«El desnudo impecable» de Pedro Salinas. 1953

¿Quién —qué Aurelia— ofreció alguna vez a Pedro Salinas un álbum de blancas hojas para que reuniera en ellas los testimonios de inescrutable azar? El poeta los recogió despacio, anudó cuidadosamente los hilos, sondeó el misterio de los ovillos y le infundió luego al conjunto el soplo de la vida, como poeta y demiurgo. Inescrutable azar, misterios de amor y de muerte —como los de las canciones medievales—, pero envuelto todo en sosegada atmósfera de templanza, de dignidad frente al arcano. Escrito todo con tersa y trabajada prosa, el libro de los azares vio la luz en México el mismo año en que el poeta dejó de verla en Boston. Y por haber llegado a Boston el día mismo de su muerte me sentí preso en su mundo de azar, que solo alcancé a comprender cuando un azar puso en mis manos El desnudo impecable. Aurelia se tornó un espíritu amigo. Era una faz, una voz, una mirada. Pero me acompañó; y conocí a Lena y a Clara. Y conocí a Pedro Salinas porque perduraba también su voz y su mirada.

La casualidad, decía Aurelia, es la poesía de lo real. Pero Salinas le sugería una peculiar idea de lo imprevisto, animada por poética visión. Porque aquella poesía no es algo que se sobrepone y se agrega a lo real, sino algo que está sumido en ello y lo nutre, asomando por entre disimulados pliegues de las cosas, ocultándose a casi todas las miradas pero ofreciéndose gozoso a la mirada poética, suscitadora de su propio escondido encanto.

Poesía y azar parecen inseparables en Pedro Salinas. El ojo poético descubrió una vez el ojo de vidrio —disimulado tras aristocrático monóculo— del dueño de los azares. Creía estar seguro de que había muerto, aunque acababan de asegurarle que no había existido nunca. Pero estaba sentado en un sillón de terciopelo, señoreando una prodigiosa variedad de naipes que en otro tiempo trajeron y llevaron la fortuna. Transfigurado en Bernard Bruce, el dueño de los azares movía las figurillas de cera de un relato con el que sometía la voluntad de seres vivientes. Pero —cosa curiosa— fue vencido por la voluntad enamorada, no por sabio conjuro ni encantamiento mágico. Este azar es el azar de Pedro Salinas. Nefasto en ocasiones, el azar es otras veces benéfico, porque es azaroso y reúne al azar innumerables instantáneos azares que tanto sorprenden al designio consciente como pueden ser sorprendidos por él. Así ha sido pensado alguna vez el azar. Pero Salinas no solo piensa en él. Alguna vez quiso penetrar su secreto:

Parece el azar. Flotante

en brisas, olas, caprichos,

¡qué disimulado va,

tan seguro, a la deriva

querenciosa del engaño!

Le parecía seguro azar. Pero no era penetrar su secreto lo que más le atraía. Prefería descubrir su juego, reconocer su presencia e identificar la voltereta que veía dar a los hombres y a las vidas. El instante inasible se encadenaba a un terso pasado sin presagios, y en el recodo veía a Calcas enigmático y desconcertado. La inexorable repetición del azar le hizo pensar alguna vez que solo el azar era fatal. Ese día aceptó el ofrecimiento de Aurelia, y sobre las albas páginas del álbum comenzó a escribir su primavera y flor de azares. Cuando estuvo compuesto, lo dio a las prensas. Y cuando el desnudo impecable de la vida de azar vio la luz, dejó de verla en Boston el poeta. Curioso azar, como el de que yo me quedara con la mano tendida ese día en que la suya perdió el calor de la vida. Acaso a ningún poeta he conocido mejor que a este a quien resucitaban noche a noche muchas voces amigas.

Acaso fuera curioso saber qué experiencia movió a Salinas a componer la apretada trama de El desayuno. Quien se deja atrapar por las triviales historias de las tres trágicas viudeces, se inquieta cuando retorna a la singular cita. En el mismo colegio amparaban las tres viudas su pesadumbre, coincidentes en mil cosas, cada una a su modo, y asiduas las tres en concurrir a la misma mesa para tomar cada día el desayuno. Pero Salinas conoce el oficio de mago. En el centro mismo de la mesa de desayuno, descubre un punto misterioso hacia el que convergen las miradas. Nadie sabe ni sabrá nunca qué extraño oficiante recuadró el aéreo espacio, ni con qué sortilegio lo hizo. Pero un poder secreto parece haberse radicado allí para atraer las miradas como atraía las vidas, ciertas miradas y ciertas vidas, mejor, que desde ese punto retrocedían alejándose para coincidir en un solo análogo azar. ¿Por qué?

Ni la pregunta ni la respuesta importan al poeta, ni a quien acepta la verdad poética del demiurgo de tan extraña peripecia. Basta la revelación de cierta peculiar condición de la existencia para crear la atmósfera poética. Solo se necesita la presencia de lo imprevisto, la certidumbre de que «lo esperado juega al escondite con lo inesperado», y todo puede dejar de ser lo que era, como en el dibujo animado que miraba estupefacto Mr. Libby. La vida, entre otras cosas, puede dejar de ser, de pronto, lo que era: la vida, y transformarse de pronto en muerte. Un solo instante se necesita para que acontezca la funesta trasmutación. Y queda la eternidad tras el instante para recordar el fortuito entrecruzamiento de dos hilos, repentino cambio de opinión, inesperada aparición de la niebla, todo instrumento ciego de la muerte.

He aquí un nuevo De casibus. Pero este azar de Pedro Salinas no se reviste siempre de negro manto ni se acompaña de siniestras cornejas. Si a veces depara el infortunio, trae consigo otras veces la felicidad. Y no opone el amargo sino a la brillante grandeza hija del esfuerzo. El sino, sí, el sino trágico, opónese aquí en ocasiones a una clara felicidad terrena, la de lo esperado, la de lo repetido cada día con contenida delectación, la de una existencia hecha «de innumerables piezas menudas» que da ocasión a la delicada busca de la más preciosa, de la más fina con que puede completarse la obra. «Caben en ella infinitas pericias de lo menor, y por esa constancia en allegar poquedades puede arrimarse a la grandeza.» Acaso la certidumbre de lo imprevisto —de la gloria o la niebla—, de la muerte agazapada en el trapecio del circo o en la cantonera de una antología de poesía inglesa, mueve a esta curiosa humanidad de Pedro Salinas a gozar del instante, pero sin bastarda prisa, sin el grosero anhelo de apurar la copa para poder beber más. Porque el gozo está escondido en el demorarse, en el beber mejor; el gozo está escondido en un gesto, en una palabra, en una actitud, en un renunciamiento, en una recompensa sutilmente otorgada con una imperceptible sonrisa a cambio de una mirada apenas entrevista. Clara era franca y espontánea. Clara. Y cuando transcribía con legible letra las seculares escrituras, se aproximaba a la perfección, porque «cualquier forma de destreza en clarificar lo oscuro, aunque se la tenga por ruin, es purificadora de una opacidad, lustral de algo turbio y, por ende, distingue a su dueño como tocado por un rayo de la gracia de Dios». Claro y señorial era el suicida que no quería manchar un limpio amor, la enamorada que demoraba su delirio, el poeta que llamaba niebla a su gloria. Clara era Clara, desnuda e impecable.

Breviario de azar —de seguro azar— es este libro, rico en memoria de singulares experiencias. Por un azar llegó a mis manos y me reveló a un poeta en estado de asombro ante un mundo en el que todo revelaba poesía. Filósofo, pues, además de poeta, y docto inquisidor de la grandeza y la pequeñez del hombre.