Presentación
Luis Alberto Romero
José Luis Romero dictó el curso de Historia Social General entre 1958 y 1965, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Esta versión de sus clases en 1964 recoge, con pequeños cambios de edición, la versión grabada y transcripta por el Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras, para uso de los alumnos. Ese año J. L. Romero, profesor titular de la cátedra dictó las clases correspondientes a las cinco primeras unidades del programa y Tulio Halperin Donghi, profesor asociado, dictó las dos últimas.
Romero fue Decano de la Facultad de Filosofía y Letras entre 1962 y 1965. La Facultad funcionaba en su sede tradición, en la calle Viamonte 444, en un edificio compartido con el Rectorado. En locales cercanos se ubicaban los Institutos de investigación, y entre ellos el Centro de Estudios de Historia Social, que dirigía Romero, en la calle Lavalle 465. En 1965 la parte principal de la Facultad se instaló en otro edificio, en Independencia 3065.
Los cursos de Historia Social General
Las clases teóricas -a cargo de Romero y Halperin Donghi- se dictaban dos veces por semana -los martes y miércoles- y en algunos casos se agregaba una tercera clase los jueves. Comenzaban a las 19 hs y duraban 45 minutos. Además, los alumnos asistían obligatoriamente a una clase semanal de Trabajos prácticos, donde se analizaban las “fuentes” -testimonios de época- indicadas en el programa. Estaban a cargo de los Jefes de Trabajos Prácticos Reyna Pastor de Togneri y Alberto J. Plá; hacia 1964 se sumaron como ayudantes Alicia Goldman y Margarita Pontieri.
En los años de 1960, cuando en la Facultad la matrícula creció de modo considerable, cursaban la materia alrededor de ochenta alumnos. La heterogeneidad del alumnado era una de las singularidades del curso. La mayoría eran estudiantes de Sociología; el resto eran alumnos de Historia, y también un grupo de otras carreras, para quienes era optativa. El cursado y promoción consistía en dos exámenes parciales escritos y un examen final oral.
La materia se dictaba en el primer cuatrimestre. En el segundo, Romero dictaba Historia Medieval, acompañado por Nilda Guglielmi y Reyna Pastor de Togneri. Algunos alumnos se incorporaban luego al Seminario interno de investigación de Romero, en el Centro de Estudios de Historia Social, que él dirigía. Allí funcionaban otros grupos de estudio, dirigidos por Tulio Halperin Donghi y Haydée Gorostegui (historia argentina), Albero Plá (historia latinoamericana), Celma Agüero y María Elena Vela (historia de África) y Ernesto Laclau (historia contemporánea).
Las publicaciones de Historia Social
En el Apéndice se incluye el Programa de la materia, correspondiente a 1965. Más allá de algunos ajustes, no varió sustancialmente en estos siete años. En el programa se indican los temas, las fuentes analizadas en los trabajos prácticos, la bibliografía obligatoria y la bibliografía general. Por otro lado, los alumnos debían familiarizarse con el relato histórico general del período, para lo que se recomendaba la Historia de Europa, de Henri Pirenne, La Edad Media, de José Luis Romero, y algún buen manual de enseñanza secundaria.
La bibliografía fue un problema y un desafío. Dada la singularidad del enfoque, no abundaban los textos adecuados, y muy pocos de ellos estaban traducidos al español, como puede constatarse revisando la bibliografía general. En el caso de los libros más usados durante los meses de cursado, como la Historia de Europa de Pirenne, La biblioteca de la Facultad y del Centro de Historia Social disponían en general de un único ejemplar.
Hacia 1965 la bibliografía disponible había aumentado, en parte por una accesibilidad más fluida a las ediciones españolas -en 1964 se conoció Las revoluciones burguesas de E.J. Hobsbawm- y en parte a la destacada tarea desarrollada por la editorial universitaria Eudeba.
Esa falencia fue cubierta con la publicación -por medio de la Imprenta de la Facultad- de una nutrida colección de textos traducidos y cuidadamente editados por la Cátedra. Algo muy similar había hecho J.L. Romero como director del Centro de Historia de la Cultura de la Universidad de la República, en Montevideo, una tarea continuada luego por su discípulo Juan Antonio Oddone.
En el Apéndice puede verse el catálogo completo disponible en 1965. Los textos se agrupaban en dos series. La serie “rosa”, denominada Textos para la enseñanza de la Historia, incluía los textos de época, las fuentes, usados en los trabajos prácticos de Historia Social e Historia Medieval. Como se renovaban año a año, terminó resultando una colección extensa. La serie “celeste”, denominada Estudios monográficos, aunque excepcionalmente incluía capítulos de libros, consistía en traducciones de artículos novedosos de importantes historiadores contemporáneos, la mayoría publicados en revistas como Past and Present y Annales, de divergentes orientaciones historiográficas y parejo nivel de excelencia. Estos textos constituían la bibliografía obligatoria de la materia.
La producción de estos textos -tanto la traducción como el mecanografiado- significaron un esfuerzo grande para el reducido grupo de “Historia Social”, y además fueron una importante experiencia formativa. Desde el punto de vista didáctico, permitía a los alumnos enfrentarse, sin mediaciones, con trabajos a menudo monográficos, referidos a problemas específicos, de lectura y análisis complejo.
En 1964 el Centro comenzó a publicar la revista Estudios de Historia Social, de la que aparecieron dos números..
José Luis Romero se retiró de la Facultad a fines de 1965. A mediados de 1966 la mayoría de los integrantes del Centro se sumó al extenso movimiento de profesores que renunciaron a sus cargos en la Universidad, como manifestación de rechazo a la política universitaria del gobierno del general J.C. Onganía, y en particular a la jornada de violencia producida en la Facultad de Ciencias Exactas, conocida como “La noche de los bastones largos”.
Por entonces, el Interventor de la Facultad disolvió en Centro de Historia Social, y todo su patrimonio se dispersó. El profesor Plá, único profesor que continuó en su cargo, se hizo cargo del curso, junto con un grupo de alumnos avanzados. Dictaron la materia en 1967 y 1968, al cabo de los cuáles el Departamento de Historia no renovó sus designaciones.
En el Archivo de Historia Oral de la Universidad de Buenos Aires se conserva la desgrabación de las entrevistas realizadas a varios docentes e investigadores del Centro de Historia Social, entre ellos Reyna Pastor de Togneri, Alberto Plá, Haydée Gorostegui de Torres y Ernesto Laclau. En este Sitio pueden verse diversos testimonios de quienes fueron sus alumnos.
El Curso de José Luis Romero y su trabajo de historiador
La organización del programa de Historia Social General se corresponde exactamente con el gran proyecto de José Luis Romero para una Historia de la sociedad y la cultura en el mundo occidental. En los años en que dictó este curso estaba trabajando en el primero de los cuatro volúmenes previstos, publicado en 1967 con el título de La revolución burguesa en el mundo feudal.
Estas clases, así como las de sus cursos contemporáneos de Historia Medieval y los seminarios dictados en el Centro de Historia Social, están estrechamente relacionadas con la investigación que llevaba a cabo, y forman parte de su proceso de elaboración conceptual. La necesidad de presentar a sus alumnos, o a otros públicos, procesos socioculturales complejos y multifacéticos de manera clara y compresible fue un ejercicio fundamental en la elaboración de su pensamiento y, sobre todo, en su escritura. Los testimonios de quienes fueron sus alumnos son reveladores de esta fase de su trabajo de historiador.
Sobre la parte del curso que ese año no dictó, correspondiente a los siglos XIX y XX, en la sección Textos de José Luis Romero relacionados se incluyen una conferencia referida a la Revolución Francesa y tres cursos sobre Historia contemporánea, dictados para graduados universitarios entre 1960 y 1962
Historia Social General. Curso de 1964
Apéndices
I. Programa de Historia Social General, 1965.
Clase 1. Martes 24 de marzo de 1964.
Introducción a la Historia social
Falta. Hay una síntesis de los temas en las clases 3 y 4.
Clase 2. Miércoles 25 de marzo de 1964.
Como ya fue explicado en la clase anterior, el concepto de vida históricocultural nos da la piedra de toque y punto de partida para el tipo de análisis que vamos a hacer en este curso acerca de la Historia Social. El concepto más amplio es vida histórico cultural, entendido como una totalidad, como algo que le ocurre al cambiante sujeto histórico, como algo que ocurre en el tiempo, algo complejo, fluido e indivisible.
Sabemos que el sujeto histórico -el alguien de la historia- no es el sujeto biológico como tal. Estamos así invalidando todas las teorías naturalistas -un caso tipo es el de Spengler- que analizan las culturas como seres vivientes, y a otras tantas que consideran la vida histórica cultural como algo esencialmente asimilable al tipo de condicionamiento biológico que caracteriza al individuo en particular.
Nosotros advertimos que el sujeto histórico no es el individuo en particular, sino el grupo en el cual se da un tipo de continuidad que supera la determinación biológica. Un grupo puede ser, por ejemplo, una clase social, una comunidad nacional -los griegos, los romanos, los franceses, los alemanes-, o un sector profesional: abogados, técnicos y demás. Todo hecho histórico es atribuible a un sujeto, pero este es siempre colectivo, de tal modo que se neutraliza el factor biológico individual, pues en un grupo unos mueren, otros nacen…
Analicemos el concepto de sujeto de la vida histórico cultural. Hemos dicho que el proceso histórico es “algo que le ocurre a alguien” -fórmula un tanto pedestre-. Observemos la tremenda complejidad de esta aseveración: lo que le ocurre a alguien no es una sola cosa. A cada uno de los distintos grupos que componen los distintos aspectos de la vida histórica le ocurren muchas cosas al mismo tiempo, y para cada una de las cosas que le ocurre, el sujeto se integra de distinta manera.
Pongamos por caso decir: “los griegos eran racionalistas”. Ante todo podemos oponer el hecho de no todos los griegos eran racionalistas. También, que los griegos del siglo VIII a.C. no eran racionalistas; por lo menos no de un modo tan pronunciado y asiduo como se acostumbra atribuir a los del siglo V a.C. Pero aún tomando un cierto momento, el siglo V, podemos afirmar que hay una mentalidad muy extendida, que poco tiene que ver con el racionalismo en cuestión, y que es la que proviene de los cultos órficos, toda una napa que tiene una mentalidad religiosa. Y por lo tanto lo que se afirmó en un principio para los griegos en general, no es una característica de todos ellos, sino que conforma una imagen preconcebida que se tiene de los mismos.
El establecer con exactitud el sujeto al que se refiere en cada caso el análisis histórico es una cosa sumamente importante. Lo mismo podemos extender a un análisis basado en clases sociales. Se puede afirmar “Los griegos amaban la belleza”. Pero lo cierto es que esto se desprende de leer, por ejemplo, determinados textos de Platón, o de Hesíodo, pero nos podemos preguntar si las clases serviles, los esclavos, ¿amaban también la belleza? No lo puedo comprobar a ciencia cierta, pero tengo bastante derecho a afirmar que lo que yo supongo para ciertas elites sociales o culturales, no vale para otras capas sociales. También podemos discutir este tipo de observación a un nivel más amplio: “Inglaterra realiza una política de dominio de mercados”. No la hacen todos los ingleses; la hace un grupo, el cual corresponde a una clase social.
Pero podemos profundizar todavía más el análisis, afirmando que ese grupo social no es íntegramente todo el grupo de la alta economía inglesa, ya que hay en Inglaterra dos políticas contradictorias respecto al comercio exterior. En la segunda mitad del siglo XIX, un sector es partidario del proteccionismo, y otro partidario del liberalismo. Los grupos que están preocupados, dentro la alta finanza inglesa, por conseguir nuevos mercados, son grupos que en última instancia están opuestos a los grupos de la alta finanza inglesa que quieren lugares para proveerse de materia prima.
Entonces toda afirmación derivada de un análisis histórico nos obliga necesariamente a buscar cuál es el sujeto del que se deriva la afirmación. En consecuencia el sujeto histórico es múltiple, simultáneamente múltiple. De la misma manera que el sujeto histórico es sujeto de múltiples sucesos históricos -la variedad de sus roles-, cada proceso histórico tiene simultáneamente varios sujetos históricos, según la napa en que lo observamos. Si queremos estudiar, por ejemplo, la economía inglesa desde fines del siglo XVII, podemos observar una serie de componentes a los cuales se le otorgan la calificación de “totalidad del proceso económico en ese período”; pero extremando el análisis se observa que no hay tal simplicidad. Se puede afirmar, por ejemplo, que hay un proceso creciente de desarrollo industrial. Esto es tan destacable que con un poco de ligereza se tiende automáticamente a afirmar “Inglaterra hace la Revolución industrial”. Pero Inglaterra no hace la Revolución industrial; la hace un grupo social, bien delimitado. En tanto hay paralelamente un grupo grande de otras capas o clases sociales que no hacen la Revolución industrial, sino que por el contrario se oponen y resisten al cambio, por ejemplo los sectores relacionados con el agro. Pero ellos no están excluidos de la Historia.
El mismo análisis lo podemos trasladar a Francia hacia fines del siglo XVIII. Hay que analizar claramente quién hace y quién no hace la Revolución Francesa. Es importante establecer lo que hace la totalidad, ya que una confusión de este tipo nos robaría las nueve décimas partes de la historia. Para referirse al proceso de 1789 es necesario expresarse entonces así: “hay un grupo en París que desencadena cierto tipo de cambio político que favorece a cierto sector de la realidad francesa”. El resto hace otra cosa: la nobleza, por ejemplo, suele asustarse en primer lugar, y recién luego organiza la resistencia, activa o pasiva, dentro o fuera de Francia. También hay un sector campesino que no se entera de la revolución y que, cada vez que llega hasta él algún decreto o resolución, contesta preferentemente con la resistencia pasiva. Entonces llegamos a preguntarnos, ¿qué es lo importante, en el estudio de la Historia social: el sector que hace e impulsa el cambio o el resto que continúa el proceso tradicional?
Generalmente el estudio histórico social tiende a sobreestimar el proceso o los aspectos que enfatizan el cambio, dejando de lado los otros aspectos, que continúan con el proceso tradicional, atribuyéndole un tácito “desaparecer” de la historia. Porque el continuar haciendo una cosa o realizar un mero proceso o comportarse de la misma manera, cuando existe otra opción enfrente, el realizar lo anterior no es ya lo mismo, ya que lo que antes era mera inercia, representa ahora elección. Elección desde lo muy activo hasta lo pasivo.
Tomemos el ejemplo de la Convención en la Revolución Francesa. ¿Por qué el poder se va desplazando de girondinos a montañeses y de éstos a jacobinos? Luego viene Termidor y la caída de Robespierre. ¿Qué ha ocurrido? ¿Como es que la radicalización ha sufrido esta crisis? Ha sucedido el hecho de una manera sorda, que parece operar en el subsuelo. Se fueron creando una serie de reacciones y resistencias. La fluidez del medio social -que tendría que haber tenido para continuar el proceso- era escasa y hace cambiar el ritmo que se quería imprimir al desenvolvimiento iniciado. Hay una especie de resistencia pasiva por parte de quienes deciden optar por el ritmo y el proceso tradicionales.
Es suma, es importante la noción de que un sujeto no puede ser considerado como sujeto de toda clase de fenómenos, como parte de un sujeto general abstracto, que lo incluye pero de cuya intención no participa. No hay entonces que atribuir a un sujeto abstracto, compuesto por muchos sujetos concretos, las cualidades que en realidad solo pertenecen a un sujeto concreto.
Hay distintos tipos de sujetos históricos, según el plano de actividad y creación que consideremos dentro de la vida histórico cultural. Por ejemplo, dentro del aspecto económico, podemos encuadrar las clases productoras, los grupos consumidores, los ahorristas, etc. Entonces, al referirnos a grupos consumidores está bien claro que nos ubicamos automáticamente dentro de la faz económica de la vida histórica cultural.
La necesidad de determinar claramente el sujeto histórico en cada caso, nos pone sobre la pista de la coexistencia de ciertos tipos de relaciones, cada una de las cuales puede ser abstraída individualmente. Si tomamos por ejemplo la vida económica, debe estar bien claro, por ejemplo, que no nos vamos a referir a los artesanos, sino a los industriales, o más claramente a los industriales del acero, de la petroquímica, etc.
Así por medio de este proceso demostrativo, hemos llegado a plantear la existencia de distintos campos de la vida histórico cultural, a través de la existencia de los sujetos múltiples y simultáneos. Campos que, aunque necesariamente relacionados e interactuantes entre sí, pueden ser abstraídos individualmente y estudiados separadamente en función de sus caracteres cualitativos principales.
Generalmente, al tratar los hechos de la historia, se han tomado principalmente en cuenta los hechos de la vida política. Esto es así desde Tucídides. Pero asimismo, en el curso de la evolución de la historiografía, hubo reacciones contra esta parcialización. Heródoto mismo quiso escribir un tratado total sobre la vida histórica cultural que conoció. Voltaire también quiso hacer algo similar y evadirse del rígido marco de lo meramente político. Luego se comenzó a tratar acerca de la historicidad de las acciones humanas. Se descubrió que la música tenía una historia, que la arquitectura tenía una historia, que las costumbres tenían una historia.
Es en el siglo XIX cuando se sistematiza claramente la necesidad de quitar preeminencia y unicidad a la historia política, dentro de todo el rico panorama de la vida histórica cultural. Y quienes más lo hicieron fueron Augusto Comte y Carlos Marx. Cada uno poniendo el acento donde más lo creía conveniente: Marx en la estructura económica y sus modos de relación; Comte, en las relaciones sociales: no en vano es el fundador de la sociología.
Repitiendo que los campos son múltiples e interrelacionados, que valen en su contexto y sólo son abstraíbles en función de un método de análisis, en este curso elegimos el campo de las relaciones sociales. ¿Cuáles serán entonces los sujetos de los procesos sociales, y cuales los tipos de relaciones que entre ellos se establecerán?
Esta es la primera problemática que debemos formularnos y deberemos resolver al comenzar el análisis de este campo.
Clase 3. Miércoles 1 de abril de 1964.
El objeto de estas dos primeras clases ha sido fundamentalmente sentar el distingo entre “cultura histórica” y “vida histórica cultural”, que resultan de no usar la palabra “Historia”. [Nota del editor: lo que sigue, hasta el fin del párrafo, resume la primera clase, faltante.] Comenzamos con la vida históricocultural como tema de la cultura histórica, definiéndola como algo que transcurre en el tiempo, es decir de carácter procesual. Del proceso, dijimos que era continuo. Luego denotamos que otra característica es su complejidad, lo cual se opone a una interpretación lineal. Entonces, la vida histórica cultural es un conjunto simultáneo de procesos, entendiéndose cada uno al referirlo a un sujeto histórico.
Mas adelante dejamos sentada la necesidad de atribuir cada proceso a un sujeto, y además a su propio sujeto real, sin establecer falsas y englobantes generalizaciones, que en definitiva invalidan el análisis histórico cultural. Luego indicamos que los procesos que constituyen la vida histórica cultural pueden ser agrupados según cierta coherencia interna y características propias de los mismos.
Lo que caracteriza a los procesos es el tipo de relación que se establece en los mismos. Hay cuatro ordenamientos, groseros o generales, para los procesos históricos: principio de la vida económica, principio de la vida social, principio de la vida política y principio de la vida cultural, cada cual con su tipo de relación propia. Ahora bien, es evidente que dentro de cada uno de ellos se dan otros tipos de procesos muy variados.
Analicemos ahora los procesos. De ellos sabemos hasta ahora, de manera a priori, que tienen un carácter temporal, transcurren. Vamos ahora a ir descubriendo los componentes de un proceso histórico cultural.
Hay algo fundamental: el sujeto histórico es un grupo. Hay asimismo otras cosas que tienen la facultad de ser percibidas fácilmente: una ley, un hacha de piedra, una catedral gótica, una norma o una costumbre. Calificamos cómo “cosas” a los productos creados por el hombre. Pero desde el momento en que son creadas, las cosas se separan de su creador, se objetivizan y empiezan a obrar sobre su creador desde afuera.
En el caso de una ley esto es claro. Un grupo histórico logra elaborar una cierta situación histórica. Luego la quiere fijar y la traduce en una norma, que adquiere una cierta institucionalización. Esta institucionalización se transforma en un factor de freno del cambio. Podríamos decir entonces que la tendencia al cambio es el factor dinámico de la vida histórica cultural y la institucionalización es el factor estático de la misma.
La institución fijada empieza a operar sobre el grupo, que no es el mismo, en el sentido que no se compone de los mismos miembros. Su sujeto también tiene historia, es también dinámico. Pero hay algo nuevo en la variación del sujeto: el cambio de mentalidad ocurrido en el mismo.
Tomemos por ejemplo el hacha de piedra. El señor a quien se le ocurre cambiarla por el hacha de bronce, además de tener que trabajarla en todo el aspecto “técnico” -aleaciones, etc., etc.-, tuvo que enfrentarse -y esto no es lo menos importante- con los señores que, bajo el influjo de la institución “hacha de piedra”, dirían: “no hay manera humana en que un hacha de eso que usted llama bronce supere a un hacha de piedra”.
Está claro que esto yo no lo puedo documentar directamente ni mucho menos, pero sí, en cambio, puedo documentar un proceso muy similar: el ocurrido entre el método artesanal y el método industrial en su lucha por la supremacía en el proceso productivo, que salvando las distancias, debió haber sido exactamente lo mismo. O sea, que todo lo que es cosa creada reopera sobre el grupo que la creó, entendiendo que el grupo es también dinámico. Entonces las cosas creadas, institucionalizadas, son el segundo componente de un proceso.
Tenemos un tercer elemento, que son los actos, lo cual es asimismo bastante perceptible. Observen que hay mucha relación con lo anterior, ya que para que se produzca una creación debe haber un acto, lo que vulgarmente se llama “hecho”. Cuando, por ejemplo, tomamos un pedazo de sílex, estudiamos su punto de clivaje, su inclinación y luego con otro trozo de sílex le asestamos un golpe y obtenemos un filo. Esto ya es un acto, ya que le estamos otorgando a la mera materia natural un fin, y este acto pertenece a la vida histórica cultural.
Un acto es el asesinato de César, un acto es una campaña militar, etc. Fíjense ahora que esto es lo que se creyó durante mucho tiempo -todavía debe estar escrito así por alguna parte- que constituía la historia; “la historia es el relato de los hechos del pasado”. Claro, los hechos -actos, prefiero decir yo- transcurren, pero también es el caso que el sujeto histórico transcurre junto con las cosas que crea. Es decir, las situaciones que se crean, transcurren,
Pensemos en el momento en que en la batalla de Maratón el primer soldado persa pega la vuelta y emprende la retirada, y los griegos se miran y exclaman “hemos ganado”. En ese momento se crea algo nuevo: una nueva situación, cambia el panorama, el cual desde ese momento será totalmente distinto, con nuevas circunstancias. Ellas indudablemente influirán en el futuro de un modo distinto de las que emergerían de otra situación: que los persas se miraran y dijeran “hemos ganado”. Son las tres cosas visibles, sensibles diríamos, fácilmente comprobables, que encontramos en la vida histórica cultural: un sujeto, los actos de ese sujeto y los productos de la acción de ese sujeto.
Pero hay otras cosas bastante más complejas. Hay cierto tipo de actos y cierto tipo de creaciones que tienen cierta singularidad, que le dan a la vida histórica cultural un carácter muy especial, irreductible a ninguna otra cosa. Me refiero a un tipo de acto y un sentido del producto creado que es estrictamente producto de la mente, y que no se objetiva en sentido sensible, sino en sentido inteligible. Por ejemplo una opinión. Yo estoy frente al hacha de piedra que acabo de hacer y digo: “me gusta”, “sirve para mis fines”, “es funcional”, O sino, digo: “no me gusta”, “no me sirve”, y me inicio en otro tipo de tareas que llevarán a la superación de la situación.
Esto lo podemos complicar. Imagínense ustedes a los burgueses flamencos del siglo XVI, en sus casas de madera, diciendo: “esto no me gusta”; “necesito algo más cómodo, algo que dé una idea más aproximada de mi opulencia”. Entonces, “necesito una nueva casa”; si hay piedra busco piedra, si no, busco barro y hago ladrillos y en definitiva quedará algo que serán residencias, y lo que es muy importante, con una forma arquitectónica que se va definiendo progresivamente, se va afinando y que tendrá un estilo.
Esto revela una opinión, una preferencia. Porque es evidente que revela una preferencia entre el querer orar en un templo que tenga la forma de una catedral gótica, de dimensión vertical, o querer hacerlo en un templo que tenga la forma del templo clásico greco-romano de dimensión transversal, con un predominio de lo apaisado. Esto es opinión. Pero el hecho es que de esta opinión sale un estilo; ya es algo. Y así puedan salir muchas otras cosas: ¿qué es un partido político sino una aglutinación de opiniones?
La opinión es un acto fundamental en el proceso histórico. ¿Cómo lo podemos determinar más precisamente? Podemos afirmar que hay datos sensibles -sujetos, cosas, actos-, pero intrincándose entre ellos, hay algo que no se puede comprobar. Si yo digo “este grupo social tenía tal opinión sobre tal cosa” o “la aristocracia tradicional inglesa, cuya fortuna se basaba en los latifundios, tenía una cierta opinión con respecto a la naciente clase industrial, a fines del siglo XVII”. De si tienen buena o mala opinión se deriva una actitud, evidenciable por ejemplo, en este caso, en la reinversión del producto de sus tierras. Si lo invierten en tierras otra vez, su opinión es mala; si lo invierten en la actividad industrial, es buena.
¿Cómo podemos llamar a todo esto? Llamémosle “juicio sobre la realidad”. Si ustedes reflexionan sobre su misma experiencia, se darán cuenta de que el hombre vive en perpetuo diálogo con la realidad “Esto me gusta”; “esto no me gusta”. Naturalmente, me aglutino con los que piensan como yo sobre si me gusta esto o aquello. Todo el fenómeno histórico del aglutinamiento de los movimientos de opinión, que de pronto resultan ser desencadenantes de importantes cambios situacionales, depende de un hecho que es propio del hombre racional: juzgar sobre la realidad. Este, entonces, sería el cuarto factor componente de un proceso histórico.
Hay un quinto factor. Aquél que tiene una opinión sobre la realidad no se contenta meramente con tener una opinión, sino que proyecta esta opinión en un arquetipo. Qué significa el decir “¿esto no me gusta?”. Quiere decir “me gustaría que fuera de esta otra manera”, es decir, refiriéndolo a un arquetipo, a una situación arquetípica. Cuando un espectador mira hoy un Kandinsky y dice “esto no es cuadro”, seguramente está pensando en un Rafael o un Renoir. Es decir que para él, si existe algo que es un cuadro, está opinando, y cuando opina, compara. Puede pensar en cosas existentes, pero lo más probable es que esté pensando en arquetipos.
Ahora bien, los arquetipos por lo general están construidos sobre cosas existentes, pero racionalizadas. Racionalizar en el sentido que lo utilizo yo aquí, quiere decir perfeccionar. Transformar el fenómeno en noúmeno. Esto es lo que hizo Platón con el mundo de las ideas -claridad genial-, donde basándose en lo que existe, lo desprende de sus imperfecciones sensibles.
No es fácil probar estos elementos últimos. No puedo probar un estado de opinión, excepto por sus consecuencias. Estos son fenómenos del proceso social, más o menos bien estudiados, que requieren un cierto tiempo, que se maceran de una manera que no nos es muy bien conocida. Pero cuando queremos testimoniar de ellos, no podemos hacerlo si no es a partir de sus efectos.
¿Cómo sé yo que se ha formado en Roma una tendencia contra el régimen republicano tradicional y se está creando una opinión favorable a la dictadura, tal como la preconiza César? Pero es evidente que si César actúa un cierto tiempo y tiene ocasión de comenzar a formar el modelo del principado, tal como luego Augusto le pondrá en funcionamiento, es porque existe un sustrato favorable a ello, dado por una corriente de opinión.
¿Cómo se ha formado? Cuando uno se familiariza con las fuentes percibe esto como un perfume muy difuso; pero evidentemente no lo puede probar del mismo modo que, para probar que existe la torre Eiffel, dice “aquí está la fotografía”. ¿Cómo pruebo yo un movimiento de opinión, un estado de ánimo colectivo? Esto es el gran problema: que cosa es un juicio colectivo. Yo, mediante la introspección, sé como yo tomo conciencia. Pero, ¿cómo se produce la comunicación de estados de conciencia individuales hasta formar estados de conciencia colectivos? ¿Cuando -sin existir ni poder existir la prueba objetiva- yo sé que tal, tal y tal señor piensan como yo? Cuando se forman estos estados de ánimo colectivos, aparece algo que se va a convertir en el motor del proceso. Pero, insisto, no se puede probar y es ahí cuando los historiadores tradicionales dicen: “como esto usted no lo prueba, seguramente está haciendo fábula de la historia”, que es el modo que se utiliza para indicar qué algo es poco serio.
Se puede probar que los Treinta y Tres Orientales eran treinta y tres, o se puede discutir si eran treinta y tres o treinta y cuatro. Pero el hecho es que nada hay que influya, en definitiva, en que fueran o no treinta y tres. En cambio, no hay prueba directa de cómo se originó el estado de ánimo, de opinión, que determinó que esta gente hiciera su viaje -de Buenos Aires a la Banda Oriental-. Hay, si, una prueba inferida a partir de los actos que ese movimiento desencadena. Pero él hecho es que este movimiento de opinión se vincula directamente con la creación de arquetipos, y la creación de arquetipos nos conduce al sexto elemento de un proceso histórico -pueden mencionarse muchísimos más, pero este número suficiente-.
Este sexto factor es el conjunto de fines que el sujeto histórico se propone. Porque cuando un sujeto histórico enuncia un arquetipo, instala más allá de sí un fin, hacia el cual hay que marchar. Ese fin es el que le da sentido a la vida histórica. La vida histórica no tiene un sentido abstracto, excepto en las concepciones providencialistas. Tiene sentidos concretos, más o menos inmediatos, que el sujeto histórico se fija a sí mismo. Ahora bien, este fin no es algo ideal en el sentido de que está más allá de la realidad histórica, sino que se toma de allí, y la cualidad nueva que reviste es la de haber sido transmutado de imperfecto en perfecto, o que yo perfecciono transformándolo en su antitético. Lo antitético es un abstracto, no lo he visto nunca y que sólo existe en mi mente por un proceso lógico.
Extraigo los elementos de mi propia experiencia histórica, y sobre esa base fijo los fines. Todo esto es lo que da su peculiaridad dinámica al proceso histórico. Porque el sujeto histórico, cuando produce ese acto del que debemos partir, a menos que obedezca a un reflejo biológico, normalmente es el resultado de una operación racional: poner en funcionamiento un fin. Y observen que detrás de cada fin, por más mínimo que sea y sin importancia que parezca, existe todo un mundo de creencias y de ideas, que puede ser racional y consciente, pero que también puede estar conformado por componentes que se introdujeron sin una vigilancia del sujeto, como prejuicios, valores y demás.
De manera que, en el momento en que se produce el acto, han entrado a jugar los sistemas de opiniones, arquetipos y fines, aún cuando creamos que no juegan. Cuando más importancia tiene un acto en el cambio, es porque han jugado mancomunadamente todos estos factores en sus complejas proyecciones.
El sustrato complejo de cada acto se puede probar hasta en un simple acto, como salir a dar un paseo luego de comer. Puede hacerse porque se sabe que es bueno; se sabe porque se lo dijeron; y ahí está porque se lo respalda en toda una serie de conocimientos de fisiología, biología, etc., que forma parte del acervo cultural de su comunidad.
Detrás de cada acto está entonces lo que Dilthey llamó la Weltanschauung, la concepción del mundo. Todo móvil es el último eslabón de una cadena en la que se muestran innumerables ramificaciones, que podrán llegar al final, a acabar en la religión o en la metafísica; pero el caso es que, si efectivamente no hubiera habido algo de todo eso, no hubiera funcionado como móvil.
En suma. El proceso histórico es entonces, una sucesión de cambios situacionales, operado como consecuencia de la sucesión de actos creadores, que el sujeto histórico produce a partir de arquetipos, que se relacionan con ciertos fines que se propone y que se sustentan en movimientos de opiniones.
Clase 4. Martes 7 de abril de 1964.
Para finalizar el cuadro de los factores que componen la vida histórica cultural, queda lo que para nosotros es lo más importante: el sistema de las relaciones entre los individuos entre sí -en virtud de las cuales se constituyen las relaciones sociales- y las relaciones entre los individuos y las cosas, en virtud de las cuales se constituye el orden económico-.
Si me permiten, haremos una pequeña recapitulación, para que ustedes puedan integrar fácilmente estos aspectos con el orden que veníamos llevando. Recordarán ustedes que habíamos insistido en esto: la vida histórica cultural es lo que constituye el tema de la ciencia histórica. Tiene una serie de caracteres a los que ya nos hemos referido varias veces y se compone de una serie de factores.
De estos factores hay algunos de naturaleza perfectamente objetiva: el sujeto histórico, el acto creador y las cosas. Y luego ciertos factores que no son fácilmente objetivables: hemos hablado de los juicios sobre la realidad, sobre los arquetipos y sobre el sistema de fines; y hemos insistido en que todos ellos eran producto de una creación intelectual. Esta creación intelectual es la que incorpora a los factores objetivos otros elementos en virtud de los cuales estos factores objetivos adquieran dinamicidad, se instalan en el proceso histórico, transcurren.
Entre estos factores creados por la mente humana hay uno, que he dejado ex-profeso para el final, que es el más valioso para nosotros, en cuanto historiadores de los hechos sociales, que es el sistema de relaciones. Conviene que se observe bien esto: el sujeto histórico perfectamente precisable, observable, determinable, es el ente biológico, el hombre de carne y hueso. Pero el caso es que el sujeto histórico, propiamente dicho, es el grupo, actuando como tal; y el grupo no existe como una realidad tan inequívoca como el sujeto individual. De éste yo sé cómo se llama, sé la fecha de su nacimiento y de su muerte, sé su figura física. Del grupo yo no puedo decir lo mismo con igual precisión. ¿Dónde empieza y dónde termina el grupo? Esto es mucho más complicado; y sin embargo, éste es el sujeto eminente de la vida histórica cultural.
¿Y cómo se constituye este sujeto eminente de la vida histórica cultural? Pues se constituye en virtud de un sistema de relaciones, el cual, como el juicio sobre la realidad, se conforma a partir de un acto mental. Este acto mental consiste, a veces, en el reconocimiento de una situación.
Observen que hasta la relación madre e hijo, que sería un ejemplo a nivel primario, exige un reconocimiento. Aquel que no sabe quién es su madre, no se interrelaciona con ella del modo corriente, como todos creemos que lo debe hacer. La relación entre madre e hijo se constituye por el saber que existe ese vínculo. Es claro que hay una relación biológica. Pero esta relación biológica no es suficiente de por sí para que opere. La ignorancia de ese vínculo significa en la práctica que ese vínculo no opera.
Lo mismo pasa en mayor grado con el vínculo social no familiar. Tomemos un ejemplo grueso. ¿Cómo se constituye una clase social? Esta lo hace a partir del vínculo, que es a veces completamente imponderable. Hay que tener una clara conciencia de que fulano, fulano y fulano estén en una misma relación de dependencia respecto de algo o alguien para suponer que pertenecen a una clase social. Este es un acto puramente mental. Hay una interpretación de la función social de cada individuo en particular, luego el establecimiento de una homologación y posteriormente la afirmación de esa homologación, que representa un determinado valor.
Todos los que estamos expuestos a un determinado condicionamiento constituimos una clase social. Si yo reconozco en cualquier individuo que está sujeto a mí mismo condicionamiento, a mis mismos límites, y cumple la misma función que yo, lo estoy ubicando en misma clase. Pero rápidamente observan ustedes que este es un límite muy difícil y un tanto inasible. Sólo circunstancias excepcionales en la vida histórica crean vínculos muy firmes y muy precisos.
Por ejemplo, en una pequeña ciudad como era Atenas, todo el grupo de terratenientes que tenía tierras alrededor de Atenas tenía un vínculo muy destacable y claro: “todos los que tenemos tierras alrededor de Atenas”. O “Todos los que somos herederos de los fundadores”; y en una ciudad esto forma una clase muy definida. Pero como se imaginan ustedes, a pesar de ser un grupo muy poco fluido, contiene dentro de si gran dosis de fluidez. De pronto comienza a aparecer la opinión sobre si fulano o mengano pertenecen a este grupo. Aparece el bastardo, aquel que dice tener una genealogía que no tenía. Y todo esto, a pesar de ser uno de los grupos más compactos.
Piénsese en grupos sociales mucho más difusos. Por ejemplo, el grupo social de los pequeños ahorristas. Tiene una clasificación bien definida, con una función económica bien definida. Quizá, algún día, pueda vérselos a todos reunidos. Pongamos por caso, el día de una corrida de bolsa, de la quiebra de un banco. Entonces diríamos, “Todos estos señores que están inquietos por la baja de las acciones, por la quiebra de este banco constituyen el grupo de los pequeños ahorristas”.
Piensen ustedes que esto es una noción sumamente imprecisa; y sin embargo, la función económica de estos sujetos es sumamente precisa. La de esa masa de pequeños ahorristas es económica, y tan precisa que alimenta, por ejemplo, buena parte del régimen bancario; y si alimenta buena parte del régimen bancario, es obvio que la función económica que cumplen es muy importante. Hay países, por ejemplo, cuya estructura económica está regulada fundamentalmente por el aporte de los pequeños ahorristas. Pero transformen ustedes a estos pequeños ahorristas en sujeto histórico y se van a dar cuenta de cuán fluido es este conjunto social. ¿Qué es hoy, en Buenos Aires, un porteño? Al cruzar los límites administrativos de la ciudad, una persona que vive en Vicente López, ¿no es ya porteña?
Creo que sobran estos ejemplos para que se den cuenta, ahora, de este importante problema. El sujeto individual es casi inoperante como sujeto histórico, y sin embargo, es el único claramente perceptible; el sujeto histórico complejo, que es el que verdaderamente opera históricamente, es el resultado de un acto mental colectivo, porque sólo el consenso -ésta es la palabra técnica-, transforma un grupo de individuos que podría ser completamente heterogéneo, en un conjunto homogéneo, en algo, y ese algo es lo que le da la unidad y lo que proporciona el vínculo.
Este tipo de relaciones fundadas en un consenso es lo que crea el grupo social. Y el grupo social y sus relaciones, su comportamiento y sus funciones es lo que constituye el tema estricto de la historia social.
Hasta este momento mi objeto ha sido mostrar las características generales de la ciencia histórica. Su tema, la vida histórica cultural, con sus componentes, sus factores, y finalmente el aspecto de la vida histórica cultural que constituye esencialmente el objeto de la historia social. Ahora estamos en nuestro tema: el análisis de cómo operan los grupos sociales.
Nuestro análisis lo vemos a realizar para la Europa Occidental, desde la crisis del Imperio Romano hasta nuestros días, ateniéndonos a este campo de la vida histórica. El oeste de Europa es un área cultural que se caracteriza, a principios de la Edad Moderna, por difundir su concepción del mundo y de la vida a un área mucho más vasta. Por lo pronto toda América se transforma en escenario de un proceso de aculturación en el que se intenta trasladar puro, intacto, todo un mundo cultural. Esto ocurre así donde se trata de cumplir este cometido sin que haya una respuesta local. Por ejemplo, en lo que es hoy la República Argentina, Uruguay, etc. Pero esto no ocurre en otras regiones, como México o Perú, donde la respuesta cultural es grande, ya que había densas colectividades con alto grado de civilización. Por eso vamos a estudiar la Europa medieval, y a partir de la Edad Moderna veremos cómo se difunde y cómo evoluciona este mundo de relaciones sociales que vamos persiguiendo.
2. Los orígenes de la sociedad de Europa Occidental
Y así indicado nuestro plan general, empezaremos con nuestro primer tema que es La sociedad del bajo Imperio.
El Imperio Romano se constituye territorialmente en una parte de lo que es hoy Europa, en una pequeña parte de lo que es hoy Asia y en otra parte de África. Los límites tradicionales suelen ser indicados como sigue: el Rin, el Danubio y el Éufrates, en su época de mayor expansión [siglo II d.C]; de manera que incluía gran parte de Europa, toda la península de Anatolia, toda la costa de Siria, toda la Media Luna de Tierras Fértiles y luego la costa norte de África.
Este mundo tiene una característica particular, que hace que en una cierta etapa de la historia de su desarrollo se quiebre en dos. El Imperio surge a partir de la ciudad de Roma; luego toda la península se unifica y el proceso de colonización se extiende hacia el oeste. Se romaniza entonces todo lo que es hoy Portugal, España, parte de Alemania, la zona alpina, Suiza, etc., incluso partes de Austria. Esa romanización se hace sin mayores obstáculos por la población local, de bajo poder militar y cultura muy endeble. Y así, por el influjo de sus ejércitos, Roma, romaniza con su cultura toda esa zona de su Imperio.
En cambio, cuando Roma se extiende hacia el este, la situación es distinta. Conquista la península de los Balcanes, conquista Asia anterior, el norte de África. Y todos estos territorios poseían una rica tradición cultural.
En los Balcanes había ciudades y ligas de ciudades, herederas de la unificación que había hecho Alejandro Magno. Pero ya antes que él, cada ciudad, cada polis griega, se integra en la unidad que Alejandro Magno va a hacer un poco superficialmente. Lo hace con un riquísimo y vastísimo pasado, con un mundo de ideas elaborado a través de siglos, que daban a cada una de estas ciudades una gran personalidad. Naturalmente el Asia anterior tiene un pasado mucho más grande todavía. Cuando llegaron los romanos, estaba constituido el Imperio de los seléucidas, así como en el Egipto se encontraron con el Imperio de los lágidas, que son en sus respectivas zonas, los herederos de Alejandro Magno. Es decir: se encuentran en Grecia con un mundo helénico y en el Oriente con un mundo helenizado. Y por debajo de la helenización queda un sustrato milenario, porque esa era la región de los asirios, de los caldeos, de los judíos, de los fenicios. Y todo eso quedará bajo la delicadísima capa administrativa que impostó Roma en esa zona.
De modo que en Europa occidental creó un mundo romano: en Francia, España, la Alemania romana, etc.. Pero en el Oriente no pudo hacer nada de eso. No pudo borrar ni la tradición persa, ni la fenicia, ni la judía, etc. No pudo borrar ni siquiera lo que habían aportado sus predecesores: los conquistadores helénicos. De modo que se limitó simplemente a poner por arriba una delicada capa administrativa. Esto es un hecho tan evidente que sólo bastó que se produjera la ruptura del Imperio y se borrara la estructura administrativa, para que aquel mundo volviera a ser lo que había sido.
