José Luis Romero frente al fascismo y al antifascismo

ANDRÉS BISSO

(Universidad  Nacional de La Plata/ CONICET)

Introducción

La aparición y el desarrollo del fascismo, y de sus recreaciones más o menos célebres, significaron un hecho de tanta gravitación en el período de entreguerras, que resulta imposible pensar que ello pudiera haber pasado desapercibido para un historiador como José Luis Romero. En su atención al fenómeno, como en muchos otros que requirieron su interés, la perspectiva disciplinar y el compromiso cívico se retroalimentaban, a través de lógicas que les eran propias, que no podían asimilarse de manera completa y que eran desplegadas consecuentemente y en paralelo por Romero, a través de puntillosas reflexiones.

El nacimiento inmediato de una corriente antifascista que, inicialmente se pensaba como mero espejo negativo de los valores de su contrincante[1], pero luego evolucionaría con ramificaciones y sentidos propios según su desarrollo temporal y sus diversas derivas nacionales[2], también llamaría la atención de Romero, quien se situaría claramente en dicho campo, pero sin dejar de identificar y reflexionar de manera crítica acerca de algunos de los dilemas que podían advertirse dentro de ese campo heterogéneo de voluntades sumadas en contra del llamado “totalitarismo pardo”.

Las contribuciones de Romero a dicho debate se avivarían a partir de la “tragedia española” y se multiplicarían especialmente una vez estallada la Segunda Guerra Mundial.

Romero ante la Segunda Guerra Mundial. Ejercicios de reflexión frente a una apelación antifascista no del todo confortable.

Cinco días después de que Hitler forzara a los franceses a firmar un armisticio muy parecido a una capitulación absoluta, en el mismo vagón en el que los alemanes habían reconocido su derrota en la Primera Guerra Mundial, se publicaba –en el semanario antifascista Argentina Libre[3]– un artículo[4] (cuya relevancia fue identificada y su contenido minuciosamente recorrido, ya al comienzo de este siglo, por Tulio Halperin Donghi[5]) en el que José Luis Romero advertía la gravedad y los alcances de dicho suceso no sólo para los europeos, sino para toda una cadena de “entes”, así por él definidos, que –según se detallaba en un orden de cercanía creciente como si se tratara de mamushkas– se encontraban correlativamente en peligro: la cultura occidental; “las generaciones que hoy florecen”; el continente americano; la República Argentina; y, por último, la propia existencia personal[6].

Así, la reaparición del vagón de Compiègne en las portadas de los diarios no debía a ojos de Romero –en ese año de 1940- asombrar tanto a los contemporáneos, ya que “aunque dramático, y acaso decisivo, la actual guerra europea no es sino un episodio de un proceso que se desenvuelve en la cultura occidental desde 1914”[7]. Teniendo en cuenta la complejidad dinámica de dicho proceso, resultaba fácil advertir las inconsistencias aparentes que podían surgir de la colisión entre postulados ideológicos y embanderamientos geopolíticos[8], en una línea ya detectada en el uso interno por Borges (ese “literato exquisito”[9]) al comienzo mismo de la segunda conflagración, en un artículo precisamente intitulado “Ensayo de imparcialidad”[10].

En la necesidad de ver más allá de las noticias cablegráficas del momento y de comprender cabalmente ese proceso en su devenir ulterior, Romero señalaba que el escritor debía escindirse del “hombre de la calle”. Si el segundo “vive” y “siente las urgencias de su medio y de su tiempo”, debiendo por lo tanto “tomar partido” con premura, el primero, en cambio debe observar y reflexionar enhebrando “los hilos sutiles que encadenan la conducta humana” para poder descubrir la realidad profunda, de manera “lenta y delicada” (esos eran el timing y la forma con que adjetivaba la labor intelectual). El “humilde heroísmo” del escritor –una especie de hermoso oxímoron- debía consistir, por lo tanto, en “ver claro en la densa maraña de la vida”[11] y evitar las urgencias para posicionarse.

Al calor de esa dualidad nunca del todo desagregada del “hombre de la calle” y el “escritor”[12], Romero había ido construyendo una actitud antifascista que contemplaba un apoyo -solamente condicional- a los Aliados en la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de otros referentes socialistas, a esa altura del “Partido” embanderados ya abiertamente bajo la causa británica[13], Romero no dejaría de mantener vigentes los condicionamientos antiimperialistas y americanistas que consideraba afines a una perspectiva antifascista de vigilancia democrática y no condescendiente con las actitudes previas de las “grandes potencias” (Inglaterra y Francia), que las habían hecho acreedoras a fuertes críticas en el interior de la izquierda y del republicanismo, en particular en relación con lo ocurrido durante la Guerra Civil española[14], causa con la que Romero se mantendría comprometido, más allá del episodio bélico específico[15].

Considerando todas esas alternativas de posicionamiento, el historiador no olvidaba señalar –a menos de un año de comenzada la Segunda Guerra Mundial- que:

“las reticencias con que algunos nos adherimos a la causa de los aliados se deben a la debilidad con que la han defendido [se refiere a  ‘la libertad’, A. B.] los hijos de quienes la conquistaron y la afirmaron mediante las formas jurídicas de la democracia”[16].

La postura –en parte distanciada- frente al esfuerzo bélico que a esa altura reposaba sólo en el imperio británico, le permitiría, de paso, dilatar un posicionamiento tajante en relación con el tipo de neutralidad que mantenían los gobiernos americanos (y dentro de ellos el argentino, conducido por Ortiz), señalando incluso su conveniencia estratégica, al señalar que

“acaso se pueda sostener la necesidad que en nuestro país el Estado mantenga su neutralidad, y acaso convenga que, mientras se pueda, América no sea llevada a una lucha donde se juegan intereses que no son sino en parte los suyos”[17].

Esa posición se encontraba en línea con la comprensión expresada previamente, e incluso de forma algo irónica, por otros escritores socialistas como Enrique Anderson Imbert. En efecto, unos meses antes, la beligerancia exacerbada había sido previamente satirizada en clave porteña por el autor de “Cassette”, en la misma publicación, al decir:

“Ningún argentino ha discutido ni objetado la neutralidad decretada por la República. No ‘nos mandemos la parte’. ¿Para qué enardecemos en posiciones beligerantes, si en el fondo estamos contentos con la neutralidad? Es como insultar en la calle Florida, sabiendo que nadie nos dejará pelear”[18].

Sucedía que, en los primeros meses del año 1940, la estrella del presidente Ortiz todavía estaba fulgurante en sus intentos de renovación democrática y posicionamiento antitotalitario[19] y la respetada figura de Roosevelt permitía mantener una cerrada convicción en torno a la posibilidad que tenía el continente de mantenerse formalmente neutral y de no participar directamente en la conflagración, sin dejar por ello de tener una sentada posición en contra de la avanzada alemana[20].

De allí que la neutralidad argentina no fuera leída en los términos favorables al nazismo con los que se la identificaría desde la gestión de Ramón Castillo, por parte de algunos propios y la mayoría de los extraños. Según señalaría Romero post facto, la orientación “benévola para con las potencias democráticas” cambiaría, ya que “sobre el ánimo –bien predispuesto por cierto- de Castillo comenzó a gravitar la presión de los grupos filonazis y el gobierno aceptó virar el rumbo” con la complacencia de “los movimientos neutralistas que apenas disimulaban sus simpatías totalitarias”[21].

Pero volviendo a la perspectiva americanista, Romero tendría algo más para agregar, evitando liberar de culpa y cargo a las potencias imperialistas democráticas y proponiendo una idea de unidad continental de resonancias bolivarianas, pensada precisamente, tanto para evitar las influencias externas como para asegurar la preservación nacional[22], en un tono que podría haberse intercalado con el manifiesto que –ese mismo año- daba a conocer Oliverio Girondo, y que le provocaría un duro cruce verbal con Emilio Mitre, referente del aliadismo anglófilo[23].

Teniendo en cuenta una confluyente perspectiva nacional y americana, Romero remarcaba que -como ya ha citado Halperin[24]– la política imperialista debía “ser condenada donde se la encuentre y debemos confesar que se la encuentra en ambos bandos: más blanda e insidiosa en uno, más fuerte y prepotente en otro”[25] y que por ello convertir a

“América [en] una isla de libertad es empresa que justifica la movilización de las conciencias libres. Al escritor americano le corresponde precisar las líneas, las raíces, los contenidos de este ideal relativamente cercano que creo percibir en muchos hombres de nuestra generación”[26].

La defensa de la unidad del continente en una especie de “Liga Aquea”, metáfora afín a sus intereses historiográficos, lo llevaría a la estructuración de una estrategia particularmente afín al relato panamericanista, aunque supeditada a ciertas reglas de convivencia. Esa “alianza democrática continental”[27] sería, a los ojos del escritor, la única capaz de “asegurar a nuestros países el mantenimiento de nuestra soberanía”[28].

Sin embargo, ni las condiciones relativamente periféricas del país, ni la necesidad de un análisis medular de las condiciones bélicas “desde América”, podrían impedir que –en Romero- volviera a “aflorar” la necesidad de un posicionamiento que no diera lugar a malos entendidos con respecto a su antifascismo y al lugar político a adoptar: “de ningún modo significa esto que la conciencia americana deba sustraerse a la valoración relativa de las fuerzas en pugna; sin duda surge de ella una preferencia”[29]. ¿Quién era “dentro” de Romero el que –a pesar de todo- realizaba la algo desganada opción por los Aliados, el “hombre de la calle” o “el escritor”?

Podría decirse que “ambos”, con dos condicionalidades diversas. Si Romero escribía que “como solución inmediata —como solución del hombre de la calle— prefiero, pues, en los aliados la coacción menos dura”, en tanto “escritor -que existe por la libertad”[30] también debía “ser más que nadie sensible a la coacción: enemigo de todos los que la restringen y más enemigo de quienes la restringen más; en tal sentido, el régimen nazi recoge la más triste de las supremacías”[31].

Por otro lado, más allá del posicionamiento final y de la “toma de partido” dada –digamos- en última instancia, una cuestión ciertamente interesante en esta definición acerca del rol del “escritor”, para el diálogo en el interior de campo antifascista, es la justificación del posicionamiento que Romero hace surgir de la identificación de la tarea intelectual con la idea de “Libertad”, antes que con la de “Cultura”.

Así, en este caso, el historiador socialista realizaría una modulación a destacar con respecto de la tradición de los “escritores antifascistas”, según la había cristalizado localmente –a partir de la herencia de Barbusse y Rolland- la Alianza de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (AIAPE), creada por Aníbal Ponce en 1935. Esta asociación al poner en el centro de la actividad intelectual –como ya ha analizado tempranamente James Cane[32]– la tarea de la “Defensa de la Cultura”, preveía ciertas traducciones en la práctica política, de las cuales Romero quizás no estuviera tan seguro, ante los peligros de su utilización “faccional”, la cual –en el caso de la AIAPE- se mostraría luego crecientemente evidente bajo la dirección de Emilio Troise, primero como figura asociativa de relevancia y luego como, directamente, sucesor del fallecido Ponce en la presidencia[33]

Así, consideramos que al poner el acento en la identificación de la tarea intelectual preeminentemente con la de la “Libertad”, Romero permitía desentender al escritor tanto de un “deber profesional” y “corporativo” en relación con su posicionamiento, como de una exigencia de integrarse a una colectividad “militante” que diseñara el “compromiso” bajo la gravitación de una especificidad intelectual.

Si bien la actividad de reflexión intelectual era indiscutiblemente necesaria, en relación con su capacidad de expresar una “verdad precursora”, y por ende cuestionadora de cualquier poder político coyuntural, este lugar –por otro lado- conducía de manera inevitable a cierta “marginalidad” de su voz, frente a otras pretensiones que otorgaban al intelectual un rol de tipo “rector”[34]. Por ello, para Romero, si el escritor debía “fundirse” –por la presión del momento en que vivía- con el colectivo social, lo debía hacer antes –como demostraremos en una cita próxima- en su condición de “hombre de la calle”, que bajo la especialidad de su métier.

Esto se tensaba con la visión de sus colegas de la AIAPE, quienes –repitiendo la mirada de un ya fallecido Ponce- “ataban” a los intelectuales a un marcado rol de modeladores culturales bajo un patrón ideológico preestablecido y preeminente, al definirlos (y autodefinirse) como los “depositarios del haber de cultura acumulado por la humanidad en siglos de luchas penosísimas y de tenaces esfuerzos”[35], lo que suponía –a su vez- que debían

“hacerse cargo del deber impostergable que les señala este momento. A ellos, antes que nadie les corresponde aprestarse  a  la  defensa   del   tesoro   que   guardan   y acrecientan, y denunciar ante los pueblos la amenaza que se cierne sobre la cultura”[36].

En efecto, ya unos años antes del posicionamiento en relación con la Segunda Guerra Mundial, Romero había advertido que el compromiso del intelectual debía surgir de una voluntad personal que no debía estar afectada por la capacidad colectivizadora de las reglas y redes del campo cultural o académico. Así, muy  lúcidamente, señalaba en un texto sobre “las facciones”:

“Y si una vocación íntima o un sentido del deber de la hora lo lleva [al escritor o intelectual, A. B.] a inclinarse sobre los problemas político-sociales, no intente dirigirlos o encaminarlos con los presupuestos de su función específica, con los esquemas de su estructura mental y con los criterios de acción que se elaboran en los gabinetes: ya sabemos desde Platón el resultado de esta traducción de destinos”[37].

Militante político por un lado, y espíritu pensador por el otro, Romero parecía desconfiar de las traducciones fáciles de certezas y estrategias de apelación entre ambas esferas, aunque -por otro lado- fuera consciente de la imposibilidad de desanudar ambas experiencias inscriptas sobre el registro de la vida cotidiana y sobre las siempre cambiantes modulaciones de la coyuntura histórica, que lo hacían –incluso en tiempos de euforia- matizar el entusiasmo con la atención a la complejidad[38].

De esta manera, la reflexión de Romero sobre cómo oponerse al fascismo resultó estar, a lo largo del período de su dominio en Italia y Alemania, particularmente atenta a no servir de “excusa” para la avanzada de los “viejos imperios” sobre los intereses nacionales y plantear soluciones que no implicaran la mera oposición, dando cuenta incluso –en la línea previa, entre otros, de Lisandro de la Torre[39]– de las ventajas “objetivas” –aunque no necesariamente deseadas por los regímenes señalados- que la aparición de estos movimientos tenían como catalizadores de transformaciones sociales revolucionarias y de la emergencia de las “masas” en la política. Romero lo resumiría, pocos años después, de esta manera:

“aunque a un precio subido, el nazifascismo cumplió una innegable misión histórica: romper en los países occidentales el tabú que la conciencia burguesa había creado respecto de las aspiraciones de las masas en ascenso desde la Revolución industrial”[40].

En línea con esa reflexión, Romero sostenía que –de la misma manera que había sucedido en Europa- el peronismo, en Argentina, había producido una equivalente politización y un “ascenso repentino de las masas”[41].

Así, una vez desaparecida lo que consideraba la amenaza global de dichos movimientos, pero activada la pulsión social de una manera en que no podía darse marcha atrás, el surgimiento del peronismo como filiación supuesta y asumida por la mayoría de los más enfáticos contradictores locales del totalitarismo los obligaría a reformular la descripción de esa ideología para accionarla en función con su militancia política local.

¿Un fascismo después del fascismo? Límites y alcances de la receta “antifascista” para juzgar y conjurar al peronismo en José Luis Romero.

Una vez disipada, en 1945, la amenaza nazi-fascista en el plano internacional, con la rendición alemana en mayo y el fin de la guerra en agosto de ese año, la movilización de la llamada “Resistencia” argentina forzaría a los diversos sectores políticos a sentar posición en relación con el dilema de las formas de continuidad del gobierno militar que derrocó a Castillo con respecto del surgente fenómeno del peronismo (proceso más tarde catalogado por Romero como el de la “revolución desembozadamente pronazi de 1943 a la que se debe el advenimiento final del fascismo con el gobierno de Perón”[42]).

