José Luis Romero y José Ortega y Gasset, sobre masas y minorías

ROBERTO E. ARAS

Fundación Ortega y Gasset

La aparición de las masas en la escena social del siglo XIX, fue detectada por un conjunto de pensadores de diverso origen y formación, y con propósitos diferentes. Uno de los primeros en hacer de las masas un tema de reflexión, fue el abogado y criminalista italiano, Scipio Sighele. Su obra, La muchedumbre delincuente -ensayo de psicología colectiva-, publicado en Roma en 1892, trataba de explicar el comportamiento humano cuando los hombres se unen para cometer un acto criminal. Esta perspectiva, destacaba la dimensión de peligrosidad asociada con las conductas que se entreguen a seguir los impulsos y la sugestión.

En 1895, Gustave Le Bon edita el libro Psicología de las masas, con que se abren los estudios dedicados a tratar de comprender el nuevo fenómeno social en toda su complejidad. «Las masas -señala en el Prefacio- han desempeñado siempre un papel importante en la historia, sin embargo, nunca de forma tan considerable como ahora. La acción inconsciente de las masas, al sustituir a la actividad consciente de los individuos, representa una de las características de la época actual». Precisamente, en esa línea, otro francés, Gabriel Tarde dedica La opinión y la multitud, en 1901, a continuar sus investigaciones sobre la imitación y la sugestión (que había iniciado, en 1890, con su obra Las leyes de la imitación) a las cuales considera los grandes motores de la construcción de las multitudes.

Estas ideas, es decir, el convencimiento de que existe una mentalidad que favorece la pérdida de la individualidad en el torrente de la acción masificada, alcanzan una expresión concreta en el texto de William Mc Dougall, The group mind, de 1920. La clave, pues, sigue residiendo en la mente de cada uno, aunque ella la esconda en su intimidad más profunda.

A desentrañar ese secreto, acude Sigmund Freud quien, en Psicología de las masas y análisis del Yo, de 1921, ratifica que “la multitud es extraordinariamente influenciable y crédula. Carece de sentido crítico y lo inverosímil no existe para ella”. Su mentalidad se asemeja a la del primitivo, y se rige por el inconsciente y sus pulsiones.

Si este era el panorama internacional, en el que la psicología social va constituyéndose en un saber consolidado para enfrentar el problema de la masificación, en Argentina, también aparecen autores que, siguiendo los modelos europeos, intentan aplicar sus categorías a la historia nacional. Tal el caso de José María Ramos Mejía con Las Multitudes Argentinas, que aparece en 1899, pero en el que anticipa lo que para él será su futuro desarrollo: “En nuestra biología política -sostiene en el capítulo VIII-, la multitud moderna (dinámica) no ha comenzado aún su verdadera función. Es todavía una larva que evoluciona, o mejor que eso, un embrión que parece mantenerse al estado estático, esperando la oportunidad de sus transformaciones.”

José Ingenieros, una de las figuras más destacadas del positivismo argentino, retoma la preocupación de Ramos Mejía y publica en 1913, El hombre mediocre, pero dejando de lado el intento historiográfico de su colega, busca concentrarse en componer la tipología teórica de quien, entendía, era el protagonista social de la época. “Cuando se arrebañan -advierte- son peligrosos. La fuerza del número suple a la febledad individual: acomúnanse por millares para oprimir a cuantos desdeñan encadenar su mente con los eslabones de la rutina.”

Ahora bien, si la cuestión de las masas o de las multitudes ya gozaba en el país, desde principio del siglo XX, de una literatura propia, aunque reservada a un grupo selecto de intelectuales o académicos, no es hasta la segunda visita de José Ortega y Gasset a la Argentina, en 1928, que logra visibilidad en artículos de periódico. En efecto, las conferencias organizadas por la Asociación Amigos del Arte, para las que se convocó al filósofo español y que se titularon “Meditación de nuestro tiempo”, fueron reproducidas en varios medios -en particular en el diario La Nación, con el que Ortega colaboraba asiduamente.

La cuarta conferencia, a la que los editores denominaron “Masas, dinero, política”, y la quinta “El peligro de nuestro tiempo”, contienen en su núcleo lo que luego sería la trayectoria de los folletones del diario El Sol de Madrid, en los que se revelaría la arquitectura final de La rebelión de las masas, su escrito más célebre y divulgado, pero no el único sobre el tema. Ya en 1921, en España Invertebrada había dedicado la segunda parte –“La ausencia de los mejores”- a examinar el “Imperio de las masas”, tal el título de uno de sus apartados. Allí leemos:

“… en España vivimos hoy entregados al imperio de las masas. Los miopes no lo creen así porque, en efecto, no ven motines en las calles ni asaltos a los Bancos y Ministerios. Pero esa revolución callejera significaría sólo el aspecto político que toma, a veces, el imperio de una masa social determinada: la proletaria.

Yo me refiero a una forma de dominio mucho más radical que la algarada en la plazuela, más profunda, difusa, omnipresente, y no de una sola masa social, sino de todas, y en especie de las masas con mayor poderío: las de la clase media y superior.”

Así, en las conferencias de Amigos del Arte fue como el público argentino asistió a una exposición anticipada de la gran obra orteguiana. Recién en agosto de 1930 aquellas cuartillas periodísticas se compilaban en libro que rápidamente sería traducido a las principales lenguas. Entonces, todos hablaban de «masas» y la edición argentina del primer tomo de la Colección Austral de Espasa Calpe Argentina, consagrado a La rebelión de las masas, se agotaba en 1937.

