Sobre El ciclo de la evolución contemporánea de José Luis Romero

SERGIO BAGÚ

“La historia no se ocupa del pasado. Le pregunta al pasado cosas que le interesan al hombre vivo”
José Luis Romero
(Félix Luna, Conversaciones con José Luis Romero, Buenos Aires, 1976)

Si quisiéramos ser fieles a la metodología de José Luis Romero el historiador, tendríamos que preguntarnos, en primer término, por qué él, poco después de finalizada la Segunda guerra mundial, experimentó la necesidad de escribir esta obra. Por qué, en ese preciso momento, le hizo al pasado las preguntas que constan en estas páginas.

El libro que ahora se reedita es, según sus propias palabras, una “explicación histórica de nuestro tiempo” (Introducción). Lo es también del futuro inmediato. Un objetivo que define con fidelidad el perfil de investigador de este medievalista ubicado en América Latina.

Por su formación humanística y su filiación generacional, el gran trasfondo sobre el que se formó su personalidad estuvo entretejido con la primera posguerra, la crisis económica iniciada en 1929, las victorias del fascismo europeo y la Segunda guerra mundial. Pienso que, como creador él mismo de cultura, el proceso que contribuyó más a definir su propia actitud fue el exterminio organizado de seres humanos y de valores costosa y pacientemente acumulados durante siglos, exterminio que constituyó la función histórica de los distintos tipos de fas­cismo europeo.

Fue con ese condicionamiento que Romero se definió. Para comprender lo que necesitaba comprender —reitero: lo necesitaba ineludible, perentoriamente, como criatura de su propio pueblo y de su época— solo le quedaba el ca­mino de reconstruir la verdad del pasado con el más exigente método científico que podía for­jarse.

A tres años de finalizada la Segunda guerra mundial, el enigma que Romero se propuso re­solver fue el de su propio tiempo. “Hay cierta­mente una miseria de nuestro tiempo, como la de todos los tiempos, pero hay en él una gran­deza que acaso no comparte sino con pocas épocas pretéritas [. . .] Esa creación de nuestro tiempo, la que le presta su grandeza, es la que esconde en el seno de la profunda y vasta revo­lución que desarrolla” (Introducción). No se re­fiere al efluvio de una sola idea genial, ni al relámpago de un solo gesto emancipador. “Para los países occidentales, es esta una era de crea­ción, de lenta y difícil creación, pero de creación robusta y duradera” (Cap. VIII).

Eso era lo nuevo —lo trascendentalmente nuevo— que él percibía en aquel 1948. Lo que se estaba gestando era un universo, la síntesis final —en la elaboración de la personalidad hu­mana— de todas las otras fuerzas de la historia: la economía, las clases sociales y sus conflictos, el poder, el invento y la tecnología. Por eso se le aparecía como fenómeno cultural y lo clasi­ficaba como una diferente conciencia de lo hu­mano.

Un siglo antes —el 1848 bajo cuyo signo pu­so el estudio que ahora se reedita— había co­menzado a generarse una conciencia que ya maduraba. Fue entonces cuando se inició “la tercera edad de la cultura occidental” (Cap. I). Pero había otra conciencia, frente a la cual amanecía esta nueva en actitud conflictiva, y que en 1848 estaba aun lejos del ocaso, a pesar de haberse iniciado antes de terminar la Edad Media. Aun debía alcanzar su “punto más alto de esplendor” entre 1848 y 1914 (Cap. II).

La guerra de 1914-18 fue su harakiri (Cap. IV). Ya para entonces —y como alternati­va en la dura lucha que le venía ofreciendo la nueva conciencia— se había despojado de dos atributos que durante algún tiempo le acompa­ñaron: el liberalismo y la idea de nacionalidad. Solo le quedaba, como razón de ser, “el orden económico-social de la propiedad privada” (Cap. II).