Aunque la relación entre los totalitarismos derrotados en la guerra y la experiencia abierta por el coronel Perón resultaba clara para el grupo de “demócratas”argentinos[43], los alcances concretos de lo que depararía la concreción duradera de esa experiencia se aparecían con menor precisión, ante la novedad de la aparición de una “masa” consideraba especialmente voluble e impredecible[44].

Esta incertidumbre sería rápidamente reconocida por Romero, quien en una tan irónica como apesadumbrada referencia libre al “Manifiesto Comunista”, señalaría en un mitin universitario en 1945, en tiempos de campaña electoral: “un fantasma recorre la tierra libérrima en que nacieron Echeverría y Alberdi, Rivadavia y Sarmiento: el fantasma fatídico que se levanta de las tumbas apenas cerradas de Mussolini y Hitler”[45].

Al quedar resueltas –y confirmadas- esas ansiedades con la derrota de la “Unión Democrática”, José Luis Romero comenzaría a analizar –bajo la necesidad de complejizarlas- las líneas de relación entre el peronismo y el totalitarismo que –como dijimos- le seguirían resultando evidentes[46], aunque a diferencia de otros actores, no le permitiesen la indulgencia para el conglomerado político del que había participado[47] y lo obligaran a pensar –ahora ya oficialmente inscripto en las filas del socialismo- cuál era el desafío político para acercar a esas “masas” que la situación de posguerra había derivado hacia el lado “contrario”, aprendiendo a “distinguir con matizada sutileza la artera habilidad de los aprovechados corifeos de circunstancia, de la vaga pero auténtica conciencia revolucionaria que alienta en los distintos semicoros”[48].

Nuevamente, la requisitoria de la acción unida a la reflexión lo invitarían rápidamente a la autocrítica, ya que si bien aseguraba la existencia de “grupos notoriamente reaccionarios o fascistas” dentro del peronismo, reconocía que –a pesar de ello- dicho movimiento (en algo que lo distinguía de la “línea del fascismo” local de los años treinta[49]) había sabido expresar un anhelo de amplios sectores que eran democráticos, a los que el socialismo -en particular- no había logrado interesar en ese momento. Si estaba seguro de las “verdades” que sostenía su formación política, ya inmediatamente producida la derrota electoral, Romero instaría la necesidad de replantearse “la eficacia de los procedimientos utilizados para lograr la adhesión de las masas populares”[50].

Una vez instalado el peronismo en el poder de manera más sólida, la oportunidad de derivar el cauce de esas masas hacia el socialismo pareció volverse cada vez más estrecha. De allí que la propia mirada de Romero, que conservaba en los primeros momentos la vivacidad de la autocrítica y la confianza de un período novedoso e inaugural, se volviera fluctuante: si en ocasiones las veía politizadas y abiertas a la prédica del socialismo, en otros momentos las consideraría demasiado “simplistas” y sujetas a los poderes autocráticos. Con todo, siempre confiaría en que ese ingreso había sido necesario e irreversible como dato de actuación política[51].

Una vez producido el golpe de Estado de 1955, se impondría con más fuerza en Romero una mirada sobre la conexión entre el “fascismo criollo” y el peronismo, que había sido adelantada en forma de bosquejo en el epílogo de Las ideas políticas… y que sería sistematizada, extendida en el tiempo y sostenida con especial énfasis en el capítulo “La línea del fascismo” agregado en la segunda edición de 1956,  y que no parece haber estado tan presente en los juicios previos, contemporáneos a los hechos referidos. Esta relación –con crecientes énfasis en las adjetivaciones negativas- subrayaría la importancia del surgimiento del “fascismo argentino” a partir del golpe de Uriburu, encargado –como sostendría en los años cincuenta- de iniciar “las auras maléficas del fascismo que comenzaba a viciar la vida nacional”[52], estableciendo así un “ciclo del fascismo argentino”, denominado “de los veinticinco años amargos”, que unificaba como males equivalentes al uriburismo, al período fradulento, al golpe del ’43 y al peronismo, en una línea que desdibujaba enfáticamente la originalidad del último de esos procesos[53].

Dicha equiparación, aunque levemente descarrilada en relación a algunas inquietudes previas del autor, resultaba particularmente sólida para enlazar las perspectivas de los renacidos sectores“democráticos” que esperaban de la Revolución Libertadora, la transición a una “fórmula supletoria”, como indicaba el décimo capítulo de Las ideas políticas incorporado en la década del setenta,  que permitiera “hallar el modo de encaminar” el país “hacia el establecimiento de una democracia legítima”[54]. Como el propio Romero se ocuparía de reconocer, esa fórmula resultaría “infructuosa”[55] y el peronismo retornaría al poder en 1973.

Conclusión

Según hemos visto, el repudio del fascismo como sistema político era, por parte de Romero, indubitable. El mantenimiento de sus convicciones socialistas y humanistas no podía más que colocarlo en esa posición. Sin embargo, su pretensión de historiador y analista social lo obligaban a reconocer las innovaciones que ese fenómeno había provocado, las previas razones que habían coadyuvado a su posibilidad de existencia y, en especial, las transformaciones inevitables que su emergencia había desatado en la relación entre “política” y “masas”. Su postura frente al peronismo, en efecto, tendría una similar intención.

Por otro lado, aunque se hallaba situado en el extenso campo de quienes se oponían al fascismo, Romero no estaría dispuesto a asumir de manera automática las posiciones que las principales corrientes del antifascismo local –bien la liberalsocialista, bien la comunista- consideraban indisolublemente ligadas a esa causa. Esto sería especialmente cierto en relación al lugar geopolítico que la Argentina debía ocupar, lo que colocaba su opinión –especialmente en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial- distanciada tanto de la que se contentaba con definir la disputa bélica como una desinteresada “cruzada democrática” como de aquella que la tachaba –al menos hasta mediados de 1941- de mera “guerra entre imperialismos”.


[1] En ocasiones, casi se pensaba positivamente el aporte que había hecho el fascismo para permitir aclarar –por oposición a él- las ideas propias, como lo sostendría Klaus Mann: “El Fascismo- por paradójico que esto suena- hace que sea más fácil para nosotros de aclarar y definir la naturaleza y el aspecto de lo que queremos. Nuestra visión se opondrá, punto por punto, a la práctica del fascismo. Lo que este último destruye, el humanismo socialista defenderá, lo que este defiende, se destruirá”. Citado en Pieper Mooney, Jadwiga, “El antifascismo como fuerza movilizadora: Fanny Edelman y la Federación Democrática Internacional de Mujeres (FDIM)”, Anuario IEHS, n° 28, 2013, p. 212.

[2] Como se ha señalado en una compilación multinacional sobre dicha corriente: “el antifascismo era cualquier cosa menos un movimiento estructurado con una clara direccionalidad, y por lo tanto era trasladado hacia diferentes y cambiantes propuestas y retoricas de acción”. García, Hugo; Mercedes Yusta; Xavier Tabet y Cristina Clímaco (eds.), “Introduction”, Rethinking antifascism. History, memory and politics. 1922 to present, New York-Oxford, Berghahn Books, 2016, p. 4. Mi traducción.

[3] Tan antifascista que luego de que el gobierno militar surgido en 1943 impidiera que Argentina Libre (frente a la suposición que dicho título pudiera actuar como una velada demanda democratizadora) se siguiera denominando de esa manera, el semanario pasaría a titularse -ingeniosamente- nada menos que Antinazi, con lo cual los temores de su carácter cuestionador continuarían intactos, sin que en este caso el gobierno de facto pudiera hacer demasiado, pues la prohibición de dicha definición podría suponer una connivencia con las potencias del Eje que la administración de Farrell no estaba, ya a esa altura, dispuesta a asumir abiertamente. Ver nuestro: “Argentina Libre y Antinazi: dos revistas en torno de una propuesta político-cultural sobre el antifascismo argentino, 1940-1946”, Temas de nuestra américa, UNA, Costa Rica, 25, 47, 2009, pp. 63-84; y Nállim, Jorge, “Del antifascismo al antiperonismo: Argentina Libre,…Antinazi y el surgimiento del antiperonismo político e intelectual”, Buenos Aires, Iberoamericana, 2006, pp. 77-105.

[4] Romero, José Luis (en adelante, JLR), “El escritor –que existe por la libertad– debe repudiar al nazismo”. Argentina Libre, 27 de junio de 1940. Todos los textos citados de JLR (a excepción que se indique lo contrario) se encuentran en: jlromero.com.ar

[5] Halperin identificaría este artículo (también bajo el clima de la “caída de París” y en tanto disparador de los que posteriormente Romero escribiría en la misma revista) como una forma de recuperar intelectualmente los intentos (que para Alfredo Palacios resultaban a esa altura imposibles de realizar en términos políticos) de compatibilizar un cerrado antihitlerismo con una igualmente marcada toma de posición antiimperialista que no apareciera como disminuyente de aquel. Halperin Donghi, Tulio, La Argentina y la tormenta del mundo, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pp. 186-7. En sintonía con lo dicho, al analizar Carlos Miguel Herrera de manera más detallada los vínculos políticos efectivos entre Palacios y Romero, nos permite pensar que la apuesta del texto de Romero superaba la instancia de “ensayo intelectual” y quizás podría entenderse como un alegato de mantenimiento de esas premisas antiimperialistas en un contexto que por razones de estrategia política se le hacían imposible al “Maestro” expresar de manera más enfática y ampliada. Herrera, Carlos Miguel, “Romero, socialista”, Anuario del CEH “Segreti”, Córdoba, 20, 20, 2020, pp. 1-25. Recordemos en efecto, que no en pocas ocasiones, las opiniones antiimperialistas de Palacios llegarían a ser usadas por los propios hitleristas locales como forma de legitimar su propia propaganda antibritánica, como hemos analizado en nuestro: “Voceros de Hitler en la Argentina Análisis de la tarea propagandística del diario pro-nazi Deutsche La Plata Zeitung en su edición en castellano (1941-1944)”, Índice, 37, 25, 2007, pp. 247-280. Lo que, sin embargo, no impedía que Palacios siguiera expresándolas, incluso teniendo al propio F. D. Roosevelt como interlocutor, como sucedería con el pedido que le hiciera –en plena guerra- de liberar presos políticos puertorriqueños Palacios, Alfredo, Cartas a Roosevelt sobre Puerto Rico, Buenos Aires, Futuro, 1943.

[6] JLR, “El escritor –que existe por la libertad-…”

[7] Ídem

[8] Aunque finalmente, en su obra de temprana posguerra, Romero terminaría resumiendo que “por encima del conflicto imperialista, el conflicto ideológico ha adquirido una significación extraordinaria en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. El nazifascismo era, sobre todo, la encarnación diabólica de la conciencia antirrevolucionaria, organizada del modo más eficaz que pudiera concebirse: reivindicando para sí la actitud exterior de la revolución y construyendo un aparato de camuflaje para poner a su servicio a las masas en trance de ascenso económico-social. Y frente al nazifascismo, las potencias occidentales, democráticas y capitalistas se aliaron con Rusia soviética para salvar el destino de la conciencia revolucionaria, pese a la radical diversidad que caracteriza a sus respectivas concepciones de la revolución. No hay paradoja: aun defendiendo el imperio británico, Churchill defendía más celosamente la concepción revolucionaria que un Hitler apoyado en el Arbeiterfront.”. JLR, El ciclo de la revolución contemporánea, 1948.

[9] Así lo definía Romero, bajo el seudónimo de José Ruiz Morelo, en “Lo representativo del alma popular”, 1946.

[10] Borges enumeraba, de esta manera, las múltiples contradicciones circulantes en el país acerca del suceso: “El que ha jurado que la guerra es una especie de yihad liberal contra las dictaduras, acto continuo anhela que Mussolini milite contra Hitler: operación  que aniquilaría su tesis. El que juraba hace cuarenta días que Varsovia era inexpugnable, ahora se admira (con sinceridad) de que haya resistido algún tiempo. El que denuncia las piraterías inglesas es el que aprueba con fervor que Adolf Hitler obre a lo Zarathustra, más allá del bien y del mal. El que proclama que el nazismo es un régimen que nos libra de charlatanes parlamentarios y que entrega el gobierno de las naciones a un grupo de strong silent men, escucha embelesado las efusiones del incesante Hitler o -placer  aún  más  secreto- de  Goering.  El que pondera la presente inacción de las armas francesas aplaudirá esta noche los síntomas iniciales de una ofensiva. El que reprueba la codicia de Hitler saluda con veneración la de Stalin. El rencoroso augur de la desintegración inmediata del injusto Imperio Británico, demuestra que Alemania tiene derecho a la posesión de colonias (anotemos, de paso, que esa yuxtaposición de las voces colonias y derecho es lo que alguna ciencia muerta -la lógica- denominaba una contradictio in adjecto). El que rechaza con  supersticioso pavor la mera insinuación de que el Reich puede ser derrotado, finge que el menor éxito de sus armas es un incomprensible milagro. No prosigo; no quiero que esta página sea infinita”. Borges, Jorge Luis, “Ensayo de imparcialidad”, Sur, 61, octubre de 1939, pp. 27-28.

[11] JLR, “El escritor –que existe por la libertad-…”

[12] Halperin sí parece ver la oposición de una manera más clara, en tanto indica que el esfuerzo de Romero como “escritor” estaba destinado precisamente a “buscar una alternativa que hiciera innecesaria esa opción entre dos males” entre los que el “hombre de la calle” debía necesariamente optar. La Argentina y la tormenta, p. 186.

[13] Apenas un mes después del artículo referido, Nicolás Repetto publicaba, en la misma Argentina Libre, una respuesta a la “gente que se ha dado en criticar acerbamente al imperialismo británico, que en este momento no es nuestro enemigo, que no nos amenaza en forma ni grado algunos y que, por el contrario, lucha solo por la libertad en todo el mundo”. Repetto, Nicolás, “El imperialismo inglés” (25 de julio de 1940), en: Política internacional, Buenos Aires, La Vanguardia, 1943, p. 32.

[14] Pensemos en ese sentido, la condena que presentaba el Comité Pro Defensa de los Derechos del Pueblo Español, presidido por el socialista Antonio Zamora, cuando señalaba: “El Comité deplora la falsa situación en que se colocan ciertos gobiernos democráticos, que en la anterior conflagración mundial, protestaban indignados contra el bombardeo de algunas ciudades belgas, y que ahora, al impedir, contra todo derecho, el armamento del gobierno legal, conducen al martirizado pueblo español, a la trágica situación presente, preanuncio de terribles desgracias para la humanidad toda”. Claridad, Mayo de 1937, p. s/n. Romero, según dialogó con Félix Luna, estuvo en España hasta pocos días antes de  la explosión de la Guerra Civil, y quedaría impactado especialmente –en eso se asemeja a Ponce- por las demostraciones de fervor obrero y campesino de la época: “En los ferrocarriles andaluces se cruzaban los campos y se veía a los campesinos levantando el puño…era un espectáculo muy impresionante”. JLR, Conversaciones con Félix Luna, 1976.

[15] Como podemos ver, por ejemplo, a partir de sus recurrentes colaboraciones en el proyecto editorial de los años cuarenta, dirigido por los exiliados republicanos Serrano Plaja y Varela y titulado De Mar a Mar. Esta solidaridad aparecía todavía incluso en obras “informativas” de los años ’50, como cuando en la entrada “Historia contemporánea” de la Editorial Jackson, Romero lamentaba: “Por su parte ni la UN ni los países del bloque anglosajón lograron modificar el régimen del general Franco en España, al que se acusaba de entendimiento con el Eje y con el que la UN aconsejó no mantener relaciones diplomáticas”. JLR, “Historia contemporánea” en: Enciclopedia práctica Jackson, 1951.

[16] JLR, “El escritor que existe…”

[17] Ídem.

[18] Anderson Imbert, Enrique, “El intelectual frente a la guerra”, Argentina Libre, 28 de marzo de 1940, p. 9.