En 1928, había aclarado en sus conferencias que “el concepto de muchedumbre es cuantitativo y visual. Traduzcámoslo, sin alterarlo, a la terminología sociológica. Entonces hallamos la idea de masa social.”[1] Sin embargo, y a pesar de esta aclaración, el propósito de la investigación no era incursionar en el terreno sociológico de manera formal, como dejaba entrever en las páginas de España Invertebrada. Quizás, el conocimiento de las ideas de Georg Simmel, quien -a su vez- había analizado las de Le Bon, Tarde y Sighele[2]– pueda arrojar luz sobre el asunto.

Si bien no dedicó ningún libro específico a las muchedumbres, en su Sociología (1908) declara que la justificación para el nacimiento de esta ciencia reside en el problema del surgimiento de las masas y de su relación con los individuos. Siguiendo la línea de sus antecesores sostiene, al comienzo, la explicación por la vía del contagio emotivo o la sugestión, “dando lugar a una extraordinaria excitación nerviosa que a menudo desborda a los individuos, hace que cada impulso crezca como una avalancha y somete a la masa a cualquiera de sus miembros que resulte ser el más apasionado. (…) La fusión de las masas bajo un mismo sentimiento, en el que se suspende toda especificidad y reserva de la personalidad, es fundamentalmente radical y hostil a la mediación y a la consideración.”

Pero luego cambia esta posición que enfatiza el primitivismo y la destructividad de las masas, hacia una mirada más positiva. En parte, sugiere que la predisposición a unirse a la masa, es favorecida en los grandes centros urbanos donde la cantidad de estímulos recibidos por el individuo disminuye su capacidad de atención y favorece la dispersión. De ahí que se anime a sostener que ese ambiente lo hace depender más de lo sentimental y menos de lo intelectual, donde podría encontrar alguna defensa frente al proceso de masificación. Otro factor preponderante, lo encuentra Simmel en la dimensión espacial que implican los contactos sociales, otra forma de acusar a la densidad poblacional de predisponer a la constitución de la masa.

Por otra parte, insiste en destacar que el atractivo de la masa es la ficción de igualdad que produce en quienes se incorporan a ella. Más aún, Simmel asocia la formación de las masas no sólo con propósitos destructivos (como lo manifestaron sus antecesores) sino también con la alegría y el disfrute de compartir y de gozar la libertad (algo así como el entusiasmo colectivo que puede cohesionar a los fanáticos de un club de fútbol en el estadio, mientras se disputa un partido). Por eso, Simmel se aparta de los otros teóricos de las multitudes en que, viendo sus peligros (por ejemplo, favorecer la igualdad por sus valores más bajos), no deja de mencionar la apertura a la vitalidad que conlleva esa dimensión jubilosa del encuentro de muchos.

El enlace con la expansión de la vida, que sería la singularidad positiva del fenómeno de la masificación, reconoce la influencia de Nietzsche, quien a su vez fue la fuente de muchas ideas orteguianas. En este punto, hay que recordar que Ortega conoció la filosofía y el pensamiento social de Simmel en ocasión de sus viajes de formación a Alemania, como su alumno en Berlín -según algunos de sus críticos declaran[3]

Cuando Ortega escribe La rebelión de las masas, tiene en mente todos estos antecedentes, cuyo denominador común es el enfoque de la psicología social más que el de la sociología. Es importante tener presente que Ortega le da un tratamiento pluridisciplinar al fenómeno de las masas y no quiere encasillar su indagación en una ciencia exclusiva. “Ortega huye de hacer un análisis profundo de la realidad social en sus aspectos económicos y sociales, porque los considera de segunda fila” -dice Jesús María Osés Gorraiz[4].

Creo que Osés Gorraiz equivoca la razón por la que Ortega no somete el estudio de las masas a las categorías de las ciencias sociales y prefiere que su análisis se mantenga alineado sobre un eje antropológico-histórico, pero sin despreciar los datos que le acercaban los saberes críticos.

El método orteguiano -que él ha llamado “de Jericó”, pues se trata de rodear un asunto en círculos cada vez más estrechos- radica en partir de evidencias (aplicado a las masas, serían el lleno, la muchedumbre, la «falta de espacio») y busca llegar a sus causas explorando no sólo las estructuras sociales sino, principalmente, el corazón del hombre, donde anidan sus valores, sus preferencias y sus desafíos.

Ortega descubre la aparición del «hombre-masa», no de las masas, y más todavía, de su «rebelión», esto es, de su pretensión de ocupar el lugar de las minorías en la historia. Esa es la originalidad del planteo orteguiano a diferencia del que habían postulado sus contemporáneos. Por eso, “este fenómeno mortal -dice Ortega- de insubordinación espiritual de las masas contra toda minoría eminente se manifiesta con tanta mayor exquisitez cuanto más nos alejemos de la zona política”[5]. No se trata, pues, de un análisis desde la óptica de clases y de los procesos revolucionarios que agitaban sólo la superficie del tejido social. “No se entienda, pues, por masas sólo ni principalmente «las masas obreras» -aclara Ortega.

Toda la estructura de la primera parte de La rebelión de las masas, desde su comienzo, marca un contrapunto con lo que hasta ese momento se había publicado. “El hecho de las aglomeraciones”, “La subida del nivel histórico”, “La altura de los tiempos” y “Un dato estadístico”[6], remiten a Le Bon; “Por qué las masas intervienen en todo y por qué sólo intervienen violentamente”, parece referir a Sighele; “El crecimiento de la vida”, “Vida noble y vida vulgar, o esfuerzo e inercia” y “Comienza la disección del hombre- masa”, son una indicación del horizonte de Simmel y Nietzsche; “Primitivismo y técnica” y “Primitivismo e historia”, apuntan a las intuiciones de Freud, y finalmente, “La época del señorito satisfecho”, “La barbarie del «especialismo»” y “El mayor peligro, el Estado”, resumen la posición orteguiana de la manera más original.

