Metrópolis y rancheríos, 1930-1970. 1972

Dos guerras mundiales y, entre ellas, un tumultuoso período de crisis total, fueron factores suficientes para explicar las transformaciones de toda índole que se operaron en Latinoamérica, especialmente después de 1930. Las relaciones de cada uno de los países que la componen con los grandes centros de poder económico y político cambiaron sucesivamente: ajustándose unas veces, relajándose otras, sustituyéndose los términos de la dependencia en algunos casos. La consecuencia fue una alteración profunda de las economías latinoamericanas.

Fueron claros los síntomas de esa alteración. Productos que antes se vendían mucho en el mercado internacional dejaron de venderse tan bien, en tanto que otros encontraron nuevos clientes, quizá en otros mercados. El sistema tradicional dejó de funcionar y fue reemplazado por otro que, poco a poco, resultó satisfactorio, aunque muchas piezas fueran nuevas. Todo el mecanismo intermediario de la exportación y la importación fue sometido a un importante ajuste, tanto en el sistema comercial como en el económico y financiero. La regulación por parte del estado complicó el mecanismo. Entretanto, una producción industrial aparecía, tímidamente primero en algunos países, luego más decidida e intensa, hasta adquirir un inequívoco vigor. Fue inevitable que crecieran las ciudades.

Tal fue, quizá, el rasgo más característico de la sociedad latinoamericana después de 1930: su creciente e irreprimible urbanización. Los hechos se produjeron ante los ojos de los observadores. Familias y familias, día tras día, se acercaban a las estaciones de los ferrocarriles para dejar sus pueblos campesinos en busca de las ciudades, porque se decía que en ellas no faltaba el trabajo, que los jornales eran altos, que se vivía bien. Lo que se llamó después el “éxodo rural”. En algunos países, como en Chile, se había producido inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial; pero en otros comenzó a producirse después de 1950 y en otros a partir de 1940, acentuándose al terminar la Segunda Guerra Mundial. Unas veces la gente se lanzaba desde las aldeas rurales hacia las grandes capitales; otras, en etapas intermedias, marchando hacia los pueblos o las ciudades vecinas, las capitales provinciales. Se marchaba trás de una esperanza, de otro modo de vida.

Las nuevas sociedades urbanas adquirieron caracteres muy distintos de las tradicionales: fueron heterogéneas y, sobre todo, multitudinarias. En las ciudades donde el cambio se operaba, nadie, al cabo de poco tiempo, conocía a nadie. Y en las formas de comportamiento colectivo, la irresponsabilidad individual predominaba con la consiguiente irrupción de actividades elementales de los menos adaptados a los usos urbanos.

Pero lo más importante era el número. Las ciudades estallaban de gente. Sobre todo en los barrios populares, donde ya no cabían los recién llegados. Entonces aparecieron los barrios nuevos con viviendas misérrimas de cartón o de lata, que crecieron como hongos en los lindes de las ciudades, en tanto que en el centro y en los suburbios residenciales crecían las torres de lujosos departamentos. El contraste se hizo patente.

Pero nadie quiere renunciar a la ciudad. Vivir en ella es un derecho: el derecho a vivir bien y a gozar de los beneficios de la civilización. Las ciudades crecen; los servicios públicos se hacen cada vez más deficientes; las distancias, más largas; el aire, más impuro; los ruidos, más ensordecedores. Pero nadie quiere renunciar a la ciudad. La inmensa masa urbana adquiere cada vez más gravitación en cada país, y puede decidir su destino saliendo, simplemente, a romper vidrios y a incendiar vehículos en la capital. La ciudad es el país, y las masas –populares y de pequeña clase media– dominan las ciudades. La urbanización entraña una revolución latente. O acaso es la forma en que se manifiesta cierta tendencia espontánea a la revolución, ajena a cualquier ideología.

El despliegue de las metrópolis

El éxodo rural y el desarrollo industrial no fueron fenómenos ciegos. Aun cuando dieran sus primeros pasos a tientas, conocían sus objetivos; y entre ellos estaba encontrar el sitio mejor para desarrollar lo que potencialmente eran. El sitio fue, naturalmente, la ciudad. Pero no cualquier ciudad, sino aquella que, en determinado momento, poseía ya ciertas condiciones básicas que constituyeran un atractivo y funcionaran como punto de partida. Quienes salían de las áreas rurales para intentar otro modo de vida no soñaban con el pueblo vecino o la modesta ciudad regional. Buscaban la imagen de la metrópoli, que se manifestaba sobre todo en dos cosas: el trabajo urbano –trabajo en compañía, con compañeros, con gente alrededor– y el ambiente urbano –luces nocturnas, abigarradas diversiones populares de los domingos-; pero también un lugar para vivir que permitiera el derecho de reclamar los beneficios de la vida urbana que no podían pretender en el ámbito rural, y los beneficios de los bienes de consumo del mundo contemporáneo, difíciles pero no inaccesibles. Y todo esto no lo daba una ciudad cualquiera, sino una que tuviera ya un alto nivel de población y de vida, preferentemente una capital, un puerto, una ciudad lanzada al salto industrial.

Igualmente, el desarrollo industrial buscaba una infraestructura favorable: agua, energía, comunicaciones y transporte, y también la posibilidad de mano de obra capacitada y la organización del aparato de la intermediación; y ocasionalmente, la participación de los privilegios acordados a ciertas zonas para localizaciones industriales o la proximidad de los grandes centros financieros y políticos.

Donde se daban estas condiciones, la concentración de población y de actividades se vio multiplicada por diversos factores, y esa multiplicación hizo de una ciudad una metrópoli. Quedaron rezagadas las ciudades dormidas, aquellas que sólo avanzaban lentamente al compás de su crecimiento vegetativo, y aun aquellas que crecían aceleradamente desde su condición originaria de pueblos o aldeas: ciudades fronterizas, como Tijuana, Mexicali, Encarnación, Rivera, Cúcuta; o centros petroleros o minerales, como Talara, Chiclayo, Piura, Huachigato, Comodoro Rivadavia; o industriales, como San Nicolás o Villa Constitución. Las metrópolis, en cambio, crecieron a un ritmo inusitado, superando todas las posibilidades de afrontar los problemas que suscitaban, tanto el acrecentamiento de población como el de actividades secundarias y terciarias. Las calles céntricas se vieron inundadas de personas que, por su atuendo y por sus maneras de hablar y comportarse, denotaban que no pertenecían a la tradicional población de la ciudad; y cuando se averiguaba dónde vivían, se advertía tanto la invasión de zonas céntricas decaídas como la ocupación de zonas del deslinde de la ciudad en las que los forasteros del éxodo habían levantado sus barrios de emergencia. A veces eran unos pocos. Pero en algunas ciudades crecieron tanto que la ciudad tradicional quedó desfigurada por la presencia de este anillo de miseria que no podía esconderse, aunque algunas veces fue intentado; allí estaba, sobre los cerros que rodeaban la ciudad, o al borde de las carreteras de acceso. Aquello –que avergonzaba a los pulcros ciudadanos de raigambre local– denotaba la formación de la metrópoli. Era un anillo de miseria, pero en su centro crecía la urbe rica, la de los rascacielos y la de los suburbios residenciales, la de los country clubs y de los hoteles y restaurantes de lujo en puntos estratégicos desde los que se divisaba la ciudad y, a veces, se escondían los rancheríos. Y más allá las fábricas, suntuosas y modernas unas, modestas otras, todas humeantes y productoras de los gases que comenzaban a intoxicar el ambiente o a hacer irrespirable el aire por los persistentes olores. Pero el ciudadano se acostumbraba, y se resignaba a pensar que el olor de las fábricas de harina de pescado era, en el fondo, el olor del progreso. Buenas autopistas, coches capaces de correr a ciento veinte kilómetros por hora en ellas, mucho neón, muchos ruidos. La metrópoli estaba en marcha.

Las multitudes solitarias

Para un provinciano sumergido en la paz pueblerina, la imagen de la metrópoli está dada, sobre todo, por la multitud que marcha apresurada por las grandes avenidas, entre el ruido de los automóviles y bajo las luces de los letreros luminosos. Pero sobre todo es la multitud misma. Se supone que donde hay multitudes hay animación, alegría comunicativa, estímulos. Sin embargo, las multitudes metropolitanas no ofrecen esa posibilidad, porque pasado cierto número desaparece la capacidad de comunicación, crece el sentimiento de hostilidad mutua –porque cada uno es el obstáculo para que el otro llegue antes a la boca del subte o a la caja del supermercado– y crece, sobre todo, el sentimiento del anonimato. Nadie es nadie en el seno de la multitud metropolitana, y sobre todo, nadie es nadie para su prójimo. Por eso se la ha definido como una “multitud solitaria”.

Tal es el carácter de la sociedad urbana de las metrópolis, más extremado aun en las grandes concentraciones que suelen llamarse “megalópolis”, como México o Buenos Aires. El anonimato y la incomunicación provienen fundamentalmente del número; pero también en parte del origen de los diversos grupos que integran esa extraña sociedad metropolitana. Porque el crecido número se alcanza agregando a los grupos tradicionales de la ciudad, ya integrados, una cantidad variable de individuos que emigran desde otros lugares hacia la ciudad y que durante cierto tiempo –quizá toda una generación– permanecen al margen de la sociedad tradicional, sin fundirse con ella, esto es, como grupos marginales. Integrados y marginales constituyen los dos grandes sectores de la sociedad urbana de las metrópolis.

Ciertamente, en las clases altas no podría hablarse de marginalidad. Quien llega a cumplir una alta función, cualquiera sea su origen, es recibido por sus pares o corresponsales e incorporado al grupo, al que por lo demás tiene fácil acceso a través de los clubes, restaurantes, etc., muy exclusivos sobre todo por sus altos precios. Quizá donde no tenga acceso sea al seno de las “rancias aristocracias”, reducido grupo de familias que forma parte de las clases altas pero mantiene cierta distancia con respecto a la alta burguesía. Al menos esa es su tendencia general, manifestada en acentuadas preocupaciones por los apellidos y parentescos y en un sostenido intento de restringir lo más posible el círculo dentro del que se mueven. Pero tanto el ambiente de la metrópoli como las condiciones económicas pueden modificar aquella tendencia. La “rancia aristocracia” subsiste como grupo sólo para sí misma, en tanto que sus miembros se vinculan a las nuevas actividades económicas según sus deseos y posibilidades.

Son las nuevas actividades económicas las que definen los caracteres de las altas burguesías. Muchos de sus miembros pertenecen a las formas tradicionales de actividad: la banca, las finanzas, el comercio de exportación e importación; pero otros buscan las nuevas posibilidades que ofrece la actividad industrial, y acaso esos mundos sutiles nacidos de la multiplicación del mercado que se vinculan con las relaciones públicas y, en general, con la publicidad. En todos ellos, los grupos de poder introducen sus tentáculos a través de personas vinculadas –políticos, militares, diplomáticos, ex funcionarios, eclesiásticos-, para incorporarse a los directorios de compañías, para establecer ocasionalmente contactos con los centros de decisión. Otros mundos nuevos tientan la imaginación de los inversores: el de las comunicaciones masivas, el del espectáculo, con sus ídolos prefabricados y sus empresarios aparentemente todopoderosos, o el del turismo, ligado a una red internacional que provee a la metrópoli de cierto perfume esnob de distinción o, al menos, de actualidad. Todo eso aglutina un sector cada vez más influyente; pero tanto por el hecho de que su número es exiguo como por la circunstancia de que el grupo quiere ser “exclusivo” y circula poco por ella, ese sector no da el tono visible de la ciudad.

Por el contrario, la metrópoli latinoamericana adquiere cada vez más el tono de sus clases medias y populares. Son ellas las que constituyen las “multitudes solitarias” de las ciudades, identificadas por la creciente proporción del color cobrizo en los grupos que se ven por las calles céntricas, por las estaciones y aeropuertos, por los restaurantes y clubes, por los cines y las tiendas, y más identificadas todavía, naturalmente, en los barrios o en los lugares de concentración multitudinaria. Y pese a la “animación” que se advierte en muchos lugares, se descubre que la heterogeneidad de la sociedad urbana se acentúa, y que los contactos humanos se hacen más difíciles hasta el punto de que la soledad de cada uno se transforma en el rasgo del conjunto.

Estimuladas por el desarrollo industrial pero, sobre todo, por el desarrollo de las actividades terciarias, las clases medias crecieron considerablemente en las metrópolis latinoamericanas. Su composición se alteró en alguna medida, gracias a la intensa movilidad social que permitió el crecimiento. Los cuadros medios crecieron en casi todas las actividades –mercantiles, industriales, educacionales, profesionales– y se multiplicaron los estratos al tiempo que se acentuaba la fluidez del tránsito de uno a otro. En rigor, era el creciente predominio de los hábitos de la sociedad de consumo lo que introducía un principio de homogeneidad en esos diversos estratos sociales: una escala de aspiraciones ofrecía un cuadro de posiciones a quienes sucesivamente las iban alcanzando.

Así se organizaban –bien trabados, por cierto– los cuadros medios de la sociedad tradicional, constituidos predominantemente por gentes que pertenecían ya a ella, pero a los que se incorporaban algunas que lograban romper el cerco y que provenían de sectores marginales. Los azares de la política, y especialmente de la política populista apoyada por sectores participacionistas de las clases populares, abrieron muchos caminos para el ascenso social en el ámbito de la administración pública, la educación y muchos otros sectores influidos por el estado; y la expansión de ciertas actividades económicas –comercio, publicidad, administración– facilitó la competencia en esos campos.

De cualquier manera, lo que identificó cada vez más a las clases medias fueron los signos externos de su posición, perseguidos anhelosamente: la vestimenta, el reloj, el departamento, los artefactos, el automóvil, todo en una sucesión urgente y casi desesperada. Los medios de comunicación de masas coadyuvaron a difundir lo que era in y lo que era out, y las clases medias masificadas se apresuraron a seguir los preceptos elaborados por los sutiles mandarines de las relaciones públicas y la publicidad comercial. Cierta uniformidad exterior empezó a encubrir la pluralidad de estratos que componían las clases medias.

Tampoco en las clases medias era ostensible la distinción entre grupos integrados y grupos marginales, puesto que, independientemente del origen, el solo ascenso a las posiciones de clase media implicaba de hecho un proceso de incorporación. Fue en las clases populares donde aquella distinción adquirió mayor relevancia.

