Responsabilidades frente a Asia. 1954

Como la guerra coreana, el conflicto que se desarrolla en Indochina suscita múltiples preocupaciones en los estadistas occidentales, que parecen sentir la responsabilidad del destino de Asia. A nadie se le oculta la gravedad del problema y la necesidad de arbitrar una solución a breve plazo. Pero cualquier decisión que se adopte frente a tan arduo asunto debe seguir a un análisis cuidadoso de sus perspectivas inmediatas y remotas. «Esta guerra es política, tanto como militar», manifestó en una ocasión el general De Linarès, comandante del frente norte de Indochina. Y esta observación, por lo demás evidente, no puede ser olvidada Hay sin duda un problema militar en Indochina. Pero hay además un problema político que, si se descuida, puede llegar a neutralizar, a través del tiempo, los ingentes esfuerzos militares que a primera vista parecen los más urgentes e imprescindibles.

La reciente visita del Sr. Dulles a Londres y París ha tenido como objeto promover una «acción conjunta» de las grandes potencias en Indochina, o acaso sólo insinuarla para contrarrestar la tendencia a pactar que se manifiesta en ciertos círculos franceses. No es verosímil que el gobierno de los Estados Unidos pretendiera arrancar a Gran Bretaña y Francia una respuesta categórica y la promesa de una acción inmediata en relación con situaciones tan complejas como las del sudeste de Asia, y debe suponerse que las declaraciones conjuntas publicadas después de las entrevistas sostenidas por el Sr. Dulles en Londres y París han satisfecho al canciller norteamericano, que, de hecho, ha regresado a su país con la promesa de que se internacionalizará el conflicto indochino en caso de que no se llegue a un acuerdo satisfactorio en Ginebra.

Cualesquiera hayan sido las reticencias de los gobiernos de Gran Bretaña y Francia, es seguro que no se ha discutido el derecho de los Estados Unidos a intervenir activamente en los problemas del Pacífico. Sería cegarse a la realidad poner en duda que los Estados Unidos tienen una situación excepcional en ese ámbito, fruto de su acción militar, diplomática y económica. La actitud que adoptaron frente a los problemas suscitados por el Japón, Corea y China nacionalista prueba que no están dispuestos a desertar de la que consideran su responsabilidad histórica. Para hacer frente a contingencias previsibles, afianzaron su alianza con Filipinas y constituyeron luego el ANZUS en septiembre de 1951, organización esta última que los une con Australia y Nueva Zelandia y cuyas finalidades son las mismas que acaba de fijar ahora el presidente Eisenhower para el bloque de potencias que se proyecta constituir a fin de actuar prontamente en el sudeste del Asia. En cierto modo, la nueva coalición es una ampliación de aquella anterior, de la que fué hecha a un lado Gran Bretaña, no sin extrañeza del gobierno de Londres.

Unidas las grandes potencias, corresponderá a todas aceptar la responsabilidad del Asia; pero los hechos prueban que esa responsabilidad recae más y más sobre los Estados Unidos. En ocasión de su visita a Indochina, el ex candidato demócrata a la presidencia, Sr. Stevenson, manifestó, entre otras cosas, que «si los Estados Unidos han de soportar una parte cada vez mayor de la carga, tanto Francia como el Vietnam deben recibir de buen grado una más amplia participación norteamericana en la elaboración de la política que haya de seguirse». Esta opinión parece compartirla el gobierno del presidente Eisenhower, que debe obrar extremando la precauciones para conciliar el respeto debido a sus aliados y las responsabilidades inexcusables que siente sobre sus espaldas. Y de acuerdo con ella, debe de haberse decidido a reclamar una intervención más directa en la conducción de un problema que parece tomarse cada vez más amenazador.

No podría preverse cuál es —en el pensamiento del gobierno norteamericano— el alcance que deba tener esa intervención. Es posible que se proyecte en primer término en el terreno militar, pues todo hace pensar que no se suponen eficaces y suficientes los recursos que hoy se han empleado. Todo hace ver, partiendo de las declaraciones del presidente Eisenhower y del Sr. Dulles, que se estima necesaria en Washington una acción militar más enérgica en caso de que se malogren las esperanzas cifradas en la conferencia de Ginebra, ocasión en la cual entraría en funcionamiento el plan de «acción conjunta» convenido en principio en París y Londres. De ser así, podría iniciarse un proceso que se asemejaría al que se desarrolló en Corea, proceso cuyas proyecciones son imprevisibles. Pero es posible que aquella intervención sea concebida de una manera más amplia. Acaso el gobierno de Washington comparta también la opinión del Sr. Stevenson en cuanto a la naturaleza política del conflicto, criterio cuyo valor no puede ponerse en duda después de la experiencia coreana. De ser así, puede estimarse que se ha de reservar el uso de la fuerza internacional para una última instancia, cuando haya evidencia de que es inevitable, y que previamente se ejerza una «acción común» para modificar la orientación de la política franco-vietminesa, con el propósito de crear recursos locales suficientes para hacer, frente a la ofensiva del Vietmin y sus aliados.

Esta actitud —vigorosamente respaldada por la fuerza militar internacional para caso de emergencia— correspondería más exactamente a la responsabilidad a largo plazo que las potencias occidentales —y los Estados Unidos en particular— tienen frente a Asia. Las conclusiones del Sr. Stevenson sobre la situación indochina eran categóricas: «Las mejores ideas y las mejores armas del Vietmin son el nacionalismo y el anticolonialismo. Por consiguiente, los símbolos del colonialismo deben ser eliminados y los símbolos del nacionalismo perfeccionados y puestos de relieve. Porque el antiguo sistema colonial está muriendo en Asia y el nacionalismo es un robusto y movedizo recién nacido. El desenlace de los acontecimientos en el Vietnam puede decidir si este recién nacido ha de sobrevivir o si será sofocado por el nuevo imperialismo comunista». El problema parece, así, planteado en sus justos términos. No es sólo el problema inmediato el que hay que resolver: es menester resolverlo de tal manera que la solución sea duradera y justa, canalizando las legítimas aspiraciones de unos pueblos que, en caso de ser defraudados, se sentirán una y otra vez atraídos por el canto de sirena del Kremlin.