Campo y ciudad: las tensiones entre dos ideologías. 1976

Si algo está claro en el campo de los estudios latinoamericanos es que carecemos de un sistema de conceptuación apto para plantear rigurosamente los problemas que deben ser sometidos al análi – sis histórico. Enfrentados con una vasta realidad, compleja y difusa, nos hallamos desprovistos de claves para introducirnos en ella y comenzar a desbrozarla hasta lograr una claridad suficiente como para estar seguros de que lo que sometemos a examen son campos homogéneos, fenómenos comparables, situaciones verdaderamente significativas. La historia latinoamericana espera un riguroso planteo de su problemática general, por encima de la problemática nacional o regional pero sin desprenderse de éstas y escapando de las generalizaciones imprecisas: son los primeros niveles de abstracción los que estamos necesitando. Porque es bien sabido que nadie podría acogerse a una tradición intelectual válida para explicar sucintamente la historia de Latinoamérica como puede explicarse, por ejemplo, la historia de Europa; prueba evidente de que faltan los cuadros en que puedan organizarse los muchos conocimientos acumulados, y en que queden a la vista los vastos y numerosos vacíos que esos conocimientos manifiestan. Y, sin embargo, es seguro que, más allá de sus diversidades, Latinoamérica es una unidad social y cultural que puede y debe entenderse primero, precisamente, en su unidad. Hay, pues, por delante una vasta tarea para los latinoamericanistas de largo aliento que comprendan la importancia, mediata e inmediata, de esta exigencia intelectual.

Son, sin duda, los estudios comparativos los que contribuirán a satisfacerla, siempre que sobrepasen los límites de la información y se orienten hacia la interpretación ceñida y rigurosa de los datos. Pero es imprescindible definir los problemas. Acaso uno de los más sugestivos sea el de las tensiones entre campo y ciudad, una dialéctica que opera en el fondo de muchos otros problemas latinoamericanos y cuyos términos son lícitamente comparables. Pero se requiere intentar una incursión hacia los orígenes del problema y, además, sacarlo de los marcos que sugieren inicialmente su formulación.

Campo y ciudad son dos realidades diversas que parecen contraponerse y que, de hecho, muchas veces se han contrapuesto. Son distintos paisajes que alojan sociedades distintas y que han servido de fondo a procesos distintos. En ocasiones, esos paisajes, esas sociedades y esos procesos se han interpretado en alguna medida; la aldea rural ha conservado ciertos módulos de la vida campesina a pesar de desarrollar ciertas formas primarias de vida urbana. Pero la ciudad que decididamente ha emprendido el camino de su desarrollo, extrema sus tendencias y se convierte en una entidad cuyos caracteres la alejan del mundo rural, aun cuando mantenga sus conexiones con él. Son, precisamente, esas relaciones las que han creado la tensión entre campo y ciudad, que a veces ha desembocado en hostilidad y enfrentamiento.

Sin duda son dos realidades físicas distintas. Son, además, dos tipos de sociedad distintos y desarrollan dos tipos de procesos históricos también distintos. Pero hay más. Esas sociedades tienen dos distintas formas de vida. Costumbres, normas y fines inmediatos son distintos en las sociedades urbanas y en las sociedades rurales. Cada una de ellas ha elaborado una diferente forma de mentalidad, precisada y afinada con el tiempo, que se consustancia con su propia forma de vida. El contraste es percibido desde fuera, pero es vivido desde dentro. Pueden llegar a ser dos mundos con escasos puntos de referencia; pueden llegar a rechazarse; y pueden llegar a enfrentarse.

El enfrentamiento, que se ha dado varias veces en la historia latinoamericana, es el punto crítico de una tensión sostenida. Si apareció en cierto momento y se ha mantenido como simple tensión, pero se ha deslizado hacia enfrentamientos violentos, es porque hay algo más profundo que la diferencia de paisaje, de sociedades, de formas de vida o de mentalidad. Todo ello ha concurrido a formar dos concepciones de la vida y, lo que es más importante, dos interpretaciones de la realidad y dos modelos o proyectos para la vida de la sociedad y del individuo. No son solamente dos realidades las que manifiestan su tensión: son, en el fondo, dos ideologías. Precisamente, como tensión entre dos realidades sociales y, al mismo tiempo, como tensión entre dos ideologías, es como debe plantearse el problema para que muestre su raíz. Campo y ciudad se enfrentan en la realidad, mientras se oponen en la misma lucha una ideología rural y otra urbana. Son muy distintas las proyecciones de una y otra.

En rigor, en Latinoamérica es ése un problema heredado. Existía en el Portugal y en la España de la conquista, como existía en toda la Europa occidental. Lo trajeron los conquistadores y quedó planteado en la vida latinoamericana como una constante de su desarrollo social y cultural. Pero no sólo con los caracteres que tenía en Portugal o España, sino también con los que adquirió en Latinoamérica, desde un principio y a lo largo del tiempo. La tensión entre campo y ciudad se transformó en un problema estructural, de su desarrollo social y cultural y la transformación de la tensión en conflicto suele ser signo de una conmoción profunda que ha sacudido los fundamentos mismos de la estructura.

Por lo que el problema tiene de heredado y transmitido y por lo que tiene de original y autóctono, parece imprescindible rastrear primero sus raíces y analizar luego qué peculiaridades adquirió en Latinoamérica.

Los antecedentes y sus supuestos

Esos conquistadores que tomaron posesión de la tierra americana encontraron una realidad desconocida a la que enfrentaron —era inevitable— con esquemas intelectuales y con actitudes personales que correspondían a su propio trasfondo social y cultural. Una tradición de más de cuatro siglos había conformado sus mentes, tras la más profunda transformación que se había producido en la estructura de la Europa occidental a partir del siglo XI. Por entonces se desencadenó en esa área un lento y sordo proceso que comenzó a modificar la fisonomía de un mundo que, habiendo sido eminentemente urbano en la época romana, se había ruralizado a partir de la época de las invasiones germánicas y la crisis del Imperio Romano. Rural fue la Europa
feudal, en la que desaparecieron muchas ciudades y perdieron sus típicas funciones urbanas todas las que subsistieron. Pero en el seno de la Europa rural organizada feudalmente por las aristocracias conquistadoras, empezó a constituirse hacia el siglo XI una Europa urbana, mercantil y burguesa. Las ciudades fueron al principio pequeños enclaves de reducida importancia. Pero en ellas aparecieron nuevas actividades relacionadas con el tráfico mercantil y con el uso del dinero que acabaron por constituir, en breve plazo, una economía de mercado que influyó directa o indirectamente sobre toda la estructura
feudal, minando tanto el sistema social y económico como el sistema político.

De pronto la ciudad se transformó en un núcleo social con una insospechada capacidad operativa. En ella se concentró y se multiplicó la capacidad de acción de sociedades muy compactas, con nuevos y renovados proyectos, que adquirieron desde el comienzo un alto grado de racionalidad. Pero también empezó a concentrarse una creciente masa de capital dinerario en manos de gentes que no pensaban en atesorarlo —como se hacía en los grandes señoríos laicos o eclesiásticos— sino en invertirlo para que se reprodujera. Frente a la predominante economía de consumo, la ciudad impulsó una economía de mercado. Y donde la ciudad aparecía y prosperaba, “mercantilizaba” toda su área de influencia. Se advirtió que la ciudad era un instrumento de acción económica y política. Cuando se quiso aprovechar y acentuar la ola de expansión económica, se fundaron ciudades en regiones poco o nada explotadas, y la sociedad compacta de las ciudades estimuló su desarrollo asegurando, al mismo tiempo, su pleno control a través del núcleo urbano, que multiplicó las posibilidades militares del castillo al tiempo que desencadenaba insospechadas fuentes de riqueza. Más aun, en zonas fronterizas, como las que ocuparon los alemanes en su “marcha hacia el este”, la ciudad funcionó como el mejor instrumento de seguridad y eficacia para operaciones mixtas, económicas y políticas.

La vieja nobleza se mostró, en un principio, hostil a las ciudades, y con razón, porque en ellas aparecieron muy pronto los movimientos de comuna, promovidos por los burgueses contra los señores para limitar los privilegios señoriales y obtener, en cambio, garantías personales para ellos y seguridad para sus operaciones mercantiles y artesanales. Los movimientos de comuna —verdaderos motines urbanos en muchos casos— tuvieron éxito en muchas ciudades, y la posición de los burgueses se fortaleció con detrimento de la de los señores. Hubo, pues, una acentuación de la hostilidad feudal contra las ciudades, en las que se vieron peligrosos gérmenes de disolución del orden establecido.

Pero entretanto, el movimiento de emigración hacia las ciudades primero, y luego el ejercicio de la vida urbana, condujeron a la progre – siva formación de una peculiar concepción de la vida que configuró una ideología, una verdadera ideología urbana, que está insinuada desde el origen del proceso de urbanización y que adquirió clara fisonomía hacia el siglo XIII. Sus elementos eran, en parte, negativos. Implicaban una negación de las formas de vida propias de la servidumbre rural, y en general, de la vida rural misma, en cuanto significaba una desvalida dependencia de la naturaleza. Pero eran también positivos. Se relacionaban con la libertad, con la seguridad jurídica que podían darle al ciudadano las cartas o fueros, con la seguridad física que le proporcionaban las murallas. Se relacionaban, además, con las posibilidades de individualización de cada uno, de desarrollar las propias capacidades, de dirigir racionalmente el destino individual y el del grupo social; con la necesidad de sentirse a salvo de las tormentas y las fieras, del hambre y los bandidos; con el deseo de gozar de cierto bienestar material en una casa que estuviera pegada a otra casa. Pero dos cosas, sobre todo, conformaron la naciente mentalidad urbana desarrollada por las nuevas burguesías: la posibilidad de aplicarse a una actividad que permitiera el ascenso económico y el anhelo de vivir dentro de una sociedad compacta en la que se equilibrara la solidaridad social con un libre desenvolvimiento del individuo racional. Una concepción profunda de la vida interpenetraba esta concepción, acaso sordamente.

Pese a la crisis y a los trastornos sociales, la mentalidad urbana prosperó, y la atracción de las ciudades fue vehemente. El movimiento fue del campo a la ciudad, precisamente porque cada vez más gente quería vivir como en las ciudades. Del siglo XIV al XVI, muchos testigos percibieron el fenómeno. Quienes se sentían adheridos a las viejas tradiciones señoriales execraron a las ciudades y a la ideología urbana. Pero nadie se atrevió a defender —sino como resultado de un orden divino— la vida de los campesinos, fueran siervos o libres. Se defendió el orden tradicional, dentro del cual era necesario que hubiera campesinos sometidos a los señores, pero no los encantos de la vida campesina tal como transcurría en la realidad. Sí se la defendió, en cambio, idealizándola.

La contraposición entre la vida urbana y la vida rural era un tema viejo, pero se actualizó, referido a las condiciones de la época y el lugar. El Arcipreste de Hita desarrolló el tema del ratón campesino y el ratón ciudadano, porque el flanco por el que pareció defendible la vida campesina era el de la idealización de la paz rural. Así surgió —justamente en la época de la conquista de América— una vasta literatura nostálgica que suele llamarse bucólica o pastoril, de remota inspiración helenística y tradición virgiliana. La evocación de los encantos de la vida en el seno de la naturaleza, entre bosques, fuentes y mansos rebaños, libre de los sobresaltos de la vida urbana, al margen de las falaces ambiciones que agitaban las cortes y ciudades, nutrió la poesía de Poliziano y se transformó en materia convencional de una nutrida literatura. Siguieron ese camino Sannazaro en la Arcadia, Montemayor en la Diana, Urfé en la Artrea, Sá de Miranda y Garcilaso en las Eglogas, fray Luis de León en La vida retirada; y un severo moralista como Antonio de Guevara siguió la huella en Menosprecio de corte y alabanza de aldea. Sosegada existencia de pastores contemplativos pareció ser la vida rural a la luz de esta literatura nostálgica, que fingía ignorar la condición de los siervos o las dramáticas insurrecciones campesinas del siglo XIV y del XV o las más próximas de los campesinos alemanes en 1525 o de los comuneros castellanos vencidos en Villalar pocos años antes. Pero, en rigor, los hechos no tenían mucha importancia para esas creaciones literarias que se emancipaban en el proceso de elaboración de una ideología rural, contrapuesta ala ideología urbana en ascenso. Los hechos que importaban eran otros más generales, relacionados con las formas de vida que expresaban las tendencias sociales y económicas del mundo de la época.

Tras el delineamiento de estas dos ideologías, ciertamente, se ocultaba la percepción de un cambio en las formas de vida, en un mundo que se había deslizado de una estructura
feudal a otra nueva que adoptaba los caracteres impuestos por el desarrollo mercantil y capitalista. Ese deslizamiento se había acelerado en los dos siglos anteriores a la conquista de América, y de alguna manera influyó en su desencadenamiento tanto en Portugal como en España, aunque de distinta manera.

Antes autónomo, el mundo rural comenzó a perder, lentamente, su independencia a partir del momento en que cobró cierto vuelo la economía de mercado. El viejo dominio señorial era un mundo cerrado que producía para sí mismo y en el que hallaba principio y fin la vida de los rustici, siervos o libres, que lo poblaban. Le era dado al señor y a sus vasallos salir de él, recorrer sus contornos y hasta atreverse a largos viajes movidos por las necesidades de la política y la guerra. Pero las clases sometidas no trasponían sus límites ni sospechaban otros horizontes. Fue la aparición de las ciudades, con sus mercados y sus posibilidades de otras actividades económicas, lo que permitió salir de su mundo cerrado, generalmente huyendo secretamente. Para los fugitivos —que muy pronto compondrían núcleos importantes de burguesías urbanas— el campo era la servidumbre, las ciudades la libertad: no era difícil comprender la significación antitética de una y otra forma de vida, ni que alrededor de esa experiencia se construyeran dos ideologías antagónicas. Pero en el terreno de los hechos económicos también sufrió el mundo rural un progresivo y significativo cambio. Si perdió su independencia fue porque la economía de mercado empezó a introducirlo dentro de su juego y a someterlo cada vez más a su influencia. Mientras que antes el dominio señorial producía para sí mismo; la presión de la naciente economía mercantil lo fue forzando poco a poco a que produjera para el mercado. Vagaban por toda España los grandes ovinos de los soberbios señores de la Mesta porque los tentaban los altos precios que pagaban por sus lanas las ciudades textiles de Flandes. Pero también las carnes eran cada vez más solicitadas por las poblaciones urbanas que crecían, como sus granos, sus hortalizas, sus vinos y sus aceites. Las ciudades centralizaban la circulación de esos productos y le exigían al mundo rural —a través de la secreta coacción que ejercía la esperanza del lucro— una dependencia que se reflejaba en la peregrinación a las ferias y mercados, de los que dependían cada vez más la fortuna o la estrechez de los productores. Hasta se advirtió que la escasez o la abundancia de los productos en las ciudades dependía no sólo del azar de la producción sino también de la eficacia de la distribución y del juego de los precios. De ser la única fuente de riqueza, el campo pasó a ser una de las dos alternativas que se ofrecían al que buscaba el lucro y la fortuna.

Con todo, la tierra seguía siendo la fuente primera de producción, y la nobleza la conservó cuando pudo y luchó por conseguirla o extenderla cuando las circunstancias le fueron favorables: nada tan desaforado como la voracidad con que los grandes castellanos crearon grandes dominios después del triunfo de los trastámaras en Castilla. Si antes había sido la tierra preferentemente un instrumento político y en un grado menor un medio de producción, a medida que se desarrolló la economía de mercado se invirtieron los términos. Con ello pudo alcanzar la nobleza unas rentas en dinero iguales o superiores a las que poseían quienes habían hecho fortuna en el comercio o la banca. Pero en los campos la vida fue acaso más dura que antes, no sólo para el campesino dependiente sino también para el arrendatario o el pequeño propietario, huérfanos de protección, librados a los azares climáticos y, además, sometidos en el mercado al juego de la competencia y a los azares de la oferta y la demanda.

La contraposición se fue haciendo cada vez más ostensible en la realidad: dos cosas distintas eran la ciudad y el campo, y distintas las formas de vida que ofrecían. Se vivió la antítesis como una opción relacionada con el transcurso de la vida cotidiana y sobre todo, con el futuro de cada uno, especialmente de quienes querían ascender social y económicamente. Esa proyección de una forma de vida en un esquema del futuro que podía ofrecer, generó y nutrió las dos ideologías.

La ideología rural se manifestó en dos niveles muy diferentes: una fue la de la nobleza y otra la de las clases campesinas subordinadas. El señor estaba consustanciado con la forma de vida de sus dominios, en los que se sentía como un pequeño rey, con su pequeña corte y su círculo de fieles vasallos, con su numerosa servidumbre y con crecido número de gentes que vivían y trabajaban en sus tierras. La ideología rural que correspondía a esta forma de vida era, simplemente, una ideología señorial, que incluía una concepción paternalista de sus relaciones con las clases subordinadas y una actitud dispendiosa y despreocupada de una riqueza que sabía segura. Pero a medida que se desarrolló la economía de mercado y se produjeron los primeros cambios sociales y políticos, hubo señores que prefirieron estar cerca del poder real que crecía, y aceptaron una concepción cortesana de la vida que era, al fin, otra ideología. En cambio, los nuevos ricos que quisieron consolidar su status se plegaron a la antigua ideología rural de los señores y soñaron con abandonar las ciudades para instalarse en los dominios que podían adquirir y llevar allí la vida de esos pequeños reyes cuya posición social envidiaban. Y estaban ya plegados a esa ideología desde mucho tiempo los pequeños nobles sin haber —valvasores, hidalgos o segundones prácticamente desheredados en virtud del principio de mayorazgos— que soñaban con obtener de alguna manera las tierras con las que pudieran consolidar su condición nobiliaria. La apertura de frontera donde esas tierras pudieran conquistarse fue el clamor que hicieron oír muchas veces los pequeños nobles sin haber.

Pero era otra la ideología rural de los campesinos, los arrendatarios o los pequeños propietarios. Consistía sobre todo, en cierto acatamiento del orden constituido, en la aceptación del paternalismo señorial como esquema social más seguro que no la riesgosa independencia de quienes tentaban escapar de la dura protección de los señores para correr la aventura de incorporarse a la nueva sociedad que se constituía en las ciudades; y acaso en una vigorosa adhesión a la sencilla y espontánea manera de vivir del campesino que ajustaba su existencia cotidiana al compás de la naturaleza y a la rutina familiar y experimentada de la siembra y la recolección, de la cría de animales domésticos o de las faenas del hilado y el tejido. Era, en el fondo, una ideología conservadora, indiferente o acaso hostil al cambio, que en muchas mentes aparecía como una diabólica invención.

Diabólica o no, la ideología urbana era el resultado de un agudo proceso de concientización. Eran, precisamente, las formas de la vida natural y espontánea las que habían sido cuestionadas, y la respuesta fue imaginar una manera de vivir que las reemplazara. Lo esencial de esa nueva ideología fue la aceptación del cambio. Implicaba una imagen del hombre distinta de la tradicional, precisamente en que lo independizaba de la rutina y lo situaba en el camino de forjar su propio destino con la ayuda de su capacidad racional y de su voluntad. Era una ideología apropiada a las nuevas tendencias al ascenso social y económico. Vigorosamente individualista, impulsaba a la aventura prometedora, al riesgo calculado, al juego que ofrecía ciertas posibilidades de éxito. Estaba unida al correcto uso del dinero, que consistía en evitar el gasto superfluo, en practicar el ahorro para que su monto creciera hasta convertirse en un capital que pudiera producirse. Y poseía su propia moral —el honor burgués— que ponía límite a la codicia.

