
INDICE
Presentación. María Luz Romero
Égloga de don Valdovinos y doña Lambra o La mula enamorada

El teatrito
María Luz Romero
El “teatrito” fue un juego que llevó a cabo José Luis durante los años 1944-1948 para diversión y aprendizaje de sus dos hijas, María Luz y María Sol.
La idea le surgió porque conservaba desde su infancia los decorados de su propio teatrito. Construyó el teatro en madera –trabajaba habitualmente la madera- con la boca de escenario a la medida de los decorados, y dos alas perpendiculares a los costados para sostenerlo y para colgar los decorados.

Cuando la obra requería un decorado específico lo hacía con cartulina, ilustraciones recortadas de revistas y ventanas de papel celofán de colores. Luego lo pintaba con su caja de acuarelas.
La iluminación consistía en una bombita colocada sobre la boca del escenario, del lado de adentro. Al principio los personajes eran soldaditos de plomo a los que les limaba las armas y pintaba para caracterizarlos según los personajes de las obras. Se desplazaban sobre varillas de madera. Pronto fueron remplazados por títeres de hilos, muñequitos de lana creados por María Luz, vestidos con algún detalle que los identificara.
Con el Meccano, que también conservaba desde la infancia, hizo algunos artefactos giratorios que se movían a manivela.
Ensayábamos durante varios meses. La función tenía lugar en la fiesta de cumpleaños de María Luz y María Sol, a principios de abril. El público estaba formado por amigos y primos, pero ninguno de los parientes adultos quería perderse la función. En los intervalos se ofrecían caramelos.

El teatrito tuvo distintos nombres, y cada vez María Luz hizo el cartel correspondiente, que se fijaba a la entrada de la “sala”. Uno de ellos fue “Teatro de la coliflor estropeada”, otro “Teatro del paquidermo enclenque”, para el que JLR construyó un elefante de cartón.
JLR escribía las obras directamente sobre la máquina; respondían a distintos géneros. Humorísticas, románticas, gauchescas. Las partes en verso estaban escritas en octosílabos (la métrica del romance). Algunas incluían canciones, que escribía modificando la letra de canciones populares andaluzas.
La poesía formaba parte de nuestras vidas. JLR tenía una antología, “Las mil mejores poesías de la lengua castellana”. De ella nos leía a sus poetas preferidos: los romances tradicionales, Jorge Manrique (Coplas a la muerte de su padre), Antonio Villalón (Diligencia de Carmona), Lorca (Antoñito el Camborio), Machado, Rubén Darío (“La princesa está triste…”), y juntos cantábamos las canciones populares andaluzas que aprendimos con él y con sus hermanas mayores, nuestras tías solteras nacidas en Sevilla.
Algunos años después, cuando era profesor viajero de la Universidad de la República, en Uruguay, JLR encontró una veta laboral relacionada con el teatrito. El SODRE, la emisora estatal de Uruguay, le encargó escribir breves obras para emitir por radio, con las voces de los actores de la Comedia Nacional del Uruguay, que dirigían la actriz española Margarita Xirgu y el director argentino Orestes Caviglia, ambos exiliados en Uruguay. El proyecto se llamó, parafraseando a Calderón, “El gran teatro del mundo”, y presentaba en cada entrega a un personaje histórico en un momento clave de su vida. La serie se emitió con gran éxito, entre 1952 y 1954.
“El Teatrito” es un producto singular, y tuvimos dudas sobre su pertinencia. Pero no solo remite a circunstancias específicas de su vida sino que se integra con una preocupación general como historiador: el papel del teatro en la vida social y cultural. También habla de su escritura, flexible como para adaptarse a distintos géneros y situaciones pero conservando una cierta impronta, una singularidad que aún no ha sido estudiada adecuadamente.
MIGUELITO Y EL OSO CARLON
La mañana del primer domingo de Carnaval, Miguelito se levantó más temprano que de costumbre. Se veía que estaba preocupado, y en cuanto terminó el desayuno salió corriendo a la calle para dirigirse a casa de su vecino Anastasio, algo mayor que él y a quien le había correspondido el honor de dirigir ese año la murga carnavalesca del barrio. Desde hacía varios días Miguelito se esforzaba por aprenderse de memoria todas las canciones de la murga y, en cuanto podía, escapaba de su casa para participar en los ensayos. Pero durante la última semana, cuando se estaban haciendo los últimos preparativos y cada uno procuraba acostumbrarse a su traje de arpillera, Miguelito había notado que sus compañeros lo dejaban a un lado y no tenían en cuenta para la preparación del desfile.
– ¿Será tan malo Anastasio que no me deje ir con ellos? – se preguntaba Miguelito. Pero no lo podía creer.
Esa mañana sabría la verdad. Al llegar a la casa de su amigo le preguntó a boca de jarro:
– Anastasio ¿voy a ir en la murga?
Anastasio lo miró con lástima.
– Pero si eres un chiquilín que no se ve en el suelo – le dijo – ¿Cómo te vamos a llevar si, a lo mejor, te pierdes y te pones a llorar? No pueden ir más que los grandes…

A Miguelito se le cayó el alma a los pies. ¡Era verdad! No lo querían llevar porque era chico. ¡Como si fuese culpa suya ser chico! ¿Acaso antes no había sido chico también Anastasio? Pero cuando quiso protestar vió que el desfile estaba totalmente preparado y que había otro chico con la pandereta, que era el instrumento que al principio pareció que iba a corresponderle a él. Y como se dio cuenta que iba a empezar a llorar, prefirió salir escapado hacia su casa.
Cuando llegó, se metió en un rincón llorando a lágrima viva. Los demás iban a divertirse paseando por el corso, cantando y burlándose de la gente, y él tendría que quedarse en la acera de su casa, solo, sin ningún otro chico para jugar. ¡Este carnaval, que por primera vez pensaba divertirse, sin ponerse el traje de diablo que su mamá le había comprado el año anterior!
Al cabo de un rato, don Nicolás empezó a oír los sollozos de su hijo. Dejó el periódico que estaba leyendo y se acercó a ver qué ocurría.
– Pero Miguelito…. ¿Qué te ha pasado, por qué lloras de esa manera?
Miguelito escondía la cara entre sus manos y seguía llorando sin contestar a su padre, seguro de que una persona mayor no podría entender su inmensa desgracia. Pero don Nicolás lo tomó en brazos, lo sentó sobre sus rodillas y empezó a preguntarle con tal insistencia que no tuvo más remedio que decir lo que le ocurría.
– Es que yo iba a ir en la murga de Anastasio – decía entre sollozos – porque hace mucho que él me dijo que yo iba a ir, y yo iba a ir porque nos íbamos a divertir mucho y ya sabía todos los cantos porque me los había aprendido de memoria. Y ahora, como vinieron otros chicos mayores que yo, no quiere que vaya y ha puesto otro chico para que toque la pandereta que tenía que tocar yo…
Una incontenible explosión de llanto puso fin a la explicación del pobre Miguelito, que no podía hallar consuelo para su desgracia.
– Mira, Miguelito -le dijo-, no llores más. Esos chicos son unos malos y tú no tienes que reunirte más con ellos. Claro, son mayores que tú y les gustan otros juegos que no están bien para tu edad. Pero tú no te aflijas. ¿Qué te parece si después del almuerzo nos vamos a pasear por ahí, a mirar las máscaras? ¿O nos vamos al Jardín Zoológico a mirar tanto animal como hay por allí y que tu no has visto nunca?
Miguelito hacía mucho tiempo que no iba al Zoológico y casi no se acordaba de ningún animal raro, de modo que se despertó su curiosidad. Poco a poco empezó a calmarse, y su padre aprovechó la ocasión para insistir.
