¿Qué queda del 80?. 1976


Romero, José Luis. '¿Qué queda del 80?', en La Opinión, Suplemento La opinión Cultural , Buenos Aires, 19 de diciembre de 1976.*

1. Sobre el “proyecto de la Generación del Ochenta”. Si la palabra proyecto se entiende como un plan orgánico, formalizado, y cuya puesta en marcha se prevé a través de ciertos pasos sucesivos o concurrentes —como en el caso de los llamados “planes” quinquenales o trienales—, parece evidente que la Argentina, en la década del 80, no conoció nada semejante. Si, por el contrario, por proyecto se entiende nada más que un plan genérico, con objetivos claros pero sin precisión, coherente en la medida en que se ajustaba a una situación real —nacional e internacional— bien definida, y cuya ejecución parecía fácil a través de un conjunto de medidas sociales, económicas, financieras y políticas, entonces puede decirse que los hombres que rodearon, aconsejaron y siguieron a Roca tenían un proyecto para conseguir que el pais progresara económicamente, llegara a ser muy rico, constituyera una sociedad abierta en la que todos —nativos e inmigrantes — pudieran lograr una posición, para que de ese modo la Argentina alcanzara la grandeza a la que parecía predestinada. Otros objetivos subsidiarios podrían enumerarse: la realización de las obras de infraestructura necesarias para poner en marcha el proyecto económico, la preparación de los instrumentos legales para el mismo fin, la organización de la instrucción pública, de servicios hospitalarios, etc. Fueron medios coadyuvantes para alcanzar esos fines la campaña del desierto y la conservación del poder político en pocas manos.

Todo hace pensar que el proyecto genérico del círculo que encabezó Roca no fue elaborado metódicamente por un conjunto de hombres de gabinete dedicados a profundas investigaciones. Fue el resultado de muchas observaciones dispersas, de una larga experiencia de gobierno y, sobre todo, de una tendencia manifiesta en el grupo social que detentaba el poder político y 1a tierra para intensificar la producción agropecuaria al compás de las demandas del mercado internacional. Esa tendencia correspondía a las que predominaban por entonces en Europa y Estados Unidos: parecía probada y sin riesgos. Comprobado el consenso entre los interesados, la discriminación de los medios para convertirla en una política no fue difícil en la “era del progreso”.

2. No es difícil nombrar las principales cabezas de ese movimiento: Roca, Pellegrini, Juárez Celman y tantos otros que ejercieron funciones públicas constituyeron esa vanguardia. Pero sí sería difícil enumerar todos aquellos que prestaron su acuerdo tácito y, más aún, todos los que cumplieron misiones parciales o especializadas gracias a cuyos frutos se pudieron alcanzar buenos resultados prácticos de la tarea común. En cuanto a sus fuentes de inspiración, resulta obvio que están radicadas en los países que realizaban la invitación a producir para sus mercados. Para ellos, la economía liberal era la garantía del progreso. Y se la proponían a los países productores de materias primas aunque ellos no siempre se atuvieran a esos principios.

3. Para 1880 la distribución de la riqueza y del poder seguía siendo la tradicional. El proyecto genérico para el progreso del país fue elaborándose en las mentes de quienes controlaban el poder y la riqueza. No podía ser de otra manera. Si puede alegarse —y hay quien lo hace— que el proyecto era, en el fondo, democrático, es porque entrañaba una extensísima apertura de posibilidades de ascenso social y porque la preocupación por la instrucción pública robustecía esa tendencia. Pero es innegable que los mayores beneficios debían ser para los poseedores de la tierra. El divorcio entre los poseedores de la tierra y los poseedores del poder político no se produce hasta el triunfo del radicalismo en 1916. Pero tanto los radicales como los socialistas vieron con buenos ojos el proyecto progresista de los grupos que, sin duda, constituían una oligarquía. Y, a la distancia, parecería que no se equivocaron. La Argentina operó un despegue económico, adquirió la infraestructura de un país moderno, robusteció su sociedad mediante el aporte inmigratorio y echó las bases de un estado eficaz situado a la cabeza de un orden jurídico vigoroso y sostenido por toda la sociedad. Quizá era lo más a que podía aspirar la Argentina anterior a 1880, y pedirle otra cosa hoy parece un devaneo anacrónico.

