Einar Barfod cuestiona a José Luis Romero en Marcha, 1957

EINAR BARFOD

Sobre el Espíritu de Abstracción. El Ejemplo de José Luis Romero

“Su cosmos (…) se queda corto en presencia de nuestro mundo. (…) y cuando explica los hechos humanos, parece que nunca hubiera pensado en las realidades terrestres, en los pueblos aguerridos, las madres orgullosas, el primer amor o el miedo al mar. ¡Tan grande es el mundo y tan miserable el cosmos del filósofo! Su sistema es verdaderamente el agujero más pequeño en el que el hombre pudiera esconder la cabeza”.

G.K. Chesterton, Ortodoxia

La voluntad de comprensión que a todos nos anima -espoleada por una angustiosa situación mundial – peligra esterilizarse entre modos de pensamiento incapaces de cumplir con la misión que se le asigna. Este ensayo versa sobre “el espíritu de abstracción” y expresa ciertas reflexiones ansiosas en torno a este enemigo de nuestra lucidez colectiva. Tiene por causa “ocasional” un trabajo de José Luis Romero, recientemente aparecido: nada menos que una “Introducción al mundo actual”, en 47 páginas. Su lectura confirma previas sospechas de una veta frívola en el autor mencionado. Pero sólo una convicción firme de que hay “algo más” – y eso, si, verdaderamente grave – da impulso definitivo a estas notas.

Pese a su centralización en Romero, la meta crítica es más amplia. La elección de esta obra y este autor, tiene únicamente un valor ejemplar. Aunque estemos frente a un “individuo” – en principio libre y original – funcionan dentro de él ciertos mecanismos impersonales y colectivos: maneras de pensar deficientes, cuya generalización puede provocar fatales confusiones y coadyuvar a la fabricación de problemas tanto más insolubles cuanto peor planteados.

El plan de este ensayo implica primero, un examen general de la obra de Romero; luego será completado con un análisis en profundidad centrado en un punto especialmente vulnerable y sintomático; y finalmente, se procederá a una denuncia concreta del espíritu de abstracción, con breve esquema de su anatomía.

Conviene poner en buena pista a cualquier lector de buena fe que pueda ignorarlo: la fórmula “espíritu de abstracción” ha sido solicitada de Gabriel Marcel. Pero si bien puede haber cierta convergencia temática con sus tesis en ciertos casos, el énfasis y los desarrollos concretos no coinciden exactamente con los de ese admirable “sentidor” de los problemas humanos.

El punto de partida

Este ensayo de Romero nos entrega, ingenuamente, una visión del mundo. Dice su autor: “No me parece desdeñable ofrecer a la consideración del lector la imagen que me he hecho del mundo”. Agrega: “El hombre suele estar tan sumergido en la atmósfera de su propia época, de la que le es difícil apartarse (…) y contemplarla con ánimo crítico (…) Creo que un historiador, aún sin poseer más experiencia personal, o mejor información que otros, puede tener mejores recursos para examinar los testimonios que están a su alcance.”

Opina Romero que – aún a igualdad de experiencia e información – posee ciertos recursos de historiador que lo capacitan especialmente para comprender el mundo actual. (Por tal, entiende el período de las guerras mundiales, todavía inconcluso). Esa capacidad específica, es la técnica y el arte de interpretar testimonios. “La realidad sólo se nos ofrece a través de testimonios” y nuestro autor declara interpretarlos con “muchas y peculiares precauciones críticas.”

Registremos una primera duda, sofocando las múltiples digresiones posibles: que sólo podamos conocer el mundo actual a través de testimonios, produce alguna extrañeza. Pareciera necesario, además, vivir en él. Si embargo, aunque podrían aducirse algunas gesticulaciones vagas en esta dirección, Romero prescinde de este hecho primario. Por este motivo, su ensayo todo, padece de falta de radicación.

Olvidado el hombre integral, puesto en historiador y especialista, únicamente le interesan los testimonios. Son abundantísimos, (véase págs. 10-16 del ensayo) pero desgraciadamente – se nos confía – “no ha sido frecuente el uso adecuado de tan ricos elementos de juicio” y “no poseemos ningún ensayo logrado de interpretación de los que nos ocurre”. Esta última afirmación, dogmática y absolutamente gratuita, es característica del tono del libro.

Interpretación de interpretaciones

Importa señalar ciertos rasgos definitorios del tipo de obra que comentamos. En el mundo ocurren cosas: infinitas. Inmerso en ese acaecer, el hombre siente hambre de comprensión y busca interpretarlo. Y el mundo se desdobla en dos series paralelas: fenómenos e interpretaciones. Pero este segundo plano, subjetivo, no es simple: las interpretaciones pueden serlo, ya de los acontecimientos, ya de otras interpretaciones. El ensayo de Romero es una interpretación de interpretaciones y su punto de partida es la lectura.

Este género de actividad, en sí y por si es necesario y legítimo. Pero toda actividad específica tiene sus peligros inherentes. En este caso, el idiotismo que amenaza es el pensar por abstracciones. El lenguaje que empleamos (ello constituye a la vez un mérito y un defecto, quizás inseparables), encierra una grave equivocidad de esencia. Todo nombre designa simultáneamente (por lo menos) dos cosas: el objeto real y el concepto genérico, la clase de objetos. Es decir: designa simultáneamente el hecho y su descripción. “Gato” expresa tanto el animal concreto y sonoro que me impide dormir, como la idea de gato que anida en mi mente.

Esta bifurcación parece obvia, inofensiva. Lo es efectivamente, cuando pensamos en ella. Pero tendemos a olvidarla y esa conciencia que tuvimos en algún momento, desaparece. No funciona automáticamente (como debiera) a la manera de mecanismo protector, eliminador de confusiones. Al escribir sobre temas históricos, por ejemplo, confundiremos el proceso histórico real, inapresable, y la imagen que de él se hace cada cual. Podremos escribir todo un libro como lo ha hecho Romero, merced a una vacilación de fondo entre dualidades de significado.

En esta interpretación de interpretaciones que se nos ofrece, forma derivada y de segundo grado, falta una discriminación lúcida y precisa de dos planos de abstracción muy distintos. El autor incide sobre testimonios para interpretarlos, pero se queda en eso, creyendo ir más allá. Parte de la lectura y en ella se queda; y sin embargo, continuamente, sus expresiones vacan indecisas de un plano a otro, y a ratos, creyendo hablar del mundo, Romero nos habla de abstracciones que ha recogido aquí y allá, en las páginas de otros libros.

Imagen de una imagen

Afirma el autor: “… la idea que una época tiene de si misma es como una radiografía de sus sueños y constituye un dato lleno de interés.” Estudiándola, “nos acercamos al problema radical de cuál es el sentido contemporáneo de la existencia.”

Nótese la vaguedad esencial de los términos empleados. Evocan alguna respuesta en el lector, pero son de tal modo imprecisas, que cada lector pensará necesariamente algo distinto. La realidad humana total se fragmenta en millones de individuos, agrupados en zonas políticas, geográficas, culturales, separados por barreras idiomáticas y desniveles de plano evolutivo. Tal nuestro mundo: querámoslo o no. Pero Romero personifica nuestra época, le atribuye un mundo interior y sugiere que tiene de sí misma una idea. Esto es pensar por metáforas, proceder injustificable, cuando se pretende partir de ahí, para efectuar nada menos que una disección del mundo actual.

Y las metáforas escogidas son esencialmente equívocas. ¡La idea que esta época puede hacerse de si misma! ¡El sentido de la existencia contemporánea! Pero “existencia” significa la vida de cada uno y todos esos miles de millones de individuos, personal, grupal, nacional, continental, mundial. ¡Su sentido! ¡El sentido! Con este planteo, podemos esperar lo que luego encontraremos: falta de afincamiento en la realidad.

Prosigamos: “… obsérvese que esta imagen no es una copia de la realidad multiforme, sino un esquema de ella, dibujado de acuerdo a ciertos criterios de valor y gracias al cual la realidad se torna inteligible.” La cita es muy interesante. Sugiere que – tras ella – hay toda una concepción teórica del conocer histórico, cosa muy distinta de la mera interpretación de testimonios: algo semejante al método de los modelos o vinculado quizás a una analítica de la historia como en la propuesta en el libro de Ortega En torno a Galileo. Pero no nos engañemos: aquí es mero verbalismo inoperante, forma de expresión leída u oída, mero gesto de lo que en otros expresa una concepción elaborada. No existe lo que no obra, y no hay rastros en el ensayo de una teoría abstracta, unitaria, firmemente concebida.

Las tesis centrales

Esos planteos y las reflexiones que los apuntalan, absorben las trece primeras páginas del ensayo. Sólo después de algunas expresiones de impaciencia dirigidas contra Chaplin y Kafka (por proponernos una imagen ininteligible del mundo) desembocamos en el tema: “Fuerzas en conflicto, grupos sociales que buscan su equilibro dentro del conjunto: he aquí el problema primario del mundo actual.”

Al primer impacto, la frase parece cargada de sentido. Pero luego: “¿fuerzas?” “¿equilibrio?” Hay aquí un verdadero enjambre de metáforas implícitas, confusamente entremezcladas. Es innegable que dan una caracterización vaga: trasmiten algún significado, pero imprecisable. En un editorial de la prensa periódica, en una conversación, en un libro que verse sobre otro tema: bien y pase. Pero cuando se pretende partir de ahí para explicar el mundo actual, la cosa cambia de aspecto. Del vientre semántico de ese monstruo amorfo, no podremos extraer aguas limpias. Romero debiera explicar qué significan para él y en ese contexto las expresiones “fuerza social” y “equilibrio dentro del conjunto”. Por ausencia de estas precisiones indispensables, no nos dice nada pareciendo decir mucho.

Inmediatamente cambia de sistema metafórico y recurriendo a otra forma de expresión vigente, se pregunta gramaticalmente por los “sujetos” del proceso histórico. Pero tampoco adiciona un contexto explicativo dentro del cual la pregunta cobre sentido definido.

Observa entonces que hay “dos grandes grupos sociales”: minorías y masas, que aparentemente considera los sujetos (abstractos) de la historia. Expone el fenómeno histórico de ascenso de las masas, resistido por las élites, transmitiendo una sensación nada convincente de que poco más hubo que eso: ascenso y resistencia. Aclara: este proceso no es nuevo, sino más intenso y acelerado “hasta tal punto que esta diferencia de ritmo parecería introducir una diferencia cualitativa. Pero eso tiene algo de espejismo…”

Hace la historia del proceso en Europa. Luego explica que es un fenómeno mundial, pero lo hace lacónicamente, con lo cual sugiere que el mismo proceso registrado para Europa vale para todo el mundo. Sin  embargo, pese a Romero, eso puede ser verdad únicamente a condición de que nos ericemos de tantos distingos y salvedades como para restar a la frase todo significado. La situación del obrero europeo y del fellah egipcio, del negro africano y del campesino chino, de los hindúes y de los árabes, no pareciera ser exactamente igual. Otro fenómenos, específicos de cada región y de sus relaciones con otras regiones distintas: todo esto – creeríamos – tiene alguna relevancia. No así para nuestro autor. Sin embargo, advirtámoslo: no niega estos hechos sino que peor, los ignora. Su total ausencia es un hecho bruto, inaceptable.

