El rector de los estudiantes. José Luis Romero al frente de la UBA, 1955-1956

JUAN SEBASTIÁN CALIFA

(Conicet. Universidad de Buenos Aires)

Tulio Halperin Donghi sostiene en el último capítulo de su historia de la Universidad de Buenos Aires (UBA) dedicado al período que se abrió tras el golpe de Estado de 1955 que aquí la voluntad innovadora, de la mano del movimiento estudiantil, fue más fuerte que la restauradora, al contrario de lo que sucedía en el resto de la Argentina.[1] El señalamiento advierte sobre dos rasgos que se entrecruzan en la nueva etapa: por un lado, los cambios inéditos llevados adelante, y por otro, la trascendencia del estudiantado militante, el principal precursor de este rumbo renovador. Este proceso se inicia precisamente durante la etapa en la que José Luis Romero ejerció el rectorado de esta casa de altos estudios, esto es, entre el 30 de septiembre de 1955 y el 17 de mayo de 1956. En ese sentido, explorar desde este prisma esta efímera y poco conocida experiencia pública del historiador permite dar cuenta de transformaciones, consensos y rupturas y, sobre todo, poner el foco en el verdadero magisterio que Romero ejerció entre la juventud estudiosa.

Años difíciles: la construcción de un vínculo decisivo

Romero egresó a principios de los años treinta de la carrera de Historia de la Universidad Nacional de La Plata. Esta institución prohijó sus primeros pasos en la docencia universitaria durante la década siguiente, tras ejercer largamente esta labor en la enseñanza primaria y secundaria. Sin embargo, a poco de empezar, sus días en la cátedra se truncaron en 1946 con el advenimiento del peronismo. Frente a esta experiencia sostuvo durante ese año en un acto socialista:

“Ciudadanos: un fantasma recorre la tierra libérrima en que nacieron Echeverría y Alberdi, Rivadavia y Sarmiento: el fantasma fatídico que se levanta de las tumbas apenas cerradas de Mussolini y Hitler. Sólo la movilización de la ciudadanía puede disiparlo, y el Partido Socialista, que está empeñado en esa lucha, saluda a la Universidad por su conducta heroica y convoca a sus hombres para cubrir sus filas.”[2]

Declaraciones como esta condujeron a Romero a engrosar la nómina de profesores que vieron cesar abruptamente el lazo con la universidad argentina.

El ostracismo académico lo llevó a trabajar en el vecino Uruguay. La Universidad de la República (UDELAR) distinguió al historiador como profesor desde 1949, enseñando allí de modo intermitente, pues en 1951, como fruto de la obtención de la beca Guggenheim, se trasladó por un año a la biblioteca de Harvard, donde iba a poder palpar muchos de los textos y documentos sobre el medioevo que había leído de reojo en el Río de la Plata. Para entonces, Romero ya era una incipiente figura del ámbito intelectual argentino y una infrecuente promesa del medievalismo fuera de los países centrales. Su preocupación más general por el destino de Occidente, que en el plano local constituía una pregunta inexorable por el peronismo y sus consecuencias, las había plasmado no sólo en la docencia sino también en la revista Imago Mundi desde 1953, experiencia de la que fue su principal mentor y que le proporcionó amplio prestigio intelectual.

No obstante las variadas inquietudes que constituyeron, muy a su pesar, los primeros trazos de su sinuosa trayectoria intelectual, no exenta de una marginalidad iniciática marcada por convicciones cuyo reconocimiento tardaría en llegar, no es el objetivo de estas páginas volver sobre reflexiones que ya otros autores han repasado. Más bien, interesa enfatizar un aspecto que ha merecido hasta ahora una consideración de soslayo: estos primeros pasos de Romero en la vida intelectual se hicieron siempre en compañía, y cada vez más con el firme respaldo, de los estudiantes. En sus años platenses pudo comprobar cómo la Reforma Universitaria había sacudido al estudiantado.[3] Cuando debió cruzar el Río de la Plata para ganar el sustento de su familia, fueron los estudiantes quienes lo invitaron a impartir un conjunto de charlas que inauguraron su vínculo con la única universidad uruguaya.[4] Finalmente, la difusión de Imago Mundi le debió mucho a los vínculos que el historiador también había establecido con el estudiantado argentino de tendencia reformista.[5] Eran estos estudiantes quienes encontraron en Romero un verdadero “maestro de la juventud”, figura ausente en estos años de la universidad oficial. Esto los llevó a reiterar las visitas a su casa de Adrogué y a anotarse en los cursos que impartió en el Colegio Libre de Estudios Superiores, una institución que, al igual que la revista mencionaba, también funcionaba para estos jóvenes como una universidad alternativa.[6]

Esta estrecha relación con los estudiantes resultó central para que Romero, una vez que Perón fue desalojado de la presidencia durante su segundo mandato en septiembre de 1955, con una participación no desdeñable de tales universitarios, fuera nombrado al frente de la UBA, institución que hasta entonces le había sido ajena.

El nombramiento de Romero en la UBA: entre oportunidad e ideales

Con el triunfo del golpe de Estado de 1955, la autoproclamada “Revolución Libertadora”, que llevó al general Eduardo Lonardi a la presidencia el 23 de septiembre, las universidades fueron ocupadas por los estudiantes a fin de “normalizarlas”. Con esta toma pretendían en primer lugar cortar de raíz una experiencia que había removido los pilares institucionales característicos de las universidades argentinas (el cogobierno y la autonomía, fundamentalmente). En esos años el peronismo además había clausurado los centros de estudiantes, otra flor reformista, y perseguido a sus animadores.