Hubo, empero, algunos sectores populares en los que los cambios ocupacionales también disimularon el origen. En efecto, en el sector industrial, el rápido desarrollo y la creciente demanda de mano de obra calificada hicieron que quien alcanzaba este nivel pasara a formar parte de este sector que adquirió rápidamente un estatus especial. Ciertamente, el proletariado industrial, compuesto preferentemente de grupos tradicionalmente integrados, se vio robustecido por gentes provenientes del alud de las migraciones interiores; pero todos participaron del ascenso –y casi privilegio– que adquirió ese sector, vigorosamente sindicalizado dentro de una concepción de la política obrera cada vez más parecida a la del sindicalismo norteamericano, esto es, comprometida con el sistema empresario y dispuesta a negociar permanentemente en busca de nuevas ventajas. Correspondía a esta actitud una aproximación creciente a las formas de mentalidad y, sobre todo, al sistema de expectativas de clase media, aproximación que era fácil advertir en todos los sectores obreros calificados.

Calificados o no, los restantes sectores obreros denotaban su tradicional integración, sobre todo en la ubicación de su vivienda y en la conciencia de una larga radicación. Poseer varias generaciones de antepasados urbanos en la misma ciudad y, en especial, vivir en los barrios integrados, cualquiera fuera el grado de comodidad de que se dispusiera, acreditaban la fluida compenetración con el resto de la sociedad dentro de los cuadros de su estratificación. Pocas variantes introdujo la metropolización en estos sectores integrados, excepto aquellas dictadas por la tendencia incontenible a asimilarse a las pautas de clase media, tan distante como ese ideal pudiera parecer a primera vista.

La condición fue muy diferente para los grupos que habían emigrado hacia las ciudades desde las zonas rurales o las pequeñas poblaciones. Todo denotaba en ellos su tradición campesina o provinciana, su inadaptación a las pautas urbanas, su dificultad para orientarse en la confusión casi diabólica de la vida de la ciudad, a la que, sin embargo, debían adaptarse cuanto antes si querían sobrevivir. Estas dificultades los movieron a agruparse estrechamente por lugares de origen, en un movimiento de protección mutua, pero que con frecuencia retardó el esfuerzo de adaptación puesto que fortaleció las actitudes tradicionales y estrechó los vínculos originarios. Las comunidades inmigrantes trataron de perpetuarse en el seno de la sociedad urbana, y cuando lo lograron, constituyeron guetos cada vez más aislados de la sociedad global.

Ahora bien, pertenecer a uno de esos guetos, radicados en un rancherío o barrio de emergencia, era el signo inequívoco de la marginalidad. Todo contribuía a ahondar el foso que separaba a esos grupos del resto de la sociedad, incluso los esfuerzos humanitarios –o políticamente interesados– que ésta hacía para remediar las necesidades de quienes vivían a veces en condiciones infrahumanas. Tenían escuela propia, capilla propia, centro de salud propio, todos identificados peyorativamente cuando se mencionaba su ubicación.

Para el resto de la población urbana, ese sector funcionaba como un conjunto: “la gente de las barriadas, de los rancheríos”. Se le adjudican rasgos comunes pero, sobre todo, actitudes comunes, aquellas, precisamente, que derivan de la marginalidad, el resentimiento en particular, y cierta predisposición a abalanzarse sobre las clases integradas –y acomodadas– para dar libre juego a un odio contenido. Pero observado desde adentro es un conjunto heterogéneo, cuyos miembros acaso sólo coincidan en la necesidad de sobreponerse a la miseria, a la promiscuidad, al desempleo, a la incomodidad, al desamparo, necesidad inmediata y cotidiana que sólo origina actitudes elementales y se sustrae a toda posibilidad de una acción colectiva, organizada.

Sin duda se alojan en los rancheríos trabajadores que cobran buenos salarios, incluso obreros industriales que han ido a parar a las barriadas por la imposibilidad de resolver el problema de la vivienda; y acaso sean ellos los que introducen en los sectores marginales los mismos incentivos que en los demás produce la sociedad de consumo: un rancho de paja en una zona inundable que ostenta airosa su antena de televisión es uno de los monumentos de la ciudad contemporánea. Muchos no llegan a eso, puesto que no logran lo indispensable. Otros han perdido –o no han adquirido nunca– el hábito del trabajo, y aparecen resignados a la miseria. Y otros se deslizan por los caminos del delito o la prostitución, transformando su rancho y su barriada en un lugar sospechoso que la policía recorre de vez en cuando, deshaciendo cada vez más el precario sistema de normas mediante el cual se mantiene abierto el camino hacia la integración.

Un día, la población de las barriadas “baja” al centro; acaso todos los días, para ir al trabajo, o alguna vez para una fiesta o un acto político al que ha sido empujada, o acaso para irrumpir en son de protesta. A veces, también, en busca de un estadio deportivo. Entonces se ve cómo se integran estas “multitudes solitarias” que ambulan cada día, o las multitudes urbanas que se galvanizan en ciertas ocasiones transformándose en motores poderosos de la acción social colectiva.

El nuevo paisaje social urbano

La nueva sociedad urbana se aloja en una ciudad que cambia al compás de ella y se torna metrópoli de la sociedad de masas. Muchos factores contribuyen a que se produzca ese cambio; y cuando el cambio de la ciudad multiplica sus posibilidades, el alud de gente multiplica el cambio de la ciudad.

Sin duda es el número lo que más cambia el carácter de la ciudad: la habitación se torna insuficiente, comienzan a crecer los barrios de emergencia y empieza a sentirse la insuficiencia de todos los servicios; pero, indudablemente, lo que más la cambia es el comportamiento de la gente. Antes se podía ceder el paso; ahora, en cambio, es necesario empujar y defender el puesto, con el consiguiente abandono de las formas que antes caracterizaban la “urbanidad”, esto es, la forma convencional de trato propia de la gente educada que habitaba tradicionalmente la ciudad.

En efecto, la tradicional sociedad urbana integrada ha sido superada y suplantada por una sociedad escindida, puesto que a la tradicional se han agregado los grupos inmigrantes que han constituido importantes sectores marginales. La presión de estos grupos ha intensificado la tendencia a la movilidad social, ahora definida por ciertos abismos entre sectores que son más difíciles de sobrepasar, sin duda, pero que tientan más a la aventura. La creciente anomia de una ciudad dividida en guetos –de todas las clases– favorece esa aventura puesto que desvanece la presión del sistema tradicional de normas convencionales.

El número es lo que cambia también el sistema de movilización en la metrópoli. Las calles estrechas del casco viejo resultan insuficientes para la creciente concentración de personas, como son insuficientes los tradicionales medios de transporte. El subterráneo se transforma en una necesidad urgente y México lo pone rápidamente en funcionamiento. Hasta entonces, sólo Buenos Aires lo poseía desde 1914; pero en las últimas décadas casi todas las capitales han comenzado a estudiar su trazado. Entretanto, redes de vías de tránsito rápido –como el Periférico de México o las autopistas caraqueñas– procuran resolver el problema del tránsito, sin poder evitar una interferencia decisiva en el sistema tradicional de comunicaciones que correspondía a las viejas formas de convivencia. Ensanches, repavimentaciones, controles de tránsito procuran resolver los problemas creados por el crecimiento del parque automotor y los embotellamientos que se han transformado en parte del paisaje urbano en las metrópolis latinoamericanas.

El número altera también violentamente la densidad de población por hectárea. La fisonomía tradicional de la ciudad es reemplazada por la que confiere un predominio creciente de la casa de departamentos: en el centro, primero, y en los barrios, poco a poco. Nueva forma de vecindad, la casa de departamentos atrae a quienes quieren prescindir de las viejas casonas, con sus patios y sus exigencias de servicio doméstico; y por cada dos o tres casas demolidas surge un edificio de ocho o diez pisos con treinta o cuarenta departamentos. Pero la casa de departamentos no es sólo un tipo de vecindad: es también un tipo de arquitectura. Su altura disminuye el sol de las calles, y desplaza los árboles de las aceras; y las calzadas parecen más estrechas, y lo son de hecho al aumentar el número de vecinos que aspiran a estacionar sus automóviles. La ciudad toma un aire monumental, lo que se dice un aire “moderno”, con los altos prismas de la arquitectura del cemento.

El número es el que modifica el valor de la tierra urbana. Ante la posibilidad de que crezca la demanda, los terrenos grandes se subdividen, y en las afueras comienzan los loteos de viejas quintas. Los valores suben acentuadamente, sobre todo si aparece la amenaza de la inflación y cunde la tendencia a invertir en tierras. Entonces el valor se torna especulativo. Se supone que la tendencia es a poblar tal o cual barrio, o tal o cual calle, o tal o cual cuadra de una calle; entonces la tierra sube, en parte porque hay demanda y en parte porque sobre ese sector se lanza la especulación. Sobre el valor de la tierra suburbana –loteada y ofrecida como la tierra prometida– se carga el costo del loteo, la promoción de las ventas, la publicidad, y aun la tendencia especulativa de los primeros compradores que quieren repetir su negocio. Y los sectores de bajos ingresos que todavía aspiran a una vivienda normal deben alejarse cada vez hacia los anillos periféricos, donde todavía los precios no hayan entrado en la espiral especulativa.

Finalmente, el número es el que replantea el problema de los servicios públicos. Previstos e instalados –generalmente en una época en que los costos eran menores– para abastecer cierto radio con cierta densidad de población, la expansión de la zona edificada y, sobre todo, el aumento de densidad por hectárea someten a una prueba cotidiana a los servicios públicos. Complicados por la aparición de focos industriales de intenso consumo, los servicios de agua, de energía y de desagües empiezan a ser insuficientes y es necesario cambiar la red y ampliarla prácticamente sin pausa y sin límites, porque cada metrópoli tiene preanunciada a su alrededor un área metropolitana. Lo mismo pasa con el servicio de recolección de basuras, pesadilla metropolitana cuyo descuido permite acumular en dos días feriados montañas de desperdicios mal empaquetados en los lugares más céntricos y cuidados de la ciudad. Los teléfonos se saturan de llamadas, los bomberos se tornan impotentes y la policía es sobrepasada no sólo por el aumento de los delitos comunes, sino también por los nuevos que aparecen con la formación de las bandas de adolescentes agresivos o con la red de drogadictos. Ni las escuelas ni los hospitales ni los cementerios dan abasto.

Tantos y tan profundos cambios –resultado de tan diversos factores– no inciden de la misma manera sobre todos los ámbitos de la vasta metrópoli, generalmente una ciudad ya importante antes de que se desencadenen.

La expansión y la renovación de la metrópoli influyen mucho en el casco antiguo, pero no siempre de la misma manera. Unas veces el centro financiero, comercial y administrativo se desplaza rápidamente, y el casco viejo empieza a deteriorarse y a descender de categoría, quizá con la sola esperanza de que un día sea restaurado con criterio arqueológico; pero entretanto, los negocios descienden de categoría, las viejas casas quedan semiabandonadas o se transforman en vecindades, callejones o conventillos, y las calles otrora aristocráticas y sosegadas se transforman en bullicioso campamento de los grupos juveniles que practican fútbol o desarrollan sus peligrosas andanzas en las proximidades. Suelen quedar los edificios de los bancos, algunos negocios mayoristas, acaso algunas dependencias gubernamentales y quizá la propia Casa de Gobierno, cerca de la catedral y el antiguo cabildo, si subsiste. Y al acabar las horas de actividad el barrio queda desierto y adquiere el nivel de un barrio suburbano. Pero otras veces –como en parte en Buenos Aires, Santiago de Chile o Río de Janeiro– el casco viejo no perdió nunca su función y mejoró al compás del progreso de los barrios más avanzados: alojó buenos hoteles –si no los mejores– y conservó los centros de atracción para turistas y viajeros así como las buenas casas de departamentos y oficinas de aspecto señorial. Una continuidad se mantuvo entonces entre el viejo centro y las nuevas áreas de la ciudad.

En rigor, el progreso de la metrópoli trajo consigo el progreso de las zonas vecinas al viejo centro, integradas de antiguo y generalmente por barrios de pequeña clase media en los que alternaban las casas de familias de escasos recursos con las de vecindad y con los comercios modestos. Fueron, por lo menos, zonas de paso que se beneficiaron con la marcha radial del progreso y cuyo desarrollo aseguró la continuidad de una ciudad que tendía a extenderse periféricamente.

En efecto, diversos factores contribuyeron a la dispersión de la población de las metrópolis. Pero lo cierto es que, al cabo de poco tiempo, luego de iniciarse la expansión metropolitana, habían surgido nuevos centros, unas veces típicamente residenciales y otras mezcladamente residenciales y comerciales. Tal es el caso de Copacabana en Río de Janeiro, de Providencia y Tobalaba en Santiago de Chile, de Sabana Grande en Caracas, de Chapinero y Chicó en Bogotá, de Pocitos en Montevideo. En ellos coexistía el suburbio aristocrático con el centro comercial de moda. Al mismo tiempo crecían los barrios de clase media y popular en las zonas periféricas al calor de la política de construcción de viviendas económicas de los organismos oficiales; crecían las zonas industriales con los barrios aledaños, espontáneos o promovidos, y crecían, finalmente, las barriadas subproletarias en tierras inadecuadas, ocupadas casi con violencia por quienes preferían la vida urbana a los riesgos que su incorporación implicaba.

La contraparte de las barriadas subproletarias son los suburbios aristocráticos. Los sectores de mayores recursos deciden emigrar de la zona del casco viejo y aun de las primeras expansiones de la ciudad. Escapan de la Colonia Roma en México, del Prado en Montevideo, del Paseo de Colón en Lima, de las primeras manzanas del barrio Norte en Buenos Aires, como antes habían escapado de las manzanas aledañas a la plaza Mayor. Y, en busca de tranquilidad y reposo, de “exclusividad”, alientan el delineamiento de nuevos barrios lejanos, sólo accesibles por automóvil, en los que el precio de la tierra garantiza el alejamiento de la gente de clases consideradas inferiores. Así aparecen los suburbios aristocráticos: Olivos o San Isidro en Buenos Aires, Miraflores en Lima, San Ángel y el Pedregal en México, Carrasco en Montevideo, Chicó en Bogotá, Country Club en Caracas. Un suburbio aristocrático es, en principio, una zona de residencias de lujo; pero al cabo de poco tiempo nacen en ella los negocios apropiados para esa especial clientela: boutiques de lujo, restaurantes sofisticados, clubes nocturnos exclusivos, todo cuanto es necesario para que, finalmente, el suburbio se transforme en un centro residencial completo, en el fondo, un gueto siempre temeroso de la aparición de los recién venidos, esto es, enriquecidos una generación después de los que se avecindaron primero.