Al ascenso de las masas, resistido por las élites, se agregan otro fenómenos que Romero parece considerar espurios movimientos que emplean la propaganda para obtener el apoyo de las masas  y usar su fuerza, generalmente en propio beneficio. Observa, sin mayor novedad, que ha nacido una política de masas y que se fomenta un espíritu revolucionario. “Con caracteres más o menos acentuados, el fenómeno aparecerá en todas partes.” Este fenómeno (insistimos: el único al que se concede importancia) recibe una explicación simplista: “Se había operado… una cabal renovación de la conciencia social”. Es el “hecho radical – sin el cual no puede entenderse el mundo actual”.

Romero polemista

Ya tenemos el brevísimo catecismo. ¿Qué hay en el mundo? Fuerzas en conflicto. ¿Por qué? Porque las masas ascienden y las élites se oponen a esto. ¿Qué significa esto? Que se ha producido una renovación de la conciencia social. Todo lo demás es cortina de humo y digresión. En esas fórmulas (desgraciadamente herméticas) yace la Gran Verdad que se nos quiere inocular.

¿En qué consistirá esta renovación de la conciencia social? Hay ciertos hechos que, se nos dice, la ponen en evidencia: el ascenso de las masas, su “toma de posesión de un derecho incontrastable” y el hecho de que “en el mundo del período de las guerras mundiales no podía haber ya una política sin masas”. “Pero -arguye Romero – los mismos hechos pueden ser juzgados de dos maneras: favorablemente o desfavorablemente. Como ejemplo de actitud reaccionaria, pone a Ortega y Gasset.

Estamos ya en el punto central del ensayo. Nuestro inspirado hermeneuta pretende ahora explicar los fundamentos de la actitud de Ortega, y de esa manera, generar “una aclaración fundamental de qué se llama reiteradamente la crisis del mundo actual”. La atribución a Ortega, que discutiremos más adelante, es improcedente. Nada la justifica. La actitud orteguiana no es reaccionaria: ni siquiera versa sobre el mismo tópico estudiado en el ensayo que comentamos. Por ahora, sin embargo, esa acusación no nos interesa. Aún cuando el ataque a Ortega carezca de legitimidad, es indiscutible la existencia de “reaccionarios”, defensores de la tesis que Romero combate.

La polémica misma requiere algún examen. Se nos la presenta con caracteres simplistas, como la oposición entre dos tesis irreductibles, únicas alternativas ofrecidas a la opción de los hombres. Pero el mundo se ríe de estas simplificaciones arbitrarias. Esa disyuntiva no es necesaria. Queda por lo menos esta alternativa: ir directamente a los hechos reales, en toda su ingente complejidad, y plantear la situación humana en términos que respeten su vida palpitante y pletórica de posibilidades. Es lo que no hace Romero.

Considérese las tesis: la una favorable y la otra desfavorable. Resulta claro que, cada una, es un juicio de valoración: como tal, ni verdadero ni erróneo, aunque nuestro autor crea lo contrario. En el fondo, se trata de meras expresiones de gusto o disgusto, en torno a los mismos hechos. Porque esta es la verdad de las cosas: ambos juicios descansan sobre la misma interpretación del mundo, que – esa si- es simplista y falsea la realidad.

Dos tesis pueden contradecirse absolutamente sólo a condición de tener ciertos supuestos comunes. Es lo que ocurre en este caso. Ambos ven la misma serie de hechos y sólo esa serie de hechos: simplifican la realidad histórica hasta considerar que nuestra época se define suficientemente diciendo que las masas han advenido al poderío social. Sobre esa plataforma común, los hombres se dividen en bandos y discuten unos con otros: sobre si este  hecho tiene significado positivo” o “negativo”. Y esa oposición simple, directa, es infantil. Por dos razones: (1) la creencia inocente de que un fenómeno colectivo humano pueda o deba ser absolutamente bueno o absolutamente malo; (2) por no tomar en cuenta la muy real e incoercible complejidad múltiple de nuestra historia efectiva, que escapa a las redes minúsculas con que se intenta atraparla. Y es aquí donde se nos fuerza a concentrar la mirada porque – extrañamente- parece residir en este punto el centro de gravedad de este ensayo. Romero vive ese diálogo como una especie de transvaluación. En otra persona, en otro contexto, podríamos haber creído que el planteo en términos de polaridades y contradicciones era deliberado, que se trataba de un artificio retórico empleado como forma de “introducción” al mundo actual. No hay tal. El ensayo asigna una importancia extraordinaria (excluyente de toda otra) a esas actitudes simétricas, positiva y negativa. El planteo mismo le parece riguroso, sólido, suficiente. No se registra ninguna sospecha de su limitación de origen ni de su esterilidad última.

Una cosa es evidente. Toda esta discusión – muy relevante quizás en otro contexto más modesto y para otros fines – no basta para explicar el mundo contemporáneo. A lo sumo, podría arrojar alguna luz sobre los procesos sociales de la cultura occidental. Su mismo planteo, el ámbito conceptual dentro del cual se desenvuelve la polémica, es estrecho y se resuelve automáticamente, por lógica interna ajena a las cosas, en soluciones que falsamente se oponen.

En último término a lo que se llega es a esto: a una redefinición emocional de ciertos conceptos. En otras palabras: se nos propone meramente una actitud afectiva distinta de otra, con la que se discrepa, pero ninguna de las dos actitudes mencionadas es suficiente ni justificable. Ambas dependen de las circunstancias casuales (biográficas, psicosomáticas, sociales, etc.) que no arrojan mayor luz sobre la situación mundial objetiva. Continúa siendo tan titánica y confusa como antes.

A la postre, es poesía disfrazada de ciencia. Expresa con camouflage intelectual, una postura espontánea previa a cualquier conocimiento del mundo.

Revaluación del mundo

Este núcleo afectivo impregna todo el ensayo. Cuanto ocurre y nos preocupa – viene a decirnos Romero, lleno de alegría – todo eso, es aparentemente importante. En realidad todo marcha bien y los frutos podridos que vemos de continuo nacen de un árbol moralmente sano. Podrá conocerse por sus frutos, pero al revés. El detalle de la explicación es revelador.

Se postula una cadena casual extraña: masas en ascenso, nueva conciencia social y una altísima idea del hombre, generan un poder político que busca absorber al individuo, interviniendo en su actividad y pensamiento, absorbiendo actividades propias de la sociedad. De aquí vendría el sentimiento de opresión y acosamiento que experimenta el hombre del mundo actual y especialmente el hombre de élite. Las explosiones de pesimismo y sus referencias desesperadas a la libertad del hombre, nacen de una confusión de lo primario con lo secundario. (Ya tendremos oportunidad de examinar más adelante, esta tesis de Romero, de etiología marxista).

Desde la guerra, sigue el ensayo, tenemos este fenómeno: una crisis general del orden jurídico liberal. De la realidad, que muestra la verdadera ineficacia de este orden, parten las críticas, de derecha e izquierda (como en un partido de ping pong): unos lo ven como destrucción del orden medieval, otros como manifestación del alma burguesa. Hay además situaciones económicas críticas, que se busca solucionar mediante el poder; y tenemos entonces el estado totalitario. “Sólo” hay estructuras de poder impuestas por grupos sociales que han alcanzado el predominio y buscan consolidarlo.

Registra tres hechos: (1) una sociedad capaz de ajustarse espontánea y libremente es utópica; (2) el Estado siempre ha servido a ciertos grupos predominantes; (3) el esfuerzo de producción, que recae sobre las clases sojuzgadas, no ha sido tomado en cuenta en este equilibrio de poder.

Las inteligencias lúcidas, denuncia Romero, confunden la situación, ya sea pidiendo una vuelta al pasado, ya gesticulando vagamente hacia el futuro. Lo importante, insinúa, es comprender que el Estado absoluto es transitorio; “…corresponde, sí, necesariamente, a la situación de una sociedad que ha roto sus cuadros tradicionales”. Es el enmascaramiento mediante una retórica revolucionaria y con recurso a la técnica moderna  de un régimen de fuerza que se deriva (error de falsa oposición) “no del capricho de un déspota, sino de una auténtica situación de fuerza suscitada en el orden de las relaciones económico-sociales”. (Medítese sobre estos indicios curiosos de los procesos mentales aquí empleados: (1) esa “sutil” discriminación entre situaciones de fuerza “auténticas” e “inauténticas”; (2) esa convicción sobre la total inoperancia de los déspotas).

El esquema propuesto por el ensayo se va precisando. Hay fuerzas eruptivas: las masas rebeladas: y como mero epifenómeno ya un movimiento socialista que las conduce a sus propios objetivos, ya un movimiento fascista con que ciertos grupos canalizan la acción de las masas en propio provecho. El primer movimiento es en alguna medida constructivo y se dirige hacia la solución del problema. El segundo es en cambio esencialmente tortuoso, y sin embargo se dirige, aunque perdiendo el tiempo hacia las mismas soluciones (Una vez más tenemos la burda reducción del mundo a dos únicas alternativas, con el agravante de que se las presenta como maneras de lograr los mismos objetivos, con más o menos pérdida de tiempo).

El fascismo es fácil. Mediante obvia retórica, se mantiene vivo el ánimo revolucionario, para persuadir a las masas y usarlas. Pero sería injusto reprochar a las masas las catástrofes provocadas por quienes trafican con sus anhelos.

A esto ha querido llegar Romero: “… algo habremos ganado si separamos convenientemente el fenómeno de ascenso de las masas y los fenómenos parciales de estabilización momentánea; (…) no tenemos derecho a proyectar sobre el primero (…) las sombras que dan los circunstanciales fenómenos derivados de este gigantesco proceso. Detrás (…) se esconde un anhelo de afirmar el valor del hombre”.

