El frente diplomático. 1955

La larga batalla que se viene sosteniendo entre las potencias occidentales y orientales ha dado lugar en los últimos días a algunos escarceos que ilustran sobre las posiciones de los distintos combatientes del frente diplomático. Posiciones realistas todas, dejan ver las diversas posibilidades que todavía encierra el conflicto, como si aún no estuvieran agotadas las posibilidades del juego. Y mientras se afirman unas, otras se debilitan. Precisamente aquellas que hace muy poco tiempo parecían más sólidas.

Todo hace suponer que la diplomacia soviética ha perdido la iniciativa que conservara durante tantos años a partir de la conclusión de la guerra. Sus repentinas e inesperadas posturas de antaño, destinadas a operar apresuradas conversiones en la diplomacia occidental, se repiten ahora con menos vigor y originalidad y, sobre todo, como reacciones a planteos que no le son propios. Utilizó en un tiempo el gobierno del Kremlin todos sus recursos para proyectar hacia el exterior sus propias decisiones, interfirió el normal mecanismo de las decisiones internas de cada país con las actitudes de sus propios partidarios y dejó entrever su decisión de utilizar la fuerza cuando su libre arbitrio lo resolviera. Todo eso, hasta hace muy poco tiempo; pero cada vez menos ya. Y finalmente, ha comenzado a esgrimir la amenaza de retraer sus fuerzas, de cerrar las filas de los ya convencidos o dominados, de oponer un bloque cerrado al bloque enemigo, del que ve formar parte a muchos a quienes creyó que podría atraer. Tal parece ser la característica dominante de la diplomacia soviética en los últimos tiempos, tan diferente de la de antaño.

Esos rasgos se advierten en las últimas proposiciones del gobierno ruso, tanto en lo que se refiere a la comunicación de las conquistas realizadas en el campo de las investigaciones atómicas como en lo que concierne a las relaciones con la República Federal Alemana. No se necesita excesiva perspicacia para adivinar que el gobierno de Moscú considera perdida la partida, y que -salvo imprevisibles acontecimientos- los pactos de París serán ratificados por el Parlamento de Bonn y cobrarán finalmente fuerza de hecho. La decisión de Gran Bretaña y el ascendiente de los Estados Unidos compensan las incertidumbres de la opinión en algunos países europeos, de modo que la estructura defensiva del mundo occidental comienza a cobrar el aspecto de una organización sólida. Ante este espectáculo, el Kremlin ensaya las últimas fintas: amenaza denunciar los tratados con Francia y los Estados Unidos, señala presuntas violaciones a las convenciones de Ginebra, y tienta a los alemanes con promesas acerca de la unificación y las elecciones libres. Pero sus palabras han perdido peso y parecen repetir fórmulas cuyo valor ya ha sido juzgado. Son las últimas fintas.

La última de todas es la amenaza que ha empezado a repetir el gobierno soviético con dramática reiteración desde la conferencia de Moscú: la de cerrarse a todo esfuerzo de aproximación, la de renunciar a la «coexistencia pacífica», y dedicar sus esfuerzos a prepararse para responder eficazmente a la presunta agresión que dice esperar de las potencias democráticas. El tono de esa finta no es ya soberbio y provocativo, sino más bien sombrío. El aislacionismo ha sido una tendencia de la política rusa durante mucho tiempo, y acaso ha comenzado a predominar en algunos de los cerebros que dirigen esa política. Pero es innegable que la euforia de la revolución mundial está a punto de extinguirse y por el momento empieza a reemplazarla un resentimiento profundo.

Por su parte, el Sr. Mendès-France parece no creer en el retraimiento de la Unión Soviética y confía en que dentro de poco se reanudarán las conversaciones sobre bases más sólidas. Sus entrevistas con los Sres. Scelba y Adenauer han tenido por objeto cambiar impresiones sobre el «pool» europeo de armamentos, para perfeccionar los acuerdos concluidos en París y asegurar un perfecto control de la producción de armas capaz de disipar los temores franceses frente a un posible rearme alemán. Pero el Sr. Mendès-France da por admitido que más tarde habrá conversaciones con la Unión Soviética y desea que el coloquio encuentre a los países occidentales fuertemente unidos, porque ya son visibles las ventajas de esa política. Espíritu realista, seguramente cree que el aislacionismo soviético es impracticable y que no pasa de ser una declaración nacida del despecho. Puede creerse que Francia y Gran Bretaña darán los pasos necesarios para facilitar al gobierno de Moscú una salida elegante para un retorno al terreno diplomático, en el cual las potencias occidentales tendrán ahora una posición más cómoda y firme que antes.

Esa firmeza proviene de los pactos militares. Pero el gobierno de los Estados Unidos ha comprendido que esos pactos no bastan. Eran el primer paso, el paso imprescindible; pero debe ser seguido de otros que le den verdadera firmeza. «En la lucha mundial entre las fuerzas de la libertad y del comunismo -acaba de decir el general Eisenhower en su mensaje al Congreso del 10 del actual- hemos reconocido sabiamente que la seguridad de cada nación libre depende de la seguridad de todas las demás naciones del mundo libre. El grado de esa seguridad depende, a su vez, del poderío económico de todas las naciones libres, porque si carecen de suficiente poder económico no pueden sostener las instituciones militares necesarias para prevenir la agresión armada comunista. El poder económico es indispensable también para que puedan protegerse contra la subversión comunista interna». De acuerdo con este punto de vista, convencidos de que la alianza militar está asegurada, los Estados Unidos han echado las bases de un programa de política económica exterior de vasta trascendencia para estimular la riqueza de los países que los acompañan en su oposición a la hegemonía soviética.

Parecería que los Estados Unidos no confían en ninguna clase de acuerdo con el bloque oriental y que sus planes se basan exclusivamente en el principio de robustecer sus fuerzas para obligar a la Unión Soviética a una prudente retirada. Tal ha sido el resultado de la experiencia. Tras haber soportado la iniciativa diplomática y militar de Rusia, han logrado recuperarla con innegable energía y se apresta a llevar su plan hasta sus últimas consecuencias.

Acaso la fuerza del bloque occidental dependa, sin embargo, de la sabia combinación que supone la alianza entre la posición radical de los Estados Unidos y la política flexible de algunos países europeos. Esa combinación ha funcionado perfectamente durante la conferencia de Ginebra. Es de esperar que siga dando frutos y que, finalmente, permita hallar una fórmula de «coexistencia pacífica»