Eran, pues, dos ideologías —la urbana y la rural— nítidamente diferentes. No se apoyaban en ninguna teoría, sino en una dramática experiencia de vastos siglos. No fueron formuladas explícitamente, pero fueron vividas. Y tan consustanciada estaba cada una con cierta forma de mentalidad que se transformaron en fuerzas promotoras de proyectos futuros. Así pasaron del viejo al Nuevo Mundo.

Las tensiones latinoamericanas entre campo y ciudad

Pasaron al Nuevo Mundo esas dos ideologías en el bagaje cultural de conquistadores y colonizadores, con los caracteres que habían adquirido en sus países de origen, España y Portugal, los dos ligeramente marginales en el mundo mercantil, pero tocados en diversa medida por él. Pero no siempre con los mismos caracteres, porque no fue homogéneo el origen ni la condición social de quienes se desarraigaron para ir a América. Buscaron o aceptaron la aventura unos pocos nobles; pero la inmensa mayoría de los que la emprendieron eran, todo lo más, segundones o pequeños hidalgos sin haber y, generalmente, gente del común que poco o nada tenía que perder y mucho que ganar. Algunos tenían experiencia militar y otros experiencia agraria; pero todos tenían fundamentalmente, la experiencia social de los horizontes cerrados. Todos querían tierras, y no podían tenerlas en la Península. Hasta los mercaderes que vinieron, burgueses de cierto relieve en algunos casos, oscilaban entre sus preferencias por los negocios y sus ambiciones de constituir un dominio territorial. Y esa misma ambición acariciaban los hombres del común, campesinos y aldeanos unos y de origen urbano otros, deseosos todos de mejorar su condición de cualquier manera. Pero la tierra estaba en la mente de todos los que se desarraigaron para ir a ese mundo de la frontera en el que cada uno podría fijar la suya según la medida y la cantidad de su esfuerzo. Eran, en sus mentes, tierras de nadie, y desde el momento en que se embarcaban declaraban que era “nadie” el que las poseyera. Una nueva etapa empezaba el día del desembarco.

Porque las tierras tenían dueños y fue necesario conquistarlas sometiéndolas y procurando que quedaran en ellas para que las trabajaran al servicio de sus nuevos señores. Poco urbanizadas, sólo encontraron los conquistadores aldeas rurales fuera de las dos grandes ciudades de Tenochtitlan y Cuzco. Era fundamentalmente rural la vida de las poblaciones aborígenes, sencilla en algunas regiones, pero de excelente nivel técnico en otras, y siempre nutrida por una vigorosa concepción religiosa de raíz telúrica y una profunda consustanciación con el paisaje. Y no hubiera sido difícil advertir —como se fue advirtiendo— que alimentaba la vida de esas poblaciones aborígenes lo que puede llamarse una entrañable ideología rural enriquecida por la densidad de una concepción trascendente de la naturaleza y de sentido de la vida. Fue necesario apelar a la arraigada convicción que tenían los conquistadores acerca de la superioridad de su religión, de su cultura y de su raza para que descalificaran implacablemente el mundo social y cultural del que se apropiaban por el derecho de conquista.

Pero, descalificado por los conquistadores, ese mundo social y cultural resistió, sin embargo, con sostenida entereza. Hubo que luchar y fue necesario tomar posesión de la tierra trabajosamente. Los conquistadores eran pocos y los enemigos eran muchos y desconocidos. Para asegurarse el éxito debieron mantenerse en estado de constante vigilancia, dispuestos a sacar el mejor partido de su superioridad técnica y, sobre todo, mantenerse unidos en cada zona de combate constituyendo una sociedad compacta e impenetrable a toda influencia social y cultural del mundo circundante. La política conquistadora apeló al modelo probado, y estableció como método de conquista y colonización la fundación de ciudades. Así empezó en América un nuevo avatar de las tensiones entre campo y ciudad.

La conquista y la colonización empezó con la fundación de ciudades. Fue ciclópeo el esfuerzo que se hizo para erigirlas de la nada por centenares: todas según el mismo modelo urbanístico, apenas matizado; todas según el mismo modelo institucional, político, social y cultural. En un siglo, sobre el mundo rural de las poblaciones aborígenes surgieron centenares de ciudades españolas o portuguesas, verdaderos enclaves de cultura europea en el mundo indígena. En ellas se fortalecieron los grupos alógenos, se alimentaron las tradiciones vernáculas, se vigiló la ortodoxia religiosa, se procuró evitar, hasta donde fuera posible, la amenaza cierta de la aculturación y del mestizaje. Pero en esa sociedad compacta, cerrada en sí misma y encerrada dentro de la cerca defensiva, empezó a reconstituirse una ideología urbana a pesar del persistente designio de sus miembros de constituir dominios señoriales. La ciudad era segura y el campo inseguro. La ciudad era cristiana y el campo infiel. La ciudad era europea y el campo indígena. Fue una singular ideología urbana la que se elaboró allí, llena de resabios hidalgos, indefinidos porque eran nostálgicos, imprecisos porque no correspondían a la realidad social; pero en la que cobraban fuerza cada día las tendencias predominantes en la vida de las ciudades de la época, en las que crecía el gusto por el bienestar burgués, por los servicios eficaces, tanto públicos como privados, por la sociabilidad y la conversación amable, informal unas veces y sesudas otras, por la información de lo que pasaba en el mundo, por la proximidad del poder. Se desarrolló en los conquistadores y colonizadores el interés por los cargos públicos, por las fiestas profanas y religiosas, por las intrigas de las pequeñas cortes, de los salones, de los corredores de audiencias y cabildos. Y se desarrolló de manera creciente el interés por los negocios, lícitos e ilícitos, que se podían hacer en las ciudades y especialmente en las capitales y los puertos. Fue inevitable que los conquistadores primero y los colonizadores después se sintieran hombres de ciudad, puesto que la ciudad era su reducto. Se fortaleció en ellos una ideología urbana que perduró cada vez más definida en las sucesivas generaciones, aun cuando fueran, al mismo tiempo, señores de la tierra.

Sin duda elaboraron una ideología rural de singular estilo los señores de la tierra. En el Brasil, especialmente, los señores de ingenio mantuvieron la más rancia concepción de los hidalgos portugueses, precisamente cuando en Portugal perdía algo de su vigencia tras los cambios sociales que había producido y acompañado la aparición de la dinastía de Aviz. Pero lo mismo pasó con los encomenderos españoles, transformados en señores de horca y cuchillo como ya no los había en España. En sus países de origen, largos y complejos procesos sociales habían reajustado las relaciones entre señores y campesinos, una relación que, por lo demás, era entre gentes de la misma raza y religión, entre capas distintas de una misma sociedad. En América, en cambio, los campesinos, esto es, las clases rurales trabajadoras, pertenecían a la casta de los vencidos de guerra, infieles despreciables y siempre sospechosos. Hubo, pues, una ideología rural de los señores que, no sin cierta convenida ficción, equiparaban sus dominios americanos a los que los nobles poseían en la Península. Ciertamente, la tierra era tierra también, el paisaje podía ser hermoso y acaso parecido al que envidiaban a sus pares peninsulares, el fruto extraído de la explotación podía ser acaso mayor. Pero ninguno podía olvidar que era tierra extraña, que el campesino era radicalmente ajeno a sus creencias, a sus costumbres y a sus ideas, y sobre todo que le era hostil porque lo odiaba como conquistador. La ideología rural de los señores carecía en América de ese componente tradicional que tenía en Europa: la placidez, la posibilidad del abandono de una situación social generalmente consentida, el ejercicio de un paternalismo que gratificaba igualmente al señor y al rústico. Fue más bien, y durante mucho tiempo, una ideología de guerra, apropiada para mantener la decisión de proseguir la ocupación de la tierra, el avance de las fronteras, el aniquilamiento de las poblaciones aborígenes irreductibles. Nada, en la realidad, de la paz campesina, aunque sonara alguna vez el remedo convencional de la concepción eglógica de la vida que expresaban Sá de Miranda o Garcilaso. Era la ideología rural de los señores una concepción en la que predominaba la voluntad de dominio sin restricción alguna, sin consentimiento, sin piedad. Era una ideología militante, sin espacio para el ocio contemplativo.

Hubo, al mismo tiempo, una ideología rural popular: la ideología de los vencidos, acaso, simplemente una concepción de la vida que sólo en ocasiones se tornó ideología. Desde el punto de vista social la nutrió el resentimiento, que para la mayoría de las poblaciones aborígenes se trasmutó en resignación. Hubo rebeldía explosiva y rebeldía disimulada, y cuando se tradujo en hechos se manifestó con rasgos semejantes a los de las grandes revoluciones campesinas de Europa: como una irrupción contra las ciudades, baluartes de los enemigos aunque la ciudad fuera la misma Cuzco. Desde el punto de vista de las formas de vida consistió en una amorosa conservación de las tradiciones, de las viejas costumbres que ahora se ejercitaban sin esperanza, alternadas a veces por las costumbres impuestas por los amos y combinadas finalmente en formas híbridas que iban haciéndose comunes a vencidos y vencedores: triunfaron a la larga las comidas vernáculas, los utensilios, los tejidos con sus colores y dibujos, como triunfaron las tradiciones terapéuticas y muchas creencias convertidas en supersticiones.

Pero, en rigor, todo eso no llegó a configurar una ideología positiva. Fue una ideología negativa, puesto que la vida rural era de las clases sometidas, en tanto que la vida urbana era la de los conquistadores y colonizadores. Así, si hubo algo que pudiera llamarse una ideología rural popular fue, esencialmente, una ideología antiurbana, en la que se confundían las formas de vida con la significación social de quienes eran sus protagonistas. Sólo con el tiempo llegaría a adquirir caracteres de una ideología positiva. Pero fue necesario que empezara a producirse un hecho de minúscula incidencia al principio pero destinado a tener profundas consecuencias : el éxodo urbano, la huida de europeos marginales que por una u otra razón se segregaban de las ciudades y, en consecuencia, del mundo de los privilegios para acogerse a la libertad que permitían las vastas extensiones rurales despobladas, a las que no llegaba el orden institucional de los conquistadores, o mejor, los bordes de las regiones pobladas, en los que se alcanzaba un mínimo de recursos asegurado por la complicidad de los aborígenes. Esta lenta emigración de segregados cristianos produciría a largo plazo un hecho social inesperado y fundamental en la formación de la nueva sociedad. Eran criminales o ladrones que huían de la justicia, fugitivos de las cárceles, desertores de los ejércitos, herejes temerosos de la Inquisición, gentes habituales a la frontera que optaban por cruzarla, desesperados por el ascenso social o, a veces, simplemente, espíritus anárquicos y aventureros que buscaban más libertad todavía que la que podía ofrecerles la fluida sociedad
colonial en formación. Así empezó a constituirse sordamente, de la manera más arbitraria e irregular que pueda imaginarse, una nueva sociedad marginal, fuera de la ley, o mejor, ignorada por la ley y por la sociedad establecida. Era una clase popular rural, en la que los segregados cristianos se unieron a los grupos indígenas y negros huidos también, o acaso radicados en esos bordes de las regiones pobladas a los que llegaba escasamente la autoridad. Fue una clase popular rural criolla, en un sentido más extenso que el que se suele dar al término, si es que la implicación más entrañable que podemos rescatar en la palabra criollo es la del arraigo telúrico, que muy difícilmente alcanzaba el colonizador europeo. En ella se precipitaron los procesos de mestizaje y aculturación, sin reservas, sin sentimientos de culpa. Fue una clase rural criolla, mestiza o mulata. Sus miembros adquirieron los rasgos físicos que otorgaban las cruzas variadas y elaboraron un sistema de vida híbrido con resabios de las culturas originarias. Pero elaboraron también una concepción de la vida, híbrida sin duda, pero con ciertos rasgos capaces de transformar la ideología negativa en otra positiva. Ahora, la ideología rural de esta nueva clase híbrida, hecha de vástagos de vencidos y vencedores, se organizó alrededor de un sentimiento casi feroz: el de la libertad individual en medio de la naturaleza, sin ataduras ni responsabilidades, aunque hubiera que pagar por ella un alto precio. La soledad fue el precio. Así nació una nueva y autóctona ideología rural que desembocó, poco a poco, en el criollismo más o menos sofisticado luego. Quizá empezó a constituirse en el siglo XVII, pero el mundo de las ciudades no tuvo clara noticia de él hasta fines del XVIII.

El mundo de las ciudades había elaborado, mientras tanto, aquella singular ideología urbana signada por los prejuicios de hidalguía. Pero era difícil conservarlos. Aunque las ciudades hubieran sido originariamente baluartes de la sociedad conquistadora, de la cultura ibérica y de la religión católica, la presión del mundo mercantil las fue forzando para que asumieran las funciones que les correspondían. La actividad económica las fue ganando, el volumen del mercado creció, y los prejuicios hidalgos fueron dejando sitio a las nuevas concepciones de una naciente burguesía. Pero esa burguesía se fue haciendo cada vez más criolla, quizá porque fuera en sus filas donde mejor se acomodaban los nacidos en la tierra que buscaban prosperar y mejorar la condición económica y social. En este caso era criolla y blanca, porque estaba formada por descendientes de europeos; pero no se tardó mucho en ver aparecer en ella mestizos o mulatos favorecidos por la fortuna. En todo caso era una clase arraigada a la tierra, cuyos miembros estaban resueltos a desenvolver sus proyectos en ella; y, sobre todo, era un grupo social cuyas actitudes se alejaban progresivamente de la mentalidad hidalga: para fines del siglo XVIII su ideología urbana había adoptado en muchas ciudades —capitales y puertos especialmente— los caracteres de la mentalidad
burguesa.

Fue esa burguesía urbana la que hizo la revolución de la Independencia, y sobre todo la que se hizo cargo de ella y consumó su proceso, según sus esquemas ideológicos generales y según las peculiares condiciones de cada región. Por eso el primer momento revolucionario es un momento típicamente urbano: Chuquisaca, Buenos Aires, Bogotá, Caracas, Santiago de Chile. Hasta en México el primer momento es urbano, aunque su frustración liberara precozmente las fuerzas rurales que siguieron a Hidalgo y Morelos; y las burguesías urbanas retrocedieron por el sesgo de revolución social que adoptaba el movimiento emancipador.

Allí quedó a la vista lo que pasaría poco después en todas partes. La revolución que puso fin a la dominación española entre 1810 y 1820 destruyó el principio de legitimidad en que se apoyaba el orden social tradicional, como ocurrió en el Brasil tras la abdicación de Pedro I en 1831. Y al dislocarse las situaciones constituidas y debilitarse sus fundamentos jurídicos y doctrinarios, irrumpió la sociedad rural que se había conformado durante largo tiempo y se enfrentó con la sociedad urbana que aspiraba a perpetuar el sistema económico y político bajo nuevas formas. Pronto se vio que no sólo se enfrentaban dos situaciones reales sino también dos ideologías.

La ideología urbana modificó ligeramente sus componentes políticos —y no siempre—, pero mantuvo sus componentes sociales, económicos y culturales. Ahora acentuó su peculiar criollismo, que implicaba un decidido arraigo a la tierra pero también una vocación no menos firme de mantener unidas las nuevas naciones al sistema mercantilista internacional —en cuyo ámbito desarrollaba sus actividades económicas— y al sistema de ideas europeas que se consustanciaba con sus actitudes sociales, políticas y culturales. Fue, pues, un criollismo complaciente y contemporizador el que enarboló la ideología urbana, cuya tibieza le será enrostrada muy pronto.

El desafío provino de las masas rurales, convocadas a la defensa de la revolución emancipadora y que acudieron para cumplir con la patria y, al mismo tiempo, para exigir que se las tuviera como parte en el pleito que se iniciaba por la reconstrucción de la sociedad en cada una de las áreas nacionales ahora delineadas. Su fuerza fue mayor allí donde tuvieron que luchar por la defensa del territorio contra los españoles; pero no fue mucho menor cuando irrumpieron en pos de sus jefes para participar en las guerras civiles. En ambos casos pusieron de manifiesto una definida ideología rural.

Era, en principio, la ideología que se había elaborado sordamente mientras se constituía esa sociedad campesina al margen de la sociedad establecida y normalizada de las ciudades. Implicaba una concepción de la vida individual fundada en la libertad indómita del individuo; en el derecho y en el deber de defender cada uno la vida y lo suyo con sus propias fuerzas; y en las regiones ganaderas, especialmente, en el valor y la dignidad del ocio —resabio señorial heredado por el hombre común—, que sólo concebía el trabajo como deporte, saturado de contenido lúdico. En relación con esos principios estaba la somera concepción de la vida social de los campos que subyacía implícita en la ideología rural, cuyo rasgo fundamental consistía en un paternalismo consentido cuando el amo poseía las virtudes que compartía y admiraba quien dependía de él; el valor físico, sobre todo, la destreza en las faenas rurales que eran, al mismo tiempo, trabajo y juego, la firmeza en las convicciones tradicionales, el culto del honor, y una firme ecuanimidad para ejercer el mando.

Así era en las regiones ganaderas, siempre un poco fronterizas, y en las que se constituyó una sola ideología rural que compartían amos y peones. Pero en las zonas de plantación, la ideología rural se escindía como en Europa: una para los señores y otra para los campesinos. Por eso fue menos activa, en tanto que la de las zonas ganaderas influyó decisivamente en el proceso de formación del poder social posterior a la Independencia.

Fue con la Independencia, precisamente, cuando la ideología rural se enfrentó con la ideología urbana. “Doctores” solía llamárseles a los hombres de la ciudad que preferían las sutilezas de la política al ejercicio de las armas. Vibraba en ese enfrentamiento la disidencia acerca del alcance del criollismo. Criollas, las burguesías urbanas pretendían mantenerse dentro del ámbito cosmopolita de ese mundo intercomunicado que había creado la economía mercantilista y las ideas modernas. Pero criollas hasta sus últimas consecuencias, las masas rurales y las nuevas aristocracias rurales pensaban en Latinoamérica como un mundo autóctono, no internacional sino ibérico en sus tradiciones, reconcentrado en sí mismo y fiel a su personalidad vernácula.

Pero, ¿pensaban, quienes componían la sociedad rural que emergía, en Latinoamérica como un conjunto? ¿Pensaban acaso en la nueva unidad nacional en que habían quedado insertos tras la Independencia? En todo caso de manera mediata y un poco abstracta. Lo que configuró el nuevo avatar de la ideología rural fue su concepción regional de la vida. Fue dentro de los límites de la región donde se constituyó cada una de las sociedades rurales, fue en su paisaje donde se aglutinaron y cobraron conciencia de su identidad. La patria grande y, más aun, el ámbito general del continente independizado, parecían casi una abstracción; y aunque se les reconocía, carecían de esa entrañable atracción que ejercía la patria chica. El criollismo se tornó, en la ideología rural posterior a la Independencia, acendradamente regionalista, etnocéntrico, hostil a toda contaminación.

