Entre el orden y la indisciplina de los mapas en manuales a ambos lados del Atlántico (1855-1945)

Malena Mazzitelli Mastricchio
(Universidad de Buenos Aires)

Alejandro Vega
(Universidad de Chile).

Introducción. Traducir libros y prácticas de trabajo

En un número especial de la revista La Biblioteca dedicada a los archivos, Nicolás Casullo sostiene que “el libro se archiva solo, es biblioteca” (2004/2005, p. 11). Hay algo en la condición material del libro moderno que sustenta esta homologación. Esto tiene que ver con el hecho de que el objeto mismo, su formato y el hábito de disponerlo en el espacio del mueble, producen física y visualmente una biblioteca.[1]

Pero eso es así sólo para una parte de las bibliotecas que hoy conocemos. Y, además, no siempre ha sido así: las historias intrincadas entre lo que se concibe como libro, su materialidad y las prácticas lectoras han dado lugar en el tiempo a otras conjunciones espaciales y a otras articulaciones visuales y conceptuales: libros en arcones, en escritorios, en atriles o altares; libros entre objetos suntuarios o instrumentos científicos, entre legajos cosidos o papeles sueltos (Chartier, 2000; Barbier, 2005, 2015; Jacob, 2024; Ronconi, 2025). Y no olvidemos que hoy existen bibliobuses, bibliotecas virtuales, bibliotecas ambulantes en canastos, cajones o bolsas. Un caso extraordinario es la biblioteca del artista argentino Raúl Lemesoff quien creó un “arma de instrucción masiva” que consistía en un tanque de guerra diseñado por él mismo y confeccionado sobre un Ford Falcon, que se convirtió en una escultura destinada a repartir libros.[2]

Lo cierto es que, a ambos lados del Atlántico, ya en la temprana Modernidad y de manera muy sistemática a lo largo del siglo XIX, se pensó y se usó el libro en biblioteca y se difundió ese formato que hoy hemos naturalizado (Aguirre y Salvatore, 2018). Pero, por esos mismos años, la biblioteca, que alojaba libros, alojaba también muchos otros materiales (Farro, 2018). Así lo señalaba Vicente Quesada, a la sazón Director de la Biblioteca de Buenos Aires, en una obra que publicó en 1877. Algunos años antes, en 1872, Quesada había realizado una visita a las principales bibliotecas europeas para estudiar su organización; y daba cuenta de la presencia en esas instituciones de colecciones especiales: manuscritos, medallas y otras antigüedades, grabados y mapas, todos materiales que no encontraban cabida fácil en los anaqueles de la biblioteca.

La pregunta de qué hacer con los mapas rondó desde esos años las preocupaciones de bibliotecarios de instituciones públicas y privadas en Europa y América. El mapa presentaba desafíos particulares, los que –según el tipo de material cartográfico– se asemejaban a los problemas que se enfrentaban en el manejo de objetos tridimensionales, manuscritos valiosos o aquellos cuyos contenidos se escapaban de un registro asimilable a la ficha bibliográfica. El uso preferente que se daba a este tipo de materiales especiales –o las expectativas de cómo habían de utilizarse– también incidía en su organización y disposición espacial (Vega, 2018).

En su recorrido por las bibliotecas europeas, Quesada dio cuenta de la existencia de secciones específicas para los mapas y los primeros ejercicios de catalogación. En su relato, la cuestión de la disposición material de las “cartas geográficas” se presentó como un problema particular y, a este respecto, señalaba que

se ha abandonado como perjudicial, el sistema de conservarlas enrolladas. Cualquiera que tenga la práctica en esta materia, conoce los graves inconvenientes de este sistema, que destruye los mapas, viciados a tomar la forma en que se guardan enrollados. Es difícil consultarlos, y, por lo tanto, hoy se conservan en muebles apropiados para que sean fácilmente estudiados (Quesada, 1877, p. 95).

De esta manera, daba cuenta de transformaciones en la guarda cartográfica, fruto de la crítica a las prácticas heredadas.[3]

Planteado de este modo, pareciera que el guardado de mapas hace mapotecas. No obstante, una mirada más de cerca sugiere que en realidad tampoco es así. Para todos quienes trabajan en el campo de la historia de la cartografía es evidente que los mapas tienen un carácter plural por sus materiales, su factura, sus dimensiones y el sentido que les atribuimos (Lois, 2015; Edney, 2019), lo que ha dado lugar a un repertorio heterogéneo de disposiciones espaciales y materiales. Su uso también determina su vida social (Appadurai, 1986), incluyendo cómo se ordenan y en qué muebles se colocan.

En este trabajo, trazamos el perfil de una parte de ese repertorio. Proponemos que el objeto mismo -sus dimensiones, su materialidad, su valor informativo, mercantil o simbólico- desempeña una agencia evidente en las formas que adopta el guardado y el orden de los mapas. En este sentido, dialogamos con las reflexiones sobre la agencia de los materiales y de las cosas (Olsen 2003; Tilley, 2006; Tripaldi, 2023). Observamos además, que los usos efectivos y esperados de la cartografía inciden también en los procesos de guarda. En esa línea, es la comprensión de los mapas en tanto objetos en el mundo lo que resulta relevante.