– Vamos, Miguelito, no te preocupes más. Nos divertiremos mucho en el Zoológico. ¿A que no te acuerdas de los osos, ni de los ciervos, ni de la foca? Bueno, pues cosa resuelta; basta de lágrimas, y en cuanto terminemos de almorzar nos vamos de paseo y compraremos chocolatines para nosotros y galletas para los animales.
Miguelito empezó a entusiasmarse. Dejó de llorar y comenzó a entretenerse con su triciclo, interrumpiéndose de vez en cuando para acercarse a su padre y preguntarle si en el Zoológico verían a este animal, o aquel otro. Sin embargo, de vez en cuando se acordaba de la murga y de la infamia que había hecho con él Anastasio, y se le apretaba el corazón. Si pudiera -se decía- ya verían ellos si soy un chico; y pensaba cómo podría desquitarse de aquella mala pasada que le habían jugado.
Don Nicolás cumplió su promesa. En cuanto terminó el almuerzo se vistieron padre e hijo y se encaminaron al Jardín Zoológico. Una vez allí, Miguelito se olvidó por completo de sus penas y empezó a correr de jaula en jaula queriendo verlo todo, preguntando a su padre cuánto se le ocurría de cada uno de los animales y llamándole la atención sobre el cuerno del rinoceronte, o los bigotes de la foca. Caminaron toda la tarde hasta que, ya rendido de cansancio, el propio Miguelito pidió a su padre que emprendieran regreso. En el tranvía se le cerraban los ojos y seguramente se había olvidado del episodio de Anastasio, pero por desgracia subió una murga y sus recuerdos se avivaron al ver la atención que todos los pasajeros prestaban al conjunto. No pudo menos de pensar la importancia que se habrían dado sus amigos por esas calles, deteniéndose frente a los grupos de personas reunidas para escuchar sus canciones. ¡Y él, que se los había aprendido tan bien…!
Cuando llegó a su casa, Miguelito estaba tan cansado que no podía darse cuenta si estaba contento o estaba triste. Cuando se acordaba de los extraños animales que había visto y de los cuentos que le había contado su papá, se animaba y comenzaba a hablar ligero queriendo contarle todo a su mamá; pero cuando se le cruzaba por la imaginación el recuerdo de la murga de Anastasio se le hacía un nudo en la garganta y no se le ocurría otra cosa que pensar:
– ¡Les voy a hacer una…!
Como estaba tan cansado, su madre le preparó rápidamente la cena y lo mandó a dormir. Miguelito empezó a desvestirse y, mientras se sacaba los zapatos, se le empezaron a cerrar los ojos…
Ahora era cuando le daba más rabia lo que le habían hecho. De pronte se le ocurrió una idea.
– ¡Cómo no se me ocurrió antes! Los voy a dejar más chiquitos que cinco de queso. Ahora mismo busco mi pandereta y me voy a decirle al oso del Zoológico que se venga a pasear conmigo por el corso, y que baile las esquinas al compás de la pandereta… Nadie se va a divertir tanto como yo durante este carnaval, con mi oso de verdad…
Miguelito empezó a hurgar entre sus juguetes hasta que encontró la pandereta.
– Así le voy a hacer: Tan, tan, tan-tan-tan… Y Carlón va a bailar tan bien que se van a quedar todos bizcos. Y después yo paso el platito y voy a sacar para comprarme dos millones de chocolatines.
Con la pandereta bajo el brazo Miguelito se lanzó a la calle. En un vuelo llegó a la puerta del Jardín Zoológico. No tenía monedas, pero le mostró la pandereta al guardián y lo dejó pasar, seguramente porque se dio cuenta de que no iba a pasear por el jardín sino simplemente a buscar a su amigo Carlón. El guardián debía saber que el oso era su amigo.
De otro vuelo, Miguelito se encontró junto a la reja de su jaula: todo estaba igual que cuando la había visto en compañía de su papá.
– Oye, Carlón -le dijo-, ven, que te tengo que decir una cosa…
El oso se dio vuelta y le respondió:
– ¡Cómo! ¿Otra vez por aquí, Miguelito? ¿Qué te ocurre?
– Pues mira – dijo Miguelito-, hoy no te lo quise decir porque estaba delante de papá. Resulta que Anastasio no me deja ir en la murga porque dice que soy muy chico, y yo no me quiero quedar todo el carnaval aburrido en la puerta de mi casa, vestido de diablo como el año pasado. Y además quiero hacerles pagar la que me hicieron a mí. Por eso te vengo a ver.
– Bueno, dijo Carlón, pero ¿qué tengo yo que ver con eso?
– Es que quiero que salgas conmigo de paseo – repuso Miguelito – Verás, no es muy difícil para ti, y te divertirás también saliendo de esta jaula un rato. Yo te pongo una cadena, esa de la jaula o alguna otra que encontremos por ahí. Después nos vamos al corso y nos quedamos un ratito en cada esquina: Yo toco la pandereta y tú bailas. Y después, cuando nos encontremos con la murga de Anastasio, nos llevamos toda la gente detrás de nosotros y yo me quedo con las moneditas. No me vas a negar ese favor…
Carlón se quedó un momento pensativo. Seguramente no tenía muchas ganas de complacer a su amigo porque era un ya señor oso y no estaba para hacer payasadas. Pero la mirada de Miguelito era tan triste que se compadeció de él y se decidió a hacer su gusto.
– Bueno, pues si no hay más remedio -le dijo sonriendo – iremos y bailaré un poco. Espero que me acordaré, porque no he vuelto a bailar desde que era chico. Espera que voy a vestirme.
Miguelito no cabía en sí de alegría. Ahora sí que se iba a divertir y se iba a dar el gran gusto de su vida. Con un oso de verdad por el corso no había andado nunca un chico tan chico como él. Ni siquiera Anastasio cuando era chico. En esto salió Carlón de su casa, con una cadena en la cintura.
– Ya estoy listo, Miguelito – le dijo-, vamos andando…
Miguelito tomó la cadena fuertemente con sus dos manos y ambos amigos empezaron a caminar. Al pasar por la puerta, Carlón le dijo al guardián:
– No te preocupes, volveré temprano. Para esta noche que se preparen tallarines al jugo y ensalada de remolacha con pan tostado.
El guardián saludó ceremoniosamente a Carlón y luego se volvió a Miguelito:
– Ten cuidado con que nadie moleste a Carlón. Cuando se enoja se pone muy nerviosos. Pero tú eres un muchacho grande y sabrás pórtate como es debido.
– No tenga cuidado, guardián -contestó Miguelito – yo soy un muchacho grande. Ya verá que no pasa nada.
Salieron caminando y llegaron al corso. En cuanto los veían, todos se detenían a contemplarlos.
– ¡Qué oso tan bonito! – decían – ¡Mira, mira al muchacho que lo cuida…!
Una señora que iba con dos niños le preguntó:
– Miguelito, ¿Sabe bailar ese oso?
– Naturalmente, dijo Miguelito. ¿Quieres ver? Lo hace muy bien. Vamos, Carlón, baila un poco para entretener a estos niños… y Miguelito, sin soltar la cadena, comenzó a tocar su pandereta: Tan, tan, tan-tan-tan, tan, tan… y Carlón bailaba despacito, sonriendo y llenando de admiración a todos los que lo contemplaban.
A medida que se metía más entre la gente, más entusiasmo mostraban todos con el oso. Miguelito estaba contento, pero todavía no estaba conforme del todo. Miraba y miraba a las máscaras. De pronto…
Al dar vuelta a una esquina, Miguelito se topó con lo que esperaba: la murga de Anastasio, que se había detenido y empezaba a formar un círculo para comenzar sus canciones. A su alrededor veinte o treinta personas estaban ya reunidas y Anastasio se preparaba para lucirse y recoger las moneditas.
