Las conversaciones de Félix Luna con José Luis Romero

MARÍA SÁENZ QUESADA

Historiadora

Narra Félix Luna en su libro Encuentros, que la idea de estas Conversaciones con José Luis Romero nació durante una visita que hizo al diario La Opinión, donde solía publicar artículos de tanto en tanto: “Debe haber sido a mediados de 1976. Jacobo Timerman, el director, se enteró de que yo estaba allí, me hizo llamar y con esa manera tan particular que tenía para manejarse con la gente, en vez de saludarme, espetó:

“Estás hecho un vago. No escribís nada. ¿Por qué no hacés un libro en diálogo con algún otro historiador?”

Decirle vago a quien trabajaba  sin pausa, era de por si injusto, pero ya antes de salir de La Opinión, Luna había elegido dialogar con José Luis Romero, a su juicio el interlocutor ideal, que reunía la doble condición de medievalista de gran formación intelectual y al mismo tiempo, conocedor profundo del pasado argentino, no enrolado en ninguna tendencia, ni siquiera miembro de la Academia Nacional de la Historia. Timerman aceptó la propuesta, y como ambos historiadores no se conocían formalmente, según recuerda Luis Alberto Romero, Luna visitó a Romero en su casa de Adrogué, en compañía de Enrique Vera Villalobos. Se entendieron bien desde el comienzo y las reuniones de trabajo se desarrollaron   en la oficina de Todo es Historia, por entonces ubicada en un pequeño departamento de la calle Paraguay y Paraná.

“Pocas veces en mi vida he tenido un diálogo que me diera tanta satisfacción, que me enriqueciera tan plenamente y, además, que me divirtiera tanto como el que tuve con Romero, con el que urdimos, a pesar de la diferencia de jerarquía intelectual, una buena amistad al final de la tarea”, reconoce Luna en el ya citado libro. Hablaron de historia pero también de vivencias comunes como ex alumnos del Colegio de los jesuitas, de zarzuelas a las que ambos eran aficionados, y entre pregunta y respuesta, del drama que se desarrollaba en el país que ambos vivían con angustia, mientras procuraban leer esa desoladora realidad desde la visión del historiador, y vislumbrar en ella las perspectivas de futuro.

Terminada la transcripción de las conversaciones, Luna escribió el prólogo y el epílogo del libro, que constaba de 174 páginas y se lo envió a Romero quien se mostró muy satisfecho. Quedaron en reencontrarse al regreso de un viaje de Romero a Japón, por cuestiones vinculadas a la UNESCO, que concluyó abruptamente: murió en Tokio, y el libro “que pretendía ser un mensaje, ahora se convertía en su testamento, que expresaba su filosofía de la historia, su idea del oficio del historiador, sus proyectos y sus evaluaciones”.

Entre tanto, la suerte del pequeño libro sufría las consecuencias del “affaire Graiver”, que estalló por esos días. Jacobo Timerman fue preso por largo tiempo y el libro, secuestrado.  Queda claro que el subtítulo elegido para presentar Conversaciones, “Sobre una Argentina con Historia, Política y Democracia”, debía inquietar no sólo a los censores gubernamentales, sino también a quienes, desde posturas extremas, en la intensa politización de aquellos años, descalificaban el diálogo y la búsqueda de consenso para una mejor convivencia democrática.

La reedición de Conversaciones, primero por le Editorial de Belgrano y luego por Sudamericana, ya en democracia, permitió que la obra circulara hasta convertirse en un clásico, utilizado como introducción para el estudiante de ciencias sociales, y citado por académicos del más alto nivel. Esto pudo comprobarse en las jornadas universitarias con invitados del país y del exterior realizadas en homenaje a José Luis Romero, en el Centro Cultural San Martín, en 1987, a las que Luna asistió como secretario de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires (y no en carácter de historiador).

¿Cuál es el secreto de la perduración de Conversaciones? En palabras de Luna, es que  “Ese testamento no sabe a documento póstumo, sino, por el contrario, a historia inaugural”.