[19] Luego de la intervención a la provincia de Buenos Aires, el presidente Ortiz gozó de un momento –aunque efímero- de encumbramiento. Además de lograr converger, al asestarle el golpe a Fresco, las credenciales antifascistas con las antifraudulentas, Ortiz alcanzaría el momentáneo apoyo del Ejército con esa decisión. Así, como se ha señalado: “el ministro de Guerra, Carlos Márquez, y la oficialidad más cercana a él se identificaban con las tradiciones liberales de la Argentina y apoyaban al presidente en su política encaminada a la restauración de los métodos electorales limpios”. López, Ignacio, “El desmantelamiento del ‘fraude patriótico’: las intervenciones federales durante la presidencia de Roberto M. Ortiz (1938-1940)”, Anuario del CEH “Segreti”, año 11, n° 11, 2011, p. 125.

[20] El 10 de Mayo de 1940, en su discurso radial con objeto de inaugurar el 8º Congreso Científico Panamericano, Roosevelt haría esa distinción entre pacifismo y aislacionismo, en los siguientes términos: “Yo soy pacifista. Ustedes, mis compañeros, ciudadanos de veintiuna naciones, también son pacifistas. Pero yo creo que por mayoría abrumadora en toda América, ustedes y yo, en última instancia y de ser necesario, actuaremos de manera conjunta para proteger y defender, por todos los medios que dispongamos, nuestra ciencia, nuestra cultura, nuestra libertad americana y nuestra civilización”. “Washington, DC –Radio address before 8th Pan American Scientific Congress (20 min)”. Traducción mía directa del audio, disponible en https://www.fdrlibrary.org/utterancesfdr#afdr167

[21] Al no poder contar con la opinión de Romero que discontinuaría su participación en Argentina Libre meses antes de Pearl Harbour y la consecuente declaración de Río de Janeiro, a partir de la que las naciones americanas, con excepción de Chile y Argentina, romperían relaciones con el Eje, nos remitimos a su mirada posterior, expresada en el célebre Las ideas políticas en Argentina, Capítulo “La línea del fascismo” (agregado a la segunda edición de 1956), en: FCE, Buenos Aires, 1987, p. 241.

[22] Esta necesidad preveía ciertos frenos, incluso, a las presiones frente a la potencia continental que se estaba desarrollando al calor de la Segunda Guerra (Estados Unidos) ya que Romero preveía “una alianza continental cuya fuerza pueda equilibrar la de las grandes masas políticas en formación o en reajuste, sin descontar el eventual auxilio de potencias solidarias —en este caso los Estados Unidos— cuya ayuda debe ser aceptada en condiciones tales que no pueda convertirse en una nueva dominación. Solo la alianza continental puede tratar de igual a igual con la gran potencia del Norte, y solo el gran bloque continental podrá oponerse a los grandes bloques que resulten de esta contienda”. JLR, “El problema de las alianzas”, Argentina Libre, 17 de julio de 1941. Este proyecto que contaba con la capacidad de contener las excesivas aspiraciones estadounidenses sería juzgado por Halperin Donghi como presentado “con demasiado optimismo” (La Argentina y el mundo…, p. 189) frente a la evolución posterior de dicha potencia. Con todo, es cierto que casi dos décadas después de la frase aludida y ante el nuevo panorama creado por la guerra fría y la revolución cubana, Romero no parecía ser nada “ingenuo” frente al colonialismo norteamericano, al señalar: “¿Cómo podría tomarse en serio un comentario en el que se habla de la ‘buena amistad’ que ha caracterizado a las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba durante toda su vida independiente? ¿O cuando se habla de la magnanimidad de un comprador que paga mayores precios que los del mercado por el azúcar cubana? Como es seguro que no es ignorancia, hay que suponer que es colonialismo puro”. JLR, “Cuba, una experiencia”, Situación, 1960, p. 29.

[23] En dicho manifiesto, Girondo señalaba que “apremiados por las circunstancias, mucho más que por el profuso convencimiento que deben apoyarse entre sí, los pueblos de América parecen cada vez más dispuestos a abandonar su aislamiento suicida”. Girondo, Oliverio, “Nuestra actitud ante el desastre” citado en: Bisso, Andrés, El antifascismo argentino, Buenos Aires, Cedinci-Buenos Libros, 2007, p. 594. El manifiesto íntegro y la disputa con Emilio Mitre en Argentina libre, están transcriptos en El antifascismo argentino, op. cit., pp. 585-606.

[24] Halperin, La Argentina y la tormenta del mundo, pp. 186-187.

[25] JLR, “El escritor que existe…”

[26] Ídem.

[27] JLR, “La política exterior y sus supuestos”, Argentina Libre, 31 de julio de 1941.

[28] JLR, “Dinámica del equilibrio político”, Argentina Libre, 3 de julio de 1941.

[29] JLR, “El escritor que existe…”

[30] Ídem.

[31] Ídem.

[32] Cane, James, “‘Unity for the Defense of Culture’: The AIAPE and the Cultural Politics of Argentina Antifascism, 1935-1943”, The Hispanic American Historical Review, vol. 77, n°3, 1977, pp. 443-482.

[33] Ya en 1937 se desataría una fuerte controversia entre Emilio Troise y otro miembro de la AIAPE, César Tiempo [Israel Zeitlin], por el apoyo de este último a la fórmula Ortiz-Castillo, en vistas de la propuesta de dichos candidatos de retomar una política inmigratoria no restrictiva. En la condena a la postura de apoyo político de César Tiempo, Troise le escribiría que en la AIAPE habían creído que Tiempo era un “camarada celoso de la defensa de la verdadera cultura” pero que, en cambio, había demostrado “ser judío antes que hombre libre”. Como señala Ricardo Pasolini (de donde sacamos la cita previa), además de Tiempo, otros prominentes intelectuales en un variado registro desde el liberalismo al trotskismo (es decir, de Alberto Gerchunoff a Liborio Justo) dejarían la asociación a causa de lo que reputaban un creciente proceso de “stalinización”. Cita y desarrollo de la idea en: Pasolini, Ricardo, “Intelectuales antifascistas y comunismo durante la década de 1930. Un recorrido posible: entre Buenos Aires y Tandil”, Estudios sociales, 26, primer semestre de 2004, pp. 101-102.

[34] Romero diría que “como a Calcas augur, puede el poderoso llamar al escritor ‘adivino de males’ porque no siempre profetiza lo que él quisiera oír. Por eso bebió Sócrates la cicuta, por eso crucificaron a Cristo, por eso ultrajaron la venerable cabeza de Galileo y cortaron la recia de Tomás Moro”. Es un recorrido que nos hace acordar a las posiciones que sólo unos años antes Horkheimer desarrollaba, al escribir: “la gente que piensa ‘demasiado’ fue considerada peligrosa en todas las épocas en las que las transformaciones sociales estuvieron a la orden del día”, Teoría tradicional y teoría crítica, Barcelona, Paidós, 2000, p. 56.

[35] “Mensaje a los intelectuales de América Latina”, citado en “De la vida argentina. El primer año de A. I. A. P. E.”, Dialéctica, año 1, n°6, agosto de 1936, p. 330.

[36] Ídem.

[37] JLR, “Sobre el espíritu de facción”, Sur, nº 33, junio de 1937, p. 76. Esta reflexión no deja de resultar, a nuestro entender, una contundente respuesta –dada muchas décadas antes- a los intentos de Bourdieu por reclamar para los intelectuales cierta primacía normativa bajo la idea de ser servidores de un “corporativismo de lo universal” (Bourdieu, Pierre, “Por un corporativismo de lo universal”, Criterios, n° 32, julio-diciembre de 1994, pp. 5-14). Esta posición, por otro lado, no significaba bajo ningún aspecto, el desconocimiento de la capacidad del intelectual de ofrecer sus reflexiones como forma de compromiso con su tiempo, como puede verse en: JLR, “Soliloquio sobre la militancia del espíritu”, Correo Literario, n°3, 15 de diciembre de 1943.

[38] Como puede verse en su “Retorno a la historia de Francia” (Correo Literario, octubre de 1944), en el cual, frente al “entusiasmo por tanto tiempo contenido” que había desatado la Libération, llamaba asimismo a mantener la expectativa en torno a su evolución política y en señalar “no nos apresuremos a decir cuál es de las muchas Francias posibles en estos días de crisis decisiva”. De esta manera, Romero ponía en cuestión, también, la explosión optimista pos-liberación que se había dado en nuestro país y que parecía olvidar ciertas reticencias previas que se habían tenido acerca de la preferencia por la continuidad del gobierno del Frente Popular y también de ciertos apoyos velados que el régimen de Pétain había sabido recibir por parte de quienes habían sostenido previamente conductas abiertamente antifascistas. Es decir, para Romero, esa Francia que “liberada” ahora, “había vuelto a ser Francia”, podría volver a dejar de serlo en el caso que no se encontraran las causas profundas que habían facilitado su temporal extravío y que habían sido provocadas por impulsos que aún latían en dicha sociedad.

[39] Lisandro de la Torre, en la conferencia “Grandeza y decadencia del fascismo” dada en el Colegio Libre de Estudios Superiores en agosto de 1938, sostendría que dicho régimen, aunque era una “teoría reaccionaria en el orden político”, en “materia social (era), por los hechos que ejecuta y por la doctrina misma, una teoría no solo progresista, sino revolucionaria”. En: Intermedio filosófico y otros, Buenos Aires, CLES, 1946, p. 375.

[40] JLR, El ciclo de la revolución contemporánea.

[41] JLR, “Indicaciones sobre la situación de las masas en Argentina”, 1951.

[42] JLR, Capítulo “La línea del fascismo”, en: Las ideas políticas en Argentina, p. 238.

[43] Así Halperin recordaría “la afinidad que todos teníamos por evidente entre el proyecto del régimen militar y el implantado bajo la guía de Mussolini”. Halperin Donghi, Tulio, Son memorias, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008, p. 150.

[44] En “El drama de la democracia argentina” (1946), Romero definía: “Políticamente, esta masa es inexperta y simplista; como en el fondo es igualitaria y democrática, acoge con calor la propaganda demagógica que parece responder a sus anhelos, sin descubrir los peligros que entraña”.

[45] JLR, “Universidad y Democracia”, Buenos Aires, Partido Socialista, 1946.

[46] Así definiría al nuevo gobierno electo como producto de un “brote de totalitarismo criollo”. JLR, “La lección de la hora”, El Iniciador, n°2, abril de 1946.

[47] Como ha señalado Carlos Miguel Herrera, aunque definiciones como la arriba transcripta podrían haber sido aceptadas, e incluso dichas, por actores con los que Romero se encontraba enfrentado en las líneas internas del partido, como Ghioldi, serían las formas en que se apeló contra dicha amenaza y la necesidad de rever de manera más poderosa el vínculo que el Partido había establecido con los sectores populares, lo que finalmente distanciaba a los sectores que cada uno de los mencionados representaba. Herrera, “Romero, socialista”, pp. 11-12.

[48] JLR, “El caos de un cosmos (los veinte años trágicos)”, 1948.

[49] Precisamente, en el capítulo así titulado, agregado en la segunda edición de 1956, Romero señalaba –en una línea similar a la del “falso fascismo” de Lisandro de la Torre- que los émulos locales de Mussolini desde el manifiesto lugoniano de la “hora de la espada”, no habían logrado concitar el apoyo popular como sus modelos europeos. Así, la Legión Cívica no habría sabido más que reclutar “de ordinario sino retoños de familias conservadoras” y el movimiento en general no era más que “un remedo hecho por aficionados, que no tenían contacto con la masa y que parecían tender a lo que pudiera llamarse un ‘fascismo ilustrado’”. En: JLR, “La línea del fascismo”, en: Las ideas políticas en Argentina, p. 231. El carácter elitista de ese movimiento sería refrescado en un texto posterior, al señalarlo como “un movimiento antipopular de fuerte sentido clasista y tuvo influencia en el desencadenamiento de la revolución militar de 1930, que puso fin al gobierno radical y repuso a las antiguas minorías tradicionales.” JLR, “Cambio social, corrientes de opinión y formas de mentalidad, 1852-1930”, 1966.

[50] JLR, “La lección de la hora”, El Iniciador, n°2, abril de 1946.

[51] Como había señalado para una revista venezolana: “Quienes jugaban a la política comprendieron que con el apoyo de las masas –sirviéndolas o sirviéndose de ellas– podían conquistarse el poder. Y no se equivocaban, porque en el mundo del período de las guerras mundiales no podía haber ya una política sin masas. Se había operado, gracias a esta acentuada aceleración del fenómeno de movilidad social, una cabal renovación de la conciencia social”. JLR, “Las masas en ascenso”, 1955.

[52] JLR, “La reforma universitaria y el futuro de la universidad argentina”, 1956.

[53] JLR, Capítulo “La línea del fascismo”,  en: Las ideas políticas en Argentina, p. 257. En ese sentido, Romero indicaría las conexiones del pensamiento nacionalista de Ibarguren –al que consideraba el principal estructurador de esas ideas- con muchas de las posiciones del peronismo, tanto que diría que su líder “no innovó demasiado, sino que se limitó a realizar, glosándolas y variándolas en ocasiones, viejas inspiraciones de los grupos nacionalistas”. Íbidem, p. 248.

[54] Íbidem, Capítulo “La busca de una forma supletoria” (incorporado desde la edición de 1974), p. 258.

[55] Ídem.

El rector de los estudiantes. José Luis Romero al frente de la UBA, 1955-1956

JUAN SEBASTIÁN CALIFA

(Conicet. Universidad de Buenos Aires)

Tulio Halperin Donghi sostiene en el último capítulo de su historia de la Universidad de Buenos Aires (UBA) dedicado al período que se abrió tras el golpe de Estado de 1955 que aquí la voluntad innovadora, de la mano del movimiento estudiantil, fue más fuerte que la restauradora, al contrario de lo que sucedía en el resto de la Argentina.[1] El señalamiento advierte sobre dos rasgos que se entrecruzan en la nueva etapa: por un lado, los cambios inéditos llevados adelante, y por otro, la trascendencia del estudiantado militante, el principal precursor de este rumbo renovador. Este proceso se inicia precisamente durante la etapa en la que José Luis Romero ejerció el rectorado de esta casa de altos estudios, esto es, entre el 30 de septiembre de 1955 y el 17 de mayo de 1956. En ese sentido, explorar desde este prisma esta efímera y poco conocida experiencia pública del historiador permite dar cuenta de transformaciones, consensos y rupturas y, sobre todo, poner el foco en el verdadero magisterio que Romero ejerció entre la juventud estudiosa.

Años difíciles: la construcción de un vínculo decisivo

Romero egresó a principios de los años treinta de la carrera de Historia de la Universidad Nacional de La Plata. Esta institución prohijó sus primeros pasos en la docencia universitaria durante la década siguiente, tras ejercer largamente esta labor en la enseñanza primaria y secundaria. Sin embargo, a poco de empezar, sus días en la cátedra se truncaron en 1946 con el advenimiento del peronismo. Frente a esta experiencia sostuvo durante ese año en un acto socialista:

“Ciudadanos: un fantasma recorre la tierra libérrima en que nacieron Echeverría y Alberdi, Rivadavia y Sarmiento: el fantasma fatídico que se levanta de las tumbas apenas cerradas de Mussolini y Hitler. Sólo la movilización de la ciudadanía puede disiparlo, y el Partido Socialista, que está empeñado en esa lucha, saluda a la Universidad por su conducta heroica y convoca a sus hombres para cubrir sus filas.”[2]

Declaraciones como esta condujeron a Romero a engrosar la nómina de profesores que vieron cesar abruptamente el lazo con la universidad argentina.

El ostracismo académico lo llevó a trabajar en el vecino Uruguay. La Universidad de la República (UDELAR) distinguió al historiador como profesor desde 1949, enseñando allí de modo intermitente, pues en 1951, como fruto de la obtención de la beca Guggenheim, se trasladó por un año a la biblioteca de Harvard, donde iba a poder palpar muchos de los textos y documentos sobre el medioevo que había leído de reojo en el Río de la Plata. Para entonces, Romero ya era una incipiente figura del ámbito intelectual argentino y una infrecuente promesa del medievalismo fuera de los países centrales. Su preocupación más general por el destino de Occidente, que en el plano local constituía una pregunta inexorable por el peronismo y sus consecuencias, las había plasmado no sólo en la docencia sino también en la revista Imago Mundi desde 1953, experiencia de la que fue su principal mentor y que le proporcionó amplio prestigio intelectual.

