La historiografía argentina entre la tradición y la renovación. El Instituto de Historia Argentina y el Centro de Historia Social entre 1955 y 1966. Dos modos de concebir y hacer historia

Martha Rodríguez
Instituto de Historia Argentina y
Americana “Dr. Emilio Ravignani” –
UBA/Conicet

El presente artículo tiene su génesis en una investigación desarrollada entre los años 2017 y 2020 en el marco del proyecto “Dos décadas de actividad historiográfica en el Instituto de Historia Argentina y Americana `Dr. E. Ravignani´. La gestión de Ricardo Caillet Bois (1956-1973 / 1976-1977)” financiado por el Programa Historia y Memoria de la Universidad de Buenos Aires. Allí postulábamos que el análisis de aquella institución luego de 1955 era de gran interés pues permitía visibilizar la permanencia –y preeminencia- de propuestas historiográficas tradicionales en una coyuntura de la que generalmente se destaca la emergencia y expansión de grupos y tradiciones renovadoras, en consonancia con los desarrollos de la historiografía internacional.1

Durante ese periodo si bien se gestaron propuestas renovadoras que articularon epistemologías y praxis historiográficas alternativas, mantuvieron su preeminencia los enfoques tradicionales anclados en los cánones eruditos y metódicos que la Nueva Escuela Histórica implantara en las primeras décadas del siglo XX como parte del proceso de profesionalización disciplinar.

La expansión de propuestas renovadoras, si bien importante, fue acotada. Sus impulsos allanaron el camino para la introducción de nuevas perspectivas, estimularon algunos debates, propiciaron pujas por espacios académicos y reconocimiento interno y externo. También fueron vitales para la constitución de un programa renovador que aspiraba a sustituir los modelos tradicionales de hacer historia por nuevos enfoques.

Sin embargo, esos programas renovadores quedaron reducidos y acotados a unas pocas universidades y, dentro de ellas, a algunas cátedras y ámbitos de investigación durante el período estudiado. Con posterioridad a 1966 fueron diezmados por las sucesivas dictaduras que desarticularon sensiblemente la vida académica e intelectual. Serían retomados con fuerza en el ámbito público luego de la reapertura democrática iniciada en 1983, pero ya con otras características (Rodríguez, 2022a; 2022b).

El mantenimiento de la preeminencia de los grupos tradicionales a lo largo de los años cincuenta y sesenta estuvo ligada a la modalidad que asumió la “normalización universitaria” tras la caída del peronismo. Este proceso involucró tanto a grupos tradicionales, para quienes el significado de aquella era sobre todo la restitución del statu quo previo al “paréntesis peronista”, como a sectores renovadores, para quienes el proyecto implicaba la defensa de un modelo de modernización científica en el que la universidad era central en el desarrollo económico y social del país. Esta convergencia entre sectores tradicionales y renovadores fue particularmente ostensible en algunas facultades. (Buchbinder, 1997 y 2005; Calderari y Funes, 1997; Halperin Donghi, 2003)

Tal es el caso de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires donde las carreras de humanidades clásicas ya existentes, como historia, filosofía o letras tuvieron que comenzar a convivir con otras de reciente institucionalización como sociología, antropología o psicología, obligando a sus referentes a compartir recursos, espacios y consensuar proyectos académicos.  En el área de Historia, tanto las materias nodales, como los cargos de gestión dentro de la carrera y en los ámbitos de investigación recayeron en historiadores que habían regresado a la Facultad o se habían incorporado tras 1955, pero que participaban de concepciones historiográficas tradicionales. Los impulsos de renovación dentro de la disciplina serían liderados por el grupo de José Luis Romero, nucleado en torno de la cátedra y el Centro de Historia Social.

En lo que sigue se estudiarán las características y la actividad desarrollada en ese período por dos institutos de la facultad dedicados a la investigación histórica. El Instituto de Historia Argentina “Dr. Emilio Ravignani”, baluarte de las concepciones historiográficas predominantes desde la institucionalización de la disciplina, y el novel Centro de Estudios de Historia Social creado bajo el impulso de los sectores renovadores.