Está claro, entonces, que el Imperio se componía de dos regiones profundamente distintas. Agréguese a esto el hecho importantísimo de que el este del Imperio tenía una larga tradición manufacturera. Basta sólo citar las ciudades manufactureras fenicias, sirias -por ejemplo Damasco, con poderosas industrias textiles y del hierro-. Se producía allí vidrio, metales de toda especie, telas, perfumes, aceites, naves, púrpura, e infinidad de cosas más. En cambio, en el oeste, excepto en alguna ciudad de la Magna Grecia en el sur de Italia, no hubo ciudades que se dedicaran a la rama de producción industrial; eran más bien zonas de cultivo. De tal manera que desde el punto de vista económico -y paralelamente el cultural-, hay una especie de marcha de los productos del este hacia el oeste. De todos ellos tenemos un ejemplo: las estatuillas de la reina Isis con el hijo en brazos, que inundaron el Mediterráneo y crearon una iconografía que sirvió luego para nutrir su religión. Todos los artículos de bazar fenicios, las telas, etc….
Esto se va institucionalizando cada vez con más fuerza, y a la par ayuda a la tendencia de las regiones occidentales a perpetuarse como eminentemente agrícologanaderas. Lo cual redundaría en un hecho de extremada importancia, que se producirá a fines de la época imperial y principios de la medieval, y que es la emigración del oro del oeste hacia el este.
Todo el área occidental europea, aún siendo países agrícolas y no manufactureros, presenta sin embargo, un déficit de cereales. Recuerden ustedes la importancia que tiene en su alimentación el trigo que se traía del norte de África, que era mucho más rico y controlable, desde el punto de vista de los cultivos, que el de la región del norte del Mediterráneo. Y había que pagar con oro, como es lógico, todo lo que se importaba, ya sea en materia de productos comestibles o productos manufacturados.
Eso no quiere decir que no se produjera nada. Se producía; es más: casi todos los artículos de consumo corriente, se producían en el oeste: alfarería para uso doméstico, artículos de madera, etc. Pero lo que no se producía eran artículos de lujo. Entonces las minorías ricas, que disponían de oro para pagar su consumo ostentoso, invertían ese dinero fuera del ámbito occidental, y lo hacían en el Oriente.
De modo que por tradiciones culturales e históricas, el Occidente romano fue radicalmente distinto del Oriente romano. Y llegado cierto momento esta diferenciación se va a acentuar con las invasiones germánicas. Esta diferencia de contextura entre ambas zonas queda sumamente clara durante la llamada “anarquía militar” del siglo III.
La república romana había iniciado su expansión luego de la segunda Guerra Púnica, en el siglo II antes de Cristo. En los últimos siglos de la República y el primer siglo del Imperio esa expansión ultramarina alcanzó los límites que yo señalé al principio de la clase -Rin, Danubio, Éufrates, cadena de los Atlas en el norte de África-. Esa expansión se ha operado en dos siglos escasos. El régimen político ha cambiado. De la República se ha pasado al Principado, porque la pequeña aristocracia urbana de la ciudad de Roma no podía seguir manejando este Imperio que evidentemente estaba basado en el poder militar. Lo que se ha constituido con el Imperio es un poder militar estable. Lo que nosotros llamamos habitualmente emperador, que es el nombre bajo el cual reconocemos a Augusto, el primero de la lista de los llamados emperadores, proviene de la palabra romana “Imperator”, que quiere decir general en jefe. Su título formal, sin embargo, era nada más que “Princeps”, es decir el primero en el orden senatorial.
Porque Roma sostuvo la ficción jurídica de que no había habido cambio institucional alguno, sino que dadas especiales circunstancias -que duran cuatro o cinco siglos-, convenía que fuera una sola persona la que actuara como Princeps, Censor e Imperator. Y esta sola persona, que reunía la totalidad de las magistraturas en un poder de tipo autocrático, sólo controlado por sus pares en el Senado, se institucionalizó, se eternizó, por influjo de las circunstancias y necesidades militares y se transformó en un algo un tanto difuso. Tanto que no pudo resolver jamás el régimen de la sucesión. Roma no conoció jamás un régimen legal de sucesión. La manera por la que se resolvió, cuando no era en batalla, fue traspasando al nivel de derecho público una norma del derecho privado: el príncipe Augusto adoptaba como hijo a Tiberio, y luego se convenía acordar a Tiberio todas las facultades que se habían acordado a Augusto.
Esto es un poco impreciso y por eso de tanto en tanto surgía la idea de que había que hacer una revisión de este sistema. ¿Y cómo se reveía? En el campo de batalla. Son las guerras civiles que suceden a la muerte de Nerón, que siguen a la época de Galba, de donde nace la dinastía de los Flavios; las guerras que hay al final de los Flavios cuando muere Domiciano. Todos estos aspectos prueban que no había instituciones de derecho público en el Imperio Romano. Eran situaciones de hecho, las que se daban, asentadas sobre la base de un poder militar.
Este panorama, sin embargo, se estabiliza mucho en el curso del siglo II con Trajano, Adriano, Antonino Pío, Marco Aurelio, Cómodo. Los emperadores de la familia de los Antoninos se regían por el principio de adopción, excepto en el caso de Marco Aurelio, que impone como forzoso heredero político a su hijo Cómodo. En este momento se produce la terrible guerra civil que rompe un equilibrio que había durado casi un siglo.
Ese siglo es sumamente importante para nosotros, porque durante él se estabilizan las relaciones sociales que se habían conformado a lo largo de las guerras civiles, y las económicas, a través del sistema transaccional entre el este y el oeste.
Esto había dado lugar a un gran número de convulsiones; habían aparecido grupos sociales, políticos y económicos nuevos. Y esto es muy coherente y lógico, ya que a medida que se va expandiendo el mundo romano, en distintas regiones se van afincando progresivamente distintos grupos. Primero fue sólo la urbe; luego toda Italia; más tarde se le agrega el resto de las colonias. Tomando el caso de las guerras civiles mencionadas, los protagonistas son ejércitos regionales, tras de los cuales está la lucha por el predominio de las distintas regiones sobre el Imperio. Pero es necesario mostrar como, por ejemplo, detrás de los ejércitos de Siria están los fuertes intereses de los manufactureros sirios; y así sucesivamente.
Todo este juego culmina en el siglo II d.C, en la época de los Antoninos. Marco Aurelio pudo institucionalizar la situación, reconocido que habría en el Imperio dos grandes clases: los “honestiores” y los “humiliores”, que se podría traducir rápidamente como poseedores y no poseedores. Quizá no sea del todo exacta la diferenciación y algunos “humiliores” tuvieron pequeñas propiedades, pero evidentemente no los medios de producción, cuyos dueños eran los “honestiores”: latifundios agrícolas y masas de capital movilizable. Y esto se consagra por ley, mediante una “Constitutivo imperial”, que tiende a estabilizar el proceso de movilidad que había caracterizado el período anterior.
Este equilibrio se rompe a fines del siglo II de un modo tan profundo que se puede afirmar que los dos siglos que siguen son una mera supervivencia del Imperio. Un intento feroz, desenfrenado, de mantener intacto lo que se pudiera mantener de la antigua estructura imperial, que había quedado amenazada principalmente por el fenómeno de la regionalización, cuya expresión política la constituyen las guerras civiles durante el período de la anarquía militar del siglo III.
El Imperio se constituyó a partir de Roma -mejor dicho de Italia- y a medida que va conquistando va estableciendo regiones subordinadas. Toda expresión de vida o cultura romana se realiza y centraliza en la península, que es la conquistadora. De estas zonas, hay algunas que traen un alto grado de desarrollo económico y social; otras no, pero es evidente que durante los dos primeros siglos del Imperio todas empiezan a adquirirlo o incrementarlo, porque se benefician del área imperial. Claro que en menor medida que Italia, pero en algo sí, debido al comercio con el cliente rico. Se empieza a producir para los “castra” -campamentos- romanos y se establecen relaciones económicas que se van solidificando con las nuevas colonias romanas establecidas en las fronteras, en lo que hoy es Rumania o en Alemania. Los legionarios se casaron y se establecieron en esos lugares, y el ejército romano fue perdiendo movilidad para pasar a ser progresivamente una fuerza menos útil, pero civilizatoriamente activa.
Así las diversas regiones comenzaron a prosperar y fueron adquiriendo conciencia de sus intereses regionales. Cuando llegamos al siglo II, en el Imperio está completada la evolución de un centro de gravedad -Roma- y de regiones periféricas, con sus propios intereses, que quieren producir para sí. De este modo hay un imperceptible pero progresivo cambio económico que hace que el Imperio, en vez de ser un enorme bloque productor y consumidor, sea un agregado de pequeños bloques individuales productores y consumidores.
Así esas regiones van adquiriendo personalidad y fisonomía. De este modo se da también la adquisición de historia. La historia de la antigua Hungría es la historia de la Panonia romana. Esas regiones también adquieren su política propia, porque Roma, a partir prácticamente del siglo I -con la destrucción de las legiones de Varo en Teutoburgo- se pone a la defensiva de las invasiones germánicas, y localiza todo su ejército en las fronteras. Y al cabo de dos o tres generaciones esos ejércitos no sólo están destinados en esas regiones, sino que están reclutados en esas regiones.
Este modelo naciente de regionalismo se ve respaldado por un fuerte instrumento de presión política: el ejército, que de imperial, pasa a ser regional. Y así aparece un señor, jefe del ejército de una determinada región que dice: “Yo quiero ser emperador” y desafía al ejército de otra región. Y esto que se nos aparece como ambición de dos o tres generales, es la manifestación de dos o tres -o las que sean- fuertes alianzas regionales para conseguir el predominio regional sobre todo el Imperio. Esta es la fuerza que desintegra el Imperio y prácticamente lo hace desaparecer.
Por eso digo que a partir del siglo III el Imperio sobrevive. Porque aunque nadie lo quiera desarmar y lo quieran conquistar entero, esto contribuye objetivamente a desarmarlo. La estructura imperial carece de fuerzas y recursos internos que jueguen a favor de un restablecimiento del equilibrio y la superación de la crisis.
Clase 5. Martes 7 de abril de 1964.
falta. 2. B. b. La difusión de nuevas actitudes religiosas.
Clase 6. Miércoles 8 de abril de 1964.
Nuestro plan de exposición del tema segundo ha sido el siguiente: Dada la situación del área occidental del Imperio Romano, analizar cuáles han sido los distintos factores de cambio que movilizan la situación de ese sector, que a través de sucesivas y profundas transformaciones, darán paso a la realidad prefeudal y feudal europea.
Luego hablaremos del cambio; hasta ahora hablamos de los factores de cambio. Dijimos que uno era la diferenciación dentro del Imperio; otro la difusión de nuevas actitudes religiosas. Nos faltan esbozar dos: la instalación de nuevos grupos de poder y el impacto de la expansión musulmana. Una vez que tengamos los factores, podremos explicar la peculiaridad del proceso de cambio social en el Bajo Imperio.
Al llegar a la instalación de nuevos grupos de poder, no nos estamos refiriendo al Bajo Imperio sino a su desaparición, ya que en el momento en que estos grupos se instalan, el Imperio no perdura más que como un recuerdo.
Prefiero decir : “quedar como un recuerdo” a “desaparecer”, porque para la conciencia contemporánea, el Imperio no desapareció; quedó como una cosa inmutable en la mente de la gente, y su organización política perduró como concepción tan vigorosa, que a pesar de la pérdida del poder imperial, a pesar de la parcelación política de todo el Imperio, a pesar del reemplazo de todo eso por poderes de hecho que funcionaron de una manera innegable, la idea de que el Imperio subsistía quedó fija en la gente. Y esto constituye un hecho social muy importante, porque quedó en la conciencia de la gente restaurar el Imperio, que -diríase- “ocasionalmente, por la llegada de estos grupos germánicos, no funciona, pero conserva aún todas sus potencialidades”.
Podríamos decir entonces que la idea del Imperio Romano, conformado como arquetipo, siguió actuando como móvil de mucha gente, a tal punto que cuando Carlomagno, en el siglo VIII, quiere instaurar su Imperio, cree que lo que está haciendo es restaurar el Imperio Romano. Haciendo un análisis objetivo de las condiciones económico-sociales y sus connotaciones culturales, nosotros llegamos a la conclusión de que el Imperio de Carlomagno no se parecía en nada al Imperio Romano. Pero sus propios móviles subjetivos, el texto de las capitulares que dicta, etc., indica que hacia eso apuntaba. Y naturalmente esta intención aparece forzando algunos aspectos de la realidad para adecuarla a su arquetipo.
A principios del siglo V se dispersa por todo el territorio del Imperio Romano de Occidente una serie de pueblos germánicos. Son pueblos -subrayo- y no ejércitos, que se instalan en distintas comarcas según el azar de su propia fuerza militar, y una vez instalados comienzan a ejercer la autoridad militar con el título que confiere la conquista. En algunos casos hubo una pseudo delegación de supuestos poderes imperiales; pero de hecho, todo aquel que se instaló en una comarca del Imperio lo hizo porque tenía fuerza para instalarse, y cuando la perdió, fue porque no tenía fuerzas para resistir.
Esto es una típica instauración de hecho. Se produce una situación histórico-social nueva: en una comarca que tenía una vida muy organizada -como toda la vida del Imperio Romano-, secular, continua y coherente durante muchos siglos, con un sistema legal perfectamente institucionalizado, con una estratificación social clarísima, ocurre la instalación de un grupo político omnipotente sobre todos los planos de la estratificación tradicional. En el Imperio, en su fase final, había un conjunto de clases, con una clase hegemónica, Con esta nueva instalación, el que era primero pasa a ser segundo, el segundo pasa a ser tercero, etc.
Y aquí hay algo muy importante, porque la nueva clase hegemónica se instala sin ningún compromiso con respecto a las otras. En esto se diferencia de la elite aristocrática romana, que tenía el papel principal, pero con una serie de compromisos profundos con las otras clases, que se derivan de siglos de convivir.
Bajo el Imperio, la autoridad no suprimía la vigencia del Derecho, puesto que era una sociedad extremadamente regulada por el Derecho. El Derecho tenía tanta vigencia, porque era una sociedad muy trabada, y como el Derecho estaba apoyado en el consenso, funcionaba coherente y eficazmente. Los miembros de la alta aristocracia tenían los derechos acordes a su estatus, pero también, tenían sus obligaciones, por ejemplo, de protección: tenían a su cargo la “clientela”, en el sentido romano del término. Y algo que es muy importante, también tenían a su cargo personas que guardaban para con ellos una cierta relación en el plano militar y formaban los buccellarii , ejércitos privados, que por otra parte contribuían de un modo significativo para asegurar su poder.
En esta sociedad, con dichas características, se instala un grupo, extranjero de origen y que no sustenta, para nada, su posición en el Derecho. Por lo tanto no tiene ningún compromiso con la aristocracia y menos aún con las clases que estaban subordinadas a ella. Pero además eran grupos culturalmente distintos. No pertenecían a la tradición cultural romana, aunque no la desconocían.
De modo que cuando comienzan a operar, lo hacen, por un lado, esgrimiendo la arbitrariedad de la que puede hacer gala un grupo que no tiene compromisos. Por otro lado, disfrutan de una situación de poder de hecho, y además, operan en función de sus propios valores y pautas de conducta, a las que no pueden ni quieren renunciar.
No pueden renunciar porque mientras se sigan afincando en su propia tradición cultural, mantienen el distingo entre grupo conquistador y grupo conquistado: “Nosotros somos los conquistadores”. Luego se dirá: “Nosotros somos la clase guerrera”. Y además no quieren renunciar, porque son muchos menos, y si lo hacen, van a ver absorbidos por el resto, cosa que en definitiva va a ocurrir; y por eso necesitan mantenerse separados, afirmando su propia idiosincrasia cultural.
Esto funciona así, y con unas características algo especiales en este caso. Los pueblos germánicos, al llegar a sus lugares de establecimiento, van haciendo constar su voluntad de institucionalización política independiente.
Llegan los ostrogodos a Italia, por ejemplo, y Teodorico, su caudillo, se proclama rey en el antiguo territorio romano. Se lo llama “Rex”. Este es el factor de cambio que al principio calificamos como instauración de nuevos grupos de poder. Estos grupos actúan de un modo generalizado, sistemático, pero teniendo en cuenta una serie de cánones de juego entre la nueva aristocracia y la población sometida.
El nuevo grupo de poder es germánico. Habíamos dicho que tenían una tradición cultural distinta de la de los romanos. Vamos a estudiar un poco cómo era. Si cuando llegan a los lugares en que se instalan, erigen como figura política a la monarquía -por lo que en la historia se conoce a estos reinos como romano-germánicos-, esto no quiere decir que estos reyes tengan las características de un “Rex” a la manera romana, o sea, que ese “Rex” responda a una institución romana.
Esto que los documentos en latín llaman “Rex” -principalmente en los documentos eclesiásticos: la gente que sabía leer y escribir- a un jefe de banda, con respecto a su pueblo. Era el jefe militar de la banda armada. Esto quiere decir que no era un rey en el sentido común que se le da a la palabra, porque los pueblos germánicos, tienen en esa época todavía un viejo resabio de organización comunitaria, en la que todos los hombres libres son pares.
Esta situación social había empezado a cambiar un poco en los últimos tiempos antes de las invasiones, pero que no había operado mucho, porque como no se había producido una sedentarización definitiva, los elementos que contribuyen a la diferenciación social -por ejemplo la propiedad de la tierra-, no habían alcanzado a operar demasiado. Eran pueblos eminentemente pastores, seminómadas. Y tienen jefes militares, porque para la acción militar se necesita un jefe militar ejecutivo; pero para el resto de la acción social, el gobierno se encuentra a cargo de la asamblea colegiada de pares, o mejor, consejo de pares, un poco menores en número, elegidos para alguna situación un poco más apremiante.
A esto se refiere el texto de Gregorio de Tours que ustedes van a leer en la clase de Prácticos. Gregorio de Tours era un hombre de tradición romana, con suficiente sentido crítico como para percibir lo que es distinto y señalar contrastes. Cuenta la disputa por el botín, luego de una batalla, entre los francos que entran a conquistar las Galias. El caso es que está documentado que el rey, aunque sea objeto de obediencia en la acción militar no es más que el par de sus compañeros.
Es entonces muy importante notar, culturalmente, la situación igualitaria de estos hombres, que no tienen montada la figura de la monarquía, porque no tienen montada la figura del Estado. Es decir, el Estado, como ente jurídico abstracto que representa a la colectividad, no existe para esta población. Un Estado está definido por un tesoro público, que no es de nadie, sino de la comunidad; la existencia de un derecho público distinto del privado; la existencia de un ejército que constituye un medio de poder de alguien que por otro lado está investido de dicho poder. Nada de esto tiene sentido para el pueblo germánico.
Pues bien, este grupo político, con estas características, es el que se impone al pueblo romano, que se caracteriza por una feroz vigencia de la noción de Estado. Así desde el primer día este conflicto empieza a manifestarse.
Por ejemplo, se manifiesta en el momento en que es necesario sofocar una rebelión. Para cumplir esta función, el rey nombra a un jefe militar que es el Conde. La palabra “Conde” viene de “comitiva”; es un “compañero”, y, además, un hombre de la absoluta confianza personal del jefe de la banda, el cual no nombra un funcionario -alguien que obedece al ente político-, sino alguien cuyo nombramiento, objetivamente político, se debe a un manejo personal. Y con esto, además, estamos a dos pasos de la organización feudal. El rey de la monarquía feudal de Francia o Inglaterra, en los siglos noveno o décimo, no se maneja más que con los condes. No hay generales, sino que, como jefes de los ejércitos, se nombra a los nobles que rodean al señor feudal; y si traicionan, él los asesina, no el Estado.
Esta es la concepción de tipo personal y subjetiva en el campo político, que traen los pueblos germánicos. El conflicto con el manejo objetivo y fuertemente institucionalizado de los romanos, es terrible. Y las consecuencias van a ser notables y muy interesantes.
Hemos visto cómo el poder político militar se concreta definitivamente a favor de los invasores. ¿Pero qué pasa respecto al aspecto administrativo? Por ejemplo, cuando un jefe de banda da una orden de confiscación de una tierra, y manda a sus allegados a cumplirla, lo más probable es que este vuelva sin haberla podido cumplir, por la confusión que le crea la maraña de hipotecas, obligaciones y compromisos que existen entre los propietarios romanos. Luego de estas expediciones progresivamente frustrantes, estos jefes militares comienzan a llamar a los “judes” romanos, que pertenecían a la clase tradicional, para que desenmarañen esta situación, tan trabada que ellos y su equipo, objetivamente no podían aclarar.
Y es así como, poco a poco, en la parte administrativa vuelve a tomar prominencia, que en realidad no ha perdido, la antigua burocracia romana. Ustedes dirán: ¿por qué no deshizo esa organización a golpes, por la violencia? Muy sencillo, porque si la deshacía a golpes, el botín desaparecía, porque todo ese sistema producía y rendía sus frutos dentro de ese orden. Si desaparecía ese orden, ¿que iban a hacer estos conquistadores, que no eran más que unos pocos miles, frente a toda esa propiedad inmensa que habían conquistado?
Había que hacerla trabajar por los sometidos. Pero estos no sabían trabajar más que de una sola manera: la romana. Cuando la máquina se desarmaba, se desarmaba todo. Y esto no había sido el objetivo de la conquista. El objetivo de la conquista había sido otro: usufructuar la conquista, hacerla funcionar. Y se optó por dejarla funcionar, a su modo, en todo aquello que no obstruía el ejercicio del poder político militar.
Pero apenas se comenzó a transigir, se imaginarán ustedes que el mecanismo de intercambio cultural fue inmenso. Tomemos el caso de un guerrero germánico, vencedor militar que tiene delante suyo una de esas hermosas villas romanas, con todo el lujo oriental, piscina, campos que se cultivan por rotación, con la rotación se cumplía el rol que hoy cumplen los abonos. Cada tres años había que plantar cebada en este lugar, y cada dos había que llevar ganado a este otro, todo lo cual no estaba escrito, pero se sabía tradicionalmente desde hacía mucho tiempo.
Pues bien, va hacia ella, y lo primero que encuentro es que no puede quedarse. Porque si eran ocho, diez, quince o veinte, y cada uno se instalaba en su villa, a las cuarenta y ocho horas naturalmente los asesinaban a todos. Es decir, el grupo conquistador, se vio obligado a mantener la cohesión interna del grupo militar, y se quedaron todos rodeando a su rey. Nadie fue a las tierras que le habían tocado en el reparto, excepto cuando podía; buscaba aquel que la había explotado hasta ese entonces, y le decía “tú te quedas como estás, trabajas como trabajabas hasta ahora, solo qué a fin de año me darás la tercera parte”, que según el tipo de negociación podían ser las dos terceras partes.
Es así como se produce la degradación; y esto es algo bien conocido; por ejemplo, el mismo proceso sucedió en la India entre los brahamanes y los chatrias. Así, la primera clase es la conquistadora; la segunda es una clase rica, poderosa y tiene una posición que es la decisiva para este período: la de clase intermediaria. Esta es la clase que se entiende con los conquistadores. Son sus socios, ya que les permiten seguir disfrutando de lo que anteriormente tenían. Yo imagino a un señor romano diciendo al cabo de quince días de producida la invasión: “Al fin no son tan bárbaros; se puede negociar con ellos”. Y los vínculos que se van creando en estos reinos determinan la instauración, a las pocas generaciones, de relaciones estrechas y fácilmente observables. Asimismo van surgiendo parcialmente unos códigos nuevos. Les cito uno de ellos, porque el esquema sirve para todos ellos: la “Lex Romana Visigotorum”.
En este proceso hay una especie de aculturación, ya que el esquema es: “Yo los dejo seguir haciendo todo aquello que no molesta, o sea, todo lo que no está opuesto a mi tradición cultural”. “Por otra parte les impongo todo lo que me es indispensable imponerles, sin llegar a romper el dispositivo productor”.
Hubo algún pequeño episodio o cierto momento que dio pie a un teórico alemán para hablar del “Estado oso” y el “Estado apicultor”. Hubo un momento en que las bandas actuaron como osos, destruyendo la organización productora de miel; pero inmediatamente comenzaron a actuar como apicultores, es decir, no destruyendo la organización productora, sino haciendo todo lo posible para que el dispositivo productor funcionara lo mejor posible, en su beneficio. Esto -insisto- es un típico fenómeno de aculturación, parecido a algún proceso de los que se dieron en América con los españoles.
Se producen también fenómenos curiosos como ser la adopción de nombres germánicos -Rodolfo, Ernesto, etc.-, que hoy constituyen la mayoría de los nombres, dejando progresivamente de llamarse según el antiguo santoral cristiano. Lo mismo sucede en España con la conquista musulmana. La enorme mayoría de los que empiezan a aparecer en España derivan de la adhesión que presentan a los invasores los miembros de las clases intermediarias.
Y, repito, lo clase que entra en contacto con los conquistadores germánicos es la aristocracia romana. Y entra en contacto de varias maneras. Por una parte en la función administrativa: judex; por otra parte en la función eclesiástica, que se transformó en reducto de la aristocracia romana. Esto significa la transferencia de toda la cultura y saber a las viejas clases romanas. De tal modo que todo lo que sabemos hoy de la conquista, lo sabemos por vía de los conquistados.
Esta clase transaccional, jugó a pactar. Y pactó. Se benefició en el pacto, y al poco tiempo comenzaron los enlaces y vínculos por patrimonios cruzados. Y esta clase romana desaparece al poco tiempo, subsumida en una clase mostrenca que es un poco romana, un poco germánica, que es la característica de la aristocracia europea de los siglos VII, VIII y IX. La vieja tradición aristocrática romana ha desaparecido, excepto en lo eclesiástico.
La clase que no era dominante ni aristocrática, no se germaniza porque, claro, no entró en el pacto y nadie le llevó el apunte. Persiste con sus tradiciones. Y de esta clase va a salir la burguesía, cinco siglos más tarde, que es romana de temperamento, romana de manera de vivir, que no han entrado en el pacto que va a constituir el orden cristiano feudal. Estas clases subordinadas están fuera de ese pacto y mantienen una concepción de la vida romana tradicional, que es la que luego va a volver a hacer irrupción en Europa en el siglo XI y el siglo XII. Este es el Tercer Estado, en la Revolución Francesa, que no se eran ni nobleza ni sacerdocio; componían el estado plebeyo, burgués.
Esa gente, además, no se cristianizó hasta después de mucho tiempo, y siempre de manera muy superficial. En las ciudades, la Iglesia los llamó paganos, “que viven en el campo” -de “pagus” -, y eso quiso decir infiel. El cristianismo solo pudo entrar mediante la traducción o traslación a la vieja mitología romano-céltica que poseían esas clases. Y por eso la posterior necesidad, desde Cluny en adelante, de luchar contra todo el contenido mágico que adquiere en ese entonces el cristianismo.
Clase 7. Martes 14 de abril de 1964
En esta enumeración de los factores de cambio que habíamos empezado a hacer, y que casi habíamos alcanzado a concluir, yo expliqué el punto A, B y C, es decir la diferenciación interna, la difusión de nuevas actitudes religiosas y la instalación de nuevos grupos de poder. Estos son los principales factores de cambio que operan sucesivamente, y conviene mucho que ustedes vigilen las fechas en que estos factores de cambio empiezan a operar.
Como creo que no insistí lo suficiente la última clase, y lo destaco ahora. La diferenciación es un fenómeno que opera en el seno del Imperio, especialmente a partir del siglo III. La difusión de nuevas actitudes religiosas es, en el mundo del Mediterráneo occidental, un fenómeno contemporáneo del anterior. Efectivamente, es a partir del siglo III cuando se hace importante, aunque haya aparecido algo antes. Pero recién entonces es verdaderamente importante la confrontación de todo este sistema de ideales de vida, de todo este sistema ético, que entrañan las religiones llamadas “de salvación”, casi todas ellas de origen oriental. Y es desde el siglo III cuando comienza a operar este nuevo sistema de valores, de concepción de la vida, produciendo esa especie de contraste al que yo aludí en este asunto.
Son pues dos fenómenos contemporáneos. Desde la época de la dinastía de los Severos, de las postrimerías del siglo II en adelante, se produce la diferenciación interna -diferenciación regional y también social-, y asimismo hay influencias religiosas de tipo oriental, que contraponen a la concepción de la ética romana una concepción distinta, inspirada por estas religiones orientales.
El tercer factor, la instalación de nuevos grupos de poder, se da en cambio a partir de los primeros años del siglo V. Cuando se da, el Imperio desaparece prácticamente, porque estos grupos se van instalando en distintas regiones; al instalarse, van separando las regiones unas de otras, y en consecuencia el Imperio desaparece. La instalación de nuevos poderes, que es la fórmula que usamos para hablar de estas bandas guerreras, de estas bandas germánicas que crean áreas diferenciales de poder, produce prácticamente la ruptura de la unidad del Imperio, y empieza la era de los reinos romanos germánicos. Así que este factor de cambio no lo localizamos ya en el seno del Imperio Romano, sino en los restos del Imperio Romano, puesto que su sola presencia rompe el Imperio.
La aparición de estos nuevos grupos de poder significa la aparición de los reinos romano-germánicos, y son aquellos a los que me he referido en la clase anterior: el reino ostrogodo de Italia, el reino visigodo de España, el reino franco de Galia, los jutos y sajones en Inglaterra, etc.
La época de los reinos romano-germánicos puede ser caracterizada simbólicamente por algo que ya dije: la aparición de la legislación hibridada, que expliqué poniendo como ejemplo la “Lex-romana visigotorum”. Este fenómeno institucional y político es un símbolo de todo lo que ocurre en todos los otros aspectos de la vida de los reinos romano germánicos durante los siglos V, VI, VII y VIII.
Durante estos cuatro siglos, en estos reinos romanos germánicos ocurre -en casi todos los aspectos de su existencia- algo parecido a lo que dije hablando del orden legal. Hay una persistencia de ciertos fenómenos fundamentales de la tradición romana y una alteración de algunos de esos fenómenos, como consecuencia del peculiar manejo que hace esta nueva aristocracia, que tiene el control del poder, de todo lo que constituye la tradición romana.
Pongamos un ejemplo: el caso de la tierra. La organización de la propiedad raíz tenía un fundamento tradicional en el derecho civil romano, y esto creó en todo el ámbito civil del Imperio un sistema de la propiedad muy singular. Yo les indiqué -como pautas para que se acordaran de cuál era esta singularidad- las hipotecas que pesaban sobre la tierra, los contratos, la prenda, el principio de la herencia y todas las demás peculiaridades del sistema civil romano. Que nosotros conocemos muy bien porque saben ustedes que, aún luego de largo años, el sistema civil romano reaparece y vuelve a consolidarse, especialmente con el Código Napoleónico, el código que Napoleón dicta a principios del siglo XIX, que es una especie de copia remozada del derecho romano y sobre el cual están calcados nuestra Constitución -y muchas otras-, nuestro Código Civil, y todas las prescripciones de Derecho Civil que figuran en esa Constitución. Lo mismo pasa con todas las de América Latina, y con los países europeos -especialmente los latinos- ocurre otro tanto.
Naturalmente el mundo anglosajón no fue tan sensible a los principios del código de Napoleón, porque estos países no tenían tradición romana. Pero ¿por qué Napoleón restaura este principio del Derecho civil romano a principios del siglo XIX? Porque todo lo que ocurre desde el siglo V -desde donde empezamos- hasta el siglo XIX, todo lo que ocurre, incluso, durante la organización feudal -con ser tan profunda y arrolladora-, en los países de tradición romana no destierra del todo la tradición jurídica con respecto a la propiedad.
Dentro de un momento, en el transcurso de este tema, yo voy a tomar el tema de la aparición en la sociedad feudal del principio que llamamos “patrimonial”. Ya en el siglo XI hay muchos vasallos que dicen: “Es cierto que esta tierra me ha sido concedida en feudo por los servicios de armas que yo le presto al rey, pero pobre mi hijo pequeño. ¿Qué le va a ocurrir cuando yo muera?”. Y consigue que efectivamente por esta vez, el rey conceda que, si el muere, su feudo no vuelva al rey para que éste, según su propio y legítimo interés, lo vuelva a entregar a otro señor por servicios de armas, que cambiará por la tierra, que es lo que correspondía sino que se lo delegue a su hijo. Esto comienza a ocurrir en el siglo XI. ¿Qué es esto? Esta es la primera reaparición del Derecho Romano, que desde la conquista ha entrado en cierta crisis. Pues esto es lo que ocurre en estos cuatro siglos, su espejo en los siglos V al octavo VIII.
Hay un sistema tradicional romano, y además hay un manejo peculiar de ese sistema por estos grupos que constituyen ahora la nueva aristocracia, que manejan este sistema sobre la base de circunstancias de hecho. Allí donde le molestan las prescripciones jurídicas de carácter tradicional, las ignora. Con este agregado: con mucha frecuencia no reemplazan un derecho por otro, sino que se limitan a no cumplir la norma. Es decir, “Esta tierra está hipotecada; entonces yo, nuevo señor que la obtengo por derecho de conquista, me la ha dado el rey, yo ni niego ni afirmo que esa tierra está hipotecada, simplemente me desentiendo de eso y estoy aquí porque tengo la espada en la mano. Y como estoy aquí porque tengo la espada en la mano, si la tierra está hipotecada, que siga hipotecada, pero yo no pago, naturalmente.”-
¿Por qué le atribuyo importancia a este tipo de actitud? Porque no hay reemplazo de un derecho por otro: hay una omisión del derecho. Y como hay simple omisión del derecho, el derecho queda válido, queda implícitamente válido; y además todavía funciona en otros lugares donde la tierra no fue ocupada por los conquistadores, los llamados “alodios”. Se llamaron alodios las tierras que en la época feudal, continuaron siendo la pequeña propiedad privada que habían sido antes. Y hasta el siglo X o XI había alodios y recién entonces aparece esa norma famosa: “ninguna tierra sin señor”, y entonces los propietarios alodiales empiezan a enfeudarse, es decir, a entregar la tierra al señor para que éste a su vez se la entregue en beneficio para que él la use, pero sin poder reivindicar la plena propiedad.
Donde siguió habiendo alodio, pequeña propiedad privada, por ahí el principio del derecho romano siguió vigente, y no fue reemplazado por algún otro principio de derecho preciso y categórico; fue reemplazado por el derecho consuetudinario, que nace en los reinos romanos germánicos de ciertas costumbres tradicionales que tenían los germanos (que ahora son la nueva aristocracia en estos lugares) y además simples circunstancias de hecho.
La circunstancia de hecho fundamental es ésta a la que he aludido hace un momento al hablar de pasada del régimen feudal: esta minoría conquistadora, cuando necesita pagar servicios militares, no tiene fundamentalmente sino un solo bien con el cual pagar esos servicios militares, que es la tierra. Y se crea esta relación que es una innovación con respecto al Derecho romano.
Hasta ese momento un propietario romano, desde siglos ¿cómo obtenía la tierra? Era tierra contra dinero. Aquí está la tierra. Yo pago esto. Me entregan la tierra. Yo hago una escritura y con todas las reservas notariales del caso, yo fijo el estado de la tierra con respecto a su poseedor. Y yo soy el poseedor de la tierra. Y soy el poseedor y he pagado; como es lógico, poseo el derecho correspondiente, poseo el dominio. Dominio es lo que nuestra Constitución dice cuando se refiere en el artículo 14: “a hacer y disponer de su propiedad como mejor le convenga”. Esto quiere decir que, si yo compro una casa y la pago, una de las cosas que puedo hacer es destruirla. Esto es un signo de dominio, es decir la plena propiedad, no la simple posesión.
Pero cuando el señor germánico quiere convencer a cualquiera para que venga a prestar servicios a sus filas, que lo apoye con sus armas, él le da a cambio lo único que le puede dar: tierra. Y se la da en ciertas condiciones. Esto ocurre desde el principio de los reinos romano-germánicos, lo cual da pie para hablar de un pre feudalismo, porque ya se da aquí uno de los aspectos del problema, que es esta relación entre el individuo y la tierra en ciertas condiciones.
¿Cómo entrega la tierra? La entrega de una forma singular: “Tu me vas a prestar un servicio de armas, es decir vas a combatir a mis órdenes, ayudar, etc.; yo en pago te doy esta tierra. ¿Y cómo te la doy? Esa tierra te la doy en primer lugar, para que tu la hagas trabajar; porque la tierra te la doy con los siervos. Es decir, te entrego el bien de producción y la mano de obra. De modo que tu no tienes nada que hacer en la tierra, o sea, que no tienes tiempo que perder en las actividades de tipo económico, y dispones de todo tu tiempo para tus tareas de tipo militar”.
Cosa nada novedosa, porque si ustedes piensan un momento, es un sistema muy parecido al que se encuentra en Esparta. En Esparta, la actividad económica estaba entregada a ciertas clases inferiores con el objeto de que las clases superiores no tengan que ocuparse de la actividad económica y se dediquen a la actividad militar.
Y ¿por qué se hace esto? Porque en los reinos romanos germánicos, como en Esparta, la minoría conquistadora era muy pequeña, y no podía darse el lujo de perder su gente. Su gente tenía que estar codo con codo y con el arma en la mano, y cada uno tratando de reunir el mayor número de gente que le respondiera, y la iban consiguiendo de esta manera.
La única condición que se le ponía a la entrega de esta tierra era que no podía ser vendida. Esta tierra no podía ser objeto de cambio por parte de quien la recibía. Quien la recibía pagaba con servicios militares y tenía de esa tierra lo que se llama técnicamente el uso y el fruto, o sea, el usufructo. Pero no la podía enajenar; y si él dejaba de prestar servicios militares, esta tierra volvía a quien se la había dado.
Como ustedes ven, yo más adelante no voy a tener necesidad de explicar desde el principio el sistema feudal, porque lo que va a ser el sistema feudal nace de esta situación que se crea en los reinos romano-germánicos. ¿Por qué? Porque aparece una minoría conquistadora muy reducida, sin ninguna capacidad -y esto es lo importante para entrar ahora decididamente en el tema- para la actividad mercantil; yo diría “casi” para la actividad de tipo capitalista, o precapitalista, que se encontraba en el Imperio Romano. No sabían hacer ninguna cosa más que las que correspondían a las labores de la tierra. Es decir, el germano, que entra en una región del Imperio y la domina, y constituye la minoría conquistadora, no tiene como instrumento económico otra cosa que lo que sabe hacer. Y lo que hacían tradicionalmente los germanos de su hábitat primitivo eran las labores de la tierra. Entonces él quiere la tierra.
Pero lo que hay que dejar bien claro es que la minoría germánica es totalmente ajena a lo que existía en el Imperio Romano, y que era una compleja actividad de tipo comercial y manufacturero con la que se alimentaba una extendida economía monetaria.
Esa minoría germánica se instala. Maneja las cosas como puede. La economía monetaria comienza a debilitarse porque esta minoría ni es consumidora, ni tiene una mentalidad mercantil como para estimular la producción, y como además ha parcelado el Imperio, ha roto las vías tradicionales de comunicación. El tráfico, que era continuo en el “Mare Nostrum”, se corta.
Pongamos otro ejemplo de cómo maneja esta aristocracia germánica la realidad con que se encuentra, para probar nuestra afirmación primera de que ocurre entre los siglos V y VIII es un fenómeno de aculturación. Podemos tomar datos en el campo de las costumbres o en el de las ideas. Nos encontramos con las mismas cosas. Los germanos no tienen capacidad intelectual -no por falta de inteligencia, sino por falta de uso- para meterse en los vericuetos del Derecho Romano, que es muy fino, muy casuístico. Tampoco tienen capacidad para meterse en los vericuetos del pensamiento filosófico, ni de la teología. Y todo esto es puesto, en última instancia, bajo la autoridad de esta aristocracia, que es severa con todo lo que sea elaboración fina, ideológica, ya que se opone a su marcada concepción naturalística. Los germanos traen una fuerte concepción naturalística, tal como se evidencia en toda la religión y culto de Odín, Wotan, toda esa mitología de origen nórdico, entre báltico e islandés. Toda esta mitología, que ha usado Wagner, supone una religión naturalística, lo cual a su vez implica una concepción naturalística de la vida.
Pues con esta mentalidad se enfrenta con la teología cristiana; y se empieza a operar su confrontación. Por ejemplo, ¿qué sentido tenía para un guerrero germánico, heredero de Sigfrido, el principio cristiano de que cuando le pegaran una bofetada en una mejilla debía presentar la otra? Y hay que recordar que el guerrero es parte de una larga tradición viril, es el hombre que es capaz de luchar con el dragón, que es capaz de dar la batalla él solo contra un ejército, es el hombre capaz de partir a su enemigo en dos, incluyendo el yelmo y la coraza. Entonces, ¿toda esta concepción heroica del guerrero, con algún carácter de sobre naturalidad, que tenía que ver con ese principio? Este ejemplo es bastante gráfico, quizás un poco exagerado, pero muchos otros campos se encontrarían el mismo tipo de contradicción.
¿Cómo funciona esta contradicción? Puesto que ellos tienen bajo su control este mundo, poco después van a tener bajo su control a la Iglesia misma, que va a crecer y desarrollarse al calor de sus monarquías. Muy poco después estas minorías se van a convertir al cristianismo -las que no se han convertido ya- y empiezan a opinar, empiezan a producirse herejías dentro del cristianismo. Y sobre la corrección o incorrección de ciertas ideas dogmáticas, de pronto opina el rey, y opinan los condes y también ocurre aquí lo mismo que habíamos dicho respecto al problema jurídico. Estas minorías entienden lo que entienden, deforman lo que deforman y olvidan u omiten lo que olvidan u omiten.
Con estos tres datos entendemos bastante, puesto que esto significa que hay cosas que conservan su naturaleza prístina, cosas que se mantienen como ideas, tal como han sido formuladas por primera vez, hay cosas que han sido alteradas, cosas que han sido intencionalmente deformadas. Todo por este juego de aculturación que significa la imposición de una minoría, que arrastra su background cultural y lo superpone sobre una realidad que estaba saturada de cosas, por una cultura muchas veces centenaria y que tenía, además, una fuerte vocación de tipo intelectual. Es decir, una cultura que era muy reflexiva sobre las cosas.
Podemos decir que esta es la característica general de los reinos romano germánicos, la característica general de cómo funcionan estos factores de poder, que son ahora los nuevos grupos de poder. Operan sobre la realidad, tomándola como la encuentran cuando son capaces, manejándola según saben o según les conviene, omitiendo unas cosas, transformando otras, todo lo cual da a estos cuatro siglos un aire muy extraño. Tan extraño que ha sido llamado en Inglaterra Dark Age, es decir, la edad oscura. Por otra parte, un historiador francés llama al mismo período la “edad de la génesis”. Porque efectivamente, del contacto entre un sistema de ideas muy bien elaborado y asentado y la gente que toma esas ideas, costumbres, prácticas y las elabora a su modo con una absoluta falta de respeto con respecto a su esencia, y captando de ellas lo que les gusta, y dejando de lado lo que no les gusta, se da lugar a la enorme creación de nuevos valores.