            Las ocupaciones de las facultades otorgaron a la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA), que las condujo, un enorme poder en esta institución. Además de asumir sus militantes en algunos casos tareas urgentes, como el pago de sueldos adeudados, le permitió incidir a más largo plazo en el diseño de la nueva universidad. De modo inmediato le granjeó a estos la potestad de resolver, tras un examen de “moralidad”, qué profesores podían continuar en sus cargos, y quienes no. Pero de un modo más crucial, estos estudiantes conquistaron el poder de nombrar las autoridades universitarias. En estos primeros pasos aparecería pronto el dilema de fondo entre reconstruir la universidad heredada de acuerdo al molde abandonado tras el golpe de Estado de 1943, por el que se orientarían buena parte de los profesores reingresantes, o lanzarse a edificar una universidad inédita, comprometida con la transformación del país, posición modernizadora por la que se inclinaría la militancia estudiantil.

De modo más inmediato, en los primeros días de ocupación, por invitación de los estudiantes Romero había impartido una clase magistral ante ese apasionado auditorio.[7] Ese arribo a la UBA en circunstancias tan peculiares sería admonitorio del suceso público hasta aquí más trascendental en la vida del historiador: su designación el 30 de septiembre como rector interventor de la mayor universidad argentina, con alrededor de la mitad de los 138.249 alumnos del sistema.[8]

La situación se planteó públicamente como una terna, en la cual la FUBA presentaba al Ministerio de Educación tres candidatos al rectorado: Romero, finalmente designado, el ingeniero José Babini y el filósofo Vicente Fatone. Pero en verdad, fue el primero el único postulado por los jóvenes universitarios que mantenían ocupada la casa de estudios. La terna fue entonces el modo acordado de exhibir, de un modo que resultara digerible para el gobierno, una decisión ya tomada por la dirigencia estudiantil (que ese poder era considerable lo pone de manifiesto además el hecho que los otros dos mencionados recalaran en las creaciones universitarias de la dictadura, la Universidad Nacional del Nordeste y la Universidad Nacional del Sur).[9]

En el acto de asunción de Romero, el 1 de octubre en la Facultad de Filosofía y Letras, quedó presentado el panorama venidero en la UBA, marcado por una tensa alianza entre reformistas y católicos. En el mitin, el novel rector, que recibiría la llave de la universidad de parte de la presidenta de la FUBA Amanda Toubes, pronunció un discurso avalado por el público estudiantil que en sus cánticos hizo notar su recelo contra quienes se habían alineado con el gobierno de Perón. Por el contrario, en sus palabras Romero se mostraba, en sintonía con la postura de Lonardi, más conciliador. Adolfo Canitrot, vicepresidente de la FUBA, habló por los estudiantes.Finalmente, el ministro de Educación, el intelectual católico Atilio Dell’Oro Maini, virulento activista antirreformista en los años de la Reforma, fue el otro orador. La figura de este último, deudora de la alianza que la Iglesia Católica mantenía con el gobierno de entonces, completaba el tenso equilibrio en el área educativa en el cual se mecía una dictadura cuyos proyectos educativos dispares pronto harían cortocircuito.

Este modo de incidir por parte de los estudiantes en la designación de autoridades se replicó en las facultades, donde fueron nombrados decanos interventores afines a estos. En la Facultad de Derecho Dell’Oro Maini impuso a Alberto Padilla; no obstante, este debió marcharse poco después, siendo reemplazado por Luis Baudizzone, amigo de Romero. Los profesores fueron suspendidos de sus cargos por disposición del Ministerio de Educación, debiendo celebrarse concursos para ser ratificados, o removidos, en las cátedras. Estos concursos prolongados en el tiempo fueron nueva arena de reyertas, y cuando no de ajustes de cuentas, en los que los estudiantes volcaron sus energías.

 Posteriormente, las juntas provisorias en cada facultad, constituidas a imagen y semejanza de la Junta Consultiva Nacional mediante las que la dictadura acompañaría sus decisiones con la mayoría de los partidos que habían sido opositores a Perón (a excepción de los comunistas, excluidos), donde los estudiantes gozaban de una representación idéntica a la de profesores y graduados, fueron el mecanismo de gobierno para llevar adelante estas gestiones. De cara a los estudiantes dichas autoridades facultativas, con Romero a la cabeza, eran quienes debían llevar a cabo la “normalización” universitaria, pero también dar los primeros pasos en la conformación de una nueva universidad. Es en este último punto donde empezaban a anidar las polémicas con los sectores más remisos, abroquelados en las facultades de Derecho y Medicina, y donde el vínculo con Romero de los estudiantes reformistas se realzaba. Si bien el historiador, de más de cuarenta años, no estaba del todo convencido con el anhelo de los estudiantes reformistas -que tenían menos de la mitad de su edad- de ocupar en paridad con los profesores y graduados la representación directiva en las unidades académicas, no dudó en unir su destino y su gobierno a tal alianza. Además, y esto fue fundamental, compartió con estos jóvenes la necesidad de orientar la universidad por un nuevo sendero que aportara al desarrollo nacional.[10] Al respecto Romero era elocuente:

“Todo retorno -sea a la universidad de 1943, sea a la de 1930 o a la de 1923- es inútil y absurdo, y a la larga el esfuerzo que hiciéramos para lograrlo resultaría estéril […] Para una país que ha crecido, que ha modificado su estructura social, que ha removido ciertos valores tradicionales y que ha sufrido, no lo olvidemos, la extraña seducción del fascismo, es necesario hacer una universidad profundamente renovada y socialmente eficaz.”[11]