No obstante las variadas inquietudes que constituyeron, muy a su pesar, los primeros trazos de su sinuosa trayectoria intelectual, no exenta de una marginalidad iniciática marcada por convicciones cuyo reconocimiento tardaría en llegar, no es el objetivo de estas páginas volver sobre reflexiones que ya otros autores han repasado. Más bien, interesa enfatizar un aspecto que ha merecido hasta ahora una consideración de soslayo: estos primeros pasos de Romero en la vida intelectual se hicieron siempre en compañía, y cada vez más con el firme respaldo, de los estudiantes. En sus años platenses pudo comprobar cómo la Reforma Universitaria había sacudido al estudiantado.[3] Cuando debió cruzar el Río de la Plata para ganar el sustento de su familia, fueron los estudiantes quienes lo invitaron a impartir un conjunto de charlas que inauguraron su vínculo con la única universidad uruguaya.[4] Finalmente, la difusión de Imago Mundi le debió mucho a los vínculos que el historiador también había establecido con el estudiantado argentino de tendencia reformista.[5] Eran estos estudiantes quienes encontraron en Romero un verdadero “maestro de la juventud”, figura ausente en estos años de la universidad oficial. Esto los llevó a reiterar las visitas a su casa de Adrogué y a anotarse en los cursos que impartió en el Colegio Libre de Estudios Superiores, una institución que, al igual que la revista mencionaba, también funcionaba para estos jóvenes como una universidad alternativa.[6]

Esta estrecha relación con los estudiantes resultó central para que Romero, una vez que Perón fue desalojado de la presidencia durante su segundo mandato en septiembre de 1955, con una participación no desdeñable de tales universitarios, fuera nombrado al frente de la UBA, institución que hasta entonces le había sido ajena.

El nombramiento de Romero en la UBA: entre oportunidad e ideales

Con el triunfo del golpe de Estado de 1955, la autoproclamada “Revolución Libertadora”, que llevó al general Eduardo Lonardi a la presidencia el 23 de septiembre, las universidades fueron ocupadas por los estudiantes a fin de “normalizarlas”. Con esta toma pretendían en primer lugar cortar de raíz una experiencia que había removido los pilares institucionales característicos de las universidades argentinas (el cogobierno y la autonomía, fundamentalmente). En esos años el peronismo además había clausurado los centros de estudiantes, otra flor reformista, y perseguido a sus animadores.

            Las ocupaciones de las facultades otorgaron a la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA), que las condujo, un enorme poder en esta institución. Además de asumir sus militantes en algunos casos tareas urgentes, como el pago de sueldos adeudados, le permitió incidir a más largo plazo en el diseño de la nueva universidad. De modo inmediato le granjeó a estos la potestad de resolver, tras un examen de “moralidad”, qué profesores podían continuar en sus cargos, y quienes no. Pero de un modo más crucial, estos estudiantes conquistaron el poder de nombrar las autoridades universitarias. En estos primeros pasos aparecería pronto el dilema de fondo entre reconstruir la universidad heredada de acuerdo al molde abandonado tras el golpe de Estado de 1943, por el que se orientarían buena parte de los profesores reingresantes, o lanzarse a edificar una universidad inédita, comprometida con la transformación del país, posición modernizadora por la que se inclinaría la militancia estudiantil.

De modo más inmediato, en los primeros días de ocupación, por invitación de los estudiantes Romero había impartido una clase magistral ante ese apasionado auditorio.[7] Ese arribo a la UBA en circunstancias tan peculiares sería admonitorio del suceso público hasta aquí más trascendental en la vida del historiador: su designación el 30 de septiembre como rector interventor de la mayor universidad argentina, con alrededor de la mitad de los 138.249 alumnos del sistema.[8]

La situación se planteó públicamente como una terna, en la cual la FUBA presentaba al Ministerio de Educación tres candidatos al rectorado: Romero, finalmente designado, el ingeniero José Babini y el filósofo Vicente Fatone. Pero en verdad, fue el primero el único postulado por los jóvenes universitarios que mantenían ocupada la casa de estudios. La terna fue entonces el modo acordado de exhibir, de un modo que resultara digerible para el gobierno, una decisión ya tomada por la dirigencia estudiantil (que ese poder era considerable lo pone de manifiesto además el hecho que los otros dos mencionados recalaran en las creaciones universitarias de la dictadura, la Universidad Nacional del Nordeste y la Universidad Nacional del Sur).[9]

En el acto de asunción de Romero, el 1 de octubre en la Facultad de Filosofía y Letras, quedó presentado el panorama venidero en la UBA, marcado por una tensa alianza entre reformistas y católicos. En el mitin, el novel rector, que recibiría la llave de la universidad de parte de la presidenta de la FUBA Amanda Toubes, pronunció un discurso avalado por el público estudiantil que en sus cánticos hizo notar su recelo contra quienes se habían alineado con el gobierno de Perón. Por el contrario, en sus palabras Romero se mostraba, en sintonía con la postura de Lonardi, más conciliador. Adolfo Canitrot, vicepresidente de la FUBA, habló por los estudiantes.Finalmente, el ministro de Educación, el intelectual católico Atilio Dell’Oro Maini, virulento activista antirreformista en los años de la Reforma, fue el otro orador. La figura de este último, deudora de la alianza que la Iglesia Católica mantenía con el gobierno de entonces, completaba el tenso equilibrio en el área educativa en el cual se mecía una dictadura cuyos proyectos educativos dispares pronto harían cortocircuito.

Este modo de incidir por parte de los estudiantes en la designación de autoridades se replicó en las facultades, donde fueron nombrados decanos interventores afines a estos. En la Facultad de Derecho Dell’Oro Maini impuso a Alberto Padilla; no obstante, este debió marcharse poco después, siendo reemplazado por Luis Baudizzone, amigo de Romero. Los profesores fueron suspendidos de sus cargos por disposición del Ministerio de Educación, debiendo celebrarse concursos para ser ratificados, o removidos, en las cátedras. Estos concursos prolongados en el tiempo fueron nueva arena de reyertas, y cuando no de ajustes de cuentas, en los que los estudiantes volcaron sus energías.

 Posteriormente, las juntas provisorias en cada facultad, constituidas a imagen y semejanza de la Junta Consultiva Nacional mediante las que la dictadura acompañaría sus decisiones con la mayoría de los partidos que habían sido opositores a Perón (a excepción de los comunistas, excluidos), donde los estudiantes gozaban de una representación idéntica a la de profesores y graduados, fueron el mecanismo de gobierno para llevar adelante estas gestiones. De cara a los estudiantes dichas autoridades facultativas, con Romero a la cabeza, eran quienes debían llevar a cabo la “normalización” universitaria, pero también dar los primeros pasos en la conformación de una nueva universidad. Es en este último punto donde empezaban a anidar las polémicas con los sectores más remisos, abroquelados en las facultades de Derecho y Medicina, y donde el vínculo con Romero de los estudiantes reformistas se realzaba. Si bien el historiador, de más de cuarenta años, no estaba del todo convencido con el anhelo de los estudiantes reformistas -que tenían menos de la mitad de su edad- de ocupar en paridad con los profesores y graduados la representación directiva en las unidades académicas, no dudó en unir su destino y su gobierno a tal alianza. Además, y esto fue fundamental, compartió con estos jóvenes la necesidad de orientar la universidad por un nuevo sendero que aportara al desarrollo nacional.[10] Al respecto Romero era elocuente:

“Todo retorno -sea a la universidad de 1943, sea a la de 1930 o a la de 1923- es inútil y absurdo, y a la larga el esfuerzo que hiciéramos para lograrlo resultaría estéril […] Para una país que ha crecido, que ha modificado su estructura social, que ha removido ciertos valores tradicionales y que ha sufrido, no lo olvidemos, la extraña seducción del fascismo, es necesario hacer una universidad profundamente renovada y socialmente eficaz.”[11]

Final abrupto

El 23 de diciembre de 1955 salió a luz el decreto-ley 6.403 que regulaba la vida de las universidades. En buena medida bajo esta normativa se incorporaban diferentes disposiciones con que el que el Poder Ejecutivo (Lonardi había sido expulsado de la presidencia por la tres armas a mediados del mes anterior, asumiendo su lugar el general Pedro Aramburu) venía acompañando las transformaciones acaecidas en las facultades. Su articulado avalaba la remoción y designación de nuevos profesores mediante concursos y fijaba la autonomía universitaria y el cogobierno, aunque estableciendo una mayoría profesoral que disgustaría al fubismo. Sin embargo, el centro de las crítica estudiantil recayó en el artículo 28, que habilitaba la posibilidad de que las universidades privadas expidieran títulos habilitantes para el ejercicio profesional, al igual que lo hacían las universidades públicas. Si bien el ministro de Educación, promotor del artículo, venía anticipando este curso de acción en sus declaraciones y en alguna disposición polémica que debió enmendar, resultó sorpresiva la inclusión de este artículo en una ley pensada con otros fines. El propio Romero declaró furioso posteriormente que la cuestión de las universidades privadas no le había sido mencionada por Dell’Oro Maini.[12] Curiosamente, un día antes de que fuera publicado el decreto-ley el gobierno había rechazado la renuncia de Romero a su cargo a causa de un conflicto suscitado en el Colegio Nacional de Buenos Aires en el que asomaba la mano del clero.[13] Una breve licencia a causa de un infarto completa el retrato básico de esos meses muy agitados que vivió Romero

Más allá de su firme convicción favorable a la universidad pública, para Romero resultaba extemporáneo traer a colación una medida que modificaría la fisonomía del sistema universitario, hasta aquí de monopolio público, en medio de un gobierno marcado por el signo de lo provisorio. El ministro, por el contrario, veía en ello la oportunidad de obtener una conquista que la Iglesia Católica había incorporado a su agenda de reclamos tras el aprendizaje que le legó la experiencia peronista: la necesidad de contar con tales instituciones propias, alejadas de los vaivenes, y los repartos o despojos que conllevaba la lucha política.

Desde entonces, el rector porteño se convirtió en la cara visible del bando “laico”, que se opuso al “libre” motorizado por la Iglesia Católica. Romero fungió como un representante moderado pero firme de una rabia estudiantil reformista que se manifestaba de modos más estruendosos. En lo inmediato, la intervención de la Junta Consultiva Nacional, donde los socialistas reprocharon la actuación del ministro de Educación, puso paños fríos sobre la situación, aunque no logró apagar el fuego que desató.[14]

Mientras tanto, en la UBA la oposición al artículo 28 sirvió para soldar durante el verano aún más la unidad entre estos activistas y el rector. En el terreno universitario las relaciones de los militantes reformistas con las máximas autoridades continuaron por buen camino, como lo exhibió el primer número de la Revista de la Universidad de Buenos Aires de marzo de 1956 en el que se leía: “Son los estudiantes, a juicio de esta Intervención, quienes salvaron a la Universidad de la total abyección en que quería hundirla la dictadura”. En ese marco de afectuosa convivencia se desenvolvieron las actividades de gobierno que transcurrieron en los nuevos departamentos de Pedagogía Universitaria, Orientación Vocacional, Publicaciones, Extensión Universitaria, entre otros, que impulsaba la obra de gobierno. Además, se constituyó a fines de abril de 1956 de modo provisorio el Consejo Superior de la UBA, como Honorable Tribunal Especial, que debía sintetizar tal actividad transformadora.

Sin embargo, esta impetuosa labor se vio interrumpida por las protestas de mayo. Con epicentro en varios colegios secundarios del país y las reyertas entre católicos y reformistas que se disputaban el control de estas instituciones (el movimiento se inició en La Plata), estas manifestaciones rápidamente se extendieron a la universidad que terminó por concentrarlas. Los reformistas aprovecharon la ocasión para debatir la necesidad de quitar el artículo 28, mientras que los católicos lo defendieron airadamente. Ello motivó sucesivas grescas callejeras y tomas de escuelas y facultades en las principales ciudades del país que tensionaron al gobierno. La salida del ministro de Educación, quien comunicó su dimisión el 12 de mayo desde Perú donde se encontraba en actividad oficial, fue celebrada entre los estudiantes reformistas que venían solicitando su remoción. No obstante, los festejos se empañaron cuando el gobierno informó cuatro días después que Romero también dejaría su cargo al frente de la UBA, un reclamo que había acelerado el bando “libre” como un modo de zanjar la contienda. De hecho, el gobierno le había solicitado al rector porteño su renuncia como un modo de pacificar las aguas, presión  que hizo cauce en Romero.

De cara a los estudiantes reformistas su salida fue un duro golpe. El nuevo interventor designado en la UBA, el médico de talante conservador Alejandro Ceballos, resultó elocuente en su asunción con este cambio de época: “[…] no soy un rector que venga elegido por el claustro o por los Consejos Universitarios, yo soy un interventor nombrado por el Gobierno de la Revolución Libertadora, ¡nada menos que por el Gobierno de la Revolución Libertadora!”.[15] La no reglamentación del artículo 28 que el Poder Ejecutivo dispuso en los días posteriores, cuya resolución pasó para un futuro gobierno constitucional, completó el sabor amargo en boca del fubismo.

Por lo antedicho, la afirmación de Halperin Donghi acerca de que Romero padeció estas lealtades de facción que constituyeron la nueva experiencia universitaria no parece un punto de vista del todo propicio para alumbrar este tramo de su trayectoria.[16] Más bien, si algo puede sacarse en limpio de esta breve experiencia, es que no habría sido posible sin la mutua legitimidad que se prodigaron el fubismo y Romero.

Maestro de la juventud

Romero fue un verdadero “maestro de la juventud” en un período como el primer peronismo donde los estudiantes se sentían huérfanos de tal figura en los claustros universitarios. Esta relación discipular fue relevante no sólo para los alumnos, sino también para el propio Romero. Expulsado de la universidad pública, el joven historiador encontró en este vínculo, bien explorado en Uruguay, un auditorio propicio a sus aventuras intelectuales en la Argentina, primigeniamente Imago Mundi.

            Con el golpe de Estado de 1955, este lazo lo llevó a ocupar el rectorado de la UBA, institución por la que no registraba paso. La contradicción entre acometer una obra que se juzgaba plenamente democrática y la dictadura que le ofrecía marco y curso de acción tiñó su actuación. Los 244 días al frente de esta universidad estuvieron marcados por un fuerte respaldo de los estudiantes a su gestión, y viceversa. La alianza que trabó el rector porteño con estos resultó fundamental para sostener una gestión que a poco de andar se encontró con enemigos más allá de las aulas universitarias. Sin embargo, el apoyo estudiantil no alcanzó para sostenerlo en el cargo.

            Un historiador preocupado por el destino de la cultura occidental, tema que en 1953 motivó una contribución bibliográfica en la editorial Columba, salió despedido del rectorado porteño por un asunto que desde los claustros universitarios se percibía en disonancia con el destino cultural de la Nación.[17] Esta cuestión, entonces, no se acabaría en 1956 sino que llevaría a Romero, convertido en profesor concursado de la UBA, a hacerse oír nuevamente contra el artículo 28 en 1958, cuando los católicos finalmente impusieron su voluntad.

            Omar Acha señaló que su postura en tal reyerta convirtió a Romero en “una figura emblemática” de cara a la juventud del Partido Socialista para llevar adelante aquí también anheladas transformaciones.[18] Cuando en 1962 Romero asumió el decanato de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, un momento donde el viejo partido de Juan B. Justo ya estaba muy fragmentado y sin su activismo, se evidenció una erosión de su relación con generaciones estudiantiles cada vez más radicalizadas. Su renuncia al cargo tres años más tarde fue sintomática de un cambio de época que llevó a la juventud a buscar maestros otra vez afuera de las universidades. Pero esa historia, que deberá ser contada, no inhibió el magisterio que Romero supo ejercer sobre camadas de estudiantes que otrora lo habían elegido como su rector.


[1] Historia de la Universidad de Buenos Aires, Eudeba, Buenos Aires, 1962, p. 197.

[2] Romero, José Luis: “Universidad y democracia”. En Universidad y democracia, Partido Socialista, Buenos Aires, 1946.