Seguimos la huella de manuales producidos para el trabajo en bibliotecas en una época en que este género textual adquiere gran relevancia cultural. Tomando como foco el que editó Manuel Selva en 1941 en Buenos Aires, remitimos a una serie de manuales impresos desde la segunda mitad del siglo XIX a ambos lados del Atlántico, citados por el propio Selva en su discusión sobre la organización de los mapas en la biblioteca.

En los manuales, se expresa la formalización de una cultura de guarda, que puede enunciarse en plural, como culturas de guarda, en atención a sus modulaciones particulares. Culturas, porque a la luz de la profesionalización de los saberes estatales (Plotkin y Zimmermann, 2012), involucran a diferentes actores en posiciones particulares, formas legítimas de proceder, fines explícitos y expectativas, de la mano de la creciente institucionalización de las bibliotecas. En los manuales, se constituye además una comunidad de intereses: inscritos en posiciones espacio temporales específicas, los manuales se reconocen, se citan, se validan, se critican y se refieren como hitos en un recorrido que se quiere ascendente y de creciente perfección, que va fijando un proyecto de guarda, tensionado entre sus pretensiones universales y la adaptación a condiciones locales.[4]

Para nuestra discusión, nos valemos del concepto de traducción, el que entendemos en varios sentidos. El primero, y más evidente, alude a la traducción de los manuales destinados a los bibliotecarios de un idioma a otro. Toda traducción, como sostiene Chartier, es una interpretación del texto original. Como tal, oscila entre la “exigencia de fidelidad y la necesidad de la libertad” (Chartier, 2015, p. 73). En ese lugar ambivalente anida la pérdida que supone el acto de traducir: hay un resto intraducible que se pierde siempre en el ejercicio traductor (Ricoeur, 2004).

Nos interesa pensar igualmente la traducción de prácticas de trabajo y de saberes en dos dimensiones diferentes: dicho de manera sintética, las traducciones de las prácticas del libro a las prácticas del mapa; y las traducciones entre las prácticas de instituciones europeas y americanas. Acá la traducción es también un ejercicio interpretativo, que supone adaptaciones y pérdidas, bajo la presión de las condiciones y necesidades particulares (Doré, 2022; Mazzitelli Mastricchio, 2023).

De manera tal que este texto se divide en tres partes: en la primera se presentan manuales europeos de bibliotecología de la segunda mitad del siglo XIX y sus traducciones; en la segunda parte, se da cuenta de la guía para la organización de mapotecas publicada por Manuel Selva en 1941, haciendo foco en la sistematización de las prácticas de guardado de la cartografía y la construcción de un campo profesional. Por último y a modo de colofón, se analiza el sistema de guardado de mapas implementado por el historiador y profesor de la Universidad de Buenos Aires, José Luis Romero (1909-1977). Traemos este caso a colación dado que el orden implementado por Romero para la organización de sus mapas escapa a la normativa, en función no solo de la especificidad del material, sino también de los usos efectivos, mediados por los objetivos que éste persigue.

Entre resistencias materiales y expectativas de utilización: el guardado de mapas en la era de los manuales

En 1890, Arnim Graesel, entonces director de la biblioteca de Berlín publicó una obra titulada Grundzüge der Bibliothekslehre (Fundamentos de biblioteconomía) que se quería una actualización de un manual previo: el Katechismus der Bibliothekenlehr (Catecismo para la biblioteconomía) de Julius Petzholdt, editado en 1856.[5] En su prefacio, Graesel apuntaba a la necesidad de rejuvenecer la obra de Petzholdt a la luz de los progresos de la ciencia de la organización de las bibliotecas (1890, p. v). A su vez, en el texto de 1856, Petzholdt –quien se desempeñaba entonces como bibliotecario del reino de Sajonia– había aludido a las limitaciones de las obras previas de Ebert, Molbech y Zoller dedicadas a las bibliotecas públicas y universitarias; y a la necesidad de proveer orientaciones más precisas y ordenadas a quienes tenían a su cargo la organización y administración de estas instituciones y la enseñanza de los bibliotecarios (1871 [1856], p. v-vi). Así, cada uno reconocía una genealogía que requería actualización y perfeccionamiento.

La obra de Graesel tuvo una sólida fortuna editorial: alabada como lo más avanzado para su época, Jules Laude, bibliotecario universitario de Clermont-Ferrand, la tradujo al francés como Manuel de Bibliothéconomie (Manual de biblioteconomía) en 1897, con la colaboración del propio Graesel, ampliando y precisando los contenidos del manual original en alemán. A su vez, el chileno Luis Ignacio Silva, director de la biblioteca del Instituto Nacional de ese país, lo tradujo al español desde el francés, transmutado en Manual del bibliotecario, y publicado en dos volúmenes en 1913 y 1914. Silva había tomado contacto con la obra en 1901: “uno de los primeros libros cuya lectura mis jefes me recomendaron, en orden a los conocimientos que los empleados del ramo deben poseer”. Mientras Laude emprendía su trabajo para rendir servicio a jóvenes que se iniciaban en el trabajo bibliotecario y para la difusión de la ciencia de la biblioteconomía, Silva esperaba que su traducción sirviera tanto a los bibliotecarios como a los “profanos”, nombre que le servía para identificar a los interesados en la organización de sus colecciones particulares (Graesel [Laude], 1897, p. v-vi; Graesel [Silva] vol. I, 1913, p. v-vi).