Este último párrafo expresa con singular claridad la revaluación que el ensayo busca efectuar. La tesis viene a ser ésta: hay un fenómeno económico-social, del cual – se arguye sin originalidad ni fuerza de convicción – es mero epifenómeno el hecho político; y todo esto, increíblemente, expresa un anhelo de afirmar el valor del hombre, es el significado de lo que ahora ocurre. Lo que asombra es esto: aún suponiendo que allí tengamos la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, subsiste este problema (que Romero no ve): ¿Cómo es que lo bueno “genera” lo malo? Aún admitiendo – a título de hipótesis – la descripción que hace el ensayo queda inexplicado el fenómeno en esa peculiarísima transmutación: algo esencialmente bueno enmascarado de malo, dando lugar a una situación mundial bélica y dolorosa. Cuando el disfraz de asesino consiste en actuar como tal, cuesta creer que se trate de una farsa inocente. Y si los epifenómenos actúan con tanta relevancia, quizás no sean tales. El mundo lejos de simplificarse deviene absolutamente ininteligible.

En algo que dijimos anteriormente (…) hallaremos una primera pista que nos sacará del laberinto. Hay un hecho psicosomático: Romero es optimista. Aunque todo me duela y me parezca malo, cree este tipo de hombre, en el fondo, que todo está bien y el mundo es mío. Lo que no se comprende, es la necesidad de disfrazar un hecho tan privado con la aparatosidad de una revelación científica. Se nos da en forma impresa la socialización de una particularidad autobiográfica: el hecho de que nuestro autor siente el mundo actual de una determinada manera. Nada más.

Balance del mundo

Las dos últimas secciones del ensayo versan sobre “La Condición del Hombre” y “El Hombre y la Cultura”. Con rápidos trazos y alusiones, se elabora un balance del mundo bajo esos dos aspectos.

Existe – se nos informa – un patrimonio milenario de “valores espirituales”, que “no se han salvado solos, sino que han sido salvados por el hombre con esfuerzo denodado; de manera que lo que debe aterrarnos es que el hombre abandone su vigilia y se conforme con lamentarse…” Sin duda, flota una doble amenaza: la sociedad multitudinaria y su expresión, el Estado Absoluto. Ambos “elementos” conspiran contra el individuo. El Estado Absoluto juzga inútil y peligrosa la existencia de conciencia libres; pero más grave todavía es la ruptura de la continuidad social: el rechazo de las minorías por la masa; pero es una etapa transitoria. (Antes de leer el ensayo sabíamos que en la Historia “todo” es a la postre transitorio; pero ahora, luego de tanta insistencia, comenzamos a pensar si las cosas malas no serán especialmente transitorias, para la óptica risueña de los optimistas).

“Estos son hechos innegables”. Pero – continúa el argumento – hay una perspectiva lejana que inspira optimismo. El valor del hombre ha crecido y nada de lo que deploramos habría ocurrido, si los miembros de la masa no hubieran sentido su dignidad de hombre. “Es un descubrimiento nuevo o es acaso simplemente una renovación del descubrimiento cristiano”.

Se lamenta Romero de que ese descubrimiento haya sido juzgado de muy diversas maneras: por las élites que creen ser única causa de él; y por las masas, preocupadas a título exclusivo por ciertas soluciones específicas. Además, se cierne sobre el proceso un “único peligro” y es “que la concepción de la vida y el sistema de valores propios de la masa se afirmen y cobre una duración excesiva”. Para conjurarlo, admite, es indispensable la colaboración de las élites que deberán “velar por la pureza de su patrimonio y extender el número de sus miembros”.

Pero no dice cómo, ni mediante qué procedimientos. No siente vocación de enlodarse con cuestiones meramente prácticas. Sean para él, de su propia y exclusiva incumbencia, los grandes gestos y los panoramas apresurados:  “Dése por triunfante una sociedad sin privilegio y trabájase para que cuando haya triunfado estén lozanos los más altos valores del espíritu, por el esfuerzo de grupos siempre crecientes de adeptos y defensores que trabajen en su nombre por un nuevo orden jurídico y moral en favor de una sociedad más justa”.

El párrafo transcripto es un bello ejemplo de la vaguedad provocada por hablar en generalidades. Evidencia además, el estilo meramente exhortativo con que Romero quiere afrontar los más pavorosos problemas, curiosa expresión de fe en las ideas-fuerzas. Este tipo de mentalidad tiene alguna responsabilidad del caos general en que nos movemos. Lo que el mundo necesita, y Romero no tiene para darnos, es la copulación entre ideas claras y relevantes (ni elocuentes, ni conmovedoras) y métodos bien estructurados, aplicables. Queremos comprender, no meramente por comprender (como hacer Romero, siguiendo una larga tradición intelectual), sino para obrar. No la actitud meramente contemplativa, de esencia estética, sino la voluntad de acción armada de ciencia y métodos. Hay un hecho (entre muchos otros, pero un hecho operante) y es éste: que demasiadas personas obran hoy en el mundo, sin idea clara que los guíe o en base a ideas buenas mal implementadas. Ese género de conducta, inspirado en vanas exhortaciones ditirámbicas, sólo puede terminar en el desaliento, en la desesperación o en las formas desnudas del conflicto y del poder.

Prosigamos con el balance. “El valor del hombre – me atrevería a afirmar – es la única convicción fundamental que subsiste firmemente arraigada en la conciencia humana de la época de las guerras mundiales. (…) Sólo la fe en el hombre mismo se ha salvado (…) como si fuera la última esperanza que le es dado al hombre agregar acerca de su propia existencia”. Tiene una manifestación espuria: el hedonismo (que define como el interés del individuo por sí mismo). En los planos intelectuales se expresa en la antropología filosófica, las repercusiones antropológicas del movimiento psicoanalítico y – en esta postguerra- el masoquismo de Sartre. Véase que novedoso: “Parecería como si todas estas corrientes de pensamiento coincidieran en el problema del sentido de la existencia. (…) Pero entrañaban también una respuesta acerca de la posición del hombre en el cosmos”. Es que hay alguna oscuridad relativa en cuanto al cosmos, ocasionada por Einstein “cuya comprensión se limita a “un pequeñísimo número de iniciados”. Además renace un espíritu religioso, especialmente en ciertas minorías. “El problema del hombre se filtra pues, por todos los intersticios de la cultura del período de las guerras mundiales”.

Hay “naturalmente” otros sectores, y “…acaso no tengamos testimonios más apasionantes y expresivos que los que nos ofrece la literatura”. El ensayo registra una preocupación por la biografía, la existencia de una literatura comprometida, tanto la “militante” como otra “de sentido indefinido, a favor del hombre y en contra del mal”.  Sin embargo, lamentablemente, hubo también quienes prefirieron evadirse del mundo.

En todo caso: “Cualquiera de estas vías que se ofrecían a la literatura acusaba la incidencia de las circunstancias sociales de la época sobre ella: unas veces, invitándola a sumergirse y otras veces impulsándola a escapar de la realidad”. Exactamente lo mismo ocurre, se nos dice, con las artes plásticas: “reflejaban el drama del hombre y su contorno, oscilando entre la inmersión en la realidad o el escape a ella”. También el cine y la música.

Como conclusión, estas verbalizaciones cuidadosamente pulidas: “Porque todo cuanto constituye la creación del hombre en el mundo de las guerras mundiales, expresa su inquietud por su sino y, a veces, su deliberado afán de elusión. He aquí el drama de la cultura del hombre actual: un viejo drama que se ha repetido muchas veces, pero cuyos actores visten esta vez la vestidura que nosotros vestimos”.

Oprímase brevemente estás frases. (Oprímase cualquiera de sus frases a través de todo el ensayo.) Es como apretar un insecto entre los dedos. Cruje la delgada costra verbal y se siente algo blando y viscoso, absolutamente amorfo. No hay esqueleto, ni estructura interior alguna.

El cristianismo de Romero

El ensayo relaciona el problema de las masas, en dos ocasiones, con el cristianismo. En un momento, arguye “que nunca hemos estado más cerca del Sermón de la Montaña”, y lo dice sin ironía, ingenuamente. Más adelante, se nos sugiere la posibilidad de que se esté produciendo una renovación del más alto descubrimiento cristiano. Una breve indagación muestra qué significa este ingrediente cristiano dentro de la obra de Romero.

Considérese, por un momento, el ensayo como estructura de lenguaje. En este aspecto formal, un rasgo resulta inmediatamente notorio: el idioma gira en torno a la palabra “masas”. Es decir: la herramienta principal empleada en el análisis es este concepto de “masa”, que implica un cierto plano de abstracción e impone una cierta postura metódica. Pues bien: este hecho irradia sobre toda su manera de comprender el mundo actual.

Como Romero ignora que esa manera de conceptuar es sólo un método entre otros, igualmente legítimos, cae en una trascendentalización ilegítima. Su sistema de conceptos se anquilosa en mundo. Y por ver sólo “masas” no ve hombres.

Hoy comienza a saberse, en círculos humanos crecientes, que la estructura del lenguaje empleado predetermina el tipo de conocimiento finalmente obtenido. Y los conceptos nucleares del análisis prefijan su alcance y limitaciones. Pero no todos lo saben todavía: por ejemplo, nuestro autor. Y esa ignorancia recubre el mundo de espesos velos verbales. Por un lado, nos ciega para toda la riqueza y variedad multiforme de lo real; y por otro, agota nuestras entendederas con vanas disputas en torno a problemas ficticios, o peor aún, problemas reales mal planteados.

Léase – o reléase – el tomo primero de la obra de Schweitzer Filosofía de la religión. Medite Romero sobre este hecho extraño y sobremanera relevante: cómo es posible estudiar y dilucidar los mismos problemas humanos sobre que versa el ensayo pero con lucidez, profundidad y auténtica caridad cristiana. Todo sin recurrir al concepto de masas.

Y quédese con este problema: ¿cuál podrá ser el sentido de la postura comprensiva adoptada por Schweitzer? Le abrimos esta pista: si no habrá una incoherencia interna, una contradicción esencial entre el concepto de “masa” como herramienta conceptual, y una actitud cristiana, fundamentada en la caridad hacia el hombre, cada hombre y por eso, todos.

Porque esos mismos hechos que él analiza desde fuera, definiéndolos como fenómenos de masas, Schweitzer los analiza con un procedimiento que se centra en el individuo humano. Es un método hermenéutico elaborado en torno al concepto de “vida personal”, y por ende “subjetivo” en éste – y sólo éste – sentido: que examina la situación humana general por la vertiente del individuo que la vive.

Esto -que yo sepa – no ha sido señalado por nadie, ni siquiera por el mismo Schweitzer. Pero esta última omisión es explicable. Schweitzer está espontáneamente en su postura característica. Su emoción cristiana es genuina, por oposición al fraseo puramente retórico de Romero, quien alude al cristianismo para apoyar su tesis, dotándola de un lustre prestado.