La universidad, los institutos y la investigación

A partir de las transformaciones desencadenadas luego de la reforma universitaria de 1918 las actividades vinculadas a la investigación científica cobraron mayor relevancia en el ámbito de la Universidad de Buenos Aires. En la Facultad de Filosofía y Letras este proceso de institucionalización de la investigación fue intenso y sostenido; entre la década de 1920 y la de 1940 se crearon dieciséis institutos que concentraron la producción científica. Es en ese contexto que en 1921 se fundó el Instituto de Investigaciones Históricas sobre la base de la preexistente Sección Historia. Sería la primera institución universitaria dedicada con exclusividad a la investigación histórica en el país. Al mismo tiempo, su vínculo con la formación de grado lo convirtió en un espacio central para la práctica de un oficio que se pretendía científico, y en buena medida se resolvía entre erudición y destreza metodológica en el tratamiento documental. La figura de su promotor y primer director, E. Ravignani, sería decisiva para esas actividades. (Buchbinder, 2021).

Como en otros ámbitos profesionales en formación, también aquí el esfuerzo por construir un espacio erudito, científico y objetivo para el saber histórico fue al mismo tiempo solidario con el de dotar a la identidad profesional de una faceta pedagógica y pragmática, destacando su papel en la organización de la cultura histórica nacional. (Rodríguez, 2022b)

La coyuntura abierta en 1955 con el derrocamiento de J.D. Perón abrió un período de grandes mutaciones intelectuales, culturales e institucionales, particularmente visible en las universidades y en especial en la de Buenos Aires. Esas transformaciones estuvieron signadas por el rol central que pasaron a ocupar la ciencia y el desarrollo científico como motores de la modernización económico-social y posicionó a las universidades como espacios naturales para el desarrollo de esas actividades.

Bajo la consigna de la desperonización se inició en la Universidad de Buenos Aires un proceso de normalización institucional que culminaría en 1958 con la puesta en vigencia de un nuevo estatuto universitario, la elección de autoridades y concursos masivos en buena parte de sus facultades. Este proceso, que tuvo a José Luis Romero como rector en sus primeros meses, cobijaba tanto el desmantelamiento del aparato normativo, académico e institucional del peronismo como el proyecto de modernización científica de la institución. Así, como señalamos, la “normalización universitaria” fue una empresa que involucró tanto a grupos tradicionales como a sectores renovadores que defendían un modelo científico para el que era perentoria la modernización de las estructuras, los saberes impartidos y la organización de la investigación.

Luego de la sanción del Estatuto Universitario en 1958, se procuró avanzar en la organización de las actividades de investigación y en la reconversión de los institutos en ámbitos especializados para su desarrollo. Esa profesionalización demandaba desmontar el prototipo de actividad intelectual amateur mediante la creación de una planta funcional de especialistas calificados, medios para asegurar su funcionamiento regular, y especialmente, la demostración de su capacidad para formar recursos humanos especializados.

Este proyecto delineado en la universidad para la investigación suponía en la práctica crear institutos que respondieran a esos objetivos, pero también reestructurar los existentes para que cumplieran con las nuevas demandas.  La regulación de las actividades de los institutos se volvió pronto un imperativo para las facultades. En 1961 el Consejo Superior reglamentó las misiones y funciones de los institutos de investigación, impulsando a las facultades a adoptar esos criterios. Esa adecuación era indispensable tanto para obtener el reconocimiento formal de los institutos ya existentes, como para gestionar la creación de nuevos. (CS-UBA, 1961). Estos criterios no sólo imponían a los Institutos la tarea de generar conocimiento y formar investigadores, también los impulsaba a garantizar la colaboración interdisciplinaria y a articular su trabajo con el de las facultades de pertenencia y el de la universidad. Es en este contexto que se crea el Centro de Historia Social y se solicita (y concede) el reconocimiento del ya existente Instituto de Investigaciones Históricas “Dr. E. Ravignani” como Institución adecuada ahora a los nuevos parámetros.

El Instituto de Historia Argentina “Dr. E. Ravignani”

Como sucedió en otros ámbitos de la facultad, el peso de la tradición condiciono los alcances de la modernización encarada. En el instituto de Investigaciones Históricas, que en 1956 fue rebautizado como Instituto de Historia Argentina “Dr. E. Ravignani” para finalmente adoptar su actual denominación de Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. E. Ravignani” en 1963, la prolongada dirección de R. Caillet Bois (1955-1973 y 1976-77) discípulo de E. Ravignani, quien había dirigido la institución desde su creación hasta el advenimiento del peronismo, permitió la continuidad de un modelo historiográfico tradicional, escasamente permeable a las innovaciones disciplinares. 