Veamos, por ejemplo, el caso de Rolando. El héroe es cristiano bautizado, pero el contexto de su conducta es germánico. No está regido por una moral cristiana; de ninguna manera; el héroe no presenta una mejilla cuando el pegan una cachetada en la otra; el héroe no conoce la misericordia, el héroe no conoce la compasión; no tiene ningún respeto por el débil; pisotea a los enemigos, etc. Toda la figura, el contexto que mueve al caballero es germánico y todo esto dentro de un contorno pretendidamente cristiano. Esto es un típico fenómeno de aculturación en una etapa en la cual los valores no se han compenetrado. Y esto es lo que ocurre en estos cuatro siglos. A lo que asistimos es a la puesta en contacto de dos cosas que son totalmente diferentes y que empiezan trabajosamente a mezclarse. Y naturalmente en este esfuerzo grandioso por mezclarse, unas se mezclan bien, otras se mezclan mal, y otras simplemente se yuxtaponen sin mezclarse.
Para entrar finalmente en el impacto de la expansión musulmana tomamos un hilo que dejamos suelto al hablar de la aculturación a distintos planos, y que es de la actitud económica. ¿Cuál era la actitud económica de la gente del Imperio? Era la actitud económica de la gente que conocía prácticamente una estructura capitalista -se ha discutido mucho si el término capitalista corresponde o no, pero no nos interesa-, monetaria, que tenía por lo menos seis siglos de vida. Desde la Segunda Guerra Púnica, dos siglos antes de Cristo, el desarrollo del comercio es tan grande que sostiene a la clase de los equites [caballeros], que ha fundado su posición de clase en lo que llamaríamos la aparición de “la nueva riqueza”, que es la riqueza que se hace al calor de la aventura imperial. Es la riqueza de los publicanos; recuerdan ustedes que aparecen en el Nuevo Testamento. Recuerdan ustedes cómo era el sistema: se presentaba un señor en Roma que decía: “Yo compro los impuestos de la nueva provincia tal”. Y entonces se procedía al remate. Y el que ganaba tenía derecho de ir a esa provincia y cobrarle a cada uno de los habitantes lo que le diera la gana, y todo lo que quedara de excedente, significaba su ganancia. Esto era un instrumento feroz de expoliación, que hizo de la palabra “publicano” una palabra horrenda en las provincias del Imperio. Los otros eran los que habían hecho grandes riquezas en el aprovisionamiento militar de los ejércitos y hay muchas posibilidades semejantes.
El caso, entonces, era que la actitud económica de estos pueblos romanos era prácticamente mercantilista o capitalista. De pronto se superpone sobre esta gente una aristocracia que no puede ocultar su casi reciente tradición pastoril, e introducen una mentalidad rural. El efecto de esta mentalidad significó primero la falta de estímulo y luego la declinación de la actividad mercantil en el área del Imperio. Y para el siglo VIII estaba bastante venida a menos.
En ese momento aparece un hecho sensacional: los musulmanes aparecen en el Mediterráneo. Los musulmanes se habían reunido en Arabia a la voz de Mahoma y han comenzado a conquistar todo el Asia Menor, luego todo el norte de África y al cabo de poco tiempo dominan el mar Mediterráneo, entran en España, ocupan algunas de las islas mediterráneas y las flotas musulmanas y -esto es muy importante- copan el Mediterráneo. Y todo lo que antes era un área de comercio internacional romano, desaparece. Este era el factor que le faltaba al languideciente mercantilista imperial para venirse abajo. En cuanto se perdió lo único que comunicaba estas áreas separadas, independizadas por la aparición de estos grupos germánicos, desaparece la vida común, y se entra en un período de involución en cada uno de estos reinos romano-germánicos. Hay un retorno a la vida rural, un retorno a la vida agraria, paralelamente a una progresiva crisis -acentuada en el siglo VIII- de la economía mercantil, de tipo monetario inclusive, porque hay retracción del oro disponible.
Clase 8. Miércoles 15 de abril de 1964.
Tema 2. C. El proceso de cambio
Habíamos enunciado los distintos factores de cambio que operaban en este proceso que estamos analizando. Vamos a intentar ahora, en una visión de conjunto, poner en movimiento estos factores, y tratar de sorprenderlos en sus funciones. Pero, para hacer eso, es importante que recapacitemos un momento, sobre el asunto general del tema 2 y nos ubiquemos cronológicamente y geográficamente en el área occidental del Imperio, o sea en el área central y oeste de Europa. Cronológicamente, interesa mucho que nos situemos perfectamente.
El proceso que estamos estudiando es aquel en que la sociedad romana se transforma en lo que se va a llamar sociedad feudal en la Europa occidental. Estos son los dos puntos, el uno de partida y el otro de llegada, de nuestro proceso.
El Imperio Romano tenía una estructura económico-social muy bien constituida, que nosotros damos por asentada en el siglo II. Asistimos a partir de ese momento a las primeras convulsiones de ese Imperio económico-social, y vemos cómo su estructura comienza a desmoronarse y desarticularse y vemos cómo eso, poco a poco, resulta de una serie de elementos, que ahora funcionan independientemente unos de otros. Como consecuencia de la desarticulación, vamos a ver finalmente, a medida que llegamos al siglo VIII, al siglo IX, al X y al XI, cómo esos elementos que han resultado de la desarticulación de la estructura tradicional y también de estos factores de cambio a los cuales me he referido, que empiezan a rearticularse y se estructuran en otro sistema, en otra estructura económico-social. Y al llegar al siglo XI la vamos a ver bastante bien asentada y definida. La denominamos “estructura económico social feudal”. Señalamos un tope, que estará bien constituido hacia el siglo X o undécimo.
Tenemos entonces la estructura tradicional romana y la estructura feudal. El proceso que conduce de la primera a la segunda es el tema en que vengo insistiendo desde hace varios días. A continuación, veremos la resultante de la actuación de estos factores de cambio, que es ni más ni menos la reestructuración de estos elementos tradicionales y de otros nuevos, en esta nueva configuración económico social llamada “sociedad feudal”.
Recordarán ustedes que hemos señalado entre los factores de cambio, es decir los que contribuyeron a desarmar la estructura económico-social y crear otras nuevas, la regionalización imperial, la presencia de nuevas ideas religiosas, la invasión musulmana en el Mediterráneo. Cada uno de estos factores de cambio va a operar de distinta manera y en distinto terreno y de la acción de todos ellos sacamos las pistas para descubrir cómo a partir de cierto momento se va a producir una cosa nueva.
Del proceso de cambio durante la Temprana Edad Media -según dice nuestro programa- debemos analizar el primer subtema: La crisis de la estructura tradicional. Esta parte la podemos hacer mucho más rápido que la anterior, porque aquí se trata solo de ver cómo funcionaron los factores de cambio. O, mejor dicho, como funcionaron los factores de cambio para provocar la crisis de la estructura tradicional.
La estructura tradicional romana estaba fundada sobre una vasta área territorial que comprendía todo el Mare Nostrum, el Mediterráneo, donde se integraban distintas regiones que tenían distintas economías. Esta estructura se sacude y queda amenazada de ruptura en el momento en que se produce la diferenciación regional. La economía imperial había resultado, luego de largos siglos, de la confluencia de las distintas regiones, principalmente entre el este, preferentemente manufacturero y el oeste, preferentemente agropecuario.
También aludí a la marcha del oro, que tenía una cierta tendencia a trasladarse del oeste hacia el este. Todo este problema, que hoy en la Argentina se llama “deterioro de los términos del intercambio”, es tan viejo como el mundo. Si el oro se desplazaba hacia el este, es porque siempre los productos agropecuarios tuvieron una tendencia a la disminución de su valor con respecto a los productos manufacturados.
Esta profunda integración, en virtud de la cual se puede decir que en el siglo II existía una estructura estable, resultado de la confluencia de una serie de elementos muy trabados, deriva de la unidad política y económica del Imperio, y comienza a verse atacada cuando comienza a producirse el fenómeno de la regionalización. En cada una de estas partes, que en principio contribuían a un todo, de pronto empieza a acentuarse intensamente un interés local.
Es lógico, porque una región fuertemente desarrollada obtiene beneficios de la integración. Produce poco, pero tiene mercados seguros; tiene bajo consumo, pero tiene saldos exportables, aunque más no fuera dentro de un mismo orden político. Todo esto va acumulando un pequeño plus, una pequeña ganancia. Y desde el momento en que hay algo que comienza a acumularse, en esa región comienza a aparecer un interés local. “Toda la ganancia de lo que hemos estado vendiendo, se puede invertir aquí mismo”. Si agregamos a esto un alto desarrollo demográfico, que traducido a términos económicos quiere decir un mercado consumidor que crece, estamos frente a tendencias particulares. La tendencia puede no consistir en producir tanto como requiere el mercado que crece, sino producir tanto como se pueda producir. O a preferir un cierto tipo de explotación a otro, porque le gusta más a la gente, o porque le rinde más, etc.
Pero el significado de la regionalización es que predomina el interés local en las regiones en que antes estaba ajustado al todo. Esto amenaza la estructura económica tradicional, y es lo que ocurre a partir del siglo III. Y esto va contra la médula misma que había constituido el sistema económico imperial, que es algo que hoy llamaríamos “mercado común”. El Imperio Romano era una inmensa área, comparable al Imperio británico: una extensa área política integrada por distintas áreas económicas. Con la regionalización, este mercado común comienza a transformarse en la yuxtaposición de pequeños mercados.
El área imperial entra en crisis en el siglo III, y este proceso tiene apreciables consecuencias políticas: las guerras civiles. Las guerras civiles eran producidas por distintos ejércitos, pero detrás de cada ejército, si pensamos en su forma de reclutamiento local, tenemos que están en definitiva los intereses y ambiciones de las distintas regiones. Por eso es que, en gran medida, las guerras civiles representan enfrentamientos regionales.
Pero las guerras civiles, por otra parte, significaron algo sumamente importante, por su frecuencia durante todo el siglo y por la inestabilidad de sus consecuencias. Ninguna de estas guerras civiles provocó situaciones definitivas por mucho tiempo, ya que al poco tiempo y mediante la siguiente lucha, la situación era revista. De la misma manera como la regionalización incide bruscamente sobre la organización de la economía mercantil, las guerras civiles inciden fuertemente sobre otro aspecto: la propiedad raíz.
La guerra era feroz; era una guerra facciosa, en donde el final de cada guerra significaba, no digo el exterminio, pero si la confiscación. Entonces, en un cierto sentido, el saldo de cada guerra era la renovación de la clase propietaria. Esto es lo que ocurrió durante un siglo. Anteriormente la estabilidad de las viejas familias de la República y de la primera parte del Imperio, debido a su asentamiento y estabilidad en sus propiedades durante dos o tres siglos, había creado la idea y el sentimiento de que la propiedad privada constituía la piedra angular de la organización jurídica romana.
Pero estas guerras civiles trastocan todo: cuando un general es vencido, es vencido él, es vencido su ejército y son vencidos sus partidarios, quienes caen inmediatamente en confiscación. Y naturalmente la confiscación de los vencidos era seguida del otorgamiento de la tierra a los vencedores. Esto, generación tras generación, desde los Severos hasta las invasiones germánicas del siglo V. Quizá no tanto en Italia, pero sí mucho más en las provincias de la periferia, donde este proceso de distribución y redistribución de la tierra se vio favorecido por el hecho de que no existía tradición arraigada.
Ocurrió entonces que la propiedad privada, lo más sagrado y respetado que había en el Imperio, se transformó en la cosa más violada. La tierra se transformó en algo que iba y venía con una presteza inenarrable. Naturalmente todo este ocupar, desocupar y vuelta a ocupar las tierras por uno u otro propietario o bando significó hacer borrón y cuenta nueva con todo el sistema de gravámenes de la tierra, contratos, hipotecas, etc. lo cual contribuyó a acentuar la pérdida de la tradición romana.
Entonces, cuando los germanos llegaron y se apropiaron ellos a su vez de la tierra, como minoría conquistadora, no fue cosa inédita, como lo hubiera sido en la época de Antonino Pío, Adriano o Trajano, en el siglo II; fue otra vez lo que los romanos venían haciendo desde hacía un siglo los unos respecto a los otros. De todos modos, no fue una conmoción tan grande; fue un paso más en una conmoción general
Y efectivamente, cuando se instalan los reinos romano-germánicos en un anticipo de lo que sería la sociedad feudal, primó la idea de usufructo, la contraria de la romana, que estaba ya muy venida a menos por la serie de etapas en la que se había violado sistemáticamente el concepto tradicional. La sociedad romana estaba fundada en una serie de relaciones de los hombres entre sí -que ahora no nos interesan- y una serie de principios entre los hombres y las cosas -por ejemplo entre el hombre y la tierra- que sí nos interesan. Y el principio básico sobre el cual esto está estructurado es el dominio, es decir, la propiedad total, la propiedad plena, para hacer con lo que se domina lo que se quiera.
En cambio, cuando nos vamos acercando y penetrando en la época feudal, nos vamos encontrando progresivamente, no ya con una permanencia en la tierra fundada en el dominio -excepto ciertos resabios de la época romana que estaban ubicados por lo general en malas tierras, y llamamos alodios- sino una relación entre el hombre y la tierra basada en el usufructo. Es decir que sobre una tierra sobre la cual yo tengo el usufructo yo puedo construir una casa; si tengo árboles, recoger sus peras; si tengo vacas, quedarme con los terneros; pero si quiero dividirla, no puedo hacerlo sin que me lo autorice aquel que me la dio, debido a que no poseo el dominio.
¿A qué se debe eso? A que la tierra, que en el período romano era considerada estrictamente un bien de producción, sin dejar de ser eso ha pasado también a ser otra cosa. Y esa otra cosa es el valor que tiene la tierra como garantía de lo que llamaríamos “el ocio militar”. La tierra es la garantía de que el hombre que practica las armas para asegurar la integridad de la conquista no tenga que trabajar, porque él no puede dedicarse a las actividades económicas en sí, dejando el paladium o el castrum, para observar si las vacas tenían crías, o si la cosecha había salido buena. Entonces le cede a otras personas las tierras que el conquistó, para que estos usufructuarios le pasen una porción de lo que saquen y eso le permite una dedicación full time al ejercicio militar.
La tierra tiene la función de permitir que el guerrero sea guerrero las 24 horas del día; pero además tiene la función de hacer que el guerrero que está combatiendo a sus órdenes esté contento con eso, ya que el jefe hace todo lo posible para que viva; lo satisface; más todavía: lo premia. Entonces la tierra, además de un valor económico se ha transformado en un valor político.
Y como se ha transformado en un bien político, no puede ser entregada en dominio, lo cual significa ser entregada con derecho de sucesión. Porque yo no sé si este hombre que me ha jurado lealtad, seguirá con la misma convicción de su padre. Y yo necesito alguno que me preste lealtad. Además, tampoco me convendría que este hombre se muriera cuando el hijo es un niño, que no me sirve económicamente.
Entonces tenemos dos polos de este proceso: en uno la sociedad romana, fundada exclusivamente sobre el dominio, y en el otro una sociedad feudal que se basa fundamentalmente en el usufructo. Entonces, de la misma manera como las guerras civiles influyeron sobre la economía mercantil, las guerras civiles actuaron sobre la economía rural o agropecuaria.
Se había recorrido un largo camino para llegar de una economía compuesta por propietarios -concepción republicana- a una estructura constituida por poseedores, de los cuales los pertenecientes a cierta clase, por estar armada, tenían más derechos políticos que otros, y además con mano de obra servil. En ese camino, la composición social del oeste de Europa había cambiado de una manera notable. Porque habiendo hecho crisis la economía mercantil y monetaria, debido a la regionalización e irrupción de los musulmanes, la tierra pasa a ser el recurso económico por excelencia y se retorna una economía casi exclusivamente agraria. Y allí se ve que comienzan a funcionar casi exclusivamente dos grupos en esa estructura: el de los que tienen la tierra y el de los que no tienen la tierra.
En el Imperio Romano los altos mandos eran siempre políticos y en definitiva provenían de los grandes latifundistas. Había una carrera militar, pero podía llegar hasta centurión o algo así; lo que hoy en día sería capitán; pero nunca coronel o general. Los que mandaban el ejército eran hombres de confianza del emperador.
Había una situación de movilidad abierta y de relativamente fácil ascenso a los altos mandos porque precisamente no había casta militar. Un hombre que en un cierto momento se acoplaba a un cierto bando, luego de que este bando eventualmente triunfara, lo mismo podía ser nombrado jefe de un ejército o gobernador civil de una región. Mientras el Imperio se iba haciendo más importante, más atribuciones fueron recibiendo los grandes propietarios; y justamente una de esas atribuciones era el mando militar.
Quisiera insistir en un punto al que posiblemente antes no presté demasiada atención. En el siglo IV está comprobado que había -si no existían antes- ejércitos particulares. No sé si ustedes oyeron hablar de los buccellari. Tomemos un gran propietario al que el Estado le confía la jurisdicción sobre una región. Pues bien, una forma de ejercer ese poder es crear un ejército que le responda. ¿Cómo solventar ese ejército? Aumentando las exacciones.
Sumen todos estos elementos, y ya tenemos las principales características de un señor autónomo. Además, era bastante improbable (para no decir imposible) que el emperador mandara una inspección para ver cómo manejaba sus asuntos: bastante era ya que reconociera, por lo menos formalmente, su autoridad, por esa especie de pacto, en el que el señor tenía que beneficiarse de alguna manera.
Para redondear el asunto este de la crisis del Bajo Imperio tenemos que tomar otra vez el tema de la diferenciación interna. Porque este fenómeno, que antes se debía a causas eminentemente internas, originadas por el libre juego de los intereses económicos, se acentúa notablemente con la llegada de estos nuevos grupos de poder que dicen: “mi esfera llega hasta aquí”, “mi jurisdicción es ésta”.
Por ejemplo, una cosa que antes apenas se había insinuado, que era la diferenciación idiomática, empieza a acentuarse ahora. Porque el latín de la Hispania empieza a diferenciarse mucho del de la Aquitania, y un poco menos del de la zona de la Provenza, y muchísimo más del de la zona norte de la Galia ¿A qué se deben estas diferencias que son notorias en el siglo X, y en algunos casos en el siglo IX? Todo esto se debe a la acentuación de la regionalización, que ya venía desde el siglo II. Y al producirse divisiones de poder de hecho, en cada una de estas regiones se forman compartimientos independientes los unos de los otros.
Finalmente, otro componente para la decadencia y aislamiento de las estructuras económicas es la aparición de los musulmanes en el Mediterráneo. Ya saben que la tesis de Pirenne ha recibido muchas réplicas, pero lo cierto es que la presencia de los musulmanes corta el comercio entre las regiones, especialmente el de los artículos de lujo. Y disminuir el intercambio de los artículos de lujo es disminuir el comercio en un altísimo porcentaje, que no tengo idea cuánto puede ser -me faltan datos- pero hasta podría haber sido un 99%. Así como el Mediterráneo estuvo en un primer momento controlado por Roma, y luego en alguna medida por los reinos romano-germánicos y Bizancio, con la irrupción de los musulmanes, el último vínculo que sostenía la ya endeble red de lo que fue el Imperio Romano desaparece.
De esta manera -y pasamos ya al punto segundo- empieza a crearse dentro del panorama de la crisis, lo que aquí llamamos el delineamiento de la estructura feudal. Vamos a ver entonces cómo operan los distintos factores de cambio en este problema.
Recapitulemos. Por un proceso espontáneo se había producido una diferenciación regional. La aparición de nuevos grupos de poder acentuó esta diferenciación regional. La aparición de los musulmanes en el Mediterráneo la acentúa mucho más. Entonces en Europa occidental ocurren principalmente dos cosas. La primera es que el centro de Europa occidental se traslada del Mediterráneo al Mar del Norte. Es decir, que el punto de gravitación de toda la Europa occidental se desplaza hacia el Norte. Y lo segundo es que la regionalización se eleva a otro nivel. Así como habían empezado a diferenciarse las regiones, dentro de esta se comienzan a diferenciar las subregiones y las pequeñas comarcas.
¿Qué pasa aquí? Enfoquemos el problema desde el punto de vista que hará más sencilla la comprensión. ¿Cómo se había creado y perpetuado un Imperio tan extenso como el romano? ¿Qué es lo que hace que este posea coherencia interna? La red vial o caminera, que con el Mediterráneo constituyen las dos rutas que tenía el Imperio. Esa red vial permitía un camino que fuera, por ejemplo, desde el Ponto (estrecho de los Dardanelos), hasta Sevilla, hasta Lisboa. Estaba sostenida por un poder político administrativo centralizado y también por un tráfico comercial y militar que hacía resaltar la importancia de dicha red caminera.
Cuando desaparecen ejércitos y mercaderes, el camino se transforma en una cosa inútil. Y ya se sabe qué perecederos son los caminos, aún las vías romanas. Por ejemplo, si hay una crecida de un río y se destruye un puente, al no haber urgencia por utilizarlo, el puente no se rehace. Y al derribarse un puente, prácticamente el camino deja de funcionar. Esto es lo primero que pasó; desaparecieron las mensajerías, los correos y las postas imperiales. Desaparecieron los caminos mismos; y al cabo de dos o tres siglos, no había más que pedazos de caminos.
Recién en el siglo X o XI empiezan a hacerse puentes otra vez. Y durante siglos el tráfico era solo un pequeñísimo tráfico por los vados, en la época de la sequía de los ríos de montaña. Y la mitad, por lo menos, de las ciudades nuevas que aparecen en el siglo undécimo, aparecen en los vados pues el río no se podía cruzar más que por los vados.
Entonces, cuando desaparecen todos estos puentes, caminos, etc., el régimen regional se hace subregional o comarcal. Y aquí tenemos el primer rasgo definitorio de lo feudal: una economía que ha dejado de ser mercantil para convertirse exclusivamente en agraria. Las circunstancias técnicas hacen que esa economía conste solo de la comarca. Este es el primer dato para comprender la economía feudal: es algo totalmente local.
Clase 9. Martes 21 abril de 1964.
En la última parte comenzamos a analizar el proceso de cambio durante la Temprana Edad Media y desarrollamos el tema correspondiente a la crisis de la estructura tradicional.
De esta crisis de la estructura tradicional, desencadenada por los factores de cambio que ya hemos señalado (diferenciación interna y difusión de nuevas ideas religiosas, etc.), surgió el delineamiento de una nueva estructura económico-social, que quizá en esta primera etapa no pudiera llamarse aún estructura, sino conato de estructura u orden, en la medida que se trata de una organización un poco inestable que se irá perfilando, afinando y ajustando con el tiempo, pero que nosotros comprendemos mejor, porque a diferencia de los contemporáneos podemos afirmar hasta donde llegó, de manera que para nosotros el espectáculo es bastante claro.
Esa estructura que empezó a delinearse por entonces, terminó en lo que llamamos la sociedad feudal.
Pero antes de llegar al análisis de lo que estrictamente fue la sociedad feudal (si esto fue algo muy definido alguna vez) tenemos que estudiar un poco más cómo se delinea y finalmente les expondré el proceso de su institucionalización, tratando de hacer alguna referencia al alcance que tiene esta institucionalización. Referencia que nos conducirá a afirmar, discutir o negar si realmente hubo una sociedad feudal que fuera tan definida como suelen afirmar algunos historiadores.
De la crisis de la estructura económica-social tradicional quedaron constituidas algunas situaciones bastante bien definidas. La primera de ellas es la situación de la tierra. En la tierra se ha producido, desde el punto de vista jurídico, un cambio que va desde un régimen de dominio, de plena propiedad (que era característica en la época romana tradicional), a un régimen de usufructo parcial. Esto significa lo siguiente: durante el Bajo Imperio siguió subsistiendo la tierra como propiedad de alguien. Y ese alguien era el gran latifundista que acumuló una gran cantidad de tierra. Esa gran cantidad de tierra que logró acumular el gran latifundista, fue por la circunstancia del trabajo servil que se fue creando, por la desaparición de la pequeña propiedad del pequeño colono, por el alto status social y político que alcanzó el gran latifundista. Esa gran propiedad se fue transformando de un puro instrumento económico en un instrumento también político, ya que el gran propietario la entregaba a sus servidores en virtud del respaldo militar. Tradicionalmente el gran latifundista del Bajo Imperio poseía ejércitos privados, los bucellarii de los que hablé en la clase pasada.
Estos bucellarii, naturalmente tenían que ser pagados de alguna manera, y como empieza a ralear el dinero por la crisis de la economía monetaria mercantilista, tuvieron que ser pagados de otra manera: entonces los servicios militares en sus más altos grados fueron recompensados con tierras.
Esas tierras se entregaban en usufructo ya desde muy temprano, o sea, para usarla y obtener sus frutos, sin que de ninguna manera el gran propietario delegara completamente el derecho eminente sobre la misma. Pero ocurrió que aquel que recibía la tierra, la recibía en tal magnitud, que pudo realizar lo mismo que el que se la había dado a él, con dos fines: económico y político. Con lo cual se empieza a crear lo que más tarde se llamó la pirámide o cadena feudal. Efectivamente, hubo dependientes de los grandes latifundistas jefes militares, los que disponían las tierras para, a su vez, entregar a quienes les fueron fieles a ellos. Y la fidelidad al primitivo poseedor se daba indirectamente. Esta situación se dio en el Bajo Imperio y fue heredada por los conquistadores germánicos. Cuando los conquistadores entraron en las tierras que habían sido del Imperio hicieron lo mismo. Esto en el régimen romano se llamaba precarium (plural: precaria), que nada tenía que ver con la palabra feudal, porque lógicamente por ese entonces nadie pensaba en ello. Precarium era entonces una tierra en lo que hoy llamamos propiedad precaria: sin derecho a reivindicar el dominio. Pero se podía hacer lo que el beneficiario quisiera, mientras durase su vínculo de lealtad. Y entre las cosas que podía hacer estaba el trabajarla en su provecho, y si para él era demasiada, podía a su vez cederla como precarium. Pues, esto, que era una cosa que apareció en el Bajo Imperio, se mantuvo e incluso se desarrolló más, porque los nuevos señores de la aristocracia germánica, conquistadores, no tenían el prejuicio de la propiedad. Este es un dato sumamente importante; porque en la tradición germánica la idea de propiedad privada no tenía de ninguna manera la relevancia que tenía en la sociedad romana. En la tradición romana eso era el fundamento del orden social; todo el derecho civil estaba fundado en la propiedad privada. Había empezado recién a aparecer la propiedad privada en territorio germánico, más allá de los límites del Imperio, precisamente por influencia de los romanos; era tradición muy arraigada.
Cuando los nuevos grupos se instalaron, y como eran conquistadores y no sabían cuánto iban a durar, el hecho que fuera o no una propiedad legítima, institucionalizada, era una cosa que importaba muy poco al señor que había llegado el día anterior con las armas en la mano. Él sabía que se la había dado un jefe y ya había una cosa mucho más importante que si estaba protocolizada o no: sabía que tenía fuerza militar para defenderla. Entonces la aceptó en posesión. Si la tenía en propiedad o no, nadie lo dijo nunca. Andando el tiempo se patrimonializó. Finalmente, se dijo: “efectivamente, es mía”, pero pasó mucho tiempo antes de que ocurriera eso.
De tal manera que la idea de propiedad quedó un tanto desvanecida y el viejo régimen romano del precarium se fue fortaleciendo y fue costumbre que el que recibía la tierra supiera que se le entregaban para uso y para su fruto, en usufructo; y el la entregaba a otro, también, en usufructo, etc.
El caso era que en la organización romana había uno que se sentía el latifundista, el propietario en sentido romano. Ese fue el que desapareció con la conquista. Y entonces quedó un régimen absolutamente inestable, de tierras que eran entregadas de unos a otros, sin que existiera uno que tuviera la propiedad final. Fenómeno este que tiene mucho interés, porque permitió un día que la monarquía fuera la reivindicadora de la tierra. Porque efectivamente todo eso era res nulius, en el sentido del derecho romano; era tierra de nadie. De modo que el sistema inventado por la fuerza de los hechos, de precarium, se transformó en el sistema germánico del feudo, que más o menos era lo mismo: solo que no hay un primer escalón en el que alguien puede reivindicar la propiedad.
Esto es una cosa que se constituye en el Bajo Imperio, bajo el sistema jurídico romano y que de pronto comienza a desarrollarse y a estabilizarse y admitirse como régimen normal por la conquista, por esta circunstancia que depende de un hecho de aculturación, que depende de un hecho tan notable como es el desplazamiento de una minoría que tiene una mentalidad fuertemente arraigada en el concepto de propiedad privada, por otra minoría que no tiene esta noción tan arraigada. Y entonces se crea este régimen de la tierra que va a ser uno de los elementos fundamentales de lo que se va a llamar sociedad feudal.
La otra cosa que constituye el delineamiento de la sociedad feudal es el régimen de las relaciones personales, de los vínculos entre personas. Hasta ahora hemos visto que este régimen de la tierra supone un régimen de vinculación entre personas. El gran propietario romano se la había entregado a uno de sus grandes bucellarii, de sus grandes guerreros y este a su vez a otro, y eventualmente, este a otro. Pero esto tiene un precio: la tierra es entregada a cambio de una lealtad. Pues esa lealtad se está dando entre gentes que de aquí en adelante podemos llamar con la palabra típicamente medieval, que se refiere a la sociedad feudal. Eso se da entre personas que tienen un “privilegio”.
Efectivamente, el primer propietario y luego los señores que la poseían por derecho de conquista, estos eran gentes que tenían un privilegio. Y aquel a quién le pedían servicios militares y lo retribuían con tierra, tenían también un privilegio. El privilegio se funda en dos elementos: las armas y la tierra.
De tal manera que se crea un vínculo personal entre personas privilegiadas, que son las que tienen estatus militar, que significa en este momento (como en todos los momentos de crisis de un orden jurídico) estatus político. Y además es la gente que tiene el más alto estatus económico, por en una circunstancia que había hecho crisis, o empezaba a hacer crisis, la economía dineraria, tenían en sus manos el único bien de producción que quedaba: la tierra.
Este sistema, vuelvo a repetir, crea un vínculo entre privilegiados, pero el caso es que había, además, un vínculo con los no privilegiados. ¿Y quiénes eran los no privilegiados? Pues la definición es facilísima: los que no tuvieron la tierra. ¿Y quiénes no tuvieron la tierra? También hay aquí una situación que se va creando durante toda la Temprana Edad Media y es de origen romano. En cuanto la tierra es un instrumento político militar, interesa porque están sobre ella quiénes la han recibido a cambio de lealtad militar. Pero en cuanto es un bien económico, interesa en cuanto hay sobre ella mano de obra. ¿Y esa mano de obra qué es? Es lo que se llama mano de obra servil, que proviene de una institución que nace en el bajo Imperio y es el colonato.
En el Bajo Imperio el proceso de desaparición de la pequeña propiedad privada rural en manos del latifundista crea una polarización, que está marcada con una fuerte tendencia durante todo el desarrollo imperial. Esta polarización es un proceso progresivo durante la época imperial, que va creando cada vez más gente desguarnecida económica y socialmente y, en consecuencia, más instrumento de producción. Hasta el punto en que llegan a perder lo único que les quedaba, después de haber perdido la propiedad, que era la libertad jurídica. Y la pierden entrando en un régimen servil.
Cuando esta polarización se acentúa nos encontramos con que sobre la tierra hay quien la tiene de instrumento político-militar y pertenece a la clase de los privilegiados, y quién está en ella es simplemente como mano de obra. Naturalmente que se le da para que viva él también. Esa gente está allí y de allí saca lo que come, y quizá eventualmente algo más. Pero estos últimos carecen de privilegio, es decir no cuentan para el orden político. Inclusive cuando se quiere precisar su situación jurídica, se ve que marchan hacia una situación servil, sin perjuicio de que haya algunos que conservan por tradición su libertad jurídica. Pero es una libertad que no pueden usar.
Entre las gentes que están asentadas en la tierra, como mano de obra, diríamos nosotros, hay algunos que conservan su libertad jurídica, porque son “ingenuos”; es decir de padres jurídicamente libres. Pero en cuanto empezamos a analizar las libertades que podían ejercitar, descubrimos que no podían ejercitar ninguna.
Repasemos para ello el artículo 14 de la constitución (que es el Derecho romano llegado vía código napoleónico). No podía usar y disponer de su propiedad como mejor le conviniera. No podían entrar, transitar o salir del territorio, porque el territorio no era de él. No podía comprar o vender, porque él no tenía con qué. Porque la tierra no se entregaba por más que él tuviera dinero, ya que además de ser un bien económico era un bien político.
Hay, sin embargo, unas tierras disponibles que no se entregaban porque no se necesitaba entregar, porque la situación de esta clase de colonos, tanto libres como serviles, era de tal estilo que ya era mucho que se les otorgara el poder asentarse sobre la tierra y vivir de eso, con tal que cumplieran otros servicios con respecto a quién le entregaba la tierra.
Hay pues un vínculo personal que se establece entre el gran propietario de origen romano y luego entre el gran poseedor -tal como lo configura el conquistador germano)- con quiénes le han prestado lealtad militar. Este es un tipo de vinculación entre hombre libre y hombre libre, entendiendo como hombre libre al que puede usar de su libertad. Y luego hay un tipo de vínculo entre el hombre libre -que tiene status militar y político y tiene al mismo tiempo el bien de producción que es la tierra- con quien no tiene estatus militar ni político, ni tampoco posesión de la tierra. Este último puede ser libre o puede ser siervo, pero el libre, a fuerza de no tener estatus militar ni político, ni tampoco medios de producción, luego no puede usar su libertad y finalmente se identifica con el siervo. Esta vinculación entre las personas se da ya en el Bajo Imperio y se agudiza, se perpetua y se perfecciona a medida que pasan los siglos en el período de los reinos romano-germánicos.
Y con esto tenemos delineada bastante bien esta curiosa organización que predomina en Europa de una manera homogénea desde el siglo IX hasta el siglo undécimo, duodécimo, cuando sufre una crisis particular, de la cual voy a hablar más adelante. A esta organización es a lo que se llama tradicionalmente la sociedad feudal. Se ha constituido por la perpetuación y el asentamiento de ciertas costumbres que han ido surgiendo desde el siglo tercero, en un proceso bastante continuo.
Llegado el siglo IX, el X, comenzamos a notar que esta situación se institucionaliza, es decir que no solo es predominante, sino que también comienza a ser regulada, normativizada. Esto es sumamente importante que sea bien entendido. Porque no puede comprenderse este tipo de sociedad y su estructura económico-social si no se advierte que se ha ido constituyendo paulatinamente y de hecho durante muchos siglos.
Ustedes han oído hablar de las leyes de Solón, de Servio Tulio, tienen noticias de que hay legisladores que han instaurado un determinado orden social mediante la norma formalmente establecida. Pues esta es la antítesis. Todo el sistema que se va a llamar feudal se ha construido sobre la base de situaciones de hecho; y lo que es curioso es que todo este sistema, que parece nefasto para los no privilegiados, resulta que se ha construido en parte por la situación particular de consentimiento de los no privilegiados.
¿Por qué? Por una circunstancia muy especial, que conviene tener muy presente para entender bien en qué consiste este consentimiento. La época de las guerras civiles y de la anarquía militar es seguida por la época de las invasiones germánicas y la instauración de estas nuevas aristocracias militares. Ahora bien, durante todo este período los conflictos son conflictos de poder entre grupos que podemos llamar aristocráticos. La aristocracia romana, que defiende el orden que las mantiene en el privilegio contra usurpadores que les quieren quitar lo que a ellos, les favorecía. De tal manera que las clases inferiores no intervienen en esta lucha sino como carne de cañón. Y esta situación sigue ocurriendo.
El caso es que el resultado de esta lucha, para decirlo abstractamente, es la crisis total del orden jurídico romano. Y la crisis del orden jurídico romano significó la crisis de todos los principios de derecho público. Y si se quiere una noción más concreta, la crisis de la noción de estado. El estado romano era un estado para privilegiados, pero era un Estado donde tenían sitio los no privilegiados. En la situación de hecho que sigue a estas luchas desaparece el Estado, desaparecen los principios de orden político, y naturalmente, los que quedan son los protagonistas de la lucha, sin que los que no son protagonistas tengan lugar ninguno, más que como botín del vencedor. De tal manera que tienen sitio y como no tienen apelación siquiera a esa reducida posibilidad de apoyo que les daba el derecho romano, no tienen otro camino de supervivencia que reemplazar aquel apoyó abstracto que les prestaba el Estado -ínfimo, pero algo al fin- por la protección personal. Éste es el tercer elemento que entra a integrar la organización de la sociedad feudal.
La crisis del orden político, la crisis del sistema de orden público, la crisis de Estado, tal como lo había ideado y hecho funcionar el mundo romano, creó la situación de hecho sustentada por la fuerza. Y en esta situación de fuerza, las clases no privilegiadas son las que buscan la protección. Es decir que son ellas las que venden lo último que les quedaba de sus derechos, a cambio de protección personal. Es decir, que las clases no privilegiadas, que antes esperaban algo del Estado, cuando dejaron de esperar lo poquito que el Estado les daba, lo esperan todo del más vecino, el más próximo de los que tienen algún poder o sea estatus militar y político. Y entonces fueron las clases no privilegiadas, precisamente las que crearon las condiciones propias de este régimen fundado en el vínculo personal, que caracteriza la sociedad feudal, porque la característica fundamentalmente, en el orden jurídico, en el orden social, en el orden económico de esta sociedad feudal es la supresión de lo último que quedaba del vínculo abstracto que une al ciudadano con el Estado, para reemplazarlo por el vínculo inmediato y concreto que une al hombre con el hombre, al hombre indefenso con el hombre armado.
Y este vínculo personal constituyó el último, pero también, el primero de los eslabones de la sociedad en el mundo feudal. ¿Por qué digo que es el último y el primero? Porque si se toma la escala de prestigio, evidentemente es el último eslabón, pero si se toma el orden de los factores que permiten el orden para la existencia y organización de esto, este vínculo es el primero, porque es lo que transformó a estas clases que tenían estatus militar y político en clases ociosas. Ocio, militar fundamentalmente, pero que no podía existir si no se constituía una clase a la cual le estaba asignada totalmente la función económica de la sociedad. A estas clases no privilegiadas les tocó la tarea de la producción y el goce de esta producción no les tocó a ellas, sino a las clases a quienes ellas solicitaban protección.
Obsérvese que este vínculo no es el único de este tipo. Porque efectivamente el señor que entregaba una parcela de tierra a un pobre campesino, del que ya al final no le importaba a nadie saber si podía reivindicar o no título de ingenuidad -pues la situación económica era tan apremiante que lo único que le importaba saber era si va a comer todos los días., sostenía un vínculo sumamente primario. Están unidos al señor como mano de obra a tal punto que va a aparecer la costumbre de transferir la tierra con la mano de obra: el siervo es transmitido con la tierra. Porque efectivamente, la tierra sin la mano de obra no vale nada. Hasta tal punto es baja y miserable la relación.
Y, sin embargo, este es el anillo sobre el que se funda toda la vinculación. Es una vinculación de tipo personal. “Yo tengo la tierra, entrego una pequeña parcela a este individuo con su familia para que la trabaje y obtenga de ella lo que necesita para comer y el resto del tiempo lo dedico a trabajar la tierra para que yo continúe con mis funciones”.
Pero el caso es que este vínculo personal es muy estrecho. “Este individuo es mi protegido. Yo lo puedo hacer objeto de toda clase de ultrajes, lo puedo pisotear con mi caballo si lo encuentro por allí; puedo someterlo a toda clase de exacciones y a un trabajo que termina por matarlo. Cualquier cosa puedo hacer con él. Pero desde el punto de vista legal -consuetudinario y no ley escrita- si eso mismo que hago yo lo hace otro señor, entonces salgo en defensa de este individuo, que es mi bien”.
Pero el caso es que esta protección, si bien es cierto que lo deja en manos de su señor, le protege contra todos los demás señores. Y como hay una especie de ventaja recíproca en conservarlo indemne, esta protección funciona bastante bien. Y a poco que se mezclen otros elementos de tipo caritativo, podría decirse que esta protección funcionaba realmente y aseguraba la vida de un ser completamente indefenso en un mundo en que no tenía valor más que aquel que tenía las armas en la mano; es decir aquel que tenía estatus militar y político.
Este vínculo es decisivo en la medida en que explica toda la subestructura económica. Pero en cuanto vínculo personal no es el único, pues todas las otras relaciones entre el señor que entregaba la tierra a otro señor en calidad de objeto político y militar, además de ser un bien económico, esa relación era también personal. No era una relación de derecho público. No era la relación que puede haber entre el gobernador y el ciudadano, entre el jefe de Policía y el ciudadano, entre el presidente de la República y el ciudadano. No, esta no era una relación de derecho público, era una relación de derecho privado. Yo por mi voluntad pacto, hago un contrato, el llamado contrato feudal. El contrato establecía -primero se juraba y finalmente se firmaba- que por un lado yo le entregó la tierra en “beneficio” a otro señor y por otro lado, él me jura lealtad. Somos los dos contratantes y naturalmente el contrato se puede rescindir por ambas partes. Cuando rescindo el contrato, sea yo el que recibió la tierra o el que la ha otorgado, de esa vinculación no queda nada absolutamente.
Obsérvese la diferencia: nadie puede dejar de ser argentino, porque este es un vínculo de derecho público; la situación del ciudadano es inalienable: es argentino. En cambio, aquí la relación entre los dos contratantes se establece y se suprime. De modo que, en este sentido, la sociedad feudal posee una extraordinaria movilidad.
Clase 10. Miércoles 22 de abril de 1964.
Una vez indicado, como lo hemos hecho en la última clase, cuáles son las líneas a través de las cuales se va constituyendo paso a paso lo que más tarde finalmente se llamará sociedad feudal, nos queda para desarrollar en esta clase, con lo cual terminamos el tema segundo, el papel que le cabe a este proceso a la Iglesia, y luego cuales son las formas de la institucionalización de esa estructura.
