La crisis soviética. 1955

Acostumbrada a la firmeza monolítica de las dictaduras, la opinión mundial se ha conmovido ante la imprevista noticia de la renuncia del primer ministro de la Unión Soviética, señor Georgi M. Malenkov, y los observadores han comenzado a desentrañar los motivos secretos que pueden haberla provocado. La tarea no es fácil, porque nunca puede saberse el grado de confianza que merecen las informaciones provenientes de Moscú, cuyos servicios oficiales de prensa se caracterizan por su severidad. Por lo demás, la política del Kremlin tiene hace mucho un aire palaciego, y los problemas de personas y grupos parecen ser los más importantes, situación esta que se ha agudizado sin duda después de la muerte de Stalin. Así, pues, las conjeturas tienen amplio camino por delante y han comenzado ya a formularse muchas, especialmente en los ambientes donde la futura conducta de la Unión Soviética preocupa fundadamente.

Cualquiera sea el interés que suscite el destino del régimen interno ruso, es evidente que, dada la situación de tensión internacional porque se atraviesa, el problema fundamental es el de las repercusiones que puedan tener los cambios que acaban de operarse en Moscú sobre la política internacional. A este respecto puede observarse entre los comentaristas cierta tendencia a esperar una modificación en la orientación de la Unión Soviética. Empero nada hace suponer que esa modificación deba operarse necesariamente, pues es bien sabido que la acción internacional de Rusia ha mantenido una línea inalterable desde la época de Stalin, apenas modificada aparentemente por las conversaciones que la diplomacia ha juzgado oportuno hacer en cada circunstancia. No era un azar que el señor Vishinsky, siendo ministro de Relaciones Exteriores, pudiera permanecer largos meses en el extranjero sin atender su despacho. Las grandes líneas de la política exterior soviética se elaboran en el seno de cuerpos estables, con marcada influencia del ejército, y es fácil comprobar su persistencia con solo cotejar el discurso pronunciado el martes último por el Sr. Molotov con las declaraciones que formulara a un periodista norteamericano el entonces primer ministro Sr. Malencov el 1 de enero de este año.

Por lo demás puede admitirse que los cambios políticos que han tenido por escenario la reunión del Soviet Supremo se han venido preparando desde hace, por lo menos, algunos días, y en ese plazo se han producido algunos hechos significativos. En efecto, el Sr. Molotov, que permanece a cargo de la cartera de Relaciones Exteriores, ha manifestado su deseo de contribuir a la solución del problema de Formosa y ha propuesto a las potencias occidentales la convocación de una conferencia a ese fin; y lo que es más significativo, acaba de manifestar opiniones análogas a un periodista norteamericano el Sr. Khrushchev, secretario del Partido Comunista y hoy, según todas las apariencias, el hombre que parece controlar la situación política en Moscú. Resulta lógico, pues, no atribuir la crisis a un propósito inmediato de modificar la orientación de la política exterior.

Empero acaso la situación entrañe cierto riesgo más o menos lejano si, como parece entreverse, los cambios que acaban de producirse responden a la creciente influencia política del ejército. El problema de la industria pesada interesa sobre todo al ejército y no es verosímil que este haya visto con buenos ojos la tendencia a disminuir el ritmo de su producción en beneficio de la industria liviana destinada a proveer artículos de consumo general. Las necesidades de la defensa parecen haberse sobrepuesto a los claros fines políticos que tenía la nueva orientación industrial, y el Sr. Malencov ha caído, aparentemente al menos, por representar a esta última. Su reemplazante, el mariscal Bulganin, ha merecido durante mucho tiempo la confianza del ejército y su nombre parece acompañar a una revisión de la actitud del Estado frente a la industria pesada. Tal es, al menos, lo que se deduce de las informaciones.

Sin embargo es posible conjeturar que se trate de un fenómeno más complejo. La eliminación de Beria requirió otros pretextos, pero no tuvo más fundamento que el designio de eliminar del elenco gobernante a un hombre que poseía un formidable poder personal. Con el episodio del martes último ha quedado eliminado el Sr. Malenkov y esta vez se ha esgrimido como argumento su «culpa», su «ineficacia» para orientar la producción del Estado. No se requiere mucha perspicacia para advertir que hay en esos argumentos -que el propio señor Malenkov recoge en su renuncia- mucho de convencional.

El Sr. Malencov, en efecto, podía abrigar la convicción de que, desde el punto de vista interno, convenía elevar el nivel de vida de la población soviética y de que era necesario dirigir una producción hacia ese objetivo. Pero esa convicción no era solamente la suya. Cuando el Sr. Khrushchev fue elegido primer secretario del Partido Comunista, el 12 de septiembre de 1953, presentó un proyecto de intensificación de la agricultura y la ganadería, reconociendo que hasta entonces no se había hecho lo necesario en esos campos de producción. Lo significativo del caso es que el informe del Sr. Khrushchev manifestaba que en el pasado la Unión Soviética había concentrado su atención en el desarrollo de la industria pesada, desdeñando un tanto la agricultura y la industria liviana. Ahora -agregaba- la nación, «dotada de una poderosa base industrial», puede dedicarse de lleno a estas otras ramas de la economía.

Tal era la posición del secretario del Partido Comunista, pero era también, hasta hace muy poco, la posición oficial del partido. Al celebrarse el 37° aniversario de la Revolución de Octubre, el Sr. M. Z. Saburov miembro del Presidium del Comité central del partido, leyó el 6 de noviembre de 1954 en la sesión solemne del Soviet de Moscú un informe en el que textualmente decía: «Basándose en los éxitos alcanzados en el desarrollo de la industria pesada y del transporte, el partido y el Gobierno han elaborado un amplio programa de ascenso de la producción de artículos de consumo popular, a fin de satisfacer plenamente, en los próximos años, las crecientes necesidades de las clases trabajadoras». Y luego de dar algunas cifras sobre producción de tejidos, agregaba: «El partido y el Gobierno se plantean la tarea de elevar aún más la producción de artículos manufacturados y de víveres y, además, de alta calidad».

Es inverosímil que, tres meses después, aparezca el señor Malencov como responsable de esa política y caiga a causa de tal responsabilidad. No menos inverosímil es que quien asumía con plena autoridad hasta hace pocos días la suma representación del Estado soviético, se manifieste ahora espontáneamente incapaz de llevar adelante la obra de desarrollo de la agricultura, obra que parecía hasta hace pocos días desarrollarse maravillosamente. En el citado informe manifestaba el señor Saburov que el área sembrada había crecido durante el año 1954 en un 13% con respecto al año 1950 y que el plan de roturación de tierras vírgenes se había cumplido en ese año en un 120%. Más aún, Sr. Khrushchev declaró por Radio Moscú, el 7 de enero del corriente año, que la Unión Soviética había roturado 74 millones de acres de tierras vírgenes y que esperaba obtener en los próximos dos años 128.500 toneladas de granos. No estaba descontento, pues, el Partido Comunista -hasta hace pocos días- de la producción agrícola.

No es demasiado aventurado, entonces, suponer que tampoco han sido problemas de orientación económica los que han determinado la crisis política que acaba de producirse en Moscú. No queda, en consecuencia, sino la hipótesis de que se trata, precisamente, de una crisis política en sentido estricto. Eliminados Beria y Malenkov, el camino queda expedito para las fuerzas que han intervenido en esos procesos, que, muy verosímilmente, parecen ser las fuerzas militares. La dictadura militar está en la propia naturaleza de las revoluciones, y la revolución soviética de octubre de 1917 amenaza con seguir esa vía. Solo resta esperar que, a la larga, no influya ese desenlace en la paz mundial.