– Bueno, ¡vamos! – dijo por fin. Y el tambor y los platillos empezaron: Chin, pum: chin, pum; chin, pum. Enseguida los de la murga, obedeciendo a la batuta de Anastasio, empezaron a cantar:
En la casa de don Ramón
hay dos chicos que son mellizos.
Uno es alto y narigón
y el otro es ñato y petizo.
La gente empezó a aplaudir, y entonces Miguelito vió que había llegado el momento que tanto ansiaba. Empezó a gritar:
– ¡Atención, señores! Aquí está el famoso Carlón, el oso que baila y es el único oso de verdad que hay en el corso. No pierdan el tiempo en zonceras como las de esa murga. Vengan a ver bailar a un oso de verdad, el oso Carlón.
La gente se dio vuelta con curiosidad, y Miguelito ordenó a Carlón que empezara a bailar mientras él tocaba la pandereta. Carlón bailó mejor que nunca, moviendo las patas con elegancia y soltura; Miguelito apresuró el ritmo y Carlón empezó a dar unas vueltas llenas de gracia. La gente comenzó a entusiasmarse.
– ¡Nunca se ha visto un caso así! ¡Qué bien lleva el compás que le marca su dueño con la pandereta! Se ve que este chico le ha enseñado a bailar con primor…
Pocos minutos después, no quedaba una sola persona alrededor de la murga, y Anastasio, aunque no dejaba de mover la batuta, miraba de soslayo a su competidor. Hervía de rabia.
– Te voy a dar una…- parecía decir entre dientes- Te voy a dar una…
Cuando Carlón terminó de bailar, Miguelito pasó el platillo entre la concurrencia e hizo una buena recolección de moneditas. Se había sacado el entripado, emprendió la vuelta al Zoológico, feliz y contento. Hasta que escuchó un rumor a su espalda y comprobó, al darse vuelta, que Anastasio lo seguía diciendo siempre lo mismo:
– Te voy a dar una… te voy a dar una…
Miguelito le dijo a Carlón que apresuraran el paso, pero Anastasio lo apresuró también. Echaron a correr, y Anastasio también acortando cada vez más la distancia. De pronto Carlón se detuvo bruscamente y se enfrentó con Anastasio.
– Una te voy a dar yo a ti… – y pareció que se iba a abalanzar sobre Anastasio. Pero Miguelito se acordó de la recomendación de guardián y se puso a gritar:
– ¡Quieto, Carlón! ¡No lo toques, que es amigo, yo sé que con esta lección no volverá a decir que soy demasiado chico! Pero Carlón no quería contenerse. Entonces Miguelito empezó a gritar con todas sus fuerzas:
– ¡Quieto, Carlón, quieto…! No toques a…
Entonces abrió los ojos y se extrañó mucho de que a su lado estuviera nada más que su mamá, que decía:
– Este chico se ha quedado dormido con los zapatos puestos… Pero no grites más, y duérmete de una vez tranquilo que ya es muy tarde.
Miguelito entreabriendo los ojos con gran esfuerzo, le contestó:
– Bueno, pero dile a Carlón que no le pegue a Anastasio y se vuelva solo al Zoológico, que el guardián lo está esperando para cenar.
Y dándose vuelta, volvió a dormirse profundamente.
MIGUELITO Y LA LUNA ENAMORADA

Después de las fiestas de Navidad, Miguelito había ido a pasar unos días a la quinta donde vivía su abuelo, cuyo jardín siempre lo había maravillado por su aspecto agreste. Varios macizos de tupida arboleda se agrupaban alrededor de una glorieta, por cuyos barrotes subían algunas enredaderas y entre ellas una madreselva incomparable.
Uno de aquellos días, el abuelo salió a dar un corto paseo por el jardín con Miguelito una vez que hubieron terminado de cenar, porque la noche estaba muy apacible. Para entretener a Miguelito, el abuelo le mostró un farolito de papel que colgaba de uno de los arcos de la glorieta, resto de las fiestas que sus tíos habían preparado en la quinta para la Navidad. Y como Miguelito se empeñara, el abuelo lo encendió, con lo que la glorieta adquirió un aspecto maravilloso. Abuelo y nieto se sentaron entonces a contemplarla en un banco cercano. La luna brillaba hermosa a través del ramaje y Miguelito la miró tanto que empezó a tener sueño. Pero como se resistía a dormirse, se empeñó en que el abuelo le contara un cuento, para evitar que lo llevara a la cama.
– Pero si es muy tarde- dijo el abuelo – ya dentro de poco tendremos que irnos a acostar, y yo estoy tan viejo que casi no me acuerdo de ninguno…
–¡No es cierto, no es cierto…! – protestó Miguelito – Sabes muchos. ¡Anda… Cuéntame uno…!
Como el abuelo no podía resistir a su nieto, consintió al fin en contarle un cuento, y se puso a pensar con la mano en la sien; pero no se acordó de ninguno porque tenía la memoria un poco débil. Sin embargo, al cabo de unos instantes, y quizá estimulado por el ambiente del maravilloso jardín, el anciano empezó a recordar cosas de su juventud y, finalmente, se le cruzó por la imaginación un relato que había oído siendo pequeño. Esa noche le parecía propicia al anciano para evocar aquel tiempo lejano.
– Te podría contar una historia que oí de niño – le dijo a su nieto-, hace mucho tiempo, una vez que mis padres me llevaron a hacer un largo viaje por varios países que están muy lejos de aquí. No la podré olvidar nunca. Era una plazuela muy pequeña y en el fondo había una vieja capilla. Un ciego mostraba a sus oyentes unos cartelones con las principales escenas de la historia, y las explicaba recitando unos versos que me parecieron muy bonitos, pero que ya he olvidado. De la historia misma, en cambio, no me podría olvidar, y aun me parece escuchar la voz cavernosa del ciego que contaba la historia de la princesa Herta, el rey Olaf y el príncipe Heliar.
Miguelito había comenzado a dormirse e hizo esfuerzos desesperados por despertarse para escuchar el relato que le prometía su abuelo; pero apenas pudo conseguirlo y toda la historia la oyó entre dormido y despierto. De todos modos, el abuelo no se preocupaba ya mucho de su oyente. Estaba ahora entusiasmado con la evocación de aquellos recuerdos y el jardín, la luna y hasta el farolito de papel que todavía permanecía encendido lo estimulaban a seguir el hilo de sus pensamientos.
– Una vez -comenzó el abuelo-, hubo en Ismenia un rey llamado Gaifer. Tenía una sola hija, la princesa Herta, que era muy hermosa; todos admiraban en ella la cabellera rubia bajo la cual brillaban dos ojos verdes como no recuerdo haber visto otros. Yo creo que se parecía a la luna, porque sólo su brillo me parece comparable al brillo de sus ojos. Sí -agregó-, sin dudas se parecía a la luna.
Herta era el más grande amor de su padre, acaso porque le recordara a su esposa, que había muerto al nacer la niña, y quizá también porque al rey le hiciera recordar la luna, como me la hace recordar a mí. Por amarla tanto, el rey quería que su hija fuera muy feliz y hacía cuanto podía para que la princesa viera satisfechos todos sus deseos.
Sin embargo, la fortuna debía ser cruel con ella. Herta era la única heredera del trono y tendría que casarse con algún rey poderoso porque así convenía a los intereses del reino. Y había uno, precisamente, que estaba enamorado locamente de ella. Era Olaf, el rey de Orquenia, célebre por su valor pero también por su carácter violento, altanero y cruel: era el esposo que menos hubiera querido el rey Gaifer para su amada hija. Sin embargo, como sus consejeros opinaban que el matrimonio convenía a los intereses de Ismenia, el rey Gaifer no tuvo más remedio que comunicar a Herta que el rey Olaf la pedía en matrimonio y que él había decidido complacerlo.
Herta, que había oído hablar mucho del carácter de Olaf y que, además, odiaba su aspecto de feroz guerrero, lloró amargamente cuando se enteró de que ese era el esposo que su padre le reservaba. Y aunque era una hija sumisa, no vaciló en contestar que antes se daría muerte que consentir en ser su esposa.