Pero no sólo hay suburbios residenciales de clase alta. En ubicaciones más modestas, empresas imaginativas han programado barrios suburbanos de clase media –alta y mediana– con el mínimo de comodidades y de aislamiento que se necesita para que esas clases tengan la comodidad que desean al precio que pueden pagar, siempre contando con la posibilidad del traslado hacia el centro por los medios públicos de transporte o por automóvil. Y cuando esos esfuerzos se emprenden en gran escala, y generalmente con intervención del estado, nacen las ciudades satélites –completas, cerradas en su ámbito– como la que se llama así –“ciudad satélite”– en México o como ciudad Kennedy en Bogotá. Siempre en expansión, la metrópoli escapa de su centro en todos los sentidos, y en cada uno revela su condición de complejo clasista.

También escapan los suburbios industriales. Necesitadas de la ciudad, las nuevas y complejas plantas se adosan a ella, rehuyendo el centro, sin duda, pero sin despegarse. En algunas ciudades –Buenos Aires, por ejemplo– los suburbios industriales constituyen un “cordón” que las rodea, y este esquema se repite en muchas otras; San Pablo, además, encadena las plantas preferentemente en el camino a Santos. Pero no hay modelos fijos: el valor de la tierra, los servicios instalados y muchos otros factores inducen a las empresas a localizar sus instalaciones donde más les conviene, aun cuando no faltan localizaciones preestablecidas, como las zonas reservadas a “parque industrial” en ciudades que quieren promover su industrialización y preparan la infraestructura necesaria para favorecer la elección.

La formación de una zona industrial, como la de Avellaneda, Alsina o San Justo en Buenos Aires, como la que se ordena alrededor de la avenida Vicuña Mackena en Santiago, como la que concentra la producción de harina de pescado en Lima o como la que se ha constituido en Medellín o Monterrey, supone no sólo la instalación de las plantas sino, inmediatamente, el surgimiento de barrios habitacionales y la red de negocios adecuados al medio. En poco tiempo, y luego cada vez más, el suburbio industrial adquiere caracteres definidos, que de ninguna manera implican su “zonificación”, esto es, su constricción y limitación a una sola función, sino, por el contrario, su versión restringida de un proceso social total, con sus fenómenos de diferenciación social, de ascensos y descensos, de elaboración de estilos de vida y de formas de mentalidad. Porque, a diferencia de los suburbios residenciales –en rigor, ciudades-dormitorio-, el suburbio industrial es una especie de subciudad en la que tienden a constituirse todos los rasgos de la ciudad misma dentro de ciertos caracteres.

En el fondo, los rancheríos son también ciudades-dormitorio, pero diversas circunstancias hacen que cada unidad –la “villa” o el “barrio”– se constituya como tal en un sentido casi exclusivamente social. El origen de sus habitantes y la persistencia de su carácter marginal prestan al rancherío rasgos singulares que hacen de él lo más característico del proceso de metropolización.

Sin perjuicio de algunos casos anteriores, el proceso de formación de los grandes rancheríos que hoy caracterizan a casi todas las metrópolis se inicia alrededor de 1940 y se acentúa durante la década del cincuenta. Reciben diversos nombres: villas miseria en Argentina, callampas en Chile, barriadas en Lima, favelas en Brasil, cantegriles en Uruguay, ciudades perdidas en México, y genéricamente “invasiones”, “construcciones paracaidistas” o “rancheríos”. El nombre tiene siempre implicaciones: suele entrañar una actitud irónica o una afirmación polémica de lo que, hasta entonces, sólo parecía merecer actitudes vergonzantes. Este último carácter tenía la población de los barrios pobres incluidos en la ciudad, constituidos por “callejones” o “conventillos”. Pero la formación de estos nuevos barrios modifica la actitud –o trae aparejado un cambio– de los “invasores”.

Los rancheríos no son patrimonio de las grandes metrópolis. Los hay en México o Buenos Aires, pero no faltan en Rosario o Monterrey, en Maracaibo o Arequipa, en Guayaquil o en Acapulco. Surgen del designio de ciertos grupos de radicarse en centros urbanos que ofrezcan trabajo y estímulos, y donde sea posible usar tierras fiscales o de propiedad dudosa para comenzar el establecimiento de grupos de viviendas. Construidas con materiales perecederos –muchas veces restos industriales, como cajones de autos, latas, chapas, etc.-, su elementalísima estructura apenas permite resolver los problemas primarios de la vida. La inexistencia total de servicios en un principio –agua, drenaje, energía– suele corregirse con el tiempo de manera precaria mediante la instalación de algunas bocas públicas de agua o soluciones semejantes. Idénticas soluciones se traen para los problemas de la salud o la escolaridad.

En algunos casos las villas se concentran y alojan inmensas cantidades de personas –como, en México, la ciudad perdida de Netzahualcoyotl en la que viven más de un millón– pero en general se dispersan por diversos lugares y llegan, finalmente, a constituir un cinturón compacto alrededor de la ciudad –como en el caso de Caracas– o un estrecho y creciente conglomerado en uno de sus extremos. En todo caso, el contraste entre la ciudad integrada y constituida y esta especie de ciudad flotante que la bordea constituye un espectáculo revelador de las tendencias que conducen a la concentración metropolitana. El paisaje urbano denuncia la presencia de fuertes tensiones sociales y, lo que es más grave, la aparente imposibilidad de dar soluciones materiales a los problemas planteados por la creciente aspiración a la vida urbana que alientan las poblaciones rurales y aun las de los pequeños poblados.

Las culturas urbanas

Las sociedades urbanas, estrechamente consustanciadas con su hábitat, siempre crearon formas singulares de cultura que se tradujeron en cierto estilo de vida y en una forma de mentalidad. Esa fuerza creadora provino, tradicionalmente, de que la sociedad urbana era una sociedad compacta, en la que la fuerza centrípeta predominaba siempre sobre la fuerza centrífuga o, dicho de otro modo, una sociedad en la que los fenómenos de diferenciación nunca sobrepasaban los límites que mantenían la cohesión del conjunto. Ahora bien, el proceso de metropolización de las grandes ciudades crea un nuevo tipo de sociedad urbana que escapa a aquella regla; en lugar de un grupo con tendencia a la cohesión, se constituyen esas “multitudes solitarias” que no llegan a integrarse; es claro, pues, que no crean una única cultura urbana, sino, en todo caso, varias yuxtapuestas dentro de los límites del mismo hábitat.

Tal es, ciertamente, el caso de las metrópolis. Bien analizadas, las multitudes solitarias no son tales. Aparecen así cuando en los focos de aglomeración se confunden gentes que provienen de distintos rincones de la ciudad y de distintos estratos. Entonces se descubre que son individuos que están uno al lado del otro con muy pocas cosas en común. Pero cuando esas multitudes se disgregan, y cada uno de sus miembros vuelve al seno del grupo al que pertenece y al rincón que habita, se descubre que las multitudes solitarias no se descomponen en individuos aislados sino en grupos aislados. Esto es lo característico de la metrópoli: la coexistencia de grupos que no se funden ni reconocen lo que, acaso, tienen en común.

Todo el mundo sabe lo que eran los guetos judíos en las ciudades medievales y aun modernas, o lo que es el gueto negro en Nueva York. Pero pocos latinoamericanos se acostumbran a la idea de que los rancheríos constituyen verdaderos guetos, zonas urbanas prácticamente incomunicadas en las que se alojan grupos sociales con escaso contacto –o, mejor, con contactos muy superficiales– con el resto de la sociedad. Cierto sistema de normas y valores tiene vigencia dentro del gueto, distinto del que prevalece fuera de él.

Pero el caso es que no es un solo gueto. Son varios en algunas metrópolis; muchos, porque sólo para el espectador que mira desde afuera el conjunto de las clases marginales puede parecer homogéneo. Quien mira de cerca las barriadas limeñas distingue las que se forman con gentes venidas de las sierras próximas y aquellas compuestas de inmigrantes de Ayacucho o Cajamarca; en México distinguiría las que reúnen gentes de Tepoztlán de las que se constituyen con gentes de Veracruz; en Buenos Aires, las que se componen de bolivianos o paraguayos de las que están integradas con correntinos o santiagueños. Y no es sólo el origen geográfico lo que las diferencia; es también la condición social originaria, la aptitud para incorporarse a la actividad urbana, o el grado de alfabetización, o la tendencia a dejarse arrastrar hacia formas delictivas de vida. Hay muchos guetos en el inmenso gueto de los marginales.

Pero hay más guetos en las metrópolis. En el otro extremo de la pirámide social, las clases altas que se refugian en los suburbios tienden a constituir guetos, con sus clubes exclusivos, sus restaurantes exclusivos, sus negocios exclusivos y, naturalmente, sus normas discriminatorias para impedir que se incorpore a ellos nadie que no sea considerado de su nivel social o su “círculo”. Y lo mismo podría decirse de los que se alojan en los barrios de monobloques de un sindicato de obreros calificados en relación con otro de pequeña clase media, o de los que forman parte de un barrio surgido de un loteo económico en el que cada uno levanta progresivamente su casa con el trabajo dominical. Y todavía quedan las colectividades extranjeras, y los viejos barrios que se aferran a su tradición, y los “conventillos” o “vecindades” que constituyen mundos cerrados.

Si cada gueto posee su sistema de normas, el conjunto carece de un sistema común: tal es el drama de la metrópoli latinoamericana, en que la situación predominante es la anomia, esto es, la carencia de norma. Tal es la explicación de las pandillas irresponsables que atacan, roban y hasta matan, de los grupos exaltados que producen motines callejeros con el pretexto de una agitación política o social, de las conductas llamadas “antisociales”.

La metrópoli no crea una cultura urbana, pero suele crear varias. Quizá la más visible sea la cultura cosmopolita que predomina en ciertos sectores y que muchos se esfuerzan por imitar; pero esa no es exactamente la creación de una metrópoli, sino la creación de una capa común a muchas de las metrópolis que constituyen el mundo urbano. En todas las ciudades hay grupos que se envanecen de ser cosmopolitas, de hablar varias lenguas o intercalar palabras de las más prestigiosas en el habla cotidiana, de vestir como en las grandes capitales, de deslizarse durante toda la jornada a través de un sistema de actividades que suponen su inserción en el mundo y no en su país o su ciudad. Esta cultura cosmopolita es, sin duda, propia de las metrópolis, pero no es específica de cada metrópoli: es la que han creado entre todas y es la que viven los empresarios y las modelos, los científicos enloquecidos con las relaciones públicas, los gestores de las grandes empresas multinacionales, los turistas mientras son turistas, los artistas de éxito y los gerentes de publicidad. Y además el enjambre de quienes se mueren por imitarlos. Esta cultura cosmopolita es la que encandila a quien no tiene acceso a ella y cree que puede hallar la felicidad en el estatus y en la exhibición de sus signos.

Pero entretanto, los otros guetos de la metrópoli elaboran su propia cultura. En el conjunto no es difícil discernir dos grandes formas de creación cultural: la de los grupos integrados y la de los grupos marginales. Cada uno tiene su típica forma de cultura –y sus subculturas-, y todas ellas constituyen el mosaico metropolitano.

Hay en los grupos integrados, esto es, tradicionales, un cierto estilo que subsiste a pesar de la influencia de la cultura cosmopolita. Pero es un estilo con matices. Las clases altas tienen el suyo, hecho de auténtica o pretendida señorialidad, de conservación de ciertas tradiciones, manifestado en el ejercicio de ciertas formas de comportamiento que quieren conservar el legado de las viejas generaciones. Cierto esteticismo las caracteriza, porque en el fondo es una cultura del ocio que quiere conservar la apariencia, al menos, de una actitud antiutilitaria. Y para las clases medias, especialmente para sus niveles más altos, este modelo compite con el de la cultura cosmopolita, porque quien quiere exteriorizar su ascenso social tiene que elegir entre comportarse como un “ejecutivo” o como “un gran señor”. Dura elección que reside en el fondo en optar entre una concepción utilitaria y otra antiutilitaria de la vida.

Pero dentro de las culturas de los grupos integrados, la más sólida es la de las clases medias. Sólida, en efecto, como es la tradición burguesa. Su solidez depende del reconocimiento de que en la sociedad contemporánea no son incompatibles el ocio y el trabajo, ni está dentro de las posibilidades de las clases medias desdeñar el trabajo, pese a que toda su filosofía se dirija a alcanzar en alguna medida una cultura del ocio. De la cultura de la clase media nace todo el sistema de normas frente al cual ceden, finalmente, las clases altas, y sobre todo, nacen de ella todas las formas creadoras del mundo actual: tanto las espontáneas –los gustos refinados, los principios morales, incluso los prejuicios– como las sistemáticas en el campo de las artes y del pensamiento. Creadora de cultura, la clase media es la gran consumidora de cultura, y los topes de ese consumo son, precisamente, los de la clase media misma. Sin duda, la clase media de las metrópolis se ha masificado –como se han masificado en alguna medida las clases altas-, pero aun así sigue siendo la que crea la cultura singular de una metrópoli, la que hace que México sea diferente de Río de Janeiro o de Buenos Aires, o Montevideo de Bogotá.

Hay sin duda una cultura de las clases populares integradas, pero de escaso relieve. Y no porque en determinado momento no haya sido fuertemente creadora –como efectivamente lo ha sido en ciertas circunstancias y en ciertos aspectos-, sino porque su creación no llega a tener vigencia hasta que no se incorpora al caudal predominante de la cultura de las clases medias, en las que finalmente se canaliza: tal ha sido el caso de la música popular, del habla, de la vestimenta, de la cocina o de la mitología urbana. Y no es un azar la incorporación, sino la expresión de un sentimiento –casi una conciencia– de las clases populares integradas, que consiste en compartir anticipadamente las formas de mentalidad y el estilo de vida de las clases medias, a la espera de que el ascenso de clase se opere realmente en el orden de los ingresos y las condiciones de vida.

Pero lo que constituye una creación singular en el ámbito de las grandes metrópolis es la cultura de los grupos marginales, la que Oscar Lewis ha llamado “la cultura de la pobreza”. Sin duda no es posible describirla a través de formas acabadas y sistemáticas de creación. Pero para alcanzar la entraña de la vida y la cultura de las metrópolis, acaso nada haya tan sugestivo como este examen de cómo los grupos que no tienen nada, ni casi capacidad de obtenerlo, pueden sobrevivir en el seno de las grandes aglomeraciones multitudinarias organizadas según el poder adquisitivo de cada uno. Dentro de ese cuadro se asiste al espectáculo de todo lo que puede crearse con los desperdicios sin valor de la civilización industrial, de todo lo que puede lograrse con una mínima capacidad adquisitiva, de todo lo que se le puede sacar a la sociedad de consumo sobre la base del complejo de culpa que la embarga. Vivir es siempre una creación, pero vivir sin nada en una sociedad montada sobre la escala del valor del dinero es una creación estupenda. Por eso el desarrollo material de la cultura de la pobreza constituye una experiencia extraordinaria en el mundo de la civilización industrial.

