Perspectiva ginebrina. 1955

Ya parece evidente que los dos primeros asuntos del temario de la conferencia que celebran, en Ginebra los Jefes de gobierno de las cuatro grandes potencias serán dejadas de lado para que los sometan a más despaciosa consideración los cancilleres y los expertos. En efecto, tanto en lo que concierne al problema de la unificación de Alemania como en lo que respecta al sistema de seguridad colectiva, los jefes de las delegaciones han hecho cuanto podían, enunciando los puntos de vista de sus gobiernos, escuchando los de los demás y tratando de aclarar las objeciones que cada exposición suscitaba. Ciertamente, no se ha llegado a ningún acuerdo, pero no es menos cierto que han comenzado a verse determinadas posibilidades de acercamiento entre las posiciones, que, aunque lejanas, confortan el ánimo.

En términos generales, los occidentales coinciden en la necesidad de llegar primeramente a la unificación de Alemania. Aunque hay entre ellos algunas divergencias, están de acuerdo en que el mantenimiento de la división será un peligroso obstáculo para la gestión de cualquier plan destinado a consolidar la seguridad colectiva. Sobre la manera de alcanzar aquel objetivo parece no haber, empero, coincidencia absoluta. Francia se ha manifestado partidaria de una organización general de seguridad en la que entraría Alemania sometiéndose a cierto sistema de restricciones comunes. Por su parte, Gran Bretaña apoya lo que se ha llamado el plan Eden, que el actual primer ministro británico formuló el año pasado, y según el cual se uniría a Alemania con las cuatro grandes potencias para la realización de un progresivo programa de desarme. El Sr. Eden señaló, al exponer su proyecto, que es menester estar dispuestos a «estudiar la posibilidad de una zona desmilitarizada entre el Este y el Oeste en Europa», punto de vista que, como se sabe, es grato a la diplomacia soviética, pero del que se dice que ha merecido ahora cierto apoyo del gobierno de Washington.

El punto de vista de los Estados Unidos no se ajusta exactamente a ninguno de los dos planes y la delegación norteamericana ha disentido explícitamente con el que expuso el señor Faure. Con vigoroso empeño ha señalado el presidente Eisenhower que la Organización del Tratado del Atlántico Norte no está movida por propósitos agresivos, sino que fue concebida precisamente para afianzar la paz, circunstancia que permite, en su opinión, la inclusión de una Alemania unificada, sin que ello represente peligro alguno para la Unión Soviética y el bloque oriental. Pero, con sus colegas occidentales, afirma el presidente de los Estados Unidos que es previa a todo esfuerzo en favor, de la seguridad y el desarme la conclusión de los arreglos del problema alemán.

En este último punto es categórica su disidencia con la Unión Soviética. El mariscal Bulganin manifestó que, a su juicio, sólo tras la solución de los problemas de la seguridad y el desarme era posible encarar la cuestión alemana. Pero los pasos que propuso para avanzar en esas cuestiones previas no son utópicos ni desaforados. Señaló la necesidad de una primera etapa en que el acuerdo se realizaría entre los dos bloques militares existentes —el de la NATO y el del Pacto de Varsovia— y de una segunda en la que, alcanzado el acuerdo preliminar, desaparecerían ambas organizaciones para ser reemplazadas por un sistema europeo de seguridad. Sólo entonces se afrontaría la unificación de Alemania.

Tras los primeros cambios de ideas, ha quedado en evidencia que los dos primeros puntos del temario, el que concierne a Alemania y el que se refiere a la seguridad colectiva, no son en realidad sino uno solo. Con ese enfoque han comenzado a ser estudiados por los cancilleres, y no es demasiado optimismo admitir que parece posible encontrar alguna fórmula para aproximar los planes orientales y occidentales. En el fondo no difieren sino en el sistema de garantías que exigen las partes en conflicto, y las conversaciones diplomáticas, pausadamente conducidas, pueden ajustar sus términos. Sólo se requiere que persista el clima de buena voluntad que ha comenzado a constituirse en los últimos tiempos y que en Ginebra se ha acentuado notablemente.

Acaso sea ese ya el rasgo más característico de la conferencia. Al inaugurarla, declaró el presidente Eisenhower que, aun descontando que no podría llegarse en el breve plazo fijado para las conversaciones a conclusiones definitivas, podría sin duda crearse en ella «un nuevo espíritu que haga posible la solución en el futuro de los problemas que nos incumben y, cosa no menos importante, podamos tratar ahora mismo, en Ginebra, de dar el primer paso por un nuevo sendero hacia una paz justa y duradera». La manera de conducirse las negociaciones y la flexibilidad para sortear los mayores escollos prueban que el nuevo espíritu a que aludía el mandatario norteamericano ha comenzado a presidir el debate. Y el propio general Eisenhower ha introducido en él algunos elementos que no actúan de ordinario en esta clase de asambleas.

En efecto, el antiguo comandante en jefe de las fuerzas aliadas del frente occidental durante la última guerra mundial ha apelado a su vieja amistad con el mariscal Zhukov para que éste garantizara su antigua y no desmentida sinceridad. Así comprometido, el general Eisenhower ha declarado solemnemente que los Estados Unidos no abrigan intenciones agresivas con respecto a la Unión Soviética y que la Organización del Tratado del Atlántico Norte no ha sido constituida para atacarla. Al reiterar que nada debe temer la Unión Soviética de los países occidentales, el mandatario norteamericano ha ofrecido una magnifica profesión de fe republicana y democrática, presentando el testimonio de las instituciones de su país como prueba irrefragable de la imposibilidad de que el Gobierno desencadenara una guerra ofensiva que repugnaría al pueblo.

El mariscal Bulganin agradeció las manifestaciones del general Eisenhower y declaró que estaba persuadido de su sinceridad. Cualquiera, sea el resultado concreto que se alcance en esta ocasión, acaso lo más importante sea que se mantenga abierta la posibilidad del diálogo. Nada hace suponer que las posiciones sean absolutamente irreductibles, y queda entonces en pie la esperanza de que se puedan suavizar muchas asperezas, y se descubran fórmulas de conciliación para los graves problemas que separan a los dos grandes bloques.