Si se trata de descubrir a Latinoamérica en sus ideas, acaso podría admitirse, a cierto nivel de abstracción, que las luchas civiles que siguieron a la Independencia no sólo derivaron de situaciones reales en conflicto sino también del enfrentamiento de la ideología urbana y la ideología rural. Hubo fenómenos reveladores en el proceso de cambio de las situaciones reales. Cambiaron de mano las haciendas y se acriollaron. Se desarraigaron gentes de los campos, que se transformaron en soldados primero y acaso en bandidos después. Entraron las partidas montadas, lanza en ristre, en las pretensiosas ciudades —México, Lima, Caracas, Buenos Aires—, y alguna de ellas, como Buenos Aires, se ruralizó visiblemente durante la época de Rosas. Y el costumbrismo empezó a descubrir una rica veta describiendo la sorpresa del hombre de campo en la ciudad europeizante, como lo hicieron el chileno Jotabeche, el venezolano Daniel Mendoza, el uruguayo Bartolomé Hidalgo, el argentino Estanislao del Campo, porque había empezado un trasiego de gentes que ponía de manifiesto la coexistencia de dos sociedades ahora igualmente válidas.

Pero nadie descubrió tan agudamente la presencia de dos ideologías tras los encontronazos de las guerras civiles como el argentino Domingo Faustino Sarmiento. Déjese de lado el juicio de valor que estableció al expresar la fórmula de “civilización y barbarie”, y repárese en la finura del análisis que lo llevó a explicar los conflictos de su país a través de la contraposición de dos ideologías. Civilización era la vida urbana, barbarie la vida rural. Pero él —que alguna vez se llamó a sí mismo “Doctor Montonero” para identificarse con las dos caras de la realidad que observaba— no se limitó a establecer un juicio de valor, sino que analizó las dos caras con rara maestría y convalidó a las dos ideologías como resultado de un proceso histórico irreversible. Ciertamente, tomó partido, porque era un espíritu comprometido con su país. Pero no le negó nada a la ideología que rechazaba, sino la imposibilidad de construir con ella un país como el que él deseaba, y, además, como le parecía inevitable que fuera dadas las circunstancias de su mundo contemporáneo.

“La ciudad —escribía Sarmiento— es el centro de la civilización argentina, española, europea; allí están los talleres de las artes, las tiendas del comercio, las escuelas y los colegios, los juzgados, todo lo que caracteriza, en fin, a los pueblos cultos.

La elegancia en los modales, las comodidades del lujo, los vestidos europeos, el frac y la levita tienen allí su teatro y su lugar conveniente. No sin objeto hago esta enumeración trivial. La ciudad capital de las provincias pastoras existe algunas veces ella sola, sin ciudades menores, y no falta alguna en que el terreno inculto llegue hasta ligarse con las calles. El desierto las circunda a menos distancia: las cerca, las oprime; la naturaleza salvaje las reduce a unos estrechos oasis de civilización, enclavados en llano inculto, de centenares de millas cuadradas, apenas interrumpido por una que otra villa de consideración. Buenos Aires y Córdoba son las que mayor número de villas han podido echar sobre la campaña, como otros tantos focos de civilización de intereses municipales; ya esto es un hecho notable.

El hombre de la ciudad viste el traje europeo, vive de la vida civilizada, tal como la conocemos en todas partes: allí están las leyes, las ideas de progreso, los medios de instrucción, alguna organización municipal, el gobierno regular, etc. Saliendo del recinto de la ciudad, todo cambia de aspecto: el hombre de campo lleva otro traje, que llamaré americano, por ser común a todos los pueblos; sus hábitos de vida son diversos; sus necesidades, peculiares y limitadas; parecen dos sociedades distintas, dos pueblos extraños uno de otro. Aun hay más: el hombre de la campaña, lejos de aspirar a semejarse al de la ciudad, rechaza con desdén su lujo y sus modales corteses, y el vestido del ciudadano, el frac, la capa, la silla, ningún signo europeo puede presentarse impunemente en la campaña. Todo lo que hay de civilizado en la ciudad está bloqueado allí, proscripto afuera, y el que osara mostrarse con levita, por ejemplo, y montado en silla inglesa, atraería sobre sí las burlas y las agresiones brutales de los campesinos.

A aquella realidad contrapone Sarmiento otra realidad:

En las llanuras argentinas no existe la tribu nómade: el pastor posee el suelo con títulos de propiedad; está fijo en un punto que le pertenece; pero, para ocuparlo, ha sido necesario disolver la asociación y derramar las familias sobre una inmensa superficie. Imaginaos una extensión de dos mil leguas cuadradas, cubierta toda de población, pero colocadas las habitaciones a cuatro leguas de distancia, una de otras, a ocho, a veces a dos, las más cercanas. El desenvolvimiento de la propiedad mobiliaria no es imposible; los goces del lujo no son del todo incompatibles con este aislamiento: puede levantar la fortuna un soberbio edificio en el desierto; pero el estímulo falta, el ejemplo desaparece, la necesidad de manifestarse con dignidad, que se siente en las ciudades, no se hace sentir allí, en el aislamiento y la soledad. Las privaciones indispensables justifican la pereza natural, y la frugalidad en los goces trae, enseguida, todas las exterioridades de la barbarie. La sociedad ha desaparecido completamente; queda sólo la familia feudal, aislada, reconcentrada; y, no habiendo sociedad reunida, toda clase de gobierno se hace imposible: la municipalidad no existe, la policía no puede ejercerse y la justicia civil no tiene medios de alcanzar a los delincuentes.

Y agregaba más adelante refiriéndose al hombre de la campaña:

Aquí principia la vida pública, diré, del gaucho, pues que su educación está ya terminada. Es preciso ver a estos españoles, por el idioma únicamente y por las confusas nociones religiosas que conservan, para saber apreciar los caracteres indómitos y altivos, que nacen de esta lucha del hombre aislado, con la naturaleza salvaje del racional, con el bruto; es preciso ver estas caras cerradas de barba, estos semblantes graves y serios, como los de los árabes asiáticos, para juzgar del compasivo desdén que les inspira la vista del hombre sedentario de las ciudades, que puede haber leído muchos libros, pero que no sabe aterrar un toro bravio y darle muerte, que no sabrá proveerse de caballo a campo abierto, a pie y sin el auxilio de nadie; que nunca ha parado un tigre, y recibídolo con el puñal en una mano y el poncho envuelto en la otra, para meterle en la boca, mientras le traspasa el corazón y lo deja tendido a sus pies. Este hábito de triunfar de las resistencias, de mostrarse siempre superior a la naturaleza, desafiarla y vencerla, desenvuelve prodigiosamente el sentimiento de la importancia individual y de la superioridad. Los argentinos, de cualquier clase que sean, civilizados o ignorantes, tienen una lata conciencia de su valor como nación. Todos los demás pueblos americanos les echan en cara esta vanidad, y se muestran ofendidos de su presunción y arrogancia. Creo que el cargo no es del todo infundado, y no me pesa de ello. ¡Ay del pueblo que no tiene fe en sí mismo! ¡Para ese no se han hecho las grandes cosas! ¿Cuánto no habrá podido contribuir a la independencia de una parte de América, la arrogancia de estos gauchos argentinos que nada han visto bajo el sol mejor que ellos, ni el hombre sabio, ni el poderoso? El europeo es para ellos el último de todos, porque no resiste a un par de corcovos del caballo. Si el origen de esta vanidad nacional en las clases inferiores es mezquino, no son por eso menos nobles las consecuencias; como no es menos pura el agua de un río porque nazca de vertientes cenagosas e infectas. Es implacable el odio que les inspiran los hombres cultos, e invencible su disgusto por sus vestidos, usos y maneras. De esa pasta está amasados los soldados argentinos, y es fácil imaginarse lo que los hábitos de este género pueden dar en valor y sufrimiento para la guerra. Añádase que, desde la infancia, están habituados a matar reses, y que este acto de crueldad necesaria los familiariza con el derramamiento de sangre, y endurece su corazón, contra los gemidos de las víctimas.

La vida del campo, pues, ha desenvuelto en el gaucho las facultades físicas, sin ninguna de la inteligencia. Su carácter moral se resiente de su hábito de triunfar de los obstáculos y del de la naturaleza: es fuerte, altivo, enérgico. Sin ninguna instrucción, sin necesitarla tampoco, sin medios de subsistencia, como sin necesidades, es feliz en medio de su pobreza y de sus privaciones, que no son tales, para el que nunca conoció mayores goces, ni extendió más alto sus deseos. De manera que si esta disolución de la sociedad radica hondamente la barbarie, por la imposibilidad y la inutilidad de la educación moral e intelectual, no deja, por otra parte, de tener sus atractivos. El gaucho no trabaja; el alimento y el vestido lo encuentra preparado en su casa; uno y otro se lo proporcionan sus ganados si es propietario; la casa del patrón o pariente, si nada posee. Las atracciones que el ganado exige, se reducen a correrías y partidas de placer. La hierra, que es como la vendimia de los agricultores, es una fiesta cuya llegada se recibe con transportes de júbilo: allí es el punto de reunión de todos los hombres de veinte leguas a la redonda; allí la ostentación de la increíble destreza en el lazo. El gaucho llega a la hierra al paso lento y mesurado de su mejor parejero, que detiene a distancia apartada; y para gozar mejor del espectáculo, cruza la pierna sobre el pescuezo del caballo, desenrolla su lazo y lo arroja sobre un toro que pasa, con la velocidad del rayo, a cuarenta pasos de distancia: lo ha cogido de una uña, que era lo que se proponía, y vuelve tranquilo a enrollar su cuerda.

Tal era el balance que hacía Sarmiento en 1845, refiriéndose a la Argentina, de las dos realidades y de las dos ideologías; pero su análisis valía, con pequeños matices, para muchos otros países latinoamericanos. No sólo caracterizó alas ideologías, sino que contribuyó vigorosamente a definirlas como tendencias potenciales, como ideologías proyectivas. Se transformó en el arquetipo de quienes se adhirieron a la que él proclamó como la mejor; y quienes siguieron sus ideas reforzaron los contenidos y los valores de la ideología urbana consumando su formulación y transformándola en ambiciosos proyectos nacionales. Con o sin formulaciones tan explícitas, la ideología urbana ganó terreno en casi todos los países latinoamericanos cuando se acallaron las guerras civiles y se comenzaron a buscar las fórmulas políticas y sociales para encauzar las formas de convivencia dentro de un sistema institucional.

Pero no fue una victoria absoluta ni definitiva. Cuando triunfó y comenzó a traducirse en políticas civilizadoras de acuerdo con los modelos europeos —y poco a poco norteamericanos—, el intento de reducir la vida nacional a los términos de la ideología urbana, con olvido o desprecio de la ideología rural, suscitó cierto despertar de esta otra. Se manifestó sobre todo en la literatura, con caracteres que oscilaban entre la idealización y la protesta quizá como resabio de las influencias románticas. El colombiano Jorge Isaacs publicó María en 1867, y ofreció en ella una imagen idílica de la hacienda colombiana, en las que resaltaba la virtud del esclavo y el generoso paternalismo del amo, todo dentro de un marco de dulce paz rural. Poco más tarde el argentino José Hernández hacía oír, en cambio, su tremendo clamor en defensa de las clases populares rurales atropelladas por lo que se llamaba la civilización, en su poema Martín Fierro. Florecía la literatura indianista en el Brasil, siguiendo los pasos de Antonio Gonçalves Dias, y se evocaba al gaucho en la obra de José de Alençar. Se restauraba la figura del jíbaro en Puerto Rico, la del charro en México, la del negro en Cuba, la del llanero en Venezuela, la del concho en Costa Rica.

Sin duda la ideología urbana resistió a estos embates literarios, que lograron, sin embargo, empezar a formar conciencia de ciertos problemas nacionales que pronto adquirirían contornos más definidos. De pronto se advirtió que tanto el tema de la vida rural como el de la ideología rural cambiaban de aspecto. Abandonaban los caracteres de la evocación para transformarse en cuestiones de candente polémica. La literatura volvió al tema con otras intenciones; pero empezó a ocuparse también de él ensayo sociológico.

El impacto de la civilización industrial había renovado, ciertamente, no sólo la condición de la vida rural en Latinoamérica sino también las opiniones sobre ella y los criterios para juzgarla. Sólo ocasionalmente podía conservarse una imagen idílica y plácida de la vida rural: fue en las zonas ganaderas, sobre todo, y en contadas regiones agrícolas donde subsistió, porque subsistían las condiciones tradicionales: el paternalismo y el trabajo lúdico. Así pudo evocarse casi nostálgicamente, la vida gauchesca en las novelas de los argentinos Eduardo Gutiérrez, y luego, en las más estilizadas de Benito Lynch, Ricardo Güiraldes o Enrique Larreta; en las del uruguayo Carlos Reyles, y en cierto modo en las de los chilenos Mariano Latorre y Luis Durán o en las del venezolano Rómulo Gallegos. Pero la vida rural tomaba muy distinto carácter en las plantaciones, sobre todo cuando se incorporaban al sistema internacional de producción. Aun sin eso, el sentimiento de la explotación de que eran víctimas los indígenas tiñó de colores sangrientos la imagen de la vida rural y, en consecuencia, la nueva ideología rural empezó a adquirir caracteres reivindicativos y en cierto sentido revolucionarios. Ave sin nido de la peruana Clorinda Matto de Turner indicaba ese cambio, en el que se encauzaría la obra del ecuatoriano Jorge Icaza, del peruano Ciro Alegría, del colombiano José Eustasio Rivera, del mexicano Mariano Azuela, del poeta boliviano Franz Tamayo.

Pero la literatura apeló, sobre todo, a las resonancias sentimentales. El ensayo sociológico, en cambio, recogió el tema para analizarlo con intención científica y contribuyó por eso a delinear las ideologías. No es una casualidad que en los primeros años del siglo XX dos ensayistas utilizaran el mismo adjetivo para calificar el tema de su estudio: el venezolano César Zumeta tituló su ensayo El continente enfermo y el boliviano Alcides Arguedas llamó al suyo Pueblo enfermo. Sobre el mismo tema escribieron por entonces el argentino Carlos Octavio Bunge en Nuestra América, y lo trataron de modo más o menos tangencial el venezolano Laureano Vallenilla Lanz en Cesarismo democrático y Críticas de sinceridad y exactitud, el peruano Francisco García Calderón en Les democraties latines de l’Amerique, el colombiano Carlos Alberto Torres en Idola Fori y el propio José Enrique Rodó, uruguayo, en más de uno de sus ensayos, comenzando por Ariel. ¿Cuál era el tema, a veces subyacente? El gran tema de la reflexión sociológica de fines del siglo XIX y principios del XX fue el del porvenir de los países latinoamericanos, irrevocablemente adscritos al mundo industrial y sometidos a su influencia, teniendo en cuenta sobre todo la peculiaridad de las sociedades latinoamericanas, heterogéneas y poco compactas y los caracteres que invisten al poder político. Blancos, indios, negros, mestizos y mulatos parecieron de pronto no solamente grupos étnicos sino también grupos sociales, susceptibles de encuadrarse en el sistema de clases vigente en el mundo capitalista. ¿A todos les interesaba de la misma manera el destino de su país? Cada sector revelaba al observador con preocupaciones sociológicas sus propias actitudes, sus propios proyectos, sus antagonismos irreductibles. Las opiniones se dividieron entre los que creyeron que había que constreñir a las sociedades latinoamericanas dentro de los cuadros impuestos por el mundo industrial y capitalista y los que creyeron que había que liberarlas de esas constricciones y dejarlas que se expresaran espontáneamente según sus tendencias vernáculas. Para unos eran irrecuperables las poblaciones indígenas por su incapacidad para adaptarse a las nuevas formas de producción. Para otros eran execrables las viejas oligarquías blancas que habían sometido y degradado a las poblaciones autóctonas. Era un planteo que se orientaba aceleradamente hacia la política. Pero, en el fondo, ese planteo reactualizaba la secular polémica entre la ideología rural y la ideología urbana, traduciéndola a términos adecuados a la nueva situación del mundo.

Puso la cuestión sobre el tapete la revolución mexicana de 1910. Pancho Villa y Emiliano Zapata opusieron las exigentes voces del campo a la de las clases medias urbanas que se movían preocupadas por la constante reelección de Porfirio Díaz y que aspiraban solamente a una renovación política. Pero aquéllos querían otra cosa. Defendían, con vigoroso acento popular y cada uno a su modo, una ideología rural saturada de resentimientos de clase que eran también resentimientos de casta y de raza. El tema quedó a la vista en la obra de José Vasconcelos, en La raza cósmica y en la Indología; y nutrió la pintura ideológica de los muralistas Diego Rivera y Clemente Orozco. Pero la revolución optó finalmente por la ideología urbana y se interesó más por el petróleo que por la tierra. En Perú puso la cuestión sobre el tapete José Carlos Mariátegui y le proporcionó forma política Víctor Raúl Haya de la Torre al fundar el APRA: un partido siempre derrotado en Lima y siempre vigoroso en los ambientes campesinos constituidos por indígenas y mestizos. Nuevos ideólogos y nuevos políticos aparecían por todas partes, con mayor o menor trascendencia, tomando posición entre las nuevas opciones que planteaban las viejas ideologías.

Esas opciones cristalizaron en nuevas formulaciones. La ideología rural amalgamó sus dos variantes —señorial y popular—, en una proyección del criollismo que adoptó las formas de una nacionalismo radical e intransigente. Nacionalistas se llamaron los que se opusieron al liberalismo cosmopolita que predominaba en las ciudades y, a partir de allí, más que como una ideología específicamente rural, el nacionalismo se manifestó, simplemente, como una ideología antiurbana en cuanto las ciudades parecían centros abiertos a todas las influencias y disociadoras del sentimiento nacional. Les fue necesario a los nacionalistas definir con alguna precisión en qué consistía su nacionalismo.

Quizá la característica más explícita y más completa apareció en Bolivia. Estaba en el pensamiento de Franz Tamayo, pero quedó expresada oficialmente en el programa del Movimiento Nacionalista Revolucionario: “Afirmamos —decía— nuestra fe en el poder de la raza indomestiza”. Y agregaba más adelante: “Exigimos el estudio sobre bases científicas del problema agrario indígena con vistas a incorporar a la vida nacional a los millones de campesinos marginados de ella, y a lograr una organización adecuada de la economía agrícola para obtener el máximo rendimiento”. Pero aquella fe en la raza indomestiza aparecía aclarada en las palabras de Jaime Mendoza y de Roberto Prudencio, ambos integrantes del grupo nacionalista que publicábala revista Kollasuyo. “Cuando se habla del indio —escribía el primero— implícitamente se alude a la tierra. ” Y declaraba el segundo: “La cultura no es sino expresión de lo telúrico”.

Para Franz Tamayo, el indio era el depositario del alma nacional. Pero el nacionalismo boliviano era, al mismo tiempo, profundamente católico e hispanizante. Afirmaba el valor eminente de la tradición colonial, anterior y superior a las corrientes ideológicas que triunfaron con la independencia, y aspiraba a un retorno a sus fuentes hispánicas que parecía equivaler, en el pensamiento de Roberto Prudencio, a un retorno a la tradición medieval y católica.

Esta combinación de lo indígena y lo vernáculo español con la tierra apareció también en el movimiento que se desarrolló en México, siguiendo, en cierto modo, la línea de pensamiento de José Vasconcelos, y que inspiraron, además del filósofo español José Gaos, los mexicanos Samuel Ramos y Leopoldo Zea. El movimiento se expresó a través de la colección de pequeños volúmenes que dirigió este último y que tuvo por título común “México y los mexicanos”, en la que, entre otros, publicó Emilio Uranga su Análisis del ser mexicano.