No sería extraño que, más allá del plano de la civilización material, la cultura de la pobreza esté elaborando un mundo de símbolos del que no tengamos noticia. Difícil es averiguarlo por ahora. Pero todo hace pensar que, al menos, ha elaborado un pequeño sistema de normas en el que se ha restaurado un principio que, en otros guetos, no parece muy visible: el principio de la solidaridad. Es, sin duda, una piedra sobre la que puede reconstruirse ese sistema de la sociedad urbana tradicional, sociedad coherente que siempre reconoció tal principio como su núcleo fundamental.

Buenos Aires, una historia. 1971

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: la juzgo tan eterna como el agua y el aire.

[Jorge Luis Borges]

Pero no es cuento. Empezó dos veces, fundada la primera por Pedro de Mendoza en 1536 y la segunda por Juan de Garay en 1580. Fue, antes que una ciudad real, un acta y un plano. De las 144 manzanas previstas, sólo 30 estaban edificadas en 1750, cuando la iglesia de San Juan —en Alsina y Piedras— era un curato de indios. Para entonces, los 300 habitantes de 1580 habían llegado a ser 12.000: “vecinos” propiamente dichos los comerciantes, los militares, los funcionarios y los eclesiásticos, y simples habitantes los más, entre los que había criollos, indios, mestizos y negros esclavos que se vendían en Retiro.

Era una sociedad amodorrada la de la ciudad indiana, en cuyo seno sólo solían hacer fortuna los exportadores de cueros, los gobernadores y los funcionarios, y algún contrabandista. Al margen de las rutas metalíferas, inhabilitado el puerto, los estímulos faltaban a esta sociedad que sólo se conmovía cuando se anunciaban los temidos piratas o cuando trascendían las contiendas entre obispos y gobernadores.

Pocas fiestas —como la de la coronación de Fernando VI— sacudían la calma aldeana. Y sólo los domingos se animaba la ciudad cuando los fieles se dirigían a sus iglesias: la Catedral, La Merced, San Francisco, por lo demás los únicos edificios —con el Cabildo y el Fuerte— que le daban a la aldea de casas de barro cierto aire de ciudad.

Buenos Aires cambió notoriamente hacia 1776, cuando se transformó en capital del nuevo virreinato; pero sobre todo porque, a partir del año siguiente, se reemplazó el sistema económico del monopolio por un régimen de comercio libre. Se creó la aduana en 1778, se autorizó poco después la salida de barcos cargados con frutos del país, se orientó el tráfico de la plata potosina hacia Buenos Aires y se creó el Consulado en 1794. Fue una inyección de riqueza y de vida, que se advirtió en seguida en la plaza Mayor —donde se construyó en 1802 la Recova para los comerciantes— y en los mercados de la plaza Monserrat, de la plaza Lorea y de la plaza Nueva, que se abría donde está hoy el mercado del Plata. Tres mataderos aparecieron: el del sur, en la plaza España, el del norte, en la Recoleta, y el del Centro —o de Caricaburu— en la plaza Once. Los caminos de acceso a la ciudad —Santa Fe, Rivadavia y Montes de Oca, que se prolongó desde 1791 en el puente de Gálvez para cruzar el Riachuelo— comenzaron a volcar al mercado urbano los productos alimenticios y artesanales del interior con tal intensidad que el virrey Vértiz tuvo que prohibir en 1783 que las carretas penetrasen en el centro. Aquellos mercados fueron, precisamente, los lugares de arribo.

La ciudad crecía. Aumentaban las manzanas edificadas y las casas modificaban su estilo, sustituyendo el techo de tejas por la azotea con barandas de hierro. Y aumentaba la población, que alcanzó en 1778 a más de 24.000 habitantes, en 1790 a 32.000 y en 1810 a 44.000. El grupo más activo era el de los comerciantes que explotaban las nuevas posibilidades económicas. Tiendas de productos variados surgieron, importados y locales, y sus propietarios acumularon un capital que los transformó en los intermediarios obligados de toda la actividad económica de la ciudad. Algunos comenzaron a formar explotaciones agropecuarias en campos no muy distantes, y poco después surgirían los saladeristas que entrarían de lleno en una vigorosa actividad internacional. Así, el puerto vivificó a la ciudad, en la que empezó a constituirse una burguesía local de españoles y de criollos. Y no sólo de comerciantes, sino también de funcionarios, de militares, de eclesiásticos, y poco a poco de gentes dedicadas a las profesiones liberales. Un mundillo marginal creció en los nacientes barrios populares —Monserrat, Concepción, San Telmo— del cual fueron los más significativos personajes aquellos que estaban vinculados a los mataderos.

También cobraban importancia las clases populares dedicadas al pequeño comercio, a las artesanías, a las tareas del puerto, al transporte, sin que faltaran en su seno los mendigos —algunos a caballo— y las gentes de mal vivir que flotaban entre la ciudad y la campaña. Había criollos, negros y mulatos, indios y mestizos. Pero todo ese mundillo popular o marginal no oscurecía el brillo que empezaba a tener la nueva burguesía urbana, seducida por el ingenuo orgullo de constituir la clase directora en la sociedad del nuevo virreinato, cuya corte poblaba el recinto del Fuerte. Los virreyes procuraron ennoblecer sus salones, harto modestos, y los tenderos y funcionarios eran convocados de vez en cuando para asistir a las fiestas que ofrecían remedando las de Madrid o Lima. Pero la burguesía porteña era modesta. Se contentaba con trabajar, con pasear por la Alameda que construyera Vértiz, con ir a misa, los hombres al café y las mujeres de tiendas por las cuadras de Bolívar, Perú o Victoria donde se concentraba el comercio, y especialmente por aquélla que tuvo el primer empedrado que conoció la ciudad. Y en las veladas, la tertulia familiar, en la sala de estrado o en los patios poblados de limoneros y diamelas congregaba a parientes y amigos para dejar correr las habladurías de la aldea.

Ciertamente, la sociedad comenzó a perder su sencillez a medida que crecieron las fortunas y se diversificaron los intereses. Los progresistas ilustrados se opusieron a los tradicionalistas, y hubo polémicas y enfrentamientos. El Colegio de San Carlos, la Casa de Comedias primero y el Teatro Coliseo después, los periódicos que publicaron Cabello en 1801 —el Telégrafo Mercantil— y Vieytes en 1802 —el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio— sirvieron de instrumentos para la renovación de las ideas. Estaban los pacatos repetidores de las que sustentaban sus abuelos, pero estaban también quienes difundían lo que aprendieron en Chuquisaca, o en los libros de los filósofos franceses que subrepticiamente entraban en la ciudad, o en los que con rara valentía intelectual reunía en su biblioteca privada el padre Maciel. Eran, por lo demás, las ideas que circulaban y triunfaban en el mundo, y en la ciudad fueron llamadas a un primer plano cuando se renovaron las formas de la actividad económica y, sobre todo, cuando los ingleses llegaron como invasores y como portadores al mismo tiempo de una nueva alternativa económica y política.

En 1806 y 1807 lucharon los porteños con los invasores ingleses e hicieron su primera experiencia urbana de coherencia y solidaridad. El saldo fue muy favorable. Se constituyeron grupos definidos de opinión, se desvanecieron mitos anacrónicos, y la ciudad se situó dentro del cuadro real que ofrecía el mundo. Poco después la situación se precipitó. Liniers reemplazó a Sobremonte como virrey, y Cisneros a Liniers. España había caído ante las fuerzas napoleónicas, pero ya antes su imperio colonial había caído ante la fuerza del comercio inglés. Un día —25 de mayo de 1810— Buenos Aires hizo su segunda experiencia urbana y, a través de una insurrección popular y militar, se dio un gobierno propio echando las bases de un nuevo régimen para toda el área del virreinato.

Desde ese día, Buenos Aires entró en conflicto con el interior del país, que rechazó su pretensión a conservar la hegemonía. La ciudad se hizo jacobina, asumió dramáticamente su papel revolucionario, pero tuvo que ceder poco a poco a la resistencia de la realidad. Las burguesías criollas se vieron desplazadas por los comerciantes ingleses en las actividades mercantiles, pero mantuvieron la llama progresista, que culminó en la Asamblea del año 1813, reunida en el edificio del Consulado, en la calle San Martín. Hubo periódicos, representaciones teatrales y, sobre todo, discusiones apasionadas, en los diez años que siguieron a la revolución. La ciudad pasó de 44.000 habitantes en 1810 a 51.000 en 1820, y requirió más atenta policía, que fue confiada al capitán Rafael Alcaraz. En aquel año terminó la hegemonía de Buenos Aires sobre el antiguo virreinato y sus orgullosos y progresistas burgueses se espantaron ante los caballos de los gauchos montoneros que se acercaron a la plaza Mayo, donde ya lucía la Pirámide recordatoria de la Revolución. Un acuarelista inglés —Emeric Essex Vidal— dejó una imagen insustituible de esa ciudad modesta y orgullosa que, tras la experiencia jacobina, creía fervorosamente en su destino:

Silencio, que al mundo asoma

La gran capital del Sur.

[Vicente López y Planes]

Cuando las guerras civiles consagraron su caída como capital de las Provincias Unidas, Buenos Aires pasó a ser, en 1821, la capital de la provincia más próspera, más progresista y más europeizada. Salían por su puerto cueros, sebo, astas y carne salada, que producía una elite rural que empezaba a formarse; y entraban por él productos manufacturados preferentemente ingleses, que dejaban en la aduana fuertes sumas que las provincias del interior envidiaban. El comercio fue la actividad principal de la ciudad, y desde aquel año funcionó una Bolsa mercantil. El gobierno provincial que encabezaba el coronel Martín Rodríguez, y en el que Rivadavia imponía sus ideas modernizadoras, dispuso en 1822 que se realizara un censo, y los habitantes de Buenos Aires supieron a ciencia cierta que llegaban al número de 55.416. Sin duda la mayor aglomeración estaba en las 30 manzanas que rodeaban la plaza Mayor; pero una edificación discontinua cubría ya alrededor de 260 manzanas, definiendo progresivamente la fisonomía de los barrios: Monserrat, San Telmo, Concepción, y más allá, San Miguel, Balvanera, Piedad, Socorro. Las parroquias iban creciendo y la iglesia —a veces reconstruida más de una vez— constituía su centro, sin perjuicio de que los habitantes los identificaran a menudo mencionando una pulpería que resultaba un centro de reunión social tanto como de actividad económica. Y la vida vecinal —y con ella la mala vida— fue puesta bajo la vigilancia de una nueva organización policial que dirigió Joaquín de Achával.

Se erigió por entonces el edificio de la Sala de Representantes —en Perú y Moreno—, y se inauguró el nuevo frente neoclásico de la Catedral. Rivadavia procuró introducir costumbres civilizadas en la ciudad, reglamentó la vida urbana y proyectó las grandes avenidas del futuro: Callao, Santa Fe, Córdoba, Corrientes, Belgrano, Independencia, San Juan y Caseros. Y para adecentar la ribera, dispuso que se trasladaran al otro lado del Riachuelo los saladeros malolientes: allí nacería poco a poco la ciudad de Avellaneda.

La sociedad ilustrada quería vivir en una ciudad limpia y ordenada. Un vecino que firmó “Un inglés” describió agudamente sus formas de vida. Había salones distinguidos, tertulias literarias, centros financieros, tiendas bien provistas, todo lo que deseaba la burguesía “decente” sin que faltaran por cierto los centros de reunión para las clases populares, cuyo género de vida era distinto. Cuando se fundó la Universidad, inaugurada el 12 de agosto de 1821, Buenos Aires se sintió centro intelectual. No faltaban las buenas bibliotecas privadas, las librerías ni los periódicos, progresistas unos y reaccionarios otros, como los que publicaba con títulos estrafalarios el padre Castañeda para combatir a Rivadavia, mentor de toda modernización.

Había también una minoría rivadaviana que compartía sus ideas: Agüero, Varela, Lafinur, Alcorta, Argerich. Eran cultos, progresistas, pero, ciertamente, desdeñaban al pueblo. Todo el pueblo crecía, tanto en los suburbios de la ciudad como en las zonas rurales vecinas, y adquiría cierta conciencia en el interior del país. Buenos Aires, la Buenos Aires ilustrada, no reparó en que crecía, y lo ignoró. Ciertamente, los problemas la abrumaban: quería reconstruir la nación, pretendía someter a las provincias, y se vio comprometida en la guerra contra el Brasil. Rivadavia fue elegido presidente de la República en febrero de 1826 y el 4 de marzo se declaró a Buenos Aires capital de la Nación. Pero fue una aventura efímera y en junio de 1827 todo volvió a ser como antes.

Muchos años después evocarían los recuerdos de esta época José Antonio Wilde en Buenos Aires desde setenta años atrás y Santiago Calzadilla en Las beldades de mi tiempo, dos libros insustituibles para la historia del viejo Buenos Aires.

Dorrego, nuevo gobernador, fue depuesto por un golpe militar que encabezó Lavalle. Buenos Aires se estremeció al saber que el vencedor había fusilado al vencido, y comprendió que se abría una nueva era. Fue cierto. Lo que empezó fue algo así como una recuperación de la ciudad por esas elites rurales que habían empezado a constituirse poco antes y por las clases populares. Ya se vio durante el primer gobierno de Rosas de 1829 a 1832; se vio durante los inquietos días de la “Revolución de los Restauradores” a fines de 1833; pero se vio mejor cuando Rosas inauguró en 1835 su largo gobierno. Al principio no se notó mucho el cambio, y pudo constituirse, en la librería de Marcos Sastre en la calle Victoria 59, una institución tan refinada como el Salón Literario, inaugurado en junio de 1837, en una sesión en la que participaron Juan María Gutiérrez y Juan Bautista Alberdi. Pero las cosas cambiaron pronto. Un movimiento de terror cundió en la ciudad cuando se supo que el presidente de la Sala de Representantes, Manuel Vicente Maza, había sido asesinado el 27 de junio de 1839 en su propio despacho. Rosas, desde su casa de la calle Moreno y luego desde el palacio de Palermo, donde habitó con su corte, vigilaba a los rivadavianos y a los unitarios, que se redujeron a silencio y comenzaron a emigrar. La nueva elite fue federal y tradicionalista, fiel a la mentalidad criolla, y a su alrededor se aglutinaron las clases populares, urbanas y rurales. Sus enemigos dejaron reflejado el cuadro de la sociedad porteña de entonces: Echeverría en El Matadero y Mármol en Amalia. Pocas ciudades latinoamericanas de esa época tienen tan singulares testimonios de su vida urbana que, por su parte, Pellegrini, Bacle y Morel reflejaron minuciosamente en sus litografías y grabados.