No hubo ruego ni orden que pudiera vencer la decisión de la princesa Herta. Encerrada en sus aposentos amenazaba con dejarse morir de hambre o con arrojarse por la alta ventana si su padre insistía en sus proyectos, y al fin el viejo rey comprendió que no podría lograr nada de ella. Abandonó sus planes, y lleno de temor envió una embajada al rey Olaf para rogarle que desistiera del matrimonio.
Cuando el rey Olaf oyó el mensaje sus ojos se nublaron de ira. Le pareció un insulto y empezó a proferir palabras brutales con una voz amenazadora. Era una voz horrible la del rey Olaf, como cuando el viento se filtra por entre las ramas de los árboles.

En ese momento, una brisa comenzaba a levantarse y se oía el rumor del follaje.
– ¿Oyes, Miguelito? Así como este rumor, pero mucho más fuerte y terrible era la voz de Olaf, y el que lo oía una vez cuando estaba furioso no lo podía olvidar ya más. Al principio amenazó al rey de Ismenia con que devastaría sus campos e incendiaría sus castillos. Pero finalmente, cuando le prometieron una indemnización, se calmó y aceptó el rechazo de sus pretensiones. Pero juró vengarse de aquella ofensa, porque algunos de sus cortesanos le habían dicho que la princesa Herta no lo quería y prefería en cambio a un príncipe vasallo de su padre, el Joven Heliar.
Efectivamente, la princesa Herta estaba enamorada del príncipe Heliar, y acaso el príncipe también estuviera enamorado de ella. Pero Herta lo ignoraba, y ni siquiera la certidumbre de que el proyectado matrimonio había quedado desecho pudieron devolverle su antigua alegría. Heliar era joven y de espíritu delicado. Le gustaba la poesía y solía recitar acompañándose con el laúd, y entonces su voz adquiría una entonación de una ternura incomparable. Su figura esbelta temblaba un poco cuando, en presencia de Herta, recitaba sus versos, como tiembla ese farolito de papel que está colgado en la glorieta ¿Ves, Miguelito? Era delicado y fino como ese farolito.
Ni él se atrevía a declarar su amor a la princesa, ni la princesa podía alcanzar la certidumbre de que él la amaba. Por eso eran desgraciados los dos, y cuando Herta se acercaba hermosa y brillante como la luna, el príncipe Heliar temblaba como ese farolito y se consumía como si lo quemara su amor.
Ni él ni ella se atrevieron a otra cosa que a mirarse de lejos y a suspirar. Ella se asombraba de que no se atreviera a declararle su amor, y él se resistía a convencerse de que ella pudiera estar enamorada. Y así pasaban los días y los meses, entre miradas y suspiros.
Pero lo que no sabía ninguno de ellos lo supieron todos los que los veían sufrir y atormentarse. La princesa Herta y el príncipe Heliar se aman, decían los cortesanos entre sonrisas; se casarán y serán felices; y hasta el viejo rey Gaifer estaba contento aunque temía el enojo del rey Olaf.
Y no se equivocaba. Cuando el rey Olaf se cercioró de que sus cortesanos no lo habían engañado, su sed de venganza se hizo insaciable. Hacía siniestros proyectos para dar muerte a los amantes, y maquinaba cómo podría ser más cruel su venganza. Al fin, un día resolvió organizar una gran fiesta en su palacio e invitar al rey de Ismenia y a su hija y al príncipe Heliar.
El día de la fiesta todos llegaron con sus más espléndidos vestidos y hallaron en el castillo de Olaf la más suntuosa fiesta que imaginarse pueda. El baile sería maravilloso y el festín de extremada delicadeza; y luego los juglares lucirían sus habilidades para entretener a los visitantes hasta que llegara la hora de retirarse a sus aposentos. Entre todas las damas, Herta se destacaba por su hermosura y sus ojos brillaban como la luna brilla ahora. ¿Oyes, Miguelito? Así brillaban aquella noche los ojos verdes de la princesa Herta.
Cuando el festín hubo terminado, el rey Olaf llamó a los juglares y les ordenó que cantaran. Pero después que se escucharon dos o tres canciones, los mandó retirarse y, dirigiéndose al príncipe Heliar, le pidió que entonara él una de aquellas que más gustaba a la princesa Herta. El príncipe quiso negarse, pero todos los invitados insistieron para que los deleitara con su hermosa voz. Entonces, el príncipe Heliar tomó el laúd y cantó el romance de la Fuente Clara, que era entre todos el que más gustaba a su amada.
Cuando pronunció las últimas palabras, Herta lloraba dulcemente y Heliar mostraba en sus manos un ligero temblor. También temblaban las manos de Olaf, cegado por el odio. Entonces, dirigiéndose al príncipe, gritó:
– ¡Heliar, Heliar…! ¡Callarás para siempre!
Y con la espada que tenía en su flanco le atravesó el pecho mientras lo miraba con unos ojos nublados por el odio.
El príncipe Heliar se incorporó como pudo y, desprendiéndose de los que habían acudido a auxiliarlo, dio dos pasos hacia Herta que lo miraba despavorido, y sonrió dulcemente hasta que la muerte lo abatió en tierra. La confusión fue horrible. Olaf miraba con gesto altanero a sus invitados mientras sostenía la espada ensangrentada. Sólo dijo, dirigiéndose al rey Gaifer:
– Era mi enemigo, y ha muerto. Es lo que cumple a un enemigo.
Luego se retiró de la sala y los invitados comenzaron a irse apresuradamente. La princesa Herta estaba desvanecida y fue conducida a un aposento hasta que volviera en sí, para abandonar enseguida aquel castillo horrible. Y cuando la princesa volvió al suyo, se vistió de luto y se recluyó en su cámara sin hacer otra cosa que pensar en el príncipe Heliar, cuya tumba iba a visitar todas las semanas. Pero el rey Olaf no pudo nunca casarse con ella y su malvado amor sólo dio como fruto hacerla desgraciada.
El abuelo dio un profundo suspiro cuando terminó su relato, en el que había mezclado muchos y muy queridos recuerdos de su propia juventud. Miguelito empezó a abrir muy grandes los ojos y se mostraba muy seducido por el relato cuyos episodios habían llegado con variada intensidad a sus oídos según el sueño que lo asaltara en cada instante.
– ¿Te gustó, Miguelito? – preguntó el abuelo – El mal no hace sino desencadenar la desgracia y envidiar la felicidad ajena. Era muy malo el rey Olaf.
– Sí, abuelito – contestó el niño -. La luna era buena y el viento malo. ¡Pobre farolito de papel!
El anciano quedó sorprendido al oír aquellas reflexiones y comprendió que su nieto estaba medio dormido. Entonces lo instó a que fuera a acostarse y lo acompañó hasta su cama esperando que se durmiera.
Miguelito no tardó en conciliar el sueño, pero su imaginación no podía apartar el recuerdo de aquella historia que le había contado el abuelo. Poco a poco empezó a ver el ciego que recitaba ilustrando su relato con las figuras de los cartelones, en una plazuela de un viejo pueblo dominada por una capilla de oscura piedra gris. De pronto, sin poder explicarse cómo, empezó a oír las palabras del romance. Decían así:
El viento amaba a la luna
y ella a un farol de papel.
Ved con que saña tan fiera
se vengó el viento cruel.
El viento amaba a la luna
y la quería para él
pero la luna no quiso
casarse nunca con él.
El viento de invierno helado,
herido por el desdén,
al llegar la primavera
huyó, jurando volver.
Llegó al fin la primavera:
meciéndose en un vergel
la luna se halló una noche
con un farol de papel.
Desde esa noche la luna
comenzó a brillar por él
y lloraba si una nube
no se lo dejaba ver.