Carta de los lectores: De Chesterton a José Luis Romero

“Perplejo”

            “Hablando brutalmente, hay tres clases de gente en este mundo. La primera clase es el Pueblo (…) La segunda clase se podría denominar por conveniencia la de los Poetas; por lo general son un mal para sus familias, pero una bendición para la humanidad. La tercera clase es la de los Profesores e Intelectuales, algunas veces descritos como gente pensadora; y estos son un tizón y un objeto de desolación para sus familias y para la sociedad” — G. K. Chesterton, Alarmas y digresiones.

Hace varias semanas, Marcha publicó un artículo de Einar Barfod titulado: “Sobre el espíritu de abstracción. Ejemplo José Luis Romero” y lo encabezaba una cita de Chesterton.

Así como cierto tipo de hombres, a la vista de un bar siente una súbita sed de alcohol, yo no puedo pasar junto a una cita de Chesterton sin entrar en ella, sediento de regocijado sentido común. Y como los dipsómanos, debí pagar mi afición con un dolor de cabeza. Porque leí la cita y el artículo y luego esperé en vano una respuesta —refutación o aquiescencia— de los alumnos de J. L. Romero.

            No conozco al Sr. Einar Barfod. Tampoco personalmente al Prof. J. L. Romero, pero algo sé de éste, me interesa, alguna cosa suya que he leído, y sobre él. No soy ni he sido su alumno, ni me especializo en Historia. En lenguaje de barrio, diría que entre ambos, entre mi juicio y su obra no hay “relaciones formales” sino un mero “dragoneo de ojito”.

            A través de esa experiencia me había forjado una opinión que ahora se bambolea. Tal vez porque no estaba sólidamente fundada; pero ¿qué pruebas, que certezas me permitirán forjarme la contraria?

            El artículo me desconcertó por lo que dice y por lo que insinúa; y fue en apoyo de ese desconcierto el silencio de los alumnos del Prof. Romero (sé que los tiene y que algunos se jactan de ello) y de los amigos (ignoro si los hay).

            Como el autor lo dice, el análisis (¿es análisis o demolición?) del trabajo del Prof. J. L. Romero “Introducción al mundo actual” es la ocasión y el pretexto para enjuiciar un tipo intelectual (a lo que no me opongo) del que Romero sería ejemplo (y eso hay que probarlo); para definirlo, usa la cita de Chesterton. En la cita que yo elegí, hay otra burlona definición que cedo de buen grado al Sr. Barfod, siempre que éste justifique con una crítica más amplia, que los errores de un trabajo, son la nota característica de toda una obra.

            Que una veta de frivolidad que allí encuentra, no es una falsa alarma, como las que inducen al Instituto Geológico del Uruguay y a la Ancap a buscar petróleo.

            Que la capacidad de interpretar testimonios, que se atribuye Romero, signifique de manera indudable la incapacidad de vivir en su mundo y de aunar dichos testimonios con la propia observación y la experiencia cuando ellas sean posibles.

            Que el hecho de que su punto de partida sea la lectura (¿lo es en toda su obra?) lo haya obligado a seguir exclusivamente leyendo, sin corroborar lo que ese punto de partida da, con las posibilidades que la investigación en sus múltiples formas proporciona al historiador. (Aunque el mismo Sr. Barfod reconocerá que en lo que se refiere a Historia, incluso a la contemporánea, en muchos aspectos sólo es posible saber por “lecturas”).

            Dice Chesterton, en la misma página que cito: “Se comprende que la clasificación exagera algunas veces, como todas las clasificaciones. Algunas buenas personas son, por lo general, poetas; y algunos malos poetas son, por lo general, profesores”. Con toda su ironía, permite deducir que el profesor puede utilizar metáforas; que el historiador puede usar imágenes vagas e imprecisas, sin dejar de ser historiador, siempre que toda su obra no se construya exclusiva o fundamentalmente, de metáforas “esencialmente equívocas, de mero verbalismo inoperante”. Y eso, en el caso de que nos ocupa, tiene que probarlo el Sr. Barfod.

            Siguen, en el artículo, las acusaciones: abuso de metáforas vagas y mezcladas, mediante las cuales Romero escamotea el análisis en profundidad del tema. Romero es simplista, generalizador imprudente y equivocado, y algo peor, que insinúa: Romero es un snob que coquetea con los problemas históricos y sociales, tergiversando o ignorando los que no caen dentro de su órbita emocional. Por superficial y snob, se contradice; cuando afirma o niega, pontifica; su diferenciación de masa y élite es confusa; sus apreciaciones sobre los aspectos jurídicos y económicos de la sociedad son igualmente vagos y, más, peligrosos, con su “sutil discriminación entre situaciones de fuerza “auténticas” e “inauténticas” y su “burda reducción del mundo a dos únicas alternativas (socialismo-fascismo), con el agravante de que se las presenta como maneras de lograr los mismos objetivos, con más o menos pérdida de tiempo”. “No siente vocación de enlodarse con cuestiones meramente prácticas”. Le pertenecen “los grandes gestos y los panoramas apresurados”.

            La intervención de Romero es puramente exhortativa. “Lo que el mundo necesita y Romero no tiene para darnos es la copulación entre ideas claras y relevantes (ni elocuentes ni conmovedoras) y métodos bien estructurados, aplicables”. Más, su posición contribuye al caos actual.

            Se opone, como filósofo constructivo, a Schweitzer que encarna el cristianismo actuante. Romero construye su filosofía usando de la “masa” pero sin llegar al hombre. Schweitzer parte del individuo al que se acerca “en una actitud cristiana, fundamentada en la caridad hacia el hombre, cada hombre y por eso, todos”. Schweitzer es espontáneo y auténtico en la proyección social de su cristianismo, “en oposición al fraseo puramente retórico de Romero, quien alude al cristianismo para apoyar su tesis dotándola de un lustre prestado”.

            Schweitzer es ocasionalmente excepcional. Si bien no en el mismo grado ni con iguales características, ¿no se puede conceder a Romero —en su preocupación por los problemas actuales, en su proficua labor docente, en su activa militancia política, en su extensa obra de historiador— una sinceridad científica, una inquietud operante, una capacidad que se desarrolla con creciente intensidad hacia el hombre y su problema?

            ¿No hay otra posibilidad para Romero, que integrar el grupo de los Profesores tizones, de los Intelectuales objeto de desolación? ¿No puede, además, ser Poeta (es decir: sentir, pensar y hablar en términos de belleza) y realizar bien? ¿No es también Pueblo?


Ortega leído por José Luis Romero. El espíritu de abstracción y la alucinación intelectual

“A cada uno de sus amigos (…) un hombre habla desde un mundo privado que es solo suyo: la suma total de sus recuerdos y experiencias. (…) Nuestra habla es una transacción entre la incomunicabilidad última de una persona con otra y los valores convencionales de comunicación adheridos a ciertos símbolos”.

Margaret Schlauom

En esta nota se continúa el examen del espíritu de abstracción iniciado en un trabajo que se publicó en estas mismas páginas en marzo 1° de 1957.

Cada nota es completa en sí misma, a pesar de lo cual cada nota reobra sobre la anterior; y sin embargo, todas son insuficientes: el tema es infinito. Quedaría excluido para siempre todo un mundo de posibles desarrollos.

Como se indica en la primera (Sobre el espíritu de abstracción: El ejemplo de José Luis Romero), este trabajo tiene por tema “ocasional” un libro de Romero recientemente aparecido: una introducción al mundo actual, y con numero de 47 páginas. Y como se indicaba asimismo en la primera nota, la meta crítica es más amplia. La elección de esta obra y ese autor tiene únicamente un valor ejemplar. Aunque estemos frente a un “individuo” – en principio libre y original – funcionan dentro de él ciertos mecanismos impersonales y colectivos: manera de pensar deficientes, cuya generalización puede provocar fatales confusiones y coadyuvar a la fabricación de problemas tanto más insolubles cuanto peor planeados.

De acuerdo con lo prometido en la primera nota, se examina en esta un punto especialmente vulnerable y sintomático de la interpretación (o interpretaciones) de Romero; su lectura de la tesis de Ortega y Gasset en “La rebelión de las masas”; también se procede a una denuncia concreta del espíritu de abstracción, con breve esquema de su anatomía. La presente inquisición tiene dos momentos. En el primero. Algunas reflexiones de carácter general plantean el tema e insinúan pistas para su elaboración ulterior (por parte del lector). En el segundo se analiza el ejemplo concreto facilitado por Romero. Conviene reiterar, por último, la advertencia inicial: no se confunden los ejemplos con la tesis, olvidándose que aquí interesan, únicamente, examinar “modos de pensamientos”.

La interpretación como método vital

Vivir es interpretar. No el mundo real, sino el mundo tal como lo vemos, determina el curso de nuestra conducta. No ese sonido chirriante y extraño como tal sonido, sino su definición como “grito adolorido”, como “solicitud de auxilio”; no este obstáculo vertical, resistente a mis esfuerzos, sino la comprensión de que “es una puerta” y que “puedo abrirla”; no la masa, tumultuosa de gente que transita bajo mi ventana, sino la reflexión de que “es una murga” o “es una patota”. Los ejemplos serían infinitos; abarcan todo el ámbito de la vida humana. No los hechos pues, sino su significado para nosotros, motiva nuestras acciones.

Por eso existe el error. Hay un episodio simbólico. En Estados Unidos una mujer vio una sombra en los corredores de su casa, interpretó que se trataba de un ladrón y disparó sobre él varios tiros. Mató a su marido. Si el mundo y las cosas se nos dieran de inmediato, candorosamente, estaríamos siempre en la verdad. Jamás nos equivocaríamos.

Este principio general rige también los contactos humanos. Toda opinión sobre el prójimo se asienta sobre este acto de fe: que hemos comprendido lo que intenta decirnos, o los motivos profundos de su conducta. En el diálogo (oral, escrito) la otra persona nos da un resumen de lo que piensa y siente, un esquema infiel de su mundo interior. Debemos descifrarlo. Y ese acto tan simple, incontables veces repetidos, es la más milagrosa de nuestras posibilidades. Y es también, la más peligrosa de nuestras frivolidades.

¿Quién crees tú que yo soy? ¿Quién creo yo que tù eres? No las personas (inaccesibles) sino nuestras interpretaciones de ellas, ocupan nuestra mente. Y con demasiada frecuencia, son nuestras interpretaciones las que nos separan. No las opiniones reales y privadas; no las auténticas motivaciones de nuestra conducta. Toda interpretación será siempre aproximada; contendrán un margen de error. Es posible (y frecuentemente) que nos equivoquemos. Y lo difícil (insospechadamente difícil) es saber que nos hemos equivocado. ¡Nos parece tan evidente lo que oímos o leemos! Ello se debe a que el acto atributivo (proceso complejo por el cual primero interpretamos la palabra oída o leída; para luego proyectarla sobre el otro; imputándosela), este acto, es automático y casi inconsciente: es prácticamente instantáneo.