La relación del nacionalismo con lo que se llama el “ser nacional” es estrecha, como se advierte en la obra del argentino Juan José Hernández Arregui, uno de cuyos libros tituló, precisamente ¿Qué es el ser nacional? En las respuestas que se dieron a esa pregunta en diversos países se advirtió una fuerte tendencia a imaginar una esencia nacional profunda y genuina —la “peruanidad”, la “argentinidad” etcétera, a la manera del Volksgeist de los románticos—, susceptible, ciertamente, de contaminarse o encubrirse con influencias extrañas a ella, pero capaz, al mismo tiempo, de conservar su pureza como para que pudiera ser reconquistada si era posible sacudir el peso de las influencias perturbadoras. Constituían esa esencia lo hispánico y lo católico, pero también lo indígena y lo telúrico. Estos últimos componentes identifican a esa ideología como acentuadamente antiurbana y revelan su conexión con la ideología rural.

Quizá sea esta conexión la que haya dificultado el ajuste entre las ideologías nacionalistas y las de los movimientos populistas, cuyas relaciones parecen evidentes. Nacidas al calor de los procesos sociales que se desencadenaron en Latinoamérica, fundamentalmente con motivo del desarrollo de la urbanización, la apelación del populismo a un criollismo de inequívoca raíz rural debía suscitar contradicciones casi insolubles. La ideología urbana probó su poderoso atractivo y triunfó en los hechos, invalidando a la ideología rural aunque se proclamara la vigencia de alguno de los valores que contenía. Como antes del mundo mercantil, triunfaba ahora el mundo industrial y sus tendencias lograban imponerse con fuerza irresistible.

Quizá puedan explicarse los procesos de la sociedad latinoamericana de diversas maneras. Pero si se atiende a la significación de las ideas, especialmente cuando se convierten en ideologías, esta dialéctica entre una ideología urbana y otra rural expresa con bastante fidelidad ciertas tendencias sostenidas en la vida social y cultural: es como un espejo donde se reflejan las tensiones entre campo y ciudad, dos áreas donde el asentamiento humano ha sido muy diferente en Latinoamérica y donde han surgido dos formas de vida y de mentalidad que pueden extrapolarse en dos ideologías en perpetuo conflicto.

La estructura originaria de la ciudad latinoamericana: grupos sociales y funciones. 1972

La gran mayoría de las ciudades hispanoamericanas se ajustan a uno de los modelos de la ciudad europea medieval: el que corresponde a la ciudad fundada. Con escasas excepciones fueron todas ellas el resultado de un designio consciente, elaborado en su conjunto y en sus detalles y, finalmente, realizado. Esta circunstancia no sólo caracteriza las estructuras urbanas y la estructura socioeconómica y sociocultural de toda el área, sino que, además, configura los rasgos del proceso de desarrollo de las ciudades.

Desde el punto de vista de las estructuras urbanas, la “invención” de la ciudad, su formación jurídica y su implantación física suponían la determinación precisa de quiénes eran los miembros del grupo civil y del grupo político que, desde ese momento, la constituían. También significaba la determinación exacta de las propiedades urbanas y suburbanas —solares, chacras y estancias— que aquellos poseían. Tales actos presuponían una vigorosa institucionalización de la situación socioeconómica, anterior, por cierto, a todo proceso espontáneo. La ubicación originaria estaba, pues, preestablecida y fijada teóricamente. Fue, en consecuencia, a partir de una estructura socioeconómica y de una condición dada, desde donde comenzó a desarrollarse un proceso espontáneo que, naturalmente, consistió en la lenta modificación de tales estructuras y situaciones.

Signo claro de esta particular dinámica fue el cambio de sitio de muchas ciudades. En realidad, la fundación fue casi siempre improvisada, hecha sobre la base de una rápida apreciación de ciertas ventajas inmediatas del lugar, pero sin que existiera la experiencia suficiente como para prever inconvenientes diversos que luego se presentarían. Quizá estuvo siempre en la mente de los fundadores la idea de que el asentamiento no tenía por qué ser definitivo. Lo evidente es que, en muchas ciudades, el primer síntoma de adecuación y corrección de los establecimientos fue el cambio de sitio. Algunas ciudades, como Veracruz, fueron mudadas dos veces. Pero en otros casos la incertidumbre fue más prolongada. El caso más extraordinario es el poblamiento en el valle de Catamarca (Argentina), y los sucesivos traslados de la ciudad que recibió el nombre de Londres, fundada por primera vez en 1558, cuatro años después del matrimonio de Felipe II con María Tudor. La ciudad cambió tantas veces de sitio que el cronista Pedro Lozano la caracterizó, a principios del siglo XVIII, como “la casi portátil ciudad de Londres, que no acaba de arraigarse en lugar alguno”. La misma frase había usado el padre Lozano para referirse a Concepción del Bermejo, erigida por Alonso de Vera en 1585, y con respecto a la cual, el fundador escribía tres meses después que había recibido poder de las mismas autoridades que él acababa de instaurar “para que pudiera mudar esta ciudad en la parte más cómoda”.

Muchas otras ciudades cambiaron de sitio. Algunas veces, como en el caso de Santo Domingo o de Santiago de Guatemala, porque la primera ciudad había sido destruida y, al reconstruirla, pareció preferible elegir un sitio diferente. Otras, porque con el tiempo se comprobó que el sitio elegido originalmente era malsano y se buscó uno mejor. Así ocurrió con San Juan de Puerto Rico y con Quito. Pero intervinieron muchas causas, a veces combinadas. La Victoria, Mariquita, Huamanga, Arequipa, Santiago del Estero, Tucumán, Mendoza y Buenos Aires volvieron a establecerse, en lugar distinto del que primero había parecido aceptable. Algunas veces fue opinión de muchos que había que mudarla, sin que se lograra consentimiento suficiente. Así pasó con Nuestra Señora de la Paz (Bolivia), según Cieza de León. Y el mismo cronista refiriéndose a Panamá opina, por su cuenta, que hubiera debido cambiarse, y que solamente la indiferencia de sus pobladores —que se consideraban de paso en la ciudad— la mantenía en el mismo sitio.

Si el cambio de sitio fue una respuesta a una situación antes desconocida, también lo fue la despoblación y desaparición de la ciudad. Casos muy típicos son los de Esteco y de Concepción del Bermejo. Pero el número de casos semejantes es tan grande que López de Velasco, en su Geografía y Descripción universal de 1574, suele agregar en alguno de sus capítulos un parágrafo especial que titula precisamente “Pueblos despoblados”. Si se analizan las explicaciones de López de Velasco, se advierte que fueron muy diversas y encontradas las causas que motivaron el despoblamiento. Unas veces fue el descubrimiento de que eran intolerables las condiciones de clima y de salubridad, como fue el caso de muchos de los primeros asentamientos en el trópico, cuyos caracteres ignoraban los españoles; otras fue la imposibilidad de defenderse de los ataques de los indios, como en Guayaquil o en las ciudades del Arauco; otras por la acción de corsarios, como Burburata, en la gobernación de Venezuela; otras, en fin, por conflictos jurisdiccionales, como hubo de suceder en muchas ciudades, como Buenaventura en la gobernación de Popayán, y sucedió en algunas, como en Los Ángeles en la gobernación de Tunja. Pero quizá en todos los casos la despoblación encerraba siempre, además de las motivaciones inmediatas, otras menos claras y en el fondo de mayor peso. La ciudad que no se quiso repoblar o defender estaba, sin duda, en una situación insostenible. Caso típico fue el de Buenos Aires en 1541, cuando Domingo Martínez de Irala, gobernador de Asunción, ordenó su despoblación. El sitio de Buenos Aires era excelente y, como dice López de Velasco, “la tierra y comarca de la buena y mejor de aquellas regiones, donde todo se da tan bien como en España”. Pero la fundación de 1536, realizada por Pedro de Mendoza, fracasó porque los españoles no encontraron lo que iban a buscar, ni estaban dispuestos a hacer lo que hubiera sido necesario para sostener la ciudad y prosperar. La llegada de un grupo de pobladores genoveses en 1538, encabezados por León Pancardo, no sólo no mejoró la situación sino que la agravó, puesto que acrecentó las necesidades sin que nadie —ni los conquistadores españoles ni los mercaderes genoveses— supieran qué hacer para satisfacerlas. El relato de Ruy Díaz de Guzmán es transparente:

[…] Irala [en Asunción] consultó luego con ellos [sus capitanes] lo que se debía hacer para la conservación de los españoles que habían quedado en el puerto de Buenos Aires, y en acuerdo fue decretado deliberadamente que, atento a la imposibilidad de poderse sustentar aquel puerto, entonces se desamparase y se recogiese la gente de un cuerpo, donde juntos pudiesen hacer efectos convenientes al bien común de la Provincia y Real Servicio.

Buenos Aires fue, pues, despoblada para intentar reforzar la ciudad de Asunción, porque, considerando la actitud de los habitantes españoles en relación con las posibilidades ofrecidas por la región, las perspectivas eran negativas. Este caso es significativo. Propuesto el asentamiento según un plano ajeno a toda experiencia, las actitudes de los pobladores y las posibilidades de la región, tanto desde el punto de vista de los recursos naturales como del de las relaciones con las poblaciones aborígenes, comenzaron a producir ciertas variaciones en el proyecto propuesto. Si las situaciones resultantes de esas variaciones conservaban un mínimo incentivo, la ciudad perduraría; pero si no podían ofrecer nada, la despoblación fue la respuesta al proyecto inicial, condenado por utópico.

El proceso de lenta modificación de la estructura originaria de la ciudad se advierte también a través de los cambios que se operan en sus funciones; y no sólo en el cambio de unas funciones a otras o en el agregado de unas funciones a otras, sino también en la manera de cumplirlas, y en la renovación que se suscita en las relaciones entre los grupos sociales adscritos a ellos.

La magnitud de la aventura y, sobre todo, la desproporción entre los recursos humanos con que contaban los españoles y la magnitud de lo que se ofrecía ante sus ojos para dominar y poseer, obligó a los conquistadores a una táctica elástica en la que se sucedían los momentos de audaz expansión territorial y los momentos de retracción y reordenación de las fuerzas. Estos últimos momentos requerían un ámbito urbano, y por eso la ciudad hispanoamericana tuvo siempre una función militar en su origen. Pero los conquistadores no podían saber cuál era el alcance exacto del peligro ni los caracteres de la respuesta militar que podían esperar. La ciudad tuvo, en consecuencia, un tipo de fortificación primaria —según los recursos materiales que ofrecía la tierra—, y un modelo de organización militar que condicionó en cierta medida la estructura urbana. Los “vecinos” no sólo fueron en su origen miembros de la comunidad civil y de la comunidad política, sino también de la comunidad militar. No hubo un ejército al lado de la población civil, sino un solo cuerpo, lo cual significaba, inversamente, que se entremezclaban los poderes civiles y militares, pese a la organización de la ciudad bajo el gobierno de un cabildo. Mientras más peligro había, más militarizada era la sociedad.

Este peligro fue muy heterogéneo, y por eso fueron diversas también las consecuencias de la organización sobre la estructura social urbana. En principio, el riesgo fundamental fue el de los indios. Pero no todos los grupos indígenas tuvieron el mismo grado de peligrosidad. Al cabo de unos pocos años, los españoles pudieron establecer con claridad el grado de belicosidad de las tribus circundantes, el número de sus miembros y las posibilidades de ataques. Las ciudades que se habían situado en zonas de escasa población indígena o entre indios pacíficos que se tornaron amigos, perdieron rápidamente su carácter militar. Tal fue el caso de Asunción. En México o en Perú la situación fue prácticamente la misma una vez sobrepasada la etapa militar, pues la población indígena había sido muy bien conocida durante la guerra, sometida y controlada. De ese modo tanto Lima como México —e igualmente muchas ciudades de ambas regiones— pudieron declinar su organización militar y constituirse civilmente sin interferencia de otro tipo de relaciones. El caso opuesto fue el de las ciudades chilenas al sur del Bío Bío —Concepción, Villa Rica, Valdivia, Osorno— que debieron organizarse permanentemente en pie de guerra, porque los araucanos no habían sido sometidos sino obligados a replegarse y eran tribus particularmente belicosas. Pero en otras ciudades hubo otros conflictos: los piratas y corsarios, que amenazaron los puertos donde podía conservarse la riqueza. En estas ciudades amenazadas por europeos la situación fue distinta. Era necesaria una defensa a la europea. Las fortificaciones debieron ser más sólidas, y la guarnición militar —constituida por soldados profesionales— fue un grupo disciplinado que se agregó a la población urbana como un sector bien definido y no muy integrado.

Los singulares caracteres de la conquista durante su primera etapa, a lo largo del siglo XVI, permitieron a los españoles acariciar la ilusión de construir una sociedad estratificada en la que ellos —muchas veces gente de origen muy modesto— constituyeron una aristocracia militar y política, superpuesta a las clases laboriosas; los miembros de estas clases trabajadoras serían los indios y los negros, y luego los mestizos y los zambos, y ocasionalmente algún español o criollo venido a menos por un azar individual. Esa ilusión no era, en última instancia, sino el resultado de trasladar idealmente a América la ciudad española, situándose en ella los conquistadores españoles como estaban en España los hidalgos, aunque ellos no lo fueran. Signo de esta decisión fue el desprecio total por el trabajo manual, la preferencia por el ejercicio de las armas, la certidumbre de que la riqueza les era debida, y otros rasgos que caracterizaron a los conquistadores y que se proyectaban sobre la ciudad hispanoamericana dándole un carácter —o acaso una apariencia— de ciudad hidalga.

Refiriéndose a la actitud de los españoles, dice fray Jerónimo de Mendieta en su Historia eclesiástica Indiana: “Como los españoles de aquel tiempo se veían señores de una tan extendida tierra, poblada de gente innumerable, y toda ella sujeta y obediente a lo que les quisiesen mandar, vivían a rienda suelta, cada uno como quería y se le antojaba, ejercitándose en todo género de vicios”. La Descripción del virreinato del Perú, de 1625 aproximadamente, detalla más cuidadosamente aún la actitud de los españoles que se sentían miembros de una clase superior y procuraban legitimar la situación:

“La propiedad desta gente de Lima y Reino del Perú es preciarse mucho de no dar su brazo a torcer a nadie, aunque sea más rico y poderoso que ellos. Son soberbios, jactanciosos y précianse de que descienden de grande nobleza y que son hidalgos de solar conocido.

Es tanta su locura, que el que en España fue pobre oficial, en pasando del polo ártico al antártico luego le crecen los pensamientos y le parece que merece por su linaje juntarse con los mejores de la tierra. Y por esta razón y locura que en sí conciben dan muchos en perdidos, sin quererse sujetar al trabajo.

Otros que les dice mejor la suerte vienen a alcanzar casamientos con que se hacen ricos. Y en viéndose con bienes de fortuna les crecen mayores pensamientos y se toman títulos de caballeros. Que yo bien conocí algunos que están en esta opinión, y por émulos enemigos que tuvieron y por las ocasiones que dieron, los hicieron caer de su estado y se les descubrió ser en gente humilde y de poco valor. Y causa de estas cosas es que no quieren conocer, y así no faltan otros envidiosos de sus bienes y honras que los hacen caer por la menor ocasión que les dan.”

Esta situación fue, finalmente, aceptada como un hecho, y la corona buscó una manera de satisfacer la inquietud de los enemigos de España y conquistadores de América. Una ordenanza de Felipe II incorporada a la Recopilación de Leyes de Indias (IV, 6,6) resolvía el problema de modo categórico e inesperado:

“Por honrar las personas, hijos y descendientes legítimos de los que se obligaron a hacer población y le hubieren acordado y cumplido su asiento, les hacemos hijosdalgos de solar conocido, para que en aquella población, y otras cualquiera partes de las Indias, sean hijosdalgos y personas nobles de linaje y solar conocido, y por tales habidos y tenidos, y les concedemos todas las honras y preeminencias que deben haber y gozar todos los hijosdalgos y caballeros de estos reinos de Castilla, según fueros, leyes y costumbres de España.”

No obstante, la sociedad misma, así constituida, impulsaba a los grupos que no lograban la riqueza a buscarla de un modo semejante a aquel por el cual antes la habían alcanzado otros grupos. La Descripción citada es muy explícita en esto:

“A otra suerte de gente de menor cuantía y que no puede usar tan bien ni con tanta libertad el arte de la adulación ni tienen caudal para andar en vagabundos de unas tierras a otras, y también porque se inclinan más al trabajo y al ejercicio de las armas y a comer a cuenta del rey, estos tales se meten soldados, porque todos los años se hace en Lima gente para el Reino de Chile. Y los llevan debajo de sus banderas a pelear con los araucanos. Y les dan en Lima doscientos pesos, con que se visten. Con esto limpian la tierra y envían gente contra los indomables araucanos. Y pocos de estos soldados vuelven al Perú.”

Era, pues, una actitud semejante a la que movió al tesorero Montalvo a aconsejar la fundación de pueblos con los “mancebos” o “hijos de la tierra de Asunción”.

Sin embargo, en un corto plazo la función militar de la ciudad debió declinar. Fuera de las regiones donde los indios vecinos se mantuvieron hostiles durante largo tiempo y de los puertos amenazados por los contrabandistas, corsarios y piratas, la actividad militar dejó de ser fundamental. En cambio la actividad económica de la ciudad, y en especial la actividad cultural, comenzó a acrecentarse. Bien administrada, la encomienda permitía el rápido enriquecimiento de ciertos grupos. Acaso más rápidamente lo alcanzaban también los que obtenían la concesión de una rica veta minera. Pero fue el comercio la actividad que creó el núcleo más sólido y duradero de ricos. Refiriéndose a los comerciantes de Potosí, dice la Descripción de 1625 ya citada: “Es grande el trato que (Potosí) tiene de mercaderes y grandes y ricas tiendas con toda suerte de mercaderías: tiene grandes correspondencia en Lima, en México y en Sevilla, y echa muchos hombres muy riquísimos a vivir en España”.

Este proceso de enriquecimiento creaba una gran movilidad social. En algunos casos la acentuaba esta emigración de América a España, que dejaba abierta la vía para sucesores y competidores. Pero mucho más la acentuaban otros fenómenos de competencia. Uno era la llegada ininterrumpida de nuevos españoles y otro la aparición de proles numerosas que, organizadas dentro del sistema de mayorazgo, arrojaba a la lucha económica a buena cantidad de segundones.

Los segundones, y en general los hijos de españoles, fueron una preocupación social para quienes vigilaban el agitado proceso socioeconómico que se manifestaba en el ámbito colonial. La real cédula de Felipe II de 1545, recogida en la Recopilación de Leyes de Indias (IV, 7, 18), disponía que se prefiriera a los descendientes de conquistadores “que no tengan solares ni tierras de pasto” para otorgarles tierras en las nuevas colonias. El solo hecho de que existieran esas situaciones y la corona considerara necesario remediarlas da idea de la magnitud del problema. Al fundar la ciudad, en efecto, se había creído resolver el dilema al fijar propiedades a los fundadores. Pero una generación después la situación se había complicado tanto, que se produjeron crisis de terrible tensión. La Descripción de 1625 caracteriza a ese grupo social muy bien:

“Y también hay pobres soberbios que ya no se pueden morder, ladrar, y siempre andan con la cabeza baja mirando donde pueden hacer presa, ni se quieren sujetar ni hay razón con ellos. A esta gente tal llaman soldados no porque lo sean, sino porque son bien andantes de unos lugares para otros, siempre con los naipes en las manos, por no perder ocasión de jugar con cuantos topan, y por si acaso topan con algún novicio o chapetón que no está diestro y bien disciplinado en su malicia, o que no alcance su malicia, con naipes falsos le dan mates y les quitan el dinero y la hacienda, y tal vez los dejan a pie, porque les ganan hasta las cabalgaduras. Son grandísimos fulleros, que su cuidado no es otro más que entender en el arte de engañar. Esta gente es mucha la que anda por el Perú.”