Final abrupto

El 23 de diciembre de 1955 salió a luz el decreto-ley 6.403 que regulaba la vida de las universidades. En buena medida bajo esta normativa se incorporaban diferentes disposiciones con que el que el Poder Ejecutivo (Lonardi había sido expulsado de la presidencia por la tres armas a mediados del mes anterior, asumiendo su lugar el general Pedro Aramburu) venía acompañando las transformaciones acaecidas en las facultades. Su articulado avalaba la remoción y designación de nuevos profesores mediante concursos y fijaba la autonomía universitaria y el cogobierno, aunque estableciendo una mayoría profesoral que disgustaría al fubismo. Sin embargo, el centro de las crítica estudiantil recayó en el artículo 28, que habilitaba la posibilidad de que las universidades privadas expidieran títulos habilitantes para el ejercicio profesional, al igual que lo hacían las universidades públicas. Si bien el ministro de Educación, promotor del artículo, venía anticipando este curso de acción en sus declaraciones y en alguna disposición polémica que debió enmendar, resultó sorpresiva la inclusión de este artículo en una ley pensada con otros fines. El propio Romero declaró furioso posteriormente que la cuestión de las universidades privadas no le había sido mencionada por Dell’Oro Maini.[12] Curiosamente, un día antes de que fuera publicado el decreto-ley el gobierno había rechazado la renuncia de Romero a su cargo a causa de un conflicto suscitado en el Colegio Nacional de Buenos Aires en el que asomaba la mano del clero.[13] Una breve licencia a causa de un infarto completa el retrato básico de esos meses muy agitados que vivió Romero

Más allá de su firme convicción favorable a la universidad pública, para Romero resultaba extemporáneo traer a colación una medida que modificaría la fisonomía del sistema universitario, hasta aquí de monopolio público, en medio de un gobierno marcado por el signo de lo provisorio. El ministro, por el contrario, veía en ello la oportunidad de obtener una conquista que la Iglesia Católica había incorporado a su agenda de reclamos tras el aprendizaje que le legó la experiencia peronista: la necesidad de contar con tales instituciones propias, alejadas de los vaivenes, y los repartos o despojos que conllevaba la lucha política.

Desde entonces, el rector porteño se convirtió en la cara visible del bando “laico”, que se opuso al “libre” motorizado por la Iglesia Católica. Romero fungió como un representante moderado pero firme de una rabia estudiantil reformista que se manifestaba de modos más estruendosos. En lo inmediato, la intervención de la Junta Consultiva Nacional, donde los socialistas reprocharon la actuación del ministro de Educación, puso paños fríos sobre la situación, aunque no logró apagar el fuego que desató.[14]

Mientras tanto, en la UBA la oposición al artículo 28 sirvió para soldar durante el verano aún más la unidad entre estos activistas y el rector. En el terreno universitario las relaciones de los militantes reformistas con las máximas autoridades continuaron por buen camino, como lo exhibió el primer número de la Revista de la Universidad de Buenos Aires de marzo de 1956 en el que se leía: “Son los estudiantes, a juicio de esta Intervención, quienes salvaron a la Universidad de la total abyección en que quería hundirla la dictadura”. En ese marco de afectuosa convivencia se desenvolvieron las actividades de gobierno que transcurrieron en los nuevos departamentos de Pedagogía Universitaria, Orientación Vocacional, Publicaciones, Extensión Universitaria, entre otros, que impulsaba la obra de gobierno. Además, se constituyó a fines de abril de 1956 de modo provisorio el Consejo Superior de la UBA, como Honorable Tribunal Especial, que debía sintetizar tal actividad transformadora.

Sin embargo, esta impetuosa labor se vio interrumpida por las protestas de mayo. Con epicentro en varios colegios secundarios del país y las reyertas entre católicos y reformistas que se disputaban el control de estas instituciones (el movimiento se inició en La Plata), estas manifestaciones rápidamente se extendieron a la universidad que terminó por concentrarlas. Los reformistas aprovecharon la ocasión para debatir la necesidad de quitar el artículo 28, mientras que los católicos lo defendieron airadamente. Ello motivó sucesivas grescas callejeras y tomas de escuelas y facultades en las principales ciudades del país que tensionaron al gobierno. La salida del ministro de Educación, quien comunicó su dimisión el 12 de mayo desde Perú donde se encontraba en actividad oficial, fue celebrada entre los estudiantes reformistas que venían solicitando su remoción. No obstante, los festejos se empañaron cuando el gobierno informó cuatro días después que Romero también dejaría su cargo al frente de la UBA, un reclamo que había acelerado el bando “libre” como un modo de zanjar la contienda. De hecho, el gobierno le había solicitado al rector porteño su renuncia como un modo de pacificar las aguas, presión  que hizo cauce en Romero.

De cara a los estudiantes reformistas su salida fue un duro golpe. El nuevo interventor designado en la UBA, el médico de talante conservador Alejandro Ceballos, resultó elocuente en su asunción con este cambio de época: “[…] no soy un rector que venga elegido por el claustro o por los Consejos Universitarios, yo soy un interventor nombrado por el Gobierno de la Revolución Libertadora, ¡nada menos que por el Gobierno de la Revolución Libertadora!”.[15] La no reglamentación del artículo 28 que el Poder Ejecutivo dispuso en los días posteriores, cuya resolución pasó para un futuro gobierno constitucional, completó el sabor amargo en boca del fubismo.

Por lo antedicho, la afirmación de Halperin Donghi acerca de que Romero padeció estas lealtades de facción que constituyeron la nueva experiencia universitaria no parece un punto de vista del todo propicio para alumbrar este tramo de su trayectoria.[16] Más bien, si algo puede sacarse en limpio de esta breve experiencia, es que no habría sido posible sin la mutua legitimidad que se prodigaron el fubismo y Romero.

Maestro de la juventud

Romero fue un verdadero “maestro de la juventud” en un período como el primer peronismo donde los estudiantes se sentían huérfanos de tal figura en los claustros universitarios. Esta relación discipular fue relevante no sólo para los alumnos, sino también para el propio Romero. Expulsado de la universidad pública, el joven historiador encontró en este vínculo, bien explorado en Uruguay, un auditorio propicio a sus aventuras intelectuales en la Argentina, primigeniamente Imago Mundi.