Pero la ciudad no se estancó, pese a la crisis del progresismo. El puerto vio crecer su actividad. La población, que Rosas hizo censar en 1836, llegó en esa fecha a 62.000 habitantes, y alcanzó a 85.000 en 1852, dispersa en más de 350 manzanas edificadas. Tonificada por la presencia de extranjeros, la nueva elite no dejó de tener cierto aire internacional: el ministro inglés —que desde su quinta llegaba a Palermo por la calle abierta para él, hoy Canning—, los cónsules, el sabio De Angelis, dialogaban en la casona con el Restaurador, con su hija Manuelita, y también con figuras tan exquisitas como la hermana de Rosas, poetisa, el doctor Vélez Sarsfield, jurista, o el joven Mansilla, aprendiz de hombre de mundo. Juan Aurelio Casacuberta y Trinidad Guevara que habían hecho las delicias de los espectadores del Teatro Coliseo, se retiraron de las tablas y dejaron paso a otros actores que se lucieron con el Macias de Larra en el nuevo Teatro de la Victoria, inaugurado en presencia de Manuelita Rosas el 24 de mayo de 1838. Parecía que la vida seguía; pero seguía de otra manera, y la Mazorca se encargaba de recordar a los desmemoriados que los tiempos habían cambiado. Buenos Aires era ahora la cabeza de la llanura, y el plano que el cartógrafo Sourdeaux dibujó hacia 1850 reflejaba cómo la pampa se insertaba en el ámbito urbano.

Vencido Rosas en Caseros en 1852, entró en Buenos Aires Urquiza con sus tropas. Hubo saqueos en los suburbios, temores en el centro y fusilamientos en Palermo. Poco después Buenos Aires tuvo su gobernador, y al cabo de poco tiempo su legislatura. Pero el clima político y social de la ciudad fue de tirantez durante mucho tiempo. Repentinamente, la ciudad cambiaba su elite federal y tradicionalista por una nueva, decidida a imponer su ideología liberal. El ajuste fue difícil. Los debates en la legislatura y las polémicas periodísticas tuvieron repercusión en las tertulias y en las calles, caldeando los ánimos.

La revolución porteñista encabezada por Alsina sacudió la ciudad en setiembre, y el sitio de Lagos acentuó la inquietud: fue una época vibrante, en la que los porteños sintieron reverdecer su viejo jacobinismo y se sintieron los defensores de la ciudadela liberal contra el país bárbaro. En Buenos Aires, la rivalidad entre porteños y provincianos creó unos enconos que durarían largo tiempo, y que todavía en la década del sesenta descubriría Miguel Cané entre los alumnos del Colegio Nacional, tal como lo refirió en Juvenilia.

Activa y politizada, la ciudad empezó a crecer aceleradamente en riqueza. El puerto, además de los productos tradicionales, exportaba ahora lanas en proporción creciente: 12 millones de toneladas en 1855, 18 millones en 1858, 90 millones en 1875. Un creciente mercado interno atraía muchos productos manufacturados extranjeros —percales y muselinas, porcelanas y chocolates— que se exhibían en las tiendas de las calles Victoria o Perú, y se consumían en el seno de las familias acomodadas que, poco a poco, pasaron de la sencillez republicana al lujo ostentoso de las nuevas burguesías. Lucio V. López describió este tránsito con lucidez y encanto en La gran aldea. De 90.000 habitantes en 1855, la ciudad pasó a 128.000 en 1862 y a 286.000 en 1880. Era un cambio numérico importante, pero más importante era el cambio cualitativo, porque la ciudad empezaba a incorporar una masa creciente de inmigrantes europeos que modificaría muy pronto su fisonomía social y cultural.

Los inmigrantes no pasaron de pertenecer por estos años a la clase popular. Estaban, en la jerarquía social, junto a los criollos pobres, quizá junto a los pardos o negros; pero traían otro ímpetu, y pronto comenzarían a ascender. Ya por estos años algunos comenzaban a alcanzar ciertos niveles de pequeña clase medía, especialmente los españoles, favorecidos por las ventajas que les deparaba su lengua. Tenderos y almaceneros generalmente, algunos pudieron hasta introducirse en la burocracia o la enseñanza elemental. Pero sólo unos pocos, porque las clases medias criollas se mostraron celosas de sus privilegios en la ciudad orgullosa, y muy pronto formaron una barrera contra los “gallegos” y los “gringos”.

Ciertamente, más sólida fue la barrera que puso la alta burguesía urbana, ese patriciado que se sentía protagonista de una epopeya iluminada por las antorchas del liberalismo y del progreso. Sólo las actividades modestas parecían a ese patriciado propias para estos recién llegados a los que tuteaban con cierto menosprecio. Y atrincherado en su naciente fortuna, se dio un estilo de vida, imitado de la burguesía francesa, que ingenuamente tomó como el más inequívoco signo de aristocracia.

El Club del Progreso, que poco después de su fundación se instaló en el palacio Muñoa, en Perú y Victoria, fue el centro de los alardes de lujo y señorío de la nueva burguesía. El salón de los retratos servía para las grandes recepciones, había espejos, estrados lujosos, y sobre todo, un comedor donde se servía excelente cocina francesa y se podía beber champagne, mucho champagne. Por las noches, las veladas del Teatro Colón —levantado en la plaza Mayo en 1857 e inaugurado con una memorable Traviata cantada por Tamberlick— reunían a los elegantes, que se sentían transportados no tanto por la música como por el brillo de la reunión social. Sarmiento se burló con alguna crueldad de esa sociedad que se esforzaba denodadamente por parecer la “buena sociedad”. Pero con los años las fortunas se hicieron viejas, las generaciones se sucedieron y las costumbres se refinaron. Muchos de los miembros de la nueva burguesía contrajeron el hábito de la lectura, se compenetraron del contenido de cada número de la Revue de Deux Mondes —para los iniciados, simplemente “la Revue”—, frecuentaron la literatura francesa y algunas veces la inglesa, y algunos brillaron en el foro, en los debates parlamentarios y en las letras, además de destacarse en la dirección de sus intereses privados.

El esplendor económico se reflejaba también en los otros estrados sociales. Había teatros para diversos gustos: el Victoria, donde podía escucharse ópera, el Argentino, donde podía verse a la Rístori, el Alcázar, donde se presentaron los Bouffes parisiens, el Alegría, para la zarzuela española, y luego el Variedades, el Porvenir, el Hipódromo, para los géneros más populares. Había también para la gente del pueblo circos y fiestas de Carnaval, procesiones, bailes para morenos, y poco a poco sociedades de las colectividades extranjeras en cuyos salones comenzaron a sonar los aires de la tarantela o la muñeira.

El dinero y los buenos jornales no faltaban, pero el trabajo era duro: diez o doce horas era la jornada de un trabajador. Pero todos, y sobre todo los inmigrantes, no medían su esfuerzo porque aspiraban a ahorrar y a acumular sus ahorros, a pasar de jornalero a comerciante y a “labrarse una posición”. Buenos Aires era —o parecía— un paraíso del que empezaba a hablarse con arrobamiento en las aldeas de Galicia y Piamonte.

Para los hijos de criollos e inmigrantes, abundaron las escuelas primarias. Para la nueva burguesía se estableció el Colegio Nacional de Buenos Aires en 1863 y fundaron los jesuítas el del Salvador en 1868. La Universidad progresaba notablemente desde que asumiera el rectorado Juan María Gutiérrez en 1861, y los periódicos crecían en número y calidad: El Nacional, La Tribuna, La Prensa, La Nación. Una elite intelectual empezaba a formarse al lado de la elite económica y política, en la ciudad que se poblaba y se extendía.

Para 1855 ya estaban edificadas 683 manzanas, con casas modestas en su gran mayoría. Pero en el centro —Catedral al sur— empezaban a aparecer algunos edificios de categoría: casonas privadas, palacios de ricos estancieros, como los de Muñoa, Bosch o Miró, escuelas públicas, hospitales y el nuevo Congreso Nacional inaugurado en 1864. Algunas iglesias se modernizaron, y las casas privadas contaron con provisión de gas. En 1871 la epidemia de fiebre amarilla conmovió a la ciudad e interrumpió su vida; y a su término el centro elegante comenzó a emigrar hacia el norte, como lo comentó con su gracia habitual Fray Mocho, sutil cronista de la vida cotidiana de la ciudad. El norte prosperó, y se hicieron clásicos los paseos de la Recoleta y de Palermo, este último llamado oficialmente parque Tres de Febrero e inaugurado por Avellaneda en 1875; el sur, en cambio, comenzó a declinar lentamente y fue ocupado por sectores medios y populares, convirtiéndose algunas de las viejas casonas patricias en nuevos “conventillos”. Pero surgían otros barrios. El tranvía a caballos, que empezó a correr en 1853, acercó poco a poco las zonas suburbanas, y así crecieron Barracas y Balvanera, la desordenada aglutinación de la Boca y hasta el lejano San Cristóbal, más allá de Entre Ríos. El Once era ya un barrio remoto; pero la ciudad sabía que crecería, y en 1867 se fijaron sus lejanos límites: el Riachuelo, el arroyo Maldonado y las calles Córdoba, Medrano, Boedo, Castro Barros y avenida Sáenz, según sus denominaciones actuales. Esta última conducía al Paso de Burgos —luego Puente Alsina—, que adquirió gran importancia cuando, en 1872, se trasladó el matadero a los Corrales, donde hoy está el Parque Patricios. Caseros y Amancio Alcorta acrecentaron su caudal de tránsito: carretas, arreos y jinetes. Y en 1871, colmado el cementerio del Sur —hoy plaza Ameghino— y casi colmado el de la Recoleta, se estableció el de la Chacarita, en una zona tan remota que pronto hubo que establecer un ferrocarril para conducir hasta allí los féretros y sus cortejos.

Un día se inauguró la estación del Parque, en 1857, desde la que partía el ferrocarril a Floresta. La vía hacía una curva al llegar a Callao, pasando de la calle Lavalle a la calle Corrientes: así quedó trazada Rauch. Fue por entonces cuando se hizo el primer plan de pavimentación de la ciudad, un año después de inaugurarse la iluminación a gas en las calles Victoria, Bolívar y Chacabuco. Era el triunfo del liberalismo y la modernización: el atildado gentleman del Club del Progreso podía esperar que Buenos Aires se pareciera pronto a París. Valía la pena ser porteño:

¡Qué me importan los desaires

con que me trate la suerte!

Argentino hasta la muerte

he nacido en Buenos Aires.

[Carlos Guido Spano]

La ciudad de las dos culturas

La empresa de llevar a cabo esa tarea de convertir a Buenos Aires en una metrópoli europea fue asumida por Torcuato de Alvear, el primer intendente que tuvo la ciudad después que fue federalizada en 1880, Hubo una revolución ese año y se combatió duramente, pero Roca asumió la presidencia e inauguró una era de renovación, y la ingente riqueza que produjeron las nuevas actividades económicas permitieron, como un lujo, transformar y embellecer la capital del país organizado y progresista.

El puerto adquirió un movimiento tan intenso que en 1889 se decidió construir uno modernísimo, según et proyecto del ingeniero Madero, que se inauguró parcialmente en los años que siguieron hasta 1897. Por él comenzó a salir no sólo el ganado en pie y las lanas sino también las carnes congeladas y los cereales que empezaron a cultivarse; y simultáneamente creció la cantidad de productos que entraron por él, para satisfacer un mercado interno cada vez más exigente y consumidor. Buenos Aires se convirtió en una fuerte plaza comercial, en la que no sólo aparecieron poderosas casas mayoristas que concentraban las operaciones de exportación e importación, sino también una multitud de pequeños comercios dispersos por el centro y los barrios.

La Bolsa de Comercio, en la plaza de Mayo, fue el santuario de quienes se dedicaban a esas actividades, y dos novelas —La Bolsa, de Julián Martel y Quilito, de Carlos María Ocantos— reflejaron la gravitación que ejerció en la vida de la ciudad y en el desarrollo de su sociedad heterogénea. Las especulaciones tentaron la ambición y la fantasía de los porteños, y gracias a ellas crecieron y se desplomaron muchas fortunas. En 1890, una crisis sacudió dramáticamente la vida de la ciudad. Tras las corridas, hubo fugas y suicidios, derrumbes vertiginosos y sospechosas supervivencias. Y, entretanto, otra crisis sacudió al régimen político y enfrentó al gobierno con un naciente movimiento popular que desafió a la naciente oligarquía. El Parque de Artillería, en la plaza Lavalle, sirvió de cantón a los revolucionarios, y hubo combates callejeros en los que el gobierno, finalmente, se impuso. Pero pasaron las dos crisis: la política se canalizó otra vez, la economía se recompuso y la prosperidad volvió a reinar poco después en la ciudad, un poco cartaginesa, en la que el dinero medía los prestigios.

Por el puerto entraron durante estos años no sólo mercancías sino también ingentes cantidades de inmigrantes europeos. El gobierno los llamaba para que trabajaran la tierra, pero muchos de ellos se quedaban en Buenos Aires o volvían a ella después de una corta y generalmente triste experiencia rural. En cincuenta años la ciudad decuplicó su población. De los 286.000 habitantes con que contaba en 1880 pasó a 649.000 en 1895 y a 2.254.000 en 1930. Fue como una inundación que provocó una alteración sustancial de la fisonomía urbana, y el joven Ricardo Rojas la descubrió en La restauración nacionalista. Muchas lenguas y muchas costumbres se entrecruzaron, rompiendo los cuadros de la antigua ciudad criolla.

Durante bastante tiempo los grupos inmigrantes permanecieron encerrados dentro del cuadro de las clases populares o de las pequeñas clases medias. Fue en el seno de estos grupos donde empezó a operarse, muy lentamente por cierto, la integración entre los recién venidos y los grupos criollos tradicionales, todos en estrecho contacto en los barrios populares o en los suburbios orilleros.