Cuando se desintegra lo que hemos llamado la estructura tradicional, es decir la estructura económica social propia del Imperio, que era la que subsistía el Occidente europeo, y que por la obra de estos factores que hemos señalado empieza a reordenarse una nueva situación, descubrimos que esta situación dura de hecho durante mucho tiempo. Con esto se quiere decir que se han ido desvaneciendo los grandes principios que constituían el soporte de la estructura social romana, los principios que constituían el soporte de la concepción del Estado romano, el soporte del derecho público, en virtud del cual se había institucionalizado el sistema económico-social romano. Cuando se produce este desvanecimiento de ambas cosas, las situaciones económicas y sociales que se fueron constituyendo, especialmente luego de la invasión germánica, fueron el resultado de situaciones absolutamente contingentes, y las respuestas que se dieron a situaciones concretas fueron soluciones concretas también, únicas, que en ningún caso pretendieron tener fundamento ni coherencia con otras soluciones, sino que fueron justamente eso: respuestas ocasionales a situaciones ocasionales. Esta es la razón por la cual decimos que, tras la disgregación de la estructura tradicional y la crisis del derecho público romano, lo que surge es una situación de hecho.
No sé si vale la pena que aclare con algún ejemplo, pero es evidente que cuando un jefe germánico se instala sobre una tierra y trata de establecer cuál va a ser la relación que va a tener con el que estaba ya en la tierra, o si se quiere, cosas mucho más concretas también, si se trata de preguntar si el que está en la tierra se va a quedar con la casa, o cuándo debe pagar el que lleva a moler la harina a su molino, o cuánto debe darle a un trabajador ocasional. Pues frente a todo esto no hay ninguna regla, ni en relación con los grandes ni en relación con los pequeños problemas. Y no hay ninguna regla porque la instauración de una minoría conquistadora, fundada en la fuerza militar, naturalmente tiñe todo el resabio de la estructura jurídica tradicional con un matiz de arbitrariedad.
En principio, al viñatero o al hombre que va a llevar las mulas hay que pagarle lo que se le pagaba antes. En principio, no más, pero como ahora está interviniendo un nuevo factor -la fuerza- esto hace que una vez se le pague la mitad, otra la cuarta parte, y otra lo que se le da la gana al nuevo dueño. Y en este ejemplo completamente pueril, creo que está claro a lo que me refiero. Y en todos los órdenes ocurrió lo mismo.
Hasta en la pronunciación de la palabra se nota esto, y de paso vemos un ejemplo de cómo se forman las lenguas romances. Es evidente que el canon lingüístico para la perduración de la lengua latina era el buen uso que hacían las clases cultas tradicionales. Pero en cuanto empiezan a hablar latín estás minorías conquistadoras, ¿qué pasa?: Un señor de lengua extranjera desplaza un acento porque le suena mejor así. Y al desplazar el acento está ocurriendo un fenómeno fundamental: quién desplaza el acento tiene prestigio. Entonces siempre aparece quién, aun sabiendo que eso está mal de acuerdo con la tradición de la lengua latina, empieza a pronunciar como lo hace el señor que tiene prestigio.
En fin, variedad de fenómenos probarían que la introducción de esta minoría hegemónica de origen extranjero introdujo un elemento de arbitrariedad en las costumbres tradicionales, en los principios de vida tradicionales, en las normas tradicionales, con lo cual se desarmoniza todo el sistema. Esto es lo que pasó y a esto es lo que llamamos una situación de hecho. Esa situación de hecho, sin embargo, empezó a ordenarse poco a poco. Porque evidentemente no era una situación de hecho con posibilidades nuevas e infinitas.
Obsérvese bien el distingo. También hubo una situación de hecho cuando se produjo la Revolución Industrial. Todas las situaciones que se crearon cuándo empieza la Revolución Industrial a fines del siglo XVIII en Inglaterra son situaciones de hecho, inéditas, que cada uno resuelve como quiere. Pero aquí resulta que se trata de situaciones infinitamente novedosas y en tren de desarrollarse y diversificarse. Pero la situación en que nos hayamos en los reinos romano-germánicos es exactamente la inversa: es una situación de contracción.
Contracción de todo, no solamente económica, como parece indicar la palabra. Hay una tendencia a no moverse, a hacer cada vez menos cosas, a evitar los inconvenientes. En consecuencia, podríamos decir que las funciones de la vida social se redujeron en forma notable. A nadie se le ocurría tomar la iniciativa para cosas nuevas. ¿A quién se le va a ocurrir inventar una operación financiera, cuando aquí de lo que se trata es de ver si se salva la vida o se come todos los días?
Como es una situación de contracción, las situaciones de hecho no resultaron ser infinitas, como sí eran infinitas durante la Revolución Industrial, o durante la conquista de América, y comenzaron a reducirse, a simplificarse; empezando por la vida económica que se simplifico enormemente. Se imaginan ustedes, que una economía que era mixta, agropecuaria y manufacturera-mercantil, deje de pronto de ser manufacturera-mercantil, y se transforme en casi exclusivamente rural, y que dentro de esa economía rural aparezcan una serie de elementos que comiencen a empobrecer cada vez más esa economía rural, porque no se puede hacer una acequia, porque dentro de tres generaciones ya no se sabe hacer una acequia; porque a nadie se le ocurre como crear nuevos materiales, ni como mejoran el cultivo, ni se puede disponer de la tierra como ocurría antes, porque antes estaba distribuida en una sapientísima y tradicional planeación, y ahora ha comenzado a repartirse según el azar de la conquista, etc.
Hay una reducción de las funciones sociales, de modo que las situaciones de hecho que también fueron nuevas y por esas circunstancias, al cabo de no mucho tiempo, fue posible comenzar a imponer un cierto orden dentro de esas situaciones nuevas, porque eran pocas y se referían a un conjunto de formas de vida relativamente sencillo. Al fin de cuentas, en cualquiera de los reinos romano-germánicos, en tremendo contraste con cualquiera de las posibilidades que tenía el Imperio, nos vamos a encontrar con propiedades agrarias relativamente de distinto tamaño, en donde los cultivos tienden a simplificarse cada vez más, en donde hay un trabajo servil que cada vez se muestra menos rendidor, y luego hay una clase privilegiada, hay una clase media que ha desaparecido o está en vías de desaparecer y hay unos nacientes monasterios. Y prácticamente no hay casi ningún otro elemento de vida.
La vida política se transforma en una cosa sumamente reducida. El sistema legislativo, el sistema administrativo se reduce al mínimo; y la vida política en general -observen esto que es muy importante- tiende a componerse de relaciones de persona a persona, en tanto que el Estado antiguo, bien organizado, era una relación impersonal. Por una parte estaba quién daba la orden; luego la orden se transformaba en una norma escrita, de valor casi sagrado, y luego estaban quiénes instrumentaban la norma.
Aquí, de pronto, la aparición de esta nueva minoría conquistadora crea un régimen comarcal, de pequeñas circunscripciones; cada uno manda de un modo más o menos directo, y nadie sabe a qué principio obedece la orden que se da. La orden es resultado del arbitrio del que manda. Situaciones nuevas y arbitrarias, pero puesto que las funciones sociales han disminuido, es un número reducido de nuevas situaciones, el cual comienza hallar cierta homogeneidad. Esa homogeneidad, en general, no sale de las condiciones mismas de la vida, sino de algunos grupos sociales que cumplen una función de regulación sumamente curiosa. Y esos grupos sociales son los que pertenecen a la institución eclesiástica.
Veamos ahora ese papel de la Iglesia. Cuando desaparece el orden público romano, es decir, la organización de derecho público en Roma, cuando desaparece todo el sistema administrativo, tributario, etc., hay sin embargo, todo un sistema que perdura, que es el sistema eclesiástico. Desaparecen los gobernadores de las provincias romanas -ustedes saben que las provincias se llaman diócesis., dentro de cada una de esas provincias aparece una serie de señoríos independientes, cada señor hace lo que se le da la gana y se pelea con su vecino. Pero la diócesis sigue existiendo, en cuanto jurisdicción eclesiástica. No solo eso, sino que además de subsistir la distribución geográfica del poder eclesiástico, la jerarquía y la tradición eclesiástica también subsisten.
¿Qué tradición es está a la que me refiero? Por un lado la que tiene que ver con las creencias, de las cuales se derivan principios de carácter ético, de las cuales a su vez se derivan normas que rigen la vida social. Pero además de eso subsisten otras cosas muy importantes. La Iglesia era no solo un poder espiritual, sino que también terrenal. Y desde la época de Constantino (siglo III) la Iglesia había empezado a tener una organización territorial. Y esa organización territorial, que tenía mucho que ver con la vida práctica y no solo la vida referida al aspecto de las creencias, estaba calcada sobre la organización del Imperio.
Efectivamente las provincias eran diócesis, y los municipios eran curias, de modo que, al cabo de poco tiempo, cuando definitivamente se llegó a la conclusión de que había desaparecido la organización de derecho público romana, se observó al mismo tiempo que subsistía una especie de calco de esa organización, qué era desde luego la eclesiástica. Como se produjo la conversión al cristianismo de todos los grupos germánicos, como la situación real obligaba al mantenimiento, en alguna medida, de algún tipo de normas, resultó que la Iglesia, que mantuvo esa tradición del Derecho romano en cuanto hacía a su propia organización y en cuanto hacía en general a una tradición que no quería perder, mantuvo todas estas tradiciones, y los miembros de la jerarquía eclesiástica se transformaron en los conservadores de la tradición romana.
Al cabo de muy poco tiempo todas las monarquías romano-germánicas (franca, visigoda, ostrogoda, etc. etc.) han empezado a suplantar o por lo menos a yuxtaponer a la pequeña organización militar del tiempo de las invasiones, otro tipo de organización que cayó totalmente en manos de la jerarquía eclesiástica. En un primer momento efectivamente los señores se habían valido de sus condes para ejercer el gobierno de tal o cuál ciudad o región; eran los jefes del ejército y fueron, de hecho, no los jefes políticos y administrativos, sino algo así como los procónsules, los jefes de un país ocupado, con plenitud de derechos y resolvían todo lo que había que resolver, unas veces aplicando de oídas la tradición jurídica existente, otras veces aplicándola según sus necesidades, y otras veces resolviendo sobre el campo lo que había que resolver según le interesaba quién tenía el poder.
Esta fue la primera organización. El rey se manejaba con sus fieles, sus hombres de confianza, y de ese modo barrieron con todo lo que no les interesaba conservar de la tradición romana. Pero a medida que se estabilizaron y vieron que había situaciones que necesitaban conservar y regular, y empezaron a llamar a quién entendiera algo de es. Y al cabo de uno o dos siglos los únicos que entendían de eso eran quiénes habían conservado eso. Y aquí está la Iglesia como única depositaria de ese legado clásico romano. De tal modo que al llegar a los siglos VI o VII, lo que hoy llamaríamos “alta burocracia” de los reinos romano-germánicos era eclesiástica. Es decir, los consejeros de los reyes y lo que hoy podríamos llamar sus ministros y responsables del ejército concreto del gobierno, prácticamente fueron todos hombres de la Iglesia, que conocían lo que era regular o codificar la existencia colectiva mediante normas que tuvieran algún fundamento general de orden jurídico.
La Iglesia jugó un papel fundamental en este proceso; defendió todo lo que pudo de la tradición romana; mantuvo una serie de cosas; hasta tal punto que Carlomagno a fines del siglo VIII y principios del siglo IX, creyó que iba a poder restaurar la totalidad del orden imperial. Y naturalmente para eso no solo se basó en una doctrina de la Iglesia (en las ideas de San Agustín), sino que además todo su aparato jurídico administrativo fue eclesiástico; y así ocurrió en todas partes.
Usando una especie de metáfora yo diría: la Iglesia dio forma a la situación caótica creada por la conquista. Quizá una frase más justa sería: la Iglesia se empeñó en gran medida en dar forma a la situación caótica creada por la conquista germánica. Y esa forma no fue una cosa inventada recientemente: era la vieja organización romana modificada hasta el punto que se pudiera para hacerla sensible a las nuevas situaciones.
Esta organización duro cierto tiempo. Pero cuando después del siglo IX quebró, quedó sin embargo una cosa muy importante: la idea, el principio o la tradición de la que la Iglesia tenía capacidad para dar forma a situaciones caóticas creadas por la contingencia de los hechos. Y esto fue extraordinariamente importante en el delineamiento de la sociedad feudal, como ustedes van a ver en un momento. Si desde la conquista hasta principios del siglo VIII, y principios o mediados del siglo IX se van tendiendo esas líneas que yo he explicado, y para ver cómo desde el Imperio se van delineando los antecedentes de la sociedad feudal, a mediados del siglo IX más o menos, este delineamiento se acelera.
Me interrumpo aquí para hacer un pequeño esquema: hay una etapa que es la crisis del Imperio Romano desde el siglo III. Este delineamiento se acentúa un poco más cuando se produce la conquista germánica, y en el siglo IX se acentúa mucho más.
Aquí tendríamos un nuevo factor: así como en el Imperio intervinieron las guerras civiles y la anarquía militar, y en el siglo V intervino como factor de cambio la aparición de nuevos grupos de poder (los grupos germánicos), en el siglo IX aparece un nuevo elemento, las llamadas segundas invasiones. En realidad, hay que decir en los siglos VIII o IX, ya que esto cambia según las regiones de Europa.
Son las invasiones de los normandos, que llegan a Inglaterra, la costa de lo que es Alemania en el Mar del Norte, los Países Bajos, Francia, España, e inclusive entran en el Mediterráneo. Otras invasiones muy importantes son la de los eslavos, en toda la zona de Polonia, hasta llegar a Bohemia (parte de lo que es hoy Checoslovaquia). Este también es entonces un pueblo que entra en lo que eran los límites del Imperio carolingio. También están los húngaros, que entran por el curso medio del Danubio, por dónde está hoy Hungría aproximadamente. Y luego, en cuarto lugar, aunque cronológicamente se da primero, por el Mediterráneo entran los musulmanes. A todo este conjunto de pueblos que convergen desde la periferia a todo lo que era el centro del Imperio de Carlomagno, se le llaman habitualmente las segundas invasiones
Estos hechos tuvieron una importancia trascendental entre el siglo VIII y IX, por la peculiaridad de tratarse de pueblos y no solo de grupos militares; por la circunstancia de desplazarse en grandes masas, un poco amorfas, con un control militar reducido, lo que le daba la posibilidad de extenderse rápidamente por una amplia cantidad de lugares, no en forma de columnas, sino de innumerables bandas. Por todo esto la defensa contra estas invasiones fue terriblemente difícil, y sirvió para demostrar que en toda la Europa occidental no existía ninguna autoridad que aglutinara grandes áreas territoriales y que tuviera poder militar para oponérseles. Se seguía, por ejemplo, hablando del rey de los francos, pero el rey de los francos no podía defender el territorio de los francos. Se hablaba del reino de España en la época de la invasión musulmana, pero el rey visigodo no podía hacer frente.
¿Por qué no podía? Pues por varias circunstancias. El poder central había ido perdiendo fuerza en la medida en que aumentaba el poder de todos aquellos a quienes el poder central, por el régimen del escalonamiento y de vínculos pre feudales, había ido entregando tierras. Cada uno de estos señores había ido haciéndose importante en su región, lo cual lógicamente iba en detrimento del poder real. El poder real, por otra parte, no poseía un ejército masivo propio; dependía de la ayuda de estos señores militares, y estos señores la prestaban o no la prestaban según quisieran o no. Pero además, al prestarla o no prestarla había una cosa sumamente importante a la que me he referido ya: tenía una absoluta incapacidad técnica para operar tácticamente según la tradición de las grandes operaciones militares. No había caminos; no había puentes. Es decir, todo lo que había venido ocurriendo y que yo he señalado, jugó de una manera fundamental para impedir que el poder central pudiera operar militarmente con eficacia. Los normandos llegaban a las costas de Inglaterra, de Alemania, de Francia, entraban y cuando llegaba una mesnada de 300 caballeros, ya no tenían nada más que hacer. Cuando los musulmanes atacaban las costas de Francia, Alemania, Italia, cuando llegaba la mesnada del rey, ya no quedaba nada que hacer.
Fueron ocupando territorio, quemaron, saquearon todo lo que quisieron; y lo mismo los esclavos o los húngaros en las otras fronteras. Esta amenaza permanente en la periferia, repito, sirvió para demostrar la crisis total del poder central; pero como la amenaza existía, fue evidente que era necesario que cada uno se defendiera por sí solo; y como el poder central no funcionó, funcionaron los poderes regionales. En la medida en que fueron funcionando los poderes regionales, estos acentuaron su independencia del poder central; se hicieron cada vez más fuertes, y contribuyeron a hundir todavía más el poder central, con lo cual quedó constituida la estructura política de la sociedad feudal. Que ya se había constituido en lo económico por este sistema de la tierra al que yo ya me había referido; que ya se había constituido en lo social, por este problema del vínculo de persona a persona. Y ahora se constituye definitivamente, porque también en lo político se crea una nueva fisonomía.
Las grandes monarquías que habían surgido del antiguo Imperio Romano se disuelven como se había disuelto el Imperio. El proceso sería así. Primero se disolvió el área imperial, que era muy grande; luego se constituyeron las áreas nacionales, y luego se disolvieron estas para dejar solo áreas regionales. ¿Qué eran esas áreas regionales? Pues sobre la frontera del Rin había un conde tal, cualquiera, que la primera vez fue corrido por los eslavos o por los normandos, y la segunda vez fue corrido, y se refugió en la selva, en cualquier parte del bosque y al año siguiente tomo sus precauciones y dijo “cuando vengan no nos movemos de esta parte”. Y eligió una altura, y construyó lo que se va a llamar luego un castillo, -es decir un pequeño fortín, le diríamos nosotros en base a nuestra tradición en la guerra contra los indios-, o sea una pequeña altura fortificada con una pequeña empalizada de madera y un foso, y estableció una torre para el vigía -con el mangrullo de nuestros fortines-, y eso fue el primer castillo.
Y cuando empezaron a venir los invasores, ya no huyeron más. Al principio se concentraron, y guardaron los animales dentro de la empalizada, y les hicieron frente como pudieron, y aguantaron. Poco tiempo después, ya ni tuvieron que aguantar: salieron a enfrentarlos teniendo una especie de base donde se aprovisionaban, donde se resguardaban, y desde donde operaban si era necesario. Y aprendieron lo que era necesario de la técnica para oponerse a esta clase de enemigos, con lo cual este señor regional, que fue capaz de hacer esto, transformó su poder en otro mucho mayor. Porque ahora no solo era un conde a quién el rey había mandado; ahora sería el conde que el rey había mandado y además la única esperanza que tenía toda la población circunvecina. Cuando llegaba el momento del peligro, este era el que hacía frente, el que había tomado las precauciones para ello, el que había reunido víveres para resistir si eran sitiados, era el que disponía de un pequeño plantel de gentes de armas. Consiguientemente, al cabo de unas pocas generaciones el vínculo de dependencia política respecto a este señor era total.
Y esta es la situación feudal. Esta es la situación que dura efectivamente durante casi dos siglos, y sus resabios duran mucho más tiempo todavía. Esta situación está constituida, y yo lo he ido explicando progresivamente, por un cambio de estructura económico-social y un cambio en la organización política, todo en relación con situaciones de hecho.
La organización efectiva de estos poderes regionales, los famosos duques, se referían a las marcas, a las fronteras. Pero como estos invasores se movían en hordas, en un momento iban y se instalaban a 200 km más adentro de donde se los esperaba, toda Europa fue frontera. Porque la invasión no provenía de un ejército regular sino que eran hordas que caminaban por donde podían, y a veces eran devastadas en un recodo, y a veces no, y a veces consiguieron imponerse. Pero lo que hicieron en todos los casos fue servir de estímulo para la formación de estos poderes regionales.
Con esto tenemos terminado el proceso del delineamiento de la sociedad feudal, con una estructura económico-social nueva, fundada en un régimen de posesión de la tierra y no de propiedad, un régimen de explotación servil de la misma y un régimen de vinculación social de persona a persona; y además ahora un régimen político fundado en lo que llamaríamos los señoríos regionales.
Eso es lo que se va a llamar un “feudo”; un señorío regional es lo que se va a llamar un feudo. Ese señor domina una cierta región, la controla totalmente, nadie quiere salir de allí, porque si sale de allí carecerá de la protección que allí se le brinda, porque allí está arraigado, allí lo conocen y allí sabe que va a ser admitido detrás de la fortificación. Se va creando está vinculación. Pero a medida que está vinculación subsiste, y a medida que se afianza la nueva situación económico-social, lo que queda cada vez más claro es que se van dibujando dos castas. Ya no dos clases sociales, dos castas. La casta de los poseedores de la tierra y la casta de los que no son poseedores de la tierra.
Esta situación es la que finalmente se institucionaliza; y quién contribuye a institucionalizarla es la Iglesia. La Iglesia proporciona, lo que se va a llamar a la clase de los milites -del latín = caballeros, señores militares-, un sentimiento de justificación de su superioridad social. El primer elemento de esto está en la peculiaridad de que las invasiones fueron invasiones de no cristianos, con lo cual la guerra contra los invasores fue guerra contra los infieles, e inmediatamente se transformó en lo que nosotros llamamos “Cruzada”. La guerra fue en defensa de una civilización: de la civilización cristiana, contra las civilizaciones no cristianas, que eran las que movían a los pueblos invasores. La guerra se afirmó pues en defensa de la fe. Y en realidad era cierto; era en defensa de la fe. Era en defensa de un ámbito que tenía un cierto modo de vida contra pueblos que tenían otro modo de vida.
La idea de cruzada justifica entonces el privilegio; la idea de un fin trascendental de la guerra justifica el privilegio. El caballero necesita tener caballo, que era carísimo, necesita tener armadura, que era carísima, necesita tener lanza y escudo, que eran carísimos en una época en que el desarrollo artesanal era tal que cada elemento de estos era una obra de arte hecha por un hombre que había que elegir entre muchísimos porque era el único que sabía hacer algo de eso en muchas leguas a la redonda.
Todo esto naturalmente requería que el señor se ocupará exclusivamente de la guerra. El señor tenía un modo de vida señorial. El modo de vida señorial correspondía a su ocio, pero su ocio era ocio militar. El ocio militar se justificaba porque su oficio era la guerra. Y la guerra no era una cosa que les conviniera solo a ellos, sino que era una exigencia de la colectividad; y planteado en estos términos el privilegio estaba justificado. Las otras clases tenían entonces que contribuir para que esta clase tuviera el ocio militar y pudiera dedicarse a la guerra y pudiera servir de defensa a toda la colectividad.
A medida que se fue constituyendo esta clase como casta, aparecieron una serie de pequeños signos de que esto ocurrió. Se estableció el principio de que no podía haber paso de una clase a la otra, y por eso hablo de casta. Empieza a aparecer el privilegio de que hay vías intermedias para que las gentes que no provienen de familias nobles puedan ascender a la nobleza. Se establece en el siglo XII, aproximadamente, lo que se va a llamar la orden de caballería, con un ceremonial que es sagrado, no profano; se pertenece a la orden de caballería no porque un poder político -que en los hechos no existe- pueda conferir esta condición, sino porque alguien declara que su hijo, o un miembro de su familia está en condiciones de incorporarse a la clase de los caballeros cuando cumple cierta edad. Y entonces hay, no una ceremonia política o civil sino una ceremonia religiosa: vela las armas, y es investido caballero. Ceremonial que supone su incorporación a cierto sector. Pero en este ceremonial hay un elemento sagrado -sagrado en el sentido antropológico: no profano-; hay un elemento religioso, carismático. A partir del momento en que se realiza esta ceremonia, que es una verdadera ceremonia de iniciación, se pertenece al grupo, y el que no ha sido armado caballero no pertenece al grupo. De tal manera que se ha suprimido todo lo que había de informal para permitir la movilidad social. Puede existir la movilidad social dentro de cada uno de dos grupos, pero no existe entre un grupo y otro. Y si existe es por un camino muy complicado, que es el del ministerial, al que me voy a referir en otro momento.
De esta manera se institucionaliza la sociedad feudal, y de esta nueva organización económico social recibe este formidable respaldo de quién era la preservadora de la tradición jurídica romana.
Clase 11. Jueves 23 de abril de 1964
3. El desarrollo de la burguesía y el ajuste de la sociedad feudo-burguesa
Conviene que pongamos en claro nuestro punto de partida, cronológicamente. Podríamos decir que el proceso social que he tratado de describir hasta ahora, en virtud del cual se constituye lo que llamamos el ordenamiento feudal, transcurre en un plazo de tiempo que va desde el siglo III al siglo XI. En ese plazo hemos determinado, no de una manera demasiado precisa, porque tampoco el fenómeno es muy fácil de delimitar, un primer período, el del Bajo Imperio, en dónde se comienza a modificar la estructura económica-social de este. Este proceso tiene un cierto ritmo, desde la época de los Severos, a fines del siglo II, hasta fines del siglo IV. Es un período que podríamos llamar de desintegración de una estructura que estuvo muy bien organizada, pero que empieza a desintegrarse por la obra de los factores de cambio que ya hemos señalado.
Ese proceso continúa partir del siglo V, incrementando su ritmo de cambio a partir del momento en que se instalan las nuevas aristocracias conquistadoras germánicas, que debido a la serie de circunstancias ya señaladas, persisten en la misma línea de cambio, aunque no siempre por los mismos motivos. Y el hecho a remarcar es, entonces, que a partir del siglo V se incrementa el proceso, pero sin desnaturalizarse.
El mismo tipo de cambio que se había insinuado sigue produciéndose. Y como los sectores que aceleran o gobiernan el cambio constituyen un sector extranjero, lo cual hace que opere un fenómeno de aculturación, nos encontramos con que las características de este segundo periodo no son solo las de aceleración, sino que también la de cierta transformación cualitativa del cambio, en razón del tipo de mentalidad, o background cultural, que aporta el grupo que va a dominar el cambio desde allí en adelante.
Este segundo periodo lo podemos hacer llegar más o menos desde el siglo V a principios del siglo IX. Y si quisiéramos encontrar un fenómeno que nos evitara dar una fecha muy precisa, podríamos decir: hasta la disolución del Imperio carolingio. Cuando después de los hijos y nietos de Carlomagno, se produce el fracaso del intento ordenador de este último, se abre una nueva etapa, porque el proceso sufre un cambio que podríamos llamar de radicalización. Lo que se ha insinuado en el primer periodo y acelerado en el segundo, en el tercero se radicaliza, y al radicalizarse termina por montarse una nueva estructura que definitivamente suplanta a lo que quedaba de la tradicional.
Y esto se hace también por un hecho que es precisable. Así como en el primer período lo desencadenan los movimientos militares en el área del Imperio Romano y en el segundo lo determina la aparición de esta minoría germánica conquistadora, en el tercer período es disparado por las segundas invasiones. Y a partir de las segundas invasiones, de este proceso que ha tenido distintos ritmos de cambio y finalmente franca radicalización, se termina por constituir una nueva estructura económico-social que es también una estructura política y que es también una estructura cultural.
Con esto dejamos establecido el punto de partida para nuestro nuevo tema. Entre el siglo IX y el siglo XI, en virtud de este proceso de radicalización se ha constituido una nueva estructura, a la que llamamos específicamente sociedad feudal. Esa estructura se ha constituido ya visiblemente y de manera muy vigorosa a partir del momento en que se institucionaliza. En este mundo que ha sufrido dicho proceso, y ha llegado en los dos últimos siglos a un determinado momento de su desarrollo, de madurez -yo podría decir: en el siglo XI es para la estructura tradicional feudal, lo que el siglo II es para la estructura imperial romana-, se encuentra en equilibrio de sus tensiones internas, las cuales no se han desatado todavía para operar las unas en contra de las otras. Esto es entonces lo que se da entre el siglo IX y el siglo XI, pero muy especialmente hacia el siglo XI.
En este cuadro empiezan a producirse, hacia el siglo X, ciertos fenómenos muy significantes en su conjunto, pero que son el germen de un proceso nuevo, del cual va a surgir la sociedad burguesa de una manera un poco especial. Yo diría que más que surgir, es un proceso en virtud del cual va a incrustarse en esta estructura feudal un elemento encargado de disgregarla más tarde. Este elemento es la burguesía.
Como acotación al margen, yo creo que la expresión Edad Media es una expresión que no vale la pena repetir. Edad Moderna es otra cosa que no tiene sentido. La palabra Renacimiento refiere a una cosa inexistente. Todo esto para mí son intentos de cortar un proceso continuo, lo cual no es de ninguna manera conciliable con la percepción de la continuidad del proceso, que es lo que le da sentido, y la única manera de entender un proceso es su continuidad.
Así que cuando yo digo que desde fines del siglo III se ha constituido esto que en el siglo XI se va a poder ver muy claro como una cosa nueva, estoy naturalmente omitiendo frases como “el fin del mundo antiguo” o “la caída del Imperio Romano”, porque es irreal decir “cayó el Imperio Romano”. Para mí “la caída del Imperio Romano” es un lugar común, un tema retórico. El Imperio Romano no se cayó de una sola vez. Y esto da lugar a innumerable cantidad de equívocos.
Es decir, la gente dice el Imperio había declinado completamente en el siglo IV o en el siglo V. Eso solo tiene algún sentido si yo llamo Imperio al de Augusto. Claro, si yo llamo “Imperio” al de Augusto, al de los Antoninos, al que se da en los dos primeros siglos de nuestra era, compacto, perfectamente conformado, que engendra la latinidad -una concepción de la vida bastante coherente en todos los órdenes de la estructura- y lo comparo con el del siglo IV, puedo decir; “aquello fue un modelo”.
Claro, nada más que un modelo. Y en relación con ese modelo empieza a “declinar”. Pero la palabra “declinar” no la entiendo de ninguna manera. Si hay un juicio de valor, esto es discutible. Yo empleo “que cambia”. Luego voy a analizar el cambio como crea mejor, y trataré de no incurrir en estas apreciaciones de valor que consiste en juzgar el siglo III y el siglo IV con los criterios del siglo I y el siglo II, cosa que siempre me ha parecido una idiotez. Como por ejemplo sería suponer que el virrey del Pino era un hombre que caminaba muy lentamente porque no conocía el automóvil. El pobre virrey del Pino no tenía la culpa.
Este tipo de anacronismo ha sido señalado, por ejemplo, por Lucien Febvre en sus trabajos sobre historia de mentalidades como una de las cosas típicamente más anti-históricas imaginables. El supuesto psico social no se puede impostar. Esto es una cosa con la cual no se entiende nada. Yo he hecho un proceso continuo del siglo III al siglo XI. En el medio juega una división tradicional, que es la del fin del mundo antiguo. que yo suprimo.
Así como yo no he entendido nunca la relación entre Grecia y Roma; este es otro lugar como un clásico. Roma tenía un tipo de desarrollo que tenía muy poco que ver con Grecia. Y solo el hecho de que figuren en los programas de estudio desde el siglo XVIII establece un parentesco en que parece fundirse todo, lo cual es absolutamente falso.
Yo establezco entonces un principio de continuidad del siglo III al siglo XI. En determinado punto de ese proceso aparece una curva distinta. En el siglo XI aparece otra curva. Pero la curva de la sociedad feudal va a seguir; esa no muere.
Si ustedes se acuerdan de lo que estudiaron de la Revolución Francesa en el secundario, verán que había algo que se llamaba el Antiguo Régimen. Y cuando se habla del Antiguo Régimen, una de las cosas que se dicen es que antes de 1789 había una cosa que se llamaba derechos feudales. Pero entonces, desde el siglo XI en que empieza la crisis del feudalismo hasta el siglo XVIII, ¿Qué pasó con los derechos feudales?
Paso una cosa muy importante. Esto no tiene que ver mucho con el tema, pero es una pequeña observación sobre conceptuación histórica. Lo que pasó es que esa estructura, como tantas otras cosas en la vida histórica, no desaparece. La ciencia histórica comete muchas veces -sí es que no está muy alerta- el terrible error de creer que el tema de la historia es la innovación, lo nuevo. En tal época ocurrió tal cosa. Pero en ese concepto hay que prever la posibilidad de que se entienda que cuando aparece tal cosa desaparece todo lo que había antes. Y no desaparece nada de lo que había.
La estructura feudal recibió un impacto fundamental de otro tipo de economía y sociedad que empezó a preparar otra cosa. Pero esa estructura subsistió, en el siglo XI, en el siglo XIV, en el siglo XVI, en el siglo XVIII, y si tomamos los países balcánicos, si tomamos Polonia, Hungría, en el siglo XX, subsistían muchos elementos feudales. Cosa que no obsta para que en el siglo XI empezara a constituirse otra cosa, que es el fruto del choque de un elemento nuevo con otro ya existente.
¿Y acaso en la Argentina no hay tres o cuatro estructuras que coexisten? Cuando se habla de la Argentina y se generaliza, ¿no se está hablando del Litoral? En las cosas que se dicen habitualmente de la Argentina ¿se tienen presentes las estructuras económico-sociales de Santiago del Estero y de Salta? Y sin recurrir a las demarcaciones regionales, ¿no hay dentro de la Argentina, dentro del Litoral, perduraciones típicas de una estructura que de ese punto de vista ha cambiado? ¿En qué estructura económico-social colocamos la vieja estancia? Una vieja estancia que tiene una concepción política paternalista, que ha permitido el desarrollo y el triunfo de ciertas corrientes políticas que son bien conocidas.
El tipo de vinculación de la estancia con el patrón es exactamente la que existía en la época de Rosas. Y la que existió en la época de Rosas fue la que encontró Azara cuando vino aquí en el siglo XVIII. Y se empieza a formar en el XVII, sino que ya en el XVI.
De tal manera que la coexistencia de las distintas estructuras es una de las nociones fundamentales para entender el proceso histórico. Una ciencia histórica muy simplificada ha tendido a eslabonar la historia de las novedades y siempre da por sobreentendido, por lo menos para el lector corriente, que cada novedad que ocurre termina con lo anterior. No, no termina nada: se superpone. Es decir, cuando la Revolución Francesa hace desaparecer los derechos feudales, hace desaparecer unas cuantas cosas. Y luego llega a cierto punto y hace desaparecer otras muy importantes, como cuando sacan a remate las tierras y crea la pequeña propiedad en Francia, que es lo que le da fuerza a Napoleón, y a Napoleón III. Y hace de Francia un país de pequeños terratenientes. Todo eso es cierto. Es un cambio estructural y profundo. Pero esto no obsta para que hasta el siglo XIX hubiera fuertes bastiones aristocratizantes, por ejemplo en Bretaña, con perduración del viejo régimen tradicional.
De tal manera que el tipo de explicación que yo realizó aquí parte de la base de la coexistencia de estructuras. El hecho de que una esté en declinación y la otra en ascenso no quiere decir que se hayan eliminado. Y prácticamente todo lo que ocurre desde este momento es una lucha entre la estructura feudal y la burguesa.
Aparte de la coexistencia de estructuras, existen también vínculos entre ellas, comunicación. Una de las cosas que caracteriza los distintos momentos de los distintos tipos de ritmo de crecimiento de la burguesía es el criterio de las reinversiones. Cierto tipo de magnate rural florentino pongamos por caso, cuyos antepasados han sido hecho condes por Otón, de la más rancia nobleza germánica, llegado un cierto momento se relaciona con un mercader marítimo con experiencia en viajes, y hacen lo que se llama la commenda. “Usted tiene ganas de irse hasta San Juan de Acre y se lleva para vender esto y se lleva para vender lo otro; aquí tiene tanto dinero”. Este fenómeno de la reversión de fondos que provienen de las explotaciones tradicionales y que se invierten en las nuevas actividades genera un tipo de vínculo que termina en la comunicación que podemos evidenciarla -a la manera de indicador-, por ejemplo en los matrimonios mixtos, a partir de lo cual ya no se sabe cómo encasillar a los descendientes. Pero lo mismo ocurre a la inversa. Todo burgués que se enriquece compra tierras, como lo hemos visto no hace mucho tiempo en la Argentina.
Pregunta de un alumno: “¿además de coexistencia de estructuras, no hay un predominio de una sobre otras, un sometimiento de ellas entre sí?
Cuando yo hablo de la coexistencia, lo hago sin darle ninguna implicancia valorativa. La coexistencia puede ser de muy distintos tipos. Hay variantes de clases, variantes regionales, y además muchas variantes ocasionales. Pero además hay dominantes de distinto estilo.
Seguramente usted está pensando en cuando un tipo de economía es más importante que otro. Por ejemplo, ese sería un tipo de predominio. Pero yo me planteo esta cosa curiosa, para la cual toda la historia del siglo XVII y del siglo XVIII en Francia es muy característica, como ha sido señalado especialmente por Groethuysen en un libro muy interesante sobre los orígenes de la conciencia burguesa y un poco por Morazé en un libro sobre la Francia burguesa.
¿Qué es lo que mantiene la situación de la aristocracia en Francia hasta la víspera de la Revolución Francesa, y lo que es más curioso, mucho después? Es un fenómeno que los economistas desdeñaron durante mucho tiempo y que los sociólogos han reivindicado, y que es el fenómeno del prestigio. Hay ciertas estructuras que empiezan a dejar de ser importantes en el orden económico, pero que se resisten enormemente desde el punto de vista del orden social, porque quienes están apoyados en una estructura declinante económicamente, pueden estar sostenidos por un apoyo social notabilísimo. Esta es una cosa que está muy clara en Francia en el siglo XVII y en el siglo XVIII. Por ejemplo en la política de Richelieu y de Luis XIV.
¿Cuál es el secreto de Versalles? Pues Versalles es la consecuencia de un vasto plan en el cual Luis XIV perfecciona la versión anterior de Richelieu, que consiste principalmente en atraer a la corte, dándole pensiones, a toda la nobleza local, con el objeto de romper el prestigio regional. Porque frente al prestigio del conde de tal, que es hijo del conde de tal, y nieto del conde de tal porque era de una vieja familia de la nobleza regional, el funcionario que está siendo parte de una nueva concepción administrativa, más moderna, objetiva, etc., se estrella. Porque cuando el preboste dice: “el rey manda tal cosa”, el hombre del lugar levanta la cabeza para ver si el señor también obedece.
Hay una transferencia de quiénes tienen el poder político a quién tiene el poder social efectivo. Porque yo diría que, si las estructuras económicas son difíciles de quebrar -y finalmente se quiebran de un mudo revolucionario-, las estructuras sociales son mucho más difíciles, porque usted por decreto no deja que fulano le tenga respeto o miedo a otro fulano. Esto no hay decreto en el mundo que lo arregle. Y sigo afirmando que la palabra “coexistencia” es útil para esta etapa, porque se dan todo tipo de relaciones.
Efectivamente, la característica de la estructura económica feudal, en última instancia, es la delimitación de áreas económicas absolutamente impermeables, autónomas. Han desaparecido todos los elementos de comunicación, y en consecuencia cada una tiende, porque no puede hacer otra cosa, a bastarse a sí misma. Con lo cual ha desaparecido la división del trabajo -todo esto es consecuencia de una fuerte crisis técnica-; el comercio regional e internacional también disminuyen al mínimo, y el caso es que aquí hay un regreso a una economía rural casi exclusiva, una delimitación del poder político dentro de estas áreas, una incomunicación importante, casi fundamental entre las áreas. Y todo eso ha sido precipitado -notar que no digo “determinado”-, por la aparición de estos movimientos invasores.
Sí se observa de dónde vienen estos grupos invasores, se descubrirá que todos vienen de regiones que antes tenían escasísimos contactos con este núcleo. De tal manera que el primer efecto es un impacto sobre el núcleo y el cambio de este. Estás invasiones están producidas todas por explosiones demográficas. Cuando la explosión demográfica se para, esta expansión de la periferia hacia el núcleo también se para.
Y la reacción es inmediata; cuando en el siglo X para la irrupción de la periferia hacia el núcleo, inmediatamente empieza el reflujo. ¿Quiénes son los protagonistas de ese reflujo? Por lo pronto toda la gente que llegó y se instaló alrededor del núcleo. El caso de la ciudad de York es típico. York era un pequeño burgo romano insignificante. Los noruegos lo pueblan. Los reyes anglosajones lo miran crecer con admiración y envidia. Se hace mucho más importante que Chester, que Londres, que Winchester. Un día los noruegos dejan de venir hacia aquí, y los que estaban se quedan solos. Y su tendencia no en la de reintegrarse; se quedan, pero por lo que llamaríamos la iniciativa de lo que llamaríamos los grupos metropolitanos, sino por la iniciativa de los grupos que llamaríamos coloniales. Porque las ciudades normandas, y las ciudades eslavas y los grupos húngaros, y los grupos musulmanes, todos estos mantuvieron relación con sus correspondientes metrópolis. Ellos se sentían emigrados. Los normandos que llegan a Francia e Inglaterra como invasores son emigrados de su lugar de origen. Los europeos los ven como invasores feroces, pero en realidad ellos son unos pobres fugitivos que buscan un lugar donde ir a vivir.
En cuanto la explosión demográfica se nivela y cuándo termina esta irrupción, el movimiento se va a producir otra vez, pero inversamente.
La consecuencia ¿cuál fue? Que a partir de este momento el área que constituía una unidad antes, que era el núcleo, se integra con toda la periferia, diríamos que se dibuja el mapa de Europa actual. Antes del
siglo VIII o siglo IX, nadie había intentado salir de los límites tradicionales; luego de esa fecha ir hasta el Báltico, o hasta la isla de Gotland, o fundar la ciudad de Riga, o cualquier cosa de esas parecía perfectamente fácil.
Naturalmente eran ruta recorridas durante siglos, por barcos a los que decían piratas; pero los piratas se quedaron allí. Y luego de tres generaciones, nadie le llamó pirata al noruego que se había instalado, que era un buen burgués de la ciudad de York, y hacia sus negocios. Los mismos que habían hecho antes que los barcos se llamaran piratas. Y él ahora organizó un barco y se fue a comerciar con los otros, manteniendo exactamente el mismo tipo de conexión.
A este fenómeno le llamamos el fenómeno de la expansión periférica, que tiene esta inmensa consecuencia de tipo económico: es el fundamento de una economía europea, de dónde salen las ciudades del Hansa y todo ese enorme movimiento mercantil de la Edad Media. Pero además de esto hay un fenómeno local, que es la fundación de ciudades, la aparición de los centros urbanos.
Clase 12. Martes 28 de abril de 1964.
Yo he explicado en la clase pasada ese fenómeno tan significativo, que se produce en Europa a partir del siglo X y que llamamos “la expansión periférica”. Nombre con el que queremos referirnos a la respuesta que el mundo cristiano da a la agresión que venía sufriendo desde el siglo VIII por parte de los países de la periferia, a partir del momento en que en esos países de la periferia se perdió el ímpetu que le había dado la explosión demográfica, y que se transformaron en países equivalentes (los de la periferia y los del núcleo). Hasta el momento en que, a su vez, los del núcleo tuvieron suficiente potencia expansiva como para recuperar la ofensiva.