[3]   Sobre el impacto de la Reforma Universitaria en la UNLP y sus consecuencias posteriores véase Osvaldo Graciano: Entre la torre de marfil y el compromiso político: Intelectuales de izquierda en la Argentina, 1918-1955, Universidad Nacional de Quilmes, Bernal, 2008.

[4] Al respecto puede consultarse Pablo Buchbinder: “Argentine Historians in Exile: Emilio Ravignani and José Luis Romero in Uruguay (1948-1954)”, en Storia della Storiografía, n° 69, octubre de 2016, pp. 101-110, p. 106.

[5] “¿Encontró entre este público más joven Imago Mundi la recepción adecuada al ofrecerles lo que la universidad que los albergaba era incapaz de brindarles? Así parece indicarlo la recepción que la misma revista Centro formula ante la aparición de la dirigida por Romero, a la que saluda como un ‘símbolo inverso de la atonía y de la incapacidad para la vida intelectual a la que han llegado nuestras llamadas facultades de humanidades’. Por lo demás, eran componentes de Imago Mundi los que la revista de los estudiantes seleccionaba para integrar los jurados de los concursos a que ocasionalmente convocaba, y eran diversos los redactores que alternaban sus colaboraciones entre estos diferentes medios”. Oscar Teràn: “Imago Mundi. De la Universidad de la sombras a la Universidad del relevo”, en Punto de Vista. Revista de Cultura, año 11, nº 33, septiembre-octubre de 1988, pp. 3-7, p. 5 (el número en que aparece la citada crítica de Centro es el 7, correspondiente a diciembre de 1953).

[6] De acuerdo a Omar Acha: La trama profunda. Historia y vida en José Luis Romero, El Cielo por Asalto, Buenos Aires, 2005, p. 51. Sobre el CLES véase Federico Neiburg: “Élites Sociales y Élites Intelectuales: El Colegio Libre de Estudios Superiores”, en Los intelectuales y la invención del peronismo, Alianza Editorial, Buenos Aires, 1998.

[7] Omar Acha: La trama profunda. Historia y vida en José Luis Romero, El Cielo por Asalto, Buenos Aires, 2005, p. 39.

[8] Daniel Cano: La Educación Superior en la Argentina, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1985, p. 123.

[9] Romero rememoraba tres décadas después: “Me acuerdo que para que no pareciera una presión aún estando ya resuelto que yo iba a ser designado, es decir cuando ya Lonardi había dado su consentimiento, el ministro Dell’Oro Maini le pidió a la FUBA una terna […]”. En Félix Luna: Conversaciones con José Luis Romero. Sobre una Argentina con historia, política y democracia, Sudamericana, Buenos Aires, 1986, p.
141. Almaraz, Corchon y Zemborain sostienen, de acuerdo al testimonio recogido de Adolfo Canitrot, que “Poco antes de la revolución militar, un grupo de estudiantes, conformado entre otros por Adolfo Canitrot, Amanda Toubes y Nicolás Sánchez Albornoz, había ido a visitar a Romero a su casa de Adrogué para ofrecerle el rectorado”. En ¡Aquí FUBA! Las luchas estudiantiles en tiempos de Perón, Planeta, Buenos Aires, 2001, p. 187. Por otro lado, Jorge Albertoni, militante del Centro de Estudiante de Ingeniería, me refirió que ellos le habían avisado a Lonardi a través de su hijo, que estudiaba en dicha facultad, que si no designaban a Romero seguirían la toma de la facultad. Entrevista, 20/10/2008. (Nota del editor. En octubre de 1955 José Babini fue designado por el rector Romero Decano interventor de la Facultad de Ciencas Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, y poco después vice rector. Ocupó ese cargo hasta la normalización de la UBA y la designación de Rolando García como Decano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales en 1957. Ese año fue designado rector organizador de la Universidad Nacional del Nordeste).  

[10] Todos estos conceptos pueden verse muy bien en la entrevista que le realizó un medio estudiantil: “Gobierno y misión de la Universidad”. [Entrevista de Enrique Groisman]. En Revista del Mar Dulce, año 1, nº 2, diciembre de 1955.

[11] “Defensa de la Universidad”, en Sagitario. Revista Trimestral de Humanidades, nº 5, enero-febrero de 1956, pp. 52-53, p. 53. (Nota del editor. Publicada originalmente en el diario La Nación)

[12] El 28 de diciembre de 1955 Romero le envío una carta a Dell’Oro Maini en la que establecía reparos acerca de diversos artículos y en particular respecto al 28 del decreto-Ley 6.403. Se leía: “No creo oportuno manifestar a V.E. mi opinión personal al problema que si hubiera expresado, en cambio, de haber sido planteado en alguna de la reuniones de interventores a las que tuve el honor de ser invitado. Pero de cualquier modo, me siento obligado a señalar que el problema de las universidades libres esuno de los que hoy dividen de manera más inquietante la opinión de los universitarios argentinos, razón por la cual creo que su autorización debe ser incluida entre aquellos problemas de fondo que, en las actuales circunstancias, se ha convenido en postergar”. “Informe del rectorado”, en Revista de la Universidad de la Buenos Aires, año 1, nº 1, Quinta Época, enero-marzo de 1956, pp.134-136, p. 136.

[13] En este colegio un grupo de profesores había resistido con el apoyo de un sector de los estudiantes la remoción de sus cargos y la asunción de Risieri Frondizi al rectorado de la institución. Se trata del único caso de resistencia activa de personal vinculado con la anterior gestión. Resulta también excepcional cierto respaldo estudiantil. Parecería posible que los ocupantes fueran católicos. Así lo hace pensar el apoyo de la revista de este signo Criterio a los mismos al señalar: “Los alumnos del Colegio, usando de un derecho reconocido a otros institutos de la Universidad, se oponían a una intervención llovida del cielo; los apoyaba un núcleo de profesores de indudable honestidad democrática. Pero, lo que en las Facultades estaba bien hecho, en el Colegio resultó una actitud reprobable.” “Defensa de un colegio” en “Comentarios” (sección), año 28, nº 1.251, 12 de enero de 1956, p. 17. Por su parte, los comunistas señalarían a través de una de sus publicaciones: “Así las cosas se planteó la renuncia del rector, cosa que puso a la luz del día lo que ya se sospechaba: el ultrarreaccionario Dell’Oro Maini y los grupitos que lo apoyan estaban tratando de hacerle incómodala silla rectoral al profesor Romero […] La reacción estudiantil no se hizo esperar: FUBA y los centros asumieron la defensa de Romero, aclarando que no se trataba de hacer personalismos sino de una cuestión de principios y denunciaron las maniobras del ministro”. “La Crisis ROMERO”, en Juventud. Vocero de la Federación Juvenil Comunista, año 4, nº 44, primer quincena de enero de 1956, p. 6.

[14] En este colegio un grupo de profesores había resistido con el apoyo de un sector de los estudiantes la remoción de sus cargos y la asunción de Risieri Frondizi al rectorado de la institución. Se trata del único caso de resistencia activa de personal vinculado con la anterior gestión. Resulta también excepcional cierto respaldo estudiantil. Pareciera posible que los ocupantes fueran católicos. Así lo hace pensar el apoyo de la revista de este signo Criterio a los mismos al señalar: “Los alumnos del Colegio, usando de un derecho reconocido a otros institutos de la Universidad, se oponían a una intervención llovida del cielo; los apoyaba un núcleo de profesores de indudable honestidad democrática. Pero, lo que en las Facultades estaba bien hecho, en el Colegio resultó una actitud reprobable.” “Defensa de un colegio” en “Comentarios” (sección), año 28, nº 1.251, 12 de enero de 1956, p. 17. Por su parte, los comunistas señalarían a través de una de sus publicaciones: “Así las cosas se planteó la renuncia del rector, cosa que puso a la luz del día lo que ya se sospechaba: el ultrarreaccionario Dell’Oro Maini y los grupitos que lo apoyan estaban tratando de hacerle incómoda la silla rectoral al profesor Romero […] La reacción estudiantil no se hizo esperar: FUBA y los centros asumieron la defensa de Romero, aclarando que no se trataba de hacer personalismos sino de una cuestión de principios y denunciaron las maniobras del ministro”. “La Crisis ROMERO”, en Juventud. Vocero de la Federación Juvenil Comunista, año 4, nº 44, primer quincena de enero de 1956, p. 6.

[15] “Discurso del Ministro de Educación, Carlos Adrogué, pronunciado el 21 de mayo de 1956, al poner en posesión de su cargo al interventor”, en La Revolución Libertadora y La Universidad 1955-1957, Poder Ejecutivo Nacional, Ministerio de Educación y Justicia, Despacho General, Buenos Aires, 1957 (1958), pp. 175-180, p. 179.

[16] “José Luis Romero y su lugar en la historiografía argentina”, en Desarrollo Económico, v. 20, nº 78, julio-septiembre de 1978, pp. 249-274.

[17] Al respecto véase Tulio Halperín Dongui: Historia de la Universidad de Buenos Aires, Eudeba, Buenos Aires, 1962, p. 203.

[18] La trama profunda. Historia y vida en José Luis Romero, El Cielo por Asalto, Buenos Aires, 2005, p. 39.

José Luis Romero editorialista de La Nación

ROGELIO ALANIZ

Desde marzo de 1954 a septiembre de 1955, José Luis Romero escribió los editoriales internacionales del diario La Nación; esto quiere decir que durante un año y medio elaboró de uno a dos editoriales por semana, una exigente reflexión acerca de los principales acontecimientos políticos internacionales de su tiempo.

Emprendió la tarea con su proverbial responsabilidad. Romero ya había incursionado en el periodismo, pero esta era la primera vez que lo hacía de manera sistemática, es decir con entregas periódicas y reducido –o extendido- a un tema complicado como la situación internacional. El tema demandaba información precisa y actualizada, tarea exigente en cualquier circunstancia, pero que en el caso que nos ocupa se agravaba, porque si bien Romero disponía de excelentes archivos, propios de su profesión de historiador, opinar acerca del devenir de la coyuntura demandaba una información pormenorizada.

Cometería el pecado del lugar común sugerir que aquel tiempo histórico fue singularmente complicado, en tanto el más elemental saber histórico observa que cada época, cada período incluye sus propios conflictos y coloca a los hombres ante dilemas de difícil resolución. Se supone que todos los “presentes” son intensos, dramáticos, inciertos. Esos años, 1954-1955, no eran la excepción. La guerra mundial concluyó en 1945, pero un año mas tarde se inició la guerra fría, que en algunos momentos amenazó en transformarse en guerra caliente y, al respecto, el escenario de Corea fue el territorio en el que todos los temores de una tercera conflagración mundial se hicieron presentes. Para 1955 los centros de conflicto se habían ampliado: Indochina, Medio Oriente y esa verdadera trinchera de la guerra fría que durante muchos años fue Alemania, con sus cortinas, sus muros y sus vidrieras.

Pasó la tormenta de Corea, pero las tensiones internacionales continuaron en un mundo en el que los dos bloques –comunista y capitalista- se iban consolidando con sus propias contradicciones internas y sus fuertes liderazgos. A los previsibles conflictos entre Estados Unidos y Rusia (y sus inquietantes consecuencias en una Europa que se recuperaba de los estragos de las guerras con sus principales dirigentes interrogándose acerca de las causas que permitieron que en un plazo no mayor a los treinta años el continente, y de alguna manera el mundo de entonces, se hundiera en dos guerras mundiales con sus secuelas de muertes y destrucción de recursos) había que sumarle los nuevos frentes de tormenta abiertos en Asia, África y América latina como consecuencia del irreversible proceso de descolonización y la emergencia de los nacionalismos con sus nuevos liderazgos, sus previsibles críticas a las antiguas metrópolis y sus inquietantes deslizamientos hacia el comunismo, como ya empezaban a denunciarlo los sectores más conservadores de Estados Unidos y Europa.

La diplomacia de la guerra fría, con sus tensiones y acuerdos provisorios, con sus espionajes y conspiraciones, sus cumbres y contracumbres, constituyen un capítulo muy interesante de la historia de la segunda mitad del siglo XX, porque fue en esos años cuando la humanidad en más de una ocasión jugó su destino, pero también fue en esos años cuando se fundaron algunas de la instituciones claves para un mundo que pretendía ser más justo, más libre y más pacífico.

Para la perspicacia intelectual de un historiador como Romero, ese escenario histórico le permitía ejercer sus singulares condiciones de analista político. Una ligera lectura de los editoriales escritos en estos meses permite apreciar esta noción de escenario -o puesta en escena- alrededor del cual Romero reflexiona atendiendo a los matices y las contradicciones de los procesos, sin perder de vista que los episodios y acontecimientos integran procesos históricos de los cuales no hay recetas previstas de antemano para asegurar sus desenlaces.

Situado en este punto de vista, el analista se esfuerza por hacer comprensible aquello que se presenta como un “caos”, sin renunciar a la pretensión de otorgarle una orientación a ese devenir de conflictos e intereses, devenir que no nace de la nada ni se dirige hacia algún fin previsto por un “invisible argumento”, sino que se despliega a través de la propia acción de los hombres.

El esfuerzo de objetividad no impide al editorialista, y en particular al ciudadano comprometido con su tiempo, “ejercer su criterio” en favor de un mundo que rehuya los horrores de la guerra y apueste a los beneficios de la paz y la coexistencia pacífica, opiniones que no son externas a la trama de los textos que desarrolla, sino que están presentes en la propia lógica de la reflexión política.

Romero se propone el desafío de conjugar opinión y reflexión histórica. Menudo dilema. Comprender, pero no juzgar es un enunciado justo pero de difícil resolución práctica. Lograr estas metas impone un saber histórico, un singular talento para entender los procesos de mediana y larga duración y las modificaciones de las coyunturas. Se trata de explicar cómo se tejen y destejen las redes de poder, sin dejar de sugerir que toda política reducida a la lógica del poder en algún punto fracasa o no cumple plenamente con el programa histórico de la modernidad y la ilustración, programa al que Romero adhiere sin reservas.

Escribir los editoriales de un diario como La Nación debe de haber representado un desafío intelectual interesante para un historiador de quién eran conocidas sus simpatías por el socialismo en sus vertientes reformista y liberal, y entendido como la realización plena de los valores de la cultura occidental. Hay derecho a suponer que hubo algo así como un acuerdo con la conducción del diario alrededor de los alcances y los límites de esa escritura en un espacio editorial que expresa las posiciones de un diario que siempre estuvo muy interesado en sostener aquella “tribuna de doctrina”, tal como lo expresara su fundador.

Dicho con otras palabras, la columna editorial de La Nación siempre fue un compromiso y una reafirmación de los principios y valores que en clave liberal sostiene este diario desde sus inicios. Que sus directivos hayan decidido que un historiador reconocido y un ciudadano con posiciones políticas manifiestas como Romero escriba los editoriales internacionales sugiere varias cosas. En primer lugar, las relaciones intelectuales y políticas entre las diversas vertientes del liberalismo argentino en sus versiones progresistas y conservadoras. Con la prudencia que los distingue, los directivos de La Nación convocaron a un reconocido intelectual, que en términos contemporáneos calificaríamos de “comprometido y progresista”, y también un público opositor del régimen político de esos años (atendiendo a la conflictividad política de entonces, ese rasgo estaba muy lejos de ser un detalle menor) para que escribiera sobre lo que ocurre en el mundo.

Hay una observación que no deja de ser sugerente: en los más de sesenta editoriales escritos en estos meses, solo hay contadas referencias a América latina, de lo que podría deducirse que acerca de ciertos temas demasiados sensibles por su cercanía con la política nacional, La Nación prefiere hacer silencio o reservar para otro periodista sus opiniones. Basta con pensar, por ejemplo, sobre los dilemas que podrían producir, en el editorialista y la conducción del diario, los sucesos que precisamente en 1954 tuvieron lugar en Guatemala con el derrocamiento del presidente Jacobo Arbenz y la visible intervención de la diplomacia norteamericana.