            Con el golpe de Estado de 1955, este lazo lo llevó a ocupar el rectorado de la UBA, institución por la que no registraba paso. La contradicción entre acometer una obra que se juzgaba plenamente democrática y la dictadura que le ofrecía marco y curso de acción tiñó su actuación. Los 244 días al frente de esta universidad estuvieron marcados por un fuerte respaldo de los estudiantes a su gestión, y viceversa. La alianza que trabó el rector porteño con estos resultó fundamental para sostener una gestión que a poco de andar se encontró con enemigos más allá de las aulas universitarias. Sin embargo, el apoyo estudiantil no alcanzó para sostenerlo en el cargo.

            Un historiador preocupado por el destino de la cultura occidental, tema que en 1953 motivó una contribución bibliográfica en la editorial Columba, salió despedido del rectorado porteño por un asunto que desde los claustros universitarios se percibía en disonancia con el destino cultural de la Nación.[17] Esta cuestión, entonces, no se acabaría en 1956 sino que llevaría a Romero, convertido en profesor concursado de la UBA, a hacerse oír nuevamente contra el artículo 28 en 1958, cuando los católicos finalmente impusieron su voluntad.

            Omar Acha señaló que su postura en tal reyerta convirtió a Romero en “una figura emblemática” de cara a la juventud del Partido Socialista para llevar adelante aquí también anheladas transformaciones.[18] Cuando en 1962 Romero asumió el decanato de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, un momento donde el viejo partido de Juan B. Justo ya estaba muy fragmentado y sin su activismo, se evidenció una erosión de su relación con generaciones estudiantiles cada vez más radicalizadas. Su renuncia al cargo tres años más tarde fue sintomática de un cambio de época que llevó a la juventud a buscar maestros otra vez afuera de las universidades. Pero esa historia, que deberá ser contada, no inhibió el magisterio que Romero supo ejercer sobre camadas de estudiantes que otrora lo habían elegido como su rector.


[1] Historia de la Universidad de Buenos Aires, Eudeba, Buenos Aires, 1962, p. 197.

[2] Romero, José Luis: “Universidad y democracia”. En Universidad y democracia, Partido Socialista, Buenos Aires, 1946.

[3]   Sobre el impacto de la Reforma Universitaria en la UNLP y sus consecuencias posteriores véase Osvaldo Graciano: Entre la torre de marfil y el compromiso político: Intelectuales de izquierda en la Argentina, 1918-1955, Universidad Nacional de Quilmes, Bernal, 2008.

[4] Al respecto puede consultarse Pablo Buchbinder: “Argentine Historians in Exile: Emilio Ravignani and José Luis Romero in Uruguay (1948-1954)”, en Storia della Storiografía, n° 69, octubre de 2016, pp. 101-110, p. 106.

[5] “¿Encontró entre este público más joven Imago Mundi la recepción adecuada al ofrecerles lo que la universidad que los albergaba era incapaz de brindarles? Así parece indicarlo la recepción que la misma revista Centro formula ante la aparición de la dirigida por Romero, a la que saluda como un ‘símbolo inverso de la atonía y de la incapacidad para la vida intelectual a la que han llegado nuestras llamadas facultades de humanidades’. Por lo demás, eran componentes de Imago Mundi los que la revista de los estudiantes seleccionaba para integrar los jurados de los concursos a que ocasionalmente convocaba, y eran diversos los redactores que alternaban sus colaboraciones entre estos diferentes medios”. Oscar Teràn: “Imago Mundi. De la Universidad de la sombras a la Universidad del relevo”, en Punto de Vista. Revista de Cultura, año 11, nº 33, septiembre-octubre de 1988, pp. 3-7, p. 5 (el número en que aparece la citada crítica de Centro es el 7, correspondiente a diciembre de 1953).

[6] De acuerdo a Omar Acha: La trama profunda. Historia y vida en José Luis Romero, El Cielo por Asalto, Buenos Aires, 2005, p. 51. Sobre el CLES véase Federico Neiburg: “Élites Sociales y Élites Intelectuales: El Colegio Libre de Estudios Superiores”, en Los intelectuales y la invención del peronismo, Alianza Editorial, Buenos Aires, 1998.

[7] Omar Acha: La trama profunda. Historia y vida en José Luis Romero, El Cielo por Asalto, Buenos Aires, 2005, p. 39.

[8] Daniel Cano: La Educación Superior en la Argentina, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1985, p. 123.

[9] Romero rememoraba tres décadas después: “Me acuerdo que para que no pareciera una presión aún estando ya resuelto que yo iba a ser designado, es decir cuando ya Lonardi había dado su consentimiento, el ministro Dell’Oro Maini le pidió a la FUBA una terna […]”. En Félix Luna: Conversaciones con José Luis Romero. Sobre una Argentina con historia, política y democracia, Sudamericana, Buenos Aires, 1986, p.
141. Almaraz, Corchon y Zemborain sostienen, de acuerdo al testimonio recogido de Adolfo Canitrot, que “Poco antes de la revolución militar, un grupo de estudiantes, conformado entre otros por Adolfo Canitrot, Amanda Toubes y Nicolás Sánchez Albornoz, había ido a visitar a Romero a su casa de Adrogué para ofrecerle el rectorado”. En ¡Aquí FUBA! Las luchas estudiantiles en tiempos de Perón, Planeta, Buenos Aires, 2001, p. 187. Por otro lado, Jorge Albertoni, militante del Centro de Estudiante de Ingeniería, me refirió que ellos le habían avisado a Lonardi a través de su hijo, que estudiaba en dicha facultad, que si no designaban a Romero seguirían la toma de la facultad. Entrevista, 20/10/2008. (Nota del editor. En octubre de 1955 José Babini fue designado por el rector Romero Decano interventor de la Facultad de Ciencas Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, y poco después vice rector. Ocupó ese cargo hasta la normalización de la UBA y la designación de Rolando García como Decano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales en 1957. Ese año fue designado rector organizador de la Universidad Nacional del Nordeste).  

[10] Todos estos conceptos pueden verse muy bien en la entrevista que le realizó un medio estudiantil: “Gobierno y misión de la Universidad”. [Entrevista de Enrique Groisman]. En Revista del Mar Dulce, año 1, nº 2, diciembre de 1955.