Para muchos, sin embargo, el desconocimiento previo del asunto les abría un sinnúmero de nuevos problemas y, la prosa seductora de Ortega, les permitía asomarse a una intelectualidad desafiante capaz de acercarles, de primera mano, quizás la cuestión medular de la actualidad europea. Como le anuncia Ortega a Francisco Romero, en una carta fechada en el verano español de 1930:

“… Dentro de unos días le envío la Rebelión de las Masas, en septiembre Reorganización de España (Política) y SOBRE EL SER EJECUTIVO (hipermetafísica)…”[7]

La respuesta de Romero sale el 18 de abril de 1931, y en la misma confiesa:

“Tanto la Rebelión de las Masas como Misión de la Universidad han sido muy leídos y discutidos. Creo que son los libros suyos que han agradado aquí más, y hasta personas que permanecían indiferentes hasta ahora ante sus escritos, unas por gusto escaso hacia la filosofía, y otras por un curiosos efecto de desconfianza o recelo que les causaba su prosa, han sido ganadas esta vez por el asunto, para ellas más inmediato, y por la expresión, más enérgica.”[8]

En la misma carta, continúa anticipándole que Victoria Ocampo le ha solicitado para la revista Sur una nota sobre la Rebelión… en la cual, advierte, “he juzgado más propio del altísimo respeto intelectual que siento hacia V. decir lo que pienso de algunos aspectos del problema, que limitarme a la alabanza, aunque fuera tan justificada en este caso.”[9] Y más adelante le comunica con claro entusiasmo:

“En Rosario, como creo haberle dicho, tiene la cátedra de Sociología en la Facultad de Ciencias Económicas un muchacho muy amigo mío, el Dr. Alberto Baldrich, quien siente hacia V. una admiración desaforada. Está bastante informado de filosofía, conoce alemán bien por haber estado de chico en Alemania; es de lo de más claro porvenir filosófico, y es además, cosa tan importante, un espíritu recto, generoso y entusiasta. Baldrich, que es juez, cualquier día dejará la magistratura para consagrarse a la filosofía. Ahora estamos en correspondencia seguida sobre la Rebelión… que le ha impresionado tan profundamente como verá V. en la carta adjunta. Hemos convenido ya que lo trate a V. en su curso de Sociología, y ahora estamos conviniendo cómo.”

Valga lo dicho para entender cómo el ambiente académico había recibido el libro de Ortega y hasta qué punto su influencia iba incorporándose por los poros que abrían los especialistas argentinos.

Si bien no sería adecuado hablar de un “círculo orteguiano” en Buenos Aires, en efecto existían -como he tratado de exponer- muchos intelectuales, profesionales de variadas disciplinas y académicos que se habían acercado a Ortega durante las tres visitas que hizo al país -la última por más de tres años. En ese conjunto de personalidades de la cultura local[10], Francisco Romero (1891-1962) ocupaba un lugar destacadísimo y es a través de él que su hermano, José Luis (1909-1977) -dieciocho años más joven- tomaría contacto con el pensamiento de filósofos contemporáneos sobresalientes[11] y en especial, con la persona y las ideas de José Ortega y Gasset.

La influencia de su hermano mayor fue, en muchos sentidos, fundamental y la cercanía familiar con el pensamiento orteguiano no significó una renuncia a la crítica y la corrección. El ejercicio de la labor universitaria, en la que llegó a ocupar los más altos cargos de gestión, tampoco le impidieron mantener su vocación por la investigación, que concretó en el país y en el exterior. Por último, donde también dejó su huella, fue en el campo de la animación cultural, creando revistas y asociaciones, incluso de proyección regional e internacional.

Ahora bien, donde mejor se puede observar la presencia de las lecturas orteguianas es en aquellos textos en los que manifiesta su preocupación por los fenómenos sociales y políticos, y en el lugar que le asigna a la historia para comprender y valorar sus raíces.

En su artículo “Trends of the Masses in Argentina”, que publica inicialmente en la revista Social Sciences[12], y que después se incorpora al libro Argentina, imágenes y perspectivas (1956) con el título “Indicaciones sobre la situación de las masas en Argentina”, coincide con Ortega al sostener que la conmoción política es el resultado de movimientos más profundos en la sociedad y “lo fundamental es todo lo que se oculta tras de él [lo político] en el plano económico y social, especialmente en relación con la situación de las masas”.

Así, le interesan las condiciones de movilidad social de los integrantes de las masas, en los que reconoce una menor proporción de clase media que en otras latitudes, aunque exista una «sensibilidad multitudinaria» compartida, lo cual es como abrir la puerta a la confirmación de un «nivel de los tiempos» muy favorable a la masificación.

Si bien distingue entre el medio urbano y el rural, lo más interesante es que integra el factor étnico para hablar de las masas nacionales -como lo había hecho en su momento Ramos Mejía. El «criollo» responde a esa tipología y sería el más limitado para desprenderse de la tutela económica y superar el nuevo régimen del asalariado, que lo desalojaba del campo y lo hundía en la periferia de las grandes ciudades.

Ese proceso, además, estaba contaminado por la actitud política de quienes veían, en las masas, sólo la base de la clientela electoral, prefiriendo mantenerlas fuera de una verdadera discusión gubernativa. Este planteo se veía favorecido “por el bajo nivel cultural que caracterizaba a las masas, por cuyo ascenso en ese sentido poco o nada se hacía.” Sin embargo, en este panorama -sostiene Romero- “el hecho más saliente es la transformación en la distribución de la población”.