En diálogo con lo observado por Quesada a comienzos de 1870, en Petzholdt y en las tres ediciones de Graesel, se da cuenta de la existencia de mapas en las bibliotecas; una presencia que se expresa, a partir de la edición que hace Laude del texto de Graesel, en la identificación de secciones y salas especiales para guardado de este material en las plantas de instituciones bibliotecarias existentes en Europa (Petzholdt, 1871 [1856], p. 38-39; Maire, 1896, p. 50; Graesel [Laude], 1897, p. 87; Graesel [Silva], 1913, p. 141).

Siguiendo a Petzholdt, Graesel reconocía que el guardado de mapas presentaba problemas evidentes debido a su “naturaleza”. A partir de esta constatación, Graesel realizó una serie de observaciones dispersas que no adquieren la condición de un discurso articulado. Destacamos sus indicaciones sobre las dimensiones de algunas piezas individuales que requerían atención particular que requerían atención particular, la existencia de mapas impresos en varias hojas y de otros que se presentaban doblados al interior de libros; lo mismo que la necesidad de asegurar la visualización integral de los mapas y evitar su deterioro fruto de la manipulación. En consecuencia, el uso más o menos intensivo de los materiales debía también considerarse. De esta suma de circunstancias, derivaba un tipo de gestión material que resultaba muy oneroso para las bibliotecas (Graesel, 1890, p. 290).

Por eso, se recomendaba identificar los mapas que se empleaban menos y eran más pequeños, que podían quedar guardados al interior de cajas. Para los otros mapas –los más grandes, los impresos en varias hojas y los de mayor uso–, Petzholdt y las diferentes ediciones de Graesel recomendaban que fueran cortados y pegados sobre lienzo para un doblado y guardado como libro (Figura 1). Este procedimiento se ilustra utilizando un esquema de Europa cortado y recompuesto, que será reproducido en todas las ediciones de Graesel (Petzholdt, 1871 [1856], p. 63; Graesel, 1890, p. 291; Graesel [Laude], 1897, p. 375; Graesel [Silva], 1914, tomo II, p. 340; Selva, 1941, p. 62). Así, Petzholdt y Graesel transforman ese material difícil de gestionar en un formato libro, que se hace biblioteca.

Figura 1. Línea del tiempo con ilustraciones sobre prácticas de guardado

Fuente: Elaboración propia. En la parte superior se observan los esquemas de los mapas recortados y pegados sobre un lienzo para guardar reducidos como libros; en la parte central fiuran las portadas de los manuales analizados y en la inferior, las ilustraciones de los muebles contenidos en ellos.

La lectura de estos manuales revela que esta operación de reducción a libro no siempre es posible. De allí que el manual alemán de Graesel recomendaba a los bibliotecarios construir muebles especiales que se adaptaran al material. Esta indicación no guarda relación de coherencia con el anterior procedimiento, es decir, no se explica cuándo cortar y pegar sobre lienzo y cuándo guardar en un mueble especialmente dispuesto para ello.

El mueble aparece dibujado en la edición francesa de Laude y en la traducción al español de Silva. Como puede observarse en la Figura 2, no se parece a lo que hoy entendemos como planera, pero la descripción apunta a la existencia de superficies horizontales que pueden desplazarse hacia afuera por medio de rodamientos o rulemanes.

Figura 2. Tables à rouleax en el manual de Graesel traducido por Laude

Fuente: Graesel [Laude] 1897, p. 140.[6]

Por los mismos años en que Laude traducía el manual de Graesel, otras obras salían publicadas en Francia dedicadas a la organización de mapotecas.[7]

En 1896 el francés Albert Maire, sub-bibliotecario y luego bibliotecario de La Sorbonne, publicó el Manuel pratique du bibliothécaire (Manual práctico del bibliotecario).[8] En Maire, al igual que en la obra de Graesel, se reconoce que los mapas poseen una naturaleza distinta de los libros debido a su especificidad material y de contenido. Así, ambos manuales parten de un mismo punto. No obstante, a diferencia de las observaciones dispersas que provee Graesel para el tratamiento del material cartográfico, en Maire se sistematizan estas observaciones, articulando un discurso unitario. Lo llamativo es que, en esta posición, se observa cierta frustración. En un período en que el aire de los tiempos invita a la uniformización de procedimientos, Maire reconoce que no se puede adoptar ninguna norma fija para la disposición en el espacio de los mapas y que no existe, tampoco, una regla precisa que evite cierto grado de arbitrariedad en su catalogación (Maire, 1896, pp. 69, 174). Así, evidenciaba la resistencia material y epistemológica de los objetos cartográficos, que desafiaban el espíritu general de normalización que guiaba al bibliotecario.