[11] “Defensa de la Universidad”, en Sagitario. Revista Trimestral de Humanidades, nº 5, enero-febrero de 1956, pp. 52-53, p. 53. (Nota del editor. Publicada originalmente en el diario La Nación)

[12] El 28 de diciembre de 1955 Romero le envío una carta a Dell’Oro Maini en la que establecía reparos acerca de diversos artículos y en particular respecto al 28 del decreto-Ley 6.403. Se leía: “No creo oportuno manifestar a V.E. mi opinión personal al problema que si hubiera expresado, en cambio, de haber sido planteado en alguna de la reuniones de interventores a las que tuve el honor de ser invitado. Pero de cualquier modo, me siento obligado a señalar que el problema de las universidades libres esuno de los que hoy dividen de manera más inquietante la opinión de los universitarios argentinos, razón por la cual creo que su autorización debe ser incluida entre aquellos problemas de fondo que, en las actuales circunstancias, se ha convenido en postergar”. “Informe del rectorado”, en Revista de la Universidad de la Buenos Aires, año 1, nº 1, Quinta Época, enero-marzo de 1956, pp.134-136, p. 136.

[13] En este colegio un grupo de profesores había resistido con el apoyo de un sector de los estudiantes la remoción de sus cargos y la asunción de Risieri Frondizi al rectorado de la institución. Se trata del único caso de resistencia activa de personal vinculado con la anterior gestión. Resulta también excepcional cierto respaldo estudiantil. Parecería posible que los ocupantes fueran católicos. Así lo hace pensar el apoyo de la revista de este signo Criterio a los mismos al señalar: “Los alumnos del Colegio, usando de un derecho reconocido a otros institutos de la Universidad, se oponían a una intervención llovida del cielo; los apoyaba un núcleo de profesores de indudable honestidad democrática. Pero, lo que en las Facultades estaba bien hecho, en el Colegio resultó una actitud reprobable.” “Defensa de un colegio” en “Comentarios” (sección), año 28, nº 1.251, 12 de enero de 1956, p. 17. Por su parte, los comunistas señalarían a través de una de sus publicaciones: “Así las cosas se planteó la renuncia del rector, cosa que puso a la luz del día lo que ya se sospechaba: el ultrarreaccionario Dell’Oro Maini y los grupitos que lo apoyan estaban tratando de hacerle incómodala silla rectoral al profesor Romero […] La reacción estudiantil no se hizo esperar: FUBA y los centros asumieron la defensa de Romero, aclarando que no se trataba de hacer personalismos sino de una cuestión de principios y denunciaron las maniobras del ministro”. “La Crisis ROMERO”, en Juventud. Vocero de la Federación Juvenil Comunista, año 4, nº 44, primer quincena de enero de 1956, p. 6.

[14] En este colegio un grupo de profesores había resistido con el apoyo de un sector de los estudiantes la remoción de sus cargos y la asunción de Risieri Frondizi al rectorado de la institución. Se trata del único caso de resistencia activa de personal vinculado con la anterior gestión. Resulta también excepcional cierto respaldo estudiantil. Pareciera posible que los ocupantes fueran católicos. Así lo hace pensar el apoyo de la revista de este signo Criterio a los mismos al señalar: “Los alumnos del Colegio, usando de un derecho reconocido a otros institutos de la Universidad, se oponían a una intervención llovida del cielo; los apoyaba un núcleo de profesores de indudable honestidad democrática. Pero, lo que en las Facultades estaba bien hecho, en el Colegio resultó una actitud reprobable.” “Defensa de un colegio” en “Comentarios” (sección), año 28, nº 1.251, 12 de enero de 1956, p. 17. Por su parte, los comunistas señalarían a través de una de sus publicaciones: “Así las cosas se planteó la renuncia del rector, cosa que puso a la luz del día lo que ya se sospechaba: el ultrarreaccionario Dell’Oro Maini y los grupitos que lo apoyan estaban tratando de hacerle incómoda la silla rectoral al profesor Romero […] La reacción estudiantil no se hizo esperar: FUBA y los centros asumieron la defensa de Romero, aclarando que no se trataba de hacer personalismos sino de una cuestión de principios y denunciaron las maniobras del ministro”. “La Crisis ROMERO”, en Juventud. Vocero de la Federación Juvenil Comunista, año 4, nº 44, primer quincena de enero de 1956, p. 6.

[15] “Discurso del Ministro de Educación, Carlos Adrogué, pronunciado el 21 de mayo de 1956, al poner en posesión de su cargo al interventor”, en La Revolución Libertadora y La Universidad 1955-1957, Poder Ejecutivo Nacional, Ministerio de Educación y Justicia, Despacho General, Buenos Aires, 1957 (1958), pp. 175-180, p. 179.

[16] “José Luis Romero y su lugar en la historiografía argentina”, en Desarrollo Económico, v. 20, nº 78, julio-septiembre de 1978, pp. 249-274.

[17] Al respecto véase Tulio Halperín Dongui: Historia de la Universidad de Buenos Aires, Eudeba, Buenos Aires, 1962, p. 203.

[18] La trama profunda. Historia y vida en José Luis Romero, El Cielo por Asalto, Buenos Aires, 2005, p. 39.

José Luis Romero y la Universidad

LUIS ALBERTO ROMERO

Aunque la universidad debió el ámbito natural de su vida académica, la vida universitaria de José Luis Romero estuvo marcada por las drásticas discontinuidades políticas de la Argentina.