La estructura económica dependiente de los productos agro-ganaderos, en particular en ciertas zonas del país en que quien explotaba la tierra era también el caudillo político, produjo un creciente resentimiento contra la dirigencia y propulsó la migración interna que se produjo cuando se fundaron las primeras empresas industriales. Entonces, al descreimiento político le siguió la lucha social.

Aquí, es cuando aparece en perspectiva una nota positiva propia -pero poco mencionada- del análisis de Ortega: el ascenso de las masas. Romero lo dice con estas palabras:

“Tras estos fenómenos se esconde otro de no menor significación: el innegable ascenso operado en las masas tanto en el monto de la remuneración como en las condiciones de trabajo, con el consiguiente aumento del poder adquisitivo y las posibilidades de goce.

(…)

De lo que se puede estar seguro es de que se ha logrado un cierto progreso al que las masas no renunciarán, de modo tal que es ineficaz cualquier planteo que se haga sobre la base de retrotraer su situación a la de hace diez o veinte años.”

En suma, una evidencia constatada de los argumentos que Ortega ofrece en “La subida del nivel histórico” de La rebelión de las masas. Téngase en claro que Romero está hablando 20 años después de la publicación del libro y, como Ortega, no sólo confirma la dinámica de su crecimiento, sino que se anima a preguntarse sobre su futuro:

“Cómo ha de comportarse el complejo social que constituyan las masas argentinas, es cosa incierta. Pero algunos datos pueden obtenerse de ciertos hechos, pues se asiste al acrecentamiento de la influencia de la masa criolla especialmente en las ciudades al tiempo que se vuelcan nuevas olas de inmigrantes sobre las ciudades”[13].

Habrá que esperar cuatro años para que Romero vuelva sobre el tema en un artículo de El Nacional. Papel Literario[14], en 1955, que nombra “Las masas en ascenso”. Allí comienza declarando:

“Antes que ningún otro problema, la inadecuación entre masas y minorías suscita la preocupación del observador, porque esconde en su seno la más urgente y dramática interrogación acerca de nuestro futuro”.

Resulta claro que Romero acepta la estructura social que defendía Ortega y que lo llevó a pronunciarse en numerosos textos sobre la articulación entre masas y minorías[15]. Por otra parte, también coincide con el filósofo en conferir al crecimiento poblacional de Europa Occidental en el siglo XIX, a la extensión de derechos y al lugar de la violencia en las conquistas económicas y sociales[16], la condición de causas generadoras del nuevo panorama de la civilización.

En efecto, Romero se ubica muy cerca de Ortega cuando éste sostenía que la democracia liberal y la técnica habían dado origen al hombre-masa, al comentar:

“Era evidente que no quedaba en pie ninguno de los principios que en otro tiempo pudieron justificar la situación de inferioridad de las clases asalariadas: jurídicos, sociales, filosóficos, morales o religiosos. Era evidente también que nadie se volvería a atrever a esgrimir los viejos principios que justificaban el privilegio. Y el hecho de que las clases asalariadas realizaran este descubrimiento multiplicó el vigor de su ofensiva, basada ahora no sólo en el imperativo de las necesidades inmediatas, sino también en la convicción de que las amparaba un derecho superior que nadie se atrevía a discutir. Para asegurar la eficacia de su ofensiva sólo era necesario ahora que las clases asalariadas adquirieran una organización capaz de convertirlas en poderosas fuerzas políticas. Si la democracia liberal aceptaba el principio de las mayorías, las clases asalariadas debían imponer sus puntos de vista, puesto que constituían en cada país el más numeroso sector. Y, en efecto, en vísperas de la primera guerra mundial, las masas no sólo habían ascendido considerablemente y mejorado mucho sus condiciones de vida en Europa y América especialmente, sino que además habían comenzado a organizarse hasta el punto de constituir en varios países una poderosa fuerza política con la que habría que contar en el futuro.”[17]

De manera concordante, la conclusión a la que lleva este argumento es la misma que trata Ortega cuando se ocupa de “El mayor peligro, el Estado”, pues allí introduce la asimilación que hace la masa del Estado, a quien le pide que se comporte para eliminar cualquier oposición a sus deseos -a lo que Romero añade- a través de una “propaganda verbal que exaltaba sus derechos y rechazaba de plano toda limitación a sus reivindicaciones”. Y si faltaba algo para asegurar la coincidencia señalada, afirma:

“Movimientos de masas, quisieron asegurarse su incondicional apoyo y aprovecharse de su fuerza; la propaganda organizada con criterio moderno –y fundada en las nuevas posibilidades que ofrecía la radio para conformar la opinión pública– afirmó reiteradamente los derechos específicos de las masas; pero algunos de esos movimientos avanzaron un paso más, pues, imitando el ejemplo soviético, se desentendieron –teóricamente al menos– de los intereses de los otros grupos sociales y difundieron a través de consignas electrizantes una concepción de la sociedad, según la cual se identificaba ésta con la masa misma.”

Si en este punto, Ortega se ocupó particularmente del fascismo y del comunismo, a ellos Romero agrega

“… el New Deal americano, la política socialcristiana y otros intentos menos visibles, cualquiera fuera su intención política, trabajaron apoyándose en estos cultos de las masas insatisfechas que aspiraban, por lo menos, a no interrumpir el proceso de su ascenso, y, a través de ciertos grupos organizados, a acelerarlo por vías revolucionarias.”

Y finaliza elogiando la capacidad profética de Ortega, cuando declara:

“Con caracteres más o menos acentuados, el fenómeno apareció en todas partes. Los grupos revolucionarios progresaban tanto en México como en China. Los espíritus avizores se dieron a la tarea de despertar a las minorías que todavía no comprendían el alcance de esta «rebelión de las masas». Pero no era una rebelión: era la toma de posesión de un derecho incontrastable. Quienes jugaban a la política comprendieron que con el apoyo de las masas –sirviéndolas o sirviéndose de ellas– podían conquistarse el poder.”