Examinar este acto atributivo, es arrojar luz sobre muchos roces y fricciones humanas, que llenan el mundo de gruñidos. Para ello quizás, nada mejor que un proceso tan deliberado y ponderado como puede serlo, la lectura.

El ejemplo de Romero

En su Introducción al mundo actual, Romero hace referencia a La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset. Piénsese que este último libro es uno de los “testimonios”  relevantes de nuestro tiempo, estemos o no de acuerdo con sus tesis centrales. Pero es necesario haberlas comprendido para refutarlas. En caso contrario, habremos perdido el tiempo.

Ahora bien, Romero malinterpreta La rebelión de las masas. Nos interesa (en este contexto amplio de nuestro planteo) comprender el mecanismo del error y su significado. Obsérvese que la pericia interpretativa es oficio de Romero y fundamento expreso de su Introducción al mundo actual. Tiene pues, especial importancia, el que un perito caiga en el error indicado: permite sospechar la importancia humana, generalizada, del tipo de error.

Analizaremos el error como vicio de comportamiento. La lectura es una forma de conducta, y reclama, por lo tanto, un análisis funcional. El proceso de comunicación mediante el libro puede reducirse a un esquema estructural, que transcurre en el tiempo. Un hombre (el autor) tiene ciertas ideas y sentimientos, cierta visión del mundo. Busca expresar lo que considera más relevante, y da un resumen verbal de su mundo interior. Posteriormente, otro hombre (el lector) llega a ese libro, decidido a leerlo. No viene en estado adánico, sino que porta reflexiones propias y una concepción privada del mundo, de la vida. Sin embargo, debe intentar la comprensión de un mundo interior ajeno. Ello exige una tarea difícil: la represión de las ideas propias y la recreación deliberada de las ideas ajenas. En caso contrario, se corre el riesgo de atribuir al autor las ideas del lector. Es un hecho frecuentísimo; y constituye lo que podemos denominar alucinación intelectual.

Veamos que ocurre en un caso concreto.

Masas sociales y hombre masa

Romero polemiza con Ortega en las páginas de la treinta a la treinta y cuatro del ensayo.

Una sección anterior, intitulada Las masas en ascenso (págs. 23-29), nos da sus propias ideas sobre el tema. 

Como son estas ideas las que producen su “alucinación”, creo conveniente recordar su tenor general.

Sintetiza allí el proceso histórico social de los últimos 150 años. Enumera ciertos hechos sobradamente conocidos: la Revolución Industrial, el repentino aumento de la población europea que de allí resultó, el éxodo rural a las ciudades, las reivindicaciones obreras etc.

Registra una mutación acelerada del orden social, que desembocó en el reconocimiento implícito del derecho, de las clases asalariadas, a mejorar más y más sus condiciones de vida. Antes de la primera guerra mundial, las masas habían ascendido y se habían organizado, constituyendo una poderosa fuerza política. Esa guerra dejó un pavoroso legado: hambre y desocupación; sobre el cual, “Rusia proyectó una nítida sombra, que parecía señalar un rumbo a quienes se sentían desorientados y desamparados”.

Lo que nos interesa, en este momento, es registrar el punto de vista presupuesto por esa descripción. Romero piensa en clases sociales y fenómenos sociales multitudinarios; es decir, emplea el concepto de “masa” como categoría sociológica. Desde ese planteó es que arguye su pseudo-discrepancia con Ortega, atribuyendo al autor español el mismo enfoque sociológico. Se equivoca. Y de ese error elemental, fluyen graves consecuencias.

Romero cree que “rebelión” tiene, para Ortega, un significado social y político. Cree además, que Ortega habla de “masas” en el sentido de alguna estratificación social. Obsérvese que esos dos conceptos integran el título de la obra de Ortega y qué son centrales a toda la exposición. Una de las normas elementales de toda buena lectura, consiste en descubrir cuáles son las palabras-claves del autor; y luego, determinar rigurosamente su sentido, en ese contexto. Es lo que no ha hecho Romero. Digámoslo ya:  se demuestra incapaz de usar eficazmente el testimonio de Ortega.

Podemos entonces plantear nuestro interrogante: ¿Cómo ha ocurrido esa alucinación intelectual? ¿Qué estado de espíritu hay detrás de esa conducta? Para proceder a la elucidación, deberemos sentar ciertas bases primarias, relativas al significado de las palabras.

Palabras y diccionarios

Prolifera la creencia, en los niveles populares, de que las palabras tienen “un” significado, preciso y constante. No hay tal. En el mejor de los casos, podría argüirse que tienen áreas de significado; pero su sentido concreto nace del contexto en que aparecen. La existencia de diccionarios parece insinuar que sus autores son algo así como legisladores, que determinan de una vez por todas el significado que las palabras efectivamente tienen. La verdad es muy distinta. Todo diccionario es una obra de historia; registra como se ha empleado tal o cuál palabra en el pasado; y todo diccionario aporta también, por vía de ejemplo, contextos diversos en que las palabras han sido usadas, para transmitir así, alguna idea de las acepciones más corrientes.

Detrás de esos errores populares, hay un punto de vista equivocado. Consiste en creer que las palabras son “unidades significativas”. Pero las palabras aisladas no tienen sentido; o para ser más exactos, no tienen sentido preciso. Cobijan una gama espectral de posibles significaciones. Solo en cada contexto adquieren unidad significativa. Y toda lectura que prescinda de esa verdad humilde, está condenada al fracaso.

Lo extraño es esto: que sí preguntáramos a Romero por su opinión sobre este problema, nos diría la respuesta correcta. Ahí precisamente, hallaremos el quid de la cuestión. Se trata de idea muerta. Es pavoroso el número de ideas y opiniones que todos tenemos, objeto de mera adhesión verbal. Hay tanto que “sabemos” y es poco lo que cuaja en hábitos de conducta. “Podremos saberlo” (recordarlo) cuando pensamos deliberadamente sobre el tema, pero no informa nuestras vidas. Y si esto ocurre en tarea tan deliberada, meditativa, como la lectura, podemos adivinar los abismos de incomprensión que (insospechados) nos rodean por todas partes.

Es importante superar la creencia (injustificable) de que los libros nos hablan directamente, “vertiendo” su contenido en nuestro espíritu. La lectura exige nuestra operación activa con el autor; por ejemplo, desentrañando el significado específico que atribuye a las palabras centrales de su lenguaje personal. Todo desmiente esa fe ingenua de que los libros vienen a decirnos algo que de antemano sabemos: más bien sería verdad todo lo contrario. La lectura será siempre una obra de imaginación creadora.

El esquema del acto de lectura es el siguiente: las palabras nos hablan evocando diversas significaciones, debiendo nosotros descubrir la significación adecuada. Por un proceso de tanteos e indagaciones, llegamos a “interpretar” el libro. Habremos elaborado un esquema de ideas, que atribuimos al autor. Hay aquí un fenómeno de proyección, suficientemente estudiado en los manuales de psicología. Pero está proyección puede ser indebida, y en ese caso, consistirá en la atribución de nuestras ideas al autor.

Las tesis orteguianas

Si el enfoque de Romero es sociológico, el de Ortega es psicológico. “Rebelión” designa el hecho subjetivo de la disciplina: la voluntad de no sujetarse a norma alguna de conducta, o sea: la creencia de que un hombre ha venido a la vida para hacer lo que se le da la gana. Ortega piensa en el “hombre-masa”, caracterizado por ciertos rasgos psicológicos: creer que no está obligado a nada y que es posible vivir sin normas ni ideales que guían su conducta. Su “rebelión” es un acto individual, aunque tenga frecuencia estadística. Es una evasión deliberada, una repulsa vigorosa de toda responsabilidad. Para repetir, resumiendo la idea: es la tentativa deliberada de vivir sin deberes ni obligaciones. 

Romero atribuye a Ortega una discusión del problema “de masa y minorías” en el sentido de alguna estratificación social, escindida por un conflicto interior. Es en ese el punto que el disparate se torna absoluto. Don José hablaba de tipos de hombres que se dan en todas las clases. Naturalmente, la existencia de estos tipos humanos constituye un hecho social de primerísima magnitud, pero es previo a la estratificación en clases. En manera alguna coincide con estas. La preocupación central de Ortega es, precisamente, la importancia creciente del tipo “hombre-masa” en todas las clases sociales.

Hombre-masa y vida responsable

Dice Ortega: “El europeo que comienza a predominar – esta es mi hipótesis – sería,  relativamente a la compleja civilización en que ha nacido, un hombre primitivo, (…) un “invasor vertical”. Y agrega que ese hombre “ignora los principios en que se apoya el mundo civilizado”. Existe un desequilibrio creciente “entre la sutileza complicada de los problemas y la de las mentes”, que se da en todos los planos sociales. Por eso, estudia Ortega la ineptitud creciente de los técnicos y la “barbarie del especialismo”. Nos advierte: “Masa no designa aquí una clase social, sino una clase o modo de ser hombre que se da en todas las clases sociales. (…) Pues bien: resulta que el hombre de ciencia actual es el prototipo del hombre-masa”.

El talento expositivo de Ortega, consistente en la representación dramatizada de las ideas abstractas, ha sido quizá una fuente de errores en sus intérpretes. Pero sus definiciones son claras y no toleran dudas. El objeto que persigue es dejar planteada la siguiente situación de su época (1929), en términos que inciten a la acción personal responsable. Enuncia este problema equivoco y bifronte, e inconcluso: “La rebelión de las masas puede, en efecto, ser un tránsito a una nueva y sin par organización de La Humanidad, pero puede ser una catástrofe en el destino humano”. ¿Quiérese invitación más clara? El problema estudiado era un problema de destino individual y colectivo, personal e histórico, frente al cual los hombres pueden obrar de dos maneras: aceptándolo o rechazándolo.

Santayana dijo de Goethe, algo aplicable a Ortega: que fue un hombre “demasiado ilustrado para ser un filósofo en el sentido técnico del vocablo o para someter este mundo salvaje a la ortopedia de una terminología sutilmente cerebral”. El hecho es que Don José no nos da receta alguna, sino luz. Pero es necesario abrir los ojos si se desea recibir esa luz. Encaró resueltamente, en La rebelión de las masas, un problema radical, esto es, primario. Nos dio algo muy importante: el planteo riguroso claro, sincero, de un dilema real que la coyuntura europea proponía entonces (1929) a los hombres. Su comprensión de la vida y el hombre era demasiado profunda, para que buscara inocularnos algún esquema simplista de conducta. Sabía inequívocamente, que los problemas del destino se discuten y plantean en la encrucijada de cada hombre. Y que todos los hombres pueden “salvarse” si antes cada hombre ha sabido salvarse dentro del ámbito de su vida personal.