La preocupación por el guardado de los mapas queda visibilizada en este manual, al igual que en el texto de Graesel, tanto en la descripción de la disposición espacial del edificio, como en la sección dedicada al mobiliario de la biblioteca. Maire presenta un plano de una “biblioteca modelo” que incluye una sala para “Cartes géographiques et plans. Ouvrages in planos” (Cartas geográficas y mapas. Obras in planos) (Maire, 1896, p. 50).

En el capítulo sobre mobiliario de la biblioteca, luego de una extensa sección dedicada a las estanterías, Maire describe algunos “muebles accesorios” para materiales especiales: mesones con divisiones verticales para grandes in-folio y también muebles específicos con cajoneras bajas para material impreso suelto, como estampas o mapas (Figura 3).

Figura 3. Mueble con bandejas para mapas en manual de Maire

Fuente: Maire, 1896, p. 50.

Como ya se señaló, en el texto de Maire se reconoce la imposibilidad de disponer los mapas con un único procedimiento, por lo que se describen los distintos sistemas que se han implementado en la Biblioteca Nacional de París. Así, además de los mapas que pueden guardarse en el mueble recién descrito, se identifican otros mapas pegados sobre tela y doblados, al modo de la reducción a libro de Graesel. Otros, también montados sobre tela, pero guardados en forma de rollo. También se da cuenta de algunos que, montados sobre tela y enrollados, se conservan en cartones y se guardan en los muebles con cajones móviles. Otra alternativa que ofrecía era la de montar los mapas sobre atriles, sobre todo cuando se empleaban en la docencia (Maire, 1896, p. 69). Contemporánea de Maire es la obra de Albert Cim, que Selva también mencionará, como veremos a continuación. Cim, quien fue bibliotecario de la Subsecretaria de Estado de Correos y Telégrafos, publicó en 1902 Une bibliothèque (Una biblioteca).[9] Esta obra está dirigida a quienes tienen o desean poseer bibliotecas y en ella no hay referencia directa a los mapas.

Manuel Selva y sus sugerencias de guardado para los mapotecarios

En 1941, Manuel Selva publicó la Guía para organización, fichado y catalogación de mapotecas que orienta sobre las formas de guardar cartografía (1941b). Manuel Selva tiene una larga trayectoria en la historia de la bibliotecología argentina. Su labor está precedida por esfuerzos aislados destinados a sistematizar el quehacer bibliotecario (Parada, 2009).[10] Selva entró a trabajar a la Biblioteca Nacional en 1912, cuando estaba dirigida por Paul Groussac, quien le otorgó una formación metodológica a su trabajo bibliográfico y bibliotecario (Planas, 2024). A pesar de ser un autodidacta -o profano-, Selva fue ascendiendo en la Biblioteca Nacional al grado de jefe de la sección Bibliografía y luego al de secretario general de la institución. Selva es reconocido por su labor en la institucionalización de la bibliotecología: en 1937, creó la carrera de Bibliotecología en el Museo Social del cual fue su único profesor y se dio a la tarea de publicar diversas obras sobre este campo, entre los que se encuentran un Manual de Bibliotecnia (1939); el Tratado de bibliotecnia en dos volúmenes (1944) y el Catálogo de la Mapoteca Nacional (1941a; 1949).[11]

Selva se muestra conocedor de los libros que, desde el siglo XIX, se habían publicado se habían publicado sobre bibliotecología y menciona expresamente los manuales de Arnim Graesel, Albert Maire y Albert Cim (1941a, p. 5). Refiere, además con mucha admiración al trabajo que venía realizando Philip Lee Phillips, jefe de la División de mapas y cartas de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, quien describía como “pobre” la atención prestada hasta entonces a los mapas (1941a, pp. 5, 6). La voz autorizada de Phillips le permitía reforzar su opinión acerca de la falta de preocupación que, en todas esas obras previas, se había prestado a “cómo deben ficharse, ordenarse y catalogarse” los mapas (Selva, 1941a, p. 1). Selva cita el catálogo de mapas preparado por Phillips de 1904. En cambio, no hace alusión a la guía que el mismo Phillips había publicado en 1915 para la organización de las mapotecas. No sabemos si no conoció esa obra o, simplemente, no la citó.[12]

Es interesante constatar que el catálogo de la mapoteca de Selva estaba en prensa cuando escribió la Guía que vamos a analizar. La escritura simultánea de estas dos obras –el catálogo y la guía– no es fortuita ya que da cuenta de lo que el propio Selva venía señalando: no había directrices sistemáticas disponibles para el trabajo con mapas en bibliotecas. Por eso, Selva declara valerse “de los conocimientos adquiridos en la práctica, sin que pudiera guiarnos estudio alguno especial” (Selva, 1941a, p. 1) y se propone, con su guía, cubrir esa falta.