Una vez explicado el fenómeno de marcha hacia el núcleo cristiano y luego de recuperación de la ofensiva y la restauración de las comunicaciones, transformando las viejas vías de comunicación en nuevas vías comerciales; una vez demostrada la importancia que tiene eso en la ampliación de la zona de actividad mercantil unitaria, es importante señalar que con eso no se agota la importancia de la expansión periférica, quedando por ver otro fenómeno de importancia, resultante de todo esto, y que es la aparición y multiplicación de los centros urbanos: las ciudades.
Efectivamente esta expansión hacia la periferia tuvo como consecuencia, repito, el que las vías de invasión se transformarán luego, en rutas comerciales desde los países originariamente invadidos hacia los países desde donde habían llegado antes de la invasión. Esa vía comercial, naturalmente, había creado una serie de escalas.
Los normandos, que venían desde Dinamarca, Suecia o Noruega y llegaban a las costas de Inglaterra o desde Francia, poco a poco fueron creando una serie de postas, y las llamo así porque no todas terminaron en ciudades, y ni siquiera todas terminaron en emporios o factorías; algunas no terminaron en nada. De ellas se pueden ir formando factorías (es decir depósitos de mercaderías) y sobre la base de postas o factorías se transformaron, en algunos casos, verdaderas ciudades.
Esto fue un fenómeno de gran importancia, ya que se transformaron estos nacientes lugares de etapas, en focos de irradiación local, a partir de esta gran ruta de comercio internacional. Es decir que en la línea de Londres-Bergen, es decir esa línea Inglaterra-Suecia, Noruega o Dinamarca, que era una línea de típico gran comercio internacional, un comercio en el que iban y venían vinos y cervezas contra pieles y maderas -pongamos por caso-, en ese gran comercio internacional, cada uno de esos lugares de posta, albergues nocturnos para acortar la marcha o factorías para depositar las mercaderías, cualquiera de esos lugares se transformó en un foco secundario de irradiación, donde este comercio que iba de punta a punta, dejaba algo.
Dejaba algo de lo que traía, pero naturalmente, atraía también un comercio local. Este navegante que venía navegando tres o cuatro días sin poder parar -porque no había una buena bahía o cosa parecida- este día que llegaba aquí estaba ansioso de que los pobladores de esta zona lo estuvieran esperando con alimentos frescos o todo lo que necesitara para reconfortarse de este largo viaje y prepararse para la etapa que seguía.
Había una extraordinaria atracción: el pequeño comercial local. Así que el mismo tiempo que en la práctica depositaba algunos de los objetos importantes y valiosos del comercio internacional, activaba un pequeño comercio local. Ese pequeño comercio local fue el que terminó creando los albergues, las tiendas de comestibles, mercados, pequeñas artesanías. Y en este caso especial del Mar del Norte, nacieron de esta manera los primeros rudimentos de la industria naval. Era, por ejemplo, gente experta en la colocación de brea. Porque el navegante lo que hacía ese día, cuando llegaba, era sacar el barco a la playa y revisarlo para ver si es que tenía algún inconveniente, cosa que era muy natural, porque eran embarcaciones muy débiles. Lo mismo con la carpintería de obra marinera. Y toda la innumerable cantidad de artesanías colaterales que ustedes pueden imaginarse alrededor de cualquiera de estas ocupaciones.
Así surgen algunas ciudades. Otras habían surgido antes por otras causas. Surgieron, por ejemplo, cuando empezaron a aparecer las primeras invasiones y en consecuencia los primeros terrores, los primeros fenómenos de pánico. Entonces empezaron a amurallarse pequeñas aldeas, dentro de las cuales se hizo concentrar toda la población de los alrededores. Como aquí, en la provincia de Buenos Aires cuando la política de los jefes comandantes de fronteras consistía en recoger toda la población que estaba suelta en los puestos de las estancias y congregarla en los pueblos; y así nacieron casi todos los pueblos, hoy ciudades de la provincia de Buenos Aires.
Este fenómeno se da por una necesidad urgente, por un principio elemental de seguridad. En el siglo IX, los reyes anglosajones, especialmente Alfredo El Viejo, y en Alemania, Enrique I El Pajarero, todos se lanzaban desenfrenados a levantar murallas; cosa que no era muy cara porque se desmontaban viejos edificios romanos de los alrededores y se separaban las piedras unas encima de otras, muchas veces sin mortero, es decir sin mezcla. Y de la misma manera empezaron a surgir, como surgieron en Castilla, en relación con la invasión musulmana, estas ciudades amuralladas, que eran reductos militares, donde la gente se protegía allí, dónde no había un castillo vecino que pudiera cumplir la misma función.
El castillo y la ciudad prácticamente son casi contemporáneos. Aunque haya ciudades que se hayan creado luego alrededor de viejos castillos. Pero hay castillos y ciudades que aparecen más o menos al mismo tiempo. Cuando se agudiza el fenómeno de concentración urbana hay una tendencia a que se transformen también los castillos en ciudades. Porque la gente empieza a formar burgos pegados a los muros del castillo. Y a veces se ocupa la zona entre el recinto y el interior del castillo.
Si además de esto se piensa que en cuanto empiezan a moverse los mercaderes por los ríos, tienen también que bajar cada cierto tiempo a hacer noche. Y sobre todo, tienen que bajar siempre, a cualquier hora del día, cuando el río deja de ser navegable. Bajar la mercadería, ponerla a lomo de mula y costear el río; y si el río más arriba vuelve a ser navegable -es decir que estaba interrumpido por una catarata, por ejemplo- se vuelve a retomarlo. Pero si el río se estrecha y ya no es más navegable, pues allí hay que seguir a lomo de burro hasta donde se quiera ir, o quizá hasta otro río. Este es otro de los puntos típicos en donde la gente se baja y empieza a aparecer el albergue, y luego empieza a aparecer el mercado semanal, o empieza a aparecer la pequeña tienda de aprovisionamiento.
Cada una de esas cosas es origen de una ciudad, que a veces prosperó a veces no prosperó. Muchas de ellas son hoy ciudades importantísimas. Otras de esas ciudades han tenido periodos de esplendor extraordinario, como Brujas, y otras han desaparecido o siguen siendo pequeñas aldeas como en aquel entonces.
Pero el caso es que desde el siglo décimo, se creó una sentimiento general de inquietud y la ciudad fue el reducto protector. En parte era el terror que producían las invasiones de gentes infieles, que hasta por su mismo aspecto físico producían extrañes; saben ustedes que en la tradición folklórica alemana la expresión “ogro” viene de “ugro”, que es el húngaro. Además de estas hordas extrañas, estaban la brutalidad e insensibilidad de los señores regionales, que convertían a sus comarcas, y mucho más las que dependían de otros señores, en pasto de toda su prepotencia.
De tal manera que esta expansión, este fenómeno de las invasiones y los terrores que produjeron, hay una cosa en la que insisto. En este proceso de aglutinación urbana tiene mucho que ver el deseo de estar cerca de algún lugar sagrado. La ciudad tuvo siempre algo de sagrado, no solo en la tradición de la “Roma cuadrada” y en la tradición de las fundaciones de la América española y portuguesa, dónde la fundación se hacía con la cruz. Además estaba el recinto sagrado, que siempre era una esperanza de que constituyera un freno para la gente; inclusive, al final, se podía meterse en la iglesia, suponiendo que nadie iba a franquear el recinto estrictamente sagrado. Pero la misma ciudad tendía a ser sagrada, por ejemplo en la ciudad de Santiago de Compostela, la ciudad del apóstol, no era necesario llegar hasta la basílica para estar cometiendo un sacrilegio: la misma violación de la ciudad era sacrilegio. Y el desarrollo de esta idea contribuye a crear un principio de seguridad, o por lo menos una esperanza de seguir, puesto que se suponía que nadie iba a meterse en un lugar sagrado.
Simultáneamente al terror, a las circunstancias sociales, a las guerras y a las invasiones, y a las depredaciones locales, frente a todo esto que da lugar al desarrollo de las ciudades amuralladas, la misma concentración urbana de las bases para que se apunte a la constitución de una economía de mercado. Esta el cliente cerca. Hay el que tiene unas gallinas demás. Pero si vive en el campo, esas gallinas demás no las sigue, no las busca y además no tiene a quién vendérselas. Si tiene dos gallinas de más en su casa en la ciudad, tiene la posibilidad de cambiarla o canjearla con su vecino: tiene el mercado listo. Es decir, los elementos de mercado están dados. Hay una tendencia a construir una economía de mercado. Y efectivamente empieza a constituirse.
Si la ciudad, además está entroncada en el sistema de vías de comunicación, pues es mucho más rápido todavía. La ciudad se transforma inmediatamente en una vía de comercio y desde el momento en que se constituye en un centro de comercio, sus posibilidades ya son infinitas. En algunos casos puede llegar a ser un inmenso centro mercantil, financiero, metalúrgico, textil, etc.
Dados los primeros pasos, las circunstancias, las condiciones de la región, las perspectivas generales de la ciudad, es decir innumerables circunstancias pueden llevar ese pequeño germen a grandes desarrollos económicos en relación con el comercio nacional, internacional o inclusive con el simple comercio local.
El caso es que este fenómeno: invasión, recuperación de las rutas de invasión para ser transformadas en rutas de comercio internacional, es decir invasión musulmana de ida y cruzadas de vuelta, se da en toda la frontera. Este mecanismo tiene entonces repercusiones en el fenómeno internacional y por consecuencia también en el regional: restauración de la moneda, rápido desarrollo de la economía monetaria. Y todo esto girando alrededor de las ciudades; que se han transformado en los núcleos de estas nuevas formas de actividad. Este es el primer cambio fundamental.
El segundo factor de cambio, dice en el programa: la formación de nuevas clases y el desarrollo de la movilidad, está dado con lo que acabo de decir.
En la sociedad feudal tradicional, prácticamente había dos grandes sectores sociales: los que poseían la tierra y los que no poseían tierras. Los que poseían la tierra, cualquiera fuera su grado, desde los más poderosos señores hasta las clases más inferiores de la nobleza, todos tenían un cierto privilegio. Es decir, en todos los casos había alguien qué trabajaba para ellos.
Tanto los colonos libres, que no poseían la tierra, como los siervos -colonos no libres-, naturalmente no tenían ninguna posibilidad de moverse. Podría ocurrir que en las clases privilegiadas hubiera algún principio de movilidad social. Por ejemplo, la guerra feudal tenía como finalidad el ascenso de clases, en la medida en que se conseguían más tierras. Por ejemplo: un señor se armaba, hacía una cabalgada a las tierras de su vecino y finalmente le quitaba la mitad y conseguía consagrar el despojo de alguna manera. Naturalmente este señor tiene más tierra; este señor asciende en la escala. Pero también por razones político militares se podía ascender de escala. Así que en la clase privilegiada había una pequeña movilidad social, pero escasa, y además poco importante, porque el número era bastante reducido. En cambio, las clases no privilegiadas no tenían ninguna movilidad social. Tanto el campesino libre como el siervo estaban adheridos a la tierra, el único medio de producción que estaba funcionando. Figúrense entonces lo difícil que debían ser las posibilidades de cambio de situación.
La cosa cambia sustancialmente cuando empieza a desarrollarse una economía de tipo mercantil y manufacturera. En cuanto aparecen la economía mercantil y manufacturera aparece el uso del dinero como medio de pago. Y a partir de ese momento empiezan a producirse situaciones sociales inéditas, totalmente nuevas.
La característica de esta novedad es que empieza a aparecer gente que, en mayor o menor medida, tienen un medio de producción que no es la tierra. Al principio mismo puede muy bien no haber sido el dinero, sino el trabajo. Pero el trabajo libre y competitivo.
Es decir, un siervo, un colono cualquiera, que dentro de un señorío poco menos que autárquico, poco menos que de economía cerrada, había alcanzado una pequeña especialidad y hacía muy bien monturas, pongamos por caso, y trabajaba bien el cuero, y eran muy conocidas en la región, porque eran unas lindas monturas, o hacía cofres, o sillas, o herraduras, este siervo colono, cuando se produce alguna pequeña concentración urbana consigue pasar inadvertido a la ciudad, se queda un poco de tiempo. Y entonces, de pronto descubre que tiene un medio de producción que no es la tierra, pero que tampoco es capital: no tiene un centavo. Lo que tiene es la posibilidad de que alguien le dé un cuero y tiene un medio de producción: trabajo.
Y empieza a utilizar este medio de producción, cosa que se puede hacer en una economía rudimentaria. Él puede tomar prestado durante algún tiempo un pequeño dinero hasta que obtenga su primera ganancia o puede haber traído alguna pequeña cantidad que le permita subsistir, o puede vivir de lo que roba. De todas maneras, al cabo de cierto tiempo él ha conseguido crear un tipo de producción manufacturera, y entonces, si consigue que entre lo que gana y lo que gasta le queda una pequeña diferencia, de un ochavo, o de dos ochavos, tenemos ya a la vista todos los elementos importantes para entender cuál es la situación que se ha creado ahora: la primera, la aparición de un nuevo medio de producción, que son dos, el trabajo y el dinero. Ninguno de los dos es tierra, pero, aunque parezca obvio esto último, fíjense como es una secular economía en que el único medio de producción era la tierra. Cómo de pronto aparece uno y otro, los dos con posibilidades competitivas en el mercado y precisamente apareciendo en el momento en que aparece el mercado. El mercado se da apenas se produce un cierto fenómeno de concentración urbana.
Hay aquí algo fundamental: esto se llama los orígenes de una nueva clase. ¿por qué apareció una nueva clase? Pues muy sencillo, porque las dos clases tradicionales, señores y siervos, son dos clases unidas unívocamente, que no pueden vivir la una sin la otra. No solo está atado el siervo a la gleba, sino que el señor está atado al siervo a su manera. Ya se sabe que en el Imperio romano ocurrió una catástrofe cuando hizo crisis la economía servil. No solo se moría de hambre el siervo que huía, sino que también corría peligro de descalabrar su fortuna el latifundista, si no conseguía mano de obra. Así que estas dos clases estaban muy estrechamente unidas, claro, pero en una relación muy estrecha. Y de pronto aparece un tercer grupo que no está en el juego y va a descalabrar todo. Pero no podemos hablar de clase alta, media y baja, porque entre estas tres clases hay una gran heterogeneidad. Hay dos que tienen una relación entre sí, que es insoluble y otra que está afuera.
Como ocurría en la provincia de Buenos Aires cuando aparecía el pulpero en la zona de estancias. Allí estaban el patrón y el peón; y el patrón era respetado si tenía las mismas virtudes que el peón. Porque si el señor no sabía enlazar bien, o montar como el peón, etc., etc., este no le tenía respeto. Y además el peón sabía que sin un patrón que le diera trabajo y tierra, no tenía nada que hacer y el patrón sabía también que si le faltaban los peones tampoco tenía nada que hacer, y sufría verdaderos descalabros en la hacienda. Estos eran, y siguen siendo, dos elementos indisolublemente vinculados.
De pronto aparece el pulpero e introduce una economía de cambio de carácter totalmente distinto, que es la que le reprocha Martín Fierro. Esto naturalmente crea un principio de valor; y el que está trabajando en una economía monetaria acentuada, naturalmente pasa por tacaño, por avaro, porque no piensa más que en el centavo. Todo esto frente a la magnanimidad del estanciero, que es, al mismo tiempo, la misma magnanimidad del peón. Todo esto es evidentemente insensibilidad a los valores de la economía monetaria, y no otra cosa.
Eso se da perfectamente igual en la época en que estamos tratando. La aparición de la crítica de la usura en el siglo XIII no es otra cosa. A lo que se llama usura en ese entonces es la aparición del capital y a los primeros esbozos de rentabilidad del capital. Naturalmente si el dinero se presta al 40, al 60 se o 200 % a un individuo que necesita comprar pan para no morirse de hambre, claro que la usura adquiere caracteres de acto inmoral. Pero cuando lo que se presta es una cantidad que el que la recibe le va a invertir para ganar, no resulta ilógico que el que preste ese dinero para que ese dinero reditúe, se haga socio de esa renta, a través del interés. Pero este es un criterio que proviene de una mentalidad que empieza a moverse con criterios propios de una economía dineraria
Y esto es lo que ocurrió. Este grupo apareció, pero no se enfrentó interponiéndose entre ellos, sino creando otro polo. Ellos siguieron manejándose cómo estaban. Y de los colonos libres, cuando no pudo escaparse a engrosar este tercer sector -mercantil y manufacturero-, fue su peor enemigo.
Los que se quedaron en los campos fueron sus peores enemigos. Los campesinos de La Vendée fueron los principales enemigos de la Revolución Francesa, en cuanto revolución burguesa, urbana; como los campesinos españoles fueron todos antinapoleónicos, porque eran todos antiliberales. Este es un fenómeno bastante normal y que se entiende mal cuando nos empeñamos en suponer que esta nueva clase se llama clase media. Esta palabra “media” es bastante nefasta, porque pasa lo mismo con la idea de Edad Media. Y claro, porque con ella se entiende que se hace referencia a una presunta posición y no es cierto. Esa clase es mercantil y manufacturera, y no clase media, fue un polo opuesto al que componían las otras dos clases. Y un polo de características totalmente distintas.
Lo que más caracterizó a esta clase fue que, a diferencia de las otras dos, tuvo una intensa actividad social. Las otras eran clases que tenían tendencia a estabilizarse, o que estaban ya para entonces muy estabilizadas y con pocas posibilidades de modificarse, porque además apareció en el siglo XI y XII el principio de la patrimonialidad del feudo. Con la costumbre de suponer que el feudo era patrimonio y que cada uno le legaba a su hijo, y que constituye una especie de bien de familia, cada vez se fueron reduciendo las posibilidades de cambio de fortuna entre los grandes magnates. Cosa que en un principio no había sido así, porque con el predominio del sistema de facto hubo muchas posibilidades de que cada uno se quedara con lo que pudiera, cosa que andando el tiempo se estabilizó. Entonces en el siglo XII el sector de los poseedores estaba muy estabilizado y en el de los otros, bueno, estaba estabilizado de siempre, como casta separada que era.
Entonces esta nueva clase se constituye repentinamente y al compás de la economía dineraria. Es decir que el que tiene uno, ese vale por tres; y el que tiene 10 vale por 10 y el que tiene 100, vale por 100. De tal manera que el rápido crecimiento de las fortunas, que no podían menos que dejar de ser muy rápida en este periodo en el que el mercado está virgen, en el que a cada uno se le ocurría una cosa distinta. Yeso durante dos siglos. Que si traigo velas, que si hago la vela con el cebo. Y que si consigo hacer tal combinación y traigo el vino de tal parte que tiene 5 días menos de marcha que el de tal otra parte.
Hasta que un mercado se estabiliza pasa mucho tiempo, y más todavía en esos tiempos en que la cantidad de elementos contingentes eran mucho mayores; mientras el mercado no se estabilizó, cosa que tardo muchísimo, hasta el siglo XIV diría yo, las posibilidades de nuevas aventuras económicas eran inmensas. Cada uno corría lo que se le diera la gana, hasta llegar a la de Marco Polo, que se fue a la China. Imagínense ustedes, qué había una enorme cantidad de tentativas intermedias por hacer. Y se hicieron todas. Y cada una que se hacía fijaba en una cierta posición a aquel que la hacía y tenía éxito. Y cada vuelco de fortuna, hacia arriba o hacia abajo, significaba un cambio en su posición social.
No se olviden que en relación con esto vuelve al panorama medieval la vieja idea romana de la rueda de la fortuna. Porque efectivamente una cosa que es característica en estos procesos de gran movilidad social es que hay algunos que suben mucho y otros que bajan, sobre todo en esta época en la que la economía es muy aleatoria, porque tanto se enriquecía un mercader con algún cargamento que le llegaba de un puerto sirio, como de la misma manera otro quebraba definitivamente porque su barco se hundía. Porque se apostaba a todo o nada. Es decir, el índice de riesgo era muy grande. Naufragios, incendios, piratas, robos, etc.
Si finalmente el cargamento llega a destino, el mercader que lo recibe se hace rico, para él y para sus hijos. Y más de una casa ilustre cuyo apellido todavía existe en Italia, por ejemplo, se hicieron ricos con un cargamento puesto sobre el puerto, bien vendido: crea una riqueza y un estatus social formidable, y esto en poco tiempo.
Esto es lo que crea un fenómeno extraordinario de movilidad social. Y este fenómeno de movilidad social, cambia totalmente la filosofía del mundo de la Europa occidental. Sobre todo porque resulta que se localiza geográficamente. Un mundo estable en las viejas zonas rurales donde se perpetua la organización tradicional y las ciudades, que se transforman en el centro de este nuevo tipo de economía, de sociedad, y esta nueva forma de mentalidad que crea las perspectivas que se abre a gentes que pueden hacer este nuevo tipo de aventuras y tener este tipo de destino, según la suerte que tenga en su aventura.
Este fenómeno tuvo enormes posibilidades y terminó con una cosa que no sé si quedó bien clara. La movilidad social fue muy intensa, pero no tanto que no llegara a estratifican a algún sector. Ya inclusive a fines del siglo XI y el XII. Uno se estratificó por sobre todos: el patriciado. Llamamos patriciado, palabra que se usa en algunas ciudades italianas y flamencas, a una clase social burguesa que, por alguna razón especial, capitalizó antes que otras.
Se ha discutido mucho el origen de esta capitalización precoz. Se supone, por ejemplo, que ha habido cierto tipo de aristocracia menor que ha tenido un capital inicial. Por ejemplo, una aristocracia menor a quien por algún determinado juego del azar le tocaron molinos, pongamos por caso, porque tenía una parcela cerca de un río o lo que fuera. El caso es que de pronto alguien de la nobleza menor, es decir que tuviera la necesidad de hacer producir sus recursos, que no pudiera quedar librado a la explotación extensiva de sus campos, tuviera un medio de capital. Molinos, viñedos, olivares. Es decir, gente que tuviera tierras cuyos productos pudieran ser objeto de manufactura. Con lo cual había un individuo que tenía una materia prima que podía manufacturarse, luego venderse, y por este camino el individuo entrar en la cadena de la actividad mercantil y manufacturera. Podía ser también gente de pequeña nobleza que vende su tierra y que de allí saca un dinero precoz. Y que en un azar de factores favorables puede hacer rendir su dinero y acumular un capital antes que otros.
El caso es que, en casi todas las ciudades medievales, a cierta altura de su desarrollo sucede que hay un grupo de familias que ha saturado lo que podríamos llamar la primera napa de la gran altura. Además, podríamos decir que era una situación relativamente fácil de controlar. Había tres o cuatro necesidades colectivas que llenar. Se sirven bien estas necesidades, se monopolizan estos servicios y se instalan en una posición qué será inamovible. Ese grupo de familias es el que llamamos el patriciado.
Por debajo se estratifican otras clases, pero esto tarda un poco más. Aunque muy pronto empiezan a estratificarse los oficios, la artesanía. Y otra cosa que se estratifica más o menos precozmente son algunas industrias que tienen algún tipo especial de manejo; por ejemplo, la industria naviera, que requiere grandes capitales y mucha mano de obra especializada. En ciudades como Venecia o como Génova esto influyó grandemente. En Amalfi y otras ciudades marítimas esto influyó mucho para crear una estructura de clases. Porque no es una industria que cualquiera la puede aprender: había que tener mucho capital. También se dio en otros casos que se requería algo parecido: la industria textil. Y en algunos otros casos la industria metalúrgica, como la del cobre y el bronce en el país de Lieja que se organizó también muy rápidamente como industria empresarial.
Y respecto al marco cultural, hacia el siglo X y el XI, se abrió una corriente de ideas verdaderamente extraordinaria. El contacto con el mundo oriental tuvo consecuencias verdaderamente extraordinarias, porque se mantenía allí un tipo de vida con respecto al cual todos los valores tradicionales cristianos estaban en situación de oposición. Y naturalmente hubo allí un trasiego de costumbres, de valores y de juicios, que tuvo una enorme importancia.
Son los elementos que hacen a la vida corriente lo que tienen un punto de incidencia verdaderamente importante, porque empieza a parecer en relación con esto algo que será, por una parte, la negación fundamental de lo que llamaríamos la concepción cristiano feudal de la vida y que va a ser, cuando cuaje, lo fundamental de la concepción burguesa, que es el hedonismo.
A la idea de heroicidad y sacrificio, a la idea de ascetismo, se le opone una idea que no es necesariamente oriental, que era romana antes, pero que, en los países del Cercano oriente, donde condujeron las cruzadas, estaba en pie. Y esta concepción hedonística, que Horacio había expresado en aquel famoso verso “carpe diem” -hay que gozar el presente, se traduce habitualmente- resurge consustanciada con la vida burguesa, que es la vida de una clase que cree tener con qué comprar el goce. Y empieza a producir y a ganar para comprarlo. Y comienza esta cadena que termina en el televisor.
Surge esta cadena de comprar el goce, que está en la primera napa del desarrollo de esta nueva economía, de esta nueva clase social. Naturalmente esto significaba un impacto fundamental sobre la concepción cristiana, y esto ha de originar todos los conflictos del …
Clase 13. Miércoles 29 de abril de 1964.
Hasta ahora hemos examinado sucesivamente diversos factores de cambio que producen este viraje en relación con el cual descubrimos la aparición de la burguesía y el ajuste de la sociedad feudo-burguesa. Hemos hablado de la expansión periférica, de la formación de nuevas clases, del desarrollo de la movilidad social, de los contactos de cultura y de la renovación del sistema de ideas. Nos queda decir algunas cosas sobre la alteración de los factores de poder, y enseguida entramos al análisis del proceso de cambio.
Insistí en la situación de esta nueva clase que comienza a constituirse, y que de una manera muy genérica puede llamarse “burguesía”. Esta posición de la burguesía no debe ser entendida como una clase que se interponía entre los dos sectores tradicionales que se había constituido con el sistema económico-social tradicional de la sociedad feudal. En esa sociedad había un vínculo estrecho, indisoluble, entre la clase de los poseedores de la tierra y la clase de los que no poseían la tierra pero que dependían de ella para vivir. La característica de la burguesía no es la de constituir una clase media. como suele entenderse. No es una tercera clase en esta escala; es una clase dentro de otra escala. Su función económico-social es totalmente distinta.
Esa diferencia reside fundamentalmente en que este nuevo sector comienza a funcionar a partir del momento en que pone en funcionamiento esos dos nuevos medios de producción que empiezan a tener importancia: trabajo y capital. A diferencia de lo que ocurre con las otras dos clases que están sometidas al Imperio de un medio de producción que es la tierra, esta clase trabaja con otros medios de producción.
Su función se desarrolla sin entrar necesariamente en relación con el sistema económico-social que crean esas otras dos clases; por el contrario, crea desde el primer momento otro sistema de relación, que en un primer momento vale para un número muy pequeño de personas y luego para un número cada vez mayor, pero siempre para un cierto número de personas. La burguesía se caracteriza efectivamente, pues desde que aparece va a crear un sistema de relaciones que vale solo para ellos. Dentro de poco tiempo surgen magistraturas destinadas a resolver los problemas que surgen entre ellos.
La burguesía empezó como un grupo muy compacto, absolutamente marginal a la sociedad tradicional; y como era marginal y además débil al principio, nadie reparo mucho en él y pudo crecer. Fue marginal en parte porque formaron parte de esos grupos ciertos elementos sociales que ya eran marginales por otras razones, especialmente los grupos judíos.
No eran estos tan marginales hasta el momento en que se incluyeron en este grupo que le era afín por razones económicos-sociales. Había un principio de marginalidad, pero que era escasísimo. Es bien sabido que la aparición del antisemitismo en la Edad Media se produce en el momento en que estos sectores se hacen fuertes en el área de la economía dineraria y en el momento en que empiezan a aparecer sectores nacionales que quieren hacer desaparecer la competencia, tratando de eliminar al sector judío que era un grupo competidor y que era un blanco sobre el que castigar. La burguesía en general era tan marginal, que el tipo de relaciones que suscita un tipo de institucionalización de esas relaciones que solo es válido para el grupo.
Podría darles un ejemplo, para mostrar la importancia que tiene este punto de la alteración de los factores de poder, recordando la significación que tuvo un proceso muy semejante en la Roma republicana del siglo III antes de Cristo, cuando se constituye lo que habitualmente se llama la plebe. Todos los viejos manuales que siguen diciendo que en Roma existían patricios y plebeyos, se están refiriendo a un concepto tradicional ya insostenible. Cuando empieza a aparecer la plebe en la ciudad de Roma, (pues no aparece originariamente más que en la ciudad de Roma), esta plebe no se constituye como una segunda clase que se opone al patriciado. Esto es falso, pues el patriciado era una clase poseedora de tierras y tenía quien le trabajará la tierra, que eran los esclavos o siervos; esta era la segunda clase. Esta relación biunívoca se da exactamente igual a la de señor-siervo en la Edad Media.
La plebe es una población marginal que aparece en el límite de la “Roma cuadrada”, porque el valle del Tiber era una zona de encuentro de la economía del centro y norte de Italia, con la zona griega. En esta zona de intercambio, (el valle del Tiber), se encuentra una región que es casi la frontera, dónde se ponen en contacto dos áreas económicas y en el linde se forma esa población plebeya, la cual tiene exactamente la misma actitud de la población burguesa de las ciudades medievales. Si ustedes recuerdan, la población plebeya requería en las primeras revoluciones el derecho de tener un Tribuno de la plebe, es decir un magistrado que es de ellos y para ellos; no requerían formar parte del gobierno pues ellos no pertenecían a la “Roma cuadrada”. A ese magistrado se le reconoce el derecho de presentarse a las autoridades para decirles que tal medida no la aceptaban, pero siempre operando desde afuera, pues no estaban integrados.
Este proceso se va a volver a dar. Un grupo marginal, que empieza organizándose para sí y cuando está organizado se enfrenta con el resto. Y toda la historia de los conflictos medievales es el enfrentamiento de dos cosas distintas, que se van a fundir poco a poco. Pero entretanto la burguesía tiene sus propias autoridades; los jefes de los oficios en las ciudades, son jefes que se dan a sí mismos estos grupos que no están integrados, es decir que están marginados, y que poco a poco va cobrando volumen, desarrollo y poder. Ese poder lo logran gracias al inmenso esfuerzo de mantenerse unidos; y se mantienen unidos por esos magistrados que se dan, que durante mucho tiempo tienen un sentido corporativo, pero llega un momento en que tiene un sentido político. Cuando en Italia, il popolo crea lo que se llama Il capitano del popolo, crea un magistrado que tiene poder político, y que tiene fuerza militar, y la comuna florentina le reconoce el derecho de reclutar y mantener un ejército. De tal manera que la ciudad tiene dos ejércitos: el ejército de la Comuna que manda el Podestá, y el ejército del “popolo” que manda “Il capitano del popolo”. Este se organiza para contraponerse al otro sector y tratar de integrarse pero sometiéndolo. De esto resultan las luchas que duran hasta el siglo XIV.
En cuanto esta clase empieza a crecer tiene cada vez más dinero, en tanto que la clase tradicional es rica en tierra, pero no en dinero. Si la clase tradicional quiere ser rica en dinero tiene que entrar en el tipo de relaciones que ha creado la clase rica en dinero. Y entra de muchas maneras; una de ellas es orientar su tipo de producción rural, que era meramente de subsistencia, hacia una producción de mercado, lo cual requiere un cambio sustancial de la estructura del señorío. La burguesía va constituyendo una economía de mercado, y entonces atrae al tipo de explotación tradicional a su sistema. Así se empieza a hacer la conjunción, y los que tienen que ceder son los antiguos poseedores, que se convierten en económicamente débiles, ya que son solamente ricos en tierras.
Empieza a manifestarse una fuerte presión para que ese poder tradicional transija con este nuevo sector social, y comparta de alguna manera su poder. A partir de ese momento el tipo de autoridad que antes solo ejercía el señor, no puede mantenerse donde aparecen estos estos sectores burgueses. En aquellas ciudades donde se produjo esta transformación que llamamos mercantilización, las clases tradicionales tuvieron que empezar a reconocer que se levantaba un poder que no estaba dispuesto a someterse de manera total.
El poder tradicional, aunque pierde poder económico utiliza todo su poder social, para destacar la ausencia de dicho poder social que tienen las clases nuevas. El poder tradicional tenía un fuerte prestigio, mientras que, por el contrario, las clases nacientes tenían un gran desprestigio, pues las gentes que la componían se sospechaba que tenían un origen servil, que además se dedicaban a actividades que, hasta ese momento, todo el mundo consideraba de tipo inferior: sus tareas se realizaban manualmente, y en una sociedad que se caracteriza por el predominio de una clase ociosa, tales actividades eran típicamente despreciables. Estas clases necesitaron de cierto tiempo hasta cobrar algún prestigio social; en las primeras etapas el prestigio se obtuvo por el dinero. Los sectores patricios de las nuevas clases consiguieron acumular dinero, y por lo tanto un prestigio social sobre las nuevas clases dependientes. Así como en la estructura agropecuaria había una clase señorial y un conjunto de clases que dependían de ellos, en la naciente burguesía los sectores que antes empezaron a capitalizar y lo hicieron con más suerte se separan de los otros sectores, los cuales aparecieron por debajo como sectores que dependían de los primeros para ganarse la vida. El capital fue un medio de producción que empezó a ofrecer salarios.
Estás clases que se capitalizaban, empezaron a tener un prestigio urbano. Para conseguirlo empezaron a comprar tierras, en las que invertían parte de sus ganancias. Es un fenómeno muy típico, pues hay una aproximación decidida del patriciado a la tierra por una parte y luego un intento (que es muy típico de la historia social), que llamamos “la adopción del modo de vida”.
Vamos a poner un ejemplo que es muy característico: cuando alguien habla del Renacimiento, inmediatamente tiene tendencia a pensar en la famosa corte de Lorenzo de Médicis, con su poeta de corte, y su pintor de corte, y con sus banqueros, y sus amigos, y sus filósofos de corte; todo este ámbito en el que se desarrolla la música florentina de una manera extraordinaria, y todo lo que ocurre en ese período, de la impresión de que la corte de Lorenzo es una típica corte señorial. Pues la corte de Lorenzo de Médicis era una corte de un nieto de banquero que durante mucho tiempo había mantenido los hábitos del primer banquero. Cuando se hace jefe de la ciudad, cuando tiene bastante poder político y bastante dinero, esta familia de los Médicis empieza a variar su modo de vida. Varía el modo de vestir; y se aprenden las lenguas que hay que saber en cada momento; varía el modo de tratarse con la gente siguiendo una cierta etiqueta, el cultivo de ciertos hábitos, y el transformar repentinamente en hábitos ciertas costumbres que se ha observado que en las clases altas son hábitos efectivamente consolidados a través de siglos en situación de predominio:
Toda esta técnica transforma a un sector social en una clase aristocrática, en una élite. Le da todos los elementos exteriores, empezando por el lujo. Sombart ha estudiado este fenómeno muy bien en un pequeño trabajo que se llama “Lujo y capitalismo”, en el que explica la función de cierta parte del capital, que está destinada a adquirir los signos del estatus. Es lo que hoy se obtiene viviendo en tal tipo de vivienda, cambiando de automóvil, perteneciendo a tales instituciones.
Todas las aristocracias nacientes, en el momento en que han necesitado cobrar prestigio social, realizan el proceso que desarrolló el patriciado. Cuando logran primeramente el prestigio social que le permiten las relaciones de dependencia que crea con su dinero en cuanto a medios de producción, busca los signos del estatus. Inmediatamente suele ocurrir que los compre, y una de las vías normales de compra era el matrimonio. Los matrimonios mixtos eran una manera de comprar el estatus y luego todo el aparato que llamamos el modo de vida. A partir de ese momento, en distinta relación la ecuación de poder se da ya siempre entre estos dos términos: aristocracia tradicional de fortuna fundamentalmente raíz, y este nuevo patriciado que empieza a crecer imponiendo el mayor peso de la economía dineraria.
Vamos a ver ahora la introducción del proceso de cambio. La aparición de esta clase, en cuanto significaba un tipo de economía nueva, desencadenó a un ritmo no muy acelerado al principio, una crisis de la estructura tradicional. El primer signo de la crisis está dado por la tendencia incontenible de la economía señorial, que había sido fundamentalmente una economía autosuficiente y de consumo, a volcarse en una economía de mercado. Esto es en términos muy generales la definición de cómo se manifiesta la crisis.
En determinado momento, frente a estas posibilidades reducidas del señorío, empieza a aparecer rondando a este una economía dineraria; empieza a aparecer quién tiene mucha mayor capacidad de consumo y de compra. Se crea este desnivel: individuos que no eran nada al lado de los grandes señores, al cabo de cierto tiempo se habían transformado en gente que tenía mayor capacidad de compra y de consumo que el mismo señor. Este es uno de los fenómenos que se produce siempre que se contrapone una economía raíz con una economía dineraria. Este fenómeno fue tan inmenso que la economía tradicional no pudo soportar el impacto. No lo pudo soportar por una razón fundamental: la estructura económica señorial tenía dos elementos negativos que permitieron que esa economía sobreviviera, pero de ninguna manera soportara el enfrentamiento con otro sistema económico. El trabajo servil era muy poco rendidor; es cierto que era gratis, lo cual compensaba el escaso rendimiento cuando había enormes extensiones y cuando no había ninguna necesidad de intensificar la producción. Pero cuando se sintió hostigada por una economía competitiva, se reveló que no podía seguir funcionando.
Otra causa era la incapacidad técnica; la producción agropecuaria tiene durante mucho tiempo los caracteres de la producción romana, pero empobrecida con el tiempo; las tierras se hacían cada vez más pobres y las técnicas más elementales. Cuando en el área económica de la Edad Media empezó la roturación de tierras no mediterráneas, éstas habían sido conquistadas y colonizadas por las gentes que constituían el núcleo mediterráneo y que transportaron a estas nuevas zonas las técnicas mediterráneas. Se encontraron en zonas con un distinto régimen de lluvias, con distinto tipo de bosques, de madera dura, lo cual significaba que cuando llegaba la hora de limpiar una tierra para poder cultivar, ni siquiera servían las tradicionales aleaciones del hierro, porque eran distintos el suelo y los árboles; hubo que inventar otras hachas y otro arado. Se produjeron innumerables problemas de este estilo.
Quiero decir, que está economía tradicional, de trabajo servil y con una técnica muy limitada no podía soportar el embate de la economía competitiva que surgía a su alrededor. Tuvo que hacerse una producción competitiva, pero para esto, requirió modificar desde el fondo de la organización tradicional. Por eso decimos que entró en crisis: no pudo resistir con sus caracteres originales.
Clase 14. Martes 5 de mayo de 1964.
Sí partimos de la crisis de la estructura social del Bajo Imperio, poco a poco se montó esa nueva estructura económica-social que convencionalmente se conoce con el nombre de feudalismo. Del mismo modo ahora, habiendo analizado cuales son los factores de cambio que han incidido sobre la estructura económica social feudal, corresponde señalar cómo esos factores contribuyeron a provocar la crisis del sistema feudal tradicional, y como de esa crisis emergieron los elementos que estructuraron poco a poco algo nuevo que podríamos llamar la estructura económicosocial del precapitalismo.
Ya explicamos cómo se produjo la crisis de la estructura tradicional Ahora veremos: b) el delineamiento de la estructura burguesa; c) enfrentamiento, conflicto y ajuste de la estructura tradicional y la estructura burguesa.
Ya señalamos el paralelismo de los dos procesos; una crisis de estructura, una disgregación de los elementos que la integraban y una reordenación de esos elementos con otros en una nueva estructura. Eso se dio de manera decidida en la crisis de la estructura económica social del bajo Imperio: estructura en la cual a lo largo de varios siglos se produjo casi la extinción de uno de los armazones que componían ese todo que era el armazón correspondiente a la economía mercantil y dineraria. De modo que el proceso de la crisis se dio por la extinción de uno de los armazones que integraban la estructura tradicional; y por lo tanto el otro armazón, el de la estructura rural, perduró y se reajustó componiendo la típica economía rural que caracteriza a la economía feudal.
En este otro proceso que empieza hacia el siglo XI, el desarrollo es un poco distinto porque la estructura tradicional que es eminentemente rural no desaparece, sino que empieza a sufrir impactos. Por ejemplo, una crisis que proviene de los impactos que hacen en la estructura tradicional la aparición de una nueva economía de mercado. Pero esos impactos en esta primera etapa del siglo XI, XII, XIII, XIV y XV, no tienen tanta fuerza como para deshacer o alterar súbitamente la estructura tradicional.
Hay que entender esta crisis de la estructura tradicional y esta reordenación posterior -el delineamiento de la estructura burguesa- como un proceso un poco distinto del otro. Un proceso en el que la estructura tradicional empieza a sufrir ciertos impactos de ciertos factores de cambio, pero no se descalabra, sino que subsiste, aunque con pequeñas modificaciones, lo suficientemente pequeñas como para que no tengan repercusiones sociales inmediatas y profundas.
De modo que el proceso al que asistimos cuando observamos el delineamiento de la estructura burguesa y precapitalista es un proceso de impostación de otro conato de estructura que empieza a montarse trabado en la estructura tradicional: solo que en la medida en que se monta y se va trazando, desarma o altera la estructura tradicional sin que por eso desaparezca esta última.
A lo que vamos a asistir de aquí en adelante durante todo este proceso, es a una especie de impostación de otro sistema económico que durante una cierta etapa funciona de una manera ligeramente marginal, y poco a poco empieza a integrarse y cada vez más; pero durante mucho tiempo sin desarticular la estructura tradicional.
En algunos lugares la desarticula un poco más y con cierta rapidez: en las áreas que llamamos típicamente mercantilizadas (por ejemplo en Flandes, las zonas de Picardía, de Artois, las dos provincias del norte de Francia) donde se produce una desarticulación importante, porque la zona fue mercantilizada rápidamente, pues la economía dineraria hace progresos muy rápidos, porque aparecen grupos sociales ricos en dinero que adquieren rápidamente poder económico, y enseguida poder político y social.
Lo mismo ocurre en algunas regiones italianas, especialmente en Lombardía y en Italia Central (zona de Toscana y Umbria). Allí también la aparición de una clase mercantil muy poderosa, de organizaciones mercantiles muy fuertes y de grupos sociales muy ricos e influyentes, hace que la influencia de estos grupos revierta sobre la estructura rural y la altere considerablemente.
En otros lugares donde no se produjo este proceso de mercantilización en tan alto grado y de manera tan completa, la alteración de la estructura tradicional fue muy lenta y en algunos casos (como en las zonas marginales de la Europa Occidental: Hungría, toda la zona este de Alemania, la zona báltica, etc.) no se alteró nada durante mucho tiempo. Esto se debió a la naturaleza del desarrollo mercantil en esos lugares, que no incidió mucho sobre la estructura rural, en tanto que la actividad mercantil del siglo XI o del siglo XII tenían como fundamentales los productos de mercado, los productos que salían de la economía rural. La clase mercantil trabajaba en productos manufacturados, pero fundamentalmente comerciaba en artículos que producía la tierra, trabajaba con materias primas que manufacturaba y vendía, pero era una economía que no podía prescindir de la economía rural y por eso no tendía a destruirla.
