Una misión en Asia. 1955

Las conversaciones que se desarrollan actualmente en Pekín entre el Secretario General de las Naciones Unidas Sr. Dag Hammarskjold, y el primer ministro de China comunista, señor Chou En-lai, vuelven a traer al primer plano internacional el problema del sudeste de Asia, punto neurálgico de las relaciones entre Oriente y Occidente.

No hace muchos meses, la penetración comunista en Indochina francesa llegó a provocar un estado de dramática tensión, que pudo conjurarse gracias, primero, a la flexibilidad de la diplomacia europea en Ginebra, y luego, a la tenacidad de los Estados Unidos para realizar su plan de alianza anticomunista en el sudeste asiático. Al reconocimiento del Vietmin siguió la creación de la SEATO en Manila, y últimamente, a principios de diciembre del año pasado, la concertación de un tratado de seguridad mutua entre el régimen nacionalista del mariscal Chiang Kai-shek y el gobierno de Washington. Con estos instrumentos diplomáticos, las grandes potencias occidentales parecen haber obtenido la seguridad de que no se repetirán los intentos de expansión comunista, puesto que si se volvieran a producir, las alianzas establecidas obligarían a una generalización del conflicto que implicaría la guerra mundial.

Esta amenaza ha de bastar, seguramente, para que las potencias sometidas a la influencia soviética reflexionen pausadamente antes de dar un nuevo paso comprometedor en Asia. Pero, sin duda, no queda descartada la posibilidad de que ese paso sea dado cuando en Moscú o en Pekín se juzgue llegada la oportunidad de jugar el todo por el todo; y es casi seguro que si se diera, el escenario más probable sería el del sudeste de Asia, donde la tensión entre las dos Chinas no decrece.

Casi sin interrupción, los aviones o las baterías de tierra de las dos Chinas se hostilizan y se traban en acciones circunscritas. Prácticamente, el estado de guerra que reina entre ellas haría posible un repentino acrecentamiento del volumen de esas acciones en cualquier momento, y la violación del status quo -por lo demás muy impreciso- obligaría a la intervención de la VII flota norteamericana o de la totalidad de las fuerzas ruso-chinas. Reside, pues, allí la mayor gravedad de la situación actual y es justo que sea allí donde se concentran los mayores esfuerzos para solucionarla.

La política de las potencias occidentales ha sido ceder frente a situaciones de hecho y apresurar la formación de una defensa organizada que permita no tener que volver a hacerlo. Pero frente a ellas, el bloque pacifista de Asia ha comenzado a intensificar su acción tratando de hallar una fórmula que evite la necesidad del choque entre Oriente y Occidente. En los últimos días, el bloque de las llamadas «potencias de Colombo» -India, Pakistán, Ceilán, Birmania e Indonesia- ha celebrado una trascendental reunión en Bogor, cerca de Jakarta, para echar las bases de una conferencia que deberá celebrarse en el próximo mes de abril entre treinta países afro-asiáticos. Se asegura que se tratará en ella el problema del colonialismo y, naturalmente, se cambiarán ideas acerca de la situación de los diversos países frente a la tensión de los dos grandes bloques en conflicto. De las naciones convocadas, algunas tienen firmados pactos de ayuda recíproca con los Estados Unidos que de una u otra manera las unen a las dos grandes organizaciones del Atlántico Norte y del sudeste de Asia; pero aun así, no es imprevisible que adopten una orientación en el sentido propiciado por el primer ministro de la India, Sr. Nehru, hace ya algún tiempo. Acaso para responder a esa ofensiva diplomática, acaba de anunciarse para febrero la primera reunión del consejo de la SEATO, que se celebraría en Bangkok, capital de Tailandia, uno de los países invitados por las potencias de Colombo; la formación de una fuerza naval anglo-franco-norteamericana para la defensa del sudeste de Asia sería el tema principal de esa conferencia.

En tal situación, ha llegado a Pekín el Secretario General de las Naciones Unidas, Sr. Hammarskjold. Como es sabido, el principal objetivo de su visita es tratar con el gobierno comunista chino la devolución de los once aviadores norteamericanos a quienes se ha calificado de espías, pero no es exagerado atribuir a la visita del funcionario de la UN ciertas proyecciones que sobrepasan la finalidad inmediata.

Las conversaciones que el Sr. Hammarskjold ha mantenido en diversas capitales europeas y asiáticas deben haberlo puesto en posesión de ricos y variados puntos de vista acerca de su misión. Sin duda, Gran Bretaña, que ha reconocido el régimen de Pekín, persiste en un planteo más elástico que el de Estados Unidos; y Francia, conocedora de las dificultades que supone mantener las viejas actitudes en Asia, habrá entreabierto la posibilidad de ampliar los temas que deberán tratarse en la conferencia. Pese a eso, un sector de la opinión india estima que el secretario general de la UN permanece aún muy apegado al punto de vista norteamericano, circunstancia que podría hacer fracasar la negociación, entablada en parte al menos, en virtud de las instancias del Sr. Nehru ante el gobierno de Pekín.

El enigma que se esconde tras la visita del funcionario internacional es si las potencias occidentales buscan la manera de resolver el problema de la representación China en la UN. Se ha insinuado que si el gobierno de Pekín dispusiera la libertad de los once aviadores norteamericanos, podría considerarse este acto como la esperada manifestación de buena voluntad que justificaría la revisión de la negativa levantada por varias potencias contra la admisión del gobierno comunista chino en la UN. Como se recordará, Gran Bretaña abogó por una solución favorable al régimen de Mao Tse-tung, pero opinó que era menester esperar un momento propicio para dar ese paso. Cabe preguntarse si no se considera en más de una capital que ese momento ha llegado.

No puede ocultarse la trascendental importancia que las conversaciones de Pekín tienen para la consolidación de la paz. Si el sudeste de Asia constituye el punto neurálgico de la situación internacional, todos los esfuerzos que se hagan en relación con ese problema deben dirigirse a buscar la disipación de las nubes que lo oscurecen. No se trata de transigir ni de apaciguar; pero logrados tanto en el Este como en el Oeste los acuerdos que aseguran una posición sólida a las potencias occidentales, es lógico pensar que la diplomacia está en condiciones de hallar soluciones que alejen la pavorosa amenaza escondida tras los intermitentes cañoneos del Mar de la China.