La Universidad de La Plata.  Pese a vivir en Buenos Aires eligió, por consejo de su hermano Francisco, estudiar en la Universidad de La Plata. Su vinculación con la escuela histórica platense estuvo acotada al aprendizaje del oficio riguroso; en cambio, se sintió muy cómodo en el círculo intelectual congregado en torno de Alejandro Korn, Pedro Henríquez Ureña, Francisco Romero y Alfredo Palacios. En ese ambiente convivían y se interpenetraban el reformismo universitario -es decir la adhesión al movimiento de la Reforma Universitaria de 1918-, el socialismo y el humanismo. Allí se doctoró y comenzó una carrera docente que no fue sencilla, pero que en 1942 pareció alcanzar un punto de estabilidad cuando ganó el concurso de profesor de Historia de la Historiografía.

El ciclo de 1943-46. Las tormentas políticas desencadenadas por el golpe militar de junio de 1943 afectaron a los universitarios; muchos perdieron y recuperaron sus cargos, hasta que, con la elección de J.D. Perón en febrero de 1946, todos los que habían militado en la oposición quedaron fuera de la universidad. En 1945 José Luis Romero se afilió al partido Socialista, con el que había simpatizado informalmente, y participó en un gran acto político, “En defensa de la Universidad”. En su discurso, entrelazada con referencias políticas de actualidad, se encuentra la primera formulación de sus ideas sobre la Universidad. Es significativo que por entonces escribió algunas contribuciones para el periódico socialista El Iniciador, así como su libro Las ideas políticas en Argentina.

La Universidad de la República, Uruguay. Cesante en todos sus cargos docentes, mantuvo esa actividad en el Colegio Libre de Estudios Superiores, y siguió vinculado con sus colegas universitarios en diversos proyectos culturales, entre ellos la revista Imago Mundi, en la que participaron muchos de quienes lo acompañaron en 1955 en la Universidad de Buenos Aires en 1955. En 1948 fue designado profesor de la Universidad de la República, en Uruguay y viajó cada dos semanas a Montevideo. Allí organizó su primer proyecto universitario de envergadura: el Centro de Historia de la Cultura, donde se nuclearon alumnos y jóvenes graduados que fueron sus primeros discípulos. Por su orientación e impacto, ese centro anticipa lo que será posteriormente el Centro de Historia Social en la Universidad de Buenos Aires.

La Universidad de Buenos Aires.  Entre 1955 y 1965 transcurrió el período de vida universitaria más intensa y continua. Apenas producido el golpe militar que derrocó a Perón,  la Revolución Libertadora, fue designado rector interventor de la Universidad de Buenos Aires, debido al decisivo apoyo de las organizaciones estudiantiles. Su gestión fue breve pero intensa, y marcó la transformación y modernización de la Universidad en la Argentina -en 1956 se sancionó la ley que dio origen al gobierno autónomo y tripartito de las universidades nacionales-, y de la UBA. A mediados de 1956 renunció, junto con el ministro de Educación Atilio Dell’Oro Maini,  por el desacuerdo entre ambos acerca del artículo 28 de la ley universitaria, que autorizaba la expedición de títulos por parte de universidades no estatales. La discusión pública se prolongó hasta 1958, cuando el Congreso aprobó la reglamentación del polémico artículo, en medio de una enorme controversia sobre la enseñanza “laica o libre”. José Luis Romero fue el orador del gran acto que el movimiento estudiantil organizó entonces en favor de “la laica”.  De estos años de intensa actividad universitaria -que coincidieron con los de su militancia en el partido Socialista- datan la mayoría de los textos referidos a la Universidad y su “misión”.

La Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. En 1958 fue designado profesor de esta facultad, a cargo de una asignatura nueva: Historia Social General; en esos años también dictó Historia Medieval.  Sus cursos de Historia Social tuvieron un amplio impacto, pues lo seguían los alumnos de Sociología, una carrera nueva y con muchos alumnos, y también estudiantes de otras muchas carreras. En torno de la cátedra se formó el Centro de Estudios de Historia Social, en el que se nucleó un grupo de jóvenes profesores unidos por la aspiración a una renovación y actualización de los estudios históricos. En el Centro, José Luis Romero dictó seminarios de investigación, dirigió -junto con Gino Germani- un vasto proyecto sobre el impacto de la inmigración masiva, y estimuló el desarrollo de actividades similares por parte de sus colegas, como Tulio Halperin Donghi, Reyna Pastor, Haydée Gorostegui, Alberto Plá, Ezequiel Gallo o Roberto Cortés Conde.  Muchos de ellos enseñaron en la Universidad del Litoral, donde esta nueva corriente fue predominante. La influencia llegó, en distinta medida, a otras universidades, y cuajó en la formación de la Asociación de Historia Económica y Social, que Romero presidió en algunas ocasiones. El influjo de José Luis Romero ha sido recordado por muchos estudiantes o jóvenes graduados, quienes en general se dedicaron a temas diferentes a los suyos. El impacto de “Historia Social” es tema de estudio de muchos historiadores en la actualidad.

En 1962 fue designado decano de la Facultad de Filosofía y Letras.  Un único texto -el discurso de inauguración de los cursos de 1964- testimonia la experiencia de esos años, caracterizada por dos cuestiones diferentes. La primera es el notable crecimiento de la Facultad, especialmente por el desarrollo de las nuevas carreras de Sociología y Psicología, pero también por una aumento general de la matrícula, muy acorde con las tendencias culturales de los años sesenta. Su preocupación y su acción estuvieron centradas en modernizar y llevar a un nivel de calidad superior la enseñanza y la investigación. En su opinión, el éxito de esa transformación se reflejaba en un clima general de descontento por la desproporción entre los proyectos y los medios disponibles.  Esto lleva a la segunda cuestión: la intensa politización de la Facultad, que reflejó en forma extrema lo que ocurría en toda la Universidad y en el país. Las discusiones por cuestiones académicas se mezclaron con otras más definidamente políticas, y tensaron el sistema de gobierno de la Universidad. A fines de 1965 José Luis Romero decidió renunciar a sus cargos, de decano y de profesor, y retirarse de la vida universitaria.