Romero debe escribir editoriales internacionales en un mundo en el que la información es un tarea complicada. Nada extraño, por otra parte, para un intelectual que desde hace años se había propuesto indagar acerca del origen y el destino de la cultura occidental, desde Roma y Grecia hasta la actualidad, con recursos que hoy podríamos calificar de artesanales y a los que Romero transforma en profesionales. Tal como lo recuerda su hijo, Luis Alberto, desde el momento en que su padre decidió asumir la responsabilidad de escribir estas editoriales, toda la familia se dedicó a recoger información que permitiera hacer posible la escritura en un tiempo en que –no está demás tenerlo presente- no existía internet, wifi, wikipedia…

Al respecto, y a la hora de arriesgar alguna comparación entre aquel pasado y este presente, no deja de ser sugestivo que esta tarea de editorialista le permitió a Romero sostener económicamente a su familia, en un tiempo en que las arbitrariedades del régimen político vigente en la Argentina le impedían ejercer su actividad docente. No deja de provocar una sensación parecida al asombro saber que los honorarios que entonces pagaba un diario a un editorialista permitían sostener con decoro a una familia de cinco personas.

Que un historiador, ya para esa época uno de los más destacados del país, escriba los editoriales de un diario tradicional, habilita a un debate acerca de las relaciones posibles entre el historiador y el periodista y las conexiones entre la lógica del historiador y la lógica de una empresa periodística.

Decía que la columna editorial expresa el pensamiento o las posiciones del diario, a diferencia de la habitual columna de opinión en la cual el columnista expresa sus puntos de vista, que en algunos casos pueden no coincidir con los de la empresa. Diferencias, innecesario decirlo, que tienen un límite, ya que también el columnista a la hora de escribir establece un pacto tácito con la empresa, en el que se establecen los alcances de su escritura.

En la página editorial, que no suelen ser escrita por los directivos sino por periodistas o escritores designados por las autoridades del diario, también se establece un acuerdo que a veces es tácito y a veces es expreso. Sin embargo, en este punto también son necesarias algunas consideraciones. Entre los directivos y el escritor se arriba a un acuerdo alrededor de las posiciones que todo diario con página editorial sostiene, pero ese acuerdo posee la flexibilidad que impone la propia realidad cotidiana y las alternativas y vicisitudes del lenguaje. Un diario se escribe todos los días, y si bien toda opinión responde a ciertos posicionamientos ideológicos, culturales, religiosos o políticos, las exigencias de lo cotidiano suelen desbordar incluso las posiciones más rígidas. Pero no solo lo real, con su dinámica impensada, suele establecer sus condiciones; también el exclusivo y singular trabajo con las palabra rehuye formulas rígidas o controles estrechos.

Dos personas pueden compartir la misma ideología e incluso la misma valoración de un acontecimiento, pero al momento de expresarlo sus palabras no serán exactamente las mismas. La subjetividad actúa y en esa subjetividad están presentes cuestiones mucho más complejas que un recetario ideológico, porque –es necesario decirlo- la percepción de un hombre acerca de la realidad desborda toda ideología.

Por otra parte, una ideología en esta situación debería ser pensada más como una franja que como una línea. En el caso que nos ocupa, Romero comparte con los directivos de La Nación algo que, para decirlo con comodidad, es el ideario liberal, pero ese ideario admite posiciones más conservadoras o progresistas, más rígidas o flexibles, líneas que en la vida real suelen ser difusas, cambiantes. Las diferencias, de todos modos, no se explicitan en términos abstractos, sino que se hacen presentes en la trama misma del lenguaje. Un adjetivo, un énfasis, una manera de iniciar la frase, de organizar el fraseo o la puntuación, suele dar cuenta de esas diferencias “invisibles”, imposibles de limitar desde una pretendida racionalidad discursiva.

Loa matices se hacen presentes en el lenguaje y a través de los modos más inesperados. Un ejemplo tal vez ilustre esta aseveración. En un editorial, Romero, al mencionar la crisis del Partido Laborista inglés, concluyía con un genérico deseo de que esta fuerza política supere la crisis. Un comentario si se quiere formal, que podría hacerse extensivo a cualquier partido democrático. Sin embargo, tal como él lo comentara luego con tono divertido, el editor del diario le dijo, con el más correcto y amable de los tonos, que ese deseo sobre la larga vida del laborismo tal vez era el suyo, pero no el del diario, a quien la “salud” de ese partido lo tiene sin cuidado. Un detalle, detalle que apenas alcanza a expresar una diferencia, pero sin embargo la expresa: ni el simpatizante más entusiasta de los tories británicos reconocería el aporte del laborismo a la democracia del país.

Digamos que un editorialista escribe, no repite fórmulas. Su labor es la de un recreador y en algunos casos un creador. Y basta leer cualquiera de los editoriales de Romero para advertir que todo editorial bien escrito es siempre un acto de creación alrededor de las exigencias de las ideas, el lenguaje y el objeto a reflexionar, ese obstinado y exigente esfuerzo del escritor para decir algo significativo del presente.

El otro punto a tener en cuenta es el de las relaciones posibles entre el editorialista y el historiador. En diferentes debates se ha insistido en que la diferencia principal entre uno y otro es la relación que establecen entre el presente y el pasado. Dicho de una manera lineal, el historiador reflexiona sobre el pasado, mientras que al editorialista debe opinar sobre el presente.

Sin necesidad de entrar en un debate acerca de las complejas relaciones entre pasado, presente y futuro, admitamos que el historiador necesita cierta “distancia” para elaborar un conocimiento histórico, mientras que esa distancia para el escritor que trabaja el tiempo presente no existe o por lo menos es mucho más reducida.

En los últimos años algunos historiadores han reflexionado acerca de lo que denominan la historia del tiempo presente. Estiman que es posible abordar el espacio de la coyuntura con las herramientas del historiador profesional, un abordaje que tendrá sus límites, como lo suele tener cualquier abordaje histórico, pero también sus propias posibilidades.

El debate no está cerrado, pero lo cierto es que esta relación entre el saber del historiador del pasado y el saber del historiador del tiempo presente se ha reducido y más allá de las peripecias académicas del caso, muchos historiadores hoy escriben en diarios y revistas analizando con sus recursos profesionales los resbaladizos avatares de la coyuntura.

En el caso de Romero, lo que está presente a la hora de involucrarse con el presente es el compromiso del ciudadano. En diferentes escritos y entrevistas él ha distinguido las exigencias de su labor profesional de las exigencias de su conciencia democrática para opinar -y no solo opinar- acerca de las alternativas de la política. Su afiliación al Partido Socialista, su labor como rector de la Universidad de Buenos Aires, sus críticas a los diferentes totalitarismos de su tiempo, dan cuenta de un intelectual que sin renegar de las virtudes de la “torre de marfil” no vacila en meterse de lleno en las luchas cívicas cada vez que su conciencia así se lo dicta. En ese sentido, José Luis Romero fue, para emplear un término muy en boga en aquellos años, un intelectual comprometido.

Lo que importa establecer a continuación es si ese compromiso no solo está presente en su escritura, sino si esas reflexiones sobre el presente incluyen las “habilidades” de un historiador. Basta para ello leer –si se quiere “a vuelo de pájaro”- sus editoriales para advertir que solo un historiador profesional, solo una persona acostumbrada a contemplar el despliegue de lo real y pensar en términos históricos, puede escribir en esos términos, esto es, disponer de una “mirada amplia” sobre los procesos históricos, sobre sus contradicciones y tensiones, para expresar luego en palabras cada uno de los acontecimientos que presenta la vida histórica, atendiendo a sus matices, su diversidad e incluso sus enigmas.

Si admitimos que esto es así, me voy a permitir contradecir al maestro. Sus editoriales podrían ser los de un ciudadano preocupado por los rigores del presente, pero yo diría que en primer lugar son los de un historiador. Imposible escribirlos, imposible contemplar el mundo e indagar sus claves sin esa conciencia histórica y sin ese “oficio”. Los textos disponibles no solo son un ejemplo de periodismo editorial, sino un ejemplo de historia en tiempo presente, un testimonio de cómo se sitúa un historiador para pensar el mundo.

En la pormenorizada entrevista que a mediados de los años setenta le hace Félix Luna, a la pregunta acerca de la pertinencia de un historiador medievalista para escribir sobre historia argentina, Romero responde, con un levísimo toque irónico, que solo un medievalista puede entender en serio la historia argentina. En el mismo tono, bien podríamos permitirnos decir que solo un historiador profesional, interesado en las marchas y contramarchas de la historia, puede entender el presente y, sobre todo, el mundo presente. ¿Solo un historiador? Podríamos corregir, observando que solo el político, el ciudadano o el periodista dispuesto a trabajar con los criterios de un historiador puede entender la marcha del mundo y sus relaciones con la vida nacional.

La lectura de los editoriales de Romero son una fuente de aprendizaje, pero brindan también la posibilidad de disfrutar de un pensamiento lúcido expresado con elegancia, y en algunos momentos con notable calidad literaria. Romero –qué duda cabe- es un excelente escritor, pero esa excelencia proviene no solo del dominio de las reglas formales del lenguaje, sino de una mirada que incluye el saber, la cultura y una sensibilidad cultivada con esmero.

Una opinión personal me sea permitida: no hay buen historiador sin un buen escritor. Es más, todo historiador que merezca ese nombre es por definición un excelente escritor, en tanto toda creación histórica es siempre un acto de creación de palabras.

Estas certezas, y de alguna manera, este “don”, Romero las manifiesta en su obra histórica, pero también están presentes en sus editoriales. Leerlas es participar en una clase magistral acerca de las relaciones -flexibles, cambiantes, tensas- entre la mirada global y la mirada particular, entre el todo y las partes, entre la estructura y el acontecimiento. También acerca de las relaciones entre los diferente tiempos: largos, cortos, medianos y las tensiones entre los procesos “objetivos” y la intervención de los hombres, entre el carácter histórico del tiempo presente, las incertidumbres del futuro y las exigencias de avizorarlo.

Semana a semana, mes a mes, el lector contempla el devenir con sus contradicciones y sus incógnitas. El mundo cambia y permanece, la realidad rehuye las definiciones simplistas, los ejercicios maniqueos entre buenos y malos, las ilusiones acerca de una historia con argumentos operando al margen de la historia. Como escribiera otro gran historiador, “Todo es historia”. Romero transforma esta consigna en realidad verbal, en palabras; en ese singular despliegue de rigor profesional e inspiración artística que hace posible ese instante único, exclusivo en que el presente empieza a ser historia.

Ver José Luis Romero: Editoriales en La Nación de la Argentina, 1954-1955.

José Luis Romero en la guerra fría. Los editoriales de política internacional en el diario La Nación entre 1954 y 1955

JULIO MELÓN PIRRO

Entre marzo de 1954 y junio de 1955 José Luis Romero publicó, en La Nación, numerosas notas editoriales sobre política internacional. Las notas no eran firmadas, y por su carácter editorial -su lugar era la segunda página – expresaban -al igual que hoy- la opinión del diario, un dato importante para entender el encuadre y los límites de su tarea. No se trató de su primera participación en dicho medio, ya que entre 1944 y 1950 había colaborado con densos ensayos culturales e historiográficos, pero sí de la más regular y homogénea en cuanto a una temática que lo obligó, en buena medida, a cambiar de oficio.

En 1953 había finalizado la guerra de Corea, un conflicto que, comenzado tres años antes, involucrara a las grandes potencias. La decisiva participación de China, gobernada por los comunistas desde 1949, frenó la contraofensiva de las tropas norteamericanas y consolidó alrededor del paralelo 38 una frontera perdurable. La muerte de Stalin abrió dudas permanentes sobre la sucesión en la Unión Soviética y la asunción de Dwight Eisenhower como presidente de Estados Unidos no tranquilizó a quienes recordaban que otro general de la Segunda Guerra Mundial, Douglas MacArthur, había sido destituido en plena guerra, nada menos que por solicitar la utilización de bombas atómicas. El miedo a la expansión comunista se generalizó luego de que Francia fuera derrotada en la guerra que libró en Indochina entre 1946 y 1954, de modo que tanto la conflictividad del sudeste asiático como la rigidez de la “Cortina de hierro” que separaba de Occidente a una sovietizada Europa Oriental, inducían a inscribir cualquier acontecimiento en el prólogo de una posible y temida tercera guerra mundial.

En relación a dichas circunstancias Romero escribió setenta y tres textos, sin firma, que La Nación asumía como la opinión del diario. Ellos muestran a un atento observador de acontecimientos de un tiempo que, a casi una década de finalizada la última contienda mundial, expresaba los inestables equilibrios de la madura posguerra. Ese tiempo implica el amanecer de nuevos conflictos en Asia, la omnipresencia norteamericana y las fuertes diplomacias de los aun débiles estados europeos, y en él interesa tanto vislumbrar lo que ocurre detrás de la cortina de hierro como señalar la emergencia de núcleos de poder en la periferia. Desde la primera nota sobre “La crisis del sistema colonial” hasta una de las últimas, sobre “Expectación en el Cercano Oriente”, como intérprete de una variedad de acontecimientos mundiales y frecuencia más o menos semanal, desarrolla la opinión del diario sobre el devenir de las relaciones internacionales. Por eso decimos que su mundo es el de la guerra fría.

Algunas de las notas están precisamente dedicadas al equilibrio del terror dado por la existencia de armas atómicas que “comprometen el destino y quizá la existencia de la civilización”. En el comienzo de la serie, el laborismo inglés ha presionado a Winston Churchill para que lleve a la mesa de los lideres norteamericano y soviético el compromiso de prohibir su uso a escala universal; el presidente estadounidense y el primer ministro británico han tratado de llevar calma a una población necesariamente mal informada dada la distancia conceptual e informativa respecto de las posibilidades de una destrucción masiva [1]. El deseo de la humanidad de que no se repita “el pavoroso espectáculo de Hiroshima y Nagasaki”, no obstante, se licua sin complejos en escepticismo cuando evalúa la posibilidad de que Eisenhower y el Kremlin tengan la chance, si no la voluntad, de “actuar de buena fe” [2].

Realismo e idealismo suelen confluir, pues, en una constante analítica que descansa en una formación académica sólida, pero se nutre de la información periodística de cada día. Poco después de la citada se suceden dos notas, una de ellas francamente pesimista, seguida por otra que especula sobre las posibilidades de conciliación en una de las más importantes conferencias internacionales en la materia. Después de seis semanas de negociaciones las posibilidades de una solución pacífica de los conflictos en Asia resultan -presupone- más que remotas, y no por meras razones de coyuntura. Es que las dificultades que los dos bloques de poder mundial manifiestan para entenderse derivan, incluso, de su diferente naturaleza: aunque el autor no siempre se haga eco de la perspectiva occidental que magnifica la agresividad soviética -casi una sofisticación analítica para la época- concluye que el carácter centralista del régimen comunista y la disciplina impuesta a todo aliado cuentan con ventajas sobre las democracias, cuya debilidad deviene precisamente de una naturaleza opuesta, capaz inclusive de expresar disidencias parciales entre aliados, como suele ocurrir entre Londres y Washington. “El bloque comunista parece haberse apoderado de la iniciativa y amenaza inmovilizar al bloque democrático”, concluye a la hora de esperar algún movimiento de Occidente [3]. Apenas una semana después, refiriéndose siempre a los conflictos asiáticos volcados todos en el molde de la guerra fría, advierte que “la diplomacia da sorpresas” y ve luces al final del túnel: Londres trata de obtener la designación de un embajador de China comunista, y esta última potencia corresponde con inesperados gestos de distensión [4].

Realismo e idealismo, o quizá mejor dicho, pesimismo y optimismo, no solo involucran a la periferia, sino al centro, y la pluma suele correr al ritmo de las novedades. Si el 18 de julio 1955 el acento ante “La Conferencia de los cuatro grandes” que se reunirían en Ginebra, sus resultados eran comentados, pocos días después en el poco menos que eufórico tono que anunciaba una nueva era en la “liquidación de la situación de postguerra” [5].

