La ciudad: Transformarse o morir

ANGEL GIGE

Etimológicamente, “ciudad” y “civilización” son sinónimos virtuales. El libro de José Luis Romero, prolífico sociólogo e historiador argentino, está totalmente empapado de este concepto, aunque no lo diga expresamente. Las ideas y las ideologías, dice Romero, nacen en las ciudades. Si algo de ideas e ideologías existe en ambiente rústico en centros menores, se trata apenas del reflejo, el contragolpe, la reacción de las ideas urbanas. La civilización entera, los partidos políticos, la cultura, las artes, son fenómenos ciudadanos. El campo provee a las ciudades de alimentos, habitantes, zonas de conquista, oportunidades de expansión, exportación, y explotación, pero no juega un papel decisivo en la historia.

Romero tiene algo a su favor al propugnar esta tesis, en gran parte inobjetable. Pero justamente el exagerado urbicentrismo (como podría definirse esta postura) de este ensayo, hace pensar qué importante y reveladora podría ser una historia del campo latinoamericano, paralela a ésta de sus ciudades.

El análisis de Romero se desarrolla con un método comparativo, casi por estratificaciones sucesivas, estableciendo paralelismos entre fenómenos ocurridos en los distintos países latinoamericanos. Los parecidos que surgen gracias a este sistema de análisis y exposición son ocasionalmente penetrantes y estimulantes, pero en otros casos parecen algo forzados. Cabe advertir al lector que cuando el profesor Romero no encuentra parecidos, soslaya diferencias… El método, interesante por cierto, tiene limitaciones que el autor no manifiesta: y el hecho de no tomar en cuenta sino elementos y hechos que apoyan su teoría, olvidando los que se le oponen, resta objetividad a la obra y valor al instrumento historiográfico utilizado.

A pesar de este serio defecto estructural, la obra es sugestiva. Legibilísima y vivaz en su exposición, parte de un análisis de la sociedad feudoburguesa europea y especialmente de ese fragmento de ella que conquistó América. Aquí llegados, la primera preocupación de españoles y portugueses fue la de fundar ciudades, para establecer un evidente eslabón con la Madre Patria, y reconstruir en las nuevas tierras el ambiente lejano y familiar: “Situados frente al lugar elegido, con la mano apretada sobre la empuñadura de la espada, la mirada fijada en la cruz y los pensamientos puestos en las riquezas que la aventura les depararía, los hombres del grupo fundador de la ciudad que ya tenía nombre pero de la que nada existía sobre el suelo, debían experimentar la extraña sensación de quien espera el prodigio de la creación surgida de la nada”.

De estos primeros desafíos a un mundo nuevo nacieron para su destino de gigantismo metropolitano o de estancamiento provinciano, muchas de las ciudades latinoamericanas. Al cabo de unas pocas generaciones, la fisonomía y la importancia de cada ciudad se fueron definiendo. Y nació la “ciudad ideológica”, o sea el centro espiritual de cada región. Política, cultura, clases sociales, negocios y costumbres, códigos de vida y de justicia, fueron normados y establecidos en las ciudades. Hidalgos, criollos, patricios y burgueses se sucedieron en ellas como grupos dominantes. Ahora, en estos últimos años, la ciudad se ha transformado en el lugar de enfrentamiento de las nuevas ideologías: la urbe masificada, rodeada por crecientes masas “anómicas”, defiende celosamente su sistema tradicional frente a la invasión de innumerables y gigantescas oleadas humanas, portadoras de miseria, de vagas aspiraciones y peligrosamente inclinadas a la violencia. Al mismo tiempo que la ciudad tradicional se ve atacada en su concepto histórico básico, su estructura espiritual se ve definitiva e irremediablemente comprometida y su estructura material, sobreextendida e incapaz de crecer al ritmo que sería necesario, amenaza también desplomarse.

La crisis de la ciudad es la crisis de la sociedad contemporánea. Aparentemente, Romero está convencido que la mejor solución del problema del enfrentamiento de dos concepto de vida, de dos mundos con opuestas exigencias, que se dramatiza y exaspera en las monstruosas ciudades de nuestros días, es la aplicación del “populismo”. ¿Qué es populismo? Aparentemente, un camino intermedio entre los excesos de un izquierdismo hambriento y revolucionario, y de una derecha aferrada miopemente a sus caducos privilegios. Un nacionalismo exacerbado (y hasta delirante), una masa gregaria y ruidosamente amenazadora, la necesidad de chivos expiatorios (marxistas, judíos, yanquis, masones, capitalistas extranjeros, etc.), un líder de personalidad aglutinante, son algunas de las características esenciales del populismo.

Estamos hablando claro está, de fascismo: tanto más que los representantes de esta posición (que, según Romero, es “acogida con vehemente entusiasmo por la masa anómica”) son Rojas Pinilla, Getulio Vargas, Perón… Romero no sugiere la existencia de otras menos desalentadoras alternativas. Con tan triste perspectiva presentada no sólo como prácticamente ineludible, sino también como razonablemente aceptable y casi recomendable, llega a su conclusión este ensayo brillante y ágil en su parte histórica pero, en sus juicios sobre la realidad contemporánea, sutilmente destructivo, subversivo en su aparente resignación, y peligrosamente coherente en su tesis principal, subjetiva, parcial, negadora de todo ideal.