El retiro. En los años siguientes dejó de pensar en la Universidad, y tampoco la Universidad pensó en él, con la salvedad de una breve incursión en 1972, debido a una generosa iniciativa del decano Ángel Castellán. Ese año también tuvo una breve relación con la recién fundada Universidad Nacional de Lomas de Zamora, localidad vecina a Adrogué, dónde vivía. En 1975 fue designado miembro del Comité Organizador de la Universidad de las Naciones Unidas, una institución de caracteres muy diferentes a los de la universidad latinoamericana. En 1976, durante la crisis final del gobierno de Isabel Perón, escribió dos textos de reflexión sobre la situación de la Universidad, tratando de deslindar sus problemas circunstanciales .-en rigor, la destrucción de todo lo que había contribuido a crear- de lo que creía sus objetivos generales.

Los textos escritos sobre la Universidad son intervenciones públicas, marcadas por el contexto y por el efecto buscado. “Defensa de la Universidad” (1945), es un texto militante, que convoca a la lucha. Entre 1955 y 1960 predomina el espíritu fundacional, la idea de que comienza una nueva Universidad, que debería servir a un país nuevo; son proyectivos y optimistas. En el discurso de inauguración de cursos en la Facultad de Filosofía y Letras, de 1964, el optimismo se combina con algunas de las preocupaciones generadas por las turbulencias de la vida universitaria y el espíritu general de descontento. En los textos de 1976 están las marcas de la trágica historia reciente, y la apelación a conservar los valores mínimos y primordiales. Pero en todos ellos hay una idea clara y sostenida de lo que debe ser la universidad en la Argentina.

En primer lugar, la afirmación de que la universidad no es solo la suma de un conjunto de escuelas profesionales y que su finalidad -su misión, en los términos del autor- es la formación de la persona y del ciudadano responsable, con ideas claras acerca de los problemas de su tiempo. De allí su insistencia en el tema del humanismo, que es a la vez la preocupación por el hombre en general y la formación del hombre en particular, presente en otros trabajos que no se refieren específicamente a la universidad, como “Humanismo y conocimiento del hombre” (1961). El humanismo consiste en asignar importancia a un tipo de saber que no tiene aplicaciones inmediatas pero que hará mejores profesionales y le permitirá a la universidad cumplir con su función social. Del humanismo clásico, medieval y renacentista, valora su espíritu: la preocupación por los problemas del hombre en su tiempo, lo que lo lleva a distinguir un humanismo moderno, que incluye junto con los saberes clásicos a las nuevas ciencias sociales. La formación del hombre tiene que ver con los saberes y además, o sobre todo, con la forma de la enseñanza, la relación del maestro y y el alumno, que debe combinar el estímulo al desarrollo personal con la corrección de sus desvíos, el amor con la severidad. Puede interesar la comparación con un texto menor, escrito en 1946 y firmado con seudónimo, “Lo representativo del alma popular” (1946), donde traslada este planteo de lo individual a la relación entre elites ilustradas y mundo popular.

Un aspecto específico de esta formación humanista refiere al papel de la investigación en la universidad. Esta es, esencialmente, una institución educativa;  la investigación, la creación de saber nuevo, aunque no es en sí misma una finalidad de la universidad, es una parte necesaria de la educación, pues la misión del buen maestro es enseñar con el propio ejemplo que el saber se encuentra siempre en construcción.

La segunda gran idea es que la universidad es una comunidad, con sus propias reglas y objetivos. Polemizando con una idea corriente en su tiempo, subraya que la universidad es y debe ser una isla, cuyos miembros compartan algunos valores específicos: el respeto por la libertad, el rigor en el pensamiento, la austeridad intelectual. Son valores propios de una elite del saber, que debe controlar cuidadosamente cualquier tentación a convertirse en una casta, algo a lo que podrían llevar las desiguales posibilidades de acceso a los estudios universitarios. Se trata de una elite de jóvenes, una idea que se nutre en la inspiración juvenilista de la Reforma universitaria y cuyo sentido se desliza de la juventud propia de los estudiantes a la juventud del espíritu y, finalmente, a la valoración de la creación, la crítica y la reforma permanentes, como una forma de evitar el anquilosamiento de las estructuras de lo creado. La dialéctica entre la creación y lo creado es uno de los temas centrales de las ideas del autor sobre la vida histórica.

La tercera idea se refiere a la “función social de la universidad”, un tópico característico de los años posteriores a 1955, y que el autor solía expresar -siguiendo a Ortega y Gasset- con la palabra “misión”.  Subraya inicialmente la singularidad de la sociedad argentina -y también latinoamericana- diferente de la de los países con largas tradiciones asentadas: su heterogeneidad, producto de su formación aluvional, un tema largamente desarrollado en Las ideas políticas en Argentina (1946) De ello desprende dos consecuencias: la falta de comunicación entre los diversos sectores y la dificultad para que cobren cuerpo ideas generales o acuerdos, así como la provisionalidad de las nuevas elites, carentes de la legitimidad que da una visión asentada del país. En ese contexto, la universidad no tiene alternativa: debe hacerse cargo de pensar sobre lo que otros no reflexionan y debe desmasificar al individuo e integrarlo como persona en su comunidad; debe dar forma a los sentimientos generalizados, potentes pero faltos de forma; debe estudiar los problemas y proponer las soluciones que el país necesita; incluso, debe elaborar la peculiaridad de nuestra cultura.

Tamaña responsabilidad se corresponde con el clima optimista posterior a 1955, y con la idea -central en el autor- de que en la universidad se forma la elite más auténtica, capaz y desinteresada, esa “aristocracia del espíritu”, que en otros textos encontró expresada en las figuras de Alejandro Korn, Pedro Henríquez Ureña y Alfredo Palacios. Se trata de una universidad que debe construirse, para la que comienza una vida nueva (frecuentemente cita el conocido texto de A. Korn Incipit vita nova). Señala que en 1955 todo está por hacerse, y reclama de esa elite universitaria la unidad, la concentración del esfuerzo en construir la universidad pública, la única existente. En ese punto se apoya para oponerse, en 1956, a la autorización para las universidades “libres”, que en ese momento eran solo las católicas, cuya existencia no objeta por razones esenciales sino coyunturales: no es bueno introducir divisiones en una elite que debe permanecer unida para su gran misión.