Esta situación, producida en el seno de los grupos hispánicos, se explica a partir de la transformación de las funciones urbanas. El gobierno español creía resolver el problema del primer grupo fundador con la asignación de tierras y, sobre todo, de mano de obra indígena gratuita a los españoles para que la usaran en su provecho y en la labor que quisieren. Pero la ciudad, fuera de las actividades militares y administrativas, originaba por sí una nueva tarea: la comercial; y esta, desarrollada según las posibilidades y características locales, se integraba dentro del ámbito de la vigorosa economía mercantil —y mercantilista— de la Europa metropolitana. A causa de esta integración, dentro de los esquemas y límites del sistema monopolístico, se fomentó una actividad comercial muy vigorosa que trató de sortear esas limitaciones y estimuló una fuerte competencia. Muy pronto, al margen de la riqueza en tierras y en mano de obra indígena, se extendió una riqueza en dinero que operó sobre la estructura económica preestablecida por los actos jurídicos y económicos de los fundadores. Si, según el sistema originario, no debía haber españoles pobres, los hubo al cabo de muy poco tiempo; y las diferencias económicas se complicaron con distintas situaciones sociales surgidas en el seno del grupo español, a las que se agregaron más tarde las que propició la aparición y el rápido incremento del grupo mestizo.

Las medidas de gobierno modificaron el ordenamiento económico de algunas ciudades. Así, la autorización concedida en 1526 a los comerciantes del vasto territorio de los Habsburgo para operar en América creó un determinado sistema, que se reformó sustancialmente en época de Felipe II y alteró las posibilidades de algunas ciudades. El régimen de flotas y galeones, vigente desde 1564, modificó el cuadro de las posibilidades comerciales. Las autorizaciones especiales para comerciar en cierto sentido, como la que se dio a Buenos Aires en 1602, renovada en 1608 y 1614, promovían un específico desarrollo; pero otra disposición, como la creación de la aduana seca de Córdoba en 1623, podía modificarla. Pero al lado de todo ese aparato y por entre sus rendijas, las necesidades buscaban su satisfacción por vías ilegales, a través del contrabando. Es sabido que Buenos Aires fue un centro de contrabando desde no mucho después de su fundación. También lo fueron La Habana, San Juan de Puerto Rico, Santo Domingo, Cartagena, Portobelo, ciudades hacia las cuales se orientaba el contrabando que operaba desde Barbados, San Cristóbal, Martinica, Tobago, Jamaica o Curasao.

Tanto el tráfico dirigido mediante medidas oficiales como el tráfico ilegal suscitaban la creación de grupos limitados, con intereses comunes muy concretos y que alcanzaban una gran riqueza, desproporcionada sin duda con respecto a las posibilidades de quienes no ejercían ninguna de esas dos actividades. También tenían posibilidades diferentes los grupos mercantiles de las ciudades no autorizadas normalmente para el comercio con España o el extranjero y los de los puertos dedicados a ese tráfico, especialmente los grandes, como Veracruz, Portobelo, Cartagena y La Habana, pero aun también los menores como El Callao, Panamá o Buenaventura. En principio, la explotación de las grandes posibilidades que abría el tráfico monopolista fue aprovechada directa o indirectamente por quienes tenían capital o influencia. El rico encomendero podía reinvertir parte de sus ganancias en esta clase de operaciones, y por eso el ignorado cronista de la Descripción ya citada dice, luego de haber descrito cómo se hacía el comercio en Lima: “Con esto se puede entender lo que son los mercaderes de Lima, y venden del virrey al arzobispo. Todos tratan y son mercaderes, aunque por mano ajena y disimuladamente”.

Independientemente del grado de desarrollo que la ciudad alcanzara, tanto desde el punto de vista militar como del económico, su inexcusable papel de centro administrativo y, a veces, político determinó la aparición de concretas formas de vida y el desarrollo de ciertos grupos sociales. Como centro administrativo y político, las grandes ciudades fueron al mismo tiempo sede del poder civil y del poder eclesiástico; este último fue muy vigoroso y, en ocasiones, más que el primero, sobre todo cuando el funcionario civil —virrey, gobernador o capitán general— estaba personalmente bajo la influencia de algunas de las órdenes religiosas más influyentes, como ocurrió con el conde de Lemos en Lima o Pedro de Cevallos en Buenos Aires.

Los grupos sociales vinculados a la administración no aparecieron en el primer momento, puesto que por entonces las tareas públicas correspondieron a los fundadores como una pequeña carga inherente a los privilegios que se les concedían. El acta de fundación de la ciudad señala la necesidad de asignar actividades públicas a los nuevos pobladores, y de esa asignación resulta una identificación entre la función de poblador propiamente dicha y la de soldado por una parte, y la de funcionario o magistrado por otra. Así lo dice expresamente la de Buenos Aires:

“digo que, en cumplimiento de lo capitulado y asentado con su Magestad [s/c] por el dicho señor Adelantado Juan Ortiz de Zárate, y en lugar de dicho señor, licenciado Juan de Torres de Vera y Aragón, Adelantado, su sucesor y en nombre de la Magestad Real del Rey Don Felipe nuestro señor, hoy sábado día de nuestro señor San Bernabé once días del mes de junio del año del nacimiento de nuestro redentor Jesucristo, de mil y quinientos y ochenta años, estando en este puerto de Santa María de Buenos Aires, que es en la provincia del Río de la Plata, intitulado nuevamente la Nueva Vizcaya, hago y fundo en el dicho asiento y puerto una ciudad, la cual pueblo con los soldados y gente que al presente tengo y he traído para ello, la iglesia de la cual pongo su advocación de la Santísima Trinidad, de la cual sea y ha de ser iglesia mayor parroquial contenida y señalada en la plaza que tengo hecha de la dicha ciudad; y la dicha ciudad mando que se intitule la ciudad de la Trinidad, y porque conforme a derecho, en las tales ciudades a allende de los gobernadores y justicias mayores, ha de haber alcaldes ordinarios para que hagan y administren justicia, y regidores para el gobierno y otros oficiales y en nueva población a mí como justicia mayor me compete el derecho de elegirlos, de establecer y nombrar y señalar y dar principio de su año, y señalar el remate y día en que han de vacar y de ser otros elegidos; por tanto, acatando las calidades, habilidad y cristiandad de vos, Rodrigo Ortiz de Zárate y don Gonzalo Martel de Guzmán conquistadores y pobladores de esta ciudad de puerto y provincia, vos señalo y nombro por tales alcaldes ordinarios; y así mismo, a vos Pedro de Quirós, y Diego de Lavarrieta y Antonio Bermúdez y Luis Gaitán y Rodrigo de Ibarrola y Alonso Escobar, por regidores de esta dicha ciudad a los cuales, y a cada uno de ellos, doy entero poder cumplido en lugar del dicho señor Adelantado. En nombre de su Real Magestad para que usen sus oficios conforme a las leyes y pragmáticas de Su Magestad y los dichos alcaldes hagan justicia así de oficio como de pedimento de partes, según y como y tan copiosamente lo hacen y usan y ejercen los dichos oficios en las otras ciudades, villas y lugares de los Reinos y Señoríos de Su Magestad, y le sean a los unos y los otros guardadas las gracias, y honras, o franquicias, y libertades y excepciones, que a los tales oficios tienen les suelen ser guardadas.

Y les sean acudido con sus salarios y derechos conforme a las leyes y pragmáticas y aranceles de Su Magestad y nuevas tasaciones hechas de estas provincias por los gobernadores, de las que para todo lo susodicho e a ello anexo y dependiente y concerniente, les doy entero poder cumplido con todas sus incidencias y dependencias y con libre y general administración. Y mando a los caballeros, escuderos y soldados, y hombres buenos de este Real, los hayan y tengan y obedezcan por tales, so las penas en derecho establecidas. Y porque según costumbres en muchas ciudades se tiene por estilo vacar los dichos oficios el día de San Juan de cada un año, por la presente establezco y mando que los dichos oficios vaquen el día de San Juan de junio del año próximo venidero de ochenta y uno, y por la mañana el tal día, antes de misas mayores, se junten a cabildo los dichos alcaldes y regidores, todos los que hubieren y pudieren ser habidos en esta ciudad y voten y elijan nuevos alcaldes y regidores para el año siguiente que los sucedan en los dichos oficios; y los que, conforme a derecho por la dicha elección fueren electos, sirvan los dichos oficios por el año siguiente, en fin del cual, se guarde la orden dicha, y así vaya cada un año guardándose la dicha orden para siempre, en tal manera que Su Magestad sea servido, y esta ciudad y vecinos y conquistadores estantes y habitantes sean tenidos en justicia, con tanto que los dichos alcaldes y regidores ante todas cosas hagan aceptación de los dichos oficios y la solemnidad del juramento, que en tal caso se requiere, en fe de lo cual hice e hago la presente escritura de ciudad y señalamiento de justicia y regimiento ante el presente escribano y testigos que es hecho en el dicho día mes y año, susodichos testigos: Antonio Tomás y Antón Higueras y Pedro Hernández, y otras muchas personas.”

Esta organización política, administrativa y judicial se ajustaba, en general, a las normas universales que para todos los casos de fundaciones establecía la ordenanza 43 de Felipe II (Recopilación de Leyes de Indias, IV, 7, 2,):

“Elegida la tierra, provincia y lugar en que se ha de hacer nueva población, y averiguada la comodidad y aprovechamientos que puede haber, el gobernador en cuyo distrito estuviere o confinare, declare el pueblo que se ha de poblar; si ha de ser ciudad, villa o lugar, y conforme a lo que declarase, se forme el concejo, república y oficiales de ello, de forma que si hubiere de ser ciudad metropolitana, tenga un juez con título de adelantado, o alcalde mayor o corregidor, que ejerza la jurisdicción insolidum y justamente con el regimiento tenga la administración de la república: Los tres oficiales de la hacienda real, doce regidores, dos fieles ejecutores, dos jurados de cada parroquia, un procurador general, un mayordomo, un escribano de concejo y dos escribanos públicos, uno de minas y registros, un pregonero mayor, un corredor de lonja, dos porteros; y si diocesana o sufragana, ocho regidores y los demás oficiales perpetuos; para las villas y lugares, alcalde ordinario, cuatro regidores, un alguacil, un escribano de concejo y público, un mayordomo.”

Cuando comenzó a producirse la diferenciación económica y social entre los pobladores —y en muchas ciudades comenzó muy pronto—, quedó establecido que la función pública correspondía sólo a los miembros de ciertos estratos superiores. La Descripción del virreinato del Perú de principios del siglo XVII establece muy claramente para la población de Lima la relación que hay entre la población social, las cargas militares y las cargas políticas. Dice:

“Tiene toda la ciudad ocho capitanes de infantería. Cada compañía de estas tiene ciento cincuenta hombres. De gente de a caballo tiene seiscientos hombres; y estos se entiende que, así los de infantería como los de a caballo, no son soldados de paga, porque la ciudad no tiene presidio ni gente de guarnición ni paga. La gente de a pie, son mercaderes, zapateros, sastres y de otros oficios. Los de a caballo son arrieros y chacareros, que estos son labradores en nombre español, y son mayordomos de chácaras y estancias y de otros oficios, y no es gente tan buena como la de a pie. Tiene la ciudad a lo más cien caballeros, que a estos los llaman vecinos, porque tienen los más de ellos rentas que les pagan indios.

Y tiene la ciudad veinte y cuatro regidores que entran en la cuenta de los cien caballeros, porque todos los regidores lo son y son los más principales, porque ellos son el gobierno de la ciudad.”

En rigor, se repetía en América el mismo proceso que se había producido en España. La tendencia general fue restringir el acceso a los cargos públicos, de modo que sólo les correspondieran a quienes, en el proceso de creciente diferenciación económica, habían logrado mantener o alcanzar cierto grado de fortuna. En 1554 una disposición de Carlos V (Recopilación de Leyes de Indias, IV, 10, 6) establecía: “Declaramos y mandamos que en la elección en los cabildos de pueblos donde no estuvieren vendidos los oficios de regidores, y otros concejiles, no pueden ser elegidas ningunas personas que no sean vecinos, y el que tuviese casa poblada, aunque no sea encomendero de indios, se entienda ser vecino”.

Desde 1518, además, la corona designó en las ciudades “regidores perpetuos”. Pero un cambio importante se produjo cuando la corona comenzó a vender los cargos públicos, a partir de 1559. Primero fue el de escribano, luego los de alférez real, de receptor de penas, de alguacil mayor, de fiel ejecutor y, finalmente, el de regidor. Los cargos se hicieron propiedad privada y hereditaria, y al cabo de poco tiempo se había constituido una oligarquía administrativa y política que constituyó en casi todas las ciudades un círculo estrecho y cerrado.

Sólo podían competir con él otros grupos —verdaderos grupos de poder— que gravitaban vigorosamente en la ciudad. En primer lugar los grupos eclesiásticos: los que integraban la curia, los que formaban las distintas órdenes, generalmente hostiles entre ellos y con intereses encontrados, y en segundo lugar los grupos mercantiles, que pugnaban con poner la totalidad de la organización urbana al servicio de sus intereses. Pero además participaban otras fuerzas en la conducción política de la ciudad. En aquellas que por ser capitales reunían a las más altas autoridades eclesiásticas y civiles, los conflictos entre el virrey y el gobernador y el obispo o arzobispo fueron no sólo tema de pintoresco escándalo, sino también causa de la formación de dos núcleos políticos que, a veces, representaron distintas tendencias y que, otras veces, significaron dos polos de tensión en el seno de la vida urbana.

Uno de estos grupos de poder —el clero— encarnaba eminentemente la función cultural de la ciudad. Independientemente de la opinión que se tenga sobre el grado de sinceridad de los españoles cuando sostenían que el fin de la conquista era la conversión de los infieles, es innegable que tuvieron una preocupación muy viva por los problemas religiosos, lo cual puede y debe entenderse como preocupación por los conflictos culturales. De hecho los eclesiásticos que acompañaban a los pobladores tuvieron una autoridad considerable, precisamente porque esa preocupación era muy fuerte: tan importante que muchos de ellos creyeron poder polemizar con la autoridad civil, discutir sus órdenes y, finalmente, no acatarlas o dictar otras contradictorias. En el orden institucional la competencia se tradujo en una serie de querellas, de las cuales quizá las más significativas fueron las de México, donde, a principios del siglo XVI, el arzobispo Juan de Zumárraga puso en interdicción a la ciudad de México. Cosa semejante ocurrió a principios del siglo siguiente con el virrey conde de Priego.

Pero más importante que los términos institucionales de la querella es la inequívoca comprobación —en estos como en otros casos— de que el poder eclesiástico gozaba de mayor apoyo popular que el estado civil. Este hecho no era inexplicable. Para los mismos fines que los conquistadores, sin duda, la Iglesia había decidido usar otros medios. El problema quedó claro con el comportamiento de las órdenes religiosas, como puede verse a través de la prédica de fray Bartolomé de las Casas y fray Antonio de Montesinos, de los franciscanos y, en especial, de fray Toribio de Motolinía, y de los jesuitas más tarde. Este comportamiento, experimentado en los primeros tiempos en los centros indígenas, como hizo Vasco de Quiroga en Michoacán, se puso en práctica en las ciudades, desde los conventos urbanos, en los que se concentraba el apoyo de las clases altas piadosas y de las clases populares indígenas y mestizas.

Esta concurrencia de la ayuda de diversos sectores dio fuerza social a los grupos conventuales, que constituyeron focos muy bien definidos dentro de la ciudad. A sus frailes les correspondió tanto sostener la fe de los españoles como adoctrinar a los indios. Por esta vía se convirtieron en instrumentos activísimos de un proceso de aculturación. El ejercicio de la catequesis y de la enseñanza general les permitió alcanzar su objetivo; contribuyó mucho a ello el ejercicio de la caridad pública. Casas de caridad y hospitales diversos configuraron la misión pública y popular de los frailes. La limosna regular, la ocasional intervención protectora y, sobre todo, la acogida de enfermos y lisiados, aproximaron a los frailes a las clases populares y facilitaron su relación con ellas. Pero es evidente que había una actitud, previa a esa acción, favorable a la comprensión y capaz, en consecuencia, de establecer los términos de la comunicación entre ambas culturas.

Podría decirse que esa comunicación fue uno de los más curiosos fenómenos de la vida urbana. Los sermones de los predicadores sentaron, en el pequeño ámbito urbano, opiniones netas y polémicas sobre todos los puntos de la convivencia social. A través del sermón ejercía su poder social la congregación en todos los niveles; y la controversia entre las órdenes, lejos de ser “querellas de frailes” como solía decirse despectivamente, era un cotejo de opiniones sobre los nacientes problemas de la ordenación de la convivencia.

Sin duda contribuía mucho a la influencia social de las congregaciones su considerable poder económico. Sus muchos privilegios los usaron para ejercitar este poder social y político, pero de tal manera que lograron cierta adhesión y simpatía. Gracias a ellas, los privilegios pasaron inadvertidos para las clases populares y adquirió relieve, en cambio, su acción protectora. Ese apoyo —más aún que la autoridad que les confería la corona o les aseguraban el poder espiritual y la Inquisición— transformó a las órdenes religiosas en vigorosos grupos de poder dentro de la vida urbana.

El desarrollo de la ciudad latinoamericana. 1972

Herederas inequívocas de la cultura europea, las ciudades latinoamericanas fueron, y siguen siendo, los núcleos más activos de la vida del continente. En las extensas superficies que cubrió la colonización española y portuguesa, las zonas rurales fueron concebidas como áreas productoras de riqueza; las ciudades, en cambio, fueron pensadas como ámbitos civilizados y como centros difusores de civilización a la manera europea. Esta actitud de las metrópolis signó muy marcadamente, por mucho tiempo y acaso de manera definitiva, la relación entre campo y ciudad en Latinoamérica. La explicación de esa actitud, y de la política que implicaba, debe buscarse en el significado que suponía la experiencia urbana en la Europa colonizadora. Para la época de la conquista esa experiencia tenía cuatro o cinco siglos de elaboración, puesto que arrancaba de la gran explosión urbana del siglo XI que renovaría, poco a poco, la estructura socioeconómica, política y cultural de Europa. Apoyada en ella los países colonizadores repitieron en Latinoamérica el proceso de urbanización, pero ahora según un designio que respondía a los resultados de esa experiencia, elaborados y resumidos en un conjunto de nociones consideradas indiscutibles. La ciudad era, para los colonizadores, el instrumento eficaz no sólo para asegurar la posesión del territorio y la explotación de las riquezas, sino también para construir las sociedades colonizadoras y mantenerlas dentro del sistema cultural propio de la metrópoli.

Fueron, pues, fundadas en función de un designio. Pero, inevitablemente, las ciudades latinoamericanas evolucionaron según el juego de las circunstancias y las exigencias de la estructura socioeconómica. Así, sólo en ocasiones conservaron las líneas de desarrollo que su fundación les había impuesto, en tanto que la mayoría de las veces —excepto en casos de estancamiento flagrante— las modificaron para adecuarse a las condiciones que les fijaba el medio regional y, sobre todo, a las características propias del mundo en el que estaban insertas.

