En torno a la conferencia de los cuatro. 1955

El optimismo que despertó originariamente el anuncio de que se reuniría en breve plazo la conferencia de jefes de gobierno ha dejado paso en los últimos días a cierta incertidumbre. La buena voluntad que se presumía y la decisión de aplicarla al caso concreto de las deliberaciones entre los jefes de Estado parecen ahora menos evidentes que hace dos semanas, hasta el punto de que se ha comenzado a dudar del éxito de la reunión. En efecto, el gobierno soviético ha desencadenado una nueva ofensiva contra los Estados Unidos que no parece concordar con la insinuada buena voluntad ni puede estar destinada otra cosa que crear obstáculos para la futura conferencia.

El temario de la reunión -prevista en principio para julio próximo- comprende fundamentalmente los problemas europeos. Las dificultades que entrañan son, sin duda, considerables, y la desconfianza recíproca obliga a cada una de las partes a extremar sus precauciones para no ceder un paso sin adoptar las garantías pertinentes. Pero quizá se ocupe también de problemas asiáticos. Así acaba de insinuarlo el ministerio de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña, comprometido en alguna medida en la ardua gestión que se realiza en estos momentos para lograr una aproximación entre Washington y Pekín. A la mediación del gobierno de la India se agrega la de otros países -los del Báltico, Birmania, la misma Inglaterra- y es posible que poco a poco se creen las condiciones favorables para que los gobiernos de China comunista y los Estados Unidos diluciden la candente cuestión del estrecho de Formosa.

Pero aunque Gran Bretaña lleve ese problema la conferencia de los jefes de gobierno, los temas fundamentales serán en ella los que se relacionan con la situación europea, que la Unión Soviética ha encarado en los últimos tiempos con interés vivísimo y con cierta novedad en los planteos. Las potencias occidentales han tomado nota cuidadosamente de las nuevas actitudes que se manifiestan en la diplomacia soviética. Suponen que provienen, en parte, de las condiciones críticas por que atravesaría el bloque comunista, cuya economía no solo no satisface las necesidades de las industrias livianas y pesadas, sino que no estaría en condiciones de soportar los preparativos para la guerra termonuclear. Pero están convencidas también -y así acaba de manifestarlo categóricamente el señor Dulles- de que proceden en cierta medida de la firmeza con que los países democráticos han enfrentado los últimos tiempos al bloque soviético, actitud de la cual consideran el primer fruto la independencia de Austria. Esta certidumbre parece mover a los gobiernos occidentales a perseverar en su línea de conducta, negándose a cualquier concesión unilateral.

Desde tal punto de vista ha comenzado a generalizarse la opinión de que es inadmisible el presunto proyecto soviético de crear una vasta zona neutral en Europa. Aunque acaso inspirado por el Sr. Nehru, el plan ha sido acogido por la Unión Soviética y se supone que será lanzado por ella en la conferencia de las cuatro potencias. Podría argumentarse largamente en favor de dicho plan desde el punto de vista teórico, pero es innegable que su éxito requiere una base de buena fe que no parecen sustentar por ahora las relaciones entre los dos bloques. En consecuencia, las potencias occidentales lo juzgan irrealizable y suponen que, de ponerse en práctica, redundaría exclusivamente en beneficio de la situación política y militar de la Unión Soviética en Europa.

Hay que señalar, sin embargo, que la primera impresión que causó el plan de neutralización de una zona divisoria entre los dos bloques fue más bien favorable. Solo a medida que se calculaban los riesgos posibles en el caso de que no se obrara de buena fe se ha ido desechándolo poco a poco, hasta rechazarlo categóricamente. El caso de Alemania, del que se cree fundadamente que sería traído inmediatamente a la mesa de las deliberaciones, entraña riesgos considerables y supone, en caso de que se discutiera, el debilitamiento de la Unión Europea Occidental, que tan trabajosamente acaba de constituirse. Por lo demás, Gran Bretaña ve con malos ojos una posible neutralización de Yugoslavia, que modificaría todo el sistema de seguridad en el Mediterráneo oriental. De ese modo, el proyecto no parece ofrecer a las democracias ninguna ventaja inmediata y si considerables peligros.

Pero con todo, el gobierno de Washington vio un aspecto del problema que merece ser destacado. Al admitir la posibilidad de considerar el proyecto soviético insinuó, simultáneamente, la ventaja de incluir en el temario de la conferencia de las cuatro potencias la situación de los países situados detrás de la «cortina de hierro». Si la neutralización de ciertos Estados es inadmisible porque ofrece ventajas solo a una de las partes en conflicto, su estudio simultáneo con un plan de aligeramiento del control soviético sobre los países satélites podría ser de enorme interés para las potencias occidentales. Desde el punto de vista diplomático, el plan del gobierno de Washington es no solo sutil, sino también eficaz y justo. Como se ha señalado, la neutralización de la zona prevista en el proyecto soviético crearía una situación desventajosa para las potencias occidentales, sin agregarles ninguna garantía; esta situación cambiaría si se la combinara con un reajuste del régimen político de los países que, como Checoslovaquia o Hungría, han estado antes estrechamente vinculados al occidente europeo y se encuentran ahora totalmente apartados de él.

Acaso parezca absolutamente utópica la posibilidad de que la Unión Soviética acepte el planteo que se insinúa en Washington. Pero, de todos modos, por ese o por otro camino más practicable, se piensa en los ambientes vinculados al gobierno norteamericano que ha comenzado abrirse la posibilidad de forzar la situación de los países satélites de la Unión Soviética. No sería difícil que tuviera esta, tarde o temprano, que transigir con alguna solución que canalice hacia el Occidente la producción de varios de estos países, y ya ha señalado el presidente Eisenhower que los vínculos económicos constituyen sólidos apoyos para las gestiones diplomáticas y políticas.

Entretanto, la Unión Soviética ha acusado el golpe y ha reaccionado violentamente frente al contraproyecto norteamericano, imputando personalmente en «Pravda» a algunos altos funcionarios del gobierno de Washington el querer recuperar el control de ciertos intereses en Polonia, Checoslovaquia y otros países. El agrio tono personal de la ofensiva periodística soviética revela que el planteo norteamericano posee algún fundamento y acaso cierta lejana posibilidad de éxito.

Con todo, parece prematuro pensar que la Unión Soviética pueda ya vacilar frente a situaciones que no solo comprometerían su prestigio, sino también su seguridad. Por el momento las potencias occidentales han logrado equiparar su ímpetu pero no sobrepasarlo. Queda por ver si el sutil juego de proyectos y contraproyectos no termina por neutralizar las posibilidades inmediatas de la conferencia anunciada, que, aceptada oficialmente ayer en principio por una nota soviética que repite los consabidos ataques a la Unión, todavía habrá de esperar algunos trámites de cancillería antes de llegar a cuajar en realidad.