El resultado fue una institución modernizada en sus aspectos formales, pero tradicional en su sustrato epistémico. La adecuación del formato institucional a los nuevos tiempos se combinó con el mantenimiento de actividades y proyectos en los que la operatoria heurística y la producción de insumos para la investigación (vg. la selección, recopilación y edición de fuentes inéditas) fueron tan centrales como en la primera mitad del siglo XX. Otro tanto puede decirse respecto al rol social de configuración identitaria, rasgo destacado de la especialización disciplinar en esas décadas que se mantiene incólume. 

Los informes y memorias institucionales producidas desde 1956 registran tres líneas de trabajo en las que se concentraron los esfuerzos: La biblioteca; el relevamiento, preparación y edición de fondos documentales junto a la publicación de monografías y tesis, y, especialmente, la publicación de la segunda serie del Boletín, órgano de difusión del trabajo producido. Ninguna de estas tareas era novedosa, habían sido la insignia de la institución desde su creación en los años 20’, pero si en aquel momento habían podido ser presentadas como parte de un proyecto historiográfico actualizado y en sintonía con la historiografía internacional, a inicios de los 60’ evidenciaban el anquilosamiento y la ausencia de renovación de perspectivas. (AIR, 1958; AIR, 1959; AIR, 1960; AIR, 1962; AIR, 1963a) 

La exhumación, selección y publicación de fondos documentales requería de ingentes tareas que se iniciaban con la búsqueda de fuentes en los repositorios documentales.  A estos efectos, una parte de las actividades del personal se desarrollaba consultando material en esos ámbitos, tal como se desprende de las menciones a la asignación de tareas al personal del Instituto en el Archivo General de la Nación y la Biblioteca Nacional, o la colaboración de investigadores como Julio Cesar González o German Tjarks y sus alumnos. Desde 1959 ese trabajo se extendió a archivos del exterior, posibilitado por los viajes del director en misión oficial a Inglaterra, Francia y otros países europeos, y por la reorganización de redes personales e institucionales a escala latino e iberoamericana.2 (AIR, 1960; AIR, 1962; AIR, 1963a)

Tras la recepción del material, se procedía a las tareas de clasificación, preparación y edición. En general este trabajo recaía en R. Caillet Bois e investigadores del instituto como Cristina Minutolo o Antonio Pérez Amuchstegui además de los mencionados Julio Cesar González y German Tjarks. La publicación de los documentos solía incluir un estudio preliminar o prólogo que explicitaba los criterios heurísticos que habían guiado la selección, así como la importancia de su exhumación para la investigación histórica.  El trabajo orientado a estas tareas durante los años analizados permitió la publicación de distintos corpus documentales, como el archivo de Facundo Quiroga, la correspondencia entre Bartolomé Mitre y Rufino de Elizalde, la colección de documentos relativos a la historia de las Islas Malvinas y aquellos sobre la Revolución de Mayo.

El otro proyecto de relevancia era la edición del Boletín. Su producción concitaba una parte importante de los esfuerzos materiales y personales de la institución y una especial dedicación de parte de su director. Es él personalmente quien firma una parte importante de las notas incluidas en las diferentes secciones de la publicación (biografías, homenajes y conmemoraciones, información bibliográfica, resúmenes de las tareas realizadas en el Instituto, reseñas y novedades y por supuesto también artículos). Empero, aunque se intentaba que el Boletín continuara oficiando como antaño de vidriera de una producción historiográfica que ambicionaba delimitar formas de hacer historia y agendas de investigación, el empeño en una propuesta aferrada a tradiciones eruditas anquilosadas, ira restringiendo su capacidad de intervenir en un campo historiográfico internacional crecientemente transformado. (Djenderedjian, 2022)

Es interesante detenerse en la fundamentación que hace en 1963 el Dr. Luis Aznar, vicedecano de la facultad, sobre la pertinencia de que se diera reconocimiento formal a la institución según las nuevas exigencias y parámetros establecidos para la investigación por parte de la Universidad. En ese momento Aznar desempeñaba simultáneamente el cargo de director interino del Instituto, reemplazando temporariamente a R. Caillet Bois, que se encontraba en Europa en misión diplomática. Es decir, que conocía de primera mano la actividad que se desarrollaba en él. Su informe enfatiza la trayectoria del instituto y su centralidad en el campo historiográfico, pero atribuye ese mérito menos a las habilidades hermenéuticas de sus investigadores para generar nuevas interpretaciones, innovaciones teóricas o metodológicas, que al valor de su biblioteca y de su colección de copias de documentos, materia prima de los conjuntos documentales publicados, de los trabajos monográficos y de las tesis que cimentaban el prestigio de la institución entre los profesionales argentinos y extranjeros. (AIR, 1963b).