La función social se traduce, en su primera dimensión, en salir de la isla, la ínsula, prestar servicios a los no universitarios y enriquecerse con la tarea. Tal el sentido de proyectos de época, en los que estuvo involucrado, como el de Extensión Universitaria en Isla Maciel (barrio muy humilde en Dock Sur, Buenos Aires) o la creación de la Editorial Universitaria EUDEBA. Pero esa función va mucho más allá: los universitarios deben asumir la responsabilidad y el compromiso de discutir los problemas del país, de involucrarse en la política pero evitar cuidadosamente hacerlo -en la universidad- desde posiciones políticas partidistas. Este compromiso articula la formación humanista del ciudadano con el aporte que la universidad le debe al país.

En los textos de los años cincuenta y sesenta, siempre caracterizados por el optimismo respecto de la universidad, del país y de su convergencia, aparecen algunos indicios de que las cosas podrían marchar por otros caminos. En primer lugar, la dificultad para definir en la práctica y sostener la línea que separaba la gran política de la política partidista. Esto formaba parte de la experiencia cotidiana de cualquier universitario, y mucho más de la de quien conducía la Facultad sensible por excelencia a la politización. Por otro lado, la percepción de la sorda reacción de miedo que la renovación de las ideas, la apertura a lo nuevo, suscitaba entre un sector de la elite y entre grupos más amplios de la sociedad. Esto se percibió con claridad en 1966, cuando la dictadura militar encabezada por el general Onganía  acabó con la autonomía universitaria.

En ese momento, José Luis Romero ya no estaba en la universidad, y no se ocupó del tema universitario hasta 1976. En los años previos, en un conjunto de notas periodísticas, analizó, con alarma creciente, la situación de la Argentina. Su preocupación se refleja en dos artículos de 1975, titulados “Antes de disgregarnos” y “La moral ¿otra crisis?” (1975 y 1976).  En 1976 escribió dos textos sobre la universidad, uno de carácter académico y otro publicado en una revista de la Unión Cívica Radical. (1976). El tono es muy distinto al de los escritos de los años cincuenta y sesenta; los peores vaticinios se han concretado y el autor habla de la destrucción de la universidad -es decir de la  que se construyó desde 1955- por obra primero de la politización facciosa e intolerante,  y luego por la represión autoritaria. Reclama salvar lo mínimo de una universidad inevitablemente politizada: la libertad, la convivencia y la insularidad, que la ponga un poco al margen de las tempestades de la sociedad. Advierte que la universidad ha cambiado mucho desde los años sesenta, particularmente por una masificación que no es cuestionable, pues corresponde al desarrollo tradicional de la sociedad aluvional. La universidad de masas debe responder a la demanda más imperiosa de la sociedad: la formación de cuadros profesionales capacitados. Con un poco menos de convicción, propone que esto no acabe con los principios de la formación humanística, que sin embargo formula de una manera diferente. En los años cincuenta se refería a un legado cultural compartido, que podía renovarse sin rupturas. En 1976 asume la radical heterogeneidad de ese legado, y la necesidad del pluralismo, de la duda y del espíritu crítico.

Esta versión de las ideas de José Luis Romero sobre la universidad es parcial y provisoria, pues está condicionada por el carácter público, polémico y ocasional de sus escritos sobre el tema. Falta lo que corresponde a su tarea de profesor, de investigador y de maestro. En su Archivo hay material de interés sobre esta faceta, y gradualmente se irá incorporando al sitio.

Textos de José Luis Romero

1945j. “Discurso del Dr. José Luis Romero”, en Universidad y democracia, Buenos Aires, Partido Socialista, pp. 25-29.

1946h. Las ideas políticas en Argentina, México, Fondo de Cultura Económica. 2ª ed, aumentada, 1956; 3ª ed., aumentada, 1975.

1946q. “Lo representativo del alma popular” [firmado: José Ruiz Morelo], en El Iniciador, nº 2.

1956b. “Defensa de la Universidad”, en La Nación, 12 de febrero.

1956c. “Discurso del Sr. Interventor Nacional”, en Revista de la Universidad de Buenos Aires, 5ª época, año 1, nº 1, enero-marzo. Incluido en 1980h.

1964b. “Inauguración de cursos en la Facultad de Filosofía y Letras” (de la Universidad de Buenos Aires), en Gaceta de la Facultad de Filosofía y Letras.

1956f. “Informe del rectorado” [de la intervención en la UBA], en Revista de la Universidad de Buenos Aires, 5ª época, año 1, nº 1, enero-marzo.

1956i. “La Reforma Universitaria y el futuro de la Universidad argentina”, en Federación Universitaria de Buenos Aires, 38º aniversario de la Reforma, Ed. de la Federación.

1958a. “La extensión universitaria”, en Revista de la Universidad de Buenos Aires, 5ª época, año 3, nº 2, abril-junio. 

1961b. “Humanismo y conocimiento del hombre”, en Revista de la Universidad de Buenos Aires, año 6, nº 3, julio-setiembre. Incluido en 1988.

1976c. “Los grandes temas de la Universidad”, en Perspectiva Universitaria, nº 1, noviembre.

1977a. “La figura de Alfredo Palacios” (1975), en Redacción, vol. 5, nº 51, mayo.

1978d. “El ensayo reformista” [1971], en Perspectiva Universitaria, nº 5, setiembre. 

Textos sobre José Luis Romero

Acha, Omar: “José Luis Romero: la Universidad y la Reforma Universitaria”, en Espacios de Crítica y Producción, nº 24, diciembre de 1998-marzo de 1999.