No tendía a destruirla, cosa que si ha ocurrido con la economía industrial moderna. Por ejemplo, en Inglaterra donde el desarrollo industrial ha tendido a destruir la actividad de la economía rural; la ganadería inglesa era sumamente fuerte hasta fines del siglo XVIII, y se había transformado en una ganadería de calidad; uno de los aspectos fundamentales es la exportación inglesa de ganado fino para cruza o un tipo de explotación muy fina sobre la base de la cría en establos para producir un producto sumamente caro y refinado. En el siglo XIII y en el XIV, lo fundamental de la exportación inglesa era la lana que mandaba a los Países Bajos; luego producía todo lo que se consumía y hoy es una gran importadora; a esto hay que llamarlo, si no destrucción, una transformación fundamental.
En el período que estamos explicando, la economía mercantil no prescindió de la economía rural, porque el elemento fundamental de actividad mercantil es precisamente el producto de la tierra. La actividad mercantil funciona sobre la base de la actividad tradicional; el gran comercio es vender artículos manufacturados, pero lo que hizo el desarrollo de las ciudades no fue eso solamente; dio la trama gruesa de la actividad mercantil y eso permitió el gran comercio internacional, sobre el que se montó un régimen financiero internacional bastante desarrollado, aunque la mayoría de la actividad mercantil sigue siendo todavía sobre productos de la producción rural.
La primera actividad mercantil internacional estaba basada sobre productos, pero eso es la súper epidermis, que tiene un valor sensacional de impacto en un determinado momento en que eso significa una apertura. Y cuando se descubre eso y se sabe que ahí se inicia un proceso que va a terminar en la organización del comercio internacional tal como lo conocemos hoy en día, en un proceso que es continuo, le asignamos una enorme importancia.
Pero es un error, pues en ese momento no se producía de ninguna manera un impacto que fuera verdaderamente profundo. Nosotros le asignamos una gran importancia en la medida en que lo vemos como primer eslabón de un proceso; pero ahora queremos demostrar la supervivencia de la estructura rural, y que toda esta estructura precapitalista burguesa, se va formando despacio como pequeños grupos adosados a la economía rural tradicional, que no pueden prescindir de ella, y que tiene de ella los productos fundamentales de su actividad.
El mercado urbano era en un 90% artículos de tierra, y en un 10% de artículo manufacturado. Son protegidos y se auto protegen y como son los grupos dominantes en la ciudad, adquieren muy rápidamente el control de la ciudad y desde el control de la ciudad los productos protegen cada vez más. Pero esa estructura era intocable, y fue intocable por dos causas: uno porque los poseedores de la tierra no fueron compelidos a abandonarla por actos de tipo político, pues en ninguna parte hubo revoluciones. Ni siquiera cuando en el siglo XIV hay revoluciones agrarias, estas significaban el despojo de la tierra. La Jacquerie francesa (1357-58), o la revolución de los campesinos ingleses de 1382 son revoluciones o de pequeños campesinos o de gente que trabaja la tierra sin propiedad y que quieren mejoras en su situación o que las liberen de su vínculo feudal, pero de ninguna manera es un intento de modificar la estructura rural pues no hubiera sido posible.
Si se modificó la estructura feudal fue por otra cosa: por la aparición de un nuevo tipo de propietario rural, que fue el burgués enriquecido que empezó a comprar tierras. Y entonces se modificó un poco por los burgueses enriquecidos que compraban tierras (desde el siglo XII y muy frecuentemente en el XIII). Cuando el burgués entra en la tierra, lo hace con una mentalidad y una actitud económica distinta. Compra la tierra como un bien de producción, para hacerla trabajar según las leyes del mercado. Fue muy frecuente que los señores tomaran parte en la mercantilización. Hay una institución en las ciudades italianas que es la “Commenda”, o sea la sociedad en comandita, en donde el mercader que corre la aventura de llevar y traer mercadería opera con dinero que le dan gente ricas que se van desplazando poco a poco.
Weber dice: hay un hiatus imponderable, muy difícil de percibir pero que evidentemente existe y no se incorpora al grupo mercantil hasta no cambiar de género de vida, hasta que no empieza a ser una actividad racionalizada. Los nobles prefirieron una nueva manera de ganar, con la que se gana mucho más y además en dinero, y la Iglesia también entró. A medida que crece el precapitalismo, el que no se enriquece de esta manera se empobrece de manera relativa.
Esta introducción está destinada a fijar este concepto: no hay que considerar estas dos economías y esos dos grupos sociales, y estas dos estructuras como dos cosas que se enfrentan y aniquilan, porque eso no existe. La clase terrateniente tradicional de los señores vio aparecer esta pequeña forma de economía marginal con desprecio; cuando vio que había dinero, decidieron quitárselo como pudieran. Durante la primera etapa del desarrollo mercantil de la economía dineraria aparecen los “caballeros ladrones”, que es un fenómeno que aparece mucho en la leyenda medieval. La primera reacción de la clase aristocrática tradicional latifundista, terrateniente fue quitarle todo a ese buhonero que transitaba por los caminos; y eso creo el caballero bandolero que era un señor con un señorío que le daba para vivir escasamente, y le quita al buhonero lo que tiene, pasando eso a su señorío. Pero cuando el buhonero pasa 2, 3, 10 veces, y todas las veces que pasó por la aldea vecina, ese intercambio de dinero, descubre que es mucho mejor explotar esa actividad metódicamente, y para exprimirlo sin aniquilarlo lo primero que hace es hacerle pagar los derechos de portazgo o peaje.
En un momento el señor que explotaba el pequeño comercio naciente de esta manera, descubre que no le conviene explotarlo tanto, porque el buhonero podía pasar por otro puente, y otro camino, y se combinaban así dos males: 1) no le pagaban ni portazgo, ni peaje, ni aduana, etc.; 2) no dejaba correr dinero en las aldeas de su señorío. Pero -lo más grave- hacía correr dinero en el señorío de al lado. Es decir que se descubre el problema de los costos y el problema de la economía competitiva, que es el fundamento de ese desarrollo mercantil. Y entonces el señor concede libertades de peaje y empieza a aparecer el ius mercatorum, el derecho de -o para- los mercaderes. Los mercaderes formaban la feria en la plaza del burgo bajo la protección del Rey. Esta gente iba de un lado a otro y dejaba dinero en cada lugar y el conde no tenía que recurrir a esa pequeña moneda del peaje.
Cuando hablamos de la aparición de normas de mercaderes para mercaderes, dijimos que todo esto se hace por intermedio de grupos organizados en corporaciones, que son asociaciones de mercaderes que se daban ellos así mismos la paz; los mercaderes tenían sus puestos; iban en grandes grupos con una pequeña tropa mercenaria, y se aseguraban el tránsito y las ferias que instalaban, y combatieron cuando fue necesario hacerlo. El prestigio de la economía mercantil se impuso a casi toda la nobleza tradicional, que prácticamente la protegió.
El Hansa empieza a funcionar a fines del siglo XIII, y se organiza en el XIV, y es un caso típico porque repite de manera tardía, y en el ámbito marítimo, lo que antes había ocurrido el en el ámbito terrestre. El caso del Hansa es el mismo esquema en otro panorama, que tiene una cosa muy distinta. Y es que el enemigo no era aquí un enemigo institucionalizado; porque en enemigo de la navegación marítima era el pirata, que era un hombre fuera de la ley; por lo que combatir con el pirata en los mares no era lo mismo que combatir en cada señorío al señor. Estas ciudades llegaron a constituir formidables potencias mercantiles, y marítimas en el sentido militar, y entonces se asociaron y dominaron o monopolizaron la totalidad del mercado y crearon una especie de sistema que era apenas una excrecencia del sistema mercantil.
La monarquía se aprovechó del sistema mercantil, y lo transformó en el sistema administrativo real. Cuando llegamos a la monarquía absolutista, su mecanismo administrativo es en grande el sistema mercantil urbano inventado por la burguesía.
Clases 15 a 17. Miércoles 6, jueves 7 y martes 12 de mayo.
Faltan.
JLR dictó al menos la clase 17, donde aparece el tema de la primera y la segunda expansión mencionado en la clase siguiente. Probablemente las clases 15 y 16, sobre el ciclo de la burguesía urbana, fueron dictadas por la profesora Reyna Pastor de Togneri.
Clase 18. Martes 19 de mayo de 1964.
4. Los cambios sociales en la época de los estados mercantilistas, Siglos XVI XVIII
Quedó indicado en la última clase, en una forma esquemática e indirecta, [Clase 17, Falta] cómo opera la expansión periférica en relación con la aparición de nuevas posibilidades, que, formando una línea continua de desarrollo, a partir del proceso que empieza en el siglo X o el XI, y por la magnitud de su desarrollo, puede presentarse como un fenómeno con ciertas variables cualitativas, con ciertos rasgos que hagan de un cambio que es en principio cuantitativo, un cambio cualitativo.
3. a. La expansión oceánica y la acumulaciòn del primitivo capitalismo mercantil.
Una vez que se produce esta expansión, se abren las nuevas rutas: una ruta que, saliendo del Mediterráneo, se lanza al Atlántico, y en este se bifurca; otra que rodea toda el África y que termina en el Extremo Oriente; otra, que se dirige primero al sur, en las Canarias gira hacia el oeste y llega a América.
Una vez abiertas estas rutas, quedan establecidas inmensas posibilidades, que giran todas alrededor de la incorporación de materias primas naturales al mercado europeo. El símbolo de esto es el llamarle Brasil al territorio donde había un árbol, al que habían llamado “palo brasil” porque era colorado y lo asociaron con una brasa. Y esto ocurrió en todos los lugares donde se llega, tanto en Asia, África, o América; cada uno de los lugares, a los que se llega sirve para conseguir una determinada cosa, la cual se embarca y se lleva a Europa.
El fenómeno que vemos en este momento es el retorno; lo importante no es el viaje de ida sino el de vuelta. Es fundamental lo que los barcos traen a Europa, pues se inicia en el siglo XVI, lo que se va a llamar en el siglo XVIII la gran concentración de materias primas, que se produce en Europa durante ese período, y que tiene mucho que ver con el desencadenamiento de revoluciones sociales.
Efectivamente estas posibilidades requieren dinero. La historia de Pinzón, y la de las joyas de la reina Isabel forma parte de la historia anecdótica de los viajes, que están llenos de este fenómeno. Aparece la necesidad de dinero cuando surge la empresa a la cual hay que financiar. Hay que construir la nave, tripularla, comprar cosas para llevar. Ahora bien, el dinero está, el dinero está; el dinero es esto que llamamos el primitivo capital mercantil acumulado.
A fines del siglo XV, lo que estaba disponible era el ahorro operado sobre dos o tres siglos de economía burguesa urbana. Así como en una primera etapa decantó una clase especial -el patriciado-, que había acumulado ahorro, esa acumulación siguió creciendo, y dio lugar a la aparición de empresas grandes, de organizaciones de tipo bancario. Y todo eso se acumuló, dando lugar a la aparición de un capital disponible; había capital disponible, pues había habido un ahorro mayor que el que permitían utilizar las posibilidades tradicionales. Por eso había capital disponible, pues las posibilidades se multiplican infinitamente. Ese sobrante disponible es el que empieza a invertirse. A esto me refiero cuando hablo en el programa de “Expansión oceánica, y la expansión del primitivo capital mercantil”. Es decir que lo que llamamos la explotación de los continentes recién conocidos desde el punto de vista del aporte de materias primas a Europa, eso fue pagado con el capital acumulado por la economía burguesa urbana, durante los últimos siglos medievales.
Como en España había habido un escaso desarrollo burgués urbano en la Baja Edad Media, ese capital se acabó muy pronto. En cambio, en Holanda había habido un capital acumulado en una pujante economía urbana medieval. Fue el capital holandés, o el capital inglés el que empezó a funcionar. Aquí terminamos el primer punto.
El segundo factor de cambio que influye ya inmediatamente de una manera notable, es la organización de los estados nacionales absolutistas. Este hecho es muy significativo. El primitivo capital mercantil acumulado reside en ciudades, nace en la economía urbana. Pero en los últimos tiempos de la Edad Media se da un fenómeno que es el mismo que está en la raíz de la explotación y las posibilidades coloniales: hay un capital superabundante. Este capital tiene una historia muy compleja, pero que se puede resumir así: el ámbito de los negocios que es capaz de montar y desarrollar la burguesía urbana excede los límites urbanos. Dicho de otra manera sería así: a fines de la Edad Media se comprueba que la economía urbana se ahoga si se la deja constreñida a la ciudad. Por ejemplo, el mercader de la industria textil tiene que salir de la ciudad, y entonces organiza el Hansa germánica. Esto hace que se cree un mercado occidental, que tiene una enorme capacidad de absorción, y entonces las ciudades respiran. Pero entonces la economía urbana, que necesita de un mercado, está transformándose en un mercado extraurbano. Una de las posibilidades es una liga de ciudades mercantiles, que hace una especie de mercado común.
El caso es que hay otros lugares de Europa donde el planteo fue de otra manera. En ciudades que habían surgido en lugares donde había una tradición territorial, el burgués dice que no tiene por qué aliarse a otras ciudades; sino que tratará de conseguir del poder central que es fuerte -en Francia la monarquía era ya muy fuerte en esta época-, una protección que le valga para ir con su mercancía desde la ciudad hasta otra, con el salvoconducto del Rey.
Eso no lo podía decir el comerciante de Brujas, por ejemplo, pues no tenía a quién pedírselo, pues no estaba inserto en un estado territorial fuerte e importante. Pero en las ciudades de Francia sí podía hacerlo. Esto también ocurrió en Inglaterra; también en Aragón y en Portugal. Estos son los estados en que ocurre: Aragón, Francia, Inglaterra. En otros estados ocurrió mucho menos.
En estos tres lugares ocurrió una cosa muy importante. Las burguesías, es decir las clases poseedoras, las clases productoras que tenían capital disponible, buscaron una expansión para sus mercados que estuviera al nivel de las posibilidades de su capital. Para eso buscaron un poder político que le prestara a este desarrollo comercial la misma protección que antes le prestara -en otra escala- a la Comuna. En Francia los comerciantes se encontraron con reyes como San Luis o Felipe Augusto, y el negocio fue muy claro. La monarquía descubre que esto es un aliado formidable. Descubre que le puede dar a la economía mercantil y manufacturera seguridad en una vasta zona, que corresponde más o menos al ámbito de desarrollo que es capaz de cubrir con su potencialidad económica este tipo de actividad. Y así nacieron las llamadas monarquías nacionales, los estados absolutistas.
No es una casualidad que Maquiavelo -quien escribe en los primeros años del siglo XVI- cuando piensa en el príncipe moderno, piensa en Fernando de Aragón, y en Luis XI. A esos les ve de moderno un poder político muy sólido y muy firme. Un poder político fuerte que le puede ofrecer a la nueva economía precapitalista -y ya capitalista en algunos lugares-, seguridad.
Entonces se produce una alianza, y rápidamente la economía urbana capitalista se transformó en economía capitalista nacional. Reciben el apoyo de un poder político que le puede ofrecer seguridad, e inmediatamente devuelven el favor, y contribuyen de una manera decisiva a fortalecer esa autoridad, porque le dan dinero, y por lo tanto ejército, pues con el dinero los reyes empezaron a tener ejércitos mercenarios. Y así nacieron los estados nacionales absolutistas, que se dan en lugares donde hay las máximas garantías de seguridad; es el caso de Luis XI en Francia, de Enrique VII Tudor en Inglaterra, de Fernando el Católico en Aragón.
Además, proporcionan una gran garantía suplementaria, pues estos estados son dinásticos, y entonces además de tener los reyes una gran autoridad, se puede prever que no se va a dar una de las crisis típicas, que es la de la sucesión. Se ofrece continuidad política. Para los mercaderes hay una garantía total, pues saben que cuando muere el rey le va a suceder su hijo. Esto es una diferencia a favor de estos reinos nacionales absolutistas dinásticos, como el caso de Aragón, por ejemplo, que es un reino de vieja tradición burguesa. La palabra dinástico, era una garantía más de seguridad.
La palabra absolutista es un concepto que conviene aclarar. Lo que significa visto desde hoy la palabra absolutista contiene una nota peyorativa; para ellos era una nota positiva. Monarquía absolutista quería decir monarquía antifeudal; era un poder político con los caracteres de objetividad que van a configurar la noción de estado, que significa la instancia superior entre dos distintos grupos sociales. Los grupos sociales que contaban era la vieja riqueza -que era la clase feudal- y la nueva riqueza -que era la clase capitalista. El rey absolutista era un rey que no se casaba con la clase capitalista Pero la clase estaba tan inerme que no exigía tanto; le bastaba con que se desentendieran de la dependencia de la clase feudal, y adoptaran un mínimo de ecuanimidad. Y el absolutismo fue eso justamente, adoptar una posición frente a los intereses del Estado, y dejar que crezca esta clase que se ha puesto al amparo de la monarquía.
Al cabo de muy poco tiempo esta política de la monarquía recibe un nombre que pasa a la historia del pensamiento económico, inclusive del pensamiento político. En última instancia, el mercantilismo es actividad económica protegida por el poder político. Y así habían nacido las burguesías en las ciudades, y así consiguieron trasladarse a la órbita de los estados nacionales, protegidas por el Estado.
Esto es lo que le da la fisonomía a toda la expansión oceánica. El gran instrumento de la expansión económica oceánica son las compañías. Las famosas Compañía de las Indias Orientales, o la Compañías de las Indias Occidentales son verdaderos monopolios de Estado. Pero si se razona un poco, se ve que no es una operación económica en la cual el Estado haya puesto el capital. Los barcos eran barcos mercantes, tripulados por mercaderes, cargados de mercadería y protegidos por las armas reales. Esto, traducido en términos de economía política, se llama mercantilismo; es decir actividades mercantiles privadas, totalmente protegidas por el Estado. La flota de guerra protegía al comercio privado, y esto es lo que se llama mercantilismo, desde el punto de vista de la política económica. El Estado no cobraba, pero sí cobraban las personas físicas que representaban el Estado.
Este ensayo, la burguesía capitalista de principios de Edad Moderna lo hace muy a gusto en lo que respecta a los estados nacionales absolutistas, porque allí se dan las mejores condiciones. El caso es que lo había intentado en otras partes en condiciones menos óptimas.
Se había intentado en el proceso de la signoria italiana. Desde el siglo XIV, todas las ciudades italianas ven un proceso paralelo; la comuna tradicional -que ya no era patricia-, termina en una dictadura, representada por los personajes del Renacimiento como los Sforza, los Visconti, los Gonzaga, y muchos otros. Todos estos señores son en la mayoría los jefes de la milicia comunal, que un día de golpe, se quedan con el poder, instaurando la dictadura. Esta dictadura está destinada a contener la movilidad social, que era propia de estas comunas, y a fijar el poder de las clases ricas, cuya preocupación principal era la seguridad. La dictadura -o sea la signoria– termina con todo este proceso de intranquilidad social que es característico del siglo XII y del XIII. En cuanto se instaura la signoria, el programa de gobierno es la conquista territorial, y la transformación del ámbito urbano en un ámbito territorial.
Los Visconti por ejemplo se apoderan del gobierno en Milán; los Médicis se apoderan del poder en Florencia, pero al poco tiempo se constituye el ducado de Toscana. Esto es porque la ciudad se ahoga dentro de sí misma. Y de la misma manera que en Francia el comerciante se pone bajo la protección del Rey, pues este tenía una vasta área, a la medida de sus posibilidades, en las ciudades italianas en cambio, las burguesías mismas procuraban crear áreas a la medida de sus posibilidades.
El caso de Toscana es típico, pues la gran preocupación era llegar a conquistar todo el Valle del Arno, y llegar a Pisa, o sea a las costas del mar. Lo que se buscaba era el área marítima. Lo mismo pasó con los duques borgoñones, quienes querían unir Borgoña y los Países Bajos, y en 1402 lo hicieron. Se creó un ducado de Borgoña, que empezaba en la zona mediterránea, unificado con las zonas del Mar del Norte.
Al empezar la Edad Moderna a comienzos del siglo XVI, el primer paso para dar salida a las posibilidades económicas de las economías urbanas fue buscar ámbitos territoriales; y así aparecieron los señoríos territoriales extensos e integrados económicamente como el caso de Borgoña en 1402, o si no un experimento, que es el que finalmente triunfó, que es la adscripción de la economía burguesa a las monarquías dinásticas.
De todos estos experimentos, que hicieron las monarquías dinásticas, fue el que prevaleció. Las monarquías dinásticas se hicieron absolutistas, se saturaron, se montaron sobre el esquema de la economía burguesa, transformaron toda su organización política, se beneficiaron con la nueva economía, con lo cual se produjo una especie de curiosa dicotomía entre el poder económico y el poder político. Esto es un hecho sensacional.
En la ciudad, la burguesía que tenía poder económico tenía poder político. En el momento que quiere cambiar de escala y pasar a la escala de los grandes estados territoriales, paga un precio, que es enajenar el poder político. Habrá luego que esperar a la Revolución Inglesa de 1648, y a la Revolución Francesa de 1789. La Revolución Francesa es una típica recuperación de ese mismo poder. Inclusive en el sistema institucional posterior a la Revolución -por ejemplo Napoleón y su Código- se descubre que era una especie de plagio, pues eso era lo que había intervenido como el núcleo original.
Lo que ocurre frecuentemente en estos procesos es que, cuando uno de estos factores interviene muy intensamente, el factor se transforma a sí mismo en uno de los elementos del proceso. Ese estado nacional, territorial, absolutista, dinástico, que se había transformado en el instrumento fundamental del cambio, se transforma de pronto en un fin en sí mismo. Y hay que llegar a la Revolución para destruir esta especie de falso mecanismo. Luis XIV creía que el Estado era un fin, y que el fin era él, pero no se dio cuenta lo que estaba pasando por debajo; pero el fin no era el Estado, como se comprobó con su sucesor. Fundamentalmente fue un elemento de cambio.
Clase 19. 20 de mayo de 1964.
Vamos a ver hoy el punto que se refiere a las Transformaciones religiosas y científicas, que se operan en este momento, relacionadas con los factores de cambio que vimos en las clases anteriores. Cuando nos introdujimos en el siglo XVI, nos encontramos con esa antigua efervescencia religiosa que se había manifestado desde que comienzan a producirse los primeros fenómenos sociales urbanos.
Justamente cuando empiezan a producirse los movimientos sociales de raíces económicas, en las ciudades medievales en el siglo XI, al mismo tiempo empezaron a producirse movimientos de tipo religioso, que la Iglesia calificó de herejías. El primero y más representativo fue el de la Pataria, de donde que el nombre con el que se conoció a estos herejes fue patarinos ; y luego sobrevino el de los albigenses, y luego el de los valdenses, luego el de los fraticelli, y otros innumerables según las ciudades. Eran movimientos intensos que se vinculan muy intensamente a los movimientos sociales; que tienen raíces sociales, a pesar de su carácter religioso.
Es entonces, cuando nos introducimos en el siglo XVI, que las antiguas herejías medievales han concurrido catalizándose en un movimiento de mucho vigor, que arraiga en vastas comarcas de Europa, triunfando en lo que se llama la Reforma. Había nacido una actitud disconformista en materia religiosa, lo cual significaba una actitud disconformista en materia moral, y en consecuencia, una actitud disconformista con respecto a todo el problema de la conducta individual y social.
Se crea este fenómeno nuevo, que es el triunfo de una heterodoxia religiosa, que se separa de la Iglesia de Roma, pero que se separa de una manera muy definida, donde el poder político en alguna medida la apoya, y se sustrae a la sanción eclesiástica. Este movimiento religioso prospera, pues no solo no es perseguido, sino que por el contrario es apoyado por el poder político.
Esto importa en el sentido de que se produce una división en Europa, entre la Europa católica y la Europa protestante. Desde el principio del siglo XVI la Europa se quiebra, y lo que había sido antes un área ecuménica -como decía la Iglesia- ahora es un área dividida, y empieza un largo período de conflictos religiosos con algunas etapas violentas y agudas, como la segunda mitad del siglo XVI en Francia. Lo que se llama las guerras de religiones.
Este proceso tiene una enorme importancia en la historia política, y puesto que divide a Europa en dos puntos antagónicos de una ferocidad terrible, tenía que arrancar de un hecho que tenía una importancia considerable. Esto nos obliga a considerar la crisis religiosa, -llamada la Reforma- como un factor de cambio sustancial. Este factor de cambio es al mismo tiempo resultado de un cambio, que cuando está muy maduro y se toma conciencia de él, se revierte en la realidad y opera con mucha más intensidad todavía. Este tipo de procesos es muy frecuente en la vida histórica
La crisis religiosa significaba un viraje en la conducta individual y social. El desarrollo burgués significaba naturalmente, la aparición de una nueva ética; y esta nueva ética trata de encontrar sus fundamentos absolutos, como toda ética. La ética burguesa quiso tener argumentos tan sólidos como los tenía la ética tradicional. Los buscó también en la religión y los encontró en la Biblia. No los buscó en la doctrina religiosa usual, sino que los buscó y encontró en la fuente de la doctrina.
La Reforma constituyó una nueva concepción religiosa. Pero como factor de cambio, lo que nos importa es esta derivación de la actitud religiosa en una actitud moral; o sea una teoría de la conducta individual y social. Esto consistió en dos o tres elementos que caracterizan a esta nueva ética. Hay uno, sobre todo. A estas nuevas clases sociales que vienen operando desde el siglo XI, y que llamamos burguesía, había una cosa en la religión usual, que chocaba profundamente, que era el desprecio por este mundo. En la religión usual, el énfasis estaba puesto en la salvación del alma y el desprecio por este mundo. Este mundo es despreciable, y todo lo que hay en él es despreciable, y el sentido de la vida consiste en la salvación del alma; esto era el ideal del monje, y también era el ideal heroico, que consistía en buscar la muerte seguros de que la muerte significaba la salvación en la otra vida.
Pero estas clases burguesas, que empiezan a operar un ascenso progresivo gracias a un nuevo tipo de actividad económica, a un nuevo tipo de vida, empiezan a suponer que esta actividad en la que consumen su vida tiene alguna importancia. Se da un fenómeno que consiste en el ascenso del valor que se le asigna a este mundo.
Desde el punto de vista de la concepción cristiana, eso tradujo en lo siguiente; ¿dónde reside el premio y el castigo? En la concepción tradicional, el premio y el castigo estaban en la otra vida; dejaba a esta vida como una especie de nebulosa, que no permitía que se diera nada que el hombre hace en ella como algo valioso, sino en función de la otra vida. Esto es lo que empieza a entrar en crisis y empieza a descubrirse que lo que se hace en esta vida tiene o debe tener un valor de fin en sí. Esta es la actitud espontánea de la burguesía.
Este hombre que lucha todos los días de su vida para conseguir ascenso social, y lo busca sobre la base de su enriquecimiento, ve que gracias a ese tipo de conducta ha triunfado, ha salido de la miseria, ha salido de la falta total de protección, y por el contrario, ha construido un mundo en el que él se siente protegido. Este hombre cree que ha hecho algo útil, y que esto que ha hecho es algo que se ha hecho en este mundo y puesto que ha tenido éxito, ha sido reconocido como algo bueno por la Providencia.
Este curioso proceso intelectual es el que comienza a operarse en la burguesía. Empieza a pensarse que ese tipo de conducta tiene una cierta justificación y la vida terrenal constituye un fin en sí misma. Y esta actitud, resulta que encuentra su fundamento en el Antiguo Testamento, pues en este, en sus textos más antiguos, se da mucho antes de que empezara a ordenarse la idea del más allá, que es escatología, lo cual se da más adelante con la influencia de las distintas religiones.
Todos los libros morales del Antiguo Testamento ponen el acento en una manera muy notable sobre lo que es la conducta del hombre en este mundo, y plantean el problema de si la felicidad o la desgracia no son ya en esta tierra, premio y castigo; este es el argumento sustancial del libro de Job.
Este problema es el que empieza a trabajar la imaginación de estas clases burguesas que no compartían el ideal heroico. Empiezan a pensar que la vida terrena tiene sentido, que el éxito en la vida terrena tiene valor de premio o castigo como parece probarse con algunos textos del Antiguo Testamento. Esta es la idea que empieza a madurar y es la que está en el fondo de muchos aspectos de la sociedad protestante.
Este fundamento religioso es lo que le dio una enorme fuerza al comportamiento económico, que conduce a una manera de vida, y ese tipo de conducta y ese tipo de moral ha marchado hacia la elaboración de un comportamiento que conduce a una manera de operar que ha llegado a cierto grado de desarrollo. Se llama capitalismo.
Si esto ha podido operar con tanta fuerza es porque se le dio un fundamento religioso, y con esta bandera se libró la batalla del protestantismo. Pero con estos principios se legitimó el predominio creciente de las clases burguesas, especialmente en los países en que esa doctrina fue aceptada, donde triunfó; son los casos típicos de Alemania, los países del Báltico, Inglaterra, Suiza y parte de Francia.
Triunfó quiere decir que se sobrepuso a la persecución de los poderes políticos aliados a la Iglesia y que por el contrario recibió el apoyo de otros poderes políticos; además triunfó obteniendo el consentimiento general. La burguesía alemana fue protestante independientemente de las persecuciones, pues ese tipo de normas las había elaborado ella, en la conducta cotidiana, real.
Es un poco la bandera contra las clases ociosas, para quienes vivir en este mundo no era trabajar en este mundo. Esta tercera clase encontró una fundamentación moral al trabajo. Aparece de paso una especie de convalidación de las clases humildes. Se comienza a decir que el humilde no por humilde era villano. Fundidas estas dos ideas, promueven el cambio de una forma sensacional, pues se constituye un aliciente formidable para la movilidad social. Esto es una justificación metafísica de la movilidad social.
Esto se vincula con un antiguo problema teológico, que es el del valor de las obras. Se asume el distingo aristotélico entre lo fáctico y lo potencial. Llevado al campo teológico, se empieza a decir que lo que vale son las obras, pero las obras que valen no son solo las obras del que mata al infiel, o del que se la pasa rezando, sino que también del hombre que trabaja y construye un porvenir para sus hijos.
Con esto indico el valor de cambio que tiene la mutación religiosa. No hay que ver en este momento la revolución religiosa sino la radicalización de una actitud que ya tenía varios siglos, que tenía la burguesía.
El otro factor de cambio que está indicado en este inciso, son las “transformaciones de tipo científico”. Conviene desvanecer algunas confusiones. No interesa cuando se inventa la brújula o cuando se inventa la imprenta sino el hecho socioeconómico de la necesidad de utilizarlos en el siglo XV. En el siglo XV y XVI, cuando empieza le expansión oceánica, hay mercado para todo eso. Gracias a la imprenta, el libro deja de ser una cosa de lujo. La burguesía reclama muchos ejemplares de estos libros, y surge la inquietud por satisfacerla: la imprenta. De aquí salen Galileo y Newton. Esto se transforma rápidamente en factor de cambio, y empieza a darse un desarrollo tecnológico.
Con la acumulación de capital, la organización de los estados absolutistas, la crisis religiosa y el desarrollo científico se enfrenta esta enorme masa de materia prima que la expansión oceánica pone en Europa. Todo esto conduce y termina con la Revolución Industrial.
Clase 20. Jueves 21 de mayo de 1964.
Espero terminar hoy con este análisis de los diversos factores de cambio que promueven esta mutación que se advierte en el tránsito del siglo XV al XVI, de los cuales ya hemos visto algunos. Nos quedarían: “La organización de los Imperios coloniales” y “Aristocracias tradicionales y burguesías; la redistribución del poder económico, social y político”. Voy a sintetizar la exposición, para terminar con los dos subtemas en esta en esta clase.
Hemos considerado hasta ahora como factores de cambio varios que son de diversa naturaleza. Hemos señalado algunos que son de carácter eminentemente económico, otros que son de carácter político, y otros que son de carácter religioso y científico.
El que voy a analizar en primer término, “La organización de los Imperios coloniales”, participa un poco de las dos primeras calidades, pues efectivamente la formación de los Imperios coloniales, vista desde Europa, es a la vez un proceso económico y político.
Los países descubridores fueron los reinos de Portugal y de España, estado éste constituido por la alianza de los reinos de Aragón y Castilla. Ellos poseían cierta experiencia en materia de expansión territorial, puesto que ambos habían logrado la recuperación de la totalidad del área geográfica que habían tenido en el siglo VII, arrebatando del poder de los musulmanes las zonas meridionales de sus estados. Esta experiencia naturalmente les había dejado una cierta enseñanza. Esta enseñanza originó una cierta orientación política, económica, y una técnica desde el punto de vista de la ocupación territorial.
La preocupación de España y Portugal en el proceso que se llamó “la Reconquista” había sido, sobre todo, ocupar el territorio y poblarlo. En esto consistió el trabajo de ambos países en los siglos medievales; avanzar la frontera llegando al Duero, al Tajo, y finalmente al mar. Y una vez realizada esta operación militar, crear el dispositivo militar en la nueva frontera avanzada y dejar en la retaguardia una vasta extensión de territorio en el cual debían tomarse las medidas necesarias para empezar a poblar y poner en funcionamiento. Entonces apareció una política con respecto a la tierra, apareció una política con respecto a las ciudades, apareció una política con respecto a las instituciones. Aparece también una política con respecto a los grupos de poblamiento que llevaban los nuevos conquistadores -que eran gente de confianza, que eran los instrumentos de la repoblación y de la Reconquista- en relación con las poblaciones que ya estaban, que en algunos casos eran de tradición cristiana y en otros eran de población cruzada con fuertes rasgos de tipo musulmán.
De tal manera que hubo una experiencia y una política definida en materia militar, y una política en materia de colonización propiamente dicha: ocupación de la tierra, poblamiento, administración, esto es lo que hicieron los reyes que fueron avanzando la frontera. Veían la manera de promover el desarrollo de esas tierras, una vez ocupadas; lo hacían poblándola con gente que gozaba de la confianza de la Corona, estableciendo las relaciones entre esa población y la población autóctona que había quedado. Establecieron el gobierno de las ciudades existentes de manera que fuera útil al nuevo poder conquistador: tratar de no anular esas ciudades ni tampoco la vida económica de los campos, para no crear un impasse en las tierras conquistadas y que la ocupación no significará una declinación. Y luego resolver todos los problemas de administración que se puedan imaginar.
Estas eran las preocupaciones más importantes de la Corona, cada vez que llegaba a un punto. España, lo mismo que Portugal, lo hizo con mucha seriedad, pues era una cosa sumamente importante.
Había un problema sobre el cual debía expedirse, y era si se poblaba la tierra conquistada. La política colonizadora se desarrolló sobre la base del principio de poblar. No sé si esto les parece obvio, pero fue diferente a otras políticas. Desde ya lo anticipo, pues luego voy a establecer el contraste con estas. Por ejemplo, la política de Holanda y de Inglaterra no fue poblar, sino establecer factorías en la periferia, y trabajar desde las factorías con la población indígena. Pero en el caso de España siempre se trató de poblamiento.
Cuando España llegue a América, continúa con la misma política. Lo hace acercándose a la costa, tomando contacto físico con el territorio y fundando ciudades. La ciudad fue el primer baluarte de la penetración. La historia de la conquista fue la historia de la fundación de ciudades. Se instalan, trazan el cuadro del ejido correspondiente con un arado, se distribuyen los solares, las quintas, y las estancias, e inmediatamente se nombra el Cabildo. Este mecanismo evidentemente no podía funcionar si no se le ponía adentro gente.
Este es el gran drama. Sí bien es cierto que toda la Reconquista se había hecho sobre la base de esta política, para ese pequeño campesino leonés, que se instala en Castilla la Vieja, significaba un pequeño desplazamiento. El campesino de Castilla la Vieja, de Salamanca, que cruza el Tajo y se instala en Toledo, realiza todavía un pequeño desplazamiento. Cuando llegan a las ciudades de Andalucía, después del triunfo de Fernando III en 1212 en las Navas de Tolosa, todavía se lo puede considerar un desplazamiento pequeño, dentro de un mundo que evidentemente no les era extraño ni les podía ser muy difícil arraigar en él. Esto es lo que hicieron en América. Que no es nuestro tema por el momento.
Hay que ver qué consecuencias tuvieron para los Estados europeos este tipo de política. Las consecuencias son muy complejas, pero hay un elemento que es muy importante. Y es que se produjo una emigración, o sea un éxodo de población. El primer fenómeno importante que ocurre en España y en Portugal es que la aparición de los Imperios coloniales significó un drenaje de población. Inglaterra y Holanda no tuvieron semejante drenaje de población; solo andando el tiempo hubo algún grupo que quiso irse e instalarse, y fue un grupo de élite muy elegido. No fue un impacto masivo como en España y Portugal, en últimos años del siglo XV y durante tres cuartas partes del siglo XVI, en dónde se produjo un verdadero éxodo. Son los vecinos que pueblan Buenos Aires, Bogotá, Caracas, México, Santiago de Chile y Lima. Los aborígenes trabajan la tierra para ellos, pero estas minorías urbanas salieron desde España
Visto desde España es un fenómeno de éxodo, de disminución de población. Emigró una población cuyo carácter es muy especial, similar al de quienes habían emigrado en el siglo X desde los valles cantábricos hacia la zona del norte del Duero, y luego el de las gentes que cruzaron el Duero, y de las que cruzaron el Tajo y se llegaron a la costa meridional. Se trata del mismo problema: se movilizaron gentes que preferían la aventura a la situación que tenían, es decir que no estaban “afincados”. En el Cantábrico, cuando empezó la Reconquista hacia la zona llana, quedaron en el lugar de origen los que estaban afincados; pasaron varias generaciones, se produjeron nuevos fenómenos demográficos y apareció gente no afincada, y esta gente es la que se afincó más allá del Duero. Pasaron años, hubo nuevas generaciones y estos son los que cruzaron el Tajo y estos son los que se afincaron en Castilla la Nueva y lo mismo ocurrió con Andalucía.
Pues lo mismo ocurrió en América; con pequeños matices pero en general esto es lo que ocurrió No es una casualidad el caso típico de Pizarro, que ha creado una leyenda. Uno de los elementos de esta leyenda es que era porquerizo, que cuidaba cerdos, y esta era una de las razones por las que él quiere venirse a América, y en América se transforma automáticamente en hacendado, en gran señor poseedor de tierras. Hubo también hidalgos, como don Pedro de Mendoza, pero la masa de la gente que constituyeron los vecinos de las ciudades del reino de Indias fueron fundamentalmente gentes no afincadas en España y que buscaban afincarse aquí.
España y Portugal tuvieron una quita considerable de población y está población fue de este sector de gente no afincada. Perdieron un sector que era uno de los que hubiera podido mantener activa la movilidad social, puesto que era gente que estaba en condiciones de aspirar a cosas y luchar por tener cosas y promover el proceso de tipo económico social en virtud del cual se cambiara un poco la situación.
La conclusión es, a la inversa, una sociedad en la que empieza a desaparecer, por no ser necesaria, la aventura local de las clases que pueden promoverla, porque creen que la van a correr con mejor éxito en otra parte. Es una sociedad que empieza a estabilizarse y esto ocurrió efectivamente. En España se acentúa una sociedad que ha sido llamada una sociedad hidalga. Entre los que se quedaron predominaban gente que estaban bien situados y se perdió cierta actividad económica social sumamente importante. En tanto que aquellos no afincados que se quedaron porque no quisieron correr la aventura, al cabo de cierto tiempo descubrieron que aparecía una segunda aventura, que fue el descubrimiento de la plata americana, las minas de plata de Guanajuato en México y el Potosí en el Alto Perú.
Se discute cuál fue el impacto que produjo en la economía de la península la presencia del oro y sobre todo la plata americanos. En cualquier caso, hay un hecho cierto, y es que la economía española se activó por la presencia de un medio de pago. O dicho de otra manera, con la abundancia de un metal que era equivalente del dinero, con lo cual, sin que hubiera mayor productividad ni mayor desarrollo económico, hubo en España un considerable aumento de los medios de pago.
Esta expansión de los medios de pago coincidió con un fenómeno muy importante y de gran impacto en la economía, como fue la expulsión de los judíos y de los moriscos La llegada de la plata americana fue un fenómeno que ocurrió en España, un país en que, por el mismo tiempo, el proceso de desarrollo manufacturero se encontraba quebrado por la particular circunstancia de haberse eliminado de España, por razones de tipo político religioso, a los sectores más activos de la producción.
Este oro y esta plata que empezaron a circular se transformaron en un instrumento de adquisición de bienes, predominantemente de objetos manufacturados. En ese momento la producción aumentaba cada vez más en los países vecinos, y en cambio en España había empezado a producirse cada vez menos. Con el agregado de que a comienzos del siglo XVI la Corona estaba en manos de un flamenco, el emperador Carlos V, que conservaba todas sus vinculaciones con su país de origen, que era Flandes, una de las zonas por entonces más extraordinarias como productora de productos manufacturados. De manera que este oro y esta plata, por mucho que se matice el problema, tuvo en el primer momento una fuerte tendencia a emigrar y emigró hacia los países productores de productos manufacturados, hacia Italia y muy especialmente hacia los Países Bajos. Quiénes recibían este dinero dentro de España eran ciertos sectores que aumentaban su poder adquisitivo y lo invertían en un tipo de tráfico que consolidaba esta situación de España de país muy poco productor de manufacturas.
De manera que tenemos dos impactos importantes en la formación del Imperio colonial en España y Portugal. Por una parte hay un drenaje demográfico que pertenece a cierto sector social, del que podía esperarse que remplazaran a los expulsados moriscos y judíos. Esto no lo iban a hacer los hidalgos; lo hubiera hecho esta gente que estaba en condiciones de aspirar al ascenso económico y social. A esta gente se le había ofrecido la oportunidad americana, y los que se quedaron tampoco la aceptaron. Lo que ocurrió es que este dinero que empezó a circular provenía de una actividad económica en la que no se podía medir el esfuerzo y los costos. La sensación era que ese dinero circulante provenía de una fuente inagotable. Produjo un impacto económico, muy visible en esta época, sobre la organización fiscal. El Estado español quiebra, dos veces, es decir se hace insolvente, pues no puede pagar sus cuentas, a pesar de tener unas cantidades de metal monetario de las más grandes que se hayan reunidos jamás en país alguno.