Como se observa en la objeción al alcance de la «rebelión», Romero deja de lado el papel de contrapeso que podían ejercer las minorías y prefiere hablar de un «derecho incontrastable» para certificar el innegable cambio en la percepción que las masas hacían del destino de su autonomía.

Precisamente, cuando Romero dedica la obra Estudios de la mentalidad burguesa[18], de 1987, a investigar el subsuelo histórico de la crisis que ha provocado la masificación, destaca la visión profética de muchos autores, entre los que señala a Ortega:

“Esta crisis, que al cabo de cincuenta años se advierte muy profunda, fue percibida ya en 1919 por sociólogos, economistas y filósofos. Lo señaló Keynes en Las consecuencias económicas de la paz, Ortega y Gasset en La rebelión de las masas, Paul Valery en La crisis del espíritu. Desde el fin de la guerra, hay una especie de vuelco de la reflexión inteligente sobre la situación que se ha creado.”

Y, más adelante, también se apropia de un concepto utilizado por el pensador español que es el de «invasión», cuando en el capítulo de La rebelión de las masas titulado “Primitivismo y técnica” repite la expresión de que el hombre-masa es un «invasor vertical» que ha surgido de un escotillón que perfora la historia contemporánea e introduce en el medio de la civilización a un ejemplar con atributos de «bárbaro»[19]. El párrafo completo aludido en Romero anuncia que,

“Tal como lo observaron Ortega y Gasset y una multitud de filósofos, ensayistas y periodistas, la primera posguerra se caracterizó por la presencia de las masas antes no observadas. Podría encontrarse un precedente en las décadas iniciales del siglo XIX, cuando en ciudades como Manchester la concentración industrial atrae una enorme cantidad de gente que, desde el punto de vista de las viejas clases dominantes, presenta el carácter de una masa. En una sociedad acostumbrada a que la gente que contaba fuera poca, esa nueva masa circundante pareció una masa invasora.”

En los siguientes párrafos, además de la insistencia en la articulación social entre las minorías (élites) y las masas, se aprecia claramente la influencia de su hermano Francisco, en punto a la interpretación con que reseñara la obra de Ortega en la revista Sur[20]. Allí, Francisco Romero, subraya:

Al año siguiente, “…las masas llegan en nuestra época al pleno poderío social en cuanto goce y en cuanto mando. Dos cosas diversas, aun cuando íntimamente confundidas hasta ahora. Hasta hoy, mando y goce -o mando y posibilidad de goce- han ido casi siempre juntos, y por aquí creo que ha de buscarse la causa de la decadencia y desprestigio final de toda aristocracia o, más ampliamente, de toda minoría directora. La función directriz, que ya de por sí comporta un goce, se la han cobrado las minorías selectas a buen precio, y el hombre común ha visto por este motivo en el selecto a un privilegiado.”[21]

Su hermano, José Luis, asume esa mirada -más de cincuenta años después-, y se propone justificar la pérdida de confianza en las élites (minorías) en razón de que éstas han perdido la observancia de sus deberes y han conservado sólo los privilegios, lo que les impide ya mandar sobre las masas.

“Ortega se refiere a una nueva actitud hacia las élites tradicionales: comienzan a demostrar que las consideran ilegítimas y no representativas. El aire de insurrección proviene de que las masas se reconocen independientes de las élites, las que quedan descolocadas respecto de ellas. Así como en la sociedad de preguerra un cierto respeto y consenso les confiere a las élites un aire de legitimidad, incluso entre los sectores más revolucionarios, en la posguerra no se las discute como explotadoras sino, simplemente, se les desconoce el carácter de élite, se les niega el derecho al privilegio y se termina negando la legitimidad de todo privilegio[22].”

(…)

Esta fue la actitud típica de las élites, que no fue la de las masas enfervorizadas por seguir a Mussolini. Las élites legítimas son las que, a juicio de una sociedad, gozan de los privilegios para cumplir mejor sus deberes. En el momento en que abandonan sus deberes y se quedan nada más que con sus privilegios, las masas le retiran su consenso y se desencadena la crisis. Esto es lo que ocurrió en la posguerra, en ese proceso en que las élites, escépticas y cínicas, transformaron las garantías que rodeaban sus deberes de élite en simples privilegios personales y automáticamente se transformaron en ilegítimas.”

Volviendo a lo que Ortega sostenía, a saber, que “la sociedad es siempre una unidad dinámica de dos factores: minorías y masas. Las minorías son individuos o grupos de individuos especialmente cualificados. La masa es el conjunto de personas no especialmente cualificadas”[23]; en Romero, la responsabilidad por el ascenso de las masas es adjudicada al hedonismo, al escepticismo y al cinismo de las élites[24], que les ha imposibilitado presentarse como dignas de imitación, de constituirse en ejemplo.

Por eso es interesante notar que, cuando la dinámica social se traduce en una organización política, la interacción entre masa y minoría supone una docilidad de la masa hacia la minoría que, de no existir, haría imposible el ejercicio del poder público. En un artículo del Espectador VI (1925), Ortega admite que “el papel en política de las minorías coherentes es cosa más complicada que todo eso” y luego prosigue

“Sin ellas [las minorías] no puede existir un vigoroso organismo del Estado; pero ellas no se bastan para crearlo o manejarlo. (…) No hay salud política cuando el Gobierno no gobierna con la adhesión activa de las mayorías sociales.”[25]

Romero, acepta esta explicación cuando declara:

“Lo característico de las élites es su consustanciación con las estructuras políticas, económicas o ideológicas, y su control de ellas. En la sociedad burguesa, vastos sectores de clases medias se asocian a las élites, y careciendo de control sobre las estructuras, apoyan mediante el consenso a los que sí las controlan. Ambos son grupos responsables y que se sienten responsables, pues una estructura se defiende por las élites y por los sectores que le prestan consentimiento.”