Discusión de Romero

Lo expuesto no hace justicia a La rebelión de las masas. Prescinde, por ejemplo, de la muy jugosa y actualísima adicional sobre ¿Quién manda en el mundo? Basta sin embargo para indicar la postura de Ortega, el plano metodológico dentro del cual elabora sus análisis.

Presuponiendo su concepción de la vida humana y empleando el concepto psicológico de “hombre-masa”, Ortega busca plantear un problema. Es el suyo, un planteo general y sintético. Se quiebra en tantas vertientes como individuos lo comprenden y atacan.

Reclama en respuesta un tipo de conducta individual, que se define por ciertos rasgos. Deberá ser “esforzada”, ”egregia”, “noble”, palabras todas con significado personal, previo al problema de la estratificación en clases. En resumen: conceptos psicológicos y planteo ético, fundados ambos en una teoría de la vida; tales son los rasgos definitorios del libro de Ortega. Confrontado con esa obra ¿qué hace Romero? ¿Cuál es su conducta? Rehuimos la tendencia, un poco inocente, elegir una etiqueta. Intentemos en cambio ver como lee Romero este libro. Será un ejemplo vivo del tipo de comportamiento (“alucinación intelectual”), como se denuncia en estas notas. Por supuesto que este error concreto es un error personal: lo son todos los errores. Pero es representativo de un tipo de error demasiado frecuente, cuya importancia cobra dimensiones inusitadas. Propone Romero, gratuitamente, que Ortega discute algo que podríamos denominar “problema obrero; que Ortega se identifica con algunos grupos de élite que se creen depositarios de ciertos valores espirituales considerados como esencialmente de minoría y lo juzgan a punto de ser mancillados por la incomprensión de las masas en ascenso”.

Véase bien lo que ha ocurrido. El ensayo que comentamos interpreta la historia reciente como consistiendo principal o exclusivamente en una especie de diálogo conflictual entre “masas” que ascienden y “minorías” que resisten ese proceso. Es un plano de abstracción muy elevado, esto es verdad, pero simplifica demasiado la realidad histórica (en sí mucho más rica y compleja, más incierta y plena de posibles significaciones).

Conviene caer en la cuenta de que significa “abstraer”. Desde un punto de vista, consiste en seleccionar ciertos rasgos que se estiman relevantes; pero no son “relevantes” en el sentido absoluto: lo son, relativamente, dentro de una finalidad intelectiva o virtual concreta. Desde otro punto de vista, abstraer significa olvidar infinito número de rasgos y “datos”, desnudando la realidad de toda su palpitante riqueza, para mostrar algunos de sus nervios. El error comienza cuando, enceguecidos por el cuadro abstracto creemos que nuestra descripción de la realidad “es” la realidad toda. Caemos entonces, por esta vía, en el espíritu de abstracción, y tratamos al mundo y a los hombres como si fueran únicamente eso: la idea abstracta que de ellos nos hemos formado. Y es por esta vía que Romero entra en el espíritu de abstracción. Y es por ese motivo que mal-comprende la obra de Ortega.

Enceguecido por su propio enfoque, entiende Romero que La rebelión de las masas expresa una actitud reaccionaria, cuyos fundamentos pretende esclarecer. Entre otras cosas, dice lo siguiente: “(…) cabe preguntarse qué derecho asiste a los grupos de élite y a cada uno de sus miembros en particular, para erigirse en depositarios exclusivos de ciertos valores y negar a otros – clasificados por accidente como hombres-masa – el derecho alcanzarlos. (…) Parece suponer que los que ya pertenecen a la minoría son todos suficientemente dotados y que los que pertenecen a la masa no lo son (…) ¿Es que no adivinan quienes se lamentan de la “rebelión de las masas” que nunca hemos estado más cerca del Sermón de la Montaña?” Q.E.D.

Romero discurre contra un monstruo de ficción, parido por su propio cráneo. No discutamos si hay, o no, turbios motivos adicionales que puedan inspirar semejante conducta. Registremos meramente que no ha sabido interpretar adecuadamente el testimonio de Ortega.

La ceguera para otros enfoques (igualmente legítimos) distintos del enfoque propio; la reducción de la realidad toda a un único esquema, por lo demás, simplista; el hecho de quedarse en una descripción abstracta creyendo que es “toda” la realidad; la incapacidad (que allí se deriva) para pensar desde otros puntos de vista y para otros fines: todos estos, son elementos del “espíritu de abstracción”.

Consiste en escamotear la realidad íntegra y viva, para solo ver algunos esquemas o ideas que los hombres han elaborado. Y es (en todos los campos) la semilla primeriza del fanatismo.

Nudo y desenlace

Tenemos en la mano algunas raíces psicológicas del mal radical de nuestros tiempos. Se necesita ser ciego para no ver (y sufrir) el estado corriente de las cosas: los mitos e interpretaciones que fanáticamente se esgrimen a diestra y siniestra; las creencias indemostradas (indemostrables) que los hombres agitan unos contra otros. Los mitos racistas y nacionalistas; la religión comunista y lo que se denominó “la carga del hombre blanco”; la figura endiosada de Batlle y el símbolo ecuestre de Aparicio Saravia; las ventajas y desventajas “absolutas” (según el partido que sea) del régimen colegiado. No se trata de la verdad o desacierto (siempre relativos) que pueda integrar esas ideas como ideas. Se trata de la función que desempeña en la vida, del tipo de comportamiento que inspiran, del estado semi-demencia (alucinado) que demuestran tanto los detractores como los defensores. 

Hace falta esto: mucho aire y desinfección espiritual; y luego, una moderación que se arme de razones y de pruebas; ese buen sentido que admite los pros, los contras y las posibilidades todavía inimaginables, por qué tal es el estado en que se nos presentan las cuestiones humanas.

Con esa mentalidad, afectada por el “espíritu de atracción” se relaciona una conducta excesivamente verbalizada. Los sanatorios de alienados (me dicen) están llenos de pacientes que hablan y escriben interminablemente, haciendo círculos verbales que se alejan ininterrumpidamente del mundo. Pero todos vivimos en un mundo humano verbalizado y que amenaza verbalizarse hasta el infinito. En el horizonte de nuestras preocupaciones auténticas, se elevan espesas nubes de un palabrerío infecundo; no las mueve el hambre de verdades, sino un automatismo de la mente que se dispara sin cesar, movida por resortes que buscan, por ejemplo, la creación del propio prestigio, sin reparar en medios. 

Es vicio característico de nuestra política; pero se da en todos los sectores. Su núcleo psicológico es, inevitablemente, el espíritu de abstracción.

Lo peligroso es esto: que el espíritu de abstracción ha invadido también los círculos intelectuales. Y sin embargo, nada más contrario al oficio de intelectual, cuya raíz debe ser el respeto a la realidad en todas sus facetas, el afán de comprender e iluminar el mundo, para que los otros puedan vivir en él. Este mal tiene (para simplificar) dos raíces.

La primera, que llevo indicada, es un trastorno funcional de la inteligencia, que deviene esclava de sus propias creaciones; consiste en pensar por abstracciones, en circuito cerrado, lejos de toda realidad viva. Pero la segunda (primaria) es de carácter ético, y consiste en una traición al oficio de intelectual; se escribe con fines meramente comerciales o como forma de autopropulsión hacia el “éxito”, improvisando y hablando, especialmente hablando, hablando siempre, interminablemente, haya o no algo que decir.

En ese estado, se rozan incomprensivamente todos los problemas, se pretende hablar con autoridad de todas las actividades humanas (tarea sobrehumana). Y se cae en errores que desorientan al lector de buena fe. Por ejemplo, está minucia contenida en el ensayo de Romero: la atribución del concepto de “inconsciente colectivo” al psicólogo Adler, cuando es pieza fundamental de las teorías de Jung. Un historiador no tiene obligación de conocer íntimamente todas las manifestaciones de la aventura humana. Pero debes saber que ignora muchas cosas; y no referirse a ellas, fingiendo una omnisapiencia que está muy lejos de poseer, que no puede poseer. 

Entre los atisbos contenidos en La rebelión de las masas, pobremente leída por Romero consta un análisis demoledor del sabio especialista. Este librillo que se intitula Introducción al mundo actuales ejemplo concreto del carácter que Ortega denuncia, que es por otra parte, característico de nuestra época. 

Dice Ortega: “al especializarlo, la civilización le ha hecho hermético y satisfecho dentro de su limitación; pero esa misma sensación íntima de dominio y valía le llevará a querer predominar fuera de su especialidad. (…) El resultado es que se comportará sin cualificación y como hombre-masa en casi todas las esferas de la vida”. Estás frases son claras y definitivas. Pues bien: un elemento decisivo en la contextura moral del hombre-masa es el espíritu de abstracción, uno de cuyos ingredientes lo constituye esa extraña ceguera: la falacia de proyección indebida, ingenua, consistente en atribuir al mundo inmenso, la previa imagen simplista que ponemos dentro.

Dos palabras a “Perplejo”

Lo lamento por “Perplejo”, cuyas acotaciones han despertado mi simpatía. Tenemos en común esto: el cariño a Chesterton y la creencia de que un hombre tiene (a veces) derecho a ser poeta. Sin embargo, debo decirle esto: que una consideración prolija de toda la obra de Romero sería irrelevante para mi propósito. Y si yo ambicionara la comprensión analítica de intérpretes históricos como tales, escogería a los “grandes”, prescindiendo de los segundones estridentes o modernos. Optaría por estudiar un Dilthey, un Spengler, un Toynbee, un Jaspers; y ¿por qué no? también Ortega, un Schweitzer. Las posibilidades son muy numerosas. Pero no es ese mi objeto.

Me preocupa un mal generalizado: el espíritu de abstracción. Concretarme al examen externo de “un” paciente, sería una tarea bastante insensata. Desvirtuaría mi intención, porque no soy “médico”. El investigador, dentro de cualquier campo, sacrifica el tratamiento de los casos aislados, para concretarse al estudio de la enfermedad misma. Busca establecer sus rasgos generales, los principios que determinan su etiología.

Por otra parte, nada impide a Perplejo aplicar lo que digo. Al fin de cuentas es un hombre como yo, es decir, relativamente dueño de sus actos; y por eso, responsable ante sí mismo de que voces falaces no enturbien su entendimiento. La asepsia intelectual, en último término, esta área privada, personal.

