¿Cambio en la política soviética? 1955

No es aventurado suponer que las últimas manifestaciones de la política soviética confirman la existencia de una transformación profunda de las direcciones predominantes en la época de Stalin. La intransigente prepotencia y el dogmatismo inflexible que caracterizaran la conducción de la política rusa durante los diez años que han seguido a la conclusión de la guerra parecen haber sido reemplazados por una mayor ductilidad teórica y práctica, aconsejada sin duda por las circunstancias internas tanto como por las presiones exteriores. Una desusada actividad en diversos frentes diplomáticos muestra a la Unión Soviética desviviéndose por alcanzar soluciones pacíficas para viejos problemas internacionales, algunos de ellos creados, directa o indirectamente, por la intemperancia de su propia política. Tras la benévola actitud demostrada en Viena y la relativamente flexible que puso de manifiesto en Varsovia, la Unión Soviética se prepara para discutir puntos trascendentales de su estrategia tradicional con el Sr. Nehru, que visitará en breves días a Moscú, mientras sus representantes se preparan en Londres para acordar la paz con el Japón. Parecería -y así ha sido señalado por algunos observadores- que existe cierta premura por resolver viejos problemas pendientes, cuyos planteos correspondieron a concepciones generales que o no comparten ya las autoridades soviéticas o les parecen excesivamente peligrosas. Dentro de ese plan, la visita de la delegación soviética a Belgrado constituye un fenómeno de la mayor importancia.

Vinculado a los planes pacifistas del Sr. Nehru, cuyo desarrollo prosigue con admirable tenacidad, el mariscal Tito tenía -y mantiene, según todo hace presumir- una posición singular dentro del panorama internacional. Decidido sostenedor de las soluciones socialistas, rompió con la Unión Soviética a mediados de 1948 a causa de ciertas situaciones que considero incompatibles con la soberanía de su país y el prestigio y autoridad del Partido Comunista yugoslavo. Desde ese momento, y con innegable discreción, se acercó a las potencias occidentales, ajustó sus relaciones económicas con ellas, buscó y ofreció soluciones para el problema de Trieste y viajó a Londres en visita oficial. Al mismo tiempo estrechaba sus relaciones con el señor Nehru, a quien visitó en su país, y precisaba sus puntos de vista mediante contactos personales con otros estadistas, fuera el teniente coronel Nasser, de Egipto, o el Sr. Gerstenmaier, de Alemania. De este modo, el mariscal Tito ha llegado representar, por la fuerza de las circunstancias y por la gravitación singular de su política, un puente natural entre dos áreas que han ido separándose poco a poco y han llegado creer que constituyen dos ámbitos políticos y culturales inconciliables.

Acaso esa circunstancia sea la que ha dado particular significación a la visita a Belgrado que acaban de llevar a cabo los funcionarios y políticos soviéticos. Sin duda era propósito de los visitantes tratar de acercar de nuevo a sus filas al mariscal Tito; aunque seguramente no creyeran en la posibilidad de que se incorporase ya al pacto de Varsovia recientemente establecido, todo hace suponer que les parecía posible una aproximación notable por la vía de la reconciliación entre los partidos comunistas, razón esta que explicaría la extraña precedencia concedida al Sr. Khrushchev sobre el jefe del Gobierno, mariscal Bulganin. Junto a esa finalidad, constituía otro de los propósitos del viaje el reafirmar la posición yugoslava ajustándola al tipo de neutralidad que la Unión Soviética ha concebido en los últimos tiempos como favorable a su propia estrategia. Pero de todos los móviles que han llevado a la conferencia de Belgrado, acaso el más importante sea el de hallar en el mariscal Tito el expositor objetivo y comprensible de la política occidental y el expositor fiel de los designios soviéticos. Para lograr esta semialianza, los negociadores rusos no han vacilado en reconocer la validez de las realizaciones socialistas del régimen yugoslavo, al que Moscú -por la poco disimulada vía del Cominform- acusara en 1943 con términos descomedidos y al que hoy ofrece la sorprendente satisfacción de enviarle en delegación los personajes más representativos del régimen. Es fuerza suponer, pues, que el gobierno soviético juzga elemental el restablecimiento de las relaciones con el de Yugoslavia, y espera de ellas algo fundamental para su política.

Si el alcance de la rectificación soviética es accesible a través del discurso pronunciado por el Sr. Khrushchev al llegar a Belgrado el 26 de mayo, las proyecciones del acuerdo logrado parecen menos visibles a la luz de las declaraciones suscritas por ambas partes. La rectificación soviética constituyó un acto de autocrítica -como los usuales dentro del Partido Comunista-, pero con la peculiaridad de que se eligió como responsable al ex jefe de la policía secreta Lavrenty Beria, aun cuando parece claro que la influencia predominante en aquel episodio -que tuvo estado público en una reunión del Cominform celebrada en Rumania- fue la del Sr. Zhdanov, por entonces alto funcionario de la oficina de política exterior del Kremlin. Admitida la responsabilidad rusa del episodio, se despejó el camino para fijar en la declaración final el principio de que son legítimas las diversas formas de realización del socialismo, lo que sin duda compromete gravemente las relaciones de la Unión Soviética con los países situados detrás de la «cortina de hierro» y con los partidos comunistas de todo el mundo.

En efecto, la influencia soviética se manifiesta, como es obvio, a través de los partidos comunistas. Pero es curioso que la Unión Soviética haya consentido formular aquella manifestación precisamente en circunstancias en que el Sr. Nehru -con quien las vinculaciones del mariscal Tito son conocidas- declara que la existencia del Cominform constituye un obstáculo sustancial para el mantenimiento de la paz, uno de cuyos principios es, en opinión del estadista indio, la prescindencia total de cada país en la política exterior de los demás. Este concepto fue destacado en las declaraciones que el Sr. Nehru suscribió con el Sr. Chou En-lai, primero, y con el mariscal Tito, después, y recibió su consagración en la conferencia de Bandung. Su aceptación por la Unión Soviética significaría una revisión fundamental de su política y una modificación profunda de la situación en algunos países.

Tal vez la Unión Soviética esté dispuesta a aceptarla y acaso también se disponga a dar otros pasos para disipar la atmósfera internacional. Una vez comenzada la revisión de la política de la era staliniana, es verosímil pensar que deban preverse planteos que en su momento no comportaban mayor peligro, pero que en la actualidad están llenos de riesgos para la Unión Soviética. Si así fuera, la firmeza de las organizaciones defensivas del mundo occidental permitiría ir ofreciendo progresivamente la posibilidad de tales revisiones. Es así probable que algún día parezca esta amenaza de hoy un peligro superado, un absurdo fantasma erigido sobre equívocos y simplismos y que estuvo a punto de provocar una catástrofe irreparable.