Esta experiencia española es la que utilizan en el siglo XVIII Adam Smith y los fisiócratas, para rebatir la teoría mercantilista y sostener que no es el metal precioso lo que constituye la riqueza de las naciones. En el caso de España, sirvió para demostrar está tesis de que ni el metal precioso ni una balanza de pagos favorables hacía la riqueza.
Este fenómeno demográfico y económico constituyó un gran impacto. Todavía podemos señalar un nuevo impacto. Esta clase no afincada que se quedó en España, que era la que podía haber aprovechado la oportunidad que se abrió con la expulsión de moros y judíos para desarrollar las manufacturas y actividades mercantiles, empezó a disfrutar de esas pequeñas diferencias que en el camino del metal se fueron haciendo, a través de las innumerables instancias del proceso de circulación.
Este dinero entraba por la aduana, y a partir de ese momento empezaba a pasar de mano en mano hasta que finalmente terminaba por salir de España. Quiénes usaban ese dinero, como no lo utilizaron en actividades económicas, tuvieron un tipo de holgura en el gasto que, por distintos canales, favoreció a un sector que se puede llamar clases parasitarias. Estas clases parasitarias son lo que ha recogido la literatura española en un tipo de documentación sumamente importante para la historia social, que son las novelas picarescas. Por ejemplo, las Novelas ejemplares de Cervantes se ocupan del sector de los pícaros, que no es sino una típica clase parasitaria. Son las clases que surgen en las grandes aglomeraciones urbanas, dónde empiezan a aparecer una infinidad de oficios intermedios que no tienen ninguna productividad, pero que nacen del tipo de vida de una ciudad rica.
El hidalgo consideraba que él no podía llevar nada a ninguna parte; había gente que hacía recados, y llevaba mensajes. Así hay muchos otros ejemplos. Y todo este tipo de profesión parasitaria estaba muy bien pagada. Hubo una concentración urbana, que no provenía de gente que venía a buscar trabajo en la ciudad, sino de gente que prácticamente venía a vivir de la limosna.
En toda Europa, con la expansión capitalista de tipo mercantilista se está generando una economía cada vez más medida, más controlada; se está produciendo un proceso de ajuste de los costos; un proceso de determinación cuidadosa de cuál es la mejor inversión. En suma, se está desarrollando una economía capitalista, en la cual el dinero cada vez tiene más valor y se lo controla más. La limosna, la propina, la coima o el dinero que se da para servicios más o menos deshonestos funciona con más facilidad en el lugar donde la economía capitalista no tenía desarrollo qué en el resto de Europa, donde ya lo tenía.
Además de este impacto económico, demográfico y social, la expansión colonial demanda una tarea inmensa, como lo es el mantenimiento de sus vastos Imperios. Esto significó el establecimiento de una fuerza armada extraordinariamente importante. España tuvo que tener permanentemente una flota de guerra importante para defender sus rutas marítimas. Desde el momento en que empiezan a establecerse ciudades, Hispanoamérica empieza a ser asolada por los corsarios ingleses, que asaltan los galeones españoles que transportan a España el oro y la plata. Este proceso obliga a tener a España en pie de guerra, durante un largo período. De esto nace la famosa declinación de España, que se acelera a fines del siglo XVII, en los últimos tiempos de la dinastía de los Austria.
Las colonias le costaron a España muchísimo más de lo que le dieron; porque el tipo de expansión no fue lo suficientemente hábil como para que ingresarán riquezas que superaran el costo de esta responsabilidad político militar, sobre todo marítima, que significó el control de estos Imperios. España estuvo lejos de controlar los mares, por lo que recurrió al sistema de “flotas y galeones”. Los galeones no podían navegar más que bajo la protección de la flota; el convoy se ponía en marcha una o dos veces al año, con la amenaza permanente de los corsarios.
España no creó en las colonias un mercado consumidor. En los pequeños grupos que se establecieron no preparó las condiciones para crear una sociedad con gran capacidad de consumo. Y los grupos no españoles de América eran poblaciones de muy bajo consumo, porque estaban sometidas económicamente y sometidas a trabajo forzoso por la mita y otros sistemas, por lo cual eran pura mano de obra.
Las políticas holandesas e inglesas eran distintas de la española. En sus colonias, a partir de las factorías trataron de desarrollar un mercado local. Formaron a ciertos sectores nativos como intermediarios de la vida económica; eran ellos los que compraban o adquirían la materia prima de la zona. Y al cabo de cierto tiempo hubo especie de clase intermediaria, que fue transformándose en la clase consumidora. Estas factorías fueron construyendo una especie de aureola, en virtud de las cuales las metrópolis podían tener todas las ventajas en materia de adquisición de materias primas, ventajas progresivas en cuanto a introducir productos manufacturados, y mínimo drenaje personal.
Holanda e Inglaterra sufrieron mucho menos las consecuencias de la emigración, y acrecentaron su capacidad de acumular riqueza de una manera extraordinaria. En el siglo XVII se transformaron en los dos países capitalistas más importantes de Europa. Francia, que no supo hacer lo mismo, lo intentó alguna vez en parte en Canadá y en la India.
Clase 21. Martes 26 de mayo de 1964.
Las Aristocracias tradicionales: la redistribución del poder político y social
Voy a ver si consigo terminar en unos pocos minutos con el subtema “e”. El último de los factores de cambio que voy a caracterizar es la situación relativa de las aristocracias tradicionales y la burguesía; tema que se aclara con el desarrollo que le sigue en la enunciación del tema: “La redistribución del poder económico, social y político”.
Todo este conjunto de factores, que he ido señalando hasta ahora para explicar el viraje que se produce en las postrimerías del siglo XV y a principios del siglo XVI, origina en los países que se ven enmarcados en esta aventura de la expansión económica un cambio sumamente importante, en cuanto que las posibilidades y perspectivas de esa clase burguesa, que se venía constituyendo desde el siglo XI, aumentan enormemente y se transforman en posibilidades verdaderamente desmedidas con respecto al nivel que hasta ese momento tenían.
Estas burguesías, que se han originado en el desarrollo económico, social y político que se viene produciendo en las ciudades, han operado una especie de ascenso cuantitativo, en la medida en que han transportado a las posibilidades del reino territorial las actividades que antes desarrollaban en la escala propia de las ciudades. Este es uno de los fenómenos más notables del siglo XV. Esta transformación cuantitativa es tan grande que resulta también una transformación cualitativa.
El elemento que favorece esto, en el período comprendido entre el siglo XV y el siglo XVIII, es justamente la expansión oceánica. No son solo los negocios de la burguesía, antes limitada al intercambio con otras ciudades; tampoco los del reino castellano, que se ha transformado en centro de un gran Imperio. En los reinos descubridores y conquistadores -España y Portugal- esas posibilidades no fueron aprovechadas suficientemente como para desarrollar una burguesía, y efectivamente no se desarrolló.
En el siglo XVI se nota que este aporte de metálico, que viene de América, no contribuye a formar una burguesía. Esto se nota mucho más en el siglo XVII, y ya de una manera dramática cuando se produce la emigración del oro y la plata americanos. Se advierte que no existe en Portugal ni en España un sector social, ni una estructura económica en la que ese sector se apoye, que le permita aprovechar esa oportunidad. La oportunidad que se deja perder sirve para entonar a otros grupos burgueses, bien constituidos y apoyados en una economía burguesa típicamente precapitalista, que naturalmente aprovechan está posibilidad y la desarrollan.
Esto ocurre es en los Países Bajos, Inglaterra, un poco Italia, y Francia y también un poco de Alemania. En estos ámbitos la burguesía aprovecha esta inyección de metálico para robustecerse, para ampliar una capacidad económica que ya tenía; y estas posibilidades crecen ampliamente. Quizás el caso más típico es el de los banqueros de los Habsburgo, que son los que financian la elección de Carlos V por los Electores del Imperio, que fueran adecuadamente subvencionados por los Fugger. La recompensa de Carlos V a los Fugger fue Venezuela. Esto prueba la disponibilidad de dinero que tenía esta antigua burguesía, que podía llegar a armar una elección imperial.
Una vez operado el ascenso de estas nuevas y viejas burguesías, la posición de éstas con respecto a las aristocracias tradicionales es la siguiente. Desde el siglo XI venía descendiendo el poder de las aristocracias tradicionales; pero venía descendiendo un tipo de poder económico, una fase del poder económico. Pero ni aún en el momento de mayor esplendor de la burguesía, ni el principio aristocrático ni el papel reconocido a la aristocracia fueron puestos en cuestión.
Existe una supervivencia de las aristocracias tradicionales; estas aristocracias tienen un papel muy cambiante. Hay países como Inglaterra, donde la estructura agrícolo ganadera no era muy fuerte y resiste menos el embate de los sectores capitalistas. Pero la estructura económica agrícolo ganadera no desaparece, sino que cambia de manos.
La aristocracia inglesa es la más móvil que ha habido en Europa, pues las tierras cambian mucho de manos. Ya en el siglo XV, con la Guerra de las de las Dos Rosas hay un terrible cambio de manos; lo hay otra vez con la Revolución de 1648 y la de 1688; y finalmente la hay con la Revolución Industrial. A esto se refiere el trabajo de Pumphrey que tienen como lectura obligatoria, sobre la aparición de nuevos miembros en la Cámara de los Lores. La aristocracia tradicional ha ido cediendo la tierra, y la tierra ha sido obtenida por los nuevos ricos, y estos obtienen finalmente los títulos de nobleza con lo cual son incorporados a la Cámara de los Lores.
Pero todo esto es un fenómeno que afecta a las personas que componen la aristocracia tradicional. La aristocracia tradicional ha cambiado de personas; su papel como clase sigue siendo el mismo, en la medida en que sigue siendo la misma la estructura agrícolo ganadera. Lo que pasa es que no era tan fuerte como para poder resistir la presión personal de quienes detentaban el capital. En otros lugares, como en Francia, la estructura agrícolo ganadera era lo suficientemente fuerte como para que las personas que detentaban el control de ese sector de la economía no tuvieran que entregarlo; y efectivamente la aristocracia tradicional francesa llegó incólume a la Revolución; la nobleza que sufrió la revolución de 1789 era una nobleza de raíz medieval, pues era la vieja nobleza tradicional.
Como clase -independientemente de su composición-, en toda Europa el desarrollo mercantil no solo no debilitó sustancialmente la economía tradicional agropecuaria sino que, por el contrario, tendió a robustecerla. Este robustecimiento como sector económico y como clase social no impide que cayeran algunos miembros de esa clase y fueran reemplazados por otros, que no podían ostentar los mismos títulos y los mismos escudos de los que cayeron. Pero como función económico-social la clase siguió constituyendo el mismo sector.
Lo que se puede discutir es la relación de influencia que hubo entre estas dos clases. Y aquí nos encontramos con un problema bastante complicado. La burguesía dio un paso en el siglo XV, que se perpetuó durante mucho tiempo. La burguesía acepto el principio de que podía y debía enajenar el poder político al sector tradicional, si el Estado la protegía lo suficiente como para estimular y desarrollar sus negocios privados.
La burguesía necesitó un día sobrepasar los límites del área urbana y descubrió un socio; este socio era el poder político tradicional. Éste, como poder tradicional que era, ofrecía un valor que era cotizado, que era la seguridad. Ese valor es el que fue comprado, y entonces el Estado pudo incorporarse a la actividad privada, lo cual constituía una garantía formidable para el desarrollo de la riqueza.
El apoyo del Estado significaba proteger una operación en un mundo inseguro, como lo era todo el mundo colonial. Allí el Estado ponía, no capital, sino lo que él sólo él podía poner: la seguridad; es decir, ponía una flota, un ejército. Esto era fundamental, porque era la condición indispensable para poder operar. El comercio no podía operar en las colonias si no era protegido. Esta circunstancia hizo que se perpetuara esta especie de pacto entre el poder político tradicional y el nuevo capital mercantil.
La fuerza del poder político tradicional residía en ser tradicional, lo cual aseguraba la legitimidad, y en consecuencia la estabilidad, arrastrando consigo a la aristocracia tradicional que formaba su ejército. Y hubo una especie de división del trabajo, pues la aristocracia tradicional siguió siendo la élite militar, tolerada, consentida y muy bien vista por este capital privado, que necesitaba el apoyo militar. Esto hace que aparezca una especie de profesionalización del ejército. La élite del ejército pertenece a la aristocracia tradicional.
La alianza entre el capital mercantil y la monarquía sirvió para robustecer la posición de la aristocracia tradicional, que se profesionalizo como clase militar, y naturalmente como clase política, porque esto va sumado. La aristocracia y la monarquía son dos cosas tradicionales que el capital mercantil compró como apoyo para su tipo de actividad, porque su actividad se había concentrado en un área que no podía explorar sin apoyo político-militar.
De modo que estas circunstancias robustecieron enormemente la situación de la aristocracia tradicional. Si se agrega a eso que la aristocracia tradicional no había perdido sus tierras y que la economía agropecuaria tampoco había sido totalmente desechada ni mucho menos, nos explicamos perfectamente este curioso fenómeno de que haya países en Europa en que, a pesar de tener una sólida burguesía capitalista, se llegue -en algunos lugares hasta el siglo XVIII, al siglo XIX y algunos al siglo XX-, sin que las aristocracias tradicionales hayan sufrido un golpe fundamental.
Mientras que en toda Europa sigue la alianza entre la monarquía tradicional y la burguesía capitalista, en Holanda se da un primer golpe, en la segunda mitad del siglo XVI; se rompe este pacto, cuando la aristocracia tradicional de las Provincias Unidas se mantiene fiel al régimen de Felipe II, o sea al catolicismo, en tanto que la burguesía se hizo en su inmensa mayoría protestante; y de pronto apareció una casa noble tradicional, la casa de Orange, que tomó partido por el protestantismo y se transformó en cabeza de la burguesía. El caso es que en Holanda se rompe esa alianza por primera vez, mientras que en el resto de Europa subsiste hasta la segunda mitad del siglo XVII, cuando Inglaterra se agrega a los países donde se produce la crisis.
En la revolución de 1640 Inglaterra ve aparecer un fenómeno en algunos aspectos parecidos al de Holanda; se produce la revolución de Cromwell y la caída del absolutismo inglés a manos del ejército de los “cabezas redondas” [round heads], respaldado por la burguesía capitalista. Era la burguesía que tenía intereses en el algodón de los estados del sur del actual Estados Unidos. Cuando cae la monarquía, la República con Cromwell durante casi dos décadas. De la restauración monárquica surgirá, en 1688, una monarquía parlamentaria. Gradualmente el poder del monarca se va reduciendo, hasta hacerse simbólico, mientras que el poder político queda en manos de un Parlamento que representa a la alta burguesía, en parte ennoblecida. El tercer golpe se da en Francia en 1789.
Estas tres excepciones, confirman la regla. La tendencia es mantener el pacto entre la monarquía tradicional y clases tradicionales, y la burguesía mercantil. Ese pacto se va rompiendo en las Provincias Unidas en el siglo XVI, en Inglaterra en el siglo XVII, en Francia en el siglo XVIII. En el resto de Europa sigue. Estos son los términos en que hay que plantear las relaciones entre aristocracias tradicionales y las nuevas burguesías.
Clase 22. Miércoles 27 de mayo de 1964.
En la última parte de la clase de ayer nos hemos introducido en el tema B, y hemos empezado a describir el proceso de cambio, indicando cómo empezaron a funcionar estos distintos factores que hemos analizado de una manera estática. Estos factores de cambio operaron de una manera distinta según los casos, y en la manera que operaban aceleraban el proceso de cambio, lo detenían o lo orientaban de una u otra manera. Esto ocurría, en primer lugar, en el área europea, en los términos que empecé a explicar ayer, y que voy a completar ahora.
Grosso modo, puede decirse que el fenómeno más visible y más operante de manera inmediata en este periodo es la significación que adquiere el Estado nacional. Este fenómeno se venía preparando en la medida en que la actividad capitalista, originariamente limitada al ámbito urbano, lo empezó a trascender y empezó a acomodarse en el ámbito de los Estados nacionales. En esa misma medida los Estados nacionales empezaron a tener un gran vigor; y como esto constituye un hecho político, e incidió sobre muchos otros fenómenos, puede decirse que el fenómeno nos permite observar que se operaba un cambio sustancial: la aparición del Estado nacional.
El Estado nacional se caracterizó por adquirir rápidamente una fisonomía muy clara y al mismo tiempo unos fundamentos muy sólidos, que al cabo de muy poco tiempo quedaron claramente establecidos. Especialmente en los grandes países que se enriquecieron aceleradamente del siglo XV en adelante, el Estado nacional adquirió la fundamentación necesaria, en el orden doctrinario, que fue esclarecida por un teórico político llamado Bodin.
Jean Bodin define en términos jurídico-políticos la idea de soberanía y caracteriza al Estado nacional como un Estado soberano; es decir como un ente jurídico cuya primera nota es la de no tener ninguna potestad que esté por encima de quién representa la soberanía, que es el poder político. Esta idea es en este momento una revolución. Recuerden que todo el orden feudal se caracteriza por una especie de sucesivos enfeudamientos; dentro de esta concepción jurídica del enfeudamiento funcionó también la ciudad, que está concebida como un órgano de este encadenamiento. En esta concepción del enfeudamiento quedó siempre flotando la idea de que había una última instancia, aun cuando esa última instancia fuera muy difusa y careciera de capacidad para operar, como ocurrió con dos grandes potestades que planeaban durante largos siglos y que prácticamente casi nunca ejercieron una potestad plena y real: es lo que ocurre con el Imperio y con el Papado.
En el caso de los grupos sociales que se mueven en una sociedad montada en una economía agropecuaria: el enfeudamiento llega, a través de los que se llamaban los señores naturales, hasta una cierta potestad, como el Emperador o el Papa, en el que se veía la fuente de poder o la fuente de soberanía. Esa soberanía constituía, en última instancia, un puro fundamento jurídico, lo cual significaba que este enfeudamiento, en la práctica, resultó un sistema laxo, porque la última fuente de poder nunca puso ejercer esta potestad de manera real.
Tanto la idea imperial como la idea de Papado son ideas que provienen de una concepción filosófica y de una concepción religiosa que supone la existencia real de un universo compacto. Pero el universo histórico no fue nunca compacto, de tal manera que la idea de Imperio y la idea de Papado flotaron como una especie de tradición doctrinaria, que era la tradición de un único poder sobre un mundo único; cuando en realidad, todo el fenómeno económico, social y político que se viene operando desde la crisis del Imperio Romano tendía a regionalizar las áreas hasta el punto de exigir en cada una de esas zonas una efectividad económica, una efectividad social, una efectividad política, que exigía un tipo de acción, que de ninguna manera podría referirse en cada caso concreto a este tipo de poder ideal.
Cuando llegamos al siglo XVI este problema se ha resuelto y efectivamente aparece una potestad que es la última potestad: la Corona. Es el poder donde reside la soberanía y más allá del cual no hay nada. Es un poder que tiene capacidad para operar sobre el mundo real. El área de dominio del rey de Francia es, geográficamente, un área en la que puede ejercer su poder. El área de dominio del Papa o del Emperador es un área que por su tamaño -dadas las condiciones técnicas de la época-, no podía ejercer su poder; ejercía una influencia, un poder teórico, espiritual, pero lo cierto es que no tenía ninguna posibilidad de ejercer el poder en el área que abarcaba teóricamente su jurisdicción.
El Estado nacional se podría definir como el delineamiento de un área política que es soberana, cuyo tamaño coincide con las posibilidades económicas y sociales. El Estado nacional fue una creación verdaderamente ajustada, rigurosamente controlada por la burguesía. Fue el tamaño de las posibilidades de la expansión mercantil lo que determinó progresivamente el delineamiento del mapa de los estados nacionales. La integración de una serie de territorios, cada uno de los cuales jugaba una función dentro de un solo poder político, resumía una política que en última instancia era una política económica. Toda la política de alianzas era un vasto esfuerzo para integrar zonas económicas complementarias; por ejemplo, la integración de Castilla y Aragón.
El Estado nacional busca integrar su territorio. Esta es la época de las grandes luchas internas, en las hay un vasto esfuerzo del Estado nacional por delimitar finalmente cuál es su área. Si se analiza cuáles son los sectores que trata de integrar, se descubre que cada uno de ellos tiene una posibilidad económica especial, y si el Estado incorpora esa región, toda la vida del Estado cambia de fisonomía. Francia era un estado típicamente nórdico antes de las guerras de Italia. Es bien conocido este fenómeno cultural tan típico, que fue la influencia del Renacimiento italiano en Francia. ¿Por qué Leonardo se va a la corte de París? Esto es porque el Estado francés, que ha sido un Estado nórdico, ha empezado a mediterraneizarse. Trata de dibujar un mapa que conviene a los intereses de esta nueva etapa capitalista.
Los Estados nacionales, que empiezan a constituirse en el siglo XV, están dados por las posibilidades de expansión de la economía de esos lugares. La economía capitalista se caracterizó porque fue dibujando un área posible de expansión. El Estado nacional es el ejemplo más característico y más visible de este cambio. Este Estado nacional adopta una política económica que es la que corresponde a esta clase predominante en el orden económico. Este predominio consigue la colaboración, el apoyo del Estado tradicional y en virtud de eso el Estado tradicional pone su política diplomática y militar al servicio de este ámbito ideal que han dibujado de hecho las posibilidades de la economía capitalista.
Este Estado se monta sobre la base de unas cuantas ideas, de las cuales la más característica es la de la soberanía, en la medida en que la soberanía sirve para delimitar, de manera inequívoca, el área sobre la cual se ejerce sin apelación un cierto poder político.
Pero el caso es que no es la única idea que caracteriza a este Estado nacional. Este Estado nacional soberano es al mismo tiempo un Estado absolutista. Un Estado absolutista significa, en este caso particular, ser el resultado de un proceso de despersonalización del poder. Es lo que los teóricos de esta idea expresan con esa frase atribuida a Luis XIV, que dice: “El Estado soy yo”. Es un proceso que empieza en esta época. En vez de decir “El Estado soy yo”, bien podría haber dicho Luis XIV: ”yo no soy nada más que el Estado”. Esta es la gran novedad, que fue advertida perfectamente por Maquiavelo en los primeros años del siglo XVI, y es que empieza a crearse una nueva noción jurídica.
Durante toda la Edad Media el poder político está personalizado; el rey es este rey, que es un ser humano que tiene su vida medida. Pero a medida que empieza a pasar el tiempo, empiezan a diferenciarse la idea del poder que reside en este individuo del ser humano mismo; y el poder empieza a sufrir un proceso de abstracción. Si se enumeran todas las atribuciones que tiene, por ejemplo, este rey Luis XI, que nace tal año, y muere tal año, y puede hacer tal y tal y tal cosa, un día empieza a decirse: esta nación en la que estamos está regida por un poder que se manifiesta de esta manera, y este poder se llama el Estado. El Estado es una abstracción de lo que había sido el poder personal. Y el gran teórico de esto es Maquiavelo. Cuando Maquiavelo plantea un cierto tipo de política que ha sido llamada inmoral, es porque está señalando que hay cierto tipo de acciones sobre las que, en realidad, no corresponde que quién las tenga que ejecutar deba ser juzgado según lo que constituye el módulo moral del individuo. Sino que hay que juzgarlas según lo que Maquiavelo empezó a llamar la raison d’État, que es el fundamento del Estado moderno.
Es decir que el orden jurídico que constituye el armazón dentro del cual vive esta comunidad humana, sobre este suelo, constituye una suma de poderes que eventualmente ejerce este individuo; pero ni crecen, ni disminuyen, ni varían cuando el individuo que la ejerce cambia. Y esto es porque esto lo hemos abstraído y ahora lo planteamos en términos abstractos, que son términos jurídicos, y no los términos referidos a un ser humano.
El Estado no es ni bueno ni malo; el Rey puede ser bueno o malo. El Estado es un conjunto de poderes definidos en términos jurídicos, abstrayéndolos, y dejando que quien ejerce el poder funcione de una manera elástica. Y este sistema jurídico tiene un orden propio, una lógica propia, que hoy diríamos -usando una fórmula muy conocida- que es una lógica de larga duración. El Estado tiene intereses, preocupaciones y tendencias que no se miden en relación con los cinco, diez, quince o veinte años que puede durar el Rey. Ni se mide en relación con los afectos del Rey, ni con las personas a quienes el Rey tiene confianza. Todo esto es lo que configura la vida de este grupo social, que está sobre este suelo, a 100, 200, 300, 400 o 500 años. Naturalmente, en esta curva es posible que se hagan muchas cosas juzgadas inmorales en relación con la experiencia personal del individuo. Este es el razonamiento de Maquiavelo. Cuando Maquiavelo dijo una vez, que “el arte de gobernar un país era como el de gobernar un barco, y quién le va a pedir moral a un timonel”, esto no significa predicar la inmoralidad, sino que significa establecer un distingo entre dos cosas que son completamente distintas. En la tradición medieval, el Rey era pensado, todavía, según el esquema bíblico, el esquema de David o de Salomón. Era un esquema del buen Rey, que se sentaba debajo de la higuera y hacía justicia al pobre pastor que venía y se quejaba de que le habían robado, o esto o lo de más allá. Alcanzada cierta complejidad por el grupo social, alcanzado cierto tamaño -el problema del tamaño es muy importante-, desaparecen los vínculos primarios, inmediatamente desaparece la posibilidad de un poder personal, y empieza a elaborarse la idea del Estado, con su lógica propia, que es la raison d’État. Elaborado este orden propio, nos encontramos con que el Estado nacional, que está montado sobre un esquema de las posibilidades que da la economía y que la economía había prefigurado, además de ser un Estado soberano es un Estado absolutista. Es absoluto, absolutista, en la medida que hay que afirmar este orden jurídico, que quiere decir: “yo represento la totalidad de este orden jurídico”. Hay una especie de enajenación del Rey. Mientras más se puede decir que Luis XIV era el Estado, era menos Luis XIV, es decir menos persona. El término ideal, finalmente fue una concepción republicana, en la que el Estado no se personificaba de ninguna manera. Y esta es la tesis que empezó a aparecer ya en el siglo XVI, porque en el siglo XVI aparece el primer esbozo republicano en las Provincias Unidas.
Baruj Espinoza, filósofo judío neerlandés del siglo XVII, sostiene en su Tratado teológico y político que el orden jurídico que regula la vida de un cierto grupo social sobre un vasto territorio no puede personalizarse, sino que por el contrario debe despersonalizarse. De aquí salen las ideas que toma John Locke, y que terminan finalmente en la tesis de Montesquieu, que en ese aspecto es un heredero de Locke, cuando plantea el problema de la división de poderes. La división de poderes es la formulación jurídica formal del principio de la despersonalización del poder. Lo importante es que el orden jurídico funcione, y una de las garantías para que funcione es que no se confunda el orden jurídico con la persona. Para esto está el sistema de la división de poderes.
Soberanía, absolutismo e inmediatamente orden económico mercantilista. Este Estado cerrado -cerrado como un antiguo señorío de la época feudal-, cuidadoso de las fronteras al milímetro, está montado sobre el orden jurídico cada vez más racional. Este Estado tiene que contabilizar su riqueza -lo que está un centímetro más allá de sus fronteras no es su riqueza-; este Estado es rico cuando tiene más que otros, de donde viene la teoría mercantilista de la balanza de comercio. Un país es próspero cuando vende más de lo que compra. Otro fundamento del mercantilismo es que, para conseguir esto, es imprescindible una solidaridad total y absoluta entre este ente jurídico, que es el Estado, y la riqueza privada, para lo cual lo natural es que el Estado ponga toda su fuerza pura para que la riqueza privada se acreciente. Esto es el sistema mercantilista.
Estas tres notas -soberanía, absolutismo, mercantilismo- caracterizan a este Estado nacional, que es la figura fundamental, que resulta de este cambio; que no se podía explicar sin ninguno de los factores, como la expansión oceánica, y por la aplicación de las posibilidades económicas que esto trae.
Clase 23. Martes 2 de junio de 1964.
Este proceso que estuvimos viendo, y que es tan típico que se lo considera representativo de lo que se llama la Edad Moderna, es sin embargo, un proceso que no se da nada más que en los cinco países: Inglaterra, Holanda, Francia, España y Portugal. Y en las postrimerías del siglo XVII este proceso solo se da de manera vigorosa -y con perspectivas de futuro- nada más que en Inglaterra y en Holanda. En Francia un poco menos y ya mucho menos en España y Portugal.
Insisto en esto de que el cambio se da solo en reducidas zonas, pues en las caracterizaciones generales que se hacen usualmente en la historia, se le da cierta categoría de generalidades a observaciones que en realidad corresponden a sectores reducidos. El desarrollo mercantil, con sus agregados de organización nacional y absolutista, es sin duda alguna lo que caracteriza el cambio sustancial en este período; pero el caso es que el cambio no se da sino en reducidas zonas geográficas.
Veamos lo que ocurrió en las zonas de Europa no capitalistas. Entendemos por áreas capitalistas aquellas en donde maduró el proceso mercantil en sus distintos grupos. Esta Europa que tenía antes del siglo XV un desarrollo homogéneo, deja de tenerlo cuando se produce la expansión oceánica y el desarrollo mercantilista. Entonces se produce una especie de desfasaje entre los países que han llevado ya al máximo de sus posibilidades el mercantilismo y los países que no entraron por la variante, pues no tuvieron posibilidad de continuar el ciclo de desarrollo -que tenían hasta ese momento- con esta nueva posibilidad que abrió para algunos países la expansión oceánica. Entonces, dentro de la Europa que había tenido un desarrollo homogéneo antes del siglo XV, se da en este periodo una Europa mercantilista y otra Europa no mercantilista.
En materia de cambios sociales, determinados por ese fenómeno de la expansión oceánica y del desarrollo del mercantilismo, habrá que estudiar -y lo haremos en la clase de mañana-, cuales fueron los cambios sociales que, en las sociedades tradicionales del mundo colonial, produjo la aparición de los grupos colonizadores, quiénes se adueñaron de estos países y crearon una serie de problemas sociales.
Las regiones europeas no capitalistas, aun cuando tuvieron cierto desarrollo capitalista, perdieron el ritmo como para competir con las otras. El desarrollo capitalista alcanza en el siglo XVII en Inglaterra, en Holanda y en Francia, un grado de crecimiento que crea una especie de patrón europeo. Esto es un nivel cuantitativo, que refleja la capacidad de expansión y la capacidad de aprovechamiento que demostraron estos Estados nacionales para recibir todo lo que podían recibir del mundo colonial, y transformarlo en riqueza local para sus respectivos países. Este patrón está caracterizado por tener un nivel de crecimiento acelerado. Esta línea de crecimiento acelerado es visible sobre todo en Inglaterra, en la medida en que conduce finalmente como un desemboque natural, a la Revolución Industrial. La Revolución Industrial es un inmenso esfuerzo para utilizar al máximo los recursos económicos; y los recursos económicos, para aprovechar al máximo el alud de materia prima disponible -que provenía fundamentalmente del mundo colonial.
En relación con esta pauta de desarrollo se puede entender a qué podemos llamar en Europa áreas no capitalistas. Para el siglo XVIII, España es ya decididamente un país no capitalista; algunos países de Europa central como Hungría, Polonia, Rusia, son países no capitalistas.
En estos lugares ocurrió un proceso en cuya primera etapa había habido una línea común, general en toda Europa. Entre los siglos XV y el XVI, cuando la economía burguesa urbana se expande y comienza a transformarse en economía burguesa nacional, se empieza a dar un fenómeno de expansión hacia el exterior; en consecuencia se produce una cierta retracción interna y comienza un período de ajuste de la economía urbana a la economía nacional. Mientras se produce este reajuste, al mismo tiempo que se da el vuelo de la economía capitalista hacia afuera, se produce algo que ha sido llamado una especie de renovación del feudalismo.
No hay que entenderlo como una restauración. Hay en esta renovación una recuperación de la economía agraria, que surgió de esta especie de pacto que se da entre la burguesía y la monarquía -según el cual la monarquía tradicional es apoyada por la burguesía que la necesita como factor de estabilidad. En virtud de ese pacto, la recuperación de la economía agraria implicó un fortalecimiento, también en el campo económico, de las clases aristocráticas tradicionales.
Yo había aludido a dos cosas importantes que traje a colación. Una es el fenómeno del pasaje de la economía burguesa urbana a la economía nacional burguesa; en este fenómeno se produce un largo desajuste, acentuado por la incitación de la aventura económica, que supone mucha movilización de riqueza.
El otro fenómeno que también tuve que traer a colación, es el de robustecimiento de la posición política de la aristocracia tradicional. En la medida en que la aristocracia tradicional es aliada de la monarquía y contribuye a su responsabilidad militar, es avalada por la nueva riqueza burguesa, a medida que lo es también la monarquía misma. La monarquía es una garantía de estabilidad de los Estados nacionales, precisamente porque cuenta con todo este aparato estatal que está dado por la aristocracia tradicional.
Este fenómeno de recuperación de la economía agraria -en parte por el proceso de desajuste que se produce en la economía burguesa al pasar de la escala urbana a la escala nacional-, trae consigo el robustecimiento de la clase poseedora, que era la aristocracia que ya tenía un aval político militar, pues constituía el aparato de poder de la monarquía. Es entonces cuando la recuperación agraria que se produce en el siglo XVI le proporciona a la aristocracia, además, un aval económico. Esta circunstancia es la que hace que en el siglo XVI haya un fortalecimiento de la aristocracia en los Estados nacionales.
El Estado representado por la monarquía se transforma en socio del capital mercantil. Las naves corsarias inglesas eran operaciones financiadas por los reyes o reinas, junto con los caballeros a quienes se les otorgaba ese beneficio, que era un monopolio. En todas estas compañías que monopolizaron el comercio colonial, la Corona es socia de esta operación. Esa aristocracia tradicional, que pasa por una época de recuperación en el ámbito rural, además goza de los beneficios discrecionales que la monarquía puede otorgarle como socia de estos negocios.
El Estado francés tenía posesiones en la India, Indochina y Canadá. El Estado inglés tenía colonias en el del sur del actual Estados Unidos, en África y Australia. Para dirigir los establecimientos de las compañías iban los representantes de la nueva riqueza -que llevaban el capital-, y también iba un grupo seleccionado de personas que pertenecían a la aristocracia tradicional y -además de un salario simbólico- obtenían beneficios privados, con los que acumulaban fortunas importantes. Era una de las carreras posibles para los hermanos menores de las familias aristocráticas, que no heredaban.
En suma, los sectores tradicionales -antiguos o renovados- se beneficiaron tanto con el fortalecimiento de la economía agropecuaria como con estas empresas mercantiles, que tenían la coparticipación y el respaldo del Estado. Esto hizo que las aristocracias tradicionales fueran bastante fuertes.
En menor medida, las aristocracias tradicionales recuperaron poder en los países que no sufrieron el proceso mercantilista. Durante todo este período, en países como Rusia, Polonia, Hungría y Bohemia no se produce el remplazo tradicional, porque no hay desarrollo mercantil, y se da un ascenso indirecto de la aristocracia tradicional, propietaria de la única riqueza, la tierra.
Mientras las perspectivas de desarrollo mercantil se dan en ciertos países, con una línea extraordinariamente ascendente y muy rápida, en todos los países del centro de Europa -que podemos llamar marginales-, se produce un resurgimiento de la única riqueza. Con las guerras de religión, las aristocracias tradicionales toman partido, aumentan su poder y se da una restauración del feudalismo.
Los cambios notables se dan en un grupo muy pequeño de países. En los demás, no solo no ocurre este fenómeno, sino que ocurre uno inverso, con el fortalecimiento de las aristocracias tradicionales.
Clase 24. Miércoles 3 de junio de 1964.
En la clase de ayer habíamos distinguido entre aquellos estados nacionales europeos en dónde se había producido el proceso de desarrollo mercantilista y aquellos otros en los que el resurgimiento de la economía rural había significado -por un conjunto de circunstancias concurrentes- una perpetuación, y en cierto modo un fortalecimiento de las estructuras feudales tradicionales. Nos propusimos crear un encuadre para advertir que, cuando se habla de la Europa mercantil en la llamada Edad Moderna, no puede entenderse de ningún modo que se trata de toda la Europa. Por una tradición, el módulo creado por los países que operan un cambio acentuado se destaca a veces de una manera un poco exagerada, y se corre el riesgo de suponer que ese mismo módulo aparece en un área mucho más extensa.
Durante la llamada Edad Moderna -que hemos caracterizado en términos generales como la época de los Estados nacionales, absolutistas, mercantilistas-, hay un conjunto de países en los que este desarrollado no se da y en los que, por el contrario, se asiste a un resurgimiento y fortalecimiento de las viejas estructuras feudales. Podríamos decir que este desarrollo tiene una fecha fija para su fin. Y que ese fin se va a dar en términos que vale la pena señalar, desde el punto de vista de un análisis histórico-social. Se trata de un típico fenómeno de destiempo.
La batalla contra la vieja organización feudal no la da la naciente burguesía mercantilista, sino una burguesía que empieza a desarrollarse, cuando empiezan advertirse los primeros síntomas del desarrollo industrial. Allí el conflicto se da en otro tono radicalmente diferente.
El conflicto que se dio en los países más desarrollados en los últimos siglos de la llamada Edad Media, y se perpetuó hasta los siglos XVI, XVII y XVIII, es el de una aristocracia terrateniente tradicional y una naciente clase burguesa que nacía armada económicamente, con las armas del capital mercantil. Pero donde esta batalla no se dio en los siglos XIV, XV y XVI, sino que se da en el XIX -caso típico extremo es el de Rusia-, entonces el conflicto se da entre una aristocracia terrateniente tradicional, y una burguesía que no tiene ya los caracteres de la burguesía mercantil sino que es una burguesía que está conformada con los moldes económicos, y en cierto modo ideológicos, de la naciente burguesía industrial.
Cuando en los últimos decenios del siglo XIX empiezan a aparecer en Rusia los conflictos entre la aristocracia tradicional y el zarismo con la burguesía urbana, esta burguesía es mucho más una burguesía intelectual que una burguesía espontáneamente desarrollada al calor de nuevas circunstancias económicas. Es una burguesía un poco ideológica. Esa es la razón por la cual se la conoció en la política rusa de los últimos decenios del siglo XIX con el nombre de la “inteligencia”. Efectivamente, la burguesía fue orientada más por los grupos intelectuales, al calor de ciertas ideologías que eran escasamente adecuadas a la realidad social. Era una ideología que correspondía a la que estaban elaborando en otros países los grupos industriales, pero en Rusia, apenas había grupos industriales. Este desarrollo no justificaba de ninguna manera una ideología de tipo industrial, y sin embargo las minorías intelectuales, que representaban eminentemente a la burguesía anti-feudal y anti-zarista, se apropiaron de esta ideología. Con lo cual resultó que se salteó algo, con todo lo que eso podía significar en cuanto a congruencia del movimiento social.
El fenómeno original se había dado en los países en que la burguesía urbana se organizó al calor de circunstancias económicas que se estaban elaborando todos los días de manera continua y homogénea, de modo que había logrado elaborar una ideología totalmente adherida a las condiciones económicas reales. Esta burguesía naciente, que surgió en el seno de una sociedad feudal, estuvo desde el primer momento pegada a ella, codo a codo. La lucha la dio un grupo disidente, que surgió de su seno, que no se desprendió de ese contexto, que vivió en contacto con esa sociedad, que la conocía hasta el fondo, que no la idealizaba, que no la combatía de manera utópica, sino que la enfrentaba oponiendo una ideología que había surgido de condiciones de la realidad, a otra ideología que también nacía de las condiciones de la realidad.
En cambio en los países que perpetuaron la estructura feudal -el caso de Rusia, Polonia, Bohemia, Hungría, España y Portugal-, en todos estos casos se va viendo muy claro que hay una burguesía que empieza a querer quemar etapas. Es una burguesía que no nace de ese desarrollo conjunto que fueron haciendo, desde el siglo XI, por una parte la clase feudal y por otra parte la clase burguesa. Se trata en cambio de una burguesía que rápidamente se hace ideológica. Y se da un tipo de combate totalmente distinto al que se había dado en el siglo XI o XII, o luego en los siglos XVI, XVII y XVIII, cuando los grupos burgueses tenían un largo período de elaboración dentro de este contexto tradicional.
La consecuencia es bastante clara, pues el enfrentamiento de las burguesías de estos países con las clases feudales tradicionales es siempre de tipo revolucionario, como lo fue efectivamente en Rusia, y como lo fue en todos los demás lugares. En cambio, no fue revolucionario en Inglaterra, pues aunque hubo una revolución a fines del siglo XVII, ese enfrentamiento no fue revolucionario en el sentido estricto. Fue una típica revolución política para la toma del poder, pero había habido largos siglos de acomodación porque el proceso había nacido en su seno.
Podría aclararles esto, anticipándome a la explicación del proceso de la Revolución Industrial, con un ejemplo bastante curioso. No sé si a ustedes les habrá llamado la atención que el primer estallido revolucionario que produce el proletariado industrial que surge de la Revolución Industrial, se da recién en 1848 en Francia; pues en mi opinión el cartismo no fue nunca un movimiento revolucionario.
Con respecto al cartismo, yo creo que se da exactamente el mismo caso -con las lógicas especificidades- de los enfrentamientos urbanos iniciados en la Edad Media. El proletariado industrial inglés nace en Inglaterra al calor de los primerísimos pasos del desarrollo industrial, y entonces se produce una especie de lucha caliente y de interacción estrecha, y por lo tanto hay una acomodación del naciente sector industrial con el naciente sector obrero. Es decir que los dos se hacen al mismo tiempo, van elaborando su ideología al mismo tiempo y se produce una especie de pacto no expreso. Este pacto provino de que las condiciones sociales se estaban elaborando en el seno del mismo proceso.
La revolución del 48 en Francia, en cambio, la desencadena un sector social que de ninguna manera era un sector del proletariado industrial típico. Estas clases populares que hacen la revolución del 48 se han adueñado de una ideología propia del proletariado industrial, cuando en ese momento el país no tenía proletariado industrial, y menos en la zona de París, donde se da la revolución. Esto produjo un enfrentamiento mucho más acentuado que el que produjo en Inglaterra.
Considero que este fenómeno es paralelo con respecto al que estábamos viendo. La burguesía de los países que tiene un vasto desarrollo mercantilista han elaborado su ideología en situación de forcejeo permanente, desde el primer momento. Porque en realidad, la elaboración del nuevo sistema económico la han hecho dos sectores entre sí y en una especie de tensión constante desde el primer día, y se ha producido una interacción; esta interacción es lo que le da al cartismo un carácter no revolucionario y hace que en el resto del siglo XIX, hasta hoy, no aparezca un proletariado industrial de tipo revolucionario.