Por eso puede hablarse de un desarrollo original de la ciudad latinoamericana, desde el siglo XVI hasta hoy, que no repite el de la ciudad europea del mismo período. Es un desarrollo complejo, en el que por una parte se advierte la línea que expresa su condición dependiente de Europa y por otra la que revela sus tendencias autónomas. En su conjunto ese desarrollo se manifiesta a través de sucesivas etapas que, dejando de lado innumerables peculiaridades irreductibles, pueden tipificarse con cierta precisión. Un examen, tan somero como lo permite la extensión de este ensayo, puede ayudar a comprender la significación del mundo urbano latinoamericano.

La ciudad hidalga

Las fundaciones —a partir de La Isabela, en 1493— resultaron del propósito de los conquistadores de establecer bases tanto para su defensa como para la progresiva ocupación de la tierra y la explotación de las riquezas. Pero privaron distintos criterios, puesto que aparecieron diversas necesidades. Hubo ciudades que tuvieron funciones definidas y fundamentales desde un principio; casi todas comenzaron siendo fuertes, pero, además, unas fueron eminentemente puertos destinados a mantener las comunicaciones con España, otras mercados que enlazaban varias regiones, otras focos de grandes explotaciones rurales o mineras, otras sedes administrativas y políticas, otras, simplemente, puestos de etapa. Con el tiempo, y a medida que creció su magra población, muchas de ellas diversificaron sus funciones adecuándose a las exigencias y posibilidades que les imponía la región.

Lo que les dio a todas cierta semejanza fue, por una parte, su trazado, generalmente preestablecido, y por otra, su sociedad. Fuera de las ciudades a las que la topografía imponía sus reglas —como Guanajuato o Taxco— el trazado en forma de damero otorgó una fisonomía uniforme a casi todas. Y una fisonomía social uniforme también les otorgó la condición de hidalgo que obtuvieron los pobladores españoles, no sólo formalmente por gracia real, sino de hecho por la circunstancia de que constituyeron una sociedad fundada en el dominio de una población que le estaba sometida y le proveía de mano de obra gratuita. Este rasgo es, sin duda, el más importante. Para ese entonces, innumerables ciudades europeas habían adquirido una inequívoca fisonomía burguesa, y hasta se habían aburguesado vastos sectores de las aristocracias en un proceso que se combinaba con las tendencias aristocratizantes de las altas capas burguesas. Pero el efecto socioeconómico que produjo en España la abundancia de riqueza, capaz de estimular las tendencias hidalgas con los caracteres que muestra la novela picaresca, se produjo también en las ciudades latinoamericanas. Y a medida que se consolidaba el mundo mercantilista, a lo largo de los siglos XVI y XVII, se consolidaba también la imagen de la ciudad hidalga latinoamericana, de la que dan noticias muchas crónicas, pero sobre todo algunos testimonios literarios como los que se hallan en los diálogos latinos de Cervantes de Salazar, en El Carnero de Rodríguez Freyre o en El Periquillo Sarmiento de Fernández de Lizardi.

De la ciudad hidalga a la ciudad patricia

Excepto algunas ciudades que tuvieron rápido y transitorio crecimiento por circunstancias especiales —como Potosí, con motivo de la explotación de la plata del Cerro Rico—, casi todas se desarrollaron lentamente entre los siglos XVI y el XVII, y muchas involucionaron, fuera por la disminución del número de la mano de obra indígena o por ciertos fenómenos de crisis económica, locales en parte y en parte generalizados. Aun las grandes capitales virreinales, como México y Lima, acusaron ese ritmo, con ser la primera, junto con Salvador de Bahía, una de las más pujantes del mundo latinoamericano. Pero, en general, comenzaron a prosperar muchas de ellas en el siglo XVIII. El tiempo no había pasado en vano, y una ciudad es un complejo que necesita tiempo para definir su fisonomía, estabilizar su sociedad, dibujar su área de influencia y elaborar los rudimentos de su cultura urbana. Todo esto se hizo en las ciudades latinoamericanas durante los primeros siglos, lentamente, y los frutos de ese proceso quedaron a la vista en el siglo XVIII.

Para entonces, el mundo mercantilista había alcanzado su más alto grado de madurez. El imperio español declinaba, evidentemente, pero las rutas del comercio mundial, controladas sobre todo por Holanda e Inglaterra, habían generalizado un tráfico del que se beneficiaban, por cierto, Portugal y el Brasil, y que no tardaría en hacerse sentir sobre todo en el área española directa o indirectamente. El contrabando y el comercio negrero, así como la presión inglesa sobre el comercio español contribuían a dinamizar la vida de las ciudades latinoamericanas. A finales del siglo, esa presión era tan fuerte que el sistema monopólico debió ceder, y los puertos coloniales comenzaron a activarse vitalizando la vida económica general sin perjuicio de que, en ocasiones, trastornaran algunas economías regionales. Pero, en el conjunto, la activación fue el rasgo predominante, y muchas ciudades cambiaron su fisonomía.

La expresión más visible de ese cambio fue cierta transformación edilicia. La adhesión a la idea del progreso, que cuajaba en el siglo XVIII, se manifestó a través de una marcada preocupación por el embellecimiento de la ciudad, por la mejora de sus servicios, por el perfeccionamiento de su trazado. Virreyes progresistas, como Bucareli y Revillagigedo en México, Amat en el Perú o Vértiz en el Río de la Plata, renovaron sus capitales imprimiéndoles moderadamente algunas de las características de las ciudades barrocas europeas, como, ciertamente, había comenzado a hacer el marqués de Montesclaros en Lima en el siglo XVII. Algunas ciudades erigieron por entonces sus murallas, como Lima o Cartagena de Indias, perfeccionando sus viejas defensas militares contra los piratas, y en todas se notó una renovada preocupación por la salubridad, el alumbrado público y cuanto se relacionaba con el bienestar y la seguridad de sus habitantes. Una arquitectura más ambiciosa comenzó a aparecer en las ciudades ricas —puertos y capitales, sobre todo—, tanto privada como pública; catedrales e iglesias nuevas o renovadas, sobre todo donde no había habido ricos alardes barrocos o churriguerescos hasta entonces; palacios para las autoridades o para la Inquisición, conventos y palacios para las familias que alcanzaban la riqueza y con ella, a veces, el rango nobiliario.

Si la consolidación de esas clases caracterizó el cambio, más aún lo subrayó la aparición o crecimiento de otras. A la explotación de las riquezas naturales, en minas o plantaciones, vino a agregarse desde mediados del siglo XVIII una intensa activación del comercio, favorecido por la supresión del tradicional sistema de monopolio que habían impuesto originariamente las potencias coloniales. En poco tiempo crecieron las clases específicamente mercantiles, y el tono que supieron imprimirle a la actividad económica comenzó a desvanecer el matiz hidalgo de las ciudades. La riqueza constituyó el objetivo fundamental de las nuevas clases burguesas —como lo había sido de las antiguas clases hidalgas—, pero las ideas sobre la manera de alcanzarla variaron en poco tiempo. El lucro no pareció necesariamente unido a la idea de ocio aristocrático, y, por el contrario, el trabajo y la organización mercantil parecieron los medios válidos para alcanzarlo. La casa de negocios y su mostrador adquirieron una identidad antes insospechada, y las exigencias prácticas del mundo mercantilista se convirtieron en las reglas de las que no podía apartarse esta nueva burguesía que, en poco tiempo, pasó a ser la clase dominante de las ciudades.

A causa de este cambio, la diferenciación entre las grandes ciudades —puertos y capitales especialmente—, las medianas y las pequeñas se acentuó considerablemente: fueron aquellas las que acusaron toda la magnitud de la transformación que se operaba, en tanto que en muchas de estas subsistió un aire tradicional que algunas conservaron durante largo tiempo, como Cuenca, Trujillo, Popayán, Villa de Leyva o Puebla. En las grandes ciudades aparecieron las sociedades progresistas —como las de los “Amigos del país”—, circularon periódicos, funcionaron teatros, surgieron centros de estudio para estimular el conocimiento de la naturaleza, de la economía, de la arquitectura, de la minería, se abrieron cafés en los que se congregaban tertulias, se difundieron libros que exponían ideas modernas. Todo en pequeña escala, ciertamente, pero con los mismos signos que revelaban las ciudades burguesas de Europa. En el fondo, la nueva clase daba sus primeros pasos para imponer una nueva mentalidad, acorde con su concepción básica de la vida económica y social.

Empero, la declinante situación de las potencias coloniales —España y Portugal— imponía algunos límites a este progreso, y en mayor o menor medida esas burguesías divisaban otras circunstancias vigentes en el mundo, más favorables para desarrollar sus posibilidades. Como las débiles burguesías de sus metrópolis, también las de las ciudades coloniales comenzaron a acariciar la esperanza de escapar a aquellos límites. Fue, precisamente, en el seno de esas burguesías donde empezaron a constituirse los grupos inclinados a la independencia, o a una política que les permitiera insertarse en un mundo mercantil que, sin saberlo, acusaba la influencia tonificante de la Revolución Industrial. Esta opción modificó sustancialmente la actitud de las burguesías mercantiles; algunos grupos persistieron en sus preocupaciones exclusivamente económicas, en tanto que otros se deslizaron por el camino de una ideología que los condujo a una preocupación finalmente política. Fueron estos últimos los que impusieron su signo al nuevo patriciado que se constituyó con la Independencia.

La ciudad patricia

La Independencia puso a las ciudades en manos de ese patriciado. Con altos y bajos, sin duda, según las alternativas de la política, unas más y otras menos, según el grado de militancia; algunas animadas por el fervor jacobino de los grupos juveniles y otras movidas por la prudencia conservadora de los que no querían que el cambio llegara demasiado lejos. Pero en todas partes se constituyó un patriciado, esto es, un grupo surgido del seno de las clases acomodadas que tomó partido por algunas de las opciones que en el mundo convulsionado por la crisis napoleónica y la Revolución Industrial inglesa les ofrecía. No hay duda, sin embargo, de que fue en las capitales y en los puertos donde se hizo más notoria la presencia de esas nuevas minorías criollas.

Poco a poco se diferenciaron en el seno del patriciado grupos diversos que modificaron su fisonomía: gente de condición modesta empujada por el azar de la política, hombres a quienes las contingencias de la lucha llevaban de los campos a la ciudad, mestizos y mulatos que antes no hubieran tenido posibilidad alguna de ascenso. Así, complejo y renovado, el patriciado urbano debió afrontar el problema del nuevo papel que la independencia otorgaba a las ciudades. Fueron estas el botín de los bandos en pugna, porque todos quisieron participar de los refinamientos que prometían. Pero, sobre todo, fueron el objeto de una disputa acerca de su función, tanto frente al mundo rural como frente a la presión de los países exportadores de productos manufacturados que vieron en ellas promisorios mercados. Mundo rural y mundo urbano se transformaron en dos términos de una sociedad que buscaba un nuevo equilibrio. Y entre tanto, al calor de los conflictos, muchas ciudades vieron decrecer su población —como Caracas, que pasó de 50.000 habitantes en 1810 a 23.000 en 1823—, y cayeron en un estancamiento que se advirtió en su aspecto edilicio y en su actividad cultural.

También las clases medias y populares cambiaron de fisonomía. Las guerras civiles y la política provocaron ascensos y descensos que se combinaron con los que produjeron las nuevas oportunidades económicas que brindaban las circunstancias: el comercio de nuevos productos, el aprovechamiento del favor del Estado, el aprovisionamiento de los ejércitos. Y en la periferia de las capitales y los puertos, especialmente, se constituían los nuevos grupos populares de renovada fisonomía, como resultado tanto del cambio económico como del político.

Quizá Río de Janeiro fue la única capital que mejoró su fisonomía durante este período que se extiende desde la Independencia hasta la segunda mitad del siglo XIX. Capital imperial, trató de adquirir el aire de las cortes barrocas y lo logró en parte. Pero las otras tardaron decenios en salir de la crisis en que las sumió el cambio socioeconómico y político. La ciudad colonial perduró durante la etapa independiente, sin que pudieran advertirse sino pequeñas modificaciones hasta que promedió el siglo. A partir de entonces, y muy lentamente, las situaciones sociales comenzaron a estabilizarse en algunos países, se inició la era constitucional y con ella la organización política, y las corrientes económicas —de importaciones y de exportaciones— tonificaron la vida mercantil. El Martín Rivas del chileno Blest Gana representa un buen testimonio de esta mutación.

Poco a poco, el progreso industrial comenzaría a manifestarse en otra cosa que no fueran los productos extranjeros exhibidos en los almacenes. En algunas ciudades comenzó a instalarse el alumbrado público a gas, a correr tranvías a caballo, a pavimentarse zonas céntricas; y un día empezó a funcionar el ferrocarril, cuya primera estación se convirtió en un nuevo foco activo de la ciudad. Puertos, mercados, mataderos, plazas, cárceles, cementerios y hospitales eran los tradicionales. La estación de ferrocarril significó la implantación en el casco urbano de un verdadero monumento al progreso, y a su alrededor surgió una nueva aglomeración. Las ciudades comenzaron a crecer, y Lima derribó sus murallas en 1869, cuando alcanzaba los 90.000 habitantes. Buenos Aires doblaba por entonces ese número. Pero Buenos Aires estaba volcada sobre el Atlántico y comenzaba a transformarse en la gran exportadora de alimentos para la Europa industrial. Al calor de estas y otras actividades empezó a formarse en esas décadas una nueva burguesía, que iba a alterar la fisonomía de las ciudades en las postrimerías del siglo.

La ciudad burguesa

El rápido crecimiento de Buenos Aires después de 1880 se debió a la reactivación de su economía, a la nutrida inmigración europea, que multiplicó su población, a la nueva burguesía mercantil que se desarrolló al calor de las exportaciones de productos primarios. Fue el primer caso, y el más intenso, de transformación urbana, cuando Latinoamérica quedó inscrita en la periferia de los grandes países industriales. Pero no fue el único. Poco a poco, a partir de las últimas décadas del siglo XIX, muchos países iniciaron en diversa escala el mismo proceso —con el café, el guano, el salitre, el caucho y los metales— y la actitud exportadora que los enriqueció tuvo consecuencias visibles sobre todo en las capitales y los puertos. Algo más tarde, el petróleo cumpliría la misma función en las economías nacionales y en las ciudades. Puertos activos, vastos sectores obreros, nuevas clases medias en formación y ricas burguesías, que ejercieron tanto el poder político como el poder económico, cambiaron el aspecto de las viejas ciudades, que todavía conservaban casi intacta, sin embargo, la fisonomía edilicia de la colonia.

Fueron las nuevas burguesías las que marcaron el rumbo del proceso del cambio urbano. Devotas de la religión del progreso, imprimieron a la vida de las ciudades un carácter renovador. Clubes, restaurantes y cafés, bolsas mercantiles hirvientes de preocupaciones especulativas, teatros y salones lujosos fueron los escenarios de la nueva actividad de esta clase que soñaba con Europa y que elaboraba rápidamente una mentalidad cuya antítesis era no sólo la de la colonia sino también la de la época de la Independencia o de las guerras civiles. Su lema fue el “enriqueceos” que había formulado algunas décadas antes Guizot; y para hacerlo era necesario “menos política y más administración”, como repetía Porfirio Díaz en México, expresando el mismo pensamiento de “orden y progreso” que pregonaba la república brasileña o el de “paz y administración” que formulara Roca en Argentina. Y, ciertamente, al calor de gobiernos fuertes que ellas mismas se dieron, esas clases dirigentes promovieron la riqueza y se beneficiaron con ella. Pero, junto a la actividad económica, procuraron gozar de su poder y de sus fortunas. El lujo —insospechable en las modestas ciudades de treinta años antes— empezó a desbordar en las ciudades que veían aparecer la nueva arquitectura de las suntuosas residencias, palacios algunas veces, como las ciudades latinoamericanas no las habían visto desde el siglo XVIII.

Poco a poco empezaron a aparecer los nuevos barrios residenciales, hacia los que se inició el éxodo de las familias opulentas: en Montevideo hacia el Prado, en Buenos Aires hacia el barrio Norte, en Lima hacia el Paseo Colón, en Santiago hacia la Alameda, en Río de Janeiro hacia Catete o Laranjeiras, en México hacia la Colonia Roma. En una reiteración del proceso barroco, dos ciudades tendieron a escindirse en el seno de cada gran ciudad, y las clases medias y populares debieron aceptar su condición de inferioridad ostensible permaneciendo en los barrios que abandonaban las nuevas oligarquías. Los recientes sectores aristocráticos mostraban inclinación hacia una arquitectura generalmente de modelo francés que dio una nueva fisonomía a la ciudad. Las verjas, las mansardas de pizarra, las ventanas numerosas y los breves y cuidados jardines brindaron el testimonio inconfundible de una mentalidad europeizante reflejada en la manera de vivir.

En el fondo de esas transformaciones estaba el recuerdo vivo del faubourg Saint Germain y, en general, el del París del Segundo Imperio o, a veces, el del Londres victoriano. Aunque las nuevas clases opulentas no se conformaron con que su propia morada se pareciera a los modelos que imitaban. Quisieron que quedaran enmarcadas dentro del cuadro de una gran ciudad moderna, y no vacilaron en seguir, en mayor o menor medida, el ejemplo de Haussmann, que había renovado en el siglo XIX la furia demoledora del Barroco. Los afanes urbanísticos de las nuevas clases opulentas no se limitaron a la construcción de nuevos barrios exclusivos, sino que tendieron a la remodelación del casco antiguo de la ciudad que aún conservaba la fisonomía colonial. Grandes avenidas, paseos, plazas, edificios de vasta perspectiva surgieron tras las necesarias demoliciones, debidas a lo que se dio en llamar “la piqueta del progreso”. El modelo neoclásico presidió la nueva arquitectura pública, cuyas moles se erigieron junto a la modestia de las supervivencias coloniales o decimonónicas en flagrante contraste que denunciaba el cambio de la sociedad y de las tendencias. El alumbrado y los tranvías eléctricos, los autobuses después, acentuaron la transformación, a la que había contribuido la progresiva sustitución de los carruajes por los automóviles.

Pero quizá lo que más denotaba la profundidad del cambio fue el aumento de la población urbana. Casi todas las grandes ciudades crecieron considerablemente en población, gracias a la fuerte atracción que ejercía la riqueza y la posibilidad de ascenso económico y social que ella prometía. Las clases sociales aumentaron en número y diversidad, en unos casos por la inmigración extranjera, en otros por el éxodo rural, y en ocasiones por ambas causas. Y crecieron también las clases medias, porque la ciudad promovía una intensa movilidad social en virtud de las oportunidades económicas que brindaba. Fue precisamente esta movilidad social, y las tendencias de los grupos antes marginados del poder a participar en él, lo que invitó a las clases altas a sostener a los gobiernos fuertes y, en ocasiones, dictatoriales, para prevenir sus consecuencias políticas.

Figuras representativas de esos regímenes fueron Porfirio Díaz en México, Estrada Cabrera en Guatemala, Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez en Venezuela. Sólo las oligarquías seguras y eficaces —como las de Argentina y Brasil— conservaron las formas del sistema democrático. Pero los dictadores, efímeros o duraderos, impusieron un tono singular a la vida política. Sus capitales fueron cortes montadas no sólo sobre un vigoroso aparato represivo sino también sobre una clase cortesana. Por su influencia se hacían y deshacían fortunas y bajo su protección se alcanzaban los más altos honores: Miguel Ángel Asturias, en El Señor Presidente, ha recogido la imagen de esa singular estructura de poder propia de una sociedad en brusco cambio.