La luna quería casarse
con el farol de papel.
El farol la contemplaba
sin llegar a comprender
cómo una luna tan luna
pudiera fijarse en él.
Lo confundía su sonrisa,
su luz lo hacía estremecer,
y al verla cruzar el cielo
se sentía desfallecer.
Lleno de melancolía
Soñaba el farol aquel
ver a su lado una noche
una luna de papel.
¿Querría quererlo la luna
cuando volviera otra vez?
¿No buscaría al jazminero?
¿Quizá al rosado laurel?
¿No amaría al cisne del lago,
al ruiseñor o al ciprés?
El farol temblaba inquieto
y el fuego lamía su piel.
La luna pasa pausada
por el cielo del vergel,
del arco de la glorieta
cuelga el farol de un cordel.
El farol tiembla y se agita
cuando la ve aparecer;
ni la luna dice nada
ni osa decir nada él.
La ve esconderse en las nubes,
mirar altiva al laurel,
al jazminero y al cisne,
al ruiseñor y al ciprés.
Sólo brillaba la luna,
por el farol de papel.
Si diera un salto hacia el cielo
la luna sería de él.
Más el otoño acechaba
y acechaba el viento cruel.
Al ver el amor que nace
se le revuelve la hiel.
Quiere vengar sus dolores,
su saña satisfacer,
y quisiera con los dientes
sus corazones roer.
Con sus mil manos quisiera
a los amantes tener.
De pronto los ve delante;
luna y farol de papel.
Un aullido entrecortado
se oyó en el claro vergel,
temblaron el jazminero,
el ruiseñor y el ciprés;
se agitó el cisne en el lago
y se sacudió el laurel.
Poco después, hecho ráfaga,
comenzó el viento a correr
y se detuvo en el linde
del apacible vergel.
El viento cedió un instante,
buscó al farol de papel,
entonces sopló con fuerza
y lo arrancó del cordel.
El farol voló hacia el cielo
hecho un jirón de papel,
la llama que lo encendía
se apagó en un santiamén.
No pensaba en que moría
aquel farol de papel,
en lo alto estaba la luna
y hacia lo alto iba él.
Impulsado por el viento
subía el farol de papel,
de pronto una nube oscura
se interpuso entre ella y él.
¿Era una nube o la muerte
lo que le vedaba ver?
Acaso muerto llegaba
y muerto empezó a caer.
El viento aullaba orgulloso
de su terrible poder
con que al dulce amor divino
había podido vencer.
Lloró la luna y lloraron
el ruiseñor y el ciprés,
el cisne y jazminero
y lloró todo el vergel.
FIN
TONTOLIN Y DON MARROQUINO

Cuento en cuatro actos, en prosa y verso.
DRAMATIS PERSONAE
Manolito Tontolín
Doña Catalina
La ovejita
El oso Don Marroquino
La madre
La oveja madre
Don Fortacho
PRIMER ACTO
Campo, cabaña con puerta útil y ventana iluminable. Monte.
Manolito
– Estoy solito y tengo mucho miedo; yo venía caminando con mi mamá por este caminito y de pronto se oyó un ruido muy raro; yo me solté de la mano de mi mamá y corrí a esconderme en lo alto de un árbol, y me tapé la cara con la mano; y cuando pasó un rato largo y no se oyeron más ruidos, me bajé y no vi a mi mamá por ninguna parte. ¡Ay!… ¡Ay!… (Llora) ¡Mamá!… ¡Mamá!… ¿Dónde te quedaste, mamá?…
Dónde te quedaste, madre,
dónde estás madre querida;
quiero que veas cómo lloro
y que vuelvas enseguida…
(Se acerca a un árbol y llora, entre tanto se enciende una luz en la cabaña)
¡Una luz! ¡Hay una luz en la casita! ¿Quién será? A lo mejor es una persona buena con los niños que quiere recogerme para que no tenga que pasar la noche en medio del campo… Voy a llamar.
(llama)
Catalina (desde dentro)
– ¿Quién es? ¿Quién llama a esta hora?
Manolito
– Señora, no se enoje usted conmigo… soy un niñito que se ha perdido en el bosque, cuando iba con su mamá, porque se soltó de su mano…
Catalina (saliendo):
– ¿Cómo te llamas, niñito?
Manolito
– Me llamo Manolito, pero todos me dicen Tontolín, porque siempre digo disparates y hago tonterías, pero yo soy muy bueno, y no le voy a hacer nada, si usted me deja pasar la noche y me ayuda a encontrar a mi mamá…
Catalina
– Bueno, parece que eres un niño bueno, pero ahora veo porqué te han puesto Tontolín… ¿No sabes que no se debe soltar la mano de la madre?
Manolito
– Pero ¿me va a ayudar a encontrar a mi mamita?
Catalina
– Me parece que voy a poder ayudarte… Mira, anda por aquí cerca una ovejita que también ha perdido a su madre y que la busca todo, todo el día, con ella podrás meterte por todos los caminitos del bosque, trepar por las montañas y bajar hasta la orillita del río; y en algún lugar vas a encontrar a tu mamá.
Manolito
– ¡Ay! Que alegría. Y ¿Dónde estará ahora la ovejita?
Catalina
– No sé… Acércate al camino y fíjate si está por ahí lejos…. Ella siempre va cantando una canción para que si su madre la oye sepa que es ella la que está cerca… ¡Oye…! ¿No oyes lo que dice? Escucha…
Oveja (mientras se acerca, sin salir)

Al lado del camino madre
yo te perdí
dime, madre querida,
si te escondes aquí…
Manolito
– Señora, Señora, por aquí viene la ovejita… mírela, ya está aquí… Ovejita querida, ¿tú también has perdido a tu mamá?
Ovejita
– Sí, niñito, y por eso canto esta canción para ver si me oye y aparece, ¿y tú por qué estás tan triste, como si hubieras llorado?
Manolito
– Porque yo también he perdido a mi mamá… y Doña Catalina me ha dicho que si tú me dejas, podemos ir juntos por esos caminos del bosque para ver si yo encuentro a la mía y tú a la tuya… ¿me dejas?
Ovejita
– Si, voy a acompañarte, porque puede ser que tu madre esté con la mía… A mi madre la ha encerrado un Oso malo del bosque y la tiene en una cueva oscura, pero yo no sé dónde está. El Oso también roba a las personas que se encuentran solas y puede ser que se haya robado a tu madre y la haya encerrado junto con la mía.
Manolito
– Pues mira… como que me llamo Tontolín, que soy capaz de matar a ese oso con este palito que llevo en la mano; vamos a buscar dónde está su madriguera oscura y me parece que los dos vamos a encontrar a nuestras madres y a ser felices… y yo también iré cantando para que ella oiga mi voz y me llame donde esté…
Dónde te quedaste madre,
dónde estás madre querida,
quiero que oigas como lloro
y que vuelvas enseguida.
(se alejan cantando)
TELÓN
SEGUNDO ACTO
(Música de En Cádiz hay una niña: )
La cueva del oso. Penumbra. El oso se pasea por la puerta.
El Oso
Caminando por el bosque
me he encontrado la comida.
Hoy encontré una señora
y ayer cacé una ovejita.
Las dos las tengo encerradas
en ese oscuro agujero
y como esta noche es fiesta
voy a echarlas al puchero.
Me pondré gordo y bonito
y hasta me voy a bañar
y luego seré el osito
más bonito del lugar.
Bueno… Mientras llega la hora de hacer la comida, me voy a acostar un ratito…

Manolito (sale con la oveja, cantando)
Dónde te quedaste madre
Dónde estás madre querida
Quiero que oigas como lloroÇ
y que vuelvas enseguida.
La Madre (desde dentro)
Me ha encerrado un oso malo
En su madriguera oscura
No te acerques niño mío
No te acerques niño mío
que si te encontrara el oso,
te encerrará aquí conmigo.