Creo, por último, que no haya comprendido el sentido de mi examen crítico. Hablo de “modos de pensamiento”; y en lo que dije, están los elementos de juicio para determinar el cuántum de mi acierto o desacierto. Desearía inocularle esta creencia: que las maneras como pensamos son, por lo menos, tan importantes como los problemas que nos ocupan. Por lo pronto, existe esta razón: que pensando “bien” hallaremos “soluciones”, y que pensando “mal”, estaremos menesterosos de ellas. Sus comentarios sobre el empleo de metáforas, indican que no ha comprendido mi pensamiento. Estoy de acuerdo con que las metáforas son útiles indispensables; pero no cualquier metáfora, ni empleada de cualquier manera. La cosa debiera ser evidente. Un planteo preliminar sobre este problema, se halla en un libro publicado en la Colección Breviarios: “Introducción a la lógica” de Morris Cohen; allí podrá leer “Perplejo” un capítulo esclarecedor sobre “Lógicas de las ficciones”.

Pero ese es solo un detalle. Sobre la importancia de los modos de pensamiento en el destino humano, hay dos libros cuya interacción es indispensable. Arrojan luz sobre el uno sobre el otro. Estos libros son: Lógica viva, de Vaz Ferreira y Modos de pensamiento, de Alfred North Whitehead: ambos publicados por Editorial Losada y bien accesibles. La comprensión simultánea de ambos libros, genera la evidencia de un campo inmenso, cuya investigación urge. 

No se trata, sin embargo, de comprender lo que esos libros dicen: por allí meramente se comienza. Se trata de comprenderlos como esquemas preliminares, hipótesis de trabajo.” Ventanas” que se abren sobre una realidad amplísima, todavía ignota.

Unos investigadores han ido más allá que otros: hay mucho descubierto en esos terrenos. Pero cada uno de nosotros debe trabar consciencia de esos problemas e incorporar esa visión a la vida cotidiana. El mundo nos apremia. 


Defensa de José Luis Romero

C. Visca et. al

Sr. Director de “Marcha”

            Cuando, números atrás, apareció en Marcha un ensayo crítico sobre “El espíritu de abstracción” , algunos discípulos de José Luis Romero discordaron con la infeliz elección del ejemplo y, sobre todo, con el planteo del trabajo, del que surgía —quizá sin su autor proponérselo— un equívoco balance de la personalidad de Romero. Algunas razones abonaron entonces nuestro silencio: amén del escepticismo en cuanto al provecho de una posible discusión polémica, y de la admisible discrepancia de la crítica, no nos competía una oficiosa defensa de Romero, ni, en ese caso, podíamos creernos los más felices intérpretes de su pensamiento.

            No obstante, y luego de la segunda nota sobre el tema, corresponde formular algunas precisiones:

            Ante todo, la altura mínima exigible a toda crítica seria debe desechar aquellos términos y calificaciones improcedentes, tanto por un principio de ética cuando por su inoperancia como elemento de prueba. Entendemos asimismo de que no mediar una valuación exhaustiva de la obra de José Luis Romero, no cabe admitir —a partir de un análisis centrado en un aspecto de una de sus obras— conclusiones que encierran juicios agraviantes para su persona. Entre otros cargos figuran: “traición al oficio intelectual”, “segundón estridente”, exitista, improvisador, etc. Afortunadamente, tales expresiones no traducen sino ligerezas lamentables, originadas en un vicioso criterio que el propio articulista confiesa cuando escribe: “una consideración prolija de toda la obra de Romero sería irrelevante para mi propósito”. Por lo demás, es evidente para quienes han trabajado junto a Romero o le han seguido en algunos de sus cursos que la atribución de omnisapiencia es una nueva afirmación gratuita. Ni Romero pretende pasar por omnisapiente, ni es un “improvisador” de los que buscan “el éxito fácil” a través de un “palabrerío infecundo”. Asintiendo o discrepando con sus puntos de vista no puede negársele —sin sospechosos ensañamientos— su fecunda contribución a la historiografía, una metódica labor de orientador y especialista y, por sobre todo ello, una conciencia vigilante y lúcida, ante los problemas de su tiempo, donde quizá se define su más valiosa dimensión humana e intelectual.

            Es por ello que resulta descomedida, sino arbitraria, la elección de José Luis Romero como arquetipo de ese “mal generalizado” que por otra parte el autor de la nota —dado los criterios que esgrime— no contribuye sino a estimular.

            Carlos Visca, Jorge Castillo, Juan A. Oddone, Roque Faraone, M. Blanca Paris, María Luisa Torrens de Vignolo, María Angélica Domínguez, César López, Amelia Meléndez, Adriana Giannelli, Víctor Sanz, Doris Ferreti de Castillo, Luis Vignolo, Gloria Caballero, Benjamín Nahum, Domingo Carlevaro, Edgardo Carvalho, Delia Etchegoimberry, Martha Campos de Garabelli, Jael Machado de Faraone.


En la romería. Dos palabras de clausura

Einar Barfod

En su número anterior (861) Marcha imprime una defensa epistolar de José Luis Romero. La firman veinte personas que, en gesto de lealtad hacia el maestro, se oponen a mi actitud crítica en El espíritu de abstracción. Sin embargo, los argumentos allí empleados son irrelevantes para el núcleo de mis notas y para el sentido de mi análisis.

Consideran “infeliz” la elección del ejemplo. No comprenden esto que, por lo contrario, esa elección es singularmente apropiada. Sirve para demostrar la existencia generalizada y la gravedad del mal que combato. Romero goza de prestigio y (según me dicen) es capaz de obra seria, importante. Si a pesar de eso, puede poner en circulación ese ensayo, queda comprobada la importancia del mal que denuncio. No es privativo de mi carnicero. Afecta también la obra de intelectuales dotados de público, cuyas obras son leídas – en actitud de confianza y con pocos reparos críticos – por un vasto número de personas.

Y el ensayo criticado es malo: no queda duda al respecto. Por “malo” entiendo que es insuficiente en sus planteos y simplista en las “soluciones” aportadas, y, además, induce al error a esas personas confiadas que puedan leerlo en busca de “luz”.

Pues bien: creo que el hecho social de un prestigio adquirido impone cierta responsabilidad. Por lo pronto, ésta: la de seguirlo mereciendo; la de obrar como ese prestigio lo exige. Pero Romero, con todo apresuramiento, nos ha dado en cambio un bello ejemplo del espíritu de abstracción. No digo que carezca de inteligencia; por lo contrario, digo que ha hecho mal uso (culpable) de la inteligencia que tiene.

Y creo haberlo demostrado prolijamente. Si se discrepa de mis tesis concretas y efectivas, será interesante conocer los fundamentos de esta discrepancia. De otra manera la argumentación carece de raíces.

En cuanto al diálogo entre Romero y Ortega, lejos de ser “un” aspecto (inesencial), tiene importancia decisiva.

Es el argumento central del ensayo. Romero agrede a Ortega para, de esa manera, iluminar la situación actual. Se equivoca y atribuye a Ortega cosas que éste no dice. La “luz” que así se arroja, es bastante deficiente. Pero eso no es todo, ni siquiera lo más importante. Obsérvese que Romero fundamenta su derecho a escribir la Introducción en una capacidad profesional para interpretar testimonios. Se comprenderá entonces que haya, por lo menos en lo que a mí respecta, una crisis de confianza en este autor.

Para terminar, diré que la carta emplea un artificio polémico de uso frecuente. Invierte mis argumentos y sugiere (erróneamente) que mi actitud coincide con la que critico. Algunas veces, el procedimiento es fruto de la deshonestidad intelectual. Más frecuentemente, expresa un vago afán de insultar. En este caso, sin embargo, nace de una evidente incomprensión. El sentido de mi crítica y los argumentos en ella empleados debieran sofocar todas las dudas al respecto. Una consideración prolija de toda la obra de Romero es irrelevante para mi propósito.

NOTA: En estricta justicia, una aclaración es necesaria. La denominación de “segundón estridente” obedece a un error de imprenta. En el original, yo decía “… segundones (estridentes o modestos)” pero el error me hace decir: “… segundones estridentes o modernos”. De esta manera, se altera sutilmente lo que yo deseaba decir. – E. B.


J. L. Romero y la actitud intelectual en el Plata

Gustavo Beyhaut

[Nota de la redacción de Marcha)

En esta nota que el profesor Gustavo Beyhaut ha escrito especialmente para esta página, se examina el efecto que la discutida figura de José Luis Romero ha producido en la Argentina postperonista. Su enfoque difiere esencialmente del de Einar Barfod, para quien Romero constituía -ni más ni menos— un ejemplo del espíritu de abstracción. Pero como los artículos de Barfod (publicados recientemente aquí mismo) han sido utilizados en la Argentina por [Américo] Ghioldi para atacar a Romero por motivos extra metodológicos, parece sumamente oportuna esta puntuación que hace el profesor Beyhaut desde un ángulo más general y, si se quiere, comprometido con el conflicto mismo.

            Desde que José Luis Romero fuera designado interventor de la Universidad de Buenos Aires, de una terna propuesta por los estudiantes, se ha manifestado una fuerte corriente critica a su obra y militancia. La influencia que tiene en esferas juveniles, hace arreciar la oposición de distintos círculos. Cuesta mucho tener una idea cabal de los fundamentos de ciertas acusaciones que se hacen a la labor intelectual de Romero, casi tanto como pretender que su obra sea perfecta. A veces, percibimos que no todas esas críticas pueden ser acogidas igualmente. Hay lamentos sinceros de quienes, habiendo trabajado a su lado, aprecian limitaciones en su obra y posibilidades perdidas por exceso de tareas. Hay acotaciones serenas, en discrepancia con aspectos de su producción. Hay también innumerables críticas menos francas, denotando resentimiento o algún encubierto matiz político o religioso.

            Hace tiempo, pude advertir en Europa la desconfianza suscitada por esta especie de Sócrates moderno, cuya influencia se consideraba corruptora de la juventud del Plata. Se le reprochaba su militancia antiperonista, perjudicial para la tranquilidad necesaria a la investigación, y la exagerada diversidad de sus publicaciones. Anoto al pasar que ahí mismo me sorprendió descubrir en muchos casos que, al idealizar en exceso la tarea de investigación, se llegaba a incómodas justificaciones: prescindencia total de opiniones políticas para evitar represalias, sumisa dependencia a instituciones norteamericanas que reparten dólares a granel, aceptación del matrimonio de conveniencia como recurso in extremis para dedicarse a la tarea intelectual sin preocupaciones económicas.

