Las entrevistas de Moscú. 1955

Al cabo de las primeras reuniones celebradas en Moscú ente el canciller de la República Federal Alemana, Dr. Adenauer, y el Jefe del gobierno soviético, mariscal Bulganin, el desconcierto se apoderó de los espíritus y comenzó a difundirse una suerte de escepticismo acerca del destino final de la conferencia. Para los más pesimistas, el curso de las conversaciones que se mantenían en la capital soviética presagiaba la aparición de nuevas dificultades que, de producirse, incidirían sobre las próximas reuniones internacionales. Como se sabe, en fecha cercana visitará también a Moscú el jefe del gobierno francés, Sr. Faure, y el mes entrante deberán reunirse en Ginebra las cuatro potencias para continuar el examen de los problemas internacionales, iniciado en la conferencia de los cuatro grandes. Se justificaba, pues, a primera vista la preocupación suscitada por el extraño desarrollo de las conversaciones que sostuvieran en estos días los estadistas de Alemania Occidental y de la Unión Soviética, aunque podía parecer prematuro —y acaso injustificado— desesperar de los frutos de este tanteo diplomático, el más arriesgado y difícil que pudiera provocarse dentro del plan de superación de la «guerra fría«.

El problema alemán es, sin duda, el más complejo y difícil entre todos los que se deben resolver para aliviar la tensión internacional. Por razones históricas, económicas, políticas y estratégicas, Alemania resume todas las dificultades surgidas de la segunda guerra mundial. Su misma división, ocasionada ahora por el hecho más o menos arbitrario de la ocupación por fuerzas antaño aliadas y hoy potencialmente hostiles, no constituye un hecho absolutamente nuevo, pues actúa sobre dos zonas de intereses económicos y de modalidades espirituales y religiosas diferentes, que no se unieron, por lo demás, sino en el último tercio del siglo XIX. Sobre cada una de ellas han operado de diverso modo las consecuencias del conflicto y en cada una se ha evolucionado según distintas tendencias, circunstancias a las que deben sumarse los intereses económicos y estratégicos creados y consolidados durante estos diez últimos años por las potencias ocupantes. Todo esto hace muy difícilmente modificable la situación alemana, y nada autoriza a esperar que los bloques en conflicto puedan llegar rápidamente a un acuerdo sobre cuestiones que implican para ellos infinidad de grandes y pequeños problemas.

Puede admitirse que tampoco lo esperan de manera inmediata ni los estadistas alemanes de ambas zonas ni los estadistas de las cuatro potencias. El hecho de que se asigne lugar de preferencia al problema de la unificación en los programas políticos y en las agendas de las conferencias internacionales, sólo supone que la cuestión está planteada y que la división del territorio alemán no debe ser considerada sino como una cuestión de hecho, a cuya solución deberá llegarse tarde o temprano. Pero es evidente que no podrá afrontarse con éxito sino después de haber aclarado otros muchos asuntos y haber planteado con absoluta precisión, y a satisfacción de ambas partes en conflicto, la situación de los dos bloques a que están adscriptas las dos Alemanias.

Si el desconcierto y el escepticismo frente al curso de las conversaciones de Moscú provienen de la certidumbre de que no se ha avanzado un paso en el problema de la unificación alemana, tales sentimientos son absolutamente injustificados. Aun cuando el gobierno y la oposición hayan recalcado que no debía darse en Moscú paso alguno que dificultara la posible unificación, no era ésta el tema de las conversaciones entre el doctor Adenauer y el mariscal Bulganin. En rigor, el único objeto del viaje —por lo demás el único posible en la situación diplomática actual— era gestionar el restablecimiento de las relaciones entre la República Federal y la Unión Soviética; y es evidente que, pese a todo, ese objetivo se ha logrado, y ha de constituir, por cierto, un sólido eslabón en el proceso general de soluciones prácticas. Resuelta asimismo a la vez, totalmente o en parte, la cuestión de los prisioneros alemanes, sin duda menos grave, se dará otro paso que merece considerarse.

Lo verdaderamente grave es la unificación, pero ella escapa al resorte de una conferencia bilateral. Aun cuando se sostiene que constituye un problema alemán, no lo es tanto en el fondo, y depende del curso que adopten las negociaciones entre los bloques. Problema específicamente alemán será la consolidación de la unidad después que la hayan acordado las potencias ocupantes, y problema lleno de sombras, por cierto, porque es imprevisible el ajuste a que puedan llegar los grupos políticos de ideologías opuestas tras tan largo ejercicio del poder. Pero antes de llegar a eso será necesario que la Unión Soviética por una parte y las potencias occidentales por otra lleguen a un arreglo acerca de las condiciones en que Alemania pueda unificarse sin que ello constituya un peligro para la seguridad de cada uno de los dos grupos.

Este acuerdo no está ni podría estar próximo, pero es lícito pensar que no es inalcanzable. Desde la reunión de los Jefes de gobierno en Ginebra, se advierte una lenta aproximación de los puntos de vista antagónicos, y puede preverse una final coincidencia. Por lo pronto, la tesis de que no puede haber unificación de Alemania sin solución del problema de la seguridad europea, se ha generalizado ya y sólo resta hallar la fórmula para el establecimiento de esa seguridad. No es decisiva la disidencia sobre si el pacto de seguridad —el «nuevo Locarno», como suele llamárselo— debe ser una coronación de los tratados del Atlántico Norte y de Varsovia o si, por el contrario, debe suponer la supresión de ambos. En el fondo el problema es un poco bizantino, y las soluciones aparecerán al alcance de la mano en cuanto decrezca la desconfianza mutua o, mejor dicho, en cuanto se confirme —a los ojos de cada uno de los grupos— que no existe en el otro la voluntad de agresión que le supone. Esa perspectiva está a la vista, y todo lo demás se dará por añadidura.