Manolito
– Oye, oye… es la voz de mi mamá; por aquí está la cueva del oso… A ver, ovejita, llama tú a tu mamá a ver si te contesta.
Ovejita
Al lado del camino
Madre yo te perdí
dime madre querida si te escondes
si te escondes aquí.
La oveja madre (desde dentro)
Beeeee… Beeeee…
Aquí estoy encerrada
hija del corazón
no te acerques que el oso
te dará un mordiscón.
Manolito
– Es tu mamá… La han encerrado junto con la mía… Tenemos que dar con el agujero… Mirá, allí está el oso durmiendo…
Ovejita
– Mira, mira… Allí está durmiendo el oso… Es el oso Marroquino, el más malo de todos los osos; le gusta hacer puchero con carne de señora y carne de oveja, y por eso ha atrapado a tu mamá y a la mía… Ay, que miedo tengo… el oso Marroquino nos va a cazar también a nosotros… yo quiero escapar…
Manolito
– Ovejita, no seas cobarde… ¿Para qué tengo yo este palito? Voy a avisarle a mi mamá para que se prepare, porque voy a matar enseguida al oso Marroquino y a poner en libertad a nuestras madres.
Ovejita
– Yo tengo mucho miedo…
Manolito
– No tengas miedo que vas conmigo (se adentra a la cueva y canta)
(Música de Los cuatro muleros: )
Aunque soy muy chiquito
voy a matar al oso
mamita mía
con un palito.
La madre (desde adentro)
Niño, no seas tontolis
y dile a Don Fortacho
niñito mío
que venga pronto.
Manolito
– ¿Oíste? Dice que seas tontolis… y yo que quería libertar a mi mamá… ¿qué se habrá creído?… ¿que yo no soy capaz de matar al oso Marroquino?… Pues ahora mismo voy y van a ver todos que yo soy capaz…
El Oso (se despereza y ruge):
– Baaaa….
Manolito
– ¡Ay que miedo!… vamos corriendo ovejita que no puedo del susto. Tienen razón mi mamá… mejor llamaré a Don Fortacho que es un vecino de mi casa, que es muy valiente y que tiene una espada… vamos, corre, ovejita.
Madre, corro enseguida
le diré a Don Fortacho
mamita mía
que venga aprisa.
TELÓN
TERCER ACTO
Casa de Don Fortacho. Don Fortacho a caballo.
Manolito (con la ovejita):
– Don Fortacho… ¿Le puedo hablar a usted un poquito?
Don Fortacho
– ¿Qué te ocurre niño?
Manolito
– ¿Iba usted a salir a caballo por el bosque…?
Don Fortacho
– Sí, voy a recorrer un poco los campos…
Manolito
– Pues yo quería avisarle que tuviera mucho cuidado, porque está dando vueltas el oso Marroquino, que es muy malo, y a lo mejor, se le echa a usted encima y se lo come…
Don Fortacho
– ¿Pero quién te has creído que soy yo… No ves que tengo un caballo y una espada? ¿No ves que soy muy fuerte y muy valiente…? Como lo encuentre yo al oso ese le voy a dar tal paliza que no volverá a comer puchero en su vida…
Manolito
– ¡Ay! Qué alegría… eso era lo que yo quería saber… si usted no le tendría miedo al oso Marroquino…
Don Fortacho
– Yo no le tengo miedo a nadie, niño… que te has creído tú…
Manolito
– Pues mire usted, Don Fortacho, nosotros venimos a pedirle que tenga compasión de nosotros y que vaya a matar al oso Marroquino que ha atrapado a mi mamá y a la de esta ovejita y las tiene encerradas en una madriguera oscura… Sea usted buenito, Don Fortacho, que si no el oso se las va a comer en puchero, que a él le gusta con carne de señora y de oveja.
Don Fortacho
– Bueno, yo iré con este caballo y con la espada… ¿Sabéis dónde queda la madriguera oscura…? Pues ustedes me llevan hasta allí y yo voy a matar al oso Marroquino… ¡vamos…¡
TELÓN
CUARTO ACTO
Como en el II una gran olla.
Oso
– Bueno, ha llegado la hora de preparar mi comida. Aquí está la sal, la pimienta, el laurel y el romero, la coliflor y los zapallos, y aquí el cuchillo y el tenedor.
(se oyen pasos del caballo)
Viene un caballo… a lo mejor mi puchero queda más rico si le agrego un poco de caballo… (mira) Pero sobre el caballo viene un hombre y a su lado un niño y una oveja… Me parece que vamos a tener pelea… (se oculta)
(entran Don Fortacho, Manolito y la Ovejita)
(Música de Anda jaleo: )
Don Fortacho
– Soy Don Fortacho el terrible
que quiero matar al oso
con un palo en la cabeza
va a quedarse como tonto.
(Música de Los cuatro muleros: )
Manolito
– Don Fortacho ya vino
vas a ver cómo queda
mamita mía
Don Marroquino.
El Oso (Saliendo):
– Soy el oso Marroquino
que nunca tuviera miedo
a este pobre Don Fortacho
de un mordiscón lo echo al suelo.
Don Fortacho
– Don Marroquino, te voy a cortar las orejas y el rabo, y te voy a dar una tunda que no podrás comer puchero en todos los días de tu vida… sinvergüenzón… ¿Como te atreves a encerrar a la señora y a la oveja? Ahora vas a tener tu castigo…
(Lucha. El oso cae.)
Y ahora vamos a buscar la entrada de la madriguera oscura… por aquí es… mira, niño, mira, ovejita, allí están vuestras madres… Salid, señora, salid, ovejita… Miradlas aquí…
(salen)
Manolito y Ovejita
– Mamita querida…
Manolito, oveja madre e hija, la madre y Don Fortacho:
(Música de Los peregrinitos: )
Don Fortacho le ha dado a Don Marroquino
la tunda que por malo, mamita,
se ha merecido, niña bonita,
se ha merecido.
Sin rabo y sin orejas ya se ha quedado
por malo y sinvergüenza, mamita,
lo han descolado, niña bonita,
lo han descolado.
Y ahora ya viviéramos todos contentos,
y así se ha terminado, mamita,
todo este cuento, niña bonita,
todo este cuento.
FIN
EGLOGA DE DON VALDOVINOS Y DOÑA LAMBRA O LA MULA ENAMORADA

PRÓLOGO
(telón cerrado)
Speaker
¿Queréis oír, señores, una historia
que no se os borrará de la memoria?
Pues poned atención a este teatrito
Y quedaos en silencio un momentito.
Hasta hace poco muy feliz vivía
el rey don Valdovinos de Pavía,
mas luego una desgracia le ocurriera
que el corazón por poco le rompiera.
Tuvo su bisabuela el coqueluche
por haberse mandado un buey al buche,
a consecuencia de lo cual muriera
una mañana azul de primavera.
Y así empezó a llorar don Valdovinos
conmoviendo a parientes y vecinos.
ACTO I
(Palacio del rey Valdovinos)
Valdovinos
Pobre mi bisabuela tan querida
muerta en el esplendor de sus encantos
solo noventa y dos años tenía
y esperaba vivir aun otros tantos.
La su voz tenía cascada
por el vino que bebía;
los sus cabellos… guardados
en una lata vacía.
Tenía la su piel verdosa,
la su mirada torcida
los sus pieses patizambos
y las sus uñas raídas.
Ay ¡Que cantos me cantaba
mi bisabuela querida!
cuando yo niño en la cama
¡me revolvía por no oírla!
Qué pellizcones me daba,
que puntapieses y piñas,
de qué modo rezongaba
y me embromaba la indina!
Yo la amaba con amor
tímido de adolescente
y escapaba por no verla
cada vez que venía gente.
¡Pobre mi bisabuela tan querida
muerta en el esplendor de sus encantos!
