¿Perspectivas de conciliación en Ginebra? 1954

Inesperadamente la ductilidad del método diplomático parece haber servido para hallar una salida a la confusa y peligrosa situación en que se habían colocado los negociadores de Ginebra. No hace muchos días las conversaciones sobre Indochina parecían haber llegado a un punto muerto, y se consideraba prácticamente imposible conciliar intereses y puntos de vista que se mostraban como irreductiblemente adversos. La repercusión del previsible fracaso de la conferencia de Ginebra en la política interior francesa contribuyó a oscurecer la situación, enturbiada ya por la sensible disidencia manifestada entre los gobiernos de Washington y Londres acerca de la política a seguir en Asia. Empero, la amenaza de las potencias occidentales de interrumpir las negociaciones ginebrinas -junto, sin duda, con sutiles cambios de posición diplomática que escapan todavía al observador- parece haber sido causa suficiente para llamar a la reflexión de las potencias comunistas. Y a la sensación del fracaso ha seguido de pronto una nueva perspectiva de conciliación sobre términos que, aunque apenas pueden entreverse, autorizan a pensar en un próximo reajuste del problema del sudeste de Asia.

En efecto, las circunstancias justificaban en los primeros días de la semana el pesimismo de los diplomáticos occidentales. Las gestiones conciliatorias del delegado de la India en la UN, señor Menon, y del canciller australiano, señor Casey, parecían haber fracasado totalmente, y el último de los nombrados manifestó de manera categórica que si se frustraban las esperanzas puestas en la Conferencia de Ginebra no cabía sino dedicar la atención a las gestiones ya iniciadas para constituir un bloque defensivo en el sudeste de Asia. «Si tal sucede, los comunistas nos habrá llevado a ello. Con que hubieran transigido un poco, una cosa así no hubiera sido necesaria». Se refería fundamentalmente a los dos problemas en que se localizó últimamente la crisis: la definición de los agresores de Laos y Camboya y la composición de las comisiones internacionales que debería fiscalizar el armisticio en Indochina. Considerando inútiles sus esfuerzos para encontrar una fórmula aceptable para las potencias occidentales, el señor Eden propuso el lunes la suspensión de las conversaciones de paz, y al día siguiente dieron a conocer las naciones anticomunistas una declaración explicando su retiro de las negociaciones sobre Corea. Estas actitudes coincidían con la reunión de una conferencia anticomunista provocada por el doctor Rhee en Corea del Sur y unas declaraciones categóricas de su ministro de Relaciones Exteriores en el sentido de que su gobierno no se encontraba ya obligado a respetar el armisticio coreano. Entretanto, la crisis política francesa apartaba el primer plano de las negociaciones al señor Bidault, mientras en París gestionaba el señor Mendès-France la formación de un nuevo gobierno.

Quizá esas últimas circunstancias favorecieran un inesperado viraje operando en el curso de las negociaciones. Dos actitudes del gobierno británico se conocieron el martes: por una parte se anunció el viaje a Washington del señor Churchill y por otra la gestión iniciada por Londres para obtener la designación de un embajador del gobierno de China comunista.

Estos hechos no pueden desvincularse de la rápida reacción del señor Chou En-lai ante el anuncio de las potencias occidentales de retirarse de la conferencia. Su propuesta sobre Corea suscitó una vez más la oposición entre los delegados de Inglaterra y Estados Unidos y fue finalmente abandonada. Pero el primer ministro comunista chino reiteró sus posiciones conciliatorias en términos que merecieron la atención de los delegados occidentales, habiendo trascendido que por primera vez se admite para los grupos combatientes de Laos y Camboya la definición de «fuerzas invasoras» y que las condiciones ofrecidas a los occidentales para un armisticio presentan una mayor flexibilidad que hasta ahora.

Es indudable que el gobierno británico insiste en su política de aproximación al Asia. No podría explicarse de otra manera la coincidencia entre la nueva actitud de China y las gestiones diplomáticas que con su gobierno realiza la cancillería británica. Pero acaso la novedad más importante que se ha operado en este aspecto del problema es la aproximación entre Inglaterra y el grupo de las llamadas «naciones de Colombo», presididas por la India; el señor Churchill acaba de expresar su profunda satisfacción por la labor realizada por su ministro de Relaciones Exteriores, como resultado de la cual puede preverse que en adelante las naciones consideradas neutrales del sur de Asia respaldarán la política del Foreing Office.

En estas condiciones, la gestión que el primer ministro británico realizará en Washington dentro de pocos días ha de contar con grandes posibilidades de éxito. Es posible que las enseñanzas de la Conferencia de Ginebra induzcan a los gobiernos de Washington y Londres a buscar un nuevo acercamiento, después del largo período de desinteligencia. En alguna medida puede presumirse que prevalecerá el punto de vista británico, robustecido ahora por el apoyo de las naciones del Commonwealth, aunque finalmente se llegue a una fórmula análoga a la del señor Dulles, acaso solo desprovista de alguno de sus aspectos más polémicos. Pero seguramente las conversaciones de Washington no se detendrán allí. El problema asiático es prácticamente inseparable del problema europeo, y se insinúa ya la posibilidad de reajustar las cuestiones relativas al ejército europeo, aspecto fundamental de las relaciones de ambas potencias con Italia y Francia.

Parecería como si la diplomacia poseyera todavía los secretos para obtener resultados decisivos a cambio de pequeñas variantes en el planteo de los problemas. Una perspectiva de conciliación no puede sino reconfortar a la opinión pública mundial, justificadamente alarmada por la amenaza asiática.