Una de las dificultades permanentes a lo largo de esos años fueron los problemas económicos. Sin fondos propios, no contaba con otro financiamiento que el de la propia facultad o los limitados subsidios conseguidos del estado nacional. Esto obligaba a tramitar ante las autoridades de la facultad cada gasto o bien a conseguir fondos por fuera de la universidad, lo que se logra solo para actividades concretas en coyunturas específicas.3 Para una institución cuyas principales tareas giraban en torno al acopio bibliográfico, documental y las publicaciones, la falta de recursos fue un problema importante, constantemente expuesto por su director como motivo de los límites que enfrentaba para desplegar plenamente las tareas que le daban su razón de ser.

El Centro de Historia Social

Como fue señalado, gran parte de la experiencia original del grupo renovador se desarrolló en el ámbito porteño de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.  Aún en ese contexto, era un grupo pequeño de historiadores del que participaban Tulio Halperin Donghi, Reyna Pastor, Haydee Gorostegui de Torres, Alberto Pla, Ernesto Laclau; todos vinculados por distintas vías a José Luis Romero, referente y articulador del grupo.

Las transformaciones producidas en la facultad luego de 1955 y especialmente la reforma de la carrera de historia en 1958 que incorporo la materia Historia Social como obligatoria al plan de estudios, le permitieron forjar una plataforma para la expansión de investigaciones en el área de la historia social, que luego se institucionalizaría en el Centro. A ella se sumó la materia Historia Social Especial a cargo de Tulio Halperin Donghi y ya en los 60’ la cátedra de Historia Medieval dirigida por el propio Romero. Su designación como decano en 1962 y la activa participación de algunos de los miembros del grupo en cargos de gestión dentro de la facultad contribuirían también a ese propósito.

Desde la cátedra y el Centro de Historia Social se desplegaron las principales iniciativas alternativas a la historiografía tradicional, orientadas por una nueva concepción que privilegiaba la perspectiva económica y social como vía de entrada a la indagación del pasado, así como nuevos utillajes metodológicos y el diálogo con otras ciencias sociales, especialmente con la economía, la sociología y la demografía. Al mismo tiempo, a diferencia de las tradiciones historiográficas imperantes (y aquí la referencia a la Nueva Escuela Histórica es ineludible) que concebían la pedagogía cívica como un elemento central de la identidad profesional, los nuevos sentidos que abrían al oficio las propuestas renovadoras lo alejaban de su rol pedagógico acentuando el carácter científico, y por ende relativamente autónomo de ese métier.

Lo que sería a partir de 1963 el Centro de Historia Social comenzó como un espacio más o menos informal de seminarios internos, charlas y cursos que se ofrecían a los alumnos interesados en la Historia Social. El espacio físico original para estas actividades eran dos pequeñas salas en un edificio de la facultad ubicado en la calle Florida. Allí compartían piso con el Instituto de Sociología, que ocupaba un lugar más amplio y mejor equipado. Sin embargo, ese domicilio sería breve. A comienzo de los años 60’, las gestiones de Reyna Pastor, en ese entonces Secretaria Académica de la Facultad, y fundamentalmente las de J. L. Romero lograron conseguir unas oficinas en la planta baja de un edificio ubicado en la calle Lavalle al 600. En ese espacio, ocupado por la imprenta de la universidad, se editaba RUBA, la revista de la universidad de la que Romero era director.

El amplio espacio obtenido y el crecimiento del grupo original gracias al trabajo desarrollado en las cátedras los impulsaron a ampliar la escala y a intentar formalizar la existencia de ese ámbito. Los seminarios se extendieron en el tiempo, haciéndose permanentes, y se ampliaron temáticamente, cubriendo un espectro que iba desde los de Historia de América Latina que dictaba Alberto Pla, a los de Historia de Asia y África que coordinaban Pila Vela de Ríos y Celma Agüero, pasando por los de Historia Medieval dirigidos por Romero, R. Pastor y Nilda Guglielmi-, los dedicados a las revoluciones de Ernesto Laclau o los de Historia Argentina a cargo de Tulio Halperin y Haydee Gorostegui.

