Estrategia y política. 1955

Aparentemente, las actitudes de Gran Bretaña y los Estados Unidos frente a los graves problemas internacionales que deben afrontar difieren en algunos puntos fundamentales. Durante las últimas semanas esa diferencia de criterio acerca de las perspectivas de la guerra termonuclear y de los problemas de Asia alcanzó un punto de relativa gravedad. Los diplomáticos británicos dieron a entender que no cejarían en la defensa de sus opiniones, en tanto que el secretario de Estado norteamericano reiteraba los términos en que su gobierno plantea las cuestiones candentes. Al producirse la conferencia de Bangkok y las visitas a diversas capitales asiáticas de los señores Eden y Dulles, se tuvo, empero, la sensación de que los puntos de vista de ambos gobiernos comenzaban aproximarse, y acaso a estas horas se haya hallado una fórmula dentro de la cual quepa lo fundamental de ambas posiciones, pero ajustado a un planteo común y, en parte, transaccional.

En términos generales, puede afirmarse que la actitud norteamericana se caracteriza por un predominio de las preocupaciones estratégicas, en tanto que la de Gran Bretaña revela una preferencia por los planteos políticos. Estos matices se vienen manifestando desde hace tiempo y, en general, han logrado complementarse en más de una ocasión. Los Estados Unidos conocen su responsabilidad y saben que sobre ellos recaerá la tarea de afrontar de manera inmediata cualquier situación militar que sobrevenga en algunas de las zonas de rozamiento. Es natural, pues, que en las decisiones de su gobierno prevalezcan con frecuencia las opiniones, las reservas y las decisiones del Estado Mayor. Para Gran Bretaña, en cambio, el problema de Asia es una vieja cuestión con la que están muy familiarizados muchos de sus estadistas, cuyo actual avatar debe entenderse y afrontarse siguiendo una línea cuyos primeros trazos se ocultan en una historia casi remota y cuyos puntos suspensivos prometen una curva ondulante. La vocación política británica no es la rigidez. En ocasiones supo adoptarla, y confió a la Real Armada sus gestos de intransigencia. Pero ahora, sin declinar del todo sus deberes bélicos, prefiere cada vez más ceder la iniciativa militar a los Estados Unidos y acentuar su posición de rectora de los planteos políticos. Se trata de dos actitudes diversas, pero complementarias.

Si hay algo en que coinciden todos los británicos, desde los conservadores de Churchill hasta los laboristas de Bevan, es en la necesidad de la unión entre su país y los Estados Unidos. Sir Winston expresaba hace poco ese sentimiento unánime afirmando que el mantenimiento de esa unidad «es uno de los primeros deberes de todo el que desee ver reinar la paz en el mundo». Sin embargo, la unidad entre dos potencias de esa magnitud y esa complejidad interna no puede lograrse de manera puramente mecánica ni pueden perdurar sin constantes ajustes. Alcanzarla requiere cierta sabiduría política, y tornarla eficaz, una maestría capaz de ponerse a prueba a cada instante. Por lo demás, la unidad profunda no se compromete con las circunstanciales disidencias, y, por el contrario, se fortalece si cada uno de los miembros está autorizado y es capaz de expresar libremente sus opiniones. Todo hace suponer, pues, que la oposición entre los puntos de vista de Washington y Londres con respecto a los problemas candentes de la hora no malogrará un entendimiento que es, por lo demás, fundamental para el destino de Occidente.

Una de las cuestiones que han puesto de manifiesto las divergencias entre aquellos gobiernos ha sido la del manejo y conducción de la política relacionada con las armas termonucleares. En un sensacional discurso pronunciado por Sir Winston Churchill en la Cámara de los Comunes el 1 de marzo, el anciano estadista llamó vigorosamente la atención acerca de las perspectivas que estaban abiertas a la humanidad después de la posesión de la bomba de hidrógeno. Desde el punto de vista internacional, las apreciaciones de Sir Winston dejaron entrever que estaba convencido de la necesidad de negociar el desarme y la paz con el bloque oriental, pero que no se sentía suficientemente apoyado para tales gestiones por el gobierno de los Estados Unidos. Estos, de acuerdo con el principio de la represalia inmediata que enunciara en su oportunidad el Sr. John Foster Dulles, se reservan el derecho de no establecer limitaciones al uso de armas atómicas, principio que, por lo demás, fue adoptado con el consenso unánime por el consejo de la NATO.

El planteo de sir Winston Churchill dio pie al jefe del ala izquierda del laborismo, Sr. Bevan, para que exigiera al gobierno una política decidida en el sentido de la paz negociada. Si el gobierno británico está convencido de que los riesgos de la guerra termonuclear son insuperables, dijo el señor Bevan, es necesario que haga todos los esfuerzos para evitarlo. Quería significar el dirigente laborista que, a su juicio, no había hecho el primer ministro todo lo que era menester hacer para intentar un acuerdo con los países comunistas, y atribuía tal política a una exagerada sujeción del gobierno británico a los puntos de vista de los Estados Unidos.

Pero el gobierno de Londres ha dado los pasos necesarios, aun cuando ha detenido su marcha un momento antes de que la divergencia arrastrara a posiciones extremas a cada una de las partes. Aspira a que los Estados Unidos adopten su punto de vista en el planteo político general, mas no desea entorpecer los movimientos de la estrategia norteamericana, diseñada en vista de inmediatos peligros que Gran Bretaña teme, en el fondo, tanto como los Estados Unidos.

Tal actitud es la que ha presidido las gestiones del Sr. Eden para persuadir al gobierno de Washington de la necesidad de hacer más flexible su política en el sudeste de Asia. La ligera reticencia con que Gran Bretaña ha acogido desde un principio el Pacto de Manila se ha ido acentuando con el tiempo, en parte a causa de la imposibilidad de que se incorporen a él otros países de Asia a los que, como en el caso de la India, confiere particular significación, y, en parte, debido a su firme resistencia a que se complique la situación de los países firmantes con la de la China nacionalista y Japón.

Como es sabido, Gran Bretaña se opone radicalmente a la consideración de Asia como un frente de guerra, en el que los Estados Unidos señalan tres sectores amenazantes. Por el contrario, teme más las acciones de los partidos comunistas locales en cada uno de los países y los movimientos inconformistas de diverso matiz que aparecen en ellos, que la acción militar del bloque chino-soviético. De acuerdo con su interpretación del fenómeno asiático, procura inducir a los Estados Unidos a una política más flexible, cuya primera expresión sería el abandono de Quemoy y las islas Matsu.

El objetivo perseguido por Gran Bretaña es obtener la cesación del fuego y dejar que el tiempo consolide la separación de las dos Chinas. Si logra esta finalidad a largo plazo, mientras la VII Flota norteamericana se encarga de evitar una acción por sorpresa que estimule al gobierno de Pekín para aventuras de conquista, la estrategia y la política combinadas habrán dado un excelente fruto.

Toda operación internacional de alto estilo participa en alguna medida de ambos planteos. Corresponde a la paciencia no prescindir del valor, dos términos cuya indisoluble vinculación acaba de señalar sir Winston Churchill en su discurso último. Pero el valor no debe comprometer el futuro más allá del momento inmediato, y hay que dejar que el futuro sea labrado prudentemente por quien sepa dominar sus apremios y aplicar a la tenue materia de la historia la maestría del orfebre.