Fuera de las capitales y los puertos, la gran mayoría de las ciudades fueron alcanzadas sólo muy lentamente por los efectos del cambio. Algunas se mantuvieron largo tiempo, o aún se mantienen, casi insensibles a él, y otras comenzaron a evolucionar muy lentamente como resultado de los efectos indirectos que les llegaban desde los grandes centros de difusión. Pero algunas se transformaron rápidamente por estar vinculadas con alguna de las nuevas formas de explotación; así, San Pablo y Manaos en el Brasil, vinculadas al café y al caucho respectivamente, de las cuales la segunda dio el extraordinario espectáculo de su modernización en contraste con el ambiente de la selva amazónica en que está enclavada.

Tanto la vida cultural como la vida política de las ciudades comenzaron a activarse lentamente como consecuencia de los cambios sociales y económicos. Universidades y colegios, teatros y más tarde cinematógrafos, periódicos y revistas, sociedades literarias y científicas, bibliotecas y museos empezaron a organizarse o a aumentar en número impulsados por la creciente población y, sobre todo, por el mayor desarrollo de las clases medias. En los cenáculos literarios, saturados de la nostalgia de los cafés de París, nació el modernismo que ilustraron Rubén Darío, José Asunción Silva, Julián de Casal, Julio Herrera y Reissig o Leopoldo Lugones; y allí nació también la novela naturalista. De esta, una buena parte se caracterizó especialmente por su descubrimiento de la ciudad. El mexicano Gamboa no vaciló en aplicarle el símbolo dantesco de la prostituta en su novela Santa; el argentino Julián Martel describió en La Bolsa la afiebrada actividad mercantil de Buenos Aires; el brasileño Aluisio Azevedo presentó en El conventillo la vida de las clases bajas de Río de Janeiro.

Fueron las clases medias también las que promovieron la activación de la vida política, cuando revelaron que aspiraban a consumar su ascenso participando en ella. En Lima, Montevideo, Santiago y Buenos Aires, el fenómeno fue notorio ya al finalizar el siglo XIX. Frente a las oligarquías comenzaron a organizarse movimientos renovadores que levantaban la bandera de la democracia para oponerse a los gobiernos minoritarios que les cerraban el paso, y en algunos casos lograron desalojarlos del poder. Las clases medias, en rigor, fueron las vanguardias; pero poco a poco integraron en sus filas a vastos sectores de las clases populares que se sumaron a sus reivindicaciones, aunque algunos pequeños grupos prefirieron la formación de sindicatos y de partidos definitivamente obreros. Pero fueron las clases medias las que empezaron a lograr cierta representatividad. Las clases populares, en cambio, debieron aguardar su turno: después de 1930, estas estaban decididamente dispuestas a irrumpir en la vida política, como las ya grandes ciudades latinoamericanas comenzaban a acusar algunos de los rasgos de la ciudad de masas.

La ciudad de masas

Diversos factores se combinaron para que esos rasgos aparecieran. El ajuste de la economía mundial que siguió a la Primera Guerra repercutió sobre los países latinoamericanos, que constituían la periferia de los grandes países industrializados. Hubo expansiones y retracciones, se organizaron nuevos circuitos económicos y se desarticularon otros, en tanto que variaba el origen y la manera de operar de las inversiones extranjeras. Mucho influyó en el cambio la nueva economía del petróleo y, poco a poco, la incontenible tendencia que apareció en varios países de impulsar el proceso de su industrialización. Todo esto debía incidir rápidamente sobre el mundo urbano.

Sometidas a nuevas incitaciones económicas, las ciudades respondieron aceptando el reto y constituyéndose muchas de ellas en focos de una renovada actividad. Nuevas perspectivas de producción y, con ellas, nuevos horizontes abiertos para los sectores terciarios, hicieron de las ciudades poderosos centros de atracción para las poblaciones rurales, que iniciaron el éxodo hacia ellas. Rápidamente aumentó el número de la población urbana en tanto que la rural disminuía; y el equilibrio entre un sector y otro se alteró sustancialmente en pocas décadas: los campos comenzaron a despoblarse paulatinamente, pero las ciudades crecieron con gran rapidez; la concentración demográfica tornaba visible la mutación que, por lo demás, se manifestaba por sus consecuencias. Ciertamente, el fenómeno no era exclusivo de Latinoamérica, pero en ella adquirió singular significación.

Desde entonces en algunas ciudades se desencadenaron procesos socioeconómicos, políticos y culturales no sólo de gran intensidad sino también extremadamente acelerados. La ciudad en rápido crecimiento se transformó en un problema grave que adquirió cada día mayor importancia, a medida que descubría todas sus facetas: la insuficiencia de su infraestructura para responder a las demandas del creciente número de usuarios, la presencia de grupos sociales nuevos que entraban en conflicto virtual con la vieja sociedad, la formación paulatina de viejas subculturas urbanas con peculiaridades propias y tendencias disidentes. Pero a tan variada gama de problemas sólo pareció posible responder con la atención de las necesidades más primarias y urgentes, con soluciones urbanísticas que atendían sólo a las cuestiones suscitadas por el espacio físico.

En rigor, tales problemas se hicieron patentes, sobre todo, en las grandes megalópolis: San Pablo, Caracas, México, Buenos Aires; también en las ciudades que, sin alcanzar tal magnitud, tuvieron un crecimiento vertiginoso. En distintos niveles, su número ha sido considerable, y la dimensión de los problemas no se mide en términos absolutos sino relativos y teniendo en cuenta la situación a partir de la cual se ha desencadenado el cambio. Así, por ejemplo, en los casos de Bogotá, Medellín, Cali, Guadalajara, Monterrey, Maracaibo, Córdoba, La Habana o San Juan de Puerto Rico. Pero como los motivos de la atracción son muy concretos, allí donde no aparecen el crecimiento es muy reducido y a veces no existe, con lo cual la diferenciación entre las grandes ciudades y las medianas o pequeñas se acentúa, no sólo cuantitativamente sino también cualitativamente, puesto que en las últimas subsisten culturas urbanas muy tradicionales. Esta contradicción se extrema en pequeñas ciudades que parecieran no haber registrado sino levísimas transformaciones a lo largo del siglo XIX y que ofrecen el aspecto de ciudades detenidas.

Los casos llamativos son, naturalmente, los de las ciudades que han sufrido cambios importantes y rápidos. En ellas puede hablarse, sin discusión, de la formación de nuevas sociedades, fenómeno propio del proceso general del mundo industrializado, pero que en Latinoamérica tiene matices peculiares. Sociedades urbanas que mantenían hasta hace poco una estructura casi colonial han sido transformadas por aceleradas manifestaciones de ascenso o diferenciación de grupos. En la organización de nutridos y crecientes sectores de clase media, diversificados en numerosos subsectores de matices a veces imponderables, destaca la entrañable relación de la cultura urbana con los sectores terciarios de la economía y proporciona a la ciudad una masa plástica de consumidores que son, a la vez, creadoras de formas originales de vida. Pero el fenómeno de la formación de las clases medias es, con todo, el menos significativo de esta etapa del cambio de las sociedades urbanas, puesto que reitera un proceso ya desencadenado sin que se puedan anotar variantes demasiado profundas. No pasa así, en cambio, con las clases altas y las clases populares.

Supérstites de viejas situaciones, los sectores tradicionales de la clase alta son los que más han acusado el golpe. Como en todas partes, la masificación de las minorías se hace patente en las ciudades multitudinarias, y afecta sobre todo a esos grupos que no sólo ostentaban su carácter tradicional y minoritario sino que cultivaban también cierto dejo de aristocracia. Esto último es lo que más claramente ha entrado en crisis, puesto que, a su lado, otras élites que se han constituido se conjugan mejor con las nuevas situaciones sociales y económicas. Nuevos grupos de alto nivel de ingresos, de origen vario y estrechamente vinculados a nuevas actividades en plena vigencia, comparten con las nuevas élites tecnológicas la función directora en las grandes ciudades, que han llegado a serlo por el nivel de su actividad económica. El juego entre esos sectores de las clases altas adquiere particular significación en las ciudades latinoamericanas por la sobrevida que aquellos grupos tradicionales han tenido en virtud del lento desarrollo que en muchas partes tuvieron las burguesías urbanas.

Pero la transformación más importante en la estructura de las sociedades urbanas se da, en las grandes ciudades, en el seno de las clases populares. Es ese sector el que aumenta considerablemente como resultado tanto del crecimiento vegetativo como de las migraciones internas. El primer dato se relaciona con el boom demográfico general, y el segundo con el cambio de las estructuras económicas. Pero ambos factores concurren para volcar sobre las grandes ciudades una masa de población extremadamente numerosa que, además, roza los límites de la anomia. Ciertamente, hay en su seno sectores muy integrados; pero los que prestan su carácter más típico a las sociedades multitudinarias son, precisamente, los sectores que se sitúan en los bordes, tanto sociales como físicos, de las ciudades. Son sectores marginales, cuyos miembros no encuentran dentro del sistema manera de individualizarse: tal es el sentido de las irrupciones políticas de octubre de 1945 en Buenos Aires o el de abril de 1948 en Bogotá. Sin duda también operan multitudinariamente las clases medias y aun las clases altas, todas obsesionadas por encontrar reductos exclusivos, formas de comportamiento y de lenguaje que las diferencien, objetos que denoten su posición social. Pero en tanto que muchos de los miembros de esos sectores lo logran —al menos por algún tiempo y en relación con el juicio de los grupos cuyo consentimiento buscan—, los miembros de las clases populares se estrellan contra el sistema y se refugian en una irracionalidad que parece ofrecerles respaldo.

En el juego de estos sectores se constituyen poco a poco las nuevas culturas urbanas de las grandes ciudades latinoamericanas. Su principal rasgo es precisamente ser culturas multitudinarias, y en consecuencia signadas por la despersonalización y la irracionalidad. Los llamados medios masivos de comunicación necesitan, en cuanto empresas lucrativas, ajustarse a las expectativas de las masas a las que sirven, y contribuyen a alimentar aquellas tendencias, puesto que el mayor número se establece según el más bajo nivel. Y la apelación al consumo que en cierto modo trabaja en favor de una mejora de las condiciones de vida de los que son consumidores posibles, deteriora la situación relativa de los que no pueden serlo y agrega a la despersonalización y a la irracionalidad una considerable cuota de resentimiento. Inmenso escaparate de las situaciones sociales, la gran ciudad elabora dentro del sistema una cultura urbana que no expresa sino anhelos frustrados, sentimientos primarios y tendencias elementales. No faltan, sin embargo, los productos sofisticados, en los que ese cauce torrencial se canaliza a través de formas intelectuales que intentan sublimar su contenido y adecuarlo a los márgenes de disidencia tolerables dentro del sistema.

La contradicción que irrumpe en esta sociedad se manifiesta inequívocamente en el desarrollo físico de las ciudades. Los recursos económicos y las posibilidades tecnológicas, así como ciertas exigencias de prestigio, contribuyen a transformar la fisonomía de las ciudades. Las grandes obras públicas —autopistas, aeropuertos—, la arquitectura pública y privada han terminado por romper el casco antiguo de muchas ciudades. Empero, a medida que crece el número de los rascacielos y de la edificación de lujo en los barrios residenciales, la gran ciudad ve crecer el número y el tamaño de las subciudades, que en cada lugar se designan con nombres diferentes: barriadas, cayampas, villas miseria, rancheríos. Hay ciudades como Caracas, materialmente sitiadas, y cuya imagen física es la de un núcleo poderoso rodeado por un cinturón miserable.

La ciudad física siempre ha sido reflejo del sistema. Si algo ilustra sobre la situación latinoamericana es la fisonomía de sus grandes ciudades.

La experiencia argentina. 1966

En el vasto territorio de lo que hoy es la Argentina, una comunidad no demasiado numerosa de hombres de origen europeo en su gran mayoría ha forjado y forja cotidianamente un país. En las inmensas tierras americanas no estaban preestablecidas sus fronteras, ni las habían dibujado pueblos antiguos de rica cultura. Lo que hoy es la Argentina era una parte imprecisa de una enorme llanura entre los Andes y el mar, cuyos límites estableció con su dura experiencia la pequeña comunidad humana que se instaló en ella, sobre el Río de la Plata, en la llanura, al pie de las montañas. Algunos pobladores vinieron directamente de España, pero otros llegaron a través del Perú o de Chile y pensaron que las ciudades que fundaban eran prolongaciones de esas comarcas. Sólo la experiencia les enseñó que el único núcleo aglutinante estaba en las bocas del Río de la Plata, por donde toda la llanura salía al mar y al camino de Europa. La Argentina fue el país que se formó alrededor de las bocas del Río de la Plata, y allí se estableció, una y otra vez, Buenos Aires.

En un principio, la Argentina fue un pequeño conjunto de ciudades salpicadas en el desierto: Buenos Aires, Santiago del Estero, Córdoba, Salta, Mendoza, Corrientes, Santa Fe. Las unían imprecisos caminos dibujados por las huellas de los conquistadores, a través de una extensa tierra tan desierta como feraz. Pero en la llanura no había minas, ni densas tribus de aborígenes que pudieran utilizarse para plantaciones; sólo hubo vacas y caballos cuando fueron traídos de Europa, y en esas tierras se criaron robustos y salvajes hasta formar enor-mes manadas. Desde las ciudades se penetraba con recelo en el casi ignoto mundo de la llanura, y de allí se traían los animales que se criaban o se sacrificaban; y a principios del siglo XVII se comenzó a exportar desde Buenos Aires cuero y carnes saladas. Así se configuró, en los remotos orígenes, el primer esquema de la economía argentina.

Poblaban las ciudades españoles, descendientes de españoles, mestizos a veces, que se ocupaban de la administración y del comercio preferentemente. Eran aldeas pequeñas, sin muchas perspectivas, aherrojadas por el monopolio comercial instaurado por España, entre las cuales se destacó Buenos Aires no sólo por ser puerto de mar sino también porque la vecindad con las colonias portuguesas permitió el productivo ejercicio de un comercio ilegal. El contrabando reemplazó el tráfico de mercancías que España limitaba hasta el ahogo, y estimuló en la pequeña capital —de la gobernación primero y del virreinato después— la formación de una clase considerablemente rica, cuyos miembros eran quizá los mismos que medraban con el comercio monopolista. El resto de las ciudades cumplían también, en menor escala, funciones administrativas y mercantiles, y sólo en algunas del norte crecía el trabajo rural, se desarrollaba una tímida actividad minera o prosperaban algunas manufacturas.

En los campos, sobre todo en la vasta llanura poblada de ganado salvaje, la población se constituyó espontáneamente con españoles, criollos, mestizos y los que resultaron de las cruzas. Entre ellos estaban esos “gauchos” que observó Félix de Azara. Todos ellos diferían de los hombres de las ciudades, porque en éstas la vida había estado reglada desde un principio con suma precisión por las leyes españolas, en tanto que en las campañas la vida se había desenvuelto libremente y había adoptado los caracteres que la naturaleza le imponía. Era otro mundo, que los ciudadanos ignoraban y menospreciaban. Pero lo más importante para el futuro argentino es que, además, lo consideraron como un mundo marginal, sin derecho a participar en la vida común.

Dos mundos: uno severamente reglamentado a imitación de Europa y otro extremadamente libre en el cuadro de una naturaleza casi virgen, constituían el conjunto originario de lo que sería la Argentina. Quizá los rioplatenses se sintieran distintos de los paraguayos o de los peruanos ya desde antes; pero fue sobre todo en el siglo XVIII cuando comenzaron a adquirir conciencia de que formaban una unidad. La creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, las guerras contra los portugueses que pretendían apoderarse de la Banda Oriental y, sobre todo, las invasiones inglesas de 1806 y 1807, intensificaron aquel sentimiento nacional. Las tierras y ciudades que se reunían alrededor de Buenos Aires comenzaron a formar un país.

Cuando el imperio español quedó impotente —entre la amenaza de la Francia napoleónica y las victorias navales de Inglaterra— los rioplatenses decidieron que ya constituían un país y que era necesario darle forma. El 25 de mayo de 1810 se dieron un gobierno propio y comenzaron a introducir visibles cambios en su manera de vivir. La iniciativa había sido porteña, obra de los hombres de Buenos Aires, de la burguesía mercantil ilustrada que vivía en la capital del virreinato y estaba atenta a los tormentosos acontecimientos que se sucedían en Europa desde 1789. Las ideas liberales habían ganado muchos adeptos, y parecieron un modelo aplicable al nuevo país para lograr que se pareciese a los Estados Unidos de América. Porteños constituyeron la primera Junta de Gobierno, y porteños fueron los inspiradores de todos los actos de los primeros tiempos, hasta la época de la Asamblea General Constituyente de 1813, que consolidó los anhelos de independencia y asentó los principios liberales. Ejércitos porteños partieron de Buenos Aires para llevar la buena nueva hacia el Paraguay y el Alto Perú. El nuevo país independiente fue, pues, obra y creación de la antigua capital virreinal.

Pero si Buenos Aires tuvo el mérito de la iniciativa, no tuvo el de desenvolverla con clara comprensión de la realidad. Sus audaces dirigentes, impregnados de nuevas ideas y entusiastas de los cambios radicales, subestimaron la fuerza de las otras ciudades, más calmas y tradicionalistas, e ignoraron la existencia de ese mundo rural que crecía al margen de las ciudades sin que se le confiriera el derecho a integrarse con ellas. A poco de empezar su vida independiente, el nuevo país se vio envuelto en una guerra civil.

Cuando ya amenazaba con desencadenarse —por el recelo de las regiones interiores frente a la orgullosa capital—, un congreso reunido en Tucumán en 1816 pudo, todavía, aunar la mayoría de las voluntades para declarar solemnemente que los rioplatenses coincidían al menos en la decisión de ser libres. Así fue declarado el 9 de julio, y desde entonces adquirieron las Provincias Unidas del Sur los títulos necesarios para ser consideradas como una nación soberana. Pero el Congreso de Tucumán no pudo dar al país un ordenamiento institucional, porque las opiniones chocaron al llegar el momento de las decisiones. El gobierno de Buenos Aires siguió como un régimen de hecho, como una continuación del orden virreinal, como un fruto de la Revolución; pero el resto del país le restó cada vez más su apoyo hasta que lo disolvió por las armas. A principios de 1820, los ejércitos de las provincias litorales derrotaron al de Buenos Aires — que se consideraba nacional— y el nuevo país quedó disuelto. Las Provincias Unidas serían, de aquí en adelante, un conjunto de provincias desunidas.

Sólo el general José de San Martín mantuvo su fe inconmovible en el destino del país unido. Solicitado para que sirviera en la guerra civil, respondió que no intervendría en ella. Pero, al margen de las disputas, se propuso dar realidad al voto del Congreso de Tucumán y asegurar la soberanía de la nueva nación. Pacientemente, organizó un ejército en las provincias cuyanas y con él cruzó la cordillera de los Andes para enfrentar a los ejércitos españoles que se proponían recuperar las colonias para la madre patria. En 1817 los derrotó en la batalla de Chacabuco y al año siguiente en la de Maipú. Con esas victorias quedaba afianzada la independencia de Chile y asegurada la de Argentina. Pero pensando que era necesario aniquilar el último reducto español, llevó su ejército al Perú y se apoderó de Lima en 1821. Libres los países fronterizos, la independencia argentina estaba asegurada.