Al mismo tiempo que los seminarios se convertían es espacios de trabajo regulares, se impulsó la edición de materiales para el trabajo en la cátedra como los Estudios Monográficos, los Ensayos de Historia Social y los Textos para la Enseñanza de la Historia. Estas publicaciones eran una parte importante de la actividad del grupo y demandaban en general un enorme esfuerzo de traducción. Los Estudios Monográficos eran notables por su actualidad. En ellos se plasmó la voluntad de renovación historiográfica del grupo, así como de difusión de autores que contemporáneamente tenían un fuerte impacto en la renovación de la historiografía occidental. Entre ellos conviven nombres heterogéneos como Rostow, Hobsbawm, Bloch, Braudel, Kula, Pirenne, Labrousse, Luzzatto, Romano, Hamilton, Dobb, Cipolla, Brunner, Vilar, Lombard, aunque la influencia de los Annalistas es claramente perceptible. Los Textos para la Enseñanza de la Historia eran una colección de fuentes, de Chaucer a Engels, pasando por Erasmo, Plutarco, Voltaire, Proudhon, Marx, Malthus, Lord Byron o San Bernardo junto a algunas selecciones de documentos americanos y europeos, de uso intensivo en los cursos de Historia Social. Hasta 1966 se habían publicado setenta y ocho Estudios y ochenta y dos Fuentes lo que evidencia la envergadura de este proyecto editorial. (Facultad de Filosofía y Letras – Departamento de Historia, 1967)

Hacia mediados de los sesenta el Centro y la cátedra contaban con cerca de una veintena de auxiliares docentes y de investigación que se nutría de jóvenes egresados de las nuevas camadas de la carrera como Leandro Gutiérrez, José Luis Moreno, Juan Carlos Grosso y Ana María Orradre. Y se comenzó a editar una publicación periódica, Estudios de Historia Social, de la que vieron la luz solo dos números antes del golpe de 1966.

También se pusieron en marcha proyectos de investigación colectivos que mostraban además de sintonía historiográfica, cierta internacionalización académica. Uno de ellos, organizado en forma conjunta con el Instituto de Sociología dirigido por G. Germani, fue la investigación sobre el “Impacto de la inmigración masiva en el Río de la Plata” financiado por la fundación Rockefeller; otro, los “Materiales para el estudio del progreso económico y social de la Argentina”, desarrollado gracias al apoyo del Centre de Recherches Historiques a través de la Asociación Marc Bloch. Ambos permitieron disponer de fondos para la investigación, la publicación y la difusión en un contexto en el que, como señalamos para el caso del Instituto de Historia Argentina, se dependía de las asignaciones presupuestarias de la facultad.

El dinamismo de estos espacios, perceptible en su política de publicaciones, en la composición juvenil de sus elencos y en la pluralidad de perspectivas historiográficas de sus proyectos, compensó en parte la limitada capacidad para posicionarse institucionalmente y desplazar a los sectores más tradicionales. (Devoto y Pagano, 2009).

Los vínculos internacionales fueron otro elemento que contribuyó a dar fortaleza y visibilidad al grupo. En 1956 Romero había sido invitado por Eric Hobsbawm a formar parte del Consejo de Past and Present como corresponsal en la Argentina. Aunque eso no se tradujo en colaboraciones concretas, sí permitió la introducción de referentes del marxismo británico en la bibliografía de materias, seminarios y en las publicaciones del grupo, así como la disponibilidad física de la revista. Más estrecha fue la relación con Braudel y los Annales. Estancias académicas en París, referencias y avales, algunos proyectos y fundamentalmente la visita frecuente de R. Romano, el “americanista” de Annales, cimentaron ese vínculo. El prestigio historiográfico del grupo francés, sus sólidas redes internacionales y sus posibilidades de financiamiento otorgaron al grupo un aval prestigioso con el que equilibrar su novel conformación y el peso de los sectores tradicionales.4 (Devoto, 1995; Devoto y Pagano, 2009).