Las labores implicadas en la organización de mapotecas y el guardado de mapas tenían eco en otras prácticas relacionadas con la cartografía. Así, entendemos que la inclusión de un prólogo escrito por Elina González Acha de Correa Morales, maestra, fundadora y presidenta de la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos (GAEA) tampoco es azarosa, ya que permite reconocer que Selva estaba dialogando con instituciones con perfil técnico que reunían profesionales especialistas en cartografía.[13]

La introducción de la Guía, Selva proponía unos procedimientos compartidos entre todos quienes tenían a su cargo acervos cartográficos, haciendo hincapié, como veremos, en las dificultades que suponía trabajar con este tipo de objetos, dadas sus peculiares características. Al mismo tiempo, sostenía que la organización de las colecciones de mapas “se orienta[ba] de acuerdo con las necesidades particulares” (Selva, 1941b, p. 19). Aunque su guía se centraba en las mapotecas generales, sostenía que las mapotecas especializadas podían beneficiarse de sus recomendaciones. Como ejemplo, menciona la mapoteca del Ministerio de Relaciones Exteriores, presentada como la mapoteca mejor organizada de la Argentina, que guardaba sus mapas de acuerdo con el uso que hacía de ellos: por zonas limítrofes y no por tamaño o región (país, continente, etc.) (Selva, 1941b, p. 19).[14] Por eso la Guía ofrecía unas sugerencias a los “mapotecarios” y no un manual de procedimientos.

La ordenación de los mapas en la propuesta de Selva debía seguir criterios de tamaño, de tipo de soporte material y de contenido. En el caso de los atlas o de mapas encuadernados, al ser libros, se guardaban verticalmente en estanterías como los otros libros de la biblioteca, aunque en espacios separados debido a sus mayores dimensiones. Como consecuencia, Selva explicaba que, en el caso de obras compuestas por atlas y volúmenes de escritos, estos debían ubicarse en lugares diferentes de la biblioteca, conservando una referencia a la totalidad de la obra.[15]

¿Y qué hacer respecto de los mapas en hojas sueltas? Al abordar este tipo de cartografía, Selva introdujo la cuestión central de los muebles y espacios que se requerían, teniendo en cuenta la especificidad de los mapas en tanto objetos materiales. Asimismo, llamó la atención sobre la incidencia de la valoración de los mapas y la demanda de la consulta a la hora de organizar las mapotecas. Como hemos visto, estos tres elementos -la condición material, el valor y la utilización- estaban presentes en los manuales europeos de la segunda mitad del siglo XIX.

En esa línea, Selva identifica mapas “de poco valor” o de uso intensivo (Selva, 1941b, p. 61), para los cuales sugería muebles sencillos que podía construir cualquier carpintero. Estos los denominaba como maperos verticales para mapas enrollados y maperos verticales giratorios o rototex para mapas extendidos (Figura 4). Mientras el primer formato permitía guardar mayor cantidad de materiales, estos quedaban ocultos a la vista; en cambio, el segundo podía ser de difícil gestión práctica, pero mostraba los mapas desplegados.

¿De dónde sacó Selva estos diseños de muebles? Como hemos visto, no estaban en los textos que lo preceden y que él mismo cita. Tenemos que suponer que, a esas alturas, ya circulaban conocimientos, muebles o ilustraciones a las cuales se podía recurrir. Así, por ejemplo, los rototex estaban también en esa publicación alemana de 1883 que había aprovechado Graesel al confeccionar su manual y que se denominaban Drehständer (soporte giratorio).

Figura 4. Muebles incluidos en la Guía para organización, fichado y catalogación de mapotecas

Fuente: Selva, 1941b, p. 54, 55, 56 y 57. De izquierda a derecha: mapero para guardado de material enrollado; mapero giratorios o rototex; mueble para mapas sueltos, del cual se muestra el interior de uno de los cajones con mapas superpuestos.

Un tratamiento diferente debían tener los mapas “de gran valor”: armarios horizontales metálicos con bandejas o cajones bajos para guardar un número reducido de mapas en cada nivel (Figura 4). Acá el referente era la Biblioteca del Ministerio de Relaciones Exteriores, ya citada como la mapoteca mejor constituida de la Argentina.

En la tarea de organización de la mapoteca, Selva relacionaba la ordenación del material con el fichado y la catalogación. Para el autor, estos tres puntos estaban concatenados, es decir, organizar una mapoteca implicaba pensar estas tres prácticas en conjunto y de manera interrelacionada. No obstante, el guardado de los mapas, era para Selva el punto de partida. En este sentido, el mapa, pero sobre todo el mapa suelto, difería esencialmente del libro. Mientras que el libro podía sacarse de uno en uno de la estantería, remover los mapas sueltos siempre suponía sacar varios juntos a la vez. De allí que tenía sentido organizarlos espacialmente teniendo presente su contenido. Lo señalaba, de manera negativa, al referir a los atlas: “como no existe el inconveniente de tener que mover varios para sacar uno determinado, no hay razón de que se coloquen clasificados” (1941b, p. 61); y lo reiteraba al explicar que “los mapas no se pueden sacar de una bandeja sin remover los que se hallan encima del que se desea” (Selva, 1941b, p. 57). Por eso, Selva sugería tener presente el criterio de búsqueda de los interesados en consultar este material y expresado en la clasificación. Es decir, proponía reunir físicamente los mapas por lugar (país, mar, región, ciudad, etc.) o por tema (clima, geología o político) (Selva, 1941b).[16] Como resultado, se conformaban series o corpus temáticos de los mapas, visibles a quien quisiera consultar esa serie.