De ese conglomerado se desprendió, en cierto momento, un nuevo proletariado manufacturero y luego industrial que empezó a tener alguna significación a fines del siglo pasado. Pero nunca fue más que un sector minoritario, pese al triunfo de Alfredo L. Palacios en 1904 como candidato a diputado socialista por la jurisdicción de la Boca, pues la mayoría dentro de las clases populares estaba decidida a “hacer la América” aprovechando la apertura económica que ofrecía el país. Esa mayoría se desentendió de la acción gremial y política, y buscó el ascenso social por la vía del trabajo tesonero y el ahorro metódico: muchos de sus miembros lograron éxito, y así empezó a constituirse una creciente clase media de singulares caracteres sociales y culturales. Para alcanzar ese ascenso, el pequeño comercio fue el camino preferido por los grupos inmigrantes, en tanto que las primeras generaciones de sus descendientes prefirieron el camino de la burocracia y, sobre todo, el de las profesiones liberales, como lo mostró Florencio Sánchez en M’hijo el dotor. Uno de los factores del éxito que tuvo la campaña proselitista de la Unión Cívica Radical fue el generoso ofrecimiento de puestos públicos que hacían los caudillos de barrio.

En ese acelerado proceso de cambio social —confuso, como todos— se constituyeron también extensos grupos marginales que le dieron a Buenos Aires un carácter peculiar. En las orillas de la ciudad —cerca de los Corrales, en Barracas, en la Boca— se entrecruzaron los troperos criollos que llevaban los arreos de ganado a los mataderos con los peones de las barracas laneras o de los frigoríficos, los marineros, desembarcados en la ribera del Riachuelo con los carreros y cuarteadores, y alrededor de este heterogéneo mundo de hombres solos —sin arraigo, sin mujer, sin familia— surgieron los prostíbulos, los salones de baile y los cafés, las pulperías y las cantinas, los “despachos de bebidas” que se agregaban a los almacenes, lugares todos donde los parroquianos buscaban un poco de compañía y un poco de enajenación, en un ambiente de libertad que se sustraía al sistema de costumbres y de normas propio del centro de la ciudad burguesa. Junto a los hombres de trabajo, las prostitutas, los ladrones, los jugadores, los “cafishios’’, los borrachos consuetudinarios, los guitarreros y cantores se mezclaban, sin suscitar distanciamientos ni reproches ni repugnancia a las humildes familias del vecindario ni sorpresa a los chiquilines. Fue, en conjunto, una apretada sociedad marginal, en cuyo seno se elaboraron nuevas formas de convivencia, inflexibles reglas de juego y ciertos ideales originales y vigorosos que contaron con un decidido consentimiento. De acuerdo con esos ideales de vida se delinearon ciertos tipos sociales: el malevo, el guapo, el compadrito, el canfinflero, la percanta, la yira, la milonguita, el ciruja, que se sumaban a los que daban forma local a viejas profesiones: los cuenteros, las adivinas, los escruchantes, los punguistas, los jugadores fulleros. Era, ciertamente, una sociedad marginal, pero inseparable y parasitaria del núcleo de la gran ciudad, que se constituía al calor de un enriquecimiento acelerado, desbordando los marcos tradicionales.

Durante cierto tiempo, la sociedad tradicional ignoró este mundo marginal, como todavía lo revelaba la autora de Stella [Emma de la Barra, “César Duayen”], esa novela de principios de siglo que presentaba una Buenos Aires idealizada. Las viejas y las nuevas clases acomodadas se mostraron sorprendidas e irritadas por la aparición de estos mundos disímiles pero concurrentes: el de los inmigrantes que trabajaban ahincadamente para lograr su ascenso social y se mostraban ajenos a la vida del país tradicional —ignorantes de San Martín e indiferentes a la emoción del Himno Nacional—, y el de este mundo marginal que crecía en las orillas de la ciudad y cuyo eco llegaba lentamente hasta el centro, llevado unas veces por la crónica policial y otras por la sorprendente revelación de algún hijo de familia “bien” que se había deslizado en tren de “garufa” hacia sus misteriosas profundidades. Fue una sorpresa que engendró nuevas actitudes sociales de vastas consecuencias.

La reacción de las clases acomodadas, cada vez más ricas y cada vez más celosas de su poder, fue retraerse, constituirse en una verdadera oligarquía y afianzarse para defender sus privilegios y su estilo de vida. Una obsesiva preocupación por los “apellidos” subyugó a las clases altas —de la que dejó curioso testimonio Gastón Federico Tobal en sus Evoluciones porteñas— y aun a las clases medias tradicionales que se sintieron unidas a aquéllas, y sólo muy lentamente, y ante la tentación de las nuevas fortunas, comenzó a transigirse con el matrimonio de una niña “bien” con un “gringo con plata”. Los salones y los clubes —el del Progreso, el Jockey, fundado por Pellegrini en 1882, el Círculo de Armas— se hicieron cada vez más herméticos y pasaron algunas décadas antes de que comenzaran a abrir sus puertas a las nuevas fortunas. Los palacios lujosos del barrio norte congregaron a los grupos cerrados, de los que, sin embargo, solían escapar los jóvenes “patoteros” para deslizarse en el café de Hansen o en el Armenonville en busca de alegres compañías que hubieran espantado a sus padres si muchos de ellos no se hubieran familiarizado con gentes parecidas en las dudosas operaciones electorales, en la vida de los studs o en las subrepticias aventuras eróticas. Era la nueva burguesía una clase cada vez más conservadora, pero que se mostró incapaz de conservar, en su propio círculo, el estricto sistema moral de “la gran aldea”. Porque, nacida del cambio, no podía sustraerse a la situación que ella misma había desencadenado.

El cambio fue notorio en la fisonomía física de la ciudad. Tanto y tan pronto se poblaron sus baldíos que en 1888 se consideraban edificadas 1.363 manzanas. Cierto es que el ámbito de la ciudad había cambiado. El año antes, una ley había incorporado a la ciudad los partidos de San José de Flores y de Belgrano, llevando los límites urbanos hasta lo que es hoy la avenida General Paz: un total de 19.000 hectáreas aproximadamente, con lo que Buenos Aires se convertía en una de las ciudades más extensas del mundo.

En poco tiempo se modificó profundamente la infraestructura de la ciudad. Se construyó el puerto Madero, se concluyeron las obras de salubridad en la década del 80, se extendieron y electrizaron los tranvías desde 1902, se desarrollaron las líneas suburbanas de ferrocarriles, aumentaron los hospitales, los mercados y los parques, se electrificó el alumbrado público a partir de 1882, se construyó el primer subterráneo, inaugurado en 1914, aparecieron los ómnibus y los colectivos, y se hicieron sobre el río el Balneario Municipal y la avenida Costanera. La Asistencia Pública, creada por el doctor Ramos Mejía en 1884, trataba de cubrir los servicios de salud, en tanto que los Bomberos Voluntarios de la Boca, constituidos el mismo año, y el cuerpo de Bomberos de la Policía, reorganizado por el coronel Calaza en 1890, se esforzaban por contrarrestar los incendios. Con algún retardo, todos los servicios públicos fueron desarrollándose al compás del vertiginoso crecimiento de la ciudad.

Tanto el intendente Alvear como sus sucesores procuraron modificar el casco viejo de la ciudad para adecuarlo a las nuevas necesidades. Demolida la Recova en 1884, la plaza Mayo cubrió dos manzanas. Donde había estado el viejo Fuerte —demolido también en 1853— se construyó la Aduana primero y la Casa de Gobierno después. Pero la obra más importante de remodelación del centro fue la apertura de la avenida de Mayo, iniciada en 1888 e inaugurada en 1894, que obligó a mutilar —no sin polémicas— el viejo Cabildo. Dos años antes se había erigido el edificio de la Municipalidad y poco después se inauguraron los del Congreso Nacional y del Palacio de Justicia. Y frente a este último, en la plaza Lavalle, se construyó en 1908 el nuevo Teatro Colón, que abrió sus puertas el 25 de mayo con una fastuosa función en la que subió a escena la ópera Aída.

El barrio norte se poblaba de suntuosas viviendas y se creaban hermosos rincones en los que brillaban los palacios y palacetes de estilo francés, y el barrio sur seguía siendo ocupado por gentes modestas. Y en tanto que las avenidas Alvear y Quintana sólo veían el desfile de los distinguidos vecinos, la avenida de Mayo, con sus cafés de españoles, como el Tortoni o el Colón, y la calle Corrientes, con sus cafés bohemios y sus cafés de tangos, sus teatros y sus restaurants, se transformaron en los polos de atracción de la gente de los barrios.

Justamente, la experiencia más llamativa de Buenos Aires fue por entonces el desarrollo de los viejos barrios y la aparición de otros nuevos. Los transportes públicos acortaron las distancias. Se podía llegar en subte hasta Caballito primero y hasta Chacarita después, combinando allí con tranvías u ómnibus que prolongaban el recorrido; o se podía ir en tren hasta Belgrano o Villa Devoto o Vélez Sársfield o Villa Urquiza; o se podía usar el tranvía, el ómnibus o el colectivo —este último, un espontáneo invento porteño aparecido en 1928— para alcanzar los innumerables barrios que surgieron poco a poco, más allá de los tradicionales.

A veces los barrios surgieron espontáneamente a lo largo de la vía tranviaria, o de las avenidas que se alejaban del centro cruzando una semicampaña, como Villa Crespo y Almagro en los últimos años del siglo pasado. Otras veces crecieron como aglomeraciones alrededor de un foco de atracción: Abasto, alrededor del mercado inaugurado en 1889 en Corrientes y Laprida; Nueva Pompeya, en las proximidades del puente que cruzaba el Riachuelo, cerca de donde estuvieron los Corrales: Nueva Chicago, alrededor de los nuevos mataderos, inaugurados en 1901; Palermo, recostado sobre el arroyo Maldonado y polarizado hacia plaza Italia en cuyos bordes se inaugurara el Jardín Zoológico en 1875 y el Jardín Botánico en 1898.

Aun en estos barrios fue importante la acción de los rematadores, que en otros, en cambio, significó una creación desde la nada. Los rematadores descubrieron y emprendieron el negocio del fraccionamiento de viejas quintas o extensos solares baldíos, tentando a los que querían afincarse. Los lotes eran ofrecidos en espectaculares remates que se hacían los domingos. “Se compra sin dinero”, decía en 1889 un cartelón en el que anunciaban lotes a razón de cinco pesos mensuales a una cuadra de Rivadavia y Cuenca. Alguna vez el rematador ingenioso levantaba un simulacro de construcciones para atraer a sus presuntos clientes. Y tanto el aprendiz de especulador que adivinaba el futuro incremento del valor de la tierra urbana como el ahorrativo trabajador que acariciaba el sueño de la casa propia compraban su parcela, aquél para revenderla en momento oportuno y éste para edificar su vivienda.

No todos edificaban su casa de una sola vez. Muchos edificaban no sin sacrificio una pieza de material, y así podían abandonar el sórdido conventillo. Un primitivo retrete y una cocinita bajo techo precario permitían sobrellevar una nueva etapa de ahorro, tras de la cual la casa se iba completando, sin preocupaciones estilísticas. En cambio, los más acomodados, o los que edificaban para alquilar, confiaban la construcción a un maestro de obra generalmente italiano —y hubo muchos— que repetía, en un lote de diez varas de frente, el plano de la casa de habitaciones en fila, esmerándose en la ornamentación de una fachada de remotas reminiscencias renacentistas con sus cornisas y balaustradas: una puerta y dos balcones daban su fisonomía a la “cuadra”, expresión que localizaba el entrañable habitat de los nuevos porteños.

Así surgieron incontables núcleos urbanos, inscriptos en el área más extensa del barrio. Algunos de esos barrios fueron importantes desde un comienzo, como Villa Devoto o Villa Urquiza, en tanto que otros crecieron lentamente, sin que se edificaran sus baldíos, como Villa Soldati, La Paternal, Villa Ortúzar o Villa Lugano. En algunos, una plaza o la estación suburbana del ferrocarril crearon un polo de atracción comercial y social; en otros fue una esquina —como la de San Juan y Boedo, o la de Caseros y Rioja, o la de Lope de Vega y Jonte— la que concentró los pequeños negocios y alentó el encuentro de sus habitantes a la tardecita, después del trabajo, o por la mañana, a la hora de la compra. Y algunos recibieron el don de un vasto parque público —Centenario, Patricios, Lezama, Avellaneda— que conservó largo tiempo cierto aire de pampa en el seno de la ciudad.

Fueron barrios familiares, de gente honesta y trabajadora, ahorrativa, cuyos objetivos familiares e individuales consistían primariamente en mejorar de condición económica y social, en casar a las hijas y en asegurar un porvenir a los muchachos: una clase popular con expectativas de pequeña clase media que, a medida que crecía, se constituía en el grupo social más significativo de la población de Buenos Aires. Pero era una sociedad inestable, puesto que se integraba al calor de los ascensos y descensos de clase, de los triunfos y las frustraciones: junto al almacenero próspero estaba la “costurerita que dio aquel mal paso”; junto al muchacho que conseguía un empleo en un ministerio, el que se desgraciaba por un estúpido alarde de machismo; junto a la chica que se casaba con un rico, la que hundía su vida en un taller del que salía tuberculosa, o la que, deslumbrada por “las luces del centro”, terminaba de “milonguera” en un cabaret; junto al “bacán” perezoso, el obrero esforzado que se sobreponía a su fatiga para leer un folleto de propaganda anarquista. Era esa sociedad inestable que descubrió Evaristo Carriego, revelándola a través de una sociología en verso que era, a la vez, su exaltación sentimental. Un café ofrecía compañía y solaz a los muchachones, un “despacho de bebidas” a los viejos, y un cine reunía los sábados y domingos a las familias para ver las películas de Perla White o de Rodolfo Valentino. Pero las “barras” preferían el fútbol —activo en los potreros, pasivo en las canchas de Boca Juniors o de San Lorenzo de Almagro—, y a veces aparecían en el centro para escuchar tangos en el Café de Pacho o en El Estribo, o en los que aparecieron en Corrientes, todavía estrecha.

Así se diversificó la sociedad porteña. En distintos sectores de la ciudad se alojaron sociedades distintas, netamente diferenciadas, y cada una de ellas desenvolvió una cultura singular que durante largo tiempo se mantuvo enfrentada irreductiblemente con la otra. Hubo una cultura de las clases tradicionales y una cultura de las nuevas formaciones sociales, esta última escindida a su vez en la de los grupos inmigratorios que mantenían vivas sus tradiciones populares europeas y en la de los grupos criollos hibridados de las orillas.