¡Solo con mi abuelita y con mi mami
no me consuelo sino con el llanto!
(Entra el senescal Jesús Riveiro)
Senescal
Parecéis, majestad, un papanatas
cual vuestro padre antaño pareciera
con esa horrible y permanente lata
con que nos embromáis la noche entera.
Dejad en paz a la buena señora.
Pensad en vuestro reino descuidado
y no lloréis con abundancia tanta
porque el reino está ya todo mojado.
Valdovinos
Quiero mojar mi reino, sí, mojarlo,
con lágrimas amargas sin consuelo,
en honor de mi pobre bisabuela,
que era la esposa de mi bisabuelo.
Quiero olvidar… servidme Coca-Cola
para ahogar en su espuma mi dolor
y de paso dos sándwiches de queso,
pues, de pena, no he de ir al comedor.
Senescal
Lo que os digo, señor, no es una broma.
Tratad de no poneros tan secante
porque quien tanta Coca-Cola toma
se transforma en un bicho repugnante…
Y si ven que del reino no hacéis caso,
en el empleo de rey que disfrutáis
el parlamento os dejará cesante.
Valdovinos
Dejadme, senescal, dejad que llore
la irreparable pérdida sufrida.
Bien sé qué insoportable era la pobre
mas en mi corazón dejó una herida.
Dejadme, senescal, dejad que llore…
Senescal
Pues llorad, majestad, si eso os divierte
¡Yo ya no puedo nada más hacer! (Pausa)
Mas no, parad un poco que aquí llega
Orlando Bellagamba, el Canciller.
Sabéis que Bellagamba es criticón
y no es bueno que os mire en ese estado
pues de seguro irá luego escapado
para contárselo a la oposición.

(Entra Orlando Bellagamba, el Canciller)
Canciller
¡Salud, señor, salud os den los cielos
salud, salud, monarca poderoso!
Valdovinos
¿Qué tal, Orlando, siempre estáis furioso?
Canciller
No, majestad, no me toméis el pelo.
Valdovinos
Pues bien, si a interrumpirme os atrevéis
en mi insaciable llanto, me imagino
que algún chimento lindo me traeréis.
Canciller
Paréceme que fuérais adivino…
Mas os ruego que no os apresuréis
pues vais a oír un notición divino…
Valdovinos
¡Decid, decid, decid lo que sabéis!
Canciller
Pues bien, señor, primero una consulta
un poco sorprendente haceros quiero,
pues si os queréis casar se me pregunta.
Valdovinos
Orlandito, no seas camandulero
pues del infundio ya se ve la punta.
¡Desembucha el chimento todo entero!
Canciller
No es infundio, señor, lo que te cuento,
sino noticia cierta y verdadera.
Si alguna vez me mando algún chimento
no es que yo sea una vieja cuentera.
Lo cierto es que hace apenas un momento
he recibido un pliego reservado
y esto no es un infundio ni un chimento
sino el anteproyecto de un tratado.
Sabed qué dice el largo documento:
Doña Lambra, la reina de Etiopía,
os propone casorio de inmediato.
Os voy a leer el pliego que os envía
junto con un espléndido retrato: (lee)
“Al rey don Valdovinos de Pavía
de orégano y laureles coronado,
salud, salud, le dice doña Lambra
desde la capital de sus estados.
Me dicen, majestad, que sois un churro
y a Ronald Colman algo parecido,
de modo que os diré lo que discurro
desde que tales nuevas me han venido.
Yo soy, señor, también un poco churra
de ojos azules y algo desvaídos
y no puede extrañarnos que discurra
sobre el modo de haceros mi marido.
Me han dicho que estáis triste y sin consuelo
por la muerte de tu bisabuelita.
Y para confortarte en tus desvelos
iré mañana, oh darling, de visita
en mi camello de último modelo.
Un cariñoso abrazo de
Lambrita.
LAS AVENTURAS DE JUAN CORRAL

Prólogo
don Zoilo
¡Pobrecito Juan Corral!
Voy a contarles la historia
de un gauchito aventurero
que se escapó de su hogar
porque un vago camorrero
le dijo que era muy fiero
el tener que trabajar.
Corral era su apellido
y Juancito le pusieron.
Lo van a ver escapar;
qué aventuras le ocurrieron
en el campo y la ciudad;
cómo volvió a recordar
su ranchito y el potrero
donde ataba su bagual
a la sombra del alero;
su pobre madre querida;
su tata, gaucho severo;
el pago que le guardaba
sus amores verdaderos.
Un día todos lo dejaron
y huyó Dominguito el vago;
Juan Corral se puso triste
y enderezó para el pago.
Al padre pidió perdón;
luego los dos se abrazaron,
tomaron un cimarrón,
juntos sus penas cantaron,
y a la madre contemplaron
secándose un lagrimón.
Atención: ahí sale el rancho,
el potrero y el bagual,
un banquito junto al pozo
y el gauchito Juan Corral.
ACTO I
Juan Corral
Quiero tocar la guitarra,
tomarme unos matecitos
que me cebe la Tomasa,
con dos o tres bizcochitos.
Quiero jugar a la taba
de tarde en la pulpería
con Dominguito el paisano
que me ganó el otro día.
Quiero salir de paseo
galopando en mi bayito,
llegar al monte de talas
y volver al trotecito.
Yo no quiero trabajar
y mi tata no me deja.
Van a oírlo rezongar
desde detrás de la reja.
D. Zoilo
¿Qué está diciendo, mijo? ¿Así que usted no quiere trabajar?
¿Así que quiere ser toda la vida un vago como su amigo Dominguito? Pues eso no va a poder ser, canejo, porque un hijo mío tiene que ser hombre decente como lo es su padre. Un hombre tiene que tener vergüenza y no puede llegar a mayorcito sin haber aprendido todo lo que debe saber un buen gaucho. Usted quiere ser resero de golpe, pero nada más que para irse de la casa de su tata y hacer lo que le dé la gana. Y a usted lo que le da la gana es no hacer nada y pasear y jugar a la taba y andar de palique con la Tomasita.
No, mi amigo. Usted tendrá que hacer lo que yo le mande y servir un poco pa’ todo. Y ya me está pareciendo que voy a arrimarleuna paliza de las buenas pa’ que no vuelva a decir que no quiere trabajar… Bueno, y corriendo a trenzar los tientos como le mandé, antes que yo llegue del rodeo… (sale)
Juan Corral
Ay, ay ay… Cómo se ha enojado conmigo mi tata… lo que pasa es que aquí nadie me quiere y yo me he de ir para siempre a otro pago.
Tomasa
¿Por qué llora el paisanito?
Un hombre no ha de llorar…
¿Le ha picado algún bichito?
¿se le escapó su bagual?
No llore más, paisanito…
¿no quiere ir a pasear?
No seas tan flojo, Juancito
y contame tu pesar.
Juan Corral
Vos sos buena, Tomasita,
y me querés consolar
pero aquí nadie me quiere;
lo vieras a mi tatita
cuando empezó a rezongar.
Me dijo que era un flojazo
sotreta, maula, haragán,
que me aplicara al trabajo
y con Dominguito el vago
no me volviera a juntar.
Ya estoy cansado´e cebar mate,
de ir a todos los mandados;
quiero ver el campo verde,
quiero ser gaucho jinete
y pasear por el poblado.
Escuchá bien, Tomasita
lo que te voy a decir:
cuando entre la nochecita
de la casa me he de ir.
Tomasa
Me haces llorar con tu afán
de escaparte de estos pagos;
tenés que cambiar de plan
y quedarte a nuestro lado.
¿Te olvidás de tu viejita?
Sos chico para andar solo…
Aquí tienes tu casita
y te quieren mucho todos.
Aquí me tenés a mí;
sabés que te quiero tanto
y ¿vas a dejarme así?