La propuesta de Selva pretendía no solo ofrecer un planteamiento de carácter coherente y sistemático, sino también contribuir a la formación de los encargados de las bibliotecas que tendrían que lidiar con diferentes tipologías de mapas, soportes distintos y objetos de valor diverso. Así entendemos el prefacio de Correa Morales, en el que se describen las proyecciones cartográficas y el primer capítulo de la Guía, dedicado a la historia de la cartografía. La difusión de un lenguaje técnico permitía establecer comunicación entre los pares al mismo tiempo que construir un saber legítimo y diferenciador con otros profesionales, desarrollándose un ethos de la profesión, esto es, un orgullo por la profesión que se lleva a cabo (Burke, 2017). Imbuido de un espíritu semejante, Selva pretende profesionalizar las prácticas de los mapotecarios profanos.

Colofón: El guardar profano. La colección cartográfica de José Luis Romero

A la profesionalización y sistematización de las prácticas de guardado que hemos delineado a partir de los manuales, sigue un nuevo ciclo de creciente institucionalización y articulación transnacional. Algunos hitos de este proceso son, por ejemplo, la Reunión Panamericana de Consulta sobre Cartografía realizada en Chile en 1952, que invita a “los países que no tengan mapoteca nacional, organicen un servicio de esta naturaleza y estimulen el canje de publicaciones cartográficas” (citado en Crexell y Cuomo, 1952, p. 63). No obstante, en esta sección nos interesa volver a enfatizar lo irreductible del mapa, su indisciplina, la cuota de arbitrariedad contenida en los procesos de organización de una mapoteca y la estrecha relación entre usos de los mapas y formas de guardado.

Estas ideas nos permiten acercarnos a una mapoteca en particular: la colección cartográfica del profesor e historiador argentino, José Luis Romero (1909-1977). Romero pertenece a una generación de intelectuales que dejaron de pensar el espacio como inerte y estático para considerarlo “tiempo comprimido” (Bachelard, 2010, p. 38). Siguiendo a Devoto y Pagano (2009), entendemos que en su obra se evidencian la apertura interdisciplinaria, el diálogo entre perspectivas y el interés por una historia de la cultura y una historia social en estrecho diálogo con Fernand Braudel, cuya obra marcó la reflexión sobre las relaciones entre espacio y devenir histórico.

En este marco, no sorprende que Romero conservara gran cantidad de registros visuales que representan diferentes territorios, entre los que encontramos mapas. Estas imágenes, que hoy conforman la Colección Cartográfica José Luis Romero, fueron halladas en 2022 en un cuarto de baño en desuso en el Centro Cultural Universitario Paco Urondo (CCUPU) de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (FFyL – UBA). Una vez identificada, se trasladó a la Biblioteca del Instituto de Geografía en donde reside actualmente.

El material es muy variado. Allí convergen diferentes tipos de imágenes (paisajes, vistas, planos, plantas, esquemas, etc.) y soportes (papeles de diversa calidad, negativos, entre otros), con orígenes muy variados (por ejemplo, recortes de revistas, páginas de libros, guías turísticas o de calles, entre otras). No obstante, se trata siempre de objetos bidimensionales; es decir, láminas de diferentes tamaños. En esta enorme heterogeneidad de objetos, el valor del material reside en el conjunto y en la procedencia; es decir, en el hecho de que los reunió José Luis Romero, lo que permite interrogar cómo estas imágenes colaboraron (o no) a establecer un tipo de pensamiento historiográfico o una metodología para analizar procesos espacio-temporales.[17] Al mismo tiempo, interesa el modo en que su guarda permite reflexionar sobre esas operaciones.

Romero colocó todos sus materiales de canto, aunque les dio un tratamiento diferente según sus dimensiones. Así, separó los más pequeños (tamaño oficio o menores) en un cajón de madera, organizados en carpetas de cartón (Figura 5). Por otra parte, coloca las láminas de mayor tamaño en carpetas grandes y rígidas (Figura 7) en una especie de revistero que se ubicaba debajo del escritorio. Las carpetas tenían en la parte superior una etiqueta que identificaba el material: “Paisajes”, “Francia”, etc. Tanto las carpetas como el revistero fueron confeccionados por el propio Romero.[18]

Figura 5. Cajón para material cartográfico tamaño oficio de José Luis Romero

Fuente: Elaboración propia.

Figura 6. Carpetas hardboard con el anillado manual confeccionadas por José Luis Romero

Fuente: Elaboración propia. La foto fue tomada en el momento del traslado del CCUPU a la FFyL.

Los dos muebles facilitaban la búsqueda vertical de la información para acceder individualmente a cada pieza, sin necesidad de sacar el resto de los documentos (Figuras 5 y 7). Es decir, en ambas situaciones se reproduce la posición típica de los archivos administrativos que habilitan un acceso más rápido a la documentación. Por otra parte, este sistema de guarda permitía almacenar mayor cantidad de papeles (Robertson, 2021).