La cultura de las clases tradicionales se alimentaba de sus raíces criollas y se adornaba con el reflejo de la cultura burguesa propia de París y de Londres. Brilló en el centro, en las residencias aristocráticas, en los bailes y en los clubes, en la platea y los palcos del Teatro Colón, en la Universidad, en las tertulias literarias, en la tribuna de socios del Hipódromo Nacional, en las redacciones de los grandes diarios. Allí se alojó la moda parisiense, el Art Nouveau, luego el Modernismo —cuando en 1896 publicó Rubén Darío Prosas Profanas en Buenos Aires—, y luego el Ultraísmo, cuando el grupo literario de Florida comenzó a publicar el periódico Martín Fierro. Era una cultura brillante, sin duda, pero un poco convencional y, sobre todo, muy dependiente de las novedades de París, tan visibles en los escaparates de Harrods como en la revista Nosotros, o en la polémica cotidiana del Café de los Inmortales, refugio de una bohemia que pintó agudamente Manuel Gálvez en El mal metafisico, o en la evolución de la cocina criolla, alterada por los mandamientos del Cordon Bleu. Y no era sólo la cultura de las clases altas, sino también la de las clases medias tradicionales y la de las nuevas clases medias a medida que lograban integrarse en la sociedad tradicional, unas lectoras de Plus Ultra y de La Nación, otras de El Hogar y de La Prensa, unas habitués de Harrods y otras de Gath y Chaves o La Ciudad de México, revistas, diarios, tiendas, confiterías, todos sutilmente signados por un matiz que revelaba el sector de la estratificación social a que respondían. Era una cultura constituida.

En los barrios, en cambio, se constituía una cultura inédita, propia de los sectores inmigrantes y marginales, que tuvo dos matices distintos. Los grupos de inmigrantes y de hijos de inmigrantes constituyeron una cultura marginal, pero incómoda en su marginalidad y que dio muestras de aspirar a su rápida integración. Subsistían los signos de sus raíces populares europeas: el predominio de una cocina española o italiana, la vigencia de normas éticas y sociales que correspondían a los lugares de origen, generalmente aldeas cuyas formas de vida se acomodaban difícilmente a las de la gran ciudad que era ya Buenos Aires. Pero la aspiración al ascenso social forzaba las limitaciones impuestas por la tradición y empujaba a las nuevas generaciones a aceptar las pautas establecidas por las clases dominantes: había que abandonar el genovés o el idish, había que tratar de entrar al Colegio Nacional, había que aprender las maneras convencionales de trato. Fue un aprendizaje duro. Los grupos que aspiraban al ascenso podían parecer “guarangos” o “caches” a los ojos de las clases tradicionales —que a veces se ponían demasiado “tilingas”—, precisamente porque estaban elaborando, a su modo y para adaptarlo a sus necesidades, el modelo que las clases altas les ofrecían. Ciertamente, la elegancia de las chicas de barrio no era la misma que la de las niñas de clase alta, pero aspiraba a serlo, y lo lograba poco a poco. Esa reelaboración del modelo de la clase alta por las nacientes clases medias constituyó una curiosa aventura cultural del Buenos Aires de las dos culturas.

Pero no fue ésta la única cultura inédita que surgió en los barrios. Al lado, y ocasionalmente mezclada con ella, apareció una cultura marginal que aceptó su marginalidad, asumió sus raíces y sus tendencias, y afirmó su peculiaridad. La elaboraron, en los suburbios marginales de los Corrales, Barracas, la Boca, Palermo o Nueva Chicago o Nueva Pompeya, paisanos de la llanura e inmigrantes italianos y españoles que entrecruzaron sus sentimientos y a veces sus ideas, sus costumbres y sus principios, sus atávicas formas de comer y sus sistemas de lucha por la vida. Y la coincidencia tuvo tal vigor que crearon un habla —el lunfardo—, un baile y una canción —el tango—, y dieron vida al mismo teatro criollo que desembocó muy pronto en una entrañable expresión teatral, el sainete. Los valores de la cultura del centro no se cuestionaron sino que, simplemente, fueron ignorados; las normas se dejaron de lado y se sustituyeron con otras que respondían exactamente a las situaciones reales. Considerada en sus elementos no parecía una cultura original, pero fue inusitada la combinación de los viejos elementos y el sentido que se atribuyó a esa combinación. Fue un formidable experimento, forzado por la presencia y el contacto de grupos diferentes puestos en una misma situación, y para quienes la segregación actuó como agente catalizador.

Esta cultura marginal que aceptaba su marginalidad y perseveraba en su peculiaridad, coincidía con la cultura marginal que no aceptaba su marginalidad en que ninguna de las dos podía vivir sin la cultura del centro. Por eso las dos se entremezclaron y formaron un vago conglomerado para responder al desafío de la cultura constituida, que era la cultura del poder.

Las culturas marginales se enfrentaron con la cultura del centro, y aceptaron las vías de contacto que en cierto momento empezaron a establecerse: y así comenzaron a entrecruzarse mil sutiles hilos entre las dos culturas, que concluyeron por crear una trama común para las dos en el Buenos Aires de 1930. ¿Quiénes los tejieron?

Fue la “milonguita” que quiso abandonar la miseria suburbana y ofreció compañía pasajera en los cabarets a la juventud dorada. Fue el político de fuste que buscaba votos en los comités de suburbio, comisionaba agentes electorales y contrataba guardaespaldas entre los muchachos de avería. Fue el “cafishio” que proveía de “programas” al caballero distinguido con “bulín” puesto. Fue el turfman que se entreveraba con jockeys, cuidadores y tahures en los studs del bajo de Belgrano. Fue el “niño bien” que no podía olvidarse en casa de lo que había aprendido en Hansen, en los prostíbulos o en los salones de baile. Fue Crítica, el periódico de Botana, que canalizó los valores de la cultura del suburbio y los volcó en el centro. Fue la calle Corrientes, terreno neutral de las dos culturas, donde una y otra se encontraban a gusto. Fue Maffia y Firpo, Contursi y Flores, Carlos Gardel y Rosita Quintana, que ganaron el centro con un tango que de milonga se hacía canción. Fue Soria y García Velloso, González Castillo y Vacarezza, que intentaron la épica del conventillo, con el enfrentamiento del compadrito y el cocoliche. Fueron los bodegones del Abasto, las cantinas de la Boca, los restaurants de la cortada Carabelas y los cafés de Corrientes. Fue Olinda Bozán y Arata, Muiño y Simari. Fue Carlos de la Púa y Last Reason, Arlt y Olivari. Por la presión de la periferia sobre el centro, las dos culturas se compenetraron, y en la década del 20 quedó a la vísta que la integración quedaría consumada en poco tiempo.

El crecimiento de las masas radicales lo confirmó. Los muchachos que vivaban al doctor Yrigoyen ganaron el centro y expresaban en ese símbolo todo ese bagaje de ideas y sentimientos del suburbio trabajador tanto como del suburbio orillero. En las fiestas del Centenario, en 1910, las clases tradicionales habían sellado su decisión de mantenerse puras y resistir la contaminación. Hicieron lo que pudieron desde la escuela, desde la tribuna, exagerando a veces un patriotismo formalista. Cuando la nueva sociedad se manifestó violentamente, a través de las bombas de los anarquistas o a través de la protesta de los obreros de Vasena, la sociedad tradicional la enfrentó con dureza, a veces desmedida, como en la Semana Trágica de 1919, que Arturo Cancela llamó con ironía una semana de holgorio. Para recuperar el poder que había perdido en 1916, cuando Yrigoyen subió al poder en medio de extraordinarias manifestaciones de júbilo popular, recurrió a la conspiración y al golpe de estado. El 6 de setiembre de 1930 Buenos Aires se sacudió con el desfile de los cadetes del Colegio Militar que derrocaron a Yrigoyen y pusieron en el poder a Uriburu. Al pasar, cañonearon el Congreso.

La capital de la crisis

La revolución de 1930 inauguró una época crítica para el país, y Buenos Aires fue la capital de la crisis. La dictadura se mostró temerosa y la represión fue dura con los opositores. Torturadores vocacionales hicieron famoso su nombre en la ciudad, y años después, cuando se constituyó el nuevo Congreso, fueron denunciados por Alfredo L. Palacios en un debate del Senado. Para entonces, la revolución había desembocado en un régimen surgido de elecciones, y los presidentes Justo y Ortiz mejoraron los métodos represivos. Hasta se pudo votar libremente en la ciudad de Buenos Aires, seguramente en homenaje a la imagen internacional del país. No sólo se habló de las torturas en el Senado. Se habló también de los escándalos en la compra de armamentos y se habló de las carnes, en un debate memorable conducido por Lisandro de la Torre en 1935 y en cuyo transcurso fue asesinado en pleno recinto el senador Bordabehere.

Entre 1930 y 1943, una paz varsoviana reinó en la ciudad. Las clases altas se sintieron cómodas. Fue una época de cierto brillo cultural, con buenas temporadas líricas en el Colón, conciertos excelentes de música moderna, exposiciones y conferencias en el salón que en la calle Florida tenía Amigos del Arte, cursos en el Colegio Libre de Estudios Superiores, y una buena difusión de la mejor literatura europea de la que se encargaba la revista Sur. Pintores y escultores, muchos recién llegados de Europa, difundían a través de sus obras las nuevas concepciones plásticas, y los escritores más refinados vertían las influencias de Huxley y de Joyce. Al margen de la cultura, cierto sentimiento aristocratizante campeó por la ciudad, manifestado en una sostenida preocupación por la elegancia que acentuó el tradicional empaque del porteño y de la porteña. Florida era todavía una calle un poco exclusiva donde la gente se saludaba, y los lugares de reunión estaban claramente discriminados por grupos sociales, cuyos miembros acataban las reglas del juego: sólo los “petiteros” —como se les llamaría poco después— entraban al Petit Café, en Santa Fe casi Callao, frente al Aguila, donde se daban cita las personas mayores. Y en el Congreso Eucarístico de 1934 se aglutinaron las damas y los caballeros de la buena sociedad.

Para el resto de la sociedad la situación fue muy dura. Hubo cesantías en la administración pública y en las actividades privadas, y la desocupación se notó en el centro en el lustre de los trajes viejos y en los barrios populares bajo formas más dramáticas: el hambre de los desocupados, que no alcanzaban a mitigar las “ollas populares” que se ofrecieron a los más pobres, o el abandono de la pieza del conventillo que conducía a sus habitantes a la Villa Desocupación, que surgió en Puerto Nuevo. Conseguir trabajo —o “el mango que te haga morfar”— era para muchos la preocupación cotidiana, y Discépolo expresó el sentimiento general de la “mishiadura”, de la frustración y del cinismo que embargó a las clases medias y populares. Fue entonces cuando Scalabrini Ortiz intentó retratar al “hombre que está solo y espera” en la esquina de Corrientes y Esmeralda donde nada esperaba.

Agolpados frente a las pizarras de los diarios muchos lloraron la caída de la República Española, los triunfos de Hitler y la ocupación de París. La desilusión cundía. Dos suicidios, el de Lugones en una isla del Tigre en 1938 y el de De la Torre en su departamento de la calle Esmeralda en 1939, adquirieron un valor simbólico en la ciudad tumultuosa que Martínez Estrada llamaría poco después La cabeza de Goliath.

Pese a todo, el centro prosperaba y se embellecía. Se rectificó el trazado de la avenida Leandro N. Alem, se ensancharon las calles Santa Fe, Córdoba y Corrientes, se continuó la Diagonal Norte, se empezó a abrir la avenida Nueve de Julio y se erigió el obelisco en 1936 para conmemorar el nuevo centenario de la primera fundación de la ciudad. Pero los barrios progresaron poco, y su población empezó a cambiar nuevamente con la aparición de crecidos contingentes de inmigrantes del interior, más empobrecido aún que la capital, que luego desbordaron los límites urbanos para asentarse en los pueblos suburbanos. Algunas industrias que aparecieron con motivo de la disminución de las importaciones que acarreó la guerra empezaron a ofrecer salarios tentadores y la situación de algunos sectores populares mejoró un poco. Los rancheríos —las villas miseria— empezaron a extenderse por Avellaneda, Lanús, San Martín, San Justo, a veces en las afueras de los suburbios donde se instalaban las pequeñas industrias de reemplazo, y sus pobladores —muchos muy morenos— empezaron a modificar la fisonomía de la ciudad. No se los veía mucho por el centro, pero existían.

Un día aparecieron en la plaza Mayo, el 17 de octubre de 1945, junto con otras muchas gentes que se politizaron de pronto, después de muchos años de politización prohibida. Poco antes, otras multitudes habían celebrado la recuperación de París en la plaza Francia. Pero ésta del 17 de octubre era una multitud nueva, desconocida para las gentes del centro, y revelaba un cambio sustancial en la composición social de la ciudad. Perón, un líder político de nuevo estilo, logró movilizar esa multitud nueva, y la ciudad cobró un aspecto diferente entre 1945 y 1955. Las clases tradicionales advirtieron la presencia de los que llamaron ‘‘cabecitas negras” y comprobaron el ascenso económico y social de las clases populares, que ahora consumían más productos alimenticios, más artículos para el hogar, colmaban los ómnibus y los trenes suburbanos y acudían en grandes cantidades a las canchas de fútbol y a los cines. Para muchos fue un espectáculo intolerable y los aristocratizantes lectores de Ortega y Gasset descubrieron que estaban en presencia de una real “rebelión de las masas”, a causa de la cual muchas señoras debían lamentar la falta de servicio doméstico. Así, la ciudad se vio escindida socialmente una vez más, y más aún que en la época en que aparecieron en las calles las masas que vitoreaban al doctor Yrigoyen. Fue normal que las gentes acomodadas no salieran de sus casas los días de grandes concentraciones populares en la plaza Mayo, cuando Perón y Evita hablaban a las multitudes convocadas por la Confederación General del Trabajo. Pero eran, en cambio, días de fiesta auténticos para las clases populares, sobre todo si ei líder anunciaba para el siguiente el feriado de “San Perón“.

De cualquier manera, la nueva justicia social no perjudicó a los poseedores. Algunos de ellos sufrieron persecuciones económicas. Pero, en general, el bienestar general alcanzó a las clases tradicionales, y sobre todo a aquellos que supieron aprovechar la coyuntura. En el sector de la clase alta aparecieron nuevos tipos de ricos, el industrial o el empresario, que competían con los ricos tradicionales en la suntuosidad de sus departamentos de la avenida Libertador, compraban tierras para pasar por estancieros, procuraban ser admitidos en el Jockey Club y derrochaban sabiamente su dinero o especulaban con él. Se los veía codeándose con las familias que habían perdido el reducto de la Sociedad de Beneficiencia, en las nuevas boutiques de la calle Santa Fe, en el grill del Alvear o en las boites de lujo. Y en la Bolsa el juego hizo y deshizo fortunas como en los tiempos del 90, porque la especulación giraba alrededor de informaciones reservadas que todos pretendían tener acerca de las empresas que prosperarían por misteriosas razones. Un automóvil importado era un signo de que su propietario contaba con buenas conexiones porque no se veían en Buenos Aires por entonces sino viejos coches en cuya conservación se esmeraban los mecánicos porteños de sutil ingenio.