Durante mucho tiempo se había supuesto que los dos primeros de esos tres atributos le eran intrínsecos, y esa hipótesis, como si fuera verdad demostrada, persiste aún hoy, treinta años después de estas páginas de Romero. Me refiero al liberalismo como escala de valores ético-sociales en la coexistencia organizada —no a las teorías políticas y económicas a las que se les da ese nombre— y a la idea de nacionalidad como la convicción generalizada entre los miembros de una estructura social compleja de pertenecer a una comunidad cultural fácilmente diferenciable de otras, convicción que se trans­forma así en uno de los nexos sustantivos de esa misma estructura social. La observación de Romero, planteada esquemáticamente en 1948, es muy aguda y existe hoy conocimiento histórico suficiente para sostener que estaba en la cierto; es decir que el liberalismo y la idea de nacionalidad son corrientes culturales cuyo desarrollo, a lo largo de muchos siglos, solo frag­mentariamente ha coincidido con el de una cla­se social.

Para Romero el historiador, su posibilidad de comprender el sentido último de la “tercera edad de la cultura occidental” (Cap. I) depen­día de la capacidad que él pudiera lograr para explicarse la edad inmediatamente anterior, es decir, la que había comenzado a gestarse hacia fines de la Edad Media. Desde aquellos años en que se definía la segunda guerra mundial y, particularmente, en los de la segunda posgue­rra, Romero dedicó un esfuerzo enorme a ese objetivo. Fue en 1967 —después de más de cuatro lustros de elaboración— cuando publicó, con el título La revolución burguesa en el mundo feudal, el primer volumen de la serie que quería dedicar al problema. De la historio­grafía del siglo XX en las lenguas que nos son más accesibles sobre la materia medieval y so­bre clases sociales, es esta una de las obras fun­damentales.

Como es fácil suponer en un estudioso como Romero, esos dos decenios de elaboración inte­rior le fueron llevando a una escala superior en su método de planteamiento historiográfico, en su capacidad de análisis y en la riqueza de su conclusión teórica. En comparación con su obra de 1967, esta de 1948 tiene los caracteres de un libro juvenil. Pero una verdad no invalida a la otra: varias de sus ideas sustanciales de 1967 se encontraban ya presentes en 1948.

No hablaba, pues, a la ligera ni dibujaba cua­dros cíclicos aventurados este argentino que se llamó José Luis Romero.

En 1948, Romero solo estaba en condiciones de trazar su primer esbozo de esa “tercera edad de la cultura occidental” porque, en términos de grandes ciclos, aún no había pasado esa ter­cera edad por todas las pruebas necesarias para demostrar su capacidad creadora. Pero sí podía señalar dos modalidades: ha perdido ya su per­fección teórica (Cap. IV) y ha adquirido multi­plicidad de formas (Cap. VI).

¿Acaso síntomas tempranos de inviabilidad como alternativa histórica? Romero no aceptó esa interpretación ni por un momento. Lo que nos envuelve no es dispersión y desorientación, sino esa creación lenta y difícil, robusta y du­radera a que alude en el Cap. VIII y que ya he recordado.

En efecto, la pérdida de la perfección teórica se produce, precisamente, cuando la conciencia se transforma en realidad, según sus propias pa­labras del Cap. IV. No se trata de un postulado hegeliano. Lo que el historiador comprueba aquí es que, cuando ya aparecen tipos organi­zativos nuevos, su propia dinámica va presen­tando situaciones y tendencias que no pudieron ser previstas ni explicadas por la imaginación teórica en etapas anteriores.

Lo mismo vale para la multiplicidad de for­mas, cuya presencia, como elementos conflictuales entre sí, según observa en el Cap. VI, revela que el proceso es tan rápido que genera soluciones diferentes frente a situaciones dife­rentes, y que sin embargo no dejan todas de pertenecer a ese gran ciclo que se inaugura en 1848. Los treinta años que han corrido desde 1948 han confirmado ampliamente estas dos afirmaciones.

Es en ese Cap. VIII donde el autor explica su propia opción, así como en el Epílogo evo­ca, con palabra inspirada y sin asomo de sectarismo, cuáles son esos bienes de cultura sustan­ciales que hay que defender porque solo allí se encuentra “la significación eminente de la vida humana”.

Así es como interpreto esta obra de José Luis Romero, mensaje de historiador y huma­nista, cuya prolongada labor de artesano de la investigación solo adquiría para él sentido cuando podía ubicar coherentemente el episo­dio dentro de los grandes ciclos de las formas organizativas, de los valores y de la conciencia.