Paralelamente a todo este trabajo académico se llevaron adelante gestiones para lograr el reconocimiento institucional del Centro de Historia Social. La coyuntura abierta por la necesidad de regular la actividad de investigación en los institutos constituyó la oportunidad propicia para la solicitud del estatus formal como “Centro de Investigación” para ese espacio que funcionaba sin ese reconocimiento. Su oficialización se producirá a fines de 1963. (CS-UBA, 1963)

El Instituto y el Centro luego de 1966

El golpe de estado de 1966 alteraría radicalmente el mundo universitario, desarticulando el proyecto de transformación iniciado diez años antes. A los ojos del nuevo gobierno la experiencia modernizadora inaugurada en 1955 y las transformaciones operadas bajo su impulso eran responsables de la radicalización ideológica que afectaba a las universidades y propiciaba el “avance marxista”. La intervención de las universidades apenas un mes después del golpe estuvo destinada a clausurar esa experiencia. La respuesta de la comunidad universitaria fue la resistencia y la toma de facultades que culminó con la “Noche de Los Bastones Largos”. Una de sus principales consecuencias fue la ola masiva de renuncias de profesores, especialmente concentrada en algunas facultades. En la Facultad de Filosofía y Letras alcanzó casi al 20%. Este porcentaje se acrecentaría con las numerosas cesantías decididas en los meses subsiguientes y variaría considerablemente de carrera en carrera.

En Historia, la mayoría de los profesores e investigadores nucleados en la cátedra y en el Centro de Historia Social decidieron renunciar, aunque algunos no estuvieran convencidos de esa actitud. Por ejemplo, Haydee Gorostegui señalaba “…Yo me opuse a la renuncia. Pero por supuesto me pasaron por encima…” (AO, entrevista a Haydee Gorostegui). O Alberto Pla, que convencido de la necesidad de profundizar la lucha, no renuncia a pesar de que quienes “… Se habían formado con él, [con Romero] se habían ido todos…”. (AO, entrevista a Alberto Pla) 

En las renuncias generalizadas del grupo de Historia Social durante la segunda mitad de 1966 habría que sopesar varios factores, más allá del generalizado rechazo a la intervención del gobierno militar sobre las universidades. Parte de sus miembros eran acusados públicamente de “ser de izquierda” y veían en la facultad un ambiente crecientemente hostil –cuando no peligroso- para el desarrollo de su trabajo cotidiano.5 Al mismo tiempo, algunos de ellos contaban con redes que eventualmente les permitirían reinsertarse y continuar su labor académica fuera de la Argentina. Indudablemente estas cuestiones deben haber tenido peso en la decisión tomada.6

Sin embargo, lo ocurrido con este grupo no es generalizable a toda la carrera de Historia. Por el contrario, del resto del plantel de profesores renunciaron pocos. La composición de las cátedras no se alteró significativamente en lo inmediato. Tampoco hubo grandes cambios en la planta y en la orientación de las investigaciones del Instituto Ravignani.

Las renuncias masivas y las posteriores cesantías en el cuerpo docente diluyeron la experiencia renovadora. El Centro de Historia Social quedó virtualmente paralizado en sus actividades y desapareció con los años; la cátedra, dirigida en esos años por A. Pla, pudo mantenerse apenas hasta principios de 1969. Por el contrario, las líneas tradicionales cobraron nuevo impulso fortalecidas por la desaparición de la competencia, así como por los vínculos trazados con los poderes públicos. Estos sectores y sus cánones historiográficos no se vieron prácticamente afectados, tal como lo demuestra la continuidad en la dirección del Instituto Ravignani de Caillet Bois, así como la prolongación de sus actividades, proyectos y personal.

Referencias

Documentos

Archivo Institucional del Instituto Ravignani (AIR) Memoria de actividades de 1958, folios 268-271, caja 85

AIR, Memoria de actividades de 1959, caja 85, folios 68-71.

AIR, Memoria de actividades de 1960, caja 85, folios 149-151.

AIR, Memoria de actividades 1963, caja 85, folios 104-119.

AIR, Informe al Sr. Decano de la Facultad de Filosofía y Letras 9/12/1963, Caja 91, folio 102 a 105.

Archivo Oral de la UBA (entrevistas a Reyna Pastor, Hebe Clementi, Haydee Gorostegui de Torres)

Consejo Superior UBA (CS-UBA), Resolución CS 2853/61 y Resolución 2106/1963

Facultad de Filosofía y Letras, Departamento de Historia (1967) Boletín de Publicaciones Nº4. Cátedra de Historia Social.

Bibliografía

BUCHBINDER, Pablo (2021). Los orígenes del Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, Nº 55.

BUCHBINDER, Pablo (1997). Historia de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. EUDEBA.

CALDELARI, Maria y FUNES, Patricia (1997). La Universidad de Buenos, 1955-1966: lecturas de un recuerdo, en E. Oteiza, (coord.) Cultura y Política en los años ‘60. Instituto de Investigaciones “Gino Germani”, Facultad de Ciencias Sociales.