Occidente tiene distintas responsabilidades frente al mundo. Estados Unidos sabe que debe cargar con el peso económico, político y militar mientras que Gran Bretaña -se entiende- puede hacer aportes en afinidad con su tradición diplomática, pero sin el peso de la otrora reina de los mares. Las palmas del pragmatismo diplomático se las lleva, precisamente la isla, que se apresura a reconocer a China comunista [6], y luego particularmente Churchill, a quien atribuye la decisión de abandonar la base de Suez, invalorable muestra de inteligencia y moderación en el contexto de la crisis de Indochina y de la expansión del comunismo en Asia [7]. La flexibilidad y sabiduría británicas se distinguen, por lo demás, claramente de la política exterior norteamericana [8]. El papel de superpotencia impone a Estados Unidos responsabilidades distintas, ya se trate del conflictivo escenario asiático donde deberá involucrarse cada vez más [9] como en el siempre tenso teatro europeo en el que más allá del pragmatismo británico o de las prevenciones francesas, por momentos parece que los norteamericanos solo confiaran en “poner delante de la Unión Soviética una fuerza tal que la obligue a retirarse” [10].

Las diferenciaciones occidentales no acaban allí, ya que están muy presentes en la Europa de posguerra, un continente que, de todos modos, confluye en una unidad que –diría seguramente Romero- constituirá una de las sorpresas, o de los éxitos, de este tiempo. Aunque la idea de Europa esté en crisis, es precisamente el temor a un “Munich” compartido -si se nos permite la licencia- y la necesidad o conveniencia económica, lo que sostiene la posibilidad de acuerdos capaces de generar, incluso, instituciones supranacionales. Los contrastes entre Pierre Mendès France y Konrad Adenauer se minimizan en el análisis frente a realidades estratégicas y económicas en las que Francia y Alemania -se avizora- no podrán sino coincidir. Además, siempre puede aparecer en auxilio la leyenda de Arnold Toynbee sugiriéndole a Churchill, en fecha tan difícil como 1940, nada menos que la unión con Francia [11] .

Con semejantes argumentos y antecedentes históricos, y por más que las fuerzas de extrema izquierda y el nacionalismo se opusieran en agosto de 1954 al pacto de defensa con Alemania, contrasta el contenido pesimista de varias notas sucesivas, y la sospecha de que más temprano que tarde se impondrán en el “mundo libre” las necesidades de la integración o de un pacto anticomunista [12].

Pronto se celebrarán los éxitos de tales profecías. Un “hecho histórico”, tal el título de la nota editorial, es comentado el 3 de octubre de 1954. En momentos en que la reunión de nueve potencias occidentales en Londres amenazaba naufragar, Gran Bretaña sale de su posición insular al asegurar que mantendrá su fuerza militar en Alemania, con lo que, de un golpe, avienta las desconfianzas francesas y alivia el hartazgo norteamericano ante la falta de un acuerdo que reconociera la importancia y la necesidad de Alemania y el carácter estratégico de la lucha contra el comunismo. El historiador, que compara la anterior negativa francesa a votar el tratado con el fracaso que tuvieran Gustav Stresemann y la República de Weimar, celebra entonces lo que acaba de acontecer en la “nebulosa isla” [13]. Dos días después el Acta de Londres corona estos movimientos con la incorporación de la República Federal de Alemania a la organización occidental mediante el otorgamiento de la soberanía y la autorización para el rearme, cerrando una década de ocupación militar [14]. Ni la humillación de Versalles para Alemania, ni la venganza francesa, ni el desentendimiento norteamericano ni la moderación británica –parece querer decirnos el historiador- sirvieron en el período de entreguerras y las diplomacias entienden hoy –dice más directamente el analista- que deben hacer todo lo contrario. Lo que entonces vio como “un hecho histórico de quiebre cuyo resultado es incierto”, se confirmaría en sus previsiones más optimistas tres semanas después, luego de que las reuniones de París permitieran hablar del “advenimiento de la Unión Europea” [15].

Europa Oriental es un lugar que aparece, a la vez, anquilosado y dinámico. Las inercias del estatalismo definen lo primero, y la especulación sobre los movimientos en el Partido Comunista de la Unión Soviética lo segundo. En cualquier caso, Europa y Occidente podrán recibir de ahora en más las propuestas soviéticas desde una actitud de mayor fortaleza y aun tener en cuenta las propias percepciones del contendor, en las cuales suele resultar difícil discernir las necesidades defensivas de las ofensivas [16]. Este mundo de algún modo estático no es disfuncional al mantenimiento de alguna estabilidad basada en acuerdos de largo alcance, razón de más para permanecer atentos a su dinámica interna [17] y a la evolución de su política internacional. En otras notas, como la del 27 de mayo de 1955, “En torno a la conferencia de los cuatro”, aparece la idea de que Occidente está reaccionando y se cita a Pravda a la defensiva, y el 5 de junio de 1955 formula directamente el interrogante: “¿Cambios en la política soviética?”, reconociendo mayor ductilidad teórica y práctica que la evidenciada en los diez años que siguieron al fin de la Guerra Mundial.

Si la bipolaridad es una realidad ratificada cada día en los hechos y el “Mundo libre” infinitamente preferible al de la “Cortina de hierro”, el Tercer mundo constituye un escenario en el que la historia corre menos prisionera de coordenadas que, en los centros del poder mundial, aparecen mucho más delineadas. Este es el tono de las múltiples editoriales directa o indirectamente relacionadas con conflictos del sudeste asiático, región en la que surgen actores de consideración. En abril de 1955 se anuncia la Conferencia de Bandung, a la que los países de Asia y África concurrirán alineados en cercanía de la China comunista o amalgamados por sus vínculos con Occidente, pero en otros casos seducidos por la vocación de neutralidad de Nehru [18]. Una de las últimas notas de la serie refiere precisamente a los esfuerzos de la India por facilitar el entendimiento de los bloques [19].

En estas notas el historiador suele aparecer de soslayo y prevalece una dimensión fáctica asociada al presente. De ahí, quizá, el uso de la profecía, habitualmente esquivado por los historiadores profesionales pero que siempre es una posibilidad en el ejercicio de la prospectiva basada en presunciones fundadas. El profesional de la historia supera, así, al analista de la situación internacional en dos tipos de circunstancias. Como reconstructor de antecedentes, allí donde resulta imprescindible: así ocurre en la explicación del acuerdo que puso fin al conflicto entre Italia y Yugoslavia sobre Trieste [20]. Como proveedor de sentido, cuando parece necesario: el décimo aniversario de la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial tiene un título desde entonces frecuente en los programas de historia contemporánea: “La consolidación de los bloques” [21].

Hay, pues, otros puntos de contacto entre el observador de la coyuntura internacional, que es el que nos sorprende, y el ensayista fino que hemos leído en sus libros y notas extensas, aunque estas editoriales parecen esmerarse en disimularlos. El proveerse semanalmente de una información periodística meticulosamente reunida lleva a imaginar una elaboración y producción textual diferentes de aquella otra, en teoría más reposada y menos expuesta, de nuestra disciplina.

Aunque la índole del trabajo y la inmediatez relativa de los temas suelan divorciarlos, el comentarista de los acontecimientos internacionales no deja de parecerse al historiador de los grandes ensayos en otro punto esencial, un “sentido de la historia” del que todos sus textos – se lo detecte o se lo adivine- participan. La ilusión de la paz que aparece espasmódicamente en determinadas coyunturas, y su enunciación equilibra, con creces, los temores apocalípticos. Esa ilusión es un sucedáneo remoto de una fe en el progreso que caracteriza toda su obra. Ese optimismo histórico había sido planteado con toda su fuerza en El ciclo de la revolución contemporánea, de 1948, “el más marxista” de sus libros, según se ha dicho, aunque no por eso no fuera menos liberal, sino todo lo contrario. El sentido de la historia que puede adivinarse en las notas que aquí comentamos no es tampoco, sin embargo, aquel que deviene de la confrontación entre “conciencia burguesa” y “conciencia revolucionaria” que, a cien años de la revolución parisina de 1848 y de la publicación del Manifiesto Comunista (y a noventa y ocho del análisis de La lucha de clases en Francia hecho por Karl Marx) animara tan sugestivo y recordado texto.

No es el mismo, entre otras cosas porque los tiempos son ahora más breves y los acontecimientos, por definición de trabajo, inmediatos. Además, como se torna evidente para cualquier docente que intente preparar un programa de estudios de historia contemporánea, lo que para el siglo XIX puede relatarse aun como una historia social encarnada en clases, se diluye sensiblemente en el siguiente, donde los protagónicos corresponden, no solo a efectos didácticos, a las guerras mundiales y a una rivalidad entre “capitalismo” y “socialismo” que ya no es una disputa entre dos utopías de la modernidad sino, muy frecuentemente, una confrontación entre potencias.

Hasta donde puede leerse en estos textos, para volver a las editoriales del autor, el socialismo real, la forma política que expresa a una parte del mundo en pugna con la otra, no parece en realidad un camino sino en rigor un contraste con la libertad que reina en otros lugares, que es donde puede esperarse la continuidad de aquel ciclo de progreso democrático y social. El optimismo es, entonces, el de la paz que -volvemos a adivinar- moderará quizá a la Unión Soviética y habilitará un camino de reformas que el “Mundo libre”, bien mirado, ha encarado de modo cada vez más firme desde el fin de la última guerra con la implementación de las administraciones del bienestar. Ese camino parece inspirar a todas las naciones de Europa, donde la socialdemocracia alemana y el laborismo inglés –pero también Konrad Adenauer y Winston Churchill- pueden llevarse notas muy altas, calificando un progreso que, gracias a la conciencia histórica, quizá no sea nuevamente interrumpido, como ocurriera en 1914 y 1939.

Más acá de lo que interpretamos, en 1954 y 1955 Romero ve cómo se consolidan los bloques, pero también, entre la guerra de Corea, y la de Indochina-Vietnam, como se juegan cotidianamente las múltiples opciones de una paz necesaria para la posibilidad del progreso, pero de modo más urgente para la de una “civilización” que, por primera vez en la historia, se encuentra amenazada por el peligro de una destrucción masiva.

José Luis Romero comenzó su trabajo de editorialista a nueve meses de celebrado el armisticio de Corea y cuando lo concluyó acababa de firmarse el Pacto de Varsovia, que oponía la voluntad militar de ocho países comunistas al occidente europeo. Tiempos, pues, de equilibrio del terror, o, mejor dicho, de consolidación de la forma típica de enfrentamiento de “capitalismo” y “socialismo” en el breve siglo XX. El día en que publicó la primera de estas notas Estados Unidos hizo un ensayo con una bomba atómica de 43 kilotones y en la Argentina se impuso por amplio margen Alberto Teisaire, el candidato peronista a vicepresidente. Al aparecer la última, las potencias seguían perfeccionando sus arsenales nucleares en un proceso que, como sabemos, apenas se moderaría solo mucho después, las fronteras eran aún más rígidas y el riesgo bélico apenas menos inminente. Lejos de semejantes opciones, pero no de la barbarie, el país del historiador había entrado en una vorágine de enfrentamientos sin retorno. Pronto se producirían la masacre de Plaza de Mayo –originada en un bombardeo de la aviación naval-, la muerte a manos de la policía del médico comunista Juan Ingallinella y, luego del fracaso de la estrategia de pacificación, el enfrentamiento final y el golpe de estado. De hecho, parece que este trabajo en el que el historiador y el ensayista devienen, al revés que Irazusta, en “analista internacional a la fuerza” fue precisamente eso, un trabajo, aunque ni forzadamente podría vincularse el contenido de las notas con un ánimo personal influenciado por los acontecimientos del país

Invitamos, pues, a la lectura de aquellas notas que hoy se recuperan, escritas con una urgencia que venía del periodismo y en ejercicio parcial de una profesión que, como siempre, estaba condicionada por las posibilidades de su tiempo. En setiembre de 2016, mientras avanzábamos en su lectura, Corea del Norte detonaba 10 kilotones – un cuarto del ensayo norteamericano de 1954- y el mundo se alarmaba, quizá porque ya no es el mismo y como le gustaría a Romero, desde este punto de vista hay progreso.

Notas

1 Perspectivas desde una encrucijada 8/4/54

2 Id.

3 “La Hora de la decisión”, 11 de junio de 1954

4 “¿Perspectivas de conciliación en Ginebra?”, 19 de junio de 1954.

5 “La Conferencia de los cuatro grandes”, 18 de julio 1955; “Una victoria sobre el escepticismo”, 26 de julio 1955.

6 “Dos entrevistas”, 30 de junio de 1954.

7 “Gran Bretaña y el canal de Suez”. 1 de agosto de 1954. Pocos meses después, luego de que Churchill se retirara de la jefatura de gobierno a los ochenta años, Romero analizó los espacios y “La nueva situación política inglesa”, 11 de abril de 1955.

8 “La embajada laborista que va a Pekín”. 10 de agosto de 1954.

9 “Responsabilidades frente a Asia “, 18 de abril de 1954.

10 “El frente diplomático”, 22 de enero de 1955.

11 “Crisis de la idea de Europa”, 8 de julio de 1954.

12 “Francia y el tratado de París”, 21 agosto 1954; “Después de la Conferencia de Bruselas”, 24 de agosto 1954; “Después de la decisión francesa”, 2 de setiembre 1954; “Ante la IX Asamblea de la UN”, 21 de setiembre de 1954.

13 “Un acto histórico”, 3 de octubre de 1954.

14 “El acta de Londres”, 5 de octubre de 1954.

15 26 de octubre de 1954.

16 “Una nueva propuesta soviética”, 24 de noviembre de 1954.

17 El jueves 10 de febrero de 1955 aparece una detallada nota sobre “La crisis soviética”, expresa en la renuncia del primer ministro Malenkov, en la que se especula sobre la posibilidad de que Molotov permanezca al frente de las relaciones exteriores y de que Krushchev, secretario del Partido, siga controlando la situación política. Recuerda la eliminación de Beria, en el contexto de la reciente de Malenkov, y no obstante confesar de que se trata de interpretaciones inciertas, da un informado detalle de los acontecimientos.

18 “En vísperas de la conferencia de Bandung”, 16 de abril de 1955.

19 “La diplomacia India”, 11 de junio de 1955.

20 “El acuerdo sobre Trieste”, 7 de octubre de 1954.

21 12 de mayo de 1955. Cuatro días después el observador cuenta, si no con la paz o el definitivo alejamiento de los fantasmas de Hiroshima, con la “neutralización de ciertas partes del mundo”, como parece prometer el fin de la ocupación del territorio austríaco. “Austria y Europa”, 16 de mayo de 1955.

* Ver José Luis Romero: Editoriales en La Nación de la Argentina, 1954-1955.

José Luis Romero y la Universidad

LUIS ALBERTO ROMERO

Aunque la universidad debió el ámbito natural de su vida académica, la vida universitaria de José Luis Romero estuvo marcada por las drásticas discontinuidades políticas de la Argentina.

La Universidad de La Plata.  Pese a vivir en Buenos Aires eligió, por consejo de su hermano Francisco, estudiar en la Universidad de La Plata. Su vinculación con la escuela histórica platense estuvo acotada al aprendizaje del oficio riguroso; en cambio, se sintió muy cómodo en el círculo intelectual congregado en torno de Alejandro Korn, Pedro Henríquez Ureña, Francisco Romero y Alfredo Palacios. En ese ambiente convivían y se interpenetraban el reformismo universitario -es decir la adhesión al movimiento de la Reforma Universitaria de 1918-, el socialismo y el humanismo. Allí se doctoró y comenzó una carrera docente que no fue sencilla, pero que en 1942 pareció alcanzar un punto de estabilidad cuando ganó el concurso de profesor de Historia de la Historiografía.

El ciclo de 1943-46. Las tormentas políticas desencadenadas por el golpe militar de junio de 1943 afectaron a los universitarios; muchos perdieron y recuperaron sus cargos, hasta que, con la elección de J.D. Perón en febrero de 1946, todos los que habían militado en la oposición quedaron fuera de la universidad. En 1945 José Luis Romero se afilió al partido Socialista, con el que había simpatizado informalmente, y participó en un gran acto político, “En defensa de la Universidad”. En su discurso, entrelazada con referencias políticas de actualidad, se encuentra la primera formulación de sus ideas sobre la Universidad. Es significativo que por entonces escribió algunas contribuciones para el periódico socialista El Iniciador, así como su libro Las ideas políticas en Argentina.