Ahora, ¿qué sucede cuando esa alianza tácita se rompe? ¿por qué las masas abandonan a las minorías [élites]? La respuesta de Romero ensaya la siguiente explicación:

“Cuando las masas se sacuden del compromiso con la sociedad el problema es menos grave que cuando lo hacen las élites, que son las sostenedoras de la estructura; en este caso la actitud escéptica se manifiesta como un intento más o menos consciente de abandonar las estructuras a su propia suerte, y esto es lo que ocurrió.”

Y, detrás de esa actitud escéptica, reside un desprecio por los valores y una pérdida de la conciencia histórica:

“Domina a las élites un sentimiento de escepticismo y una actitud hedonista, que recuerda el carpe diem de Horacio, casi siempre acompañado de una actitud cínica respecto del sistema de valores morales que organizan la comunidad y que, unido a todos los demás sistemas de relaciones, constituyen la estructura.”

Ahora bien, en el contenido de Estudios de la mentalidad burguesa, la herencia orteguiana se extiende hasta una serie de artículos que publica el filósofo en el diario El Sol bajo el título «Dinámica del tiempo», que significan lo que podría denominarse la «prehistoria» de la Rebelión… no tanto por la fecha de su redacción -1927- sino por la sucesión programática de sus temas. El segundo de los artículos se denomina «Los escaparates mandan» (15 de mayo de 1927) y en él se discute el poder del dinero, concluyendo que “será tanto mayor cuantas más cosas haya que comprar”[26]. Y termina el artículo con la siguiente reflexión:

“Ahora un hombre llega a una ciudad y a los cuatro días puede ser el más famoso y envidiado habitante de ella son más que pasearse por delante de los escaparates, escoger los objetos mejores -el mejor automóvil, el mejor sombrero, el mejor encendedor, etcétera- y comprarlos. Cabría imaginar un autómata provisto de un bolsillo en que metiese mecánicamente la mano y que llegara a ser el personaje más ilustre de la urbe.”

Ese «autómata» bien podría ser una imagen del hombre-masa, conducido por el torrente multitudinario hasta alcanzar los lugares mejores del escenario social y adquirir los bienes que antes estaban reservados a unos pocos[27]. La situación también es registrada por Romero con estas palabras:

“Por otra parte, ese aire agresivo de las masas proviene de que comienzan a transformarse en vehementes consumidoras. Cuando Ortega explica la presencia de las masas no las presenta en una plaza, en una manifestación o siguiendo a líderes revolucionarios, sino formando cola en los cines o las tiendas, aspirando a los bienes que habitualmente eran patrimonio de las élites tradicionales y de las clases medias. Se trata de una revolución, pero sus actores no son las masas sino el mundo industrial. Este ha transformado a las masas, congregadas en las grandes ciudades, en consumidoras dispuestas a no renunciar a ninguno de los bienes tradicionalmente consumidos por las clases altas o las clases medias. Esto es lo que les da su aire irritante.”

Lo que Romero advierte es que, bajo el común denominador del «consumismo», aparecen las masas y las minorías revestidas de una única categoría que desvanece las diferencias y opaca los roles respectivos:

“De modo que una buena manera de identificar este sector es confundiendo a todos estos grupos de clases medias, populares y de élite bajo el denominador de sociedad de consumo.”

La consecuencia de tal maniobra de asimilación es la aparición de un reordenamiento que Romero denomina -con acierto- «funcional», en el que los roles asumidos pueden intercambiarse, generando focos y márgenes siempre novedosos. Estos rangos de variabilidad, que Romero utiliza con las élites, tenían similar aplicación para el hombre-masa, tal como Ortega aclara en “La barbarie del especialismo”, cuando subraya que el especialista -el maximum de hombre cualificado- “lo más opuesto al hombre-masa”, termina comportándose “sin cualificación y como hombre-masa en casi todas las esferas de la vida”[28].

Con razón, Romero detecta que “las nuevas sociedades, más extensas por la vigencia del mundo del consumo, han cuestionado a las viejas élites y exigen otras. Algunas ya están a la vista: la tecnológica, la intelectual”, aunque conserven el riesgo, que señalaba Ortega, de convertirse en masa.

Pero la sociedad de consumo crea formas indirectas de marginalidad. Si esta sociedad diluye las élites tradicionales, forma simultáneamente nuevas élites, que no son campos sociales definidos sino ondas cortadas a lo largo de toda la sociedad. Son élites funcionales, que no se fijan, sino que se encuentran en estado de permanente movilidad, y que generan un tipo de marginalidad estrictamente funcional, cuyo presente, nervioso e inestable, es denunciado por el lapidario e indefinible in y out.

Otra característica esencial que define el perfil del hombre-masa no pasa desapercibida para Romero. En la segunda parte de La rebelión de las masas, cuyo nombre es «¿Quién manda en el mundo?» Ortega resume el efecto de ese rasgo -que es la «vulgaridad»- afirmando que consiste en que “sintiéndose vulgar, [el hombre-masa] proclama el derecho a la vulgaridad y se niega a reconocer instancias superiores a él”[29]. El historiador lo señala así:

“Es la exaltación de la vulgaridad, y esto se opone a la exaltación de los grandes valores. Esta tendencia se advierte también en el otro género literario típico de la época: la biografía, Maurois, Ludwig. Su sentido es exaltar al hombre individual, grande o pequeño. El pequeño en toda su vulgaridad y el grande en la pequeñez de su vida privada.”