Agreguemos que Romero tenía sobre el escritorio un atril o tablero (también construido por él) en el que podían apoyarse las láminas con las que estaba trabajando en ese momento. Así, el sistema de guarda se combinaba con este otro mueble que facilitaba el trabajo cotidiano de Romero, al proveer un modo de buscar y exhibir sus imágenes para leer e interpretar el espacio en clave histórica.

En la Figura 7 se observan dos fotos del estudio del historiador. Debajo del escritorio se encuentra el mueble revistero donde se colocaban las carpetas, que permite un acceso rápido al material; y encima vemos el atril para su visualización.

Figura 7. Dos perspectivas del escritorio de José Luis Romero

Fuente: José Luis Romero, con intervención propia.

Este caso particular, que desafía las formas instituidas para el guardado, nos permite insistir en la heterogeneidad de las estrategias de guarda cartográfica que podemos reconocer a distintos niveles; asociadas a actores, contextos, proyectos de conocimiento y necesidades diferentes. En un libro dedicado a la teoría de la traducción, Barbara Cassin define los intraducibles como “aquellas palabras que no logramos poner en otra lengua y que la señalan en su diferencia: en suma, síntoma de la diferencia de la lengua” (2014, p. 21). Este concepto nos sirve también para pensar el amplio repertorio del guardado cartográfico que, tensionado entre el orden y la indisciplina de los mapas, encarna diferencias irreductibles: los mapas tampoco hacen mapotecas.

Conclusión

En este texto, observamos una tensión entre el proceso de formalización de normas para la organización de la biblioteca con vocación universal y el guardado de materiales cartográficos. Integrados al patrimonio bibliotecario, los mapas no tienen cabida fácil en el universo de los libros. Su materialidad específica y en nada homogénea –la condición de hoja suelta o de impreso en libro; su soporte en papel o tela; sus variadas dimensiones; su condición unitaria o seriada–, pero también sus múltiples usos y los sentidos que se les atribuían en su vida social desafiaron a quienes buscaron encontrarles un lugar y una disposición en el espacio biblioteca.

En una era en que la adopción de procedimientos comunes se transformó en un mandato para los saberes institucionales y la profesionalización de ciertos oficios, los manuales para bibliotecarios encarnaron estas tensiones. En ellos, es posible leer la resistencia o indisciplina que representan los mapas a los intentos de formalización. Quizás el más elocuente de estos intentos sea la propuesta de “reducción a libro” del material cartográfico mediante corte y doblado, lo que permitiría al bibliotecario incluir una obra frágil a la manipulación y sobredimensionada en la repisa de biblioteca.

Reconociendo el carácter insuficiente de los manuales europeos que se habían publicado en Europa desde mediados del siglo XIX y sus traducciones en los años del cambio de siglo, la guía que publicó en Buenos Aires Manuel Selva representó un esfuerzo sistematizador destinado a profesionalizar la tarea de los “mapotecarios” la que, sin embargo, se topó con problemas semejantes. En su texto, estructurado en torno a los pasos requeridos para organizar una mapoteca, una segunda línea argumental explicita las dificultades que impone el trabajo con este tipo de objetos, dadas sus peculiares características y las necesidades derivadas de los usos múltiples que se les dan.

En diálogo con este reconocimiento, el caso del historiador José Luis Romero muestra cómo, en su práctica individual, tejida en torno a la docencia, la investigación y la escritura, los criterios de guarda se ajustaron, lo que dio lugar a soluciones singulares que escapan de la normativa establecida. El texto sostiene que la normalización del guardado de mapas es como la traducción misma, pues siempre hay algo que se pierde en el proceso de traspaso de una lengua a otra o de una práctica a otra; existen particularidades que son intraducibles, que se escapan al proceso de guardado y que generan descalces entre los intentos de normalización y la singularidad del material y su uso.


[1] Este artículo forma parte de los resultados del Proyecto N° PDE_29_2024 “El pensamiento visual del saber historiográfico. La colección cartografía de José Luis Romero”, dirigido por Mazzitelli Mastricchio y co-dirigido por Carolina Martínez, que tiene a Alejandra Vega como asesora internacional. Es igualmente resultado del proyecto FONDECYT Regular N° 1240539 “Coleccionar, ordenar, visibilizar. Una aproximación desde la cultura material y la historia cultural a la colección cartográfica de José Toribio Medina (1870-1930)”, del cual Alejandra Vega es investigadora responsable.

[2] https://www.educ.ar/recursos/70400/raul-lemesoff-arma-de-instruccion-masiva. Agradecemos esta última referencia a Nancy Bentivegna.

[3] Ejemplo de esta forma previa de guardado de mapas sería la biblioteca de Alexander von Humboldt, según la pintura realizada en 1856 por Eduard Hildebrandt que forma parte de la colección de la Kunstbibliothek de Berlín. Allí se observa que el naturalista guardaba sus mapas en forma de rollo debajo de una mesa.

[4] Adaptamos la expresión a partir de González Leandri (2012), quien refiere al “proyecto médico” con relación a la profesionalización médica en Buenos Aires 1850-1910 en Buenos Aires.