Este fenómeno de Francia es el mismo que se da en la relación entre la clase feudal y la burguesía en los países donde no hubo desarrollo mercantil. Hay un fortalecimiento de las estructuras agrarias, con fortalecimiento de las clases terratenientes, con perpetuación anacrónica de relaciones sociales, como la servidumbre, que en algunos países que se mantiene prácticamente hasta fines del siglo XIX. Y frente a ellos hay una burguesía que no tiene elementos en la realidad económica del país para afianzar su posición. Cuando quiere dar la batalla se radicaliza, pero se radicaliza ideológicamente, sin haber adquirido fuerza económica y en consecuencia social y política, para dar la batalla en igualdad de condiciones. Y finalmente este conflicto termina en el primer gran enfrentamiento, que es la Revolución Rusa de 1905, y termina prácticamente en los movimientos de tipo revolucionario, que se dan en Polonia y otros países, que hacen su revolución después de la Segunda Guerra Mundial.
En alguno de estos países, como Polonia y Hungría, son típicas las estructuras agrarias con neto predominio de las clases terratenientes, con algún tipo de relación social que en cierto modo conserva algún rasgo de lo que se llaman los vínculos feudales. Y esto perduró hasta este siglo en el que tuvieron un desenlace de tipo revolucionario, en la medida en que se salteó este paso.
Con esto dejo terminado este cuadro que corresponde al punto “B”, y pasó a explicar el “C”, sobre cambios sociales en las áreas coloniales donde voy a hacer un esquema muy general.
La organización social de los países que fueron colonias de los Estados europeos, con todas sus inmensas variedades, pueden caracterizarse diciendo que eran organizaciones donde había una casta dominante, que prácticamente controlaba los medios de producción. En algunas regiones es posible decir que subsistía un régimen comunitario -régimen tribal-, en el que el poder no estaba monopolizado por un sector económico, sino por ejemplo por los grupos de ancianos, en tanto que la propiedad era común para todos los miembros de la tribu. Aunque se diera este tipo de organización comunitaria, en las grandes áreas ya había una organización típicamente caracterizada por la concentración de la propiedad y del poder. Si pensamos por ejemplo en la India o en la confederación azteca nos encontramos con una sociedad típicamente estratificada.
Cuando los conquistadores europeos llegan a esas sociedades se plantean dos posibilidades: una, el aniquilamiento directo, que es lo que adoptaron los colonos anglosajones; la otra, el aniquilamiento parcial, en la medida en que era necesario para asegurarse el control económico y político. Esta fue la postura típica de los conquistadores españoles en el continente americano. Este tipo de postura significó la superposición de una capa conquistadora omnipotente y con la plenitud de los derechos sobre toda la escala social tradicional. La introducción de esta minoría conquistadora, por encima de toda la estructura inferior, significó la plena posesión del poder político, de la tierra y de los metales preciosos.
El hecho que nos interesa observar es esta impostación de una minoría omnipotente sobre la escala inferior de esa sociedad estratificada tradicional, que es aplastada, oprimida, por una minoría dominante. Lo que pasó nos explica en parte todo el proceso de lo que se llama la vida colonial americana, lo que algunos llaman la época del mestizaje. Es una época de mestizaje y de aculturación.
Este fenómeno se produjo de la manera siguiente. Es evidente que por el hecho de aparecer una capa conquistadora, no desaparecieron de ninguna manera los niveles estratificados de la sociedad tradicional. La opresión ejercida desde arriba no unificó de ninguna manera a la sociedad tradicional, sino que subsistieron los distintos niveles. Y en estos distintos niveles se produjeron algunos fenómenos que tienen alguna significación en particular y que hacen mucho al mestizaje y a la aculturación.
El nuevo orden social que se crea en los países conquistados fue un orden social que expresa típicamente un fenómeno de aculturación. Hay una reducción de los grupos tradicionales, que tienen un cierto fundamento tradicional y económico, a condiciones nuevas, creadas por la acción que introducen los países conquistadores. Naturalmente, se disloca el sistema tradicional y empieza a aparecer un sistema que se parece cada vez más al europeo.
Lo que es evidente es que la conquista necesitó liquidar a la élite y la liquidó; fue líquida en México, en Perú, en Nueva Granada, la actual Colombia. El único caso americano en el que el conquistador no pudo liquidar a la élite fue en Chile, donde persistió en las tribus araucanas. Quedaron miembros de la élite sueltos, y en algunos casos estos miembros -más o menos legítimos-, intentaron sublevaciones, como las famosas sublevaciones de los valles calchaquíes del siglo XVII, o la más conocida de Túpac Amaru en el siglo XVIII. Estas sublevaciones se producen porque todavía existían élites legítimas, verdaderas o inventadas, y así se provocaron las tres o cuatro grandes irrupciones que alcanzaron a hacer todavía las poblaciones sometidas en los siglos XVII y XVIII.
Pero las grandes estructuras teocráticas y militares fueron totalmente invalidadas; esta organización quedó deshecha y se produjo una compresión de todo el resto. Lo que homologó a todo el resto de la población indígena, haciendo que no fueran perceptibles los restos de la antigua organización tradicional, fueron las condiciones impuestas por el conquistador. Fueron las condiciones creadas por la conquista, el tipo de organización de la explotación de la tierra y el tipo de organización de la mano de obra para la tierra, lo que hizo que inmediatamente empezara a desaparecer la estratificación tradicional. El conquistador impuso un solo tipo de situación para la tierra, un solo tipo de condición para la mano de obra, que en última instancia significó la reducción de la sociedad de los países coloniales, a dos sectores: el sector conquistador y el sector sometido.
No ocurrió lo mismo con Inglaterra, pues no intentó de ninguna manera la penetración ni el poblamiento, sino que utilizó el sistema de las factorías, que había usado Holanda. Por ejemplo, en el caso de la India, lo que hizo fue instalarse en distintas regiones, como Bombay, Calcuta y otros lugares, y a partir de ese momento empezó a trabajar de una manera distinta a la que utilizaron los españoles en América Latina.
Los españoles utilizaron un método por el cual la población indígena prácticamente quedó totalmente convertida en una clase sometida que era mano de obra virtual. Esta clase sometida no tenía derechos políticos ni tampoco ningún derecho que superara las condiciones de la servidumbre.
En el caso inglés es distinto, pues el grupo conquistador de ninguna manera interfiere en la organización tradicional, sino que negocia con ella. Se mantiene totalmente vigente la estratificación tradicional y se busca en esta estratificación, en una capa más alta, a los intermediarios. Inglaterra se favoreció con las de las inmensas posibilidades de riqueza que tenía la India, por intermedio de la élite india. Lo que organiza es todo el grupo de los Rajás, y a través del tributo origina un mecanismo de extracción que no toca de ninguna manera a todo el sistema. Hay escasísima aculturación, excepto en las ciudades. Es el grupo intermediario el que se europeíza y se convierte en agente para la operación de tipo económico que hace Inglaterra en la India. Al no haber aculturación, no hubo mestizaje.
El caso latinoamericano es distinto. No hubo tratamiento con las élites; no hubo grupos intermediarios. Los grupos españoles se transforman en los administradores y promotores de la organización económica. Hay aculturación mucho más enérgica y mucho más mestizaje. Al cabo de muy poco tiempo empieza a aparecer la clase mestiza, y luego la clase criolla. Cuando este grupo se pone fuerte, es el que se transforma en el grupo intermediario.
Clase 25. Jueves 4 de junio de 1964.
Orígenes de la sociedad industrial 1760 a 1830
Voy a empezar hoy con el quinto tema, que se refiere a “Los orígenes de la sociedad industrial”. Este tema está organizado sobre la consideración del primer periodo de la Revolución Industrial. Nos referimos al primer período, en que la Revolución Industrial es un fenómeno estrictamente inglés, y por eso indicamos como fecha 1760 a 1830 aproximadamente. Durante estos 70 años se produce un fenómeno, que llamaremos económico y tecnológico, que consiste en un cambio muy profundo y muy acelerado de los métodos de producción de artículos elaborados; en esto consistiría, dicho en la forma más simple y elemental, el proceso que se llama la Revolución Industrial.
Este tema, relativamente conocido, ha pasado a ser -sobre todo en los últimos 20 años-, uno de los temas claves de la historia; se le ha ido dando cada vez mayor importancia. Un ejemplo de cómo ha crecido la importancia que se le asigna al fenómeno lo vemos en el hecho de que hasta hace muy poco tiempo se consideraba la Revolución Francesa y la Independencia de los Estados Unidos como fenómenos típicos, que constituían una cesura histórica. Hace un tiempo empieza a modificarse el esquema conceptual y a descubrirse la auténtica y profunda cesura histórica de este fenómeno. Es contemporáneo de aquellos, pero tiene un ritmo y un desarrollo lentos; no se manifiesta en episodios concretos -como es la toma de la Bastilla o la Declaración de la Independencia-, sino que son procesos de cierta duración, en los que se ve la fuente del cambio sustancial inmediatamente posterior.
Dentro de esta concepción funciona la siguiente idea: tanto la Independencia de Estados Unidos como Revolución Francesa son fenómenos que constituyen la culminación política de un larguísimo proceso, de múltiples raíces. En tanto que este fenómeno de la Revolución Industrial constituye un punto de partida, e inaugura una serie de cambios que impregnan todo el fin del siglo XVIII, y del mismo modo toda la historia del siglo XIX y la del siglo XX. Todavía estamos dentro de una ordenación de la vida mundial que se funda en este nuevo sistema de la producción que se inicia con la Revolución Industrial. La era industrial se abre con la Revolución Industrial. Este punto de partida es el nacimiento de todo un conjunto de situaciones, de las cuales son inseparables las condiciones del mundo en que vivimos.
Esta era industrial tiene un punto de partida: fenómenos de tipo económico y tecnológico que vamos a describir someramente, como expresión concreta de lo que se llama la Revolución Industrial. Pero es evidente que, si de esta llamada Revolución Industrial puede surgir -y surge de hecho-, una mutación tan profunda como para configurar de allí en el futuro una era de caracteres indefinidos, es porque algunas de estas sobrepasan este conjunto de fenómenos económicos y tecnológicos, que constituye el fenómeno de la Revolución Industrial.
Estos cambios económicos y tecnológicos se producen, se asientan, se desarrollan, fructifican y sobre todo tienen éxito, porque se habían dado una serie de fenómenos, que arraigan en coyunturas económicas anteriores -en algunos casos-, que arraigan en situaciones sociales nacidas de antiguo y por un conjunto completo de circunstancias, en virtud de las cuales estás transformaciones pudieron tener todos estos caracteres.
Se desarrollan a pasos de distinto ritmo, porque tanto este período que vamos a considerar ahora, entre 1760 y 1830, tiene cierto ritmo, y de 1830 a 1870 tiene otro ritmo, y en torno a la Primera Guerra Mundial el ritmo es otro, y aparecen nuevas formas de energía.
Lo que puede llamarse la primera Revolución Industrial, que es la que vamos a empezar a estudiar hoy, tiene como origen fundamentalmente la aparición de una nueva fuente de energía, que es el vapor, que por primera vez significa una renovación a lo que habían sido las fuentes de energía prácticamente desde el neolítico. El hombre no había conocido, hasta fines del siglo XVIII, otras fuentes de energía que no fueran las naturales. Había conocido la fuerza animal -la del nombre y las de otros animales-, y había conocido la fuerza del viento y la fuerza del agua, y esto fue durante siglos y siglos.
De pronto aparece una fuente de energía nueva, que es el vapor. Y luego van a ir apareciendo otras; si la Revolución Industrial sufre un cambio fundamental hacia 1870 es porque empieza a introducirse la posibilidad del desarrollo de la electricidad como fuente de energía eléctrica. Después de la Segunda Guerra Mundial, la energía atómica introduce una nueva modificación en todo el planteo tecnológico, en la medida en sus posibilidades son distintas y mucho mayores.
Quedamos en que el fenómeno de la primera Revolución Industrial, entre 1760 y 1830, es eminentemente inglés, y se desencadena con hechos no espectaculares, pero que son procesos acelerados referidos a la producción. Hemos quedado también en que hay una serie de circunstancias, algunas relativamente remotas, que son las que explican que estos cambios arraigaran y tuvieran éxito.
Hay desde 1760 en Inglaterra ciertos cambios económicos y tecnológicos que modifican el régimen de la producción. De pronto movilizan capitales de un monto inusitado, en una escala antes no utilizada. En algunos casos estaban atesorados; en otros casos eran capitales aplicados a la agricultura o a la manufactura, con un cierto nivel y un cierto ritmo de movilización, y un cierto ritmo de rédito.
Estos capitales de pronto empiezan a aplicarse por un grupo social que los controla, distinto en personas, y que al manejar ese capital empieza a operar de otra manera. Esta masa de capital se aplica, por ejemplo, a modificar, prácticamente todos los años, un cierto tipo de invención mecánica, que se constituye en un modelo. Yantes de que ese modelo haya empezado a estandarizarse -antes que se hayan agotado las posibilidades de ese modelo-, ya ha aparecido otro más perfeccionado; y esto se repite con este segundo, y con el tercero, con el cuarto, con el quinto, de tal manera que una buena parte de ese grueso capital está dedicándose a la experimentación.
Caracteriza este periodo una intensa sucesión de novedades. Todos estos inventos sucesivos, cada uno de los cuales son pequeñas modificaciones que se le hacen al anterior, producen un vasto proceso, que no se puede hacer sino contando con un vasto capital. Hay un fenómeno económico nuevo, que es la movilización de grandes masas de capital, y esto apunta a la nueva estructura del sistema capitalista. A partir de este momento, el nivel de capital necesario para este tipo de actividad va a apuntar a otras formas jurídicas de la organización de los grupos de control del capital, cuyo ejemplo más conocido es la sociedad anónima. Esto es porque el movimiento de los capitales en un momento empieza a sobrepasar visiblemente las posibilidades individuales.
Otro fenómeno de gran importancia surge cuando se movilizan grandes masas de capitales para estimular la aparición de una serie de invenciones que modificaban el sistema de producción. Con estas invenciones, menos obreros podían producir mucho más. El resultado de estos procesos es un fuerte acrecentamiento de la producción de productos elaborados, que se lanzaban al mercado, a un precio un poquito más bajo que el de los productos artesanales, de modo que podían competir fácilmente en el mercado.
Un problema que surge es quién es el que compra. Este es quizás el problema más apasionante que hay detrás de la Revolución Industrial. Cuando empieza a aparecer en algunos productores la idea de que es ventajoso intentar el hallazgo de ciertas maneras de producir en menos tiempo, y con menor costo, un número mayor de bienes, es porque había un mercado nuevo. Este mercado nuevo es resultado de todo el proceso que vimos en las últimas clases.
Cuando el productor inglés empieza a pensar que se pueden producir telas de algodón con menos costo, es porque ha descubierto que había un mercado para este tipo de productos, que no es el mercado tradicional de los productos artesanales. Es cierto que mucha gente, después de varios años de experimentación de este nuevo método de producción, sigue aferrada a la idea de que hay que usar ciertas telas de tipo artesanal -como las de hilo- que eran corrientes antes y de un alto precio; empiezan a llamarlas telas finas, y significan signo de status. Pero hay dentro de este sector quien dice: ‘la verdad es que puedo usar las telas de hilo en ciertas circunstancias, pero para otras circunstancias puede usar estas otras, más baratas’.
El productor estaba pensando que había mucha gente que antes compraba muy pocas telas, y de repente podría hacer grandes compras de tela, y esta es la burguesía; los sectores de la burguesía estimulaban un tipo de economía dineraria alimentando por todo el fenómeno posterior al siglo XII. Pero el desarrollo incontenible del consumo es evidente que se ha producido por debajo de estos sectores.
Muchos han analizado este fenómeno típico de la Edad Moderna, que es la acentuación progresiva de la diferenciación social. Esto significa que dentro de los sectores que se manejan con dinero, por el proceso de diferenciación social surge una enorme cantidad de subsectores, dentro de los cuales algunos habían podido llegar a ser fuertes consumidores de productos artesanales.
Había quien tenía un juego de sábanas de hilo de Holanda; gente que tenía una vajilla de metal bien elaborada, hecha por el artesano, plato por plato, fuente por fuente. Había un cierto sector que era cliente de la economía artesanal tradicional. Pero el caso es que habían empezado a surgir una serie de grupos que manejaban dinero, que aspiraban a vivir como los sectores altos de la burguesía, pero que no alcanzaban a tener lo suficiente para ser asiduos clientes de la producción artesanal.
De manera que, así como hay una serie de fenómenos que explican que en determinado momento en Inglaterra había capital disponible como para operar esta concentración; así como había predisposición para el desarrollo científico y técnico, hay un hecho básico que es más importante que esto: había aparecido un mercado predispuesto. Había mucha gente que empezaba a vestirse de forma distinta; muchos empezaban a pensar que había que cambiarse de camisa todas las semanas. Este hábito de cambiarse de ropa es uno de los resultados de los cambios en la forma de vida y de mentalidad de la llamada clase burguesa, en los diferentes estratos; de gente que se dedica a actividades que en alguna medida son productivas en dinero.
Cuando se dice que la Revolución Industrial es un fenómeno que desde fines del siglo XVIII se produce porque hay una capacidad tecnológica para hacerlo, es muy cierto. Si se compara una fábrica de tejidos en 1780 con lo que era una fábrica de tejidos en 1750, puede advertirse que se ha producido algo que puede llamarse convencionalmente una revolución.
Pero hay una serie de fenómenos de esta ruptura que no son fenómenos que tengan carácter revolucionario en el período inmediato, sino que resultaron fenómenos muy lentos. Y el más lento de todos es este cambio social que viene operándose desde el siglo XII, por el cual se va creando esta clase burguesa -fundamentalmente urbana-, de la que llegado a este punto podemos decir que constituye un mercado para los productos elaborados nuevo y mucho más amplio que lo que había habido hasta ese momento. La llamada Revolución Industrial es una respuesta a este mercado.
Es a los ingleses a quienes se les ocurre que aquello que se puede producir modificando los sistemas de producción, es decir en gran escala y mucho más barata, tiene posibilidades de ser recibido. Se le ocurre a los ingleses pues estos tienen el capital que han concentrado, lo tienen disponible, pues tienen dos siglos de acumulación de capital mercantil. Además, la burguesía inglesa es la única burguesía europea que tiene poder político. El Estado les da protección, y el viejo mercantilismo -que es un método de protección del Estado a la actividad privada-, se lanza y se ajusta al nuevo sistema de protección industrial. Es por esto que el sistema de producción industrial nace formidablemente protegido por el Estado. También en Inglaterra había condiciones científicas y tecnológicas que no había en otra parte, a las cuales me voy a referir en la próxima clase.
Clase 26. Miércoles 10 de junio de 1964.
La revolución técnica
La clase pasada, estuve dando una especie de introducción al tema primero, que está formulado de la siguiente manera: “El desarrollo científico y técnico en relación con el proceso de la producción”; estuve girando alrededor de este tema, pero, en realidad, al mismo tiempo, apenas aludí a él. Hoy voy a precisarlo un poco, para luego entrar en el próximo punto.
Este tema requiere una cierta información sobre los hechos concretos del proceso tecnológico, que yo no voy a dar. Es importante que no dejen de ver algunos de los libros clásicos en uso, que hay sobre este problema.
Puedo empezar esta exposición sobre el desarrollo científico y técnico en relación con el proceso de la producción trayendo a colación una serie de etapas de la historia del pensamiento científico, que sería bastante útil tener presente.
En las postrimerías del siglo XVIII se advierte que ha aparecido una extraordinaria capacidad para inventar mecanismos mediante los cuales se pueden realizar más rápidamente y mejor ciertas operaciones que antes se realizaban de una manera menos eficaz; tenemos que suponer que detrás de este pequeño episodio hay un largo desarrollo que es técnico pero, más importante, es científico. Más aún, si se ha podido discutir alguna vez el uso del concepto de Revolución Industrial, es precisamente porque esa capacidad para la técnica es una cosa que está en este momento en discusión.
Hay en las teorías una tendencia fuerte a sostener que los orígenes del capitalismo no se dan hacia el siglo XVI, y por el contrario, se habla de un capitalismo mercantil y financiero, es decir, preindustrial. Hay otras que suponen que el desarrollo técnico también ha sido bastante continuo, desde el siglo XI hasta el siglo XVIII; y en consecuencia entienden que el cambio tecnológico que se produce a fines del siglo XVIII es un incremento que, por ser tan acentuado, adquiere caracteres de variación cualitativa, pero que en el fondo, no constituye un hecho totalmente nuevo y revolucionario, sino que es una variación en una línea que estaba en desarrollo.
No sé si Uds. descubren la importancia que debe atribuirse a este paralelo. Si hay una línea de desarrollo del capitalismo mercantil y financiero, del siglo XII al XVIII, y hay, contemporáneamente, una línea de desarrollo técnico, es porque esta línea de desarrollo técnico ha estado estimulada por esa línea de desarrollo económico. Y esto es algo que se puede probar hoy, mucho mejor que hace veinte años, pues este es un problema que se ha estudiado hace poco tiempo.
En el siglo XI, XII, se produce una revolución técnica que no es muy espectacular, pero que resulta ser extraordinariamente importante. Por ejemplo, la aparición de la pechera o peto, que remplaza al yugo en la manera de unir a los animales de tiro. Desde la época grecorromana, se utilizaba un tipo de collar que no aprovechaba sino la fuerza del testuz; hacia el siglo XI o XII se descubre la pechera, o sea ese arco rígido que se pone en los omóplatos del animal, de modo que empuja con todo el peso del cuerpo. Inventos de este estilo que tienen una fecha precisa, y que han modificado sustancialmente el tipo de utilización de los recursos naturales, aparecen en enorme cantidad. Ejemplos son las maneras de utilizar los molinos; la manera de avivar el fuego de los hogares para la fragua; los procedimientos de fundición y numerosas cosas más.
En esta línea que empieza en el XI, XII, se agregan todas las cosas que aparecen en el siglo XV, con los tan mentados inventos previos al descubrimiento de América, y se pueden poner muchas cosas más, como el reloj. Todo esto significa que ha ido creciendo y desarrollándose la actitud para encontrar lo que llamamos mecanismos.
El mecanismo, con mucha frecuencia, está vinculado a cosas muy insignificantes, como el uso de la palanca, el pedal. Son mecanismos: la utilización de ciertos principios que, aplicados, producen condiciones muy novedosas, si bien desde el siglo XII empiezan a aparecer innumerables novedades de tipo tecnológico, aplicados a la fabricación de mecanismos, aplicados para el cálculo de resistencia de materiales. Esta experiencia acumulada llega al siglo XVIII, como un gran bagaje que, en el momento en que aparece una exigencia mayor, se pone en funcionamiento para satisfacerla.
Pero el caso es que, en ese ínterin, va empezando a aparecer la teoría de este desarrollo tecnológico; esto es lo más importante que quiero destacar en esta clase. Lo importante es que el desarrollo del capitalismo mercantil y financiero, el desarrollo de la tecnología que corre pareja, el de cierto tipo de producto producción que también corre parejo a todo esto; el desarrollo de la vida urbana; en una palabra, el desarrollo de todas las cosas que promueven las nuevas clases burguesas, a partir del momento en que empiezan a ascender, se acompaña con algo que es sumamente importante, que nos explican ciertos resultados que vienen preparándose de mucho antes, pero que solo son visibles en el siglo XVIII. Toda esta actitud ha traído una nueva mentalidad frente a la naturaleza.
Para la concepción cristiana tradicional, la naturaleza era la Creación; la creación nace del Creador con todos sus atributos, y la misión del hombre es admirar la Creación. La mentalidad burguesa introdujo una variante: sin dejar de admirar la creación, esta variante significó intentar penetrar en su ley interna. La mentalidad burguesa es activista y no contemplativa.
Como quiere obrar, decide introducirse en la naturaleza para obrar sobre ella, y cuando quiere obrar, cree que tiene que obrar a partir del conocimiento de su ley interna. La ley interna de la naturaleza es lo que hoy estudian la física, la química, o la meteorología, o la biología. Es decir que lo creado tiene un comportamiento que es sensiblemente regular, que puede llegar a formularse en leyes. Y esto se infiere de la observación de los fenómenos.
A partir de los siglos XII y XIII hay un enorme desarrollo de la observación científica, porque es sistemática, y a partir del siglo XVII hay un desarrollo sistemático con Francias Bacon, que es lo que se va a llamar la ciencia experimental. Para Bacon, la ciencia experimental es tratar de repetir, por vía de experimento, en el laboratorio, el fenómeno natural. Si se consiguen crear las condiciones en que la naturaleza determina ciertos hechos, y creadas esas condiciones, comprobar que el hecho se da, la relación de causalidad está dada. Este desarrollo científico está caminando al compás del desarrollo tecnológico.
En el siglo XIII aparece el anteojo, y esto es una revolución, pues para el hombre [N. del Ed. y también la mujer] significaba la prolongación de la aptitud visual por muchos más años, en una época en que la burguesía constituía una clase en ascenso, que tenía muchas más posibilidades que las que había tenido antes ninguna otra clase.
Esto, y numerosos inventos más de esta época, van acompañados de una teoría y constituyen -cada una de estas pequeñas cosas- una revolución.
La teoría se da con respecto a los cristales, con respecto a los metales, con respecto a otros minerales no metalíferos, y demás. En el siglo XIV están planteados los típicos problemas relacionados con el movimiento, que es lo que se llama el principio de inercia. Esto puede juntarse con el enorme desarrollo que tiene la astronomía, y también con todos los fenómenos que en el siglo XV se dan vinculados a distintas actividades precientíficas, como la magia, la alquimia, la astrología. La mitad de los magos, los alquimistas y lo astrólogos son típicos hombres de ciencia. Importa poco que creyeran que cuando se daban tales y cuales circunstancias, al mismo tiempo se creaban ciertas condiciones que incidían sobre el destino individual: allí empezaba a girar la fantasía. Pero el caso es que, para determinar esas circunstancias, para establecer cuál era la órbita de tal cuerpo celeste y de tal otro, los astrólogos habían acumulado millares de observaciones. Lo mismo en el caso de la química: se hicieron una gran cantidad de experimentos, acumulándose una enorme cantidad de datos para la moderna química.
Todo esto quiere decir que, al compás del desarrollo económico burgués, hay una interpretación de la naturaleza, que es la que cuaja con bastante nitidez hacia el siglo XVII con dos grandes figuras, que son Galileo y Newton. Galileo organiza el sistema conceptual de la mecánica clásica y Newton lo completa, incluyendo lo que ha sido llamado la mecánica celeste; es decir, que ha establecido el sistema general de fuerzas tal como actúan en la naturaleza.
A partir del momento en que se produce esta sistematización, debida a Galileo y a Newton, la ciencia empieza a desarrollarse de una manera extraordinaria, y todo este desarrollo científico tiene una enorme significación en la Revolución Industrial, pues todo lo referido a la mecánica, a la química fundamentalmente, y como telón de fondo a las matemáticas, es lo que da una teoría, en el momento en que el modesto artesano empieza a operar sobre piezas, con el objeto de crear nuevos mecanismos. Esta teoría está a punto, y al cabo de muy poco tiempo, la experimentación deja de ser artesanal y se transforma en experimentación científica.
Esta tuvo mucha importancia para ciertos procesos industriales, que fueron un poco más lentos pero tuvieron una importancia trascendental. Es el caso del vapor. La leyenda de la Revolución Industrial gira siempre alrededor de la transformación de la industria textil, pues, efectivamente, esto fue lo que modificó la producción de un rubro que tenía un enorme mercado, y que, por el tipo de producción, tuvo influencias sociales muy notables. El desarrollo de las grandes ciudades textiles constituyó la gran novedad del último tercio del siglo XVIII, en la medida en que se aceleró este vasto fenómeno de concentración urbana. Y como otras técnicas no estaban igualmente preparadas para resolver los problemas que la concentración urbana creaba -como por ejemplo, las técnicas relativas a la salubridad, a la construcción de viviendas-, todo esto significó que la concentración urbana se hizo impulsada por el desarrollo de cierto tipo de actividades manufacturero-industriales. Esta, en cambio, no fue ayudada por cierto tipo de desarrollo técnico, que se daría mucho después, pero que no asistió a la primera etapa de la concentración urbana.
Los fenómenos sociales que acompañaron la primera etapa del desarrollo industrial fueron siniestros desde el punto de vista social. Faltó la previsión, pues no pudo establecerse ningún tipo de norma que pudiera regir este fenómeno de concentración industrial, con el consiguiente fenómeno de concentración urbana, que se hizo de una forma espontánea. Hubo repercusiones de tipo social, puesto que el hacinamiento urbano se transformó en un espectáculo del cual podrían sacarse muchas conclusiones. Esto ocurrió, fundamentalmente, con la industria textil, y quizá por esto, es que la industria textil haya parecido siempre el ejemplo típico de la revolución industrial.
Sin embargo, fue en la metalurgia donde se transformó visiblemente en algo destinado a producir cambios de mayor trascendencia, pero quizás un poco más lentamente. Y esto fundamentalmente, sobre la base de una nueva fuente de energía que es el vapor. A partir de cierta cuantificación de las posibilidades de expansión del vapor, aparecen los primeros experimentos preindustriales, por los cuales el vapor empieza a ser pensado como una fuente de energía.
Antes de esta, desde el Paleolítico no había aparecido ninguna otra fuente que ayudara a la fuerza animal, a la fuerza hidráulica o a la fuerza eólica, que eran las únicas fuentes de energía tradicionales. En ese momento -fines del siglo XVIII- aparece una fuente de energía que el hombre maneja, y cuyo combustible ya no es el carbón de piedra que se utilizaba en la Edad Media sino el carbón de leña, que es una madera quemada de una cierta manera, mientras que el carbón mineral debe ser extraído de una mina.
Uno de esos problemas es que el carbón hay que sacarlo de mucha profundidad y hay que hacer mucha fuerza, por lo que se necesita hacer funcionar una grúa. Naturalmente se puede utilizar una de las cosas de las cuales Galileo había sentado la teoría. Galileo había establecido el principio de la polea, o sea de qué manera, retardando el movimiento, es decir, disminuyendo la velocidad, podía aumentarse la fuerza. Esto se hacía mediante un juego de ruedas, a través del cual pasaba una soga, de modo que girando mucho tiempo, y desplazando muchos metros de soga, se conseguía con poco esfuerzo levantar una carga considerable
También se pudo aplicar el método de la palanca, de la cual se había establecido rigurosamente la doctrina. Agregando el uso de una fuente de energía mucho mayor, vemos que las posibilidades eran más grandes, y esta fuente de energía era el vapor. Cuando se inundaban las minas por la lluvia, para desagotarlas aparece otro mecanismo que es la bomba. Esta es también el resultado de ciertos fenómenos que se estudiaron mucho y que es el problema del vacío, o sea, de la elasticidad de los gases. Al terminar el siglo XVIII, todo esto está prácticamente planteado, y esto significa una revolución.
Una cosa que significó una aportación muy duradera fue la metalurgia. Para llevar a las últimas consecuencias estos principios que se habían establecido, naturalmente era necesario un tipo de material fuerte, vigoroso, que perfeccionara las posibilidades de la madera.
A partir de este momento se puede hacer más intensiva la explotación minera, porque el vapor se aplica a una especie de pequeña locomotora, con la cual se puede tirar de unas vagonetas, todo lo cual se puede montar sobre unos rieles, que se hacen porque hay hierro que se pudo sacar en mayor cantidad y un poco más barato. La industria del hierro va cobrando un cambio trascendental. Empiezan a hacerse en ese momento, las piezas para los distintos mecanismos que aparecen en todas estas combinaciones, en virtud de las cuales se aceleran los procesos de producción. Y la metalurgia juega uno de los papeles más importantes en esa transformación.
Clase 27. Martes 16 de junio de 1964.
Revolución Industrial Contexto socio político
Al lado de las grandes industrias que se desarrollan vertiginosamente, por las posibilidades que tiene de otro tipo de producción, subsisten las artesanales tradicionales. Esta nueva forma de producción, que son sucedáneas, tratan de crear modelos estandarizados de bajo costo para cubrir este nuevo mercado. Por debajo de todo esto hay un fenómeno social muy importante. Está imponiéndose un hecho social, que es el desarrollo de una clase que empieza a tener nuevas apetencias, nuevas exigencias, y que tiene con qué pagarlas. Con esto, tenemos un cierto esquema del mecanismo, en virtud del cual se desencadenó la Revolución Industrial, en cuanto hecho social, que es lo que a nosotros nos interesa.
Yo he abundado en algunos detalles conexos de tipo económico, de tipo tecnológico, para darle una fisonomía al fenómeno; pero lo que a nosotros nos interesa es el fenómeno social que implica. Hay un fenómeno social previo a la Revolución Industrial, que supone la creación de la demanda de mayor número y mejor calidad, de los productos de consumo. Este es el resultado del desarrollo de cinco siglos de desarrollo de la burguesía mercantil y financiera, que ha terminado por crear, lo que se va a llamar en Europa la clase media.
Leyendo a Balzac se tiene una idea muy clara de que lo que es la burguesía francesa, esta clase está bien descripta en todos los novelistas del siglo XIX, pero esta insinuada en los novelistas del siglo XVIII, como es por ejemplo en las obras de Rousseau. Se comprueba el nivel que ha alcanzado esta clase, y qué tipo de economía ha desarrollado, como para tener los márgenes suficientes, para empezar a producir en un cierto nivel, que se expresa a través de objetos de consumo.
Entonces, antes de la Revolución Industrial, hay una larga cadena de hechos sociales, que explican en buena parte la Revolución Industrial. Este largo proceso social ha creado un nuevo mercado consumidor, el dinero. El caso es que la Revolución Industrial, se desencadena de pronto en condiciones bastante singulares. A esto me voy a referir, hablando del proceso del desarrollo industrial en Inglaterra.
El proceso que está por detrás de la Revolución Industrial es un proceso bastante lento, puesto que la creación de un mercado consumidor es un proceso largo; sin embargo, los procesos que desencadenan la Revolución Industrial provocan algunos fenómenos violentos, repentinos, de corto desarrollo. Uno de estos fenómenos es el de concentración urbana, y la aparición de terribles problemas derivados de esta.
Este fenómeno hay que verlo a la luz de ciertas condiciones peculiares del desarrollo inglés. Lo que se llama la Revolución Industrial, o sea el proceso de transformación acelerada, tanto tecnológico como económico, se empieza a producir en el último tercio del siglo XVIII, entre 1760 y 1770; en este decenio, es cuando se empiezan a acelerarse las inversiones eficaces que inmediatamente se estandarizan, y se transforman en métodos industriales. Es en este decenio cuando empiezan a producirse las consecuencias económicas y, al cabo de cierto tiempo, sociales.
¿Cuáles son esas características, que le dan una cierta peculiaridad especial a ese proceso en Inglaterra? Cuando se produce este fenómeno, es precisamente cuando empieza el movimiento insurreccional de las colonias de Nueva Inglaterra, de lo que resulta la revolución de la independencia norteamericana. Quiere decir, que es el momento en que Inglaterra lanza este proceso de concentración acelerada de sus producciones, de pronto se encuentra con la pérdida de sus colonias de Nueva Inglaterra. Inmediatamente, se produce un fenómeno derivado, que es el conflicto con Francia. En 1789 se produce la Revolución Francesa. Inmediatamente, al cabo de tres años, empieza la guerra de la Revolución Francesa con los emigrados, y a través de los emigrados, las potencias absolutistas, que ven a Francia como un peligro. En 1802 terminan más o menos las guerras de la Revolución, en la paz de Amiens; pero ha parecido Napoleón Bonaparte.
En 1804 termina la tregua, pero han aparecido lo que se llaman las guerras del Imperio, que son mucho más terribles que las de la Revolución. Las guerras de la Revolución hasta cierto punto incendian a Europa, mientras que las del Imperio lo hacen de una manera total, y con un predominio total de Francia en el control militar de Europa continental. Inglaterra intervino al lado de los países dominados por Napoleón, a lo cual Napoleón respondió con el bloqueo continental. El bloqueo continental significó cerrar el continente a las exportaciones inglesas.
La Revolución Industrial, se desencadena Inglaterra, no solo porque tiene mucho dinero y mucha materia acumulada, sino sobre todo porque tiene el control de vastísimos mercados. Si Inglaterra se lanza a hacer este cambio de régimen de producción es porque sabe que tiene a quién vendérsela, ya que prácticamente todos los mercados consumidores del mundo están a su disposición. Y en el momento en que se ponen a hacer esto, pierden a Nueva Inglaterra e inmediatamente Europa entra en un estado de crisis con las guerras de la Revolución y las guerras del Imperio
Esta crisis es un poco compleja. Por un lado, la crisis empieza a ayudar a Inglaterra, porque los países aliados de Inglaterra -Prusia especialmente- empiezan a querer resolver el problema militar con la ayuda inglesa, de la que se valen para muchas cosas. Por ejemplo, Inglaterra tenía una fuerte industria metalúrgica, y hacía cañones, que eran comprados por estos países aliados. Prusia y Austria cuentan con Inglaterra también para vestir a sus ejércitos; la demanda de paños ingleses fue inmensa, y fue un excelente negocio para la industria textil inglesa producir los uniformes de estos inmensos ejércitos.
Al empezar la guerra, por una parte, la posibilidad de consumo disminuyó, porque un país en guerra no está con todas las posibilidades de consumo que tiene un país floreciente y en paz. Como siempre, aparece la industria de guerra, y se produce una distorsión en la economía, porque aparece un desarrollo masivo de cierto sector industrial, y naturalmente el desdén de los otros sectores industriales. Este desarrollo bélico es distorsivo respecto del resto de la producción.
Todo esto significaba que el juego más o menos espontáneo en que se iba desarrollando en la naciente industria británica decrece de acuerdo a las perspectivas del mercado de productos, que quedaron rotas al aparecer un mercado temporario, que es el mercado de guerra. Entonces esta distorsión constituyó un segundo elemento en perjuicio de la economía. El primer elemento de prejuicio, fue la pérdida del mercado de Nueva Inglaterra.
La distorsión de la industria se produce a causa de la demanda industrial que tiene Inglaterra, por los países aliados, y por ella misma; todos ellos comprometidos en la guerra contra la Revolución, y luego contra el Imperio. Y desde 1805, el bloqueo continental impuesto por Napoleón le significó el costo total de la posibilidad de vender, sin un riesgo muy grande.
Agréguese a esto un fenómeno pequeño pero muy curioso. Francia era un país extraordinariamente fuerte en el momento del auge napoleónico, como es por ejemplo en el momento de Austerlitz, cuando derrota a la Primera, a la Segunda, a la Tercera coalición. En esos momentos, en cuanto a poderío militar, Francia era una potencia continental extraordinariamente poderosa.
Francia tenía mucho dinero, y una de las cosas en que usó ese dinero fue en una curiosísima “guerra de zapa” que consistía en tratar de robar los métodos de producción en Inglaterra. Pero se trataba fundamentalmente de la conquista de nuevos mercados. En respuesta al bloqueo continental, los ingleses se lanzan a buscar nuevos mercados, para remplazar a aquellos con los que se contaba, y con lo que pronto no pudieron contar más.
En 1810 y 1812 ya se producen los signos intensos, visibles, de la contracción. El más típico, es el famoso movimiento de los ludistas, que es un vasto movimiento de desesperación, en el cual la gente se lanza a destruir las máquinas; este movimiento consideraba que la máquina era la causa de la miseria. Este movimiento es el epifenómeno, la certeza de un fenómeno profundo, que es la contracción económica. Se había inventado una enorme cantidad de máquinas, para producir cada vez a más bajo precio, para vender a un mercado a cada vez más extenso. Y resulta que ese mercado desaparece. Entonces, el procedimiento consiste en que el productor fabrique con la máquina lo más que puede, usándola el máximo de tiempo, con la menor cantidad posible de mano de obra humana. De allí surge la desesperación.
Esto es el segundo fenómeno de tipo social, que se presenta en relación con la Revolución Industrial. El primer fenómeno había sido el que aparece desde el primer momento: la concentración urbana masiva. El segundo es la desocupación, la cual se produce con su hermano inseparable, que es el descenso de los salarios. La caída salarial fue observada por Ricardo con mucha agudeza, creando una teoría del salario que habría de tener mucha importancia en la economía posterior.
En suma, a la fuerte concentración urbana se une el desempleo y la disminución de los salarios. Se pueden agregar todos los fenómenos concomitantes, de fuerte afluencia de mano de obra en el mercado. Se produce también un aumento de las jornadas de trabajo, con la aparición de mano de obra competitiva, que podía ser la de las mujeres y los niños, en las industrias donde sea posible al principio, y posteriormente aún en aquellas industrias en las que era imposible. Este fenómeno ocurrió desde entre los años 1808, 1809, y 1810.
El fenómeno del movimiento ludita es muy importante para nosotros. Sí comparamos la significación psicosocial del ludismo con el pensamiento de David Ricardo, hay una conclusión sumamente interesante, que es el total desconcierto en todos los niveles. Tanto a nivel de los sectores que controlan la economía, como el de los que no controlan la economía, sino que son simple mano de obra, el total desconcierto se da con respecto al mecanismo de la naciente economía industrial. Este hecho es notable también por las consecuencias que trae, pues ignorándose el mecanismo de la naciente economía industrial todos los recursos a que se apela fueron absolutamente empíricos, y ninguno tenía por qué tener éxito. No conociéndose la etiología del fenómeno, era bastante poco esperable que se encontraran rápidamente soluciones. Las clases populares, incluso, llegan a idealizar el papel de la máquina: la máquina como enemiga del obrero sigue siendo un tema literario hasta fines del siglo XIX. Esto es una cosa absolutamente ingenua, y una interpretación del sistema con una visión absolutamente superficial. Este desconocimiento de la dinámica de la economía industrial se refleja en ciudades no aptas, que no pudieron ser transformadas, pues no había posibilidades técnicas, por ejemplo, para transformar una ciudad de ocho o diez mil habitantes en una ciudad de 300.000 en un plazo de 10 o 12 años. Fenómenos de este tipo se dieron pues no había una manera de planificar el desarrollo de la ciudad, pensando en las obras de salubridad, de servicios públicos, etc. como para aguantar este crecimiento demográfico.
II. Lista de publicaciones de Historia Social General, 1967.
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Buchbinder, Pablo. José Luis Romero y la vida universitaria en el siglo de los extremos.
Iñigo Carrera, Nicolás. Mis recuerdos de José Luis Romero.
Saab, Jorge. El historiador, el maestro y su programa.
Wainerman, Catalina. Retazos de mi memoria de José Luis Romero.
Textos sobre JLR
Cortés Conde, Roberto “Romero: historiador y maestro”. Inédito. 1988.
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Korn, Francis. “La experiencia de ser tratado como un colega por un profesor”. Inédito.
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