Elecciones, constitución y partidos. 1970

Una declaración presidencial ha abierto nuevamente, aunque sin plazo, la perspectiva de que se ofrezca al país una salida política, «con elecciones, constitución y partidos». Es innegable que la salida política constituye una exigencia, pero también lo es que presenta graves dificultades. Ante todo, algunas de carácter técnico —aunque con implicaciones de fondo— que se refieren al mecanismo del proceso. Personalmente, sigo prefiriendo la mecánica electoral de la Ley Sáenz Peña y soy partidario de que unas elecciones municipales —solamente— sean previas a las demás. Creo que, en términos generales y dentro de la situación actual, estos mecanismos podrían asegurar la representatividad de los poderes que salieran ungidos en las urnas, siempre, naturalmente, que no haya proscripciones ni sutiles mecanismos destinados a lograrlas indirectamente.

Si el gobierno así elegido ha de ser eficiente, es cosa que no puede preverse. La ineficiencia del poder político y administrativo es ya un fantasma obsesivo para los argentinos. Pero la ineficiencia no obedece siempre a las mismas causas. Hay una ineficiencia personal generalmente cuando los equipos de gobierno se reclutan con estrecho criterio de grupo. Pero hay una ineficiencia funcional que tiene otras causas. Si el poder político tiene una idea confusa de sus fines, si juega con un doble o triple sistema de finalidades, o si, simplemente, carece de fines, no puede ser eficaz ni eficiente ni puede saberse qué se le podría exigir. Esto nos lleva al fondo de la cuestión.

En mi opinión, el problema más grave del país consiste en que, durante las últimas décadas, la opinión pública se ha disgregado. El fenómeno es una consecuencia. Han sido los procesos sociales desencadenados en las últimas cuatro décadas los que han modificado las cuotas de participación política de vastos sectores al compás de cambios económicos; y han sido ellos los que han provocado la ruptura de los esquemas tradicionales de opinión. El hecho es que todavía esos esquemas no han sido sustituidos por otros y que el país carece de corrientes de ideas compactas que ofrezcan opciones válidas, en la actual situación social y económica del país y del mundo. Es, pues, al país al que hay que mirar cuando se quiera pensar en salidas políticas, antes que al gobierno, y acaso con eso se relacione la pregunta que se me formula acerca de si el país está en condiciones electorales.

He sostenido más de una vez que el movimiento militar de 1966 consagró la situación de impotencia y de incertidumbre por la que pasaba el país, y gozó por eso de un tácito consentimiento general. Lo que se inauguró entonces fue un interregno, porque el consentimiento era negativo y no implicaba una aceptación de las ideas que aparecían como subsidiarias del movimiento de hecho. El país descubrió que las aglutinaciones políticas tradicionales correspondían a situaciones sobrepasadas y no se conmovió por su disolución formal, sabiendo que muchas de ellas contenían grupos sociales e ideas que podían trasvasarse si se cumplía el requisito fundamental de erigir nuevos esquemas adecuados a la realidad. Esos esquemas no estaban a la vista. Todo hace suponer que hemos comenzado a entreverlos.

Ciertamente, las cosas han cambiado mucho en los últimos tiempos. La extraña mezcla de tecnocracia y oculta ideología que se le ha ofrecido al país en los últimos tres años ha completado la experiencia política argentina. La gravedad de los problemas económicos y sociales se ha hecho carne en vastos sectores, y el grado de compromiso que algunos de ellos han adquirido con sus propios puntos de vista revela un alto grado de madurez y responsabilidad. Además, los interrogantes que el país plantea han ganado en claridad y en dramaticidad, y están formulados ahora en términos mucho más precisos. Finalmente, nuevas promociones se han incorporado a la vida pública y han renovado profundamente las perspectivas nacionales. Todo esto supone que el país ha comenzado a salir de la impotencia y la incertidumbre que predominaban en los comienzos del interregno para entrar en una etapa de claridad.

El balance final de la situación es, a mi juicio, que el país está en condiciones no exactamente electorales, pero sí preelectorales. Creo que ha llegado el momento de abrir un gran debate nacional acerca de los fines que el país debe proponerse para el próximo medio siglo, porque las opiniones han madurado y han comenzado a aglutinarse alrededor de unas cuantas respuestas básicas en relación con los problemas fundamentales del país. Si así fuera, estarían a punto de constituirse —y creo que lo están— los tres aglutinantes sociales y políticos que definirían los puntos de vista fundamentales de los argentinos. El debate es urgente e imprescindible. Puede ser agitado, pero será fructífero. Las pasiones personales y de grupo están lo suficientemente trabajadas como para que, con un poco de lucidez y de responsabilidad, cedan ante el compromiso que cada grupo social tiene con sus posiciones políticas y con sus convicciones profundas.

El país necesita un sistema de fines para el próximo medio siglo y cada sector debe proponer el suyo para la opción. Ese sistema de fines debe aceptar todos los cambios que ha experimentado espontáneamente la sociedad argentina en las últimas décadas y que no han sido aceptados todavía en las estructuras.

Esto es lo primero. Pero lo segundo y fundamental es que se propongan los cambios estructurales necesarios como para que sigan aceptándose los cambios que inevitablemente se operarán en el próximo medio siglo. No nos engañemos. Los cambios operados son irreversibles y lo sensato es prever qué nuevos cambios se producirán. El sistema de fines puede tener uno u otro sentido, pero debe convalidar el pasado y prever el futuro. Si así no se hiciere, seguiremos luchando por cosas inútiles, por objetivos caducos y anacrónicos.

Concierne al gobierno abrir este período de debate. Concierne a las élites políticas asumir su papel con responsabilidad y ofrecer al debate claros y rigurosos puntos de partida, soslayando los equívocos y los malévolos ocultamientos. Y corresponde a los distintos sectores sociales y políticos esclarecer sus propios puntos de vista y optar por ellos con decisión.

El momento es propicio porque todo el país contempla angustiado la agudización de las tensiones sociales. El tiempo nos apremia y nadie debe eludir su responsabilidad.