La Universidad de la República, Uruguay. Cesante en todos sus cargos docentes, mantuvo esa actividad en el Colegio Libre de Estudios Superiores, y siguió vinculado con sus colegas universitarios en diversos proyectos culturales, entre ellos la revista Imago Mundi, en la que participaron muchos de quienes lo acompañaron en 1955 en la Universidad de Buenos Aires en 1955. En 1948 fue designado profesor de la Universidad de la República, en Uruguay y viajó cada dos semanas a Montevideo. Allí organizó su primer proyecto universitario de envergadura: el Centro de Historia de la Cultura, donde se nuclearon alumnos y jóvenes graduados que fueron sus primeros discípulos. Por su orientación e impacto, ese centro anticipa lo que será posteriormente el Centro de Historia Social en la Universidad de Buenos Aires.

La Universidad de Buenos Aires.  Entre 1955 y 1965 transcurrió el período de vida universitaria más intensa y continua. Apenas producido el golpe militar que derrocó a Perón,  la Revolución Libertadora, fue designado rector interventor de la Universidad de Buenos Aires, debido al decisivo apoyo de las organizaciones estudiantiles. Su gestión fue breve pero intensa, y marcó la transformación y modernización de la Universidad en la Argentina -en 1956 se sancionó la ley que dio origen al gobierno autónomo y tripartito de las universidades nacionales-, y de la UBA. A mediados de 1956 renunció, junto con el ministro de Educación Atilio Dell’Oro Maini,  por el desacuerdo entre ambos acerca del artículo 28 de la ley universitaria, que autorizaba la expedición de títulos por parte de universidades no estatales. La discusión pública se prolongó hasta 1958, cuando el Congreso aprobó la reglamentación del polémico artículo, en medio de una enorme controversia sobre la enseñanza “laica o libre”. José Luis Romero fue el orador del gran acto que el movimiento estudiantil organizó entonces en favor de “la laica”.  De estos años de intensa actividad universitaria -que coincidieron con los de su militancia en el partido Socialista- datan la mayoría de los textos referidos a la Universidad y su “misión”.

La Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. En 1958 fue designado profesor de esta facultad, a cargo de una asignatura nueva: Historia Social General; en esos años también dictó Historia Medieval.  Sus cursos de Historia Social tuvieron un amplio impacto, pues lo seguían los alumnos de Sociología, una carrera nueva y con muchos alumnos, y también estudiantes de otras muchas carreras. En torno de la cátedra se formó el Centro de Estudios de Historia Social, en el que se nucleó un grupo de jóvenes profesores unidos por la aspiración a una renovación y actualización de los estudios históricos. En el Centro, José Luis Romero dictó seminarios de investigación, dirigió -junto con Gino Germani- un vasto proyecto sobre el impacto de la inmigración masiva, y estimuló el desarrollo de actividades similares por parte de sus colegas, como Tulio Halperin Donghi, Reyna Pastor, Haydée Gorostegui, Alberto Plá, Ezequiel Gallo o Roberto Cortés Conde.  Muchos de ellos enseñaron en la Universidad del Litoral, donde esta nueva corriente fue predominante. La influencia llegó, en distinta medida, a otras universidades, y cuajó en la formación de la Asociación de Historia Económica y Social, que Romero presidió en algunas ocasiones. El influjo de José Luis Romero ha sido recordado por muchos estudiantes o jóvenes graduados, quienes en general se dedicaron a temas diferentes a los suyos. El impacto de “Historia Social” es tema de estudio de muchos historiadores en la actualidad.

En 1962 fue designado decano de la Facultad de Filosofía y Letras.  Un único texto -el discurso de inauguración de los cursos de 1964- testimonia la experiencia de esos años, caracterizada por dos cuestiones diferentes. La primera es el notable crecimiento de la Facultad, especialmente por el desarrollo de las nuevas carreras de Sociología y Psicología, pero también por una aumento general de la matrícula, muy acorde con las tendencias culturales de los años sesenta. Su preocupación y su acción estuvieron centradas en modernizar y llevar a un nivel de calidad superior la enseñanza y la investigación. En su opinión, el éxito de esa transformación se reflejaba en un clima general de descontento por la desproporción entre los proyectos y los medios disponibles.  Esto lleva a la segunda cuestión: la intensa politización de la Facultad, que reflejó en forma extrema lo que ocurría en toda la Universidad y en el país. Las discusiones por cuestiones académicas se mezclaron con otras más definidamente políticas, y tensaron el sistema de gobierno de la Universidad. A fines de 1965 José Luis Romero decidió renunciar a sus cargos, de decano y de profesor, y retirarse de la vida universitaria.

El retiro. En los años siguientes dejó de pensar en la Universidad, y tampoco la Universidad pensó en él, con la salvedad de una breve incursión en 1972, debido a una generosa iniciativa del decano Ángel Castellán. Ese año también tuvo una breve relación con la recién fundada Universidad Nacional de Lomas de Zamora, localidad vecina a Adrogué, dónde vivía. En 1975 fue designado miembro del Comité Organizador de la Universidad de las Naciones Unidas, una institución de caracteres muy diferentes a los de la universidad latinoamericana. En 1976, durante la crisis final del gobierno de Isabel Perón, escribió dos textos de reflexión sobre la situación de la Universidad, tratando de deslindar sus problemas circunstanciales .-en rigor, la destrucción de todo lo que había contribuido a crear- de lo que creía sus objetivos generales.

Los textos escritos sobre la Universidad son intervenciones públicas, marcadas por el contexto y por el efecto buscado. “Defensa de la Universidad” (1945), es un texto militante, que convoca a la lucha. Entre 1955 y 1960 predomina el espíritu fundacional, la idea de que comienza una nueva Universidad, que debería servir a un país nuevo; son proyectivos y optimistas. En el discurso de inauguración de cursos en la Facultad de Filosofía y Letras, de 1964, el optimismo se combina con algunas de las preocupaciones generadas por las turbulencias de la vida universitaria y el espíritu general de descontento. En los textos de 1976 están las marcas de la trágica historia reciente, y la apelación a conservar los valores mínimos y primordiales. Pero en todos ellos hay una idea clara y sostenida de lo que debe ser la universidad en la Argentina.

En primer lugar, la afirmación de que la universidad no es solo la suma de un conjunto de escuelas profesionales y que su finalidad -su misión, en los términos del autor- es la formación de la persona y del ciudadano responsable, con ideas claras acerca de los problemas de su tiempo. De allí su insistencia en el tema del humanismo, que es a la vez la preocupación por el hombre en general y la formación del hombre en particular, presente en otros trabajos que no se refieren específicamente a la universidad, como “Humanismo y conocimiento del hombre” (1961). El humanismo consiste en asignar importancia a un tipo de saber que no tiene aplicaciones inmediatas pero que hará mejores profesionales y le permitirá a la universidad cumplir con su función social. Del humanismo clásico, medieval y renacentista, valora su espíritu: la preocupación por los problemas del hombre en su tiempo, lo que lo lleva a distinguir un humanismo moderno, que incluye junto con los saberes clásicos a las nuevas ciencias sociales. La formación del hombre tiene que ver con los saberes y además, o sobre todo, con la forma de la enseñanza, la relación del maestro y y el alumno, que debe combinar el estímulo al desarrollo personal con la corrección de sus desvíos, el amor con la severidad. Puede interesar la comparación con un texto menor, escrito en 1946 y firmado con seudónimo, “Lo representativo del alma popular” (1946), donde traslada este planteo de lo individual a la relación entre elites ilustradas y mundo popular.

Un aspecto específico de esta formación humanista refiere al papel de la investigación en la universidad. Esta es, esencialmente, una institución educativa;  la investigación, la creación de saber nuevo, aunque no es en sí misma una finalidad de la universidad, es una parte necesaria de la educación, pues la misión del buen maestro es enseñar con el propio ejemplo que el saber se encuentra siempre en construcción.

La segunda gran idea es que la universidad es una comunidad, con sus propias reglas y objetivos. Polemizando con una idea corriente en su tiempo, subraya que la universidad es y debe ser una isla, cuyos miembros compartan algunos valores específicos: el respeto por la libertad, el rigor en el pensamiento, la austeridad intelectual. Son valores propios de una elite del saber, que debe controlar cuidadosamente cualquier tentación a convertirse en una casta, algo a lo que podrían llevar las desiguales posibilidades de acceso a los estudios universitarios. Se trata de una elite de jóvenes, una idea que se nutre en la inspiración juvenilista de la Reforma universitaria y cuyo sentido se desliza de la juventud propia de los estudiantes a la juventud del espíritu y, finalmente, a la valoración de la creación, la crítica y la reforma permanentes, como una forma de evitar el anquilosamiento de las estructuras de lo creado. La dialéctica entre la creación y lo creado es uno de los temas centrales de las ideas del autor sobre la vida histórica.

La tercera idea se refiere a la “función social de la universidad”, un tópico característico de los años posteriores a 1955, y que el autor solía expresar -siguiendo a Ortega y Gasset- con la palabra “misión”.  Subraya inicialmente la singularidad de la sociedad argentina -y también latinoamericana- diferente de la de los países con largas tradiciones asentadas: su heterogeneidad, producto de su formación aluvional, un tema largamente desarrollado en Las ideas políticas en Argentina (1946) De ello desprende dos consecuencias: la falta de comunicación entre los diversos sectores y la dificultad para que cobren cuerpo ideas generales o acuerdos, así como la provisionalidad de las nuevas elites, carentes de la legitimidad que da una visión asentada del país. En ese contexto, la universidad no tiene alternativa: debe hacerse cargo de pensar sobre lo que otros no reflexionan y debe desmasificar al individuo e integrarlo como persona en su comunidad; debe dar forma a los sentimientos generalizados, potentes pero faltos de forma; debe estudiar los problemas y proponer las soluciones que el país necesita; incluso, debe elaborar la peculiaridad de nuestra cultura.

Tamaña responsabilidad se corresponde con el clima optimista posterior a 1955, y con la idea -central en el autor- de que en la universidad se forma la elite más auténtica, capaz y desinteresada, esa “aristocracia del espíritu”, que en otros textos encontró expresada en las figuras de Alejandro Korn, Pedro Henríquez Ureña y Alfredo Palacios. Se trata de una universidad que debe construirse, para la que comienza una vida nueva (frecuentemente cita el conocido texto de A. Korn Incipit vita nova). Señala que en 1955 todo está por hacerse, y reclama de esa elite universitaria la unidad, la concentración del esfuerzo en construir la universidad pública, la única existente. En ese punto se apoya para oponerse, en 1956, a la autorización para las universidades “libres”, que en ese momento eran solo las católicas, cuya existencia no objeta por razones esenciales sino coyunturales: no es bueno introducir divisiones en una elite que debe permanecer unida para su gran misión.

La función social se traduce, en su primera dimensión, en salir de la isla, la ínsula, prestar servicios a los no universitarios y enriquecerse con la tarea. Tal el sentido de proyectos de época, en los que estuvo involucrado, como el de Extensión Universitaria en Isla Maciel (barrio muy humilde en Dock Sur, Buenos Aires) o la creación de la Editorial Universitaria EUDEBA. Pero esa función va mucho más allá: los universitarios deben asumir la responsabilidad y el compromiso de discutir los problemas del país, de involucrarse en la política pero evitar cuidadosamente hacerlo -en la universidad- desde posiciones políticas partidistas. Este compromiso articula la formación humanista del ciudadano con el aporte que la universidad le debe al país.

En los textos de los años cincuenta y sesenta, siempre caracterizados por el optimismo respecto de la universidad, del país y de su convergencia, aparecen algunos indicios de que las cosas podrían marchar por otros caminos. En primer lugar, la dificultad para definir en la práctica y sostener la línea que separaba la gran política de la política partidista. Esto formaba parte de la experiencia cotidiana de cualquier universitario, y mucho más de la de quien conducía la Facultad sensible por excelencia a la politización. Por otro lado, la percepción de la sorda reacción de miedo que la renovación de las ideas, la apertura a lo nuevo, suscitaba entre un sector de la elite y entre grupos más amplios de la sociedad. Esto se percibió con claridad en 1966, cuando la dictadura militar encabezada por el general Onganía  acabó con la autonomía universitaria.

En ese momento, José Luis Romero ya no estaba en la universidad, y no se ocupó del tema universitario hasta 1976. En los años previos, en un conjunto de notas periodísticas, analizó, con alarma creciente, la situación de la Argentina. Su preocupación se refleja en dos artículos de 1975, titulados “Antes de disgregarnos” y “La moral ¿otra crisis?” (1975 y 1976).  En 1976 escribió dos textos sobre la universidad, uno de carácter académico y otro publicado en una revista de la Unión Cívica Radical. (1976). El tono es muy distinto al de los escritos de los años cincuenta y sesenta; los peores vaticinios se han concretado y el autor habla de la destrucción de la universidad -es decir de la  que se construyó desde 1955- por obra primero de la politización facciosa e intolerante,  y luego por la represión autoritaria. Reclama salvar lo mínimo de una universidad inevitablemente politizada: la libertad, la convivencia y la insularidad, que la ponga un poco al margen de las tempestades de la sociedad. Advierte que la universidad ha cambiado mucho desde los años sesenta, particularmente por una masificación que no es cuestionable, pues corresponde al desarrollo tradicional de la sociedad aluvional. La universidad de masas debe responder a la demanda más imperiosa de la sociedad: la formación de cuadros profesionales capacitados. Con un poco menos de convicción, propone que esto no acabe con los principios de la formación humanística, que sin embargo formula de una manera diferente. En los años cincuenta se refería a un legado cultural compartido, que podía renovarse sin rupturas. En 1976 asume la radical heterogeneidad de ese legado, y la necesidad del pluralismo, de la duda y del espíritu crítico.

Esta versión de las ideas de José Luis Romero sobre la universidad es parcial y provisoria, pues está condicionada por el carácter público, polémico y ocasional de sus escritos sobre el tema. Falta lo que corresponde a su tarea de profesor, de investigador y de maestro. En su Archivo hay material de interés sobre esta faceta, y gradualmente se irá incorporando al sitio.

Textos de José Luis Romero

1945j. “Discurso del Dr. José Luis Romero”, en Universidad y democracia, Buenos Aires, Partido Socialista, pp. 25-29.

1946h. Las ideas políticas en Argentina, México, Fondo de Cultura Económica. 2ª ed, aumentada, 1956; 3ª ed., aumentada, 1975.

1946q. “Lo representativo del alma popular” [firmado: José Ruiz Morelo], en El Iniciador, nº 2.

1956b. “Defensa de la Universidad”, en La Nación, 12 de febrero.

1956c. “Discurso del Sr. Interventor Nacional”, en Revista de la Universidad de Buenos Aires, 5ª época, año 1, nº 1, enero-marzo. Incluido en 1980h.

1964b. “Inauguración de cursos en la Facultad de Filosofía y Letras” (de la Universidad de Buenos Aires), en Gaceta de la Facultad de Filosofía y Letras.

1956f. “Informe del rectorado” [de la intervención en la UBA], en Revista de la Universidad de Buenos Aires, 5ª época, año 1, nº 1, enero-marzo.

1956i. “La Reforma Universitaria y el futuro de la Universidad argentina”, en Federación Universitaria de Buenos Aires, 38º aniversario de la Reforma, Ed. de la Federación.

1958a. “La extensión universitaria”, en Revista de la Universidad de Buenos Aires, 5ª época, año 3, nº 2, abril-junio. 

1961b. “Humanismo y conocimiento del hombre”, en Revista de la Universidad de Buenos Aires, año 6, nº 3, julio-setiembre. Incluido en 1988.

1976c. “Los grandes temas de la Universidad”, en Perspectiva Universitaria, nº 1, noviembre.

1977a. “La figura de Alfredo Palacios” (1975), en Redacción, vol. 5, nº 51, mayo.

1978d. “El ensayo reformista” [1971], en Perspectiva Universitaria, nº 5, setiembre. 

Textos sobre José Luis Romero

Acha, Omar: “José Luis Romero: la Universidad y la Reforma Universitaria”, en Espacios de Crítica y Producción, nº 24, diciembre de 1998-marzo de 1999.