Austria y Europa. 1955

Con la firma del tratado de paz suscrito entre Austria y las potencias que ocupaban su territorio desde 1945, finaliza una etapa dolorosa y difícil de la historia austríaca. Ocupado el país por los nazis en marzo de 1938, sobrellevó sus penurias con entereza. Acaso también con desesperanza. La República austríaca, creada por el Tratado de Saint Germain después de la Primera Guerra Mundial, se ha desenvuelto desde entonces en medio de las mayores dificultades económicas, sociales y políticas, como si no hubiera podido adecuarse al empequeñecimiento de su territorio y su destino. Mientras fue independiente estuvo constreñida por la estrechez de sus recursos y se vio sumida en una dura lucha de grupos y partidos que en ocasiones alcanzó caracteres trágicos. Viena perdió poco a poco su atmósfera finisecular, atmósfera de optimismo y confianza, espiritualidad y regocijo; saturada de recuerdos imperiales, colmada de encantos hechos a un tiempo de hondura y frivolidad, comenzó a tornarse la ciudad de la desesperanza, la que Graham Greene descubrió en «el tercer hombre». Ya era así cuando la ocuparon las fuerzas de Hitler, y lo fue cada vez más a medida que trabajaron el ánimo de sus habitantes la guerra, la derrota y la ocupación.

Desde 1945 el territorio austríaco estuvo dividido en cuatro zonas, ocupada por fuerzas de cada una de las cuatro potencias aliadas vencedoras, y Viena resumió las angustias de todo el país soportando la vigilancia de tropas en cuatro uniformes que se desconfiaban recíprocamente y que, por el temor o la necesidad multiplicaban el peso siempre opresivo de la autoridad extranjera. Más de una vez creyó Austria, en los últimos años, que recobraría su soberanía y comenzó a acariciar la ilusión de lograr pronto con ella no solo su histórica dignidad, sino también el sosiego y el bienestar que anhelaba. Pero sus esperanzas fueron defraudadas en ocasiones sucesivas y se la consideró como un peón en un tablero en el que se entreveraban preocupaciones que le eran ajenas pero que interesaban más que su propia suerte a aquellos de quienes dependía su destino. Solo cuando se descubrió su posible neutralidad como prenda de equilibrio en el turbulento mar europeo, llegaron los ocupantes en su territorio a un acuerdo acerca de su independencia. Con exquisita e intencionada bonhomía, el gobierno de Moscú decidió restaurar la esperanza austríaca ofreciendo remover los obstáculos que él mismo había puesto en el camino de los acuerdos. Así, al cabo de diez años de ocupación, Austria ha experimentado el júbilo de ver reconocida su independencia y acaso dentro de muy poco tiempo vuelva a ser dueña de sus propios destinos.

Sus perspectivas son confusas. Parecería que sus recursos, estimulados primero por los alemanes y luego por el plan Marshall, fueran ahora mayores que en la época anterior a 1938. Pero han de constituir una carga pesada los pagos que se ha obligado hacer a la Unión Soviética y los gastos que le demandará el sostenimiento de sus propias fuerzas terrestres y aéreas. Con todo, la satisfacción que han experimentado los austríacos con motivo de la firma del tratado de paz revela que han recuperado su fe, y es de esperar que puedan sobreponerse a las responsabilidades que entraña la soberanía.

Toda Europa -y con ella el mundo entero- acompaña a Austria en su regocijo. Y no solo por la satisfacción que proporciona ver cómo se desvanece al fin una situación terriblemente injusta, sino también porque su caso constituye un signo de cierto cambio alentador en la situación mundial. Mientras se discutían los últimos detalles del tratado de paz, los cancilleres de las cuatro grandes potencias han convenido, en principio, en la realización de una conferencia de jefes de gobierno, a la que seguiría otra más externa de ministros de Relaciones Exteriores. Por lo demás, no son los únicos elementos de juicio que autorizan a pensar en la realidad actual de aquel cambio.

En efecto, tan peligrosa como pueda ser la consolidación de los bloques, es innegable que el tratado que acaban de suscribir los ocho países del grupo oriental está redactado en términos que permiten la prosecución y el ahondamiento de las conversaciones. Sin duda se formaliza la alianza política y militar que esos países tenía ya constituida, estableciéndose, además, el comando único. Pero no son desdeñables las disposiciones que constan en el tratado acerca del desarme, de los propósitos pacifistas y del mantenimiento de los principios que inspiran la carta de Naciones Unidas. Tales disposiciones no tienen, naturalmente, otro valor que el de meras declaraciones. Pero si se piensa que sustituyen a enunciados de carácter general que podrían ahondar el abismo existente entre los bloques, debe reconocerse que manifiestan un estado de ánimo dispuesto a aceptar el diálogo.

Y los términos de este parecen aclararse poco a poco. La Unión Soviética espera que la solución del caso austríaco sirva de modelo para otros acuerdos o, al menos, para otros planteos. En lugar de proseguir cada uno de los bloques sus gestiones para acrecentar el número de sus aliados, se trataría de consolidarlos en su estado actual y aun de disminuir su alcance en alguna medida, concediendo a los demás países un «status» de neutralidad. Con respecto a la posible aplicación de este criterio a una Alemania unida, acaba de manifestar el primer ministro francés, Sr. Faure, que el proyecto es utópico; pero no ha dejado por eso de seducir a muchos a quienes alarma la situación alemana, por los peligros que entraña y las inquietudes que ha de producir. Muchos franceses muéstranse entusiasmados ante la perspectiva de eliminar el riesgo de una nueva agresión alemana, sobre la base de cierta garantía de toda Europa, como resultaría ser el acuerdo entre los bloques para mantener la neutralidad alemana. Inglaterra, por su parte, ha propuesto hacer en Alemania el ensayo de desarme. Y no es inverosímil que los socialdemócratas, que tanto reprochan al Dr. Adenauer haber comprometido a la República Federal en la alianza occidental, se manifiesten bien dispuestos en el fondo a cualquier solución que asegure la unificación alemana, de la que han hecho el fundamento de su política.

De cualquier manera, tarde o temprano se abordará el tema, pues la neutralización de ciertas partes del mundo parece ser una de las pocas esperanzas que quedan para evitar que los bloques, ya consolidados, se repartan el universo y acrecienten sus posibilidades de conflicto. En tal sentido tiende a concretarse la opinión del Sr. Nehru, que confía en la formación de un anillo neutral compuesto por Albania, Yugoslavia, Austria, Alemania, Finlandia y los Países Escandinavos, como garantía para el mantenimiento de la paz.

Entretanto y mientras se prosiguen las gestiones para la solución del problema del estrecho de Formosa, la Unión Soviética, dedicada ahora de lleno al problema europeo, parece haber iniciado sus esfuerzos para dar un segundo paso en el plan de una neutralización de aquel tipo al anunciar la visita de los Sres. Khrushchev y Bulganin a Belgrado para conversar con el mariscal Tito, y todo hace suponer que, pese a los acuerdos existentes con los países occidentales, el gobierno yugoslavo está dispuesto a escuchar con la mayor atención a la delegación soviética.

Es imprevisible la actitud que han de adoptar los países interesados y los bloques como conjunto frente a la tentativa que nos ocupa, pero es innegable que el problema de Austria era, fundamentalmente, un problema europeo, y que su solución solo ha sido alcanzada como parte de un plan más vasto y de mayor trascendencia.