Las fricciones sociales y políticas adquirieron a veces contornos dramáticos. Las campañas electorales eran duras y los conflictos entre obreros y patronos muy tensos. En la Universidad los conflictos se sucedieron ininterrumpidamente, y la policía empezó a entrar en los recintos de las facultades cada vez que la FUBA organizaba actos relámpago, cuyo saldo solía ser la detención de numerosos estudiantes. Allí, como en otros campos, la delación fue una sucia práctica que enturbió la convivencia. Un día, el gobierno se incautó de La Prensa. Otro día, grupos bien organizados incendiaron el Jockey Club, algunas iglesias y varios locales pertenecientes a partidos políticos: alguien —no se sabe quién— incendió una bandera argentina. La situación empezaba a ponerse crítica, sobre todo porque desde 1951 la euforia económica había pasado y en las panaderías empezó a venderse un pan negruzco que simbolizaba la crisis.

Lo más típico de la vida de la ciudad fue, por esos años, cierta ruptura en las formas tradicionales de pensar. Para entonces la ciudad había sublimado la vieja oposición entre el centro y el suburbio, que el tango del 40 —Homero Manzi típicamente— idealizaba:

Barrio de tango luna y misterio,

¡desde el recuerdo te vuelvo a ver!

Pero de pronto se avivó otra vez con un ligero desplazamiento ecológico: el centro descubrió de nuevo su adversario no tanto en los viejos barrios urbanos, sino en las nacientes aglomeraciones del Gran Buenos Aires, que crecían como mancha de aceite, y la oposición volvió a plantearse entre el centro y la periferia. Más allá de las definiciones políticas, la gente se definió por una u otra sociedad, por una u otra cultura. Para algunos lo popular empezó a ser odioso y despreciable y para otros lo aristocrático empezó a ser ridículo y exacrable. Por su parte, el habla popular y las revistas satíricas —Rico Tipo, Tía Vicenta— se hicieron cargo de la tarea de precisar matices intermedios de la sensibilidad, distinguiendo entre lo “bien” y lo “mersa”, lo primero referido a los gustos y tendencias de ciertas burguesías asentadas y lo segundo a los de ciertas clases medias en ascenso que procuraban imitar a aquéllas; y para que no hubiera dudas de que la sociedad porteña tenía profundas vacilaciones acerca de lo que debía y lo que no debía hacerse o decirse, el humorista se ocupaba de ofrecer listas completísimas de lo que se consideraba “in” y lo que se consideraba “out”, clasificado por categorías. Entremezclados, los odios de clase y las tendencias al ascenso de clase engendraron una turbia forma de convivencia, que aprovechaba cualquier oportunidad para manifestarse: una fue el inusitado espectáculo del velatorio y entierro de Eva Perón en julio de 1952; una multitud acongojada desfiló días y noches por la capilla ardiente, instalada en la Secretaría de Trabajo y Previsión, mientras los opositores al régimen se indignaban por lo que consideraban una función carnavalesca. Entretanto, las minorías intelectuales y sensibles proclamaban su adhesión al existencialismo y entonaban su fervor antiperonista con el vivo ejemplo de la Resistencia francesa, que ya había producido y difundido una abundante literatura.

Las migraciones internas apresuraron el proceso de formación del Gran Buenos Aires, de la megalopolis moderna. Un cinturón industrial empezó a rodear a la ciudad, y allí crecieron los barrios nuevos. Hubo tierras ocupadas ilegalmente, pero sobre todo loteos modestos, a veces en tierras bajas y siempre alejadas de las grandes avenidas y de los medios de transporte. Pese a todo, las viviendas se multiplicaron, precarias, levantadas con cartón, con latas, con cajones de automóviles, hacinadas y sin servicios públicos. Allí se constituyó una sociedad nueva y marginal de singulares caracteres. No faltaban, sin duda, algunos delincuentes y muchas gentes de vida irregular; pero la sociedad de los ‘‘villeros” se compuso generalmente de gente honesta y trabajadora, cuyo problema fundamental era la imposibilidad de conseguir otra clase de vivienda. Solían ser obreros de las nacientes industrias que ganaban buenos salarios, lo cual les permitía alimentarse y vestirse bien, y en muchos casos adquirir su radio, su heladera y su lavarropas. El contraste entre la vivienda y el nivel de vida llamó la atención de muchos que, ignorantes del proceso de formación de barrios semejantes en otras partes, achacaban al régimen el desencadenamiento de procesos sociales y económicos que eran, por el contrario, los que habían suscitado y sostenían al régimen. Pero las villas miseria —que “también son América”, dijo Bernardo Verbitzky— no sólo indignaban a los opositores sino que molestaban al régimen. Cuando se construyó la autopista al aeropuerto de Ezeiza —la obra más importante, junto con el aeropuerto mismo, que se construyó por entonces en relación con la modernización de la ciudad— se levantaron muros delante de las villas construidas al costado para que los viajeros no contemplaran el deprimente espectáculo de las pobres viviendas hacinadas. Sólo esporádicamente comenzó a esbozarse una política de edificación de viviendas económicas para salir al encuentro del problema.

Testigo de tantas concentraciones peronistas, la plaza de Mayo presenció el 16 de junio de 1955 el más inusitado espectáculo: los aviones de la Marina bombardearon la Casa de Gobierno como par- te de un fracasado plan revolucionario. Hubo una conmoción general en la ciudad, que se repitió en setiembre, cuando se supo que Lonardi había sublevado en Córdoba algunas guarniciones. Esta vez la revolución triunfó, y los porteños se enteraron de que Perón se había embarcado en una cañonera paraguaya con destino a Asunción. Era visible la pesadumbre en los barrios populares y en los suburbios: en Lanús, en Avellaneda, en San Martín. De otros barrios más céntricos, en cambio, salieron hacia la plaza de Mayo los nutridos grupos que se concentraron cuando juró Lonardi como presidente. Y mientras los grupos suburbanos se sobrecogían ante las amenazas de las fuerzas de represión, los grupos del barrio norte se sobrecogían ante el temor irracional de que una incontenible ola de “descamisados” se volcara sobre ellos para satisfacer su presunta vocación de incendio, saqueo y muerte.

Ciertamente, la ciudad estaba dividida: la componían otra vez dos sociedades, dos culturas. Hubo represión y ajuste de cuentas, y la hostilidad más bien se acentuó. La Confederación General del Trabajo, en cuyo edificio de la calle Azopardo descansaban los restos de Eva Perón, fue intervenida, desapareciendo el féretro, y los sindicatos fueron severamente controlados. Pero la fuerza real del movimiento obrero como grupo de presión no decreció y se manifestó a través de huelgas y/o ocupaciones de fábricas que probaban que la situación social no se encauzaba. Tampoco se encauzaba la situación política. Hubo elecciones y Aramburu salió de la Casa de Gobierno vitoreado por algunos grupos, que le manifestaron su respeto por haber cumplido su palabra de restaurar el régimen constitucional. Pero las dificultades subsistían. Juró Frondizi, cayó Frondizi, juró Guido, mientras el escribano Garrido testimoniaba una y otra vez los actos oficiales que se sucedían. Unas veces los porteños veían en la Casa de Gobiernos a los granaderos con su brillante uniforme histórico; pero otras veces veían las tropas en traje de fajina, con las armas listas para disparar y con el apoyo de los tanques. Entre 1962 y 1963 hubo pronunciamientos, salieron los tanques a la calle, y en una ocasión hasta se realizaron dispositivos de combate en varios lugares de la ciudad. Pero no fue muy grave. Los porteños, burlones e incisivos, se sonrieron cuando el conductor de un tanque detuvo su vehículo en la esquina de Santa Fe y Callao al encenderse la luz roja del semáforo, y no faltaron en los barrios los chicos que se trepaban por los costados de los temibles monstruos, que se humanizaban cuando se descomponían y quedaban inmovilizados junto al cordón de la vereda. El poder cambiaba —aparentemente— de manos, pero la ciudad seguía su ritmo de vida oscilando entre el “no se vende nada” de los comerciantes pesimistas y el “ahora empieza a moverse un poco” de los optimistas.

Sobre todo, la ciudad crecía como si fuera el desaguadero de toda la República. El Gran Buenos Aires tenía cuatro millones y medio de habitantes en 1947, más de seis millones y medio en 1960 y llegó a 8.352.000 en 1970. Muchos —quizá medio millón por día— ingresaban al casco viejo de la ciudad para trabajar o para recorrer oficinas o casas de comercio. Pero poco a poco el casco viejo dejó de ser el único polo de la ciudad, y otros polos aparecieron en los barrios suburbanos y en el Gran Buenos Aires. Resultó tan difícil estacionar un automóvil cerca de Cabildo y Juramento, o de Rivadavia y Pedernera, o de San Juan y Boedo, como en pleno centro, donde, por lo demás, el estacionamiento fue prohibido en las calles. Como otros barrios, Belgrano perdió su aspecto de ciudad jardín, sumergido por las altas casas de departamentos, y la avenida del Libertador —refugio del más alto status económico— vio correr en las horas de pico caravanas interminables de automóviles que llevaban a sus propietarios hacia sus residencias de Acassuso o San Isidro, desfilando entre torres residenciales, boutiques de lujo y boites elegantes que por la noche congregaban a ejecutivos en tren de esparcimiento y figuración y a jóvenes de familias ricas que querían estar “en el ruido”.

Durante el gobierno de lllia la Municipalidad trabajó intensamente para urbanizar el bajo de Flores. En la zona circundante, las calles de acceso empalmaron con la autopista a Ezeiza y las avenidas que corrían hacia el centro, estimulando la ocupación de zonas poco habitadas; y el barrio de San Telmo empezó a colmarse de restaurantes snobs que atrajeron a turistas y ejecutivos. Huelgas, ocupaciones de fábricas, disturbios estudiantiles y mitines políticos animaron la vida de la ciudad, que casi gozaba de libertad. El paso del tiempo parecía haber moderado la tensión entre las dos sociedades y las dos culturas, que se mostraban inclinadas a confundirse dentro de los marcos de la creciente sociedad de consumo. Pero lllia cayo y juró Onganía, siempre mediante la intervención del escribano Garrido, en quien los porteños que contemplaban las fotografías y los noticiosos televisivos veían la imagen viva de la Historia y sus mudanzas. Muchos creyeron que el orden predominaría cuando se cerraron los locales de los partidos políticos, se reprimieron enérgicamente las huelgas y se castigó a la Universidad en la persona de sus estudiantes y profesores. Pero no fue así, porque en Buenos Aires, como en otras muchas ciudades, la inquietud de los grupos estudiantiles y de las clases populares más bien tendía a crecer que a disminuir. Signo secreto, en las canchas de fútbol, en las que se aloja la predominante pasión porteña, la “hinchada” empezó a cantar la marcha de “Los muchachos peronistas”.

En Buenos Aires hubo pocos hippies. Algo que se le parecía empezó a reunirse en “la manzana loca” —donde funcionaba el salón de exposiciones del Instituto Di Telia, vidriera del “Pop Art” y otras tendencias avanzadas— o en el bar Moderno de la calle Maipú, o en algunos teatros independientes. Los jóvenes adoptaron la barba y el pelo largo, y las jóvenes oscilaron entre la maxi y la mini, todo dentro de una moderación muy porteña. Algunos adoptaron posiciones ideológicas e intelectuales muy avanzadas, se declararon estructuralistas o marxistas y ostentaron en su cuartos los posters del Che Guevara. Pertenecían generalmente a las clases medias y aunque no hicieron ninguna revolución política, hicieron una importante revolución en las formas de vida.

Como en casi todas las ciudades del mundo, en Buenos Aires se liberalizaron las costumbres. Las muchachas empezaron a llegar tarde a sus hogares burgueses ante la creciente indiferencia de sus padres. Las parejas comenzaron a besarse en público más que antes, y a nadie que estuviera “en la onda” —manía porteña— se le pasaba por la cabeza interrogarse sobre la existencia de libreta de matrimonio cuando advertía en aquéllas cierto intenso grado de intimidad. Por lo demás, había comenzado la era de la píldora, y en pequeña escala la de las drogas.

Pero todo eso no era un fenómeno típicamente porteño, sino una puesta al día de la ciudad siempre un poco pacata y respetuosa. Lo que sí fue un fenómeno típicamente porteño propio de estas clases medias liberalizadas fue el desafío a cierta retórica tradicional, que se manifestó en las formas del lenguaje. Sorpresivamente, las palabras prohibidas empezaron a circular libremente con tal fuerza que invadieron hasta los círculos más convencionales. Las malas palabras se hicieron buenas. Y para consagrar la revolución se inscribieron en un contexto en el que el “vos”, las formas verbales porteñas —salí, corré, volá— y crecido número de palabras lunfardas adquirieron plena vigencia, articuladas a veces en una sintaxis trabajosa simbolizada en el uso del fatídico “de que”. La Fiaca —una obra teatral de Talesnik que recupera un tipo muy porteño— señaló la licitud del nuevo estilo idiomático, consagrado no sólo por el teatro sino también por la radio y la televisión. Y quedó establecido que, cuando a una chica le presentan un muchacho, debe decir: “¿Cómo te va?”. Modesta, era una revolución para facilitar la comunicación en una sociedad compuesta por grupos muy dispares y acostumbrada, por eso mismo, a aferrarse a ciertas convenciones que aseguraran la distancia inicial hasta saber quién es quién. Inversamente, los ejecutivos, los adictos a la sociología usual y los lectores de las revistas semanales de información concentrada —Primera Plana, Panorama, Análisis— comenzaron a difundir un lenguaje críptico cuyos elementos fundamentales eran giros norteamericanos traducidos y palabras técnicas de la economía y de la sociología, que se consideró el desiderátum de la objetividad y la precisión.

Un día asesinaron a Jáuregui, otro a Vandor, otro a Aramburu, otro a Alonso. Las tensiones parecían crecer y cayó Onganía, después que se construyeron los puentes sobre el Riachuelo y sobre el cruce de Córdoba y Juan B. Justo. Aunque moderadamente, la infraestructura de la ciudad mejoraba. No puede decirse lo mismo de la estructura.