En esa segunda parte, la preocupación de Ortega era similar a la que formula Romero en el párrafo que se transcribe a continuación:

“Allí se interpone una pregunta, que excede los límites de lo industrial y lo tecnológico y se inserta en el campo puramente social: ¿quién va a manejar el nuevo mundo? La mentalidad burguesa no tiene respuesta para ello.”

La duda, que deja abierta la puerta al tratamiento del futuro social, consiste para Romero en la falta de resolución de las íntimas contradicciones a las que había llegado la «mentalidad burguesa»:

“Desde la posguerra, hay tres grandes contradicciones que la mentalidad burguesa no ha podido resolver: la contradicción entre desarrollo tecnológico y desarrollo social; la contradicción entre masificación e individualización y la contradicción entre participación y marginalidad.

(…)

Tampoco la tiene para el problema de las relaciones entre masificación e individualización, dos tendencias antagónicas de la sociedad contemporánea. Por una parte, el psicoanálisis invita a la individualización; también la educación: en la medida que se ofrece a todo individuo una cantidad de información, se lo invita a que se sienta él mismo, a que se individualice. Por otra parte, hay una corriente en la sociedad de consumo que tiende a masificar, no sólo a las clases medias y populares sino a las élites. Hay una corriente de formas de vida, actitudes, valores, que, manifestándose en una sociedad bastante estratificada, se muestra con un flujo que sobrepasa los límites de la estratificación y circula de manera fluida, de manera exactamente igual por entre todos los sectores, creando una cierta identificación entre los hombres de todos los sectores. La mentalidad burguesa ha fracasado en la resolución de este dilema planteado por las tendencias contradictorias hacia la masificación y la individualización. Este es uno de los dilemas más graves y complicados del mundo contemporáneo. Una sociedad en la que todos se individualizan incorpora una mayor cantidad de conciencia por sobre espontaneidad. Tradicionalmente eran las élites quienes introducían una dosis de conciencia en la espontaneidad.”

Ortega, por su parte, vislumbra un intento de solución a la problemática que planteaba una sociedad masificada desde la educación, en particular, la educación superior, sobre la que escribió en Misión de la universidad, obra aparecida también en 1930, esta descripción de la circunstancia europea en el comienzo del siglo XX:

“El carácter catastrófico de la situación presente europea se debe a que el inglés medio, el francés medio, el alemán medio son incultos, no poseen el sistema vital de ideas sobre el mundo y el hombre correspondientes al tiempo. Ese personaje medio es el nuevo bárbaro, retrasado con respecto a su época, arcaico y primitivo en comparación con la terrible actualidad y fecha de sus problemas. Este nuevo bárbaro es principalmente el profesional, más sabio que nunca, pero más inculto también -el ingeniero, el médico, el abogado, el científico.”[30]

Creemos que, con la defensa de la educación, ambos intelectuales -Ortega y Romero-, han confiado en superar -al menos- el carácter más dramático de la sociedad masificada. Se trata, entonces, de educar al «niño mimado» o al «señorito satisfecho», para que no se imponga la mediocridad o se rechace la excelencia sistemáticamente; enseñarle a escuchar, para que se avenga a no imponer sus opiniones, y, en suma, que abandone la falsa sensación de libertad que le brinda su entraña consumista, y acepte cumplir con las obligaciones que le corresponden como miembro de la comunidad humana y heredero de la civilización occidental.


[1] José Ortega y Gasset, Meditación de nuestro tiempo, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1996, p. 246.

[2] Cfr. Para el análisis de la sociología de Simmel sigo a Christian Borch, “Between Destructiveness and Vitalism: Simmel’s Sociology of Crowds”, Conserveries mémorielles [En línea], #8 | 2010, consultado el 22 de junio de 2021. URL : http://journals.openedition.org/cm/744

[3] Sin embargo, otros investigadores ponen en duda su asistencia a los cursos de Simmel, como es el caso de Oliver W. Holmes, quien lo ubica en el aula de Alois Riehl en esos años. De lo que no hay duda es del interés de Ortega en Simmel, pues la Revista de Occidente traduce al español y publica muchas de sus obras -incluyendo la Soziologie. Sobre este tema ver Francisco Gil Villegas M., Los profetas y el Mesías, El Colegio de México / Fondo de Cultura Económica, México, 1996, p. 116 y sgts.

[4] La sociología en Ortega y Gasset, Editorial Anthropos, Barcelona, 1989, p. 165.

[5] José Ortega y Gasset, “España Invertebrada”, Obras Completas, vol. III, Fundación Ortega y Gasset / Taurus, Madrid, 2004-2010, p. 481 (en adelante se citará por esta edición indicando el volumen en romanos y la página en arábigos).

[6] Son los títulos de los capítulos de la primera parte de La rebelión de las masas.

[7] Esta carta permanece en la Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón de Madrid bajo el registro AO, sig. CD-R/64. Puede consultarse en “Itinerario Biográfico. José Ortega y Gasset – Francisco Romero. Epistolario (1929-1937), presentación y edición de Roberto Aras, Revista de Estudios Orteguianos, vol. 40, 2020, pp. 25-60.

[8] Idem, p. 42. Esta carta está archivada en la Fundación Ortega y Gasset-Marañón como AO, sig. C-104/45.

[9] Idem, p. 43. La divergencia que planteaba Romero con Ortega se refería a la interpretación de las minorías como “privilegiados”, y las consecuencias que se seguían de ello.