Desde 1820 hasta principios de 1826 no existió un gobierno nacional, y las provincias ordenaron su vida según sus libres y espontáneas tendencias. Buenos Aires, bajo la inspiración de Rivadavia, procuró llevar a la práctica las aspiraciones de progreso y modernización que alentaban los grupos liberales. Las demás provincias, por su parte, salvo excepciones, perpetuaron sus modos de vida tradicionales. Pero todas volvieron a unirse ante la amenaza de guerra con el Brasil, y coincidieron en la elección de Rivadavia como presidente de la República. La guerra, conducida por el general Alvear y el almirante Brown, proporcionó importantes triunfos al país. Pero, entretanto, la gestión de Rivadavia suscitó nuevos recelos de los grupos del interior. Como la Constitución de 1819 había desencadenado la guerra de 1820 a causa de sus tendencias centralistas, del mismo modo la que se proyectó en 1826 promovió la resistencia. Rivadavia debió renunciar y el gobierno nacional volvió a desaparecer.

En Buenos Aires fue elegido gobernador un partidario del federalismo, Dorrego, visto con buenos ojos por las otras provincias. Pero un golpe militar dirigido por Lavalle —unitario— lo derrocó, y Dorrego fue fusilado. Desde ese momento la guerra civil no tuvo pausa en la Argentina. Rosas apareció como el jefe federal de Buenos Aires, de acuerdo con López y Quiroga en el interior. Lavalle combinó sus acciones con Paz para oponérseles. Se enfrentaron así dos países ideológicos que representaban los ideales de dos países reales: no el campo y la ciudad en abstracto, sino la ciudad de Buenos Aires, con su puerto y su aduana, y el resto del país con su economía casi natural y su sentimiento de dependencia inexorable frente a la metrópoli que estaba en la boca del río abierto hacia Europa. En 1830 se constituyó la Liga del Interior presidida por Paz y en 1831 se firmó el Pacto Federal entre las provincias litorales. Buenos Aires parecía solidaria con sus hermanas ribereñas, pero pronto el gobernador de Buenos Aires, Rosas, demostró que él y los demás saladeristas no estaban dispuestos a compartir los beneficios del puerto y la aduana con nadie. El país quedó dividido en tres cuando, caído Paz, se midieron los tres jefes federales que poseían poderes regionales: Rosas, López y Quiroga.

Poco tiempo necesitó Rosas para sobreponerse a sus dos rivales y para reafirmar la supremacía de Buenos Aires sobre el resto del país. De manera informal, pero muy firme, Rosas restableció la unidad del país bajo su autoridad personal, asumiendo la representación de todos los federales para enfrentar a sus rivales unitarios. Repetidas veces los derrotó en batalla y, además, los persiguió implacablemente, sobre todo después de 1840. Los franceses bloquearon el puerto de Buenos Aires tratando de conseguir y mantener el mercado de Montevideo, en vista de que los ingleses, amigos de Rosas, controlaban el de Buenos Aires; y después de algún tiempo, también los ingleses se unieron al bloqueo. Pero Rosas resistió apoyado en un frente interno muy unido a causa de su vasto prestigio popular. Las clases altas, en cambio, le eran hostiles, excepto los que componían el círculo saladeril y los grandes terratenientes a quienes él había beneficiado. Esta situación hizo crisis cuando los ganaderos del litoral no pudieron soportar más el ahogo producido por las prohibiciones que pesaban sobre la navegación de los ríos, y se decidieron a la acción. El gobernador de Entre Ríos, Urquiza, organizó una coalición que en 1852 dio por tierra con Rosas en la batalla de Caseros.

Desde los primeros tiempos del gobierno de Rosas, muchos estudiosos se preguntaron sobre la explicación del fenómeno político que contemplaban. Todos coincidieron en que el país tenía dos caras: una urbana y otra rural, y que la lucha civil había sido la expre-sión de ese enfrentamiento, que había desembocado en la dictadura de Rosas. Sarmiento definió esta contraposición como “civilización y barbarie”, términos con los que definía un juicio de valor; pero aun confusos, los términos contrapuestos correspondían a una realidad. La respuesta de los expatriados con visión política fue buscar una fórmula que superara ese antagonismo, y la hallaron en el diálogo con los disidentes del rosismo. Urquiza la encarnó y logró que se plasmara en la Constitución de 1853, federal pero representativa, progresista sin olvido de las tradiciones y equidistante de los intereses de Buenos Aires y del interior.

Sin embargo, después de Caseros los grupos liberales de Buenos Aires habían sospechado de Urquiza y se habían alejado de él. La ruptura determinó que desde 1852 hasta 1862 Buenos Aires constituyera un Estado independiente, opuesto a la Confederación Argentina. La guerra económica que estalló entre ambos Estados expresaba lo que había detrás del conflicto: la Confederación creó el puerto de Rosario y otorgó aranceles favorables a los productos que llegaran sin tocar en Buenos Aires. Esta vez, el conflicto no se disimulaba bajo una máscara ideológica o política. Pero la realidad se empeñó en probar que las dos partes del país se necesitaban, y la antigua fórmula transaccional fue ajustada hasta decantarse en un acuerdo. Luego de dos batallas —Cepeda y Pavón— Buenos Aires se incorporó a la Confederación Argentina y la Constitución de 1853 tuvo plena vigencia a todo lo largo del país unificado.

Desde 1862 hasta 1880 se sucedieron en la presidencia de la República Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento y Nicolás Avellaneda. Porteño el primero y provincianos los dos últimos, su origen simbolizó la progresiva conquista de Buenos Aires por el interior. Finalmente, en 1880 la ciudad de Buenos Aires fue federalizada.

Durante ese lapso, el gobierno de la nación se empeñó en ajustar el nuevo mecanismo institucional, que Urquiza, como presidente de la Confederación, había puesto ya en funcionamiento. El régimen administrativo, la justicia, los correos, las relaciones interprovinciales, las de las provincias con la nación, el ejército, la educación, la salud pública, la aduana, todo fue necesario montarlo en función de la totalidad de la nación, venciendo dificultades técnicas y, lo que era aun más grave, sospechas y temores recíprocos. Pero poco a poco la tarea dio sus frutos y pudo decirse que, durante esos años, se había logrado la “organización nacional”. Ciertamente, todos los problemas que habían enfrentado a las distintas regiones y a los distintos sectores del país comenzaban a entenderse sobre la base de soluciones equitativas.

Empero, la labor de los gobiernos de Urquiza, Mitre, Sarmien-to y Avellaneda no se limitó a resolver los problemas del pasado. La minoría que ejercía el poder tenía ideas claras sobre el futuro. Creía que el porvenir argentino consistía en incluir al país en la línea del desarrollo económico y cultural de Europa. Y para alcanzar este objetivo promovió un cambio sustancial en la vida argentina. Tan profundo era su convencimiento acerca de las ventajas de esa política que no vaciló en modificar la estructura de la sociedad, incorporando al país una ingente masa de inmigrantes que acudió al insistente llamado del gobierno argentino. No le ofreció éste tierras ni planes organizados de trabajo, pero puso en sus manos una economía abierta, que se orientó decididamente al aprovechamiento de las tierras fértiles para la producción de carnes, lanas y cereales que tenían gran demanda en el mercado europeo. Los inmigrantes se incorporaron a estas actividades, pero también al comercio y al artesanado, logrando muchos de ellos con notable rapidez una posición económica de tal nivel que quedaron incorporados a una clase media acomodada que se constituía aceleradamente gracias al bienestar y a la prosperidad general. El trabajo de todos enriqueció también a las clases ricas tradicionales, generalmente dueñas de la tierra. Y los grandes comerciantes que acumulaban los “frutos del país” reunieron ingentes fortunas en el comercio exportador.

Pero la política de la minoría que ejercía el poder no se limitaba a promover la inmigración. También promovió la modernización del país. Y así como recurrió a Europa para poblar el país, recurrió a ella para buscar capitales. Los ferrocarriles fueron la empresa más tentadora. En un país tan extenso y desierto, el ferrocarril fue instrumento fundamental de cambio. Extensas zonas se incorporaron a la explotación, y la vida se hizo posible en ellas. En las fronteras, los indios amenazaban a la población blanca. Pero el presidente Avellaneda asumió la responsabilidad de terminar con esa amenaza y cumplió sus planes gracias a la actividad de Adolfo Alsina y del general Julio A. Roca, que dirigió la campaña del desierto en 1879. Nuevas tierras se dedicaron entonces a la cría de ganado. Entretanto, otras obras completaban el reequipamiento moderno del país. Se iniciaron las obras para la construcción de varios puertos, empezando por el de Buenos Aires; se construyeron puentes, se tendieron hilos telegráficos, se hicieron obras de salubridad, todo lo necesario, en fin, para facilitar la producción de la riqueza y ofrecer mejores condiciones de vida a la población que intervenía en ella. Escuelas primarias, colegios secundarios, bibliotecas, hospitales, surgieron de la tesonera acción de esa minoría ilustrada.

Principal actora del proceso, esa minoría se había enriquecido con la valorización de las tierras, con el aumento y diversificación de la producción, con el desarrollo de una intensa actividad financiera. La generación que le siguió se encontró en la abundancia y comprobó que el país que recibía no era ya el de los días de Caseros y de Pavón. Era un país organizado, próspero, con una población heterogénea, con una creciente clase media, con ciudades desarrolladas. La era de los propulsores había terminado, y sus herederos consideraron que eran los herederos legítimos del país que sus padres habían construido.

El tono moral del país cambió sensiblemente después de 1880. La empresa de organizar y modernizar el país unificado perdió el aire misional que había tenido y dejó paso a una vasta aventura tras la riqueza. Fue entonces cuando se comenzó a dibujar la imagen de una Argentina próspera, de porvenir seguro, tierra de promisión para todo el que quisiera hacer fortuna con su esfuerzo. Dada la densidad de población y la demanda europea de las materias primas argentinas, esa imagen no estaba muy alejada de la realidad. Y tanto las clases altas como los distintos sectores de la clase media que se constituía con población de origen inmigrante, se ajustaron a ella y procedieron en consecuencia.

La persecución de la riqueza fue un signo de la época, que Julián Martel pintó diestramente en La Bolsa. Hubo altibajos, como la crisis de 1890, y hubo, naturalmente, muchos que se hundieron en la miseria mientras recorrían el camino hacia la riqueza. La especulación, especialmente en tierras, el uso inmoderado del crédito, el planeamiento desaprensivo de fantásticos negocios, envenenaron la vida financiera y suscitaron una corriente de inmoralidad que alcanzó a los sectores más responsables. Pero, entretanto, se proseguía la obra de población y modernización del país con el mismo o mayor empeño: los inmigrantes entraban en proporciones extraordinarias, los capitales acudían, los ferrocarriles progresaban, aumentaban las cifras de la exportación de carnes, lanas y cereales y crecía el volumen de las importaciones destinadas a aprovisionar a un público consumidor cada vez más considerable. La prosperidad se traslucía en los altos niveles de vida, tanto de la aristocracia tradicional, cada vez más cerrada, como de las clases medias, cada vez más abiertas.

Quizá fuera éste el rasgo más significativo de la época. Sorprendida, y sin duda disgustada, por el aspecto heterogéneo que iba adquiriendo el país, la vieja aristocracia criolla, antes modesta, comenzó a adquirir ínfulas de aristocracia o de plutocracia y a estrechar sus filas para denotar que constituía un sector distinto de la masa que componían las clases populares y las clases medias saturadas de inmigrantes de diversos orígenes. Éstos, por su parte, corrieron las distintas andanzas que permitían las posibilidades económicas del país y escalaron los diversos grados de la fortuna, con lo cual constituyeron una clase media abierta, muy móvil, cuyos miembros, si bien se mantuvieron ajenos a la vida política, procuraron consolidar su posición social y representar un papel generalmente superior al que correspondía a su posición económica.

En el orden económico, tanto las clases altas como las medias se transformaron en fuertes consumidoras de bienes. En el orden político, las clases altas mantuvieron el control del Estado. Pero en este aspecto la situación comenzó a hacerse cada vez más inestable, sobre todo a medida que comenzaron a alcanzar mayoría de edad las promociones de argentinos hijos de inmigrantes, que aspiraron a participar en la vida política del país y encontraron una valla en la cerrada actitud de las clases tradicionales.

Los descendientes de los viejos liberales, en efecto, adquirieron los rasgos de un grupo conservador. Para enfrentarlo, las clases medias comenzaron a aglutinarse alrededor de algunos principios democráticos, relacionados sobre todo con la pureza del sufragio, puesto que los grupos conservadores respondieron a las nuevas demandas políticas falseando cada vez más el régimen electoral. La Unión Cívica Radical, inspirada por Leandro N. Alem, recogió esas inquietudes, y desde 1890, en que se lanzó a la revolución, en adelante, fue el movimiento político que expresó a las clases medias. A partir de entonces el país adquirió una nueva fisonomía: dos partidos que representaban con bastante fidelidad dos sectores sociales del país, aunaban las opiniones de vastos sectores y expresaban sus designios acerca del futuro nacional. Otros partidos aparecieron, como el socialismo; pero conservadorismo y radicalismo fueron los grandes temas que aglutinaron a la opinión pública.

Inequívocamente mayoritario, el radicalismo fue mantenido fuera del poder por los conservadores durante largo tiempo; pero el presidente Roque Sáenz Peña decidió quebrar esa política e hizo sancionar una ley que establecía el sufragio secreto, universal y obligatorio. En virtud de ella, el radicalismo llegó al poder en 1916 imponiendo a Hipólito Yrigoyen como presidente.

Entre 1916 y 1930, el gobierno radical condujo al país por un camino semejante al recorrido por sus antecesores. Sólo la aparición de nombres nuevos, de extracción modesta a veces, en los elencos gubernamentales, puso de manifiesto el cambio operado. Pero tanto desde el punto de vista de la política económica como de la política social, las cosas no cambiaron.

Y sin embargo, los problemas del país cambiaban y se hacía visible que se necesitaban nuevas soluciones. El radicalismo había aglutinado en la oposición no sólo a las clases medias, a las que representaba fielmente, sino también a vastos sectores populares; pero, una vez llegado al poder, el radicalismo dejó de ser una esperanza para estos últimos, como se advirtió a partir de la gran huelga de principios de 1919. El movimiento obrero tenía ya cierto desarrollo, y fue creciendo con el tiempo; y en las zonas rurales aparecieron problemas que requerían soluciones. Más aún, la pequeña clase media manifestaba las angustias que son propias de su condición de grupo-límite, y tampoco divisaron una esperanza en el radicalismo. De ese modo, una vasta red de desilusiones debilitó poco a poco al numeroso movimiento que había llegado al poder seguro de representar al país en pleno. Al producirse las primeras dificultades graves para la economía del país —tras la crisis mundial de 1929—, el gobierno cayó empujado por la revolución de 1930.

Para entonces era ya visible que la modernización del país no sólo se había operado en cuanto a su equipo y a sus instituciones fundamentales, sino también en cuanto a la aparición de los problemas propios de una sociedad evolucionada. Conscientes de sus intereses, los distintos grupos sociales pugnaban por defenderlos y por arrancar al gobierno las decisiones que les interesaban. Así como después de 1852 pareció que la Argentina había superado una era de enfrentamiento de intereses inconciliables, después de 1930 se advirtieron recaídas en una situación conflictual en la que los intereses comunes de la colectividad nacional parecían menos importantes que los de cada uno de los grupos sociales.

Los gobiernos que surgieron de la revolución de 1930 atendieron preferentemente a la suerte del sector agropecuario, amenazado por la crisis de sus tradicionales mercados europeos; pero su política económica trajo una retracción que tuvo graves consecuencias para el país, puesto que disminuyeron las fuentes de trabajo en muchas regiones, creció la desocupación, se acentuaron las diferencias de clase y se inició una era de éxodo de población rural hacia las ciudades, especialmente hacia Buenos Aires.

Un pequeño desarrollo industrial comenzó a producirse por entonces, que requirió mano de obra especializada; pero no podía absorber los gruesos contingentes de desocupados que poblaron los sórdidos caseríos que ya aparecían en los alrededores de Buenos Aires. Esos sectores populares perdieron las esperanzas en la acción de los gobiernos llamados democráticos, y no sólo porque los veían ajenos a sus problemas urgentes y primarios sino porque aprendieron en su ejemplo a desconfiar de la democracia misma.

La Segunda Guerra Mundial abrió las perspectivas de la industria en algunas ciudades, y los altos salarios que empezaron a ofrecer constituyeron nuevos estímulos para la migración de grupos rurales hacia la metrópoli. Al terminar la guerra, el mapa social del país ofrecía rasgos muy distintos de los tradicionales, puesto que había adquirido coherencia un vasto grupo social marginalizado por las condiciones económicas, sociales y políticas del país.

Ese grupo —y otros que, en distintas circunstancias, habían sufrido el mismo proceso de marginalización— fueron los que prestaron su apoyo al vasto movimiento político lanzado por el coronel Juan Perón después de la revolución de 1943, que había puesto fin al gobierno del presidente Castillo. Perón inició una transformación importante en la política económica del país, apoyando a los sectores industriales y nacionalizando algunos servicios fundamentales. Pero además inició una política social que, aunque débilmente sustentada, significó un cambio sustancial para las clases populares, hasta entonces omitidas en todos los planes gubernamentales.

Apoyado en fuertes grupos militares por una parte, y en el movimiento sindical por otra, el gobierno que había comenzado constitucionalmente en 1946 pudo desarrollar una obra de inequívoco sentido popular. La falta de una política profunda que asegurara la perpetuación de sus tendencias no fue advertida por sus partidarios, que mantuvieron incólume su apoyo durante diez años. Pero desde 1950 la situación económica se fue haciendo más difícil, y la política salarial del gobierno encontró más obstáculos. Entretanto, diversas circunstancias le enajenaron el apoyo de los sectores católicos y militares, y el presidente Perón fue derrocado por una revolución en 1955.

La época de Perón reveló la existencia y la polarización de un sector popular muy definido, en el que había un fuerte grupo de obreros industriales, pero que se componía también de gentes humildes y de pequeña clase media que apreciaba la protección que el Estado había comenzado a prestarles por entonces. Ese vasto sector se sintió defraudado en 1955 cuando Perón fue derrocado. Desde entonces constituyó un sector marginalizado políticamente, que idealizó los tiempos en que el Estado —por intermedio del presidente de la nación— parecía consciente de sus responsabilidades de defensor de los intereses de las clases más necesitadas. Los gobiernos surgidos de la revolución de 1955 intentaron reconstruir la economía tradicional, sin descuidar, por cierto, el estímulo del desarrollo industrial. Intentaron también asegurar la vigencia de la democracia, aun cuando conjuraran las amenazas de retorno del peronismo con distintas medidas ocasionales. Pero el país percibió la existencia de un conflicto de difícil solución entre los ideales democráticos y las garantías de libertad, que para muchos aparecían comprometidas por la experiencia del peronismo, cuyo gobierno no fue respetuoso de las minorías. No sin incertidumbres políticas, el país se acercó a la celebración de los ciento cincuenta años de la Declaración de la Independencia.

Inestable por la vivacidad de los cambios sociales y económicos que están lanzados, la Argentina no oculta la pujanza de su economía y la vitalidad de los procesos sociales que se dan en su seno. Una viva cultura aflora cada vez más nítidamente. Sólo necesita hallar una fórmula para que las fuerzas socioeconómicas ocupen el sitio que corresponde a su auténtica significación en la balanza de poder. No es fácil, pero alguno de los intentos tendrá éxito, y entonces podrá disiparse la nube que cubre el destino argentino, superficial pero oscura. Una mirada sobre el país basta para descubrir que todos sus sectores desean vehementemente hallar aquella fórmula para que sea factible la empresa común llena de promesas.