            No es preciso un talento especial para encontrar errores, zonas mal dibujadas y hasta fallas de redacción en una producción tan copiosa como la de Romero,  particularmente, si se confunde en el juicio la totalidad, que abarca divulgación, ensayo e investigación, manuales y artículos eruditos. Estrictamente considerada desde el punto de vista intelectual, su obra es menos sólida que la de su hermano Francisco, por ejemplo. Pero nos parecería profundamente estrecho el criterio de limitarse a este aspecto. Es difícil apreciar una producción intelectual, sin vincularla al medio y a la época correspondiente. Resulta imposible valorar la figura de Romero, sin tener en cuenta elementos que no se traslucirán en sus escritos. Por lo pronto, sus métodos de trabajo son abiertos, los materiales de que dispone se ofrecen generosamente a quien llegue. Este no es un simple detalle porque lo que prima en el ambiente, es la actitud contraria: el trabajo en secreto, la reserva y hostilidad al extraño.

            Hay algo más importante todavía, es su capacidad de dialogar con la juventud y la elasticidad de pensamientos que son fruto de la observación del medio y de la época.

            En el primer aspecto, la relación entre Romero y la juventud, hay que anotar una diferencia entre esa relación y la concepción académica del Maestro, fuente absoluta de todas las verdades. La capacidad de Romero para dialogar con la juventud, es más importante que la lección suprema de la cátedra por el intercambio fecundo que resulta, en el que no se sabe cual de las partes ha sido más beneficiada.

            En cuanto al segundo aspecto, la elasticidad de su pensamiento, resalta su importancia en contraste con cierta clase de intelectuales de concepciones rígidas que no se atreven a contradecir las formas tipo a que viven apegados.

El ambiente intelectual

            Hay que tener un temple especial para mantener una misma línea de conducta en este medio intelectual, cuyo clima se marca cada vez más por la tirantez y la competencia al transformarse los hombres en enemigos de los hombres; donde el espíritu de colaboración desaparece en enconada disputa de círculos rivales y se disfraza de oropeles principistas lo que en el fondo no es otra cosa que la defensa de intereses.

            Digo esto porque aliento la esperanza de que aún haya tiempo para reaccionar contra ciertas prácticas poco honestas de la vida intelectual, cuya aplicación aumenta sin cesar. La suprema perfección del trabajo hecho con gusto y humildad se hace cada vez mas rara, mientras abundan los trabajos apresurados por la necesidad de acrecentar méritos. Lo que empieza a concebirse como “una carrera” obliga a cada uno a ser además su propio empresario y agente de publicidad. La creación artística o intelectual abre paso a la ley de la jungla. De vez en cuando aparecen seres excepcionales, pero lo frecuente es la actitud arribista, el minucioso cultivo de relaciones que pueden ser útiles, el comentario malicioso y la crítica despiadada.

            Asistimos a las luchas cruentas y prolongadas, verdaderas guerras no declaradas ni confesadas siquiera, pero cuyo resultado trágico evoca el espíritu bélico que las anima. Hay victorias y derrotas, alianzas, treguas, saldos de úlceras y neurosis, sin que falte el preciado botín bajo la forma de cátedras, premios o becas.

            En cierto país de Europa, se ha incluido una prueba en los concursos universitarios consistente en lanzar a unos contendientes contra otros. El jurado tendrá en cuenta las fallas de los participantes, demostradas por sus rivales y la habilidad de éstos para hacerlo. En algunas partes de América del Sur hay todavía gente a la que, en apariencia, no se le ocurriría ninguna idea sino en la discusión y en la pugna. En medio de un mundo de corrillos y de chismes, destinados a avivar ese fuego que divierte, se suceden polémicas orales y escritas a las que elementos lógicos y psicológicos harán interminables. Sobre todo porque, como en las peleas infantiles, se trata siempre de dar el último golpe.

La reforma universitaria y la actitud intelectual

El movimiento de la Reforma Universitaria, iniciado en Córdoba en 1918, ha sido tal vez la actitud más seria para transformar el ambiente intelectual en América del Sur. Si bien nace y se mantiene fundamentalmente en medios universitarios, desde allí proyecta su acción sobre muy diversos campos. Se pretendía luchar contra el academismo y el egoísmo intelectual, fomentar la cooperación y el espíritu de equipo, propender a vincular los intelectuales con el medio y suministrarles un sentido de su misión societaria. Este movimiento ha tenido altibajos, en ciertas ocasiones sus consignas aparecen demasiado huecas y sus defensores interesados en extremo, pero la constante renovación que lo animaba permitió darle nueva vida y adecuarle a la época presente.

A la caída de Perón, será la reforma Universitaria la que llega a la Universidad de Buenos Aires con la figura de Romero. Esta Universidad había sido tradicionalmente un reducto oligárquico. En la primera etapa, la preocupación primordial fue el saneamiento administrativo y docente. La presión de la Federación de Estudiantes Universitarios de Buenos Aires, al obtener la elección de Romero para la intervención, conseguía un clima nuevo e inusitado. “Los rojos en la Universidad”, fue la exclamación de muchos que veían caer el orden tradicional.

            Una Universidad fiscalizada por grupos cerrados, familias aristocráticas y jerarcas de cuello alto era desbordada por la acción de los estudiantes. El personal de la intervención estuvo integrada por miembros de la nueva generación argentina, de esa generación que Rodríguez Monegal ha caracterizado como “parricida” por su actitud crítica con respecto a los maestros del pasado.

            El servicio de extensión universitaria por ejemplo, bajo la responsabilidad de la joven figura de Savloff, auténtico santo laico salido de esferas libertarias, con unos ocho funcionarios y alrededor de doscientos colaboradores honorarios, se propuso transformar la acción de la Universidad —hasta entonces forjadora de élitesen una tarea de recuperación social y educación popular. La vinculación de la universidad al pueblo era así algo más que una frase bonita, para adorno de discursos, y empezaba a transformarse en realidad.

            Durante ese período, la universidad vivió un clima de renovación que por desgracia ya no existe. Basta recordar la reciente huelga contra la reimplantación del examen de ingreso a la Facultad de Medicina.

La conducta de Romero

Hace poco las paredes de Buenos Aires se cubrieron con la leyenda “Romero a Moscú”, en la que los grupos nacionalistas y católicos de derecha querían resumir su crítica a la gestión de éste en el rectorado. Pudo ser un rector complaciente y mantenerse en el cargo, pero prefirió el combate apoyando a los estudiantes contra el ministro reaccionario Del’Oro Maini. A tal grado, que la caída de este último obtuvo como suprema compensación arrastrar en ella a quien había contribuido a combatirle.   

            Alejado de la universidad, sintiendo como tantos argentinos la necesidad de militancia, antiguo afiliado socialista, pudo hacer tranquila carrera política a la sombra de figuras ilustres, pero eligió el camino mas arduo de la lucha.

            La situación política argentina sufría por los errores de sus fuerzas tradicionales. Habían ignorado las necesidades populares, predicado una forma de libertad que sólo beneficiaba a élites privilegiadas, la igualdad entre desiguales y la abierta cooperación internacional a un pueblo que descubría día a día la dureza de la explotación imperialista. La Unión Democrática fue el punto culminante de lo que después producirá cruel desengaño.

            Con la derrota peronista, se volvió a plantear la cuestión. Mientras que ciertos círculos intelectuales conservaron su temor a los elementos populares (hay quien llegó, en la revista Sur, a pedir la implantación del sufragio censitario para evitar la intervención de la masa inculta que apoyó a Perón), otros quieren curar esos males de raíz, en serios intentos de enfrentar la realidad: modificando la estructura económica del país, dando soluciones radicales a sus problemas sociales, haciendo una política independiente de los altos intereses financieros.

            Luego de su renuncia de la universidad, se acusó a Romero por servir abanderado a la corriente juvenil que quiere transformar la orientación del socialismo argentino. Ahora ha sido el escándalo provocado por la traducción inconsulta y ligeramente modificada de un reportaje de “The New Leader”, en el que dijo que de no operarse un cambio substancial, Frondizi ganaría las elecciones. Se le reprocha esa sinceridad que podría perjudicar las posibilidades electorales del socialismo. Pero Romero cuida poco su posición personal, de ahí la necesidad de apoyarle que experimentan muchos y que desaparecería si se le viera en una acción interesada.

            ¿Qué otra conducta podíamos exigirle al antiguo afiliado socialista en la actual encrucijada, que ponerse al lado de los que procuran cambiar la acción conservadora del socialismo argentino? Es un movimiento comprometido por tradiciones y dirigentes que no se renuevan, o lo hacen muy lentamente. Si quiere lograr los objetivos que proclama, debe hacer una política exterior más anti-imperialista y obrerismo efectivo, dejando de ser un movimiento socialista para liberales de fin de siglo. Costará mucho, pero es el precio de la supervivencia. No estoy convencido de ver ese resultado: depende en gran parte del eco que encuentre la juventud y personas que, como Romero, quieren ese cambio en beneficio del país.

Los parricidas en acción

La Argentina vive en estos momentos una situación excepcional. El advenimiento del régimen peronista demostró a sus intelectuales lo peligroso que era vivir de espaldas a la realidad. Todos ellos se preocupan ahora en mayor o menor grado por contribuir a la salida de la crisis, evitando la marcha atrás. Pero la inmensa mayoría no está en condiciones de dar soluciones sensatas. Han vivido demasiado separados de la mayoría de la población para entender sus problemas y sus maneras de sentir. Han perdido la capacidad de comunicarse con la juventud, y la ruptura del diálogo supone su inmediato enjuiciamiento.

            Muy distinta es la actitud de la nueva generación. En saludable reacción sienten la necesidad espiritual de vincular el pensamiento y la acción, los problemas del mundo contemporáneo y los de su propio país. Han adquirido una ideología a fuerza de agregar fragmentos sucesivos. Serán lectores atentos del grupo Sartre y testigos de sus desventuradas tentativas por militar en este siglo. Asimilarán las últimas corrientes del arte moderno, de la nueva economía, de las ciencias sociales. Pero ese equipaje adquirido no se traducirá en una actitud de desarraigo y escapismo, sino en herramientas nobles para actuar sobre el medio ambiente al que pertenecen.

            El mejor análisis del peronismo lo hizo “Contorno”, órgano de la generación parricida. La mayor parte de sus integrantes muestran una predisposición a incorporarse a las fuerzas frondizistas. Otros bregan por la renovación socialista. Muchos todavía se mantienen independientes. Pero en todos se advertirá la tendencia a no cruzarse de brazos en un momento que marca el futuro de manera decisiva. Sería deseable que conserven el mayor tiempo posible la frescura mental que dio origen a su actitud y el espíritu de cuerpo que demostraron en la lucha contra la dictadura.