A partir de la pregunta: “Un medievalista, ¿para qué le sirve al país?, con la que arranca el libro,  y de la respuesta, “me inclino a creer que solo un medievalista puede entender la historia argentina”, se advierte que una suerte de complicidad se estableció entre el entrevistado y el entrevistador. Ambos habían llegado por distintos caminos a profesar el oficio del historiador: Romero (67 años), era un especialista consagrado, de formación rigurosa en la disciplina y reconocimiento internacional. Luna (51), historiador vocacional, formado en el derecho y en el periodismo, autor de libros muy admirados por el lector argentino se encontraba entonces alejado del ámbito académico (más tarde ingresó a la Academia Nacional de la Historia).

No obstante, y más allá de las vivencias y gustos comunes ya señalados, ambos compartían un pasado político de compromiso partidario; Romero en las filas del partido Socialista; Luna en las del radicalismo. Sin embargo, rechazaban que se cultive la historia  atada a “subjetividades militantes”; y cada uno estaba empeñado en una búsqueda apasionada de la identidad argentina,  según su formación, su personalidad y el contexto en el que trabajaban. Porque, aunque cada historiador se ocupe, en palabras de Luna, “de las sagas propias”, los problemas metodológicos, las dudas sobre el valor del conocimiento histórico, y sus limitaciones, se presentan a todos los historiadores, sea cual fuera su especialidad. De ahí las preguntas que se van formulando y contestando a lo largo de las cinco conversaciones que integran el libro, y “que constituyen pistas abiertas para quienes profesan o aspiran a profesar el oficio de la historia”.

Romero es tajante en cuanto a que la historia argentina es parte de la historia de Occidente y necesita del estudioso en condiciones de ubicar un fenómeno histórico local dentro de categorías de vigencia universal. También en definir a la historia como “saber de los saberes”. Ese “rico depósito de saberes resulta muy poco usado y de ahí la monótona reiteración de errores, injusticias y crímenes que siguen ensombreciendo el mundo de hoy”, observa Luna.

El diálogo se ocupa del valor del documento y de la apelación constante a las fuentes, que adoptó la “Nueva Escuela Histórica”, la de Emilio Ravignani y Ricardo Levene, en la que se formó Romero. ¿Esa es la única forma válida de hacer historia? Romero sostuvo desde el comienzo de su carrera, a contracorriente de dichos maestros, el derecho de utilizar fuentes conocidas, a las que una nueva mirada revive y actualiza; de otro modo, el historiador solo podría abordar en el curso de una vida dedicada al oficio, sólo unas decenas de asuntos puntuales. Y fundamentalmente destaca: “La historia no se ocupa del pasado. Le pregunta al pasado cosas que le interesan al hombre vivo… El oficio del historiador es comprender”.

Romero admiraba a Paul Groussac, por el mundo de ideas que utilizó en sus libros Liniers y Mendoza y Garay, y su trasfondo de cultura general y consideraba las dos obras “realmente sensacionales”, tanto por la lógica del relato como por su precisión terminológica, indispensable para evitar confusiones y vaguedades. Asimismo, reconocía en Mitre al historiador fundador de la identidad argentina. Valoraba en el autor de las biografías de San Martín y de Belgrano la intención de crear la estructura intelectual de la nación, en la que entran todos sus elementos y en la que se ven la fisonomía, personalidad y estilo de la comunidad argentina. Admiraba su pasión y su rigor y el esfuerzo inmenso que representó esa obra, que compara a la de otros autores contemporáneos suyos, como el chileno Barros Arana y el mexicano Justo Sierra.

Con respecto a la visión de Mitre, Luna objetó que en ella estaban ausentes el interior y el pasado hispánico. Romero destacó la urgencia de escribir una historia del país “en la que Buenos Aires y el interior jueguen de una manera armónica” y mencionó los problemas que al escribir Las ideas políticas en la Argentina (1946), se presentaron para explicar qué pasó después de 1880. Confiesa también que al escribir sobre historia argentina lo hizo movido más por una vocación ciudadana que por una vocación intelectual, que en su caso se inclinó desde el comienzo hacia el mundo clásico y medieval.

