Esfuerzos para la conciliación internacional. 1955

Aun en medio de la perplejidad suscitada por ciertos episodios, la opinión pública mundial se habrá sentido reconfortada con las perspectivas que durante la semana anterior insinuaron, a través de contradicciones y polémicas, la posibilidad de un acercamiento entre el Oriente y el Occidente. Las alternativas de los debates sobre los acuerdos de París, a veces tormentosos, y los inquietantes episodios ocurridos en los últimos meses en las costas de Asia, dejaron la impresión de que la crisis internacional crecía en intensidad y de que los términos de conciliación se tornaban cada vez más borrosos. Empero, de manera bastante inesperada, las cosas han comenzado a tomar lo que Sir Winston Churchill ha llamado «giro más amistoso», y ahora parece lícito concebir cierta esperanza acerca del estado de ánimo predominante en quienes tienen la responsabilidad de decidir entre la guerra y la paz, términos antitéticos siempre, pero cuya composición se extrema ahora por las siniestras amenazas de las armas termonucleares.

Cabría preguntarse si la aguda crisis por que acaba de pasarse ha sido aparente o real. Acaso el problema que ahora tiende a solucionarse haya sido menos grave y urgente de lo que aparentaba, y su gravedad y urgencia fueran nada más que un espejismo provocado por el deseo de cada una de las partes en conflicto de obtener una situación más favorable para la discusión. Pero si esa hipótesis fuera exacta, reconforta el ánimo ver que se comienza a salir de la zona de tormentas para empezar a navegar con cielo claro. Y aun es lícito pensar que no se dudó nunca de la utilidad de una aproximación entre Oriente y Occidente, sino que cada sector buscaba, para provocarla o consentirla, el terreno más propicio. Por eso el espíritu esperanzado prefiere no dar excesiva trascendencia a los hechos inquietantes que se abren paso a diario en la escena mundial, para asirse a los que sugieren la probabilidad de un acontecimiento que al fin cierre esta era angustiosa de agobiadora tensión internacional.

En las actuales circunstancias, la conferencia entre estadistas de las grandes potencias parece tener, júzgase, mejores perspectivas. Se admite, con mayor o menor decisión, que ha de celebrarse, y se reconoce que puede tener éxito. Para los occidentales, ha quedado cumplido el más importante de los requisitos que habían establecido como previos, pues la aprobación de los convenios de París por los parlamentos de Francia y la República Federal Alemana asegura los vínculos de su alianza. Para la Unión Soviética, en cambio, la situación es menos cómoda. Su ofensiva enderezada a impedir la ratificación de aquellos pactos se estrelló contra las mayorías parlamentarias o no logró repercutir en el ánimo de los grupos indecisos. Pero, además, las alternativas del conflicto asiático parecen haber inducido a la Unión Soviética a medir cuidadosamente su esfuerzo en favor de la China comunista, cuyos arrestos bélicos requieren el respaldo soviético. Solo si está decidida a arriesgar el desencadenamiento del conflicto mundial puede la Unión Soviética autorizar al gobierno de Pekín a proseguir sus avances, pues son notorias las resoluciones tomadas en Washington acerca del problema asiático. No es verosímil que el gobierno de Moscú esté dispuesto a asumir tal responsabilidad, que ni parece estar entre sus designios ni puede ser suficientemente apoyada con la fuerza. Además, la crisis interna por que atraviesa la Unión Soviética, y de cuyos alcances no es posible tener idea cierta, no constituye la situación más cómoda para adoptar decisiones que pueden comprometer la existencia misma del país. En consecuencia, es lógico pensar que, pese a la situación ligeramente desventajosa en que se haya, se sienta predispuesta a acceder a la invitación que las potencias occidentales comienzan a insinuar, para conferenciar acerca de los problemas concretos que separan a los dos grupos de naciones.

No hay que descontar, sin embargo, la posibilidad de que los mesurados anuncios públicos de buena disposición para un acercamiento sean la consecuencia de pacientes gestiones reservadas. Algunas han trascendido, y consta que la India, una vez más, ha aceptado la difícil mediación, a lo que no obstaría la posición de crítico implacable que ha asumido en los últimos días el Sr. Nehru.

El tono de ciertas declaraciones permite así suponer que las gestiones están más avanzadas de lo que se manifiesta públicamente. Existe sin duda la decisión de realizar la conferencia; solo quedan en pie las cuestiones suscitadas en el seno mismo de las potencias occidentales. Algunas puramente formales y otras, desgraciadamente, de cierta profundidad.

La más importante es sin duda la de los criterios encontrados que se manifiestan dentro de los grupos gobernantes de los Estados Unidos. El presidente Eisenhower, que ha restado alguna importancia a la amenaza de la guerra en Asia, había expresado categóricamente en diversas oportunidades que la reunión de una conferencia de jefes de gobierno exigía que, previamente, demostrase la Unión Soviética con hechos su decisión de solucionar los problemas planteados: la unificación de Alemania y Corea y la situación de Austria. Además, su gobierno aclaró que se opondría a cualquier reunión antes de la ratificación de los acuerdos de París.

Ahora bien, en la última semana se han advertido ciertos síntomas de que la reticencia frente a las posibilidades de una conferencia de jefes de gobierno ha comenzado a disiparse. Mientras algunos sectores deseaban la publicación de los documentos de Yalta para demostrar, según se dice, la inutilidad de las negociaciones con la Unión Soviética, y sostenían la necesidad de evitar toda transacción, otro grupo, cuya cabeza visible ha sido el senador demócrata George, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, acaba de afirmar que ha llegado el momento de hacer un esfuerzo para evitar la guerra, convocando una conferencia de jefes de gobierno.

El presidente Eisenhower se ha manifestado de acuerdo con el senador George, pese a la declaración que en sentido inverso hizo poco antes el senador Knowland, y su decisión acaba de ser ratificada expresamente por el secretario de Estado, Sr. Dulles. Sin duda, la opinión de los que juzgan preferible la paz ha concluido por prevalecer, pero queda la inquietud de si no lograrán nuevos triunfos quienes la consideran peligrosa.

La decisión del presidente de los Estados Unidos ha sido acogida con regocijo, sobre todo tras la duda que dejó en el ánimo de muchos el discurso de Sir Winston Churchill de principios de marzo, del que parecía deducirse que el general Eisenhower no deseaba la convocación de una conferencia de jefes de gobierno. Ahora se sabe que la desea, y que no solo comparten su opinión los gobiernos de Francia y Gran Bretaña, sino el propio mariscal Bulganin, que acaba de declarar que mira con buena disposición de ánimo la sugestión del gobierno de Washington. Entretanto, el canciller austríaco prepara su viaje a Moscú y si determinados aspectos del momento internacional -como la situación de Berlín- sugieren la cautela, los recientes discursos de Sir Anthony Eden, en el Parlamento y fuera de él, con su plan de reuniones previas escalonadas, al parecer finalmente aceptados por Churchill (altos funcionarios, ministros de Relaciones Exteriores, jefes de gobierno), dan la idea de un firme progreso del pensamiento esencial. Todo induce, pues, a creer que la conferencia final ha de realizarse, y de que cuando comience estará en el ánimo de todos los participantes el deseo de llegar a una solución de paz.

Solo quedan por resolver problemas marginales, porque parece necesario evitar los pasos en falso. Pero no son ellos los que dificultarán la realización de la esperada entrevista. Lo que realmente se requiere es que predomine la convicción de que es posible negociar sin entregas ni debilidades, y que la paz merece el sacrificio de buscar apasionadamente una fórmula que permita la coexistencia pacífica.