DJENDEREDJIAN, Julio (2022). Un siglo del Boletín”. Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani, Nº 57.

DEVOTO, Fernando (1995). Itinerario de un problema: Annales y la Historiografía Argentina (1929-1965)”. Anuario del Instituto de Estudios Históricos y Sociales (IEHS), Nº 10.

DEVOTO, Fernando y PAGANO, Nora (2009). Historia de la Historiografía Argentina. Sudamericana.

HALPERIN DONGHI, Tulio (2003). Un proceso innovador y conflictivo, en C. Rotunno & E. Diaz de Guijarro (comps.) La construcción de lo posible. La Universidad de Buenos Aires de 1955-1966. Libros del Zorzal.

RODRIGUEZ, Martha (comp.). (2022a) La actividad historiográfica en Filosofía y Letras. El Instituto Ravignani entre dos coyunturas turbulentas (1955-1974). Eudeba.

RODRIGUEZ, Martha (2022b). Los procesos de profesionalización e institucionalización de la historia en Buenos Aires. La construcción de un modelo historiográfico perdurable, en M. Philp, M. S. Leoni y D. Guzmán (coords.) Historiografía argentina: modelo para armar. Imago Mundi.


1 Los resultados de esa investigación colectiva pueden consultarse en Rodriguez M. (2022) La actividad historiográfica en Filosofía y Letras. El Instituto Ravignani entre dos coyunturas turbulentas (1955-1974). Buenos Aires, EUDEBA.

2 Estas tareas habían sido una actividad frecuente en las décadas de 1920 y 1930.  El trabajo de copia de manuscritos originales en archivos del país y del exterior, especialmente en los españoles, había sido una práctica estimulada por E. Ravignani durante su gestión al frente del Instituto, aunque discontinuada luego de su alejamiento de la facultad.

3 A poco de asumir Caillet Bois la dirección del instituto consigue a través de gestiones personales dos partidas de $16.000 del gobierno nacional; luego en la coyuntura del sesquicentenario de la Revolución de Mayo en 1960, y también gracias a las gestiones de su director que formaba parte de las Comisiones Especial de Homenaje de la Universidad de Buenos Aires y Nacional Ejecutiva del Sesquicentenario, se logra el financiamiento para llevar adelante dos iniciativas materializadas en dos colecciones de fuentes y de referencias bibliográficas: Mayo Documental y Bibliografía de Mayo.

4 A lo largo del trabajo se ha insistido en los consensos historiográficos e institucionales del grupo de Historia Social.  Esto no significa desconocer las diferencias políticas, ideológicas e incluso de acción frente a coyunturas diversas entre sus miembros. Un ejemplo de esto fue el posicionamiento frente a los subsidios extranjeros. Algunos de sus miembros como Reyna Pastor, Ernesto Laclau y Alberto Pla adoptaron una postura más crítica, mientras que otros como Tulio Halperin o Haydee Gorostegui se mostraron más proclives a utilizar esos medios para llevar adelante trabajos de investigación colectivos.

5 Reyna Pastor lo señala explícitamente en una entrevista: “…sabíamos que estábamos en listas, porque estábamos en muchas cosas (…) salió una solicitada en La Nación, una página entera con los profesores comunistas en Filosofía y Letras, en donde estábamos desde Guido, desde Torcuato Di Tella, Tulio Halperín, yo (…) estábamos muy marcados…” (AO, entrevista a Reyna Pastor). En rigor, ese clima crecientemente radicalizado había comenzado a desplegarse en los años anteriores impulsando a intelectuales como Romero y Germani a renunciar a sus cargos antes del golpe de 1966, pero con posterioridad el control, las cesantías y la censura que se despliegan sobre la institución refuerzan su imagen adversa como ámbito de desarrollo intelectual y profesional.

6 Propios y ajenos al grupo indican que quienes más impulsaron la opción de renunciar eran quienes más posibilidad tenían de obtener alguna plaza en universidades del exterior. (Cfr. AO, entrevistas a Hebe Clementi y a Haydee Gorostegui de Torres). Efectivamente varios de ellos prosiguieron sus carreras en el exterior. Los que no tuvieron esa opción o por motivos diversos no la aceptaron, continuaron las suyas en universidades y centros académicos privados, en la docencia en el nivel medio o en el trabajo editorial.