[5] El título completo de la obra de 1890 de Graesel es Grundzüge der Bibliothekslehre mit bibliographischen und erläuternden Anmerkungen. Neubearb von Julius Petzholdts Katechismus der Bibliothekenlehre (Fundamentos de biblioteconomía con notas bibliográficas y explicativas. Nueva edición del Catecismo de biblioteconomía de Julius Petzholdt); en tanto que la edición de 1902 se titula Handbuch der Bibliothekslehre (Manual de biblioteconomía). Por su parte, el texto de Petzholdt lleva por título Katechismus der Bibliothekenlehre anleitung zur einrichtung und verwaltung von bibliotheken; mit 15 schrifttafeln (Catecismo de biblioteconomía: guía para la creación y gestión de bibliotecas; con 15 tablas escritas) y fue reeditado en 1871.

[6] Una nota al pie en el texto remite a un artículo aparecido en 1883 en la Deutsche Bauzeitung (Revista alemana de la construcción) que contiene “otros muebles del mismo tipo” (1897, p. 139). De hecho, la figura que se reproduce en el manual es copia de una ilustración de esa publicación (Ik, 1883, p. 102). Silva traduce el nombre de este mueble como “Mesas de corredera” (Graesel [Silva] 1914, vol. 1, p. 226).

[7] En Riché (2009), se analizan distintos manuales para bibliotecarios aparecidos en lengua francesa y su menor recepción en el mundo de habla alemana.

[8] El título completo de la obra es Manuel pratique du bibliothécaire: Bibliothèques publiques, bibliothèques universitaires, bibliothèques privées.

[9] El título completo de la obra es Une bibliothèque. L’art d’acheter les livres, de les classer, de les conserver et de s’en servir.

[10] Entre estos esfuerzos, Parada menciona el intento de organizar una Escuela de Bibliotecarios y Archiveros en la Biblioteca Pública de La Plata de 1904, impulsada por Luis Ricardo Fors; quien en 1900 había publicado un trabajo titulado Bibliología; el primer curso de enseñanza bibliotecológica, impartido en 1909 y 1910. Y los textos de Juan Túmburus, Apuntes de Bibliotecografía (1913) y El bibliotecario práctico (1915); la inauguración de la Escuela de archiveros y bibliotecarios de 1922 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, además de la realización de congresos, la organización de reparticiones públicas y gremiales (Parada, 2009, p. 65).

[11] Para una biografía completa de Selva, véase Parada, 1997; y para la bibliografía escrita por este autor, véase Reinaldo José Suárez en 1985.

[12] Hoy se conservan en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno cuatro volúmenes publicados por la Biblioteca del Congreso y obra de Phillips: A list of maps of America in the Library of Congress, de 1901; Check list of large scale maps, de 1904; y tres volúmenes de A list of geographical atlases in the Library of Congress, publicados entre 1909 y 1914. Además de estos libros, Phillips publicó en 1915 su Notes on the cataloging, care, and classification of maps and atlases, including a list of publications compiled in the Division of maps and charts, que contiene –como su nombre lo indica– mucho más que un catálogo, pues ofrecía orientaciones prácticas a los encargados de secciones cartográficas. Al día de hoy, este otro volumen no está en la biblioteca.

[13] Como presidenta de GAEA, Elina González Acha de Correa Morales, había organizado en 1936 la Primera Conferencia Argentina de Coordinación Cartográfica. Allí son varios los estudiosos de la cartografía que intentan marcar una agenda cartográfica coordinada, esto es la homogeneización técnica para la cartografía del país.

[14] Esta mapoteca referida por Selva en su trabajo se organizó a partir del conflicto de límites con Chile que llevó a Estanislao Zeballos -entonces ministro de Relaciones Exteriores- a “trazar un plan de reorganización de la mapoteca y se dieron las pautas para la redacción del catálogo de las cartas geográficas y planos. Por Decreto del 7 de septiembre de 1891 fue nombrado el ingeniero geógrafo Carlos Bayer con la consigna de ordenar este repositorio de mapas” (Sanz, 1985, p. 19).

[15] En particular, Selva hace referencia a los atlas de Azara, Humboldt y Martín de Moussy (Selva, 1941b, p. 61). Recogemos acá la terminología empleada por el propio Selva, sin precisar si se trata de libros con mapas o libros de mapas (Dym y Lois, 2021).

[16] Los mapas náuticos también se ordenaban desde lo general a lo particular: océanos, mares, lagos y ríos. En el caso de los océanos, el orden correcto sería la latitud y la longitud, pero los mapas de costas debían ordenarse según la “continuidad topográfica de las costas” (Selva, 1941b: 59).

[17] Es interesante pensar cómo se construye la rareza y el valor de los objetos, en este caso los mapas. David McKitterick (2023) reconstruye la conformación del canon de los libros raros por coleccionistas, bibliotecas y el comercio de libros entre los siglos XVI y XVII.

[18] Agradecemos la información al historiador Luis Alberto Romero, su hijo, quien participa del Proyecto.

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