Escuchá bien este canto
que hace mucho que aprendí:
(Melodía de vidalita)
Dónde irá el paisano, vidalitá,
que después no llore
la tierra que deja, vidalitá;
llena de dolores;
buscará algún día, vidalitá,
sus viejos amores.
Juan Corral
Buenos, ¿vos querés hacerme llorar? Si yo a vos te quiero mucho, y a mi mamita y a mi tata también, pero son ellos los que no me quieren a mi…
Además, yo no quiero nada malo; yo quiero andar un poco solo por el mundo… vieras como se divierte Dominguito, que sale todas las tardes del rancho, se pone un chiripá nuevecito que se ganó jugando a la escoba, y se va al poblado al trotecito y anda de broma con las chinas y es todo un hombre… y después, cuando se hace oscuro, se viene para la pulpería de D. Nicola y se junta con el paisanaje y se toma dos o tres cañitas, como los hombres, ¿sabes?
Y después se pone a jugar a la taba con el que se atreva… O si no, se hace unas trucadas de tres horas y a veces se gana una ponchada de pesotes…
Es todo un hombre, Dominguito…
A mí me gusta también darme corte por el pueblo con mi bagualito y jugarme una partidita de truco y mirar a las chinas lindas como vos, Tomasita… Y además me gusta pasear por el campo y mirar el monte cuando florece y se ponen rojos los ceibales y tordillo el bosque de algarrobos…
¿A vos no te gusta, acaso, andar al tranquito sin tener que pensar en venir a trenzar unos tientos que te mandó el tata? Y bueno, a mí también me gusta… que embromar…
Tomasa
A vos, Juancito, te tiene embobado el Domingo que es un atorrante y un vago; y si te seguís pensando que te vas a ir yo no te quiero más. Ahora sí que me enojé y me voy.

Juan Corral
Ahora sí que está lindo; se me enojó hasta la Tomasita; yo no quiero saber más nada de este pago…
Domingo Vera
¿Qué haces, Juancito, que estás llorando como si fueras una nena?
¿No te da vergüenza, grandote?
Juan Corral
No, si no lloro… es que me debe haber picado un bicho colorado en este ojo… que voy a llorar yo, ¿porque quien me has tomado vos o qué te has creído…?
Domingo Vera
Decime, y no querés que vayamos un rato a la pulpería…? Vieras que partidita de taba nos vamos a jugar con D. Martín y con el del rancho del arroyo y con un resero que vino a lo de D. Melitón…
Juan Corral
Y bueno… pero todavía no, porque a lo mejor me van a ver y mi tata me castiga… ¿Por qué no esperas que se haga de noche y entonces me escapo sin que nadie se dé cuenta?
Domingo Vera
Bueno, te espero en la tranquera de afuera…Pero no te vas a asustar después y me dejás esperando… tenés que ser más hombre y andar sin miedo… mirá como hago yo, que ando de un lado para otro sin decirle nada a nadie… Bueno, hasta luego…
Juan Corral
Parece que se hace de noche… ahora cuando cierre del todo y esté oscuro me escapo por el lado de atrás y a lo mejor no vengo más… bueno, me parece que ya me animo… claro, que no voy a ver más a mi mamá… pero, igual si aquí nadie me quiere… y no voy a ver más a la Tomasita… pero si está enojada conmigo… yo quiero ser libre y andar por ahí como Dominguito, sin decirle nada a nadie… así, como esos reseros que van por ahí…
Los reseros
(Música de Caminito, J. de D. Filiberto: )
Cabalgando camino delante
de la pampa inmensa por la soledad
va el resero gauchito y cantor
y de noche se acuesta a soñar.
Solo y libre tras de su ganado
la luz de la luna lo vino a besar
y a la aurora de sueño azul
lo despierta la voz del zorzal.
Solo como él
libre quiero andar.
Tropilla y ganado
me acompañarán.
Juan Corral
Así quiero andar yo por los campos… solo y libre, feliz y tranquilo… ahora que se hizo de noche me escapo por detrás de las casas…
Madre
¿Qué haces aquí, Juancito? Parece que estas medio tristón.
Juan Corral
No, mama, no me pasa nada…
Madre
Mirá, a mí no me vas a engañar… a vos algo te pasa… te retó tu tata sin duda…
Juan Corral
No, mama, es que estoy un poco cansao… no se preocupe por mí…
Madre
Juancito, vos estás medio raro, ya me dijo tu tata que estás un poco retobado… tenés que ser bueno y trabajador, si no, no te hemos de querer.
Juan Corral:
¿No ve? Ahora resulta que ni mi mama me quiere… ahora sí que me voy para siempre…
ACTO II
La pulpería
Paisano I
Bueno muchachos, ya hemos jugado bastante, yo me he tomado tantas
cañitas que no ando muy derecho; mejor será que nos vayamos a dormir…
Paisano II
No sea flojo, Don Sofanor, quedesé otro ratito…
Paisano I
No m´hijo… a mí me espera la patrona y tengo mi buena legua de caballo para llegar al rancho… Bueno, que les vaya bien y hasta mañana…
Paisano II
¿Y ustedes, también se van? ¿Qué me dice si nos vamos al rancho de D. Melitón, y le hacemos tocar la guitarra y cantar un rato…? Yo sé que no se ha de acostar tan temprano.
Paísano III
Linda la idea, vamos p’allá… Adiós, pulpero, mañana vendremos a jugarte unas cañitas a la taba.
Paisanos II y III
Adiós…
D. Nicola
Ya dejó la pulpería
todita la paisanada
voy a dejar el boliche
con la tranca, bien cerrada.
Nadie más ha de venir;
Todos se fueron de farra
y yo me voy a dormir.
(tac, tac)
Y ¿quién será el maula que viene a esta hora…?
Juan Corral y Domingo Vera entran
Domingo Vera
Buenas, Don Nicola… y, ¿dónde está la paisanada…?
Don Nicola
Se jueron todos, muchachos… dijeron que se iban para lo de Don Melitón, y que tocarían la guitarra… yo ya me iba a dormir… ¿y qué hacen ustedes a esta hora…?
Domingo Vera
Queríamos divertirnos un poco, aquí con este mocito…
Juan Corral
Sabe, Don Nicola, ¿quiere que le diga una cosa? Esta noche me escapé de la casa…
Don Nicola
Ah muchacho ¿cómo se te ocurrió esa dablura? ¿Qué vas a hacer y dónde vas a vivir…?
Juan Corral
No sé, yo quiero ser resero…
Don Nicola
Pero si vos sos un chico todavía…
Juan Corral
No diga eso, Don Nicola. Soy un hombre y ahora lo ha de ver… deme una caña… aquí está la plata…
Don Martín
Salú la concurrencia, ¿No hay nadie en esta pulpería?
Don Nicola
Se fueron todos ya…
Don Martín
Lástima, yo tenía ganas de jugar un ratito…
Juan Corral
¿No quiere jugar conmigo, D. Martín? Yo soy medio bueno para el truco…
Don Martín
Vos?… buenos, si querés, vamos nomás…
Juan Corral
Ahí va… tome, tome…
Don Martín
Envido…
Juan Corral
Quiero…
Don Martín
Truco…
Juan Corral
Quiero y vale cuatro…
Don Martín
Perdiste… dame acá…
Juan Corral
Bueno aquí tiene… no tengo más…
Don Martín
Ah maula, como te pones a jugar si no tenés plata, te he de dar unos chirlos….
Juan Corral
No compadree, atorrante, yo le voy a dar… (pelean y escapa)
Don Nicola
¿Qué le han hecho, Don Martín?
Don Martín
Ese chico maula me ha pegado con el rebenque en la cabeza… le he de decir al comisario para que me lo arregle…
Don Nicola
Ha de terminar mal ese chiquilín que se escapó de la casa del tata…


