre de 1954.

21 12 de mayo de 1955. Cuatro días después el observador cuenta, si no con la paz o el definitivo alejamiento de los fantasmas de Hiroshima, con la “neutralización de ciertas partes del mundo”, como parece prometer el fin de la ocupación del territorio austríaco. “Austria y Europa”, 16 de mayo de 1955.

* Ver José Luis Romero: Editoriales en La Nación de la Argentina, 1954-1955.