4. Los logros fundamentales fueron de carácter económico: hubo un extraordinario crecimiento de la producción. Pero no se debe olvidar la estructura de servicios que se pudo incorporar al país, y que es la que aun hoy lo sostiene. Desde el punto de vista social, las consecuencias fueron importantes: el país adquirió su actual fisonomía, caracterizada por una extensa clase media , una considerable movilidad social y un gran desarrolla urbano. Se podrá opinar acerca de si todo eso es bueno o no: pero eso es cuestión de patrones. Lo que es indudable es que la Argentina tenía ya a fines del siglo pasado ciertos caracteres de país moderno que, prácticamente, no habían alcanzado otras naciones latinoamericanas. Para un país con esa estructura social hubo un cuerpo legislativo muy significativo y apropiado, y una estructura educacional adecuada a la concepción de la época en todo el mundo, ni mejor ni peor: instrucción obligatoria hasta los catorce años, y luego educación media y superior para las clases altas, que en la Argentina, por cierto, se convirtió rápidamente en patrimonio de las clases medias. El saldo no parece ser desfavorable. El nivel de la cultura media fue bastante alto y no faltaron crestas individuales de justo relieve.

5. La situación internacional influyó mucho, decisivamente. A la luz de ciertas concepciones eso es criticable; pero yo estoy convencido de que no podía ser de otra manera. Si se consideran las alternativas posibles de los países descolonizados desde la Segunda Guerra Mundial, se verá que la Argentina no tenia muchas opciones después de 1860.

6. Puesto que el proyecto era genérico, y no específico, [hoy] quedan en pie buena parte de sus tendencias generales aunque hayan caducado algunos de sus aspectos coyunturales y algunos mecanismos de aplicación. La aspiración a la grandeza nacional sigue siendo un programa genérico. Cómo lograrla, seguramente tiene que plantearse ahora de otro modo. Lo mismo vale para el desarrollo de la infraestructura de la educación y tantas otras cosas. Pero lo importante no es si queda algo por cumplir de lo que preveía aquel proyecto genérico. Lo importante es, precisamente, desprenderse de la interpretación de la realidad nacional que había detrás de aquel proyecto, porque creo que lo peor que le está pasando a la Argentina es que la seguimos intepretando con esquemas viejos derivados de una situación sobrepasada. Y ahora, lo importante, es abarcar con una mirada totalizadora el conjunto de la situación actual, quizá creada en parte por la aplicación del proyecto genérico de la generación del 80, pero constituida sobre todo por innumerable cantidad de problemas nuevos, insospechados para nuestros padres o nuestros abuelos, y que en parte derivan del desarrollo interno del país pero que derivan también de la nueva situación del mundo.

7. En términos de “historia-pronóstico”, lo deseable sería no exactamente que se constituyera una elite como la del 80 —porque en cierto modo existe virtualmente—, sino que se galvanizara de modo tal que sus distintos grupos dejen de pensar en términos sectoriales y se incorporen en una visión global y totalizadora. Hay muchos prejuicios que vencer, mucha miopía que corregir, mucha falta de perspectiva que sobrepasar. La Argentina necesita mucha imaginación, como la que pusieron en funcionamiento los hombres de la generación de Caseros o los del 80. También necesita un poco más de audacia para utilizar todas las fuerzas que tiene la sociedad argentina. Y acaso un poco menos de miedo a los riesgos del crecimiento, que siempre ha tenido un precio. Elaborar una política es encontrar el justo equilibrio entre la prudencia y la audacia.

Me abisma la última parte de la pregunta, sobre la falta de fe en el destino nacional. ¿Existe realmente esa falta de fe? ¿O es que estamos atrapados en un juego de espejos que nos impide reconocer cuál es ese destino nacional? Un destino nacional para todos los argentinos, construido por todos los argentinos, a partir del reconocimiento de quienes somos los argentinos, hoy, en 1976.

[Respuesta a una encuesta realizada por el periódico La Opinión sobre el proyecto de la Generación del Ochenta. ]

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