[10] Habría que incluir a Coriolano Alberini, Alejandro Korn, Emilio Ravignani, Tomás Casares, César Pico, Luis Juan Guerrero, Máximo Etchecopar, entre otros.

[11] La enumeración sería extensa, pero basta con nombrar a Wilhelm Dilthey, Heinrich Rickert, Henri Bergson o Martin Heidegger, para poner en evidencia la amplitud lograda en su formación.

[12] N° 26, Washington, octubre de 1951. Todas las citas que se transcriben de José Luis Romero tienen su fuente en los textos que reúne el sitio jlromero.com.ar

[13] El destaque en negrita es nuestro.

[14] Caracas, julio de 1955.

[15] Sobre estos conceptos ver Alejandro de Haro Honrubia, Élites y masas. Filosofía y política en la obra de José Ortega y Gasset, Biblioteca Nueva / Fundación Ortega y Gasset, Madrid, 2008. También Ignacio Sánchez Cámara, La teoría de la minoría selecta en el pensamiento de Ortega y Gasset, Tecnos, Madrid, 1986.

[16] Sirvan como ejemplo estas palabras de Romero: “La gravitación del número, la organización y de vez en cuando la violencia diéronle sucesivos triunfos que se consolidaron poco a poco y permitieron a los asalariados adquirir cierta fuerza política que, diestramente usada, aseguró sus conquistas económico-sociales y permitió procurar otras nuevas. (…) Pero para el proceso que tratamos de seguir no son las conquistas concretas lo que más importa, sino cómo se escalonan ininterrumpidamente, cómo se constituyen los anhelos y cómo finalmente se logra el consenso general acerca de su justicia, y cómo a esos anhelos satisfechos suceden otros y otros, que se satisfacen progresivamente y dan origen a otros nuevos en una progresión indefinida.”

[17] El énfasis en negrita es nuestro.

[18] Alianza Editorial, Buenos Aires, 1987.

[19] El texto completo es: “El europeo que empieza a predominar -ésta es mi hipótesis- sería, relativamente a la compleja civilización en que ha nacido, un hombre primitivo, un bárbaro emergiendo por escotillón, un «invasor vertical»”. OC IV, 427.

[20] Francisco Romero, “Al margen de La rebelión de las masas”, Sur: revista trimestral. Año I, otoño 1931, pp. 192-205.

[21] Idem, pp. 197-198. El subrayado es nuestro.

[22] El subrayado es nuestro.

[23] OC IV, 377.

[24] En Estudios de la mentalidad burguesa puede leerse: “Frente a este fenómeno las élites adoptan una actitud escéptica, rasgo fundamental y típico de la posguerra, según lo documenta abundantemente la literatura. Es una actitud típica y exclusiva de las élites. Las masas no eran escépticas; estaban en un proceso fundamental para sus vidas: la búsqueda de la movilidad social, de mejora en las condiciones de vida, lo cual para los sectores populares equivale en este momento a toda una ideología política. Tampoco se manifestaron escépticas las masas que se movilizaron políticamente detrás de los partidos comunistas, de Mussolini, Hitler o Bela Kun. Los grandes movimientos políticos de posguerra se constituyeron sobre la base de masas que de ninguna manera eran escépticas.” Y más adelante dice: “El escepticismo que se manifestó en las élites es el primer signo de reconocimiento de que algo funcionaba mal en las estructuras y se complementó con una actitud hedonista.”

[25] OC II, 615.

[26] OC IV, 58.

[27] Un texto de Romero que complementa lo dicho, es el siguiente: “Este ascenso de las masas, este fenómeno de intensa movilidad social, que es característico de nuestro tiempo, está revelando un deseo de incorporación a la sociedad tradicional, por el que extensos sectores de las clases medias y populares pueden beneficiarse y disfrutar de los bienes que antes no consumían sino las élites.” 

[28] OC IV, 444.

[29] OC IV, 461.

[30] OC IV, 539.


Textos de José Luis Romero relacionados

Romero, José Luis. “Variaciones sobre la acción y el peligro”. En Clave de Sol, segunda parte, Buenos Aires, mayo de 1931.

Romero, José Luis. “La lección de la hora”. [Editorial sin firma]. En El Iniciador, nº 2, Buenos Aires, abril de 1946.

Romero, José Luis. “Lo representativo del alma popular”.[firmado: José Ruiz Morelo]. En El Iniciador, nº2, Buenos Aires, 1946.

Romero, José Luis. El ciclo de la revolución contemporánea. Bajo el signo del 48. Buenos Aires, Argos, 1948. 3ra ed., con prólogo de Sergio Bagú, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1997.

Romero, José Luis. “Trends of the Masses in Argentina”. En Social Sciences, nº 26, Washington, octubre de 1951. [Incluido en Argentina, imágenes y perspectivas, 1956, como “Indicaciones sobre la situación de las masas en Argentina”].

Romero, José Luis. “Las masas en ascenso”. En El Nacional. Papel Literario, Caracas, julio de 1955.

Romero, José Luis. Introducción al mundo actual. La formación de la conciencia contemporánea. Buenos Aires, Galatea-Nueva Visión, 1956.

Romero, José Luis. “El caso argentino”. En Seminario Problemas de la democracia, el autoritarismo y el desarrollo en los asuntos hemisféricos, Center for Inter-American Relations, Nueva York, 1976.

Romero, José Luis. Latinoamérica: las ciudades y las ideas. Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 1976. Quinta reimpresión con prólogo de Luis Alberto Romero, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2005.

Romero, José Luis. Estudio de la mentalidad burguesa. Edición y prefacio de Luis Alberto Romero. Buenos Aires, Alianza Editorial, 1987.