La mirada ampliada a América latina está muy presente en Conversaciones, en momentos en que Romero acababa de publicar uno de sus grandes libros, Latinoamérica: las ciudades y las ideas (junio, 1976), aplicando criterios y saberes desplegados en el estudio de la evolución del mundo feudal. De la obra sobre las ciudades americanas, dice que es un libro heredero del Facundo, con una visión no intuitiva, como la de Sarmiento, sino elaborada a partir del papel de las burguesías y de las ciudades, primero en forma espontánea y luego como instrumento político de los reyes y señores. En las ciudades americanas se imposta la cultura hispánica y católica, mientras que en las campañas se refugian los vencidos y luego tienen lugar los procesos de mestizaje y de aculturación, explica. Allí se encuentra “la clave del proceso de la formación de la sociedad argentina”.  Los porteños llaman “cabecitas negras” a nuestros “hermanos del interior”, que nadie sabe quiénes son pero constituyen la “historia vida del país”.

En torno al mismo tema se pregunta sobre el problema de la tierra y de las encomiendas, cuyo conocimiento depende de las historias regionales, no muy desarrolladas al momento en que tuvieron lugar estas Conversaciones. El problema del arraigo del inmigrante entusiasma tanto a Romero como a Luna porque gira en torno de la identidad argentina. Con respecto a Sarmiento, su intuición, sus exageraciones, y su desesperación por urbanizar, Romero señala que al país le había faltado la aldea como instancia intermedia entre el campo y la ciudad, y que tuvo un papel importante en las sociedades europeas.

En otro de los diálogos, se habló del valor de la metodología histórica de Carlos Marx. Dijo Romero que Marx y Maquiavelo fueron los únicos dos historiadores que en distintas situaciones pusieron el dedo en la realidad real, con toda su crudeza, en la trama de lo que es el comportamiento humano, individual y social. En el mundo contemporáneo hay poca gente que en alguna medida no sea marxista, agregó, pero es preciso distinguir al Marx historiador del Marx político que de su teoría de la dinámica histórica dedujo una política para el futuro que él entendió era la consecuencia inexorable de su teoría.

En este punto, Romero cree que Marx subestimó el papel de las ideas y que la dinámica histórica es un juego entre la realidad y las ideas, una dialéctica múltiple y plural. Aquí hizo referencia a su teoría de la vida histórica, que esperaba desarrollar en un libro que ya tenía adelantado, y que la muerte le impidió terminar.

“La vida histórica es algo absolutamente objetivo y constituye el tema de la ciencia histórica. Es como la materia para las ciencias físicas o la vida para la biología…El hombre es un animal histórico…no existe sin su pasado…para lo primero que sirve la conciencia histórica es para fijar la identidad… ¿Quiénes somos? …Todos los historiadores han escrito en última instancia para identificar… Si no tuviera este profundo sentido metafísico, la historia no habría durado tantos siglos, no sería una disciplina tan vieja como las religiones o la filosofía”. 

En Conversaciones, los interlocutores pasan con facilidad de la referencia a Marx, Renan o Gibbon, a las memorias del general Lamadrid o a la carta que Juan Manuel de Rosas escribió en la Hacienda de Figueroa acerca de la organización del país. Este es uno de los muchos atractivos del libro, el horizonte de ideas amplio, el tono amable, la búsqueda de la comprensión del pasado, el análisis del camino recorrido y lo que hace falta recorrer para contar con una buena historia argentina, con “Historia, Política y Democracia”, inserta en la historia de Occidente. Sin duda que esto último suscitará en la actualidad objeciones a partir de visiones que valoran especialmente las culturas americanas “originarias”. Pero sin duda toda esta concepción del pasado constituye una invitación a pensar en la historiografía argentina, en qué medida avanzó y se volvió más sólida de 1976 a la actualidad, y en qué medida hay libros que quedaron pendientes, tal vez porque el “gran relato” al que Romero aspiraba, el que uniera a Buenos Aires y el Interior, se divide hoy en capítulos escritos por distintos autores, dadas las exigencias   metodológicas producen más trabajos de microhistoria que grandes síntesis.

Queda por destacar en toda esta pequeña obra perdurable, el respeto que muestran los interlocutores, no sólo entre ellos, sino también con respecto a otros autores y corrientes historiográficas y fundamentalmente por la vida histórica, ese pasado cuyo secreto se aplicaron a desentrañar.